A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Nueve: La Emperatriz y El Emperador.

7 de septiembre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Departamento de Misterios, Ministerio de Magia.

Los pasillos eran lúgubres, o quizá esa era la impresión porque la iluminación era escasa. Las antorchas cargaban con llamas quietas, que apenas se agitaban con el abrir y cerrar de las puertas entre ellas. Las oficinas de los Inefables eran prácticamente claustros donde apenas cabía lo más indispensable. Cualquier otro que se veía en la necesidad de entrar en una de esas oficinas se sentía incómodo en menos de cinco minutos.

Suerte para Harry Potter haber tenido un "dormitorio" diminuto en sus primeros años de vida.

En realidad, él no se quejaba en el interior de lo que la mayoría de lo que otros denominaba escondrijos. Siendo un sobreviviente (en muchos sentidos), cada día le parecía valioso y creía que se malgastaba tiempo quejándose por cosas como el mucho o poco espacio del que se dispusiera en su sitio de trabajo. Su propio cubículo en la segunda planta apenas era más grande que la oficina de un Inefable, aunque quizá uno no lo notaba porque allí el techo estaba más elevado y las ventanas mágicas daban una vaga sensación de alegría y libertad.

Pero no era momento de pensar en eso. Al menos no ahora, que se había dado unos minutos para bajar a esos pasillos. No tenía muy buenos recuerdos de ese lugar, cada paso que había dado hasta llegar a la oficina que buscaba le había dolido más de lo que creyó posible. Sin embargo, a través de los años, quiso creer que el peso en el corazón disminuía al seguir viviendo, al haber conseguido que el mundo fuera un sitio un poco mejor que antes… y que pensaba mejorar un poco más para cuando su hija fuera una adulta y tomara el relevo.

—¡Ah, señor Potter! —una voz masculina lo saludó, antes que su dueño, un castaño de ojos grises y túnica de un extraño color vino rosado, entrara y lo contemplara sentado en una simple silla de madera —Es raro ver a alguien de arriba por aquí. ¿A qué debemos el honor?

—Espero —dijo sencillamente el señor Potter, encogiéndose de hombros.

—Sí, conozco esa sensación. Más cuando… Bueno, Nympha se lo habrá contado, supongo.

Ante el arqueó de cejas del señor Potter, el castaño se sorprendió y acto seguido, se mordió la lengua, entre bromista y arrepentido.

—Acabo de meter las cuatro —masculló el castaño por lo bajo, en español.

—¿Disculpe?

—Nada, nada, tendré que hablar con Nympha. Su esposa no tarda, o eso me dijo cuando me la crucé. Yo venía de la…

El castaño miró por encima de su cabeza con aire distraído, como si percibiera algo que otros no podían ni imaginar, hasta que regresó su atención nuevamente a la otra persona en el lugar.

—Bueno, será mejor que me vaya. Tengo que hacer unos cuantos informes, burocracia pura, y después me habré ganado un almuerzo enorme. Con su permiso, señor Potter.

—Que tengas buen día, Anom.

Anom Nicté asintió, sonriendo, antes de dejar la minúscula habitación. Dos segundos después, la puerta volvió a abrirse, dando paso a una castaña de túnica verde botella que dirigía unos pesados volúmenes flotantes con la varita mágica.

—¿Por qué no me sorprende verte con libros, Hermione? —inquirió el señor Potter, divertido.

—No sé, me conoces de casi toda la vida, supongo —la mujer dejó ver una sonrisa antes de hacer que los libros se posaran en un estante de madera enclavado en uno de los muros —He tenido mucho qué hacer, aunque no parezca: descifrar, relacionar, descartar, archivar… ¡No puedo creer la cantidad de registros que hay! Menos me creo los que se cumplen y los que no…

—¿No hay problema en que me hables de eso? Yo no soy Inefable.

—Ah, no. Malo sería que diera información específica. No soy tan estúpida.

—Yo menos que nadie diría algo semejante. ¿Para qué querías verme?

—Revisé el paquete. Tiene una historia interesante. Pásame uno de los libros que acabo de traer. El de pastas de cuero.

—¡Todos tienen pastas de cuero!

Hermione Potter no pudo evitar reír ante su propia gracia.

—Lo siento, de vez en cuando si no te diviertes con algo aquí abajo, te vuelves extraño.

—Pues acabo de ver a Anom y sí que se portó un poco extraño. ¿Te ha dicho algo de Tonks?

—¿A mí? No, aunque sí ha estado un tanto… despistado. Después hablaré con él, no quiero quitarle el tiempo. Tiene un trabajo.

El señor Potter, a sabiendas de que no recibiría respuesta si preguntaba por el trabajo de Anom, prefirió pararse e ir hacia el montón de libros en la repisa y adivinar cuál quería su esposa. Lo dedujo, sin saber por qué, por el título que uno de ellos, en estilizadas letras doradas, mostraba en su lomo. Aunque en sí no entendía en qué idioma estaba escrito, lo sospechaba.

L'Arcanes Visionnaires —leyó, sin darse cuenta que lo hacía en voz alta.

—Precisamente. Tráelo, Harry.

Él obedeció, observando con cierto interés el libro, de pastas increíblemente suaves, de color parecido a la miel, con hilos dorados formando las palabras del lomo y algunas filigranas en los bordes, en forma de espirales. En el centro de la portada, cual camafeo, una ovalada ilustración lo desconcertó levemente: una figura de túnica oscura con bordes dorados tendía los brazos como dando la bienvenida a alguien a quien fuera a abrazar, pero sus manos sostenían dos cosas que no cuadraban de todo con esa idea: en la derecha portaba lo que parecía un destello, una luz intensa hecha en hilos plateados y unos cuantos dorados; en cambio, en la mano izquierda portaba algo rojizo, casi negro, similar a una madeja de hilos color obsidiana y rubí que parecían escurrírsele entre los dedos con lastimosa lentitud. El señor Potter frunció el ceño antes de dejar el libro en el escritorio, frente a su esposa, y alejarse de él por mero instinto.

Lo que la figura de la portada cargaba en la mano izquierda tenía un grotesco parecido a un corazón humano, sangrante y descompuesto, como si algo lo dañara de una manera peor que ser arrancado del pecho de su dueño.

—Linda portada —musitó, intentando sonar sarcástico y tomando asiento de nuevo.

—Sí, claro —secundó inesperadamente la señora Potter —Antes, cuando los muggles todavía creían que la magia existía (el Estatuto Internacional del Secreto tenía poco de ser impuesto), decían que estar a la izquierda era estar al lado del mal.

—¡Qué estupidez!

—Quizá. Hoy en día, lo que ellos creen es que la mano izquierda está directamente conectada con el corazón. No el órgano, aunque algo tiene qué ver, sino la compleja maraña de sentimientos que tiene cada quién. ¿Recuerdas tus clases de Adivinación?

