A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Doce: El Sumo Sacerdote.

19 de octubre de 2020.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

La lluvia parecía querer inundar los terrenos de Hogwarts. Caía a diferentes ritmos a lo largo del día y rara vez se detenía. Los jardines se convirtieron en pantanos por tanto lodo y no se podía caminar con ellos con facilidad. A menos que usaras el calzado adecuado.

—¿Qué se supone que es esto? —se quejó Brandon después del almuerzo.

Debían ir a la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, dada en el exterior, y el profesor Price había preparado especialmente lo que los hijos de muggles y los mestizos reconocieron como botas de goma, aunque chicos como Brandon y Mackenzie les llamaran "aberraciones del calzado".

—No se supone que deban ser bonitas —les espetó Sunny, al apoderarse de un par color verde musgo —Son para poder caminar con este clima.

La mayor parte de la clase no se opuso a cambiarse los zapatos, divirtiéndose con los forcejeos de los chicos cuando se dieron cuenta que había pares de colores pastel que no querían lucir.

—Muy bien, gracias por la asistencia —decía el profesor Hagrid minutos después, con una gran sonrisa medio oculta por su barba —Para que no nos afecte tanto la lluvia —Brandon fue la primera en bufar ante eso —iremos a una parte del Bosque Prohibido con árboles de copa espesa. Ya verán, estaremos un poco más secos. Y veremos el tema de hoy con calma.

Lo dicho por el profesor Hagrid se cumplió. No se adentraron mucho en el bosque, pero las ramas en ese pequeño claro estaban tan frondosas que apenas les caían gotas de agua. Algunos se quitaron los sombreros (les habían echado encantamientos impermeabilizadores) y Miles Richards se bajó la capucha de su impermeable amarillo, contemplando el entorno con curiosidad.

—No hay peligro aquí —aseguró el profesor, lo que hizo que se arquearan las cejas de los más incrédulos —Ahora, acérquense a los árboles de allá y escuchen atentamente.

Los más curiosos obedecieron enseguida, mirando a las ramas bajas y con el oído atento. Fue el gritito asustado de Amy el que descubrió lo que el profesor les había reservado.

—¡Demiguise! —exclamó Ryo, encantado.

No era una de sus acostumbradas demostraciones de asombro. Una criatura de brillante pelaje gris plateado, semejante a un mono, estaba sentada sobre un hombro de Amy, enroscando su cola y mirando al resto de la clase con atención. Parecía inofensivo y con aires de amabilidad, pero cuando Paula se acercó e intentó rascarle la cabeza, la criatura simplemente se borró de su vista.

—¡Exacto, diez puntos para Ravenclaw! —soltó el profesor Hagrid, causando revuelo —Solicité unos cuantos ejemplares para mostrarles, pero normalmente estas criaturas viven lejos, en una reserva, entre otras cosas por lo codiciado de su pelo. ¿Alguien sabe decirme la razón?

—El pelo de demiguise se usa para tejer capas invisibles —respondió Procyon al instante.

—Exacto, diez puntos para Gryffindor. Ahora, los demiguise se saben ocultar, así que espero que alguien más detecte uno para antes de terminar la clase. Pero tengan cuidado, no queremos hacerles daño por accidente, ¿entendido?

El grupo entero asintió.

Se pasaron un buen rato intentando averiguar dónde estaban los demiguise, porque resultaron ser sigilosos y ágiles. Al final, solamente Sunny, Ryo, Miles Richards y Archibald Patterson fueron lo suficientemente atentos para indicar los sitios donde estaban las criaturas un segundo antes de que aparecieran. Como recompensa, el profesor Hagrid le entregó a cada uno una caja de ranas de chocolate justo antes que sonara la campana.

—No estuvo mal —admitió Ryo, mordisqueando una de sus ranas con el sombrero bien puesto y pisando ruidosamente con las botas de goma (cosa que causaba risitas en varias de las chicas).

—Eso lo dices porque puedes comer un montón de chocolate —señaló Rose.

—Si quieres una rana, te doy.

—No, gracias, vamos a comer antes.

—Ah, significa que quieres la rana después de comer.

Rose sonrió con picardía, asintiendo, cosa que a sus amigos les causó una carcajada. Ryo, tras calmarse un poco, le lanzó una de las golosinas.

—Después de comer me voy a Autodefensas Muggles, te la doy de una vez —dijo el chico, meneando la cabeza —Por cierto, Paula, ¿tendrás tiempo hoy para hacer lo de Encantamientos?

—Ya sabes que sí. Últimamente andas muy pesado con este tema.

Ryo se echó a reír, le susurró algo a Paula que la dejó completamente colorada y acto seguido, ambos se alejaron a toda carrera. Ella persiguiéndolo a él, claro está.

—Nunca he entendido por qué esos dos salen juntos —soltó Rose.

—¿Segura? —inquirió Hally, risueña.

La pelirroja se encogió de hombros, indiferente.

—Son de Ravenclaw —espetaron Henry y Procyon al unísono, desganados.

—¿Es esa razón suficiente? —comentó Amy repentinamente

El resto de sus amigos la miró con desconcierto. La castaña había hablado con una voz que no parecía la suya, por lo firme e inexpresiva que sonaba.

—Detesto las casas de Hogwarts —Amy se oyó tajante al afirmar aquello y adelantó a todos lo más rápido que pudo.

—¿Ahora qué le hicieron? —se quejó Sunny.

No era una acusación infundada. Era bien sabido que la familia de Amy le escribía menos que antes. Y ya era mucho decir, a juzgar por las escasas cartas que recibió el curso anterior, incluyendo la que su hermano Ernest le envió para invitarla a su boda.

—Debe ser algo grave para ponerse así. Solo lo ha hecho unas… tres veces antes —señaló Danielle con expresión preocupada —Hablaré con ella en la primera oportunidad, se los prometo.

Los demás mostraron su acuerdo con asentimientos de cabeza.

Adivinación se estaba volviendo fascinante. Hally prestaba toda la atención que podía, aún con Rose y Thomas cuchicheando a sus espaldas y con Walter tomando notas con rapidez.

Además, la preocupaba Amy. Danielle tenía razón, ya que la conocía desde hacía años. A Hally nunca le pasaba por la cabeza que la serenidad y la paciencia abandonaran a Amy, pero por lo visto sí ocurría. Y no le gustaba pensar en su amiga sufriendo por algo.

—Así, quizá obtengamos una lectura medianamente confiable —indicó el profesor Firenze.

Hally dio un respingo. Se había perdido por completo lo que el centauro les había explicado.

—Ya me las arreglaré —musitó por lo bajo.

Ahora tenía cosas más importantes en qué pensar.


Los alumnos de cuarto de Autodefensas Muggles tomaron merecidas duchas antes de presentarse en el Gran Comedor para cenar. Sin embargo, eran notorias ciertas caras fúnebres y una que otra asustada.

—¿Hubo guerra de lodo y no invitaron? —bromeó Thomas, sirviéndole estofado a Danielle.

—No exactamente. Aunque es sorprendente lo que puede hacer la dulce Amy cuando no está de humor —indicó Sunny, llenando su copa con la primera bebida caliente que encontró: té de limón.

—¿Por qué? —se interesó Walter, frunciendo el ceño.

