A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Dieciséis: Riesgo inevitable.
31 de diciembre de 2020.
Salem, Massachusetts.
Risco Rojo, residencia de la familia Malfoy.
Tardaron días en arreglar el funeral.
En primer lugar, los sanadores solicitaron autorización para hacer una última revisión al cuerpo de Frida Malfoy, intentando saber el tipo de daño que causaba realmente la maldición que le había quitado la vida. Pese a las protestas de Fred Weasley, Patrick dio el consentimiento, creyendo que así podría ayudar a que otros no murieran como su esposa. En Saint Ursula prometieron tratar los restos de Frida con el mayor respeto posible.
En segundo lugar, los deudos no dejaban de llegar. El resto de los Weasley que no pudo viajar antes (como Frank, al que retuvieron en Francia debido a su cargo de Régent) y los amigos de la difunta arribaron con expresiones sombrías, dando el pésame y preguntando sin cesar sobre lo sucedido. Patrick no se sentía con fuerzas para volver a contarlo, así que de manera inesperada, Ángel se hizo cargo de esa tarea, que se hizo más soportable en cuanto su prometida, para llegar a su lado, consiguió librarse de la inesperada visita de sus parientes muggles a su departamento.
—No sé a qué fueron, ¡se la pasaron criticando! —se quejó Rebecca Copperfield.
Y en tercer lugar, Risco Rojo ahora estaba bajo numerosos hechizos de protección, entre ellos un Fidelio, siendo Patrick el Guardián Secreto. Si alguien quería llegar allí, ya no podía hacerlo por Aparición, Red Flu ni otros métodos mágicos. Indirectamente, el lugar se libró de los chismorreos muggles que surgían en la ciudad, aunque ocasionaba ciertas confusiones.
—Ya te perdiste, ¿verdad?
—No, no. ¡Estoy segura que es por aquí!
—¿Puedo ayudarles en algo?
Patrick, plantado en donde terminaban los hechizos de protección de su casa, se quedó confuso con el peculiar conjunto de jovencitas que, con túnicas de distintos colores, tenían en común algún detalle blanco. Una de ellas, de túnica color rojo grisáceo y bufanda blanca, se adelantó enseguida.
—Patrick Malfoy, ¿te acuerdas de mí? —la chica, de cabello castaño y ojillos azules, hizo un ademán de timidez al agregar —Soy la prima de Judith, Catherine.
Entonces el rubio reconoció a las cantantes juveniles de moda en el mundo mágico.
—Ah, sí, lo siento —se disculpó enseguida —¿Qué se les ofrece?
—Judith me envió una lechuza, me contó lo que ocurrió. Nosotras… ¿Podemos ir al funeral?
—¿En serio?
—Claro. Solo que no podía encontrar la casa, lo que es raro. Vivo en Salem y antes he subido hasta Risco Rojo… Ya sabes, por la vista de la bahía…
—Entiendo. Por favor, lean esto.
Las nueve chicas del grupo se arremolinaron en torno a Catherine y leyeron atentamente el trozo de pergamino que Patrick había facilitado. A continuación, todas asintieron con la cabeza y Catherine devolvió el pergamino con una sonrisa triste.
—¿Podemos subir ahora? —inquirió la joven.
—Por supuesto.
Las Musas de Blair inclinaron la cabeza respetuosamente antes de seguir el sendero que, por arte de magia, ahora sí podían ver. Patrick las observó un momento antes de oír que lo llamaban.
—¿Malfoy?
El rubio se giró, topándose con siete figuras vestidas de un blanco inmaculado y las caras cubiertas por las capuchas de sus capas.
—¿Quiénes…? Ah, ya. Son el grupo de desconocidos, ¿no? Los de la Orden.
Todas las figuras asistieron. Una de las más altas se adelantó y del interior de su capucha surgió una voz masculina grave.
—Lo siento mucho —murmuró.
Patrick asintió, sin saber por qué las condolencias de aquel extraño le conmovían más que todas las recibidas ese día.
—Les recomendaría llegar con las caras descubiertas, pero…
—No te preocupes. Por esta vez, podemos hacerlo.
El que se había adelantado se quitó la capucha, dejando ver un rostro de facciones altivas y amables a un tiempo, enmarcadas por un cabello castaño claro, casi rubio, y complementadas por unos extraños ojos violetas. Tras él, sus compañeros imitaron la acción y Patrick se preguntó por qué ocultar esos rostros llenos de confianza. Quizá algo o alguien los buscaba.
—Aquí tienen —el rubio tendió el trozo de pergamino con la dirección de Risco Rojo —Me quedaré aquí un poco más, por si llega alguien con retraso. En casa los atenderán.
Los otros asintieron y comenzaron a caminar. A varios metros de Patrick, el de ojos violetas inclinó la cabeza, espetando con furia.
—Quisiera tener enfrente a quien hizo esto.
—Todos quisiéramos tener enfrente a semejante escoria —señaló su amigo de cabello castaño rojizo y ojos verdes —Quizá en eso sí podamos interferir.
—¿Quizá? —el de ojos violetas miró a su compañero con expresión esperanzada.
—Por supuesto. Si nosotros hacemos algo aquí, no creo que cause daños. ¿Qué opinan?
Los demás, poco a poco, asintieron con la cabeza.
—Gracias, amigos. Lo que más me duele es imaginar cómo estará la damita. Si todo lo que logré averiguar es cierto, su cuñada era casi como su madre.
—Y yo no quiero ni pensar en cómo estarán los Weasley —apuntó con serena tristeza la más alta de las mujeres, cuyos ojos se veían acuosos —Siendo una familia tan unida…
Dejaron de hablar cuando tuvieron a la vista la casa de Risco Rojo. Había personas en el exterior, dando vueltas sin mucha energía, y en los escalones del pórtico estaba sentada una figurita de largo cabello rubio, ataviada con una túnica verde de un tono muy pálido. Junto a la rubia, tomándole la mano, estaba un chico de cabello rojo anaranjado y ropa muggle.
—Ese debe ser el novio de tu damita —comentó el tercer hombre del grupo, de ojos color ocre.
El de ojos violetas asintió, haciendo una mueca, antes de avanzar por delante de sus amigos.
—Hola, damita —saludó.
La rubia, distraídamente, alzó la cabeza y al ver quién le hablaba, abrió los ojos de par en par.
—Hola —logró saludar ella, todavía sorprendida.
—Mucho gusto —dijo entonces el adulto, mirando al pelirrojo —¿Eres el novio?
El muchacho asintió, sonrojándose, pero sin soltar la mano de la rubia.
—Creí que vivías en Escocia —apuntó el de ojos violetas, perspicaz.
—Ah, yo… ¡Oiga! ¿Cómo sabe eso?
—Eres listo —el hombre asintió con una leve sonrisa, revolviendo el cabello del chico, antes de volver a hablar con la rubia —Lo siento muchísimo, damita. La pelirroja era estupenda.
La rubia asintió, parpadeando con rapidez para evitar ponerse a llorar.
