¡Hola! Bueno, pues la penúltima actualización del año de En tu manos, si todo va bien, el sábado antes de marcharme dejaré un capítulo más, si no puedo, de antemano mis disculpas. En esta actualización me va a ser imposible responder a las reviews, prometo hacerlo a la mayor brevedad, pero no me quiero despedir sin comentaros algo, durante el último capítulo de ETM he leido y no sin sorpresa un número de reviews que me han descolocado, porque sinceramente, creo que ya he explicado como "trabajo".

Este fic y todos los que subo, o están acabados o casi, como tengo la suerte de contar con dos betas maravillosas Rohoshi y HermioneDrake, a pesar de que estén redactados, cuando subo alguno, los posteriores están en su poder. ¿Por qué os digo esto? Porque quiero que entendais que la historia es lo que es, está escrita y no va a modificarse, los capítulos tienen la extensión que tienen, a veces serán más largos y otra más cortos y desde luego, el ritmo de actualizaciones depende mucho de mi vida, aunque quiera actualizar un viernes si mi trabajo no me lo permite, no lo haré, quizás habrá gente que considere esto como prepotencia o algo, pero creedme que no lo es, es mi manera de hacer las cosas y esto me permite asegurar que las actualizaciones sean lo más regulares posibles y lo que es más importante, no dejo fics sin acabar.

También repito algo que he comentado ya y que de hecho, está claro en mis datos del perfil. Mis protagonistas (en este caso son Draco y Harry) son versátiles, no tengo una especial preferencia porque uno vaya arriba o abajo.
Me encanta leer vuestras impresiones, en serio, y creo que intento ser lo más amable posible y corresponder a todo aquel que se toma su tiempo de dejarme una opinión, sea buena, mala o regular, y creo que esta es la primera vez que uso este foro para explicarme un poco, normalmente intento no explayarme porque no creo que sea necesario, estamos aqui para leer sobre Harry y Draco, así que, os dejo con ellos, un saludo y gracias de nuevo a todos/as las que me acompañáis cada día.

Este capítulo fue escrito mientras Bella Notte de Ludovico Einaudi sonaba y sonaba y sonaba. Es estupenda.
Y para las que disfruten de los pwp, esta noche subiré la primera de tres viñetas drarry, si el fin del mundo se acaba hay que aprovechar!

EDITO PARA ACLARAR QUE NO TRADUZCO, no sé en qué momento ha podido surgir la duda pero TODOS los fics que publico en mis diferentes perfiles son de mi propiedad, registrados en safecreative. Espero que haya quedado claro. Saludos!


VIII

Apoyado en una de las columnas del final de la sala, charlaba con George cuando le descubrió entrando en el salón junto al otro gemelo. A la escena, ya de por si surrealista, de ver a Fred charlando como un viejo amigo con Draco, se sumó la aparente tranquilidad con la que el medimago parecía mezclarse con el resto de invitados. Quiso golpearse contra la pared, nervioso, sopesó la posibilidad de desaparecerse y marcharse al lugar más remoto posible, Australia no parecía tan lejos después de todo.

—No nos dijiste que ibas a invitar a Malfoy, Harry —observó Hermione, que bebía una copa de champán mientras se movía al compás de la música, abrazada a Ron, que la sostenía con un brazo sin aparentes problemas para dar buena cuenta de su combinado.

—Y no lo hice... —masculló, frotándose las mejillas—. Oh, Merlín, esto es cosa de Ginny, la voy a matar, os juro que lo siento por vosotros —exclamó mirando a Ron y George—, pero ¡la voy a cruciar!

—¿Por qué no lo hiciste? —farfulló el gemelo, carraspeando en un fútil intento de contener la risa floja que le burbujeaba en la garganta, si había una situación que le divertía era ver a Harry interesado de verdad en alguien, Merlín, era tan... pero tan torpe que Hagrid a su lado podría ser un modelo de comportamiento social a seguir, menos mal que la profecía no decía nada de invitar a una copa a Voldemort o hubiesen estado perdidos sin remedio, todos.

—Lo hice —gimió, obviamente demasiado abochornado para intentar aparentar que tener a Draco Malfoy en su casa no le ponía de los nervios.

