El signo de los cuatro

Capítulo 6

BLOG PERSONAL DEL DR. WATSON

Cuando abrí los ojos pensé que seguía durmiendo y que en realidad no los había abierto. Me llevé una mano temblorosa a los ojos, me los froté. Estaba despierto, y mis ojos estaban abiertos, pero la oscuridad era absoluta. Me dolía la cabeza. ¿Dónde estaba? Me llevó unos minutos y un esfuerzo considerable recordar qué había pasado. Sherlock y yo estábamos en Ewhurst, volvíamos de hablar con Jack Garrison, caminábamos por un camino entre granjas aisladas y almacenes, acercándonos a la calle principal del pueblo, y de pronto… De pronto nada, la negrura y el dolor de cabeza. Palpé a mi alrededor. Estaba tumbado sobre un suelo de piedra, frío y duro. Un poco húmedo. Toqué tela, y bajo ella carne.

-¿Sherlock?- pregunté. Quizá aun estaba inconsciente. Insistí, sacudiendo lo que fuera que estaba agarrando:- ¡Sherlock! ¡Despierta!

Diría que estaba tocando la pernera de su pantalón. Avancé hacia arriba, tratando de orientarme: cinturón, camisa. Le cogí por los hombros y volví a sacudirle. Me respondió con un gruñido. Estaba empezando a despertarse. Recorrí con una mano su cara y toda su cabeza, en busca de heridas. No era una idea muy útil con aquella oscuridad, pero al menos todo parecía conforme. Suspiré con alivio. Seguía agarrando a Sherlock por un hombro, y le noté despertarse y agitarse.

-¿John?- preguntó, con una voz que casi no parecía la suya.

Tosió varias veces y contuvo una arcada. Le ayudé a incorporarse un poco.

-Alguien nos ha encerrado, Sherlock. Nos han drogado, de alguna manera, y nos han encerrado aquí. No recuerdo ningún golpe en la cabeza, ¿y tú? Quizás ha sido con un dardo.

-Obviamente.

Mi amigo permaneció callado, frotándose la cabeza. Por lo visto, él también se había despertado con un fuerte dolor. ¿Dónde debíamos estar? Una oscuridad tan absoluta seguramente significaba que no había ventanas: un sótano entonces. Aunque quizá sí había una ventana pero era de noche. No tenía ni idea de cuánto rato habíamos estado "desconectados". Era el momento de levantarse y explorar la habitación.

En cuanto adopté una posición vertical, una náusea incontrolable me subió desbocada por la garganta. Me separé todo lo que pude de Sherlock antes de soltarla. Apoyé la mano en una pared y vacié del todo mi estómago. "Ahí va el sándwich de queso fundido…", pensé, mientras Sherlock se quejaba:

-¡John! Fantástico, ahora estamos encerrados en un espacio pequeño que, además, huele a vómito.

Mientras me recuperaba, gruñí:

-Qué pasa, cada uno se levanta como puede… Espera, ¿cómo sabes que estamos en una habitación pequeña?

Yo estaba llegando a la misma conclusión: entre pared y pared no había más de seis pasos.

-Por la cantidad de eco de tu voz. También te puedo decir que en la habitación no hay ningún mueble y que el techo está bastante alto.

Salté todo lo que pude, con el brazo levantado, pero no conseguí tocar el techo. Sherlock estaba en lo cierto.

-Bien, comprobado-. Avancé hacia él tanteando con la mano ante mi hasta que le toqué, y me senté de nuevo a su lado-. Y ahora, ¿cuál es el plan?

Suspiró audiblemente. Eso me daba mala espina.

-De momento ninguno. Estoy barajando las diferentes posibilidades que tenemos, pero no le veo mucho futuro a ninguna, la verdad.

-Siempre tan alentador. Vamos a ver, tu hermano debe saber dónde estamos, ¿verdad?

-No estamos en Londres, aquí no hay cámaras urbanas- contestó Sherlock, con voz distraída. Suponía que él estaba ya varios pasos por delante de mi, pero yo necesitaba oír las opciones en voz alta.

-Entonces, ¿solo Mary sabe que estamos aquí?

