A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Tres: El Mago.

6 de julio de 2020.

Viena, Austria.

Casa de la familia Klaus.

Paula se aburría. Eso era raro, lo mismo que peligroso. Raro porque generalmente hallaba un entretenimiento cuando sentía que el tedio la invadía, pero cuando no encontraba una actividad satisfactoria, comenzaba de nuevo a sentirse harta. Y allí se volvía peligroso, porque se le ocurrían varias ideas no muy correctas para pasar el tiempo.

—¿Esto es café? —gruñó un muchacho de cabello castaño cenizo, que luego de servirse una taza, había hecho una mueca al dar el primer sorbo.

Paula, acomodada en el sofá de la sala con un libro en las manos, sonrió de forma gradual antes de mirar, incrédula, cómo el muchacho se terminaba la bebida.

—¡Abuela, tu café quedó muy amargo!

—No digas tonterías, Olaf —una mujer menuda, castaña y de vestido gris a cuadros entró en ese momento a la cocina, limpiándose las manos en un delantal azul —Y date prisa, que vas a llegar tarde al trabajo.

—Sí, ya —el muchacho se levantó y tomó su saco marrón del respaldo de la silla. Cuando notó que la mujer de gris le daba la espalda, miró a Paula y soltó —Nos vemos, saumensch (1).

La rubia le dedicó una mueca que apenas se vislumbraba por encima de su libro, pues ya sabía lo que seguía a continuación.

—¡Olaf, te estoy escuchando! ¡Ya vete a trabajar!

—¡Demonios, abuela! ¡A tu edad deberías estar más sorda!

—¿Qué dijiste?

Pero el muchacho masculló algo y abandonó la casa, no sin antes echarle una envenenada mirada a Paula. La chica lo vio de reojo hasta que cerró la puerta tras de sí.

—¿Cuándo entenderá? —la mujer, ya sin delantal, fue a sentarse a un lado de Paula —Y menos lo hará si contestas cada insulto de esa forma, liebchen.

—¡Abuela!

—Él quizá no se dé cuenta de todas las que le haces, pero yo sí. Por lo que te pido que intentes llevarte bien con Olaf y el resto de la familia.

—¿Y qué esperas que haga si no me han dirigido ni una buena frase desde que llegué?

Ante ese argumento, la mujer no pudo contestar.

Los Hagen no eran bien recibidos en el mundo mágico últimamente. Austria era de los pocos países que hizo una excepción con Karl y su pequeña familia, debido a que los conocían. Sin embargo, dada la actual situación, Isa no había querido volver a su casa en Viena, por lo que pidió a sus padres que las hospedaran a ella y a Paula durante el tiempo que estuvieran en el país.

Eso, desde el primer momento, causó discordias.

En las afueras de la ciudad, la amplia casa de tres plantas de los Klaus también era habitada por la familia del hermano menor de Isa. Él en un principio, Hans admiraba a su hermana la bruja, la que hacía cosas asombrosas con tan solo agitar una varita de madera o preparar un brebaje. Luego, acumuló un reclamo tras otro, sobre el hecho de que ella sí tuviera magia y él no, por lo que en la actualidad apenas se hablaban. Así, al llegar Isa y su hija a pasar parte de las vacaciones de verano, Hans no las recibió con los brazos abiertos. Dejó claro, desde un principio, que para él eran extrañas. Y lo mismo hicieron su mujer y sus hijos.

Con ese panorama, a Paula no le quedaba de otra más que portarse bien… en la medida de lo posible. Si algo le habían enseñado sus amigos era a no dejarse amedrentar, por lo que contestaba cada jugarreta con una propia. Sus tíos y primos eran poco diestros en reconocer cuando algo les salía mal sin explicación, pero por lo visto, la abuela Klaus tenía ojos en la nuca y oído ultra fino.

—Ya, liebchen, lo sé. Pero inténtalo, ¿sí?

Paula asintió. No se sentía capaz de negarle algo a su abuela.

Lieselotte y Alexei Klaus eran de los que se habían casado jóvenes, sufriendo por peligros sin sentido y sobreviviendo a base de voluntad de hierro. Eran prácticamente recién nacidos cuando la Segunda Guerra Mundial se desató, pero sus antepasados perecieron dejándoles ejemplo de tenacidad, bondad y el orgullo de sus raíces. Alexei contaba con parientes judíos en su árbol genealógico, lo mismo que Lieselotte, lo cual fue uno de los detalles que los unió. Sabían (aunque fuera de oídas) lo que era ser cazado injustamente por algo inherente a una persona. Y lo más importante: eran de esas parejas que sin importar los años transcurridos, se seguían queriendo.

Paula los admiraba. Se imaginaba que, de haber nacido magos, ahora mismo el abuelo iría de un lado a otro, convenciendo gente para que protegiera a su patria, en tanto la abuela haría lo que fuera para darle su apoyo. Pero aún siendo muggles eran personas dignas de confianza y lo que es más, con contactos: la abuela trabajaba de ama de llaves de uno de los ministros de la Nationalrat (cámara baja) del Parlamento, en tanto que el abuelo se codeaba con la crema y nata en su empleo como portero de la Ópera Estatal de Viena. A Hans los puestos de sus padres le parecían poca cosa, lo que causaba una de las usuales discusiones con Paula.

—¡Son dignos y todo un honor! —alegaba ella.

Pero por más que le explicara a su tío, la rubia sabía que no lo entendería. Hans Klaus era un burócrata, empleado de la Oficina de Relaciones Exteriores, y no se cansaba de presumir que gracias a su sueldo, la familia vivía holgadamente. O al menos lo hacían él y su familia, porque lo que eran su hijo mayor, hacía mucho que se había cansado de pedirle un aumento en el dinero que le daba y mejor se habían conseguido algún medio de sustento.

Quizá eso tenía tan malhumorado a sus primos, pensó alguna vez Paula. Eso y que ella, como bruja, tuviera posibilidades con las que ellos solamente podrían soñar.

Dejó sus pensamientos de lado cuando su abuela le pidió que la ayudara a cuidar a Johanna, así que dejó el libro en la mesita junto al sofá y se acercó a la cocina.

Allí, sentado en una silla alta de madera, estaba su prima menor, de apenas año y medio de edad. Johanna Georgette Klaus se llamaba así por sugerencia del abuelo, aún con las protestas de la madre de la criatura, que quería llamarla Marie Antoinette, como la reina francesa. El nombre era en honor a los dos compositores favoritos de Alexei Klaus, Johann Strauss I y Richard Georg Strauss quienes, por mera coincidencia, compartían apellido.

A Paula le gustaba el nombre de su prima, quien era la única en esa casa (aparte de sus abuelos) que no hacía malas caras cada vez que la veía.

Hascherl (2), ya vine —saludó Paula alegremente —¿Qué vamos a hacer hoy, eh?

A la niña le divertía ver los libros de su prima, porque las ilustraciones saludaban y le sonreían. Así que, de acuerdo a la rutina que se había forjado desde hacía unos días, Paula llevó sus cosas a la mesa y se puso a terminar una redacción de Cuidado de Criaturas Mágicas, aunque primero dejó que Johanna le acariciara el lomo a El Monstruoso Libro de los Monstruos para hacerlo ronronear.