—¿Realmente me estás preguntando eso? Detesté esa estúpida materia… ¡Y tú también!

—Vamos, sorpréndeme y dime si recuerdas algo de la cartomancia.

La señora Potter solía tenerle mucha fe a su marido, o eso creía él. ¿En verdad esperaba que se acordara de un tema que poco le interesó cuando era estudiante? Pero para no decepcionarla, forzó la memoria y lo único que le vino a la mente fue una imagen que le era casi tan dolorosa como el haber bajado al Departamento de Misterios.

—La torre alcanzada por el rayo —musitó, haciendo una mueca —Calamidad, desastre…

—Sí, lo sé —por lo visto, la señora Potter había hecho la misma conexión al oírlo, porque no insistió —Pues aunque no lo creas, Trelawney tenía talento. Se daba sus aires de gran adivina, lo cual me desagradaba, pero ya puestos a observar lo que hacía, creo que un poco del don sí tenía. Y no lo digo solamente por el asunto de la profecía —aclaró, al ver a su marido abrir la boca para replicar —Ella misma, con sus actitudes, causó que la tomaran por un fraude. ¿Por qué, si no, leería bien las cartas aquella vez, pero nadie la tomó en cuenta?

El señor Potter, con una mueca, tuvo que concederle la razón a su mujer. A él también le había desagradado Trelawney, pero no podía negar que su charlatanería tenía un trasfondo de verdad.

—Casi me haces lamentar que muriera —comentó, queriendo sonar bromista.

—Esto es serio, Harry, ¿comprendes que la asesinaron por una de sus escasas profecías auténticas? ¿Que se está gestando la misma situación que antes?

Sí, lo comprendía. Demasiado bien, en realidad. Lo que en esta ocasión lo hacía rabiar era que, directamente, no era su asunto. Solamente podía prestar su varita a la causa, pero nada más. Y esa idea le repugnaba casi tanto como las atrocidades cometidas por Voldemort años atrás.

—¿Y qué relación tiene eso con esto? —decidió preguntar.

—El paquete contenía una copia de lo que este libro describe. Una reproducción bastante fiel para ser muggle, si quieres mi opinión.

—Espera, ¿los muggles saben de asuntos mágicos?

—Lo consideran folclore antiguo, Harry, costumbres que hoy en día nadie pone en práctica. Cuando se creó el Estatuto Internacional del Secreto, había magos que tenían buenas relaciones con muggles. Eran pocos, claro, pero no les pareció justo borrar la memoria de amigos y conocidos aunque fuera por su propia seguridad. Al menos eso he averiguado. Algunas familias de magos y muggles han vivido por siglos tratándose secretamente como amigos reales, pero ya son escasas. Incluso algunas de esas familias se han unido mediante matrimonios.

—Siento que te estás desviando del tema, Hermione.

—No tanto, ahora verás. Los muggles de hace unos… seis o siete siglos, más o menos, tenían nociones de cosas extrañas a su alrededor. Crearon supersticiones y leyendas para explicar lo que, según la Historia, fueron cosas de magos. Pero te sorprendería saber cuántos relatos muggles hay ocultos porque narran verazmente asuntos mágicos. Este, por ejemplo.

La señora Potter palmeó suavemente el libro en su escritorio con la mano izquierda.

—¿Esto es un libro muggle? —la curiosidad del señor Potter iba en aumento.

—No. Lo iniciaron muggles, pero tengo la fuerte sospecha de que se lo cedieron a los magos de la familia que describen aquí y ellos fueron quienes lo continuaron.

—¿Y exactamente de qué habla este libro?

—Cartomancia, Harry. Pero practicada con una baraja en particular.

La idea de que la cartomancia fuera esencial en una guerra que se extendía a diario no era la más coherente. Sin embargo, Hermione Potter exponía el tema y con lo racional que era, no habría dicho nada si no lo considerara importante.

—El libro comienza narrando hechos ocurridos alrededor del año mil cuatrocientos cuarenta. En aquellos años, las ciudades más importantes de Italia eran Florencia, Venecia…

—¿Italia, dices?

—Sí, Italia. En ese país, el Renacimiento creció y se hizo famoso. Los artistas abundaban, los mecenas querían ver retratada su grandeza… Incluso hubo magos y brujas de los que se conservan hermosas representaciones porque era la gran moda de la época.

—¿Y eso qué tiene que ver con…?

—A eso voy. Los datos muggles indican que allí fue donde, aparentemente, nacieron las barajas de tarot. La más antigua (y casi completa) que guardan los museos muggles es una expresamente hecha para los que dominaban Milán entonces: el matrimonio de un Sforza y una Visconti.

—Espera, Visconti me suena…

—Claro que te suena. Así se apellida Parvati ahora.

El señor Potter dio un leve respingo involuntario.

—¿El marido de Parvati tiene relación con todo esto?

—Habría que revisar su árbol genealógico, pero lo creo probable. Aunque no importaría mucho, porque los Visconti de aquel entonces eran enteramente muggles. No, aquí el importante era el artista, la persona encargada de hacer la baraja para ese matrimonio. Los muggles no han logrado determinar quién fue, pero todo apunta a que se trataba de un mago. Un tal… Luminatti.

El apellido no le sonaba de nada al señor Potter y, hasta antes de sus investigaciones, estuvo seguro que su esposa tampoco lo conocía.

—En aquel tiempo, los magos comenzaban a ocultarse. Para pasar inadvertidos en las grandes ciudades, algunos se buscaron oficios muggles con los cuales presentarse en público. Este hombre se hizo pintor, lo que era un acierto porque se podía ganar mucho dinero, siempre y cuando te relacionaras bien. Tuvo suerte, porque uno de sus amigos lo presentó al suegro de Sforza y luego de mostrarle algunos de sus trabajos, le encomendó la creación de la baraja como regalo de bodas para su hija y su yerno. Luminatti aplicó detalles mágicos a su obra, arreglándoselas para poder supervisar lo que fue pintado por otras personas, muggles aprendices de una escuela de arte local.

»Cuando quedó lista, la baraja se convirtió en una sensación. Declararon que Luminatti era un genio, pero él entendió rápidamente que si otros magos veían su obra, tendría problemas. Así que modificó suficientes memorias como para que ningún muggle se acordara de su nombre y aunque le dolió que le atribuyeran a otro lo que había hecho, sabía que era lo mejor. Además, hacer esa baraja le había dado la idea de crear otra, una que sí podría presentar a los magos, porque sería una maravilla mejor que las tarjetas muggles que había pintado. Esta baraja de verdad mostraría el pasado, el presente y el futuro de quien la consultara, de la forma más acertada posible, así como mostraría personajes que, de una forma u otra, influirían en la mejora del mundo.