—Ah, no me he presentado —el hombre sonrió por adelantado —Soy Sátiro.
—No le veo patas peludas por ninguna parte.
Ante la acotación del pelirrojo, el adulto se echó a reír.
—¡Vaya, damita! Tu hermano y tú tienen gustos parecidos, ¿eh? De cabello rojo y sentido del humor. Me agrada este muchacho.
—Ah… gracias, señor. Él… Mi novio… se llama Thomas Elliott.
—Vaya, encantado —el de ojos violetas se inclinó lo suficiente como para hablarle al oído al pelirrojo y musitó —Cuídala bien, muchacho. La damita es muy valiosa.
El otro asintió, con el rostro más rojo todavía.
—Thomas, cariño, tus hermanos te buscan —de la casa salió una mujer mayor de cabello oscuro entrecano y ojos azules —Buenos días —saludó a los recién llegados.
—Buenos días, señora, ¿con quién tenemos el honor?
—Soy la abuela de Thomas…
—Enif Jackson —presentó el jovencito pelirrojo, para disgusto de su abuela —La madre de mamá. Mi familia vino conmigo, no podía viajar solo.
El de ojos violetas arqueó una ceja, con la insinuación de una sonrisa en su rostro.
—Qué buen tino —fue todo lo que soltó, antes de hacerle un ademán a sus amigos para que lo siguieran al interior de la casa.
—¿Quiénes eran, cariño? —quiso saber la señora Jackson.
—Unos magos raros que ayudan en la guerra —Thomas se encogió de hombros, para simular que no tenía importancia —Me sorprende verles la cara.
—Pues no sé, ese hombre se me hizo familiar —la señora Jackson meneó la cabeza.
En tanto, en el interior de la casa había un poco de revuelo por la llegada de los desconocidos.
—Lo sentimos mucho —decía el hombre de ojos color ocre a Fred Weasley —Tratamos a su hija. Se portó muy bien con nosotros.
El señor Fred asintió con expresión brusca, sin decir palabra.
—¿Podrían decirnos qué pasó? —la mujer de ojos castaños, conteniendo su tristeza, se había acercado a los Potter, acomodándose un mechón de cabello negro azulado tras la oreja.
—Frida ayudó a la Secretaría a contener el ataque al Centro Rockefeller —explicó la señora Potter con gesto taciturno —Creemos que una maldición extranjera fue la que la mató.
—¿Maldición extranjera?
—Los sanadores de Saint Ursula no lograron identificarla, así que por más que trataban, no lograban curar a Frida.
—¿Podemos ayudar?
El señor Potter escudriñó a la mujer y sintió algo extraño al observar con un poco más de atención sus ojos castaños. Como si contemplara algo demasiado familiar.
—Tenemos personas en la Sección W que se van a encargar de investigar los efectos de esas maldiciones, para darnos algo con qué defendernos —indicó —Si alguno de ustedes tuviera conocimientos de Sanación…
—Dríade tiene algunos —recordó la mujer de ojos castaños, frunciendo el ceño —Igual que yo.
—En ese caso, si las necesitáramos, se los haremos saber.
—Con gusto.
La mujer volvió a acomodarse el cabello tras la oreja antes de hacer una inclinación de cabeza y alejarse. El matrimonio Potter se miró por unos segundos.
—Hermione, ¿no te dio la sensación de que la conocías?
—No, aunque sentí como algo natural hablar con ella. O quizá sea una pizca más de confianza.
El señor Potter supo a qué se refería sin necesidad de que lo dijera.
A él también le sorprendió darse cuenta que esos seis personajes tenían rostros. Los había observado con toda la atención posible, porque no le preocupaba el constante misterio que había a su alrededor, sino la extraña sensación que lo embargaba al estar cerca de algunos de ellos. Era algo vago, como un recuerdo perdido, una sensación que experimentara tiempo atrás, pero de la cual no pudo disfrutar debidamente. Frunció el ceño, molestándose consigo mismo por sentir tal confusión, antes de observar cómo uno de los anónimos aliados, el de cabello castaño rojizo, veía con cierto interés hacia la puerta.
Hally estaba saliendo de la casa, envuelta en una gruesa capa verde esmeralda, seguramente buscando a su amiga. Su padre la contempló por un segundo antes de fijarse mejor en la cara del hombre que también la miraba. No comprendía por qué, pero sentía que había detalles en esa escena que no encajaban del todo. Sin embargo, los dejó pasar.
No así el de cabello castaño rojizo, que hizo una última mueca antes de tomar una decisión.
—¿Puedo quedarme aquí un rato?
Hally finalmente había encontrado a Danielle y a Thomas. Se habían movido de los escalones del porche cuando comenzaron a llegar los empleados estadounidenses de Sortilegios Weasley, yéndose hacia el lugar más alto de Risco Rojo, en un extremo del jardín trasero.
—Claro —Thomas dejó su sitio, a la derecha de Danielle en una banca blanca de frente al océano, estirando los brazos —¡Casi lo olvido! Mis hermanos me andaban buscando —se inclinó hacia la rubia, dándole un beso en la mejilla antes de alejarse.
—¿No interrumpí nada, cierto?
—Claro que no. Puedes sentarte, Hally.
La nombrada obedeció, echándole vistazos nerviosos a su amiga. Se veía más pálida que en los últimos días, pero también un poco más serena.
—A veces desearía que fuera una pesadilla —susurró Danielle de repente.
Hally sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento mucho —dijo, repitiendo lo que seguramente, muchos le habían dicho ya a la rubia —No sé qué más…
—No te preocupes, Hally. Me basta con que estés aquí. ¿Y Rose?
—Creo que con su tía Angelina. No la vi antes de venir a buscarte.
—Comprendo.
Se quedaron calladas un momento, contemplando el mar.
—Hally, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Sí, claro.
—¿Alguna vez…? ¿Alguna vez pensaste en desaparecer para ayudar a alguien?
La jovencita de anteojos parpadeó varias veces, entre confusa y asustada.
—No… No exactamente —confesó al cabo de un instante, serenándose como pudo —Cuando estaba en el orfanato, pensé que si no iba a tener una familia, no debería estar allí. Que mejor me fuera a otra parte donde sí me quisieran.
—¿En serio?
—Bueno, sí. Hay toda clase de niños en los orfanatos que decían cosas bastante malas. Y claro, en aquel entonces, Sunny no se portaba muy agradable que digamos.
—Algo nos ha contado. Creo que se arrepiente de eso.
—Me lo imagino. ¿Pero por qué me preguntaste eso, Danielle?
La rubia tardó un rato en contestar. Sus opacos ojos azules dejaron de mirar el trozo del Atlántico que tenía enfrente, para contemplar con aire distraído sus largos y pálidos dedos.
—¿No te estarás culpando de nuevo, cierto?
Danielle suspiró de forma casi imperceptible. Debió imaginar que Thomas les había contado aquello, a Hally y a Rose, en las breves ocasiones en que se separaron.