-Qué útil- murmuró Sherlock con sarcasmo. Pero, increíblemente, enseguida añadió: -Lo siento, no quería hablar mal de Mary.

Me quedé con la boca abierta…

-No tienes que disculparte, no está delante, ¿sabes?

-Ya, pero en la presente situación te puedes tomar mi crítica de nuestra clienta como un ataque personal, y además Mary Morstan no me ha dado ninguna ocasión para criticarla.

-¡Vaya, Sherlock, me dejas de piedra! Entonces, ¿entiendes que me guste?

Contestó con un bufido, que yo acepté como un "sí". Nos quedamos en silencio un momento. Seguía sin oírse absolutamente nada: ni el ruido del motor de un coche, ni el ladrido de un perro lejano, nada de nada. Era bastante enervante. Cogí a mi amigo por la manga de la camisa y dejé la mano ahí: aquel contacto físico era lo único vivo que podía sentir. Respiré hondo, intentando no dejarme llevar por el pánico. Noté la mano de Sherlock dándome unas palmaditas torpes en mi mano.

-¿Te importa si no te suelto?- murmuré, un poco avergonzado.

-No, tranquilo. El contacto físico alivia el estrés en situaciones traumáticas, y conserva el calor corporal. Esta habitación es un poco fría, así que me parece bien que te mantengas cerca de mi cuerpo.

Me acerqué un poco más. Sí que hacía frío, lo que era inusual en pleno verano.

-Sí, John, es evidente que estamos en un sótano. ¿No has encontrado ninguna puerta, verdad?-. Negué con la cabeza, antes de darme cuenta de que no podía verme, pero Sherlock ya había dado por supuesta mi respuesta y seguía hablando-: Nos han metido aquí por una trampilla del techo. Voy a auparte, a ver si consigues abrirla.

Y eso hicimos. Encontré la trampilla enseguida, estaba justo encima nuestro, en el centro del pequeño calabozo, pero estaba demasiado alta. Aun subido sobre los hombros de Sherlock, solo conseguía tocar la trampilla con los dedos. Volví a revisar el suelo, en busca de algo que nos pudiera servir: nada. Mi mochila no estaba, claro. En el suelo no había absolutamente nada, y en las paredes solo podía tocar unas tuberías gruesas, pegadas al muro con cemento. Finalmente me volví a sentar, abatido. Sherlock seguía callado e inmóvil. No quería molestarle mientras pensaba, pero tras unos minutos ya no pudea aguantar más y le pregunté:

-¿Se te ha ocurrido algo ya?

-No.

-¿No? Pero algo tendremos que hacer. Si seguimos aquí… moriremos de hambre, no, de sed primero. O se nos acabará el aire y moriremos asfixiados.

Tras unos segundos Sherlock contestó:

-Creo que esa última opción es la más plausible.

-¡Pero tiene que ocurrírsete algo!- grité-. ¡Eres un genio, sácanos de aquí!

-¡No tengo nada con lo que sacarnos de aquí!- gritó él, enojado-. No tengo nada para hacer un explosivo, ni para enviar un mensaje al exterior, y estamos en un lugar aislado donde nadie va a oírnos gritar. Ya he barajado todas las opciones, y no hay salida-. Bajó la voz, habiendo desahogado su ira-. Lo siento.

-No tenía que haberte gritado, soy yo quien lo siente- le dije. Me puse la cabeza en las manos. No podía creer que hubiera sobrevivido Afganistán para morirme allí. ¡Diablos, ni siquiera me hubiera importado morir de un balazo, persiguiendo a un criminal con Sherlock! Pero ¿morir asfixiado, en un calabozo subterráneo?

-Siento mucho haberte metido en esto, John. No quería… no quería causar tu muerte además de la mía.

-No digas eso, ya soy mayorcito y sé dónde me meto. Además, lo hemos pasado bien juntos, ¿eh? Este año contigo ha sido el mejor año de mi vida, Sherlock, en serio. No sé… no sé qué hubiera hecho cuando volví de Afganistán si no te hubiera conocido, estaba tan hundido que cada día me quedaba mirando mi pistola con más ganas de pegarme un tiro y acabar con todo. Y entonces apareciste tú…

Sherlock se rió. Sin duda estaba acordándose del taxista y las pastillas, nuestro primer caso.

