Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, yo sólo juego con ellos.
Capítulo 4: Reflexiones en el siglo XII.
Muerta para el Mundo.
Al final no me salió tan mal la cosa con Andrei e Ileana, son buenos chicos. Desde el instante en el que ambos despertaron, se convirtieron en muy buenos aprendices, y debo admitir que como neófitos no causaron muchos estragos. Me enorgullezco de haberles enseñado tan bien, ya que después de todos estos siglos aún continúan haciéndome caso ysiguiendo mis consejos.
Recuerdo que, tal y como había previsto, convencer a Ileana fue más difícil, ella se quería marchar con Andrei e irse a vivir por su cuenta. Les tuve que explicar parte de mi historia, evitando detalles como que mi hermano había intentado matarme, para convencerlos de que se quedaran junto a mí. Ambos se encariñaron conmigo con el tiempo, y me prometieron ser siempre cautos para evitar encuentros con los Vulturis y así destapar mi falsa muerte sin querer. Como recompensa, cada tanto en tanto les dejaba que viajaran juntos, ya que sabía que no se meterían en líos y que los Vulturis no los verían, y además podrían pasar un poco de tiempo a solas. Hace dos siglos y medio que decidieron casarse formalmente, a pesar de que llevaban varios más enamorados pero negando sentimientos. He de decir que es un poco duro estar con ellos mucho tiempo, porque siempre que veo una mínima muestra de amor, me recuerda a Marcus.
Un día, mientras les explicaba otra de las funciones de los Vulturis, Andrei me preguntó quién era aquel hombre del que me había enamorado y por el cual tenía que fingir mi muerte. Me acuerdo de que fue un momento muy difícil, no me esperaba tener que hablar de Marcus nunca más, y menos con ellos. Lo cierto era que creía que Andrei no recordaría lo que le había dicho la noche en la que lo convertí, pero lo hacía, y tuve que explicárselo a ambos:
–Es uno de los líderes de los Vulturis, Marcus. –les conté, mirando al suelo con nostalgia– Lo conocí por casualidad, cuando mi hermano y yo llegamos a Italia. Él era la mejor persona que jamás había conocido, y nos enamoramos con el tiempo. –suspiré, y me tomé unos segundos antes de continuar– Él es la mejor persona que he conocido nunca, y siempre lo será. Me da igual lo lejos que esté de mí, que me crea muerta igual que el resto de los Vulturis, pero yo lo seguiré queriendo. Estamos casados, de hecho –les enseñé el anillo que llevaba en mi mano izquierda. No me lo había quitado desde el día de nuestra boda, y continuaría estando allí.
–¿Y si lo quieres tanto, por qué no vuelves a por él? –me preguntó Ileana, aferrándose con fuerza al brazo de Andrei.
–Es cuestión de esperar el momento oportuno.
Y claro que lo es. Llevo planeando cómo sacarlo de entre las garras de los Vulturis durante mucho tiempo, pero tengo más que claro que mientras los tres estén dentro del castillo y con la guardia pendiente de ellos, será completamente imposible. Necesito que alguien se enfrente a ellos, una batalla que consiga distraer a los guardias mientras me llevo a mi marido de allí.
Hablar de los Vulturis me hace preguntarme muchas cosas... ¿Cómo estará ahora mi amor, en pleno siglo XII? El simple pensar que Marcus me haya podido olvidar o que incluso haya conseguido otra compañera, me hace alejarme del mundo al completo y pasarme días y días con el ceño fruncido y ganas de llorar. Hace tiempo que no tengo razones para sonreír, y más desde que Andrei e Ileana están en su décimo viaje de novios. Me alegro mucho por ellos, por lo menos alguien tiene algo por lo que seguir viviendo. Porque, ¿qué es mi vida sin Marcus? Hace tiempo que me lo pregunto y no llego a encontrar la respuesta. Sin él, no soy nadie. Ya he dejado de mirar cada dos segundos por encima de mi hombro, por si aparecía Aro con la guardia y me llevaba a Volterra para matarme frente a mi marido. No estoy tan paranoica, pero sigo preocupada. A veces hasta pienso que sería una buena idea. Morir. Para no tener que sufrir tanto la distancia que nos separa a Marcus y a mí: yo estoy viva, y él no lo sabe.
Ya ha anochecido, es hora de salir a cazar.
