A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Once: Sobre la pista.

1 de octubre de 2020.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Con todo lo que debían hacer, para los alumnos de cuarto fue una sorpresa darse cuenta, aquel nublado jueves de octubre, que había transcurrido un mes desde su vuelta a Hogwarts. Habían aprendido muchas cosas, pero a la vez ya no soportaban la carga de trabajo.

—¿Qué se cree ese centauro? —chilló Emily Lancaster al salir de Adivinación: Firenze les había dejado la lectura de dos libros y una redacción de veinte centímetros sobre la piromancia.

Los ánimos no mejoraron cuando se enteraron que incluso el profesor Kukai, de Autodefensas Muggles, les había pedido a sus estudiantes que leyeran un libro titulado Estudio de la Defensa Física practicada por Magos antes de enseñarles golpes medianamente letales. Los profesores Lovecraft y Brownfield les dejaron más tareas después del almuerzo, lo mismo que la profesora Mathison les pidió a sus alumnos tres traducciones de treinta centímetros de pergamino cada una.

Comenzaban a volverlos locos. Sin embargo, los de Gryffindor supieron la razón tras eso casi al final de la jornada cuando, contra la costumbre, se quejaron por las tareas impuestas por el profesor Lupin como preparación a los duelos de práctica anunciados a principios del trimestre.

—Este es un periodo importante para ustedes —indicó el profesor con paciencia —No quisiera que los TIMO'S los tomaran por sorpresa.

—¡Pero haremos los TIMO'S hasta quinto curso! —se quejó Franco Visconti, enfurruñado.

—Más vale prevenir. Me sentiría muy decepcionado si alguno reprobara el TIMO de Defensa Contra las Artes Oscuras porque no ejecuta de forma satisfactoria los hechizos defensivos.

Los jóvenes se miraron unos a otros. Era verdad que varios de ellos apenas sabían la teoría de los hechizos defensivos, lo que no era alentador. Además, por ningún motivo querían dejar mal parado al profesor Lupin, que después de todo, era su jefe de casa. Silenciosamente se prometieron aprobar el TIMO de la asignatura, por lo que ya no protestaron por las tareas.

No sentían lo mismo con Pociones, para la que debían entregar al día siguiente una redacción de cuarenta centímetros sobre venenos indetectables. Muy a su pesar, reconocían que Snape era un buen docente, pero como se la pasaba fastidiando a todo el que no fuera de la casa de la serpiente, no inspiraba tantas simpatías.

—Les juro que me daban ganas de tomar el caldero y vaciarlo en su cabeza.

Era muy raro que Sunny se quejara de la clase de Pociones, más que nada porque se le daba bien. Sin embargo, al salir de Historia de la Magia, Walter había recordado de pronto la redacción para Snape y ella comenzó a despotricar.

—¿Y eso? Creí que Pociones te gustaba —se sorprendió Thomas.

—No, si la materia me gusta. Es Snape al que no soporto.

—Viniendo de ti, es raro escucharlo —apuntó Danielle.

—Bueno, dicen que favorece a los de su casa. ¡Tonterías! Parece que al dejarnos las tareas, solo ve a los de Gryffindor que están en la misma aula que nosotros.

—Tal vez, pero eso ya no debería sorprenderte —Thomas arqueó una ceja.

—Lo sé. Es que estos días siento que hemos hecho más tareas que en todo el curso pasado. Y todavía va Snape a dejarnos esa redacción tan fastidiosa…

El resto de sus amigos contuvo la risa.

Ese día, antes de la cena, tocaba el entrenamiento de animagia de la semana, al menos para ellos y para sus amigos de Gryffindor. Ese curso, Paula se había topado con más inconvenientes para programar los entrenamientos, por la enorme cantidad de deberes lo que los profesores mandaban y claro, las prácticas de quidditch que ocupaban a todos, menos a Thomas y a Bryan.

—Ya era hora de que llegaran —se quejó Rose al ver a sus cuatro amigos de Slytherin cruzar la puerta de la Sala de los Menesteres, que ese día mostraba una réplica bastante realista de una sección del Bosque Prohibido —¡Vamos, vamos!

—¿Y a ella qué le pasa? —quiso saber Sunny.

—Nada —Hally suspiró —Se puso nerviosa con lo de los duelos de práctica de Lupin, empiezan en dos semanas. Y McLaggen no deja de decir en la sala común que como guardiana es malísima.

—Claro, como si él fuera el nuevo descubrimiento de los Chudley Cannons —masculló Rose, que había oído el pequeño diálogo de sus amigas.

—Tranquila, Rose, que si no, te doy un mordisco en cuanto te transformes —masculló Henry.

—Yo no tengo la culpa de lo que hace tu anormal familia, muchas gracias.

Ante semejante frase, Henry hizo tal mueca de fastidio que únicamente alguien como Thomas se atrevería a averiguar a qué se refería Rose.

—Eh, ColmilloBlanco, ¿qué pasa con tu familia?

—Nada en particular. A mi mamá le llegó esta mañana una carta de mi tío Anom y bueno… —el castaño se encogió de hombros —Por lo visto, voy a tener un primo.

—Espera, espera, espera —Procyon, que había estado de pie junto a un árbol con gesto de concentración, se giró hacia Henry bruscamente —¿No estaba tu tío saliendo con la aurora Tonks? ¿Con la prima de papá?

—Ah…

Henry pensaba que responder a eso era suicidio, así que fingió pensarlo un instante. Sin querer, usó su Legado para sondear a Procyon y halló en él sorpresa, confusión, pero no duraron mucho porque el joven se puso a saltar como loco, demostrando así la alegría que lo inundó.

—¡Increíble! ¿Sabes qué significa eso? ¡Seremos familia, Henry!

—Procyon, eso no…

Pero Henry prefirió no explicar que el parentesco entre ambos sería remoto, casi inexistente, puesto que su amigo no dejaba de celebrar lo que consideraba una noticia fantástica.

—¡Quisiera ver la cara del retrato de la bisabuela si se enterara de esto! —comentó de pronto Procyon, riendo —Los Black repudiaron a tía Andrómeda por casarse con un hijo de muggles, y ahora su hija se empareja con un extranjero de dudosa ascendencia.

—¿Dudosa ascendencia? —Henry meneó la cabeza —Mi mamá y mi tío son sangre limpia.

—¿Bromeas? —Rose miró a su amigo fijamente, como si apenas lo estuviera conociendo.

—No, no bromeo. La mayoría de los Nicté han tenido lindos y arreglados matrimonios con sangre limpia. Y con mexicanos, claro —el castaño ojiverde torció la boca —Es casi una obligación en México casarse así. Y cuando surge un mago hijo de muggles, puede volverse el fundador de una nueva familia sangre limpia. Allá no pueden darse el lujo de hacer menos a un mago por la familia de la que ha salido.

