A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Quince: Los Enamorados.
26 de diciembre de 2020.
Orillas del río Hudson, cercanías de Manhattan.
Hospital Saint Ursula de Enfermedades y Heridas Mágicas.
La histeria aún se reflejaba en los ojos de magos y brujas que deambulaban por los pasillos de uno de los mejores hospitales mágicos estadounidenses. El lugar estaba a toda su capacidad e incluso la rebasaba en ciertas áreas, pues estando muy cerca de Nueva York, todos los heridos del ataque al Centro Rockefeller habían sido remitidos allí automáticamente. Solamente a primera hora de esa madrugada el director del hospital, un hombre muy alto y de brillante calva, se vio en la necesidad de rechazar pacientes y canalizarlos al siguiente nosocomio más próximo.
De pronto, causó una pequeña conmoción que un grupo numeroso de personas, casi todas de cabello rojo encendido, llegara al hospital como a las siete de la mañana. Después de pedir informes, el grupo se movió rápidamente como un solo ser, penetrando en los atestados corredores y subiendo escaleras hasta a la segunda planta, donde la situación era, con diferencia, más crítica que en el resto del hospital. Sin embargo, el grupo no se detuvo y anduvo por allí hasta que pareció ubicar lo que buscaba, porque aceleró el paso y quien iba a la cabeza, un hombre pelirrojo, pecoso y larguirucho, no se detuvo a hacer preguntas, sino que se acercó a alguien con expresión de furia, estirando las manos.
—¡Tú! ¿Qué diablos sucedió?
El aludido, un hombre joven de cabello rubio platino, apenas prestó atención. Estaba sentado en un banco largo de madera, con semblante ausente y cargando algo envuelto en una manta verde pastel manchada de tierra. Con semejante exclamación, un chillido surgió del chiquillo pelirrojo que sostenía, y el rubio lo meció suavemente, aunque sin pronunciar palabra.
Aquel gesto apaciguó la ira del hombre pelirrojo, ocasionándole incluso cierta vergüenza.
—¿Los niños están bien? —preguntó.
El rubio asintió en silencio y a su izquierda, se levantó de su asiento otra persona: una jovencita de largo cabello rubio, en aquel momento sucio y revuelto, que sostenía en brazos a otro niño pelirrojo, este envuelto en una maltratada cobija azul pastel. Ante eso, una alta chica pelirroja con ojos color de bruma se desprendió del grupo recién llegado, corriendo hacia la rubia.
—¡Estás bien! —exclamó con voz trémula.
—Algo así —aseguró la rubia en un susurro —Cuidado, Rose, aplastas a Ly.
Rose Weasley asintió y se separó de la rubia, mordiéndose el labio inferior.
Una de las recién llegadas, una mujer negra y guapa, se acercó al rubio para encargarse del chiquillo pelirrojo, que se puso a llorar casi enseguida. La mujer intentó calmarlo, pero el niño no dejaba de estirar los bracitos hacia el rubio, por lo que éste lo tomó de nueva cuenta.
—Lo siento —se disculpó el rubio, que sin saberlo los recién llegados, hablaba por primera vez en horas —Lance todavía está muy asustado.
Hasta ese momento los pelirrojos y sus acompañantes pudieron fijarse más en el aspecto que ofrecían los dos rubios. Ambos tenían vendajes en distintas partes del cuerpo, así como la ropa muggle desgarrada y manchada de cosas que no estaban seguros de querer saber. Pero entonces el hombre pelirrojo que había llegado a la cabeza no pudo evitar preguntar.
—¿Dónde está mi hija?
El rubio inclinó la cabeza, con aire apesadumbrado. Los recién llegados temieron lo peor.
—¿Danielle? —llamó Rose en un susurro.
La rubia se acomodó a su sobrino en los brazos antes de mirar a su amiga con ojos vidriosos y labios temblorosos. Rose temió escuchar algo que no quería, y en cierta forma así fue.
Sin poder contenerse más, Danielle rompió a llorar. Ly la miró y alzó una de sus manitas para tocarle la cara, con un gesto de tristeza.
—¿Ía? —balbuceó el niño.
—No, Danny —el rubio pareció volver a la realidad, porque levantó la vista y se colocó junto a su hermana —Ya verás que todo estará bien, ya verás…
Pero Patrick Malfoy no resultaba muy convincente diciendo eso y llorando también.
La azotea de Saint Ursula estaba habilitada como cafetería y tienda de regalos. Durante las estaciones cálidas las mesas se cubrían con una especie de lona a rayas blancas y turquesas, pero siendo invierno, se hallaban en el interior de una enorme carpa que parecía la lona rayada agrandada mediante magia. Y quizá así era realmente.
Los numerosos Weasley, acompañados por los Malfoy, entraron allí y rápidamente acomodaron cuatro de las pequeñas mesas circulares en un apretado conjunto, para sentarse todos juntos. Nadie reclamó por eso, ni siquiera el elfo doméstico que acudió a tomar el pedido de toda aquella gente.
Únicamente el hombre rubio se negó a ordenar algo.
—Pat, no has comido nada —le recordó Danielle a su hermano.
Sin embargo, Patrick negó con la cabeza, dedicándole al elfo un ademán para que se retirara.
—Lo lamento —dijo entonces, sobresaltando a todos, ya que sonaba abatido —No debí dejar que… Frida no tenía…
—Sí tenía —lo cortó un pelirrojo de su edad, con el corto cabello peinado en puntas y cuya expresión seria lo hacía ver más tranquilo de lo que en verdad era —Ella nunca se queda sin hacer nada cuando ve problemas, Malfoy. Mucho menos si está en peligro alguien a quien ama.
—Pero… Ángel…
Ángel Weasley negó en silencio con la cabeza.
—Sabes que es verdad. Y creo que lo que te duele es que no pudiste evitarlo.
—¡Ángel! —regañó la mujer negra y guapa.
—Lo siento, mamá, pero es la verdad.
