PECADOS EN LA SANGRE


Capítulo IX

"Recuerdos"

Luego de descansar unos momentos en su cama, el Príncipe decidió cambiarse de ropa. Eligió, de entre la caja donde guardaba sus atuendos, una túnica negra con capucha junto con unos pantalones sueltos, todo de color negro. Un poco fastidiado por tener que hacerlo, pues nada en la vida le daba más felicidad que ser libre, se colocó su casco, todo pensando en no ser visto por Pan, la muchachita que seguramente, en cualquier momento, saldría del baño donde hacía tan sólo unos minutos habían vivido tan intensa escena. Ya cambiado, se dirigió al laboratorio con la cápsula que Kakarotto le había dado, a la que le dedicó una mirada extrañada una vez la tuvo en medio de la palma de su mano. Sintiendo mucha intriga por ese misterioso mecanismo, accionó el botón que se encontraba en uno de los extremos, así como el abuelo de Pan le había indicado, y dejó la cápsula sobre el frío escritorio. Una pequeña explosión, entonces, tuvo lugar. Un poco de humo rodeó al objeto y, una vez se desvaneció, mostró un cubo con extrañas inscripciones sobre sus paredes exteriores.

—¿Qué es esto? —se preguntó, anonadado, mientras se sentaba en una silla, completamente pasmado por la aparición del artefacto.

Tocó la parte delantera y vio que ésta tenía una puerta. La abrió y una ola de frío dejó ver una cantidad enorme de comida perfectamente conservada. Su boca quedó abierta en un gesto de sorpresa inevitable. ¡Era el invento más fascinante que había visto en su vida! No tanto porque fuera un conservador de comida —había algo parecido en la tecnología saiyan—, sino por la cápsula en sí, y cómo ésta podía guardar dentro de ella algo tan grande de una forma casi mágica.

Miró los extraños dibujos que decoraban la parte externa del aparato y le dio la impresión de que eran letras de un idioma que él no sabía interpretar. Se murió de ganas de saber qué decía, pero sin saber de dónde Kakarotto había sacado ese artefacto era imposible averiguarlo.

"¿Por qué será un secreto?".

Apretó un botón solitario que se encontraba en el costado derecho de aquel refrigerador —como lo había llamado Kakarotto— y éste, luego de otra explosión, volvió a ser una cápsula.

Vislumbró todo con emoción. Amaba la electrónica y este invento lo estaba volviendo loco, ¡por supuesto que lo estudiaría hasta el cansancio! Lástima que la situación social en Vegetasei hacía que no tuviera mucho tiempo libre de allí en más...

"¿Quién habrá inventado esto? Ha de ser un genio...".

Sintió cómo Pan lo llamaba desde el baño, hecho que lo hizo levantarse inmediatamente de su silla. Fue rápidamente hacia la puerta de donde se encontraba la muchachita.

—¿Qué sucede? —preguntó sin abrir.

—Trunks, eh... Príncipe Trunks. —Pan pareció esforzarse por ser más respetuosa, lo cual lo hizo sentirse más que halagado y sorprendido.

—Dime —respondió con tranquilidad.

—No tengo ropa, la mía está mojada, recién la limpié... —contó la muchachita.

—¿Quieres que te dé algo mío? —ofreció—. Te irá grande, pero te servirá para taparte hasta que tu ropa se seque.

—Bueno... —Sintió fastidio en la voz de Pan y supuso que pedirle ropa a él no le hacía gracia, pero no había otra alternativa.

Buscó entre sus cosas otra túnica.

—La dejé en mi cama —avisó una vez la depositó en el lugar indicado—. Ven a cambiarte aquí, yo iré al laboratorio... Así estarás más cómoda.

Con Pan casi de buen humor era fácil ser amable como a él le gustaba.

Regresó directamente a su laboratorio y cerró bien fuerte la puerta, para que ella supiera que ya podía salir. Pan salió al escuchar el portazo, caminando sigilosamente y tapándose sus zonas íntimas con sus manos, con miedo a ser vista, a que él le la hubiera engañado de alguna forma. Al ver que no había nadie suspiró con fastidio. Tal vez estaba siendo paranoica de más. Vio la túnica sobre la cama y la tomó entre sus manos, sintiendo el aroma de él impregnado en las telas. El aroma de Clase Alta seguía molestándola, pero a la vez ya no sentía tanto rechazo...

No podía dejar de pensar en la piel del rostro del Príncipe... Allí no se sentían cicatrices ni tampoco algo fuera de su lugar.

¿Por qué ocultaba, entonces, su rostro?