—Me agrada la visión de México respecto a los sangre limpia —musitó Thomas, sonriendo.

—No debería agradarte. Los magos hijos de muggles, si quieren fundar una nueva familia sangre limpia, deben olvidarse de sus parientes muggles. Al menos eso me ha dicho mi mamá.

—¡Eso es horrible! —se escandalizó Sunny.

Henry se encogió de hombros.

El entrenamiento marchó bien, aún cuando Henry cumplió su palabra e intentó morder a Rose en cuanto ambos se transformaron. Según él, su amiga estaba de un humor pésimo y lo hacía sentir mal, a lo que ella replicaba que no tenía la culpa de que él fuera una antenasentimental.

—¡Antena sentimental! —repetía Thomas entre carcajadas al dejar la Sala de los Menesteres para ir a cenar, —¡Esa sí que es buena, Rose!

—Genial —siseó Henry, malhumorado —Ahora resulta que soy su juguete.

—A veces —reconoció Rose sin pizca de vergüenza.

—Tú, pelirroja loca…

Henry se puso a corretear a Rose, quien lo adelantó con suma facilidad, perdiéndose ambos de vista rumbo al Gran Comedor.

—Oigan, ¿es mi imaginación o esos dos terminarán juntos algún día? —indagó Sunny.

Ninguno de sus amigos quiso contestar a eso.

Llegando al vestíbulo, Thomas y Procyon vieron a Paula y se adelantaron preguntándole por todo lo alto quién sabe qué de la clase de Alquimia del día anterior; Ryo los vio con extrañeza hasta que Sunny le sacó plática sobre la próxima clase de Cocina, que sería al día siguiente. Danielle, Hally y Walter se enfrascaron casi de inmediato en una charla sobre el libro escrito en runas que la segunda estaba leyendo.

—¿Y Henry? —quiso saber Ryo de repente —Consiguió el libro que debemos leer para la clase de Kukai y quería que me lo prestara.

—Si logras que deje de perseguir a Rose, quizá te lo preste —apuntó Sunny, risueña.

—¿De qué nos perdimos? —inquirió Paula.

A grandes rasgos, Procyon contó lo sucedido, más que nada porque estaba todavía muy contento con la idea de ser pariente de Henry, aunque fuera de manera lejana.

—¡Demiguise! No quisiera estar ahora en los zapatos de Rose —afirmó Ryo, llegando a las puertas del Gran Comedor y tomando rumbo a la mesa de Ravenclaw, en compañía de Paula.

Aunque de haber visto a su amiga en ese momento, cenando tranquilamente a la izquierda de Henry, Ryo habría dudado de sus facultades mentales.

El asunto era que, después de alcanzar a la chica, Henry le pidió de la manera más amable posible que se abstuviera de hacer sus comentarios de vez en cuando. Cuando la pelirroja iba a protestar, el castaño le explicó la razón.

—A veces incomodas soltando la verdad sin más, Rose. Debes moderarte con eso.

—No puedo evitarlo —la jovencita hizo un gesto de incomodidad —Mis tíos decían que en eso salí a mamá. A mí me hacía ilusión que me lo dijeran, así que…

—Ahora lo haces sin pensar —completó Henry, comprensivo.

—Sí, algo así. ¿Tiene algo de malo?

—No. A veces mi mamá dice que le recuerdo a papá y no creo que sea malo.

—Ya, pero tu padre está muerto…

El muchacho arqueó una ceja y Rose vislumbró la razón que él tenía con lo que había dicho antes. Quizá los demás no habrían notado nada, pero ella creía conocer lo suficiente a Henry Graham como para darse cuenta que le había dolido el comentario.

—Lo siento —se disculpó en un susurro.

—Está bien —aseguró Henry, palmeando su coronilla un par de veces —No es como si lo hicieras con mala intención.

Rose asintió y se fue tranquilamente al Gran Comedor, saludando con la mano a Bryan y Amy, que ya estaban en la mesa de Hufflepuff. Se sentó junto a Henry con lentitud, temiendo de verdad haberlo ofendido, pero cuando él la miró con su acostumbrada impaciencia, haciéndole un gesto para que se sirviera de una vez, supo que todo seguía entre ellos como siempre.


1 de octubre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Apartamento 4, Tercera Planta del edificio Windsor.

—Me aburro.

La frase fue dicha por un hombre de cabello castaño claro, casi rubio, que paseaba sus intensos ojos violetas por la diminuta sala de su improvisado refugio, ubicado en Elephant and Castle.

—No fastidies —pidió una mujer de lacio cabello negro, que pasaba sus ojos grises por un ejemplar atrasado de El Profeta —Mejor ponte a pensar en nuestro problema.

—¿Para qué, si no se me ocurre nada? Tú eres la que no debería fastidiar, mi estimada…

La mujer bufó, sin dejar de leer el periódico y ahogando el resto de la frase.

—¿Qué, discutiendo otra vez? —quiso saber un hombre de cabello castaño rojizo, con sus brillantes ojos verdes entrecerrados por la curiosidad.

—Déjala, no es nada divertida —advirtió el de ojos violetas —¿Cómo te fue?

—No muy bien. Siguen rondando y me temo que es por los reportes de cosas raras aquí.

—Los aurores no son estúpidos —apuntó la de cabello negro, dejando el periódico a un lado —Han organizado un montón de patrullas fronterizas. Si lo sabré yo, que tuve que esquivar una.

—Y es grave que los aurores se encarguen de asuntos como el de un poco de magia en un barrio muggle —apuntó de pronto una mujer alta, de larga cabellera castaña y ojos negros. Había entrado a la sala con una bandeja de plata en la que llevaba un servicio de té —Nos indica qué tan fuerte está la seguridad debido a la guerra.

—Se oye tan raro mencionar una guerra y no pelear en ella… —musitó el de ojos verdes.

—Al menos no nos tienen en la mira —masculló de pronto una mujer de cabello negro azulado y ojos castaños, sentándose en uno de los sillones —Podemos ir y venir cuando queramos.

—No es tan simple si te piden identificaciones —le recordó el de ojos verdes.

—¡Tonterías! Unos cuantos Confundus no matarán a los muggles. Sé que es ilegal hacerlo, pero no los hechizamos por maldad.

La mujer de cabello negro azulado se refería al hecho de que, por la necesidad de algo de dinero, habían ido buscando trabajos de medio tiempo en el mundo muggle, del que la mayoría no tenía idea de cómo funcionaba. Gran parte de los jefes que habían tenido quedaban satisfechos con sus ganas de aprender y su diligencia, pero cuando preguntaban con frecuencia cosas personales, se sentían perdidos y se topaban con las renuncias de esas misteriosas personas.