—Le salió un movimiento bastante complicado, ¡y lo usó contra Perkins!

La exclamación de Sunny tenía su razón de ser. Adam Perkins, un Ravenclaw castaño y pecoso, era también bastante alto y ancho de espalda.

—No es que venciera a Perkins en la práctica, pero sí le dio problemas. Aunque todos estábamos muy ocupados en hacer el movimiento sin acabar resbalando en el lodo, así que…

—Entonces no hablaste con ella —el pelirrojo anaranjado miró a Danielle.

La rubia negó con la cabeza, sin ofenderse por la frase. Había identificado el tono de Thomas no como de reproche, sino como de comprensión.

—Preferí que se desahogara con los ejercicios de la clase.

—En Amy eso me resulta tan raro… —musitó Sunny, pensativa.

—Quizá, pero algún día se tenía que enfadar por algo —apuntó Walter, que tenía junto a su plato un pergamino y tinta, garabateando rápidamente —¡Diablos! —masculló, cuando una mancha se extendió por la parte inferior del pergamino —Ya casi terminaba la traducción de Runas para mañana, y con el entrenamiento de hoy…

—Déjamela, puedo arreglar lo de la mancha. Procyon me enseñó un hechizo muy bueno.

—Muchas gracias, Thomas. ¿Y de dónde sacó Procyon un hechizo así?

—Creo que Hally se lo enseñó cuando andaban haciendo no sé qué cosa para la clase de Lupin.

Tras unos cuantos diálogos más, Thomas se quedó a terminarse la cena, con el pergamino de Walter en una mano, mientras él y las chicas se iban lentamente al entrenamiento de quidditch.


—Amy, ¿estás bien?

Ryo Mao no era fácil de intimidar. Su apariencia no concordaba con los rumores que circulaban acerca de sus habilidades en Autodefensas Muggles. Así que ignoró olímpicamente las caras hoscas de los jóvenes de sexto y séptimo de Hufflepuff cuando se sentó en la mesa de esa casa, tras acabar su cena y despedirse de Paula por un rato.

—¿Eso a qué viene? —quiso saber la castaña, arqueando una ceja.

—No sé, quizá porque le diste buena pelea a Perkins y eso no cualquiera puede hacerlo.

Bryan, que estaba sentado frente a ellos, fingió concentrarse en lo que le quedaba de estofado, pero sin perderse ni una palabra.

—Tú puedes hacerlo —le recordó Amy a Ryo con suavidad.

—Puedo, pero no me ha tocado demostrarlo. Anda, Amy, cuéntame, ¿pasa algo malo?

La jovencita se encogió de hombros, mordiendo con aire distraído el último trozo de un panecillo. Acto seguido, tragó y dejó escapar un suspiro.

—Mis padres no quieren que vaya a casa en Navidad.

La revelación hizo que Bryan olvidara que simulaba no saber de qué hablaban, mostrando en su cara la indignación que sentía.

—¿Y eso es por…? —alentó Ryo.

—Creo que sabes por qué. No me hagas decirlo, Ryo, no es agradable.

El aludido asintió, dejando la pregunta de lado.

—¿Y qué pasa con tu hermano? Ya sabes, Ernest…

—Ni me lo nombres. Él empezó todo esto, porque los invitó, a ellos y a Harold, a su casa en Londres, pero con la condición de que yo me quedara aquí.

Ryo bufó por lo bajo.

—¿Al menos se le ocurrió algo inteligente qué decir para que tus padres aceptaran algo así?

Amy asintió con la mirada baja, con lo que Ryo creyó saber de qué se trataba todo el asunto. Fue Bryan, inesperadamente, quien puso las cartas sobre la mesa.

—Eso no puede seguir así, Amy, ¡son tu familia! No deberían hacerte a un lado, menos con esa excusa barata de que estarás más segura aquí con los tiempos que corren.

—¿Te quedas por eso? —Ryo hizo una mueca de disgusto —Ni a mamá se le ocurrió algo así y considerando que trabaja para el Wizengamot, se entera de muchas cosas. ¿Sabes qué? Deberías venir a pasar las fiestas conmigo. Paula no estará en el país y voy a sentirme aburrido.

—¿Paula saldrá del país? —se sorprendió Bryan.

—Sí, su madre y ella irán a pasar las fiestas a Austria, con el resto de los Klaus. Piénsalo, Amy, y cuando te decidas, me avisas.

Ryo le dedicó una sonrisa a su amiga antes de abandonar la mesa de Hufflepuff y regresar a la propia, donde Paula lo esperaba mientras leía un libro pequeño de pastas azules.

—¿Desde cuándo Ryo se preocupa tanto? —inquirió Bryan, extrañado.

—Ryo siempre ha sido así —Amy estaba de verdad sorprendida de lo que Bryan había dicho, aunque consideró que quizá se debía a que no conocía tanto a Ryo como ella. Procedió a explicarse —Cuando éramos niños, él nos cuidaba a Danielle y a mí. Jugábamos en los prados de Wiltshire, ya te imaginarás todas las veces que nos raspamos las rodillas o que nos dimos en la cabeza con la rama de un árbol —la castaña sonrió dulcemente, recordando aquellos días —Ryo era el encargado de decirnos que no pasaba nada y nos hacía reír. Danielle casi nunca lloraba, será por la forma en que vivía en su casa, pero yo sí, a menos que Ryo nos dijera algo gracioso. Es como un hermano muy, muy alegre. Quizá le haga caso y me vaya con él en las vacaciones.

Al ver a Amy más animada, Bryan le agradeció mentalmente a Ryo su intervención.


—¿Lo conseguiste?

—Sí, fue sencillo. Por si no te has dado cuenta, Amy no es de las que saben mentir. Además, no le gusta hacerlo.

Ryo y Paula estaban en su sala común, terminando unas tareas que debía entregarse en dos días, cuyo tema eran los encantamientos convocadores. Como la materia le resultaba un poco difícil a Ryo, Paula se había ofrecido a echarle una mano.

—Y dime, ¿no habrá problemas con tus padres por invitar a Amy para las fiestas? —inquirió Paula con cortesía, blandiendo la varita para mostrarle a Ryo cómo debía hacerlo.

—No lo creo. Mamá es amiga de los Macmillan desde hace años. De todas formas, pienso escribirle para preguntarle, así matamos dos pájaros de un tiro.

—¿Ah, sí?

—Sí. Mis padres están considerando mudarse una temporada a Tianfield.

Paula arqueó una ceja, deteniendo un instante su movimiento de varita. Si no mal recordaba, Tianfield era la propiedad donde vivía la hermana de Ryo con su marido.

—¿En serio? —logró preguntar, con una voz muy suave.

—Sí. Piensan poner Tianfield bajo un Fidelio, lo que unido a todos los hechizos anti–muggles que ya lanzaron, hace que sea un lugar muy seguro. Lo último que supe fue que mi cuñado propuso la idea, en caso de que hiciera falta, pero no sé…

Ryo, que hasta entonces había estado de pie para observar a Paula con detenimiento, se dejó caer en una butaca próxima.