—Por favor, dime que no es eso. ¡No te lo voy a permitir! ¡Tú eres buena! Por eso Frida…
—Típico de ti, Hally. Pero no te preocupes, Thomas me regañó bastante por eso. Y funcionó.
Como la rubia esbozó una débil sonrisa, Hally sintió un intenso alivio.
—¿En serio?
—En serio. Ese novio mío puede ser convincente cuando quiere.
—Tienes mucha suerte.
Danielle asintió, reprimiendo la idea que se le acababa de ocurrir: que si Hally se diera cuenta de ciertas cosas, conocería su misma suerte.
—Volviendo a mi pregunta… —la chica Malfoy titubeó, para luego seguir con la frase —Sí fui a Azkaban, Hally. Hablé con mi padre. O mejor dicho, mi padre me reveló algo parecido a una historia muggle muy absurda, de esas a las que llaman sátiras.
—¿Sabes ese tipo de cosas muggles?
—Leí sobre ellas en la escuela muggle a la que me enviaron de pequeña, pero ese no es el punto. Hally, ¿puedo contarte lo que me dijo mi padre?
—Sí, claro, ¿pero por qué pones esa cara?
Cuando Danielle la miró, Hally intuyó que no olvidaría ese momento en lo que le quedara de vida. No por el sitio en el que estaban, sereno y hermoso. No por el ambiente de los últimos días, pesado y agónicos. Increíblemente, tampoco por la razón que a ella la había llevado a viajar con sus padres atravesando la misma extensión de mar que chocaba con la base de Risco Rojo.
Los ojos de su amiga, siempre de un tono apagado y con un brillo desolado desde hacía casi una semana, ahora se hallaban invadidos por algo demasiado poderoso como para ignorarlo. Por un momento, comparó ese algo con lo que proyectaba al estar con Thomas, pero enseguida lo descartó. Este algo, sin saber lo que era, sobrecogía a Hally, la hacía querer apartarse de Danielle y al mismo tiempo, la urgía a estar cerca de ella porque le decía que su amiga la necesitaba.
Por fortuna, el corazón de Hally ganó, dictándole que debía quedarse y escuchar a Danielle hasta la última palabra. Minutos después, no se arrepintió de ello.
Pero intuyó que nadie lo sabría en mucho tiempo.
Los restos de Frida Malfoy fueron depositados cerca de la orilla de Risco Rojo, y los presentes comprobaron, debido a la hora, que el atardecer quedaba a su espalda, lanzando una luz nada alegre debido a las nubes que cubrían el cielo desde temprano, de un tono gris claro, casi blanco. La ceremonia fue precedida por un mago de barba larga y rizada color castaño oscuro que vestía una túnica blanca con algunas estrellas doradas bordadas. Cuando todo terminó, la señora Angelina invitó a la gente a tomar una última bebida caliente, lo cual fue recibido con agrado.
—Sentimos no quedarnos más —se disculpó Catherine Bruce con vergüenza —Nos escapamos del último ensayo de hoy para venir. Gracias por dejarnos pasar.
Patrick Malfoy asintió, viendo cómo las nueve jóvenes artistas se despedían de la gente con gestos antes de emprender la carrera. Fue cuando se dio cuenta de la fecha que era.
—Señora —llamó, dirigiéndose a la abuela Weasley, que estaba a unos pasos a su derecha.
La mujer dejó de hablar con su único yerno para mirarlo con curiosidad.
—¿Podría ayudarme con algo? —inquirió con voz apagada.
—Claro, muchacho. ¿Qué se te ofrece?
—Yo… debo preparar la cena de Año Nuevo, pero no sé por dónde empezar.
La abuela Weasley abrió los ojos al máximo.
—¿La cena de…? Pero eso… —balbuceó —Creí que quizá, con todo esto…
—No es adecuado —fue la simple respuesta de Patrick.
El rubio le dedicó un ademán de despedida a la mujer, antes de caminar hacia Judith Bruce, a quien llamó con un gesto a hablar a solas. Apenas la dejó saludar antes de hablarle.
—Necesito ayuda con la cena de Año Nuevo
—¿No tienes inconveniente en celebrarla… en estos momentos?
—Ninguno. Siento que debo hacerlo. Aunque no será lo que estoy pensando, no este año.
Judith lo observó con timidez. Hasta finales de séptimo, nunca había cruzado ni una mirada con Patrick; mucho menos algunas palabras. Por eso ahora sabía (o por lo menos, presentía) que ese chico había dejado atrás, sin miramientos, el estilo de vida llevado hasta el momento. Esperaba que fuera por considerarlo correcto y no un mecanismo de defensa de su herido corazón.
—Será algo simple —expuso Patrick entonces —Los niños se acuestan temprano.
—¿Tú estás bien, Patrick?
Él se encogió de hombros con indiferencia.
—Puedo ayudarte —prometió Judith, entrecerrando sus ojillos azules —Solo espero que nadie se sienta muy ofendido.
—Eso es mucho pedir, pero me las arreglaré.
Acto seguido, Patrick inclinó la cabeza a modo de despedida y fue al interior de la casa.
Apenas notó que había deudos por allí, bebiendo lo que la señora Angelina y la señora Alicia servían con diligencia. Ignoró por completo los vagos intentos de ciertas personas por acercársele, ya que subió a la planta alta, al dormitorio que ocupaban sus hijos, a los que no quiso llevar a la ceremonia fúnebre debido a su edad.
Abrió la puerta de la habitación con suavidad, esperando hallarlos tan dormidos como los había dejado. Lo que encontró fue a un Lance apretando sus diminutos dedos en sendos puños, con una mueca de miedo en el rostro, mientras Ly lo veía, también asustado.
—¿Qué pasa? —preguntó Patrick por lo bajo, lentamente.
Ly giró la cabecita hacia él, con los ojos brillantes.
—Pá —soltó el pequeño, estirando los brazos hacia él —¿Y má?
Al rubio se le encogió el corazón. Acarició la cabeza de su hijo despierto, para luego estirar los brazos hacia el que seguía dormido.
—Tu hermano está asustado —explicó simplemente.
Ly, increíblemente, pareció comprender. Ya no pidió a señas que lo cargaran, sino que se quedó mirando a su gemelo con intensidad.
Patrick se dedicó a mecer a Lance con suavidad, paseándose por el cuarto, recorriendo con un índice la nariz, hasta donde el chiquillo lucía la única seña física que lo distinguía de su hermano. El rubio no reaccionó a lo que hacía hasta ver a su hijo relajarse y acurrucarse en sus brazos.
¿Cuántas veces vio a Frida hacer eso mismo? A veces, a mitad de la noche, Lance despertaba llorando a gritos, por alguna razón el menor de los gemelos era propenso a tener malos sueños. Entonces Frida se levantaba e iba a la habitación de sus hijos, donde minutos después reinaba el silencio. Patrick una vez la había seguido, quedándose en la puerta y contemplando cómo su mujer balanceaba con suavidad al bebé y le acariciaba la nariz con un dedo, al tiempo que tarareaba con lentitud la primera melodía que le venía a la mente. Siempre funcionaba, porque Lance dejaba de gimotear y volvía a dormir, esta vez hasta el amanecer. Patrick nunca creyó poder hacer eso, así que jamás lo había intentado.
