PECADOS EN LA SANGRE
Capítulo I
"El secreto"
Aquel era un día muy especial para él y para toda su raza: se conmemoraban 51 años de la derrota de Freezer y, como todos los años, los saiyans no iban a quedarse sin festejar.
Eran los más fuertes de la galaxia, no tenían rival alguno que mereciera luchar con ellos. Nadie podía alzarse con la victoria frente a ellos.
Se sentía cada día más pleno, pues todo salía como había sido planeado en principio. Era el Rey de lo saiyans y con todo lo que eso implicaba. Era el más fuerte de todos, el más respetado y temido... El Rey de la galaxia.
Vegetasei no era un planeta demasiado grande y, por más que la población hubiera decrecido en las últimas décadas, allí se quedaron. Era como si aquel planeta les diera más poder, debido tal vez a los más de 200 años que llevaban allí. Ya se habían acostumbrado a aquel cielo rosado de cada mañana, a ese suelo tan especial...
Pertenecían allí y a ningún lugar más.
Grandes riquezas les había permitido construir un gran imperio lleno de altas e imponentes edificaciones, las cuales rodeaban al Palacio Real, ese donde él vivía, desde donde reinaba con puño de hierro.
La Clase Alta era la que rodeaba directamente al Palacio, con las edificaciones más grandes y avanzadas tecnológicamente.
La Clase Media vivía un poco más alejada pero era la que continuaba a la Clase Alta en lujos y edificaciones. Aunque éstas no eran tan grandes como las de la clase superior, sí eran más que dignas propiedades. Esta clase fue la que asimiló la tecnología de los tsufur y, posteriormente, la del Imperio de Freezer, gracias a haber esclavizado a científicos de las más inteligentes razas del universo. Los Clase Media aprendieron de ellos a lo largo de las décadas y, con su enorme conocimiento, facilitaron las condiciones de vida de la poderosa raza a través de mejoras en las cápsulas de recuperación y en sus medios de transporte, con los que iban, a una velocidad insuperable, hacia los distintos planetas a conquistar.
Por último, los más alejados al Palacio eran los de Clase Baja. Vivían en suburbios, ya sin tantos lujos, pero por lo general eran muy unidos. Eran los que más entrenaban y tenían a su disposición —así como todas las clases— planetas enteros, previamente conquistados por ellos, para ir a combatir y superarse.
Los de Clase Alta ya no se dedicaban tanto a conquistar planetas, pues ya eran demasiado fuertes para hacerlo, por eso era la Clase Baja la elegida para ello la mayoría de las veces.
Los de Clase Media también conquistaban planetas, pero mayoritariamente había muchos científicos entre sus filas. Ellos ponían a disposición de cualquier ser de la galaxia su tecnología 100 % saiyan, que hacía resaltar entre todo lo creado excelentes naves espaciales, conocidas como las más rápidas del universo.
Se podía decir que los Clase Media eran los más pensantes y tranquilos entre los saiyan, lo cual los diferenciaba de los de Clase Baja, que eran ruidosos y casi hasta alegres. La Clase Alta, por su parte, se dedicaba a disfrutar, ya no tanto a entrenar. Aunque sí lo hacían, claro. Muchas veces se organizaban pequeños combates entre ellos, para así mantener alto el nivel de pelea.
Aún así, los Clase Alta empezaban a lucir aburridos...
Eso preocupaba al Rey, por lo que les había empezado a asignar nuevas conquistas, así como participaciones en guerras galácticas, donde un bando de x raza pedía ayuda a cambio de un jugoso pago para así poder ganar.
Se habían vuelto algo perezosos, había que despertarlos...
No entendía muy bien la naturaleza de ello, pero mientras no fuera preocupante no iba a darle más importancia de la que tenía.
Tenía un merecido festejo por delante…
Estaba empezando a anochecer y decidió salir de la comodidad de su habitación para dirigirse a la puerta del Palacio, donde, en la Plaza Central de Reuniones ubicada allí mismo, todos los saiyans lo esperaban. Esa plaza adornaba la parte frontal del Palacio con preciosos árboles y columnas que marcaban los límites del lugar. Era inmensa y su función era ser el lugar de reunión de toda la raza.