—¿Entonces, compadre...? —preguntó Ron entre bocado y bocado, —¡Puta Morgana aquellos bocaditos de Kreacher eran orgásmicos!—, aportando su innecesario granito de arena a la conversación—. ¿Dónde está el problema?

—Es que... —Harry suspiró—, joder, le pregunté si tenía algo que hacer hoy, me dijo que sí y me callé, no quiero... esperaba.. —Les examinó de uno en uno, con la suspicacia pintada en el rostro—. ¿Por qué ninguno parecéis sorprendidos de que... hummm... bueno, me guste... ya sabéis, Draco... Malfoy?

Hermione, que esa noche iba con un ajustado vestido rojo y unas botas todavía más altas que las de la última vez, bufó mientras sorbía el burbujeante contenido de su última copa de champán.

—Harry, ¿en serio creías que no lo notaríamos...? Es decir, es Malfoy, todos sabíamos que bueno... tú tenías una especie de... obsesión... con él. No es que sea un secreto ni mucho menos...

—¡Siempre nos hemos odiado y además... nunca estuve obsesionado! —arguyó, aún más ruborizado. Ya le podrían haber dado alguna pista, si tan listos eran todos, joder, le hubiesen ahorrado muchas metidas de pata. Con amigos como aquellos, hasta Greyback parecía una buena opción como compañero de piso.

—Compadre... —La manaza de Ron casi le hace encorvarse bajo su peso, los ojos azul zafiro brillaban divertidos—. Déjalo, no necesitas aclararnos nada, en serio, al menos en mi caso no necesito saber. Es más, te agradezco que no me digas nada... nada —enfatizó con pícaro guiño y las protestas airadas de Angelina y Fred, que se habían unido al grupo. Al parecer ellos sí querían saber, por un instante deseó que la tierra se lo tragase.

—Oh, mierda —se lamentó derrotado, ¿qué más daba hacer el gilipollas? Un poco más de público no significaba un cambio sustancial—. Oh, mierda... va a pensar que no quise que viniese.

—¡Harry! —El tono alto y equilibrado de su ex novia, que le miraba con franco regocijo, todavía tomada de la mano de su actual pareja, le revolvió el estómago, aquella mujer o le quería mucho o le odiaba a muerte, no había decidido cual de las dos opciones era la válida—. Adivina quien ha acompañado a Theo...

—Ginevra Weasley —amenazó señalándola con el índice—. Desde que estás con ése eres un terror.

—¡Hola a ti también, Potter! —replicó Theo tan campante—. Buenas chicos, ¿alguien me ofrece una copa...?

Ginny observó a Harry con ojo crítico y chasqueó la lengua, en apariencia sin ofenderse por las palabras del chico.

—Deberías agradecérmelo, no sé ni para qué me molesto, la verdad. Mucho me temo que o te acercas o acabará por irse con Cormac —aclaró con un gesto, señalando a la pareja de magos que, a sólo unos pasos de allí, tomaba una nueva copa, inmersos en lo que parecía ser una intensa conversación que excluía al resto de asistentes.


Iba a matarle, decidió Harry, aquel idiota de McLaggen era tan pesado como un ghoul e igual de inteligente. Mientras observaba cómo acaparaba a Draco, el mal genio de Harry salió al fin a relucir, maldita sea si iba a permitir que le ganasen la partida. Tenía que hablar con el medimago. Carraspeando, cubrió la distancia que le separaba de la pareja, que charlaba en voz baja.

—Malfoy —saludó—. MacLaggen, creo que Ron quería hablar contigo —mintió.

—¿Weasley? —El rubio arrugó la nariz con un gesto de extrañeza, la animadversión de su mejor amigo hacia el auror era legendaria, tanto como las peleas que él había mantenido con Draco en Hogwarts. Una mirada de reojo le dijo que éste no creía nada de lo que Harry decía pero que por alguna razón no iba a añadir nada.

—Sí, lo siento, no me aclaró nada —añadió. Con maligna satisfacción observó a Ron gesticular—. Eso sí, me dijo que era muy importante. Así que te recomiendo que vayas ya.

Una vez a solas, sus ojos se detuvieron un minuto más de lo necesario en el esbelto cuerpo del Slytherin, que acabó su copa y la abandonó con indolencia, aún sin romper el silencio.

