PECADOS EN LA SANGRE
Capítulo VIII
"Esencia guerrera"
Ya era media tarde y Trunks decidió ir a echarle un vistazo a Pan, pues varias horas habían pasado desde que se había ido del Palacio; dejarla sola tanto tiempo no era bueno. Por menos caso que ella le hiciera, él sentía como su deber estar a su lado, para cualquier cosa que ella requiriera.
Ese era, también, su deseo: cuidarla como ella se merecía.
—Me retiro —anunció a la familia de Bardock, momentos después de que Raditz decidiera afrontar el rol de espía de Nappa.
Se puso de pie y todos los presentes lo imitaron.
—Cuide mucho a Pan, por favor —pidió Gohan con seriedad.
—Se lo encargamos —siguió Videl a los dichos de su hombre.
—Sí, haré todo lo posible...
Se dio media vuelta para retirarse del hogar, cuando Kakarotto puso una mano en su hombro.
—¡Lo había olvidado! —exclamó a la vez que Trunks volteaba a verlo.
—¿Qué cosa? —preguntó el muchacho.
—Esto... —Kakarotto le dio una pequeña y extraña cápsula.
Jamás había visto algo como eso.
—¿Qué es esto? —Miró aquel pequeño objeto sin comprender.
—Es un refrigerador... Allí podrá conservar la comida de Pan. —El hijo menor de Bardock señaló el pequeño botón que se encontraba en uno de los extremos del objeto—. Si aprieta ese botón, se convierte en el refrigerador y, de ser necesario, puede volverlo a su forma de cápsula si es que debe esconderlo de su padre... —Rió jovialmente—. Sólo le aconsejo que lo accione con cuidado, pues hace un poco de ruido al abrirse... —Y una nueva sonrisa decoró aquel inocente rostro.
Trunks no podía salir de su sorpresa.
—¡Qué aparato tan interesante! Será de gran ayuda... ¿De dónde sacó esto?
La necesaria pregunta.
Kakarotto le guiñó un ojo.
—¡Es un secreto! Más adelante, cuando todo esté más tranquilo, se lo diré... Y dígale que la carne de dinosaurio se la preparé yo mismo para ella... —El guerrero de Clase Baja gesticuló una sonrisa ciertamente adorable, por demás tierna. Se notaba el especial cariño que tenía por la muchacha.
El Príncipe se sintió tremendamente intrigado, pero aceptó el reto del abuelo de Pan.
—Se lo llevaré y le daré el mensaje... Ahora sí, me voy. Cuídense. —Sin más, salió por la puerta rumbo al Palacio.
No tardó demasiado en llegar. En pocos minutos allí se encontraba.
Entró por la enorme puerta y no pasó mucho tiempo antes de que interceptara con su padre en el hall principal.
—¿Dónde estabas? —inquirió el Rey, seco.
—Con Tark en su laboratorio.
—¿Otra vez? —Su padre rió burlonamente—. ¿No te aburres?
—No, al contrario... —aseguró—. Ahora mismo me iré a mi laboratorio y seguiré trabajando...
Le dio la espalda a su padre rápidamente, intentando evitar alargar ese diálogo, pero el Rey prosiguió sin que él pudiera evitarlo:
—No creo que llegues al laboratorio, pues dejé un regalo para ti en tu cuarto, un regalo que no te permitirá concentrarte en estúpidos circuitos...
Quedó petrificado al escuchar aquello: ¡su presentimiento de la mañana se había cumplido!
"Este SÍ iba a ser un día horroroso... ¡Pan! Si él vio a Pan... ¡NO! ¡Todo estará perdido!".
Tembló, pero no por mucho tiempo. Intentó parecer tranquilo para no llamar la atención del Rey y se fue, sin emitir palabra alguna, a su habitación.
Justo antes de entrar, Vegeta le dijo una última cosa:
—Por cierto... Ahora mismo me voy, mocoso. Debo meditar varios asuntos y decidí ir a entrenar esta noche a la Galaxia del Norte. Mañana a primera hora volveré.
Aquel anuncio lo extrañó un poco pero no demasiado; su padre siempre hacía eso en momentos tensos, se iba a entrenar para tratar de encontrar soluciones en su mente.
—Éxitos —le dijo sin mirarlo.
Cuando sintió cómo Vegeta se alejaba y retiraba finalmente del Palacio, dejándolo completamente solo en éste, entró rápidamente a su cuarto, hecho un manojo de nervios. Y sí, allí corroboró sus sospechas: su padre le había dejado, de nuevo, una amante. Cerró la puerta con el seguro y fue hacia ella con temblores asechando su cuerpo. Cada vez más nervioso, Trunks se fijó bien en la esclava. Era Kiki, la chica de Konnatsu con quien había pasado una noche hacía tan sólo un par de días.
Un ruido proveniente del baño le anunció que Pan se encontraba allí, lo cual lo dejó tranquilo.
"Papá no la vio...".
Tranquilamente eso podría haber ocurrido, pero la suerte estuvo de parte de ambos aquel día.
O eso parecía…
Respiró profundamente y Kiki, al oírlo, gimió levemente.
—Príncipe… De nuevo aquí, frente a Usted —dijo en tono indescifrable.
Su cuerpo empezó a temblar con más notoriedad, reacción que Trunks contempló con ojos desorbitados, hipnotizados por el vaivén del pecho de la joven que tenía frente a él.
La imagen se distorsionó en segundos; ya no veía a Kiki.
"¿Pan?".
Sí, era a Pan a quien tenía enfrente.
"Pan… ¿Tú…?".
Kiki continuaba temblando y el Príncipe, cegado ante ella, continuaba atisbando a la muchachita de Clase Baja a través de la mujer de Konnatsu.
"Pan, tú…".
El cuerpo lastimado, las obscenas manos de soldados de su clase tocando cada rincón íntimo del delicado ser que ultrajaban con demencia y perversidad. La joven derrotada, la saiyan que sufría: ¡Pan! Era Pan, era la escena en Tramat repitiéndose una y otra vez frente a sus ojos. Su respiración se agitó y Kiki tomó esto como signo de excitación.
—No me lastime, por favor… —pidió suavemente la joven.
—Jamás —contestó mecánicamente. Aquellas palabras lo devolvieron lentamente a la realidad.
—Yo… —farfulló Kiki—. Yo sólo me echaré aquí y cerraré fuertemente mis ojos. Prometo no llorar. —La voz se quebró, contradiciendo sus dichos—. No lloraré, no intentaré librarme de sus manos. Pero, por favor… —Las lágrimas mancharon el retazo de tela que tapaba sus ojos—. No me golpee, no me lastime…
Un dolor en el pecho de Trunks le hizo caer en cuenta de que entre Kiki y Pan no había diferencia alguna. Eran como dos gotas de agua: idénticas. Apretó sus ojos en su casco mientras el dolor que la comparación le generaba causaba estragos en todo su ser.
Dos gotas de agua…
Dos mujeres que sufrían por un contacto no deseado de un hombre perverso…
Tragó saliva e interrumpió su dolor para así cumplir con su deber:
—Kiki, no tengas miedo... —susurró dulcemente, casi sin atreverse a tocarla o siquiera a acercársele—. No te haré daño, te sacaré de aquí, ¿sí? —afirmó luego, intentando calmarla.