Salió de su habitación y caminó por aquel espacio decorado hasta el más mínimo detalle con su impecable Armadura Real, su capa roja y la insignia de su linaje en su pecho. Todo esto acompañado por el Collar Real que sólo el Rey de Vegetasei podía usar. Sí: era el orgulloso Rey Vegeta, quien había asumido como tal hacía ya casi 30 años, ante la sorpresiva e inesperada muerte de su padre.
Radiante en soberbia, se acercó a la puerta, donde Nappa lo esperaba con una orgullosa sonrisa.
—Rey, lo estábamos esperando —dijo al verlo.
Vegeta miró en todas direcciones.
—¡¿Dónde está el chiquillo? —inquirió, molesto, mientras buscaba a su hijo.
—No quiero salir —y una voz salió de atrás de una columna.
—¡Trunks, no me hagas enfadar...! —espetó.
Gracioso y patético fue captar cómo Nappa ponía una cara de espanto ante su furia.
—Dije que no saldré, padre. Cuando gustes puedes pelear conmigo y descargarte... No me interesa —contestó el muchacho sin énfasis alguno, con desgano total.
—¡Esa no es forma de dirigirte a tu padre! —Vegeta, harto de aquel mal humor que cada día inundaba más a su hijo, fue tras la columna y lo encaró—. ¿Y el casco? —indagó al verlo, apreciando que solamente un manto negro cubría su cabeza.
—No tengo ganas de usarlo, hoy me siento asfixiado de él. —Trunks mantenía los ojos cerrados bajo el manto que sus manos mantenían acomodado.
El Rey refunfuñó y tomó al muchacho del brazo para arrastrarlo por todo el Palacio, rumbo a la habitación del Príncipe.
—Nappa, calma a la gente, ya salgo —ordenó antes de marcharse.
Luego de que su sirviente de más confianza asintiera fue directo al cuarto de Trunks.
—¡Entra! —lo empujó para meterlo en su habitación. Vegeta también entró y cerró la enorme puerta tras él.
Cuando giró a mirarlo un escalofrío recorrió su espalda, escalofrío que bien conocía, pues siempre le pasaba lo mismo al ver el rostro de su hijo, ya sin el manto.
Era igual a él...
Pero a la vez era lo opuesto.
—Trunks... No te atrevas a desobedecer a tu padre. ¡¿Qué clase de Príncipe eres?
—Eso me gustaría saber... —masculló él de forma impertinente—. Me gustaría saber por qué no soy como los demás… Pero claro, tú nunca has querido decirme la verdad.
Vio la enorme tristeza de aquel rostro, sin permitirse empatía alguna con él.
—Te lo he dicho cientos de veces a lo largo de tu vida, niño. —Vegeta fue hacia la cama de su hijo y tomó el casco que se encontraba abandonado allí entre sus manos.
Ese casco era símbolo de una parte oscura que nadie en Vegetasei imaginaba. Sacando a su hijo, sólo él sabía la verdad y él mismo se encargaba de todo aquel que intentara desvelar aquel misterio.
El misterio oculto tras el casco...
Observó nuevamente a Trunks y allí vio el pecado más grande que había cometido.
¿Realmente haber conservado a su hijo había sido un pecado?
Su cabello era lacio y de color lila, demasiado claro para un saiyan, raza que se caracterizaba por cabellos alborotados y oscuros, en tonalidades que no pasaban del negro o de las tonalidades más oscuras de colores variados como el azul, el rojo, el gris, etcétera. Y sus ojos... Azules como el cielo. Vulnerables, débiles...
Terrícolas...
Los saiyans SIEMPRE tenían los ojos negros. Siempre.
Sin embargo, ése no era el caso de su hijo.
Trunks tenía un rostro calcado al de él, pero sus ojos y su cabello eran distintos: eran el recordatorio de que él, el Rey Vegeta, no había sido tan fiel a las creencias de su raza como todos pensaban.