La señora Potter hizo una pausa, con la intención de exponer la siguiente parte de la historia con la mayor objetividad posible. Su marido bien sabía que la Adivinación nunca le había gustado, alegando que era imprecisa. Si había indagado todo eso, que rayaba en fábula infantil, era por petición expresa del retrato de Albus Dumbledore que colgaba sobre la repisa de la chimenea del Salón General de la Orden del Fénix, aunque en el momento ni ella, ni su esposo ni el mejor amigo de ambos habían podido adivinar el motivo.

—Así, el mago se obsesionó con penetrar los misterios del tiempo, dejando de lado casi todo: familia, amigos, trabajo… Se volvió un solitario que apenas comía, dormía y atendía a los suyos. Murió dejando la baraja inconclusa y haciéndole jurar a sus hijos que la terminarían a como diera lugar, que para eso les dejaría innumerables notas y materiales, pero que no se dieran por vencidos. Y con su último aliento, dicen que les advirtió que aunque era importante, la baraja no debía consumirlos. Que finalizaran el trabajo, sí, pero que hicieran sus vidas, porque solo así alcanzarían el futuro que tanto vislumbraban y anhelaban. Palabras raras para morir, ¿no?

—No tanto, si quería evitar que sus hijos acabaran como él —opinó el señor Potter con cautela.

Su esposa asintió, antes de mirar por un instante la misteriosa portada de L'Arcanes Visionnaires.

—Como sea, los hijos de Luminatti se dedicaron, por turnos y cuando podían, a cumplir con la última voluntad de su padre. Para finales del siglo quince, consiguieron tener la baraja completa. Y al menos casi todos fueron lo suficientemente sensatos como para escuchar su advertencia final.

—Déjame adivinar: uno de los hijos quiso pasarse de listo y usar la baraja para algo malo.

—Algo así. Pensaba que no era justo dejar que semejante artilugio se mantuviera en secreto cuando podrían usarlo para ayudar a otros y, por qué no, ganar algo de oro en el proceso. Los Luminatti no eran precisamente ricos, pero se les tenía en alta estima y eso les bastaba. Pero no a este hijo, que además de respeto, quería riqueza y poder. Por lo que se le ocurrió hacer una copia de la baraja y llevarla de casa en casa, de mansión en mansión, prediciendo los destinos de hombres y mujeres que temían cada vez más por sus vidas. Se perseguían herejes y brujos por doquier.

»Como era de esperarse, a ese hijo de Luminatti lo acosaron por mucho tiempo. Más que nada porque, habiendo acertado con la mayoría de sus predicciones, el asombro y el pánico resultaron pésima combinación. Desesperado, acudió a sus hermanos, pero uno por uno, le hicieron ver que su padre lo puso sobre aviso y había sido su decisión no escuchar. No le daban la espalda, pero dejaron claro que él debía resolver el problema por su cuenta. Así las cosas, el mago lo pensó, hasta que les planteó a sus hermanos la posibilidad de hacer como su padre y modificar las memorias de todos los que habían tenido tratos con él. Y de esa manera, otro Luminatti desapareció de las mentes de personas que podrían meterlo en apuros.

—¿Y nadie se dio cuenta de eso? Un mago que va por todas partes, prediciendo cosas que se cumplen y después se esfuma sin más…

—Claro que se dieron cuenta. Las autoridades mágicas de ese tiempo dieron con él y lo llevaron a juicio. Aceptaron como atenuante que hubiera cambiado la memoria de todo muggle que tuvo como cliente, pero hacerles lo mismo a otros magos era distinto. La situación empeoró cuando se supo que había miembros de importantes familias mágicas metidas en el asunto. Los otros hijos de Luminatti intentaron defender a su hermano, pero no convencieron a nadie. Aquel Luminatti fue llevado a prisión y lo dejaron libre justo a tiempo para volver a casa, conocer a las familias de sus hermanos y morir en paz. Lo único que pudieron hacer sus parientes por él fue jurarle que nunca olvidarían la advertencia de su padre y además, él les hacía otra: que si se veían en la necesidad de usar la baraja, lo hicieran con el menor egoísmo posible. Que la cuidaran de cualquiera que, como él, fuera tan idiota como para querer conseguir únicamente dinero, fama y poder. Y les deseaba la mejor de las vidas mientras los esperaba en el más allá.

—Y esa baraja… ¿todavía existe?

La señora Potter, por toda respuesta, palmeó de nueva cuenta el libro frente a ella.

—Según lo que está escrito aquí, la copia que hizo aquel hermano Luminatti fue destruida, pero la original era demasiado valiosa para acabar así. Se ha pasado de padres a hijos, de primogénitos a primogénitos, a través de los siglos. En rarísimas ocasiones, la ponen bajo custodia de una persona ajena a la familia, pero porque algo les dice que es necesario. ¿Y a quiénes crees que se la entregan?

Tal era la ironía en la voz de la castaña, que el señor Potter soltó lo primero que se le ocurrió.

—¿No vas a decirme que a videntes, o sí?

Las cejas arqueadas de su mujer, con cierto aire fastidiado, le quitaron las ganas de bromear.

—¿Es en serio? ¿A videntes? ¿A videntes de verdad?

—Suenas como Ron —finalmente, la señora Potter logró esbozar una sonrisa —Sí, Harry, a videntes de verdad. La mayoría de las veces no pretenden hacerlo, resulta ser una casualidad. El vidente en cuestión, por cierto, no suele usar la baraja sin autorización de quien se la encomendó. Además, de poco le serviría si no se han revelado personajes.

—¿Eso qué significa?

La mujer, por toda respuesta, sacó de uno de sus archiveros una caja de madera, colocándola encima del escritorio, frente al señor Potter, antes de indicarle con un gesto que la abriera.

Él obedeció, hallándose con un bulto rectangular envuelto en seda negra. Desconcertado, hizo a un lado la tela y se halló con un mazo de cartas como los de las tiendas muggles de esoterismo. Vio el reverso de la primera carta, color miel con filigrana dorada en espirales, igual que las pastas de L'Arcanes Visionnaires, antes de tomarla y darle la vuelta. Se le hizo un nudo en la garganta.

Era la carta marcada con el número romano XVI, La Torre, que allí se llamaba La Maison Dieu.

—Si la baraja la crearon italianos, ¿cómo es que los nombres están en… otro idioma?

—Es francés antiguo, Harry. El libro cuenta que cuando terminaron el trabajo de su padre, los Luminatti ya vivían en Francia. Creen que por emplear cartas para adivinar el futuro y ganarse la vida, propiciaron que años después, surgiera la baraja de Marsella que tanto usan los muggles.

—Sí, claro —el señor Potter dejó la carta en su lugar, no sin antes fijarse en la que quedaba debajo: un hombre vestido con regias vestiduras, a caballo, que en vez de espada, blandía una gruesa varita mágica en la diestra y, para su inquietud, no tenía rostro —¿Cuál es este? —inquirió.

—Ah, es el Chevalier de Batons, el Caballero de Varitas. ¿Qué le notas de peculiar?

