-¡NO! ¡ES COMPLETAMENTE INADMISIBLE! ¡ES... !
- Es lo que hay, Atenea – respondió con calma el otro dios
- Pero es MI hija... No voy a permitir que...
- No se puede luchar contra ese sentimiento, mi querida señora
- Sentimiento, sentimiento... Esto no es mas que un capricho, Poseidón, los sentimientos no son mas que...
La diosa continuó hablando. Pero el dios ya no la escuchaba. Total, ¿para que? Llevaban casi una hora hablando y todo el rato decía lo mismo. Distintas palabras, mismo concepto.
Atenea, con su largo pelo recogido en una trenza lateral y dos tiras de tela gris trenzadas en ella, conjuntando con sus grandes ojos grises, iba vestida con una túnica blanca de corte griego hasta el suelo. Poseidón, por su parte, llevaba su pelo negro ligeramente despeinado, y una túnica también, junto con una capa atada al cuello de color azul claro, fabricada con un tejido que, dependiendo de los movimientos del dios, daba la sensación de hacer olas. Ambos dioses estaban en una especie de pequeña plaza rodeada por columnas y medio techada, había algunos bancos de mármol y plantas de flor de luz de luna, rosales y jazmines. Era una plaza muy lujosa y bonita, situada en unos de los rincones de la ciudad del Olimpo. Si mirabas esa plaza rápidamente, aun conservaba el lujo de la ciudad. Pero, si te fijabas bien, algunas columnas estaban ennegrecidas, algunas hojas, marchitas, el suelo agrietado y, por encima de todo lo malo, no se oía el canto de los pájaros. Habían pasado apenas unas horas del final de la batalla, pero por una vez los dioses estaban ayudando antes a los mortales que a ellos. Ayudaban a reconstruir la ciudad y a dejarla igual que antes de la batalla. Lo único que no tocaban era el Olimpo. No lo reconstruían. Al fin y al cabo, querían que cierta persona lo reconstruyera de cero. [ N.A. Ya saben ;) ]
El tridente de Poseidón reposaba contra una de las columnas. Hacía rato que habían empezado a discutir. ¿Por que? La razón estaba entre ellos dos. Una especie de burbuja del tamaño de cuatro o cinco pelotas de baloncesto. En ella se veía la enfermería improvisada que habían levantado los campistas de Apolo delante del hotel que habían usado como cuartel general, había campistas, centauros y espíritus de la naturaleza sentados y desparramados por el suelo o por los escalones de la entrada. Todos parecían cansados.
Pero entre todos ellos, entre todas esas personas heridas, la burbuja mostraba a una muchacha con su rubio pelo de princesa sucio y encrespado, amén de despeinado. Tenia arañazos por toda la cara y la camiseta interior, blanca y de tirantes, con quemaduras. Un gran moratón en la parte derecha indicaba que había recibido un fuerte golpe. Tenía los ojos enrojecidos y estaba muy pálida; también parecía cansada y débil.
El campista que le estaba atendiendo le enjuagaba el hombro izquierdo, que supuraba pus mientras ella hacía muecas de dolor.
- Mírala. Poseidón, es mi hija. ¡Y está pasando por todo esto por haber querido ayudar a tu hijo en su misión suicida! - gritó Atenea, señalándola con un dedo acusador
Tu hija es valiente. Muy valiente. ¿Eso también se lo vas a reprochar? Nadie la ha obligado, ella fue la que quiso seguir a Percy. Como siempre - sonrió el dios, con ojos orgullosos.
- ¡Claro! ¡Por que tu hijo la ha encandilado con palabras amables y sonrisas traviesas!
- ¡¿Que?! - ahora si que Poseidón se había perdido completamente en las divagaciones de la diosa.
- Pues, bueno Poseidón, mi hija es sumamente inteligente, como todos mis hijos, pero también... Bueno, ella es insegura, y tu hijo... Ya sabes...
