A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Seis: La Sacerdotisa.

1 de agosto de 2020.

Salem, Massachusetts.

Risco Rojo, residencia Malfoy.

Danielle Malfoy no era como el resto de las chicas de su edad.

En primer lugar, pese a su nombre, era inglesa. Eso era de lo poco que sabían los vecinos acerca de ella, desde que su hermano mayor, un empleado de gobierno, la trajo por primera vez a Estados Unidos a pasar el verano. No se sabía la razón para que viviera en América con su hermano cuando estaba de interna en un colegio escocés, pero el dato no le hacía mal a nadie y poco importaba.

En segundo lugar, su hermano mayor ya estaba casado. Era demasiado joven (unos dieciocho o diecinueve años, a lo sumo) y no solamente eso, sino que era padre de unos gemelos. La sociedad norteamericana, por muy liberal que fuera, hacía algunas muecas cada vez que la pequeña familia salía de paseo, preguntándose cómo era posible que la joven señora Malfoy, una simpática y muy guapa morena pelirroja, hubiera acabado con ese rubio con porte altanero y ademanes refinados. Creían tener una respuesta al verlo sonreír, contemplando a su mujer y a sus hijos, porque se volvía más atractivo de lo que ya era.

Y en tercer lugar, a Danielle no le importaba trabajar. Esforzarse por conseguir lo que quería había sido una constante en su vida desde que, siendo pequeña, se dio cuenta que su padre y su madre no la tratarían jamás como a su hermano, sin importar que físicamente, ella fuera muy parecida a su padre con su largo cabello rubio y sus opacos ojos azules. ¿Quería un postre después de la cena? Debía ser lo más educada posible y no alborotar en la mesa, aún si únicamente tenía tres años. ¿Quería aprender a leer, escribir y hacer cuentas? Debía formularle la petición a su padre con los mejores modales que tuviera, aún cuando él la enviara a la escuela más cercana en vez de enseñarle en casa, como a Patrick. ¿Quería leer libros más difíciles de los que acostumbraban los niños de su edad? Debía ponerle cara tierna a quien fuera y hacer un sinfín de favores, con tal que le prestaran textos de la biblioteca familiar. En pocas palabras, no se detenía por los obstáculos, sino que los convertía en cosas a su favor y les sacaba provecho.

Ese día, terminaba una insufrible redacción de Pociones con pergaminos desparramados sobre la mesita de centro de la sala, el libro de texto abierto por el capítulo de componentes usuales de los venenos y la pluma rasgando el pergamino a toda velocidad. Quizá la materia se le diera un poco bien, pero seguía sin comprender cómo Snape la hacía tan pesada como para aborrecerla con el alma. Y eso que ella, siendo de Slytherin, debería estar en excelente posición ante su jefe de casa. Daban ganas de sacudir la varita ante la antiestética nariz del profesor y lanzarle una buena maldición por dejar semejante tarea para el verano.

Ah, por si no se había notado, había otra cosa que distinguía a Danielle Malfoy del resto de las chicas de su edad: ella era una bruja.

Su vida siempre había transcurrido rodeada de magia, pues sus padres, magos los dos, venían de antiguas familias que se enorgullecían de la pureza de su sangre. Además eran ricos, por lo que la comodidad y los lujos no faltaban en la señorial mansión de la familia, en Wiltshire. Sin embargo, debido a sus crímenes del pasado (entre los cuales se contaba el asesinato de Percy Weasley, tío de una amiga de Danielle, Rose), Draco Malfoy se hallaba encerrado en Azkaban, la prisión mágica inglesa, junto a su esposa, acusada de ser cómplice por el hecho de saber todo pero no denunciarlo. Desde entonces había quedado bajo la tutela de su hermano Patrick y la esposa de éste, Frida. Agradecía esa nueva vida porque, entre otras cosas, podía sentir afecto dirigido a su persona y no frías miradas llenas de indiferencia, como las que le dedicaba su padre.

La chica hizo la última nota de su redacción y suspiró con satisfacción al echarle un vistazo. Esperaba que fuera suficiente, imaginándose lo que diría su mejor amiga al verla conformarse con cubrir la extensión requerida, sin pasarse ni por un centímetro. Pero es que Hally Potter podía ser demasiado detallista al hacer las tareas y Danielle sabía que nunca la superaría.

Dejó la redacción para que la tinta secara y metió una mano bajo la mesita, sintiendo casi al instante un bulto suave. Whitedoll, la gata blanca de angora de su cuñada, gozaba de dormir una siesta en ese sitio y apenas se inmutó cuando la rubia se plantó allí con sus cosas del colegio. Además, le encantaban los mimos y Danielle se los daba cada que dejaba la pluma a un lado.

Al acariciar a la gata, la rubia hacía cuentas. El cumpleaños de uno de sus amigos, Procyon Black, acababa de pasar y apenas había tenido suficiente dinero para comprarle un regalo: un artículo de broma de Sortilegios Weasley hecho especialmente para el mercado estadounidense y que Frida había anunciado alegremente a la venta a partir del próximo fin de semana; a Procyon le fascinó, se le vio en la cara. Ahora debía ahorrar todo lo que pudiera antes de volver al colegio.

Dejó sus pensamientos de lado al escuchar a alguien aparecerse en la cocina, por lo que se levantó y fue a recibir al recién llegado, seguida de cerca por Whitedoll. Se halló con un hombre joven de lacio cabello rubio, como el suyo, y ojos grises que se paseaban por una de las estanterías, evidentemente buscando comida. Su túnica y su sombrero, de color gris oscuro, descansaban en una de las sillas del desayunador, instalado junto a una puerta vidriera que daba al jardín trasero. Sobre la mesa redonda en ese rincón había un maletín negro.

—Hola, Pat —saludó Danielle con una sonrisa —¿Qué tal el trabajo?

—Bien, bien —el rubio alzó los hombros, indiferente, sacando por fin una lata de galletas —¿No ha venido Frida?

—No, pero no debe tardar. Casi es hora de comer. Y te va a regañar si te descubre.

El rubio sonrió, meneó la cabeza y abrió la lata, sacando una galleta con chispas de chocolate.

—Me salté el almuerzo, hubo mucho tránsito en el puerto. ¿Tú qué has hecho, Danny?

La chica meneó la cabeza, dando a entender que fuera de sus tareas de verano y jugar con Whitedoll, en la casa se aburría mortalmente.

—Podrías dar una vuelta por Salem cuando termines tus tareas. No queda lejos.

—Pat, si los muggles me ven llegando otra vez desde Risco Rojo, huirán despavoridos.

Patrick soltó una carcajada, cerrando la lata de galletas para poder guardarla en su lugar.

