A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Dos: A la Orden.

26 de junio de 2020.

Londres, Inglaterra.

Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.

Cuando uno entraba ese día a esa residencia, tan grande como elegante, lo menos que esperaría encontrar es a un montón de jovencitos correteando por el jardín. Pero eso había.

—¡Por favor, dejen pasar!

Una exasperada mujer castaña, con un traje sastre verde oscuro y una túnica negra colgando de un brazo, llegaba en ese momento, mirando a su alrededor y preguntándose si habrá sido buena idea lo que estaba ocurriendo.

—¡Ah, mamá, hola! —saludó una jovencita de cabello negro, por debajo de los hombros y en alborotadas ondas. Sus ojos, castaños y almendrados, eran casi idénticos a los de la mujer, aunque su vestimenta, consistente en un pantalón de mezclilla y una blusa roja, era más cómoda, igual que sus tenis —¿Qué te parece? ¡Casi todos mis amigos pudieron venir esta vez!

—Excelente, Hally, excelente. Pero no jueguen tan cerca de la puerta, podrían lastimar a…

Una pelota en blanco y negro pasó zumbando al lado izquierdo de la cabeza de la mujer.

—¡Señora Potter, lo siento! —se disculpó un chico de cabello castaño y ojos grises, con una sonrisa nerviosa —Hally, el pase era para Henry.

—Sí, Walter, eso creí. Entraré un momento, ¿sí?

—¡No, Hally, no me dejes sola con éstos! —rogó una alta chiquilla pelirroja de ojos brumosos.

—Por favor, Rose, aguanta cinco minutos, no me voy para siempre.

Los chicos que andaban por allí rieron y la pelirroja, con un puchero, se les unió al poco rato.

—¿Estás jugando con ellos? —se interesó la señora Potter al estar en el recibidor y dejar un maletín marrón en una mesa redonda.

—Sí, aunque no soy muy buena. Rose tampoco, por eso no quería que la dejara. Mamá, ¿sabes si papá tardará mucho? Me han preguntado por él.

Al ver que su hija se acomodaba nerviosamente los anteojos redondos, la señora Potter sonrió.

—Me lo encontré al salir del Ministerio, dijo que en cuanto resolviera un asunto, vendría.

Hally sonrió con amplitud y tras darle un beso en la mejilla a su madre, regresó al jardín a toda carrera, donde fue recibida con vítores por parte de sus amigos.

La señora Potter, que se había permitido un poco de paz al contemplar a su hija, de inmediato adoptó una expresión neutra y concentrada, encaminándose a la sala. Allí, en amena charla, se podían ver a la mayor parte de los adultos, que la recibieron con leves sonrisas.

—Hermione, un gusto saludarte —la señora Luna le dedicó una sonrisa plácida, acunando con movimientos suaves a su pelirrojo bebé —¿Cómo te fue en el Ministerio?

—Más o menos —la señora Potter se acomodó un mechón de cabello tras la oreja, tras lo cual miró a su alrededor antes de preguntar —¿No han llegado los Malfoy?

—Se oye tan raro que preguntes por los Malfoy… —intervino entonces el señor Ron, con una botella de cerveza de mantequilla en la mano —No, Frida y su familia no han llegado. Lo que es raro, porque celebraremos también a la niña Malfoy.

—Ronald, la niña se llama Danielle —le recordó la señora Luna amablemente.

—A mí no se me olvida que es la hija de su padre —masculló el pelirrojo, encogiéndose de hombros, para luego arquear una ceja —¿Y Harry? Cuando vine para acá, redactaba un informe.

La señora Potter negó levemente con la cabeza y les hizo un gesto para que esperaran, pues en ese momento se acercaban los Weasley–Wood y los Bannister a saludarla.

Los chicos seguían jugando un partido improvisado de fútbol, haciendo que las chicas sufrieran un poco para seguirles el paso. El jardín era lo suficientemente amplio como para correr con libertad, pero debían tener cuidado de no patear el balón hacia una ventana.

En cuanto sus padres le desearon feliz cumpleaños esa mañana, Hally Potter supo que sería un buen día. Recibió regalos por correo de compañeros del colegio y los amigos que no podrían acompañarla: Amy Macmillan iría a España, Paula Hagen viajaría a Austria y Bryan Radcliffe se marcharía a Mónaco. Estaba de más decir que cuando Ryo Mao, uno de los primeros en llegar a la casa Potter, comentó el suceso, masculló algo y anduvo con el ceño fruncido un buen rato.

—Ya sabía que se iba, pero creí que la vería aquí antes —se explicó, refiriéndose a Paula.

—Eso es lo malo de no ponerse de acuerdo con la novia —comentó Thomas Elliott entre risas.

Se ganó un coscorrón de parte de Ryo, pero el pelirrojo anaranjado siguió bromeando con eso.

El grupo de amigos había estado hablando un rato en la sala, hasta que fueron llegando los adultos y prefirieron salir. Los Lupin habían llevado a Erin y a una jovencita de ojos verdes que charlaba animadamente con Belle Weasley y además, Thomas juraba haberla visto en otra parte.

—¿Dónde, si puede saberse, has visto a Pilar? —indagó Procyon Black en una de las pausas que hacían entre una jugada y otra.

—Ah, ¿se llama Pilar? —Thomas, sentado en el césped, arrugó la frente en actitud concentrada —¿No fue ella la pareja del campeón de Orixá en el Baile de Navidad?

—¿Tú cómo sabes eso? —se interesó Rose Weasley, sentada con las piernas cruzadas.

—Tengo suscripción a El Profeta, así que al día siguiente del baile, salieron fotografías.

—Cómo no imaginé eso… —suspiró la pelirroja.

—¿Y tú cómo sabes su nombre? —esta vez Henry Graham miró a Procyon, confundido.

—Mis padres, mi abuela y yo fuimos a conocer a Pilar al día siguiente de volver del colegio.

—¿A conocerla?

—Exacto. Los Lupin la adoptaron, como a Erin, pero no vivía con ellos porque seguía en su escuela. Pero ya la terminó y en el verano buscará un empleo, aunque aún no sabe en qué país.

—Por cierto, ¿dónde se metió Erin? —Ryo giró la cabeza en ambas direcciones.

—Se fue con Drusie y Nerie a tomar algo a la cocina —informó Hally.

—¡Eh, tienes novia y preguntas por otras chicas! ¡Vamos a acusarte con Paula!

—Thomas…

Ryo musitó eso en tono amenazante, con lo que Procyon y el aludido rompieron a reír.

—¿Los demás ya no tardan? —Walter, frunciendo el entrecejo, estaba hablando del resto de sus amigos que habían confirmado asistencia a la casa de los Potter —Me sorprende de Danielle…

—A mí me sorprendería de Sunny de no ser porque tiene un ente maligno por tutor —Thomas contuvo una risita —No he tenido noticias suyas desde que volvimos.

—La recogió su hermano en la estación —se acordó Rose —Aunque claro, pude ver mal, porque nos fuimos corriendo a ver a Frank y su bebé.

—¡Leprechauns, el nieto de Oliver Wood! —soltó Ryo con expresión tímida.

—¿Y tu prima Gina cómo está? —quiso saber Hally —No la vi en San Mungo ese día.

