Tener todo el dinero del mundo a su disposición era una sensación embriagante para Inuyasha. Al principio se sintió en el limbo, incapaz de hacer otra cosa que dejarse envolver por la impresión de tener tanto poder en su bolsillo. Sin embargo, no era un idiota. A pesar que tenía más dinero del que pudiera desear, sabía que no podía andar por ahí, derrochándolo a plena vista de todos. Llamar la atención sería su sentencia de muerte, y él no estaba dispuesto a morir antes del cumplimiento del plazo. Por lo tanto, se dedicó a vagar de ciudad en ciudad, evitando quedarse más tiempo del necesario y colmando sus necesidades con la mayor discreción posible. Tarea difícil, tomando en cuenta que la piel de perro que llevaba encima no pasaba desapercibida.
Aun cuando era objeto de señalamientos, Inuyasha fue capaz de ganarse el favor de un puñado de gente, en parte por las monedas en su bolsillo.
Cierto día vagaba por el bosque, cuando se encontró con una anciana que recogía leña. Al verlo, la anciana echó a correr, presa del espanto. Sin embargo, al arrastrar los pies, tropezó y cayó de bruces a pocos metros de distancia. Cuando Inuyasha se acercó, le lanzó piedras en un intento de alejarlo.
-Señora, no se asuste.
-¡Fuera de aquí, demonio infernal!
-No soy un demonio, y no quiero hacerle daño.
La anciana se tranquilizó al distinguir rasgos humanos en su figura. Se dejó ayudar, pero descubrió que no podía caminar a causa de un tobillo torcido. Inuyasha no podía dejarla así, sin más.
-Puedo llevarla a su casa. ¿Dónde vive?
-En la aldea que se encuentra detrás de la colina. – señaló la anciana
Inuyasha no se inmutó por la reacción de los aldeanos al entrar al poblado con la anciana en brazos. Ignoró el llanto de los niños que corrían a refugiarse tras las faldas de sus madres, y a medida que se aproximaba a la casucha de la anciana, se hizo el desentendido mientras un grupo de personas tomaban sus armas y lo perseguían a corta distancia.
Una vez dentro de la casa, la anciana se acomodó lo mejor que pudo, no sin antes asegurarse que el niño que yacía en un rincón continuara durmiendo.
-Necesita que le revisen el tobillo.
-No tengo dinero para pagarle a un médico. De todas maneras, lo único que me preocupa es que, cuando mi nieto despierte, no tendré con qué saciar su hambre.
-¿Su nieto? –inquirió Inuyasha tras reparar en su presencia
-Sus padres murieron durante una epidemia, y yo soy la única familia que le queda. Es muy joven para ir al campo, por lo que debo proveerle todo. Pero, con este tobillo, ya no puedo hacer mucho.
En ese momento el niño despertó, y sin reparar en la presencia de Inuyasha, llamó a la mujer.
-Abuela, hambre.
-Calla, niño, y vuelve a dormir.
-¡Abuela, hambre! ¡Abuela, hambre! – lloró su nieto revolcándose en el suelo
La anciana lloró en silencio, impotente ante su situación. Conmovido, Inuyasha metió la mano en su bolsillo, y le ofreció calladamente un puñado de dinero. La anciana lo miró perpleja.
-Pero… ¿qué es esto?
-Es para usted y su nieto. Confío en que sea suficiente para que no falte de comer por unos días y pueda atender su tobillo.
-¿Cómo puedo pagárselo?- inquirió la anciana tras tomar las monedas
-Hay algo que puede hacer por mí…
Luego de escuchar su petición, la anciana lo miró fijamente por unos momentos, como si quisiera penetrar en su alma.
-Debe estar expiando unas culpas muy graves.
-Eso no importa ahora. Debe curarse y cuidar de su nieto.
Inuyasha hizo ademán de retirarse, mas se quedó petrificado en la entrada ante el tumulto de gente que lo esperaba con cuchillos y palos en mano.
-¿Qué has hecho con la anciana Kaede?
-¡Él no me ha hecho ningún mal! –replicó su voz desde el interior de la casa- Podrá lucir como un demonio, pero es un hombre. ¡Más les vale que lo dejen tranquilo!
Inuyasha salió de la aldea sin el menor percance, ignorando que momentos después, tras enterarse de lo que había hecho, los aldeanos elogiarían su generosidad en coro.
Habían pasado dos años desde aquel incidente, cuando su aspecto era tolerable. Ahora que sus barbas se habían confundido con los cabellos que le cubrían la cara y su olor era imposible de disimular, la gente comenzó a huir de él, tomándolo por un verdadero demonio perro. Y cada día que pasaba, se le hacía más difícil encontrar refugio y alimento.
En una ocasión, tras habérsele negado alojamiento, Inuyasha se retiró al bosque y encontró reposo en una cueva abandonada. Hizo una fogata, y mientras cocinaba un conejo, se encontró a sí mismo riendo.
-Aun con todo el dinero de un rey, he de vivir como un criminal. – dijo para sí, frustrado – Y todavía me quedan cinco años de esta miseria…
No tenía idea de cómo sobreviviría durante los próximos años. Había sido un idiota al creer que sería fácil vivir bajo esas condiciones, pero en ese momento pensaba rendirse. Estaba a punto de hacerlo, cuando recordó las palabras del Inugami:
"Si rompes mis condiciones o mueres en ese intervalo de tiempo, tomaré posesión de tu cuerpo".
¡No podía rendirse! No iba darle el gusto al dios perro de poseer su cuerpo. Tenía que buscar la manera de continuar vivo, y así reírse en sus narices. Él no era un tipo cualquiera, era un guerrero, e iba a demostrárselo.