—No deberías acercarle mucho ese libro, liebchen. Me asusta un poco.

—¡No pasa nada! Yo no dejaré que le haga algo a Johanna.

La niñita daba palmaditas, mirando el libro con interés, ya que llamaba su atención la imagen de curiosos pájaros revoloteando entre frondosos árboles.

—¡Ave, ave! —canturreaba Johanna.

—Mira, esa ave se llama fwooper. Vive en África. Hay de cuatro colores: naranja, rosa, verde lima y amarillo. Su canto enloquece a la gente. Y sus huevos…

—¿Qué le estás haciendo a mi hija? —espetó una mujer de cabello castaño recogido en una gruesa trenza. Estaba vestida para salir y llevaba de la mano a Wenzel, su hijo de once años, quien veía con curiosidad el libro de su prima —¿Y qué es esa cosa?

Señalaba el gran ejemplar que Paula estaba consultado para su redacción con una mueca muy desagradable en la cara.

—Es uno de mis libros —aclaró Paula, despreocupada —Debo terminar una tarea de…

—¡No me interesa! ¡Aleja esa cosa de mi niña!

—¡Bettina, por favor, solamente le enseña los dibujos!

Bettina Klaus les dedicó un mohín de desdén. A continuación, haciéndose la sorda, jaló de la mano a Wenzel y se marchó, azotando la puerta principal al cerrarla.

—¿Es tan malo ver mis libros? —se quejó Paula, sentándose de golpe.

—Claro que no —le aseguró su abuela cariñosamente —Sigan con lo suyo.

Paula asintió y mientras hacía su redacción, le mostraba varias ilustraciones a su prima, pero con mucho menos entusiasmo que antes.

Para el mediodía, la dichosa redacción estaba terminada y cuidadosamente guardada junto con el resto de sus tareas de verano, en la habitación que compartía con su madre. Luego, se decidió a jugar con Johanna, formando figuras con piezas de dominó que luego se dedicaban a tirar.

No había nadie más en casa. Todos estaban trabajando, hasta el abuelo, aunque él nada más debía vigilar que nadie se colara a los ensayos de las próximas funciones. Por lo general, concluía a temprana hora, porque tanto músicos como cantantes descansaban antes de las funciones.

Pero al llegar la hora de comer, todavía no estaba allí. Y Paula tuvo un mal presentimiento.


6 de julio de 2020.

Viena, Austria.

Teatro de la Ópera Estatal de Viena.

Igual que sus creadores y la ciudad que lo albergaba, la compañía musical conocida en alemán como la Wiener Staatsoper había tenido sus malas rachas. Una de las más crudas fue, sin lugar a dudas, la Segunda Guerra Mundial; aquellos que por su raza o ideología política eran el enemigo, únicamente tenían dos alternativas: huir o morir.

Sin embargo, eso se consideraba tiempo pasado. En la época actual, lo que le interesaba a la Ópera era dar espectáculos de calidad, sin importar qué sangre corría por las venas de sus artistas o qué era en lo que creían. La temporada de verano era de las más ansiadas por los vieneses, que siendo conocedores de la buena ópera casi desde que sabían andar y hablar, discutían qué tan bueno o malo era el cartel anunciado.

—¡Fidelio para la primera función de la temporada! Sí que quieren lucirse.

—Yo que la Staatsoper habría elegido Las Bodas de Fígaro. Es un clásico.

—¿Y qué me dicen de hacer El Caballero de la Rosa hasta agosto? ¡Strauss nunca falta en una temporada y lo han dejado casi al final!

—Al menos no se les ocurrió poner Madame Butterfly solamente por agradar a los japoneses.

—¡Agradar a los japoneses! Eso los habría insultado tanto como elegir Salomé en vez de Fidelio.

Comentarios como esos eran frecuentes desde la semana pasada y Alexei Klaus no podía más que sonreír en silencio y menear la cabeza, según coincidiera o no con la frase en cuestión. Su favorito en ópera era Strauss, sin duda, pero admitía que había otras obras igual de buenas de otros autores. Empero, él era un simple portero y no podía ponerse a discutir sobre la temporada con los miembros de la Filarmónica de Viena y la compañía, por más que hubiera pasado décadas entreoyendo las mejores melodías del medio.

—Buenos días, Herr (3) Klaus —saludó uno de los miembros de la Filarmónica a pasar a su lado con el estuche de su instrumento en las manos, un violín —¿Qué tal la familia?

—Muy bien, Herr Lorenz, ¿cómo van los ensayos?

El violinista levantó un pulgar antes de perderse de vista.

Poco a poco, el resto de los artistas fue saliendo del ensayo, seguramente a tomar algo antes de regresar a preparar la función de esa noche. El señor Klaus consultó su reloj y vio que él también se iría pronto con sus nietas. Sonrió levemente, imaginando que quizá podría pedirle a Paula que le enseñara uno de esos libros con imágenes móviles, cuando oyó un ruido justo en la dirección de donde provenían las personas del espectáculo.

Intrigado, puso el oído alerta, en tanto dos violonchelistas de la Filarmónica y una de las sopranos dejaban el teatro. Acto seguido, echó un vistazo y cerró la puerta tras de sí, yendo a averiguar qué era eso, que sonaba como pasos dados con firmeza un piso de madera. Pronto terminó de circular por los estrechos pasillos de los tramoyistas y llegó ante la pesada puerta del escenario, que también abrió y cerró con cuidado, ojeando su entorno. Nada, ni un alma. Recorrió esa parte a paso lento y al querer rodear las primeras filas de butacas, volvió a oír el sonido de pasos sobre madera. Venían de su derecha, de una de las sólidas paredes del teatro.

Creyó que se estaba volviendo loco, así que sacudió la cabeza un par de veces y se rebuscó en los bolsillos, por si aún le quedaba un cigarrillo. Halló uno y tanteó para sacar el encendedor y ya daba media vuelta cuando en el trozo de pared que había quedado frente a él ocurría algo.

Era como si lentamente, se abrieran hacia ambos lados un par de puertas corredizas.

El señor Klaus por poco deja caer el cigarrillo y el encendedor, los cuales guardó a toda prisa. Luego, regresó por donde había venido, pero en vez de abrir la puerta pesada que lo llevaría de vuelta a su puesto, se ocultó entrando a una de las primeras filas que conformaban los palcos, agachándose y a la vez, vigilando aquel punto abierto en la pared.

Algo le decía que no debían verlo allí.

Unas personas comenzaron a salir del hueco, cuyo interior dejaba ver un trozo de rojo y oro, colores que junto con el mármol, eran los dominantes en el lugar. Al llevar esos individuos largas túnicas encima, el señor Klaus no pudo evitar acordarse de su hija mayor, del esposo de ella, de las fotos que les enviaba de vez en cuando…

¿Acaso había una parte de aquel magnífico lugar que les pertenecía a los magos? La respuesta parecía más que evidente.