—Supongo que está ocupada con sus niños y el trabajo. Además, Bluepool no la altera más de lo necesario, porque está enferma.

Acababa de decirlo cuando Dobby salió de la casa a toda velocidad y usaba uno de sus redondos ojos para avistar por la mirilla de la puerta.

—Buenas tardes, ¿quiénes buscan a los amos? —preguntó el elfo con su vocecilla.

—Buenas tardes, somos los Bluepool. Estamos invitados a la fiesta de cumpleaños de Hally Potter y Danielle Malfoy.

Los amigos se levantaron de un brinco, se sacudieron la ropa y acudieron a la puerta. Dobby, al ver el asentimiento de Hally, abrió a quienes habían llamado.

La pareja conformada por William y Gina Bluepool entró, caminando despacio por llevar cada uno a un bebé de cabello rojizo y ojitos azules. Tras ellos, para sorpresa de todos, entró Sunny, con expresión de estar incómoda con el peinado que llevaba, consistente en una larga trenza castaña enrollada en la parte posterior de la cabeza.

—Tu prima lo hizo —Sunny se señaló la cabeza con un dedo, en cuanto los Bluepool entraron a la casa, dejándola charlar con sus amigos. Veía a Rose con la frente arrugada —Es muy bonito, pero me siento tan rara…

—Ah, vamos, como si fuera algo del otro mundo —Rose, que ese día llevaba la larga cabellera rojiza recogida en una trenza, se encogió de hombros —Mejor, porque jugamos fullbot summer.

—Fútbol soccer, Rose —corrigió Henry al instante —Y mira que tomas Estudios Muggles…

—No vemos mucho los deportes, en realidad. Deberías regañar a Thomas; el profesor Price le dejó una redacción sobre el tema por andar quejándose en las últimas clases del curso.

—¿En serio? —Sunny observó a Thomas, arqueando una ceja.

—Sí, pero no hay problema. Siendo de familia muggle, será pan comido. Incluso mis hermanos querrán ayudar. Sydney está en el equipo de voleibol de su escuela, Skye practica tenis y Scott, sabe de fútbol y polo.

—¿Polo? ¿Esa cosa tan rara que se juega montado en un caballo? —Rose contuvo la carcajada al recordar cierto libro que una vez le había prestado el abuelo Arthur.

—¡Exacto! Y tiene su gracia, porque debes tener buena puntería para darle a la pelota con el mazo y a la vez, no caerte del caballo.

—¿Has jugado? —quiso saber Procyon, sonriendo.

—He tenido qué. Invitan a mis padres a juegos de caridad y mis hermanos y yo participamos.

—¿Se imaginan que montáramos caballos Abraxan para jugar quidditch? —Ryo se empezó a reír con semejante imagen mental —No necesitaríamos escobas, pero cuesta mucho mantenerlos, con eso de que solamente beben whisky de malta puro…

—¿Qué, ya leíste completo el libro de Cuidado de Criaturas Mágicas? Te pareces a Thomas.

—Procyon…

Un pequeño estallido proveniente del interior de la casa, seguido de exclamaciones, llamó la atención de los jovencitos, que de inmediato fueron a averiguar de qué se trataba. Se hallaron con Drusie, Erin y Nerie; las tres venían de la cocina y no tardaron en imitarlos.

La sorpresa fue grande cuando se toparon con la gente del salón rodeando al señor Potter, que con el cabello más revuelto que de costumbre y la túnica en mal estado, era interrogado por varias personas a su alrededor, entre quienes destacaban su esposa y su mejor amigo.

—¡Madre Santa, Harry! ¿A dónde fuiste?

—Harry, ¿necesitas algo? ¿Agua, una poción?

—Amo Harry, ¿quiere que Dobby haga algo por usted?

—Quisiera sentarme, si no les importa —logró decir el señor Potter entre el barullo, sonriendo con cansancio y pasándose una mano por la cabeza, acomodándose el pelo.

—¡Papá! —Hally se abrió paso entre los adultos y se lanzó a abrazar al hombre.

El señor Potter se mostró ligeramente desconcertado, mirando enseguida a su mujer. La señora Potter frunció ligeramente el ceño, como si pensara intensamente en una explicación, pero al final desistió y esbozó una ligera sonrisa enternecida.

Parecía que Hally se parecía más a ella de lo que cualquiera notaba a simple vista.

—Bien, llegué a tiempo para el pastel, ¿cierto? —trató de animar el señor Potter, rodeando a su hija con los brazos de manera lenta —Dobby, me caería bien una cerveza de mantequilla.

—¡Como diga el amo! —el elfo hizo una reverencia y se desapareció con un chasquido.

Poco a poco, el ambiente se distendió y las risas volvieron al lugar. El señor Potter había dado a entender que la causa de su retraso no era un asunto de gravedad. Sin embargo, su esposa y su mejor amigo no lo creyeron así, por lo que el pelirrojo le dedicó una mirada a su mujer, quien tuvo el tacto de sonreír y alejarse con su bebé, para ir a sentarse junto a Sally Weasley–Wood.

—Hally, ¿podrías decirles a tus amigos que entren? —pidió la señora Potter con amabilidad —Los Malfoy no tardan en llegar.

La jovencita, renuente, asintió en silencio y se alejó, seguida de cerca por Rose y Drusie.

—Harry, al estudio —mandó la señora Potter en seguida, en un tono que no admitía réplica.

—Hermione, por favor, cálmate —pidió el señor Ron con poca convicción.

Tanto él como el señor Potter sabían que la castaña mujer podía ponerse pesada, pero no iban a hablar con ella si además, estaba enfadada. Así pues, el señor Potter los precedió en su camino al estudio, en el cual se encerraron luego de asegurarse que nadie los había seguido.

—Ron, ¿recuerdas el día que nació tu hijo? —comenzó a explicar el señor Potter sin más.

—¿Cómo? ¿Te refieres a cuando estuvimos en Elephant and Castle y en Folkestone?

—Sí, precisamente. Hermione, ¿recuerdas lo que comenté sobre los tipos que atrapamos?

La señora Potter asintió en el acto.

—¿Qué le comentaste? —le preguntó el señor Ron al señor Potter.

—Luego te lo explico. Pues bien, resulta que nunca estuvieron bajo arresto.

—Espera, ¿es un chiste? —increpó el señor Ron —Uno de ellos destrozó propiedades muggles, ¿y no los interrogaron?

—Hoy que terminé el informe sobre mi patrulla fronteriza de la semana pasada, se me ocurrió preguntarle a Fonteyn sobre el asunto, porque ya no había sabido nada. Y él me miró como si le dijera que la señorita Holmes había renunciado —el señor Ron, ante esa frase de su amigo, abrió los ojos con incredulidad —Después fui a ver a los de la Patrulla de Seguridad Mágica y nada, ni un solo informe de ese incidente. Como si ese día no hubiera existido para ellos.

—¿Tú qué crees, Harry? —indagó la señora Potter con cautela.

—No estoy seguro, porque cuando fui a Azkaban para preguntar…

—¿Hiciste el viaje hasta allá?

—¡Ron, por favor, déjalo hablar!

—Sí, hice el viaje hasta allá, es que nada tenía sentido. Y me encontré con que los Sinodales tampoco tenían registros de prisioneros que fueran capturados ese día.