—¿Aparte de no tener cara, quieres decir?

—A eso exactamente me refería. ¿Olvidaste lo que pretendía Luminatti? Que su baraja lograra mostrar personajes que, de una forma u otra, ayudaran en la mejora del mundo. En esta copia muggle, se ve el estado pasivo de las cartas: mientras los personajes en ellas no tengan rostro, no se pueden usar con eficacia.

—¿Es en serio? ¿Las figuras de esas cartas pueden adoptar el rostro de personas reales?

—Sí, por algo son mágicas. Los descendientes de Luminatti afirman que la última vez que la baraja reveló personajes fue… Bueno, fue hace poco más de veinte años.

—¡Estás bromeando!

—¿Tengo cara de estar bromeando?

El señor Potter negó con la cabeza, consciente de que su esposa no era de las personas que se tomaban a juego un asunto así.

—¿Y se puede saber qué personaje era yo? —espetó, procurando no sonar agresivo.

—No quisieron decirme. No son muy abiertos con ese tema, la verdad. Aparte, si logré hablar con uno de ellos fue porque vino con Frank.

—¿Frank? ¿El hijo de Bill?

La señora Potter asintió.

—Frank solicitó una entrevista con McGill en julio, ¿te acuerdas? Como Régent, tenía la facultad para hacerlo. Pero McGill se negó a verlo y tuvieron que pasar las elecciones para que Frank lo intentara de nuevo y consiguiera una respuesta.

—Suerte que Kingsley es más razonable.

Para sorpresa de muchos, en las últimas elecciones ministeriales se había postulado Kingsley Shacklebolt, un auror de renombre que hacía años, después de la caída definitiva de Voldemort, asumió el cargo de manera interina hasta que pudieron prepararse elecciones apropiadas. Según las leyes, ese hecho no le impedía optar al puesto ahora y varios aplaudieron a rabiar cuando les ganó de manera aplastante a sus contrincantes, entre ellos Edmund McGill, que pretendía reelegirse.

—El punto es que Frank vino a ultimar detalles sobre la reunión de los líderes continentales de la Confederación Internacional de Magos y aprovechó para que su amigo expusiera su problema. Harry, atacaron a los descendientes de Luminatti. Quieren creer que porque actualmente son una familia de magos franceses talentosos. Pero ellos temen que en realidad, busquen la baraja.

—Hermione, ¿quién querría un montón de cartas?

—Si las cartas de la baraja de verdad muestran a los que ayudarán a mejorar el mundo, ¿quién no querría saberlo? Aunque claro, los motivos pueden variar. Nosotros, por ejemplo, querríamos proteger a esas personas. Otros, en cambio, las quitarían de en medio si no les conviene.

—¿Podría ser que Hagen quiera…?

—Ese tipo es raro, Harry, no sé qué pretende y me asusta. Conquistar, gobernar, manipular… Todo se sale de la escala normal con él. Y está el hecho de que fue quien…

Se quedaron callados, porque no necesitaban poner en palabras crueldades que ya sabían. La señora Potter, suspirando, guardó la caja de madera con la copia de la misteriosa baraja.

—Por lo pronto, estoy de acuerdo en darle una oportunidad a Fonteyn —comentó, cambiando drásticamente de tema, cosa que en realidad, al señor Potter no sorprendía en absoluto —Su razón principal es mucho mejor que las de otros, ¿no crees? Y su esposa, inesperadamente, nos ayudó.

—Aún no puedo creer que la esposa de Fonteyn sea… bueno, así. Él es casi un cascarrabias…

—En algunos casos, los opuestos sí se atraen, Harry.

—Como digas. Ahora que suba lo llamaré y le diré que puede asistir a la próxima reunión.

—Y si su esposa quiere ir, será bienvenida. Me gustaría charlar con ella.

—Me lo imaginaba…

Se despidieron con un breve beso y el señor Potter, sin saber cómo sentirse, salió de la oficina y fue directamente al elevador. En la planta del Atrio, por cierto, subió un moreno de túnica azul que lo saludó con una sonrisa, pero él le dedicó una mirada feroz antes de corresponder.

—Corner, que tengas buen día —musitó el señor Potter antes de bajarse en la siguiente escala, a pesar de ser la cuarta planta.

Michael Corner contuvo un suspiro, imaginándose lo que ocurría.

Por lo visto, Harry Potter ya sabía que su hijo y la hija de él habían roto.


7 de septiembre de 2020.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

El lunes maravilló a varios estudiantes con un sol radiante, pero sin el calor del fin de semana. Por lo visto, el verano se estaba marchando, para dar paso a un otoño que no se veía desagradable.

Hally había tenido una mañana apacible, aunque la comenzara con clase de Aritmancia. Si se concentraba en las complicadas interpretaciones que tenía que hacer, no se sentía tan hundida.

Todo cambió al dirigirse a Herbología con Bryan y Procyon, dejando que Paula tomara el rumbo del aula de Transformaciones. Los pasillos hacían que recordara con demasiada fuerza lo ocurrido el sábado, pues las chicas de cuarto en adelante (incluso algunas de tercero y segundo) no podían contenerse y hablar de aquello a los cuatro vientos.

—¿Es en serio?

—Dicen que fue Potter quien terminó con Corner…

—¡Es una broma!

—¿Quién sería tan tonta como para dejar a Corner?

—Para mí que él la dejó a ella. ¡Mírenla, es una niña!

—Si quieres, las maldigo —ofreció Procyon por lo bajo, tras dejar atrás al cuarto grupo de chismosas que se habían topado.

—No hace falta, se acabarán hartando.

Procyon meneó la cabeza, entre cordial y frustrado, antes que Bryan le hiciera un gesto para que mirara al frente.

—Hola, Potter —saludó Emily Lancaster, intentando sonar despreocupada. Tras ella, se podía ver a Madison Depp y a Vivian Malcolm —¿Es cierto lo que oímos en clase de Cocina el sábado? ¿Tú terminaste con Corner?

—Eso no te importa —saltó Hally, que a esas alturas estaba impacientándose.

—Vaya, esos modales… Voy a creer que es cierto que gente como tú echa a perder a Malfoy…

Hally inmediatamente llevó la mano a donde guardaba la varita.

—¿Y quién te echó a perder a ti, Lancaster? —Procyon pensó rápido para que su amiga no se metiera en problemas —Ah, no, espera, ¡así naciste! Mala suerte para ti.

La jovencita se puso roja de ira antes de adelantarse, en dirección a los jardines.

—Y pensar que tendremos que aguantarla ahora… —espetó el chico.

—Emily no es mala en sí —señaló Bryan con cautela —Pasa que… Bueno, es rencorosa.

—Ya lo había notado —farfulló Procyon, seguido de cerca por una Hally que echaba chispas.

