Tercero, y final. Ohg, este si que me ha gustado. para mis corazones habituales, y también brielle con su problema adorable de los cuerpos muertos.

pd. lectores que sois amor, vuestros reviews son la vida, gracias.


here she goes
Either a little too loud or a little too close
There's a hurricane in the back of her throat
And she thinks she's made of candy

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Chapter three. Friday´s drug.

Her hair will burn you up

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Su madre la gritaba como una enferma y la muy zorra tenía aún voz para seguir reprendiéndola después de haberse largado de su casa. No la culpaba, no mucho al menos, sabía que tenía que buscarse un nuevo hogar, pero no se le ocurría nada parecido a amigas, y sus únicos conocidos eran esos tíos a los que había conocido en el garito que había junto a la gasolinera. Encontró el papel de su dirección en el bolsillo del tabaco de su cazadora vaquera y cuando llegó ellos la recibieron con un "Karin-chan, tan sexy como recuerdo" y una sonrisa. Que ya era más de lo que merecía.

Dejó los bártulos en un cuarto y cogió un par de cervezas de la nevera. Una mano caliente la agarró de la cintura.

—Karin-chan —se apartó y le metió la botella en las narices, con gentileza por supuesto.

—Hoy no, tengo la regla —viva la excusa número uno, si excluimos el "me duele la cabeza" —. En serio. Es asqueroso.

Hidan, creía recordar ese era su nombre, parece consternado. Pero es un buen tipo (en la cama al menos, y menuda polla, todo sea dicho) y se aparta unos pasos.

—Eres nuestra princesita, hay que tratarte bien —le hace un guiño y ella sonríe—. Pero recuerda que me debes uno, por las molestias.

Deidara aparece tras la puerta giratoria del váter.

—Y a mi otro, Karin-chan —tiene una sonrisa como si dentro estuviera relamiéndose.

—Que os jodan —lo dice en broma, luego se saca el monedero del pantalón y deja un par de billetes de diez mil yenes sobre la barra—. Esto es por las "molestias", cuando pueda me buscaré otro sitio.

Deidara se encogió de hombros.

—Como quieras, gatita. Pero ya sabes que aquí siempre serás bienvenida.

Suspiraba mucho cuando salió por la puerta. Tenía más suerte de que podía haberse creído merecedora.

El parque estaba cerca y se encaminó dando tumbos, el clima era agradable y la brisa primaveral le agitó el cabello.

Los columpios solitarios le dieron un breve recuerdo de su infancia, cuando era una niñata gritona y consentida, al menos hasta que su padre se volvió gay y se fugó con su nuevo marido. Después su madre comenzó a tirarse a todo ser viviente que encontró, y tuvo la desfachatez de echarla de casa cuando la pilló a ella, a Karin, con uno de sus ligues en el sofá de casa.

Se acarició la herida en el codo mientras se balanceaba en el columpio. De repente comenzó a odiar el puto aire, su pelo rojo y ese maldito malestar de saberse fuera de lugar. Odió a su madre por ser tan floja y estúpida, a su padre por haberlas engañado, a sus compañeros del instituto por haberla maltratado y al director por haberla expulsado por haber reventado a ostias a uno de los acosadores. Le dio un trago a la cerveza, la odiaba también, y se levantó sobre el columpio mientras se balanceaba a toda velocidad. La cabeza se le llenó de pájaros, de silbidos, y su corazón estallaba dentro del pecho, y las costillas. Como si cientos de balas de acero la estuvieran apretando.

—¡EL MUNDO ES UNA PUTA MIERDA Y ME VA A COMER EL COÑO! —gritó hasta dejarse los pulmones rotos, con un huracán dentro de su garganta y la adrenalina zumbándole en el cerebro—. ¡QUE OS JODAN A TODOS MARICONES COME MIERDA!

Y— el cielo la castigó por ser tan mal hablada. Del ímpetu resbaló del columpió y cayó de bruces tan fuerte que terminó rodando, boca arriba sobre la hierba.