- ¿Insinúas que mi hijo tiene encanto? - preguntó el dios, sonriendo de medio lado. La misma sonrisa que exhibía Percy y que al principio tanto irritaba a la hija de la diosa...
- ¡Yo no he dicho eso! Solo digo que... Bueno, no hace falta ser demasiado encantador para ganarse a mi hija. – pensó un segundo – Sin desmerecerla, obviamente.
Poseidón miró hacia el techo y se puso las manos en las caderas. Suspiró largamente y comenzó a dar unos pocos pasos alrededor de la plaza. ¿Cuanto rato hacía que estaban hablando de este tema? Ya superaban la hora, eso seguro. ¿Por que la diosa estaba siendo así? No lo entendía. Ella se había 'enamorado' mas de una vez, ¿ o no? ¿Por que lo ponía todo tan difícil? ¿Por que no podía aceptar que Annabeth se enamorara? Bueno, en realidad si lo sabia. No lo aceptaba por que Annabeth se estaba enamorando de SU hijo. No era un muchacho cualquiera. Vale, se preocupaba por ella pero... ¿Acaso no debía dejar que Annabeth viviera su vida?
Esa conversación se estaba convirtiendo en un puñetero bucle.
- Veamos querida Atenea... - empezó el dios, sentándose en uno de los bancos de piedra, al lado de su tridente. La diosa arrugó el ceño, no le había gustado lo de 'querida' - … se que te preocupas por tu hija, lógicamente, se que solo quieres lo mejor para ella y se que quieres protegerla de... bueno, de mi hijo. - dijo, con un toque de ironía, rodando los ojos – Pero... Atenea, tu hija tiene derecho a cometer errores. Se que no te gusta, pero debes dejar que tu hija viva su propia vida... Y esa vida pasa por cometer errores, pasa por equivocarse... Pero esa vida también pasa por enamorarse y por ser independiente en cuanto a sus decisiones, en poder hacer las cosas que ella quiere o que ella siente, y en no tener por que actuar de forma que tu te sientas orgullosa siempre... Tu ya estas viviendo tu vida, Atenea, la vida de Annabeth esta por empezar. Déjale vivirla. Además, tu hija es increíble, no se por que no estas orgullosa de ella.
Tras esto, Atenea se había quedado completamente sin habla. Solo miraba, alternativamente, a Poseidón y a la burbuja donde se veía aun sentada a su hija mientras el mismo campista de Apolo le aplicaba una crema verdosa.
- Se que yo ya estoy viviendo mi vida, Poseidón, la estoy viviendo desde hace varios siglos. Y también se que debo dejar a Annabeth vivir la suya. Pero... ¿por que los errores de mi hija han de pasar por tu hijo?
- ¡¿Error?! - Poseidón se levantó lleno de rabia y se plantó frente a la diosa – No te pases Atenea. No te pases. Muchas veces han comparado a mi hijo con un error, pero no voy a permitir que lo hagas tu y, menos aun, por esto. – respiró hondo – Eres una hipócrita, con todos mis respetos. Tu te has enamorado varias veces, ¿por que no quieres que tu hija se enamore también? ¿Por que no quieres que sea feliz?
- ¡Es tu hijo! ¡Si nos odiamos tu y yo, no admito que ellos estén 'enamorados'! - exclamó la diosa, haciendo las comillas
- ¡¿Y por que?! - Poseidón alzó los brazos por encima de la cabeza completamente desesperado – ¡Tu y yo no somos amigos, precisamente! ¡Vale! ¡Pero nuestros hijos se gustan, tu hija tampoco es la pareja ideal que yo habría deseado para Percy! Pero, ¿sabes que? ¡Que yo prefiero darle mas importancia a la felicidad de mi hijo que a mis apetencias personales!... ¡DEBERIAS PROBARLO!
El dios se dirigió hacia su tridente, dispuesto a cogerlo y a volver a su palacio submarino para terminar de dejarlo tal y como estaba antes de la guerra. Atenea, indignada, también se disponía a marcharse.