—… Y así están las cosas —decía uno de los individuos, cuya cara no se veía al traer puesta la capucha de la túnica. Su cuerpo era alto y tenía espalda ancha —Podremos hacerlo esta noche, al venir a ver Fidelio con Führer (4), porque luego habrá mucho trabajo.

—Entendido —dijo una voz más suave, femenina, de acento extranjero y con cierto toque sensual que le dio mala espina al señor Klaus —Muchas gracias por conseguir las entradas. Estuve arreglando algunos asuntos fuera y ya no pude hacerme cargo.

—De nada. No tenemos que rebajarnos a mezclarnos con muggles, liebring (5), contando con un área privada para nosotros. Pero claro, los austriacos creen que tratando igual a todo el mundo se librarán de cualquier mal.

—No se equivocan del todo, ¿o sí? —musitó una figura baja y masculina tras los otros dos.

El resto del grupo, que eran unas cuatro personas, rieron por lo bajo, con un tono burlón y despectivo que a cualquiera incomodaría.

—En ese caso, nos veremos a las siete en la Albertina. Queda cerca de aquí.

Los demás dieron su aprobación en susurros o con rápidas cabezadas y en secuencia, sonidos parecidos a pequeños estallidos acompañaron su desaparición del lugar.

El señor Klaus, en cuanto se aseguró de que no había nadie más, se enderezó y trató de controlar el temblor en sus manos. Entre toda esa rara conversación, había identificado dos conceptos que no le daban buena espina y que consideró prudente informar a su hija.

Uno de ellos, que Isa tuvo la amabilidad de explicarle, era esa palabra con la cual los magos se referían a personas como él, que no tenían magia.

El otro, dicho con una palabra que él podía comprender, hacía referencia a una persona no muy buena, con quien desgraciadamente, sus queridas brujas estaban emparentadas.


Estaba oscureciendo, aunque gracias al horario de verano todavía se veían rastros de luz solar en el poniente. Viena comenzaba a iluminarse con farolas, las luces de los autos y los anuncios de neón que algunos cafés habían adaptado para anunciarse a esas horas. Con todo, una de las cosas que más relucía era la joyería que las damas paseaban al ir de un lado a otro, sobre todo si eran esposas de políticos y altos funcionarios entrando a la ópera.

Isa Klaus había vuelto esa tarde de un encargo en el extranjero por parte del Ministerio de Magia austriaco, hallándose con que su hija ya había terminado sus tareas de verano y su padre llamándola aparte para hablarle. Pensó que quizá recibiría alguna queja (ya se imaginaba lo que Paula había tenido qué hacer para defenderse de sus tíos y primos), pero lo que escuchó era de índole completamente diferente. Sabiendo que era una oportunidad única, Isa dio vueltas por el pequeño despacho de su padre, sobresaltándolo un poco, mascullando en voz baja toda clase de planes, hasta que se le ocurrió lo más simple: asistir a la ópera esa noche. Los empleados del Ministerio siempre tenían unos cuantos palcos reservados, en caso de querer asistir; solamente tendría que llegar y pedir uno. El siguiente asunto era conseguir acompañantes.

—¿Puedo ir? —quiso saber Paula, emocionada, cuando al tomar una taza de café servida por su madre, Isa comentó con naturalidad que pensaba ir a la ópera —¡Anda, mamá! Papá prometió llevarme este verano, pero como no está…

La chica se había callado a la vez que apretaba los labios, pero Isa sonrió con indulgencia y asintió. ¿Qué mejor tapadera que una salida familiar?

—Entonces vamos —afirmó el señor Klaus, sorprendiendo a Isa —Y con algo de suerte, podré colarlas tras bambalinas —agregó, dando un sorbo a su propia taza.

—¡Eso suena bien! —se emocionó la señora Klaus, dejando la cafetera en la estufa y sentándose a la mesa, a la derecha de su marido —Herr Stallenbach acaba de irse de viaje a Carintia con toda su familia y no vuelve hasta dentro de una semana.

—Oigan…

—¡Llegamos! —saludaron a la vez Hans y Bettina, entrando a la cocina seguidos de cerca por Wenzel, quien se quitaba la gorra negra que llevaba.

—¡Ja! —exclamó Johanna, sentada en su silla alta.

En tanto Bettina se aproximaba a su hija, el señor Klaus le comentó a Hans sobre los planes de esa noche, tras lo cual se hizo el silencio. Enseguida, el rostro de Hans se contorsionó, furibundo.

—¿Vas a llevar a nuestros padres cerca de esos amigos tuyos? —le espetó a su hermana.

—En primer lugar, Hans, yo no los llevo, ellos se han unido —Isa les reprochó a sus padres con los ojos, pero éstos la ignoraron —Y en segundo lugar, no vamos con amigos míos. ¡Solamente pediré un palco en la parte mágica de la ópera! ¿Qué tiene eso de malo?

—¿Acaso no recuerdas cómo tratan a nuestros padres los que son como tú?

—¿No me digas que es eso lo que te ha tenido molesto todo este tiempo, aparte de no ser mago también? —dejó escapar Isa con acidez, esbozando una sonrisa sarcástica al ver la cara incrédula de su cuñada —¡Eso fue un caso aislado! Hay muchos idiotas en Durmstrang, ¿cómo iba a saber que los amigos de Karl de ese entonces dirían cosas tan desagradables? Y para que te enteres, hermanito, a mí me han llamado de todo. ¡Incluso dicen que soy una…!

—¡No, mamá, no lo digas!

Paula se había puesto de pie de un salto, harta de la pelea, pero al segundo siguiente su vista estaba fija en un punto a espaldas de su tío, observando algo que la sonreír maravillada.

—¡Wenzel! ¡Tu gorra!

El aludido, a causa de los nervios, dio un brinco. Era bien sabido que al niño no le agradaban las discusiones, pero eso no era importante ahora. Paula no dejaba de señalar la gorra en manos de su primo, que ahí donde él la sostenía, parecía desteñida.

—¡Eres mago! —saltó la pequeña rubia, rodeando la mesa y abrazando al niño, al tiempo que le revolvía sus cabellos, cortos y de un agradable tono castaño claro —¡Eso es parecido a los hechizos de cambio de color que he leído en la biblioteca del colegio! ¡Es estupendo!

—¡Wenzel! —exclamó su madre en tono de reproche.

Pero el nombrado, por primera vez desde que las Hagen estaban en esa casa, hizo caso omiso al llamado de su madre. Comenzó a dibujar una gran sonrisa en su rostro y le devolvió el abrazo a su prima, para alegría de sus abuelos.

—¿Ya estarás contenta, no? —espetó Bettina, dirigiéndose a su cuñada —¡Has contagiado a mi niño con tus rarezas!

—¡No seas ridícula! La magia no es una enfermedad, se nace con ella. Y Hans —Isa miró a su hermano con gesto conciliador —Si tú no puedes quererme a mí por ser bruja, ¿ya no vas a querer a tu hijo por ser mago?

Era como si a Hans lo hubieran golpeado, porque retrocedió un paso con expresión atontada. Paseó los oscuros ojos por sus padres, por su hermana, por su mujer, por su bebé, para finalmente fijarlos en Paula y Wenzel, que seguían abrazados y sonrientes. Poco a poco, él también sonrió.

