A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Diecisiete: Al pie del cañón.

19 de enero de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Cayó una ligera nevada sobre Hogwarts que dejó enlodados los jardines, pero casi nadie advirtió su inicio, la mañana de ese martes de mediados de enero. Había clases en las que una mínima distracción podía costarte cara.

—¡Con cuidado! Recuerden en donde estamos.

El profesor Lupin se paseaba entre los estudiantes de Slytherin de cuarto curso, con ojos penetrantes, cuidando que nada se saliera de control.

Estaban divididos por parejas, en los duelos de práctica, y aunque la idea era bastante buena, no acababa de funcionar correctamente. Más que nada, gran parte de los jóvenes de la casa de la serpiente dejaban de manifiesto sus intereses a la hora de aprender por su cuenta, porque no recordaba haber enseñado ciertos conjuros para esa actividad en particular.

—¡Diez puntos menos para Slytherin! —se oyó que decía el profesor, por lo que varios dejaron lo que hacían para enterarse de qué pasaba —De pie, señor Mackenzie.

El nombrado, que había caído cuando un rayo de luz roja le dio en el pecho, obedeció de mal talante. Enseguida su contrincante recibió miradas fulminantes.

—Creo haberles indicado los hechizos permitidos para esta actividad, ¿me quiere explicar de dónde ha salido eso?

El profesor Lupin señaló con su varita algo en el suelo que causó exclamaciones de miedo en las chicas presentes. El docente movió la varita y lo que señalaba desapareció.

—Lo leí hace poco y quise ver si podía hacerlo —respondió Mackenzie con voz neutra.

—Es loable su intención de aprender, pero le recomiendo que se reserve esta clase de maleficios para cuando de verdad los necesite. Vaya a sentarse, ya lo vencieron de todas formas.

El chico asintió, pero cuando Lupin dejó de mirarlo, hizo notar su inconformidad con una mueca. A continuación, le dedicó una mirada llena de rencor a quien lo había vencido, antes de ir a uno de los bancos alineados junto a la pared.

—Todos, pueden continuar —indicó el profesor Lupin, recuperando su habitual serenidad.

Los alumnos salieron de su estupor y reanudaron la práctica.

Al final, solamente quedaban dos parejas que se empleaban a fondo, concentrados por completo en lo que hacían. El profesor Lupin rondaba a los cuatro duelistas con el ceño fruncido, hasta que en uno de ellos no logró esquivar un rayo de luz que lo hizo chocar de espaldas contra la pared más próxima, al tiempo que la varita saltaba de su mano.

—Bien hecho, señor Poe.

Walter asintió en silencio.

—¿Eso no fue ilegal?

—Claro que no, señor Calloway. Vamos, vaya a sentarse.

El muchacho accedió, dedicándole a Walter un gesto de fastidio.

¡Impedimenta! —exclamó alguien en el otro duelo, que no se había detenido —¡Desmaius!

El perdedor cayó sin mucho cuidado al suelo de piedra.

—Excelente combinación, señor Elliott —felicitó el profesor Lupin.

Sonriendo ligeramente, el pelirrojo anaranjado se encogió de hombros. En tanto, Lupin hacía que su oponente despertara, lo que no resultó agradable ya que comenzó a quejarse.

—¿No tienes educación, Elliott? Mira que tratarme de esa forma…

—Tranquila, señorita Scott. Aunque esto sea una práctica, hay que ser realistas, ¿entiende lo que quiero decir?

La nombrada dejó escapar un bufido de impaciencia antes de asentir.

—Muy bien, terminamos por hoy. Cinco puntos para cada uno de los que ganó su duelo de práctica. De tarea, quiero una crónica de lo sucedido en su respectivo duelo, y que lean el capítulo de su libro de texto dedicado a hechizos contra criaturas. Pueden irse.

Justo a tiempo, pensaron algunos, cuando la campana sonó dos segundos después de las últimas palabras de Lupin. Los estudiantes recogieron sus cosas y abandonaron el aula lentamente, sobre todo los que habían perdido, pues sufrían ligeras secuelas.

—¿Quién se sabe un buen maleficio? —interrogó Sunny, cojeando un poco. Le había costado mucho trabajo vencer a su pareja de duelo —Ese gorila de Sullivan está chiflado, se los digo en serio. Creo que se desquitó de aquella vez que lo derribé en Autodefensas Muggles.

—No lo dudes —Walter dio una cabezada.

—¿Y cómo se atrevió Mackenzie a usar semejante maleficio? —soltó Thomas, indignado.

Miraba a Danielle, que permanecía seria y callada, como era usual verla en aquellos días.

—Fue un tonto, ¿verdad? —apuntó la jovencita, arrugando levemente la frente —Se puso en evidencia con Lupin y nos hizo perder puntos.

—Por cierto, ¿va a salir del equipo o no?

Sunny estaba ansiosa por saber aquello ya que se acercaba el partido que jugarían contra Ravenclaw. A mediados de febrero, Gryffindor se enfrentaría a Hufflepuff y si ganaba, se colocaría como la casa favorita para ganar la copa. En tanto, si Slytherin quería quedar al menos en segundo puesto debía derrotar a Ravenclaw, pues la casa de las águilas había vencido a Hufflepuff poco antes de las vacaciones de Navidad.

—Se ha estado comportando en los entrenamientos —recordó Danielle, torciendo la boca —Y después del partido contra Gryffindor, ha jugado como se debe.

Sunny y Walter se miraron, inconformes al tener que admitir que su amiga tenía razón. En el partido contra Hufflepuff, Mackenzie había anotado casi la mitad de los puntos que los llevaron a ganarle a la casa de los tejones.

—Bien, que juegue —rezongó Sunny.

—Pero Danielle, vuelve a hacer algo estúpido en el campo y lo pagará —advirtió Walter.

La rubia asintió. No tenía nada contra eso.

Llegaron directamente al Gran Comedor para almorzar, pues los duelos de práctica les abrían el apetito. No así los de Gryffindor de cuarto, cuya cara de sueño delataba que venían de una somnífera clase de Historia de la Magia.

—¿Cómo pretende Binns que nos aprendamos todos esos nombres tan raros? —se quejó Rose, haciendo pucheros en tanto ocupaba un sitio a la derecha de una chica de sexto.