—Me cago en toda su puta madre…—se había mordida la lengua y le dolía el culo de una manera espantosa y húmeda y es que (el césped estaba mojado). Soltó un gruñido y se incorporó un poco, con la cabeza dándole vueltas y el sabor de la sangre en su boca.

Su mirada clareó cuando una mano se le acercó hasta el cabello y comenzó a quitarle las hojas y ramas que se le habían quedado pegadas.

No veía bien, sus gafas no estaban y—

—¿Qu-quien eres? No veo una mierda sin mis gafas —la figura estaba ahí, borrosa, y Karin no sabía si era por el golpe, o de repente le había subido la graduación de repente. El desconocido olía espeso y un poco a canela—. Oye, no te veo bien, ¿nos conocemos?

Silencio mientras seguían quitándole cosas del pelo.

—¡Oye qu—se interrumpió cuando le colocaron las gafas y pudo ver con claridad al desconocido.

Era un tipo al que no conocía de nada. Su ropa era oscura, y las botas militares que llevaba estaban desabrochadas. Tenía el pelo castaño oscuro y los ojos grandes, con pupilas oscuras y algo amenazadoras. Y (malditaseajoderostias) era guapo.

Y su tipo (Karin maldijo en voz alta)

—Gracias —masculló mientras se incorporaba un poco, el chico le tendió la mano para ayudarla, y le valío para darse cuenta de lo suave y caliente que estaba su piel. (Mierda el puto mareo de los huevos) —. Y bien, ¿quién eres y qué has visto?

Alzó la cabeza medio palmo, él era como diez centímetros más alto.

El chico metió las manos en el bolsillo y sacó el móvil.

Karin empezó a cabrearse.

—¿Se puede saber qué te pasa? Mira, si no quieres hablar me voy. Seguro que me has escuchado decir todo eso, incluso puede que hayas grabado un video y vayas a extorsionarme…Pues sabes, ¡me importa una puta mierda! No me queda nada por lo que pueda preocuparme, ahórrate saliva capullo —hizo ademán de marcharse, pero el tipo la sujetó y le enseñó la pantalla del móvil.

Karin leyó lo que estaba escrito.

—¿Esto es una broma o algo? Eh… —miró la pantalla de nuevo entrecerrando los ojos—. ¿Kiba?

Él negó con la cabeza, alzó un poco el resquicio del pañuelo negro que le rodeaba el cuello y Karin pudo verlo.

Claramente.

Vendas.

Agth.

Karin estaba a punto de seguir recriminándose cuando sintió algo caliente y suave chocarle contra la mano, un perro grande y blanco le frotaba el hocico contra la mano.

Karin abrazó y acarició al perro, olvidándose por un momento de que un desconocido que no tenía voz la había visto borracha y gritando incongruencias en un parque para niños. Los perros le gustaban, cuando era pequeña había tenido uno, pero se había muerto joven porque padecía una enfermedad congénita. Karin había llorado durante semanas por el pobre Toboe hasta que su madre la había comprado un gato… . Al que Karin no soportaba.

Cuando se levantó para volver a mirar al Kiba algo extraño le apretó entre las costillas.

—Eh, gracias —sentía la cara rara, como congestionada, caliente. Se miró los pies y pateó un poco de tierra—. Supongo que no le dirás a nadie sobre esto…¡Ay, perdón! No quería decir en ese plan…no tienes voz y, ¡ARGHT JODER! Lo siento, lo siento. Mierda, cuando estoy borracha no digo más que tonterías. Perdón.

Se revolvió el pelo sintiéndose cada vez más estúpida, y no sabía si era por el alcohol, el golpe, o que aquel jodido desconocido le produjera una sensación tan molesta.

Cuando volvió a mirarle sonreía y le tendía el móvil. Karin leyó.

Tuptum. (Sonaba a algo resquebrajándose)

Kiba insistió en acompañarla, pero Karin se inventó que había quedado allí con una amiga, porque le temblaban las piernas del golpe y tal (en realidad no, pero, pero…no sabía que le pasaba).

