.:Amenaza:.
My blood is singing with your voice, I want to pour it out…
Cato se sentía en casa, rodeado de entrenadores y armas, por primera vez desde que llego al Capitolio se sintió relajado, ya que podía pasar más tiempo con su mejor amiga; una espada. Sentía que habían pasado décadas desde la última vez que blandió una espada. Todo parecía ir mejorando, parecía haber logrado reducir la distancia que se creó entre él y la morena -sin contar con la interrupción por parte de los tributos del uno- estaba seguro que con un poco más de esfuerzo lograría que estuvieran juntos de nuevo, como en los viejos tiempos. Cada minuto que pasaba entrenando con la espada lo hacía sentirse seguro y feliz, cada movimiento iba impregnado de lo mejor que era capaz de dar. Enfoco toda su fuerza y técnica en cortar a su nuevo contrincante, el aire.
Tanta era su alegría que decidió cambiar a su amada espada por algo más versátil, postro su reluciente y pesada espada en una mesa con la misma delicadeza con la que se trataría a una dama. Con una mirada analítica que se postro frente a la gran gama de utilería, estaba indeciso; no sabía si escoger entre las lanzas, el arco o las hachas. Repentinamente un peculiar brillo llamo su atención, eran pequeños y discretos como era ella, como era Clove. Instintivamente tomo uno, lo meneaba entre sus grandes manos, era muy fácil utilizarlos -tal vez en ese aspecto difería totalmente con la personalidad de la morena- pero simplemente le encantaba aquella arma.
El brillo que emanaba de la hoja de aquel pequeño cuchillo, le dio una gran idea para intentar reparar las cosas con su compañera, la buscaría y le pediría que entrenaran juntos. Feliz con su idea, guio sus celestes orbes hacia donde se encontraba ella. Una gran curiosidad lo invadió al ver que ella estaba atónita con algo, sus grisáceos ojos tenían un objetivo fijado, Cato se preguntaba quién era la nueva presa de su compañera. Gran sorpresa se llevo, cuando él supo el objeto de tal atención por parte de la chica de los cuchillos.
El cuchillo que sostenía con fuerza sobre su mano derecha comenzaba a quemar con una intensidad sobrenatural, tal fue el daño recibido que lo clavo con todas sus fuerzas sobre una mesa cerca de él, ya que si no lo hacía era seguro que lo enterraría en el pecho de alguien. Y aún sin dejar de mirar las acciones de la morocha, que continuaba con la mirada fija en el castaño, ¿qué era tan especial en Marvel para tener de esa manera a Clove?
El mar de emociones que sentía el rubio indudablemente comenzaba a convertirse en una tormenta, una tormenta que amenazaba con destruir todo a su paso. La última vez que la tromba llamada Cato salió en su apogeo, fue dos años atrás, mientras estaba en el centro de entrenamiento de su distrito: el día de la cosecha se acercaba y con eso también se acercaba el día de la pre-selección, en la que se escogía a los mejores tributos entre los 16 y 18 años para ser los próximos voluntarios a tributos. Era el momento ideal para el joven Cato lleno de energía y deseos de salir a la arena para derramar la inocente sangre de sus 'compañeros' tributos. Era tal aquel deseo de ser elegido, que cuando un tributo del último año de entrenamiento fue elegido -un chico moreno, alto y ojiverde- el rubio simplemente no pudo creer que no fuera siquiera considerado para aquel sorteo, tanta era su rabia que no dudo en abalanzarse sobre el moreno cuando la ceremonia termino. Aquel encuentro le dejo una de las lecciones más importantes de su estancia en el centro de entrenamiento, le hizo ver que en combate no se puede ganar sólo con las emociones, es necesaria la canalización de estas, siempre combinadas con fuerza física. Y aquel moreno lo sabía y lo practicaba, tal que con un solo movimiento esquivo al violento Cato; todo aquello sin mostrar la más mínima molestia, superioridad o cualquier otra emoción.