—Creo que no lo están enfocando bien —dijo de pronto el chico —Si atacaran a alguien de la familia, primero irían por mi hermana, que es profesora aquí y tiene contacto con McGonagall, y luego irían por mamá, que quizá no tenga un puesto tan impresionante, pero en el Wizengamot te cruzas con un montón de magos de renombre que…

—¿Por qué te preocupas tanto? —quiso saber Paula, sentándose también y quedando frente a Ryo —Tu hermana y tu madre son buenas brujas. Y sus maridos no las dejarán solas, ya verás.

Él asintió en silencio.

—Anda, tienes que practicar el encantamiento, o Lovecraft te dará tarea extra. A menos que…

Paula titubeó por un segundo, hasta que decidió que por ese día había sido suficiente de tareas.

—¿Quieres hablar de eso? —inquirió ella con amabilidad —O de cualquier otra cosa…

—Quizá, aunque los chicos dejen de hablarme hasta Navidad —intentó bromear Ryo, antes de continuar —¿Recuerdas el incidente entre Danielle y Zabini?

—¿Cuál, el de principios de curso, en el vestíbulo? Cómo olvidarlo…

—Bueno, Henry creyó conveniente averiguar algunos datos que explicaran eso. Procyon los consiguió, todo eso de que Zabini y Blow son parientes lo supo por su abuela…

—¿Eso qué tiene que ver con…?

—A eso voy. Blow y Zabini tienen reputaciones qué mantener, eso de ser sangre limpia impone mucho, ya sabes —Ryo soltó una breve risa, resaltando el sarcasmo de la frase —Además, tienen la extraña idea de que si uno no consigue algo, el otro puede intentarlo. Eso aplica para el caso de Danielle, porque según lograron averiguar Thomas y Walter, Zabini iba a pedirle una cita este curso, cuando vio que Blow no conseguía salir con ella.

—Algo parecido les contó Procyon a Hally y a Rose, ¿no?

—Sí, pero porque no sabíamos toda la historia entonces.

—¿Toda la historia?

—Exacto. A mí me dio curiosidad que esos dos se tomaran tantas molestias con Danielle, sobre todo porque ahora ella y su hermano son vistos como traidores a la sangre. Así que le escribí a papá y le conté, de pasada, lo que habíamos visto de esos dos. Me contestó que según mamá, no le extrañaría nada que los padres de esos chicos fueran tras el dinero de Danielle. Cuando confiscaron los bienes del señor Malfoy, una parte la pusieron en una cámara de Gringotts. De allí paga su hermano las cosas del colegio y el resto ella lo tendrá cuando sea mayor de edad. Papá supo eso porque trabaja en Gringotts y si mamá cree que los Blow y los Zabini quieren ese dinero, le creo.

—Así que quieren darles una lección para que dejen a Danielle en paz de una buena vez.

—Sí, es la idea. Henry cree que podremos hacer algo en el banquete de Halloween, porque es probable que no noten nada sino hasta el día siguiente. Lo malo es que todo lo que se nos ocurre es demasiado complicado sin tener a alguien de Slytherin de nuestro lado, aparte de Walter y Thomas, porque a ninguna de ustedes les habíamos dicho nada. Considerando el castigo que se ganaron a finales del curso pasado…

—Comprendo, pero nos encantaría ser parte.

—Lo sé, lo sé. Pero insisto, no queríamos meterlas en más problemas.

Paula meneó la cabeza, ligeramente divertida. Aunque ella y sus amigas no lo quisieran, los chicos hacían de todo por intentar cuidarlas.

—Creo que no quieres que Danielle se meta en problemas —insinuó Paula, frunciendo el ceño.

—No, lo que no quiero es que se meta en este problema. Piénsalo, todo el mundo sabe que ella y Zabini no se llevan bien, y cuando hagamos lo que tenemos pensado, Danielle va a ser la primera a la que quieran acusar. No te imaginas cuántas chicas creen que Zabini es guapo…

—Es guapo, pero su personalidad es un asco.

El mohín de Paula fue suficiente para que Ryo se echara a reír. Eso animó tanto al muchacho que quiso seguir con el ensayo del encantamiento convocador.

Para sorpresa de Paula, Ryo logró convocar objetos al tercer intento.


20 de octubre de 2020.

Isla de Avalon, Canal de la Mancha.

Mesón Redondo, Apple Beach.

Tomando en cuenta la situación actual, el Ministerio de Magia británico había tenido varias dificultades en encontrar un sitio adecuado para alojar a los Jefes Supremos continentales de la Confederación Internacional de Magos. Al final, decidieron que siendo la Isla de Avalon un lugar donde pocos tenían vía libre para transitar, sería la sede del Primer Concilio Mágico–Bélico.

La razón de tan curioso nombre para la reunión se debía a que, en toda la historia mágica, no se recordaba que una guerra hubiera requerido voz y voto de todos los continentes. Los conflictos muggles que llegaban a afectar a los magos eran tratados como meros inconvenientes para la vida cotidiana, y claro, no todos los países se veían afectados. Sin embargo, en vista de las acciones de Hagen y sus seguidores, nadie podía quedarse como simple espectador.

Eran personajes pintorescos los Jefes Supremos continentales. No eran estrictamente cinco ni tampoco estaban completamente de acuerdo en que el conflicto iniciado por el Terror Rubio tuviera el alcance que se había planteado inicialmente. Así pues, la reunión que había iniciado a finales de septiembre, prevista para durar máximo dos semanas, se había convertido en un debate acalorado a puerta cerrada del que no se veía un final claro.

—Insisto, ¿debemos preocuparnos los otros continentes de todo este embrollo? —quiso saber el Jefe Supremo de Oceanía, un hombre bajito, con la piel curtida por el sol y algunas canas en su escaso cabello castaño claro —En las islas no hemos tenido incidentes.

El hombre tenía por costumbre agitar las manos en alto cuando explicaba algo, haciendo que revolotearan las amplias mangas de sus túnicas. Ese día, que llevaba una prenda de color violeta con algunos detalles amarillos y verdes, recordaba a los adornos de alguna tribu de Australia.

—Señor Shivoo, ya hemos discutido ese punto —respondió el Jefe Supremo europeo, un hombre rubio, alto y ancho de espalda, con unos ojos verdes penetrantes y más aspecto de ser una persona de acción que un político —Afortunadamente su continente no ha tenido que lidiar con algún desastre causado por el Terror Rubio, pero en caso de presentarse algo, necesita saber que cuenta con nosotros. Así como nosotros queremos contar con usted.

El señor Shivoo frunció el ceño, sin seguir del todo convencido, antes de asentir con la cabeza.

—Finalmente aclarado ese punto, nos interesa saber si los continentes que ahora gozan de paz están dispuestos a aceptar refugiados. Europa peligra y parece que Asia va por el mismo camino.

Las palabras de la persona que presidía la Confederación Internacional de Magos, una mujer de túnica de terciopelo verde esmeralda y porte severo, hizo que de pronto el señor Shivoo se sintiera ruin, pensando únicamente en su continente sin detenerse a pensar en cómo la estaría pasando Europa. Inmediatamente afirmó que Oceanía ofrecería refugio a quien hiciera falta, haciendo mención de unas cuantas islas desiertas que podían habilitarse para ello.

—Se lo agradezco mucho, señor Shivoo. ¿América qué dice?

La mujer de verde observó a tres magos con aspectos tan dispares como el resto de sus colegas. El más alto de ellos, un rubio de túnica azul marino, arqueó una ceja en actitud inquisitiva.