—¿Qué… qué pasó exactamente? —se atrevió a preguntar una joven pelirroja de cabello largo y rizado. Sus ojos verdes tenían un brillo de preocupación —No dicen mucho en los diarios.
—No dirán gran cosa hasta que terminen de arreglar el asunto a ojos de los muggles —aclaró Patrick enseguida, y todos recordaron que después de todo, él trabajaba para la Secretaría de Magia de Estados Unidos —El Centro Rockefeller no tiene ni un rincón mágico, así que nadie se explica qué estaban haciendo allí los seguidores de Hagen.
—¡Entonces eso sí es cierto! —exclamó con horror otra pelirroja, de ojos muy azules.
—Sí. Al principio nadie reparaba en ellos, se veían como muggles comunes y corrientes que paseaban por allí en víspera de Navidad. Lo sé porque cuando nosotros llegamos, chocamos con un par. Nos fuimos directamente a donde está el árbol de Navidad muggle, nos tomamos unas fotos y los niños querían uno de los adornos, un bastón de caramelo falso, creo…
—Eso era —confirmó Danielle con un hilo de voz, abrazando a un Ly sentado en su regazo.
—Como sea, estábamos de espaldas al área principal del centro, por lo que no supimos cómo comenzó el alboroto. Se escucharon estallidos y pensamos que quizá este año habían organizado un espectáculo de fuegos artificiales o algo por el estilo. Al darnos la vuelta, nos topamos con humo viniendo desde la Quinta Avenida… ¿O era la Sexta?
—La Quinta —indicó Danielle con suavidad.
—Gracias, Danny. Bien, salía humo de alguna parte de la Quinta Avenida y la gente comenzaba a correr en sentido contrario; es decir, hacia los edificios cercanos al árbol de Navidad, para salir de allí por las calles laterales. Nos preparamos para hacer lo mismo, pero oímos varias apariciones y supimos que el problema no era un atentado terrorista, como temían los muggles.
—¿Los muggles le temen a eso? —se sorprendió Ángel.
—Los estadounidenses sí, le tienen pavor al terrorismo, hace casi dos décadas unos aviones se estrellaron contra unos edificios llamados Torres Gemelas, en el World Trade Center. Desde entonces, cualquier explosión los pone paranoicos. Así que pueden imaginarse el pánico que se desató. Los muggles corrían golpeándose unos a otros y nada más unos cuantos se preocupaban por el prójimo. Además, Estados Unidos tiene una población enorme de magos hijos de muggles, así que no nos sorprendimos al ver a varios magos allí, que no perdían tiempo y se llevaban a sus familiares mediante Aparición Conjunta.
Patrick se detuvo por un segundo, respirando profundamente. Por lo visto, contar todo aquello lo estaba ayudando a salir del estupor causado por el incidente, aunque seguía resultando un tanto increíble que pudiera expresarse con sensatez, dadas las circunstancias.
—Pero otros no tuvieron suerte —apuntó, de nuevo alicaído —Los seguidores de Hagen ahora sí se distinguían de los muggles, se habían cubierto las caras con máscaras negras y alzaban las varitas con descaro, lanzando hechizos por todas partes. La mayoría de los rayos fueron a parar a los edificios, pero unos cuantos hirieron a los muggles que seguían allí. Y claro, no faltaron los magos que se quedaron para echar una mano a los de la Secretaría y también resultaron heridos.
Se hizo el silencio, durante el cual los Weasley presentes dedujeron parte de lo ocurrido: Frida seguramente había sido de los magos que se quedaron a ayudar y por eso ahora estaba internada en Saint Ursula. Lo que no podían comprender era el por qué los Malfoy presentaban tal aspecto desaliñado, a menos que…
—La gente nos había empujado de un lado para otro y acabamos a la orilla de la pista de hielo —se acordó Patrick entonces, ocasionando que la atención regresara a él —El lado en el que estábamos era el opuesto al de los seguidores de Hagen, así que vimos cómo los magos de la Secretaría encantaban la valla de la pista para usarla de barricada y atacar. Los hechizos volaban de lado a lado, uno tras otro, sin detenerse aunque un rayo especialmente potente chocó con la pista y la hizo pedazos. Al agrietarse el hielo, los seguidores de Hagen decidieron saltar su lado de la valla e ir directamente contra los magos de la Secretaría, quienes se dieron cuenta y mandaron a algunos compañeros para pararlos. Hubo varios duelos allí, y también iban cayendo de ambos bandos. Frida y yo, al principio, lanzábamos hechizos como los demás, pero cuando empezaron a entrar a la pista de hielo, Frida hizo lo mismo antes que pudiera detenerla.
—¿Dónde estabas tú, querida? —preguntó amablemente la madre de Ángel, viendo a Danielle.
—Yo… atrás de ellos —respondió la rubia, encogiéndose en su asiento —Con Ly y con Lance. Le dije a Pat que podía ayudar, pero me pidió que cuidara a los niños. Y cuando Frida se fue…
A Danielle se le hacía un nudo en la garganta recordando la escena. En un instante veía las espaldas de Patrick y de Frida, quienes se asomaban incontables veces sobre la valla para lanzar conjuros, y tras unos segundos de escucharse cómo el hielo de la pista se rompía, su pelirroja cuñada se enderezó y con increíble agilidad, saltó al hielo.
—¡Volveré pronto! ¡Protege a nuestros niños y a tu hermana, Pat!
La frase resonaba aún en la mente de Danielle y dudaba que un día pudiera olvidarla.
—Al principio no había ningún problema —explicó Patrick, ahora más sombrío —Frida es buena en Defensa Contra las Artes Oscuras y como además tiene reflejos de golpeadora, para ella era fácil esquivar maldiciones y conjurar cosas que no se esperaban los seguidores de Hagen. A un par de esos tipos los dejó tirados riéndose y a otro le lanzó a la cara una bomba fétida que no sé por qué traía en el bolsillo… Pero de alguna forma, todo se complicó: llegaron más seguidores de Hagen, los duelos dejaron de ser equitativos y los nuestros comenzaron a caer.