Pero ahora, viéndose en esa necesidad, creyó comprender por qué Frida hacía eso sin protestar después por no poder descansar en paz por la noche. Amaba a sus hijos, así de sencillo. Por ellos, no le importaba perder unos cuantos minutos de sueño. Por ellos, se esforzaba tanto para que el negocio familiar creciera y fuera divertido, presintiendo que algún día querrían formar parte de él. Por ellos había guardado parte de su alma bromista para ser una madre responsable.
Por ellos, no dudó en pelear contra quienes querían sumir al mundo en el odio y la muerte.
—Mamá se ha ido —le dijo Patrick a sus hijos, tanto al dormido como al despierto —No volveremos a verla, pero siempre la querremos, ¿de acuerdo? Por ella, ustedes están aquí.
Ly miraba a su padre desde la cuna, con los ojitos tristes. Quizá no comprendiera del todo lo que había sucedido, pero notaba los cambios, el ambiente lleno de aflicción. El niño añoraba a su madre, pero ella ya no estaba, no acudía cuando la llamaba o cuando lloraba. Y su hermanito, que siempre necesitó un poco más de ella, ahora se la pasaba aterrado o a punto de llorar.
Pero Ly también supo, de alguna forma, que él y su gemelo estarían bien. Su padre seguía allí. Tal vez no fuera tan sonriente ni cálido como su madre, pero también los cargaba, los arrullaba y jugaba con ellos. Su padre los quería. Eso era más que suficiente.
—¿Pá? —llamó Ly, aferrándose a los barrotes de la cuna para intentar pararse.
Patrick atendió al llamado. Acomodó a Lance en uno de sus brazos y con mucho cuidado, sujetó a Ly con el que quedó libre. El gemelo despierto le echó los bracitos al cuello, sonriendo, antes de mirar a Lance y hacer señas de querer acercarse a él.
—Después —le indicó Patrick con serenidad, pero también con firmeza —Déjalo dormir.
Ly se quedó muy quieto. Recordaba que esa era la voz de su padre para decir cosas importantes. Incluso su madre se quedaba seria cuando lo oía hablar así.
—Eres el mayor, Lionel —susurró el rubio, haciendo que su hijo hiciera una mueca: estaba tan acostumbrado a su sobrenombre que ya no le gustaba ser llamado así —No por mucho, pero eres más grande que Lancelot. Él va a necesitar que lo cuidemos, ¿sabes? Como yo cuido a tía Danny.
Eso Ly sí lo entendió. Tía Danny era la hermanita de su padre, le gustaba estar con ella. Se parecía a su padre con su cabello rubio, pero sonreía más y los abrazaba seguido. A tía Danny su padre la quería mucho, siempre hablaba de ella cuando no estaba, les leía las cartas que mandaba desde su escuela y mostraba los regalos que les enviaba.
—¿Ía Dany? —pronunció despacio el pequeño.
—Tía Danny es muy buena. Procurarás portarte bien cuando estés con ella, ¿verdad? Y cuando tía Danny o yo no estemos cerca, cuidarás a Lancelot, ¿sí?
El chiquillo no sabía qué quería decir exactamente su padre con "cuidar" a su gemelo, pero dijo que sí con la cabeza. Quería mucho a su hermano, siempre estaban juntos y la pasaba mal cuando lo veía llorar, por la razón que fuera.
—Ese es mi muchachito.
Entonces Ly vio que de los ojos azules de su padre salían lágrimas, aunque sonriera, y no pudo evitar llorar él también.
Porque sentía que su pequeño mundo ya no sería lo mismo.
La abuela Weasley fue sorprendida por su hijo Fred cuando bajaba la escalera. El pelirrojo adulto mostraba una mueca de inconformidad.
—¿Sabes que Malfoy pretende hacer una cena de Año Nuevo? —espetó el señor Fred sin más.
—Sí, hijo, me lo dijo. Incluso me pidió ayuda para eso. ¿Cómo te enteraste?
—Una de las amigas de Frida anda organizando todo. ¿Qué le pasa a ese muchacho por la cabeza? ¿Cómo se le ocurre que estamos de humor para esto?
—Fred, compórtate. Y escúchame un momento.
Aún cuando ya fuera un adulto con familia propia, el señor Fred se encogió ligeramente ante el tono autoritario de su madre.
—Tu hija eligió a ese muchacho por alguna razón, ¿no lo habías pensado?
—Claro que lo pensé, mamá. Por eso dejé que se casara con él.
—Hijo, créeme, si te hubieras opuesto, Frida igual se hubiera casado. ¿Sabes por qué, verdad?
—Supongo —el señor Fred hizo una mueca —Ella se parecía mucho a mí.
—Correcto. Así que espero que comprendas esto: tu hija eligió bien. Ese muchacho tiene una buena razón para hacer lo que hace. ¿Cuál crees que sea? Piensa.
Y el señor Fred se puso a pensar. Frida era una muchacha independiente, con espíritu risueño y a la vez, con su mismo carácter práctico cuando la situación lo requería. Que quisiera casarse tan joven y para colmo con un Malfoy lo sorprendió mucho, pero debió adivinarlo, porque una vez que su hija amaba a alguien, rara vez el sentimiento cambiaba. Malfoy debió trabajar muy duro para que Frida confiara en él y lo quisiera. ¿Acaso echaría todo eso a perder ahora que su esposa había muerto? No, si era la clase de Malfoy con un orgullo tan grande como los terrenos de Risco Rojo. Si Malfoy amó a Frida tanto como ella a él, la conocería de sobra. Sabría que en caso de haber sido él el muerto y ella la sobreviviente, no querría verla deshaciéndose en llanto o agachando la cabeza debido al dolor. ¿Sería eso? ¿Malfoy se esforzaba en algo tan banal como la celebración del nuevo año porque sabía que Frida quería que siguiera con su vida?
—Ese muchacho está muy mal —dijo, sin embargo —Puede celebrar el Año Nuevo mañana. ¿A qué viene la cena?
—El muchacho necesita hacer algo que Frida haría, Fred. Y nosotros, su hermana y sus hijos somos toda la familia que le queda. Aunque a ti no te guste estar emparentado con él.
El señor Fred hizo una mueca, pero no negó las palabras de su madre. En ese momento, Ángel se acercó e increíblemente, sonreía un poco más que en los días precedentes.
—¡Eh, papá! Rebecca y yo iremos a Salem a comprar cosas para la cena. ¿Vienes?
—¿Para la…? ¿Tú también, Ángel?
—¿Yo también qué? Es Año Nuevo, papá, no seas aguafiestas. Malfoy incluso dijo que sabe hacer ponche. ¡Y no cualquier ponche! Habló del Ponche Rojo, el que hacía Frida, ¿puedes creerlo?
