Poco tiempo después, al llegar el invierno…
Inuyasha estaba solo, a merced de una tormenta de nieve en medio de la nada. Apenas podía sentir sus pies, enterrados como estaban en la nieve que le cubría las pantorrillas. Abatido, se dejó caer, seguro que la muerte vendría por él en cualquier momento.
-Inuyasha… Inuyasha…
Podía imaginarse al Inugami riéndose en su cara, burlándose de su arrogancia antes de tomar posesión de su cuerpo. ¿Le dolería?
-Inuyasha… ¡Inuyasha!
¿Era ésa la voz de la muerte que lo llamaba en la lejanía? Era muy dulce.
-Inuyasha, ¡levántate!
Levantó la cabeza con gran esfuerzo, y mayor fue su sorpresa al encontrarse frente a frente con su prometida, cual dama de las nieves, inmutable ante la tempestad.
-¿Ka-go-me…?
No le cupo la menor duda que moriría en ese momento. ¡Qué bello sería morir llevándose la imagen de su amada! Pero, ¿era justo? ¿Acaso merecía morir así, después de todo lo que había pasado? ¿Qué sucedería con Kagome?
Era un tonto. A estas alturas, seguramente lo había olvidado. Ya debía estar casada, embarazada, o con un hijo en brazos. Un hijo que nunca sería suyo.
En lugar de sentirse aliviado, Inuyasha se escandalizó ante el mero pensamiento de que perteneciera a otro hombre. La simpatía que floreció en su pecho casi tres años atrás fue transformándose hasta convertirse en un amor enaltecido, bellamente idealizado gracias a la ausencia. Después de todo, es en la distancia que se ama fervorosamente al amante ausente.
La misma certeza de la muerte que lo sacudió momentos atrás le brindó las fuerzas necesarias para seguir luchando. Simplemente, no podía rendirse. Ya fuera que Kagome lo esperara o no, sólo había una manera de saberlo.
Kagome le miraba fijamente con una expresión afectuosa. Sin mediar palabra alguna, le extendió la mano, e Inuyasha la tomó. Momentos después, se encontró de pie. La tormenta había amainado, y no había rastros de su prometida por ningún lado.
No importaba. Inuyasha se sacudió la nieve de su abrigo y continuó su marcha, poseído por una ola de amor que fluía por todo su cuerpo. Tal vez los dioses aún estaban de su lado.
En la residencia Higurashi, un joven se esforzaba por mantener la paciencia. Durante los últimos meses se había desvivido en atenciones y galanterías para ganarse el afecto de la menor de las hijas, sin resultado alguno. Aún cuando se consideraba una persona tolerante, la paciencia de Koga tenía un límite.
-Confío en que habrás meditado sobre mi oferta.
-Por supuesto, joven Koga. – respondió ella llenándole su vaso
-¿Tendrás, acaso, una respuesta que me brinde alegría?
-Mi respuesta, como debes de saber, es inmutable.
-Pero…
-Podrás venir todos los días a gastar saliva alabando mi belleza, si quieres, pero no puedo aceptarte.
-¿Vas a venir con el cuento de que ya estás comprometida?
-Es la verdad.
-Kagome, ¡no tienes garantía de que ese animal sea un hombre! Ni tan siquiera sabes de dónde viene.
-¡No lo llames así! ¡No lo conoces!
-¿Acaso tú sí? Dime, ¿cómo puedes conocerlo si apenas lo viste una sola vez? Y apuesto a que sólo emitía gruñidos…
-Él es perfectamente capaz de emitir palabras.- respondió Kagome entre dientes
Ante el cambio de humor de la muchacha, Koga hizo uso del último recurso. Tras un hondo suspiro, tomó sus manos entre las suyas y la miró a los ojos.
-Kagome… entiendo que estés asustada y te sientas forzada a cumplir tu deber, pero no debes preocuparte.
-¿Eh?
-Si lo que te preocupa es el dinero, no debes inquietarte. Yo puedo pagar, e incluso doblar la suma que la bestia le pagó a tu padre de ser necesario, y podemos casarnos tranquilos. Si algún día llegase a aparecer por ahí a causar molestias, mis hombres se encargarán de él.
-¡No! Por Dios, ¡no! -exclamó alejándose
-¿Es que lo quieres más fácil? ¡Te estoy ofreciendo todo en bandeja de plata, Kagome! ¡Todo! Mi paciencia está llegando a su límite, ¡pero sigo siendo tolerante porque te amo!
-No. –replicó ella con calma- Tú crees amarme.
-¿Acaso no es suficiente para ti?
Dolida ante la súplica en su voz, Kagome negó con la cabeza.
-Estaríamos atrapados en un matrimonio infeliz.
-¿Y crees que estarías mejor con ese demonio?
No necesitó respuesta. Humillado ante el tajante rechazo, Koga partió con la poca dignidad que le quedaba. Kagome se enjugaba las lágrimas en silencio cuando su hermana apareció a sus espaldas, con un rictus en la cara que reflejaba su desaprobación.
-Eres una estúpida.- le espetó