—Creo que no pretende nada, con eso de que está muerto… —apuntó Procyon.

Hally rió un poco ante semejante frase.

—No deberías quejarte, Rose. De todas formas, terminas copiando los apuntes de Hally.

La observación de Henry no fue recibida por la pelirroja de la forma habitual. La chica se limitó a dedicarle una mueca de fastidio antes de servirse lo que iba a almorzar.

—O los míos, ya que hablamos de eso —siguió Henry, arqueando una ceja.

—Entiendo, debo hacer mis propios apuntes. ¿Puedes dejar de regañarme?

—Como quieras.

Procyon y Hally intercambiaron miradas confusas. Desde hacía unos días que esos dos no se comportaban normalmente. ¿O acaso habían decidido, de buenas a primeras, que pelear por cualquier cosa no valía la pena? Era poco probable, conociendo el carácter de ambos.

—¿Weasley? —llamó de pronto un chico mayor, de revuelto cabello castaño cenizo y los colores de Slytherin en el uniforme —¿Tienes un minuto?

—No —respondió ella sin más, metiéndose a la boca un trozo de salchicha frita.

—Entonces lo diré aquí, ¿quieres venir conmigo a Hogsmeade en febrero?

La pelirroja se atragantó de la impresión, poniéndose a toser.

—¿Disculpa? —soltó cuando se recuperó, con el ceño fruncido —¿Tú quién eres, por cierto?

Al aludido no le hizo ninguna gracia que Rose no lo reconociera, pero se aclaró la garganta y se presentó como Calvert Howard.

—Le pidió una cita antes, ¿verdad? —le preguntó Procyon a Hally por lo bajo.

Ella asintió en silencio, sin perderse ni un detalle de la charla.

—¿No recuerdas el año pasado? —preguntó entonces Howard.

—¿El año pasado? No, ni idea.

Se notaba que Howard se armaba de paciencia, pues cerró sus ojos, pequeños y oscuros, por unos segundos, con gesto de contar mentalmente hasta diez.

—Te envié una tarjeta, Weasley. Por tu cumpleaños.

—¡Ah, sí! Disculpa, eran demasiados nombres. ¿Qué, era en serio lo de salir?

Howard asintió, con una sonrisa que pretendía ser amistosa, pero se veía muy tensa.

—Lo siento, pero no quiero salir con nadie. Por eso no contesté ninguna tarjeta.

—Pero ya ha pasado tiempo, así que pensé…

—No estoy de humor en estos días, ¿te enteras? Y aunque no fuera así, sigo sin querer citas.

Rose parecía ponerse de peor humor con cada segundo que pasaba, cosa que Howard de alguna forma debió notar, porque hizo un ademán de despedida y se fue a su mesa. Al verlo marcharse, la pelirroja bufó, exasperada, antes de seguir comiendo salchichas.

—¿Por qué no quieres tener citas? —quiso saber Hally, hablando en tono amable.

—Son una pérdida de tiempo.

—¡No puedes hablar en serio!

Rose no contestó enseguida. Masticó despacio un bocado de pan antes de aclarar.

—Si son con alguien que no quieres, son una pérdida de tiempo.

—Ah, ¿entonces si la cita te la pide la persona que quieres, irías? —se involucró Procyon.

—No.

—¿Y eso por qué?

—Porque sé que nunca va a pedírmela.

Sus amigos de cabello negro volvieron a intercambiar miradas, esta vez con preocupación.

—¿Qué te hace pensar semejante tontería? —espetó Henry con brusquedad.

De nuevo, Rose se tomó su tiempo para responder. Comía despacio lo que le quedaba en el plato, cosa que en ella era bastante extraña, hasta que tras un trago a su jugo de calabaza, replicó con una seriedad que mostraba en contadísimas ocasiones.

—A veces no me entiendo ni yo, chicos. ¿Cómo voy a pedirle a un perfecto extraño que lo haga?

—¿Eso es necesario? —inquirió Procyon, con cara de no entender bien el asunto.

—Para mí, sí. Es decir, miren a Danielle y a Thomas: a simple vista parecía que no durarían, pero ahora están juntos cada que pueden. Es porque se entienden, ¿no? Y no me digan que se la pasan juntos por la muerte de Frida, suena mal.

Los otros tres reconocieron, mentalmente, que eso era cierto.

—Quizá papá tiene razón y me parezco a mamá más de lo que pensaba —soltó de pronto la pelirroja y a sus amigos les dio la impresión de que quería cambiar de tema —Con ideas tan raras cuando no vienen al caso. En fin, ¿puedo preguntarte una cosa antes que me vaya a Cocina?

La jovencita miraba a Procyon, quien se quedó bastante desconcertado antes de asentir.

—¡Eh, Rose! —saludó con alegría Nerie Longbottom, que recién se había levantado de la mesa con la mochila a cuestas —¿Te llegó correo en estos días?

—No, ¿por qué?

—A mí sí, de parte de mamá, ¡Allie va a tener un bebé! ¿No es genial?

—¿Allie? ¿En serio? —cuando Nerie asintió, Rose sonrió ampliamente —¡Estupendo!

—¿Verdad que sí? Mamá dice que Allie regresa el mes que viene, ¡y va a vivir en Ottery, como nosotros! El esposo de Allie compró una casa allí.

—Espero poder visitarlos pronto —deseó Rose.

Nerie, sin dejar de sonreír, se despidió a toda prisa, alegando algo de unas tareas pendientes.

—¿Dónde está tu prima ahora? —preguntó Henry.

—Fue a una reserva mágica en Madagascar, a estudiar a los erumpent. ¡Válgame! —la pelirroja consultó su reloj —Apenas voy a tener tiempo. ¿Vienes, Procyon? La pregunta es en privado.

El recién nombrado asintió, levantándose al mismo tiempo que su amiga para poder hablar a solas, mientras salían del Gran Comedor.

—Me preocupa Rose —susurró Hally —¿Qué le pasará?

Henry se encogió de hombros, aún intuyendo la respuesta.


Rose acabó muy cansada aquel día. En Cocina y Repostería Mágicas, la profesora Hagrid los había puesto a trabajar muchísimo; comprendieron el motivo cuando vieron algunos de los platillos confeccionados siendo enviados al Gran Comedor por los elfos domésticos. Tras una comida abundante, la pelirroja se marchó a Estudios Muggles, donde casi se muere de aburrimiento por el tema del día, que hablaba de los artefactos que los muggles creaban para comunicarse.