Sí, el señor Fred pudo creerlo. Si su otro hijo podía seguirle la corriente a Malfoy, aunque fuera por la vaga ilusión de permanencia que el rubio quería crear de Frida, quizá no era tan malo.
—Muy bien, iré con ustedes a Salem. Avísale a tu madre.
Ángel asintió y se alejó, con lo que el señor Fred recordó a sus hijos de pequeños, siempre juntos, riendo y jugando, sin los temores provocados por vivir en una guerra.
Estaba dispuesto a lo que fuera para que sus nietos tuvieran algo semejante. Aún teniendo que aceptar completamente a ese yerno suyo.
4 de enero de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Al iniciar el nuevo trimestre, el castillo de Hogwarts no se llenó de los acostumbrados gritos y saludos de felicitación por el año nuevo. No como de costumbre, al menos. Los ataques de Hagen se extendían fuera de Europa sin una razón aparente y a esas alturas, nadie desconocía que el Centro Rockefeller, en Nueva York, había sido atacado pese a ser un sitio enteramente muggle.
—¡Danielle!
Amy Macmillan, el día anterior, se había apresurado a llegar hasta su amiga en cuanto llegó al castillo, dándole un abrazo fuerte, al tiempo que sollozaba.
—Ya, Amy, por favor —pidió Danielle con voz suave —Estoy mejor.
A la castaña no se le escapó que la rubia dijo mejor en vez de bien, pero no se lo reprochó.
Fue ese día que el grupo de amigos se puso al corriente de lo sucedido en Estados Unidos. Danielle narró su punto de vista del ataque con la mirada perdida y la diestra fuertemente aferrada a la mano izquierda de Thomas, hasta que finalmente describió, con una melancólica sonrisa, la modesta cena de Año Nuevo organizada por su hermano.
—El año pasado estábamos en La Madriguera, con todos los Weasley, y aunque esta vez ellos estaban en Risco Rojo, no se sentía lo mismo. Pat cree que hay que esperar, nada más.
—¿Cómo está tu hermano? —se interesó Sunny.
—Bien, dentro de lo que cabe. Está al pendiente de Sortilegios Weasley, aunque los empleados lo miran raro. Y pidió licencia en el trabajo, para ocuparse de la tienda y de los niños.
—¿Y los niños? —Paula miró tanto a Danielle como a Rose al indagar aquello.
—Estupendamente. A mí me alegra que sean tan pequeños e inocentes.
Aunque se notaba el intento de reanimar a los demás, Rose dijo eso con una mueca de tristeza.
—Espero que cuando crezcan, se parezcan a Frida —deseó Danielle inesperadamente.
—¿Hablas en serio? —quiso saber Rose.
—Claro. Quiero mucho a Pat, pero él es un poco aburrido a veces.
Danielle sonrió un poco, casi sin querer, siendo correspondida por Rose.
Después de eso, no trataron con frecuencia el tema, percibiendo que tanto Danielle como Rose necesitaban tiempo para volver a ser las de antes. Así, al día siguiente, cualquier intento de alguien por abordar a ambas jovencitas era meditado con cuidado, no fueran a encontrarse con las miradas desafiantes de los amigos de las dos.
—¿Tienen guardaespaldas o qué, Malfoy? —le espetó Brandon a la primera oportunidad.
Algunos de Slytherin y Ravenclaw salían del castillo rumbo a la cabaña del profesor Hagrid, después del almuerzo, luego de una clase complicadísima con el profesor Lovecraft. La rubia arqueó una ceja cuando la miró, cosa que a Brandon no le hizo gracia. Más cuando Mackenzie, de mala gana, le hizo una seña para que siguieran su camino.
—¿Es mi imaginación o Mackenzie se porta como el mandamás de esos descerebrados? —comentó Sunny cuando Brandon y compañía los dejaron atrás.
—No se porta, es el mandamás —apuntó Walter, con el ceño fruncido —Odio admitirlo, pero es el único de esos cinco que podría hacer lo que le diera la gana y salir bien librado.
—¿De parte de quién estás?
—Admítelo, Sunny, Mackenzie es un poco raro a veces, incluso para ser Slytherin. No me gustaría que planeara algo en nuestra contra.
La aludida hizo una mueca de fastidio, pero no rebatió aquello.
El profesor Hagrid, con semblante alicaído, ya estaba fuera de su cabaña, rodeado de unos cuantos alumnos de Gryffindor. A la distancia, Danielle distinguió enseguida la desordenada melena de Rose y la cabeza castaña de Henry.
—Al menos hoy con Lovecraft fue muy satisfactorio —comentó Paula como si nada.
Thomas y Ryo no pudieron evitar carcajearse. Paula había cometido otra "equivocación" en el aula de Transformaciones, convirtiendo la pluma favorita de Scott en un canario. Aunque el profesor la regañó sobre su aparente falta de atención, le dio cinco puntos por la transformación, cosa que a Scott no le hizo ninguna gracia.
—Yo no le vi nada malo al canario, lástima que tuvo que volver a ser pluma —soltó Sunny.
Danielle asintió con una media sonrisa en la cara, que no le duró mucho al ver, por el rabillo del ojo, que Procyon intentaba quitarse a Lancaster de encima. Avanzó con paso decidido, solamente seguida por Thomas, hasta los otros dos.
—… Por eso, Black, ¡una oportunidad y ya! —insistía Lancaster.
—Disculpa si tengo mis dudas, sobre todo después de tanta bofetada —espetó Procyon.
—Por favor, ¿quieres dejarlo ya?
Hasta que Danielle y Thomas no estuvieron a tres pasos de distancia, no se dieron cuenta que Hally estaba allí. Era comprensible, pues su amiga era ligeramente más bajita que el resto de sus compañeros de curso.
—¿A ti quién te llamó, Potter? —desdeñó Lancaster.
—Nadie, pero estás molestando a mi amigo. ¿Cuántas veces él tendrá que decirte que no? ¿Acaso no hay nadie más a quien puedas fastidiar? O mejor aún, ¿una clase a la cual asistir?
Lancaster bufó de exasperación antes de irse a toda carrera, de vuelta al castillo.
—¿A esa qué le pasa? —quiso saber Danielle de mal humor.
—Nada grave. Se le metió en la cabeza invitarme a ir con ella a Hogsmeade.
—Momento, ¿la próxima salida es el día de San Valentín, verdad?
Procyon asintió, haciendo una mueca de hartazgo.
—Ya te llueven las invitaciones, ¿eh, amigo mío? —Thomas no pudo contener una sonrisa burlona —Espero que elijas a una buena chica.
—¿Por qué tendría que elegir a una?
—Piénsalo un momento: si tienes una cita para esa salida a Hogsmeade, puedes decírselo a las demás que quieran invitarte.
—Claro, me libro de todas esas locas y dejo que le echen maleficios a la chica que elija. No es un buen plan, Thomas.
—¿Qué, piensas ir con una buena para nada?
Procyon masculló algo que nadie pudo entender, para luego dejarlos plantados por acercarse a Henry y Rose, que terminaban de charlar con el profesor Hagrid.
