El signo de los cuatro
Capítulo 2
BLOG PERSONAL DEL DR. WATSON
Sherlock estuvo ausente casi toda la tarde. Era ya la hora de la cena cuando al fin apareció por la puerta, con una carpeta bajo el brazo.
-He encargado comida china, ¿te parece bien?- le pregunté.
Sherlock estaba ensimismado y ni me oyó. Suspiré. Mi compañero de piso en modo "detective on" era más tratable que cuando no tenía un caso, pero tampoco era una joya.
-Sherlock, ¿te apetece cenar un perro pequinés al horno y zumo de guindillas?
-Mmmm… Sí, claro, John.
-¡Sherlock!- grité.
Parpadeó.
-¿Por qué gritas?
Abrí la boca para contestar, pero lo dejé por imposible. Mejor me iba a la cocina a poner la mesa.
-De verdad, John, deberías salir más, últimamente estás muy gruñón, te estás volviendo huraño.
Me mordí la lengua. Decidí que lo mejor para evitar una discusión inútil era cambiar de tema.
-¿Has averiguado algo?- le pregunté.
Asintió, pensativo. No le saqué nada más hasta que empezamos a atacar el pato cantonés y los tallarines. La experiencia me había enseñado a no interrumpir los pensamientos de Sherlock cuando reflexionaba sobre un caso. Finalmente rompió el silencio y me dijo:
-Esta mañana no he podido evitar fijarme en que la señorita Morstan te resulta atractiva… lo cual ahora mismo va a resultar útil. Me temo que Mary Morstan va a necesitar esta noche alguien que la consuele.
Me quedé inmóvil, con el tenedor a medio camino de la boca abierta.
Me contó entonces que se había puesto en contacto con Mary para que le enviara por email alguna foto de su padre. Había buscado en el archivo de Scotland Yard a Joseph Morstan, por el nombre y por la foto, en la época de su desaparición. Con lo que había descubierto allí, solo había tenido que ir tirando del hilo y casi toda la historia del padre de Mary había ido surgiendo ante sus ojos.
-Joseph Morstan era militar, como tú, John. Tenía rango de capitán, nada menos. En 1985 es licenciado sin honor. En su expediente militar no aparece la causa, pero los datos que tengo de él de los años siguientes no dejan lugar a dudas: entre 1986 y 1990 lo detienen tres veces por tráfico de drogas, aunque las tres veces se libra de la cárcel por falta de pruebas. En 1991, el año de su desaparición, no hay detenciones, pero en Scotland Yard todos lo consideran involucrado en el robo a la Joyería Jocelyn. Allí todos lo conocen con el nombre de Joseph Walton. No se sabe cómo hizo el paso del tráfico de drogas al atraco de joyerías, pero ese robo fue obra de un grupo organizado y profesional, no de un novato. Está claro que lo contrataron, él no era el cerebro. Fue un robo lucrativo: se llevaron un botín de 650.000 libras.
Silbé, impresionado.
-¿Y qué pasó? ¿Los cogieron?
Sherlock negó con la cabeza.
-Los dos ejecutores del atraco, Morstan y otro tipo, conocido como Jack "El patillas", desaparecieron sin dejar rastro. Es evidente que salieron del país, llevándose el botín, y seguramente Morstan ni siquiera avisó a su mujer, se largó sin más. No me extraña que esté furiosa con él, su marido debe estar en Jamaica disfrutando de la buena vida.
Volvió a quedarse pensativo, y la verdad es que yo también. Menudo golpe para Mary, seguro que no esperaba nada parecido.
-Entonces- pregunté- ¿la gente que ha citado a Mary esta noche?
Me lanzó su mirada más penetrante, la que normalmente quería decir: "Vamos, John, seguro que a estas alturas ya lo sabes". Y sí, la verdad es que ya lo sabía.
-No te olvides de la pistola, John.
El taxi de Mary llegó puntualmente. Me coloqué la pistola en su funda, bajo el suéter de verano, y comprobé en el espejo que no se marcaba demasiado. Casi era de noche, de todas formas, en un rato podría pasar por una arruga del jersey.
-¡John!- me gritó Sherlock desde abajo-. ¡Date prisa o te dejo en casa y te perderás toda la diversión!
Mary me pareció todavía más bonita que por la mañana. Llevaba unos pantalones largos beige y una camiseta negra ajustada, que delineaba perfectamente su torso. Aparté la vista antes de que fuera demasiado evidente dónde estaba mirando.
De todas formas, estaba demasiado nerviosa como para fijarse. Sonreía hecha un manojo de nervios, mirando a Sherlock en busca de un poco de confianza. Sherlock estaba enfrascado con su móvil, así que entonces me miró a mi. Empecé a hablar con ella de cosas intrascendentes, le pregunté por su trabajo, por su piso nuevo, le conté de mi estancia en el ejército (abrió unos ojos enormes de asombro, lo que me animó a contarle alguna de mis "batallitas" en Afganistán, las que me dejaban mejor).