Sacudió su cabeza, intentando no pensar, y se puso la túnica que, como advirtió el Príncipe, le iba inmensa. Fue hacia la puerta del laboratorio y la golpeó. Instantes después Trunks abrió.

—¿Estás mejor? —inquirió él con dulzura, casi hasta pudo imaginarlo sonreír dentro de su casco.

—Sí —contestó fríamente y mirando hacia un costado, restándole importancia al asunto.

Se produjo un silencio y ambos carraspearon a la vez.

—Oye... —Trunks caminó por el laboratorio mientras ella, finalmente, lo seguía—. He estado pensando y creo que para que ambos tengamos intimidad y tú no me veas debemos manejarnos así, tocando las puertas, sin abrir una a menos que el otro lo permita.

—Buena idea —admitió la muchacha, fingiendo desinterés—. Así no te veré por accidente.

—Exacto.

—Bueno... Yo... —Pan no sabía muy bien cómo actuar ante él; se sentía muy rara, distinta—. Creo que quiero dormir.

"Es tan extraño hablarle luego de lo que pasó en el baño…".

—¿Por qué no comes primero? —recomendó el Príncipe—. Aquí está tu comida.

Trunks tomó la cápsula del escritorio y volvió a accionarla, convirtiéndola de nuevo en aquel refrigerador.

—¿Y eso? —inquirió ella asombrada; jamás había visto algo semejante.

—Me lo dio tu abuelo Kakarotto, no quiso decirme de dónde lo sacó...

Pan se acercó y reconoció las letras que decoraban en aparato. Su abuelo se las había enseñado hacía muchos años en un aparato similar, hasta que su bisabuelo le prohibió seguir haciéndolo por motivos que ella jamás supo.

—Corporación... Cápsula... —leyó pausadamente. ¡Increíble! Aún recordaba esas extrañas letras que nada tenían que ver con las saiyans.

Trunks no pudo evitar asombrarse.

—¿Sabes leerlo? —indagó—. ¿Cómo es que sabes?

—Bueno... —Pan enterró su mirada en el suelo, incómoda con la situación—. Mi abuelo Kakarotto fue enviado a un planeta muy lejano de bebé, el cual no destruyó debido a lo ocurrido con Freezer —explicó—. Aún visita ese planeta cada tanto y conoce mucho de la cultura de ese lugar gracias a sus visitas, incluyendo la escritura... Aunque no sabe tanto como a lo mejor piensas. —Y rió burlonamente, aunque de forma breve y discreta.

Trunks no pudo evitar asombrarse; no conocía aquel dato.

—Él me dijo que no podía decirme de dónde sacó eso y no sé por qué, ¿tú tienes idea?

—No... —Y no mentía. Su bisabuelo Bardock solía enfadarse mucho si su abuelo le hablaba de ese planeta, por lo cual siempre se lo nombraba a escondidas de él.

El Príncipe no pudo evitar sentirse más intrigado aún.

—Vaya... Qué raro.

—Si, pero bueno, creo que comeré. —Se acercó a aquel refrigerador.

—Está bien, te dejaré comer tranquila. Cualquier cosa que necesites, no dudes en tocar la puerta; yo vendré de inmediato. —Trunks, habiendo dicho esto, se marchó del laboratorio.

Pan sonrió con nostalgia al examinar el contenido el refrigerador: su abuelo le había mandado cerezas. ¡Adoraba las cerezas! Sólo podían conseguirse en ese planeta de la Galaxia del Norte y no las comía muy seguido.

Tomó una y la mordió rápidamente.

Ahora sí que estaba de mejor ánimo...


El viaje empezaba a hacérsele largo al Rey Vegeta; volar por el universo en una nave tan pequeña a veces lograba fastidiarlo más de lo deseado. Cansado, observó la Galaxia del Norte con desgano desde la ventana de esa esférica nave, viendo los planetas que decoraban aquel eterno mar negro del espacio. Sabía que estaba por pasar por ese planeta y no pudo evitar amargarse aún más. Finalmente sucedió: miró fijamente a ese planeta celeste en el cual había cometido los crímenes más grandes de su vida, siendo uno de ellos el haber estado con ella...

Ella... Ni siquiera quería nombrarla ni recordarla.

Avistó la Tierra sin parpadear, evadiendo magistralmente los recuerdos por un momento pero sin poder evitar evocarlos al otro.

Refunfuñó en voz alta y cerró los ojos. Ya no deseaba recordar.

Varios minutos pasaron y llegó al planeta Daz, una pequeña esfera violeta casi imperceptible en la galaxia. El planeta era extremadamente pequeño, parecía más un satélite que otra cosa. Era uno de los planetas que tenía reservados para entrenar, en los que no había población alguna.