—Gracias por librarme de McLaggen, Potter, era prácticamente el único que se ha comportado de un modo civilizado esta noche —empezó con sorna—. Ahora me despido, si te sirve de algo te diré que no tenía idea que Theo tuviese el mal gusto de hacerme venir aquí. Pásalo bien, iré por mi chaqueta, ese elfo la ha desaparecido y no sé dónde...

—¿Te vas...? —preguntó, sosteniéndole por el codo—. Espera, no tienes... pensé que podríamos charlar un rato.

—Potter... —Tiró de su brazo mientras arqueaba una ceja—. No acostumbro a presentarme en sitios donde es bastante obvio que no se requiere mi presencia, como éste, si no me he largado antes ha sido por no montar una escena.

—Claro que me apetecía que estuvieses, te pregunté, ¿recuerdas? —se defendió por lo bajo, mirándole a la cara.

Draco le sostuvo la mirada con incredulidad, recordando de hecho, la conversación a la que Harry debía referirse, la cuestión balbuceada al final de la última de sus visitas.

—¿Se supone que aquello era una invitación...? —Agitó la cabeza—. De verdad, Potter...¿qué aprendisteis en Gryffindor acerca de cortesía?

—Lo siento, ¿vale? Joder, no sé cómo actuar contigo, me pediste tiempo y estoy intentando dártelo —le aclaró, ansiando acercarse más y simplemente borrar aquel ceño a besos—. Pero no me lo pones fácil, Draco, nada fácil. Quédate... estoy muy contento de que Theo por una vez haya decidido meter baza.

—Está bien —aceptó al cabo de un rato. Era varios centímetros más alto que el Gryffindor y desde su posición tenía una inmejorable vista. Harry lucía uno de aquellos vaqueros a los que no parecía renunciar jamás y un liviano jersey con cuello de tortuga en un cálido tono beige, el cabello negro y espeso estaba más largo y desordenado que nunca, pero por alguna razón no le sentaba nada mal. Aquellos mechones eran tan de Harry como sus ojos verdes o sus gafas. La ligera montura metálica no impedía apreciar la perfección de aquellos iris, o la curva perfecta de las cejas—. ¿Qué te parece si me invitas a una copa entonces? —propuso con falsa despreocupación. La sonrisa y el brillo de los iris del Héroe le dijeron sin lugar a dudas que no se había equivocado al ceder.


Ginny y el pequeño grupo observaban a ratos a la pareja que, absorta, hablaba en uno de los rincones más alejados del salón, ajenos al resto de jóvenes que bailaba, reía y se gastaba bromas. Neville estaba besando a Hannah en mitad de la improvisada pista de baile, mientras otra botella de champán se descorchaba a unos metros. Luna charlaba con un entusiasmado Justin, mientras el olvidado McLaggen lanzaba algunas miraditas ansiosas a Draco.

—No hay nada que hacer, ¿verdad? —El triste bufido de Ron les hizo reír.

—Creo que no, cariño, mucho me temo que tendrás que acostumbrarte a la idea de verles juntos. —Hermione le besó, aún pendiente de su amigo y del rubio medimago. El rostro delgado de Draco estaba concentrado y pendiente de Harry, con una intensidad casi hambrienta. A pesar de la distancia, se podía apreciar el modo en que seguían fijos el uno en el otro. No se tocaban; de hecho, apenas gesticulaban, pero era como si gravitasen el uno hacia el otro en una especie de baile lento y casi delicado. Si Harry se movía, las pupilas de Malfoy le seguían allá donde fuese, su alto cuerpo adecuándose para estar un poco más cerca, al alcance de la mano y a la vez lejanos. Seduciéndose, decidió, descubriendo el primer toque, unos dedos morenos tanteando el envés de un brazo de tez cremosa, labios entreabiertos y, de nuevo, otro paso, casi alineados, sonrisas, algún silencio, de nuevo un liviano roce y aún más cerca. Con una sonrisa, pensó en la hermosa pareja que conformaban, la innegable elegancia de Draco enfrentada al felino vigor de Harry, calidez y lejanía, pasión y contención; se complementaban y ambos parecían reconocerlo a cierto nivel visceral y primario, quisieran asumirlo o no. Hermione sabía que, llegado el momento, acabarían por aceptarlo e intentar una relación.