—¿Y Frida? —quiso saber el hombre pelirrojo que lo increpó nada más llegar —¿Y mi hija?
—Papá, contrólate —pidió Ángel, aunque se veía igual de ansioso por una respuesta.
—¡No digas tonterías, Ángel! Quiero saber qué le pasó a tu hermana, ¿es mucho pedir?
—Pero papá…
—No importa, Ángel —intervino Patrick con voz apagada —Tu padre tiene razón. La verdad, yo no alcancé a verlo bien, era demasiado movimiento, además de que volaban trozos de hielo cada vez que los rayos golpeaban la pista. A mí por poco me dejan ciego de este lado —señaló el vendaje que estaba en torno a su cabeza, donde había una parte más abultada en la sien izquierda —A Danny un trozo de pared del edificio de junto le dio en un hombro, estaba cubriendo a los niños.
Danielle meneó la cabeza y en esta ocasión, los presentes pudieron notar en la rubia un espasmo involuntario del hombro derecho.
—Cuando oí que Danny gritó, quité los ojos de Frida un segundo, solo un segundo, y entonces a ella fue a la que escuché gritar. Volví a mirar y la encontré tirada en el hielo, mientras un tipo con máscara le apuntaba con la varita sin dejar de reír. Es la risa más horrible que he escuchado en mi vida, nunca voy a olvidarla…
El rubio agitó la cabeza, pero se detuvo abruptamente para llevarse la mano al bulto en su sien izquierda. Lance, que estaba sentado en sus piernas, lo miró con curiosidad.
—¿Pá? —llamó el chiquillo.
—Estoy bien —Patrick tranquilizó a su hijo acariciándole la cabeza y pareció funcionar, porque el pequeño pelirrojo sonrió ampliamente —Frida aferraba la varita como podía, pero no tenía forma de usarla. Se agitaba sin parar, apretando la boca para no gritar otra vez, lo que quizá acabó por aburrir al tipo, porque le quitó la maldición. Entonces ella intentó ponerse de pie al tiempo que apuntaba, pero el otro fue más rápido. Le echó un hechizo muy raro, no lo reconocí, solamente vi un destello violeta al mismo tiempo que Frida intentó un encantamiento escudo y…
—¿Luego? —animó con cierta impaciencia la única pelirroja madura del grupo, de grandes ojos castaños y facciones similares a las del padre de Ángel —Patrick, ¿luego qué pasó?
—Entré a la pista y desarmé al tipo, señora Longbottom —contestó Patrick con desprecio, casi escupiendo las palabras —Estaba tan furioso que no sé cómo logré contenerme de regresarle la Imperdonable, porque seguramente era eso lo que había hecho, echarle una maldición Cruciatus a Frida. Lo dejé inconsciente y me acerqué a ella, la encontré con los ojos en blanco, temblaba un poco, y los brazos se estaban llenando de moretones sin ninguna explicación. No sé cómo logré sacarla de allí y regresar a donde estaba Danny. Supongo que ayudó concentrarse en lo que necesitaba hacer: tomar a Danny y a los niños, desaparecernos de allí y aparecerse aquí, en Saint Ursula, para que alguien atendiera a Frida. Después de eso no recuerdo mucho, me mareé por el golpe en la sien y las demás heridas (que ni siquiera sé cómo o dónde me las hice) y les pedí a los sanadores que revisaran a Danny y a los niños primero. Y tuve suerte de llegar cuando lo hice: unos minutos más y habría tenido que volver a aparecerme, esta vez hasta Saint André.
—¿Eso dónde queda? —quiso saber un pelirrojo de cabello muy corto y aspecto sereno.
—¿Saint André? Es el hospital mágico de Nueva Orleáns. Es el más cercano a Nueva York, después de Saint Ursula.
—Eso no queda precisamente cerca.
—Lo sé, John, pero al menos Saint André existe. Si no, tendrían que haber mandado a los heridos hasta Holy Place, en la costa oeste, y eso está más lejos aún.
Patrick volvió a callarse, lo que les dio a sus oyentes la oportunidad de meditar en lo sucedido.
En ese momento aparecieron en las mesas las órdenes y dieron por terminada la conversación.
—¿Señor Malfoy?
Ya pasaba de mediodía y aunque el ajetreo se había calmado un poco, los pasillos de Saint Ursula seguían inmersos en un ambiente tenso y pesado. El sanador que se acercó entonces al banco de madera que ocupaba Patrick Malfoy lucía tan desarreglado como sus camaradas, pero su túnica estaba limpia y su mirada, alerta.
—Dígame —Patrick se puso de pie enseguida.
—Necesito hablar con usted. Acompáñeme.
El rubio asintió, abrazó un poco más fuerte a Lance, que por fin estaba dormido, y lo depositó con suavidad en brazos de su suegra antes de seguir al sanador por el pasillo.
—¿Y nosotros qué? —se impacientó el pelirrojo padre de Frida.
—Tranquilo, hermano, verás que todo estará bien —animó otro hombre pelirrojo, que parecía una copia exacta del padre de Frida y Ángel.
—George, ¿de verdad crees eso?
—Claro, Fred. Si no creo eso, ¿entonces qué?
Dejaron de hablar al ver volver a Patrick. El rubio estaba pálido como la cera, apretaba los labios y los puños, cuyos nudillos se ponían blancos, reflejaban su impotencia.
—¿Pat? —Danielle se acercó a su hermano, con Ly bien sujeto a ella —¿Cómo está Frida?
El nombrado no contestó. Se plantó delante de sus suegros y de Ángel, con la vista baja.
—Lo siento —murmuró con voz ronca.
Hubo jadeos entre las mujeres y ceños fruncidos entre los hombres.
—¿Cómo que lo sientes? —el señor Fred sujetó a Patrick del cuello de la sucia camisa.
—¡Fred, por favor!
—¡No, Angelina, no digas nada! ¿Crees que nuestra hija hubiera venido a este país de no haber sido por él? Se habría quedado en casa, a salvo, habría trabajado en Londres…
—Claro, y entonces serían tú o George los heridos, ¿crees que eso nos haría sentir mejor?