¿Por qué había ido allí?

Su conexión con la Galaxia del Norte era demasiado poderosa, tal vez... Era donde más le gustaba entrenar.

Y en ese momento necesitaba concentrarse lo más posible en ello.

Aterrizó y la nave dejó el suelo hundido a su alrededor, como de costumbre. Descendió e inmediatamente empezó a volar, maximizando su energía en una explosión de poder. ¡Estaba furioso! Cansado, aburrido...

Ser Rey en una época de paz era tremendamente monótono; más hubiera preferido ser Rey en época de guerra, pero ya nadie era rival digno para un saiyan, ¡se habían auto-condenado al aburrimiento!

Aunque SÍ quedaba alguien... ¿Viviría aún? Estaba seguro de que sí.

Has cometido demasiados pecados juntos, Príncipe Vegeta... ¡Cuando menos te lo esperes te haré pagar por todos ellos!... Te mataré a ti y a ese engendro al que llamas "hijo"...

¿Cómo no enfurecerse al recordar la risa malévola, la cara confiada, los ojos en blanco?

Lo odiaba con toda su alma...

Gritó lo más fuerte que pudo, explotando al máximo su poder. El resplandor apareció y una risa gigante se escapó de sus labios...

¡Esa era su única alternativa! Debía llevar ese resplandor más allá de lo que lo había llevado durante tantos años, para así poder derrotar al imbécil de sus recuerdos.

Creía estar capacitado, pero no estaba seguro de ello, por eso debía entrenar... ¡Entrenar como nunca! El momento se acercaba, sus presentimientos no solían ser errados.

Voló a lo largo del planeta, aún rodeado por el resplandor, y vio un lago perdido entre aquel vacío. Aterrizó a su lado y vio su imagen reflejada en el agua.

—¡Es imposible que no sea el más poderoso de mi raza! Soy el Rey Vegeta, no puedo dejarme vencer por alguien que no pertenece a la Familia Real... ¡Ese idiota no podrá ganarme! Ni él ni nadie...

Su cabello estaba rubio, sus ojos eran turquesa. Y el hermoso resplandor dorado rodeaba todo su cuerpo, haciéndolo ver invencible.

Y lo era en verdad.

Era un Súper Saiyan, estado que sólo se creía que poseía el Guerrero Legendario... ¡Pero no era cierto! Él también podía, porque era el mejor, el más poderoso de su clase y de su raza.

El saiyan más poderoso de la historia: el Súper Saiyan.

—¡No me va a vencer! No lo permitiré... —gritó, sin dejar de observarse en el agua—. No tiene pruebas, ¡nadie creerá en sus palabras!

Empezó a desquiciarse y ella apareció en sus recuerdos...

Como siempre, de un instante al otro...

¿Qué haremos cuando nazca nuestro hijo, Vegeta? —inquirió la hermosa mujer de sus recuerdos.

Te quedarás aquí con él. ¡Yo no puedo llevarlos a Vegetasei! Ya te lo he dicho, mujer. No me hagas repetir la misma tontería una y otra vez.

¡Vegeta! —la mujer se enfureció—. ¿Crees que aquí en la Tierra es lo más común que una chica tan hermosa como yo tenga un hijo con un extraterrestre?... ¡Por supuesto que no! Le tienes miedo a tu padre, por eso no quieres llevarnos allí. —Y ella rió burlonamente. Esa risa le sacaba de quicio, pero también era cierto que esa risa era muy saiyan.

Ella tenía una actitud muy parecida a las mujeres de su raza a pesar de ser débil como sólo una terrícola podía serlo... Ese había sido el motivo principal por el cual él se había sentido atraído a ella en primera instancia.

¡Mi padre no podría importarme menos! —contestó—. Pero si te llevo nos matarán, ¿acaso crees que realmente me importa una tontería tan grande como esa de "no podemos mezclar nuestra sangre con gente débil"? —Se burló de la autoritaria y característica voz de su padre—. Por más que yo sea el más fuerte todos me eliminarán, ¡y no tengo ganas de que eso suceda! No pienso morir de forma tan patética. Por eso, mujer, ¡tú y el mocoso se quedan aquí!

Vio el fastidio en la mirada de ella y eso lo hizo enfurecer más, además de incrementar el deseo que sentía por ella...

¿Y qué le diré a todo el mundo cuando me vean con un niño con cola y súper fuerza? Vegeta, este niño que está por nacer está destinado a no tener un lugar en el mundo... ¿estoy equivocada? Aquí y allá, nadie lo va a entender...