—A nosotros no nos importaría —indicó una de aquellas personas, una mujer morena, pequeña y regordeta, de túnica blanca con varias grecas de colores —De hecho, Belice y El Salvador tienen albergues para refugiados políticos. Habría que consultar la capacidad actual, pero ahora mismo puedo asegurar una docena de lugares.

—¿Está segura, señora Colel?

La mujer asintió repetidamente con la cabeza, esbozando una ligerísima sonrisa.

—Una docena no es mucho —apuntó el rubio de túnica azul marino, haciendo una mueca.

—Es todo lo que Centroamérica puede ofrecer, míster Twain.

—¿Qué ofrece Norteamérica, de todas formas? —apuntó con cierto desdén el tercer mago de aquel trío, un hombre moreno, de cabeza redonda y rostro anguloso, cuya barba incipiente era signo del arduo trabajo que hacían allí desde días atrás —México ya envió una lista de propuestas, pero lo que es su país y Canadá…

—No le permito que hable en esa forma, Atahualpa. Si a esas vamos, ¿Suramérica qué tiene que decir de todo esto?

El hombre moreno, fingiendo que se acomodaba la túnica marrón estampada con diminutos soles amarillos, no contestó.

—Vamos, señores, tranquilos —pidió amablemente la señora Colel, cuyo gesto de resignación dejaba entrever algo que era típico de sus compañeros americanos —Estamos discutiendo un problema serio. Se supone que debemos dejar nuestras diferencias a un lado.

Twain y Atahualpa siguieron dedicándose miradas desafiantes por unos minutos, para finalmente darse la espalda uno al otro. La señora Colel suspiró y ofreció una frágil sonrisa de disculpa a sus camaradas.

—Ahora comprendo por qué tuvieron que venir los tres. Sus reuniones deben ser charmantè —musitó el Jefe Supremo europeo, entre divertido y fastidiado.

—También tenemos refugios en Marruecos y en un par de oasis del Sahara —avisó el Jefe Supremo africano, un hombre muy alto y de piel oscura con la que destacaba su túnica color arena con bordados de vivos colores —Ah, y contamos con uno bastante peculiar en Madagascar.

—¿Peculiar en qué sentido, señor Adbella?

—Digamos que cualquiera lo pensaría dos veces antes de intentar algo contra ese refugio. Lo primero que se ve en sus terrenos son manadas de erumpent.

El Jefe Supremo del Continente Negro sonrió ligeramente al ver las reacciones que obtenía con esa revelación. Mostraba parte de la razón que, seguramente, les había granjeado a los magos de aquella parte del mundo el sobrenombre nada agradable de sangre salvaje, que actualmente se consideraba una grosería equiparable a decirle sangre sucia a un mago hijo de muggles.

—En realidad, el refugio de Madagascar es parte de una reserva mágica. A nuestros huéspedes les pedimos que ayuden a los empleados del lugar a cuidar de todas las criaturas mágicas que hay allí. No es que les cobremos —aclaró al instante el señor Adbella, ante las cejas arqueadas de sus camaradas —pero estarán de acuerdo en que a la mayoría de las personas no les gusta dejar sus deudas sin pagar. Y que les den refugio cuando su vida peligra, para algunos es una deuda sagrada.

Se hizo un nuevo silencio, pero este se sentía un poco más tenso, reflexivo incluso. Como si finalmente pudieran asimilar todo lo que habían discutido a lo largo de los días, preguntándose qué países serían los próximos afectados y quiénes de esos países vivirían lo suficiente como para ver el final del conflicto. La mayor parte de los presentes habían llegado a la misma conclusión desde el primer día de la reunión: había que parar a Hagen de alguna forma y había que pensar en la cooperación internacional como vía para salvar a la mayor cantidad de inocentes que se pudiera.

—Según se me informó antes de venir, Sri Lanka y Mongolia cuentan con varios refugios —indicó entonces un hombre de tez morena, cabello oscuro, delgado y de túnica holgada color rojo oscuro —Se apoderaron de edificaciones muggles abandonadas y las habilitaron. Puedo avisar que algunos de esos refugios se reserven exclusivamente para extranjeros. No será difícil.

—Se lo agradecemos mucho, señor Viravongs. ¿Alguna otra cosa que Asia deba decir?

—Ninguna, señora McGonagall. O quizá sí, pero no tiene que ver con el tema de la reunión. Si me permite expresarme…

—Adelante.

—¿Es verdad que piensa retirarse?

Los demás Jefes Supremos, que aparentemente pensaban en sus respectivas preocupaciones, captaron de inmediato lo dicho por su camarada asiático y prestaron atención a la charla.

—Como sabrá, este puesto prácticamente lo heredé —comenzó Minerva McGonagall al tiempo que desviaba la vista, obviamente recordando algo —Al principio iba a rechazarlo, pero después pensé que no era mala idea participar en donde confluían varias personalidades que, por vivir en distintos sitios, podrían enseñarme más de lo que podía imaginar. Así, he ido aprendiendo muchas cosas, entre ellas que cuando se llega a cierta edad, hay que dar paso a los jóvenes, aún a los que tienen ideas escandalosas, porque quizá en ellas haya algo bueno qué aplicar.

—¿Se refiere a que… su reemplazo será joven? —inquirió con cautela la señora Colel.

—No lo sé aún. Ese tema se tratará al final de este concilio. Habrá que seguir el protocolo, ya lo saben. Lo único que espero es que mi sucesor sepa en lo que se estará metiendo y que cuente con el juicio suficiente para que nadie se arrepienta de colocarlo entre ustedes.

Los demás, incluso el ceñudo señor Twain, hicieron diversos ademanes de asentimiento. Ser Jefe Supremo debía parecerle sencillo a quien no tenía ni idea de las implicaciones y que solo se fijara en los innumerables viajes, los elegantes atuendos y el respeto demostrado. Había mucho más tras la imagen pública que proyectaba un Jefe Supremo, pero la verdad era que pocos se tomaban la molestia de averiguar de qué se trataba.

—Si ya no hay más que decir acerca del tema del Terror Rubio, quizá podamos dar por terminado el concilio —sugirió McGonagall, paseando los ojos por los allí presentes.

—Una cosa más —pronunció el señor Twain y Atahualpa no fue el único en dedicarle una mirada fulminante, ya que estaban cansadísimos de tanto debate —En caso de que debamos enviar aurores a combatir a los seguidores de Hagen, ¿cuál será el procedimiento? Según sabemos, esos tipos son de varios países distintos. No quisiera que algún auror norteamericano (y no hablo solo de mis compatriotas) pase el resto de su vida en prisión por abuso de autoridad o algo peor.

Se hizo el silencio. Atahualpa cambió su expresión y mostró interés en la inquietud de su colega, aunque no era el único. La señora Colel mostró algo de preocupación, lo mismo que el señor Shivoo; en cambio, el señor Adbella y el señor Viravongs torcieron la boca en un gesto de furia mal disimulado, dejando entrever lo que ellos querían hacer con esa gente, fuera legal o no.

—Podemos repasar un poco la historia de los continentes, para saber qué se hizo en casos análogos y así establecer un protocolo —indicó McGonagall con ademán decidido, pero también agotado. Seguramente creía, como los otros Jefes Supremos, que por fin podría irse a casa —Tiene razón, señor Twain, lo mejor será que determinemos nosotros hasta dónde podrán llegar nuestros aurores combatiendo a Hagen. No queremos a nadie pagando caro lo que quizá podría considerarse como un acto de justicia.