—¿Tú me juras que no todos los tuyos piensan como… aquellos idiotas? —inquirió, dando unos pasos hacia Isa y tendiendo la diestra —¿Y que Wenzel podrá… ir a la escuela de magos?

—¡Hans! —se escandalizó Bettina, estrechando contra sí a Johanna, quien gimoteó en protesta.

—Tienes mi palabra, Hans.

—Entonces cuéntame a qué vamos a la ópera.

Sin poder contenerse e ignorando la mano extendida, Isa se abalanzó sobre su hermano, dándole un fuerte abrazo, un par de besos en las mejillas y una radiante sonrisa.

A Bettina no le quedó de otra más que retirarse indignada al piso de arriba, luego de devolver a Johanna a su silla alta porque había comenzado a llorar. Y fue curioso que en cuanto su madre se marchó, la pequeña se calmara como por encanto.

Después, ya calmada de su arrebato y de nuevo sentada a la mesa, Isa puso al corriente a Hans y la señora Klaus. Paula, al otro lado de la mesa con sus primos menores, no se perdía detalle, pese a que Wenzel, ahora encantado con la idea de ser mago, no paraba de preguntarle sobre lo que ella aprendía en la escuela.

—Entonces, ¿el causante de todas esas atrocidades es un mago? —se sorprendió Hans al oír, por vez primera, del Terror Rubio y sus seguidores.

—Por desgracia. Y todo lo que nos ayude a vencerlo es bienvenido.

Hans asintió con una sola cabezada.

Fue así como un par de horas después, la mayor parte de los habitantes actuales de la casa salió ataviado con sus mejores galas, con la desaprobación de Bettina, que tuvo que despedirlos porque le encargaron a Johanna (la niña era demasiado pequeña para llevarla). Se toparon en la puerta con Olaf, que recién volvía de su trabajo en un café a orillas del Danubio, a quien su padre le dedicó unas palabras en voz baja antes de dejarlo con cara de estupefacción.

—Ya le explicaré mejor cuando vuelva —aseguró Hans.

Pronto llegaron a la Albertina, colocándose a pocos metros de la estatua ecuestre que la adornaba, los adultos consultando su reloj para asegurarse de no llegar tarde y los niños, riendo y parloteando sobre magia, aunque en el volumen más bajo posible.

La Albertina, un museo reconocido, era un importante punto de referencia en aquella hermosa ciudad. En la era moderna, a los jóvenes se les enseñaba que las obras que resguardaba tenían mucha historia, por más que ellos usaran el edificio para encontrarse con sus amigos e irse a los antros. Los hombres de negocios podían dar indicaciones de varias direcciones a sus socios si les decían que estaban a equis calles de la plaza y claro, nadie en Viena se sorprendía cuando asociaban el lugar con la sede de la Ópera Estatal de Viena, que quedaba a un costado.

—No podremos distinguirlos entre tanta gente —masculló Isa al cabo de un rato —Será mejor que vayamos acercándonos, no sea que ganen los palcos del Ministerio.

—¿Tan segura estás de que alcanzarás uno? —inquirió el señor Klaus, que con un sencillo e inmaculado smoking negro, no se hacía a la idea de que hubiera sitios vacíos en la primera función de la temporada de verano.

—Claro. Lamento decirlo, padre, pero los magos vieneses no son muy amantes de la ópera.

Al matrimonio Klaus presente, así como a Hans, esa información los dejó anonadados. Si algo tenían en común los tres era el gran afecto (por no decir veneración) que sentían por la ópera.

Todos siguieron a Isa hacia el fabuloso edificio, que con sus intensas luces, hacía resplandecer las joyas de las damas y las mancuernillas de los caballeros, así como broches para el cabello y alfileres colocados en las corbatas. Algunos murmuraron por ver a dos niños allí, pero al segundo siguiente aprobaban el gesto: entre más jóvenes se instruyeran sobre la buena música, mejor.

—Por aquí —dijo de repente Isa, al terminar de subir una de las escaleras que conducía a los palcos más elevados.

—Pero Isa, por ahí no hay nada —argumentó Hans.

—Vienen conmigo, así que hay algo.

Nadie replicó ante eso. Avanzaron unos metros, dejando atrás a importantes miembros de la sociedad austriaca que ocupaban sus butacas y de pronto se toparon con un panel de madera en color rojo y oro, indicativo del final del pasillo. Isa se limitó a sacar con discreción la varita y golpear dos veces el diminuto dibujo de un águila dorada a la derecha del panel y en éste se abrió un hueco, lo que desconcertó por un segundo a Hans y a sus padres. Más cuando vieron que por él únicamente se veía un cuadro que representaba a una mujer finamente vestida al estilo del siglo XVIII, sentada en una sala elegantísima y rodeada de personas que, con ademanes pomposos, le dedicaban cumplidos y reverencias.

—Buenas noches —saludó Isa amablemente —¿Aún queda algún palco, Frau (6) von Trapp?

—¡Frau Hagen, un placer verla! —ante los asombrados ojos de los tres Klaus sin magia, la mujer del cuadro se movió, levantándose de su sillón y haciendo una inclinación —Pensé que no la vería en mucho tiempo, con las cosas como están…

—Sí, yo tampoco pensaba venir, pero es el inicio de la temporada y ya que estoy en Viena…

—¡Me alegra escucharla decir eso! Esos muggles han elegido bien, Fidelio es un clásico. ¿Decía que quiere un palco?

—Sí, por favor. Somos cuatro adultos y dos niños.

—¿Todos de los nuestros?

—No, tres de los adultos son muggles.

—Pero Frau Hagen…

—No se preocupe, Frau von Trapp, son mis padres y mi hermano. De hecho, mi padre trabaja aquí. Es el portero de la parte muggle del escenario.

—¡Haberlo dicho antes! —la dama del cuadro, inclinándose hacia su izquierda para mirar por detrás de Isa, sonrió aún más —¡Es un honor conocerlo, Herr Klaus! He oído mucho de usted, Herr Strauss tiene su cuadro en la planta baja, y a veces lo visito.

—¿Strauss? —musitó el señor Klaus con incredulidad.

—Sí, sí, un gran hombre, digno hijo de su padre, si me permite decirlo. No estuvo contento cuando supo que El Caballero de la Rosa será montada a finales de la temporada, pero…

Al señor Klaus parecía que iba a darle algo, por lo que Isa le recordó a la mujer del cuadro a qué habían ido, cosa que ella atendió enseguida desapareciendo por una orilla. Volvió al cabo de unos segundos, con la alegre noticia de que aún había un palco para ellos y haciendo otra graciosa reverencia, se hizo a un lado, como si los invitara a su propio ambiente.

Pero en realidad, cedía el paso al corredor tras el panel de madera, abierto cual puerta.

—Benditos sean los magos —musitó la señora Klaus en cuanto se recuperó de la impresión.

Isa sonrió y les pidió con un ademán que la siguieran.

