the second one.

Tampoco doy un carajo por esto. no sé lo que puñetas sea, lo que me ha salido. que no es poco


Beautiful beautiful
Girl from the north
You burned my heart
With a flickering torch
I had a dream that no one else could see
You gave me love for free

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Chapter Two. Pure white, my ass

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Hinata caminaba como si estuviera empezando a creer que el mundo se iba a ir a la puta mierda en el momento menos pensado. Su padre le había dicho que su obsesión por el color rojo era insano y estaba relacionado con la libido alta y perversiones sexuales de una importancia dolorosa (para la familia) claro, ella había terminado tan espantada del asunto que le había dicho a su Itachi que no podían hacerlo más en el despacho, que su padre se iba a dar cuenta y entonces la iban a apalizar, y a él, claro, despedirlo después de caparlo y entregarle las pelotas enmarcadas y con dedicatoria. Todo tan gracioso y con sentido, que parecía hecho a posta de que su primo (Neji) se estaba tirando a una niñata con tetas color melocotón y que se metía de todo y en todas partes. Hilarante y tronchante. Hinata casi tuvo ganas de decirle a su padre que dejara el cuento de que era una santurrona y que le gustaba ir a misa y todo. Una vez recordó haberse tocado pensando en lo sexy que era el nuevo monaguillo, y si eso que se marcaba bajo la sotana a la altura de la cintura sería producto de que la estaba mirando. A ella. Tocarse descaradamente mientras le clavaba los ojos templados en las retinas.

El karma llegaba cerca de tres trienios tarde a reprenderla. Y casi tenía ganas de plantarse en la cara de su padre y soltarle que se tiraba a su ayudante desde el segundo día en que se habían visto. Oh, si. Eso sin duda sería lo más verlo, de seguro le daría un ictus y se lo tendría que llevar de nuevo a la unidad de intensivos del hospital. Cuando su hermana se había colado en el baño de los criados y se había tirado al ayudante del cocinero.

Escarnio para todos y por supuesto, que su hermana se quedara embarazada y se fugara con el tipo aquel no había contribuido a que su padre abriera los ojos y se diera cuenta de que otra hija también era una perra callejera de buena casta. Los paños en los ojos era algo con lo que Hinata estaba familiarizada, pero los de verdad, los de rollo sexual. Los que estaban frente a los ojos para no querer ver la realidad ya eran un tema al que echarle de comer a parte. No llegaba a los dieciocho y ya tenía ganas de ir a una de esas fiestas en las que entrabas vestida y salías con los labios apestando a alcohol y el alma pendiendo de un hilo. Por eso cuando el socio de su padre y el hijo de este entraron en el salón comedor, algo parecido al rojo furioso de sus sueños se materializó delante de sus ojos.

El fuego verde y opaco de los ojos del desconocido era lo más sexual que había visto desde aquella vez en que Sakura le había contado como había visto a Ino comérsela a Suigetsu junto a los extintores. Tragó saliva gruesa hasta que entre las piernas comenzó a arder una chispa, pequeña pero insistente. El furisode azul y beige le apretaba por todas partes, y de lo que tenia ganas sobre todo lo demás era de desnudarse y tirarse al chico del pelo del infierno y los ojos fuera de la galaxia delante su padre.

—Gaara-kun —acabó la reunión y se agarraba las largas mangas como si la vida se le fuera a escurrir entre los dedos. El hizo algo parecido a un "mm" bajo, desconcertado y nada, cero, interesado. Hinata alzó la cabeza y su peineta tintineó—. Ne, ¿quieres que vayamos a algún lugar luego?

Sonríe bajo las mangas, con los ojos impregnados en ese rabioso color, y el latido loco de su corazón bombeando en las sienes.

—¿Hinata-san y yo? —su voz parece arrastrarse y sus no-cejas (no tiene, pero, pero eso de alguna manera la excitan más) esconden los ojos turbios, oscuros. Hinata se tambalea—. ¿Solos?

Las pestañas le tiemblan de calor, y la carne trémula de sus muslos se estremece.

Asiente y aparta los ojos un tercio, los centra el dobladillo plateado del furisode.

La respuesta de Gaara es el silencio y el hueco vacía de su mano en la barbilla.

Tiene la boca seca cuando el la obliga a mirale.

—Gaara-kun —casi puede saborearlo, respira, jadea, tiembla. Y cree que va a llegar al orgasmo solo con los nudillos de él bajo la carne y los huesos tiernos de la barbilla.

—Tal vez en otra ocasión, y ahora si me disculpa —su rostro está igual que si lo hubieran cincelado en roca. Cuando se marcha cerrando el biombo, las manos se le van solas entre las capas de seda y algodón.

Gaara.