Así, los Jefes Supremos se embarcaron en lo que esperaban, fuera la última tarea dentro de aquella reunión que quizá, si tenían suerte, no se repetiría en lo que les quedaba de vida.


25 de octubre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.

Las noticias volaban y no siempre tenían relación con su carácter de buenas o malas. En ocasiones, lo único que necesitaba un acontecimiento para convertirse en noticia era tener una influencia considerable en la sociedad donde se daría a conocer. Y una noticia referente a la Confederación Internacional de Magos entraba sin dudarlo en esa categoría.

Los Jefes Supremos continentales de la Confederación Internacional de Magos dan por terminado el Primer Concilio MágicoBélico —leyó por lo bajo un auror en su cubículo, frunciendo el ceño.

—¡Eh, Harry! ¿Tienes tiempo?

El aludido, un hombre de cabello negro y anteojos, fijó sus ojos verdes en la entrada de su cubículo, por la cual se asomaba el rostro de un pelirrojo alto y pecoso.

—Claro, Ron —indicó el moreno, señalando con una mano la silla libre que tenía, al tiempo que regresaba la vista al diario —¿Cómo te fue?

—Excelente. Laos, adorable país… Viravongs me regaló un juguete bastante raro cuando le dije que tenía un hijo de meses de nacido, según él como agradecimiento.

—Comprendo. Lo mismo me pasó con los americanos. Después de echar pestes contra Twain, me sentí mal cuando le acepté una cajita musical mágica para Hally…

—Vaya, ¿quién diría que el estadounidense tiene sentimientos? —soltó el pelirrojo, riendo por unos segundos —¿Cuándo volviste?

—Ayer. Presenté mi informe y la señorita Holmes me dio libre el resto del día, lo que fue un alivio, el viaje me dejó exhausto. ¿Ya pasaste con ella?

—En un momento. Vi a Fonteyn allí. No sé por qué, pero presiento que le fue mejor que a nadie. Mira que escoltar a Adbella… Lo que no acabo de entender es por qué…

—¿Por qué tuvimos que escoltarlos, si traían su propia guardia? —Harry Potter dejó el periódico a un lado, sonriendo con un dejo de ironía —Supongo que para aplacar su paranoia. El concilio fue noticia desde que se anunció. Si algún seguidor de Hagen descubría a uno de los Jefes Supremos volviendo a casa…

—¿Serían tan estúpidos como para atacar durante unos viajes hechos al modo muggle?

—De esas personas ya no sé qué esperar.

—Ni yo. ¿McGonagall te ha escrito?

—No, supongo que esperará hasta estar de nuevo en el colegio. Después de Halloween.

—Echo de menos el banquete de Halloween. Lo que me recuerda… ¿Este año qué se hará aquí?

—Solo he oído rumores, como siempre. Lo normal está en pie: baile, charlas aburridas, quedar bien… No sé por qué preguntas, Ron, cada año es lo mismo.

Ron Weasley rió por lo bajo. Sí, sabía que cada año, el evento de Halloween del Ministerio era un suplicio para su amigo, siendo el famoso Niñoquevivió. Sin embargo, ellos y sus respectivas esposas solían hallar algo en qué entretenerse, como cuando criticaban sin tapujos a algunos de los más estirados miembros de la sociedad mágica inglesa.

—¿Vendrás o te lo saltarás? —obviamente, el señor Ron seguía hablando del evento de Halloween, porque conservaba una sonrisa divertida en el rostro.

—No tengo la menor idea. Lo consultaré con Hermione.

—¿Por qué no me sorprende oír eso? Pero cambiando de tema, ¿qué pasó con nuestro grupo de personajes misteriosos? Unos cuantos de ellos vigilarían a Lorris y al chico Lumière, ¿verdad?

—Sí. Regresaron hace dos días. Ningún contratiempo, según sus palabras. Y Williamson lo confirmó, lo supe por la señorita Holmes.

—¿Qué opinas de ellos ahora?

El señor Potter frunció el ceño, mirando por encima de su cabeza algunos memorándums interdepartamentales que revoloteaban aquí y allá.

—Sigo pensando que es demasiado sospechoso que oculten su identidad de esa forma, pero al menos están demostrando que son dignos de confianza. Espero que no lleguen a traicionarnos, lo lamentaría mucho. Aunque no sé exactamente por qué.

El señor Ron meneó la cabeza. No confiaba demasiado en ese conjunto de magos en particular, pero no podía decir nada en su contra, cuando no había nada qué criticar. Habían hecho lo que se les pidió, pero informaron de todo con tal desparpajo que parecía un día de campo para esos tipos el cuidar personalidades que podrían ser atacadas de un momento a otro. La mujer que iba con ellos, según supo, fue la más seria al reportarse, pero a veces caía en lo mismo que sus compañeros y soltaba algún comentario hastiado y sarcástico. Definitivamente no eran personas ordinarias y le encantaría saber quiénes eran.

—¿Por qué no lo averiguamos? —propuso entonces el pelirrojo auror —¿No quieres saber quiénes están detrás de apodos tan ridículo como Volador o Cisne?

—Ron, eso no…

El señor Potter guardó silencio al darse cuenta que era precisamente lo que quería hacer. Quería sacar del anonimato a ese conjunto de magos que quién sabe de dónde venían. Sin embargo, el asunto sería obtener esa información de tal forma que ni ellos se dieran cuenta.

—¿De dónde sacaríamos los datos, en todo caso? —intentó zanjar el señor Potter, de forma no muy convincente —Nadie parece saber nada al respecto. Dieron a entender que antes eran parte de la Orden, pero McGonagall no recuerda a personas como ellos.

—¿Y si Dumbledore los hubiera reclutado sin avisarle a nadie? Ya sabes, como parte de una misión secreta o algo así.

Ante semejante idea, el señor Potter negó con la cabeza. Ya lo había considerado, pero el retrato del difunto director tampoco sabía quiénes eran. A veces daba indicios de recordar algo cuando oía hablar a los desconocidos, pero fuera de eso, nada importante.

—No sé, antes de ponernos a investigar, deberíamos tener una pista.

—¡Buenos días! —saludó Jim Black, entusiasta, asomándose al interior del cubículo —Tiempo sin verlos, seguro disfrutaron de su último paseo.

—Como no tienes idea —ironizó el señor Ron.

—Me alegra que terminaran sus vacaciones, tengo algo —Jim ingresó al cubículo, al tiempo que le pasaba unos pergaminos al señor Potter —No es gran cosa, pero me pareció interesante.

El señor Potter arqueó una ceja tras leer superficialmente lo que Jim le había llevado.

—¿Confirmaste los datos? —inquirió, pasándole los pergaminos al señor Ron.

—Por supuesto. No iba a presentarme con la señorita Holmes por una corazonada. Savage me acompañó, junto con unos Aspirantes en prácticas. Nos apuramos todo lo que pudimos, pero…

—Déjame adivinar: volvieron a llegar tarde.

La frase del señor Ron, mordaz y un tanto preocupada, obtuvo un asentimiento de Jim.