Bryan los dejó adelantarse unos pasos. Desde hacía tiempo había aprendido que un Gryffindor furioso era un mago peligroso. Y esos dos juntos, de ese humor, eran bombas andantes.

—¿Qué pasa? —quiso saber Rose, que junto con Henry y Amy, ya estaba ante la puerta del invernadero tres —Hace un momento llegó Lancaster hecha una furia…

Dos gruñidos fueron su respuesta antes que Bryan lo explicara todo.

—¡La mato! —Rose rebuscó en su mochila como poseída —¿Dónde está mi varita?

—La traes detrás de la oreja —indicó Amy tímidamente.

—¡Ah, sí! No podía modelar mi jarrón para Arte Mágico con la varita en la mano…

—Si estás pensando en hechizar a Lancaster, ahórratelo. No creo que sea una buena idea.

—¿Y por qué crees eso, Henry?

El castaño de ojos verdes hizo un gesto para indicarle el entorno. La pelirroja, con una mano tras la oreja derecha para alcanzar su varita, obedeció. Se halló con todas las chicas cuchicheando a su alrededor. ¡Incluso Diane Creevey, que era una despistada para las habladurías!

—Hay demasiados testigos —observó el ojiverde, cansino.

Rose se quedó con la boca abierta.

—¿Quién eres tú y qué hiciste con Henry Graham? —soltó en cuanto pudo hablar.

—Soy yo, tonta. Pero no estoy nada contento con lo que estoy percibiendo.

Rose quiso preguntarle de qué hablaba, pero la profesora Brownfield abrió la puerta en ese momento y los instó a entrar.

—Buenos días, jóvenes, hoy tenemos una lección interesante. Por favor, usen los guantes de piel de dragón, que estudiaremos bubotubérculos.

—¿Qué cosa? —dejó escapar Cecil Finnigan, con el guante izquierdo a medio poner.

—Bubotubérculos, señorita Finnigan. Primero unas generalidades y después los exprimiremos.

—¿Habla en serio? —inquirió por lo bajo Simon Combs, pero Paul Owen encogió los hombros.

Las susodichas plantas eran raras, las más feas que Hally o Rose hubieran visto. Hasta Amy encontraba aquel espécimen un tanto desagradable. Y aunque a los chicos tampoco les gustaba el aspecto de la planta, se divirtieron bastante exprimiéndola.

—¿De verdad esta cosa cura el acné, profesora? —quiso saber Miles Richards, que había vuelto al colegio con la cara más morena y unos cuantos granos en la frente.

—La pus primero debe diluirse. Pero sí, es un remedio excelente para el acné. Puede consultar a la señora Finch–Fletchley, los frascos que me llenaron irán al almacén de la enfermería.

Al sonar la campana, los alumnos se quitaron los guantes, se lavaron un poco y se fueron con gusto al castillo para almorzar. En el vestíbulo, Hally alcanzó a ver que sus amigos de Slytherin y Ravenclaw bajaban juntos, sin ningún problema aparente.

—Qué suerte tienen —musitó, antes de entrar al Gran Comedor.

Una hora después, mientras el profesor Hagrid anunciaba con alegría que comenzarían a estudiar a los unicornios, Hally oyó de boca de Paula que "accidentalmente" había convertido uno de los libros de Brandon en el alfiletero que pidió el profesor Lovecraft.

—No sé cómo logra aprobar las materias, si cada curso se pone más idiota —aseguró la rubia Ravenclaw, haciendo un mohín.

—Ella no es tú —señaló Ryo con aire divertido —Aunque nunca me imaginé que Lovecraft te daría diez puntos por la transformación.

—Pues primero me descontó cinco por lo del libro de Brandon, así que pudo ser peor.

—¡Síganme todos y no pierdan de vista ni un detalle! —pidió el profesor Hagrid.

Fueron a una de las orillas del Bosque Prohibido, se adentraron un poco y al pie de un enorme roble, estaba atado un caballo de un blanco inmaculado, con un cuerno dorado sobresaliendo de su frente. Agitó la cabeza y pateó un poco la tierra con sus dorados cascos. Las chicas de la clase (hasta Brandon) hicieron ruiditos de asombro.

La clase transcurrió con una tranquilidad inusitada, pues aunque el profesor Hagrid sabía un montón de cosas sobre unicornios, su tono de voz era levemente desganado. Cuando finalizó con su explicación, se animó visiblemente y les dictó las tareas con una sonrisa.

—Ese bárbaro prefiere que nos coman monstruos, seguro —afirmó Brandon por todo lo alto.

—¿Puedo lanzarle un hechizo? ¡Uno pequeñito! —suplicó Rose, llegando al vestíbulo.

—¿Qué te dije sobre los testigos? —intervino Henry.

—Insisto, tú no eres mi amigo. A menos que mi madre tenga razón y los torposoplos existan…

—Por favor, Rose, esos son disparates. Y lo digo sin afán de ofender a tu madre.

La pelirroja le lanzó una mirada furibunda, pero lo dejó pasar.

—¿Qué, tan malo es terminar con tu novio? —exclamó Hally por lo bajo, sin poder contenerse más —Si tanta pena le tienen a Melvin, ¡vayan, consuélenlo! Y a mí que me dejen en paz.

—¿Y que nadie te consuele a ti? Menudo fiasco —soltó Rose, indignada.

—Es verdad —Henry asintió pesadamente con la cabeza —Por cierto, ¿lo saben tus padres?

—A esta hora, sí, les envié una carta ayer. Espero que no crean que terminé con Melvin porque él me hizo algo malo.

—Eso me recuerda… ¿Por qué terminaste con Corner?

La pregunta de Rose logró que Hally soltara una risita nerviosa y se adelantara a toda carrera al Gran Comedor. Sus amigos no se explicaban esa reacción, por lo que mientras Amy y Bryan se despedían para ir a la mesa de Hufflepuff, los otros no tardaron en alcanzar a su amiga.

—Anda, cuéntanos —pidió Procyon, con un intento de humor que a Rose y a Henry les pareció sospechoso —¿Qué tan malo puede ser?

Tras dejar escapar un suspiro, Hally asintió con la cabeza y contó, en el volumen más bajo que pudo, la conversación sostenida con Corner el sábado anterior.

—¿De verdad el tipo es tan idiota? —dejó escapar Rose, con una mueca.

—¡No lo digas así, se oye mal!

—No pretendía halagar a tu ex, eso es seguro.

Por primera vez en todo el día, Hally pudo soltar una carcajada. A su alrededor, había chicas mayores que se preguntaban cómo podía estar de ese humor cuando había terminado su noviazgo; en cambio, unos cuantos muchachos la observaron con un atisbo de interés nunca antes mostrado.

—Por favor —pidió Hally, medio sofocada por la risa —Ni se te ocurra hechizar a Melvin.

—¿Y quién iba a hacer eso? —Rose puso una expresión inocente poco convincente.