—Eso estuvo fuera de lugar, ¿no crees? —regañó Hally, mirando a Thomas.
—No. Quiero que se deje de tonterías. Pero aún no lo comprende.
Thomas encogió los hombros antes de alejarse también.
—¿Me puedes explicar qué le pasa a tu novio? —Hally interrogó a Danielle con suspicacia.
—No estoy segura —a decir verdad, Danielle estaba de parte de Thomas, porque sospechaba lo que se proponía, pero no podía decírselo a su amiga —Puedo hablar con él, pero sabes cómo es, si es alguna cosa suya, no querrá que me meta.
—Pues al menos dile que Procyon no está como para que lo fastidie él también.
Danielle arqueó una ceja.
—¿Eso a qué viene, Hally? Por lo general, dejas que Procyon arregle sus propios problemas.
—Creo que a él no le gusta llamar tanto la atención de las chicas —la jovencita de anteojos dejó escapar un resoplido —Lo hace sentir raro. Por eso Thomas no lo hace sentir bien diciendo esas cosas. Pero claro, es solo lo que yo creo, quizá no sea la verdad, y por otro lado, tal vez Procyon pronto encuentre una novia que no quiera abofetearlo cuando le niega algo.
—Eso espero yo también —Danielle mostró una de sus fantasmales sonrisas de los últimos días —Ya sabes, que encuentre una novia no agresiva —agregó, encogiéndose de hombros.
Hally asintió y fue a reunirse con el resto de la clase, mientras Danielle la observaba.
—Prometí que no me metería donde no me llaman —susurró —Pero no tengo de otra.
Después de comer, los alumnos de cuarto que tenían Autodefensas Muggles se asombraron cuando el profesor Kukai declaró que estaban listos para lo que él llamaba práctica de campo.
—Dividiré la clase en grupos de dos tipos: blancos y negros. Por turnos, los grupos de un color representarán a atacantes y los del otro color, a víctimas. Actúen como lo harían en una situación real, pero conténganse un poco. Recuerden que seguimos en una clase.
Los estudiantes se mostraron ansiosos por empezar. Y es que además de técnicas de combate sin varita, habían aprendido otras cosas, como estrategias de batalla. Algo que, vistas las actuales circunstancias, era más que necesario.
Así, Danielle tuvo la oportunidad de desquitarse de su furia contra los atacantes al Centro Rockefeller. No sabía cómo era la persona que había lanzado la maldición que terminó con la vida de su cuñada, pero si enfocaba sus sentimientos negativos en esa figura enmascarada, descubrió que enfrentar el dolor era un poco más soportable. Sus compañeros de equipo se sorprendieron al verla ejecutar los más complejos movimientos con una elegancia y una fuerza que resultaban contrastantes y extraordinarias a un tiempo en la figura de la chica, delgada y frágil a simple vista. No hizo falta que Kukai declarara vencedor al equipo de la rubia al terminar su turno (les había tocado ser víctimas en primer lugar), lo supieron en el instante en que hizo rodar por el suelo a uno de los mejores de la asignatura, sin importar que fuera uno de sus amigos.
—Excelente defensa, Malfoy–san —felicitó Kukai con semblante serio y un atisbo de orgullo en sus rasgos —Tú tampoco estuviste mal, Mao–kun. Y sabes perder honorablemente.
Ryo hizo una mueca al enderezarse, creyendo que se sentía mal por dejar que una chica (y no cualquier chica, sino una amiga) lo venciera. Pero al verlo aceptar la mano que Danielle le ofrecía para ayudarlo a levantarse, supieron que Kukai tenía razón: el Ravenclaw sabía, sin darle muchas vueltas, admitir cuando perdía.
—Gárgolas, Danielle, debiste avisarme que ibas en serio —bromeó Ryo cuando la clase acabó.
—Pensé que lo sabías.
—Lo suponía, que es distinto. Además, no creí que tuvieras tanta fuerza.
—Pues a mí me pareció genial —acotó Amy con una tímida sonrisa.
Los demás asintieron ante esa frase.
—¿Qué tal les fue hoy? —preguntó Thomas cuando él, Walter, Hally y Rose los alcanzaron en el vestíbulo, tras su clase de Adivinación.
—Fue todo un acontecimiento que al mejor de la clase lo derrotaran —apuntó Procyon.
—¿Quién pudo vencerte a ti? —se sorprendió Rose, con los ojos fijos en Ryo.
—Nuestra refinadísima amiga —el Ravenclaw señaló a Danielle.
—¡Esa es mi chica! —exclamó Thomas, sonriendo a más no poder —Eh, tienes que contarme cómo lo hiciste, quiero todos los detalles…
—Claro, pero antes…
Danielle aferró un brazo de Thomas y se lo llevó al Gran Comedor, susurrándole algo que, conforme avanzaban, ponía al chico más y más serio.
—¿Ahora qué pasaría? —se preguntó Procyon en voz alta.
Nadie le contestó.
7 de enero de 2021.
—¡Excelente! Somos una ironía andante, ¿no creen?
Thomas andaba de muy buen humor aquel día, tanto por las clases donde consiguió unos cuantos puntos para Slytherin como por el entrenamiento de animagia, pues ese día fue el primero en el que pudo transformarse en animal sin contratiempos, igual que volvió a ser humano.
—¿Te refieres a verlos a ti y a Procyon juntos? —quiso saber Sunny.
—¡Exacto! No tenía idea de que resultaría así.
—Es como si alguien dijera que los de Gryffindor y Slytherin se llevan bien, ¿no? —bromeó Rose, concentrada en transformarse en animal por primera vez en el entrenamiento.
—No es imposible, ¡míranos! —soltó Procyon, que había vuelto a ser humano en ese instante.
—Me pregunto qué diría la gente si los vieran caminar juntos en sus formas animagas —pensó Danielle en voz alta, cruzada de brazos.
Ese día, la rubia no se había transformado ni una sola vez. No es que le saliera con frecuencia (lo había logrado tres veces con relativo éxito), pero algo en su interior le impedía concentrarse.
—Nada del otro mundo, quizá que nos han entrenado bien.
—¡Thomas!
—¿Qué? Es que nos verían como animales, no como de verdad somos.
—¿Terminaron ya? —cortó Hally, que sin que lo notaran, también había regresado a la normalidad después de casi diez minutos de estar transformada —Se nos acaba el tiempo.
Los demás hicieron diversos gestos de asentimiento y siguieron en lo suyo.
Rose logró metamorfosearse y subió velozmente a un árbol que la Sala de los Menesteres les había proporcionado en esa ocasión. Le encantaba la sensación de corretear en lo alto, de saltar distancias que le parecían enormes y de tener un cuerpo tan pequeño y rápido. La primera vez que consiguió hacer la transformación, se sintió muy rara y algo decepcionada por la forma que adoptó, pero terminó aceptándolo y ahora era feliz. Más que nada, su deseo de ser una criatura divertida se había cumplido, aún cuando peleaba con Sunny cuando ambas estaban transformadas.
