-¡Padre! ¡Bienvenido a casa!
-Sentimos mucho tu ausencia, padre.
-Yo también las eché de menos, queridas mías. – replicó el hombre devolviendo sus gestos de afecto- Vengan, he de decirles algo importante.
Las jóvenes intercambiaron una mirada interrogante antes de sentarse obedientemente junto a su padre. La expresión de éste se tornó súbitamente seria al momento de hablar.
-Como bien saben, en los últimos tiempos hemos estado pasando por una crisis financiera.
-No hay secretos entre nosotros, padre.
-Oh, sí que los hay. Resulta que les oculté el hecho de que estuvimos a punto de perder nuestra casa.
-¿¡Qué!? ¿Cómo pudiste hacer eso, padre?
-Quería ahorrarles la angustia.
-¿Ahorrarnos la angustia? ¿Qué hay de la vergüenza el día que nos echaran a la calle?
-Espera. ¿Dijiste estuvimos? - interrumpió la menor
-Así es. Verán, durante mi estadía en la ciudad me topé con un hombre harto caritativo que tuvo la bondad de saldar mis deudas.
-¿Cómo? ¿Un desconocido?
-Significa entonces que es un señor rico. –meditó la mayor para sí
-Cierto. Como gesto recíproco de amabilidad, prometí que podría esposarse con alguna de ustedes. Está al otro lado de la habitación, esperando.
Las hermanas sofocaron un grito de sorpresa. Intuitivamente, se arreglaron las mangas del furisode y se aseguraron que los moños estuvieran en su lugar, antes de sentarse propiamente de rodillas.
-Estamos listas, padre.
-Les advierto que tiene un aspecto particular. No es como los demás hombres.
Y con esto, el hombre dejó pasar a Inuyasha.
-Es el momento de la verdad. - pensó Inuyasha tragando saliva. Sin darse cuenta, estaba aguantando la respiración.
-Mi buen señor, he aquí a mis hijas.
Las hermanas, inclinadas como estaban debido a la reverencia, no tuvieron oportunidad de verlo entrar. Sin embargo, una vez erguidas, no pudieron evitar dar un salto de sorpresa, al tiempo que ahogaban un grito. Inuyasha hubiera preferido los gritos despavoridos y el horror con el que estaba acostumbrado a lidiar, en lugar de la fiereza con la que era examinado por la que tenía pinta de ser la mayor. Ésta lo miró de arriba abajo con firmeza, antes de dirigirse a su progenitor.
-¿Cómo he de aceptar un esposo que no tiene figura humana? ¡Parece un mismo demonio!
-¡Kikyo!
-¿Cómo se te ocurre traer semejante monstruo a casa, padre? Preferiría a un han'yō en su lugar. Al menos la vergüenza sería más llevadera. -dijo antes de marcharse a toda prisa
Inuyasha mantuvo la mirada baja, sin prestar atención a los ruegos del hombre a su hija menor. Aún mantenía la mano sobre el pecho, como queriendo aminorar la marcha desenfrenada de su corazón. Estaba seguro que se desmayaría, mas sin embargo, se dirigió hacia él y le ofreció una reverencia.
-Mi nombre es Kagome Higurashi, encantada de conocerle. Por favor, le ruego que sea bueno conmigo.
Inuyasha hizo lo propio, un tanto aturdido.
-¿Sería usted tan amable de acompañarme al té, señor Inuyasha?
No pudo decir que no. Merendaron en silencio en un salón más cómodo con vista al patio, cada uno absorto en sus pensamientos. Inuyasha habría disfrutado de los peces koi que asomaban la cabeza fuera del estanque, si no fuera por el reflejo que le devolvía la superficie. Era un recordatorio que no quería enfrentar.
Kagome se aclaró la garganta para llamar su atención.
-Quiero disculparme por el mal comportamiento de mi hermana. Es una buena chica, sólo que está asustada.
-No te preocupes. Estoy acostumbrado.
Inuyasha estaba seguro que Kagome pretendía ofrecerle un recibimiento más ameno en compensación por el comportamiento de Kikyo. Entablaría alguna charla y luego se excusaría por no poder aceptarlo como marido. Y él no podía culparla.
Luego, Kagome hizo un comentario que lo dejó perplejo.
-¿Cómo? ¿Ustedes no son gemelas?
-¿Qué? ¡No!-contestó riendo.-Nos llevamos tres años. Aunque muchos creen que lo somos, visto que nos parecemos tanto.
-En efecto.
-¿Puedo preguntar… porqué es así?
-Hay una razón por la que llevo esta piel encima.
-¿Esto es…?
-No viene al caso ahora. –respondió tajante- He de vagar por el mundo con ella por lo menos otros tres años.
-¿Otros tres años? ¿Cuánto tiempo la lleva puesta?
-Cuatro años.
-¡Dios mío! Es demasiada carga para un hombre.
-Ni que lo digas.
Se suponía que era el turno de las excusas. Sin embargo, continuaron charlando aún tiempo después de acabarse el té. Inuyasha reunió valor para mirarla a la cara y admiró su belleza. Era una suerte que no se diera cuenta por los cabellos que le cubrían el rostro. Pero, aún más que su belleza, le asombraba su genuina sinceridad y el hecho que riera cómodamente ante su presencia.
-¿Cómo es que no estás asustada?
-¿Por qué habría de estarlo? He visto que usted es un hombre bueno y generoso debajo de esa piel de perro.
-Sí, pero…
-Por eso acepto con gusto convertirme en su esposa.
Inuyasha se quedó atónito. Le tomó unos momentos procesar sus palabras, y cuando lo hizo, su felicidad bien podía alcanzar las nubes. Sin embargo, la dicha se esfumó al recordar su condición. Porque ahí estaba ella, joven, apenas una niña, bella y rebosante de vida. Luego estaba él, un completo granuja que no se la merecía. Se levantó de súbito, dándole la espalda.
-¿Pasa algo malo? – cuestionó la muchacha
-No es nada.
Le dio la cara, mostrándole un anillo viejo que sostenía entre los dedos. Sin aparente dificultad lo partió en dos, y le entregó una mitad antes de guardar su parte.
-Quiero que lo guardes. Tengo que irme.
-Pero… ¡podría quedarse! Podemos prepararle una habitación, y…
-Por más que quiera, no puedo. Tengo una obligación que cumplir primero. Si no regreso dentro de tres años, significa que he muerto y serás libre de casarte con quien quieras. No obstante, si los dioses me prolongan la vida, ten por seguro que regresaré por ti.
Kagome asintió en silencio. Con cierta timidez, estiró el brazo y acarició las orejas de perro sobre la cabeza de su prometido. Luego, deslizó los dedos ligeramente por su rostro, percibiendo el tacto áspero de las barbas. Si bien se sentía algo incómodo, Inuyasha no sabía qué hacer: era la primera vez en mucho tiempo que alguien se atrevía a tocarlo, máxime una mujer.
-Estará presente en mis oraciones. – le dijo
Inuyasha partió, triste y feliz al mismo tiempo: ahora tenía una razón para seguir viviendo. Que no se mereciera a Kagome en sus condiciones actuales no significaba que renunciaría a ella.
De ahora en adelante lucharía para hacerse digno de su prometida.
A/N:¡He aquí el tan esperado capítulo! Espero resulte de su agrado.
