Disclaimer: Los personajes son de Meyer, no me pertenecen.
Capítulo 2: El paso del tiempo.
Muerta para el mundo
Hace ya un par de décadas que me mudé a una ciudad griega, así que, sí, podría decirse que he vuelto a mis orígenes. He visto a un buen par de clanes pequeños de vampiros por aquí cerca, pero todos viven en armonía con el resto; cumplen las leyes de los Vulturis y son, comparados con otros clanes que yo he visto, civilizados. Me he encontrado con dos de esos clanes alguna que otra vez, más que nada, porque al principio quisieron saber si estaba sola o si intentaba invadir su zona de caza. Una vez les quedó claro que sólo era una nómada de paso y que no iba a interferir en sus hábitos de dieta, me dejaron tranquila. De todos modos, la forma en la que me trataron fue civilizada, y aquello me gustó mucho.
Cuando me marché de Volterra, decidí comenzar una nueva vida de nómada, sin crear lazos con nadie, sin entablar amistad con nadie; a ser posible, sin hablar con nadie siquiera.
Encuentro Grecia un lugar reconfortante, y está lleno de humanos muy cultos e inteligentes. Rápidamente, uno de mis pasatiempos favoritos se convierte ir al teatro, y descubro que es bueno tener un hobbie, así distraigo mi mente de pensar en Marcus y en casa. Todo esto se me está haciendo muy difícil: dejar Volterra, dejar a Marcus, vivir yo sola… me siento perdida, pero sé que no puedo dar marcha atrás o esta vez moriré de verdad, no habrá intentos fallidos.
Vivo cada día alerta, creyendo que en cualquier momento aparecerá la guardia Vulturi y me cogerá para que mi hermano me decapite personalmente esta vez. No hay un solo día en el que no tenga todos mis sentidos puestos en rastrear vampiros Vulturis, lo que básicamente es mi tortura diaria. Ahí es donde el teatro entra en escena. Voy, me relajo, cazo y vuelta a empezar. Pero por lo menos disfruto de un par de horas de paz.
No obstante, y claro que sólo lo hacen para fastidiarme, surge una guerra de la nada y me veo obligada a marcharme de ahí.
O.o.O.o.O
Los años pasan muy rápido. Da miedo lo rápido que pasa. Cierro los ojos y el Imperio Romano va viento en popa, abro los ojos y ya ha caído a manos de las tribus germánicas. He comenzado a seguir el calendario que empezaron los católicos, a ver si así me doy cuenta del tiempo que transcurre.
Continúo viviendo sola, moviéndome de un lugar a otro antes de que las desapariciones de los humanos que cazo resulten sospechosas y algún rey loco empiece a mandar guardias a por el "depredador" que comete los asesinatos. Y como que no me gustaría ser perseguida por una horda de humanos, por mucho que no puedan hacerme nada.
Si no me falla la orientación, estoy cerca de donde habita el clan –lo que queda del clan– de los Rumanos, a los que los Vulturis derrocamos en su debido momento. No sé muy bien qué estoy haciendo aquí, pero nunca antes me había importado menos sentirme tan desprotegida. Cuando por fin, después de caminar durante horas, me encuentro con el Castillo del clan Rumano, doy media vuelta, acobardada. ¿Qué estoy haciendo? ¿Acaso quiero que Vladimir y Stefan me maten? O peor, ¿Qué intenten usarme como rehén y me lleven a Volterra? El caso es que mi repentino acto de valentía ha llegado a su fin y me alejo ahí.
El ardor que tengo en la garganta me hace recordar que si sigo queriendo caminar durante tanto tiempo, debo cazar antes. Hace un par de días que no bebo sangre y con el viaje me he debilitado bastante. No tardo mucho en meterme en el bosque y en poner mis cinco sentidos en busca de sangre fresca. Después de un minuto como mucho, huelo algo delicioso y corro en su dirección.
Mis sentidos me llevan hasta una bonita casita en medio de un campo. Hay un pueblo más adelante, pero esta está alejada de él. No es que sea una mansión, pero comparada con otros hogares que he visto, es bastante grande; me pregunto quién vivirá aquí. En la oscuridad de la noche se ve claramente que hay gente dentro, porque de las ventanas sale una luz anaranjada, propia de las velas. Me acerco a la ventana del piso de abajo y miro a través de ella. Hay una pareja de ancianos sentados en una alfombra, observando el fuego de la chimenea.
No me hace falta ver nada más para decidir marcharme a buscar otra presa.
Los matrimonios felices son mi debilidad, nunca consigo hacerles nada. Supongo que me recuerdan mucho a Marcus y a mí y eso me impide usarlos como alimento. Estoy apunto de salir corriendo cuando la puerta de la casa se abre y sale un chico de poco más de dieciocho años. A pesar de la poca luz que hay, consigo verlo con total claridad: cabello castaño, ojos claros, piel pálida, ancho de espaldas y delgado pero fuerte. No parece de la zona, las características de los humanos de por aquí son diferentes.