Se armó de valor y le quitó la venda de los ojos. Así, ella mostró ante él un gran temor, además de una clara incomprensión ante aquella situación. ¿Por qué se la llevaba? ¿Por qué la libraba de la oscuridad de la venda? ¿Acaso los dioses de su planeta habían escuchado su plegaria? Sin perder el tiempo, por su parte, Trunks la levantó en brazos luego de romper las cadenas que ataban sus manos y se la llevó corriendo hacia la prisión subterránea que funcionaba debajo del Palacio, la cual estaba muchos metros debajo de la tierra. En esa prisión había de todo un poco: saiyans que fallaron de algún modo a su raza, alienígenas que atentaron contra ellos, trabajadores de varias labores que no requerían fuerza dentro de Vegetasei —como ser la atención de la Central Espacial, la limpieza de las calles o la cocina para la Realeza— y, claro, las esclavas. Las había de todas las razas y edades. Había tantas esclavas que incluso tenían su propia sección dentro de aquella vasta prisión.
Justamente a esa sección se dirigió específicamente.
Si bien los calabozos estaban debajo del Palacio, no estaban directamente conectados con éste, ya que para llegar se debía salir del Palacio e ir a la parte trasera del mismo, en la cual una enorme puerta funcionaba de entrada al oscuro lugar. Para llegar al lugar propiamente dicho debió pasar unas largas y tediosas escaleras, las que lo hundían profundamente bajo tierra.
Una vez ahí habló con un guardia, a quien le gritó con todas sus fuerzas, sin ya poder manejar sus nervios:
—¡Déjame pasar o te mataré! —espetó, sin deseos de controlar sus impulsos—. ¡Y dame las llaves de los calabozos!... ¡ES UNA ORDEN, INSECTO!
El hombre, un saiyan de Clase Media de unos 40 años, tembló ante aquel imponente grito y lo dejó pasar sin más, soltando las llaves, invadido por el terror que su Príncipe daba. Los demás guardias, que no sólo eran de Clase Media sino también de Alta y Baja, le abrieron camino al igual que su compañero, extrañadísimos de aquella violenta actitud no común en el Príncipe.
Trunks circuló a través del enorme pasillo, donde muchas celdas enfrentadas en ambas paredes mantenían encerradas a más de cien mujeres. El aire era lúgubre al igual que las paredes y la iluminación: allí había una infinita oscuridad, un aroma asqueroso y una suciedad insoportable. Esa prisión personificaba todo lo que no merecía respeto ni honor: era el hoyo de los que no merecían más que humillación.
El hoyo de quienes no tenían sangre saiyan en sus venas.
Eso sí: esa sección era mucho mejor que otras de la prisión. Al parecer, los guardias ponían cierta atención en no volver tan lúgubre el lugar donde estaban los objetos de su egoísta placer.
Sintió asco al ver a varios soldados de Clase Alta —la clase que más frecuentaba aquel lugar, según sabía— gritando obscenidades mientras miraban a las esclavas, seguramente eligiendo a las próximas víctimas entre aquellas muchachas. Los saiyans vieron al Príncipe y quedaron atónitos, mientras todas las esclavas giraban a verlo, confundidas.
—¡SALGAN TODOS DE AQUÍ, AHORA! —gritó—. Si no lo hacen, yo mismo los sacaré...
—Príncipe, ¡sólo nos estamos divirtiendo! —Un soldado de Clase Alta, casi de su edad y estatura y con cabellos largos y negros, se le enfrentó en una actitud por demás impertinente—. ¿Acaso nos va a cortar la diversión?
Dejó a Kiki en el suelo y fue directamente contra aquel imbécil.
—SÍ, planeo cortarles la diversión... —musitó antes de propinarle un tremendo puñetazo en la boca del estómago, puñetazo que, por supuesto, lo derribó fácilmente.
Todos palidecieron al ver aquello, mientras que las esclavas no hacían otra cosa más que gritar completamente horrorizadas.
Los saiyans reaccionaron a esa acción retirándose velozmente.
Así, Trunks estuvo rodeado sólo de mujeres.
Dio un vistazo rápido y vio a muchas ex amantes, mujeres que habían servido de descargo emocional y sexual para él, que le habían brindado calor en noches de lo más tristes... A todas ellas veía, y cada una de las miradas de ellas hacia él eran puñales, heridas imposibilitadas de curarse. Eran eternas, ellas y las puñaladas.
—Perdónenme —dijo, al borde de las lágrimas—. Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que ustedes no tienen la culpa de las carencias que los saiyans podamos tener... No tienen por qué ser violadas así...
Haber visto a Pan a través de Kiki se lo había enseñado. Estar allí, frente a esas esclavas, le daba la pauta de cuán acertado había sido su sentir en su habitación: Pan y ellas, gotas de agua, idénticas todas y cada una de ellas.
—Príncipe, sabemos que Usted es uno de los saiyans más bondadosos... Eso no quita que nos haya usado también —afirmó Kiki, llena de fortaleza a pesar de la dura situación. Estar allí parecía darle cierta confianza en sí misma. No era de extrañar, pues ése era su hogar y esas mujeres su familia.
Trunks sintió admiración por su altura al dirigirse a él.
—Lo sé, y ya no lo haré más... —Se sinceró y poco le importó hacerlo—. Les juro que las liberaré lo más pronto posible, pues ya no quiero que las obliguen a hacer cosas contra su voluntad. Desgraciadamente me di cuenta tarde, por lo cual les pido perdón. —Respiró con dificultad y sus manos temblaron por los nervios, la vergüenza y la tristeza a la que lo inducían las mujeres y el ambiente.
La tristeza de, sobretodo, recordar a Pan casi desnuda a merced de los asquerosos traidores; ese recuerdo era demasiado para él.
—Eh, no nos liberes a todas; a algunas nos gusta estar aquí... —contestó una mujer morena desde la celda que estaba al extremo izquierdo del pasillo. Casi parecía una saiyan y se veía madura, pero no por eso perdía su belleza—. No todas odiamos esto... Sí la mayoría, lo admito. Pero yo no veo esto como una violación, en mi pobre planeta la pasaba aún peor.
Trunks se acercó a ella y la miró con atención: esa era la única amante de su padre, la reconoció al verla bien.
—Tú eres Ela, ¿no?
—Sí. —La mujer le sonrió—. Aquí tengo comida y un techo, no puedo quejarme. El Rey es atento conmigo y soy intocable para los demás; soy una privilegiada, una elegida por la Realeza... ¡Mejor saca de aquí a las pobres muchachitas jóvenes que no saben lo que es el sexo! Ellas son las que debes rescatar, ellas son las que no merecen esto... Algunas de nosotras, las más maduras, estamos aquí hace años y ya nos acostumbramos e incluso casi hasta lo disfrutamos... Es triste, pero es así. Es tarde... Mejor ocúpate de las jovencitas, por favor.
Ela se aferró a los barrotes de la celda mientras todas las demás cautivas la miraban atentamente. Los ojos imponentes de aquella morena lo dejaron impactado.
Necesitó recordarse en brazos de algunas de esas mujeres y era cierto: no todas padecían la tarea que se les encomendaba al encerrarlas con los ojos vendados en el cuarto del Príncipe Trunks. Esas noches las recordaba con especial cariño, pues la pasión correspondida era algo casi desconocido para él, y realmente había encontrado un poco de ello en algunas pocas esclavas que se les había asignado por medio de su padre. Al lado de Ela, una mujer de piel tostada y cabello rojo le sonrió levemente, haciéndole recordar que lo que la amante de su padre le decía tenía algo de verdadero. Se vio en sus brazos en su más temprana adultez, gozando desenfrenadamente y sintiendo, a través de los gemidos y las manos asidas a su cintura, que ella, de alguna manera, estaba sintiendo algo parecido a lo que él experimentaba: placer. Quizá, no sólo era ese sentimiento el que compartían; quizá, ella sentía, al igual que él, alguna especie de compañía, de cariño.