—¿Quién pensáis que irá arriba? Yo creo que manda Harry —preguntó Ginny con su desparpajo habitual, rompiendo con su exabrupto el silencio con el que los integrantes del grupo parecían contemplar con menor o mayor intensidad a los dos magos. Todos los chicos menos Fred empezaron a hacer gestos de asco y consternación, Hermione observó a su cuñado y a Angelina, los tres giraron la cabeza, pensativos.

—Diez galeones por Draco —exclamó el gemelo, que se apartó del empujón de Ron—. Lo siento, Ronnie... pero apuesto para ganar.

—Ummm... voy con Harry, es más... —Angelina chasqueó la lengua, ignorando al gesto fatalista de George—. No sé...

—¡Oye, qué creéis que hacéis! —farfulló Ron, que se ahogaba con su bebida—. En todo caso... ¡Harry será el que...! —Su rubor rivalizaba con el rojo del cabello—. ¡Merlín, estáis locos!

Hermione acabó su copa y con una beatífica sonrisa parpadeó, apartó un mechón de su rostro y con pulso inestable sujetó otro trago.

—Draco... es obvio, lo siento, Ron. —Las ligeras risillas irónicas de Ginny y Fred contrastaron con el ademán consternado del más joven de los varones Weasley.

—¡Anda, vamos a dar una vuelta, en serio! —atajó tirando de la achispada bruja para alejarse de las animadas conversaciones de la pandilla de redomados cotillas. Al mirar a su alrededor, de lo único que fue consciente era que tanto Harry como Draco parecían haber desaparecido del salón—. Necesito una copa... o dos —anunció a su novia, que, sin responderle, le siguió a la mesa donde se alineaban los vasos perfectamente refrigerados.


—Tengo que marcharme, ha sido un placer, a pesar de notar el modo en que ese puñado de Gryffindor adictos a los chismes que se hacen llamar tus amigos nos espiaba sin molestarse en disimular —se despidió Draco, caminando junto a Harry por el pasillo que conducía a la entrada.

—Hey... te recuerdo que Nott no es de mi casa y también está que no nos quita un ojo de encima —protestó con una risita.

—Es obvio que tu Weasley no es una buena influencia —afirmó.

—No es mi Weasley, Draco —se quejó.

—¿Dónde está ese elfo? Desapareció mi chaqueta y... —Afuera había empezado a caer una helada aguanieve que no invitaba a aventurarse en las calles.

—¿Quieres usar la red flú? —ofreció Harry, odiaba que tuviese que irse, pero no quería estropear la noche, no después de haber pasado aquel rato tan agradable charlando con el medimago, que se había interesado en el proceso judicial contra los dos renegados que le habían herido. Ambos eran secuaces del mortífago Augustus Rookwood, que según habían confesado tras ser detenidos, aún desde Azkaban había conseguido fieles que quisieran la muerte del Elegido. Se había ofrecido a entregar un informe pericial en el tribunal que apoyase al fiscal, algo a lo que Harry se había negado porque si hablaba del conjuro con que le había sanado podría acabar en problemas.

—Vale —asintió. Estaba un poco achispado por el alcohol y no le apetecía nada intentar aparecerse y perder algo en el camino—. Si no te importa.

—Vamos. —Sin pensarlo, enredó los dedos con los de Draco y le condujo por la escalera, dejando atrás el ruido de la fiesta. A pesar de la oscuridad que les rodeaba, Draco notó la facilidad con la que su paciente caminaba, la agilidad y la fuerza impresas en cada paso; aquella era su obra, pensó con cierto orgullo, él había ayudado a sanarle—. Pasa.


El dormitorio era amplio y, como el resto de lo que había vislumbrado de la mansión, parecía amueblado pensando en la comodidad más que en la estética; sin embargo, al igual que en la planta baja, lo que veía le gustaba, era un ambiente sencillo y agradable. Harry alzó una mano y varios candelabros iluminaron la estancia con una cálida luz anaranjada. Miró a su alrededor, sus pupilas obstinadas cayeron sobre la colcha de gruesa lana color café que cubría la cama situada justo enfrente de donde ellos estaban parados.

—Puedes hacer magia sin varita de forma controlada —señaló con un carraspeo, consciente de que estaban solos, cercanos y de que, como siempre le pasaba, mirar a Harry hacía que su adrenalina se disparase; se lamió los labios resecos por la ansiedad.