Es lo último que resuena dentro de la habitación cuando el calor se la come entera, y esta tan húmeda que casi no puede creerlo.

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El cielo estaba brillante y la puta alergia la tenía puesta contra las cuerdas, el viento revolvía su pelo oscuro y en sus manos se desvanecía un cigarro nada legal. El patio trasero de la mansión estaba solo, y bajo uno de los arcianos había un columpio descolorido y amplio en el que podía evadirse un poco de los papeles que tenía que interpretar. Tenía las botas con tachuelas puestas y un top que tapaba los justo de esos pechos redondos que aún eran tiernos para comenzar a caerse. Los pantalones parecían un rastrojo y sus unas volvían a ser rojas, furiosas, ardientes y—GaaraGaara—suspira como si no pudiera permitirse creer que está ardiendo y quiere estornudar.

Hinata está calibrando las probabilidades que existen y se reproducen mientras espera que el sol se apague. Tup, tup. De repente hace un frío adulador y acariciante, y comienza a caer una llovizna suave, sacándo destellos al humo plateado del cigarro.

—Hinata-san —y ahí está, como si el cosmos le hubiera dado un pelotazo en las partes y ahora tuviera que pagar por haber sido una perra rastrera. Ohgdeverasquemal. Se calla porque está acostumbrada a tragarse el silencio. Asiente y le tiende una mano—. Será mejor que venga dentro o va a resfriarse.

—¿Por qué mejor no vienes tú aquí? La lluvia no traspasa las hojas de este árbol —le tiembla la mano cuando Gaara se acerca. Tira el cigarro y siente la piel tibia cuando lo empuja hacia ella (escucha el "mm" desinteresado otra vez) y termina a horcajadas. Sobre él. Gaara. Su nombre, piensa Hinata, parece invocado por el desierto. Y quiere perderse en él un poco, para siempre (tal vez).

Sus ojos de un verde oscuro con pintadas de azul parecen desconcertados, y tiene veintitrés, pero casi parece tierno cuando Hinata se inclina y le da un beso despacio en el mentón.

—Hinata-san —la agarra de los brazos porque tiembla como una hoja, despacio, lento, el viento infinito la está susurrando cosas innombrables—. Está temblando, será mejor que entremos.

Hinata aprieta los puños y sus papeles se desquebrajan.

—No —abre aún más las piernas y le agarra del pelo, sus ojos se encuentran y huele a verano de repente—. No quiero entrar, quiero follar. Contigo. Ahora.

Se diluye cuando la boca se la comen, el lobo la ha encontrado y susurra y grita a una misma vez cuando un calor como de cien soles juntos la carboniza y se come sus venas sin planteárselo. El polvo en el cielo se le cae encima cuando la saliva se le escurre y los párpados tiemblan. Gaara es duro contra blando, y su cuerpo es de granito cuando le acaricia bajo la camisa y le rompe la corbata. Está metida en un turbio remolino en el que sentir no es algo de lo que puedas fiarte, se estremece y está cachonda y quiere que la toque entre las piernas de una puta vez, lo desea, lo quiere tanto que cree que se va a romper de dolor y—y— ¿qué?

Está rara, nadie tiene que andar mendigando por un poco de calor humano, y no es como si fuera virgen o algo así…¿qué la pasa? La boca de Gaara está ardiendo, la tembla el corazón y le baja efervescente hasta los dedos de los pies, la saliva es dulce y su lengua es tan roja que no puede parar de chuparla. Le gusta, le gusta mucho. Está encantada y sin embargo…(sin embargo), Hinata lo agarra por la cara y aprieta despacio, con manos laxas y casi perezosas cuando el monstruo hambriento la está desgarrando intentando abrirse paso.

¿Qué es lo que la pasa?

Gaara ya no la besa. La aparata un poco con el pelo revuelto y los ojos opacados. Hinata le ve un poco ondulante y ¿qué es esto? Está llorando.

—Hinata-san, está temblando —le acaricia la coronilla y la atrapa en un abrazo que de tan reconfortante, duele.

Duele maldición.

—Ga—Gaara-kun —la voz le sale quebrada, porque tiembla de ira, de dolor y de tanto calor que siente (no te quiero cerca) —. ¿Qué me has hecho?

Se estremece cuando los labios le acarician el pelo.

—Hinata-san, entremos —solloza más fuerte cuando entierra la cabeza en lo que queda de la camisa, su piel caliente la envuelve muy despacio.

Siente que duele más que nunca.

—Eso ya lo has dicho, idiota.

No le ve sonreír contra su pelo.

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Cuando Sakura le cuenta que tiene unos zapatos nuevos y que son clavados a los suyos, Hinata siente que quiere ser un poco más zorra que nunca, y le da un beso tibio en la mejilla derecha. No quiere sentirse como una mierda, por eso repartir amor es su forma de disculparse con el karma.

