Kagome estaba distraída. Por más que lo intentaba, no podía concentrarse en sus lecciones de Ikebana. Claro, era capaz de esparcir un poco de musgo aquí y colocar unas flores allá, pero sus pensamientos estaban con Inuyasha. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Y, lo más importante, ¿seguía vivo?
-Querida, trata de mantener esas flores erguidas.
La voz de Kagura la sacó de sus pensamientos, dándose cuenta del reguero que tenía en su florero. Yura observaba su arreglo floral con ojo crítico, su mueca siendo una clara señal de desaprobación.
-No, no, no. Estas flores no están de moda. ¿Y cómo se te ocurre ponerles musgo?
-Llevas un tiempo comportándote de manera extraña. ¿Es que sigues esperando que tu perrito vuelva a casa? – cuestionó Kagura con sorna
Ya esperaba un comentario como ése. Después de todo, desde ese día no había dejado de ser objeto de burlas de parte de todas.
Poco tiempo después de la partida de Inuyasha, Yura y Kagura les dieron una visita. Eran las mejores amigas de su hermana Kikyo, por lo que Kagome no les prestaba demasiada atención. Sin embargo, aquel día fue diferente.
-¿Es cierto que un extraño saldó las deudas de su padre? – cuestionó Yura sin preámbulos
-¿Cómo lo saben?
-Las noticias vuelan, linda. Hasta se rumorea que se comprometió con una de ustedes.
-Es verdad. –dijo Kikyo
-Felicitaciones, querida.
-Oh, yo no me voy a casar, sino Kagome.
-¿Kagome?
-¿Cómo así?
-Sólo ella sería capaz de comprometerse con una bestia.
Acto seguido, Kikyo extrajo un papel de su obi, lo desdobló y les mostró a sus amigas un dibujo burdo de un hombre con piel de perro. El color de la rabia se asomó en las mejillas de Kagome.
-Pero… ¡si es un demonio! – exclamó Yura horrorizada
-Vaya, vaya… siempre supe que querías un perro, Kagome, ¿pero no crees que estás llevando tu deseo demasiado lejos?
-No creo que le importe cometer bestialismo. Después de todo, es un pequeño precio a pagar por el honor de la familia. – soltó Kikyo
Las risas burlonas ante un acto tan degradante perforaron en lo más profundo de Kagome.
-¡Él no es un monstruo, es un hombre! Y uno bueno.
-Oh, ¡ya lo creo! – respondió Yura divertida –Querrá jugar en el patio todo el día y se dejará sacar las pulgas sin chistar.
-También será cariñoso, lamiéndote la cara en público. Sin mencionar que te mantendrá abrigada todas las noches cuando se te eche encima.- dijo Kagura
-Pero debes desparasitarlo antes de la boda, no sea que te muerda y te contagie la rabia. – añadió Yura
-Pobrecita Kagome.
-Déjala. ¿No ves que está divagando otra vez?- susurró Yura a su compañera cuando la muchacha no respondió
-Aquel asco de ser humano sólo puede causar lástima. ¿Cómo es que se pierde en sus pensamientos así por alguien como él?
-¿Quién sabe? Es rara, de verdad. ¿Me crees que ha rechazado a Koga par de veces?
-¿Koga? ¿El señor más guapo y rico de todo el pueblo?
-El mismo. No sé en qué está pensando. Mira y que dejar pasar una oportunidad como ésa…
-No soy sorda, ¿saben? – dijo Kagome para asombro de ambas- Será mejor que se vayan ahora.
-Como quieras. Pero ya que estás tan atenta, escucha muy bien, Kagome: se aproxima un invierno muy crudo, y es poco probable que tu prometido sobreviva… si es que no ha muerto todavía.
¿¡… si es que no ha muerto todavía!?
-Entiendes lo que quiero decir, ¿no? Vámonos, Yura.
Una vez sola, Kagome se abandonó al llanto. Inuyasha no estaba muerto, podía sentirlo en su corazón. No obstante, la mera idea que muriera la llenaba de gran pesar.
Porque nadie podía entender que había visto al hombre debajo de la piel de perro y se había enamorado de él.