—¿Qué más da qué tiene adentro un teléfono? —se quejó Simon Combs al dejar el aula.

El profesor Price les había mandado una redacción sobre el mecanismo interno de un teléfono, así como el procedimiento que seguían los muggles para utilizarlo. Pero los alumnos se guardaron sus comentarios hasta estar, por lo menos, a un piso de distancia de los oídos del profesor, ya que en algo se parecía a su colega de Autodefensas Muggles y era en dejar las tareas en proporción con las quejas que escuchaba.

—Es para comprender cómo funciona —comentó Thomas serenamente.

Combs no le prestó atención y se marchó a su sala común, seguido por Nicholas Dickens.

—Tenemos que correr —Paula consultó su reloj y le hizo una seña a Amy —¡Hasta la cena!

Las dos chicas se fueron a la Sala de los Menesteres, a su entrenamiento semanal de animagia. Rose las observó marcharse con aire despistado hasta que Thomas y Danielle la hicieron reaccionar, anunciando que se iban a su sala común para terminar su tarea de Encantamientos.

—¡Válgame, es verdad! —exclamó la pelirroja —¡Se entrega mañana!

Los tres amigos se separaron y Rose corrió hacia el séptimo piso, divisando en pocos minutos el retrato de la Señora Gorda. Pero alguien se le puso enfrente y la hizo tropezar.

—¡Eh, más cuidado!

—¿Por qué tanta prisa, Rose?

Al oír la voz de la persona con la que por poco choca, la nombrada compuso una mueca.

—Voy a terminar lo de Encantamientos. Lo acabo de recordar, así que…

—Puedo prestarte mi trabajo, si quieres.

—¿Desde cuándo haces eso, Henry?

El castaño se encogió de hombros.

—Bien, te tomaré la palabra, pero solo porque dejé mi tarea a medias. Vamos.

Caminaron hasta quedar a un par de metros de la entrada de la torre de Gryffindor, pero Henry la detuvo sujetándole el hombro.

—¿Qué pasa? —quiso saber Rose.

—Nos buscan —respondió Henry sin más.

—¿Quiénes?

—Hally y Procyon. Quieren preguntarnos qué sucede, porque ya no peleamos como antes.

Rose resopló, disgustada.

—¿No podrían esperar a que termine lo de Encantamientos?

Henry dejó escapar una risa breve, baja, al tiempo que meneaba la cabeza.

—No, ellos ya acabaron. Podemos ir a la biblioteca, saben que normalmente no vas a menos que tengas muchas tareas.

—¿Y tú qué?

—A mí ya me buscaron allí, pero como los sentí llegar, me les escapé.

—¿Puedes hacer eso?

Henry asintió mientras daban media vuelta y se iban a la biblioteca, cruzándose con algunos que terminaban sus clases y querían descansar un poco en la sala común antes de cenar.

—No es tan difícil para mí —contó Henry de repente, con una voz relajada que Rose le oía, si acaso, al salir a los jardines o después de los entrenamientos de animagia —Cada persona tiene algo en sus sentimientos que es único. No me preguntes qué es, no sé explicarlo. Una vez que detecto ese algo en una persona, no lo olvido. Y siendo ustedes mis amigos, lo distingo más fácil.

—¿Por qué?

—Porque siento algo por ustedes. Y con eso, los conecté conmigo.

—¿Cómo el enchufe de esos aparatos eclécticos que usan los muggles?

—Se dice eléctricos, Rose. Y sí, es algo parecido. O como si cada persona fuera una estación de radio y yo fuera el único aparato que puede captar lo que dicen.

—Eso suena demasiado…

Rose hizo un gesto para abarcar su alrededor, con gesto de no poder imaginar algo semejante. Sin embargo, Henry percibió en ella un sentimiento similar a la decepción, pero al mismo tiempo, detectó la emoción similar a un ave aleteando alegremente.

Tibia… Lejana… Intensa…

Habían alcanzado la entrada de la biblioteca cuando Henry se detuvo. Rose, distraída, no se dio cuenta hasta que volteó a su derecha y no lo vio. Extrañada, dio media vuelta y aunque él parecía estar bien, sus ojos se veían tan tristes como cuando lo conoció.

—Oye, ¿qué pasa? —le preguntó.

Henry sacudió la cabeza. Lo que se parecía a la decepción se esfumó del ánimo de Rose, y eso fue un alivio. Sin embargo, la otra sensación seguía allí, envolviéndolo, mareándolo y obligándolo a hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerlo a raya.

—Sentí algo raro, creo que viene de allí —el castaño señaló la biblioteca con una temblorosa mano —¿Por qué no vamos a otra parte?

—Claro. Creo que Hally me enseñó un pasadizo bloqueado.

—¿Un qué?

Rose se lo llevó de la mano hasta la cuarta planta, donde uno de los muros era adornado por un bonito espejo de marco plateado decorado con filigrana dorada. El espejo era casi tal alto como el profesor Hagrid y eso era mucho decir.

—Aquí —Rose tocó la parte derecha del marco, donde una filigrana tenía una curiosa forma de cerradura —Ayúdame a abrirlo.

Henry obedeció, empujando el espejo como si de una enorme puerta se tratara. Al otro lado encontraron un pasillo de techo curvado, pequeño y oscuro, aunque se alcanzaba a ver un montón de piedras a pocos metros. El trozo inicial del pasillo, de unos tres metros de largo, era suficiente para contener a una docena de personas de pie.

—Hally halló el pasadizo con el mapa que le regaló su padre, pero yo recordé que… Bueno, los Insólitos supieron por tío George que estaba bloqueado. Solo venían aquí a armar planes, ya te imaginarás cuáles. Podemos quedarnos un rato, hacer lo de Encantamientos y…

—Tu prima Frida fue la que te habló de este lugar, ¿verdad?

Rose se encogió de hombros, acomodándose en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y sacando pluma, tinta, pergamino y su ejemplar de Libro Reglamentario de Hechizos, Curso Cuarto.

—Oye, sé que no quieres hablar de…

—¡Claro que no quiero hablar de eso! Lo único que se me ocurre para que no me duela tanto es no decirlo y acordarme de cosas buenas. ¿Es muy raro?