—Es en serio. Ya les dije por qué terminamos —señaló a la pelirroja y a sus dos amigos varones, quienes se miraron con una mueca —No quiero andarme peleando con él ahora que no somos nada. ¿Entendiste, Rosaline Weasley?

Aunque Hally pretendía decir aquello con una ironía jocosa, Rose asintió mansamente. Sabía que cuando su amiga la llamaba así, le estaba lanzando una advertencia.

—¿Y en serio ya no son nada? —se extrañó Henry de repente.

—No hemos hablado después de eso. Podríamos ser amigos, nos llevamos bien.

—¿Pero él no lo ha mencionado?

Hally negó con la cabeza.

—Tal vez el tipo sí tiene sentimientos y está dolido. Por eso no dice nada.

—Rose, por favor…

—Vamos, Henry, admítelo: los chicos son bastante torpes para superar estas cosas.

Ante eso, el castaño no pudo replicar.


La clase de Adivinación de cuarto curso, después de comer, fue igual de tranquilizante que la primera. Firenze era, con mucho, el profesor más extraño que habían tenido, lo cual creían que se debía a que no era humano. El aula les permitía relajarse y el centauro no se veía apurado porque comprendieran sus enseñanzas. Daba la impresión de que quería dejar en claro que el futuro era cambiante, incierto, y que resultaba sumamente difícil desvelarlo.

—Entonces, ¿para qué nos tomamos tantas molestias? —se quejó Emily Lancaster por lo bajo, cuando Nicholas Dickens le preguntó al profesor si pronto podrían predecir algo cierto.

Los demás la miraron como si se hubiera vuelto loca, para ignorarla al segundo siguiente y seguir atendiendo las indicaciones sobre astrología.

Thomas había tenido inesperadamente la razón. A Walter se le daba bien aprenderse lo que el profesor Firenze indicaba respecto a los significados de planetas y estrellas en ciertas posiciones. El centauro, aunque poco, dejaba vislumbrar satisfacción ante ese hecho, pese a que un par de veces detectaron que le echaba una mirada rara a los colores del uniforme del chico.

—Es todo por hoy —indicó el centauro un segundo antes de escucharse la campana.

Como ya habían escrito el enunciado de su tarea, los estudiantes guardaron sus cosas y se dispusieron a dejar el lugar. La gran mayoría conversaba de manera animada, casi alegre, por lo que no habían notado que su profesor semihumano apenas prestaba atención al hecho de irse quedando solo. Contemplaba con intensidad el cielo nocturno de su aula, réplica exacta del que se vería en pocas horas, para luego fruncir el ceño al mismo tiempo que el último de sus alumnos se iba y cerraba la puerta tras sí.

—Estrellas muertas volviendo a brillar —musitó, con una débil confusión en su insondable voz —Quizá porque nunca fueron hoyos negros en realidad.

Tal como les intentó decir a los jóvenes de cuarto, procuró no dar por verídico lo que leía en el cielo solamente porque así lo creía. Decidió ser cauteloso y, si las cosas seguían como hasta ahora, hablar con las personas adecuadas.

Había lecturas celestes que deseaba fervientemente que estuvieran equivocadas.


9 de septiembre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.

—¡Harry, esto es ridículo! Te comportas como un niño.

La repentina frase de Hermione Potter sacó al famoso auror de su ensimismamiento.

—¿De qué hablas?

—¡Sabes perfectamente de qué hablo! Corner no tiene la culpa de nada, deja de mirarlo así.

—Eso dices porque no lo conoces, Hermione. Pregúntale a Ginny.

—¿Tú también, Ron?

Los tres amigos estaban tomando una comida ligera en la cafetería del Ministerio de Magia. Pese a ser de los pocos magos en el lugar cuando llegaron, habían elegido una mesa en uno de los extremos, sentándose de tal manera que podían ver el ir y venir de los demás comensales. La discusión había iniciado porque habían visto salir a Michael Corner a toda prisa, saludándolos con un ademán y una sonrisa que vaciló ante los gestos bruscos de los dos aurores.

—¡Hombres! No entienden nada —afirmó la señora Potter por lo bajo, antes de degustar el emparedado de jamón y tomate que había ordenado.

—Pues aunque no lo creas, sí lo entiendo —aseguró su esposo con voz neutra.

—A ver, camarada, ¿cómo es eso? —quiso saber el señor Ron.

—En realidad es sencillo: Hally cortó por lo sano antes de que todo se fuera a pique.

El pelirrojo amigo de los Potter se quedó pasmado ante eso.

—Ahora vas a decirme que no es como tú, Harry —logró decir tras unos segundos de silencio.

—Eso espero. Por mucho tiempo, no fue fácil ser yo.

El señor Potter intentaba bromear con el tema, pero tanto su esposa como su mejor amigo sabían cuánta verdad había tras esas palabras.

—Como sea —el señor Ron movió la mano, como espantando una mosca fastidiosa —Al menos fue tu hija la que terminó. Es de admirarse, la verdad.

—¿Lo dices porque tú nunca pudiste hacer eso?

—Basta, Hermione, no es gracioso.

—Para ti, quizá. Yo lo encuentro una buena anécdota.

—Perfecto, recuérdame entonces contarle a tu hija cómo me lanzaste pájaros asesinos.

—Ya, es suficiente.

Contrario a sus años en Hogwarts, el señor Ron y la señora Potter no siguieron su riña como si nada, sino que miraron al señor Potter y decidieron prestarle toda su atención.

—Tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos —indicó el señor Potter, sin poder contener una mueca —Por mucho que me gustaría darle un puñetazo a cierto cretino que…

—¡Harry, concéntrate!

—Lo sé, Hermione, lo sé, no es asunto nuestro.

—Oye, podemos lanzarle un hechizo después, Harry, yo te apoyo.

—¡Ron!

—¿Qué? En Hogwarts nunca pude…

La señora Potter meneó la cabeza. Era increíble que en ciertas circunstancias, su pelirrojo amigo pareciera regresar a sus tiempos de estudiante.

—¡Comportarte como el adulto que se supone que eres! ¿No escuchaste lo que Harry…?

—Hola.

El saludo tomó a los tres adultos por sorpresa, quienes dieron un respingo antes de mirar a quien había llegado. Vestida con una túnica color azul eléctrico, la aurora Tonks les dedicó una leve sonrisa, divertida por sus reacciones. Los otros tres se miraron entre sí, confundidos por un momento, cuando la vieron con el cabello lacio, de un tono entre castaño y rubio, haciéndola lucir mucho más discreta de lo normal.

—¿Qué, tan mal estoy? —bromeó la aurora, que sin esperar a ser invitada, tomó asiento en la única silla libre que quedaba —No saben lo difícil que es. No sé cómo pude…

—Tonks, no tenemos ni idea de qué estás hablando —interrumpió el señor Ron, confuso.

La aludida parpadeó un par de veces, intentando ordenar sus ideas, antes de echarse a reír.