—Desde que pasó lo del ataque y la maldición me resultaba imposible —explicó con una media sonrisa llena de timidez—, pero desde hace un par de semanas estoy empezando a dominarlo de nuevo. Es un alivio.

—Eso es muy bueno, te dije que te recuperarías —afirmó. La alcoba estaba cálida y la agradable modorra del fuego y el exceso de alcohol le estaban haciendo sentirse desinhibido; trazó con los dedos la sombra púrpura que se marcaba en la clavícula descubierta, una delicada estructura, vigorosa y frágil. Como aquella última vez desde que se tocaron, en la que de verdad se tocaron, Harry sostuvo la palma y besó despacio cada yema, el eco húmedo y sensual de la lengua, caliente, decidida, provocándole una miríada incontrolable de estremecimientos.

—Gracias a ti —ronroneó, un paso y sus caderas se rozaron. Draco no había notado lo extremadamente próximos que estaban hasta que bajó los ojos para perderse en los de Harry. Tenía unos labios deliciosos, tiernos y llenos, ensimismado, reconoció cuanto había extrañado que se le insinuase, con esas tontas e insensatas ideas, mierda, había ido hasta esa estúpida encerrona porque quería verle, quería ser seducido, volver a experimentar el vértigo de su atención, tenerle a su merced, ningún amante había sido nunca tan fogoso, tan erótico, tan apasionado, ninguno se comparaba a Harry Potter, maldito fuese.

Ni siquiera supo que estaba susurrando aquellas locuras en voz alta mientras caminaban, recorriéndose el uno al otro con avidez. El sonido de succión del Fermaportus y el hechizo de silencio fueron como recibir permiso para empujarle contra la pared y sostenerle las manos por encima de la cabeza mientras al fin, al fin, dulce Morgana, sus bocas se encontraban. Goloso, saboreó el regusto dulce de la cerveza de mantequilla que Harry había tomado poco antes de subir. Se desnudaron con ansiosa premura, conteniendo el aliento, entre mordiscos y súplicas llenas de urgencia. Prenda a prenda, desveló el cuerpo moreno, lustroso y lleno de virilidad que tan bien conocía pero que, bajo aquella luz acaramelada, se le antojaba nuevo e irresistible.

—Draco... —Harry se quejó, un hosco ruego desde lo más profundo del pecho, arqueándose en busca de un contacto más contundente, frotó la pelvis contra la dureza de la cadera aún cubierta por los finos pantalones—. Cómo te deseo, por favor...

Se deshizo de la última prenda mientras observaba cómo el Gryffindor le imitaba. Se bebió con avidez todos los detalles a su alcance: los labios inflamados, el delicado rubor que le espolvoreaba las mejillas, el cuello y el pecho incitándole a morder y lamer sin control. Adoraba aquellos suaves gemidos, el calor de la carne tersa, el tacto agreste del vello negro, el aroma almizclado del semen, mezclándose con el del jabón. Sollozó en voz alta al notar la lengua juguetona de Harry sobre uno de sus pezones, tirando de la diminuta bolita metálica que lo adornaba antes de succionarle con fuerza. Cada uno de aquellas caricias parecía enviar un torrente de sensaciones ardientes que se arremolinaban en su entrepierna. Se frotó el pene húmedo por el preseminal mientras caían enredados sobre la colcha, canturreó de placer al sentirle caracolear bajo su peso, su húmeda dureza clavándosele en el vientre, los muslos extendidos, dándole permiso para hacerle suyo. Gruñó al morder y chupar la vena que latía desenfrenada en la garganta adornada por la barba castaña. Recorrerle despacio, incitándole a responder pasó de ser un juego a convertirse en una lucha por provocar nuevas cotas de goce en el otro. De rodillas, entre las piernas bien abiertas del Niño que Vivió, Draco se sintió el hombre más afortunado del mundo mágico. Allí no había nombres, en aquel instante, sobre aquella cama sólo eran dos personas ansiando cercanía, allí sobre aquellas sábanas eran una misma necesidad, bocas, labios, dedos, lamentos y ruegos. Bajó la cabeza para devorar una vez más la diáfana piel del vientre dorado. Acunó los apretados testículos mientras Harry alzaba el trasero, temblando de anticipación. Volvieron a besarse, manos, piernas, sudor acre, alientos enredados, hasta que las pulsaciones del orgasmo se tornaron un tormentoso martirio, hasta que hundirse en el aterciopelado canal de su amante fue tan imperioso como respirar.