De afecto…
—Algunas nos hemos acostumbrado —aseguró aquella pelirroja—. Y por eso goza de cierta buena fama en este pasillo: el Príncipe Trunks es el menos violento, el más delicado, el más frágil también. —Trunks no pudo evitar sonrojarse al escucharla—. Las que aprendimos a valorar esos detalles le estamos agradecidas, y las que no lo aprendieron y jamás lo aprenderán, como esa preciosura que tiene tras su espalda —dijo, señalando a una atenta Kiki—, son las que van con un temor menor a su cuarto; sabiendo que, al igual que algún que otro saiyan que también goza de buena fama por aquí, no las lastimará ni golpeará, cosa que sí hacen muchos cerdos que vienen a visitarnos. Eso TODAS nosotras se lo agradecemos. Más se lo agradeceremos el día que saque de aquí a las que sufren esta tarea, a las que no logran adaptarse, a las que realmente se sienten violadas cuando un saiyan las toca. Sáquelas de aquí y se ganará nuestro respeto y admiración; se lo juramos.
—Está bien... Les juro que lo haré: no quiero más esclavas en mi planeta...
Decisión tomada: Pan era mujer al igual que ellas, y la idea de una mujer violada, luego de conocer a la muchachita, se le hacía repulsiva. Sentía asco por todo hombre saiyan que hubiera tocado a esas esclavas, incluido él mismo, así como sentía asco de los dos traidores de Clase Alta.
—Creemos en Usted... —Kiki le sonrió, aunque en su rostro se veía el sufrimiento que significaba para ella estar allí.
—Es una promesa. —Y se permitió abrazarla.
Kiki era de Konnatsu y las mujeres de ese planeta se le hacían sencillamente irresistibles. No iba a mentir: luego de los tensos días que estaba pasando, Trunks deseaba compañía y qué mejor que esa mujer que estrechaba en sus brazos, esa cálida mujer de otra raza, esa mujer llena de belleza; mas luego de conocer a Pan su vida había cambiado por completo.
Luego de verla allí, casi desnuda en Tramat, siendo manoseada injustamente por dos insectos de su Clase...
No era justo, no lo era.
Pan era como ellas y ellas como Pan. Veía a la muchachita de Clase Baja en cada esclava, en cada mirada.
Kiki le sacó las llaves de la mano y se acercó a una celda. Abrió la puerta y entró.
—Aquí lo espero. —Le devolvió las llaves en mano.
La vislumbró a través de su casco unos momentos, a ella y a todas esas mujeres.
—Gracias.
¿Por qué agradecía? Por no haber sido escupido ni insultado... Agradecía el que ellas creyeran en él, pues por ese motivo lo hacían sentir demasiado bien como persona.
A pesar de todo…
No dijo nada, simplemente se fue.
Dejó las llaves a quien se las había arrebatado en un principio y subió las largas escaleras hacia el exterior, para así volver al Palacio. Sus convicciones inundaron su corazón y se dijo que ya no podía haber mujeres ultrajadas en su planeta; pensar en lo que el próximo pudiera hacerle a Kiki, ya fuera golpearla o incluso matarla, le dio la determinación necesaria: cuando acabara con los traidores y gozara al ver la sangre de cada uno de ellos decorando sus manos, se ocuparía personalmente de liberar a todas las esclavas que quisieran rehacer sus vidas lejos de Vegetasei. Sin poder evitarlo, sonrió.
"Así será".
Ser el Príncipe tenía sus ventajas: podía hacer algo al respecto.
Mientras subía, de repente, una enorme pregunta se hizo presente en su cabeza.
"¿Pan habrá visto a Kiki?".
Eso aún no se lo había preguntado, y la posible respuesta lo hizo subir lo más rápido posible a su cuarto. Una vez fuera de la prisión, voló literalmente hacia su habitación; abrió la ventana y la cerró tras de sí en un parpadeo.
"¿Pan la habrá visto realmente?".
Aquella idea le dio terror. Ella había pasado por un intento de violación, y el que una muchacha atada y con los ojos tapados hubiera aparecido en su cuarto de un instante al otro atentaba contra la salud mental de la pequeña saiyan que estaba cuidando.
"¿Por qué no pensé en eso antes?".
Los nervios no lo dejaron...
¡Si incluso se había permitido distraerse con la belleza de Kiki!
Corrió hasta el baño y la imagen lo conmocionó:
Pan estaba sentada en el suelo, tapándose la boca y con los ojos cerrados, meciendo su cuerpo frenéticamente. Vio el suelo y supo que ella había estado vomitando.
Instintivamente, giró su cabeza hacia un costado, asqueado por la situación, por la triste imagen de la guerrera derrotada.
—Pan... —le susurró, acercándose lentamente a ella luego de instantes de quietud.
Como si Pan jamás hubiera notado que él la observaba hasta ese momento, giró su cabeza y abrió los ojos hacia él repentinamente.
—No te acerques, violador de mierda —dijo seca y fríamente.
—Pan... —repitió su nombre con un tono amable pero, a la vez, tremendamente asustado.
La respuesta no pudo ser peor:
—¡NO TE ACERQUES A MÍ, BASURA! Maldito violador... —La muchacha dejó de mirarlo y abrazó sus rodillas con fuerza. Allí ocultó su rostro y empezó a mecerse de nuevo—. Si sólo querías violarme, hubieras permitido que esos malditos Clase Alta me mataran... —Lloró con más fuerza y se desarmó delante de él con una honestidad que rompió en mil pedazos el corazón del Príncipe—. No me hubieras salvado... —Volvió a mirarlo, desafiante—. ¡Me hubieras dejado morir! ¡Me hubieras dejado reunirme con Trec en el infierno! Ahora estoy sola: mi propia familia me abandonó en los brazos de un violador, de un desgraciado... —Con los ojos llenos de lágrimas y la boca descolocada en un eterno gesto de impotencia, gritó—. ¡MÁTAME!
—Pan… ¡Yo no voy a violarte! —Se arrodilló a su lado, mirándola bien de cerca, sin poder evitar las lágrimas que tanto deseaban salir de sus ojos—. Ni muchos menos voy a matarte...
—¡MENTIRA! —respondió ella, arrastrándose por el suelo para alejarse de él—. ¡Me vas a violar, después me vas a matar y después me vas a violar de nuevo...! ¡MÁTAME! —Y Pan llegó al extremo de la habitación, donde se acurrucó contra una de las cuatro esquinas de ésta—. ¡MÁTAME AHORA! Ya no quiero vivir contigo ni con nadie. ¡Quiero morirme! Quiero que me mates... ¡MÁTAME, PERO POR FAVOR NO ME VIOLES! ¡Déjame irme al infierno con la virginidad que estaba guardándole a Trec…!
—Pan... —farfulló el hombre sin mover sus ojos ni un ápice del rostro femenino.
Realmente, Trunks no sabía qué decir ni qué hacer. Sabía que sería contraproducente, pero volvió a acercarse a ella y la acorraló contra la esquina.
—¡MÁTAME! —siguió ella, totalmente fuera de sí—. No me dejes vivir, quiero morir. ¡Quiero morir, quiero morirme ahora! ¡AHORA!
—¡PAN! —La tomó de las muñecas, ya sin poder manejar sus acciones, y la miró fijamente.