Se me queda mirando y bajo la vista rápidamente para que no me vea los ojos rojos, aunque ahora deberán de estar negros por la sed y él no podrá verlos a causa de la oscuridad. ¿Por qué me quedo aquí parada? ¿No debería irme?
-¿Quién eres?
Su voz es suave, susurra las palabras; habla un derivado del latín común en la zona, pero su acento no es de aquí.
-No soy nadie. –contesto.
¿Acaso es alguien quien lo ha perdido todo y no hace nada para recuperarlo? No. Por eso no soy nadie y nunca lo seré. El chico se acerca a mí despacio, como si temiera asustarme cuando en realidad debería de ser al revés.
-Alguien debes de ser, todos somos alguien en este mundo. –me dice.
Sus palabras me hacen recordar a un compañero griego que conocí hace siglos, un filósofo, pero estoy tan ocupada mirándolo que no recuerdo cómo se llamaba el hombre.
-Yo no.
-Pues yo soy Marcus. –se presenta y me recorre una sensación extraña por el cuerpo. Y además se llama Marcus, qué menos… Hace mucho tiempo que no escucho ese nombre y ahora tengo ganas de llorar, pero sigo sin marcharme. ¿Por qué? – ¿Cómo te llamas tú?
-Didyme. –No veo la razón por la que ocultárselo, si no va a decírselo a nadie.
Él sonríe y cuando lo hace se le forman dos hoyuelos en las mejillas. Parece que intenta animarme, aunque no sé por qué. Tal vez mi rostro esté triste y realmente intente hacerlo, porque sus palabras me resultan conciliadoras y quiero seguir escuchándolas.
-¿Lo ves? Ya eres alguien. –dice riendo. – Tu nombre es muy poco común, Didyme.
-Y el tuyo. Marcus… -no puedo evitar saborear la palabra, hacía mucho que no la pronunciaba en alto.- Marcus… ¿No eres de aquí verdad?
-Mis abuelos son romanos de nacimiento, vinimos aquí poco después de nacer yo. –me explica. – Pero tú tampoco eres de aquí.
Voy a decirle que yo también vengo de Roma cuando de repente noto olor a sangre. Sangre, muy cerca de mí. Marcus abre mucho los ojos y corre en mi dirección. Por un momento creo que va hacia mí pero pasa de largo y al darme la vuelta veo que hay una chica tirada en el suelo, sangrando. Sangrando bastante. Mis músculos se tensan rápidamente al notar el exquisito olor de ese líquido rojo. ¿Tanto tiempo llevo sin alimentarme como para no tener auto control?
-¡Ileana! –le dice Marcus a la chica, sus manos intentando hacer algo con la cantidad de sangre que sale de su estómago. – ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? Juro que lo mataré. ¿Ha sido…
-No lo hagas, Andrei. -susurra- Por favor… no merece la pena.
Al oír el nombre frunzo el ceño confusa. ¿No se llamaba Marcus? Él se da la vuelta y me mira, suplicando ayuda. Y cuando veo lo que hay en sus ojos, se me cae el mundo encima. Es amor. Ese… Marcus, o Andrei, o como quiera que se llame, está perdiendo a una persona que ama delante de sus ojos. No puedo evitar pensar en mi Marcus en cómo él también me perdió a mí, aunque de otro modo.
-Didyme, ayúdame, por favor. –me pide.
Sé que la chica, Ileana, no vivirá mucho. Los humanos son muy frágiles y depende del tipo de heridas que tengas puedes curarte o no; está claro que la que tiene ella es muy grave y no pasará. Me acerco a ellos y la chica me mira con miedo y desconfianza. Normal, soy una desconocida. Marcus se fija en mis ojos y me toca el brazo. Debe de estar frío para él pero no aparta la mano. ¿Acaso él sabe…? No puede ser.
-Dime que lo eres y que todo esto no es una pérdida de tiempo, Didyme. –me dice. – Dime que puedes cambiarla.
Sí. Sí que lo sabe. Pero ¿cómo? Muevo rápidamente la cabeza de un lado a otro, negando ambas cosas, la insinuación de que soy un vampiro y el hecho de que no puedo cambiar a Ileana. Con lo sedienta que estoy… lo más probable sería que acabase por beber toda su sangre en vez de transformarla.
-Por favor.
Miro a la chica. Debe de estar en sus últimos momentos de vida. Prometo darme de bruces contra un árbol y tirarlo de paso, si es necesario, porque voy a hacer una estupidez que seguro que sale mal. Muy mal. Levanto con cuidado a Ileana y la miro a los ojos.
-Tengo la posibilidad de salvarte. De convertirte en un monstruo que se alimenta de vidas inocentes para poder sobrevivir durante mucho, mucho tiempo. ¿Quieres que lo haga? –mi voz suena ronca, porque intento evadir el intenso olor a sangre, deliciosa sangre, que emana. Ella mira a Marcus, me mira a mí, debate un buen rato en su cabeza y asiente.
No tardo un segundo en clavar mis colmillos en su cuello.
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