Risco Rojo era el nombre de aquel paraje, conocido por ser donde, siglos atrás, arrojaban a las supuestas brujas al mar, atadas a enormes rocas, queriendo probar sus poderes y claro, ahogando a más de una inocente. Danielle se había interesado por la historia local al salir con su hermano y su cuñada por primera vez a la ciudad, ya que se habían alzado varios cuchicheos a su alrededor. Captó el tono de asombro al nombrarse el sitio donde estaba su casa y con esa referencia, puso manos a la obra. Si algo le había pegado otro de sus amigos, Thomas Elliott, era el hábito de leer mucho para llegar a saber mucho.

Así supo lo que hacía siglos se hacía en Risco Rojo, como también que se creía que los espectros de las ahogadas seguían rondando, debido a ruidos extraños y cosas sobrenaturales que los lugareños afirmaban haber vivido allí. A los Malfoy les daba risa, más cuando investigaron y se llevaron una grata sorpresa: los anteriores dueños de la casa, una pareja de edad avanzada, habían sido magos y de ellos venía todo lo que los muggles no podían explicarse. Consideraban una increíble coincidencia que una agencia de bienes raíces muggle les vendiera esa propiedad, pero al indagar un poco más, Patrick descubrió que antes de eso, la Secretaría de Magia le había dado un repaso, asegurándose que no hubiera nada mágico que alertara a los posibles compradores. Cosa que no había valido la pena cuando el rubio hizo el registro de su residencia en la Secretaría.

—¿Sabe cuántos problemas dio Risco Rojo? —había soltado la fastidiada bruja que lo atendió, al poco tiempo de mudarse al país —Y ahora va usted y compra esa casa…

Fuera de eso, a los Malfoy se les había recibido con amabilidad en el país, casi con indiferencia. Estados Unidos era famoso por alojar una gran cantidad de extranjeros, así que unos cuantos ingleses más no afectaban. Menos si, de cierta manera, hacían mejorara su economía.

—¡Ya llegamos!

Danielle y Patrick esbozaron una sonrisa y mientras ella corría a la sala sin dejar atrás a Whitedoll, él comió el último trozo de galleta y después imitó a su hermana.

Frida Malfoy y sus revoltosos gemelos estaban en casa.

—¡Qué día! —la pelirroja, sacudiéndose la túnica color verde que llevaba ese día, meneó la cabeza de un lado a otro —Corney, lleva a los niños al comedor, por favor.

Había a la derecha de Frida una criatura de ojos saltones, ataviado con lo que parecía una toga magenta con el emblema de Sortilegios Weasley en el pecho; era quien cargaba a los pequeños Malfoy, que se entretenían en tironear suavemente las enormes orejas de su cuidador.

—Como diga la joven señora —Corney hizo una reverencia y se fue dando saltitos, lo cual entusiasmó más a los gemelos.

—¿Cómo se portaron hoy? —quiso saber Patrick, tras darle un beso en la mejilla a su mujer y, evidentemente, refiriéndose a sus hijos.

—Perfectamente. Hasta creo que son encantadores a propósito. En los últimos diez días, he tenido más chicas en la tienda que en todo el primer trimestre del año.

Los dos rubios presentes soltaron la carcajada.

Al poco rato estaban comiendo, riéndose todos de los intentos de uno de los gemelos de darle papilla a su hermano. A Corney se le ordenó comer al mismo tiempo, sentado a la barra anexada a la estufa. La pelirroja señora de la casa, acostumbrada a hacer de todo, no quería abusar de su actual posesión de un elfo doméstico, por más cómodo que fuera.

—Ah, Frida… —llamó de repente Danielle, al degustar el flan napolitano que a la pelirroja le quedaba delicioso —Yo… ¿Puedo… ayudarte en la tienda?

A la vez, el matrimonio Malfoy fijó los ojos en la pequeña rubia.

—¿A qué viene eso? —quiso saber Frida, arqueando una ceja.

—Nada en particular, pero… Me gasté casi todos mis ahorros en el regalo de Procyon y… quiero galeones para cuando vaya a Hogsmeade, así que…

—No hace falta que hagas eso —acotó Patrick, haciendo una mueca —Si necesitas dinero, Frida y yo te lo daremos.

Danielle se encogió de hombros, incómoda con el tema. Seguramente su hermano recordaba, igual que ella, lo que tuvo que hacer en el pasado para tener algo de dinero.

—Bueno, pues a mí me agrada la idea de Danielle —Frida esbozó una sonrisa afectuosa, desconcertando a Patrick —Es estupendo presumir que los galeones que traes en el bolsillo son tuyos. ¿O me equivoco, Pat? Aunque claro, lo primero que tú ganaste fueron euros, ¿no?

El rubio meneó la cabeza, entendiendo a dónde quería llegar su esposa.

—De todas formas, Danny no tiene qué…

—Ah, no, no tiene la necesidad, pero como nunca sabes cuándo vas a quedarse sin otra cosa que la túnica que traes puesta, tus manos, tu varita y tu cerebro…

Patrick no podía contradecir eso. Él mismo lo había vivido cuando sus padres lo echaron de la casa y tuvo que hospedarse en casa de los Bluepool. Agradecía las atenciones de sus anfitriones, pero no le gustó sentirse una carga y por eso aprovechó lo aprendido en Estudios Muggles para obtener el empleo en Harrod's. Así las cosas, asintió en silencio.

—Pero irás a trabajar, no a divertirte. ¿Estás consciente de eso, Danny?

La aludida asintió repetidamente con la cabeza, sonriendo a más no poder.


1 de agosto de 2020.

Orillas del río Hudson, cercanías de Manhattan.

Centro de Compras Mágico de Nueva York.

Danielle no imaginaba que ganar galeones extra sería tan divertido.

Poco después de la comida, Frida jugó un rato con sus hijos hasta que se quedaron dormidos, que fue el instante en que le pidió a Corney que los acostara y los vigilara lo que restaba de la tarde. A continuación, la pelirroja le pidió a Danielle que se pusiera una túnica sencilla y ligera, para acto seguido irse por la Red Flu al local de Sortilegios Weasley.

Lo primero que vio, al salir de la chimenea y bajar al local, fue gente. Muchos magos y brujas jóvenes, con túnicas de distintos colores, recorrían el lugar en grupos compactos, señalando lo que más les gustaba y riendo a más no poder. Semejante torbellino no tardó en marearla.

—¡Señora Weasley, llegó el cargamento nuevo! —avisó una voz femenina desde el gentío.

Danielle frunció el ceño ante la frase, pero en ese momento no supo el por qué.

—¡Entendido, Annie Jane! —respondió Frida por encima del ruido —Cuñadita, te dejaré a cargo de ese mostrador —señaló a su izquierda, donde había una pequeña fila de gente esperando a ser atendida —En uno de los cajones está el catálogo de productos con sus precios. Consúltalo a la hora de cobrar y ponte atenta a cualquier cosa rara. No sé por qué, pero a algunos chicos les ha dado por querer robarse la mercancía y hay que evitar eso.