—¡Por la forma en que Anom vino a verme, creí que…! —la risa no dejaba que la aurora se explicara bien, pero finalmente logró calmarse y anunciar —Voy a solicitar una baja temporal.

—¿Estás bromeando? —el señor Ron, con toda razón, la miró con ojos desorbitados.

—Ah, nada del otro mundo. Ya se enterarán. Pero bueno, ¿qué hacen los tres aquí? Es raro que coincidan a la hora de comer.

—Nada, Hermione intenta convencernos de no hechizar a Corner porque su hijo terminó con Hally. ¿Puedes creerlo? Nos quita la diversión…

—Ah, ¿tu hija tenía novio? —Tonks miró al señor Potter con interés —¡Qué tierno!

—Tenías que decirlo… —el señor Potter negó con la cabeza, sonriendo a medias —Tonks, ¿sabes que Fonteyn irá a la próxima reunión, no?

—Sí, es aterrador. No es que me importe, ustedes saben lo que hacen —la aurora miró al matrimonio Potter con un gesto de absoluta confianza —¿Pero lo han visto últimamente? Cuando cree que nadie lo ve, sonríe. ¡Sí, Fonteyn sonríe! A mí me consta: la Patrulla de Seguridad Mágica nos pidió ayuda hace poco para un asunto en Elephant and Castle y fuimos juntos…

—Debe dar miedo —aventuró el señor Ron, fingiendo un escalofrío.

—Pues no. Increíblemente, le queda bien sonreír. Pero como no lo hace seguido…

—Ya veremos qué tal es fuera de aquí —comentó la señora Potter, cordial.

—Sí, y espero que lo vean sonreír, para que sepan a qué me refiero. Bueno, tengo que irme. Me dio gusto saludarlos, hasta pronto.

Cuando la metamorfomaga se fue, los otros se miraron unos a otros, con curiosidad.

—¿Qué se traerá ella con Anom? —se atrevió a decir el señor Ron, extrañado.

—Para que Tonks pida una baja temporal, debe ser importante —supuso el señor Potter con aire pensativo, antes de mirar a su esposa —¿Exactamente qué necesitas? —inquirió.

—La reunión extraordinaria de los líderes de la Confederación Internacional de Magos será pronto, ¿no? —los dos hombres asintieron, sin molestarse en preguntar cómo sabía ese dato la señora Potter —Viene un descendiente de Luminatti como empleado del Jefe Supremo europeo, así que habrá que vigilarlo como si él mismo fuera un Jefe Supremo.

—¿Cómo te enteraste de eso? —se interesó el señor Ron, mordisqueando un arenque ahumado.

—Frank envió un mensaje. Su amigo, el que informó del ataque a su familia, afirma no necesitar protección adicional porque él mismo es auror, pero quien viene como empleado del Jefe Supremo europeo es su hermano. Teme que, con todo y que le enseñó algunas cosas, no pueda defenderse.

—En pocas palabras, intercede por él —concluyó el señor Potter.

—Exacto, aunque los descendientes de Luminatti son magos diestros e increíblemente cultos. Se impusieron, entre otras cosas, saber pelear y dominar un montón de idiomas; les facilita el resguardo de Ya–Saben–Qué. Aún si Ya–Saben–Qué no estuviera de por medio, un miembro de esa familia todavía resulta una presa atractiva para Hagen.

—Sonaste como antes de que Lordy Voldy regresara —bromeó el señor Ron, arrancándoles una sonrisa a sus amigos al usar el burlón apodo que, poco después de terminada la segunda guerra, él y sus hermanos Fred y George le dieron al que fuera el brujo más malvado de todos los tiempos.

—Quizá, pero es mejor así. En caso de que alguien nos oiga y con la fama que tenemos, no querrán meterse con nosotros.

—Primera vez que le hayas a la fama un beneficio.

—Ron, esto es serio. Puede que atacaran a esa familia francesa por Ya–Sabes–Qué, puede que no. Pero eso no impide que necesiten de nosotros, ¿cierto?

El señor Ron asintió con la cabeza una sola vez, con una firmeza inequívoca.

—Entonces, si no tienen más que decir, me retiro por hoy. Tonks tiene razón en algo, Fonteyn anda de tan buen humor que espanta. Cuando le pedí que me cubriera esta tarde, aceptó sin más. Y debes saber, Hermione, que ese hombre rara vez cubre a alguien.

—Sí, algo me había mencionado Harry.

El pelirrojo auror se despidió con un gesto de mano antes de abandonar la cafetería. En los últimos dos meses, hacía mucho trabajo en poco tiempo, para luego pedirle a algún colega que lo reemplazara y así, marcharse a casa para cuidar de su esposa y su hijo. Los Potter coincidían con Luna en que su amigo se preocupaba demasiado, pero dadas las circunstancias del nacimiento de Billy Weasley, no pensaban sermonear a Ron por sus supuestas paranoias.

—¿Algo más que deba saber? —indagó el señor Potter, antes de ponerse de pie también.

—No por el momento, ¿por qué?

El señor Potter le indicó a su esposa, con un gesto, que lo siguiera y ella así lo hizo.

—Frida envió un mensaje —comenzó el señor Potter, en voz baja y clara, antes de llegar al área de ascensores —Pide audiencia en nombre de unas personas.

—¿Audiencia? ¿Y para quiénes?

—Eso es lo curioso. Según ella, es ridículo confiar en alguien de quien no sabe ni el nombre, pero el contacto de ese grupo le causó buena impresión, así que…

—¿Crees que estará bien darle carta blanca a Frida para que esas personas vengan?

—No estoy muy seguro. Más cuando aclaró que el contacto de esas personas fue el causante del incidente que los hizo llegar tarde a la fiesta de cumpleaños de Hally y su cuñada.

La señora Potter frunció el ceño de forma apretada. Recordaba con claridad la indignación de Patrick Malfoy ante el hecho de que un misterioso tipo causara tal alboroto en la tienda de su mujer que algunos de sus hechizos casi hieren a inocentes. Todo por querer hablar con una Frida que, preocupadísima por su local y sus trabajadores, no quiso saber nada del asunto.

Entraron a un ascensor, acompañados de varios magos más, hasta descender en la segunda planta. Sin mirar a nadie, alcanzaron el cubículo del señor Potter en el Cuartel General de Aurores, donde cada uno tomó asiento como si nada malo pasara.

—Voy a decirte una cosa y espero que no me tomes por loco —comenzó el señor Potter en tono casual, fingiendo ordenar los pergaminos sobre su escritorio cuando ni siquiera sabía cuál era cuál —Lo que describió Frida, por alguna razón, me recordó lo de Folkestone. Sí, lo del día que nació el hijo de Ron —añadió, haciendo una aclaración que a su esposa le resultó superflua —Al recordar lo sucedido, oigo en mi cabeza lo que uno de los de la Patrulla de Seguridad Mágica soltó, que era como si esos tipos causaran destrozos sólo por fastidiarlos. Con Frida fue algo parecido, ¿no? Usaron un alboroto para conseguir algo.

