Disclaimer: Menos estos dos rumanos de aquí, el resto es de S. Meyer.
Capítulo 3: ¿Qué hacer con ellos?
Muerta para el mundo
Los gritos de Ileana se oyen claramente aún estando en escondidas en un bosque frondoso, son algo que los humanos no hubiesen podido evitar escuchar y habrían venido en busca de la chica. Por eso decidí echar a correr con Ileana en brazos y adentrarnos en lo más profundo del bosque, a esperar que el proceso de transformación cesara. Marcus o Andrei, como se llamara, había insistido en seguirme, así que aquí lo tengo, sentado a mi lado, mientras la mujer de su vida suelta unos chillidos inhumanos.
No estoy respirando. Y no lo haré. Ni siquiera estoy segura de cómo conseguí frenar cuando la sangre de Ileana pasó por mi garganta. Quería más… más sangre, saciar mi sed de una vez. Craso error no haberme alimentado durante días. Pero como prevención he decidido negarme a respirar mientras continúe estando con estos dos desconocidos; claro que no me pasará nada porque los vampiros aguantamos mucho la respiración, en ocasiones días y días, aunque es bastante molesto.
Veo que el joven se estremece cuando Ileana chilla, más fuerte esta vez. ¿Es desesperación lo que detecto en sus ojos? ¿Tristeza, dolor? No estoy segura, pero hay algo que me dice que no la piensa abandonar hasta incluso después de que se convierta en vampira; eso es muy malo, teniendo en cuenta que cuando ella despierte lo primero que querrá será algo que llevarse a la boca. Si él está cerca, se lo zampará en cuestión de segundos.
Lo veo arrugar el entrecejo, pensando en algo que por lo que adivino no es fácil.
-Los voy a matar. -susurra, aunque para mí es perfectamente audible aún con los gritos de Ileana.
-¿A quién vas a matar? Te aseguro que arrebatar vidas es un acto muy indigno, no es algo que se deba tomar a la ligera. -le digo, con la sombra de una sonrisa surcándome el rostro.
-Los Rumenescu. -me explica él, escupiendo las palabras con asco- Son una panda de hombres con poder que se divierten utilizando a las jóvenes de nuestra aldea en su beneficio. Se aprovechan de ellas mediante los más despreciables actos de crueldad y luego las liberan en el bosque, supongo que para dejarlas morir después de echar a correr.
-¿Y crees que han sido ellos quien la han atacado? -le pregunto, señalando a la chica con el mentón.
-No lo creo, lo sé -confirma.- Juro que los mataré. Estarán muertos dentro de muy poco.
Se nota que el odio corre por sus venas, sin duda. El echo de que cosas como esta pasen con tanta naturalidad aun estando tan lejos de casa, me resulta aterrador. ¿Será así en todo el mundo? ¿Es que nadie se molesta en tratar a las pobres chicas desamparadas como algo más que un muñeco con el que acostarse? Me descubro a mí misma apretando los puños con fuerza y deseando ser yo quien vaya a por esos Rumenescu. Decido que debo de cambiar de tema antes de acabar realizando mi deseo en un arrebato de furia.
-El que estará muerto dentro de muy poco serás tú si sigues al lado de Ileana cuando despierte. -le digo. Él me mira a los ojos, que están algo más rojos ahora que he probado la sangre, por poca que fuera; pero no se aparta.- ¿Cómo sabías qué soy?
Veo que he dado en el clavo, porque desvía la mirada. Esa es la pregunta que lleva rondándome la cabeza desde hace un buen rato. Debe de ser un chico muy inteligente y observador, porque no me parece que por aquí los vampiros den mucha muestra de existencia. Al menos, no tanta como para que los humanos se lleguen a enterar. Él se pasa una mano por el pelo, alborotándolo, y suspira.
-Una vez tuve la desgracia de encontrarme con una hija de la noche. -mis cejas se arquean al oír esa descripción. En Atenas no nos llamaban así, pero he oído en muchos otros lugares ese término suplantando a la palabra vampiro.- No fue hace mucho, de hecho. Una mujer de largos cabellos rubios y ojos rojos, piel blanquecina, dura y fría y facciones perfectas. Era un ángel caído del cielo. Un demonio debería haberla llamado, más bien. Me secuestró, me explicó varias cosas sobre su raza, los vampiros: cómo reconocerlos, cómo evitarlos y qué hacer si te capturan, aunque hay pocas cosas que alguien como yo pueda hacer.
Escucho atentamente su relato. Al parecer, la tal vampira estaba creando un ejército de vampiros. Supongo que serían neófitos y querría pelear contra otro clan por algún territorio en concreto, como suele pasar, aunque eso es algo que él no tiene por qué saber. Él estaba preparado para ser mordido cuando los vampiros enemigos atacaron su campamento y masacraron a la vampira rubia y a un par de los que quedaban del clan. Así que, él escapó y se fue inmune, conservando en la memoria las cosas necesarias que había que saber sobre mi raza.
No puedo evitar silbar de admiración cuando acaba la historia. Un humano que sobrevive entre tanto vampiro se merece un premio, en mi opinión. Aún me sorprende que consiguiese salir con vida, o sin acabar por convertirse en neófito. Tuvo mucha, mucha suerte.