La pequeña rubia apenas tuvo tiempo de asentir cuando su cuñada traspasó el mostrador a través de una pequeña puerta y se perdió entre la multitud.

Así pues, Danielle sacó de su bolsillo una liga para el cabello, se hizo una coleta baja y fue hacia donde Frida le había indicado. Al instante la primera persona en la fila, una chica alta y de corto cabello negro, se enderezó, para luego echarle una mirada desconfiada.

—¿Tú vas a atendernos? —increpó repentinamente.

Danielle arqueó una ceja, asintió y miró de reojo a otra de las dependientas, que sonreía al atender a un joven de unos dieciséis años. A duras penas logró captar las frases que empleaba.

—Buenas tardes, señorita, bienvenida a Sortilegios Weasley —pronunció, sin poder evitar arrastrar las palabras tal como le había oído a su padre toda la vida. La clienta, al oírla, arrugó la frente con disgusto —¿Puedo ayudarle en algo?

—¿Quién te crees que eres? ¿Cómo tratas así a un cliente?

Danielle frunció los labios de manera imperceptible y después sonrió de manera que resultaba pacífica y escalofriante a un tiempo. Las personas detrás de la chica de cabello negro asomaban la cabeza y murmuraban con cierto aire divertido.

—Veo que tiene en la mano uno de nuestros mejores productos —continuó, identificando la pequeña botella en la mano de la chica, de color rosa y amarillo —De la línea Wonder Bruja, si no leo mal. Es una efectiva poción para las imperfecciones faciales, a menos que sea alérgica a la mandrágora o a la esencia de vainilla…

Como Danielle siguió sonriendo despreocupadamente, aún con la mueca enfadada que mostraba la compradora, los demás hicieron un pequeño círculo a su alrededor, deshaciendo la fila.

—Es una pócima efectiva en combinación con uno de nuestros ungüentos, para que el problema se resuelva de manera prolongada, por no decir definitiva. ¡Ah! Y ya cuando luzcas tan bella como nuestra jefa o nuestras dependientas, quizá te interese un filtro amoroso, que por cierto…

—¡Es más que suficiente! ¡Cóbrame esto y cierra la boca!

La risita que se le escapó a Danielle encandiló a unos cuantos quinceañeros a su alrededor.

Pero las chicas presentes, mucho más suspicaces, reconocieron a alguien astuto, a quien no debían subestimar. Aún cuando todavía era una niña.


—¡Muchas gracias por su compra, vuelva pronto!

Danielle suspiró con algo de cansancio cuando despachó, quizá por décima vez, al último cliente del mostrador que le tocaba. Se arremangó la túnica verde esmeralda antes de alcanzar el catálogo de productos del cajón y leer otra página. Al paso que iba, podría aprenderse al menos la mitad de los precios para cuando tuviera que volver al colegio.

—¡Así se hace! —felicitó Frida al acercarse con una pila de cajas flotando al compás de sus movimientos de varita —Si te digo la verdad, no creí que nos daríamos abasto hoy. Es el día de la semana cuando papá y tío George envían mercancía, así que disculpa que no te ayudara.

—No te preocupes, Frida, me la he pasado bien. Y no es tan complicado.

—Si tu padre te oyera, le daría un ataque.

La pelirroja rió y fue a llevar las cajas al almacén, pero Danielle no pudo más que imitarla de manera floja mientras cerraba el catálogo.

Si era sincera, sabía que para su padre no valía lo suficiente como para que perdiera el tiempo indignándose por sus actos.

Suspiró, antes que con un resoplido se quitara parte del flequillo de la frente. Se dedicó a mirar a las pocas personas que había en el local, por ser el final de la jornada. No quedaría mucho por hacer si esos escasos chicos y chicas, casi de la edad de su cuñada, nada más curioseaban al tiempo que contaban las monedas en sus bolsillos.

—¡Hora de cerrar! —anunció una de las dependientas, una rubia de cabello rizado que, como supo Danielle en el transcurso del día, se llamaba Annie Jane —Por favor, pasen a los mostradores a pagar sus compras. ¡Hora de cerrar!

Los últimos distraídos acataron la petición, ya fuera saliendo del local o acercándose a que se les cobrara. Danielle atendió a un par de tórtolos apenas unos tres años mayores que ella, antes que se escabulleran entre risitas nerviosas, tomados de la mano.

—Cursis —musitó otra de las dependientas, una castaña muy alta y delgada.

—Eso lo dices porque acabas de cortar con tu novio —apuntó Annie Jane, meneando la cabeza.

—Cierra la boca.

—¿Qué hay de especial en tener novio? —inquirió Danielle en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular y pensando, sin querer, en Hally y Corner.

—Ah, muchas cosas, más cuando él es buena persona —respondió Annie Jane con una sonrisa.

—No vayas a presumir a tu Jamie otra vez —masculló la castaña alta y delgada, cambiándose la túnica de Sortilegios Weasley, color magenta, por una a rayas marrones y blancas.

Annie Jane dejó escapar una risita justo cuando Frida hacía acto de presencia.

—Buen trabajo —felicitó la pelirroja —Pueden irse a casa. Nos veremos mañana a las ocho.

—¿Por qué tan temprano, señora Weasley? —quiso saber el único varón encargado de un mostrador, un joven negro con el corto cabello teñido de un tono amarillo opaco.

—Nos encargaremos de la mercancía que llegó hoy, Raffi. Como el artículo nuevo.

Ante la expresión pícara de su jefa, los empleados no pudieron contener su entusiasmo. No trabajarían en Sortilegios Weasley de no hallar divertido todo cuanto vendían.

—Y antes que lo olvide —prosiguió Frida, haciéndole una seña a Danielle para que se pusiera a su lado —Mi cuñada nos estará echando una mano en lo que resta de sus vacaciones de verano. Ayúdenla todo lo que puedan, por favor.

Los empleados saludaron a la rubia con sonrisas y gestos de aprobación, lo que agradeció con una inclinación de cabeza.

—Te los presento rápidamente, Danielle: ellas son Annie Jane Stevenson, Sue Ellen Hamilton y mañana verás a Betty Lu Clemens, hoy fue su día libre. Él es Raphael Du Lac… Bueno, Raffi —el chico negro había hecho una mueca ante su nombre, al menos hasta que su jefa mencionó su apodo —También mañana podrás conocer a Jameson Caruso —Annie Jane se irguió con una sonrisa de orgullo —y a Ambrosius Gates…

—Jefa, a Bross no le gusta… —Sue Ellen, conteniendo la risa, dejó la frase a medias.