—Presiento que es eso lo que ha atraído a los aurores —comentó la de cabello negro, haciendo un mohín —Comenzaron a rondar cuando dejaron el empleo de la pizzería, el mes pasado —señaló a los dos varones presentes —¿Y se supone que sabes conducir una moto?

—¡Eh, no fue mi culpa que casi me estrellara al hacer esa entrega! —se defendió el de ojos violetas, arrugando la frente —Ese modelo de moto no era potente y…

—¿Potente? —se escandalizó la de ojos castaños —Se nota que solamente sabes lidiar con cosas monstruosas. ¿O qué me dices de tu armatoste?

—¡No te metas con mi moto! Como si yo dijera algo sobre tus encantamientos de comida.

La otra arqueó una ceja, desafiante, por lo que el de ojos verdes decidió intervenir.

—¿Quieres quedarte sin comer una semana, colega? —le preguntó al de ojos violetas.

—Eso no me asusta. Tengo quién me alimente, gracias.

—Creo poder convencer a una de mis mejores amigas que no le sirva comida al troglodita de su novio por una temporada. Entre mujeres nos entendemos, lanudo.

—Diablos, ¿cuándo pasé de desheredado a lanudo? Tu chica no me agrada, hermano.

El de ojos verdes se encogió de hombros, aparentemente divertido.

—Nos falta gente, ¿cierto? —indicó entonces la castaña de ojos negros.

—¡Es verdad! Para mí que intentan averiguar precisamente lo que no queremos…

En ese momento, el sonido de un par de apariciones avisó de la llegada de un par de magos: uno de rostro sereno, revuelto cabello castaño oscuro y ojos del color ocre de las hojas de otoño; la otra era una mujer de cabello rubio y lacio, muy corto, con ojos de un tono azul que, en conjunto con sus delicadas facciones, recordaba a las muñecas de porcelana.

—¿Dónde estaban? Ya me andaban preocupando —quiso saber el de ojos violetas.

—Nos quedamos con ciertas dudas en la reunión del mes pasado y nos dimos una vuelta por el Salón General, a ver si podíamos despejar alguna.

La respuesta de la mujer de ojos azules, simple y directa, dejó estáticos a los demás.

—¿Y eso lo hicieron por…? —aventuró el hombre ojiverde.

—Bien, más que nada por curiosidad —reconoció la mujer, poniéndose colorada al sentarse junto a la de cabello negro azulado —Sobre todo considerando de dónde venimos.

—¿Exactamente qué querían saber? No, esperen, no me lo digan, ¡la historia de los Lupin! —el de ojos violetas parecía entretenido con esa idea —¿De dónde sacaron a esa hija americana tan linda? Si yo fuera más joven…

—¿Quieres morir, camarada? —inquirió el de ojos verdes, conteniendo la risa.

—Por supuesto que no. Es broma, ¿verdad, guapa?

—Sí. Confío plenamente en ti —indicó la castaña de ojos negros en completa calma.

—Tanta cursilería me hará vomitar —espetó la de ojos grises, torciendo la boca.

—Mejor ahorrémonos el espectáculo —señaló el de ojos violetas, dedicándole a la de ojos grises un gesto despreocupado a modo de disculpa por sus anteriores diálogos —Cuéntennos.

Los recién llegados se dedicaron una tímida mirada antes de comenzar.

—Los Lupin llevan apenas un año de casados —dijo el hombre de ojos ocres, meditabundo —Según lo que supimos, no se habían visto en mucho tiempo. Y para colmo, el Ministerio demoró su matrimonio por las condiciones de ambos.

—¡Eso es una estupidez! —saltó de inmediato el de cabello castaño rojizo.

—Lo sabemos, pero debido a las dos guerras, tenían que cumplir con muchos trámites nuevos —apuntó la mujer de ojos azules, mostrando un puchero que lucía infantil en su rostro —Ya casados, Lupin siguió con su trabajo en Hogwarts y su esposa poco antes había sido admitida en el Departamento de Misterios como agente de campo; viaja haciendo investigaciones.

—Siempre he querido saber qué hacen allí —comentó el de ojos violetas sin venir a cuento.

—¡No interrumpas! —regañó la mujer de ojos castaños, fulminándolo con la mirada.

—El asunto es que Lupin fue a Sudamérica, a uno de sus Pastoreos Lunares… ¿Han oído de ellos, no? —la mujer de ojos azules obtuvo asentimientos de cabeza de todos sus oyentes —Quería proponer una alianza entre los licántropos de esa parte del continente y la Orden del Fénix. Coincidió con un ataque al sitio del Pastoreo, en Machu Picchu, ejecutado por un hombre lobo de mala reputación, un tal Yanakilla…

—Nunca faltan esas bestias —acotó el de ojos violetas con desprecio.

—Sí, más cuando el tipo convirtió a una niñita allí.

—¿Una niña? —se sorprendió la castaña de ojos negros, mostrando su desagrado ante esa idea con una arruga profunda en su frente.

—Sí, la pobrecita era una huérfana a la que se había robado nada más para divertirse —el hombre de ojos ocres sacudió la cabeza ante lo dicho por la mujer de ojos azules, pero siguió callado para dejarla continuar —No la mató, no se preocupen. De hecho, nos enteramos que los Lupin la adoptaron. La niña ahora se llama Erin y está en Hogwarts, en segundo año.

—¡Bendito sea Lupin entre las mujeres! —soltó el ojiverde sin poder evitarlo, lo que causó que todos, incluso la mujer de ojos grises, soltaran la carcajada —¿Y la muchacha americana? Pilar, se llama, ¿no? —inquirió, cuando se calmaron las risas.

—Ella hizo lo que en su país se conoce como adopción inversa. Eligió ser hija de los Lupin, entre otras cosas porque lo conoció a él cuando vino como candidata de su escuela al Torneo de las Tres Partes y se llevaron bien. Pero además, ella es el enlace oficial entre los licántropos de aquí y los de América, junto con un inglés, Woolf, que está casado con una argentina…

—Es el padre de ese metamorfomago tan risueño que nos describieron, ¿no? Lycaon, creo…

—Ese mismo. No lo vimos en la última reunión porque anda ultimando detalles para mudarse a Reino Unido. Según él, quiere conocer el país de su padre, pero oímos algunos chistes respecto a la hija de Bill Weasley, así que…

—Los metamorfomagos son unos lunáticos —sentenció el hombre de ojos violetas, sonriente.

El de ojos verdes rió estruendosamente ante eso, mientras el de ojos color ocre se encogía en su sitio, ligeramente sonrojado.

—Hablando de metamorfomagos… —el de ojos ocres se recuperó pronto y esbozó una sonrisa ladeada —Nos enteramos que la aurora Tonks pidió una baja temporal en el Cuartel, quedándose solamente con sus clases en la Triple A. Va a tener un niño.