Pues no, Henry sabía que no era raro. Al contrario, era lo que muchos recomendaban para recuperarse poco a poco de pérdidas semejantes. Pero lo que Rose decía no se parecía a lo que sentía, porque aunque estaba casi tan devastada como Danielle, ella no dejaba de sentirse mal por algo. ¿Acaso había dejado un asunto pendiente con su prima? Conociendo a Rose, quizá fuera algo insignificante, pero que a ella le importara mucho. El castaño respiró profundamente.

—Eso no es bueno —dijo él fingiendo indiferencia, sentándose a su izquierda y sacando un par de pergaminos de su mochila para pasárselos —Mi mamá no puede hablar de mi papá sin ponerse a llorar, ¿sabías? Así que no puedo pedirle que me cuente cosas de él. Tengo que esperar a que ella sea la que me cuente lo que quiera. ¿Y Thomas? Si no nos cuenta lo de su amigo muggle, nunca hubiéramos sabido por qué los dementores lo ponen tan mal. ¿Así cómo lo ayudábamos?

—¿Crees que… que si hablo un poco de todo eso… nadie se va a enojar conmigo?

Henry asintió, percibiendo temor en su amiga, un miedo parecido al de un niño que jugando con algo que lo hirió una vez, no quisiera volver a tocarlo.

—¿Por qué se iba a enojar alguien contigo? Ella también era tu prima. También la querías.

—Sí, pero… Bueno, tú lo dijiste, Frida era mi prima. Nada más.

—¿Nada más? ¡Era tu familia, Rose! Como yo tengo a mi tía Itzi, la prima de mi mamá y mi tío. No la veré muy seguido, pero la quiero y si le pasara algo…

El chico se revolvió el cabello. Por un instante, se acordó de sus últimas vacaciones junto a sus parientes mexicanos, en las cuales vio a su prima distante, silenciosa, meditabunda… Y con el primer Legado que le había tocado, no quería imaginarse las razones.

—¿Pasa algo malo con tu tía? Ella es la que… sueña el futuro, ¿no?

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Preocuparte por mí. Mejor desahógate primero.

—No entiendo…

—Si estás triste, llora. Si estás feliz, ríe. Si estás enojada, grita. Es simple.

Rose asintió, sonriendo levemente y tomando de nuevo sus cosas. Henry iba a reprenderla, pero notó que mientras leía los pergaminos que le había dado y tomaba unas cuantas notas, de sus brumosos ojos brotaban lentas lágrimas. La pelirroja se cuidaba de no manchar con ellas ninguno de los pergaminos, pero era un poco extraño verla escribir, leer, sonreír y llorar, todo a la vez.

Tardó un largo rato en terminar su tarea, pero al hacerlo, Rose observó el resultado con aparente satisfacción, aunque siguiera lagrimeando y con un amago de risa queriendo salir de su boca. Finalmente le devolvió sus pergaminos a Henry, enrolló el propio con sumo cuidado y echó la cabeza hacia atrás con lentitud, para no golpearse con el muro de piedra, mordiéndose el labio inferior y con los ojos fuertemente cerrados.

—No vas a acusarme, ¿verdad? —quiso saber ella —Con Danielle, quiero decir. Ella…

—Ahora no nos hablamos, ¿recuerdas? No te preocupes.

—Luego vas y dices que no eres una antena sentimental.

Henry sonrió, lo cual fue captado por Rose.

Y allí estaba de nuevo la emoción de ella que a ninguno de los dos parecía dejar en paz.

—Creo que estoy a punto de volverme patética.

—¿De qué estás…?

El castaño no pudo terminar la frase. Sus ojos verdes se abrieron al máximo, lentamente, sin creerse de verdad lo que estaba sucediendo.

¡Pero eso era imposible! ¡Se trataba de Rose! La misma Rose que lo desesperaba, lo frustraba y le hacía discutir cada dos por tres. La misma pelirroja que no mostraba delicadeza con frecuencia. La misma chica que cuando jugaba quidditch o se concentraba, se mostraba como su madre, centrada y con buenos instintos. La misma amiga que se transformaba en un animalito que, estando él en su forma animaga, apenas se resistía a lastimar.

Esa misma jovencita se había limpiado las lágrimas apresuradamente, antes de dedicarle una gran sonrisa y tomar una de las manos de él entre las suyas.

—Sé que no soy la mejor amiga del mundo, pero gracias por todo —le musitó —Yo… Oye, si te pasa conmigo lo mismo que con Danielle, tienes que avisarme, ¿sí? Para no ser un fastidio.

—No… Tú no eres un fastidio —susurró Henry cuando recuperó el habla.

—¡Sí, claro! Por eso nos la pasamos como perros y gatos, como a veces dice Hally.

—Rose…

—Como sea, ¿crees que podamos bajar ahora? Ya debe ser hora de la cena.

—Rose…

—Y espero que esos dos no nos anden buscando todavía, que si no…

—¡Rose!

—¿Qué?

—¿Podrías soltarme de una buena vez? Me…

Henry no pudo terminar lo que decía. Sintió de pronto una especie de golpe, algo que lo asfixiaba, lo hacía sentir como si cayera al vacío después de golpearse la cabeza con una bludger…

Después, su mente quedó en blanco y vio todo negro.


—¡No más de seis personas a la vez!

La señora Finch–Fletchley frunció el ceño con cierta molestia ante la escena y al mismo tiempo, no se sentía bien diciendo eso al montón de estudiantes de cuarto que se había presentado. Miró a su izquierda, hacia una mujer de cabello castaño y ojos grises, cuya diestra enguantada en color rojo y blanco se aferraba a otra mano, más pequeña.

—No me molestan —dijo la castaña de ojos grises, con una leve sonrisa.

—De acuerdo, pero no pueden quedarse mucho tiempo, ¿se encargaría de que se marchen en quince minutos, profesora?

La aludida asintió y así, la señora Finch–Fletchley consintió en retirarse a su despacho.

—Les agradezco mucho su visita, chicos, pero no creo que haya algo que puedan hacer.

La profesora Nicté observó, uno por uno, a los amigos de su hijo, quien era la inconsciente figura en una cama de la enfermería. Le sujetaba la mano con un suave apretón, como si quisiera que reaccionara de una buena vez.