—Azkaban queda lejos, pero eso no explica tu túnica —hizo notar la señora Potter.

Los dos hombres se miraron con una ligera sonrisa. Algunas cosas nunca cambiaban.

—Cuando me iba de Azkaban, uno de los presos también salía. Había terminado su condena y me pidió de favor acercarlo al Londres muggle, porque no conocía bien la ciudad. Accedí y al ir por la calle, de buenas a primeras, nos atacaron. El hombre que venía conmigo se hizo cargo y tras unos minutos, me pidió que me fuera, porque iban por él. Iba a protestar cuando me lanzó un hechizo y luego se desapareció con el atacante. Fue tan rápido que no me quedó de otra más que regresar al Ministerio, rendir un informe a la señorita Holmes y zafarme de lo demás alegando que tenía el resto del día libre. Aunque me imagino que después tendré que testificar y todo eso…

—¿Quién era el preso que salió? —inquirió la señora Potter, con el ceño fruncido.

Su marido, consciente de que tendría que decirlo en algún momento, dejó escapar un suspiro.

—Era Acab Nicté.


Cuando Hally logró que sus amigos la siguieran al comedor (decorado con motivos rojos y verdes, en alusión a las casas de Hogwarts de las dos cumpleañeras), éstos la notaron distante, lo que quizá era debido al estado en el que había llegado su padre.

—¿Tu padre está bien? —se atrevió a preguntar Procyon.

—Por lo que vi, sí, pero… Bueno, si tiene algo más, mi madre se lo sacará. Es buena para eso.

Los demás dejaron escapar una breve risa ante eso.

—¿A qué hora llegará Danielle? —inquirió Thomas, colocando las manos en su nuca.

—Es cierto, ya tardó bastante —Ryo, haciendo una mueca, miró a su alrededor.

—¿Esperas que salga de la nada, en medio del comedor? —lo reprendió Henry, mordaz.

Dos segundos después, el sonido de unas apariciones en el cercano vestíbulo los sobresaltó.

—Para qué hablé… —musitó el castaño ojiverde con pesar, siguiendo a sus amigos.

Hally fue la primera en llegar, deteniéndose un instante ante la imagen de la pequeña familia recién llegada, compuesta por dos rubios y tres pelirrojos. Pero no tardó en soltar un gritito de alegría y abrazar a alguien en específico.

—¡Danielle! ¡Feliz cumpleaños!

Sí, los Malfoy finalmente habían arribado a la casa de los Potter, aunque aparecerse en el vestíbulo no era común entre los invitados ese día.

—Calma, Hally, que también es tu cumpleaños —Danielle, sonriendo a medias, le devolvió el abrazo a su amiga —Lamento la demora.

—Diría que es culpa del tránsito, pero no usamos un auto muggle —bromeó entonces Frida Malfoy, acomodándose con cuidado al bebé pelirrojo que cargaba —Pat, vamos a saludar.

—De acuerdo, te sigo.

Patrick Malfoy, también con un niño en brazos, asintió y se despidió de los chicos presentes con una cabezada, antes de caminar tras su esposa rumbo a donde se oían pláticas y risas.

—¿Cómo les decimos…? —comenzó a susurrar.

—Ahora lo vemos —atajó Frida, también en voz baja.

En tanto, Danielle se había quedado recibiendo las felicitaciones del resto de sus amigos.

—Malfoy, Malfoy, Malfoy… —soltó Thomas juguetonamente, meneando la cabeza —¿Quién lo diría de una orgullosa sangre limpia? Ya hasta nos llamaban a comer y tú no venías.

—¡Oh, cállate! —reprendieron Sunny y Rose a la vez.

—Thomas, si no te conociera, diría que estás enfadado —rió Danielle, antes de encogerse de hombros —En realidad no fue culpa mía. Hubiéramos llegado hace dos horas, pero Frida tuvo que resolver un problema en la tienda de su padre…

—¿En Sortilegios Weasley? —se interesó Rose.

—Eso supe. Aunque lo extraño fue que Pat se marchó con ella. A mí me dejaron en casa, cuidando a los niños, porque ahora Corney trabaja en la tienda.

—Corney es su elfo doméstico, ¿cierto? —recordó Walter, frunciendo el ceño.

—Ajá. Pero fue entretenido ver a Ly hacer flotar su osito de peluche para que Lance se riera.

Los otros rieron con semejante comentario.

—Vamos al comedor, quedó muy bonito —aseguró Hally, tomando una mano de Danielle para guiarla —¡Y ya verás el pastel! Mamá me dejó ayudarle, ¡y lo hicimos a lo muggle! Fue divertido.

Mientras ellas dos se adelantaban, Rose compuso una mueca que no pasó desapercibida por Henry, quien para variar, estaba percibiendo el ánimo circundante.

—¿Podrías preocuparte en otro momento? —le espetó el castaño a la pelirroja.

—Sí, claro —desdeñó Rose, ofendida, antes de caminar y dejarlo atrás.

—A veces tu forma de expresarte no ayuda —señaló Procyo con una leve sonrisa, aunque el resto de su semblante era serio.

—Eso no te importa, Procyon.

El aludido se encogió de hombros, mirando a Thomas y Ryo en busca de apoyo.

Pero mientras Ryo parecía tan desconcertado como él, Thomas por primera vez no le prestaba atención a su mejor amigo. Había fijado la vista en un punto frente a él, rumbo al comedor, antes de ponerse a caminar con una sonrisa que, por alguna razón, no le quedaba para nada.


—¿Cómo que no vino?

De haber sabido que Danielle reaccionaría así, Hally mejor se habría callado.

Estaban comiendo un espléndido pastel de chocolate y almendras, decorado con crema batida y catorce velas redondas y doradas, semejantes a snitches. La comida había sido estupenda y Dobby, el elfo doméstico, había sido instruido en la semana precedente para que grabara la fiesta con la cámara que Hally había recibido dos años atrás de parte de Thomas.

Pero ahora eso no era relevante, al menos para Danielle.

—Por favor, ¡eso no es normal! —espetó la rubia por lo bajo, dejando el tenedor encajado en lo que le quedaba de pastel —¿Qué chico en su sano juicio no asiste al cumpleaños de su novia?

—Uno que se tuvo que ir con sus padres al extranjero —respondió Hally con voz tan cansina, que era evidente que había tenido que explicar el asunto varias veces —Al día siguiente de volver del colegio, me llamó por teléfono. Su madre había planeado el viaje desde hace meses y…

—¡Con mayor razón! Debió decírtelo hace meses, ¡no cuando faltaba menos de una semana!

—Sinceramente, Danielle, no veo qué hay de malo en eso. Melvin prometió llamarme a primera hora para felicitarme y lo hizo. Te preocupas más por este asunto que yo.

—Sí, lo siento. No te ofendas, Hally, pero es que no parecen importarse mutuamente.

La aludida arqueó una ceja por encima de sus anteojos, confusa.

—Olvídalo —la rubia agitó una mano en el aire, restándole importancia al asunto y llevándose a la boca el último trozo de pastel —Supongo que cada quién es diferente en cuanto a estas cosas.

—¡Mira quién habla! La que no quiere salir con un chico sólo porque le da mala espina.