El pasillo que se encontraron era similar a los de la parte muggle, con la diferencia de que allí la iluminación corría a cargo de las velas colocadas en candelabros dorados, en vez de lámparas eléctricas. Además, una cantidad considerable de elfos domésticos servían aperitivos y bebidas a los magos allí reunidos, lo que maravilló a los señores Klaus y a Hans, que jamás en su vida habían visto a esas criaturas.

—¿Qué puede ofrecerle Chomsky, Frau Hagen? —inquirió uno de los elfos, que por uniforme usaba una tela roja de bordes dorados, parecida a una toga, atada sobre su hombro izquierdo.

—Vamos a uno de los palcos del Ministerio. Llévanos un servicio de café y pasteles, por favor.

El elfo asintió con una sonrisa, hizo una reverencia y se desapareció con un chasquido.

—¿Puede comerse aquí? —preguntó la señora Klaus, incrédula.

—Si quieres, sí. Los elfos domésticos se encargan de todo. Además, los palcos cuentan con encantamientos silenciadores para que los muggles no escuchen nada anormal.

Al estar en sus butacas, forradas de terciopelo encarnado, los Klaus muggles se dieron cuenta de cómo estaban acomodados los palcos mágicos, intercalados con los que normalmente veían, para tener la mejor panorámica de las representaciones.

Esa noche, todo vienés que se preciaba estaba allí. Algunos de los asientos no eran nada baratos y varias personalidades reservaban con semanas de anticipación. Sin embargo, valía la pena.

Al menos en eso coincidían magos y muggles en Viena.

No tardaron en darse las tres llamadas y luego, el telón se alzó y se vio la réplica perfecta del escenario que Beethoven imaginó para componer la música de su única ópera. Y las voces elegidas para la valiente Leonora, el leal Florestán y demás personajes eran perfectas, las mejores que muchos recordaran en años.

En los entreactos, los muggles aprovechaban para pararse, estirar las piernas e incluso salir a los corredores para charlar con sus amigos y conocidos. Los magos, en cambio, podían incluso reír a mandíbula batiente en sus palcos si querían, y sabían que nadie los miraría mal. Así se divertían, entre comentarios afables y el eficiente servicio de los elfos domésticos, los cuales se sobresaltaron un poco ante la gentil sonrisa y las corteses palabras del matrimonio Klaus, reaccionando de forma tan graciosa que Hans no pudo reprimir la risa. Aunque él y sus padres se quedaron de piedra cuando Isa les explicó la razón de semejante escena.

—¿Cómo es que trabajan así? —se escandalizó la señora Klaus —¡Son casi esclavos!

—Depende mucho de las leyes del país donde vivan y los amos que tengan, madre. Pero sí, los elfos domésticos están atados a sus amos, deben obedecerlos y guardar sus secretos, entre otras cosas. Aunque debo decir que nuestro Ministerio les ha concedido algunas libertades.

Los Klaus (incluso Hans) negaron con la cabeza. Paula hizo una mueca, ya que aunque nunca había tomado muy en cuenta a los elfos domésticos, ahora notaba más su escasez de derechos. Tal vez le hacía efecto su amistad con Hally y sus ocasionales pláticas sobre el tema.

—Si nosotros tuviéramos un elfo, podríamos obligarlo a recibir sueldo —soltó la pequeña rubia de improviso, dejando escapar una risita.

Isa asintió ante el razonamiento de su hija y sus abuelos apoyaron eso con sendas cabezadas. Hans le halló lógica tras unos instantes y le revolvió el cabello a su hijo, quien sonrió.

Eso lo hablaron antes del tercer acto, tras escuchar cómo los niños se dedicaban a alabar la música y la historia. Era cierto que no entendían todo, pero captaban lo esencial y eso les bastaba.

Al menos así fue hasta que el telón, con todo y su soporte, cayó al escenario envuelto en llamas.


8 de julio de 2020.

Viena, Austria.

Hospital Mágico Amadeus, Plaza de San Esteban.

El nerviosismo de la sociedad vienesa había revolucionado a otros a su alrededor. No era un secreto que Europa estaba viviendo acontecimientos tan misteriosos como siniestros, pero el vivido en la Ópera Estatal de Viena atrajo de inmediato la atención. Más que nada porque había sido en un lugar público, con más de una centena de testigos y posibles sospechosos. Y, aunque no lo supieran, los magos creían saber quién era el culpable.

El Hospital Mágico Amadeus, más conocido como Amadeus Krankenhaus, estaba emplazado en un hermoso edificio de estilo gótico, disfrazado de construcción en remodelación en las cercanías de la Catedral de San Esteban. La entrada principal estaba de cara a la Stephansplatz (la Plaza de San Esteban), en pleno centro de Viena, por lo que cualquier mago o bruja podía llegar a él con facilidad, entremezclado con los muggles.

Sin embargo, ahora había muggles autorizados a entrar al hospital, para visitar a sus parientes.

Así lo hizo la señora Klaus aquel día, avanzando con pasos cortos pero firmes, con su nieta menor en brazos. A su lado iba Olaf, porque era su día libre y le ayudaba con una gran canasta redonda cubierta con una tela a cuadros rojos y blancos, mientras llevaba de la mano a su hermano.

Al principio, cuando su hija le había hablado de ciertos lugares mágicos, a la señora Klaus no le cabía en la cabeza cómo era que ella no se daba cuenta de ninguno. ¿Un nosocomio de seis plantas cercano a la catedral más famosa de la ciudad? Improbable, ¡prácticamente imposible! Pero al ir por primera vez la noche de la ópera, no pudo menos que maravillarse cuando ese edificio que nunca se acababa de remodelar se transformaba en uno con interiores inmaculados, magos vestidos con túnicas de un amarillo claro parecido al dorado y personas aquejadas de las más raras dolencias.

Olaf, por su parte, se había quedado intrigado cuando su padre se fue a la ópera tan campante con la hermana que afirmaba desconocer, pero lo que le había dicho al despedirse a toda carrera lo convencieron de que era lo correcto. Ahora podía mostrar toda la curiosidad que siempre había sentido por ese mundo al que pertenecían su tía y su prima sin sentirse mal por ello.

Y sabía que su madre estaría furiosa si lo oía decir eso en voz alta, pero seguro lo sospechaba, pues no lo vio muy disgustado cuando su abuela le pidió acompañarla al hospital de los magos. Al menos se había ido con sus amigas, así que no se enteró que llevaban a Wenzel y Johanna.

—Así que esto es un edificio mágico —comentó Olaf por lo bajo, mirando a su alrededor.

—A mí también me sorprendió —reconoció la señora Klaus, dirigiéndose a un mostrador a la derecha de la entrada —La próxima vez, ven a la ópera con nosotros. ¡El café allí es delicioso!

Olaf nada más asintió, siguiendo a su abuela, porque estaba un tanto distraído con un par de niñitos a los que les salía humo azul por las orejas.

—Buenos días —saludó una bruja de cabello rizado y cara de sueño, con la misma túnica amarilla que el resto del personal. Ya de cerca, se veía un emblema en la manga izquierda: una redoma en forma de nota musical llena de una poción dorada y atravesada por una varita.