—¿En serio, profesora? —quiso saber Amy Macmillan, con voz tímida.

—¿Sabe qué le pasó? —se atrevió a preguntar Paula Hagen, intentando parecer serena.

—Posiblemente. Pero no es algo que pueda discutir con ustedes.

Los jóvenes se miraron unos a otros. A la profesora Nicté no le pasó desapercibido el gesto, por lo que sutilmente, hizo uso de su Legado para saber de qué se trataba aquello.

«¿Tendrá que ver con lo de su don familiar?»

«Espero que se ponga bien»

«Es tan raro ver a Henry así…»

«Pensé que había dicho que separándonos unos días, estaría mejor»

«Ay, no, ¿acaso dije algo malo?»

La profesora dio un respingo ante la última idea que había captado. Venía impregnada de culpa, de angustia, pero también de algo increíble… y que la hizo marearse.

—¡Profesora! ¿Está bien?

El chico más cercano a ella, un castaño de ojos negros (Bryan Radcliffe, si no se equivocaba), la sujetó con cuidado al verla tambalearse en su silla. La mujer le agradeció con un gesto de mano.

—Ahora, muchachos, ¿de pura casualidad podrían decirme cómo sucedió esto?

A la vez, los demás presentes fijaron los ojos en Rose Weasley, una chica alta y pelirroja que se estrujaba las manos con nerviosismo, apretando los párpados.

—Lo siento, profesora, no sé… —comenzó a explicar Rose —Henry me estaba ayudando con una tarea que todavía no terminaba, y luego nos pusimos a platicar y…

«Se lo dije, ¡se lo dije! Que si le pasaba conmigo lo mismo que con Danielle…»

—Comprendo —aseguró la mujer de pronto —No se preocupen, Henry se recuperará. Aunque deberé disculparlo con el resto de mis colegas por el día de mañana.

—Eso le dará un ataque, le encanta ir a clases —musitó Rose, con un amago de sonrisa.

La profesora sintió de nuevo el mareo queriendo acometerla, pero pudo soportar la sensación.

—Será mejor que se marchen, chicos. No quiero que los castiguen, es tarde.

Poco a poco, el numeroso grupo se encaminó a la puerta, mirando por encima de su hombro hacia su amigo dormido, y salieron a paso lento. La profesora esbozó una sonrisa.

—Tienes buenos amigos —susurró, apretando un poco más la mano de su hijo que todavía sostenía —No me extraña que sus sentimientos te afecten tanto.

Sin embargo, el asunto la inquietaba. No porque Henry les hubiera contado a sus amigos sobre los Legados, ya que todos eran discretos con el tema. No, la tenía intranquila que fuera afectado físicamente de ese modo, pues indicaba que el Legado aumentaba de intensidad. Normalmente, eso no pasaba entre los Nicté cuando se era tan joven y en todo caso, Henry era un mestizo; para un Legado, eso equivalía a ser conducido a la extinción, diluyéndose poco a poco. O eso era lo que le decía la historia familiar. Aunque claro, ella había sido la primera en siglos que se casó con alguien que no solo no era sangre limpia, sino que tampoco era mexicano. ¿Tendría eso alguna relación?

—No —se dijo en voz alta —Es ese sentimiento, ¿verdad, Henry? No supiste qué hacer con él, ¿cierto? Espero que comprendas pronto el por qué. Presiento que lo interpretaste mal.

Eso era lo que Abil Nicté Graham quería creer. Por su hijo, al que amaba tanto.


20 de enero de 2021.

Londres, Inglaterra.

Apartamento 4, Tercera Planta del edificio Windsor.

No lo habrían creído posible si no lo hubieran visto.

Aquel conocido como Sátiro no solo por un acuerdo, sino también por su sentido del humor, apenas salía de su refugio en Elephant and Castle por estar enfrascado en libros. Esa actitud no era muy propia de él… a menos que se tratara de un asunto particularmente importante.

Ninguno de sus amigos había conseguido sacarle qué estaba buscando con tanto afán. El de cabello rojizo y ojos verdes, Volador, fue quien más intentó hablar con Sátiro, pero no consiguió enterarse de otra cosa que vaguedades. Así que mientras charlaba con su amigo, le echó un vistazo de fingido desinterés al material de lectura esparcido por la mesita de centro de la cuadrada sala. Y arqueó una ceja al darse cuenta del tema en común.

Tuvo que decirles después a sus amigos que tenía por la cordura de Sátiro.

—¿Hablas en serio? —espetó de repente la mujer de ojos grises, revolviéndose con una mano su flequillo negro —Ya sabemos que tu amigo–casi–hermano tiene ideas un poco locas, pero…

—Es que no está viendo la idea como una locura —explicó Volador en tono conciliador.

—¿Ah, no? ¿Acaso piensa convertirse en un experto en el tema porque quiso y ya?

—Oye, que no se te olvide que te aguanto porque me lo pidieron las chicas, que si no…

—Basta, los dos —pidió la castaña de ojos negros, con el ceño fruncido —No llegaremos a nada preocupándonos. Es mi turno de hablar con él.

Los demás asintieron en silencio. Si ningunos de ellos podía sacarle algo coherente a Sátiro, quedaba como último recurso que Dríade lo intentara.

La mujer esperó a que el resto del grupo saliera del departamento para cumplir con sus diversos encargos. Fue a la sala con una charola donde había acomodado un servicio de té y un plato de galletas recién hechas, sentándose junto a Sátiro, en el suelo, sirviendo las tazas con serenidad.

—¿Algo interesante? —inquirió ella con suavidad.

—Ojalá —respondió Sátiro distraídamente.

Dríade bebió un sorbo de té, echándole un vistazo a los libros y pergaminos desperdigados por la mesita de centro, donde apenas había encontrado espacio para colocar la charola. Reconoció la caligrafía alargada y elegante del que, a su izquierda, estaba prácticamente abstraído con un volumen grueso y pequeño, encuadernado en cuero.

—Me niego a aceptarlo —dijo de repente Sátiro, cerrando de golpe el libro que consultaba —Guapa, ¿está mal pelear contra lo que ya está dicho? No estamos en la mejor posición para decirlo, pero es… ¡No, me niego a aceptarlo!