—¡MÁTAME! —volvió a gritar la muchacha—. ¡POR FAVOR! Te lo suplico...
—Golpéame —susurró él en respuesta.
"Los saiyans sacamos todo peleando, golpeando, hiriendo a nuestro oponente... Si ella me golpea se calmará, es la única forma de que lo haga".
—¡NO! ¿Para qué? —no tardó en responder Pan, riendo entre lágrimas—. Eso te excitará y me violarás... ¡ASÍ COMO SEGURO VIOLASTE A ESA POBRE ESCLAVA!
No lo pensó ni lo deseó. No quiso hacerlo, pero no pudo evitarlo: la abofeteó con todas sus fuerzas e hizo que un hilo de sangre corriera por la boca de aquella muchacha. Ella lo miró hecha una furia, alienada por el sufrimiento, por el asco que sentía por él.
—Maldito desgraciado... —musitó.
—Golpéame —volvió a decir Trunks, pero esta vez en un tono burlón, con la única intención de provocarla.
Aún así, dentro de su casco lo único que podía hacer era llorar.
Esa escena era la más horrible que hubiera protagonizado alguna vez.
—Vamos... ¿Qué esperas? Golpéame, lo merezco —continuó diciéndole Trunks.
Pan no conseguía razonar: la razón se había ido de ella hacía buen rato. Nada deseó más que golpearlo, y él la estaba provocando, lo cual era aún peor.
¿Tenía fuerzas para golpearlo? Ella amaba pelear, pero sus músculos no reaccionaban, su alma no lo hacía.
Estaba destrozada.
—Vamos, estoy esperando... —insistió el Príncipe.
Ella lo miró fijamente y lloró al no encontrar ojos dentro de ese casco.
"¿Qué es lo que estoy mirando? Sólo es el vacío...".
—Te odio —musitó Pan fríamente—. Te odio como jamás he odiado a alguien en este maldito universo.
Trunks casi se desmoronó por completo al oír aquello.
—Entonces golpéame...
Pan siguió mirándolo y finalmente encontró la motivación; el odio alimentó todo su ser.
En él veía a un ser asqueroso, veía a los dos malditos soldados de Clase Alta. En el reflejo del casco no veía su rostro, sino las miradas lujuriosas de esos dos horrendos hombres que casi terminaron por violarla. ¡No podía contenerse! Esa tenía que ser su venganza: matarlo y matar, así, a los soldados de Clase Alta, a los violadores, a los asesinos de Trec…
Lo tomó del cuello y lo hizo levantarse a la vez que gritaba con todas sus fuerzas, encerrándolo contra la esquina en la cual estaba hasta hacía un momento.
Y empezó...
—¡Te odio! —vociferó mientras golpeaba al mismísimo Príncipe Trunks en el estómago, quien poco y nada hacía por defenderse.
Eso le molestaba a la guerrera, pero golpearlo era demasiado hermoso como para dejar de hacerlo.
Ya no pensaba, sólo atacaba.
Matarlo, matar a los violadores…
Vengar a Trec…
Trunks sintió los golpes y éstos dolían, pero nada podía hacer. La poca confianza que ella hubiera podido tenerle se había perdido, ya no había esperanzas para esa relación. Era una situación penosa, desgarradora. La muchacha con ojos vacíos lo atacaba sin cesar, en medio de un desahogo que era más que eso: ella estaba depositando en él todo el odio que sentía. Odio por los Clase Alta, por la Realeza, por los hombres… Lo golpeó durante largos minutos, hasta que él comenzó a gemir levemente, producto del dolor. Era tanto lo que ella se había desquiciado... Pararla ahora era imposible.
—¡Te odio! ¡TE ODIO! —le siguió gritando ensimismada en su descargo físico.
Y ambos siguieron llorando mientras los segundos transcurrían.
Ella se descargaba, él recibía su descargo con placer. La mujer que necesitaba herir y el hombre que imploraba sufrir… La mujer que quería volver el tiempo atrás y el hombre que deseaba adelantarlo hasta el fin de sus días. Eran dos mitades de lo mismo, dos extremos de sufrimiento y necesidades. Eran dos personas, dos guerreros que necesitaban algo y no sabían cómo conseguirlo. Dos seres que creían encontrar todo en quien tenían en frente: ése que le generaba odio, ésa que le generaba culpa.
Ella quería matarlo; él quería morir con tal de que ella pudiera salir adelante.
Sin saberlo, no sólo Pan se descargaba: Trunks también lo hacía, pero a la inversa. Él recibía esos puños poderosos en su piel en nombre de todas y cada una de las mujeres que había poseído, que había violado, a lo largo de su vida.
Él veía en Pan algo distinto, al igual que ella con él: Trunks veía a Kiki y a tantas otras…
Las mujeres que lloraban mientras él gozaba, las que temblaban de miedo mientras él lo hacía de placer…
Las mujeres que había lastimado emocionalmente durante tantos años…
Pan era todas ellas. Todas.
Así fue por interminables minutos, hasta que Pan perdió sus fuerzas, más rápido de lo normal debido a la inestabilidad emocional y a la mala alimentación de los últimos días. Sin poder hacer nada por evitarlo, cayó de rodillas al suelo.
Trunks, aún adolorido por el brutal ataque, se arrodilló delante de ella y la abrazó con todas sus fuerzas.
—Perdóname, no sabía que mi padre la había traído... —pidió el Príncipe a la muchacha, con la voz ahogada y completamente quebrada.
Ambos se mecieron en medio del abrazo, alienados por las emociones que les recorrían las venas. Ella lloró y gritó con todas sus fuerzas, descargando la enorme angustia, esa que ya no le entraba en el corazón. Se quedó en el pecho de Trunks unos momentos, pero no por mucho: lo empujó de un instante al otro y quedó sentada en el suelo, frente a él.
—No me toques... —masculló.
—Pan, no te voy a hacer daño... —él intentó acariciarla, pero ella no se dejó y se chocó contra la pared al esquivarlo.
—Tú eres un violador...
—No lo había pensado así hasta que te conocí... —Luego de tremenda confesión, tragó saliva al reconocerlo—. Ahora no puedo hacer más que arrepentirme y pedirte perdón.
Ella lo miró unos instantes, con claro reproche.
—Pedir perdón no es suficiente.
"Claro que no es suficiente Pan… Lo sé".
La certeza era demasiado grande para su marchito corazón.
—Lo sé —admitió el Príncipe, ahora en voz alta—. Por eso he llevado a esa muchacha a la prisión y le prometí que la sacaré de ahí, a ella y a las demás... —Carraspeó con nerviosismo—. Jamás en mi desgraciada vida pienso volver a tocarla, ni a ella ni a ninguna otra... No es justo.
—Como si fueras a hacerlo realmente... —Pan dejó de observarlo—. Son sólo promesas vacías... —Tapó su consternado rostro.
Estaba tan destruida.
El Príncipe no dejó de mirarla y examinarla ni por un momento: adoraba a las mujeres saiyan. Todas y cada una de ellas eran fuertes, hermosas, valientes y enteras. Eran verdaderas mujeres, de esas que no había en otras razas. Las mujeres saiyan lo excitaban, y realmente se moría por poseer a alguna, pero eran una fruta prohibida para él, pues nadie podía ver su rostro, y unirse a una mujer sin que ella conociera sus ojos y su cabello era imposible. Con tristeza, había aceptado ese destino hacía años, pero ver a Pan allí, en su baño, llorando con todas sus fuerzas, gritándole cosas horribles, desmoronada, deseando morir... Pan, al aparecer en su camino, le había cambiado la forma de ver a todo lo que lo rodeaba.