—¡Estás bromeando! —el de cabello casi rubio se puso de pie de un salto y se puso a dar vueltas por la habitación —¿Ven lo que les digo? Los metamorfomagos tienen algo mal en la cabeza, no sé… Y yo que creí que era una mujer seria…

—Sí, claro, por eso casi siempre lleva el cabello de color rosa chicle —el de ojos verdes se ganó una mirada altiva de su amigo, que no dejó de dar vueltas ni cuando el ojiverde añadió —¿De qué te quejas? La aurora Tonks y su madre son buenas personas. Eso me recuerda… ¿Preguntaron cómo está eso de los últimos Black? Oí cosas que no me lo dejaron muy claro.

El de ojos violetas dejó de pasearse como por encanto.

—Ah, sí, preguntamos —admitió la mujer de ojos azules, titubeante —Sirius y Magnolia Black se casaron el día de Halloween de mil novecientos ochenta. Apenas se lo dijeron a unas cuantas personas. James y Lily Potter fueron los padrinos. Los Lupin no estuvieron presentes porque él tenía una misión de la Orden y ella estaba desaparecida.

—¿Desaparecida cómo? —quiso saber la castaña de ojos negros.

—Su familia la amenazó con hacerle algo a sus amigos si no se unía a Quien–Ustedes–Saben, así que prefirió esfumarse, porque no pensaba hacerlo.

—¿A quiénes me recuerdan? —masculló el hombre de ojos violetas, irritado.

—Deja eso. ¿Qué pasó después? —se interesó la mujer de ojos castaños.

—Se dio la muerte de los Potter y todo ese asunto de la traición de Pettigrew —el de ojos ocres prácticamente escupió el último apellido con rabia contenida —Sirius Black fue enviado a Azkaban y su esposa regresó a su país porque estaba embarazada y no quería terminar como su marido.

—¿Y él llegó a saber de su hijo?

La pregunta del hombre de ojos violetas obtuvo una negativa.

—Sirius Black fue el primer prófugo en la historia de Azkaban, pero entre eso y el regreso de Quien–Ustedes–Saben, no consideró prudente buscar a su esposa —explicó la mujer ojiazul con voz melancólica —Black murió un par de años después de fugarse, en un enfrentamiento con mortífagos ocurrido precisamente en el Departamento de Misterios.

—Vaya momento para saber qué hay allí —se quejó el de ojos violetas, que finalmente regresó a su sitio, a un lado de la castaña de ojos negros —¿Y su hijo? ¿Sabe que él no…?

—Claro, está orgulloso de ser hijo de Sirius Black. Lo vimos hoy, bromeaba con que su querida prima va a tener un niño de un extranjero de dudosa ascendencia. Dijo algo de mencionárselo al retrato de su abuela, solo por el gusto de oírla gritar todavía más por la supuesta "inmundicia" que ahora abunda en la "noble y ancestral casa de los Black". Cuando le preguntamos a qué se refería, se echó a reír y contestó que su esposa es muggle.

—¿Se casó con una muggle? Díganme que ella es simpática, sería el golpe de gracia para la arpía de Walburga.

Los demás rieron ante la declaración del hombre de ojos violetas y fue su amiga de ojos azules quien respondió a su duda.

—Según lo que nos contó, su esposa es oncóloga pediatra. Una especie de sanadora que solo atiende niños —la aclaración vino a colación por las caras extrañadas de la mayoría —La adora, se le notaba en los ojos. A ella y a su hijo.

—¿Cómo se llama, por cierto?

—¿Quién, el hijo de Sirius Black? Se llama James.

Los otros dos varones, al oír eso de boca del de ojos color ocre, se miraron sin saber qué decir.

—James Sirius Black es auror —siguió hablando el de ojos ocres, sonriendo ligeramente —Nos pidió que lo llamáramos Jim, todo el mundo lo hace menos su madre, que le dice Jimmy —los otros dos hombres rieron ante eso —Su esposa se llama Casiopea y su hijo, Procyon.

—¿Por qué las estrellas y las constelaciones persiguen a esa familia? —bromeó el de ojos violetas, rompiendo su mutismo y mostrando una pequeña sonrisa de satisfacción —Lo digo por la encantadora hermana de Andrómeda Tonks, Narcisa Malfoy. A su hijo lo llamó Draco; luego él se casó con una sangre limpia y a su segunda hija, la damita que les conté —el resto dio cabezadas, en señal de recordar el dato —le puso por segundo nombre Eltanin.

—Cosa rara, si como has averiguado, Draco Malfoy ha tratado a su hija como si nunca la hubiera querido —indicó la mujer de ojos negros, ligeramente triste.

—Sí, y eso no tiene sentido. La niña se parece mucho a él. Debiste verla en la tienda de su cuñada. Pero me hizo gracia que me recordara más a Andrómeda que a su propia abuela. Seguro que de saberlo, a Cissy le daba un ataque. A ella y a la desquiciada de Bellatrix.

—¡Cállate, nos traerá mala suerte! —aseguró el de ojos verdes, intentando aligerar la tensión tras la alusión a la finada mortífaga —¿Pero no dijiste que la niña te recordó a alguien más?

—Sí, lo hizo.

—¿A quién más te recordó?

El de ojos violetas se encogió de hombros, no queriendo dar una respuesta.

Pero el resto presentía que se refería a otro Black que tampoco existía ya.


3 de octubre de 2020.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

En cuanto terminó la clase de Autodefensas Muggles de ese sábado, Danielle adelantó a sus amigos, alegando que quería preguntarle algo a Thomas. Sin embargo, eso no era del todo cierto: sí hablaría con Thomas, pero conforme planeaba la manera de abordar el tema, se ponía más y más nerviosa. Tanto así que al entrar a la sala común de Slytherin para dejar la mochila, chocó con alguien que dejó atrás excusándose entre tartamudeos y dio un brinco cuando le contestaron.

—No hay cuidado, Malfoy.

Ella giró a cabeza y alcanzó a ver a Nott de espaldas, alejándose a paso lento.

—Eso fue raro —musitó, corriendo hacia su dormitorio a dejar sus cosas.

La señal de que seguía nerviosa fue que al salir de la sala común, volvió a chocar con alguien que iba entrando. Musitó una disculpa y se alejó, pero la detuvo una voz que no tenía ganas de oír.

—¡Eh, Malfoy! ¿Dónde quedaron tus modales?

—No tengo tiempo para tus tonterías, Mackenzie —espetó, apenas mirando al castaño, quien se había quedado a la entrada de la sala común, cruzado de brazos en actitud arrogante.

—Lástima que seas tú. Me encantaría arruinar tu linda cara.

Tras esa sorpresiva declaración, Mackenzie se adentró a la sala común, dejando a Danielle desconcertada por un segundo, antes que recordara que tenía prisa.