—Yo no tengo la culpa de que se llame así en honor a su abuelo —apuntó Frida, agitando la cabeza de un lado a otro, antes de continuar —Y chicos, como ya mencioné, ella es mi cuñada, Danielle Malfoy. Llévense bien.

Uno a uno, los empleados se despedían de Frida y Danielle con un apretón de manos, antes de salir por la puerta trasera de la tienda.

Y por alguna razón, fue entonces que la pequeña rubia recordó preguntar una cosa.

—Frida, ¿por qué te llaman "señora Weasley"? ¿Ya no estás orgullosa de ser la esposa de Pat?

La pelirroja frunció el ceño antes de negar lentamente con la cabeza.

—Ya me imaginaba que lo notarías. Los norteamericanos son raros, Danielle. Fingen que no les importa, pero piensan que por el apellido que llevas, eres de tal o cual manera. Y para nuestra desgracia, el hecho de que sea físicamente como todo Weasley no convence a nadie de que soy buena si anuncio a los cuatro vientos que me "uní" a los Malfoy. Lo hacen sonar como algo malo.

Ante el puchero de su cuñada, Danielle creyó saber a dónde quería llegar. Pero no le agradaba la idea de que incluso en aquel enorme y multicultural país, los Malfoy fueran vistos como un peligro. Arrugó la nariz en señal de disgusto, a lo que Frida asintió.

—Lo sé, es odioso. Pero ni una palabra de esto a Pat. En teoría, me hago llamar así por cuestión de imagen: todo jefe de una sucursal de Sortilegios Weasley es un Weasley. Suena lógico, ¿no?

Danielle asintió lentamente. No le agradaba guardarle secretos a su hermano, no desde que volvían a llevarse bien. Sin embargo, comprendía los argumentos de Frida y su deseo de no mortificar a Patrick con detalles que, a fin de cuentas, no modificaban lo esencial.

Frida era Weasley de nacimiento y Malfoy por elección. Y estaba orgullosa de ambas cosas.


10 de agosto de 2020.

Londres, Inglaterra.

Cementerio Fallen Souls.

Una figura vestida con un pantalón de mezclilla, un delgado suéter verde musgo y calzada con zapatos tenis de color gris, era fácilmente distinguible por la soledad de los alrededores. Nadie más circulaba por ese lado del camposanto a esa hora tan temprana, cuando la mayor parte de los adultos estaba dirigiéndose a sus lugares de trabajo en un lunes cualquiera.

Lo importante para aquella figura no era el día de la semana. Era la fecha.

Kelly Desdémona Poe

Nacida el 24 de noviembre de 1981

Fallecida el 10 de agosto de 2006

Gracias por el regalo viviente que me dejaste en el mundo

Con amor, Anthony

—Parece que no la alcancé —dijo la figura con una voz peculiar, la de un niño que poco a poco, está dejando de ser tal —Quería saludarla en persona este año…

Los ojos grises de la figura se paseaban por la lápida, la inscripción en ella y por los lirios lilas colocados sobre la tumba que tenía enfrente, cuidadosamente atados en un ramo.

—Buenos días, mamá, otro año se fue. Gracias otra vez por el regalo que me diste, aunque no sea una cosa viviente.

Repetir esas palabras se habían convertido en una especie de costumbre obsesiva, pero a Walter Poe no le importaba mucho si alguien lo consideraba tonto por ello. No es como si acudiera a ese lugar acompañado la mayoría de las veces. El año anterior había sido un caso extraordinario que, por lo visto, no se repetiría fácilmente.

El chico dejó un ramillete de lilas y margaritas a la izquierda del ramo de lirios, para luego observar el conjunto con una ligera mueca de interés. Luego sacó de un bolsillo una libreta verde con un rayo plateado en la portada y de sus páginas extrajo lo que parecía una fotografía, salvo por el hecho de que la imagen plasmada en ella se movía.

Una mujer de largo cabello castaño oscuro saltaba de un lado a otro, como niña pequeña, con la melena ondeando tras ella y delante de otra persona que la seguía, un hombre de traje gris oscuro y camisa blanca. Por su estatura y el tamaño de la foto, la cara del hombre no podía verse, al menos de momento. En unos segundos, Walter pudo sonreír al ver cómo la mujer volvía sobre sus pasos, le echaba los brazos al cuello al hombre y éste se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

A Walter le resultaba difícil de creer que su padre hubiera accedido a tomarse una foto mágica. Por lo que podía recordar, su actitud hacia la magia era respetuosa, pero distante. Sin embargo, creyó que solamente era así desde la muerte de su madre, porque ahora que él era mago, seguía tratándolo como siempre, sin demostrar que lo considerara un fenómeno o algo por el estilo.

Que su media hermana bromeara con eso, ya era otro asunto. Gwen era un tanto hiriente a la hora de soltar sarcasmos y frases semejantes, pero fuera de eso, era buena con él. Además, por lo que contaba, había amado con locura tanto a su madre como a su madrastra. Walter se preguntaba si lo que deseaba Gwen era haber sido bruja, porque según las viejas cartas que Kelly había escrito, de pequeña se quedaba fascinada con sus trucos.

Meneó la cabeza. No se imaginaba a su media hermana siendo bruja, menos en las actuales circunstancias. La quería demasiado como para pensar en ella enfrentando terroristas mágicos y amenazas de muerte. Preocuparse por su tía era más que suficiente para él.

—Mamá, cuida a tía Katrina, ¿quieres? —susurró, como si considerara que pedir eso fuera algo incorrecto —Tú misma lo decías, a veces actuaba como una loca. No quisiera que muriera.

El muchacho parpadeó furiosamente, conteniendo un par de lágrimas, inclinándose para deslizar el índice por el nombre de su madre, cincelado en la piedra y coloreado de rojo. Al enderezarse, se dio cuenta que, lentamente, iban apareciendo palabras con una caligrafía distinta al resto de la inscripción. Era como si una mano invisible las escribiera en ese mismo momento.

Sin importar lo que suceda, siempre estaré allí para ti, Kane.

Walter arqueó una ceja. No había que ser un genio para saber que esa línea era mágica, ¿pero por qué aparecía ahora? Dedujo la razón en segundos: hasta la fecha, no había rozado siquiera una letra de la lápida, y dado que la frase iba dirigida a él…

Y ahora que lo pensaba, la caligrafía era muy parecida a que veía en las cartas que le enviaba su tía, aunque también era similar a la de las cartas de su madre. ¿Qué trataban de decirle con eso? ¿Era una promesa de Katrina o acaso una que Kelly había mencionado antes de morir?

Se encogió de hombros, observando que la inscripción se desvanecía de la misma manera en que había aparecido. Logró sonreír, muy a su pesar.