—¿De qué estamos hablando? —quiso saber Dríade, frunciendo sus delgadas cejas.

—Es… Vamos, es algo complicado. Ni yo mismo lo he acabado de entender. Intento encajar las piezas tal como me dijo Malfoy, pero no veo todo igual que él.

—¿Malfoy? ¿Es por ese asunto que tienes en privado con tu damita?

—Algo así. Yo lo único que quería era ayudar a la damita, pero nunca pensé en toparme con algo como esto. Eso me recuerda… ¿sabes qué significan estas runas, verdad?

A continuación, Sátiro escribió en un trozo de pergamino tres símbolos, explicando que eran parte de la identificación que ostentaba Draco Malfoy en Azkaban.

Eihwaz, peorth, hagal… —musitó Dríade, pensativa —¿Por qué asignarle semejantes runas a Malfoy? Si lo que nos has contado es cierto, no le quedan para nada.

—¿No le quedan?

—Pues no. Eihwaz, en primer lugar. Significa defensa. ¿Acaso defendía algo cuando cometió sus crímenes? Lo dudo mucho. Peorth se usa, normalmente, para indicar secretos y eso hace pensar que aún no ha confesado todo lo que hizo o los motivos reales de lo que hizo. Por último, hagal, que normalmente indica demora u obstáculos. ¿Acaso sus crímenes son demoras? ¿Un obstáculo para algo más allá de lo que los aurores pueden ver?

—Si lo que me dijo Malfoy es cierto, y no estoy diciendo que le creo, cometió esos crímenes por una buena razón. Él protegía algo —Sátiro señaló la runa eihwaz con un dedo —pero no se lo contó a nadie, ni siquiera a su esposa —ahora golpeteó la runa peorth que había escrito a toda carrera —Y claro, uno podría pensar que para él, su estancia en Azkaban es un contratiempo —tomó la pluma de águila con la que había estado escribiendo e hizo un círculo alrededor de la runa hagal —No he podido averiguar en qué se basan para asignar las runas a los presos, pero si lo hacen al azar, aquí coincidió mucho.

Se quedaron en silencio un momento, lo que Sátiro aprovechó para tomar de nuevo el libro pequeño que había estado consultando. Dríade alcanzó a ver el título en el lomo y arqueó una ceja.

—¿En serio estás leyendo un libro que se llama Historia de la Cartomancia?

La voz femenina sonaba incrédula, pero no molesta. Sabía de sobra que su compañero tenía una forma de pensar muy particular. Nunca se tomaba las cosas demasiado en serio, al menos en apariencia, pero sorprendía gratamente al hacer gala de su inteligencia en momentos de necesidad. Si ahora estaba tomando por cierto lo que decía un libro sobre una de las ramas más inexactas de la magia, debía ser porque, como mencionó Volador, no veía todo aquello como locura.

Para Sátiro, lo que leía y garabateaba debía tener alguna lógica.

—Tú tomaste Adivinación en el colegio, ¿no, guapa?

—Lo hice, pero lo dejé en cuanto hice el TIMO. Si en algo tenía razón nuestra amiga pelirroja era en que se trataba de mucho trabajo para tener tan pocas satisfacciones.

—¿Eso dijo la pelirroja? No me extraña. En fin, estoy leyendo este libro muggle…

—Espera, ¿es muggle?

—Sí, lo saqué de la biblioteca del Museo Británico, aunque allí no lo sepa nadie.

—¡Lo robaste!

—No, lo tomé prestado. No pienso quedármelo. Además, quiero intentar colarme a la parte mágica del museo, oí algo de unos libros de hechizos que…

Sátiro sonrió con picardía, lo que hizo que Dríade meneara la cabeza.

—Aunque claro, eso no es importante ahora —prosiguió Sátiro, volviendo a ponerse serio —Puedo intentar colarme allí cuando volvamos a casa. Lo que me llamó la atención en este libro es lo que aparece aquí, ¿lo reconoces?

El hombre pasó las páginas del ejemplar con rapidez, hasta llegar a una sección ocupada enteramente por ilustraciones, las cuales les mostró a Dríade. Ella arqueó una ceja, tomó el libro de manos de Sátiro y echó un vistazo.

Las imágenes eran bastante buenas, aún siendo fotografías muggles, demasiado quietas para su gusto. Captaban los delicados trazos que conformaban aquellos dibujos, las precisas pinceladas de color que componían cada figura. La caligrafía con que cada una de esas imágenes ostentaba su nombre era elegante, impersonal y con el mínimo de florituras, pese a ser más o menos del siglo XVI. Costaba creer que fueran fotos de cartas de tarot y no de cuadros magistrales.

Y entonces fue que se fijó en una de las cartas, donde una figura humana sin rostro, vestida con una larga túnica de un color incierto y desvaído, sostenía un largo bastón y caminaba mostrando su perfil izquierdo y con la frente en alto. Iba hacia el borde de un acantilado, mientras un perro mordisqueaba los bajos de su túnica.

Le MatDríade leyó el nombre de la carta, incrédula —Espera, eso es… Ese dibujo…

—Sí, eso mismo pensé. Esta baraja en particular se ha convertido en mito para los muggles, hay pocas copias en el mundo. La que sale aquí es la que guardan en un museo de Marsella. La original ni siquiera se sabe dónde nació o dónde pudo haberse perdido. Hay tantas lagunas en la historia de esta baraja que apuesto mi moto a que se trata de un asunto mágico. Más cuando es el origen de nuestras pequeñas "vacaciones involuntarias" en este lugar.

—Tiene sentido —Dríade se permitió arquear las cejas —Me sorprende que encontraras una pista de nuestro problema en el mundo muggle. A ninguno se le había ocurrido buscar allí.

—En realidad, buscaba material para tratar de descifrar el rompecabezas truculento que me contó Malfoy, una cosa llevó a la otra y de pronto me vi hojeando este libro. Cuando vi las fotos de esta baraja, decidí traérmelo. Intentaré hacer una copia para poder devolver el original antes que lo echen en falta. ¿Me ayudarás?

—¿Por qué no?

Aunque Dríade encogió los hombros con elegante indiferencia, esbozaba una ligera sonrisa, así que Sátiro, sin poder contenerse, se acercó a ella y la besó con suavidad.