—Gírate —demandó entre caricias, la espalda que tan bien conocía onduló mientras le obedecía—. Así... oh, Santa Circe, ¡qué precioso eres!... casi no puedo esperar... me pones tan cachondo... me vuelves loco Harry, es irracional, no me dejas pensar...

Percibió el modo en que tiritaba bajo su toque, mientras inspiraba buscando sosiego, llevó las manos de Harry hasta el cabecero de la cama y lujurioso, dibujó con la lengua el surco de la columna imprimiendo una deliberada lentitud a la caricia. Exponer el rosado botón les hizo gemir a ambos, mientras Draco se inclinaba para depositar un sin fin de besos, siguiendo sus más básicos instintos, hundió la lengua en aquel aterciopelado canal, mordisqueó y succionó, provocándole, dándole tiempo a aceptarle dentro, a desearle dentro. Su sabor acre le explotó en lo más íntimo del paladar, enloqueciéndole de lascivia; no iba a confesarle que aquella era la primera vez que hacía aquello. Nunca había tenido la necesidad de conocer a otro ser de esa forma tan personal, pero escuchando los agónicos jadeos del Gryffindor, supo que podría correrse sólo proporcionándole placer. El estrecho pasadizo le acogió con entusiasmo, dos dedos y un grito ahogado, un nuevo temblor, su boca de nuevo apresando la de Harry, suspiros vehementes y el mundo reducido a la sensación de notarle acogiéndole, estrujándole.

—¿Estás bien...? —musitó, le palpitaba hasta el alma por el deseo de empujarse más adentro en aquel dulce y angosto trasero.

—Sí... —asintió con un lamento, los labios fruncidos, las pestañas empapadas por las lágrimas—. Oh, Dios, es tan... intenso... Draco...

—Te ves tan... joder. —Separó los glúteos con los pulgares, maravillado de la erótica estampa: su miembro congestionado y reluciente, empuñado hasta la mitad empalando a Harry, que se rizaba aceptándole, pidiéndole más entre súplicas entrecortadas, y él le dio cuanto tenía. El sudor le resbalaba por la frente, goteando sobre el dorso de su amante, que se lamentaba en voz alta con cada uno de sus movimientos. El libidinoso chasquido de los testículos contra el perineo se mezcló con las roncas palabras, con el húmedo sonido de los urgentes besos llenos de dientes y lengua.

—¡Draco! —gritó—. ¡Oh, Dios, Cristo, Draco... me voy a... ohsísísí... porfavorporfavorporfavor...!

—¿Te gusta, verdad... así? —Hablar era casi un dolor, giró dentro, cambiando el ángulo, forzando a Harry a abrirse aún más para él. Ver como su sexo era engullido una y otra vez, sentir el vigor de esos músculos que le estrangulaban, le estaba matando. Apoyó la frente en la nuca sudada del Gryffindor y se enterró aún más, hasta que su pelvis se restregó contra los glúteos que se apretaron en respuesta—. Dímelo...

—¡Si... oh porfavorporfavortócametócame tócame...! —El lloriqueo desesperado de Harry le estalló en la base del cuello, reptó por su columna como un fuego lacerante, una estocada más, un lamento, otra más, su piel resbalosa, el pene erguido contra el vientre moreno, otra, la última, su semen inundando aquellas entrañas que latieron y latieron y latieron, ordeñándole hasta el dolor. Luces cegadoras tras los párpados cerrados, la caliente semilla de Harry resbalándole entre los dedos, sus sollozos de alivio rompiéndole el alma. Siguió exprimiendo cada mínima sensación; leves estremecimientos, esa boca tierna, las pestañas negras velando una mirada verde y maravillada. «No te alejes... no me dejes... no te vayas...» Rendición, miedo, todo quedó obstinadamente silenciado. Esa vez no eran más que Draco y Harry. Se inclinó para limpiar con dulzura aquella piel sensibilizada que se encrespaba en vividas oleadas. Mantas cálidas cubriéndoles, risas, crespo vello caracoleando contra su vientre, la jugosa humedad del esperma que se le secaba dejando un rastro pegajoso, pero por una vez no le importaba nada, sólo quería tenerle al lado.