No importaba cuál de las gemelas Turner prometió eso en primer lugar. A fines prácticos, sabía que daba igual. Las dos, de distinta forma, lo amaron desde que nació y eso no iba a cambiar.


15 de agosto de 2020

Orillas del río Hudson, cercanías de Manhattan.

Centro de Compras Mágico de Nueva York.

—Buenos días, señor, bienvenido a Sortilegios Weasley, ¿en qué puedo ayudarle?

El cliente, un chico unos quince años, sonrió de manera boba mientras intentaba recordar qué era lo que iba a preguntar.

La dependienta, una jovencita rubia de opacos ojos azules, contuvo su hartazgo y esbozó una sonrisa de cortesía que dejó al muchacho aún más nervioso.

—Eh, yo… quisiera preguntar sobre el nuevo producto… si fuera tan amable… señorita…

—Malfoy.

Al instante, el joven se quedó de piedra y carraspeó al tiempo que se erguía un poco.

Danielle notó la reacción a la mención de su apellido, ¿cómo no hacerlo? En ocasiones las personas no eran nada discretas. Aún así, mantuvo la compostura y ojeó su entorno.

La tienda estaba más llena que en los días precedentes, lo que quizá se debía a que no faltaba mucho para el término de las vacaciones de verano. Ella misma se iría al día siguiente con Patrick a Londres, a comprar las cosas del colegio, pues la carta de Hogwarts había llegado apenas una semana atrás. Con ese pensamiento, se animó lo suficiente para despachar al chico con cordialidad.

Debía darle crédito a Frida, manejar un local en la Gran Manzana era una proeza. Los magos norteamericanos eran de gustos tan diversos que era increíble cómo cada artículo que Sortilegios Weasley creaba exclusivamente para su mercado se vendiera en un santiamén. Nada más había que ver la demanda que tenía la última novedad: un cojín de satén amarillo canario, cuadrado y con dos borlas de distintos colores en cada esquina, que según la que apretaras antes de colocarla en el asiento de alguien, era el sonido que produciría. Se parecía a uno de esos cojines de broma que le había mencionado Thomas en una ocasión, solamente que este incluía olores, así que… Sí, por eso Procyon había estado encantado con su regalo. Él y Thomas, en menos de un minuto, hicieron una larga lista de personas en quién probarlo.

Se permitió una sonrisa más amplia de las que acostumbraba al pensar en sus amigos. Los echaba mucho de menos, ya quería verlos y charlar cara a cara. Las lechuzas no bastaban. Además, algunos de ellos estaban limitados en ese aspecto: Walter pasaba el mes de agosto en Londres, en una zona muggle, además de que no tenía ave propia; Sunny le había prestado la suya, ya que como alegó en una de sus escasas cartas, se fugaba a casa de su hermano porque el ogro negro no la dejaba hacer prácticamente nada; Thomas…

Sacudió la cabeza, haciendo que su cabello, recogido ese día en dos trenzas, se ondulara con cierta gracia. Por algún motivo, Thomas no le había escrito más que una misiva, poco después del cumpleaños de Procyon, comentando lo molesto que era pedirle a su amigo que le prestara a Shadownight para la entrega y haciendo descripciones detalladas de las travesuras de sus hermanos y lo que veía en el estudio de grabación del programa de sus padres. Al final, prometía enviarle una fotografía de ese lugar, pero hasta la fecha seguía esperándola. ¿En qué estaría pensando ese chico?

Con un mohín de fastidio, Danielle decidió mirar un poco más a su alrededor. Aunque seguía mareándola la cantidad de gente que entraba y salía, ya no era igual que antes. Se habituó rápido a las multitudes, así como a los compañeros de trabajo, que por mucho que recelaran de su apellido, al menos hacían el intento por conocerla a ella.

En ese momento uno de los empleados, alto y delgado que usaba anteojos cuadrados, agitaba los brazos en una esquina de la tienda, haciendo de conejillo de Indias para mostrarle al público el funcionamiento del nuevo producto. Unos metros a la izquierda del chico de anteojos, junto al estante de Wonder Bruja, Annie Jane Stevenson parecía conferencista al describir con lujo de detalles las propiedades de los productos de esa línea. Y a la izquierda de Danielle, en el centro de la pared opuesta a la puerta principal, un muchacho de brazos musculosos y cabello castaño cortado a rape custodiaba una puerta cubierta por una cortina de tela de un color púrpura oscuro, sobre la que un letrero anunciaba Línea de Lujo. No entrar si no tienes con qué pagar.

A Danielle le causó risa la primera vez que leyó aquello y le preguntó a una de las dependientas, de corto cabello peinado en punta y teñido de color azul celeste, si de verdad lo que vendían allí era tan caro (aún no leía esa parte del catálogo de precios). La empleada le contestó con desdén.

—Es que aparte de galeones, necesitas cerebro para comprar lo que hay allí. Y muchos de los que vienen aquí no lo tienen.

La rubia se había quedado intrigada, por lo que ese mismo día le preguntó directamente a Frida qué se vendía tras esa puerta. La pelirroja, inesperadamente seria, la invitó a entrar cuando los demás empleados se habían ido, para que lo averiguara y decidiera por sí misma si debía mostrarse la mercancía en público o no.

La Línea de Lujo estaba conformada por cualquier artículo de Sortilegios Weasley que se podía usar de forma… seria. Sí, esa era la aplicación correcta, a Danielle no le cupo la menor duda. Vio el Guardarropa Escudo (prendas de vestir que invocaban un encantamiento escudo ante ataques con hechizos sencillos), los Chivatoscopios Especializados (chivatoscopios modificados para detectar artimañas específicas), los Generadores de Invisibilidad (pequeños botones que podían colocarse en objetos o personas para hacerlos invisibles por un corto periodo de tiempo) y algunas cosas más. Sus precios, obviamente, eran más altos que los de los productos ordinarios, pero además, esa línea tenía como principales clientes a algunos Ministerios y Secretarías de Magia, que se preocupaban por la seguridad de sus empleados y más con los tiempos que corrían.

Danielle quedó fascinada. Le preguntó a Frida si ella podía comprar algo de esa línea, a lo que la pelirroja respondió con una carcajada. Acto seguido, la había dejado escoger lo que quisiera, alegando que sería parte de su sueldo. La rubia aceptó.

Dejó a un lado los recuerdos de ese día cuando se colocó otro cliente frente a su mostrador. Lo atendió con rapidez, para verlo marchar, y ladeó la cabeza. Iba a echar de menos el bullicio, muy a su pesar, cuando regresara al colegio, pero al menos podría presumirle a sus amigos que trabajó en Sortilegios Weasley, ¡cosa que Rose seguramente nunca había hecho!

Y eso que Rose era una Weasley de pura cepa.

—Buenas tardes, bienvenido a Sortilegios Weasley, ¿en qué puedo…? ¿Otra vez usted?