—¿Ya olvidaste que Blow es amigo de Zabini?

—¡Danielle, no seas ridícula! No puedes tratar mal a alguien nada más por sus amigos, ¡es como lo que le hacen sus padres a Amy por culpa tuya!

Al segundo siguiente, Danielle contempló a Hally con la incredulidad plasmada en la cara, antes de levantarse e irse, para lo que tuvo que rodear la larga mesa del comedor, que aquel día casi se había llenado por la cantidad considerable de personas que los Potter habían invitado.

—¿Qué pasó? —quiso saber Thomas, que se sentaba en una silla a la izquierda de Hally y separado de ésta por la que antes ocupara Danielle.

—Nada, creo que metí la pata —se quejó la chica, mirando su plato, ya vacío, con una mueca.

Thomas procuró no mostrar su asombro. Que Hally y Danielle pelearan en serio era casi tan raro como que Rose y Henry no se metieran uno con la otra. Así pues, tras acabarse su porción de postre, se puso de pie y salió de la habitación, preguntándose qué podría hacer él. Estaba pensando en salir al jardín cuando de reojo, alcanzó a ver una figura de largo cabello rubio y con un vestido de verde esmeralda, así que cambió de idea.

—¡Eh, amiga mía! —llamó, sonriendo ampliamente —¿Por qué tan sola?

Danielle, de pie junto a uno de los sofás del salón, lo miró por encima del hombro con una rapidez inusitada, antes de mascullar.

—Nada, nada. Puedes irte.

—¿Para qué? Estamos celebrando a dos personas, tú eres una de ellas y…

—No lo entiendo.

—¿Qué cosa?

—A los idiotas —farfulló ella al cabo de unos segundos, encarándolo finalmente. A Thomas no le gustó nada que su amiga estuviera con los ojos aguados y mordiéndose el labio, conteniendo las lágrimas —Siempre quise una fiesta como esta, con pastel, regalos y gente felicitándome. Pero cada vez que me acuerdo de los que no quieren acercárseme, todo se va al diablo —dejó caer los hombros, abatida —A veces me pregunto si mi padre tenía razón en no celebrarme.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

—Que quizá, si yo no estuviera aquí, todos estarían más contentos y…

—Sí, claro, y yo no soy un asesino.

Danielle observó al pelirrojo anaranjado con una expresión ofendida.

—¡No lo eres! —afirmó al instante.

—Claro. Igual siempre habrá gente que piense que tienes razón y gente que te dirá hasta el cansancio que te equivocas. Así que quítate esas ideas de la cabeza y ve a decirle a Hally que no metió la pata, ¿quieres?

—¿Eso cree ella?

Cuando vio a Thomas asentir, Danielle inhaló profundamente, recuperando su habitual aire elegante, antes de abandonar al salón y dedicarle una sonrisa agradecida al chico.

Por eso no vio que él volvía a poner esa sonrisa tan rara que dentro de poco, cobraría algún sentido para sus amigos varones, para casi todas sus amigas… Pero para ella no.


4 de julio de 2020.

Londres, Inglaterra.

Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.

—Aquí podremos hablar tranquilamente.

Los Potter habían dado instrucciones precisas a sus invitados de ese día: llegarían a un pequeño salón en la segunda planta de su casa, donde los menores que deambularan por allí no los oirían. De todas formas, la señora Potter impasibilizó la puerta, sólo por si acaso.

A esa habitación podía llegarse por medio de la red Flu e incluso apareciéndose, pero eran pocas las personas que conocían esa información. Se habían extremado precauciones para lo que sería la primera reunión de una Orden del Fénix reformada, con muchos más integrantes que la última vez y, esperaban todos, más preparación ante lo que se avecinaba.

—¿Cómo vamos con las asistencias? —le preguntó el señor Potter a la abuela Weasley, sentada en una butaca estampada en terciopelo rojo.

—Al menos la mitad llegará por chimenea, así que lo sabremos pronto —contestó la mujer.

En tanto, el timbre sonó unas cuantas veces, por lo que Hally y Drusie, que se ocupaban de sus tareas de verano en la sala, se miraron confusas. Y es que nadie circulaba por el vestíbulo una vez que Dobby atendía la puerta.

—¿Hay reunión secreta o qué? —indagó Rose cuando llegó, casi a mediodía, cargada con varios de sus libros —Mis padres se desaparecieron con Dobby en cuanto estuvimos en el jardín.

—Ah, con razón —Hally dejó la pluma un segundo, respirando profundamente —Antes que ustedes, timbraron unas cinco veces y no he visto a nadie entrar.

Rose se encogió de hombros, eligió un sitio en uno de los sillones y preparó un pergamino, pluma y tinta para realizar su primera tarea.

Al poco rato, Danielle y Henry pasaron a engrosar el grupo, cuestionando sobre si habría una especie de junta en la que sus parientes participaban. Nadie sabía cómo responder a eso, pero cuando Ryo y Amy llegaron uno detrás del otro, intuyeron que se armaría un alboroto.

—Mis padres y mis hermanos no soportan a tu familia —se lamentó Amy, que veía a Danielle con la cabeza inclinada debido a la vergüenza —¿A qué habrán venido?

—No sé, pero que se atengan a las consecuencias —soltó Ryo, que en cuanto había llegado, había sacado un largo pergamino para leer su contenido —¡Graphorns! Si vinieron, deben saber a quiénes pueden encontrarse, ¿no?

—Eso creo —Amy no se veía muy convencida, pero aún así intentó tranquilizarse y se unió a Henry y Hally, que terminaban una redacción larguísima para Pociones.

—¿Qué es lo que crees? —inquirió una voz desde la entrada de la sala. Era Sunny, a quienes sus amigos y Drusie apenas reconocieron por llevar el cabello suelto —¿Qué, vieron un fantasma?

—¿Quién eres tú y qué le hiciste a Sunny Wilson?

—Ja, ja, muy graciosa, Rose —la castaña hizo una mueca, se acomodó un largo mechón de cabello tras la oreja y añadió —En serio, ¿qué sucede? ¿Ustedes saben?

—Déjame adivinar: te trajeron los Bluepool y ellos se desaparecieron con el elfo de los Potter —aventuró Henry, frunciendo el ceño.

—Pues no. Me trajo Snape.

A una, todos los presentes abrieron los ojos como platos.

—Will dijo que vendría, pero llegaría tarde porque Gina tenía cita en San Mungo, así que vine con Snape. Aunque amenazó con quedarnos juntos todo el verano si no traía mis tareas —Sunny, con un gesto de completo fastidio, se acomodó la mochila de desgastada mezclilla que cargaba a la espalda —Will prometió que iríamos de viaje, así que…

—¿Y a dónde irán, si puede saberse? —se interesó Rose, deseosa de dejar por un momento una redacción de Historia de la Magia.

—Aún no lo sé. Eso es cosa de Gina. ¡Amy, haznos un favor y cuéntanos qué tal está España!

—¿Y para qué quieres saber?

—Simple curiosidad.

Amy hizo a un lado la pluma y tras mirar al resto de sus acompañantes, comenzó el relato de su breve viaje, el cual había resultado sin contratiempos. Destacaba la descripción del Ministerio de Magia español, cuyo edificio tenía una peculiar combinación de estilos que aludían a la invasión árabe a esas tierras.