¿Por qué la había embarazado? Todo hubiera sido más fácil si Trunks jamás hubiera nacido y lo sabía, por más cruel que fuera afirmar eso. La crueldad le importaba muy poco... ¡Pero Trunks era el único recuerdo que tenía de ella! No podía deshacerse de él. No pudo cuando nació y menos podría ahora...

No quería deshacerse del mocoso... Ese no era su deseo.

—¿Cuándo me volví tan débil? —le preguntó a su propia imagen, aún reflejada en el agua—. ¿Cómo pude permitir que ella terminara importándome tanto?

Volvió a gritar, pero esta vez fue de impotencia...

Solía ser tan frío, tan calculador, tan despiadado...

¿Dónde estaba el verdadero Vegeta?

—Esa mujer... —susurró al viento con rencor.

Perdió el control y empezó a disparar poderosos energy-ha por todo ese planeta, dejando cientos de cráteres alrededor del suelo.

¿Cuánto tiempo estuvo atacando sin pensar, sin disfrutar lo que hacía?

Seguro mucho más del que podía imaginar...

Las horas pasaron y él siguió descargando su energía, pensando en el pasado, recordando...

Finalmente decidió irse y, al volver a su nave y empezar el viaje de vuelta a Vegetasei, el planeta Tierra volvió a verse a través de su ventana.

Vegeta... ¡Estoy embarazada! —dijo la muchacha de cabellos lilas, sin tapujo alguno.

Sácate ese hijo, mujer. No puedes tenerlo —contestó fríamente y casi sin hacer caso al anuncio.

¿Ah, sí? Pues está dentro de mí y yo he decidido tenerlo, ¡no me importa si tú no lo quieres! Si no lo quieres entonces no sé qué sigues haciendo aquí. —La sonrisa que se dibujó en su rostro estaba llena de convicción—. Lo tendré quieras o no.

¡No puedes tener un saiyan! —vociferó, pues no soportaba y a la vez le encantaba cuando ella lo provocaba así—. Será malvado y destruirá tu mugroso planeta.

¡Pues no me importa! —exclamó ella, con una convicción capaz de derribar un enorme muro—. No será malvado, no dejaré que sea como tú... —Y volvió a reír, de una forma totalmente burlona.

Eso lo hizo enfadar aún más.

¡Bah! —gruñó—. Haz lo que quieras. Es tu problema, no el mío.

Entonces vete: si no es tu problema, no sé por qué sigues aquí... Ella empezó a empujarlo, queriendo sacarlo de su casa mientras reía—. ¡Anda! Vete: si él no te importa entonces soy yo la que no quiere verte más... ¡Tú haz lo que quieras! Yo lo tendré, estés de acuerdo o no... ¡Y es mi decisión final! Vete, Vegeta...

La sonrisa se fue y las lágrimas llegaron a aquel rostro femenino...

—Esa maldita mujer... —volvió a susurrar entre dientes al ver el planeta Tierra desde su pequeña y fría nave espacial, cerrando los ojos con frustración luego de los tan odiados recuerdos.

Mezclar su Sangre Real, su poderosa sangre saiyan con una terrícola débil... ¡A los ojos de su raza eso era imperdonable!

Su padre, el anterior Rey Vegeta, que era un hombre con ideas claras y tremendamente conservadoras, había hecho perpetuar ciertas costumbres antiguas que jamás debían quebrarse. La principal de éstas era que mientras siguiera habiendo mujeres entre los saiyans, tener un hijo con una mujer de otra raza estaba terminantemente prohibido, pues se creía que esto haría daño a la sangre de los saiyans y que el híbrido nacido sería débil y no tendría los rasgos característicos de la raza. Esto, a ojos del anterior Rey y padre de Vegeta, era una falta de respeto total hacia la sangre.

Un pecado contra ésta.

Saiyans de Clase Baja y Alta muertos por un desconocido, malestar entre los habitantes de Vegetasei, aberración hacia la Clase menos poderosa, su hijo cada día más muerto en vida...

Su Reino se estaba cayendo sobre su cabeza, y él pensando en ella.

¡Y él, el Rey Vegeta, pensando en una insignificante mujer terrícola!

—Esto no es mi culpa... —susurró, casi inaudible—. ¡Es culpa de estos malditos recuerdos!

¿Quién estaría matando a los saiyans? Debía pensar en quién era y con qué propósito antes de llegar a Vegetasei, de lo contrario más problemas aparecerían.

¿Cuándo le había costado tanto armar una estrategia? Era un gran estratega, ¿dónde había quedado su talento?