Mientras el rubio observaba a su 'enemigo' alejarse, él continuaba derrumbado sobre el frio piso de la sala de entrenamiento, lo entendió. Entendió que para poder ser el indiscutible ganador de los juegos del hambre era necesario enfrentarse a rivales que manejaran armas como los mismísimos dioses, a rivales tan agiles como los animales más feroces y era necesario enfrentarse y derrotar al mayor enemigo de la especie humana; las emociones.
Si lograba domar las emociones como la compasión, ira, venganza, deseo e inclusive el amor, sería capaz de que éstas jugaran a su favor. Si lograba mantenerlas quietas dentro de él, podía enfocarse en cosas más útiles como el dominio de un arma y el desarrollo de la fuerza; ese día en aquel viejo piso de madera, comenzó el más duro entrenamiento que cualquier profesional podría tener jamás. Después de aquel curioso día, durante los dos años siguientes el ojiazul no sólo se enfoco a incrementar su masa muscular, ni su dominio con la espada, aprendió a canalizar cada una de sus emociones; aprendió a convertirse en un asesino a sangre fría. O al menos eso era lo que el espadachín pesaba, no era consciente de que mientras más presionadas se encuentren nuestras emociones, más probable es que éstas se desaten y es casi seguro que la primera víctima de la gran catástrofe seamos nosotros mismos.
Justo en ese lugar tan lejano de sus recuerdos, fue cuando la gran bomba estallo, después de dos años de duro entrenamiento, dos años de creerse impenetrable y capaz de manipular el miedo sobre los más débiles, ahora él se veía dominado por aquellas temibles sensaciones que con anhelo deseó eliminar, con sólo ver aquella conexión que tuvieron sus compañeros de alianza fue suficiente para perder todo el autocontrol logrado en los años de entrenamiento, unos míseros segundos en los que la morena y el castaño se entendieron como sólo podían hacerlo Cato y Clove fueron los exactos para hacer rabiar a la furia durmiente del rubio.
¿Qué demonios fue todo aquello? Se pregunto el ojiazul mientras su sangre comenzaba a correr con la misma intensidad que lo haría un río desbordado. Con el simple hecho de recordar la escena que protagonizaron Clove y Marvel, sus pulmones hacían un mayor esfuerzo al inhalar cada bocanada de aire; desde cuándo su compañera y el castaño se llevaban tan bien, desde cuándo ella lo había deja de ver como un estorbo. Con cada pregunta que salía de su mente, su pecho se agitaba con más vehemencia.
– ¿Cómo fue capaz ese mequetrefe de sonreírle?- pensó el ojiazul, aún con sus uñas sobre su palma. Y lo más importante fue por qué Clove no fue capaz de responder a ese gesto como solía hacerlo; con esos ojos llenos de odio y una clara sentencia de muerte, por qué en lugar de aquello agacho la cabeza cual chiquilla apenada. Por qué la sangre subió a sus mejillas cubriendo aquellas pequeñas y discretas pecas que las adornaban. Por qué él aún no era capaz de ir y golpear a ese molesto castaño. Hace dos años el móvil de sus acciones eran sus sensaciones pero en aquel momento esas emociones que un día lo hicieron actuar, hoy lo detenían.
Poco fue el tiempo en que su cuerpo tardo en reaccionar, impulsivamente busco su tan amado y anhelado cuchillo que segundos antes gozo sobre sus manos, gran sorpresa se llevo al notar la ausencia de éste. Su desesperación aumentaba con la lluvia de ideas, con la posibilidad de que alguien apartara de él a su tan querida arma, aquella pequeña, delicada y peligrosa compañera de batallas. Un aullido le hizo mirar hacia un delgado muchacho moreno que se encontraba descansado; de nuevo sus emociones le embriagaban. De un par de zancadas llego al moreno, cuando lo tuvo frente a él, pudo ver la clásica sonrisa del tributo del uno, el delgado jovencito se convirtió ante sus ojos en Marvel.