—Buenos días, señorita. Venimos a ver a las Hagen y a los Klaus.

—Ah, sí, ¿pacientes del incidente de la ópera? —la bruja revisó unos pergaminos y de repente, arrugó el ceño —¿Dos brujas y dos muggles?

—Ah… Sí, sí —la señora Klaus aún no se acostumbraba al término para gente como ella, pero por su hija sabía que no era algo ofensivo, así que no se lo tomaba muy a pecho.

—Bien, entonces pueden pasar. Nada más deje que revisemos sus cosas, por favor.

La bruja señaló con un gesto la canasta que Olaf cargaba y casi al instante, un mago de túnica color vino se aproximó para examinar el contenido. Como eran comestibles, le asintió a la bruja del mostrador y ésta, reprimiendo un bostezo, les señaló las puertas dobles a su derecha.

—¿Por qué tanto alboroto? —quiso saber Olaf, enfurruñado —Ni que fuéramos terroristas.

—Ya te lo explicará Isa —fue lo único que dijo la señora Klaus.

Al abrir las puertas dobles, se hallaron con un amplio pasillo con puertas a ambos lados y en la pared de la izquierda, a pocos metros de la entrada, el hueco de una escalera. Tuvieron que subir hasta la tercera planta y de allí, ir hasta uno de los extremos del pasillo para finalmente, entrar a la pequeña sala reservada para las víctimas del suceso de la ópera.

—¡Madre! —saludó una mujer de corto cabello castaño cenizo, en cuyas manos había un montón de pergaminos —¡Por aquí!

La mujer estaba en una cama en la parte derecha de la sala, rodeada en ese momento por sillas ocupadas por unos heridos que se le parecían mucho.

—¡Ustedes dos! —soltó la señora Klaus con voz severa, refiriéndose a dos hombres con batas amarillas y vendajes en distintas partes del cuerpo —¿Qué hacen fuera de la cama?

—Charlábamos con Isa, querida —dijo el hombre mayor, con una tenue sonrisa —Estar aquí es muy aburrido, ¡y no nos sirven una buena taza de café!

—Sí, el café aquí es un asco —apoyó el otro hombre, más joven y con físico más similar al de Olaf y sus hermanos —Al menos lo compensan con sus postres.

—No han estado comiendo solamente postres, ¿cierto?

—Claro que no, madre —la mujer en la cama rió brevemente —Aunque el pastel Sacher que hacen aquí no tiene nada que envidiarle al original.

—En eso Isa tiene razón, cariño. Espero que puedas probarlo.

—¡Sí, abuela, pruébalo! Es exquisito.

La señora Klaus meneó la cabeza con incredulidad y buscó con la mirada una silla libre. La mujer de la cama, notando eso, tomó de su mesita de noche su varita mágica y con una floritura, hizo aparecer tres sillas de madera para los recién llegados.

—¡Eso fue genial, tía Isa! —musitó Wenzel, maravillado —¿Podré aprender a hacer eso?

—Sí, claro —Isa Hagen asintió y dejó la varita en la mesita nuevamente, regresando la vista a sus pergaminos —Vaya, no creí que Herr Altenberg estuviera tan agobiado por esto…

—¿Quién es ese hombre? —indagó Olaf, arqueando una ceja.

—Ah, el Ministro de Magia —indicó una chica de corto cabello rubio cenizo y ojos azules.

—Es decir, ¿es quien los gobierna a ustedes? —interrogó el hombre mayor.

—El mismo, padre. Como trabajo en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, he visto toda clase de extranjeros en estos meses, pidiéndonos licencias de residencia. Pero ahora Herr Altenberg está lidiando con desobediencia civil por parte del departamento. Después de lo de la ópera, mis compañeros se niegan a dar licencias.

—¿Y por qué hay extranjeros queriendo vivir aquí? —inquirió Olaf.

—No quieren vivir aquí, Olaf. Quieren refugiarse aquí. Muchos no cuentan con los medios para alejarse demasiado de Alemania, así que únicamente cruzan la frontera.

—¿Cruzan a su manera o a la nuestra? —se interesó de repente el hombre menor.

—Depende, Hans. Por lo general, los magos que llegan al país de la manera muggle, es porque son de familia no mágica, y conocen los procedimientos. El resto simplemente se aparece en las embajadas y solicita asilo. Pero con lo de la ópera…

Isa arrugó la frente, mostrando su descontento, por lo que la chica rubia le dedicó una sonrisa.

—Ya verás que todo sale bien, mamá —aseguró —En cuanto vuelvas a la oficina, podrás conceder todas las licencias que creas necesarias.

—Lo sé, liebchen, lo sé, pero mientras tanto, ¿a dónde van a ir los refugiados? En sus embajadas ya no tienen espacio y conseguirles permisos de tránsito también llevará un tiempo.

—¿Permisos de tránsito? —indagó Hans.

—Sí, se les conceden a los magos que solamente usan el país como escala en un viaje largo. Si Herr Altenberg no logra que la desobediencia civil pase, lo mejor sería concederles permisos de tránsito a los refugiados para que puedan quedarse aquí mientras consiguen una licencia en otro país. Pero tal como van las cosas, ni a eso podremos aspirar.

—¿Y si ayudamos un poco? —se le ocurrió de pronto a la señora Klaus, captando con eso las miradas de todos —En la casa hay habitaciones libres, ¿por qué no hospedar a unos cuantos?

—Madre, te lo agradezco, pero si Hugo o sus secuaces se enteran…

—Nada nos alegraría más que ayudarte un poco, Isa —intervino entonces el señor Klaus, deslizando los dedos de su mano derecha sobre el vendaje que tenía en el brazo izquierdo —No podemos hacer las mismas cosas que tú, pero si hay algo que podemos ofrecerles a los tuyos es un poco de hospitalidad y buena voluntad. Después de todo, también somos austriacos, ¿no?

—Querrás decir que también somos humanos, abuelo —indicó la chica rubia con gesto serio.

¡Aula! —soltó Johanna, mirando a su prima con las manitas en alto.

—¡Es verdad! Liebchen, te llegó una carta —la señora Klaus le entregó un sobre a la rubia —Y el ave no se ha ido del jardín trasero, así que creo que esperará la respuesta.

—¡Ya me lo imaginaba! —exclamó Paula Hagen, sonriendo ampliamente antes de hacer una ligera mueca y frotarse la mejilla izquierda —Creí que ya no me dolería si reía.

—Fue una herida fea, liebchen, y me alegra que no fuera hecha con una maldición —sentenció su madre con un gesto de reprobación, sin despegar los ojos de sus pergaminos.

—Lo tomaré en cuenta la próxima vez que te llamen de esa forma, mamá.

La respuesta de Paula, que había sido dada ágilmente (considerando que ella también leía) causó risas en el resto de sus parientes, quienes no tardaron en catar la comida que la señora Klaus había llevado. Las dos mujeres que ostentaban el apellido Hagen de verdad eran dignas de él.

Por más que Hugo Hagen dijera lo contrario.


8 de julio de 2020.

Londres, Inglaterra.

Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.