Llegó a la mesa de Slytherin justo a tiempo para oír cómo Walter reía de lo que Thomas contaba acerca de la última carta de sus hermanos.

—… Eso fue la gota que derramó el vaso. Papá le prohibió a Scott acercarse a un auto hasta que sacara la licencia. Y él le reclamó a Skye, porque fue ella quien estrelló el Porsche de mamá.

—No puedo creer que tu hermana sea tan torpe conduciendo —Walter meneó la cabeza —Ah, hola, Danielle, ¿y los demás?

—No deben tardar, vine antes por… Thomas, ¿tienes un segundo?

—Sí, claro. Siéntate.

Danielle negó con la cabeza, desviando la vista.

—Ah, ya —Thomas se puso de pie, tomando una empanada de jamón con una servilleta y colgándose la mochila —Walter, si Sunny pregunta, la veré en clase.

El castaño asintió, procurando no mostrar su curiosidad para no incomodar a sus amigos, que salieron del Gran Comedor observados por algunos chicos de quinto y sexto que se preguntaban cómo era posible que Malfoy estuviera saliendo con alguien aparentemente opuesto a ella. Los jóvenes desviaron la vista al ver entrar a una de las amigas de la rubia, Hally Potter, que les dedicó un ademán de advertencia bastante disimulado.

Era de dominio público que Potter no toleraba ni un desaire hacia sus amigos. Cuando la joven rompió con Corner, se especuló que una de las razones habían sido las amistades de ella; con el paso de los días, vieron que la chica se alteraba ante cualquier comentario malintencionado hacia Danielle y su relación con Thomas, lo que el resto del colegio tomó como una confirmación. Para terminar, Hally estaba especialmente irascible con la organización del equipo de quidditch, pues Lawrence Finnigan y Cyrano McLaggen iniciaron una campaña poniendo en duda sus capacidades.

Así las cosas, no era inteligente hacer enfadar a la chica quien, además, era reconocida como una de las mejores brujas de su curso. Y eso sin contar de quiénes era hija.

—Ahora solo faltan que digan que tienes la mirada de un basilisco y nunca más te harán enfadar —bromeó Rose al sentarse a la mesa de Gryffindor.

Hally le dedicó un gesto despreocupado. Cierto era que en los últimos días no la había pasado bien, pero en realidad, lo que la gente dijera de ella, le daba igual.


—Espera, repítemelo, que francamente no te entiendo.

Danielle tomó aire y procedió a explicarse de nuevo.

Ella y Thomas habían ido a la biblioteca, buscando un libro sobre genealogía mágica que el muchacho recordaba haber leído como pasatiempo hacía casi dos cursos. Cuando le preguntó a Danielle para qué lo quería, Thomas se había topado con una respuesta poco creíble y por eso pedía escucharla por segunda vez.

—Intento averiguar de qué familia de magos es el escudo de una persona que no sé quién es.

—Vaya, eso es complicado —el muchacho frunció el ceño —¿Puedo ver el escudo? Si estaba en el libro que buscamos, tal vez lo recuerde.

Danielle sonrió ligeramente. Era curioso que Thomas nunca alardeara de su habilidad para relacionar imágenes con datos al primer vistazo, cuando frecuentemente le hacían notar que no era del todo normal. Esa línea de pensamiento no era agradable, así que la apartó.

Con lentitud, sacó del bolsillo de su túnica un diminuto trozo de pergamino enrollado y se lo tendió. Thomas lo tomó y al desplegarlo, se quedó con los ojos fijos en la imagen que mostraba, sin saber qué decir, hasta que algo en su memoria se activó casi al instante, como siempre.

—¿No se lo has mostrado al resto de los chicos? —quiso saber.

—Pocas familias de magos usan esos escudos hoy en día, seguro no lo reconocerían, ¿por qué?

Por toda respuesta, el chico le pidió con un gesto que siguieran buscando el libro de genealogía mágica, dando a entender que así todo sería más fácil. Ella asintió.

—Por cierto, ¿cómo te fue en la clase? Vinimos tan rápido que ya no pregunté.

—Bien, Ryo es condenadamente bueno por todo lo que le enseñaron y ver a Sullivan perder en su contra fue todo un espectáculo. Tate, así como la ves, tiene una zurda más fuerte que la patada de una mula. O eso dijo Richards, que fue su pareja de prácticas hoy. Sunny ganó diez puntos porque le salió una patada que Kukai llamó mawa… algo. Y Procyon…

Danielle arrugó la frente, pensativa, al ver cómo Thomas hacía que se detuvieran junto a un estante del fondo de la biblioteca. Era un rincón silencioso, tranquilo, donde las pocas mesas de trabajo que había no tenían más que dos alumnos mayores de Ravenclaw que maldecían por lo bajo a Binns y sus redacciones. Luego, se fijó en cómo su novio estiraba un brazo por encima de su cabeza, dirigiendo la mano hacia la izquierda y sacando al poco rato un pesado volumen empastado en cuero, con esquinas metálicas en la portada y la contraportada.

—Ya me imaginaba que nadie lo sacaba —comentó Thomas al abrir el libro y ver, en el interior de la portada, el sitio donde descansaba la tarjeta de préstamo —¿Lo ves?

Le mostró la tarjeta a Danielle, quien constató que debajo del nombre de Thomas, no había nadie más que hubiera querido leer Historia y Supervivencia de la Sangre Mágica.

—Veamos, creo que los escudos están descritos en los apéndices del final —el muchacho se encaminó a la mesa más cercana, donde tomó asiento. Danielle se colocó en la silla a su izquierda —Ponían las cosas más raras como lemas, aunque el de Hogwarts tampoco se queda atrás… ¡Ah, aquí están! —Thomas había colocado el índice bajo donde se leía Genealogía y Heráldica —Los ordenaron por antigüedad y alfabeto, así que este debe ser el segundo…

Danielle estiró un poco el cuello para ver el libro al mismo tiempo que Thomas, quien terminó colocándolo en la mesa para pasar las páginas con facilidad. Finalmente, tras mucho movimiento de pergamino amarillento y un tanto emborronado, apareció la versión original y ampliada del escudo familiar que buscaban. La rubia parpadeó un par de veces, asombrada, y estiró la mano sin darse cuenta apenas, para dar vuelta a la hoja, sabiendo lo que iba a encontrar pero sin creerlo aún.

En la página siguiente estaba la parte izquierda del árbol genealógico correspondiente a la familia cuyo escudo la había intrigado tanto. Los nombres, unos más inusuales que otros, eran numerosos, aunque a eso contribuía el hecho de agregar los parentescos mediante matrimonio hasta donde el apellido se perdía; en esas circunstancias, el libro incluía una nota al pie para dar la referencia de la página dónde se podía hallar esa familia, si es que era mágica. Saltaba a la vista que el libro era una edición vieja, pues ciertos personajes eran indicados como repudiados, debido a que sus respectivas familias los desconocían en cuanto contravenían sus creencias.