Eran el karma con el cual había decidido vivir...
Para castigarse por su error.
—Sé muy bien que mi madre no era saiyan, ¿ese es tu miedo? Temes a que tu propia raza te extermine por haber faltado a las creencias, ¿o no? Dilo, Padre... —Trunks se acercó a él, encarándolo con la mirada, aquella profunda y desgarradora mirada—. Dime que eres el peor de nosotros por haber cometido semejante pecado... Y no el mejor por ser el más fuerte.
No pudo soportarlo más, por lo que clavó su puño en aquel rostro.
Trunks se quedó con la cabeza hacia un lado, después escupió y volvió su vista hacia él. Un hilo de sangre decoraba su barbilla.
—Ponte el casco y vamos. Mientras más me faltes al respeto, menos sabrás la verdad, mocoso. —Vegeta no se privó de nada: le sonrió maliciosamente no sin antes entregarle el casco en mano.
Luego se marchó.
Caminó, sabiendo que él no lo seguía...
Bien sabía que lo estaba perdiendo, si es que ya no lo había perdido por completo. Pero no, no podía permitir que su hijo supiera de sus labios la verdad, por más obvia que fuera.
No quería que NADIE lo supiera...
Entre los saiyans, era considerado una muerte segura a todo caso de nacimiento de un híbrido, es decir un ser que en sus venas mezclara la sangre saiyan y la de otra raza. Estaba terminantemente prohibido mezclar la sagrada sangre saiyan con otra inferior. Mujeres había, no tantas como hombres, pero sí las suficientes como para que la raza pudiera seguir reproduciéndose. Mientras las mujeres saiyan siguieran existiendo, no había motivo alguno para mezclarse con otros seres del espacio, ésa era la regla de oro: no mezclarse con seres inferiores.
Más aún si éstos eran débiles…
Y la madre de su hijo lo era, era débil...
Pero no quería pensar en ella, no quería mostrarse vulnerable ante nadie.
Ese capítulo estaba cerrado, mas bien sabía el Rey que eso no era cierto.
Se mentía a sí mismo, pues ese capítulo estaba sumamente abierto, más latente que nunca.
Era como una pesadilla sin fin.
"Este es mi castigo sagrado: vivir ocultando el pecado más grande de la historia de nuestra raza, el de un Príncipe que mezcló su sangre con una mujer de otro planeta...".
Muchos sentimientos reprimidos en su interior desde aquel fatídico y, al mismo tiempo, maravilloso día de su vida... Pronto tendría que ir a realizar una conquista con sus propias manos para así descargar su ira contenida.
La que a veces no lo dejaba dormir...
Trunks había sido tímido durante toda su vida. Una persona respetuosa, callada, obediente. Pero desde hacía algunos pares de años que había empezado a descontrolarse, debido a la, suponía él, necesidad de unirse a una mujer. Vegeta no se lo permitía bajo ningún aspecto. Le regalaba amantes, pero no dejaba que ninguna lo observara... No le dejaba morder a ninguna de ellas...
Y, si alguna se atrevía a mirarlo, la mataba.
Sus pensamientos fueron abandonados al sentir a su hijo tras él.
Parado en el umbral de la puerta del Palacio, Vegeta giró hacia Trunks, a quien vislumbró con la cabeza gacha y el casco escondiendo aquel secreto. En su espalda vio colgada una espada, la cual Trunks solía usar desde hacía años.
—¿Por qué te gusta tanto la espada de los estúpidos Konattsu? —inquirió burlonamente.
—Porque ellos eran grandiosos guerreros... Ya te lo he explicado, padre —contestó su hijo de mala gana.
—Pues recuerdo cómo los matamos y no creo que fueran tan grandiosos...
—No eran tan fuertes, pero si eran valientes... —explicó Trunks—. El sujeto al que pertenecía me dio buen combate, por lo que decidí conservar su espada en honor a su valentía.
"Sensible como un terrícola", refunfuñó el Rey en su mente.
—Tonterías.