—Me habría encantado ver eso —Sunny sonreía con aire soñador, seguramente imaginando algunos de los museos que había mencionado su amiga.

—No es la gran cosa —Rose hizo una mueca, tachando una frase en una de sus redacciones —Viví con tía Penélope y Penny como tres meses, hace mucho tiempo. No entendía nada de ese condenado idioma que tienen.

Como era de esperarse, Henry la miró de mala gana.

—El español no es tan difícil —masculló.

—Para ti, porque seguramente tu madre te lo enseñó desde que eras bebé. Pero yo no pude pasar de hola, adiós, por favor y gracias.

Pese al tono enfurruñado de voz, Rose pronunció las palabras correctamente, lo que unido a sus ademanes, ocasionó risas a su alrededor.


Los Potter y sus invitados charlaban amenamente, apenas recordando el motivo por el cual se habían reunido. Dobby repartía tazas de té y aperitivos por todas partes, aunque las charolas terminaron acomodadas al centro de la larga mesa rectangular que había en el salón.

—Harry, querido —llamó la abuela Weasley, cortés —Estamos listos.

El señor Potter asintió, por lo que fue a la cabecera de la mesa, opuesta a la puerta, para retirar un poco la silla e indicarle a una mujer de aspecto severo y apretado moño que se sentara.

—Gracias —la mujer, alisándose una capa de viaje color verde esmeralda, sonrió débilmente y ocupó la silla. A los pocos segundos, el resto de los presentes la imitó —Muy bien, oficialmente declaro iniciada la reunión de la Orden del Fénix.

Poco a poco, los restos de charlas se apagaron, por lo que toda la atención se fijó en la cabecera.

—Para comenzar, agradezco a Molly y Arthur que se hicieran cargo de la lista de miembros, junto con todo lo que se requirió para organizar la llegada de nuestros invitados —los abuelos Weasley asintieron con la cabeza, sonriendo levemente —Ahora bien, tendremos una cobertura más amplia y mejores posibilidades de ayudar a quien lo requiera. En primer lugar, pondremos al corriente a los nuevos respecto a lo que intentaremos hacer.

Los siguientes treinta minutos fueron un poco aburridos, pues la severa mujer se remontó unas décadas atrás, para explicar la fundación de la Orden del Fénix original, su propósito entonces y cómo, años después, tuvo que regresar a causa de la segunda guerra. Algunos de los presentes, que habían vivido ambos conflictos, no pudieron evitar unas cuantas muecas, y quienes únicamente vivieron la segunda guerra, igual compartían la sensación de incertidumbre de esos días. Además, había esta vez personas que de esos conflictos no sabían más que lo que aprendían de sus libros de Historia de la Magia Universal.

—… En pocas palabras, se trata de minimizar el daño de la guerra, así como dar con los del otro bando y ayudar a ponerlos bajo custodia —concluyó la mujer, solemne.

En la habitación surgieron varios murmullos, la mayoría de aprobación. En ciertas caras se notaban dudas, pero no falta de convicción respecto a sus motivos para estar allí.

—Profesora, ¿tendremos asignado algún trabajo específico? —se interesó una joven de rojo cabello esponjado, cuya vestimenta era bastante colorida.

—Creo recordar que ya no soy su profesora, señorita Lindgren. Y no tiene que alzar la mano.

La aludida sonrió nerviosamente y bajó la diestra.

—Se procurará tratar a todos por igual, aunque claro, si tienen alguna habilidad o conocimiento especial, se les podrá encomendar una tarea más específica —reconoció la mujer, paseando los ojos lentamente por todo el salón, sin detenerse apenas en ninguna cara —Los que trabajan para sus respectivos gobiernos, por ejemplo, tienen la misión de traernos información de allí, de sus áreas respectivas, si es que en algo puede ayudar. Lo que me recuerda… Neville, ¿tienes el resumen que te pedimos sobre la postura con el exterior?

—Por supuesto, Minerva —aseguró al instante el señor Longbottom, inclinando brevemente la cabeza —Por fortuna conseguí mi cambio en el Departamento. De allí saqué varios datos.

—Bien, eso nos será útil. Pero antes, presentaremos a algunos de nuestros nuevos integrantes; al menos los que hoy han podido estar aquí. En primer lugar, a nuestros invitados americanos, que representan a muchos otros que por diversas circunstancias, no han podido asistir.

Desde un extremo de la mesa, un grupo de aproximadamente diez personas, entre magos y brujas, dedicaron sonrisas a la vez que les tendían la mano a las personas más cercanas. Una de ellas, un joven asombrosamente alto rió cuando, al estrecharle la mano a Frank Weasley, éste se sobresaltó de que el mechón azul turquesa en el flequillo del extranjero cambiara súbitamente a rojo, como si se hubiera injertado allí un poco del característico pelo Weasley.

—Lycaon, deja eso —pidió Belle Weasley, conteniendo una risita.

El recién nombrado asintió, regresó su mechón de pelo al color anterior y se quedó calmado.

—En segundo lugar, tenemos también invitados de Oriente Próximo.

Esta vez quienes saludaron con una mano en alto y turbantes en la cabeza fueron únicamente tres personas, entre ellas el ex–campeón de Almira, Salomón Sahel.

—En tercer lugar, démosle la bienvenida a quienes nos acompañan desde el Lejano Oriente.

Unos cuantos hombres y mujeres, físicamente similares a los Mao (que se sentaban a la mitad de la mesa), se pusieron de pie para hacer una reverencia. Tres de ellos portaran máscaras blancas con un sol rojo pintado en la mejilla izquierda, del cual salían algunos rayos.

—Y en cuarto lugar, los invitados que siendo también europeos, vinieron incluso desde sitios actualmente en conflicto. Los británicos nos incluimos, ya que sufrimos un ataque el año pasado.

Estos eran la mayoría, pues Europa era la principal afectada en la guerra que Hagen estaba iniciando. En cuanto los ademanes de recibimiento terminaron, la mujer severa miró al señor Potter, a su derecha, antes de cederle la palabra con un gesto de mano y tomar asiento.

—Gracias, Minerva —dijo el hombre que, al estar de pie, causó una fuerte impresión en los extranjeros; algunos incluso musitaron asombradas palabras en sus respectivos idiomas —Damas y caballeros, esto es un asunto serio y para no extendernos más de lo necesario, comenzaremos con enlistar la información que tenemos, discutirla y pensar en cualquier cosa que pueda ser benéfico para los nuestros. Será arduo, pues cada quien puede tener puntos de vista muy particulares, pero por un momento pensemos no tanto en nosotros mismos, sino en aquello que deseamos salvar.

Hubo un breve momento de silencio, durante el cual ciertos personajes se miraron entre sí, con expresiones de acuerdo y serenidad. Los americanos, pese a ser en principio los más ruidosos, fueron los que pusieron la muestra al adoptar poses pensativas y atentas.

—En primer lugar, sabrán que Reino Unido está por declarar la guerra a Alemania —al decir esto, el señor Potter notó que los más jóvenes de sus compatriotas daban un respingo —Lo anunció McGill el mes pasado, lo que no es muy alentador. Además, el Ministerio está planeando firmar alianzas con ciertos países a cambio, entre otras cosas, de extender las licencias de residencia de los refugiados.