—Ridículo —soltó Thomas de pronto, señalando un punto del árbol genealógico con ligereza —Su lema, quiero decir. Según la introducción del libro, ya no hay familia mágica que sea cien por ciento pura, e incluso en aquellos años ya sospechaban que un hijo de muggles quizá tuviera algún mago como antepasado —rió ante la idea —No me imagino con un antepasado mago, la verdad.

—No tendría nada de malo.

Danielle contempló un poco más el árbol genealógico antes de regresar a la página del escudo, el cual también se comió con los ojos. No para memorizarlo, eso era innecesario dada su educación de bruja sangre limpia. Sin embargo, algo en su interior le decía que aunque fuera descabellado, debía confiar en lo que sus ojos y la evidencia le decían.

—Voy a escribirle —se decidió —Le preguntaré a ese señor por qué usa este escudo.

—¿Y su nombre, ya que estás en eso?

—No me lo dirá, aunque sentí que le caí bien.

—Es el colmo —comentó él de improviso, cerrando el libro con cuidado —Y yo pensaba que el repudio en mi familia era otra de sus rarezas. ¿Sabías que mi bisabuela se peleó con la abuela Niffie por casarse con el abuelo Gerard? Todo porque él tiene una madre francesa…

—Perdón, ¿cómo dices que se llama tu abuela?

—En sí no lo sé, porque hasta mamá y tío Phil le dicen así. Tonto, ¿no? Y es su madre…

—No, claro que no. Incluso me gustaría conocer a tu abuela.

—No le agradarías —Thomas negó con la cabeza y en tono de disculpa, aclaró —Verás, a la abuela Niffie casi le da un ataque cuando se enteró de que yo era mago. No lo acepta. Mamá se puso furiosa con ella y no quiso ir el año pasado a su cena de Navidad. Mis hermanos no saben qué hacer, porque la abuela siempre ha sido genial con nosotros y ahora…

—¿Quisieras no ser mago?

Thomas parpadeó, confuso. Danielle le dedicaba un gesto amable y una mirada triste.

—¡Por supuesto que no! ¿Cómo se las arreglarían sin mí? Además…

El chico no llegó a concluir su frase. Sonó la campana que anunciaba el comienzo de las clases sabatinas de las optativas nuevas.

—¡Vaya, ya es hora! Espero llegar a tiempo, o la hermana de Ryo me dejará afuera.

Antes que Danielle pudiera decir algo más, Thomas se levantó, se colgó la mochila al hombro y tras un instante de duda, se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla. La jovencita se quedó tan sorprendida que apenas se dio cuenta cómo él le sonreía ampliamente y salía corriendo, agitando una mano en alto y casi chocando con un grupito de chicas de quinto que entraba a la biblioteca.

Sin nada más que hacer allí, la rubia tomó Historia y Supervivencia de la Sangre Mágica, decidida a solicitarlo en préstamo y terminar, si es que era posible, con unos cuantos misterios.


5 de octubre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Apartamento 4, Tercera Planta del edificio Windsor.

—Me aburro.

—Si vuelvo a oírte decir eso…

Los demás ocupantes del apartamento rodaron los ojos con diferentes niveles de hartazgo. Esos dos no dejaban de provocarse, pero aún así resultaba extrañamente divertido escucharlos. De repente, un picoteo en la ventana hizo que el grupo entero se tensara, al menos hasta que la más alta de las mujeres fuera a asomarse, notablemente desconcertada al anunciar.

—Es una lechuza.

Sus compañeros le hicieron gestos para que abriera la ventana y la mujer obedeció, siguiendo con sus ojos negros al ave grande y de plumaje marrón que planeó por encima de su cabeza, yendo a posarse al respaldo del sofá, cerca del hombre casi rubio, para luego estirar una pata.

—¿Ahora qué hiciste? —espetó la mujer de ojos grises, con los brazos en jarras.

—¡Yo no hice nada! Pensé que era imposible que me enviaran lechuzas.

—Ya somos seis, desheredado. Anda, toma la carta y lee.

El aludido hizo una mueca que arrugó su aristocrático rostro, pero aún así cumplió con la petición. En cuanto desató el pergamino de la pata de la lechuza, esta se echó a volar, saliendo por la ventana que estaba abierta.

—¡Anda, lee, amigo! —pidió el hombre de ojos color verde esmeralda, entusiasta.

—Lo dicho, son tal para cual —el aludido desplegó el pergamino con una mueca de falsa molesta, antes de aclararse la garganta y comenzar a leer en voz alta.

Estimado señor:

—¡Señor! ¡Eso sí que me causa gracia! —exclamó la mujer de ojos grises, aunque sonreía con cierta benevolencia.

El resto de las mujeres ahogó una exclamación enternecida, abochornando al de ojos violetas.

En primer lugar, ¿cómo está? Espero que bien.

No sé por qué me tomé la molestia de enviar esto, si estoy casi segura que no va a contestar mis preguntas. Pero tenía que intentarlo, ¿no?

—Sí, ahora veo de qué hablas —comentó el hombre de ojos color ocre y cabello castaño oscuro.

El de ojos violetas asintió enérgicamente antes de seguir leyendo.

En segundo lugar, quiero decirle que he identificado el escudo que usó en el sello de la carta que envió a la Orden del Fénix. ¿Le sorprende? No debería; en realidad, le pedí ayuda a mi novio, pero de él hablaremos en otra ocasión.

—¿Su novio? Tengo que conocer a ese chico —masculló el de ojos violetas, causando las risas de los otros varones y de la mujer de ojos negros.

Hoy en día los magos casi no hacen gala de sus escudos familiares. Se lo digo yo, que solamente conozco el mío porque lo vi por años adornando una pared de la mansión que tenemos en Wiltshire. Pero mi madre insistía en que sus hijos aprendiéramos lo que consideraba "cultura mágica que todo sangre limpia debe saber". Tonto, pero cierto.

Por eso me sorprendió ver el sello de su carta con el escudo de una familia sangre limpia que menospreciaba a cualquiera de sus miembros que contradijera sus principios. Usted no parece el tipo de mago que tenga esos prejuicios. ¿Por qué usó ese escudo en particular? ¿Simpatizó con alguno de los repudiados de esa familia? ¿O hay alguna otra razón?

Mi novio quería que le preguntara su nombre, pero no lo hago porque sé que no me lo dirá. Incluso sospecho que no se lo dijo a la Orden del Fénix cuando sus amigos y usted por fin consiguieron audiencia. Es fastidioso tener catorce años, porque los adultos te ocultan cosas creyendo que es por tu bien. Y eso se siente tan raro…

—De acuerdo, me perdí, ¿qué quiso decir con eso último?