20 de enero de 2012.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Rose aprovechó que tenía tiempo antes de la hora de comer para pasarse por la enfermería.

Iba sola, pues el resto de sus amigos estaba ocupado terminando un par de tareas, entre ellas una inaguantable (así la describió Sunny) redacción sobre antídotos que Snape les había dejado. A decir verdad, la pelirroja también debía acabar esa redacción, pero no le dio importancia.

O mejor dicho, no le parecía tan importante en ese momento.

Llamó a la puerta de la enfermería, pero nadie le contestó. Arqueando una ceja, entreabrió la puerta solamente para asomar la cabeza.

—¿Hola? ¿Puedo pasar? —preguntó en voz alta.

Oyó murmullos al fondo, por donde estaba la cama de Henry. Arqueando una ceja, Rose se decidió a entrar, caminando con lentitud por si la enfermera le salía al paso y le ordenaba irse. Pero no sucedió y llegó hasta la cama de su amigo, parcialmente cubierta por un biombo, el cual estaba oscurecido por la sombra de alguien sentado al otro lado.

Pero no era la profesora Nicté la que estaba allí, pues la sombra era de un hombre.

La pelirroja oía mejor los murmullos, aunque no comprendía nada. O casi nada, ya que le pareció identificar el idioma. No en vano había vivido casi cinco meses con tía Penélope y su prima Penny en España. Aunque el acento que usaban los dos conversadores era bastante curioso.

—No sé… pesado… injusto…

Era la voz de Henry, pero Rose comprendía únicamente palabras sueltas o frases a medias. Lo que sí podía notar era el tono de su amigo, más molesto a cada sílaba, aunque no hablara muy alto.

—Tú puedes… Es simple… Ciérrate…

La otra voz, más grave y fluida, Rose sentía que la había oído en alguna otra parte.

—¿Cómo…? ¿Funcionará?

—Espero… Ponte listo… matarte…

La chica sintió un escalofrío. Deseó no haber podido entender lo último.

—No… Será fácil… Quizá si…

—Bien… Tranquilo… Piénsalo…

La curiosidad pudo más con Rose y finalmente terminó de acercarse, aunque no se asomó al otro lado del biombo hasta anunciarse.

—¿Henry? ¿Estás despierto?

—¿Rose? —el castaño se oía extrañado —¿Qué pasa?

—Vine a verte. Y a traerte los apuntes de la mañana. ¿Quién está contigo?

—Mi tío. Te puedes acercar.

Ella finalmente rodeó el biombo y se quedó de pie a los pies de la cama de Henry, que ya lucía menos pálido que el día anterior. Anom Nicté, sentado en una silla de madera, le dedicó una sonrisa a modo de saludo, acomodándose inconscientemente una manga de su túnica azul marino.

—Ah, la hija de Ronald —dijo Anom, dando una cabezada —Mucho gusto en saludarte.

—Igualmente.

—Bien, me gustaría quedarme más, pero tengo un trabajo de campo —Anom fingió una mueca de fastidio al ponerse de pie —Espero que ya no des estos sustos, Henry. Piénsalo —añadió en español —Hasta luego, Rosa —dijo en inglés, inclinó la cabeza ante Rose, sonrió y se marchó.

—¿Cómo me llamó? —soltó la pelirroja en cuanto la puerta de la enfermería se cerró tras el hombre —¿De qué te ríes?

Henry se contenía, pero se veía divertido por algo. Cuando se calmó, respiro profundamente.

—Las primeras cuatro letras de tu nombre —explicó —Pueden usarse para nombrar dos cosas en español. Una es…

—Sí, ya. El color rosa. ¿Qué? —el castaño había levantado una ceja, así que le tocó a su amiga explicarse —Me lo contaron mis primos, y luego yo le pregunté a mamá. Cuando nací, papá quería ponerme un nombre que le recordara al color rosa, entonces tío Percy le dijo el nombre del color en varios idiomas hasta que salió esa palabra, rosa —la jovencita se esforzó mucho pronunciando correctamente la palabra en español, sin mirar a Henry —¿Cuál es la otra cosa? ¿Es algo bonito?

—Así te dicen a ti. Tú dime.

—¿Qué, la flor?

Henry asintió. Por un segundo, creyó que no estaba tan mal poder conversar con Rose de forma más o menos normal, aunque no se hacía ilusiones. Su amiga podría ser buena persona, pero en su opinión, su personalidad era inestable, en el sentido de que no sabía qué reacción esperar a sus palabras, dichas casi siempre sin mala intención. Aunque admitía que concentrarse en las pequeñas disputas con Rose le evitaba fijarse en la amalgama de sentimientos a su alrededor.

En ese momento, la pelirroja dijo algo, pero Henry no la escuchó. Sumido en sus reflexiones, había llegado a una conclusión extraña, irracional para su gusto, y sin embargo…

—¿Qué te parece?

—¿Decías?

—¡Henry! ¿En qué estás pensando? Voy a creer que ese don tuyo te afectó el cerebro.

—Algo hay de eso, sí.

—Ah…

La chica se sonrojó un poco, en verdad avergonzada.

—Bueno, considerando que no puedo pensar bien cuando percibo lo que sienten los demás, sí, mi Legado me afecta el cerebro. Pero no te preocupes, ¿qué me decías?

—Pues… Era sobre el plan que empezamos a armar hace tiempo. Ya sabes, el de noche…

—Lo recuerdo. ¿Quieren hacerlo una noche de este curso?

—Después de la temporada de quidditch, sí. ¿Tú qué opinas?

—Me parece bien, tendremos más tiempo libre cuando la temporada termine. Aunque me pregunto de dónde sacaron semejante idea esos dos…

—¿Quiénes, Hally y Procyon? No sé, se les ocurrió de repente. A veces asustan cuando se ponen de acuerdo de esa forma, me recuerdan a…

Rose se encogió de hombros, pero Henry detectó la punzada de dolor que el rostro de ella se empeñaba en no mostrar. Suspiró.

—Oye, te agradecería mucho que conmigo no fingieras algo que no sientes, ¿quieres hacerme ese favor? Ahora no estoy en mi mejor momento.

Ella lo miró, ladeando ligeramente la cabeza, y por haberlas visto juntas antes, Henry sintió que aquel gesto acentuaba el parecido de Rose con su madre.

