A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Cinco: Uniones bendecidas.
25 de julio de 2020
Londres, Inglaterra.
Oxford Street, terraza de la casa de la familia Kreisky.
La popular Oxford Street no puede dejar de visitarse cuando se está en Londres. Al menos eso dirían las personas que, entre otras cosas, desean adquirir alhajas de calidad.
—Lástima, hoy está cerrada.
Un par de señoras con grandes bolsos y vestimenta elegante pasaron frente a un sencillo local que anunciaba con un cartel la palabra Cerrado en góticas letras marrones. Era, en comparación con sus vecinos, un negocio diminuto, pero contaba con buena prensa entre los conocedores. Aún con el nombre tan inusual que ostentaba su letrero, colocado sobre la entrada principal y escrito igualmente con letra gótica.
—De todas formas, ¿quién llama Babel (1) a una joyería? —desdeñó la otra señora.
—Judíos —le respondió su compañera, haciendo un mohín.
La otra asintió, dándole la razón en cuanto a pensar que los judíos eran (al menos ante sus ojos) un montón de extraños. Acto seguido, ambas decidieron visitar otro establecimiento, a dos cuadras de allí, refunfuñando porque, lo admitieran o no, querían entrar a Babel a curiosear.
Pero no lo harían ese día. Tanto la joyería como la angosta puerta a la derecha, que llevaba a la casa instalada en la planta alta, estaban cerradas a cal y canto. Al menos para los no estuvieran invitados al evento que se llevaría a cabo en pocas horas.
—Eso, haz la cabeza hacia atrás para acomodar esto y terminamos.
Mindy Whitehead estaba en su elemento, sonriendo con verdadero deleite ante las posibilidades que ofrecía su actual clienta.
—¿Segura que no necesitas que haga algo más? —preguntó con voz suave una rubia de ojos grises veteados de azul, tocándose uno de los rizados mechones que le caían sobre la frente.
—No, no, así está bien. Esto de arreglar a una metamorfomaga es lo máximo.
Mindy dejó escapar una risita, en tanto la rubia miraba el reflejo que le ofrecía el espejo delante de ella, como si contemplara algo poco interesante.
—¿Puedo pasar? —quiso saber una joven de cabello oscuro y ojos azules, asomando la cabeza por el hueco de la puerta entreabierta.
—Claro, ya casi acabamos.
La recién llegada entró, dejando ver que lucía una túnica de gala azul con una abertura lateral que dejaba ver gran parte de su pierna derecha.
—Ah, la túnica del Baile de Navidad —comentó la rubia con voz ligeramente soñadora.
—Sí, espero que no te importe. Como hay azul por todas partes…
—Parece que a Nigel le encantó la idea de combinar blanco con azul. Dice que ese color lo apacigua. ¿Crees que deba ponerme los ojos completamente azules?
—Olvídalo, Mara. A él le encantan tus ojos tal como son.
La rubia, por primera vez en el día, mostró una sonrisa radiante.
En tanto, en la cima del edificio, una modesta terraza estaba engalanada con adornos blancos y detalles azules aquí y allá. En las cosas azules se contaban diminutas flores que llenaban jarrones, macetas colgadas a ambos lados de la carpa montada al centro de la terraza (de tela a rayas blancas y azules, claro) y el ojal de un moreno con una túnica de gala negra bastante peculiar, ya que si uno la veía de cerca, podía notar las diminutas enredaderas azules que estaban estampadas en la tela.
El moreno, por cierto, no dejaba de dar vueltas en todas direcciones, procurando que todo estuviera en orden y revolviéndose de vez en cuando su castaño cabello.
—Sigue haciendo eso y no saldrás bien en las fotografías —regañó un pelirrojo, ataviado con una túnica azul marino.
—Dean, no me vengas con eso ahora.
—¿Se puede saber qué te pasa, Nigel? Es tu boda, deberías estar feliz.
—Lo estoy.
—No se nota.
Nigel Thomas detuvo sus paseos en la orilla de la terraza que daba a Oxford Street, mirando a los transeúntes muggles que circulaban en esa vía, pero sin verlos en realidad.
—Mara no es normal —dijo de pronto.
—¿Disculpa? —soltó Dean Longbottom, incrédulo. ¿Quién era ese y qué habían hecho con su mejor amigo? —¿A qué viene eso?
—No me malinterpretes —pidió Nigel enseguida, por lo que el otro torció la boca, conteniendo sus palabras —En realidad, es parte de su encanto. Nunca hizo las cosas como la mayoría de las personas, ¡por Circe, estaba en Ravenclaw! —increíblemente, con ese intento de broma Dean supo que su amigo trataba de exponer su punto con la mayor seriedad posible —Hasta el detalle de que sea metamorfomaga es poco común, pero… ¿Sabías que las profecías existen?
El pelirrojo hizo una mueca, mostrando así su inconformidad.
—¿Dean? —llamó Nigel, curioso.
—¿Así que te lo dijo, eh? Me estaba preguntando hasta cuándo…
—¿Tú lo sabías?
Nigel se veía asombrado y, en cierta forma, ofendido.
—No a propósito.
Acto seguido, Dean le contó, finalmente, lo que Mara había predicho acerca del nacimiento de los hijos de sus primas Frida y Gina. Cuando terminó, Nigel regresó su vista a los muggles en la calle, con la frente contraída en un gesto de concentración absoluta.
—¿Por qué no me lo contó antes? —inquirió finalmente, dejando escapar un suspiro —De no ser porque me tocó escucharla una vez, creo que no me lo habría explicado.
—¿La escuchaste? ¿Y qué dijo?
—No entendí bien, algo sobre… Lobos extranjeros y… muchos colores —Nigel agitó la cabeza —Me pidió que no me preocupara, que la mayoría del tiempo le salían ese tipo de frases. Pero que el resto del día lo pasara encerrada en su cuarto no fue agradable.
Dean arqueó una ceja. ¿Qué clase de profecía podía incluir lobos extranjeros y muchos colores? No tenía la menor idea. Aunque claro, hasta la fecha, seguía sin saber exactamente a qué se había referido la rubia con las palabras que hablaban de sus sobrinos.