A juzgar por la expresión del resto, el de ojos verdes no era el único extrañado por lo recién oído. El de ojos violetas, tragando saliva, prefirió no decir lo que estaba pensando y prosiguió.

Como sea, espero me responda la presente a la brevedad, ya sea que me dé respuestas adecuadas como que no. No sé por qué, pero me cayó bien. Y si no le soy molesta, quiero comentarle algo que deseo quede entre nosotros dos…

A partir de allí, el de ojos violetas cerró la boca, cosa que los demás comprendieron, aún cuando sentían mucha curiosidad. El de ojos violetas, por cierto, arrugaba más la frente conforme avanzaba en su silenciosa lectura y tras unos minutos, tensando tanto los dedos que casi rompe el pergamino, carraspeó y volvió a leer en voz alta.

Sin más por el momento, me despido. Salude a sus amigos en mi nombre y ojalá un día pueda presentarle a los míos. Cuídese mucho.

Atentamente:

Danielle Malfoy.

—Ya sospechaba que era de tu "damita" —ironizó ligeramente la mujer de ojos grises, aunque sus rasgos al hablar se habían suavizado un poco —¿Y cómo es que te llegó la carta?

El de ojos violetas, por toda respuesta, se encogió de hombros.

—Agradezcamos a las buenas lechuzas de Hogwarts —comentó la mujer de ojos negros, ladeando la cabeza de manera pensativa —¿Puede saberse qué te comentó en privado?

Miraba al de ojos violetas, que meneó la cabeza un momento, antes de adoptar un semblante pensativo. Al final, su expresión dio a entender perfectamente lo que dijo segundos después.

—Lo siento, será mejor que me guarde eso por ahora. Pero tendré que hacer una visita.

Los demás, al ver la determinación traslucirse en sus facciones, se abstuvieron de indagar más.


11 de octubre de 2020.

Mar del Norte.

Prisión Mágica de Azkaban.

Lúgubre, desolado y frío. Tal era el ambiente de la pequeña isla donde se había construido la prisión mágica de Europa. No era un sitio que los magos y las brujas visitaran por gusto.

Aquel lluvioso domingo, el viento agitaba el océano y lo estrellaba con fuerza contra las rocas de la costa, produciendo un estruendo similar al de un huracán. Había un pequeño muelle al sur de la isla, que era donde atracaban los botes con prisioneros o con visitantes que no deseaban aparecerse. Ese muelle era el punto de aparición oficial, aunque en la práctica, toda la playa del sur era terreno libre de los poderosos hechizos anti–aparición de la prisión.

Eso lo probó el individuo que se apareció a primera hora de la mañana, cubriéndose la cabeza con la capucha de una capa violeta oscuro.

Ascendió por el estrecho sendero que conducía de la playa a la prisión, conteniendo a duras penas un escalofrío. Los dementores ya no eran los carceleros, pero Azkaban conservaba en su ambiente la influencia de esos malignos seres, aún cuando los Sinodales con sus inmaculadas túnicas blancas intentaban dar otra imagen. De hecho, fue uno de esos magos el que detectó en primer lugar al visitante y fue a dar aviso a su superior.

—Quizá es uno de esos aurores raros —comentó el Sinodal en jefe del turno, un mago de gran estatura y espalda ancha —Cuando se anuncie, sigan el protocolo que corresponda.

El otro asintió y se encaminó a la entrada a recibir al recién llegado.

—Buenos días, ¿asunto?

El de capa violeta dio un respingo involuntario, lo que desconcertó al Sinodal. Los aurores que él conocía no eran tomados por sorpresa con esa facilidad.

—Buenos días. Vengo a visitar a un preso.

—Eso es evidente, amigo, pero a menos que sea familiar o autoridad, no puedo…

La frase no fue concluida por el imperceptible movimiento de varita del hombre de capa violeta, que dejó al Sinodal con expresión absorta, al menos hasta que sacudió ligeramente la cabeza.

—Muy bien, señor, sígame.

Los dos pasaron las altas puertas de Azkaban a paso lento, uno con la vista fija al frente, concentrado en una tarea que había realizado numerosas veces antes. El otro, con la cabeza gacha, estirándose los dedos de forma inconsciente y a veces moviendo la cabeza a ambos lados, como si vigilara que no sucediera algo fuera de lo ordinario.

—La fortaleza de Azkaban es a prueba de fugas, ¿eh? —comentó el visitante, sarcástico.

—Se le consideró así por casi cinco siglos, señor. La primera fuga se registró en mil novecientos noventa y dos, perpetrada por Sirius Black, un mago acusado de traición y homicidio.

—Según supe, lo exoneraron, ¿no?

—Lo hicieron, gracias a varios testimonios, entre ellos el del legendario Harry Potter, ¿puede creerlo? En fin… —el Sinodal, arrugando la frente, sacudió la cabeza de nuevo —Las celdas de máxima vigilancia son las del último nivel, le recomiendo no apartarse de mí.

—¿Y eso?

—Digamos que tenemos aquí el laberinto perfecto.

El visitante no preguntó más. Llegaron al final del corredor de entrada, giraron a la derecha y atravesaron otra puerta, de un tamaño más normal que la principal. Alcanzaron una especie de vestíbulo enorme, donde no se veía otra cosa que escaleras.

Y tramos enteros de éstas no cesaban de moverse.

—Es uno de los bloqueos de esta área —aclaró el Sinodal, señalando vagamente a su izquierda: la escalera más cercana que les permitía subir acababa de alzarse y colocarse, en diagonal, por encima de sus cabezas —Los cambios son aleatorios, por lo que ni siquiera nosotros podemos saber con exactitud a dónde llevarán cuando se mueven. Sin embargo, siendo Sinodal, las escaleras te identifican y no cambian de posición tan rápido como lo harían con un preso.

—¿Y cómo detectan a los presos? —se interesó el visitante, levantando un poco la cabeza para mirar el fenómeno con mayor atención.

—Sencillo: cada uno es identificable con un brazalete; allí ostenta una combinación de números y runas que a nosotros nos dice su nombre, nacionalidad, delito y peligrosidad.

Al segundo siguiente, un tramo de escalera se colocó frente a ellos y pudieron subir.

Tras el interés inicial, la maraña de escaleras móviles perdía encanto. La confusión que creaban era capaz de marear hasta al más fuerte, aunque en el caso del visitante de capa violeta, el malestar lo eludía por concentrarse en lo que había ido a hacer.

—¿Y exactamente qué viene a hacer?