Por andar fantaseando, la pequeña Rose resbaló de su rama y cayó, pero no se dio contra el suelo, sino contra algo mullido, suave y cálido. Se enderezó enseguida, sacudiendo la cabeza y dirigiendo sus ojitos brumosos a donde había caído.
No podía hablar, pero le dio una especie de abrazo a su salvador antes de bajarse de su lomo y concentrarse. Volviendo a ser humana, sonrió a más no poder.
—¡Eso estuvo cerca! Muchas gracias.
Y se acercó, arrodillándose para darle un verdadero abrazo al pequeño lobo castaño que le amortiguó la caída siendo ella un animalito. Los ojos verdes del lobo se entrecerraron, como si su dueño se sintiera confundido por algo, antes de cerrarse completamente, en actitud relajada. La cabeza del lobo se recargó en el hombro de Rose con mucho cuidado, durando en esa posición unos cuantos segundos, ya que la pelirroja no tardó en separarse y dedicarle otra sonrisa antes de enderezarse, sacudirse la túnica y volver a su figura animal.
—¿Todo bien? —quiso saber Danielle, acercándose entonces al lobo, quien asintió con una cabezada antes de dar media vuelta y acercarse a un juguetón perro negro —Qué raro…
En ese momento, la rubia sintió un peso en su hombro izquierdo. Sonrió al hallar allí un bonito búho de plumas castañas, de inusuales ojos negros y que cerca de su cabeza, en el espacio entre esta y el nacimiento del ala derecha, tenía una diminuta mancha blanquecina de forma curiosa.
—Te salió a la primera, ¿eh, Sunny?
El búho giró la cabeza a un lado y a otro, antes de dedicarle algo parecido a un asentimiento.
—¡Casi es la hora! —avisó Danielle cinco minutos después, consultando su reloj de pulsera.
Sus amigos hicieron diversos ademanes y al poco rato, ya la rodeaban en sus formas humanas.
—¿No lo intentaste hoy? —Walter agitó la cabeza de manera rara, como si se sacudiera algo.
—Sí, pero… Supongo que no estaba de humor.
Sus amigos dejaron de hacerle preguntas. Iban todos hacia el Gran Comedor cuando Henry, que se la había pasado muy callado, le pidió a Danielle que esperara un momento.
—Tengo que avisarte una cosa —dijo el castaño, mostrando en sus ojos verdes un brillo muy triste —No podré andar cerca de ti por un tiempo.
—¿Qué?
Danielle sintió un sobresalto, como si fuera subiendo las escaleras del interior de Hogwarts y olvidara saltar uno de los tantos escalones falsos que tenía.
—Yo… Lo siento, en serio, pero… Tengo que hallar una forma de…
La rubia respiró profundamente antes de caer en la cuenta de lo que probablemente sucedía.
—Te estoy haciendo daño, ¿verdad? Por esa…habilidad familiar que tienes.
Henry apretó los labios con enfado, antes de dar una seca cabezada.
—¿Cuánto vas a tardar? —quiso saber ella.
—Lo menos posible. Estoy trabajando en eso desde que volvimos. No pude preguntarle algunas cosas a mi tío porque estaba ocupado con su boda, pero ya le envié una lechuza.
—¿No hay nada que yo pueda hacer?
—No te preocupes, con el tiempo te sentirás mejor.
—Pero Henry…
—Hablo en serio. No es tu culpa. Solo quería que lo supieras, para que no te tome por sorpresa.
Danielle asintió, con un nudo en la garganta.
—Tranquila, no es como si me despidiera para siempre. En unos días estaré bien.
—¿Seguro?
Henry asintió, pero la jovencita no pudo evitar pensar que no lucía muy convencido.
—¿Por eso te apartaste de mí en el entrenamiento? Después de que Rose te cayera encima.
—Ah… No, eso fue otra cosa.
La rubia arqueó una ceja.
—¿Qué sucede? —le preguntó con amabilidad.
—Eso quisiera saber. Espero averiguarlo pronto.
Como Henry ya no agregó más, Danielle asintió con la cabeza y ambos fueron a cenar.
Rodaba, fruncía el ceño, se acurrucaba. Finalmente la pesadilla logró su cometido, haciendo que se levantara de un salto, con el miedo obstruyendo su garganta.
Sin más, abandonó el dormitorio con el mayor sigilo posible, rumbo a la sala común, intentando despejarse la cabeza y pensando que quizá hallara algo aburrido qué hacer.
No contó con que alguien más tendría esa misma idea. La figura que encontró en uno de los sillones colocados ante la chimenea sostenía un libro en las manos, aunque por la expresión de su rostro, no tenía la atención puesta allí, sino en algo totalmente diferente.
—Hola —saludó en voz baja.
La figura dio un respingo y delató su situación llevándose una mano a la cara, frotándosela con el dorso un par de veces, por debajo de los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Creí que no vendría nadie a esta hora, así que…
—¿Estás tú aquí cuando todos están dormidos para llorar a solas?
—¿Algún problema con eso?
—Sí, hay un problema. Eso no ayuda en nada. A la larga, te hace sentir peor.
—Claro, tenias que ser tú quien me dijera algo como eso.
Se quedaron callados por un momento.
—Pensé que era mejor que tratáramos de que Danielle se sintiera mejor, por eso…
—No querías ser precisamente tú quien se diera por vencida.
—¡No me estoy dando por vencida! Por si no lo recuerdas…
—Lo siento. No era mi intención, Rose.
La pelirroja abrió los ojos desmesuradamente, haciendo notar un poco más que había estado llorando por un largo rato antes de ser interrumpida.
—¿A ti qué te pasa, de todas formas? Te ves…
—No he dormido mucho últimamente.
Rose frunció el ceño.
—¿De verdad estás bien, Henry?
El aludido encogió los hombros.
—Es raro, ¿no? —comentó el castaño, con semblante pensativo —Me pongo a pensarlo y me doy cuenta que tú y yo nos la pasamos discutiendo.
—¡No es cierto!
—¿Ves? Siempre nos llevamos la contraria.
—No siempre. Los dos creímos, por ejemplo, que Thomas y Danielle no iban a durar.
—Eso lo creíste tú.
—¡Si, claro…!
—Por si no lo recuerdas, tú misma me llamas "antena sentimental" y…
—¿De verdad sabías que ellos dos iban a estar juntos?
Henry tuvo que negar con la cabeza, de mala gana.
—Lo sospechaba —admitió.
—En fin, eso no importa. Si no tienes nada más que…
—Le dije a Danielle que no voy a estar con ella un tiempo.
—¿Hiciste qué? —Rose se levantó del sillón, con el rostro reflejando su indignación —¡Ella nos necesita ahora! ¿Cómo se te ocurrió…?