Un hombre solitario, silencioso; un alma sufrida, eso era Trunks. El eterno mártir del rostro misterioso que no tenía permitido sentir calor sino por la fuerza. El hombre que no podía mirar a los ojos, que buscaba en mujeres perdidas en llanto el cariño que se le negaba buscar en una saiyan.
¡Buscaba calor! Un calor egoísta cuya naturaleza siempre reconoció, mas siempre se había prohibido pensarlo así.
¿Eran ciertas las palabras de Kiki? ¿Él, realmente, era un hombre bondadoso?
"No, no lo soy".
No lo era porque el deseo carnal tapaba a la vergüenza y la culpa. Siempre que tenía a una esclava bajo su cuerpo, su mente se perdía y la perversión reinaba. Nunca podía detenerse; su egoísmo le ganaba a todo.
Y su padre, Vegeta, quien siempre le decía las mismas palabras…
—Son esclavas, ¿por qué te da culpa? A las únicas mujeres que debes respetar son a las de tu raza; las otras no interesan, las otras no sirven.
Se lo dijo desde su primera vez, esa que tuvo una noche a los 15 años, esa inolvidable noche donde conoció el placer de la mano de una mujer un poco mayor que él, quien lo guió en todo momento debido a la timidez y la inocencia que aún tenía. Las otras no sirven, esa frase era devastadora. Después de todo, ¿qué diferenciaba al sufrimiento de Kiki y de tantas otras amantes perdidas en la historia de su vida de Pan?
"Nada…".
El rostro era el mismo, la mirada era la misma. Una mujer violada, ultrajada cruelmente…
"No hay diferencia".
Y Pan develaba todo ante él, desenmascaraba a esa dolorosa verdad con tanta facilidad…
"Nos educan para venerar a nuestra sangre y maldecir a quien no la tenga… ¿Eso está bien?".
¿Lo estaba? Por supuesto que no, se dijo.
"Toda mi vida he combatido por nuestra sangre, he matado y humillado a las razas más débiles del universo… ¿Para qué?".
Para hacer prevalecer el orgullo de su sangre, quizá.
"¿Pero algo nos diferencia de otros seres?".
No, nada los diferenciaba, pues todos eran seres vivos, pues muchas de las razas con las que había peleado y a las cuales había exterminado tenían hermosas mujeres como la que tenía enfrente.
Inocencia, todas las razas eran inocentes. Las esclavas eran inocentes y las mujeres eran inocentes. Él no lo era, pero ellas sí. Kiki era inocente al igual que Pan: ninguna de las dos tenía la culpa de ser bella y de ser valiosa.
Ninguna de las dos merecía ser violada.
La epifanía no se hizo esperar: ¡ahora lo entendía! La culpa que había sentido siempre era producto de esta verdad que se escondía en su corazón: no había diferencia entre las mujeres violadas. Saiyans o no, no lo merecían.
"Tú no lo merecías" le dijo mentalmente a la muchachita, con una nueva lágrima rodando por su rostro.
Deseaba tanto haber conocido a Pan de otra forma. Eso hubiera sido genial. Deseaba ver a la muchacha orgullosa que seguramente había sido alguna vez, esa saiyan llena de personalidad y valentía, de infinita fortaleza.
Una mujer saiyan debía ser así, se dijo.
No podía ser eso que Pan le mostraba en ese frío baño del Palacio.
Trunks no quería que una mujer saiyan fuera así.
Pensó en la tal Zerta, la saiyan de Clase Alta que supuestamente era su madre.
"¿Ella habrá llorado así alguna vez? ¿Habrá perdido el espíritu de pelea que corre por nuestra sangre, como Pan?".
No soportaba verla así... ¡Era demasiado doloroso!
"¿Qué puedo hacer para que confíe en mí?".
—Pan... —Intentó tocarla de nuevo, pero fue rechazado una vez más.
"¿Cómo puedo ser lo suficientemente honesto con ella si ella no me mira a los ojos?".
—Ya déjame, no quiero hablar contigo ni mirar tu horrendo casco... ¡No quiero nada! Te odio y siento asco y lástima por ti; no vales nada.
Cerró los ojos luego del bombardeo de palabras.
"Ella no confiará en mí así...".
Se quedó en silencio, contemplándola lleno de tristeza y vergüenza.
¿Qué podía hacer? Debía ganarse la confianza de la difícil y herida muchachita. Entendió que sólo había una forma y, por primera vez en su vida, supo que debía hacerlo. Por más miedo que le diera, por más vergüenza que sintiera...
"Debo demostrarle que sí me importa su vida, que sí me importa su orgullo de guerrera".
Su espalda estaba cubierta por una capa negra y roja, la cual cortó con sus manos ante la atenta mirada de Pan.
—¿Acaso vas a atarme ahora? —El autoestima de la muchacha estaba por el suelo, o incluso más abajo que eso.
—Como si atarte con un simple retazo de tela te detuviera... —Se permitió reír brevemente, y ella mostró la primera sonrisa orgullosa desde que vivía con él.
Esa sonrisa le encantó.
Agradeció verla más calmada: ¡la idea del descargo físico había sido excelente! Le había hecho muy bien; lo interesante de la cuestión era que Pan no sospechaba qué tan bien le había hecho a su pecho haberlo golpeado tan profusamente.
Sin más rodeos, Trunks acercó la tela a los ojos de Pan.
—¿Vas a taparme los ojos? —La sonrisa se fue y la angustia, el reproche y las lágrimas volvieron.
Se mostraba tan inocente. ¡Era increíble! Nunca había sentido tanta inocencia en una mujer, aunque claro era que en Pan era evidente el motivo: sólo tenía 15 años; apenas era una niña y, a pesar de su enorme orgullo y su aplastante carácter, en el fondo había una inmensa inocencia.
En el fondo, ella aún era una muchachita.
—Sí... —contestó finalmente.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que quiero que entiendas...
Intentó alejarse de él, incrédula.
—No confío en ti... ¿Por qué habría de hacerlo? Tú eres un violador... ¡Un maldito violador!
Trunks sintió otro fuerte puñal en su maltrecho corazón.
—No puedo volver al pasado y arreglar mi error; la única forma de enmendarme con esas mujeres es cuidando de ti...
Nada más cierto que eso.
Pan rió despectivamente, burlándose de él y de su idea.
—Estupideces. Si sólo me quieres para redimirte entonces no cuentes conmigo, basura.
Trunks sacudió su cabeza con fastidio.
—Soy una basura, sí —admitió—, pero por lo menos me he dado cuenta de mi error y quiero hacer algo por mí y por ellas. —Levantó una de sus manos y deseó tocarla, pero no fue capaz de hacerlo al ver en los ojos negros tanto rechazo—. Quiero hacer algo por ti... He aprendido de ti.
El Príncipe sentía todas y cada una de las palabras que decía, no le estaba mintiendo en absoluto a Pan.
Nunca le había gustado estar con esclavas, pues él prefería tener una mujer saiyan sólo para él en lugar de esas pobres chicas. El que no se lo permitieran lo hacía sentir más solo de lo que se sentía de por sí. Sabía perfectamente que no había forma de justificarse, mas sí de redimirse: cuidando de Pan, iba a cuidar de Kiki y de las otras esclavas.
Cuidando de Pan aprendería a venerar a las mujeres que no merecían sufrir algo así.