Enterrado bajo los recuerdos, bajo los horrendos, dolorosos y traidores recuerdos... Eso fue lo que se dijo a sí mismo.

Y ni pensar en Trunks. Sabía muy bien que él no era ni sería jamás feliz. Decirle la verdad podía ser una opción para hacerlo feliz, pero no iba a decirlo en voz alta; no era capaz de reconocer sus errores, no estaba en su naturaleza hacerlo.

Era demasiado orgulloso para hacerlo.

Casi 30 años, y Trunks desconocía por completo su identidad.

Su planeta de nacimiento, su madre, sus abuelos, su...

—¡Yo no le robé nada! —gritó dentro de su nave—. ¡Si no hubiera tapado su rostro lo habrían matado! El mocoso me debe la vida, ¡me la debe! Yo lo salvé, ¡gracias a mí, él está vivo! No le debo nada, la vida la tiene y debería estar agradecido... Si supiera sobre esa maldita mujer de seguro lo estaría...

Pero no, no se lo diría jamás. Se dejaría matar por el más insignificante soldado de Clase Baja antes de decir la verdad.

Mejor pensar en cómo arreglar los problemas de su Reino...

Mejor pensar en la cercanía de la batalla que se había postergado por tres décadas, y en ese sujeto que tanto odiaba...

Ya no tenía caso pensar en el pasado, éste estaba atrás y él no podía regresar.

Por más ganas que tuviera —y que jamás admitiría— de estar de nuevo, tan sólo una vez, con ella...

—Bulma...


Un nuevo día pasó, y Trunks despertó de buen ánimo por primera vez en muchísimo tiempo. Se sentó sobre la cama sin destaparse y bostezó con fuerza y placer.

¡Por fin había logrado descansar bien!

Sintió unos golpes, y supo que Pan también había despertado. Se acercó a la puerta del laboratorio —poniéndose su casco antes de hacerlo— y abrió.

Pan tenía cara de dormida, pero no se veía tan cansada como el día anterior: sus mejillas tenían más color. Se veía más que bonita.

—Buenos días —saludó el Príncipe, sonriéndole dulcemente por más que ella no lo notara.

—Hola, Príncipe... Desearía pasar al baño —dijo ella en respuesta.

—Claro. —Se corrió de la puerta y ella fue al baño.

Pan entró allí y cerró la puerta, la que abrió inmediatamente después.

—Príncipe... —murmuró, suponiendo que el Rey ya habría regresado de su viaje.

—¿Qué necesitas? —preguntó, acercándose a ella una vez más.

—Un espejo.

Trunks cerró los ojos, casi como si aquella palabra le hubiera dolido.

Era la palabra que más odiaba en el mundo...

—Claro, después te lo conseguiré... —afirmó fingiendo despreocupación—. Quería traerte uno cuanto antes pero después lo olvidé. —Rió brevemente, intentando alejarse de los nervios que lo habían invadido—. Disculpa.

—Está bien... —Pan lo atisbó seriamente y, sin más, volvió a encerrarse en el baño.

Trunks quedó solo y se puso uno de sus uniformes reales —tenía muchos modelos idénticos— con rapidez. Ajustó bien su casco, que antes tenía puesto sin el seguro, y siguió desperezándose. Un golpe fuerte en la puerta principal de su cuarto fue lo que lo sobresaltó.

—¡Mocoso! Ven a comer. —Sí: su padre había vuelto, y vaya manera de anunciarse...

—Iré en un momento —dijo.

Sintió los pasos del Rey alejarse y fue a dar aviso a Pan, sin que ella saliera del baño aún. Al acercarse a la puerta sintió el agua golpear contra algo y supo que ella se estaba bañando de nuevo; la segunda vez en menos de un día...

Una vez avisada la muchacha, se sacó el casco y fue hacia el comedor con éste en la mano, tapándose con su capucha, como siempre.

Y la monotonía de cada nuevo día se repitió sin anomalías...

—¿Qué tal anoche? —El tono que su padre usó para decir aquello fue por demás sugerente. Obviamente se refería a Kiki, la esclava.

—No te interesa. —Seco y cortante, no le dio importancia a la pregunta y sólo se dedicó a tomar agua y comer varias frutas, pues bastante hambre tenía aquel día.

—Sólo espero le hagas honor a tu Título Real —siguió ese juego su padre—, y con tus actitudes súper sensibles no hagas quedar mal a tu padre y a tu raza con esas esclavas.

—Soy lo bastante hombre como para quedar aún mejor que tú, padre. —Se quitó la capucha y lo miró fijamente.

