-APÉNDICE 4.2: EL PACTO DE LA CARNE

DE TREGUAS Y HUMEDADES

El señor Dabra no apareció en el entrenamiento del día siguiente. Por aquellos años el planeta Makai atravesaba una tregua con su "país" vecino, el planeta Baratha. Los dos planetas siempre habían estado en guerra desde tiempos inmemoriales. Utilizaban cualquier mínima disputa para montar trifulcas, que desembocaban en gigantescas batallas de connotaciones épicas y brutales. Los dos planetas soñaban con someter a su vecino. No nos asombra ya hablar de los deseos de poder y avaricia que han movido siempre a las razas de la estirpe demoníaca.

Por estas razones el mundo demoníaco casi siempre se encontraba en medio de guerras y batallas. Los Kaioh Shin por esto mismo se desentendían casi por completo de esta dimensión y preferían mantenerse al margen de las riñas entre demonios.

En el presente del que hablamos en estos apéndices, el señor Dabra se encontraba discutiendo fuertemente con el rey de las alimañas, el gran rey demonio Brezu, en el pequeño asteroide transitorio Blaaru. Discutían sobre el hecho de que los demonios del planeta Makai, gobernado por el gran señor Dabra, se infiltraban, muy frecuentemente, en tierras de Baratha a través de su estratosfera, escondidos en las sombras. Dabra defendía que él no tenía conocimiento de esas infiltraciones y que no estaba obligado a dar explicaciones a una alimaña como Brezu.

El gran soberano de Baratha, cobarde y mezquino como ningún otro diablo, salía totálmente envuelto en cólera del asteroide, con su gran nave real, con sus cientos de escoltas y soldados que en ella viajaban. El gran señor Dabra siempre acudía solo a sus tempestuosas citas, sabiéndose capaz de aniquilar él solo a cuantas amenazas pudieran venirle encima.

Después de este hecho la tregua pendía de un hilo muy fino, cosa que Dabra intuía perfectamente y que de algún modo había provocado.

Kaarat andaba solo y pensativo, ajeno a todo cuanto acontecía a su alrededor, recorriendo las grandes salas del templo de Makyosan. Eran varios los temas que por su mente pasaban, fugaces, una y otra vez. Por un lado le asaltaba la duda del paradero de su amo y señor Dabra. Era la primera vez que su señor marchaba sin avisarle ni dar ninguna explicación.

Y el otro gran tema que le asaltaba y que ensombrecía a todos los demas era: el pacto de la carne. ¿En qué consistiría ese pacto? ¿De verdad el viejo andaba en lo cierto y conseguiría gran poder con ese "pacto"? ¿No serían simples invenciones de un viejo demonio que se encontraba en las últimas y por eso desvariaba? ¿No le estaría engañando ese tal Kruthus?

De todas formas era la única y minúscula esperanza a la que aferrarse para hacerse con el control de las técnicas diabólicas. Además, no perdía nada yendo esa noche a descubrir de que se trataba. ¿Qué podía pasarle por ir y averiguarlo? Su vida ya era demasiado desquiciante como para que empeorara así que, llegó a la conclusión de que no tenía nada que perder...

Otra oscura noche mas el joven brujo acudía a las bibliotecas provisto de pequeños presentes para los pendencieros ancianos. Los entregó todos excepto un gran pedrusco de dorithri, que guardaba con recelo para el viejo Kruthus. Llegó hasta el mismo lugar del día anterior, a la misma estantería, a la misma hora.

En un primer momento le acompañó la soledad:

-¡¿Dónde andas viejo? ¡Si estás aquí muéstrate! ¡He acudido, como me pediste!-exclamaba Kaarat al vacío de la sala.

En un segundo Kaarat pudo sentir una especie de calor en su nuca, un fétido aliento:

-Hola.-de repete una débil voz a su espalda.

-¡UAAAAAAAAAAH!-gritaba Kaarat sobresaltado.

-Ya llegué, mi joven brujo sagrado. Veo que no te has achantado.-decía levemente el viejo Kruthus apareciendo desde la nada.

-¡Joder, viejo, me has asustado! ¡Maldita sea!

-Veo que tus modales no han cambiado mucho desde ayer, cachorrillo. ¿Qué regalito me has traído?

-Ah si, lo siento, aquí tiene.-se apresuraba Kaarat sacando la brillante roca de su zaguan.

-¡Ooooooooh, que brillante y que grande! Con esto y con...ehem...con esto podría apostar durante meses en los torneos.-los ojos y las manos se aferraron enseguida a la piedra, con un afán codicioso y desmedido, como poseso.

-¡Oiga, no he venido aquí para ver como usted babea y se pierde entre sus sueños viciosos! ¡Dígame de una vez en que consiste ese puñetero "pacto"!

-Jejeje, no seas tan desesperado, jovenzuelo.-decía Kruthus apartando su mirada con gran esfuerzo del preciado mineral.-Sígueme.

El consumido diablo caminaba muy lento y Kaarat se sentía cada vez mas tenso, mientras le seguía y recorrían el fúnebre pasillo de la biblioteca. Cuando llegaron a la última estantería Kruthus abrió una trampilla del suelo con sus enormes uñas negras. Kaarat quedó sorprendido, pues nunca antes advirtió la existencia de dicho agujero...

La trampilla abría camino hacia un pasadizo frío y húmedo, de suelo rocoso, simulando a duras penas unas desgastadas escaleras, que contrastaba con todo el ambiente asfixiante del exterior. Avanzando por el misterioso agujero se descendía hacia una especie de gruta subterránea, una cabidad espaciosa que parecía el habitáculo del viejo. Un gran agujero rectangular en la pared simulaba lo que parecía una especie de cama, en el centro de la habitación una mesa de madera carcomida, llena de trastos y utensilios raros encima y, en los alrededores de la cueva, estanterías de roca llenas de libros de aspecto antiquísimo. Kaarat, ansioso, preguntó:

-¿Para qué me ha traído aquí?

-Esta es mi casa. Aquí dispongo de todo lo necesario para convertirte en un DEMONIO.