—¿Y eso te molesta? —se decidió a preguntar el pelirrojo —Porque déjame decirte que…
—No me molesta, es que… Sabes lo que la gente puede pensar a veces, ¿qué pasaría si alguien lo divulgara? Podrían tratarla mal. O querer aprovecharse de ella.
Ah, con que ese era el problema. Dean meneó la cabeza, sin poder ocultar una tenue sonrisa.
—Eres idiota —soltó, dejando a Nigel más confundido —En primer lugar, hay gente que lo sabe y no ha hecho nada malo en contra de Mara. Yo, por ejemplo.
—Pero tú nunca…
—Exacto. Yo nunca caería en la tentación, no me interesa. Y por lo visto, a las otras personas que se han enterado tampoco se les ha ocurrido. Además, en dado caso que se hiciera público lo que ella puede hacer, ¿qué crees que haríamos Janice y yo? ¿Permitir que la pase mal?
Al oír eso, Nigel sintió que se quitaba un peso de encima. Aún así, seguía intranquilo.
—¿Crees que sea posible pedir que… en caso de ser necesario… la Orden pudiera…?
—Por supuesto. McGonagall sabe lo de Mara, así que no la dejará sin protección.
El otro no pudo evitar sonreír con indecible alivio.
La ceremonia fue tranquila y sin sobresaltos. No había mucha gente, si acaso los familiares y amigos más cercanos a los novios. Como bien había señalado Nigel, el tiempo para organizar la boda fue poco y debía agradecerse lo que se había conseguido.
La familia de Mara era un conjunto de lo más pintoresco, tomando en cuenta que su padre era hijo de muggles; sus respectivos padres y hermanos no dejaba de mirar con verdadero asombro los detalles mágicos a su alrededor. Por otro lado, la madre de Nigel era famosa y aún recién llegada de Mónaco, pudo tomarse la libertad de invitar a unos cuantos amigos, entre modelos y colegas diseñadores, con lo cual los otros magos presentes no dejaban de cuchichear. Y finalmente, de los amigos de los novios, había una ausencia que, aunque justificada, no dejaba de causar desasosiego.
—Omie, ¿cuándo vuelve Reggie? —indagó Janice en cuanto varios se acomodaron en las mesas redondas distribuidas en la terraza, alrededor de la pequeña pista de baile.
—No tengo idea, ya ves que llegué con la señora Thomas —admitió Naomi Walker, ataviada con una brillante túnica de gala de satén color salmón —¿Cillie?
—Lo último que me escribió venía de Transilvania —respondió Priscilla Lindgren, alisándose las mangas de su túnica de gala verde esmeralda —Se demoró para confirmar los rumores sobre una nueva criatura mágica, y esperaba acabar con eso justo a tiempo para venir.
—Con que no la haya demorado otra cosa… —suspiró Omie por lo bajo.
—Ya, tranquila, seguro está bien —Jerry Burgess, vestido de color vino, tomó la mano de Omie que estaba sobre la mesa —Sabes lo que dicen, que si no hay noticias son buenas noticias.
—Sí, claro…
Janice les dedicó una sonrisa antes de dejar esa mesa y encaminarse a la propia, que se hallaba a la izquierda de la principal. Allí, Dean conversaba con sus padres.
—Es hora de bailar —le dijo al chico, tomándolo de un brazo.
Él no se hizo del rogar y se dejó llevar.
Nunca faltaban los que se la vivían criticando a los demás, por lo que no fue sorpresa oír que era evidente la razón del matrimonio, a juzgar por los reposados movimientos de Mara y el vestido que había elegido, uno de encajes blancos y celestes que dejaba caer la parte inferior por debajo del busto. Sin embargo, casi nadie lo decía abiertamente: como también se supo luego, el novio había diseñado su propia túnica de gala, lo que les recordaba con quién había emparentado esa rubia.
—Imbéciles.
Nigel dejó escapar eso por lo bajo al pasar por una mesa repleta de parientes muggles de Mara, que no veían con buenos ojos todo aquello. ¿Y a ellos qué les importaba? Peor hubiera sido que él se hiciera el desentendido, ¿no?
—¿Pasa algo malo? —le preguntó Mara en cuanto él se sentó a su lado, en la mesa principal.
—No, nada —la calmó Nigel, sonriéndole.
—He estado pensando en el segundo nombre —reconoció la rubia sin venir a cuento, pero Nigel estaba tan acostumbrado a su forma de hablar que escuchó sin protestar —¿A tu madre le importaría que fuera Calvin?
—¿Calvin? —Nigel frunció el ceño, pensando con detenimiento —¿Tan segura estás de que será un niño? ¿Qué tal si es niña?
—No lo será. Al menos no él —Mara posó una mano en su vientre, que apenas empezaba a ser notorio —Se pone contento cuando lo llamo Nathaniel.
—¿Sí? Quisiera sentir eso…
—Lo sentirás —aseguró ella con una firmeza tal que Nigel no lo puso en duda —¿Entonces qué te parece? ¿Suena bien?
—Nathaniel Calvin Thomas… Sí, me gusta. ¿A tus padres no les importará?
—No. Y diciéndoles que ya tenemos un nombre, no darán sugerencias como Job, Moisés, Isaac, Gabriel, Esaú y algunos todavía más raros.
—Pero querrán sugerir alguno por si es niña.
—Podemos escucharlos y quizá, si después tenemos una niña, usar uno. Quizá.
—A mí me gusta Ruth.
La intervención, venida de su derecha en boca del señor Kreisky, los tomó por sorpresa.
Nigel, desde que había conocido oficialmente a la familia de su ahora esposa, supo enseguida que ella había sacado casi todo de su padre. El hombre era rubio, alto, delgado, de inteligencia admirable y un aire de misticismo inconfundible. Se dedicaba al comercio de joyas por tradición familiar, pero de vez en cuando ofrecía sus servicios a los magos y, en raras ocasiones, a los duendes de Gringotts con los que su esposa trabajaba.