—Tío Fred, por favor —suplicó una joven pelirroja de largos cabellos y ojos oscuros —Cualquiera de nosotros habría hecho lo que Frida. Somos unos valientes e impulsivos, ¿no?
—Gina…
—Pueden… Pueden venir conmigo —Patrick miró por turnos a sus suegros y a su cuñado —Por favor… Luego podrán…reclamar todo lo que quieran…
El señor Fred soltó finalmente a Patrick, aunque de manera brusca. El rubio miró entonces a Danielle, que de nuevo tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque no derramaba ni una sola.
—Trae a Ly —le pidió.
La chica obedeció y caminó tras su hermano.
Mientras recorrían el pasillo, Patrick puso al corriente a los padres y al hermano de su esposa. Su voz apenas se dejaba oír entre el barullo de sanadores, pacientes y familiares que circulaban por allí, pero el rubio hizo lo posible para que se le entendiera con claridad.
La extraña maldición que le habían echado a Frida no era ninguna que conocieran en Saint Ursula. Aparentemente, su efecto era dañar los vasos sanguíneos, causando minúsculas pero letales hemorragias, de allí que le aparecieran contusiones por todas partes. Los sanadores habían intentado todo lo que sabían y no habían podido curar aquello; además, debido a la lucha y al Cruciatus recibido, Frida ya no tenía energía para resistir.
En conclusión, el pronóstico no era alentador y le recomendaron a Patrick que se despidiera.
El rubio terminó su explicación justo al llegar delante de una puerta marcada con el número treinta y dos. Llamó un par de veces antes de abrirla con suavidad.
—Permiso, Frida, vamos a entrar.
Aunque estaban advertidos, los Weasley se quedaron pasmados ante el aspecto de Frida. Sus brazos, cuello y rostro estaban cubiertos por manchones oscuros, algunos violetas, otros verdosos y unos cuantos amarillentos, como hematomas hechos hacía días. Si no supieran lo ocurrido, habrían creído que alguien la había golpeado sin descanso.
La pelirroja, arrugando la frente, abrió los ojos con lentitud, sin poder evitar hacer una mueca de dolor. Un cardenal especialmente oscuro estaba en su mejilla derecha, muy cerca del ojo, y se notaba que le dolía.
—¿Pat? —susurró.
El aludido se acercó a Frida, tomando una silla junto a la cama y ocupándola.
—No… No voy a salir de esta, ¿lo sabes, verdad?
Las palabras de la herida causaron que su madre ahogara un sollozo, pues no quería despertar a su nieto menor, al que todavía cargaba.
—Eso me dijeron —contestó Patrick, indiferente.
—Lástima —aseguró Frida, cerrando los ojos y haciendo otra mueca de dolor —Me distraje.
—¿Qué?
El rubio miró a su esposa con una ceja arqueada, sin comprender de qué hablaba.
—No me hubieran alcanzado si… ¿Están bien nuestros niños? ¿Y… Y Danielle?
—Sí, claro —Patrick le hizo un gesto a su hermana para que se acercara, en tanto él iba con su suegra y tomaba a su otro hijo —Sanos y salvos. Danny cuidó de los niños.
Frida volvió a abrir los ojos, más despacio que antes, fijándolos en su cuñada.
—Bien hecho —le dijo con una débil sonrisa —¿Cómo estás?
—Yo… estoy bien, Frida —Danielle parpadeaba con rapidez, conteniendo las lágrimas —A los niños no les pasó nada.
—Oí que gritaste, Danielle. ¿Qué… ocurrió?
—Eso fue… Un hechizo perdido partió un pedazo de muro y… Mi hombro…
—¿Pero no… no fue grave, verdad?
Danielle negó con la cabeza.
—Muy bien —Frida pareció calmarse con eso, antes de mirar intensamente al pequeño que la rubia cargaba —Ly, cariño, lo siento…
El niño reaccionó al oír su sobrenombre, pero no parecía reconocer a quien le hablaba, porque miraba a su madre con cierta timidez. Pero finalmente debió saber quién era esa mujer llena de heridas, porque sonrió y estiró una manita hacia ella.
—¡Má! —dijo el pequeño, con el brazo extendido.
Frida alzó una mano con gesto de infinito dolor y Danielle se acercó todo lo posible para que Ly pudiera tocar a su madre. El niño sujetó los dedos de Frida con ganas, dejando escapar una risita, cosa que a la pelirroja le partía el corazón.
Hacía todavía más difícil el decir adiós.
—Vinieron tus padres —indicó Patrick en aquel momento —Y tu hermano. El resto de tu familia está afuera, esperando, así que…
—Espera, Pat. Deja… Déjame ver a Lance.
Él hizo lo que le pedía y colocó al gemelo dormido cerca de la cara de la pelirroja, quien le dio un beso en la mejilla. El chiquillo se movió y abrió los ojos, primero sin saber qué pasaba, pero luego sonrió igual que su hermano y tocó la frente de Frida juguetonamente.
—Lance, sé bueno, ¿sí? —le murmuró su madre.
Como el niño agitaba demasiado las manos, Patrick lo retiró y esta vez sí salió de la habitación, no sin antes hacerle señas a Danielle para que lo siguiera. Ella, cargando a Ly, obedeció.
—Ángel…
El nombrado se acercó enseguida a la cama de su hermana. Aunque no lo demostrara, estaba destrozado ante la perspectiva de perder a su gemela, la persona con quien había estado desde antes de nacer. ¿De verdad no había nada qué hacer? ¿Malfoy la dejaría morir, sin más?
—Lo siento…Quería estar en tu boda…
—No digas esas cosas, ya verás que…
—Ángel, sé que no pasará. Yo… yo ya lo acepté. Discúlpame con Rebecca, ¿sí?
El otro asintió, con un nudo en la garganta.
—Mamá…
La señora Angelina ocupó el otro lado de la cama.