—¿Entonces no era solamente un rumor? —intervino uno de los amigos de Dean Longbottom con aspecto indignado —En El Profeta especulábamos que era una probabilidad, pero esto…

—Me temo que es algo más que confirmado —se animó a contestar el señor Longbottom —El Ministro tuvo reuniones con todos los Departamentos antes de la conferencia de prensa del mes pasado. Nos avisó lo que planeaba hacer y aunque dejó en claro que no era de su agrado, lo hacía porque no le quedaba más remedio.

—Típico de él… —masculló por lo bajo uno de los amigos de los Cuatro Insólitos.

—Lo sabemos —señaló el señor Potter, demostrando así que había oído eso —No es novedad para varios de los presentes que nuestros gobernantes quieran dar la impresión de tener todo bajo control, pero eso rara vez funciona. La gente común y corriente tiene derecho a saber la verdad, pero de eso a que quiera creerla en cuanto se las digamos…

—Entiendo por dónde va, señor Potter —se atrevió a interrumpir uno de los orientales, de corto cabello oscuro y ojos penetrantes, cuya túnica roja con bordes dorados le daba cierto aire solemne —Sin embargo, no todos los gobiernos están en esa situación. Hay una minoría que está dispuesta a reconocer sus deficiencias, con el fin de que sus pueblos sepan qué esperar.

—Se lo agradezco mucho, señor…

—Hikarikino. Ryota Hikarikino.

El apellido produjo un callado sobresalto en el matrimonio Mao.

—Tengo entendido que usted forma parte de los Concejales del Emperador —comentó el señor Longbottom, depositando unos pergaminos sobre la mesa.

—Así es. Nuestro clan se enorgullece de servir a la Familia Imperial desde hace siglos. Además, amablemente se les concedió el permiso de venir a algunos de los mejores ninjas.

—¿Los magos ninjas realmente existen? —se maravilló una de las brujas americanas.

—Sí, y confío en que este dato no saldrá de esta habitación —Ryota Hikarikino compuso una expresión más seria al advertir —Normalmente es Secreto Imperial, pero su Majestad ha hecho una excepción con los miembros de esta organización. Así que por favor…

—Descuide, señor Hikarikino. Tenemos un excelente guardián secreto.

Con esa afirmación del señor Potter, todos supieron (o confirmaron, según fuera el caso) que la Orden del Fénix estaba bajo un poderoso Fidelio.

—Pues si hay gobiernos dispuestos a afrontar lo que viene, es un problema menos —reconoció el señor Longbottom, pasándole parte de sus pergaminos al señor Potter —Pero por ahora, Reino Unido no entra en ese caso. Lo de las licencias y la declaratoria de guerra es algo imparable, pero lo que sí llama mucho la atención es que McGill no quiera intentar una alianza con Austria.

—¿Con Austria? ¡Eso es ridículo! —aseguró una bruja morena y de túnica azul marino.

—No tanto, Hestia —indicó entonces Minerva McGonagall —Austria, históricamente, siempre ha estado muy unida a Alemania. McGill teme que tarde o temprano, ambos países se unan.

Hestia Jones hizo una mueca, apoyándose en el respaldo de su butaca con evidente frustración.

—Por otro lado, Austria no se ha declarado a favor ni en contra de Hagen, así que no sabemos en qué creer —continuó McGonagall, conteniendo un gesto de desagrado —Pero si nos basamos en la historia y hacemos el peor de los pronósticos, ese país no tardará en pasarse al otro bando.

Eso no era alentador y la concurrencia entera lo sabía. Pero inesperadamente una bruja de corto cabello claro se puso de pie, lo cual fue anunciado por el sonido de su butaca al correrse.

—En eso puedo ayudar, profesora. Oficialmente, sigo trabajando para el gobierno austriaco, por lo que puedo decirle que ese país no está con Hugo ni planea estarlo.

Las miradas que le dedicaron varias personas a esa mujer eran de incertidumbre. Con todo, la profesora McGonagall y el señor Potter no dijeron nada al respecto.

—¿Tan segura está, señora Hagen? —indagó Kingsley Shacklebolt desde un asiento cercano al de la profesora McGonagall.

—¡Hagen! —exclamó por lo bajo una bruja de cabello castaño y túnica color vino.

—Tranquila, Lavender —le pidió el mago a su derecha, un hombre de cabello color arena.

—¡Seamus, es una Hagen!

—Sí, lo oímos, pero no seas paranoica —a la izquierda de la bruja castaña, se hallaba sentada una mujer de largo cabello negro recogido en una trenza, túnica rosa intenso y varias pulseras de oro en una de las muñecas —Ya te pareces a Adolfo —farfulló, haciendo un mohín.

—¡Pero Parvati…!

—Para quien no la conozca, ella es Isa Hagen, esposa de Karl Hagen —decidió presentar el señor Shacklebolt, sin alterar el tono pausado de su voz —Se presenta frecuentemente con su apellido de soltera, Klaus, debido al parentesco entre su esposo y el Terror Rubio.

—Entonces, ¿es cierto que no murieron todos los Hagen en la Marienplatz? —indagó otro de los presentes, un hombre negro que ocupaba la butaca a la derecha de Seamus.

—Exacto. Karl no le hablaba a su familia desde hacía años, porque cuando nos comprometimos, ellos no me aceptaban —la señora Hagen se encogió de hombros —Creemos que eso fue lo que lo salvó de morir cuando Hugo volvió.

Algunos de los presentes hicieron una mueca. No les agradaba oír que nombraran al Terror Rubio con un tono demasiado natural. Sin embargo, comprendieron que Isa no veía motivo para referirse al hombre de otra forma.

—Regresando al tema… —intervino la profesora McGonagall, haciendo un rígido gesto —¿Podría entonces mantenernos informada de los planes del gobierno austriaco, Isa?

—Por supuesto.

—Zanjado eso, ¿qué noticias nos tiene de su marido?

—Karl apenas ha podido escribir —reconoció Isa, que pese a sus esfuerzos, dejó entrever algo de preocupación en el rostro —De hecho, esperaba que pudiera estar aquí hoy, pero tanto él como Katrina tuvieron un… contratiempo.

La forma en que Isa soltó la última palabra daba a entender algo más serio de lo normal.

—¿Qué noticias hay de Katrina? —les indagó la profesora McGonagall a los aurores presentes.

—Ni una letra —tuvo que reconocer Jim Black, cuya ligera sonrisa se convirtió en una mueca.

—Y Holmes no suelta prenda —añadió el señor Ron, meneando la cabeza —Suponemos que Turner sigue en misión encubierta. Es la única razón posible para que nadie sepa dónde está.

—¿Katrina… Turner? —indagó el amigo de Dean que había hecho una mención de El Profeta minutos antes —¿No fue ella quien arrestó a Javacheff el año pasado?

—Sí, señor Burgess. Estaba infiltrada entre los seguidores del Terror Rubio, como agente doble, y creemos que volvió a eso hace poco. Por otro lado, Karl Hagen se puso a viajar por toda Alemania intentando formar una resistencia.

Hubo más murmullos de expectación y confusión. Y varios de los sobrevivientes de la segunda guerra echaron fugaces vistazos a uno de los presentes, de lacio cabello negro, rostro cetrino y, sorprendentemente, un traje muggle color verde oscuro.