—Padre, no se oye bien en una niña llamarse Ruth Thomas —aseguró Mara sin alterarse.
—Cierto. Es que de haber tenido otra niña, tu madre y yo la hubiéramos llamado así
Los Kreisky, además de Mara, tenían otros dos hijos varones.
—¿Entonces qué te parece Sarai? —insistió el señor Kreisky con una ligera sonrisa divertida.
—Padre, hablo en serio: mi bebé será un varón.
—Lo sé, lo has repetido hasta el cansancio, Mara. Pero nada pierdo con dar mi opinión.
Nigel observó la interacción de padre e hija, sonriendo, antes de poner discretamente una mano sobre la que Mara aún apoyaba en su abdomen. Como signo de reconocimiento, sintió un golpecito de parte de la criatura que estaba debajo.
No dejaba de maravillarlo la idea de un bebé, su bebé, creciendo en el interior de Mara. Cada vez que se tocaba el tema, le brillaban los ojos y agradecía infinitamente que los padres de ambos los hubieran apoyado para casarse y darle un hogar al niño. A él le iba bien en el Ministerio, Mara llevaba la joyería con la misma dedicación que su padre en espera de asumir la plaza otorgada en el Departamento de Misterios y los Kreisky, que se habían mudado a su casa en Sussex, iniciaron lo que podría considerarse una sucursal de Babel: una joyería mucho más pequeña y modesta, pero igual de bonita, a la que habían llamado Betel (2).
Miró a su alrededor y confirmó que, pese al caos que había resultado organizarlo todo, casarse no había sido mala idea.
29 de julio de 2020.
Londres, Inglaterra.
Número 12 de Grimmauld Place.
Procyon estaba consciente de que ese año, su cumpleaños sería fuera de lo normal. Todo por el simple hecho de que lo organizaba su abuela.
Magnolia había hecho arreglos para que Grimmauld Place luciera como una señorial mansión y no como la lúgubre casona que fue en sus años de abandono. Para eso, Kreacher había ayudado, y tanto trajinó por todos los rincones que ni tiempo le daba para maldecir a su actual ama.
Casiopea y Jim, a base de ruegos y unos cuantos favores, consiguieron el día libre. Despertaron a su único hijo con un coro de Feliz Cumpleaños antes de llenarlo de abrazos, besos y regalos. El mejor regalo de su madre fue una chaqueta nueva, en tanto su padre, entre otras cosas, le había conseguido un ejemplar de la Guía Práctica Contra las Artes Oscuras para Principiantes.
El libro, por cierto, curiosamente le recordó que su amiga Paula finalmente había regresado al país e iría a la fiesta. Sería la oportunidad perfecta para que les contara lo de ese espantoso suceso en la Ópera Estatal de Viena y de paso, calmaría a un Ryo Mao bastante nervioso.
Los invitados empezaron a llegar alrededor de las dos de la tarde. Eran recibidos por Casiopea, que les sonreía alegremente aunque lucieran de lo más extravagantes.
—¿Cómo estás, prima? —la aurora Tonks, que ese día se había dejado los ojos grises y el cabello negro, lacio y brillante, sonreía ampliamente —Gracias por invitarme.
—De nada, ¿no vendrá tu madre?
La metamorfomaga negó con la cabeza, levemente triste. Desde que habían asesinado a su marido en la segunda guerra, Andrómeda Tonks casi no salía de casa.
—Lástima, Jim tenía muchas ganas de hablar con ella —Casiopea se encogió de hombros y avanzó por delante de la recién llegada —Magnolia le ha contado que tu madre y su padre se llevaban muy bien, ya te imaginarás…
—Debo admitirlo, Sirius era un gran tipo. Y mi madre también habla maravillas de él.
Llegaron al salón de la planta baja, donde la cantidad de personas reunidas era impresionante, al menos tratándose de la fiesta de cumpleaños de un chico de catorce años.
—A Magnolia no se le ocurrió mejor idea que invitar a sus compañeros de trabajo con hijos —comentó Casiopea a modo de explicación —Algunos son de la edad de Procyon.
Efectivamente, el cumpleañero no andaba lejos, intentando mantener una conversación racional con los hermanos Lancaster. Sin embargo, no ayudaban los intentos de Emily por apretujarse contra él en el sillón y las miradas asesinas que Lucas le dedicaba a ello.
Sí, el señor Lancaster era miembro del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
—Este niño es todo un galán, ¿verdad? —bromeó la aurora Tonks, soltando una risita.
—Con esta parentela, para qué necesita enemigos.
Las dos mujeres giraron la cabeza, encontrándose con un hombre castaño y ojos grises.
—¿Anom? —se desconcertó la aurora Tonks.
—Mucho gusto en saludarte, Nympha —el aludido no ocultó un ademán de triunfo —Por si te lo estás preguntando, traje a mi sobrino a la fiesta. Es amigo del chico del cumpleaños.
La aurora asintió, acordándose del hijo de la gemela de Anom, en tanto Casiopea parecía divertida con una ocurrencia personal.
—¿Quisiste combinar con tu primo y tu sobrino? —inquirió el castaño, fijándose en el cabello negro de la aurora Tonks.
—Algo así. Aunque a mi madre no le agradó cuando me vio. Creo que le recordé a alguien.
—¿A quién?
La otra se encogió de hombros, aunque por su cara, se veía que la respuesta no le era grata.
—¡Prima! —saludó entonces Jim Black, con un vaso en la mano —Me alegra verte.
—Igualmente. Le agradecí a tu esposa la invitación. Para un día libre que me da el cuartel…
—Yo tuve que pedirle a Savage que me cubriera. Al principio no quería, pero le recordé un par de favores que me debía y aceptó.
—Sí que tienes suerte. Yo pido a alguien que me cubra y me miran como si estuviera loca.
Jim rió sonoramente antes de retirarse junto con su esposa para vigilar que todo estuviera bien.
—Mucho trabajo en la novena planta, me han dicho —comentó la aurora Tonks.