—Échale una mano a Pat, ¿sí? Con los niños…
—Claro, hija. Aunque se ve que lo hace bien.
—Sí, lo sé —Frida sonrió de manera fugaz, pues de nuevo el dolor se reflejó en su rostro —Pero si… si ves que tiene problemas… Sugiérele cosas… Porque tiene que aprender…
—Sí, por supuesto. Lo que tú digas, Frida.
—Papá…
El señor Fred era el más renuente a acercarse a su hija. Había aceptado su estado, incluso cayó en la cuenta de que lo dicho anteriormente a su yerno no era del todo justo, pero decir adiós…
—Papá… No estés… enojado con Pat, ¿quieres?
El hombre torció el gesto. ¡Qué bien lo conocía Frida!
—Él no hizo nada malo. Papá… Cuando los niños pregunten…
—Frida…
—Cuando los niños pregunten… Diles que hice lo que debía, ¿sí? Diles… que luché para que ellos no pasaran miedo… Para que vivieran en un mundo bueno y divertido… Y también… también diles que su padre es una buena persona.
Ángel y su madre intercambiaron una mirada. Sabían que lo que Frida pedía era prácticamente imposible, puesto que a Fred Weasley nunca le agradó del todo Patrick. Lo respetaba como el marido de su hija y el padre de sus nietos, pero nada más.
—Seguro van a oír cosas —siguió diciendo Frida, ahora en voz muy baja —Seguro… habrá gente que les diga que Pat no siempre fue bueno. Pero ellos… ellos deben querer a su padre… Deben creer en su padre… Porque de hacer falta, él… él haría lo mismo que yo, ¿comprendes? Pelearía hasta quedarse sin aliento y… y hasta moriría por ellos. ¿Se los dirás, papá? Por favor…
El señor Fred, con un nudo en la garganta, asintió.
Frida sonrió otro poco, cerró los ojos y se quedó quieta.
—Cómo los quiero a todos… —musitó, con emoción contenida —Pueden pasar los demás.
Y fue el padre de la pelirroja quien, con la frente en alto y los labios apretados, dejó la habitación para ir en busca del resto de la familia.
Por turnos, el resto de los Weasley que había podido viajar a Estados Unidos fue entrando a decirle unas últimas palabras a Frida. Al salir, cada uno mostraba distintos grados de tristeza o agitación, ya que no querían hacerse a la idea de que perderían a un miembro tan querido de la familia. Cuando en apariencia salieron los últimos visitantes (Sally Weasley–Wood con su bebé en brazos), llegaron de improviso los abuelos, con los rostros desencajados y la abuela sin dejar de llorar. Tras ellos, venían los Potter, amigos incondicionales, cuyo semblante decía que sentían la situación como si de verdad los uniera algún parentesco a Frida.
—Danielle —llamó Hally al distinguir a su amiga.
La rubia, dando un respingo, la miró con ojos vacíos antes de cerrarlos y ponerse a llorar. Hally no lo pensó dos veces antes de separarse de sus padres e ir a abrazarla. A ellas no tardó en unirse Rose, formando un conjunto muy curioso la alta pelirroja, la mediana morena de anteojos y la delgada rubia que no podía con su pena.
Los abuelos Weasley entraron a ver a Frida, saliendo de la habitación con expresión desolada. El abuelo Arthur, con los ojos rojos tras las gafas, fue directo a Patrick.
—Quiere hablarte a solas —avisó.
Asintiendo, el rubio dejó a Lance con Ángel y volvió a entrar con su esposa.
La encontró un poco más despierta que antes, pero más pálida, lo que hacía un macabro contraste con los moretones que no desparecían de su piel. Ella le dedicó una sonrisa débil.
—Pat, ¿y los niños?
—Ly está con tu padre y Lance, con Ángel. ¿Quieres que los traiga?
Frida negó con la cabeza. Le pidió con un ademán que se acercara.
—Cuídalos bien —comenzó ella en cuanto él se sentó —Son… Serán unos bromistas, estoy segura. Enséñales a ser buenos… Enséñales a ser siempre ellos mismos… Háblales de mí…
Finalmente la pelirroja no pudo contener las lágrimas. Durante todas las visitas había sentido que quería llorar a gritos, exigiendo su derecho a vivir y ver crecer a sus hijos, pero sabía que eso únicamente les causaría más sufrimiento a sus familiares. Pero no le importaba derrumbarse delante de Patrick, porque estaba segura que él comprendería y no le reclamaría por ello. Confiaba en que él podía dejarla ir aunque le doliera, ya que antes había dado toda la batalla que podía.
—No tienes que pedir eso —aseguró Patrick, comenzando a llorar también.
—Por favor… Déjame hacerlo… Aunque sepa que no es necesario…
Él asintió.
—Cuida a Danielle —prosiguió ella, tragando en seco —Es una buena chica… En el futuro será una gran bruja… Y nos quiere tanto…
—Claro, Frida, lo haré.
—Y también… cuídate tú. Los niños te necesitan… Danielle te necesita… Yo… necesito saber que no me seguirás muy pronto… Pelea, sí, pero… Por favor…
Patrick volvió a asentir.
—He sido feliz, Pat —aseguró Frida con voz temblorosa —No lo dudes. Yo… nunca creí que sería tan feliz y menos contigo. Así que… cuando pienses en mí… quiero que sonrías. No importa si también lloras o te enojas… Sonríe, ¿sí? Y sé feliz sin mí.
—Voy a intentarlo —prometió él.
Eso pareció ser suficiente. Frida cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
—Quiero un beso, por favor —musitó, sonrojándose.
Patrick se inclinó y concedió su deseo. A ninguno de los dos le importó sentir las lágrimas del otro; después de todo, no era el momento de fijarse en detalles insignificantes. Al separarse, Frida sonrió de forma delicada y dijo con un hilo de voz.
—Te amo, Pat. Recuérdame…
—Siempre.
Él supo que lo escuchó, porque ella sonrió un poco más antes de suspirar y dejar de existir.
