¡Vaya que hacía calor ese día! Aun a sabiendas de que sus esfuerzos por refrescarse eran vanos, el Inugami insistía en abanicarse. Como era de esperarse, la sofocación suscitaba un estado de pesadez insufrible; un letargo que sería bienvenido si no fuera por el sudor característico de esos casos. De no ser por sus movimientos parsimoniosos y la baba que escurría de su lengua, bien podría darse por muerto.
Distraído, el Inugami dio vuelta a su abanico de papel, el cual brilló súbitamente. El dios-perro se sacudió la modorra de encima y prestó atención a las imágenes reflejadas. Al poco tiempo, sus fauces se delinearon en una sonrisa perruna.
-La está pasando mal el infeliz. – habló para sí, lamiéndose el hocico- Estuvo a punto de meterse de cabeza al río. De seguro el dinero lo hizo cambiar de parecer. Eso, o su perdición. –reflexionó rascándose la barbilla
No importaba. Si de algo estaba seguro, era que las vidas de los seres humanos giraban en torno al dinero. Eran capaces de traicionar y matar por él, y el joven samurái no dudó en humillarse con tal de hacerse una fortuna a largo plazo, lo cual no lo diferenciaba de los demás. Dicha acción le habría repugnado, pero en realidad el Inugami no se sentía movido por banalidades como la moral. De todas maneras, confiaba en que no tendría que esperar mucho tiempo para ganar. Si bien le daba crédito por sobrellevar la piel de perro por tantos años, era notable que el guerrero se encontraba al límite de su resistencia. Bastaba un resbalón (una minúscula, pero irresistible tentación) para que el dios-perro tuviese un cuerpo nuevo que habitar.
No eran los mejores días para Inuyasha. Aunque llevaba cuatro años viviendo así, nunca se acostumbraba del todo a su condición. En ocasiones parecía que su nariz era inmune a su propio olor, y en otras, sentía tanto asco de sí mismo que necesitaba de todo su autocontrol para mantenerse firme en su resolución. Después de todo, su deseo de llevarle la contraria al Inugami aún era más fuerte que el de darse un chapuzón.
Llevaba un tiempo tratando de encontrar asilo, sin éxito. Le habían negado alojamiento en un minshuku con anterioridad y ahora se encontraba ante las puertas de un ryokan, básicamente rogándole al encargado que le permitiera quedarse un par de días. El hombre se negaba rotundamente, y antes que se le ocurriera cerrarle las puertas en las narices, Inuyasha metió la mano en el bolsillo.
-¿Es su última palabra? Tal vez pueda cambiar de opinión. – dijo mostrándole unas relucientes monedas de oro
El encargado le miró perplejo antes de tomarlas con aire resignado.
-Vaya a la habitación del fondo, no sea que asuste a mis clientes. – masculló
Inuyasha se dirigió a la habitación de buena gana. Una vez dentro, cenó como no había cenado en días y se recostó en el tatami. Por un momento sintió paz, pero la sensación fue substituida rápidamente por el abatimiento. Estaba cansado, muy cansado.
Trataba de conseguir el sueño cuando le distrajo un murmullo proveniente del otro lado de la habitación. No habría prestado atención, de no ser porque entendió el significado de las palabras que traspasaban las paredes:
Un rayo de eternidad ilumina el camino
que ya nadie recorre,
salvo el crepúsculo.
Contrariado, Inuyasha se adentró en la habitación continua para encontrarse con un hombre con la bata abierta y cuchillo en mano, listo para realizar seppuku. Sin embargo, tan pronto lo vio, el susto del hombre fue tal que arrojó el cuchillo al aire, seguramente tomándolo por una criatura sobrenatural.
-Vaya que me asustó. –dijo el hombre una vez sobrepuesto a la apariencia del guerrero
-Lo entiendo, mas no visto así por gusto. Hay una razón por la cual llevo esta piel encima.
-¿Y cuál podría ser?
-No hablemos de mí, sino de usted. ¿Por qué iba a cometer seppuku?
-Para salvar el honor de mi familia, ¿por qué más? Aquí donde me ve, yo era un samurái respetado en mi pueblo. Hace un par de años tomé malas decisiones cegado por la avaricia. Ahora mi señor ha muerto y no tengo con qué pagar mis deudas. Ni tan siquiera tengo dinero para pagar este maldito cuarto.
-Con que tiene problemas financieros…
-¡No, es mucho peor! He perdido mis tierras y mis hijas se verán obligadas a estar en la calle, sin nadie que las cuide… ¡si es que no siguen a su padre!- exclamó poseído por el llanto
-¿Tiene usted hijas?
-Así es, tengo dos hijas sin madre; más bellas que las flores de cerezo en primavera.
-Tal vez pueda ayudarle.
-¿Ayudarme? ¿Cómo?
En ese instante, el encargado del ryokan hizo aparición con escoba en mano.
-¡Ahora mismo me encargo de sacar al Piel de Perro de su habitación, señor!
-¡Pero si no soy ninguna molestia! De hecho, ¿sería tan amable de traer la cuenta del señor? – inquirió Inuyasha con tranquilidad
Minutos más tarde, no sólo pagó la cuenta del ryokan, sino que le entregó al ex samurái dinero suficiente como para no tener más dolores de cabeza. El hombre, quien no dejaba de inclinarse agradecidamente, (sintiendo una mezcla de gratitud y vergüenza en el estómago) hizo lo que le pareció correcto para salvar la poca honra que le quedaba:
-Sería un honor para mí que me acompañe a mi casa y escoja a una de mis hijas por mujer. Ya tendrá sus razones para lucir este aspecto, pero una esposa le hará bien.
-No creo que sea buena idea.- contestó Inuyasha, súbitamente incómodo
-¡Insisto! No se negarán en cuanto sepan lo que ha hecho por mí… y por ellas también, a fin de cuentas.
A la postre, Inuyasha terminó yendo a la casa, mas no con entusiasmo. Pensaba que el hombre estaba loco si creía que sus hijas estarían dispuestas a desposarse con él. Por el camino repasaba mentalmente el escándalo que se daría a lugar apenas pusiera un pie en la casa, sin mencionar los intentos de asesinato. Ya que iba a entrar en la casa de un colega samurái, dudaba que saliera de allí de una pieza.
Al llegar, no se dejó impresionar por la majestuosidad de la casa. Por indicaciones previas, esperaba pacientemente en un salón desocupado el momento de presentarse, mientras el padre preparaba a sus hijas para la noticia en la sala continua.
Inuyasha admiraba distraídamente el diseño de la pared corrediza cuando las voces juveniles captaron su atención. Incapaz de contener la curiosidad por mucho tiempo, corrió el panel lo suficiente como para echar un vistazo, acto que le robó el aliento.
El hombre no mentía. ¡Aquellas eran las jóvenes más bellas que había visto en su vida! ¡Qué gracia, qué porte! Mientras las contemplaba en silencio, se encontró considerando la oferta de matrimonio. Por una vez pensó que sería bueno tener una casa propia y una mujer hermosa que lo esperara, una mujer con quien bajar la guardia de vez en cuando y hacer el amor…
Pero no era el momento de perderse en tales ensoñaciones: alguien lo llamaba.
N/A:
Vocabulario:
Ryokan: posada
Minshuku: casa de huéspedes
Seppuku: suicidio ritual (conocido como hara-kiri)
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