—Algo —Anom desvió la mirada al mover una mano en actitud despreocupada. Sin embargo, algo en su semblante delataba que no estaba en su mejor momento —¿Y en el cuartel, qué tal?
—Más o menos. Nos agotan con las patrullas fronterizas, pero son un mal necesario. No te creerías la cantidad de alimañas que…
—¿Qué han hecho con el caso de mi papá?
La pregunta tomó a la aurora completamente desprevenida. No porque no la esperara, sino por cómo estaba hecha: con un asomo de angustia que Anom pocas veces se permitía mostrar.
—Lo siento, no lo sé —confesó, mostrando que no le agradaba tener que dar esa respuesta —Por lo visto, a la señorita Holmes no le pareció adecuado asignarme a él, pero sí a Harry, y eso que fue el afectado aquella vez…
—No sé qué razonamiento es el menos peligroso —espetó Anom con una desagradable mueca —Aún así, espero que no lo maten antes que ustedes encuentren al tipo que lo busca.
—¿Quién podría estar persiguiendo a tu padre, para empezar? Porque Malfoy…
—No lo sé. Quizá del tiempo que hizo de agente doble. Abil es la gemela con cerebro y tampoco se le ocurre una respuesta.
La aurora Tonks dejó escapar una risita. Era increíble que Anom, siendo un Inefable (y muy bueno, a juzgar por los escasos comentarios que captaba al respecto), se creyera menos inteligente que su hermana. Se atrevió a posar una mano en el hombro derecho de él, para sacudirlo un poco.
—No te preocupes —pidió —Si tu padre es tan bueno para escabullirse como lo eres tú, no lo alcanzarán. Y podremos quitarle de encima a quien sea que lo ande buscando.
Anom asintió en completo silencio, con una sonrisa tan débil como sus esperanzas.
Poco después, al llamar Magnolia a los invitados para partir el pastel, se oyó el timbre de la puerta, quizá por última vez en toda la tarde. Casiopea fue corriendo a abrir, hallándose con una mujer de cabello corto, igual que la chica rubia que llevaba de la mano.
—Buenas tardes, disculpe la hora —dijo la mujer, de cabello castaño cenizo y túnica color azul oscuro —Somos las Hagen.
Casiopea asintió con la cabeza, reconociendo el apellido, para enseguida guiarlas hasta la cocina, donde la gente se había sentado a una larga mesa de madera y se fijaban en la cabecera más lejana a la puerta, que era ocupada por Procyon por indicación de su abuela.
—No me perdí nada, ¿cierto? —quiso saber Casiopea, haciendo reír a varios —Hijo, una de tus amigas acaba de llegar.
El aludido asintió, alegrándose internamente porque Paula estuviera allí. Aunque claro, no era como si la rubia acostumbrara romper sus promesas.
La jovencita, inclinando la cabeza a modo de saludo, vislumbró una silla vacía entre dos chicas que reconoció enseguida, por lo que fue a ocuparla.
—Paula Hagen, nos debes un montón de explicaciones —fue la alegre bienvenida que le dio, a su izquierda, una delgada pelirroja de ojos brumosos, entre azules y grises.
—No fastidies ahora, Rose —pidió la rubia con hartazgo.
—¿Fastidiar yo? No me hagas reír…
—Por favor, Rose, déjala en paz —pidió a la derecha de Paula una chica de cabello negro, ojos castaños y anteojos redondos, haciendo un mohín —Nos pondrá al corriente después.
La rubia arqueó una ceja, pero no refutó aquello. Era la pura verdad.
No tardaron en disfrutar del pastel, preparado por Kreacher bajo la amenaza de no ir a trabajar a Hogwarts durante el curso escolar. Era raro el funcionamiento de la mente de esa criatura, pues aunque seguía despreciando a Jim, a Casiopea y a Procyon, había llegado a preferir sus órdenes a las de Magnolia. Eso quedaba patente en lo sabroso que había quedado el postre y en cómo Kreacher puso cara de espanto al escuchar la broma de un amigo del último Black.
—¡Tu elfo es demasiado genial para ser esclavo! Deberías darle la prenda, amigo mío, así podría vivir de sus postres sin rendirle cuentas a nadie.
—Tenía que ser un sangre sucia el que dijera esas barbaridades… Mi pobre ama, ¿qué diría si viera la gente con la que se junta el amo Procyon?
—Kreacher, deja de llamar así a mi amigo o te quedas en casa cuando inicie el curso.
El elfo frunció los labios, conteniendo la sarta de insultos que quería decir, para acto seguido hacer una reverencia y alejarse.
—Vamos, que a mí no me afecta —declaró el bromista, de cabello rojo anaranjado y ojos color verde claro —¡Soy un sangre sucia y a mucha honra! —exclamó, riendo al segundo siguiente.
—No seas estúpido, Thomas, esa expresión es un insulto.
—Corrección, Procyon, eso pretende ser un insulto. Para mí es un halago que otros magos se tomen la molestia de llamarme así. ¿Sabes la definición de esa expresión, no?
—Sí, la sé, ¿y qué?
—¿Y qué? Pues los muy idiotas me llaman sangre sucia por ser un mago hijo de muggles. ¿Lo ves? Me consideran un igual y ni cuenta se dan.
Procyon meneó la cabeza. Estimaba demasiado a Thomas Elliott y debía admitir que su lógica tenía algo de sentido. En todo caso, semejante forma de pensar evitaba que se dejara intimidar.
—¡Felicidades! —exclamó Rose Weasley en ese momento, en voz muy alta y estrujando a Procyon entre sus brazos.
—Rose… me asfixias… y ya me habías felicitado.
—A estas alturas, deberías estar acostumbrado —apuntó la chica de cabello negro y anteojos, conteniendo la risa —Feliz cumpleaños, Procyon.
—Gracias otra vez, Hally. ¿Y los demás?
La recién nombrada inhaló profundamente.