Silencio, respiraciones lentas, la fría nariz de Harry enterrada en su pecho, yemas livianas, más silencio y luego susurros. Mirarle como si fuese la primera vez, su corazón perdió un latido, el estómago anudado por el pánico. Cabello oscuro, el peso de Harry en un costado, una sólida y tibia presencia, santa Morgana era real... Una mirada divertida, una boca caliente y húmeda. «Te quiero de nuevo, dentro, muy dentro, tanto como puedas Draco... Draco... Draco...» Ásperas aproximaciones, decidido pero lleno de una inexplicable timidez, tan Gryffindor, tan Potter, tan Harry. La espalda contra el colchón mientras se subía a horcajadas sobre sus caderas, desnudo y apasionado, libre y fogoso, hambriento de más, suplicándole más. Dientes blancos que mordían, dedos frotándole, y ese dulcísimo ardor, guiando con las palmas los movimientos inexpertos pero entusiastas de esa pelvis que se erguía sobre él, carne hambrienta encerrándole entre ruegos. De nuevo dentro de Harry, esta vez más lento, más delicado, aún más exquisito, ¿cómo podía doler tanto el placer?, dedos, lengua, lágrimas, un profundo quejido, esos ojos verdes sin fondo llamándole, incitándole a dejarse llevar, derrotándole. Pujó hondo, llevándole consigo en el clímax, copiosas oleadas tibias sobre el pecho, uniéndose al resto, la lengua de Harry en su boca, tragándose su aliento, dándole a probar de su desespero. Juntos. Cada uno de esos profundos latidos apartándoles del resto del universo. Sólo existían ellos.

—Quédate. —Una simple palabra que le desarmaba. Sus brazos en torno al cuello, las manos morenas le apartaban los mechones sudados. Apoyados en la misma almohada, se contemplaron en silencio, ensimismados el uno en el otro.

—¿Estás bien...? —indagó, yemas resiguiendo caminos minúsculos, íntimos, que él había trazados con dientes, uñas y lengua.

—Lo estaré si te quedas —respondió, los iris verdes resplandecían, incendiados de mil y un sentimientos que le apabullaron. Dibujó la línea de una ceja negra como la brea, para después dejar resbalar el índice despacio por el cuello, hasta que posó la palma sobre el agitado corazón de Harry. Debajo de la piel caliente y sudada, el músculo percutía como un tambor, taptaptaptap, era una melodía que gustoso podría escuchar para siempre.

—Harry... esto... sigue siendo una locura —susurró, pero su boca ya buscaba la melosa humedad del joven mago, contradiciéndose, pero sin ganas ni fuerzas para reunir las fuerzas que evitasen el contacto.

—No me importa —afirmó con un lento ronroneo, inclinándose para ofrecerle la garganta, que Draco arrasó sin esperas o titubeos. Por la santa varita de Merlín, era adicto a su sabor—. No me importa, nada tan bueno como esto puede estar equivocado Draco.

—¿Qué estamos haciendo, Harry...? —Una pierna enterrada entre las de su amante, el miembro del Gryffindor seguía todavía dormido, una presencia caliente y pesada en su pelvis. Era exquisito notarle tan cerca, todo ese delirante poder rendido y a su merced.

—No lo sé —jadeó en su oído, lánguidos y mimosos besos, sus miembros aterciopelados enroscándose en torno su cuerpo—. Pero no quiero que te detengas, Draco...

Respirando con agitación, rodó para volver a dominarle, su pubis giró despacio hasta que hubo encontrado su lugar en el mundo, junto a Harry; con un último pensamiento consciente, Draco supo que era incapaz de negarle nada.


y en el próximo...

—¡Estamos juntos! ¿No? —replicó, notando que tenía las mejillas rojas a pesar de la gélida noche de diciembre—. ¿O lo he soñado? ¿No eras tú el que decías que no te gustaba compartir, crees que me puede parecer bien que cenes con ese idiota que lo único que está buscando es una oportunidad para follar contigo?

—¿Juntos? —Se detuvo y le miró, parecía estar sopesando las posibilidades que tenía para llegar a aquella cita de pacotilla, lo que sólo le ofuscó aún más—. ¿Crees que pegar cuatro polvos ya nos convierte en qué, en una pareja?


¡UN SALUDO!