El pequeño salón del segundo piso de la mansión Potter era bastante transitado en esos días. Cuando algún miembro de la Orden del Fénix tenía información valiosa qué discutir, avisaba a los dueños de la casa para comentarlo en privado. Desde la primera reunión, el señor Longbottom había sido uno de quienes más iba, pues los datos que captaba en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional eran de suma importancia.

A menudo lo acompañaba Reese Jordan, que gustosamente se había convertido en su ayudante, (para infortunio de la señora Fisher, que quería librarse del chico). Reese estuvo encantado de entrar a la Orden en cuanto su actual jefe se lo propuso, más al llegar su padre dos días antes de la reunión y tener una importante charla en privado. Lee Jordan no pensaba regresar a Reino Unido; su vida en América marchaba a la perfección, pero los problemas de su tierra natal lo impulsaron a hablar el tema con su esposa y ella accedió a mudarse, con la condición de que sus dos hijos menores pudieran quedarse donde estaban, debido a los riesgos y a sus estudios.

—Ni por un segundo se me pasó por la cabeza que los chicos dejaran Mayflower (7) —había dejado escapar el señor Jordan, mencionando la escuela mágica norteamericana de sus hijos.

Así pues, Reese se había dividido entre el trabajo, la Orden y ayudar a sus padres a trasladarse. Fue sencillo, puesto que su padre tenía casa en el país, nada más debían limpiarla y acomodar algunas cosas. Ese día en particular el señor Longbottom lo había llamado a su escritorio con el pretexto de poner al día su agenda, pero le encomendó en susurros que durante la hora del almuerzo, fuera al Salón General (como apodaban al salón de la mansión Potter desde que la Orden del Fénix renació) a recibir un encargo. Reese alzó la diestra hacia su frente, imitando un saludo militar muggle, y sonrió por toda respuesta.

Ahora, ya en el citado salón, Reese lo observaba con ojo crítico. Era una habitación de color claro, ventanales largos y en general, daba una sensación poco usual, mezcla de seriedad y paz. El sitio adecuado para lo que hacía la Orden, sin duda.

De repente, la chimenea de la estancia se encendió y de las llamas esmeraldas, brotó la figura de una mujer de cabello oscuro, rasgos orientales y una túnica azul marino. Cargaba un paquete grande, cuadrado y en cierta forma, delgado.

—Buenas tardes —saludó la mujer, sonriendo levemente —¿Quién lo envió?

—El señor Longbottom, señorita…

—Señora Weasley–Mao —corrigió ella, apoyando el paquete que llevaba en la pared más cercana —Tú debes ser Reese Jordan, ¿cierto?

El joven de tez bronceada asintió enérgicamente con la cabeza.

—John me ha contado de ti. ¿Conoces a mi marido, no?

Reese asintió de nuevo, arqueando una ceja. Aún no perdonaba del todo a los Insólitos que se habían casado, pues no había sido invitado a ninguna de las bodas.

—Bien, si fueras tan amable de ayudarme… Colgaremos esto en la pared tras la cabecera.

El muchacho sacó la varita y agitándola, hizo que el paquete de la recién llegada levitara, para que así ninguno de los dos tuviera que cargarlo. A continuación, lo guió para colocarlo donde le habían dicho, siguiendo las indicaciones de Sun Mei Weasley-Mao.

—Así, así… Un poco más a la derecha… ¡Perfecto! —Sun Mei asintió firmemente con la cabeza, para acto seguido sacar su varita —Ahora, hay que desenvolverlo. Con mucho cuidado.

—¿De qué se trata, eh? —preguntó Reese con auténtica curiosidad —John me contó que eres artista. Y profesora en Hogwarts.

—Exacto. Soy pintora y profesora de Arte Mágico. Gracias a eso hice una excelente copia.

Al observar la ceja arqueada de su acompañante, Sun Mei rió brevemente y aclaró.

—Se trata de la copia de un retrato mágico de Hogwarts. Lo pidió la profesora McGonagall.

—¿Un retrato de su colegio? ¿En serio es posible copiar uno?

—Sí, lo es, aunque sumamente complicado. Se deben conocer los hechizos correctos, así como el manejo del óleo y los colores. No es como tomar una fotografía.

Ante eso, Reese no pudo sino admirarse, aunque procuró no demostrarlo. En cuanto los Cuatro Insólitos lo vieron en el país, lo saludaron con entusiasmo y al ponerlo al corriente de sus vidas, los halagos hacia la esposa de John se habían centrado en su inteligencia y su talento. Lo había creído nada más por oírlo de boca de aquellos cuatro primos Weasley, pero el ver la entrega que Sun Mei ponía a ese encargo era la confirmación.

El paquete, cubierto por varias capas de papel de estraza y un par de lienzos de lino, finalmente reveló ser un cuadro con elaborado marco de madera con pátina dorada. Mostraba un fondo de cortinajes rojos y oscuros, aparentemente poco iluminadas, y el respaldo de una butaca de tela de algodón estampada. Al centro de la parte inferior del marco, una placa rezaba en letras negras un nombre que Reese le había escuchado pronunciar a su padre con un enorme respeto.

—¿Profesor? —llamó Sun Mei, mirando fijamente al cuadro y con la varita sujeta con cierta dureza —¿Puede oírme? Estamos en el Salón General de la Orden del Fénix.

—¿Salón General? Es un nombre bastante adecuado —respondió una voz masculina, pausada y cordial, desde el lienzo —¿Con quién tengo el gusto, señorita?

Pronto apareció el ocupante de aquel cuadro, un mago de larga barba blanca, lentes de media luna,, nariz torcida y ojos azules de mirada penetrante, aún para ser una pintura. La imagen solo le confirmó a Reese que la placa del retrato no mentía.

—Soy la señora Sun Mei Weasley–Mao —se presentó ella, haciendo una reverencia —Es un placer conocerlo, profesor Dumbledore, al menos de esta manera.

—Igualmente, señora —Albus Dumbledore esbozó una pequeña sonrisa —¿Weasley–Mao, eh? Ya había oído su nombre anteriormente. Primero como alumna de Ravenclaw y ahora… ¿Profesora de Arte Mágico, si no me equivoco?

—En efecto.

—Al menos sigo teniendo una buena memoria. ¿Y el joven es…?

Los ojos del personaje del retrato se fijaron en el otro presente, quien dio un respingo.

—Mucho gusto, señor Dumbledore. Soy Reese Jordan, señor. Mi padre es…

—No te molestes, muchacho, me pondrán al corriente en poco tiempo —cortó amablemente el retratado —Debo felicitarla por el excelso trabajo que ha hecho, profesora Weasley–Mao.

—Muchas gracias, profesor. Lo he hecho con gusto.

—Me alegra. Su asignatura nunca se me pasó por la cabeza mientras fui director, supongo que confié en que si un alumno tenía talento artístico, éste saldría a la luz por sí solo. Ahora, ¿tiene algún mensaje para mí o solamente fui requerido para saber si mi retrato es adecuado?

—Un poco de las dos cosas, profesor. Reese, ¿no envió nada el señor Longbottom?