¡Había sido tan cobarde! Así se sentía: como un cobarde que nada había hecho y nada comprendía a las mujeres que había ultrajado alguna vez.
Cuando llevó a Pan allí ni siquiera pensó en la posibilidad de que ella viera una esclava. Además, su padre le llevaba una cada muy tanto, ¡qué raro que le hubiera llevado a Kiki sólo un par de días después de haberla poseído! Solían pasar meses para que una esclava volviera a su habitación.
¿Acaso su padre cada vez sentía que lo perdía más y pretendía recuperarlo dándole mujeres cada vez más seguido?
¿Eso realmente le importaría a su padre?
Se había asegurado que no tendría que lidiar con una situación de esas características durante mucho tiempo...
Pero los nervios, la angustia, el odio... Nada le había dejado pensar bien, estaba siendo descuidado y eso podía costarle la cabeza tanto a él como a Pan.
—Perdóname, no quise faltarte al respeto —pidió suavemente, dejando de lado momentáneamente el retazo de tela.
Ella adoptó un semblante por demás incrédulo.
—No creo en tu vocecita adorable ni en tu supuesta bondad divina: tú violaste mujeres y pretendes salvarme sólo porque soy saiyan; si fuera de otra raza no harías nada por mí. —Una carcajada de la muchacha inundó la habitación—. Quieres librarte de tus pecados y para eso me estás usando.
Trunks abrió enormemente los ojos y, relacionando los dichos con sus reflexiones, supo que ella decía la verdad. Nunca había pensado en salvar a las esclavas hasta ese día, nunca se lo había propuesto a sí mismo.
Y justo apareció ella, Pan... La saiyan que intentaron violar ante sus ojos, la muchacha demasiado joven como para pasar por semejante situación.
"Siempre odié la soberbia de papá... Y ahora me doy cuenta de que soy igual que él".
—¿Alguna vez te ha importado otra raza que no sea la saiyan? —inquirió a Pan entonces.
"¿Seré el único soberbio?".
Pan pareció bloquearse con la pregunta, recordando de forma confusa y acelerada la charla que una vez había tenido con su bisabuelo Bardock en su niñez.
—¿Estará mal matar tanto? ¿Estará bien creernos superiores?
—No está mal ser nosotros mismos... Y nosotros somos guerreros, Pan.
—Tal vez sí, pero mi bisabuelo me dijo que ser como somos es parte de nuestra naturaleza... —pareció relajarse mientras hablaba, sin mostrar esa vehemencia de hacía unos momentos—. Somos saiyans y somos fuertes, somos los reyes del universo... —Miró fijamente al casco y Trunks pudo mirar en profundidad aquellos ojos negros.
—Así es como nos educan... ¿Ahora me entiendes?
Pan odió admitirlo, pero era verdad. ¿Alguna vez, luego de esa charla con su bisabuelo, había sentido compasión por alguien que no fuera de su raza?
La respuesta era obvia: un rotundo NO.
—Así somos los saiyans, y yo nunca me identifiqué con esa actitud —le explicó Trunks amablemente—. Pero ahora veo que algo de eso había dentro de mí, así como está dentro de ti y dentro de todos y cada uno de nosotros.
Pan cerró los ojos con fastidio, claramente molesta.
—Eso no quita que las hayas violado.
—No, pero aún no es tarde para redimirme, así como no es tarde para ganarme tu confianza.
—¿Eh? —La muchachita no entendió bien y fijó su vista en el casco de nuevo, buscando la respuesta—. ¿Acaso aún quieres que confíe en ti siendo tú un Clase Alta sin sentimientos?
—Tengo sentimientos, no soy como los de mi clase... —afirmó él.
—No me pidas que te crea... —Ella dejó de atisbarlo una vez más y se amargó en aquel suelo, contra la pared.
—Entonces déjame demostrártelo. —Y el retazo de tela reapareció en la escena.
"Déjame mostrarte que sí me importas, que me importas y que me odio por haber usado a esas mujeres".
Pan rechazó el acercamiento con una mano.
—No pienso permitir que me tapes los ojos, no me dejaré comprar por tu triste y sufrida historia.
El nudo en la garganta de Trunks cada vez dolió más.
"Me odio tanto por haber sido como esos saiyans de Clase Alta... ¡Necesito que creas en mí, Pan! Déjame salvarte... A ti, a las esclavas, a tu clase y a nuestra raza...".
—Entonces tápate los ojos tú misma...
Trunks se puso de pie y abandonó el baño unos momentos, para volver después con su espada, su célebre y mortífero arma.
Pan abrió enormemente los ojos.
—Si te traiciono te dejaré matarme... —afirmó él. Sacó la espada de la vaina y se la dio, haciendo que Pan la tomara con sus manos.
Pan se impresionó con el tono quebrado del Príncipe y con aquel extraño ofrecimiento; algo le dijo que hablaba en serio, pero no quería confiar.
—Si no confías en mí, entonces confía en tu familia... Acabo de verlos y me pidieron que te cuide, de hecho tu abuelo Kakarotto mandó un dinosaurio cocinado especialmente para ti...
Eso la hizo llorar; el sólo recordar a su querida y poderosa familia la movilizaba demasiado.
¿Y si él le hacía algo?... ¿Importaba?
¿Importaba a tremendas alturas?
"No tengo nada que perder...".
Tomó la tela ofrecida con convicción, luego de dejar la espada sobre el suelo, y se tapó los ojos, anudando la tela en la parte trasera de su cabeza. Con su mano derecha tomó la espada, la cual mantuvo apoyada en el suelo, completamente a la defensiva.
Trunks la vio temblar y se sintió casi hasta halagado de ver a una guerrera de su raza siendo tan sincera frente a él, por más triste que fuera la situación.
Respiró hondo y se decidió.
"Si no lo hago, la perderé...".
Desaseguró su casco y, sin más, se lo quitó.
Un silencio magistral se apoderó del ambiente.
Volvió a respirar hondo, mirándola fijamente, viendo sin aquel molesto vidrio negro la belleza de aquella muchachita, la esencia queriendo volver...
La guerrera queriendo luchar...
Tomó su mano izquierda y sintió cómo Pan la tensó ante el contacto.
—No tengas miedo... —pidió dulcemente—. Recuerda: si te traiciono me matarás con mi espada.
Pan sintió su voz sin esa especie de eco que siempre tenía...
"Acaso... ¿Su casco...?".
Se puso tremendamente nerviosa y, finalmente, la mano fue dirigida hacia el lugar que, estaba segurísima, nunca había sido tocado por otra persona de su raza.
Trunks sintió escalofríos, y no pudo evitar emocionarse a la vez que sus ojos azules se hundían por completo en aquel joven y bello rostro de muchachita.
Pan estaba tocando el rostro de Trunks, ese que jamás nadie había visto, ese que todos creían desfigurado, horrendo...
—No pareces tener cicatrices... —resolló ella, con una ingenuidad a la que no estaba acostumbrada.
—No... —Y justo en aquel momento, Trunks derramó una lágrima, la cual Pan sintió mojar su mano.
—¿Estás...?
—Sí... —admitió el Príncipe.
—¿Por qué?
—Quiero que lo sientas, que sientas que no puedo verte así, ni a ti ni a ninguna mujer de mi raza, de ninguna raza... ¿Estaría llorando como un imbécil débil y sin honores si no me interesara la seguridad de los saiyans, si no me interesara tu seguridad?
—¿Sentirlo? ¿Para qué? —siguió preguntando la joven, confundida y movilizada por aquellas extrañas y honestas palabras, por aquel tacto.