Tardamos más de media hora en cruzar la ciudad. El taxi se alejó de las arterias principales de Whitechapel y nos condujo a una zona de callejones estrechos y comercios cerrados. No se veía un alma por la calle. Mary, que se había relajado un rato con la conversación, volvía a mirar nerviosamente por la ventanilla y hacia Sherlock, aguardando un plan de acción. Sherlock seguía concentrado en su móvil, aunque, conociéndole, me parecía más bien que el móvil era una excusa para que no le habláramos y le dejáramos pensar en paz. Yo me preguntaba, también, si Sherlock pensaba informar a Mary del pasado de su padre. Quizá yo debería prepararla primero, iba a ser un golpe muy duro para ella.
El taxista nos indicó que ya estábamos en la dirección. Era un edificio bajo, de dos plantas, con una puerta y una entrada para camiones. Estaba claro que era un almacén, pero no había ningún nombre comercial. Pensé qué habría sido de Mary si no se le hubiera ocurrido acudir a nosotros, viniendo de noche a un almacén vacío en una calle de mala muerte, citada seguramente por matones que buscaban saldar una deuda pendiente con su padre.
-Dé la vuelta a al manzana, por favor- pidió Sherlock al taxista.
Este gruñó, pero en lugar de detener el coche siguió avanzando y giró en la esquina. Localicé la parte trasera del almacén: un patio rodeado por una tapia de unos dos metros de alto. Había luz en la única ventana del segundo piso. Podía sentir la adrenalina en mis venas y el corazón latiéndome más deprisa. "El campo de batalla de Londres", había dicho Mycroft. Qué razón tenía.
Miré a Sherlock, él me miró también y asintió.
-Pare aquí.
Mary pagó al taxista y nos bajamos. Sin hablar, Sherlock nos indicó que nos escondiéramos unos metros calle arriba, donde no llegaba la luz de la farola y nos podíamos fundir con las sombras. Una vez allí miró su reloj y nos dijo:
-Faltan quince minutos para la hora. John, tú entrarás por detrás. A las diez en punto Mary llamará a la puerta delantera. Su misión, Mary, es conseguir que no cierren la puerta tras sus talones. Deje caer algo, el móvil, las llaves, justo cuando esté entrando: debe darme unos segundos para conseguir entrar con usted. ¿Será un problema?
-No, desde luego que no.
Mary tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Imagino que como yo. Los nervios habían pasado y la adrenalina estaba haciendo su efecto.
Se quedó allí en la sombra mientras Sherlock me aupaba por la tapia del patio trasero. Comprobé primero que no hubiera moros en la costa. Era una zona de almacenaje al aire libre, con unas lonas cubriendo pilas de neumáticos, algunos hierbajos crecidos entre las baldosas y poco más. Entonces vi el punto luminoso de un cigarrillo cerca de la única puerta que daba al patio. Bajé la cabeza. Sherlock soltó un gruñido, quejándose por el peso, pero le hice un gesto para que guardara silencio. Volví a asomar la cabeza, con mucho cuidado. Había un solo hombre, y estaba mirando su móvil. Acabó de enviar un mensaje, guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y tiró lo que quedaba del cigarrillo hacia el patio, sin mirar siquiera en mi dirección. Desapareció tras la puerta. Entonces aproveché para alzarme todo lo que pude y pasar una pierna sobre el muro. Me dejé caer en el patio con todo el cuidado posible. Me pareció que el golpe había sonado tan fuerte como un choque de trenes; me escondí tras las montañas de neumáticos, tirando sin querer dos de los más altos. Dos hombres salieron al momento.
-Solo se han caído unos neumáticos, relájate, hombre- dijo uno de ellos.
-¿Y se han caído solos?
-Habrá sido un gato. O solos, no están tan bien puestos. Venga, tira pa'dentro, que casi es la hora.
En cuanto desaparecieron por la puerta decidí que ya podía darme prisa. Si trepaba por la otra pila de neumáticos, podía subir hasta la ventana del segundo piso, que tenía un pequeño balcón de apenas dos palmos de ancho. "Debería haber traído una cuerda. ¿Por qué nunca llevo una cuerda?", pensé.