—La señorita Turner tuvo la misión de infiltrarse en las filas del Terror Rubio la primera vez que éste adquirió fuerzas, así que cuando él hizo su… acto de regreso, atacando la Marienplatz, se le pidió reasumir su papel. Le ha sido sumamente difícil tener el visto bueno de ese terrorista, así que cuando la conozcan en persona, les pido que confíen en ella. No hay razón para lo contrario.

Muchos no estaban completamente seguros de que eso fuera correcto, más que nada por el pasado, pero la profesora McGonagall se veía sin una pizca de duda, así como Jim Black.

—En cuanto a Karl Hagen… Es el único que podría crear un movimiento alemán interno lo suficientemente fuerte como para derrocar al Terror Rubio. Sabe perfectamente cómo piensa el enemigo y qué trucos sucios funcionarían en su contra.

—No insinúa… que Karl Hagen hará lo que sea para vencer a su pariente, ¿o sí?

—Por supuesto que no, señorita Copperfield. Simplemente dejo en claro que para anticiparse al enemigo, conviene saber su manera de pensar. Y en eso, créanme, Karl Hagen es experto. Por eso y por su excepcional conocimiento de la sociedad mágica germana, él quedó a cargo de esa tarea. Conforme avance, se le enviarán refuerzos. Así que ténganlo en mente.

Así, con un par de espinas de incertidumbre clavadas en ciertas mentes y la perspectiva de que alguien fuera enviado a Alemania en un futuro cercano, continuó la reunión con temas igual de importantes, aunque levemente menos tensos.


—¿Ya acabarían? Tengo hambre…

La frase de Rose Weasley no era de extrañarse. Ella y sus amigos habían tomado un refrigerio ligero que Dobby les había preparado, pero para la pelirroja, obviamente, no era suficiente.

—¿Crees que no comeremos hasta que la junta de los adultos termine? —soltó Henry, tomando su última tarea y enrollándola cuidadosamente.

—No, no, pero es que quiero comer con Billy… —Rose hizo un puchero.

—¡Vamos! —Sunny no pudo evitar una carcajada —¿Dónde está tu hermano, por cierto?

—Lo dejaron en casa, con el abuelo Xeno. De haber sabido que me aburriría tanto, me habría quedado allá.

—¡Oye! —soltó Sunny con indignación —¡Y se supone que somos tus amigos!

Rose compuso otro puchero y mordisqueó una galleta que había encontrado en la alacena de los Potter. A Hally no le importó: ella misma se había servido jugo de naranja frío y lo bebía mientras ella y Procyon se preparaban sándwiches.

—¿Alguien quiere uno? —ofreció Hally, alzando su bocadillo.

—¿Ustedes dos también? —se sorprendió Ryo, meneando la cabeza.

—¿Qué? Tenemos hambre —se defendió Procyon, antes de beber del vaso de Hally.

—¡Eh, ese jugo es mío! Si tanto quieres, ¡sírvete!

—Ya, ya…

—No entiendo cómo pueden llevarse bien esos dos —Amy finalmente se había sentado junto a Rose para compartir el paquete de galletas que la pelirroja tenía.

—Es bastante simple —apuntó Danielle, quien al ver una ceja arqueada de Sunny, explicó —Se agradan. Y sumando que a él le gusta…

—Habla un poco más fuerte, que no te escucharon en Hyde Park —ironizó Rose, jugando con una galleta entre sus dedos —Aunque entiendo la pregunta de Amy…

—¿En serio? —ahora fue el turno de Henry de sonar sarcástico.

—¡Pues claro! —la pelirroja, dejando su galleta en la barra de la cocina, arrugó la frente —Si lo miras desde nuestro punto de vista, ¿cómo le hace Procyon para estar junto a la chica que le gusta sin arruinarlo todo? Porque bien podría fastidiar el noviazgo de ella, ya de por sí muy raro…

—¿Raro? —se interesó Amy.

—¡Pues claro! —soltaron Rose y Danielle a la vez, siendo la rubia quien lo explicara —No es que Corner sea malo, pero su interés en esta relación es… escaso.

—Bueno, no tan escaso —apuntó Sunny, risueña —No hay que olvidar la espuma.

Las chicas rieron ante eso, en tanto sus amigos hacían gestos de desconcierto.

—Quitando ese detalle, no es mucho lo que Corner hace con Hally —prosiguió Danielle en cuanto pudo calmarse —Y eso a mí no me parece bien.

—Sin ánimos de ofender, amiga mía, creo que eres muy exigente —intervino Ryo, con una expresión seria pocas veces vista en él.

—Quizá. Pero eso es lo que pienso.

—¡Demiguise! ¡Con razón quieres desaparecer cada que ves a Blow!

—Y si no te conociera, diría que sales con Paula para no molestarte en buscar a una chica.

Ryo entrecerró los ojos de forma amenazante y sin decir palabra, salió del comedor, robándole a Procyon lo que le quedaba de sándwich al pasar a su lado.

—Ah, Danielle… ¿no crees que eso fue un poco excesivo? —inquirió Amy en un susurro.

—Tal vez. Pero de vez en cuando Ryo debería quedarse callado y no soltar una de sus frases.

Amy meneó la cabeza, se apoderó del resto del paquete de galletas (pese a las protestas de Rose) y siguió el mismo camino que su amigo.

—Siempre me lo he preguntado —comentó Henry repentinamente, aceptando un vaso de limonada que Procyon le ofrecía —¿Cómo se hicieron amigos ustedes tres?

—¿No les hemos contado?

Ante la pregunta de Danielle, todos menos Hally negaron con la cabeza.

—Pues no es gran cosa: Amy había dejado su casa de Wiltshire para bordar sin tener a sus hermanos a su alrededor, y me la topé cuando me les escapé a mis padres, que querían que le ordenara a Corney que se castigara…

—¡Eso es horrible! —musitaron Sunny y Hally a la vez.

—Sí, lo sé. Bueno, nos saludamos y comenzamos a platicar. Luego apareció Ryo, con una gran sonrisa y alegando que buscaba a un… ¿augurey? Sí, eso era —Danielle asintió con la cabeza —Y así fuimos tres. Quedamos de vernos en aquel lugar todas las tardes que pudiéramos y cuando nos despedimos, se nos ocurrió preguntarnos unos a otros dónde vivíamos… ¡Fue muy gracioso!

—¿Gracioso? —inquirió Henry, confuso.

Hally, que ya se sabía esa historia, se tapaba la boca con una mano, aguantándose la risa.

—Sí, lo fue. En cuanto dije cuál era mi casa, Amy y Ryo supieron que era una Malfoy. Yo no sabía quiénes eran ellos, sus apellidos nunca los pronunciaban mis padres, pero ellos sabían el mío, así que después de un momento soltaron la carcajada. Cuando les pregunté qué era tan divertido, Ryo me contestó que, por el tono en que sus padres decían que no debía acercarse a mi casa, creía que había una plaga de doxys o algo así.

Ahora todos los demás rieron sin restricciones, porque el comparar a los estirados Malfoy con una plaga de doxys era ridícula. Al menos lo era en el caso de los hermanos Malfoy.