Trunks sintió su corazón más acelerado que nunca; se sentía desnudo y pequeño, avergonzado y sucio... Era demasiado extraño todo eso.
Era hermoso y horroroso sentir manos saiyans en su rostro...
—Para que entiendas... —aseguró—. No me gusta ver a una guerrera derrotada; una mujer derrotada no representa a mi raza, no es una saiyan...
—¿Intentas decirme que no soy digna? —volvió a tensar su mano, esta vez sobre el suave rostro.
—No —contestó él, firme como nunca—. Intento decirte que tú vales más que esta lamentable escena... ¡Eres una mujer saiyan! Tú no debes ni puedes estar así... Eres fuerte, eres bella... ¡Eres una guerrera! No te dejes vencer; mejor aguarda el momento; entrena y mata a los malditos canallas que están haciendo que gente de nuestra raza y tu clase muera...
Tomó fuertemente su muñeca, mirándola intensamente, suplicándole con los ojos a aquella tela negra que lo separaba de la mirada de Pan.
La muchacha entendió las palabras y se sintió tremendamente avergonzada.
"¿Qué diría mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre, mi madre, tío Goten, tío Raditz, mi abuela Chichi...? Estarían avergonzados de mí como guerrera, como saiyan, como miembro de la más poderosa familia de Clase Baja...".
Apretó los ojos con fuerza.
"¿Qué diría Trec? Se burlaría de mí y me diría que ni loco se uniría con semejante debilucha y sentimental...".
—¡Esta no soy yo! —gritó al Príncipe, segura de la respuesta.
—Eso es lo que intento decirte...
—¿Y cómo hago para entrenar aquí? —preguntó repentinamente. La palabra entrenar la hizo emocionar más de lo pensado, recuperando ánimos lentamente, sin soltar aquella mejilla.
—Cuando esté lista otra tiara que oculta el poder de pelea, las cuales tu padre y otros Clase Media están fabricando en grandes cantidades, yo me podré poner una y podríamos combatir aquí mismo... No sería cómodo, pero podríamos intentarlo.
—No podríamos hacer mucho ruido...
—No, de hecho agradezco que mi padre esté rumbo a otra galaxia ahora, sino te hubiera descubierto —comentó sin reproche el Príncipe, expresando cierto alivio.
Pan se sintió una idiota al escuchar eso, era casi como un reto de él para ella.
—¿Lo prometes?
Trunks sonrió.
—Sí.
Y ella sonrió también, aunque levemente.
Finalmente, su mano se alejó de aquel rostro.
—¿Por qué me dejaste tocarte? —Realmente no lo había entendido del todo.
—Ya que no puedes ver la angustia que mi horrendo rostro está mostrando, por lo menos puedes sentir mis lágrimas, las cuales no mienten... —Trunks volvió a ponerse el casco, lo aseguró y quitó la tela de los ojos a Pan—. Si no lo hacía, no me hubieras creído.
Era cierto, no lograba creerle nada al Príncipe. ¿Cómo confiar en alguien sin rostro? Era imposible. Pero ya no, se dijo: al tocar ese rostro y al percibir a través de las lágrimas el arrepentimiento y el enorme deseo de ayudarla, ella acababa de poner su primer grano de confianza en él. Al recordarle que ella era una guerrera y que debía luchar para vengarse de quienes atentaban contra su raza, él le había dado motivos para sobreponerse a la difícil situación. Con esa lágrima, finalmente, él le había dicho cuánto lo sentía y le había recordado que antes que saiyan, ella era una mujer, criaturas que no merecían el sufrimiento que padecían bajo ese vasto Palacio.
¿A cuántas mujeres había matado en su vida? A varias, eso era cierto. Por ello, si bien era una necesidad odiar a Trunks por haber ultrajado a varias esclavas, también sentía la necesidad de valorarlas y protegerlas. ¡Sí! Quería ayudar al Príncipe a liberarlas, pero nada de eso podría hacerse hasta que los traidores estuvieran muertos.
—Mataremos a los traidores... —Y sonrió.
Para redimirse ambos ante esas mujeres.
—Sí —respondió él, mostrando en su voz la gran convicción que tenía—. Y liberaré a esas esclavas, no permitiré que sigan obligándolas… Lo haré por su honor y por el tuyo.
Pan dedicó al Príncipe una mirada impresionada; no parecía ser la misma persona; ahora, ella veía a un guerrero demasiado sensible para ser saiyan, demasiado triste y solitario.
"Demasiado bueno para ser de esta raza".
Entendió por qué aquel mito rodeaba al Príncipe Trunks.
"Siempre se dice que él es el más fuerte de nosotros, pero que su gran sensibilidad es su punto débil".
Pensó en lo curioso del mito y rió para sorpresa de él.
"Tal vez sea esa sensibilidad su extraña fortaleza... Creo que ni él se da cuenta de ello".
Trunks vio algo distinto en los ojos negros, algo que no podía explicar, pero que sí se sentía diferente. Se puso de pie y se retiró del baño, llevándose su espada consigo. Estaba tremendamente aliviado.
—Será mejor que te asees, así te sentirás mejor —aconsejó antes de retirarse.
Ella no le iba a decir gracias, tampoco era un provocador de milagros, pero Trunks se dio cuenta de que por lo menos algo había logrado con Pan.
Por lo menos un poquito de su confianza se había ganado.
Cerró la puerta delicadamente, no sin antes echar un último vistazo a la muchachita.
"Con tan poco me has cambiado tanto…".
Se lanzó sobre su cama y vislumbró el techo a través del casco. Incómodo, se lo quitó para poder observar mejor lo que tenía sobre él.
Ese techo…
—No me lastime… —susurraba Kiki una y otra vez.
Trunks, sobre ella, ambos extendidos sobre su cama, sintió su cuerpo temblar y su excitación opacada por algo más.
—No te voy a lastimar… —afirmó en un murmullo.
Kiki tragó saliva.
—No me lastime, por favor… —volvió a pedir.
—No lo haré…
La besó y, pausadamente, se adentró en su cuerpo. Ella gimió y no de placer, lo sabía, pero algo en ella provocaba dulzura y calor en él, motivo por el que necesitó ser lento, delicado en sus movimientos.
—No me lastime…
Llenó el rostro femenino de besos, aún angustiado por los acontecimientos de aquel horrendo día, ese donde los saiyans celebraban los 52 años de la batalla con Freezer. Todos los sentimientos se agolparon en su pecho a la vez, arrancando un gemido ahogado de su garganta.
Abrazó fuertemente a la mujer y rodó con ella, para mecerla sobre su cuerpo, aún extendidos sobre la cama. Intentó contener los deseos de velocidad y brusquedad, pues con ella, por algún motivo, no sentía deseos de ser así. Internó su mirada en el techo mientras sus manos se ocupaban del cuerpo que se mecía sobre él, de la mujer que sollozaba aferrada a su pecho.
—No me lastime… —murmuró con la respiración entrecortada.
Se imaginó bajo ese mismo techo: él, la cama y una saiyan, una hermosa saiyan mordiéndolo en el cuello. Necesitó abrazar fuertemente a Kiki para así expresar la emoción que le significaba esa fantasía.