Danielle se giró hacia la derecha ante el tono de fingido fastidio de la chica de cabello corto teñido de color azul celeste, Betty Lu Clemens. Y no creía que fuera por el aspecto del cliente, que a simple vista, se diría que era demasiado mayor para andar allí.

Era un hombre joven, más o menos de la edad de su hermano Patrick, o eso quiso creer Danielle. Usaba una túnica al estilo oriental, de color azul oscuro y bordes blancos, que lo hacía lucir mucho más apuesto de lo que era con ese lustroso cabello castaño claro, casi rubio, y los ojos de un intenso color violeta.

La rubia pestañeó varias veces, anonadada.

—¿Señor Black? —llamó, demasiado asombrada para notar que hablaba en voz demasiado alta.

Por suerte, los clientes no la oyeron, pero el desconocido dio un respingo y la miró. Al arquear una ceja con un fino ademán, Danielle pensó más en Procyon que en Jim Black, pero aún así existía cierto parecido. El flequillo le caía sobre la frente con un aire entre altivo y elegante; los rasgos daban al individuo una imagen aristocrática que era difícil de ignorar. El sujeto apartó los ojos enseguida de ella, lo que fue un alivio, pero igualmente lo siguió observando.

—¿Me está escuchando, señor? —quiso saber Betty Lu, haciendo un mohín que desentonaba con su estrambótico aspecto —La señora Weasley no puede atenderlo, ¿hasta cuándo insistirá?

—Hasta que ella misma me lo diga, ¿cómo ve? —respondió el hombre descaradamente.

Danielle sacudió la cabeza por segunda vez en media hora. Definitivamente era como ver a Procyon cuando quería salirse con la suya.

—Pues entonces búsquese una silla, porque irá para largo —rebatió Betty Lu, moviendo la diestra como si espantara a una fastidiosa mosca y no a una persona —Ahora deje pasar a los clientes, ¿quiere? A menos, claro, que pretenda comprar algo aquí.

Fue el turno de Betty Lu de arquear una ceja, pero ella lo hizo en actitud desafiante. Como respuesta, recibió una deslumbrante sonrisa, tan franca y al mismo tiempo tan ladina, que Danielle casi se fue de espaldas.

Si ese tipo no era pariente de Procyon, se tiraba al mar desde Risco Rojo.

—Dígame, ¿qué clase de artículos tiene en la Línea de Lujo? —quiso saber el hombre.

La dependienta inmediatamente se puso alerta.

—De la clase que no interesan a los de cabeza hueca —argumentó, molesta.

—En ese caso, quizá la damita quiera llevarme a ver.

El hombre señaló con una mano a Danielle, quien dio un respingo.

—Oiga, ella no…

—Quiero ver la Línea de Lujo. Eso o armo un alboroto como el de la otra vez, hasta que su jefa me vea. No importa si es para correrme de nuevo.

Betty Lu tragó en seco y mirando a Danielle de soslayo, le imploró ayuda silenciosamente.

—Si gusta seguirme, señor —indicó la rubia, saliendo de detrás del mostrador con toda la calma que podía juntar. No tardó en llegar ante el chico rapado de brazos musculosos, dedicándole una débil sonrisa —Hola, Bross. El señor quiere ver la Línea de Lujo, ¿puede?

El muchacho, luego de mirar al desconocido con seriedad, asintió y abrió la cortina púrpura en completo silencio. Danielle, lentamente, abrió la puerta y le cedió el paso al potencial cliente, pero éste negó con la cabeza.

—¿Dónde se ha visto algo así? —exclamó, revelando un peculiar acento en su voz que la rubia relacionó súbitamente con Hogwarts, aunque no sabía por qué —Las damas primero.

Así que a Danielle no le quedó de otra más que ir por delante, pero en cuanto estuvo a una distancia prudente, dio media vuelta y se detuvo, fijando la vista en su acompañante. Se percató que el hombre observaba a su alrededor con verdadero interés, y como no tardó en descubrir, su andar complementaba perfectamente su imagen de persona culta. ¿Qué haría entonces, a su edad, en una tienda de artículos de broma?

—¿A quién se le ocurrió todo esto? —quiso saber el hombre, sonriendo levemente.

—La Línea de Lujo fue creada por Fred y George Weasley, fundadores de Sortilegios Weasley, en mil novecientos noventa y seis —respondió Danielle en tono profesional, alegrándose de ya haber leído esa parte del catálogo —Desde entonces, está en continua renovación y mejora, que comprenderá por la naturaleza de ciertos artículos, además…

—¿Hay alguna posibilidad de hablar con tu jefa, damita?

La pregunta del individuo, pese a haberla interrumpido, no había sido realizada en tono brusco. Danielle creyó detectar cierta cortesía y urgencia en la voz.

—No estoy segura —afirmó, encogiéndose de hombros.

—En ese caso, si pido hablar con la señora Malfoy de Risco Rojo, ¿me ayudarás?

—¿Disculpe? —la rubia abrió los ojos desmesuradamente antes de adoptar, sin saberlo, una expresión altanera digna de su padre —¿Quién se cree que es? Ella no tiene tiempo para tonterías.

—Ajá. Y yo soy un jarvey con excelente vocabulario. Por favor, damita, es importante. Si ella estuvo tan loca como para emparentar con los Malfoy…

Para asombro del hombre, Danielle se quedó sin paciencia y le apuntó con la varita.

—He tenido suficiente —espetó ella, arrastrando las palabras de manera similar a su padre, con lo que el sujeto frente a ella dio indicios de hallarse ante algo familiar y extraño a un tiempo —Si quiere hacerle algo a Frida por haberse casado con Pat, sepa que no lo voy a tolerar. No me importa ser una niña de catorce años insignificante, ¿comprende? Haré lo que pueda para que los deje tranquilos. ¡Por las barbas de Merlín! ¿A mis sobrinos también les va a tocar esto?

Con un ademán furioso, Danielle hizo un vago gesto de señalarse a sí misma. Eso dejó a su interlocutor mucho más desconcertado.

—No era mi intención enfadarte, damita —aseguró el sujeto con voz suave, alzando las manos como si se rindiera ante algo —Pero no me dejan hablar con la pelirroja por nada del mundo. La última vez imaginé que si armaba un escándalo, vendría hacia mí, y no me equivoqué. Solamente que no creí que traería a su marido de escolta.

Danielle, sin bajar la varita aún, arrugó la frente, intentando comprender el asunto.

—¿Eso cuándo fue? —quiso saber.

—A finales de junio.

La chica parpadeó con asombro.

—¡Nos hizo llegar tarde a mi fiesta de cumpleaños! —exclamó, indignada.

—Vaya, lo siento, no era mi intención. ¿Y puede saberse cómo podías llegar tarde a tu propia fiesta de cumpleaños? ¿No se supone que esas fiestas no empiezan si no está la festejada?