Los sanadores de Saint Ursula estaban desconcertados con el caso de Frida Malfoy. Aunque la expresión correcta sería que se sentían mal consigo mismos, desesperados e impotentes, ya que sabían lo que ella había hecho y detestaron profundamente la idea de dejarla morir.
Pero no permitirían que eso fuera en vano.
El sanador que había atendido a Frida era el más afectado, ya que siempre se volcaba en sus pacientes con eficacia y amabilidad, y hasta ahora eso nunca le había fallado. Sin embargo, al darse cuenta que no podía evitar el desenlace fatal, tuvo que aceptar la idea de comunicárselo al esposo de ella, que esperaba afuera. Lo había visto de pasada, un hombre rubio bastante joven, que cargaba con un niñito pelirrojo y era acompañado por una chica rubia que también llevaba en brazos a un niño, y no se resignaba a decir, sin más, que se quedaría sin la compañera de su vida.
Pero lo hizo y se sorprendió de la entereza del marido, de la enorme cantidad de allegados que despidieron a la moribunda, de que uno tras otro se interesaran por los pormenores de la situación y claro, fue comprensible que preguntaran, una y otra vez, si de verdad no había más que hacer. Cada vez que negaba con la cabeza, se sentía como el verdugo de esa familia, pero en esas caras no vio que lo culparan, sino la resignación luchando contra las ganas de maldecir al responsable de quitarles a su pariente. Y eso no podía reprochárselos.
El sanador recordó claramente que, tras un último reconocimiento, Frida Malfoy reaccionó y lo miró. En sus ojos se veía el dolor físico que la aquejaba y algo más.
—Hola —saludó ella, débil y cansada —¿Usted es…?
—Sanador Hughes, señora Malfoy. Laurie Hughes.
—Ah, ya… Dígame, ¿estoy bien o mal?
El sanador, pasándose una mano por el ya revuelto cabello castaño claro, hizo una mueca.
—Vaya… ¿No me voy a salvar, verdad?
—Aparentemente no, señora.
La pelirroja había asentido con la cabeza levemente, tragando en seco.
—¿Podría… podría decírselo a mi esposo primero? Y que él… les explique a mis padres.
Al oír eso, el sanador Hughes se sorprendió. Seguro se le notó, porque su paciente sonrió.
—No conoce a mi familia —avisó ella —A uno le pasa algo… y todos acuden corriendo.
Agitó la cabeza en señal de comprensión antes de prometer que cumpliría su petición.
Había confirmado las palabras de ella al ir con el marido. Vio un montón de cabezas con cabello rojo y se sintió feliz por su paciente, que tuviera una familia tan unida. Algunos de los heridos en el ataque no contaban con esa suerte y habían muerto antes que llegara alguien a su lado.
Ahora, cuando redactaba el documento que avalaba la muerte de Frida Malfoy, el sanador Hughes sentía rabia mezclada con la anterior impotencia. ¿Cómo podía existir magia capaz de hacerle algo semejante a una persona? ¿Cómo era posible que usaran la magia para causar tal dolor a una familia entera? ¿Qué sería de esos pobres niñitos sin su madre?
Llamaron a la puerta de su consultorio y dio el pase en forma automática.
—Laurie, ¿cómo estás?
El nombrado alzó la vista y se halló con alguien inesperado.
—¿Lee? —soltó, sin poder creerlo —¿Lee Jordan? ¿Qué haces aquí? Te mudaste hace meses.
—Sí, pero vine porque… La hija de un amigo acaba de morir. Frida Malfoy, ¿te suena?
—Por supuesto. Yo la atendí. Fue algo muy triste.
—¿Qué puedes decirme de lo que le pasó? Profesionalmente, claro.
Hughes asintió y le indicó que tomara asiento.
—No pudimos identificar la maldición que le echaron y no contamos con testigos que puedan describirla mejor que el marido. El daño físico fue interno, venas y arterias se rompían poco a poco, como si las cortaran con tijeras, una por una. Parece que comenzó con los vasos capilares y de allí se extendía. La sangre no circulaba bien, además comenzaron a formarse coágulos y…
—Eso es horrible —musitó Lee Jordan con abatimiento.
—Lo siento, olvidaba que la conocías…
—No hay cuidado. Te pedí que hablaras de ello profesionalmente y lo hiciste. Ahora, eso me lleva a otro asunto: necesito de tu colaboración en la Sección W.
—¿Qué?
El sanador Hughes parpadeó repetidas veces, confundido. La Sección W, que formaba parte de la Edmond Company, era una especie de mítica élite para los sanadores del mundo. Si para ser de la profesión se exigía bastante, era mucho más complicado formar parte de la parte mágica de una de las compañías más respetables del mundo muggle en cuanto a salud se refería.
—Laurie, estamos en guerra —dijo el señor Jordan sin rodeos —Parece que hay únicamente dos bandos: el de Hagen y el del gobierno. Pero dime, ¿qué ha dicho la Secretaría del ataque?
—No gran cosa. Describen lo sucedido, actualizan continuamente la lista de heridos, fallecidos y desaparecidos… Momento, ¿quieres decir que quizá no vayan a hacer nada?
—Quizá. O peor aún: que acepten una alianza para evitar más muertes.
—¿Una alianza con Hagen? Eso sí que me haría perder la fe en el gobierno.
—En fin, de momento no hay que preocuparse por eso. Estados Unidos y Alemania nunca han sido naciones amigas, precisamente. Pero de todas formas, la Secretaría intentará dejar en claro que no va a dejar las cosas así, ¿verdad?
—Sí, eso creo.
—Pues bien, necesitamos con qué defendernos. Y una de esas defensas es saber qué estamos enfrentando. Eso significa estudiar minuciosamente los efectos de hechizos y maldiciones que no todo el mundo conoce. Sospechamos que quien maldijo a Frida fue algún extranjero.
El sanador Hughes quiso darse de topes contra la pared. ¡Claro! ¿Cómo no se le ocurrió antes de que fuera demasiado tarde? Pero de todas formas, meditó al segundo siguiente, no le habría servido de nada: su formación de sanador solamente aplicaba para lo que su país conocía.