Una saiyan mordiendo su cuello…
Una saiyan unida a él, en cuerpo y en alma…
—No, no me lastime…
—Jamás…
La apretó más fuerte, en movimientos fríamente calculados. No quería violentarse ni pasarse con tan delicado cuerpo; tenía verdadero miedo de lastimarla. El clímax llegó lentamente y, al hacerlo, provocó una sola palabra, la que se abrió paso por su garganta para así llegar a los oídos de la mujer de Konnatsu:
—Perdóname…
La misma palabra con la que había empezado aquel encuentro.
¿Qué era esa culpa? ¿Qué era ese dolor? Lo único que sabía fehacientemente era que no era justo. Ni para ella ni para él.
"Quiero tener una mujer, a MI mujer…".
Kiki lo abrazó, acción que le extrañó pero que, al mismo tiempo, necesitó agradecer. La mujer se desarmó en llanto. Sensibilizado, él la imitó.
"Mi mujer…".
Imaginarlo era lo único que podía reconfortarlo, por lo cual abrazó con nuevas fuerzas a Kiki, para imaginar esa utopía que tanto lo movilizaba.
"Mi mujer…".
Si tener una mujer para él hubiera sido posible, ni él ni Kiki tendrían que soportar tremenda situación.
Si hubiera podido tener una mujer, no buscaría en esos brazos el calor que tanto necesitaba sentir en su piel.
—Mi mujer… —sobre su cama, sus ojos aún en el techo, Trunks necesitó sonreír.
No supo comprender esa sonrisa, mas no quiso alejarla de su boca. Se sentía bien sonreír. ¿Era acaso el aroma de Pan lo que generaba esa sonrisa? Quizá sí, se dijo.
—Mi mujer… —repitió.
Su cabeza giró, lentamente, hacia la puerta del baño, de donde Pan aún no había salido. Allí se quedaron sus ojos, increíblemente distraídos de la fantasía que inspiraba en su pecho el techo que se erigía sobre él. Aún sentía la mano en su rostro y eso era lo que mantenía su sonrisa. Era Pan, y no otra cosa, el motivo para continuar con su lucha, con la venganza y, especialmente, con sus convicciones.
Era por Pan por quien, increíblemente, tan fácil había sido olvidarse de ese techo lleno de fantasías.
Pan era, a diferencia de lo que el techo evocaba, una realidad.
Era algo que lo hacía feliz.
Se miró a sí misma, a su ropa y al suelo manchado.
—Esta no soy yo... —se dijo, y decidió volver a conectarse con su esencia guerrera, no jugar más a la niña sufrida y volver a ser la saiyan, la que amaba pelear.
Odiaba a la gente débil y ella estaba siendo una; no estaba feliz con su actitud. Pero había llegado el momento de dejar de llorar por Trec, por su escuadrón, por los Clase Alta que intentaron violarla, por los errores pasados de quien la cuidaba...
"Yo misma me encargaré de que cumpla su maldita promesa de liberar a esas esclavas... Y si no la cumple, OH, vaya que sufrirá...".
Sonrió ampliamente.
Cierto era que los saiyans no sentían afecto alguno por las demás razas del universo, y eso no iba a cambiar jamás. Pero ella, además de saiyan, era una mujer, y una mujer no merecía tremenda humillación. No permitiría que una mujer sintiera lo que ella había sentido al ser tocada de esa horrenda forma.
Lucharía por ello.
—Basta de llorar...
Se quitó su manchada ropa y se sumergió en la enorme tina blanca de extraño material que estaba en medio del cuarto, en la cual corría agua desde sus costados en forma constante, con chorros más o menos potentes. El agua hizo que pudiera relajarse tremendamente, sacando de su piel esos horribles recuerdos.
"Vengaré a Trec, a mi escuadrón y a todos los que murieron por culpa de esos canallas".
Ya no más sufrimiento, esa era la verdadera Pan: la que no lloraba sino que reía al ver al enemigo a su merced.
¡La Pan guerrera debía regresar, para así hacer honor a su raza y Clase!
Nota Final del Capítulo VIII
Sé que muchos están acá por la temática saiyan en general y no por la relación Trunks x Pan. Por eso les pido disculpas, pero en este capítulo me interesaba explorar algo más profundo, no quería hablar de estrategias y traiciones, quería mostrar algo más íntimo entre los personajes.
Sé que Pan no es muy querida, pero en mi fic ella es importante al igual que los demás saiyans, y escribir sobre dos personas que intentan superar grandes traumas es algo que no puedo dejar de hacer, por eso este capi, por eso esta exclusividad.
Por supuesto que Bardock y los demás vuelven en un ratito, no se preocupen... En realidad no quería darles todo el capi a Trunks y Pan, pero al empezar a escribir llegó un punto en el cual me di cuenta de que era inevitable.
En el capi que viene se viene un poco de Vegeta entrenando por ahí. n.n
Hablando de Vegeta: extraño que diga que sólo las saiyans sirven siendo que tuvo un hijo con una terrícola. Hay que ver por qué le metió tremenda idea en la cabeza a su hijo… Hay que ver qué cree él realmente. n.n
Dentro de 2000 capítulos (?).
En fin... saludos a todos, gracias por las hermosas palabras que dejan en los reviews (¡me hacen sonreír mucho!) y no duden en mandarme un review o pm ante cualquier duda.
¡Besos! n.n
Actualización, octubre 2011: este capítulo, originalmente, era mucho más corto. Lo alargué para que algunos cabos sueltos se ataran fácilmente. Espero les guste. =)
Medio polémico lo de las esclavas resignadas a su "tarea", lo sé y perdón si herí alguna sensibilidad. Es una realidad absoluta que mujeres así hay. Es triste, MUY triste, pero sucede. He visto programas dedicados a ello y muchas lo aceptan porque "es su trabajo" o porque "es mejor que otras cosas". A mí me entristece en el alma que haya tanta prostitución en este planeta, de la que es gratis y de la que no. Me entristece que, como mujeres, muchas se vean envueltas en un círculo vicioso y no sepan, no quieran o no puedan salir de éste.
Recuerdo un programa documental sobre el tema, donde una chica de familia bien dormía con extranjeros que le pagaban MUY BIEN en dólares por sus servicios. Ella no se lo contaba a su familia ni nada por el estilo, pero aceptaba su trabajo porque a través de éste se podía dar lujos gracias a la enorme cantidad de dinero que acumulaba por cambio de moneda. Quizá en el fondo se sentía mal por esto, pero los gustos que podía darse eran más fuertes aparentemente.
Pensé en Ela como una mujer que, al ser privilegiada por ser la amante de Rey, se sintiera de alguna forma "protegida" por serlo y le tomara cierto "aprecio" (muchas comillas, por favor; siento que no me estoy expresando del todo bien) a lo que hace. Esta es una forma de exponer un tema que, en lo personal, me conmueve muchísimo.
"Es por vocación" dicen algunos machistas retrógrados y asquerosos. Prefiero cortarla acá, no sin antes aclarar que NO ESTOY MENOSPRECIANDO A MI SEXO, pero está clarísimo que hay de todo en este mundo.
Si hay hombres que violan y mujeres que "disfrutan" vender y/o regalar su cuerpo, no hay mucho más por decir. Cada uno con su vida, siempre y cuando no dañe a nadie. El contraste acá está claro: Trunks es un imbécil por haber hecho lo que hizo con Kiki y otras esclavas, pero lo que intenté destacar es que a él hay algo que lo diferencia en esta historia: siente culpa por acostarse con una mujer que no lo ama y que no disfruta. Siente culpa por usarlas, MUCHA culpa. De eso también hay mucho en el mundo.
Si quieren conversar sobre el tema, los invito a escribirme. n.n
Saludos. =)
Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.