Finalmente decidió avanzar y, al salir por la puerta, una enorme multitud lo estaba esperando. Un griterío se apoderó del ambiente, proclamando al Rey y al Príncipe.
Vegeta extendió sus manos en el aire y empezó a reír con orgullo.
—¡Saiyans! —exclamó entre gritos y pasión—. Hoy cumplimos un nuevo aniversario como amos de la galaxia... ¡Nadie ha podido vencernos en 51 largos años! Debemos festejarlo...
Todos aplaudieron, pero una voz resaltó entre todos los presentes. Esta voz venía desde el final de la Plaza Central de Reuniones, al costado derecho de la multitud.
—¡Rey Vegeta! Hemos perdido tres escuadrones de Clase Baja en el último mes y medio...
—¡¿Quién dice? —espetó Vegeta—. Da la cara, insecto.
Un saiyan algo viejo al juzgar por su aspecto, caminó entre la gente y se detuvo frente a él después de cruzar aquella marea, al pie de las escaleras que separaban a la multitud de la Realeza.
—Yo lo digo, señor. Soy Bardock, Líder de Clase Baja —y, claramente fastidiado, realizó una reverencia hacia él.
Recordó a Bardock como uno de los guerreros que participaron en la batalla con Freezer. A pesar de ser de Clase Baja, había demostrado increíble valentía y poder en aquella guerra.
También lo recordó como padre de Raditz, antiguo compañero de escuadrón del Rey.
Y, claro, lo recordó por su rango…
Las tres clases guerreras tenían un líder, el más fuerte y maduro de ellos: Nappa, su sirviente directo desde hacía muchísimos años, era el Líder de la Clase Alta; un sujeto llamado Tark, destacado científico, era el Líder de la Clase Media; y finalmente Bardock, destacado soldado, era el Líder de la Clase Baja.
Algunos saiyans de Clase Alta rieron maliciosamente ante los dichos de Bardock, pero Vegeta sólo necesitó una mirada fulminante para hacerlos callar.
—¿Tres escuadrones, dices?
—Sí. —Bardock se mostró más que furioso—. El último fue hoy mismo… es por eso que no solicité reunión con Usted antes...
—Bien.
"Tres escuadrones de Clase Baja... Serán los más débiles, pero son más fuertes que cualquiera; realmente es extraño...".
—Hablaremos mañana a primera hora. Ahora estamos celebrando.
El Líder de la clase más débil lo observó con cierto resentimiento.
—Obedece —y Vegeta le sonrió altaneramente.
—De acuerdo, Rey Vegeta... —Bardock se dio media vuelta y se marchó hacia donde estaba originalmente.
"¡No quiero problemas! Ya bastante tengo con el mocoso... Ahora debemos celebrar".
—Saiyans... ¡Que comience el festejo!
—El Rey es un idiota... —musitó su bisnieta, por lo bajo y con mucho rencor—. Perdí dos amigos en el escuadrón que fue derrotado hoy...
—Cállate, chiquilla —la retó Bardock—. Mañana me escuchará porque le irá muy mal si no lo hace... Seré de Clase Baja, pero soy mayor que él y tengo más experiencia. ¡Debería ser él quien haga reverencias hacia mí!
—Padre, no digas eso... —Raditz, su hijo mayor, se acercó a él entre la multitud—. Por más que nunca te haya caído bien, él es el Rey y debemos respetarlo... Los saiyans somos leales, ante todo, a nuestra sangre.
—Díselo a él, Raditz... No a mí. Yo me largo.
Sin que ningún miembro de su familia pudiera detenerlo, Bardock levantó vuelo y se marchó.
Mientras atravesaba las distintas edificaciones se hundió en sus pensamientos, sobretodo en lo que venía ocurriendo desde hacía un par de meses...
"Los de Clase Alta cada vez están más cegados por el orgullo... Creen que somos ratas, pero somos saiyans al igual que ellos".
Apretó sus puños con furia.
"Cuando el Rey anterior estaba al mando estábamos más unidos que nunca. Este mocoso insolente que tenemos por Rey no tiene idea de nada".