—Sin importar la postura que tome la Secretaría, hay que hacer lo que podamos por los demás —siguió el señor Jordan, ceñudo —Como sanador, no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo muere la gente por algo que no puedo curar. Así que propuse un grupo de investigación especialmente dedicado a estos hechizos y maldiciones que están surgiendo en la guerra y son una novedad bastante desagradable.
—¿Y en la Sección W te dejaron hacer eso? Antes que nada, ¿desde cuándo trabajas allí?
—Conseguí el empleo hace poco, conocí a la única Edmond que es bruja y ella me contactó con el sanador en jefe, Augustus Pye. A él le gustó la idea y sugirió que cada país donde hubiera una sede de la Sección W tuviera a un grupo de sanadores dedicados a esto de forma exclusiva. Aceptó, aunque no pude traerte todos los detalles porque Frida…
Al señor Jordan se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir.
—Conozco a Fred, el padre de Frida, desde los once años —comentó con tristeza —Curioso, cuando en Reino Unido tuvimos lo que llamamos "segunda guerra", Fred estuvo a punto de morir en la última batalla. Pero ahora que tenemos una guerra mundial, es su hija la que acaba muerta.
Se hizo el silencio entre ambos sanadores, lo que le sirvió a Hughes para pensar en los recientes acontecimientos. Normalmente era un hombre de paz, que ofrecía alivio y consuelo a los demás, pero en las actuales circunstancias coincidía con su colega. No podía quedarse de brazos cruzados.
—Muy bien —sentenció el sanador Hughes finalmente —Acepto, ¿qué tengo qué hacer?
El señor Jordan le dedicó una sonrisa triste y procedió a explicarle.
Danielle se había ido a un trozo de orilla del río Hudson que formaba parte de los terrenos de Saint Ursula. Veía pacientes paseando acompañados de sanadores jóvenes y serviciales, pero no les prestaba atención. Se sentó en el pasto, contemplando el río teñido de rojo y dorado por la luz del atardecer, sintiéndose extrañamente vacía sin los brazos ocupados por uno de sus sobrinos.
Y el corazón, en sentido metafórico, no le dejaba de sangrar.
Hally y Rose (la segunda con los ojos irritados de tanto llorar) intentaron animarla y se los agradecía, pero no podía sonreír, no ahora. Quizá, con el tiempo, recordaría a su cuñada con alegría, pero en ese momento, la imagen de Frida en su memoria solo la afligía más.
A Danielle la embargaban el dolor, la pérdida y la sensación de que nada en su vida volvería a ser tan bueno como antes. No sabía que pudiera sentirse tantas cosas cuando se perdía a alguien familiar, que te quería y te cuidaba como si fuera lo más natural del mundo… Se perdía a una persona amada y era como si se acabara el mundo.
No sabía qué hacer ante eso y creía que se volvería loca.
Danielle se llevó las manos a la cabeza, enterrando los dedos entre sus rubios cabellos. No podía olvidar lo sucedido, sintiendo remordimiento por haber querido ir al Centro Rockefeller en primer lugar, luego por no sacar la varita para ayudar y después…
Si no hubiera sido por su grito, quizá su cuñada seguiría viva.
—Lo siento… —murmuró, abrazándose las piernas y llorando otra vez.
Deseó estar lejos de todo y de todos. Deseó que todo aquello fuera una horrible pesadilla para despertar pronto en su habitación de Risco Rojo, escuchando el alboroto usual a la hora del desayuno. Deseó ver a su hermano marchándose a trabajar después de darle un beso a su esposa. Deseó entretener a sus sobrinos mientras jugaban con Whitedoll, la gata blanca de angora.
Sobre todo, deseó que Frida no estuviera muerta.
—Ah, con que aquí estás.
Danielle oyó la frase, pero no se fijó en lo que decía ni en la voz que la pronunciaba. Sus hombros se agitaron con más fuerza.
—Me costó mucho trabajo encontrarte. Lamento la demora.
La jovencita siguió sin reaccionar. No fue sino hasta que detectó movimiento a su derecha que pensó que tal vez, se dirigían a ella. Para cuando alzó la vista, borrosa debido a las lágrimas, creyó que quizá se había quedado dormida debido al cansancio y estaba soñando.
—¿Pero qué…?
Unos brazos la rodearon. Unos brazos largos, cálidos… muy conocidos.
—¿Estás aquí? —inquirió ella en un murmullo, incrédula y paralizada por la sorpresa.
—Sí, Danielle, estoy aquí. No te preocupes.
La chica sollozó y correspondió al abrazo.
—Ha sido… Ha sido… ¡Thomas, duele mucho!
Al escuchar eso, Thomas Elliott estrechó con más fuerza a Danielle.
Él no había mentido, llegar hasta allí fue un tormento. Pasó horas dando explicaciones: los Elliott y los Jackson se escandalizaron al enterarse de la guerra mágica y no querían oír sobre involucrarse. Pero por una vez, Thomas olvidó cuánto quería a su familia y declaró que rechazando a la magia, lo rechazaban a él y que ya buscaría la forma de llegar hasta Danielle lo antes posible porque ella lo necesitaba. Afortunadamente, Niffie Jackson se puso de su parte y poco a poco, la familia entera comprendió que si no querían perderlo, debían apoyarlo.
Lo demás fue un poco más sencillo. Thomas intentó hablar por teléfono con Rose, que siendo pariente de Frida Malfoy, seguro estaba enterada de algo, pero nadie contestó en su casa. Llamó entonces a Hally, a la que sí encontró. Ella le comentó que su familia estaba a punto de partir a Brighton, a recoger a los abuelos Weasley, para luego ir a Estados Unidos, por lo que el chico le rogó que le diera las señas del sitio donde estaba Danielle. Hally le comunicó a su madre, quien a su vez pidió hablar con un adulto. Fue Sean Elliott quien, con expresión rígida, recibió los datos, alegrándose de hablar con una bruja igual a su hijo, nacida en una familia sin magia.