Él dejó caer que solía ir todos los días por allí a pasear al perro, y que si Karin estaba por allí, le gustaría estar con ella.

Karin quería meterse en un puto agujero y no salir nunca.

Se despidieron.

Karin se miró las palmas de las manos que vibraban y se balanceaban sobre sus ojos, la cara le ardía y solo podía pensar en ("Me gustan tus pecas, cuando estás enfadada se notan más".)

—Me cago en la hostia —se arrebujó en el abrigo.

Y quería pensar que era a causa del golpe.

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Karin quería borrar todas las sombras juntas. Esas polvorosas y tenues, calientes y que ondulaban, solas y perdidas en la pared del fondo. Karin agarraba el micrófono con el garbo y ese desdén propio de las señoritas finas, como el coral, la seda. Como el papel de fumar, y ese ardor incierto que la juventud llevaba inherente en el espíritu. Karin había sido concebida para amar, para romper y para quebrar. Karin respiraba fuego, exhalaba cenizas y fumaba mientras el aliento en forma de agujas de acero le salía de la garganta. Karin que no tenía zapatos de tacón y un vértigo agotador, Karin entera y vibrante, cantando como si te quisiera desgarrar el alma, que te agarra y te parte por la mitad, te encierra en un cofre del que nunca tendrás llave, y te quema, lento, rápido, fuerte. Karin respirando porque está viva, y caliente y quiere volver a ver a ese chico con problemas para que la abrace (y follen, y le de amor hasta que el sol se salga del cosmos y se apague para siempre). Karin es un como un vendaval, un terremoto y tiene un huracán de promesas rotas en la garganta. Karin canta para olvidar, para revolverte y destrozarte.

Karin es todo lo que quieres y lo que no puedes tener.

Karin grita y tú te mueres porque te agarre del cuello y te lo haga lento en el oído.

Karin.

Karin, en su nombre reverbera el fuego;

(no puedes ni pensar en ella sin quemarte)

—Karin-chan —es Naruto.

—Um.

—Hoy te toca a ti recoger los bártulos. He quedado con...eh —vacila durante tres minutos, la batería chirriante enmudece y luego suelta un quejumbroso y cascado "crack" antes de silenciarse por completo—. Un amigo.

No pudo evitar soltar una risita baja, mal disimulada. Y casi, casi—(tirante, perversa)

Karin callaba más de lo que hablaba. (pero cantaba como el diablo, y cientos de ángeles batidos)

—Un amigo al que te follas —lo suelta de repente porque sabe que Naruto se sonrojará, maldecirá, la golpeará con el dorso de la mano en la frente, y luego se irá diciendo que él no es un marica.

Karin se aparta el pelo de la cara. Tiene el cabello largo recogido en una coleta en lo alto de la cabeza y un sudor pegajoso y denso recorriéndola el cuello. Naruto dice que, cuando Karin canta es como si le estuviera haciendo el sexo al silencio y que por eso todos terminan cachondos cuando los bafles se callan. Es una bonita metáfora, después de todo eso y pintar monigotes en el cuaderno es lo único que considera que se le da bien. Karin no se considera especialmente productiva, ha dejado el bachillerato y se dedica a releer la prosa de Wargner y Faucoult como si estuviera ávida de verdades y borracha de realidad, realidad que le pesa y congela el espíritu hasta dejarla moribunda. Naruto sabe que todos esos pensamientos bullen en su cabeza, zumban y terminar frustrados contra las paredes en forma de grietas y excusas baratas. Una vez se rompió un nudillo cuando terminó de cabrearse con una farola en plena calle, con la botella de cerveza vacía en la mano, y los tacones de diez centímetros en la otra. Entre Kin y Naruto habían logrado llevarla a casa, y luego una calmada Karin los había cantado, en voz baja y densa, como una caricia, conciliadora, una canción de letra irreconocible. Un bálsamo que se llevó sus estertores, y los transportó a un mundo lleno de plumas, de besos calientes, y abrazos de piel tirante en la penumbra.

