Inuyasha temblaba de pies a cabeza. Había llegado el último día de aquellos insufribles siete años. ¡Por fin, por fin! Impaciente, se dirigió a toda prisa al bosque, en búsqueda del dios-perro.
-¡Inugami! ¡Eh, Inugami! Ya pasaron siete años, ¡y sigo vivo!
Sin embargo, no había rastros de la criatura sobrenatural. Molesto, Inuyasha apretó los dientes.
-¡Vamos, muéstrate! Cumplí mi promesa, y ahora te toca cumplir tu parte.
-¡Pah!
Inuyasha levantó la vista y se topó con el Inugami, recostado sobre una rama. Al bajar al suelo, era obvio que estaba de muy mal humor.
-Está bien, tú ganas. –dijo a regañadientes- Puedes quitarte la piel de perro ahora.
Ansioso, Inuyasha se quitó la piel y la arrojó al suelo, dándose cuenta del gran peso que libraba de sus hombros. Fue una sensación agradable.
-Quedamos en que si sobrevivía, sería un hombre muy rico, ¿cierto?
-Cierto.
-Entonces, debes darme el dinero. Lo gané justamente.
-Toma todo lo que quieras. –le respondió el Inugami- Está en tu bolsillo.
Acto seguido, Inuyasha se dedicó a vaciar los bolsillos sobre la piel de perro. Estaba decidido a obtener una suma comparable a todos sus años de dolor, martirios y sufrimientos. Puñado tras puñado, la pila iba creciendo, creciendo y creciendo, hasta convertirse en una montaña de oro. Cuando Inuyasha pareció satisfecho, el Inugami hizo ademán de irse.
-Espera, -replicó- necesito que me limpies antes que te vayas.
Y así, el dios-perro se vio obligado a realizar la humillante tarea de lavar a un ser humano. Primero lo condujo a un río, donde lo desnudó y lavó a conciencia varias veces para eliminar todo rastro de suciedad. Luego, le cortó las uñas, las barbas y los cabellos. Tras perfumarlo, le entregó un traje limpio.
-De ahora en adelante, tus bolsillos están bendecidos. –dijo antes de partir en un torbellino de viento
Aliviado tras su partida, Inuyasha dejó escapar un suspiro. Por unos momentos se quedó quieto, disfrutando la sensación de pulcritud que había olvidado tanto tiempo atrás. Sentía que había vuelto a nacer, libre y purificado. Tras echar un vistazo al río, no reconoció el reflejo del hombre que lo observaba con curiosidad. Verdaderamente, había vuelto a nacer.
Se permitió llorar de júbilo. Ahora sólo le quedaba una cosa por hacer.
-¿Han escuchado? –inquirió Yura peinándose con parsimonia-Aparentemente ha llegado un hombre muy distinguido al pueblo.
-¿Con distinguido te refieres a rico, o guapo? –inquirió Kagura con sorna
-¡Por supuesto que es rico! También dicen que es muy apuesto.
-¿Dicen? Entonces no lo has visto con tus propios ojos. ¿Qué tal si tiene la nariz como un Tengu?
-Mientras sea rico…
-La apariencia no es importante.
Yura y Kagura interrumpieron su plática y se fijaron en la muchacha con aire melancólico.
-Tal vez tengas razón, Kagome. –dijo Kagura abriendo su abanico- Sin embargo, viniendo de ti, me preocupo. Considerando tus gustos…
De repente, la puerta se abrió con violencia, revelando a Kikyo tras ella. Lucía un tanto impaciente, y luego de inspeccionar la sala, señaló a su hermana.
-Será mejor que vengas. Padre nos mandó a llamar.
-¿Por qué?
-Un forastero recién llegado nos quiere conocer.
-¿Será posible? –exclamó Yura, entusiasmada- ¡No lo puedo creer! ¡Qué suerte!
-Si es así, ve tú, Kikyo. No quiero verlo.
-¿¡Qué dices!? ¿Y desperdiciar una oportunidad única?
-No sería de extrañar, tomando en cuenta que rechazó a Koga. –replicó Kagura a su compañera
-No hay remedio, Kagome. –dijo Kikyo tomándola por un brazo- Padre mandó llamar a las dos, y tenemos que ir. Anda, ¡apúrate! No es cortés hacer esperar a un invitado.
Yura y Kagura quedaron a solas en la habitación. Tras procesar lo que había ocurrido, intercambiaron una sonrisa.
-No vamos a dejar pasar una oportunidad como ésta, ¿verdad?
Dicho esto, fueron a echar un vistazo al causante de tanto revuelo.
A Inuyasha le causó gracia que nadie lo reconociera, sobre todo cuando era atendido con suma solemnidad. Todos hacían tal alarde de sus modales, esmerándose por cumplir con la etiqueta al pie de la letra, que no sabía si reír o vomitar ante la absurdidad de todo aquello.
No esperaba que el viejo lo reconociera, (quien, dicho sea de paso, parecía darse la buena vida con el dinero que le había dado) mas sí las hermanas. La actitud de Kikyo en torno a él dio un cambio del cielo a la tierra: en esta ocasión era atenta, educada, y se esforzaba por resultarle agradable. Lo mismo ocurrió con Kagome, pero en sentido contrario: estaba callada y había un dejo de tristeza en su mirada, que mantenía baja en todo momento.
De hecho, no podía dejar de mirarla, aun cuando no le dirigía la palabra a propósito. ¿Adónde se había ido su niña, su niña amada? No podía creer que en tan sólo tres años se convirtiera en la mujer que tenía enfrente. Pero, más que su belleza en flor, le conmovía sobremanera que estuviera vestida de blanco, en señal de luto. ¿Sería por él? ¿Acaso lo creía muerto? Si se dignaba a dirigirle la mirada, ¿lo reconocería?
-Mírame, mi amor, mírame. –rogó para sus adentros
-Bien, señor Taisho. –dijo el viejo dejando su cuenco a un lado- Ha venido para conocer a mis hijas. Seguramente no habrá visto otras iguales de hermosas y educadas.
No le extrañó que el viejo no tuviese dónde caerse muerto cuando lo conoció. Tras vividor, también era engreído y petulante.
-Dígame, ¿le interesa alguna por esposa?
-De hecho, sí. Ambas hermanas son hermosas y harto virtuosas, pero si debo escoger entre las dos, elegiría a Kagome.
Kikyo le dirigió una mirada de reproche a su hermana, quien permanecía cabizbaja. En la habitación contigua, Yura y Kagura esperaban con ansias el desenlace, observando por la puerta entreabierta.
-No puedo creerlo, ¡escogió a Kagome!
-¿Qué tiene esa mosquita muerta que atrae a los hombres?
-No lo sé, pero estarás de acuerdo conmigo en que el tal Taisho es un galanazo. ¿Ya viste su melena?
-Bueno, al menos no tiene la nariz de un Tengu. –concordó Kagura- Pero apuesto a que Kagome lo rechazará de todos modos. ¡Y no hagas tanto ruido, que nos pueden descubrir!
-Deseo tomar por esposa a su hija Kagome, señor Higurashi.
A/N: En el antiguo Japón, el color blanco representaba el luto, contrario a Occidente. Con el tiempo, sustituyeron el blanco con el negro, gracias a la influencia occidental. Dicho esto, me alegra estar de vuelta con la historia.