Thomas le contó con aparente calma todos esos detalles a Danielle, pensando más que nada en distraerla un poco. Sabía por experiencia que de todas formas, el dolor no se iría de su corazón, ni disminuiría en mucho tiempo. Lo que consiguió al terminar de hablar fue que ella lo mirara con pasmo, abriendo los ojos al máximo y mordisqueando su labio inferior.
—¿Viniste hasta aquí… por mí? —susurró la chica.
—Claro que sí. Sé lo que es perder a alguien que te importa, Danielle, y sé que necesitas a la gente que te quiere para que te consuelen.
—Pero Thomas… Tu familia…
—Con ellos no hay problema. Vinieron conmigo. Ven, mi abuela quiere conocerte.
—¿Tu abuela? ¿A la que no le gusta la magia?
—Te contaré esa historia otro día. Anda, ven.
Ambos se levantaron y él sacó un pañuelo del bolsillo de su abrigo gris, secándole las lágrimas con suavidad y, de paso, limpiándole un poco el polvo y sangre seca, ya que la jovencita no había tenido cabeza para nada y seguía tan sucia como después del ataque.
—Listo, te ves mucho mejor —afirmó Thomas, guardándose el pañuelo y dando media vuelta —Espero que mis hermanos no se pongan pesados, bromean mucho con eso de que tengo novia…
—Espera.
El chico se volvió, arqueando una ceja, pero se sorprendió mucho cuando Danielle le echó los brazos al cuello y lo besó. Al principio no pudo reaccionar, sentía a la rubia apresurada, ávida, incluso desesperada, pero intentó corresponderle de todas formas. Fue cuando Danielle se calmó y redujo el ritmo del beso, a causa de más llanto, que le oyó decir algo abrumador.
—Yo tuve la culpa.
El pelirrojo anaranjado negó enérgicamente con la cabeza. Conocía esa desagradable sensación, ese pesado arrepentimiento, las consecuencias de creerse responsable por la muerte de un ser querido. No iba a permitir que Danielle pasara por eso, jamás.
—Escúchame —más que pedirlo, Thomas ordenó aquello —Tú no hiciste nada malo, ¿de acuerdo? Ya me sé la historia, la oí antes de venir a buscarte aquí afuera. Tu cuñada peleaba contra los malos, ¿sí? Si alguien tiene la culpa aquí, son ellos, no tú. ¿Acaso ella le reclamó a alguien?
Danielle negó con la cabeza, recordando que la misma Frida había dicho que se distrajo con…
—Pero… Si no hubiera estado allí…
—Si no hubieras estado allí, ¿quién habría cuidado a tus sobrinos?
Al pensar en eso, Danielle cerró los ojos, queriendo contener un gemido.
—Quítate esa idea de la cabeza —ordenó él, para luego hacer una mueca —Creo que ahora comprendo lo que sientes cuando digo que tengo la culpa de lo de Jeremy. Pero en mi caso…
—¡Tú no hiciste nada a propósito!
—Tú tampoco, ¿verdad?
La rubia negó en silencio.
—Bien, me alegra que lo entiendas. ¡Diablos!
Thomas la abrazó de golpe, con fuerza, tomándola por sorpresa. Apenas pudo devolverle el gesto cuando lo oyó musitar.
—¡Me alegra tanto que estés bien…!
Danielle entonces pudo sentirse un poco mejor, por primera vez no solo en horas, sino en días.
Había acertado de lleno: no estaba sola. Y procuraría mantenerse así.
10 de Febrero de 2012. 7:59 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
Ah… ¿Hola? No voy a entretenerme mucho en saludar, mejor pasaré directamente a lo que interesa.
Desde hacía mucho que quería escribir esta parte específica. Bueno, "querer" no es la palabra exacta, porque duele ponerle fin a un personaje que todo el mundo quiere (incluyéndome). Creo haber mencionado que tenía pensada una muerte por culpa del séptimo libro de Harry Potter en castellano, pero nunca di demasiadas pistas de cuál era (incluso llegaron a creer que la fallecida sería Gina, debido a su enfermedad). Pues aquí la tienen: la Innombrable mató a Fred y ahora vengo yo y mato a su hija.
Si notan este capi más corto que los anteriores, no es su imaginación: de verdad me salió más corto. Lo revisé unas tres veces antes de considerar que estaba terminado, y supongo que las emociones por lo acontecido son demasiado intensas como para querer agregar algo más. Además, necesitaré un tiempo para hacerme a la idea de que la muerte de Frida ya está decidida, escrita y (próximamente) publicada, para aceptarla del todo y seguir escribiendo. Sí, parece que yo también ando en duelo (Bell siente un nudo en la garganta).
Parte del motivo para escribir esa muerte ahora fue, sin dudas, el título Arcano que tocaba, Los Enamorados, puesto que Patrick y Frida representan esa carta. Además, el final del capi anterior daba la pista, ¿la supieron descifrar? Quizá se trate más a fondo el ataque al Centro Rockefeller y, con el tiempo, tal vez me decida a mostrar quién fue el asesino de nuestra Insólita. Porque una cosa va a ser cierta: las sospechas que expresó Lee Jordan. ¿Y alguien adivina el juego de palabras que intenté hacer con el nombre del sanador Laurie Hughes? ¿No? No importa, es un detallito curioso, nada del otro mundo.
Hasta la fecha, sigo sin recibir candidatos convincentes para La Muerte y con lo acontecido, supongo que menos, ¿verdad? En fin, espero contar con más colaboración, damas y caballeros, porque en la línea temporal del fic, vamos en diciembre y no me quedan muchos capítulos para maniobrar (o eso creo). Total, si acabo eligiendo yo el resto de los Arcanos Mayores, luego no se anden quejando de que "los personajes no encajan".
Cuídense mucho, no olviden el paraguas (acá llueve aunque es invierno, no sé cómo anden las lluvias en el otro hemisferio) y nos leemos pronto.