"Karin-chan, sé la cantante de mi grupo" ella había aceptado, porque no tenía nada que hacer, y en su garganta vivían cien huracanes peores que la muerte.

Vuelve al mundo real, Naruto aún está demasiado ocupado sonrojándose y manoteando el aire.

—¡Karin-chan! Te he dicho que no digas eso —se acerca con las baquetas en la mano—. Si me entero que le has contado a alguien que yo…

Se calla.

Karin quiere guerra, está cachonda y no ve al chico del parque y, y. ¿Y qué?

—¿De qué? ¿ De que te follas a Uchiha? No, tranquilo. Nadie lo sabe —da dos saltos breves y baja del escenario. Sai clava sus ojos vacíos en su trasero. Lo sabe. Muy bien. Pero no es que quiera hacérselo con él ni nada, y a veces es tan obvio que da asco—. Te envidio. Llevo casi dos meses sin sexo. Necesito echar un polvo.

—¿Tanto tiempo, Karin-san?

Es Sai.

—Si. Pero no el suficiente como para hacerlo contigo. Y creo recordar que ya te dejé bien claro que aquello fue algo del momento —la cara de Naruto se descompuso y enarbolando las las baquetas se volvió hacia Sai con una mueca amarga en los ojos.

—¿TE HAS FOLLADO A MI PRIMA?

Sai entrecerró los ojos.

—Y tú te follas a mi vecino. No encuentro la lógica a todo esto. Por cierto. La sigues teniendo pequeña. —Sai hablaba a golpes de voz muy marcados. Estaba segura de que si lo decía todo de golpe se quedaría vacío de palabras y languidecería hasta morir.

—¡SERÁS HIJO DE PUTA, CARA DE TRUCHA!

Se encendió un cigarro tomando su tiempo en reaccionar a la bronca que estaba por armarse… .

Karin se echa a reír cuando Naruto se lanza sobre Sai y comienzan a pelear, cuando uno de ambos menciona algo sobre come pollas. Suenan un par de puñetazos secos y se atraganta con el humo. Le duele la costilla derecha y se acuerda de Kiba.

Kiba.

—Le voy a decir al Uchiha que le pones los cuernos, adiós marica.

Sale por la puerta con la voz de su primo rebotando en el techo de su cerebro.

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—Hola, con permiso —la casa de Kiba está en silencio. Él le da un vistazo corto y suave, como si estuviera temiendo romper un colchón de plumas—. Gracias.

Su amor por él es doloroso y vibrante, como beber novocaína mezclada con cocacola. Efervescente y algo afrodisíaco. Perturbador, clamoroso y destructivo.

Escribe en la libreta, Karin lee las palabras y versa, en un vacío medio premeditado. Le canta en el oído sobre lo que cree que interpreta en los trazos en el papel.

—Kiba, no puedes hablar. En serio, puedes ponerte peor —le acaricia el pelo sobre la coronilla. Está sentado, con una camiseta blanca y unos pantalones grises con rayas diminutas más oscuras. Y la mira desde abajo, dubitativo. Tierno. Y (tiene diecisite y ella veintiuno) —. Lo último que quiero es que no puedas volver a hablar. Así que calla, ¿Vale?

Kiba esboza una sonrisa tirante, las vendas en el cuello son también blancas, como la parez del fondo. Karin rodea la cama y se pasea por la habitación, recordando el tiempo en que ella tenía un lugar propio en el que refugiarse, un lote salvavidas. Su santuario. Dónde las paredes gruesas y con grumos absorbían la frustración visceral de su alma en forma de gritos desgarradores. Se siente en la cama. Espalda contra espalda.

Lee las notas en el móvil cuando Kiba se las pasa.