Llegó a su hogar: una edificación de cuatro pisos, alargada y rectangular, que resaltaba entre las humildes casas que la rodeaban.
"Por lo menos me han concedido un hogar grande para mi familia...".
La casa tenía ventanas circulares y era gris. Había sido construida con unas piedras ultra resistentes originarias de un planeta lejano de la Galaxia del Este.
Entró por la puerta y allí estaba su hijo menor, Kakarotto, comiendo desaforadamente en la mesa principal. Éste tragó al verlo y, feliz por el nuevo bocado, le habló:
—¿Tan rápido volviste? —Y siguió comiendo.
—Sí... —farfulló en respuesta.
Bardock se sentó frente a él y tomó, con confianza absoluta, una pata del animal asado cuyo origen desconocía del banquete de su hijo.
Entonces, se detuvo a mirar detenidamente a quien tenía frente a él.
Kakarotto era famoso por tres razones entre los de Clase Baja: la primera era por ser hijo de Bardock, el valeroso guerrero; la segunda era por su manía de cazar animales alrededor del universo, animales que traía a Vegetasei y repartía entre los de Clase Baja para que pudieran alimentarse apropiadamente; finalmente, la tercera era por ser un idiota.
Era considerado el saiyan más bueno de todos, muy solidario además de ser un poderoso guerrero, uno de los mejores de su clase, así como Raditz y el padre de ambos. Pero una extraña bondad poco común y una ingenuidad que nadie había podido quitarle creaban un cóctel muy extraño para un saiyan común y corriente.
"Solamente estuviste siete años en la Tierra, pero al parecer ese tiempo alcanzó para llenarte de sentimientos terrícolas...".
Tenía la mirada más bondadosa que hubiera visto en su vida, mirada que sus dos hijos, Gohan y Goten, además de su nieta Pan, habían heredado.
Le molestaba esa mirada... Pero debía reconocer que era un gran guerrero.
—¡Ey! Es mi comida... —masculló mientras masticaba.
—No molestes, Kakarotto. —Devoró la pata como sólo un saiyan sabía hacerlo.
—¿Por qué el mal humor? —Su hijo, finalmente, dejó de lado la comida para mirarlo con atención, con clara incógnita en sus ojos.
—No sé por qué, pero siento que algo malo está por ocurrir... Llámalo "intuición de viejo" si quieres, pero lo siento en el aire: algo huele mal.
Terminó la pata del animal y la arrojó sobre la mesa, revolviéndose con incomodidad en aquella silla.
—¡Pues lo que huele mal no es mi comida! —Kakarotto siguió comiendo como loco.
—Tú nunca cambias, chiquillo... No se te puede hablar seriamente —sin más, se levantó y fue hacia arriba, donde estaba su habitación.
Mientras subía las escaleras, dispuestas en forma de espiral y extendidas a lo largo de toda la edificación, su nuera le pasó por al lado en sentido contrario al suyo.
—Tu marido no tiene solución, Chichi.
—Lo sé... ¡No deja de comer! —se quejó la mujer de su hijo, una hermosa saiyan de cabello largo y negro, clásica imagen femenina de una de su raza.
Se detuvieron en la escalera.
—A veces no entiendo cómo no te cansas de él... —musitó, riendo con malicia
—Tal vez sea distraído, pero no puedes negar que es bueno lo que hace: ayuda a muchos soldados de Clase Baja y nos ha hecho un poco más buenos y humildes a todos, casi sin desearlo.
"¿Humildes? Entonces debería enviarlo con los de Clase Alta, a ellos sí que les vendría bien una lección de humildad...".
—¡Claro que no lo deseó! La cabeza no le da para planear algo tan complejo.
Ella rió y se marchó.