—Este año la fiesta era en casa de mi mejor amiga. Casualmente, compartimos cumpleaños. Y por la diferencia de horarios, llegamos tarde.

—¿Diferencia de horarios?

—Ella vive en Londres.

El hombre hizo una mueca de incomprensión, pero casi al instante consiguió borrarla de su apuesto rostro. No ayudaba ver a la rubia con la varita apuntándole directamente al pecho.

Como si estuviera habituada a no bajar la guardia, por temor a salir herida.

—Volvamos a empezar, damita, si no te importa —el hombre tendió la diestra, esbozando una sonrisa amable —¿Cómo te llamas?

—¿No debería decirme su nombre primero?

—No puedo, lo siento.

—¿Entonces por qué reaccionó cuando lo llamé Black? Lo confundí con el padre de un amigo.

El individuo parpadeó repetidamente, confundido.

—¿Por qué me confundiste? —inquirió, curioso.

—Tiene los ojos del mismo color que usted y ese rasgo no es muy común. Creí que era el padre de mi amigo, porque siendo auror, él a veces se disfraza para las misiones y…

Cuando el hombre bajó la diestra para acercarse y darle un abrazo, Danielle dio por sentado que el tipo estaba loco. Por otro lado, Patrick era el único varón adulto que la aferraba así, con fuerza pero a la vez con ternura, sin ninguna intención de hacerle daño.

Una punzada de dolor surgió junto con la pregunta que llenó su mente en ese momento, ¿se sentiría así que tu propio padre te abrazara?

Se le hizo un nudo en la garganta. Quizá jamás supiera la respuesta.

—¿Señor? —llamó débilmente, temerosa de enfadarlo.

—Lo siento, damita, me acordé de alguien —aseguró el hombre al separarse de ella, sin dejar de sonreírle —Hagamos esto: yo me quedo aquí sin molestar a nadie mientras tú haces el intento porque tu pelirroja cuñada me reciba. ¿Te parece?

—Pero no puedo ir con Frida sin saber quién la busca.

Bien, era un punto a favor de la chiquilla, había que reconocerlo. Cuidaba de los suyos.

—Hazla venir aquí y se lo diré. No soy malo.

Y volvió a mostrar esa sonrisa, descarada y pícara, que a Danielle le recordaba a Procyon.

—En serio, debo tirarme al mar desde de Risco Rojo si no es pariente de mi amigo —masculló, abandonado la habitación y preguntándose si hacía lo correcto.

El hombre la alcanzó a oír mientras salía, por lo que su sonrisa se volvió melancólica.

—Si me vieran… —musitó, pasando una mano por su cabello —Lo siento por ti, damita.

No entendía por qué se la pasaba disculpándose con Danielle, cuando por lo general, no pedía perdón fácilmente. No era solamente cuestión de orgullo, sino de experiencia: en el pasado nunca salía nada bueno si se disculpaba, por más sincero que fuera.

Carpe diem, Carpe noctem, era su lema. Vivir intensamente el día y la noche. No le solía preocupar lo que ocurría con ciertas personas que lo despreciaron casi desde la cuna, pero ahora comprendía que esa actitud no era del todo correcta. Sin embargo, no podía hacer nada al respecto.

Sus pensamientos fueron hechos a un lado cuando la puerta volvió a abrirse, dando paso a Danielle y a una joven mujer de cabello rojo, piel muy morena y túnica verde musgo. Vaya, eso era un detalle a tomar en cuenta. Contuvo una sonrisa divertida.

—Déjanos solos —le pidió la pelirroja a Danielle con voz seria.

La rubia intuyó que debía obedecer al instante. Y eso hizo, no sin antes mirar por encima de su hombro con cierto pesar.

—Señor, le dejé bien claro que no lo quería volver a ver en mi local —comenzó la pelirroja, haciendo una mueca y cruzándose de brazos —No cuando casi hiere a uno de mis empleados. Por no mencionar que mi marido me pidió muy amablemente que no lo dejara entrar. Se preocupa demasiado, pero por esa vez le di la razón. Traigo a mis hijos al trabajo.

La última frase fue dicha en tono casual, pero era clara advertencia de que el joven matrimonio Malfoy se tomaba muy en serio la seguridad de sus seres queridos.

—Yo no habría reaccionado así si le hubieran pasado mi recado —se defendió el extraño, contrariado —Pedí hablar con usted por las buenas, ¿pero qué hicieron los empleados? Negarla automáticamente y dejarme a mí peor parado que a un caballo ante un grifo en ayunas. Así que tuve, como siempre, una de mis brillantes y descabelladas ideas. Si Merlín no venía a la Mesa Redonda, la Mesa Redonda lo haría venir.

—¿Sabe que sus expresiones son anticuadas? —muy a su pesar, Frida Malfoy estaba sonriendo.

—Sí, pero ese no es el punto. Mis amigos y yo necesitamos establecer un enlace con la Orden del Fénix actual y se nos están acabando las opciones.

Frida se puso rígida.

—¿Cómo sabe de la Orden? —indagó, cautelosa.

—Es una larga historia y no tengo tiempo de contársela. Realmente necesitamos ese contacto, porque por alguna razón, no podemos establecerlo nosotros. Algo nos está bloqueando.

—¿Acaso ustedes fueron parte de la Orden? —al ver la incomodidad del hombre, Frida insistió —Porque en ese caso, no me explico que faltaran a la reunión del mes pasado. Ese día podrían haber pedido cualquier cosa que necesitaran.

—No nos llegó ningún mensaje. Creo que es por nuestra… condición.

—¿Qué condición?

—Créame, es complicado. Y no quiero que me tome por charlatán o peor aún, por espía. Usted se casó con un Malfoy, ¿no? Sabe que a veces, lo que parece imposible puede ocurrir. Y no tiene por qué ser algo malo.

Frida tuvo que concederle la razón al desconocido. Sin embargo, dudó.

—¿Cómo sé que no me miente? No creerá que los pondré en contacto así nada más.

—¿Me parezco a alguien que conozca?

La pregunta desconcertó a Frida, pero antes de negar rotundamente, miró detenidamente al hombre que tenía enfrente. Captó lo mismo que Danielle, la elegancia nata, el atractivo masculino, la chispa de picardía en sus ojos, pero también algo más. No sabía de qué se trataba hasta que, inconscientemente, el hombre arqueó una ceja como signo de aparente desdén.

—¿Es pariente de Pat? —preguntó ella en un murmullo.

—Algo así.

—No vamos por buen camino, amigo, ¿qué significa eso?

—Bueno, fui pariente de su marido.

—Eso no tiene sentido.