—Esto no tiene el menor sentido —refunfuñó el pelirrojo, devolviéndole los pergaminos al señor Potter tras darles una leída —Al menos no para mí.

—Para mí tampoco. Vamos, se supone que no tiene nada qué ocultar —apuntó Jim, arqueando una ceja en actitud interrogante —¿Por qué huye?

—Quedamos en que estamos averiguando de quién huye —corrigió el señor Potter.

—Quizá, pero no ayuda en nada que no podamos encontrarlo. Espero que no lo halle primero quien sea que lo esté siguiendo. Porque de esa persona tampoco tenemos gran cosa. Además, es completamente ilógico. Sé que no se llevaban bien, pero hasta donde tengo entendido, siguen unidos, ¿no? Legalmente, quiero decir.

—Exacto. A estas alturas, la mujer pudo haberse divorciado, pero no lo hizo. Por lo que pude averiguar, ser parte de esa familia es bien visto entre los magos de allá.

—Sí, claro, ¿por ser unos sangre limpia?

—Sí, es parte del asunto.

Los otros dos asintieron, sin poner en palabras lo que ya sabían.

—Por lo pronto, te agradezco que te hicieras cargo, Jim, retomaré la investigación desde donde la dejaste. Espero hallar algo que antes se nos haya pasado…

—Ah, eso me recuerda… Caine mencionó una cosa.

—¿Quién? —el señor Ron frunció el ceño, sin comprender.

Jim alzó una ceja, haciendo una mueca de desdén, y el pelirrojo entendió.

—¡Ah, ya! McGill, ¿no? Olvidaba ese asunto del cambio de apellido…

—No hay muchos que le hagan caso, la verdad —Jim meneó la cabeza con cierto aire de pesadumbre y los otros dos supusieron que se acordaba de la temporada que pasó tras la revelación de su verdadero apellido —En fin, Caine dijo algo, déjenme pensar…

Jim se mantuvo en silencio unos segundos, con expresión ensimismada. El señor Ron se notaba ligeramente confundido, pero el señor Potter no: había visto en una ocasión a Magnolia hacer eso mismo y después, salir con alguna idea extraordinaria.

—Caine se refería a que, de lejos, Acab Nicté y su perseguidor se parecen mucho físicamente. Le pareció extraño, más cuando Savage recordó que en el caso de Nicté, se había sospechado de él como responsable de la muerte de Robert Graham y después resultó que no había sido así. Fue cuando Caine se preguntó si el perseguidor no estaría disfrazado para que lo confundieran con Nicté, aunque no sabía quién querría culparlo de la muerte del marido de su hija.

—Además, ya se probó que Nicté no ha usado una maldición asesina en años —recordó el señor Potter, con la frente arrugada debido a la concentración —Anom fue el experto que revisó su varita junto con la persona asignada por el Wizengamot. Tampoco se halló rastro de otros hechizos potencialmente letales. Y Robert Graham murió a causa de heridas causadas por magia desconocida. Algo falta en este rompecabezas, algo que no sabemos qué pueda ser…

—¿Qué hay de la varita que encontraron en La Isla? —soltó de pronto Jim.

—¿Cuál, la que Anom asegura que es de su madre? —el señor Ron dijo aquello en un susurro.

—Esa misma —Jim se veía ligeramente exaltado, exponiendo su argumento —¿Por qué estaba la varita de esa señora allí? ¿Acaso fue obra suya todo ese numerito? Y de ser así, ¿para qué quería atacar a los Edmond? Cierto, son ricos, pero son muggles. A menos que…

—A menos que le interesara algo que ellos estén haciendo —completó el señor Potter.

Jim asintió, para luego explicar.

—No sé por qué, pero creo que ambos casos, el suceso de La Isla y la persecución de Nicté, están relacionados por esa señora, Dinorah Puch Terruño. Pero como ya dije, no puedo ir con la señorita Holmes y darle esta teoría por una simple corazonada. Necesitaría más pruebas que la varita de la señora en La Isla.

—¿Alguien sabe cómo es esa señora? —inquirió de pronto el señor Ron —Digo, si su varita de verdad es la que se encontró en La Isla, se emitiría una orden de captura, ¿no? Y deberíamos tener su fotografía. ¿La solicitaron a México?

—Voy a averiguar —Jim salió corriendo del cubículo, atropellando por poco a Matthews.

—Ahora ya no dudo que sea pariente de Tonks —bromeó el señor Ron, que había notado eso.

Él y el señor Potter no tuvieron mucho tiempo para reír por la ocurrencia y conversar de otra cosa. Jim regresó con ellos, aferrando una fotografía y con el semblante acelerado.

—La solución a nuestros problemas —aseguró, dejando de golpe la fotografía en la mesa.

La persona que aparecía allí, pensaron el señor Potter y el señor Ron, podría ser Acab Nicté si se pasaban por algo la cara ovalada, las cejas bien delineadas, el cabello oscuro, la tez muy morena y los ojos grises, fríos como el acero. De hecho, al fijarse en esos ojos, se acordaban de los gemelos Nicté, Anom y Abil, lo que no dejaba lugar a dudas sobre la identidad de la mujer. En la fotografía, vestía una túnica azul con botones negros y esbozaba una ligera sonrisa que no era complementada por sus ojos; de hecho, la imagen general era la de alguien indigno de confianza.

—No entiendo los gustos de ese hombre —dejó escapar el señor Ron de pronto —Mira que casarse con alguien que se parece mucho a él…

—Ese no es el punto, Ron, piensa por un momento —increpó el señor Potter —Si este es el aspecto de Dinorah Puch, ¿cuántas cosas ha hecho ella y se las atribuyeron a Acab Nicté?

—Muchas, quizá —convino el pelirrojo, fastidiado.

—Exacto. Y seguramente ella se aprovecha de eso para que nos resulte todavía más difícil encontrar a Nicté. Jim, ¿a quiénes vieron cuando fueron a Wimbledon?

—No sabía entonces, creí que veía doble o algo así, pero ahora podría jurar que eran Nicté y su mujer. La descripción concuerda con la foto, al menos por lo que dijeron Savage, Caine y Lindsay.

—Bien, entonces podemos seguir por ahí. Dinorah Puch Terruño es nuestra sospechosa.

—A Anom no le va a gustar.

—Creo que desde que supo lo de la varita, el asunto no le gusta nada.

Ante las palabras del señor Potter, el señor Ron no pudo más que asentir.


31 de octubre de 2020.

Norte de Escocia.

Middle Street, Hogsmeade.

—Halloween… Halloween… Halloween…

Rose canturreaba con una enorme sonrisa en el rostro, dando saltitos delante de sus amigos. Ese día, con el cabello recogido en dos trenzas, una blusa blanca de manga larga y la falda a cuadros azules y rojos, daba una imagen de inocencia poco común en ella. O por lo menos eso decían sus amigos, que la conocían bien.

—Creí que vendría con su prima hoy —comentó Sunny, con una ceja arqueada.

—Nerie le dijo que estaría bien, que andaría con los Copperfield y con Wood —indicó Hally, dejando escapar una risita —Primero Rose se preocupó un montón y luego le deseó suerte.

—Nunca cambia, ¿eh? —comentó Amy, sonriendo.