Vegeta era a la única persona a la que se animaba a enfrentar con la mirada, la única con la cual no sentía vergüenza. Pero nada más lejos de la realidad: eso no era bueno, pues cada día se llevaban peor. Cada día, padre e hijo estaban más alejados el uno del otro...

Y le dolía, después de todo era su único familiar, su única conexión con sus raíces.

Lo único que tenía en el mundo.

—Tonterías, mocoso... —Su padre rió en su cara y desafió poderosamente su azul mirada—. Hueles a mujer desde hace días... ¡Sigue entrenando con las esclavas, hijo! —Y siguió riendo con un tono totalmente fanfarrón.

Eso lo irritó en demasía.

—Padre, necesito un espejo. —Cambió de tema.

—¿Para qué? Ya sabes lo que sucedió las últimas tres veces que pediste uno... —El Rey dejó de mirarlo y volvió a su plato de comida; comió todo lo que en éste había sin parecer prestarle atención a su hijo—. ¿Crees que creeré en tus tontos no volveré a hacerlo? No me hagas reír, niño.

El Príncipe cerró los ojos con fastidio...

Su padre tenía razón, seguramente sería contraproducente tener un espejo en su cuarto, pero no lo hacía por él. ¡Pan debía vivir una vida cómoda mientras estuviera bajo su cuidado! Era ella lo único que le importaba en aquel momento.

La mano de la muchachita en su rostro fue recordada y lo hizo sonreír como un idiota, así como la noche anterior; sin embargo, mirar las vendas de sus muñecas —las que siempre estaban allí— lo volvieron a la realidad y al porqué no debía tener un espejo en su habitación.

Trató de relajarse al seguir hablándole a su padre, quien desde hacía rato que no lo miraba.

—Debo aprender a mirarme, padre —afirmó, fingiendo paz—. Si lo hago seguramente me sienta mejor conmigo mismo.

Lindo discurso, sí. Pero mentía...

"Yo jamás seré capaz de mirarme, nunca podré ni intentaré poder...".

Vegeta lo miró extrañado.

"Qué profundo y estúpido sonó eso. Demasiado sentimental, demasiado terrícola...".

Refunfuñó y una media sonrisa decoró su rostro.

—Está bien. Le diré a Nappa que traiga uno hoy; en cuanto te lo dé dejará de ser mi responsabilidad.

Se miraron durante cortos instantes, y Vegeta decidió retirarse.

—Mocoso, intenta entrenar un poco, hace mucho que no lo haces... —Un reto y él ya se había ido.

Le gustó aquel silencio que siguió...

Suspiró y comió un poco más para volver a su habitación, deseando ver a Pan aunque fuera una vez antes de marcharse.

Le daba cierta paz solamente pensarlo...


Tocaron a la puerta y nadie de su familia pareció querer atender, así que él, luego de un empujón de su tío Raditz que sirviera como orden, lo hizo.

—Misión —anunció Sheka, su compañera de escuadrón.

Todos miraron atentamente a Goten, y éste tardó un poco en reaccionar.

—¿Misión? —preguntó tontamente.

—Sí, idiota... —La muchacha, un poco mayor que él, según recordaba, la cual tenía el cabello largo y de un tono rojizo, lo miró despectivamente—. Espero hayas entrenado mucho ayer; las cosas no andan bien como para ir distraído.

Giró hacia su abuelo Bardock; la mirada que éste le dedicó era todo menos bondadosa...

—¿El Rey sigue mandando a la Clase Baja sin protección? —indagó levantándose de la mesa, siendo observado por todos—. ¡No se van hasta que yo hable con él!

—Pero Líder... —Sheka lo apreció atemorizada. Toda la Clase Baja solía llamarlo así; era un hombre realmente imponente.

—¡Nada! Ya me escuchaste. —Bardock la miró fijamente mientras se acercaba a ella. Agarró la puerta con una mano y acercó su rostro al de la compañera de escuadrón de su nieto menor—. Dile al Líder de tu escuadrón que YO NO LES PERMITO IR A ESA MISIÓN. ¿Escuchaste? No te atrevas a cuestionar las órdenes del Líder de tu clase —habló con un tono tremendamente autoritario—. En cuanto hable con el Rey se los permitiré. —Empujó la puerta, cerrándosela en la cara a la muchacha.

—Abuelo, no seas así, sólo es una chica, ¡y es bonita! —Goten miró mal a Bardock.

—¡Tú cállate, niñito! —gritó, paralizando al joven saiyan—. Ve al laboratorio de Tark y dile que se contacte con el Príncipe... ¡No tengo ganas de que te maten, imbécil!