– ¿Dónde está mi cuchillo?- fue lo primero que logro soltar el rubio a mientras empujaba al moreno.
–Tú lo tomaste, lo deje sobre aquella mesa- gritaba furico el ojiazul, ¿por qué aun no le había destrozado la cara a ese sujeto?
Gracias a la rápida intervención de los capacitores que desde la lejanía leyeron las intenciones de Cato, con cada segundo de aquella discusión eran más las personas que se interpondrían entre ambos tributos, para el rubio sólo existía aquel nuevo Marvel, sus amenazas eran claras, nadie tomaba lo que era suyo, nadie. Y mucho menos frente a sus narices, esta ofensa superaba con creces las anteriores hechas por cualquier persona, siendo tributo o no.
Todas las miradas reposaban sobre aquella peculiar escena. Pero ninguna de esas miradas contenían la duda que reflejaban unos peculiares ojos grisáceos, todos suponían que el espadachín siempre se comportaba de esa manera, excepto ella. Clove sabía mejor que nadie que esa vieja y obsoleta ideología barbará no era propia de Cato. Ella conocía a la perfección el entrenamiento que había estado siguiendo el rubio desde el incidente en el sorteo dos años antes, ella había sido testigo de la gran evolución de su compañero, entonces ¿por qué por un simple y escuálido cuchillo se ponía así? Al parecer Clove jamás podría comprender a aquel violento profesional, fue algo que le sorprendió entender, saber que nunca comprendió a su compañero y saber que nunca lo haría.
No importo a cuantos agentes de paz tuviera sobre él para evitar que su ataque resultara efectivo, sólo le importaba recuperar su tan anhelada posesión, sin ella se sentía desnudo e indefenso ante un peligro desconocido. Con cada palabra y empujón que provisionaba más brazos se posaban sobre él, sabía de antemano que esa riña pronto llegaría a su fin -desgraciadamente para él, no por sus propias manos- así que lo único que logro agregar fue:
–Se cuidadoso, porque tú serás el primero que asesine cuando estemos en la arena, así que cuídate la espalda- se logro escuchar desde los espectadores de primera fila como lo eran los agentes de paz, hasta los más alejados como lo era Clove. Nadie escucho cuando él agrego Marvel al final de su amenaza. El rubio tampoco presto atención a las últimas palabras dedicadas a su persona por parte de su nuevo objetivo, simplemente se dedico a seguir las instrucciones; aún con la sangre a punto de explotar de sus venas se dirigió al único lugar donde se sentiría libre y calmado; con la única cosa en el mundo capaz de serenar su golpe de adrenalina, las armas. En lo que resto de aquel día de entrenamiento lo desperdició en controlar sus instintos asesinos, lo único que hacía era jugar con una pequeña navaja mientras observaba con detalle a su castaño aliado, las ideas del encuentro que sostuvieron Marvel y Clove no lo dejaban un segundo. Y no lo dejarían en lo que restaba de entrenamiento, aquel ya era un día desperdiciado, no logro avanzar en su entrenamiento, las cosas con su compañera no mejoraban y la presencia de los profesionales del uno comenzaba a irritarlo, nada saldría bien para el rubio.
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Disclaimer: todos los personajes le pertenecen a Suzanne Collins.
No tengo perdón de dios u.u desde hace un mes no subo nada, lo cual me siento muy mal, pero el último mes fue brutal. Fue cierre de semestre así que tuve exámenes, proyectos, prácticas, exposiciones, etc. La superior no es nada fácil x.x
Pero como se sabe después de la tormenta viene la calma y pues mi calma será de un mes aproximadamente así que les puedo jurar que en ese plazo este fic estará terminado.
Planeo que sean otros dos o tres capítulos más, ojalá y después de todo este tiempo el fic siga siendo de su agrado y le den todo el apoyo que ha tenido.
Para los que ya estén de vacaciones: disfrútenlas al máximo y para los que no, las cosas saben mejor si las esperamos con paciencia ;D hasta la próxima.