-Enseguida supe que eras un capullo narcisista, pero nunca pensé que fueras capaz de tomarte una pastilla de veneno solo para probar que tenías razón, ¡eso es demasiado hasta para ti!

-¡No la iba a tomar!

-Nooooooo… Claro que no. Solo querías probar un pedacito. Para saber si era de fresa.

-¡No iba a tomarla, solo estaba ganando tiempo!

-…Porque sabías que yo iba a aparecer en cualquier momento, claro. Sabías desde el primer momento que tu nuevo compañero de piso estaba como una cabra.

-Mi deus ex machina- rió Sherlock, con cariño.

-Lo único que voy a lamentar si morimos ahora es haber conocido a Mary tan tarde-. Sherlock no respondió-. Ojalá la hubiera conocido antes. Es la chica perfecta.

Mi amigo suspiró.

-O sea, que si conseguimos salir de esta, te vas a ir con ella y me voy a volver a quedar solo de nuevo, con mi calavera y mis casos.

-¡Oh, Sherlock, no seas así! Lo dices como si te fuera a abandonar. Seguiré siendo yo, y seguiré queriendo ayudarte a pillar criminales. Soy un adicto al peligro, ¿recuerdas?- Sherlock gruñó como respuesta-. Y además, es ley de vida. Quizá tú también deberías buscar pareja.

Sherlock se rió con ganas.

-Claro, dile a Mary que me presente a sus amigas.

Yo también me reí. Pero acabé bostezando. Me sentía muy, muy cansado. Me tumbé de nuevo, de costado, agarrando todavía una manga de Sherlock, mi único contacto con el mundo.

-¿Es malo si nos dormimos?- murmuré, notando las extremidades pesadas.

Él se tumbó también, a mi lado, y puso una mano encima de la mía.

-No podemos hacer mucho más.

Me quedé dormido al momento.

Me despertó el ruido de la trampilla al abrirse. Era una losa de piedra, y se estaba deslizando hacia un lado. Aunque en ese momento apareció por el hueco una linterna dirigida directamente a mis ojos, y me volví a quedar ciego.

-¡Están aquí! ¡Venid, los hemos encontrado!

Era la voz de un hombre, desconocido. Noté que a mi lado Sherlock se incorporaba y se ponía de pie, aun aturdido. Me levanté, también, loco de ganas de abrazar a nuestros salvadores. Llevaban cascos y chalecos fluorescentes, y en cuanto pude fijarme bien en ellos vi que eran de la policía local. Entonces distinguí una voz femenina entre el resto de voces masculinas de allá arriba.

-¡John! ¡John! ¿Estáis bien?

-¡Mary!- sonreí de oreja a oreja como un idiota. Pero hasta Sherlock se había quedado con la boca abierta-. ¡Mary, qué haces aquí! ¡No sabes cómo me alegro de oírte!

Uno de los policías descolgó una escalerilla y bajó hacia nosotros. Nos ofreció ayuda para subir, pero no la necesitábamos. Recorrió con la linterna todos los rincones de nuestra celda: la verdad es que no ganaba mucho con la luz, era tan pequeña y vacía como la había visto en mi imaginación. Subimos por la escalerilla y Mary se me tiró a los brazos antes de poder dar ni un paso.

-¡Estaba tan preocupada!- exclamó, y me besó en la boca. Me dio exactamente igual que todos los policías empezaran a aplaudir y a jalearnos, ¡me había merecido el beso y pensaba disfrutarlo!

Nos separamos cuando nos quedamos sin aire, sonrientes. Me giré en busca de Sherlock, sin soltar la mano de Mary. El policía a cargo del rescate estaba dando explicaciones a mi amigo.

-…La señorita Morstan nos llamó diciendo que ustedes habían desaparecido. Por lo visto había encontrado el móvil de usted en un pub.

-Te llamé varias veces- interrumpió Mary-. Habíamos quedado en que me llamarías cuando salieras de casa de ese hombre, ¿recuerdas? Pero no me llamaste y estaba preocupada.