El bosque en el que me he quedado últimamente es muy acogedor, pero pocos se adentran en él ya que toda la diversión se encuentra en la ciudad y prácticamente nadie sale de ella, no tienen razones para hacerlo. El cambio que han tenido los humanos me abruma, es muy extraño. Comparo sus costumbres, su forma de vestir, de hablar, de gesticular, con la que se usaba en mi época... y termino con una cara de asco incontenible. No lo puedo evitar. Si de algo me enorgullezco es de mis orígenes, no me gusta la evolución de los humanos a través de los siglos, ni tampoco el mal trato que se llevan los pobres, que viven bajo las amenazas de los ricos.
Entro a la gran ciudad vestida como una humilde señorita, para no llamar la atención más de lo debido. No es habitual que aparezca una dama de la corte, de piel nívea y ojos color carmín en mitad de la noche en una plaza llena de mendigos y ladrones. Para nada habitual. Me dejo guiar por la gente, que parece congregarse alrededor de una taberna, me pregunto por qué. Entro en ella y descubro que hay alguien tocando el laúd. Es un chico algo escuálido, de cabellos rubio ceniza y ojos claros. Lo hace realmente bien, aunque está malamente pagado por lo que veo en el sombrero casi sin monedas que está en el suelo. Mis ojos están negros, lo he comprobado antes de llegar a la ciudad, así que no me tengo que preocupar demasiado por si alguien me mira fijamente a ellos. Me acerco al juglar y coloco una moneda de plata sobre el sombrero.
Él me mira, sorprendido, pero continúa tocando. Me habría gustado darle una de oro, pero habría llamado la atención que alguien de mi aspecto tuviera oros en los bolsillos y me habría metido en problemas. Me quedo escuchando las siguientes canciones, hasta que decido saciar mi sed de una vez. Muchos hombres me miran, y no es de extrañar. Apenas hay mujeres en la taberna que no sean prostitutas o trabajen aquí, es lógico que lo hagan. Lo que ocurre es que a mí nunca me ha gustado sentirme observada, es algo a lo que no llego a acostumbrarme ni con los siglos.
–¿Te apetece un trago, preciosa? –me pregunta un señor, con una sonrisa lasciva. Sus compañeros ríen ante la pregunta, pero yo me limito a sonreír con tranquilidad y asentir con la cabeza.
-Por supuesto, buen hombre. ¿Me acompañáis?
Sin hacerle ningún gesto ni nada, empiezo a caminar fuera de la taberna, para alejarnos de toda esa gente. Él me sigue, creyendo que he aceptado la que sería su próxima oferta sin siquiera planteármela. Se frota las manos cuando me paro y me doy la vuelta, y por un momento siento asco por el humano, por sus deseos infames, por sus... Dios, ¡hasta me cuesta mirarle a la cara por la forma en la que me observa!
–Ha sido más fácil de lo que esperaba, jovencita. – me dice, y se acerca a mí para colocar un mechón rebelde por detrás de mi oreja. Como si me estuviera cortejando en vez de queriendo llevarme al huerto. Río entre dientes y aparto su mano de mi rostro.
–Soy más mayor que tú, jovencito. –replico, con el mismo tono con el que me ha hablado. Abro el botón superior de su camisa, dejando al descubierto su cuello. Me acerco al cuello y poso mis labios sobre él, aspirando el aroma de su sangre.
–Estás muy fría... –un "deja que te caliente" habrá pasado por su cabeza, seguro, pero se lo ha callado.
–Dicen que cuando mueres te quedas fría como el hielo. –murmullo contra su cuello, y después clavo mis colmillos en él.
Adoro esta sensación, la sangre bajando por mi garganta. Recuerdo mi tiempo como neófita, a Aro le costó enseñarme el autocontrol, porque siempre querías más y más y más sangre. Siempre más.
Cuando me aseguro de haberlo dejado seco, lo tiro a un abrevadero cercano y me marcho sin dejar ningún rastro. Espero que Andrei e Ileana vuelvan pronto, esta eternidad se me está haciendo muy poco llevadera, cada vez siento más ganas de dejarme morir. Marcus, Marcus, Marcus. Amor mío, viviré por ti. Y cuando tenga la oportunidad, volveré a tu lado, le arrancaré la cabeza a mi hermano y formaremos la familia que siempre habíamos querido formar.
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