Pero entonces algo les hizo detenerse y acercarse a la burbuja. Mientras discutían, el campista había terminado de vendarle el hombro a Annabeth, con una venda que tenia un tono azulado [ :3 ], y ella se había tumbado en la camilla de la enfermería y había cerrado los ojos... Pero eso no era todo. Un muchacho de pelo muy negro y revuelto; ojos entre verdes y azules, como el mar; vestido con unos vaqueros muy rasgados y quemados por el bajo y la camiseta del campamento, bastante sucia; estaba apoyado en una pared que había justo enfrente de la camilla de ella, con los brazos cruzados y la mirada muy seria, preocupado.
Ambos dioses se quedaron frente a frente con la burbuja entremedio, ambos cruzados de brazos y ambos con una arruga en la frente. Para ver el siguiente movimiento de Percy y la reacción de Annabeth.
No iban a tardar mucho en saberlo.
Percy se acercó lentamente y se sentó con cuidado en el borde de la camilla. Le miraba muy seriamente la venda. Levantó la mano y, con extremo cuidado, le apartó un mechón rubio de la cara para ponérselo tras la oreja.
Entonces, Annabeth abrió los ojos y sonrió débilmente.
- Ey, sesos de alga – dijo, con una voz apenas audibles
- Ey, chica lista – Percy sonrió - ¿Como estás?
- Bueno, podría estar algo mejor, la verdad...
- Ya...
- Sigues estando muy mono con el entrecejo fruncido
Percy hizo un ruido entre risa e ironía. Annabeth hizo una mueca de dolor mientras se incorporaba.
- Si, bueno... ¿Como te va? - preguntó el, mirando la venda
- Em... ya no duele – sonrió - ¿Te has fijado? La venda es azul...
- Si, es lo segundo en lo que me he fijado – rió el
- ¿Lo segundo? ¿Y que es lo primero en lo que te has fijado? - preguntó riendo
- Pues en ti
Percy lo dijo como si fuera lo mas lógico del mundo pero Annabeth no pudo evitar sonrojarse y sonreír tímidamente. Bajó la mirada. Por su parte, Atenea soltó un bufido de incredulidad.
- Parece que, como mínimo, a Percy le gusta tu hija
- Si, lo que tu digas...
Siguieron mirando la burbuja.
En ese momento, Percy la estaba mirando bastante serio.
-¿Por que estas tan serio, Perc?
- Pues por que estoy preocupado, ¿sabes? Tienes muy mala cara, Annabeth, estas muy pálida, y ese moretón...
- Estoy bien, tranquilo... Solo... me siento un poco débil, no hace falta que te preocupes
- Es que no puedo evitar preocuparme por ti – contestó el chico, débilmente
Los dos dioses se miraron, sorprendidos.
- Hasta tu debes admitir que eso ha sido bonito
Atenea no contestó.
- Percy...
- ¿Si?
- Gracias
- ¿Por que?
- Por todo
Percy sonrió de nuevo y le cogió de la mano.
- Tengo que contarte algo – Percy se sonrojó y respiró hondo un par de veces con la mirada bajada. Annabeth no decía nada. Los tres (la rubia y los dos dioses), estaban expectantes. Parecía que Atenea contenía la respiración – Cuando... cuando en el Olimpo, Zeus me ofreció convertirme en un Dios, yo le dije que no por que... por que...
Pero tu lo deseabas... - Percy la miró – Lo siento, no volveré a interrumpir
- Bueno, dije que no... por que pensé... que no quería que todo siguiera igual para toda la eternidad, porque las cosas siempre podían mejorar... - Annabeth lo miraba expectante, aunque creía saber lo que iba a pasar. Y le gustaba. - Y... bueno, luego, cuando Nico me dijo que pensara en algo que me diera ganas de seguir siendo humano, algo que me atara a la vida como mortal, algo como un ancla... Bueno pues, yo pensé...