Entonces recordé que, efectivamente, se me había olvidado llamarla: Sherlock me arrastró hacia la fábrica y se me había olvidado por completo. No me había dado cuenta de que me había dejado el móvil en el pub; si hubiera recordado llamarla habría visto que no tenía mi móvil y hubiera vuelto al pub a buscarlo. Nadie me habría echado de menos entonces.

-La tercera vez que llamé, cogió el teléfono el dueño del pub. Dijo que os habíais ido corriendo de allí hacía más de una hora. Decidí darte una sorpresa y venir al pueblo. Pero cuando llegué al pub, todavía no habías vuelto a buscar tu teléfono… Pregunté la dirección de Garrison y fui a su casa a hablar con él. Me contó todo lo que habíais hablado cuando fuisteis a visitarle a la fábrica donde trabaja, pero también hacía rato de eso. También te llamé a ti, Sherlock, pero no contestabas. Pregunté por vosotros en la estación, pero nadie recordaba haberos visto. Así que me preocupé y fui a la policía.

-La verdad es que no le habríamos hecho mucho caso si no nos hubiera dicho que era usted Sherlock Holmes. Todos seguimos sus historias, doctor Watson, y los amigos de Scotland Yard siempre tienen alguna anécdota curiosa que contar sobre Holmes. Así que creímos a la señorita Morstan, pero nadie parecía tener ninguna pista de dónde habían desaparecido.

-Entonces se me ocurrió una idea- explicó Mary, sonriente-. Una amiga de mi madre tiene una granja a unos veinte kilómetros del pueblo, y en la granja tiene al perro de mejor olfato de todo el Reino Unido. El inspector Johnson fue tan amable de acercarme en su coche a la granja, y le pedimos prestado a Toby-. Entonces me fijé en el perro: era un sabueso de rostro apacible que dormitaba al lado de Mary-. ¡Sí, John, ese es el héroe de la noche!

Sherlock se agachó junto al perro, entusiasmado. El sabueso abrió a medias los ojos y lamió la mano de Sherlock que, supongo que de puro agradecido, no puso ninguna objeción.

-¿Este perro ha seguido el rastro del móvil de John, desde el pueblo hasta aquí?

-Sí, señor Holmes- siguió explicando el inspector, sonriendo-. Desde hoy le vamos a nombrar policía honorario, ha sido increíble. Estamos a más de quince kilómetros del pueblo, y los últimos cinco los ha hecho campo a través, siguiendo caminos de tierra medio borrados y además de noche. Él ha sido el que nos ha guiado hasta esta granja abandonada. El suelo es de hormigón, pero solo hemos tenido que registrar lo poco que queda en pie hasta encontrar un escondite.

Me agaché yo también y rasqué al perro detrás de las orejas. Me pasó un palmo de lengua por la cara, agradecido. Le prometí en voz baja el filete más grande que pudiera encontrar.

-Ahora solo nos queda encontrar a los culpables… -dijo el inspector, muy serio.

-Ah, eso…- murmuró Sherlock, condescendiente-. Llame al Detective Inspector Lestrade y dígale que apriete un poco a cierto individuo que le proporcionamos hace dos días. Parece que tiene más hombres sueltos de lo que parecía, estaría bien que colaborara un poco y nos dijera dónde encontrarlos. Con lo que le va a caer encima, un poco de colaboración no estaría mal… John, Mary, hay que volver a casa de Garrison a por la caja. Parece que los papeles que hay dentro demuestran la participación de esa banda en más crímenes, y más graves, que los que tienen ahora sobre sus cabezas. Y no solo crímenes antiguos, o no pondrían tanto empeño en impedir que abramos la caja.

-Pero Sherlock- interrumpí yo-, seguimos sin tener la llave de Joseph Morstan.

Sherlock sonrió con un lado de la boca, sin mirarme.

-¿Todavía no has adivinado quién la tiene, John? Vamos, piensa un poco… Pero piensa de camino a casa de Garrison, por favor…

Y con esas palabras salió a toda prisa hacia el exterior. Estábamos, como nos habían explicado, en una granja abandonada en medio del campo. A lo lejos se veían un par de edificios, pero esas eran las únicas señales de vida por allí. Ni siquiera se veía ningún camino, asfaltado o sin asfaltar. Sherlock se metió en uno de los coches de policía y nos hizo un gesto para que le siguiéramos, mientras le ordenaba al oficial al volante que nos acercara al pueblo.