—¿A qué quieres llegar, Harry?

—Si los tipos de Folkestone y los que piden audiencia a través de Frida son los mismos, ¿por qué no ponerse en contacto antes? ¿Por qué tanto secreto con sus identidades? ¿Y qué están haciendo en América, por cierto? La Orden tiene sede aquí, en Reino Unido, ¿para qué ir tan lejos?

—No puedo imaginarme ninguna respuesta hasta conocerlos.

—Exactamente. Por eso pretendo darle carta blanca a Frida para traerlos.

La señora Potter meneó la cabeza.

—Eso es muy arriesgado, Harry. Ya lo es que hiciéramos lo que Dumbledore nos pidió, que yo investigara sobre Ya–Sabes–Qué y que les dijera exactamente de qué se trata. Más aún, es un riesgo enorme que confiemos en una leyenda solo porque hay gente viva que afirma que es real.

—A veces son necesarios los riesgos, Hermione. Y mira que lo estoy diciendo yo.

La castaña mujer asintió con lentitud, dándole la razón.

—No digo que las cosas estén resultando como deberían —afirmó de pronto el señor Potter, dejando sus pergaminos a un lado y mirando fijamente a su acompañante —No me gusta que los planes que hacemos rara vez salgan bien. Pero hay que seguirlo intentando, como lo hicimos hace años. Quizá eso baste para comenzar a cambiar las cosas. Por lo pronto… —suspiró con pesadez —Frida traerá a ese grupo a la próxima reunión, lo mismo que Fonteyn y su esposa confirmaron su asistencia. Hay que decidir quiénes serán parte del asunto que Dumbledore nos pidió averiguar y quiénes deben quedarse al margen.

La señora Potter volvió a asentir en silencio.

—Hay otra cosa que me preocupa —comentó el señor Potter con más discreción aún, mirando en todas direcciones para asegurarse que no lo oyeran —Acab Nicté no aparece. Cada vez que hay una pista sobre su paradero, él se esfuma. Lo peor es que hay indicios de que lo están siguiendo.

—¿Y quién querría seguirlo, en primer lugar? —inquirió la señora Potter, frunciendo el ceño.

—Tonks nos dijo de lo que sus hijos creen, que podría ser alguien de su época de espía doble. El asunto es que no sabemos qué mortífagos lo conocían entonces. Y agregando que varios murieron en la segunda guerra…

—¿No podrían interrogar a los que siguen vivos?

—Lo intentamos. Sin embargo, todos coinciden en que solo Voldemort conocía a todos sus partidarios. Obtuvimos algunos nombres interesantes cuando les prometimos revisar sus casos para ver si se les concedía una reducción de su sentencia, pero…

—¿Les prometieron algo que no piensan cumplir?

—Por supuesto que no. La señorita Holmes nos autorizó a hacer esa oferta. Como sea, todo eso no sirvió de mucho, porque al soltarles el nombre de Acab Nicté, ninguno reaccionó.

Acababa de decirlo cuando una mujer de cabello oscuro y parche en un ojo asomó la cabeza.

—Potter, llegó mensaje de Azkaban. Tenemos que ir.

—¿Sabes de qué se trata, Savage?

La aludida, colocándose a la entrada del cubículo, hizo un ademán de recelo. La señora Potter tuvo la ocasión de comprobar que esa aurora era muy alta, tenía una complexión delgada y la túnica, color morado oscuro, le quedaba tan holgada que la hacía verse, en cierta forma, diminuta.

—Parece que finalmente, nuestro caso progresa —informó, haciendo una mueca.

El señor Potter asintió en señal de comprensión y dejó que Savage se marchara antes de levantarse y dirigirse a su esposa.

—Si eso es cierto, pronto hallaremos a Acab Nicté. Te pondré al corriente en casa, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Ten cuidado, Harry.

Él asintió antes de dedicarle una débil sonrisa y retirarse.


15 de Agosto de 2011. 6:45 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Bienvenidos sean, damas y caballeros. Sigo con la inspiración desatada, aunque ya no tanto como antes. Al menos he logrado avanzar un poco más.

Tercer capi con nombre de Arcano. Por alguna razón, La Emperatriz (Hermione) y El Emperador (Harry) decidí que quedaba mejor mostrarlos juntos. Lo que vistas las circunstancias, es bastante acertado.

Comenzamos con una visita rápida al Departamento de Misterios, donde la señora Potter (de mi saga, claro) da los avances de algo que Dumbledore le pidió averiguar: una misteriosa bajara de cartas del tarot. El relato de Hermione lo tuve que revisar varias veces, para no equivocarme en fechas, referencias ni otros detalles semejantes. Y seguro que ahora algunos ya creen saber quiénes son los descendientes de Luminatti, ¿verdad? Si no, no importa, que se notará más conforme avance la historia.

Hally la pasa mal con su rompimiento. Eso era un detalle obvio, porque vamos, aunque Corner les cayera mal a algunos, es buen tipo (en serio, eso no deben dudarlo ni por un momento). Lo bueno que Hally tiene a sus amigos que la apoyan.

Al regresar al Ministerio, tenemos al trío conversando rápidamente durante la comida. Para esta escena releí un poco los libros, porque quise darle un ambiente parecido. Creo que lo logré un poquito entre las miradas que se ganó Michael Corner, las palabras de Tonks (¿qué se traerán ella y Anom, por cierto? Se los dejo de tarea) y el cómo Harry tuvo que hacerla de árbitro entre Ron y Hermione.

Lo último ya habla de una próxima reunión de la Orden del Fénix. Y se pondrá interesante con la presencia de nuestros estimadísimos desconocidos (sí, la hago de emoción, jajajaja) y del matrimonio Fonteyn (el estoico Byron y su señora; ya tengo ganas de presentar a la madre de Bridget, jajajaja). Por otro lado, que no encuentren a Acab es casi lógico: habiendo sido espía doble y un vagabundo los últimos años, sabe cómo y cuándo esconderse. Aquí el punto es descubrir quién lo persigue… y para qué.

Para concluir, todavía no tengo personaje para La Justicia, pero supongo que para la publicación de este capi, tendré uno. Si es así, lo anunciaré a los cuatro vientos y pediré candidatos para el Arcano que sigue, El Colgado, así como para otro Arcano que olvidé por completo (no sé dónde tengo la cabeza): El Loco. En una baraja de tarot, El Loco se ordena por delante del resto de los Arcanos y se le da el número cero. Yo aquí me limito a pedir candidatos a la mitad, jajajajaja.

Cuídense mucho, carguen con el paraguas (acá en Aguas no sabes a qué hora lloverá, por más despejado que se vea el cielo) y nos leemos pronto.