—¡Ese Ryo es todo un caso! —masculló Sunny, sofocada por tanto reír.

—¿Por qué le gustará Paula? ¡No se parecen en nada! —soltó Rose, intentando comerse la última galleta que Amy le había dejado.

—Son de Ravenclaw —comentaron de forma cansina Henry y Procyon.

Al oír eso, las chicas aumentaron su risa.

—¿Y por qué estarán tan animados? —inquirió Ryo por lo bajo.

Él y Amy se habían quedado en la sala de estar, no muy lejos del comedor, devorando con toda calma las galletas que ella le había quitado a Rose.

—No sé, pero el punto aquí es… —Amy respiró profundamente para darse valor —Conocemos a Danielle desde que teníamos cuatro años, Ryo. Sabemos que cuando hay un tema que no le gusta, puede ser tan… fría y arrogante como su padre y su madre juntos. Así que no te tomes muy en serio lo que dijo, ¿quieres?

—Puedo intentarlo —accedió Ryo, encogiéndose de hombros —Aunque tendré que escribirle a Paula unas líneas. Hay… algo que quiero preguntarle.

Amy no quiso ahondar en el asunto, a sabiendas de que su amigo ahora tenía cosas que no le contaría fácilmente a menos que fuera necesario.

Lo cual le recordaba una pregunta.

—Ryo, ¿a ti no te gustaba Danielle?

El aludido casi escupe el último bocado de galleta que le quedaba.

—¿A mí? ¡Crups, Amy, me sorprendes! —Ryo consiguió tragar para luego explicar con calma —Yo quiero mucho a Danielle, porque en cierta forma me recuerda a mi hermana, ¡de verdad! —añadió, al ver la incredulidad plasmada en la cara de la castaña —Claro, físicamente no se parecen nada, pero cuando están convencidas de algo luchan por ello y ponen una cara… —dejó escapar una risa ahogada —Sí, creo que en ese sentido, podría decirse que me gusta. ¿Ahora puedo saber, Amy Elizabeth Macmillan, a qué vino esa pregunta?

Sin embargo, la recién nombrada no hizo nada por contestar. Al contrario, esbozó una nerviosa sonrisa al tiempo que sus mejillas se coloreaban intensamente, antes de hacer sus largas trenzas a un lado y ponerse de pie.

—¿Qué, me vas a dejar con la duda? —quiso saber Ryo, intentando no sonar divertido.

—Sí, creo que sí —musitó Amy antes de dejarlo para regresar con el resto de sus amigos.

Pero Ryo, con los años que llevaba de conocer a la castaña, sabía que ella había preferido callar a soltar una explicación poco creíble, ya que era pésima mintiendo.

Además, esperaba hallarle algo entretenido al asunto cuando se dio cuenta que la cara de su amiga le recordaba terrible y adorablemente a la de alguien más.


22 de febrero de 2011. 9:40 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)

Ah… ¿Hola? Por favor, nadie intente amenazarme de muerte o algo por el estilo. Primero que nada, espero que todos hayan pasado un feliz San Valentín, ¡eh, a mí me dieron regalos! ¡Y eso que no esperaba nada! Así pues, les deseo lo mismo. Ya, concentrándome, finalmente les presento el siguiente capi.

Primero, fiesta, ¡claro, no podía faltar! Soy una ególatra, lo sé, porque la fecha es la misma de mi nacimiento, aunque actualmente falten como… ¿cuatro meses? Sí, como cuatro meses para mi próximo cumpleaños. El punto es que fue una reunión entretenida, con todo y que hice que Harry llegara fachoso por lo sucedido con Acab Nicté. ¿Para qué querrán a ese hombre, en primer lugar? Una de las muchas preguntas que dejará este capi, se los puedo asegurar. Lo mismo va para la actitud de Thomas (este alegre niño no deja de sorprenderme), la llegada tarde de los Malfoy (que esperaba desvelar aquí, pero no, mi cerebro no dio para más) y uno de las pocos desacuerdo que tienen Hally y Danielle: el novio de la primera (creo que después de esto, más fan's querrán que Hally termine con Corner… cosa que no sé si complacerles en esta entrega).

Y lo admito, la primera reunión de la renacida Orden del Fénix me dio más dolores de cabeza de los que creí. Y antes de que me pregunten: no, no se mencionaron a todos los que asistieron, solamente a unos cuantos y eso por da una idea de la magnitud de la organización y qué tan comprometidos estarán sus integrantes. Por lo pronto, Snape sí andará por allí, lo mismo McGonagall y varios de los que quedaron de la segunda guerra (¿ya había mencionado que Kingsley me cae genial?), pero en cuanto a los nuevos, hubo algunas alusiones: los amigos de los Cuatro Insólitos, los de Dean, los magos extranjeros… ¡Isa Hagen! Esta mujer se me coló, ¡lo juro! Porque vamos, se supone que ella y su hija no están en el país, lo que lleva a preguntar ¿dónde está Paula? Tendrán que hacer fila para saber la respuesta, ¡y hacerla detrás de mí!

Ya, dejándome de tonterías, ¿qué les parecieron los chismes de los niños? Y claro, una preguntita que seguramente algunos se hacían desde la primera entrega (yo tenía la misma duda que Henry, jajaja). ¡Cómo se conocieron Amy, Ryo y Danielle! Ay, hasta me da ternura imaginarme a esos tres de cuatro añitos. ¿A quién no? Y claro, lo que Amy le preguntó a Ryo también era una duda, aunque más mía que suya, pues creo que si has tratado a alguien por mucho tiempo, puedes acabar enamorado(a). ¿O ustedes qué opinan? Al menos aquí el Ravenclaw ha reconocido cómo ve a Danielle y le ha sacado (sin querer, por cierto) los colores a Amy, ¡a mí me late que nuestra pequeña Hufflepuff está enamorada! Aunque no se me ocurre de quién (sí, claro, como si no fuera la autora…).

Bueno, de momento los dejo, no sin antes pedirles (por enésima vez) un candidato para El Ermitaño (sí, sigo sin tener uno). El título de la presente entrega es, por si lo olvidaron, Los Arcanos Visionarios. A ver si completo la lista de personajes antes de terminar la entrega (siendo que quiero irme a un rincón a llorar por el poco interés de mis fieles lectores en esto). Y además, también pueden ir barajando teorías acerca de qué misiones tendrán los de la Orden del Fénix, quiénes pueden ser los integrantes que no se nombraron en la reunión (pero que sí estuvieron) y por supuesto, los asuntos sentimentales de mi queridísima Orden del Rayo.

¡Ah, y una cosa más! He creado un blog y por medio de él, hice un juego dedicado al día de San Valentín (que fue uno de los responsables para no terminar este capi antes). Si alguien gusta pasarse y leer las cosas que se me ocurren a veces, revise la página Web o Homepage de mis distintos perfiles y allí la hallarán. Ahí también mudaré la convocatoria de los Arcanos, lo mismo que al Twitter (sí, lo saqué por el último concurso de Potterfics, ¡donde por cierto, saqué el sexto puesto!). Todo sea por completar los personajes.

Cuídense mucho, disfruten que el frío se va (al menos en México se quiere ir) y que el calor no los asa (para mis apreciados fan's del otro hemisferio) y nos leemos… para el próximo mes, espero.