Hubo otro movimiento de varita y el Sinodal sacudió la cabeza, aunque sus ojos mostraban cierto desenfoco. Dio unos cuantos pasos torpes y se detuvo al llegar ambos a la antepenúltima planta, luego de recorrer un pasillo oscuro apenas iluminado por antorchas de llamas entre azules y blancas. El Sinodal se colocó frente a una puerta de madera que contaba con una abertura enrejada en la parte superior, a modo de ventana.

—Prisionero eihwaz, peorth, hagal, cuatro, seis, tres —llamó el Sinodal con evidente desprecio.

El visitante dio un respingo que pasó desapercibido. Y con razón: algo en las runas asignadas a ese recluso en particular habían activado una alerta en su cabeza, pero no sabía a ciencia cierta a qué se debía. Tendría que recurrir a ciertas personas para refrescarse la memoria.

—¿Qué? —espetó un hombre al otro lado de la puerta, huraño y arrastrando las palabras.

—Visitas —anunció el Sinodal, abriendo la puerta de la celda —Tiene diez minutos.

El de capa violeta asintió secamente, adentrándose a la celda. Eso causó la sorpresa de la persona en el interior, quien no dejó de fruncir el ceño con desconfianza.

—Se supone que las visitas se reciben en una sala especial —masculló el preso, más para sí mismo que para el recién llegado —Esto no es normal.

—Claro que no. Y ya que no tengo mucho tiempo, cooperarás sin hacer preguntas, ¿entendido?

—Oiga, si es otra vez por el asunto de Nicté…

El visitante negó con la cabeza, aunque hizo una nota mental. Nicté le sonaba de algo…

—Es algo que quizá estás esperando —comentó, lo que captó la atención del hombre, quien arrugó la frente —De acuerdo a lo que he investigado, hay algo que no me convence de tu vida. Quizá, si dices la verdad, pueda hacer algo por ti.

—Vamos, ¿qué le importa a los aurores mi vida personal?

—No soy un auror. Eso ya debiste haberlo deducido. Y por favor, no finjas que no sabes de qué hablo. Quiero que me expliques qué pasa con tu hija.

—¿Mi hija?

—Sí, sí, a la que le diste el gran honor de darle un segundo nombre que la relaciona contigo, Dragoncito. Hazme un favor y quizá también te lo estés haciendo a ti.

El otro, nada contento con el apodo recién dado, apretó los dientes.

—Si quieres saber algo de esa niña, no es conmigo con quien debes hablar.

—Error. Lo que necesito saber solo tú me lo puedes decir. Deshonra al apellido por una vez, Malfoy, ¿o de verdad no te importa que tu hija demuestre a cada momento que no se parece a ti?

Ante eso, Draco Malfoy compuso una mueca bastante curiosa, entre furiosa e impotente, antes de relajar un poco el semblante y tomar asiento en un viejo catre en una esquina de la celda. Al segundo siguiente, sus facciones no demostraban otra cosa que derrota, como si hubiera algo que ya no pudiera soportar. Y probablemente así era.

—¿Exactamente qué quieres saber? —preguntó Malfoy, sin mirar a su visitante.

Cuando escuchó la contestación, el rubio mago se sorprendió ligeramente, pero luego hizo algo que desconcertó tanto al visitante que casi se le cae la capucha.

Draco Malfoy esbozó una pequeña sonrisa que llevaba años sin mostrar.

Eso, pensó el visitante, debía ser una señal. Y esperaba que fuera buena.


17 de octubre de 2011. 7:10 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Ah… ¿Hola? Espero que después de este capi, no haya muchos reclamos. Vamos, que he intentado ser generosa, aunque no lo crean, aparte de echar más misterio en vez de resolverlo, claro está.

Como verán, los alumnos de cuarto están de un lado a otro, maldiciendo a los profesores, a ratos sí y a ratos también. Eso me recuerda mis años de estudiante, a partir de secundaria, cuando ya tenía a un maestro por materia y cada uno dejaba tarea como si solamente tuviéramos su clase. ¿Eso les suena? Seguro que sí. Era un martirio acabar todo para cuando lo pedían. Aún siendo medianamente inteligente.

Por otro lado, Danielle anda buscando al estimadísimo desconocido (a su servidora ya le gustó llamarlo así, es que de verdad lo estima, jajajaja). A su vez, el grupo de desconocidos indaga sobre cosas que se supone son de dominio público en el mundo mágico. ¿Así con las escenas de esos magos o más descaradas? Me refiero al hecho de soltar referencias de quiénes pueden ser. Quizá un par de lectores lo ande sospechando y tal vez, cuando se descubra todo, a algunos no les guste cómo se desarrolló esa parte de la historia. Pero en fin, para ese momento, deberé agradecer la idea original a cierta persona. Cuando lo haga, esa persona seguro recordará cierto pendiente que tenemos, pero que por una cosa u otra, no hemos podido concretar.

Ya, dejando eso de lado, ¿a que no se esperaban lo último? Sí, me encanta hacerla de emoción, lo admito. Hacía un rato que papi Draco no salía y con el protagonismo que tiene Danielle últimamente, pensé que su padre también merecía un momento "cumbre". Aunque lamento decir que los mantendré en ascuas con el contenido de la charla. En primer lugar, porque de revelar lo que dice Draco, restaría emoción a lo siguiente que tengo pensado. Y en segundo lugar, pues porque todavía no acabo de planear, con lujo de detalles, lo que le pasa a Draco por la cabeza respecto a su hija. Es algo que muchos se han preguntado e incluso suponen que la respuesta estuvo en el primer capi de PGMM, peroLo único que puedo decirles es que lo que muestra el mencionado capi de la entrega pasada, algo de razón tiene.

Antes de autodelatar la futura trama del fic, mejor me callo, no sin revelar el elegido para representar a El Colgado en los Arcanos Visionarios. Damas y caballeros, aplausos para¡Severus Snape!Sí, nuestro ogro negro por excelencia será la imagen de este Arcano, siento que le queda, por varias cosas tanto de la saga original como de la mía. Para El Loco todavía no me decido, la sugerencia que me hicieron es un miembro de la Orden del Rayo y no sé, no me imagino a uno de ellos haciéndose el loco (Bell se ríe sola de su mal chiste, si quieren ignórenla). Así que para la próxima, si no se ha sugerido a otro personaje, veremos a un amigo de Hally en la carta cero del Tarot. ¡Ah! Y pasaremos a elegir el siguiente personaje, para un Arcano un tanto siniestro: La Muerte. ¿A qué personaje apuntan para este Arcano? Vamos, sin miedo, que no muerde. Esperaré ansiosa sus propuestas.

En fin, me despido de momento. Cuídense mucho, abríguense (acá en México es otoño, ya siento algo de frío), honren a sus muertos (es que quizá no pueda traer otro capi antes del 2 de noviembre) y nos leemos lo más pronto que pueda.