Volvió a abrir la puerta de su casa, sin señales de Sheka luego de tremendo portazo, por supuesto, para ir a toda velocidad al Palacio.

Goten se quedó paralizado al perderle la vista en los vastos cielos de Vegetasei. Un golpe en la espalda de su tío Raditz lo sacó de su sueño.

—Ve y haz lo que te ordenó tu abuelo —exclamó.

Sin más, Goten partió al laboratorio, sin entender bien nada de lo que sucedía...


Fue hacia su habitación y, al entrar a su laboratorio, vio a Pan acurrucada contra una de las paredes, en silencio y ocultando su rostro.

—¿Sucede algo? —preguntó con preocupación.

—No... —contestó ella sin siquiera mirarlo.

—¿Qué tal el baño?

—Bien... —volvió a contestar de la misma forma.

Más fría imposible...

A Trunks le dio pena; se notaba que ella estaba tremendamente ciclotímica y no le gustaba ver tremendos altibajos en ella. Se acercó a Pan y se agachó para poder tocar su brazo con delicadeza.

—Arriba ese ánimo, muchacha... —¿El depresivo Príncipe Trunks dando ánimo? Eso sí que era inédito...—. Todo irá bien.

—Déjame... —musitó, finalmente levantando la vista hacia él—. Me siento sucia, harás que vuelva a bañarme si vuelves a tocarme.

Parpadeó sin comprender y recordó, de pronto, algo que una esclava le dijo una vez...

¿Por qué te bañas tanto? —preguntó un Trunks un poco más joven a una muchacha de piel blanca y cabello celeste, de quien sabía qué planeta.

Llevaban una noche juntos, y ella ya había ido a asearse cuatro veces...

Me siento sucia... No sé por qué... respondió la muchacha, sin vida en sus ojos de color rosa.

"A lo mejor es por el intento de violación. Aún le cuesta hacer contacto con los hombres y ayer ella me tocó y yo la abracé... ¡Y además durmió con mi ropa!".

Respiró con desgano.

"Debo darle tiempo... No puedo ser tan impaciente".

Volvió a recordar la mano de ella en su rostro y sonrió dentro de su casco; ella, por su parte, volvió a ocultar su cara de él.

Un golpe en su puerta lo sacó del bonito recuerdo.

Encerró a Pan en el laboratorio y abrió la puerta con fastidio.

—Nappa... —Lo miró despectivamente.

—Príncipe, Tark está en el Intercomunicador.

No dijo nada, simplemente se dirigió al Intercomunicador que estaba en el hall del Palacio, cerrando bien su puerta antes de hacerlo.

Nappa lo siguió en silencio.

—Tark. ¿Qué sucede? —Vio la imagen de su amigo en la pantalla.

El Líder de Clase Media estaba más que serio.

—Necesito ayuda con unos circuitos... —Algo le dijo que Tark mentía, pues siempre era muy amable con él y allí se lo notaba preocupado.

—De acuerdo, ya voy. —Cortó la comunicación.

Fue hacia la habitación de su padre para avisarle que se marchaba, siempre seguido por la mirada de Nappa, a quien ignoraba como si de una simple planta se tratase, cuando oyó gritos en la puerta del Palacio.

Reconoció la voz y se preocupó muchísimo, corriendo hasta allí.

Abrió la puerta y allí estaba Bardock, histérico, gritándole fuertemente a su padre, quien casi ni le prestaba atención.

—¿No piensa hacer nada por mi Clase? —masculló hecho una furia—. ¿Acaso olvida que nosotros también somos saiyans?

Nappa, a sus espaldas, empezó a reír a carcajadas, lo cual hizo voltear al Príncipe.

—Si no quieres que te mate, retírate YA del Palacio.

Nappa quedó impresionado, agachó la cabeza y se retiró, bajando las escaleras hacia la Plaza Central de Reuniones.

Bardock le agradeció con la mirada y volvió al Rey:

—¡No enviaré a nadie de mi Clase hasta que Usted haga algo!

—Padre, ¿aún no hay un escuadrón de protección? —inquirió indignado.

Vegeta refunfuñó.

—Nappa dijo que se encargaría, pero creo que está siendo cada día más inútil... Deberé hacerlo yo mismo si esto sigue así.


Debajo de las escaleras del Palacio, la Plaza Central de Reuniones era un lugar inmenso. Allí había un gran espacio cubierto de baldosas, con árboles y plantas de los más diversos planetas rodeándolo. Era uno de los únicos lugares del planeta que estaban poblados donde había algo verde. Allí estaba el Líder de Clase Alta, instantes siguientes a ser echado del Palacio por el Príncipe.