La pila llegaba justo a la altura, pero estaba un poco lejos del balcón. Me alargué todo lo que pude, pero solo conseguía rozar los barrotes del balcón. Lo único que se me ocurrió fue hacer balancear toda la montaña de neumáticos. Naturalmente, justo en el momento en que conseguí asirme con firmeza con ambas manos, la pila en la que me aguantaba se vino abajo. Me metí en el balcón ágilmente y saqué la pistola, justo cuando un enorme hombre de color asomaba todo el cuerpo por la ventana para investigar el ruido. Le golpeé con la culata de la pistola y le empujé para que cayera al patio. Me colé todo lo rápido que pude por la ventana, que daba a una sala larga y estrecha, una especia de despacho destartalado con un camastro y una tele. La pared opuesta a la ventana tenía un ventanal abierto sobre el piso de abajo. Me asomé con cuidado, justo para ver dos cosas a la vez: por una parte, tres hombres armados corrían alarmados hacia el patio, saliendo por la puerta por la que les había visto salir antes a fumar y a investigar. Por otra parte, Sherlock y Mary estaban ejecutando el plan. Mary se agachó a recoger su bolso del quicio de la puerta de entrada mientras un hombre mayor le abría la puerta, con una mueca que intentaba ser una sonrisa, y otro hombre apuntaba a Mary con una pistola, escondido tras la puerta. Disparé a esta último en el brazo, y al mismo tiempo Sherlock se abalanzó como un tornado dentro del almacén, dejando KO al hombre mayor de un cabezazo y arrastrando a Mary tras el débil parapeto del sofá.
Yo fui a la ventana del patio y conseguí incrustarle una bala a otro de los secuaces en la pierna. Volví a la ventana del almacén, pero se las estaban apañando bien: Sherlock desarmó y lanzó al suelo a los dos matones que no se decidían por el patio ni por el almacén, y Mary cargó a bolsazos contra el hombre al que yo había herido en el brazo, evitando que volviera a coger el arma con la izquierda, y reduciéndolo a una pelota humana, hecho un ovillo en un rincón intentando cubrirse con las piernas y el brazo sano.
Hora de llamar a Lestrade.
Antes de las once de la noche estábamos todos en comisaría: Mary Morstan (haciendo su declaración), Sherlock (interrumpiendo la declaración para añadir algo con gesto triunfal), yo (intentando reconfortar a una aturdida pero excitada Mary, que en realidad no necesitaba que la reconfortaran, pero que igualmente dejaba que le cogiera la mano), los seis matones (varios de ellos atendidos en la enfermería en esos momentos, el resto preparados para declarar), y Lestrade que nos miraba a los tres con el gesto fruncido y paraba y rebobinaba la grabadora cada vez que Sherlock intervenía y le fastidiaba la grabación.
-Sherlock, por favor… Después te tomaré declaración a ti, ¿puedes hacer el favor de no interrumpir?
-La verdad es que ya he acabado, Detective Inspector Lestrade- dijo Mary-. Eso es todo lo que sé. De hecho, el señor Holmes sabe de todo esto mucho más que yo, por lo que parece…
-Ya, bueno- respondió Lestrade-. El señor Holmes siempre tiene que saber más que nadie.
-¡Es mi trabajo!- protestó Sherlock-. Lo dices como si fuera algo malo, Lestrade.
Lestrade miró su libreta de notas y cambió la cinta de la grabadora.
-En este caso es algo bueno, Sherlock. Aunque todavía no entiendo por qué os habéis colado en la guarida de una banda de atracadores sin protección policial, y más si sabías exactamente lo que te ibas a encontrar dentro. ¡La señorita Morstan podía haber resultado herida!
-¡La hemos protegido muy bien! No somos unos aficionados.
-¡En ningún momento ha corrido peligro, yo los cubría desde arriba!- corroboré yo.
-Esa es otra- suspiró Lestrade, cansado-. Ahora me tocará rellenar otro informe explicando por qué un civil ha disparado tres balas en una propiedad privada.
Sherlock se giró hacia mi, acusador.
-¿Tres balas? Solo has herido a dos.
-Dos aciertos de tres disparos está muy bien, Sherlock- gruñí-. Los hombres del patio se movían, ¿sabes?, y estaba muy oscuro.
-Estás perdiendo puntería. Deberías revisarte la vista.
-¡A mi vista no le pasa nada!- exclamé, ultrajado.
A mi lado, Mary se rió, y Lestrade carraspeó para llamar nuestra atención.
-Bueno… Tenéis suerte de que tu hermano entierra bajo una montaña de papeleo cualquier investigación sobre vuestras actividades, o ya habríais tenido problemas, Sherlock.
-Después de declarar, quiero estar presente durante el interrogatorio de esos hombres.
-¡Sherlock!- gritó Lestrade-. ¡Eso es ilegal! Es un caso en el que estás implicado, además; no puede ser.
-¡Pero este caso no ha acabado!- protestó Sherlock-. ¡Tengo que seguir con la investigación!
-¿Cómo que no ha acabado? A estos hombres se los busca por infinidad de atracos, son una organización que opera en Londres desde finales de los años 80. Ahora, con vuestro testimonio, los podemos acusar además de intento de asesinato. Van a pasar muchos años en prisión, ¿no es suficiente?