—Henry anda escondido por algún rincón, dijo que si no se iba por un rato, acabaría mareado por tanta alegría junta. Los Lancaster, para tu fortuna, fueron al salón con sus padres —Procyon compuso una mueca ante la mirada ligeramente burlona de su amiga —Paula intenta zafarse de su madre con ayuda de Ryo…
—Sí, claro, como si Ryo la quisiera nada más para charlar —espetó Thomas de pronto.
—¡No lo digas así, suena mal! —reprendió Hally, escandalizada.
—Hally, amiga mía, no estás en posición de quejarte al respecto.
La chica de anteojos farfulló un insulto por lo bajo antes de seguir hablando.
—Danielle ahora viene, estaba cuidando a sus sobrinos. Y Bryan… mira, ahí está.
En ese momento un muchachito de cabello castaño rojizo y ojos negros se acercó a paso lento, alisándose la túnica, negra con bordes amarillos.
—No pregunten por qué, pero dejé que Erica me eligiera esto —comentó al estar a un paso del grupo de amigos, tras felicitar correctamente a Procyon —El orgullo Hufflepuff, supongo.
—¿En serio? —Procyon y Hally arquearon una ceja casi al mismo tiempo.
—Sí —Bryan Radcliffe dejó caer los hombros con resignación.
—No te sientas mal, me revuelves el estómago —pidió un castaño de ojos verdes, que venía de algún punto al otro extremo de la cocina.
—¡Oh, Henry, decidiste acompañarnos! —bromeó Thomas, riendo en compañía de Procyon.
—No era divertido marearse por la enorme oleada de júbilo en esta habitación —masculló Henry Graham con indecible sarcasmo —Háganme un favor y traigan a Paula.
—¿Crees que Ryo la suelte? —inquirió el pelirrojo anaranjado, jocoso.
—No, así que tráelo también, y a Danielle. Quizá hablar de cosas serias me ponga mejor.
—Eres un verdadero aguafiestas —regañó Rose.
Henry la ignoró, señal de que era cierta su incapacidad temporal de manejar su Legado.
Al poco rato, el grupo de amigos se completó, tomando asiento en uno de los extremos de la mesa de la cocina, aprovechando que el lugar se fue vaciando conforme los invitados se iban al salón a conversar. A veces deambulaba alguien por allí (una curiosa Emily Lancaster, por ejemplo), pero como veían a los chicos sumergidos en su plática, no molestaron.
—Pat prometió una fiesta estupenda para Navidad —contaba una rubia de opacos ojos azules cuando Lucas Lancaster entró para servirse otro trozo de pastel —Dice que visitaremos Nueva York, para ver el árbol muggle del Centro Rockefeller.
—¿Ese enorme lleno de luces eclécticas? —indagó Rose, maravillada, sin notar que Thomas y Hally contenían la risa por su error de pronunciación —Yo lo vi en un libro que me prestó el abuelo Arthur, aunque era raro que la foto no se moviera nada…
—Hadas, Rose, admite que los muggles tienen algo de ingenio —un joven de cabello oscuro y ojos rasgados esbozó una sonrisa que pretendía ser optimista, pero no llegaba ni a tranquila —¿No tuvieron los muggles norteamericanos una fiesta importante este mes, Danielle?
—Sí, el día de la Independencia. Aunque los magos también la celebran. Allá es impresionante la cantidad de magos hijos de muggles que te puedes encontrar. No es raro que mezclen fiestas.
—Eh, no me gustó tu comentario. Mira que yo soy un orgulloso sangre sucia —alegó Thomas con aparente tono ofendido, para reírse al segundo siguiente —Recuérdenme decirles algo así a Calloway y sus amiguitos, quiero ver las caras que ponen…
—Tu lógica a veces asusta, ¿sabes? —Paula meneó la cabeza, sonriendo de lado.
—No tanto como otras cosas, te lo aseguro. A propósito, ¿nos contarás de viva voz lo de…?
—Si eso quieren…
Paula sonaba indiferente, pero se frotó distraídamente la mejilla izquierda.
—Si tan solo no hubieran insultado a mi madre, no me habría pasado gran cosa —comentó.
***Inicio de remembranza***
6 de julio de 2020.
Viena, Austria.
Teatro de la Ópera Estatal de Viena.
¿Qué demonios había sido eso?
La gente en sus butacas, poco a poco, pareció reaccionar ante el fuego en el escenario y la mayor parte entró en pánico. Las damas corrían precipitadamente a la salida halando a sus acompañantes de los brazos, de los sacos, incluso de las corbatas. No querían quedarse y ver si el incendio se propagaba.
Unos cuantos individuos con capuchas ocultando sus rostros observaban todo tranquilamente desde uno de los palcos de la parte mágica del teatro. Hasta se dieron tiempo de degustar los pastelillos que minutos antes, los elfos domésticos les habían dejado.
—No puedo creer lo que hacen por un poquito de calor —se burló uno de los encapuchados, de figura alta y espalda ancha. Su alemán no era el propio de Austria, pero sonaba igual de fuerte y poderoso.
—No sé qué nos sorprende —aseguró una voz femenina con cierto toque seductor en su acento árabe —Y bien, ¿seguimos con la operación, Führer?
La mujer se dirigió a un hombre sentado en la mejor butaca del palco, que tenía una copa en la diestra y una varita mágica en la mano opuesta. También tenía la capucha puesta, pero un mechón de cabello lanzaba destellos dorados a la luz de las velas.
—Por mí no hay problema —dijo por toda respuesta.
Los demás presentes hicieron una breve reverencia antes de abandonar el palco.
En los pasillos, los individuos se bajaron por un instante las capuchas, aparentando estar tan pasmados como los demás. Por suerte para ellos, el resto de los magos estaba más ocupado en marcharse que en averiguar qué había sido aquel accidente en el escenario.
O eso era lo que creían los de las capuchas.
—Anda, padre, llévame tras bambalinas.
La frase llamó la atención de la mujer en el grupo de encapuchados, una morena de labios gruesos y bien delineados, que combinaban perfectamente con sus brillantes ojos negros. Arqueó una de sus delgadas cejas y observó con toda discreción a quien había dicho aquello.