Chichi era de Clase Media aunque, a decir verdad, no era de las más fuertes de esa clase. Había sido cautivada por su hijo por algún inexplicable motivo y había terminado por aceptar vivir entre los de una clase menor a la de ella, caso poco común entre las mujeres de la raza. Habían tenido dos varones: Son Gohan y Son Goten. Sus nombres no eran típicos saiyan, lo cual lo irritaba ya que le gustaba seguir las costumbres de su raza, pero entre los saiyans más jóvenes se había convertido en un caso común eso de nombrar a los vástagos de formas por demás peculiares. Por este motivo, Kakarotto escogió nombres típicos de la Tierra, el planeta al que había sido enviado al nacer y del que Bardock lo había retirado cuando su hijo tenía siete años.
Gohan, el hijo mayor, era de Clase Media, heredero absoluto del nivel de clase de su madre así como de la gran bondad de su padre. Era, además, un gran guerrero y un gran científico.
Goten, el menor, había corrido con peor suerte en lo que a poder se refiere. Era de Clase Baja, aunque no por eso era débil, al contrario. Desde pequeño había tomado al entrenamiento como un simple juego, por eso Bardock había decidido ponerlo bajo la tutela de Raditz, su hijo mayor, para que así recibiera un poco de disciplina saiyan propiamente dicha y no esa disciplina súper buena de Kakarotto.
No era riguroso con sus hijos, no lo suficiente...
Todos vivían juntos en aquella casa. Gohan se había unido a Videl, muchacha de Clase Baja cuyo padre era uno de los saiyan más débiles de la historia: el sujeto había muerto hacía varios años, derrotado y humillado por una raza desconocida y no muy fuerte. La chica tenía más poder que su padre y un carácter clásico saiyan, aunque Gohan bastante había domado éste con su rostro apacible y sus modos tranquilos. Finalmente tuvieron a Pan, quien para ese momento ya tenía 15 años. La chiquilla era muy fuerte, era de las mejores mujeres de Clase Baja. Era caprichosa, curiosa, de mal carácter y ambiciosa.
Le encantaba su bisnieta: era, para su gusto, la mejor herencia de parte de Kakarotto. Aunque a veces tenía dejos de bondad, pero no eran tan molestos como sí lo eran en su hijo.
Raditz estaba solo y nunca había formado una familia, así como muchos guerreros de Clase Baja, debido a que las mujeres no sobraban sino que escaseaban y, muchas veces, los de Clase Alta se unían a las de Clase Baja para perpetuar la especie y el nivel más alto de poder.
Kakarotto había tenido suerte...
Bardock estaba solo. Su mujer, madre de sus dos hijos, había muerto hacía muchísimos años, precisamente al dar a luz a Kakarotto. Luego de ella jamás volvió a tener interés en mujeres. Estaba bien así: solo.
Llegó a su cuarto y se lanzó en su cama boca arriba.
"Lo digo en serio, desearía que alguien me hiciera caso: algo huele mal en Vegetasei".
Sus presentimientos, bien lo sabía, jamás estaban equivocados.
La gente gritaba, reía, tomaba brebajes exóticos e incluso pequeñas peleas se habían organizado, donde los de Clase Alta exhibían sus poderosas técnicas frente a la multitud.
Su padre observaba aquel poder con orgullo y, a su izquierda, Nappa adoptó el mismo semblante victorioso del Rey.
Trunks, por su parte, se quedó a su derecha, serio y callado.
Todos parecían mirarlo con miedo o, directamente, no lo miraban en lo más mínimo.
Todo por aquel casco…
Desde muy pequeño que lo usaba: era negro y circular, con finas líneas blancas separando las secciones de su cabeza. En los ojos, un vidrio negro tapaba su mirada azul. En sus orejas y boca unas pequeñas ventilaciones le permitían escuchar y hacerse escuchar. Al costado izquierdo, un par de botones le permitían utilizar su scouter, cuyos datos se reflejaban en el vidrio negro de sus ojos. En la parte inferior, un seguro que rodeaba su cuello impedía que alguien se lo quitara de arrebato. El seguro era del metal más resistente que se hubiera podido conseguir y se abría al accionar un botón oculto en su nuca.
Ese casco era, sin duda, su mejor amigo y su peor enemigo.