-Por eso cuando te vi… bueno, -carraspea un poco, buscando las palabras- eras preciosa, tus ojos aún siendo negros tenían un brillo rojizo y tu piel parecía brillar bajo la luz de la luna. Supe al instante qué eras.
Me inclino hacia delante, para estar más cerca de él. Sus ojos hacen contacto con los míos, mas no los aparta ni parece ponerse incómodo por mi proximidad.
-Asumo que eres consciente de que no puedes seguir aquí cuando ella despierte ¿no? Como ya te he dicho antes, te matará nada más verte. -comento con seriedad. No tengo ni idea de qué es lo que este joven quiere hacer, y mucho menos lo que quiero hacer yo.
Debería haberme marchado en su momento. ¿Qué fue lo que me llevó a quedarme a "salvar" la vida de esa pobre chavalita? Si he matado a tantos humanos en mi vida, ¿qué más da uno más en el montón? Es algo que no me explico. Quizá sea que después de lo que me pasó a mí, al ver a alguien en una situación parecida, me gustaría echarle una mano, porque nadie me la ofreció a mí en su momento.
-¿Puedes convertirme a mí también? -me pregunta, después de estar un rato cavilando.
-Yo no puedo hacerme cargo de vosotros dos. -respondo, con una sonrisa triste- Digamos que… estoy muerta para el mundo, por así decirlo. Nadie debe saber que sigo viva, por mi propio bien. Tómame como una fugitiva.
-¿Qué has hecho para que tengas que hacerte la muerta, Didyme? -parece bastante interesado en el tema, o quizá sólo quiera buscar conversación para evitar oír tanto los gritos de Ileana.
-Enamorarme. -confieso soltando una risa seca- Tan simple como eso. Te enamoras, haces planes, a alguien no le gustan y ya quieren matarte. Así es mi familia.
Quiero cambiar de tema, quiero cambiar de tema, quiero cambiar de tema… No me gusta hablar de aquello, es muy doloroso. Sobre todo teniendo en cuenta los rumores que he oído a lo largo de los años gracias a los clanes con los que me he topado de vez en cuando: cacerías de los Vulturis en busca de alguien, con Marcus en cabeza. Estoy segura de que intentaba buscar a mi asesino y eso me pone de peor humor, porque seguro que no se dará cuenta de que vive en su mismo castillo.
-Por cierto, ¿cómo te llamabas? -le pregunto, arqueando una ceja.
Veo cómo se le acumula la sangre en las mejillas y se ríe un poco.
-Marcus Andrei. -contesta- En el pueblo me conocen como Andrei porque es más… adecuado para el entorno. Marcus es muy romano y no es bien visto por aquí.
Asiento con la cabeza y me quedo pensando qué hacer con ellos. Ya me conocen, Andrei por lo menos. Sabe que he escapado y que finjo mi muerte. Si por casualidades de la vida llegan hasta los Vulturis y Aro les lee el pensamiento me verá y sabrá que sigo viva. ¿Y entonces qué? Cavaré mi propia tumba esta vez, sólo para asegurarme un lugar bonito en el que descansar en paz por el resto de mi eternidad. Sólo tengo una salida.
-Si te muerdo, prométeme que no os iréis. No puedo dejar que nadie sepa mi secreto. -le pido al humano.
Él me dice que sí con firmeza, sintiéndose preparado para esto y murmuro una disculpa antes de acercarme más a él y clavarle los colmillos en el cuello.
No pasa ni un minuto antes de que él también comience a gritar y forme un coro tétrico de voces agudas junto a las de Ileana. La miro durante un rato y me digo a mí misma que lo difícil será hacerla entrar en razón a ella. La garganta sí que me arde esta vez, así que decido ir de caza antes de hacer cualquier cosa. Tapo a ambos con hojas y ramas, aunque continúo oyendo sus gritos, y después de asegurar que el lugar está desierto en un radio de novecientos pies a la redonda, me marcho de caza.
No pienso hacerles nada a los ancianos de la casa de Andrei, pero no tengo reparos en ir a la próxima casa que encuentro y arrasar con toda la familia, compuesta por tres miembros. Sí que tenía sed, sí. No quiero volver de inmediato al bosque, así que me quedo observando la casa. Un lugar muy rústico, con olor a pino y a leña recién cortada, deben de trabajar con árboles porque el suelo está bastante lleno de hojas y hay savia en las botas de hombre colocadas en el recibidor. Serán leñadores, adivino. O lo serían, porque ya no queda ni pizca de ellos.
Al lado de la casa también tienen una granja, que ahora mismo está desprovista de animales, así que llevo los tres cadáveres hasta ella sin ningún problema y los tiro al suelo. Con toda la paja que hay en este lugar, hacer que el asesinato en realidad parezca un desafortunado incendio parece pan comido. Agarro uno de los candelabros que están colgados de la pared y lo tiro a la paja. Salgo rápidamente de allí antes de que las llamas me lleguen también a mí.
Y ya está. Así se disimula cuando se va de caza. El fuego es la mejor opción, borra las pruebas y es una razón lógica teniendo en cuenta la cantidad de velas que hay en las casas. De hecho, en las ciudades grandes suelen haber muchos incendios a causa de eso, y como las casas están juntas, el fuego se puede propagar por toda una calle. Al menos, eso es lo que he oído que ocurre en estos tiempos.
¡Espero que os haya gustado!
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