Era una mujer cuyo cabello le desagradó enseguida. Muy corto y despeinado para su gusto. Frunció un poco los labios antes de seguir observando y descubrió que iba con una niña rubia y… ¿con muggles?
Eso la enfureció. ¿Cómo era posible que una bruja metiera a "esos" allí, donde se suponía que solamente estaban quienes podían usar una varita? Quiso gritar de rabia, pero se lo pensó mejor. Perder los estribos a mitad de uno de los pasillos mágicos de la ópera podría echar a perder toda la operación. Así pues, les indicó a sus compañeros que se adelantaran en lo que ella revisaba algo.
Así lo hicieron, aunque el tipo alto y de espalda ancha insistió un poco en acompañarla. La mujer se negó con fría amabilidad y ya a solas, aguzó el oído, esperando volver a escuchar esa voz…
—Te quedarás con tu tío, tu primo y tu abuela, liebchen, y es mi última palabra.
—¿Vas a dejarme atrás? —se indignó un hombre castaño y traje muggle azul marino.
—Bien, bien. Liebchen, te quedarás con tu primo y tu abuela. ¿Traes varita, cierto? Cuídalos bien.
Al fijar los ojos en la dueña de la voz, la morena la contempló dándole un beso en la frente a la niña rubia, antes de sacar la varita y encaminarse a la salida del pasillo mágico, seguida de cerca por el tipo de azul marino y otro, ya mayor y luciendo un esmoquin negro.
La morena decidió seguirlos.
De eso, por cierto, la pequeña rubia no tenía por qué enterarse. Sin embargo, Paula Hagen era realmente observadora cuando se lo proponía y en aquella situación, al marcharse su madre para tratar de ayudar con el incendio, arrugó la frente al ver a la mujer de largo cabello oscuro que rondaba el pasillo. Habría dejado pasar el suceso de no ser porque la puso en alerta la capucha que esa persona se colocó cuidadosamente.
—¿Será posible? —musitó.
Acudió a su mente el recuerdo del atentado en Hogwart con el que concluyó el Torneo de las Tres Partes. Figuras encapuchadas, maldiciones surcando el aire, la cabeza de lobo en el cielo que disparaba flechas reales por el hocico hecho de chispas negras…
Sacudió la cabeza, intentando pensar en otra cosa, pero pronto pasaron otros dos encapuchados cerca de ella, por lo que terminó de decidirse.
Sacó la varita, llamó al elfo doméstico que los había atendido y tras pedirle que vigilara que nadie sospechoso entrara a ese palco, se dispuso a salir.
—¿A dónde vas? —inquirió de repente su abuela.
—Hay gente mala aquí, le avisaré a mamá.
Antes que la señora Klaus pudiera impedírselo, Paula dejó el palco y mirando a ambos lados del pasillo, se escabulló entre el mar de magos y brujas que intentaban irse. No fue sino hasta que dejó atrás el retrato de la señora Von Trapp que se dio cuenta que no sabía a dónde ir.
Maldijo brevemente, pero al ver a otro encapuchado pasar a su lado, no dudó en seguirlo. Seguramente iba al lugar de los hechos, a regocijarse con el desastre.
No tardó en notar el enorme rodeo que debía darse para llegar al escenario. Nadie se había fijado en ella, lo cual fue un alivio. Además, no hubo tiempo para preocuparse por eso
Tras bambalinas se estaba librando una verdadera batalla campal. Al igual que hacía un año, los rayos de hechizos y maldiciones iban y venían en todas direcciones, sin saber quién había lanzado qué. Algunos brujos ni siquiera se preocupaban en apuntar a una persona, sino que estaban encantados con la idea de destrozar aquel recinto de cultura. Eso acabó por enfadar a Paula más de lo que ya estaba y sacando la varita, repasó en un santiamén parte de los hechizos que había estado leyendo desde el inicio del verano.
—¡Expelliarmus!
Un rayo rojo le dio de lleno a la espalda de un encapuchado, arrojándolo contra una pared cercana, donde se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. Paula apenas se fijó en la dirección por la cual salió volando la varita del tipo, ya que se dedicó a desarmar a cuantos atacantes se le pusieron a tiro. No siempre lo logró, pero sus intentos bastaban para que los encapuchados se distrajeran y fueran vencidos por los pocos oponentes que habían encontrado, entre ellos la madre de la chica, que no dejaba su duelo con la mujer morena que la siguió minutos antes.
—¿Qué van a hacer tus rastreros muggles cuando te mate? —soltó la morena con voz peligrosamente burlona, sin dejar de atacar ni un segundo.
Isa compuso una mueca por toda respuesta, aumentando la velocidad con que atacaba, echando fugaces vistazos a un rincón del escenario. Paula siguió la mirada de su madre y se halló con su tío Hans y su abuelo tirados en el piso, tratando de hacerse vendajes improvisados con parte del telón que supuestamente se había quemado. Casi se queda paralizada al notar la sangre que manchaba sus trajes, así como las caras de dolor que ponían por el más simple movimiento. No tardó nada en correr hacia ellos, aferrando la varita más fuerte de lo que hubiera querido, intentando recordar algo que le ayudara en esas circunstancias.
—¿Qué haces aquí? —espetó Hans, al ver a su sobrina arrodillarse a su lado.
Paula no contestó enseguida, concentrada en el problema que tenía enfrente.
—¿Cuál era el hechizo, cuál? —musitaba sin cesar, tratando de no ponerse más nerviosa.
—Liebchen, tu tío preguntó algo —apuntó el señor Klaus con voz severa.
—Espera, casi lo tengo —rogó la aludida, mordiéndose ligeramente el labio inferior. Sabía que había oído algo adecuado para la situación precisamente el verano anterior, tras el atentado en el colegio —¡Ah, ya! —apuntó la varita hacia uno de los brazos de su abuelo, que tenía un feo corte por encima del codo, y pronunció con voz baja y clara —Emendare.
Un breve destello cubriendo la herida le indicó que había acertado y aunque no se cerró del todo, el corte ya no sangraba. Los dos hombres se quedaron boquiabiertos.