Las demás asintieron, antes de desviar la vista hacia los chicos, ya que habían estallado en risas.

—¿Ellos qué se traen? —quiso saber Sunny.

—Ni idea, pero han estado muy raros toda la semana —comentó Danielle.

Paula fingió no prestar atención a la conversación, para no tener que decir nada.

—¿Son tortugas o qué? —se quejó entonces Rose desde tres metros adelante —¡Apúrense!

Todos le hicieron caso.

Llegando al centro del pueblo, el grupo se separó, quedando de verse en Las Tres Escobas en dos horas. Thomas, sin muchas ceremonias, tomó a Danielle de la mano y se la llevó, cosa por la cual Ryo y Procyon estallaron en carcajadas, aunque al primero se le acabó pronto la risa cuando Paula lo tomó del brazo para ir por una calle lateral.

—Estaba muy apurado Thomas, ¿no? —insinuó Paula, intentando contener la risa.

—Lo sé, eso fue muy obvio —Ryo respiraba profundamente, recuperando el aliento —Pero en toda la semana no dejó de hablar de este día. Bueno, de eso y de lo otro…

—Ah, ya. ¿Tienen todo listo?

—Casi. Faltan unas cosas de Zonko, pero Thomas las comprará. Dice que como siempre va, a Danielle no le parecerá raro que entre un momento mientras ella ve las túnicas de la casa Umikaze.

—Y la mandó a la tienda de túnicas para que nadie la vea con él en la tienda, ¿verdad?

—¡Exacto! Hay que cubrir todas las posibilidades. Oye, no te agradecí lo de Nott. Aunque me siga dando escalofríos…

—¡Ryo!

El chico se encogió de hombros. Apenas días atrás se había enterado de la conexión entre Paula y Nott, que en realidad, se parecía bastante a la que existía entre los Hagen y los Radcliffe: la madre de Nott había trabajado un verano completo en Viena, llevando a su hijo con ella, y se hizo buena amiga de los Hagen. Que Paula no se acordara antes de todo eso era fácil de comprender; en aquel entonces tenía cuatro años, aunque por lo visto, Todd Nott sí la recordaba, ya que en cuanto tuvo la oportunidad, cruzó un par de frases cordiales con la rubia, casi siempre en la biblioteca, donde coincidían al pedir prestados libros de los mismos temas. De hecho, Paula había quedado con Nott para hablar de Aritmancia el día que Ryo, sin mucho tacto, se le había declarado.

—Al menos ahora sé que Nott no te haría nada —comentó Ryo en ese instante, con una mueca de inconformidad —Aunque no termino de confiar en él. Menos con los amigos que tiene.

—Zabini —señaló Paula, desdeñosa —Nott sabe cómo son él y Blow. El problema es que su padre y el padre de Zabini son amigos desde hace años; igual el señor Nott es amigo de la madre de Blow. Por lo visto, todos fueron la crema y nata de Slytherin de su generación.

—Ésa es buena, Paula.

—¿Verdad que sí? Me lo dijo Nott. Cuando quiere, sus ocurrencias son graciosas.

Ryo no pudo evitar reír ante la imagen mental de un Nott contando chistes.

—¿Has estado antes en esta calle? —quiso saber el chico, al cabo de un rato.

—No, ¿y tú?

—Tampoco, aunque Procyon la mencionó una vez —Ryo distinguió un letrero con el nombre de la calle, Middle Street —Creo que fue aquí donde le dio Lancaster su última bofetada.

—Lancaster no aprende…

—Y también dijo que había un local, ¿lo buscamos?

Paula asintió y echaron a andar por la calle, dándose cuenta que pocas ventanas estaban cerradas. Así mismo, la quietud que los fue envolviendo conforme dejaban atrás High Street era un poco sobrecogedora. Finalmente, cuando Ryo estuvo a punto de proponer que dieran media vuelta, Paula detuvo sus pasos y señaló un sitio.

—Allí, se ve agradable.

Ryo leyó el nombre del sitio, L'Arcane, y por alguna razón sintió un escalofrío. Sin embargo, pese a la fachada, se veía como un sitio tranquilo, así que se dejó llevar por su novia al interior.

Como la fecha lo ameritaba, el ambiente del lugar era casi en su totalidad negro, violeta y naranja. Diminutas calabazas flotaban sobre sus cabezas, con velas encendidas en su interior y lanzando sombras macabras debido a las caras cortadas en su cáscara. A veces se oían chillidos de las chicas cuando murciélagos de papel revoloteaban en torno a sus cabezas, y del techo caían puñados de confeti en forma de calabaza o de murciélago. Un par de cuervos, de carne y huevo, estaban echados en un nido en una esquina del techo, y de vez en cuando volaban por el lugar, lo que causaba que de vez en cuando, plumas negras cayeran en las cabezas de los ahí presentes.

—¡Dragones! —musitó Ryo, impresionado.

—Allá hay una mesa —señaló Paula.

Se sentaron en un extremo de la habitación, junto a una de las ventanas que daba hacia Middle Street. Desde allí, no sería difícil adivinar la hora de regresar a Hogwarts; en L'Arcane la luz solar no se filtraba bien debido a numerosas cortinas de encaje negro y violeta, que daba un aspecto un tanto lúgubre al lugar, casi como si fuera de noche.

—¿Y qué va a pasar exactamente? —inquirió Paula, curiosa, cuando revisaban el menú.

—¿Con Zabini y con Blow? No sé si deba contarte, porque…

—Vamos, no voy a decir nada.

—No es por eso. ¡Knarls! Si empiezan a averiguar, van a querer preguntarte y entre menos sepas, mejor. No es un secreto que estemos saliendo.

—¿No crees que estás exagerando?

—Tal vez. Pero mejor prevenir que lamentar.

—Parece que no crees que pueda defenderme sola.

Ryo negó con la cabeza.

—Eres perfectamente capaz de eso —apuntó él con firmeza —El problema es que no puedo dejar de preocuparme, ¿comprendes?

Paula asintió, esbozando una ligera sonrisa.

En eso se les acercó una mesera a tomarles la orden. Por su atuendo gris y su cara pálida, supusieron que estaba disfrazada de fantasma, haciendo juego con el ambiente del local.

—Cualquiera creería que es una fiesta muggle —comentó Paula en cuanto la mesera se retiró.

—¿En serio? Recuerdo haber visto gente disfrazada cuando era pequeño, iban a fiestas y los niños pedían dulces. Sun Mei decía que era el único día del año que ningún muggle nos miraría mal si salíamos a la calle con las túnicas puestas.

—Buen punto. Por cierto, ¿cómo está tu hermana?

—Bastante bien. Hoy, después de la clase, me comentó que nuestros padres aceptaron ir a Tianfield por las fiestas. Y Amy puede venir con nosotros. ¿No es grandioso?

—¡Claro! Oye, Ryo…

—¿Sí?

La rubia no sabía cómo plantear su pregunta, así que ojeó su entorno unos segundos, apenas notando el movimiento de los meseros, las risas de los clientes y el revoloteo de los cuervos y los murciélagos. Finalmente, dejó escapar un suspiro.

—¿Por qué te preocupan tanto Amy y Danielle?

—¿Qué?

Ryo parpadeó repetidas veces, con evidente desconcierto.

—Es simple: las conozco desde que teníamos cuatro años. Son como mis hermanas.