—Créame, el hecho de que le hable en este momento tampoco tiene sentido. Pero no puedo decir más. Lo prometí y eso para mí es como si hubiera hecho un Juramento Inquebrantable.

—¿Y qué quiere que le diga a la Orden? —Frida se aclaró la garganta y adoptó un tono chillón y sarcástico —¡Hola! ¿Adivinen qué? Unos tipos que dicen haber sido de la Orden quieren establecer contacto. No, no tengo pruebas de que digan la verdad, pero como uno de ellos dice que fue pariente de mi marido, creo que es de fiar —regresó a su voz normal y entrecerró los ojos —Ridículo, ¿no cree?

—Señora, realmente tiene sentido del humor. Y sí, es ridículo. Pero es la verdad.

—Eso no basta.

Los dos se quedaron mirando fijamente por unos minutos, hasta que la puerta de la habitación se abrió de nuevo, asomando Danielle la cabeza.

—Perdón, Frida —se disculpó la chica —Annie Jane quiere saber si vas a tardar mucho. Ya casi es hora de comer. Aunque creo que lo que quería era verificar si sigues viva.

—Dile que todos pueden irse a comer, no hay problema.

Danielle asintió y se retiró, solamente para volver al poco rato y entrar de lleno al cuarto.

—¿Ahora qué? —quiso saber Frida.

—Nada, te espero.

Antes que la pelirroja abriera la boca, el desconocido intervino.

—Me alegra verte otra vez, damita. No me dijiste tu nombre.

—No sé si deba decírselo.

—Si tu cuñada no me ha echado a patadas, no puedo ser tan malo, ¿o sí?

Eso, meditó la rubia, parecía coherente.

—Me llamo Danielle Malfoy, señor. ¿Y usted quién es?

—Ya me lo habías preguntado y me disculpé por no poder decírtelo.

Las dos féminas en la habitación intercambiaron miradas.

—¿Cómo quiere que le haga semejante favor sin siquiera saber su nombre?

Por toda respuesta, el hombre sacó un sobre de pergamino sellado, en cuyo anverso decía Para el actual líder de la Orden del Fénix. Frida lo tomó, miró sin mucha atención la caligrafía y el sello, para luego pasárselo distraídamente a Danielle. La chica lo tomó y lo examinó con rapidez, ahogando un gemido al fijarse en el sello. Hizo el intento por hablar, pero sus ojos se encontraron con los del sujeto frente a ellas y él, de manera casi imperceptible, le pidió silencio.

Sin quedarle más remedio, la rubia escuchó a medias cómo su cuñada acordaba entregar la carta, así como el deseo del individuo por comprar algo de la Línea de Lujo. Se guardó el sobre en un bolsillo, con el ceño fruncido a causa de la concentración, porque el asunto no tenía sentido.

El señor misterioso, de alguna forma, le había dado una pista para responder una de las tantas preguntas que generó a su alrededor. El problema sería seguirla sin que nadie lo supiera.

Para su pesar, tendría que hacer algo que no quería: aprovecharse del talento de sus amigos sin que éstos supieran la verdadera razón.

Específicamente, necesitaba una memoria prodigiosa que pudiera relacionar datos con imágenes desde el primer vistazo.


20 de julio de 2010. 10:25 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, damas y caballeros! ¿Qué, me extrañaron? No sé si lo harán después de semejante capi. Lo juro, creo que cada vez me salen más raros, por más que intento que no lo sean. Ya qué…

En primer lugar, ¿recuerdan lo que había dicho de los títulos? Pues bien, segundo título de Arcano, segundo personaje "céntrico", digámoslo así. Danielle tuvo su pequeño momento protagónico y me gustó, hacía mucho que no la ponía en estas circunstancias. Creo que ya le tocaba. Así pues, describí un poco cómo es la pequeña rubia (comparada con el resto de sus amigas, sí es pequeña, luego se nota más). Y claro, que fueran viendo qué tanto se parece a sus padres, qué tanto la hace diferente a ellos y cómo es su vida en Estados Unidos, viviendo en un sitio donde se sacrificaban brujas y siendo empleada de una tienda de artículos de broma (creo que Rose sí se morirá de envidia cuando se entere de eso, jajajaja).

Por otra parte, se coló una pequeña escena que creí apropiada, dada la cronología. Walter celebrando su cumpleaños en el cementerio. Lo sé, suena raro. Pero creo que quería ver a su tía y no se le hizo. Al final, Walter demuestra ser una personita sensible, madura, y que está dejando de ser niño poco a poco. Para mí, es de los personajes más "sencillos" de la Orden del Rayo (al menos lo fue cuando lo creé). Que le complicara la vida emparentándolo con el personaje "prestado" de Katrina Turner, ya es otra historia.

Y la última escena, de vuelta con Danielle, es como para ponerlos más neuróticos, ¿no? Sé que quieren matarme, hacerme un montón de preguntas, incluso deben estar haciendo sus conjeturas sobre qué diablos está pasando allí. Me divirtió hacer que Danielle interactuara con nuestro misterioso y apuesto extraño (porque ese hombre es guapo, si lo sabré yo…). Cuando se descubra quién es, me darán la razón. Y claro, algunos quizá se revuelquen de risa. Si es que no lo hicieron ahora con los diálogos que se aventaron Danielle y Frida con el desconocido. Por cierto, ¿qué es eso de que sus frases son anticuadas? Se los dejo de tarea.

Ahora sí, antes de despedirme, aviso que gracias a una lectora que me ha ido siguiendo de página en página tengo al siguiente personaje para los Arcanos Visionarios. Ella sabe quién es, porque entre el desastre de dos páginas donde publicaba, que ella no pudo entrar a la más reciente donde me inscribí y demás, la admiro por querer leerme todavía. En fin, me desvío del tema, esa lectora me ha hecho la única sugerencia para La Rueda de la Fortuna y le tomaré la palabra. El personaje que representará ese Arcano Visionario será… ¡Itzi Salais! Nuestra querida Pitonisa mexicana, Nicté por parte de madre y novia del ex–campeón de Calmécac. Si soy sincera, en mis primeros apuntes al respecto tenía de sugerencia a otra Pitonisa, Mara Kreisky, y me acordé porque el capi anterior se relató su boda. Pero ahora me he decidido y es tiempo de pasar al siguiente, que según el orden que ando siguiendo, es La Justicia, de quien no tengo que decir mucho, ¿o sí? Su significado es más que evidente: equidad, imparcialidad, la alternativa correcta y conceptos análogos, así como que si en una tirada de tarot sale invertida, viene siendo injusticia, ilegalidad y similares. Piensen bien, damas y caballeros, y leeré sus sugerencias con atención.

Cuídense mucho, abaníquense fuerte (en el hemisferio norte), no olviden los abrigos (en el hemisferio sur) y nos leemos lo más pronto que pueda.