-¡Pero Sherlock!- protestó Mary-, ¡son las tres de la madrugada!

-¡Bien!- contestó él-. El primer tren hacia Londres sale a las seis menos diez.

Aunque parezca increíble, conseguimos despertar a Garrison y además nos entregó la caja. Sin duda, el hecho de que fuésemos acompañados por la policía tuvo algo que ver con que colaborara tanto. Y sí, después de recuperar mi móvil, llenar varios impresos policiales y que, finalmente, apareciera mi mochila desaparecida, incluso con el móvil de Sherlock dentro (Toby la encontró, enterrada a poca profundidad en el jardín de la granja), conseguimos por fin tomar el tren de regreso a Londres. Mary durmió todo el trayecto, apoyada en mi hombro, y Sherlock nos miraba de vez en cuando, taciturno, y después seguía mirando por la ventanilla. Yo me sentía tan exhausto y tan feliz que todo me daba igual.

Cuando llegamos a Londres, Sherlock paró un taxi y pidió a Mary que le indicara al taxista la dirección de su madre. Mary y yo nos miramos, sorprendidos.

-Entonces, Sherlock- preguntó Mary cuando el taxi se puso en marcha- ¿crees que mi madre tiene la llave?

-No lo creo: la tiene. ¿Con quién estuvo tu padre en contacto una vez llegó al Reino Unido? Solo con Garrison y tu madre. No quería darle la llave a Garrison, así que se la envió a tu madre junto con la carta.

-Pero mi madre nunca le respondió.

Sherlock se mordió el labio inferior. Le di las gracias mentalmente por darse cuenta de que la situación era delicada para Mary.

-No. Tu madre no quería darle otra oportunidad a Joseph Morstan. Lo siento. Pero- se giró de nuevo hacia mi con gesto triunfal- estoy seguro de que aun conserva la llave. Habían pasado muchos años desde la época en que tiraba sus fotos y sus cartas, esta última carta de despedida, y la llave, sí las conserva.

-No sé yo, Sherlock…- contestó Mary enarcando una ceja-. Mi madre es muy testaruda, y sigue estando muy dolida con mi padre.

Pero Sherlock demostró una vez más que siempre tiene razón. La madre de Mary se echó a llorar cuando le contamos, entre los tres, toda la historia, especialmente cuando supo que Joseph había muerto poco después de enviarle aquella carta de despedida. Le dolía no haberle contestado. Mary tenía razón, era una mujer testaruda, pero me pareció una buena persona que se había vuelto desconfiada por las experiencias que le había tocado vivir. Y había criado a una muchacha encantadora y honesta, así que solo por eso ya me caía bien. Dejamos a madre e hija llorando abrazadas. Sin duda tenían mucho que contarse.

Sherlock y yo nos llevamos la caja y las cuatro llaves a Scotland Yard. Sherlock se encerró con Lestrade en su despacho, y le puso al corriente de todo lo que había pasado. Abrieron la caja y examinaron el interior. Yo no tenía mucho interés, ya que Mary había dejado claro que lo que hubiera dentro debía entregarse a la policía. Así que me quedé fuera con Donovan y el resto de oficiales y conseguí que me invitaran a desayunar: no había comido nada desde el mediodía del día anterior, y además lo había vomitado.

Sherlock se las arregló para salir del despacho justo cuando empezaba a atacar mis donuts. Enarcó una ceja con desaprobación.

-¿Qué?- exclamé, cansado-. Oh, ya sé, tú estás por encima de las necesidades de tu cuerpo… Pues lo siento, pero algunos no funcionamos solo a base de aire, ¿sabes?

-Lo sé- replicó Sherlock indignado-, pero pensaba invitarte a desayunar, un buen desayuno caliente, no esos bollos resecos.

Donovan abrió la boca para protestar, pero fui más rápido y me levanté de un salto.

-Muchísimas gracias por el café, nos vemos otro día.

Y me fui corriendo tras Sherlock, que ya estaba saliendo por las puertas del Yard.