De alguna manera, ella ya no… . (ella ya no es y punto. está hecha de algo nuevo, algo que se parte y te parte y que luego se recupera como si no hubiera sucedido nada porque estás drogado, y te duele mucho respirar. lo abandonas y Hinata se vuelve una idea tibia y unos labios blandos.)

—Hinata —es una arrullo, bajo, severo pero de una suavidad desconcertante. Recuerda que alguien le dijo una vez que solo es lícito enrollarse con alguien cuya edad no supera a la mitad más cinco. La verdad, ese tipo de cosas se la traían bien fresca a Hinata, pero la sobreinformación de Tenten-san cuando iba colocada y se bebía hasta la pintura, en ocasiones, muy contadas, cierto. En ocasiones era útil. En otras poco menos que algo con lo que entretenerse mientras vas al váter cuando aún cantan los grillos en la mañana. Hinata, obcecada y contusa de tanto hacer con su vida un trapo y pisarlo, se intentó abstener de complicarse en exceso sobre los números, pero fue cero por ciento capaz y terminó por contar desde veintitrés hasta once coma cinco y luego cinco, le salía el justo diecisiete (diecisiete en ese día, su cumpleaños pero, ¿a quién le importaba?) y sonreía como si la fueran a comprar un coche nuevo. Retorna al mundo real, y ve que Sakura está sonriendo dentro del pañuelo rojo con lentejuelas, y cuando Suigetsu se aparece por detrás del banco le lanza a Hinata una mirada torva y llena de resentimiento.

Hinata hila sus pensamientos y deduce que Sakura en verdad la ha leído los pensamientos, y por eso le clava los ojos lánguidos de cervatillo, arrastrándolos despacio, con tranquilidad. Sakura sabe que el tiempo es un puto y que hay que tratarlo bonito si quieres que no te joda vivo. Es sabia. Sakura lo es. Hinata puede asegurarlo.

Hace una mueca graciosa y mira al novio con cara de comerse el mar al despertar.

Esos dientes que-.

—Tranquilo, tigre —le lanza un beso suave y después se guarda la pitillera en el bolsillo. Busca un poco en su mochila y saca un bollo enorme de chocolate con millones de lacasitos dispersados por la superficie casi melancólica—, ¿no quieres Sakura? ¿Eh? Son como los que mi mamá cocinaba antes de morirse. Estos son una guarrada, pero resultan altamente reconfortantes.

Los está tentando a ambos, los ojos de Sakura son como agujas con la cabeza en jade, incrustadas en un mar de preguntas con respuesta velada.

—Me toca mucho los cojones cuando hablas así —la boca de Suigetsu suena cortadora cuando habla, parece morderse la lengua con saña enfermiza. Hinata se pregunta si cuando le coma el coño a Sakura tendrá más cuidado que cuando escupe palabras—. En serio, déjalo ya, no te lo crees ni tú. No acabo de pillar el rollo que llevas, en serio. Madura de una puta vez.

Duele, pero—

Sonríe.

—¿Perdón?

Hacerse la despistada no surte efecto, Sakura conoce ese escozor que se siente en el alma cuando todo está a punto de irse a tomar por culo.

Sakura frunce el ceño (con sabiduría de ancestro, si. Sakura es sabia como un árbol viejo. Se sabe. Hinata lo sabe y es más que suficiente), y le toca la cabeza a Suigetsu, calmándolo.

—Déjalo ya —mira a Hinata y le da un beso corto y suave—, nos vemos en cálculo.

Se lleva al tipo con ojos profundos, y entonces recuerda al suyo. Y un poco al rojo desvaído de la corbata de Itachi. Y a sus ojos cuando la desnudaba… ¿En qué estás pensando estúpida? Yo quiero a —(¿quién?)

Gaara.

Cuenta hasta veintitrés y piensa que ella con diecisiete está un poco lejos de lo que puede considerarse sexualmente atractivo. Piensa en demonios y en pechos cuando se sale por la tangente y aparece junto a la verja.

¿Quién eres tú, que me has robado el aliento?

Gaara.

Cuenta hasta veintitrés y se siente pequeña y trivial. Llora y le tiende una mano.

—Gaara —solloza cuando los brazos la envuelven (no quiero tu calor, no lo quiero)

Solo que si.

—Hinata-san —le tiemblan las rodillas—. Hoy hace un buen día para ir a buscar camelias. (Rojas y "Ne, Gaara-kun ¿sabías que nunca he visto camelias salvajes?")

Sonríe cuando le sigue el juego.

Cuenta hasta veintitrés.

Cuando la besa.

Y tiene diecisiete.

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Fin. Second Candy. One last drug left.