—Anda, abuelo, deja curar los cortes más graves y luego…
—¡Cuidado!
La voz que gritó aquello, a la izquierda de Paula, hizo que ésta reaccionara apenas a tiempo para esquivar la mayor parte de un rayo que acabó por estrellarse en un rincón. No pudo evitar, sin embargo, que parte del ataque le abriera un tajo en la mejilla, del cual brotó suficiente sangre como para que escurriera y le empezara a manchar el cuello del vestido lila que traía puesto.
Por mera inercia, Paula se tocó la lesión, para luego verse los dedos llenos de líquido rojo a la par que sentía punzadas en el lado izquierdo del rostro. Con lentitud, de forma casi irreal, usó su varita para curarse, aunque el dolor le advirtió que no lo había logrado del todo, como en el caso de su abuelo.
—Niña, llévate a los muggles de aquí, ¡ya! —ordenó la misma voz que intentó alertarla segundos antes, perteneciente a un hombre de cabello negro azulado y túnica marrón.
La rubia asintió con aire abstraído, girándose hacia su abuelo y su tío.
—¿Estás bien, liebchen? —inquirió el señor Klaus.
—Eso… creo —respondió con titubeos —Yo… será mejor que…
—¡No me ganarás! Soy una duelista consumada hecha en el campo de batalla. ¿Qué harás al respecto, eh? ¿Y qué harán tus inmundos muggles cuando su asquerosa shweinblut (3) ya no pueda conmigo?
Aquellas palabras consiguieron sacar a Paula de su estupor, pero sus parientes se quedaron atónitos al verla enderezarse de golpe, girando sobre sus talones y sacudiendo la varita al tiempo que musitaba palabras en un idioma que no reconocían. Largas flechas aparecieron y fueron a dar hacia la morena contrincante de Isa, quien no atinaba a comprender cómo una chiquilla la tomaba por sorpresa con tanta facilidad.
—¡Mi madre no es nada de eso! —exclamó Paula con furia contenida, al terminar de conjurar flechas y sorteando a duras penas los contraataques de aquella tipa, aunque algunos alcanzaban a hacerle más heridas —¡Ella es una bruja! Y puedes ir a decírselo a tu jefe, que tanto nos quiere.
La morena detuvo sus embates por un instante y miró a la chica con ojos entrecerrados, como si intentara captar el significado de sus palabras. Pero no fue sino hasta que Paula se frotó inconscientemente la mejilla izquierda a medio curar, que pareció darse cuenta de algo.
E increíblemente, sonrió con una malicia digna de una mente traviesa y a la vez, perversa.
—Será un honor —afirmó.
En ese momento, varias apariciones anunciaron la llegada de magos ministeriales y los encapuchados no tardaron en hacerse señas de retirada y desaparecerse.
Solamente entonces Isa se permitió bajar la guardia y correr hacia su hija, quien con muchísimo esfuerzo, había ido de nuevo con su abuelo y su tío a intentar curarles las heridas.
***Fin de remembranza***
—El resto es historia —concluyó Paula, tras suspirar quizá por enésima vez en el transcurso de su relato —Los del Ministerio estaban más preocupados por los daños y los heridos que por la magia hecha por una menor de edad, aunque luego fueron al Amadeus a investigar eso…
—¿A dónde? —dejó escapar Thomas, confundido.
—Al Amadeus Krankerhaus… Es el hospital mágico más importante de Austria. Allí pasamos una temporada mi madre, mi abuelo, mi tío y yo. Los del Ministerio querían asegurarse que no nos hubieran herido con magia oscura —Paula se frotó de nueva cuenta la mejilla izquierda, donde no quedaba rastro del tajo que, semanas atrás, le abrieron los atacantes de la ópera —Imagínense, ¡muggles en el Amadeus! Unos cuantos magos les hacían mala cara, pero era más los curiosos.
—Al abuelo Arthur le habría encantado hablar con ellos —aseguró Rose, conteniendo la risa.
—¿No trabajaba tu abuelo en el Departamento Contra el Uso Indebido de Artefactos Muggles? —recordó Henry sorpresivamente.
—Sí, y en la segunda guerra, dirigió el Departamento para la… Detección y Confiscación de… ¡Ah, no recuerdo el nombre completo! Pero era el departamento que se encargaba de atrapar a los que vendían pociones y baratijas de supuesta protección contra Voldemort y sus mortífagos.
—No me imagino cómo una poción o una baratija me protegerían del brujo más malvado de todos los tiempos —comentó Danielle con ligero desdén.
Paula agradeció que el ambiente se fuera aligerando tras lo que ella contó sobre el incidente de Viena. Revivirlo para sus amigos fue un poco más complicado de lo que previó, todo porque de golpe, recordó lo que había sentido al oír la palabra alemana para insultar a los magos hijos de muggles, como su madre y su primo Wenzel. Thomas, por lo visto, podía tomarse el asunto con humor, pero ella no. Quizá era cierto lo que decía su padre y había heredado algo del viejo orgullo Hagen, que le impedía pasar por alto el menosprecio a los suyos.
Por quedarse ensimismada, apenas se dio cuenta cuando Ryo, con los labios fuertemente apretados, se cambió de asiento para colocarse a su lado y darle un fuerte abrazo.
—Grims, Paula, me asusté —confesó Ryo por lo bajo, con la cara oculta de las miradas de sus amigos, que no esperaban algo así —Al leer lo de Viena en el periódico, deseé que no estuvieras allí y luego, cuando me escribiste… ¡Pensar que te pregunté esa estupidez…!
La rubia, que por un momento no supo qué hacer, dibujó en su rostro una enternecida sonrisa antes de rodear al chico con sus propios brazos.
—No fue una estupidez —aseguró en voz tan baja que solamente su novio la oyó —No serías tú si no hubieras preguntado.
Él asintió y la abrazó un poco más fuerte.
—Si quieren privacidad, solamente díganlo —declaró Thomas, entre divertido y enfurruñado.