—No puedo ayudarla si siento toda su pena, ¿comprendes? Me cuesta trabajo respirar, ya no se diga pensar como se debe. Hay momentos en los que ella se siente decaída y hasta culpable, pero se le pasa cuando Thomas está a su lado. Pero aparte hay algo que la tiene asustada. ¡Qué digo! No sé qué sea ese asunto, pero la tiene aterrorizada. Y no es la muerte de su cuñada, estoy seguro, pero no quiero molestarla ahora con preguntas tontas. Son demasiadas cosas que no puedo manejar, prefiero estar aparte unos días antes de decirle cosas que la puedan lastimar.
Cuando Henry acabó, se volvió hacia Rose, esperando un reclamo tras otro, como su amiga acostumbraba. Sin embargo, la encontró observándolo fijamente, sin moverse apenas, lo que hacía que destacara el parecido físico que tenía con su madre. Más cuando tenía los ojos de esa manera, muy abiertos y ligeramente aguados, como si fuera a llorar en cualquier momento.
—Rose, ¿estás bien? ¿Dije algo malo?
—No, claro que no. En serio, visto así, me alegra no ser tú. ¿No te podemos ayudar?
Henry negó con la cabeza. Se había grabado en la memoria, con cierta rabia, uno de los consejos de su abuelo para poder manipular su Legado: nunca pedir ayuda. ¿Qué podían hacer los magos y brujas normales ante habilidades como esa?
—¿No hay nada que te haga sentir mejor?
—Hay algo… —musitó Henry antes de darse cuenta —No, olvídalo —se detuvo, enojado consigo mismo por lo que había estado a punto de decir —Ya me las arreglaré.
—¿Seguro?
Henry asintió, pero sintió casi enseguida un sofoco. Tuvo que concentrarse en sí mismo para no tambalearse, porque enseguida supo que la opresión y la desesperación que le llegaron de pronto no eran suyas. Bastaba echarle un vistazo a Rose para darse cuenta.
—Estás molesta ahora mismo, ¿cierto?
—¡Pues claro! Uno de mis amigos la pasa mal y no puedo hacer nada, ¿cómo quieres que me sienta? No voy a ponerme a bailar, eso está claro.
Henry se atrevió a sonreír un poco ante semejante lógica. Y de pronto allí estaba, esa sensación tibia, lejana, que había captado revoloteando en el corazón de Rose al inicio del curso. Casi sin darse cuenta, se centró en ella, en cómo hacía que su amiga se relajara un poco, haciéndola sonreír ligeramente aunque se mordiera el labio inferior, claramente preocupada.
—¿Qué es eso?
—¿Qué es qué?
—Eso que estás sintiendo ahora.
La pelirroja arqueó una ceja, sin comprender. La sensación se apagaba poco a poco en ella.
—No sé de qué… ¿Estás usando ese poder tuyo conmigo?
Henry sacudió la cabeza, sin poder apartar su Legado de aquel difuso sentimiento, que seguía allí, mezclado con lo ofendida que estaba y lo agitada que se mostraba. Era como si su don familiar estuviera atado a esa emoción sin nombre, sin una razón aparente.
—No puedo evitarlo —se disculpó, sentándose en una butaca a su izquierda —Si me concentro en eso, no detecto nada más.
—Entonces dime cómo es. No te entiendo.
Rose enseguida fue a ocupar la butaca más próxima a su amigo, con expresión concentrada, indicándole con un ademán que le describiera lo que percibía. Henry iba a decirle que no debía molestarse, pero se atrevió a contarle lo que pedía, y conforme lo hacía, notó que la chica abría los ojos con sorpresa, lentamente, mientras sus mejillas palidecían y la emoción, que al castaño le resultaba desconocida, aumentaba de intensidad casi hasta marearlo.
Fue justo en ese momento en el que Rose meneó la cabeza con rapidez, dejó su asiento y salió corriendo rumbo a su dormitorio. Henry, en un chispazo de lucidez, identificó lo que había percibido. Se quedó muy quieto, cual estatua de piedra, por primera vez dudando de lo que su Legado le permitía captar.
Pero allí estaba. No había otra explicación. La pregunta era si Rose se había dado cuenta de que sentía una cosa semejante… Y qué haría una vez que lo admitiera ante sí misma.
Con su propio corazón en un puño, Henry descubrió que no quería saber la respuesta.
22 de Febrero de 2012. 7:16 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags.)
Buenas, damas y caballeros. ¿Qué, cómo los trata el mes cursi a unos días de finalizar? A mí me ha tratado más o menos (para más detalles, les recomiendo visitar mi blog), entre chamba, labores domésticas y falta de saludos de mis amigos el día catorce (Bell hace una mueca de fastidio). Lo más cercano que tuve a celebrar San Valentín fue el capi anterior, cuando me volví "Innombrable" para varios de ustedes.
Pasando al presente capi, ¿saben qué sentí? Que salía sin ton ni son. No se preocupen si hay partes que parecen no encajar entre sí, no leyeron mal ni deliran ni nada por el estilo. ¿Estaré perdiendo facultades?
Como sea, iniciamos todavía en Estados Unidos, con el funeral de Frida. Comenté en Twitter hace unos días que me estaba saliendo una escena tierna en LAV y era la de Patrick arrullando a Lance. Lo imagino y me sale la sonrisa tierna, con un nudo en la garganta (Bell sigue de luto por Frida). En cuanto a los estimadísimos desconocidos, ¡se mostraron en público! Pero creo que pocos van a recordarlos, debido al ambiente del lugar. Aquí no hubo pistas "descaradas" de quiénes son y… ¡Nah, no es cierto! Pero el chiste es que las sepan ver. Y la charla entre Danielle y Hally… Adivinaron, si no la he sacado, es para no destapar el misterio tan pronto. Soy mala, lo sé, pero así están las cosas en mi caótica cabeza. La inspiración volvió de sus vacaciones, pero hace lo que le da la gana.
Y ya de regreso en el colegio, Danielle y Rose tienen a sus amigos, que las apoyan y las defienden. Es bueno, ¿no? Saben que no están solas. Aunque a sus sentimientos de tristeza deberán sumarse los pequeños conflictos que toda chica de su edad ha de pasar.
Danielle va a meterse "donde no la llaman" (ya han de sospechar de qué se trata), lo cual será interesante. En cambio, Rose no sabe exactamente qué siente y cuando Henry se lo describió, no parecía demasiado contenta. ¿Ustedes qué creen que sea? Díganme algo más que el grito casi unánime de "junta a esos dos de una buena vez, Bell" que me llega en los más recientes comentarios respecto a Henry y Rose. Hasta me dan ganas de llevarles la contraria, nomás por fastidiar, a ver qué hacen (Bell rueda los ojos mientras se oculta en el refugio anti–bombas).
En fin, me despido, no sin antes recordarles que aún no tengo personaje para La Muerte. Eso me lleva también a mencionarles que ese Arcano es el trece (número truculento, lo sé) y que todavía faltan miembros de la Orden del Rayo por acomodar. Si no, ya avisé que asignaré yo a los personajes y luego no quiero quejas del asunto. ¿Estamos?
Cuídense mucho, saluden a marzo (que en mi hemisferio es el anuncio de la primavera, ¡al fin!) y nos leemos lo más pronto que pueda.