Cuando era pequeño, estuvo encerrado en su habitación hasta los cinco años, siendo poco consciente de quién era o de qué significaba ese encierro. Salió un buen día, pero antes de hacerlo su padre le colocó aquel casco, prohibiéndole quitárselo por el resto de sus días. Para convencerlo, alegó que él era especial y nadie debía saberlo, ya que si alguien lo descubría podría morir.
Creció aceptando aquel destino, mas no lograba comprenderlo.
A los 15 años empezó a sentir atracción por la tecnología de los de Clase Media, y aprendió del Líder Tark a utilizar las distintas herramientas. Tenía una facilidad poco común para gente de la Realeza, un talento, como solía llamarlo Tark, quien era uno de sus pocos amigos, quizá el único.
Ya en sus 18 años, Trunks empezó a investigar el porqué de su diferencia, averiguando de los más ancianos, pero nada: nadie recordaba haber visto un saiyan de cabello y ojos claros.
Cada vez estaba más intrigado...
Finalmente, llegó a la conclusión de que no podía ser saiyan, pero su cola y el enorme parecido facial con su padre le daban a entender que no era posible que no lo fuera.
¿Y si él era algún tipo de experimento?
No, era poco probable... Los saiyans no hacían ese tipo de experimentos.
¿Y si su madre no era saiyan?
Esa pregunta parecía orientarlo hacia la verdad...
Investigó y su madre estaba identificada en antiguos documentos como una tal Zerta, mujer de Clase Alta que había dado a luz el día en el que él nació.
Al parecer, una complicación, generada por el gran poder que él tenía, hizo que ella muriera durante el parto. Esto a veces sucedía entre los saiyan: las mujeres morían o quedaban muy debilitadas luego de dar a luz, esto sucedía cuando sus hijos sobrepasaban sus poderes con creces.
Allí el motivo principal de la escasez de mujeres.
Trunks era uno de los más fuertes. Incluso, se decía que tenía más potencial que su padre. Pero Zerta era una saiyan común y corriente, de cabello oscuro y alborotado, como el de todo saiyan. Eso era lo que había logrado averiguar.
¿De dónde había salido, entonces, ese color de ojos y cabello que él tenía?
Empezó a intentar sacarle información a su padre, pero nada...
Esa situación empezaba a ser demasiado molesta para el joven Príncipe, quien ya a sus 28 años estaba cansado de las mentiras, de los misterios, de los secretos...
"Quiero y merezco saber la verdad".
Tark interrumpió sus pensamientos cuando se acercó a él.
—Príncipe Trunks, he estado construyendo un nuevo prototipo de jet espacial para vender en la Galaxia del Oeste; me gustaría que me diera su opinión.
Tark tenía poco más de 100 años y era toda una institución en Vegetasei. Había peleado en la batalla contra Freezer, de la que fue uno de los afortunados sobrevivientes. Era de baja estatura y su cabello era largo y estaba alborotado hacia los costados debido a la incipiente calvicie. Además, su cabello negro lucía canas por todas partes. Su rostro estaba arrugado pero se conservaba muy bien.
Aún le quedaban algunos años de vida, pues todo guerrero saiyan tenía una expectativa de vida de más o menos 150 años, aunque eso variaba mucho a veces. La juventud saiyan era larga y el envejecimiento era muy lento, casi abrupto al alcanzar más o menos la edad de Tark.
Le tenía mucho cariño, casi como a un padre.
—Será un placer. —Le sonrió, aunque obviamente Tark no lo notó.
El Líder de Clase Media se sumergió en la multitud y, antes de poder seguirlo, Vegeta lo tomó del brazo.
—¿Dónde vas? Debes quedarte con tu pueblo, eres el Príncipe y aquí estamos celebrando —lo retó.
—Con Usted alcanza, Su Majestad, el Todopoderoso Rey Vegeta —Se soltó de su padre con delicadeza para que nadie lo notara y se fue tras el anciano de Clase Media.
Cuando caminó entre la gente y detrás de Tark, escuchó los típicos murmullos a los cuales jamás había logrado acostumbrarse: cosas como "¿será verdad lo que dicen?", o "¿cómo podría haberle pasado algo así?".