- ¿En alguien especial? - dijo ella, sonriendo
- Bueno... Un segundo, ¿te estás riendo de mi?
Annabeth se echó a reír y le pasó el brazo derecho por el cuello a Percy mientas se acercaba a el.
- Vete acostumbrando, sesos de alga, por que si me dejas, yo no pienso ponértelo fácil, nunca.
Acabó de acortar el espacio entre ellos y lo besó, fue un beso corto y superficial, pero solo era, digamos, 'de prueba'.
Se separaron y se miraron a los ojos. Los de Percy brillaban. Con cuidado de no hacerle daño, cogió la cara de ella entre sus manos y le acarició los pómulos con los pulgares. Ella seguía teniendo su brazo derecho alrededor de su cuello y le acariciaba la nuca.
- Siempre eres tu la que me besas – susurró Percy
- ¿Acaso te molesta?
- Claro que no, pero siempre me quitas la oportunidad de sorprenderte... - contestó Percy, poniendo cara de pena fingida
- Vale, pues bésame tu ahora... Te juro que me haré la sorprendida.
Ambos soltaron una risa bajita y se volvieron a mirar a los ojos. Percy aun no le había soltado y no pensaba hacerlo salvo que le obligaran. Si le dejaban, no pensaba soltarla jamás.
Sus narices se tocaban y las respiraciones se aceleraron y se volvieron pesadas. Ella no pudo evitar sonreír cuando los labios volvieron a tocarse. Estaban cortados y arrugados por culpa del sol y la sed que ambos pasaron durante la batalla. Pero aun así seguían teniendo sus respectivos sabores característicos. Percy disfrutaba los labios de ella, carnosos y dulces; en cambio, los de el eran finos y salados. Se notaba que los labios de ambos eran inexpertos y torpes, pero también encajaban a la perfección. Parecía como si estuvieran hechos para unirse. Dulces y salados; finos y carnosos; torpes y nerviosos. Emocionados por poder tocarse, por poder saborearse, sentirse... con ganas de aprender, con ganas de enseñarse el uno al otro, hacerse disfrutar el uno al otro. Ambos querían aprenderse de memoria cada recoveco, cada pliegue, cada pequeña arruga de los labios del otro. Fueron una serie de besos cortos, roces apenas, pero hacían que ambos se estremecieran. Los cerebros de ambos se derretían.
Al separarse nuevamente, Annabeth no le soltaba y aun tenia su mano en la nuca de el. Percy bajó sus manos por la espalda de ella.
- Si me lo pones difícil, me esforzaré mas de lo que nuncame he esforzado.
Annabeth sonrió y pegó su frente a la de el.
Y lo volvió a besar, mas profundamente esta vez. Y con lengua. Sus lenguas entrechocaron y comenzaron una batalla que poco a poco empezaban a disfrutar. Al principio fue un contacto extraño y nuevo para ambos, pero luego comenzaban a disfrutarlo
- La verdad es que...
- No parece tan malo cuando habla o está con ella, ¿verdad, Atenea? - dijo Poseidón, en voz baja, descruzando los brazos.
- Yo... Sigue sin gustarme que mi hija se enamore, y menos de tu hijo.
- Eres cabezota hasta el fin, ¿verdad? - sonrió - Uno no elige de quien se enamora. Y, sinceramente Atenea, no quiero seguir hablando de esto. ¿Recuerdas lo que hemos hablado? Deja a tu hija ser feliz.
Atenea miró la burbuja una vez mas.
Annabeth y Percy estaban con las frentes juntas, susurrándose algunas palabras que, si bien no acabaron de convencer a la diosa, si la tranquilizaron. No sabia lo que pasaría, pero si sabia que, de momento, su hija estaba en buenas manos.
PD: bueno, pues aquí acaba este two-shot, espero que les haya gustado y que comenten, si eso. Aun asi, un Chase kiss por detenerse a leer mi historia 3