—Se me olvidaba —comentó la pelirroja, desconcertando a su amigo —Es difícil ser tú.

—Como sea. ¿Quisieras…?

—Los Insólitos eran así.

—¿Qué?

—Las chicas, sobre todo. Ellas a veces presentían lo que los chicos pensaban y lo decían al mismo tiempo. Sobre todo a la hora de hacer bromas. Era… era muy gracioso.

Henry la miró, atónito, pero al mismo tiempo, aliviado. Rose por fin había podido hacer alusión a su prima muerta sin derrumbarse. Y según percibió, ella también se sentía aliviada, incluso un poco feliz, por acordarse de algo así sin sentir también tristeza.

Pero en cuanto la sensación similar a un ave comenzó a agobiarlo, Henry se concentró todo lo que pudo en bloquearla. Normalmente no hacía eso, percibía un poco de cada emoción a su alrededor y después dejaba de prestarle atención: era la mejor forma de no abrumarse. Ahora necesitaba no detectarla desde el principio, si es que no quería estar más días en la enfermería.

—Henry, ¿puedo… preguntarte una cosa?

Timidez, miedo, nerviosismo, incluso algo de alegría… ¿Cómo era posible que Rose sintiera eso de manera tan intensa y él no pudiera dejar de distinguirlo? Asintió con una cabezada.

—Siempre bromeo con eso, pero… ¿el español es difícil?

—¿Disculpa? —el castaño se desconcertó tanto que, sin darse cuenta, su Legado dejó de fijarse en los volátiles sentimientos de Rose.

—Sí, sí. Verás, Penny me invitó a pasar las vacaciones en España el verano pasado, pero yo quería estar con Billy y pues… Cuando viví con ella y tía Penélope, nunca pude aprender bien el idioma y era horrible querer decir algo y que nadie te entendiera. Así que si voy, quiero aprender español. Le voy a pedir a Penny que me enseñe. Dime, ¿es difícil ese idioma?

—Pues… No sé qué decirte. Yo lo hablo casi desde siempre. Me pareció más complicado hablar inglés todo el tiempo, cuando vinimos al país mi mamá y yo. ¿Para qué…?

Rose le dedicó una enorme sonrisa, le guiñó un ojo y se marchó.

Eso, se dijo Henry, era mucho más confuso para su Legado que el quedarse "a ciegas".

No le importó. Por primera vez en días, no se sentía agobiado por tratar de descifrar cómo comportarse con Rose. Si su conclusión de hacía unos minutos era la correcta, eso le haría las cosas más sencillas, e incluso no tendría que seguir al pie de la letra el reciente consejo de su tío.

Además, el creer en esa conclusión lo hacía feliz, ¿habría algo de malo en ello?

Esperó que no. Con todo su corazón.


3 de marzo de 2012. 4:30 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Damas y caballeros, sean bienvenidos, ¿qué, me aman o me odian? Si les sirve de consuelo, a mí este capi se me hizo rarísimo, pues entre otras cosas, no tuve un título para él hasta que lo terminé. No sé, hubo tantas cosas que no estaba muy segura de cómo llamarlo. Y sigo sin estar segura que el título que lleva ahora sea el más adecuado, pero en fin…

A ver, empezamos en Hogwarts, como casi siempre. Los duelos de práctica de los alumnos de cuarto son útiles, ¿no creen? Aquí vimos parte de los duelos de Slytherin, por lo que hay que imaginarse qué clase de hechizos querrían usar personas como Calloway o Mackenzie. Por otro lado, que no les extrañe que Walter sea bueno en duelos. Lo lleva en la sangre: sus abuelos maternos, su madre y su tía fueron aurores (bueno, Katy en la práctica todavía lo es, pero eso es caso aparte). ¿Qué habrá usado Mackenzie para que Lupin le quitara puntos y Thomas se indignara tanto? Se aceptan apuestas.

Por otro lado, algo que muchos pedían desde no sé cuánto, ¡más momentos de Henry y Rose! Sí, a veces soy benevolente con mis lectores, debo reconocerlo, y todavía más porque la mayoría no son los clásicos que solamente comentan para pedir la continuación, eso me desagrada bastante (Bell rueda los ojos). El punto es que Henry está bastante saturado de ese sentimiento que Rose tiene, y que ella parece que ya sabe lo que es. Creo que la chica, en ese sentido, es un poquito más como su madre. Es como Ron en el sentido de que no dice nada hasta que estalla, ¿o ustedes qué creen? Espero que no los confundiera más sobre el futuro de estos dos. ¿Qué dicen, quedarán juntos o no? Yo lo sé, soy la autora, pero quiero saber lo que piensan.

Y un breve momento con los desconocidos, donde Sátiro parece enloquecer, según sus amigos, pero en realidad está preocupado por Danielle (Bell pone cara tierna, porque sabe quién es Sátiro en realidad). ¿Alguno adivina qué puede interesarle a él una baraja de tarot? Empiezan las conexiones sin sentido, jajaja. Pero espero no tenerlos en la intriga mucho tiempo (bueno, no mucho más).

Bien, me despido de momento. A la fecha de conclusión de este capi, sigo sin tener candidato para La Muerte. Eso me desilusiona. Tengo que revisar mis notas y dar el candidato yo, cuando me prometí no volver a hacerlo después de El Ermitaño (arcano que quedó representado por Walter). A ver qué sale.

Cuídense mucho, saluden a la primavera (hemisferio norte), cuidado con las hojas caídas (hemisferio sur) y nos leemos lo más pronto que pueda.

Nota al 13 de marzo de 2012: Actualizo hoy porque… ¿nadie sabe? Mal, queridos fans, mal, es fecha más o menos "importante" dentro de la saga, pero da igual… Finalmente ha sido elegido el personaje para La Muerte, y es un miembro de la Orden del Rayo. Con ustedes, damas y caballeros, ¡Thomas Elliott! Nunca se me pasó por la cabeza ponerlo a él como este Arcano, pero vamos, algunas características sí coinciden, así que vayan imaginándolo con túnica negra y guadaña, jajajaja. El siguiente Arcano a considerar es La Templanza, ese supongo que es más fácil de asignar, ¿no creen? (Bell rueda los ojos) Cuídense mucho y nos leemos… si otra cosa no sucede, el 13 de abril, que también es fecha "importante".