Un estúpido rumor era muy popular en Vegetasei: el rumor decía que él, Trunks, usaba ese casco para ocultar una supuesta deformidad que poco honor le haría a su status de Realeza.
El porqué de la deformidad era discutido. Unos decían que había sucedido durante un entrenamiento y otros aseguraban que una raza muy poderosa casi lo había matado de niño...
Estaba harto.
No sabía lo que se sentía el viento en su rostro y, al pasar al lado de los de Clase Baja, pensó en cuánto los envidiaba.
Sí, él era el Príncipe de los saiyans, pero mejor hubiera sido ser cualquiera, eso no le hubiera molestado.
"Sólo quiero poder mostrar mi rostro y caminar tranquilo entre mi gente...".
Muchas veces pensó en revelarse y mostrarse ante todos, pero algo no se lo permitía. A lo mejor era el sentimiento que tenía hacia su padre que, por más severo que fuera, era su progenitor.
Lo sabía al mirar el rostro idéntico a pesar de las diferencias en ojos y cabello...
Quería a su padre por más que nunca se le permitiera expresar sus sentimientos. Los sentimientos eran algo demasiado trivial para un guerrero y más para un Príncipe.
Increíble pero real: incluso no se sentía saiyan por su forma de sentir. Tark solía decirle que era muy sensible y, posiblemente, eso fuera cierto.
"Pero... ¿Por qué yo?".
Reconoció a un antiguo compañero de su padre entre la multitud.
—Hola, Raditz —saludó con respeto.
—Príncipe... —Raditz hizo una reverencia ante él.
Con una seña, Trunks lo invitó a alejarse un poco de la muchedumbre.
—Dime: ¿qué sucedió exactamente con los escuadrones derrotados? —le pidió amablemente.
—Pues bien, fue muy misterioso... —relató lentamente el Clase Baja—. Las tres tropas fueron exterminadas crudamente en planetas de la Galaxia del Norte cuya población era poco poderosa.
—¿Qué planetas eran?
—Los planetas Zet, Mega y Kabu, Señor.
"Esos planetas no poseen gente fuerte ni por casualidad...".
—Muy extraño.
—Sí... —murmuró Raditz con molestia—. Por favor, yo sé que Usted lo comentará con su padre… Estamos preocupados y esperamos que no sea alguna nueva raza que busque desaparecernos. Esto ya pasó una vez, cuando Freezer aún vivía. No es buen signo —sentenció.
—Entiendo... —asintió el muchacho—. De acuerdo, hablaré con él pero ahora debo irme, nos vemos. —Y se marchó.
Sentía mucha simpatía por la Clase Baja: era la más respetuosa, servicial, humilde y valerosa que conocía.
Él era de Clase Alta, pero no tenía afinidad alguna con ellos.
"Ojalá fuera de Clase Baja".
No poseía la ambición de poder de su padre...
Sí le encantaba auto-superarse en sus duros entrenamientos, y pelear lo hacía feliz, pero no le interesaba ser el más fuerte.
Cada día estaba más inseguro de su naturaleza. Por momentos parecía clara y en otros se mostraba oscura...
"Desearía que llegara el día de saber la verdad...".
Nota Final del Capítulo I
Bueno, sólo estoy sentando bases para lo que sigue, prometo más respuestas próximamente. Cualquier duda dejen review, los voy a responder encantada. n.n
Y sobre Videl y Chichi: decidí tomarme la libertad de hacerlas saiyan...
Sí, ya sé que no lo son, pero pusiera la historia como la pusiera, el que ellas fueran humanas no me servía, me dejaba demasiados cabos sueltos.
Por eso decidí hacerlas saiyan, además de que creo que ambas tienen un carácter fuerte como para haberlo sido tranquilamente.
Eso sí: dejemos de lado los ojos claros de Videl...
Bien, sé que a lo mejor mi trama es un poco rara XD, pero bueno, realmente espero le guste a quien lo lea. n.n
Saludos, actualizaré lo más pronto posible, lo prometo.
Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.