Paula rió quedamente, meneando la cabeza, sin soltar a Ryo todavía. Su amigo al menos había esperado unos cinco minutos antes de bromear con la situación. Eso en él era un signo de respeto.
—Si no es indiscreción, alcancé a oír que hablaban de preguntar una estupidez…
Danielle había querido contenerse, pero conociendo a Ryo desde hacía años, algo en su tono de voz la tenía intrigada y preocupada a partes iguales. No esperaba que él le contestara y tuvo razón.
—Me llegó carta de Ryo mientras estaba en el Amadeus y quería saber si creía que iba en serio.
—¿Perdón? —espetó Rose, haciendo una mueca nada agraciada.
—Eso mismo pensé al principio. Conforme leía, la carta lo explicaba, pero de todas formas… Esperaba una pregunta semejante algún día, hasta que volviéramos al colegio, por ejemplo. No piensas que estoy jugando contigo, ¿verdad? Me crees cuando digo que me gustas, ¿cierto?
—¿Eso preguntó? —dejaron escapar Thomas y Procyon, estupefactos.
Su amiga asintió y luego se acomodó mejor entre los brazos de Ryo, apoyando la mejilla izquierda en uno de los hombros de él.
Sus amigos, al mirar eso, creyeron exactamente lo mismo aunque no lo expresaran en voz alta.
Esos dos quizá comenzaron a salir de forma rara, pero se querían mucho.
Y quien se atreviera a decir lo contrario, recibiría su merecido.
(1) Babel, según el Antiguo Testamento, fue la torre que los hombres edificaron queriendo alcanzar el cielo. En hebreo, la palabra significa confusión, pues como castigo por su atrevimiento, Dios hizo surgir varias lenguas entre los hombres, de forma que era imposible entenderse unos a otros y eso los obligó a dispersarse por el mundo, dejando la torre inconclusa.
(2) Betel (en hebreo quiere decir casa de Dios) es, entre otras cosas, el nombre que Jacob, hijo de Isaac, le dio a un sitio donde durmió y soñó con una larga escalinata subida y bajada por ángeles.
(3) La palabra shwein, en alemán, quiere decir cerdo; blut, en el mismo idioma, significa sangre. Por lo tanto, shweinblut vendría siendo sangre de cerdo.
23 de Junio de 2011. 6:05 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola a todo el mundo! ¿Cómo han estado? Espero que igual o mejor que yo, que celebro que finalmente llueve en mi amada ciudad, ¡eh, que el inicio del verano nos había traído un calor de los mil diablos!
Dejando eso de lado, pasemos a lo que nos interesa.
No podía dejar pasar la boda de Mara y Nigel. De hecho, cuando planeaba el capi anterior, quería terminarlo para hacer este, aún con los breves instantes que mostré. Lo relevante, supongo, fue que Nigel ya sabe el don que tiene su esposa (siento raro al escribir que Mara ya es la señora Thomas. Cuestión de acostumbrarse); además, está feliz con su futuro bebé. Creo que la mamá ya vio con sus poderes que será un niño, pero no le quiere decir al papá para tenerlo en suspenso, jajaja. Y si no mal recuerdo, es el primer bebé del cual revelo su nombre antes de que nazca. Denle sus mejores deseos a Nathaniel Calvin Thomas.
Por otro lado, ¡el cumpleaños de Procyon! Quien no se sabía la fecha exacta o no la sospechaba, aquí la he puesto, es el 29 de julio. No hay razón específica para ella, simplemente acomodando los cumpleaños de los miembros de la Orden del Rayo, quería que estuvieran más o menos repartidos a lo largo del año y me gustó el mes de julio para Procyon. Aparte, creo que el signo de Leo le queda, ¿cómo no, siendo un Gryffindor?
Usé el cumpleaños de Procyon para juntar en una breve escena a Anom y Tonks, espero que alguno sepa el por qué (no, Bell es mala y no la dirá claramente, no ahora). Hablaron un poco del padre de él y de cómo ella se parece a alguien con el aspecto que llevaba (no le digan a nadie, pero Tonks sacó el parecido con su tía Bella al ponerse el cabello y los ojos de esos colores, jajaja). ¿Alguien cree que esos dos deben estar juntos de una buena vez? Esperaré comentarios al respecto.
Paula por fin contó el suceso de la ópera. Quería hacer algo más espectacular, más dramático, pero no, prefiero dejar eso para luego. De todas formas, visto casi todo desde la perspectiva de nuestra Ravenclaw, no había mucho qué decir. Lo que sí quería presentar, sin falta, era el equivalente en alemán para sangre sucia (que en el original inglés es mudblood) porque lo tenía pensado desde el tercer capi, pero en aquella ocasión no pude presentarlo. No sé ustedes, pero creo que los de habla germana tienen algo con los cerdos, porque los usan muy seguido en sus ofensas. De todas formas, es un insulto y a Paula parece que no le agrada mucho, porque se enfurece al oírlo (Bell ahora mismo cree que varios están de parte de la rubia). Lo que sí me enterneció fue la reacción de Ryo, ¿quién quiere uno como él envuelto para regalo? Hagan fila detrás de mí.
Eso me recuerda… ¡Felicidades… a mí! Sí, no creí posible terminar otro capi antes de mi cumpleaños número veinticinco, pero lo logré. Así que aprovecho también para felicitar a Hally, a Danielle y a Itzi por los años que cumplirían si de verdad existieran: Hally y Danielle nacieron en 2006, así que les tocarían pasteles con cinco velitas (me da ternura imaginarlas) e Itzi soplaría la nada despreciable cantidad de nueve llamitas (creo). Mis mejores deseos para ellas y claro, rezaré para yo cumplir otros veinticinco años más.
Ahora sí, me retiro, esperando que a la próxima vea un candidato para La Rueda de la Fortuna. En mis apuntes, está de candidata una Pitonisa (adivinen cuál, jajaja), pero no sé si sea el personaje adecuado. Ya me lo dirán luego. Cuídense mucho, acuérdense de su servidora el domingo y nos leemos pronto.