Ahora fue el turno de Paula de mostrarse confundida.

—¿Tanto así? —inquirió en voz baja.

—Claro. Supongo que para eso debes saber cómo estábamos entonces.

—¿Cómo estaban?

—Sí. Yo no tenía muchos problemas, mis padres son buenas personas y siempre me he llevado bien con Sun Mei. Pero a Amy la molestaban mucho sus hermanos, queriendo meterla en sus juegos cuando ella siempre ha sido como la has visto, muy tranquila. En cuanto a Danielle… Antes de entrar al colegio, su hermano era agradable con ella, pero después ya no, y con los padres que le tocaron, ya te imaginarás cómo vivía.

Sí, Paula se hacía una idea. Y le sorprendió comparar la vida familiar de Danielle con la de ella en la casa Klaus el verano pasado, hasta antes de la reconciliación entre su madre y su tío Hans.

—Cuando nos conocimos, Amy era demasiado llorona para mi gusto —a Ryo se le escapó una risita —Más que nada, se asustaba por culpa de varias historias que le habían contado sus hermanos. Danielle, en cambio, apenas si hablaba, como si le diera miedo que la regañaran, lo que fue peor cuando su hermano vino a Hogwarts y cambió. Así que yo, inocente como no tienes idea, pensé en jugar a que eran mis hermanas, para tratarlas como Sun Mei me trataba a mí. No sé si funcionaría, nunca se los dije, pero al menos Amy dejó de creer todo lo que le decían sus hermanos y Danielle sonreía de vez en cuando.

Paula sonrió entonces, sintiendo algo desconocido, al menos por un segundo, mirando fijamente a Ryo y su perfil. No tardó mucho en darse cuenta de que estaba orgullosa de él.

—Ellas te quieren mucho —señaló con firmeza —Quizá no les dijeras lo que hacías, pero lo aceptaron. Y pienso que, sin saberlo, te correspondieron.

Ryo se encogió de hombros.

—No lo hice para eso —indicó, sin darle importancia.

—Lo sé. Y eso hace al acto todavía más valioso.

—Vamos, ¿te vas a poner a filosofar ahora? No es muy divertido.

—Lo siento. Tú tienes la culpa por recordarme una de las razones por las que me gustas.

—¿Ah, sí? —Ryo, sonrojado, desvió los ojos a la ventana que daba a la calle.

—Sí. Desde el primer momento, me trataste como a una igual. Exactamente lo que yo quería. Y eso, considerando a cierta parte de mi caótica familia, vale mucho para mí.

—Fwoopers, Paula, creí que dirías algo sobre mi atractivo o mi natural encanto.

La rubia se echó a reír, negando con la cabeza en actitud divertida.

—Tu encanto no es natural —corrigió en tono jocoso —Es exótico.

—¿Exótico?

—Al menos eso dicen Marianne, Mary Ann y Karen. ¡Ah! Y Kleiber, para tu desgracia.

—Demasiada información para mí, muchas gracias.

Los dos soltaron la carcajada y se dedicaron a hablar de otras cosas, porque para eso, no se daban abasto. Cada uno se quedaba embelesado por lo que el otro decía y no solo eso, sino que de verdad se comprendían. Más de un Ravenclaw, en la sala común, los había escuchado conversar, preguntándose cómo podían tratar temas comunes como si intercambiaran información acerca de las asignaturas que llevaban, quedando todavía más impresionados cuando, a sus frases cargadas de palabras de alto nivel, se sumaban risas. Lo que nadie se había molestado en averiguar era que, por naturaleza, los dos eran personas cultas, con un vocabulario por encima de la media, pero por consideración a los demás, no lo demostraban. A solas eran ellos mismos, expresándose como les daba la gana, sin sentir que iban a ofender a alguien por parecer eruditos engreídos. Las únicas excepciones las hacían al estar con sus amigos, quienes a veces los miraban con desconcierto, pero que en general entendían lo que les decían y no le daban la menor importancia.

Solamente conociéndolos, se sabía por qué Paula y Ryo estaban juntos. Tan simple como eso.


24 de noviembre de 2011. 8:40 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)

¡Hola, mis queridos lectores y lectoras! Seguro ya esperaban otro capi, ¿verdad? Espero que sí, me he entretenido de lo lindo haciéndolo, aunque lo sienta un poco "flojo" en comparación con otros.

Es otro "capítulo Arcano", supongo que sabrán por qué. Ahora le tocó a nuestro Sumo Sacerdote, Ryo, aparecer con frecuencia. Quizá sus escenas no sean las más interesantes, pero siento que le quedan. Como invitar a Amy a pasar las fiestas con él, ¿no es adorable este chico? (Bell oye los suspiros de las fans). Qué suerte tiene Paula, la verdad.

Otro asunto, igual de importante en la trama, era la reunión de la Confederación Internacional de Magos. Incluso allí me gusta introducir cosas humorísticas (me compadezco de la señora Colel, teniendo que parar a sus colegas americanos a cada rato). Como sea, han acordado algunas medidas para enfrentar la amenaza que representa Hagen y quizá después se sepa algo de ese "protocolo" para los aurores del mundo.

Hablando de aurores, Harry sigue buscando a Acab Nicté. No para arrestarlo, no ha hecho nada malo, sino para protegerlo. Alguien le sigue los pasos y sospechan que es su esposa, la madre de Anon y Abil. ¿Qué cosas, no? Eso deja más interrogantes en el aire, pero esperemos que con el cerebro privilegiado de Jim en el asunto, todo resulte mejor. A ver si el pobre Acab deja de escapar de una buena vez.

Por último, Halloween. Sí, los dejé en ascuas sobre qué les pasará a Zabini y a Blow, lo siento, más porque el suspenso se debe a límite personal de cuartillas. ¿Qué significa eso? Nada, que en mi archivo de Word, el capítulo se ha alargado demasiado y prefiero dejarlo así. Lo sé, soy cruel, pero como dice Ryo, mejor prevenir que lamentar y no quiero aburrirlos con un capítulo demasiado largo.

Así las cosas, Paula y Ryo tuvieron una cita en L'Arcane, ese lugarcito que apareció en la entrega pasada y que no creí que saldría de nuevo (Bell rueda los ojos, eso ni ella se lo cree). Lo de parecer el sitio de una fiesta muggle tiene su chiste, pero aún lo estoy preparando, así como salió, de pasada, por qué se llevan bien Paula y Nott. ¿Qué, creyeron que lo había olvidado? Pues no. El problema conmigo, damas y caballeros, es que a veces doy explicaciones demasiado espaciadas, cuando casi nadie las espera ya. Es un buen recurso, al menos para mí. Y por otro lado, las personalidades de Ryo y Paula, al natural, resultaron más maduras de lo que cualquiera esperaría, al menos en el caso de Ryo, que siempre anda con sonrisas y ocurrencias. Pero ¿qué esperaban? Como bien han dicho sus amigos, "son de Ravenclaw", jajajaja.

Ya, termino, no sin antes recordarles que se están eligiendo todavía personajes para La Muerte y para El Loco. ¿Dónde está Leo cuando lo necesito? Mejor me callo.

Cuídense mucho, abríguense (en el hemisferio norte), coman un heladito por mí (en el hemisferio sur) y nos leemos pronto.