—No, tranquilo. El sitio está bien, de verdad —el corazón le aprieta, pero no es desagradable, es casi parecido a esa fuerza mínima con la que las manos de un niño aprietan un gorrión herido, es esa clase de dulzor, tenue y volátil como la luz solar, que templa y deshace el hielo. Karin sonríe—. Yo pensaba que iban a ser unos cerdos, pero la casa está limpia, debe ser porque son gays o algo. Oh, Kiba, cierto, aún no te he contado, pero mi vida está llena de homosexuales, es una cosa curiosa. Ya te conté lo de mi papa, ¿verdad? Bueno, pues mi primo, Naruto, resulta que está de líos turbios con un tipo al que solía ir enganchada en la primaria. Y ahora me entero de que mis compañeros de piso son bisexuales, pero que se dan entre ellos un día si y otro también. Increíble, casi me da un puto infarto cuando los vi, ahí. En todo el salón, los muy cabrones ni se molestaron en ocultarse un poco. No sé por qué no me lo esperaba.

Kiba escribe en el móvil. Karin le acaricia un brazo, muy despacio, el rubor se le sube a la cara y le baja después por el cuello. Las vendas casi parecen rojas cuando se da la vuelta para mirarla. A los ojos.

Le quita las gafas con un ademán y le de el teléfono.

Karin sonríe.

—No, no odio a los homosexuales. Aunque debería, de verdad. Estoy rodeada de ellos —para cuando Kiba se inclina un poco y le da un beso corto y breve en los labios. Se estira para agarrarlo del pelo cuando Akamaru le clava el hocico en las costillas—. Perro maldito.

Lo murmura y siente una risa sofocada en su cuello. La camisa blanca, las vedas. Todo se ha tornado rojo de repente.

—Eres un niñato adorable, ¿sabías? —rasca a Akamaru, besa a Kiba, despacio y con cuidado. La boca le sabe un poco a cerveza, un poco a helado de canela. Un poco a salvaje y denso, caliente, pero fresco y muy húmedo. Todo a la vez. Toda su boca es roja cuando la lengua le llena por completo.

No siente la piel de Akamaru, y la camiseta blanca ya no le parece importante.

—Creo que una vez si que quería a Sasuke, pero ahora ya no. Es un capullo —le sigue besando. No tienen pantalones, ni camisetas. Sonríe cuando se percata de los ojos de Kiba en sus pechos—. Si ya sé que no son muy grandes. ¿Decepcionado?

Kiba niega con vehemencia y sus vendas ahora le aprietan a ella. Él parece que quiere decir algo, Karin lo sabe, le sonríe.

—¿Me quieres? —asiente.

—Entonces estas de suerte. Una vez me dijeron que cuando canto es como si me follara el silencio.

Se enredan como si el mundo fuera a terminarse, muerden, queman, congelan y después se funden hasta perderse uno dentro del otro. Respiran, Kiba es el silencio que ha de romperse, Karin canta cuando él la aprieta en las costillas, llora fuego por los ojos cuando le muerde en el cuello y marca el hueso con el marfil de sus dientes. Esquirlas afiladas, que se tornan como un vendaval salvaje, en que las palabras de ella llenan y suplen los silencios de él. No es algo perfecto, pero si algo que no puede igualarse.

Las grietas del techo ya no están, las sombras grumosas y tibias han desaparecido cuando suena un crujido liberador y resquebrajante en la penumbra. La piel de Karin está bruñida en mordiscos, en trazos de lenguas calientes, saliva que se desliza, sudor salobre como si el mar se le hubiera caído encima. Kiba, derretido, está por todas partes, es joven, y ella se siente como si tuviera quince y su novio fuera un tipo famoso de la tele. Pero no lo es, y por eso le quiere tanto que va a dejar que la quiera de vuelta. Divaga mientras Kiba vuelve sobre sus ojos, y sonríe. Las vendas son blancas y ella es un gorrión entre sus manos.

Se inclina sobre su oreja, y su aliento a canela y hielo se le cuela haciendo eco—

—Karin.

Ella llora y le llama estúpido. Ahora no te curarás pero—te quiero.

Has roto el silencio (quiere decir).

Y a ella con él.

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The end.