-Pero, Detective Inspector- intervino Mary, con la voz calmada-, el señor Holmes tiene razón. Aun no hemos descubierto qué tiene que ver esta banda con mi padre. ¡Necesito saber más!
Sherlock y yo nos miramos.
-En realidad- carraspeé-, sospechamos que esta banda contrató a tu padre para ejecutar un atraco a una joyería. En 1991. Tu padre y su socio desaparecieron, y es posible… es posible que se marcharan del país sin entregar su parte a la banda, y por eso lo estuvieran buscando.
Mary abrió de nuevo sus ojazos sorprendidos, y me soltó la mano de golpe. No me había dado cuenta de que todavía sostenía su mano. Qué embarazoso.
-¡Pero John! ¿Cuándo pensabais contármelo?
-En cuanto averiguáramos algo más sobre la banda, desde luego- contestó Sherlock-. Venga, Lestrade, te he capturado a una banda de atracadores, y prácticamente te los he metido en la celda. Déjame estar presente en el interrogatorio.
No sé cómo lo consiguió, pero al final Lestrade cedió. Hizo pasar al líder de la banda (el que yo había herido en el brazo) a una sala de interrogatorios con una pared de espejo transparente por el lado contrario, y allí estábamos, sin perder detalle, la sargento Donovan, Sherlock, yo, y también Mary, que se había puesto como una fiera cuando Lestrade insistió en que seguramente no le convenía estar allí y escuchar lo que dijeran de su padre.
Lestrade parecía agotado; era más de la una de la madrugada, y con toda seguridad el detective inspector llevaba allí desde las nueve de la mañana. Hizo como que se rascaba la oreja izquierda; en realidad se ajustó el auricular que llevaba oculto discretamente.
-Empieza, Lestrade, no tenemos todo el día- dijo Sherlock al micrófono que teníamos sobre la mesa.
Lestrade lanzó una mirada asesina al espejo y puso en marcha la grabación de la sala. Primero le preguntó al detenido sus datos y le leyó la lista de cargos. El hombre permaneció callado, no negó ni afirmó ninguno de los cargos. Al acabar la lista (larguísima, me quedé impresionado) se ocupó al fin de nuestro caso.
-En la mañana de 6 de agosto de 2012, envió un email a la señorita Mary Morstan, en respuesta a un anuncio clasificado publicado por ella el domingo anterior en el Sunday Telegraph. En el anuncio, la señorita Morstan pedía información sobre su padre, el capitán Joseph Morstan, desaparecido de su hogar en 1991. ¿Cuál fue el motivo de su email?
El hombre levantó la mirada furiosa de la mesa y miró a Lestrade. Era un tipo duro, de unos cincuenta y cinco años, bajo pero de aspecto peligroso y mirada glacial.
-¿No pueden condenarme por un atraco de hace más de veinte años, verdad?
Lestrade miró su libreta y se lo confirmó.
-Si te refieres al atraco a la Joyería Jocelyn en 1991, ha prescrito. Os llevasteis 650.000 libras de botín.
-¡Mentira!- gritó el hombre, golpeando con el puño en la mesa-. ¡No vimos un penique! ¡Ese maldito cabrón, Morstan, se lo llevó todo, él y su socio "El patillas"! Lo teníamos vigilado, pero nos engañó. Consiguieron salir del país, ni siquiera pasaron por su casa, le estábamos esperando allí. Morstan no volvió a llamar ni a escribir nunca a su familia, fue como si se lo hubiera tragado la tierra.
-¿Por eso escribió a su hija?
-¡Claro! Cuando vi el anuncio en el Telegraph, dejé pasar cinco días y me puse en contacto con ella. Supuse que, si el maldito embustero traidor estaba de nuevo en Inglaterra, correría a hacer las paces con su hija. O él, o su socio, eran uña y carne esos dos. ¡Si hubiera conseguido a la chica, ahora mismo tendría a Morstan!
Lestrade dudó y miró hacia nosotros, pero Sherlock estaba observando, pensativo, y no añadió nada.
-Entonces… ¿no ibais a matar a la chica?
-Quizá. Si no tenía información útil, desde luego no nos servía para nada. Y si nos llevaba al traidor… matar a la hijita delante suyo hubiera sido una venganza muy dulce, ¡vaya que sí!
Soltó una risotada, que terminó tan bruscamente como había empezado.
Sherlock se levantó y le dijo al micrófono:
-Que te dé todos los datos posibles sobre Morstan y "El patillas" de la época del robo: direcciones conocidas, teléfonos, bares que frecuentaban, nombres de amigos, hobbys, ¡todo! Envíame un email mañana con toda la información que le saques. ¡Nos vamos, John!