—Ah, no —el aludido contestó de manera apresurada —Solamente me pidió venir para recibir un encargo. Supongo que era esto, ayudarte con…

—No, no, yo sabía que vendrías, pero como nadie más en la Orden está especializado en Arte Mágico, esto se me encomendó en solitario —Sun Mei señaló el cuadro —¿Qué será lo que…?

No tuvo tiempo de concluir la pregunta. El sonido característico de una aparición los sobresaltó por un segundo, haciendo que enseguida aferraran las varitas con fuerza. Únicamente se relajaron al ver de quién se trataba.

—¡Vaya, Frank! —exclamó de forma ahogada Sun Mei, al identificar al primo mayor de su marido —¿Qué te trae por aquí?

—Un recado —el pelirrojo recién llegado se sacudió la túnica que, bien vista, estaba empolvada —¿Eres Reese Jordan, hijo de Lee Jordan, ahijado de Fred Weasley y ex–alumno de Mayflower?

—Sí, lo soy —contestó el otro, admirado de que Frank fuera tan específico.

—Acostúmbrate, de esa forma verificamos identidades —señaló Frank con aspereza, para acto seguido sacar un sobre de pergamino y entregárselo —Esto es para tío Neville, debes entregárselo en persona, nada de dejarlo en su escritorio para que lo lea o algo por el estilo.

—Oye, Frank, ¿ha pasado algo?

—Sun Mei, ¿leíste los periódicos? ¿Lo que pasó en Viena?

—Sí, los leí. ¿Eso qué…?

—Creemos que el Terror Rubio va tras el rompimiento del Estatuto Internacional del Secreto.

Eso dejó a los otros dos anonadados.

—Además, hay un asunto que debo tratar con el ministro McGill, por lo que estoy solicitando una entrevista con él —Frank señaló el sobre en manos de Reese —Vendré después, a explicar a detalle, pero la reunión de la Confederación es prácticamente un hecho.

—¿Eso te puso así? —quiso saber Sun Mei, indicando con un ademán la túnica del pelirrojo.

—No, no. Poco antes de salir de Francia, yo… Tuve que ayudar a un amigo con algo y… ¿Han oído hablar de los Lumière?

El apellido no le decía nada a Sun Mei ni a Reese, pero Dumbledore se aclaró ligeramente la garganta, llamando la atención de los presentes.

—Los Lumière son magos franceses con una interesante y cruda historia —dijo con voz seria, como quien da una cátedra particularmente importante —Entre otras cosas, son custodios de objetos mágicos que no se usan desde hace siglos, debido a las desgracias que provocan.

—¿Y qué objetos son esos? —preguntó Reese, curioso.

—Eso, mis estimados jóvenes, es algo que no debería decirles sin saber cómo están las cosas.

—Podemos avisarle a alguno de los mayores que necesita información —Sun Mei pescó la idea al vuelo —Así le darán las últimas noticias.

—Se lo agradecería mucho, profesora Weasley–Mao. De preferencia, que vengan los Potter y Ronald Weasley. Tienen experiencia en este tipo de situaciones.

Sun Mei asintió, aunque tanto ella como los otros dos sentían ganas de enterarse de qué pasaba. Pero no iban a obligar a uno de los mejores magos de todos los tiempos a hablar.

Mientras tanto, Frank se despidió y se desapareció, con el mismo semblante apurado con el cual había llegado. Lo cual, sin proponérselo, hizo que Sun Mei y Reese se preocuparan por él.

Y por lo que significaba que el Régent de Francia quisiera hablar con Edmund McGill.


(1) Saumensch es una palabra en alemán que se usa para censurar o humillar a una mujer. El principio, sau, hace alusión a los cerdos.

(2) La palabra hascherl es un apelativo que en alemán significa cariño.

(3) El tratamiento Herr en alemán es como decir Señor en español.

(4) Führer, en alemán, quiere decir guía o jefe. Fue uno de los títulos otorgados a Hitler cuando estuvo en la cima del poder.

(5) El vocablo liebring, en alemán, quiere decir cariño y se usa como apelativo.

(6) El tratamiento Frau, en alemán, es para dirigirse a las señoras casadas.

(7) Mayflower (que en inglés significa literalmente flor de mayo) fue el nombre del barco que transportó a los Peregrinos de Inglaterra hasta lo que actualmente es Estados Unidos.


9 de marzo de 2011. 1:15 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Bueno, ¡saludos, mis lectores y lectoras adorados! A ver, ¿cómo les fue a las damas ayer, Día Internacional de la Mujer? A mí… Normal, salvo que compré tela para cierto vestido que estrenaré cierto día del mes entrante, donde cierta hermana mía (la única, de hecho) se casará.

Dejando de lado mi vida personal, pasemos al capi.

Según yo, prácticamente estaba terminado de madrugada, como a la una (sí, hace unas doce horas), pero me faltaba una revisión y un par de frases finales. Así que está ahora. Y estarán leyendo esto hasta que tenga un pedazo del capi que sigue, ya saben, mi nueva política para no dejarlos mucho tiempo esperando.

Como habrán notado, casi todo transcurrió en Viena, una ciudad preciosa, aunque no lo pueda decir por conocerla en persona, sino por toda la labor de documentación que hice, tanto para los escenarios como para expresiones. El alemán es el idioma oficial de Austria, aunque con ligeras diferencias, por lo que aquí los ilustro con algunos términos. Y sí, soy mala por dejarlos con la intriga de qué pasó exactamente en la ópera para que incluso haya muggles en el hospital mágico vienés, pero se los dejo de tarea: den sus teorías, a ver cuál se acerca a la verdad. Sin embargo, creo que a Ryo le dará un ataque cuando sepa que su novia fue hospitalizada por estar en medio de… lo que pasó en la ópera (sí, soy mala y no diré nada).

Lo que le da título al capi, la parte final, se me ocurrió en el instante en que tuve el título. ¿Alguien entendió? Lo sé, a veces soy pésima explicando. Otra vez, pero de otra manera: cuando decidí que el capi se titularía El Mago, supe que debía aparecer Albus Dumbledore de una forma u otra, ya que en mis Arcanos Visionarios, él representa al Mago. Y sí, aquí estoy dando una pista sobre futuros capítulos (más que nada, sus títulos y apariciones de personajes), pero por como son mis amados fan's, seguro pocos lo notarán.

Solamente espero que por favor, avancemos con los Arcanos. Sigo en El Ermitaño, y a este paso supongo que tendré que hacer unos cuantos cambios en las reglas. Así pues, les diré que normalmente este Arcano significa prudencia, paciencia, austeridad, conocimiento, consejo, maduración en su posición normal y reclusión, timidez, retraso, inmadurez, fanatismo, secretismo si sale invertida. Así pues, ¿qué personaje creen que sea la imagen adecuada para ser El Ermitaño? Pónganse a votar en un comentario al presente capi, en mi Face, en mi Twitter, en mi blog (en la entrada que hallarán en cuanto este capi esté en línea)… ¡En donde sea! Pero ayúdenme.

Ya, me paso a retirar de momento. Cuídense mucho, feliz inicio de primavera/otoño (según su respectivo hemisferio) y nos leemos pronto.