—Maldito mocoso deforme... ¡Aberración de saiyan! ¿Quién se cree para tratarme así? Logrará que Vegeta me destituya; si lo hace lo mataré... ¡Sólo es un niño débil! No puede ser más fuerte que yo...

Nappa refunfuñaba sentado en las escaleras, completamente furioso.

Lo que él no sabía era que alguien estaba escuchándolo...

Escondido detrás de un árbol y sintiéndose un idiota al estar ocultándose de tan patética forma, con una tiara decorando su frente.

"¿Niño débil?".

Raditz rió para sus adentros.

"¿Tanto le subió el orgullo a la cabeza ser nombrado Líder de Clase Alta? Pobre tipo".

Siguió riendo en silencio, cuando un grito del Rey a varios metros de ellos interrumpió la situación.

—¿Qué mierda quiere? —espetó Nappa—. Ya no soporto a este sujeto, ojalá no fuera más el Rey...

Raditz lo observó sonreír, como si algo malo estuviera pensando mientras subía las escaleras. Pronto estuvo fuera de su vista, y el hijo de Bardock se escapó del lugar rápidamente.

No era conveniente seguirlo de día, en aquel momento lo comprendió.

"Soy demasiado alto y robusto como para pasar desapercibido; será mejor seguirlo de noche y no recurrir a estúpidos árboles para esconderme. Este no es mi estilo...".

Aunque gran información tenía para su padre y el Príncipe.

"¿No soporta a Vegeta? Esto sí que es una sorpresa...".

Cada vez estaba más convencido: Nappa tenía algo que ver con todo lo que estaba sucediendo...


Subió las escaleras y se topó con su Rey, su Príncipe y el idiota de Clase Baja.

—¿Dónde está el escuadrón de protección que te encargué? —preguntó fríamente Vegeta.

Se alegró de haberlos convocado y contestó con tranquilidad:

—Los cité para hoy mismo aquí, para presentárselos —dijo.

—No los veo por ningún lado. —Bardock estuvo a punto de hablar pero Trunks, con esa frase, le sacó las palabras de la boca.

Nappa fingió despreocupación, mientras contenía los deseos de golpear al Príncipe.

Pasaron unos minutos de silencio y dos guerreros de Clase Alta llegaron.

—Ellos son Tirm y Zarkio, dos de los mejores Clase Alta que tenemos.

Trunks los vislumbró atentamente y los recordó de entrenamientos con Nappa y otros muchachos de su clase cuando era más pequeño. Eran igual de fanfarrones que su padre y el Líder de Clase Alta. Eso sí: eran muy fuertes.

—Buena elección —tuvo que reconocer.

—Gracias. —Nappa volvió a su acostumbrada soberbia—. Bardock, puedes enviar al escuadrón a la Central Espacial ahora: ellos saldrán junto con los Clase Baja.

Odió su vida y el recibir órdenes de ese cerdo, pero Bardock tuvo que asentir.

—Me marcho.

Y se fue volando, ya sin poder controlar sus impulsos de matar a Nappa.

Tirm y Zarkio se retiraron en dirección a la Central Espacial y Vegeta se metió en el Palacio de nuevo, seguido por Nappa.

Trunks, en soledad frente a su hogar y con la inmensa Plaza Central de Reuniones extendida frente a él, observó al cielo y no supo bien qué hacer. La mejor elección parecía ser ir a la casa de Bardock. Seguramente, ese día el verdadero escuadrón de protección, formado por él, Kakarotto y su hijo menor, haría su debut.

No quería más muertes...

Ni quería otra chica tocada injustamente.

No quería otra Pan...


Nota Final del Capítulo IX

Al fin le di un poco más de protagonismo a Vegeta. XD

Verán que el Vegeta de esta historia es un poco más "triste" (aunque creo que la palabra más indicada es "frustrado") que el que todos conocemos; de todas maneras, me estoy esforzando mucho para que, aún así, siga siendo el mismo.

Cosas (muchas cosas) le pasaron, y eso en algo tuvo que cambiarlo... Ya vendrá más en el futuro. XD

Y sobre lo de "muchacha de cabellos lilas": recordemos que Bulma, en el manga, tiene el mismo color de pelo que Trunks, y para este fic decidí respetar ese color.

En fin, espero les haya gustado, y le dedico este capi a Carolina, quien me mandó un muy lindo mensaje por Facebook expresando su contento con este fic. ¡Te agradezco! A ella y a todos Uds. que firman acá...

¡Nos leemos! Cualquier duda sobre el fic pm o review. n.n


Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.