A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Dieciocho: El Carro y La Fuerza.
5 de febrero de 2021.
Londres, Inglaterra.
Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, Ministerio de Magia.
Ernest Macmillan estaba de mal humor.
Los magos y brujas que trabajaban en la segunda planta del Ministerio, en especial los del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, no estaban acostumbrados a ser saludados por un Macmillan con poco más que un gruñido. Conocían al padre del chico y sí, era algo petulante, pero la mayor parte del tiempo, amable. Lo mismo había demostrado Ernest desde que entró a trabajar… hasta ese viernes.
—Buenos días, Macmillan —saludó un mago bajito y calvo.
El aludido, inclinando la cabeza, le mostró un rostro ceñudo y el mago bajito dio un respingo antes de irse rumbo a los ascensores.
—¿Mal día, Macmillan?
La pregunta vino de un punto a la derecha de su escritorio, hecha por una compañera de departamento, una bruja de cabello castaño oscuro recogido en lo alto de la cabeza.
—No exactamente —dijo el aludido, intentando sonreír ligeramente.
Pero el malestar lo acompañó todo el día, aún cuando su trabajo básico (revisar casos menores y enviar las correspondientes advertencias) era ligero y rápido. Varias veces se sacudió, de forma involuntaria, una manga de su túnica azul cobalto, y para cuando llegó la hora del almuerzo, había despachado gran parte de sus pendientes sin lograr apaciguarse.
Bajó a la planta del Atrio, rumbo a la cafetería, enfrascado en sus pensamientos. Correspondió vagamente a los saludos que le dedicaban y apenas fue consciente del instante en el cual llegó a su destino y se sentó a una mesa, pues el mostrador estaba lleno y no tenía ganas de apretujarse.
—Buenos días, Macmillan —saludó un hombre alto de cabello oscuro.
El nombrado asintió en señal de reconocimiento, pero apenas miró al sujeto. El asunto que lo tenía de tan mal talante se negaba a abandonar sus pensamientos incluso cuando uno de los elfos de la cafetería se acercó a él a tomar su pedido.
—Anda, muéstrame la lechuza de nuestra hija, ¿quieres?
Por alguna razón, Ernest captó aquella frase, que lo hizo girar la cabeza a la izquierda.
Era todo un acontecimiento que el matrimonio Potter se encontrara durante una de las horas de comida, pero allí estaba: el famoso auror iba junto a su esposa Inefable, intentando leer el contenido del pergamino que ella llevaba en una mano.
—Dice que Gryffindor seguro vencerá a Hufflepuff en el próximo partido —informó la señora Potter con gesto de resignación —Te alegra, ¿no?
El señor Potter asintió con una cabezada.
—Hally dice que sus cazadores son bastante buenos, aunque lamenta tener que ganarle a su amiga, la guardiana…
—¿La hija de Ernie?
Cuando la señora Potter asintió, Ernest arqueó una ceja. Vio a los dos héroes del mundo mágico tomar asiento a una mesa de distancia, y pronto su conversación bajó de volumen al tiempo que se turnaban para leer el pergamino.
—Hola, Ernest, lamento la demora.
El joven desvió la mirada hacia la derecha, sonriendo enseguida.
—No importa, Alice. Acabo de llegar.
Alice Waterstone (ahora Macmillan) tenía todavía el aspecto de una adolescente, pues no era muy alta y sus facciones eran suaves y redondeadas, enmarcadas por una larga cabellera de un intenso color castaño rojizo. Solamente se notaba que era una bruja adulta a la hora de observar su físico con más atención y al charlar con ella, pues derrochaba ingenio en sus comentarios. Ella trabajaba en Gringotts, pero debía acudir con frecuencia al Ministerio a tratar precisamente con su suegro, pues en el banco mágico era parte del personal encargado de los cambios de moneda que a veces hacían los muggles.
—¿Ya ordenaste? —Alice miró a su alrededor con sus destellantes ojos color miel.
—Sí, un elfo vino casi en cuanto me senté. ¿Qué tal las cosas en el banco?
—Bastante bien, dentro de lo que cabe. El asunto del Centro Rockefeller en Estados Unidos afectó un poco el flujo de oro. Allá abundan los magos hijos de muggles y creyeron que era mejor poner a salvo a sus familias en el extranjero.
—Y para eso, sacan el oro del banco cambiándolo por dinero muggle, me imagino.
—Precisamente.
En eso llegó otro elfo con la orden de Ernest, lo que aprovechó Alice para pedir algo. Fue hasta que vio al elfo marcharse que ella se fijó en los reconocidos ocupantes de una mesa cercana.
—¿Esos no son los Potter? —inquirió, dirigiéndose a su marido.
—Sí. Es raro verlos juntos aquí.
—¿En serio?
Ernest asintió en silencio.
—Mencionaron a su hija cuando pasaron —comentó él mientras comenzaba a comer, con aparente indiferencia —Pronto habrá partido de quidditch: Gryffindor contra Hufflepuff.
—Ah, sí. En Hufflepuff está tu hermana, ¿verdad?
—Sí. Por lo visto, es guardiana.
—¿A qué te refieres? ¿No lo sabías?
—No. Apenas nos vemos.
—Pero le escribes, ¿no?
Al ver a su marido encogerse de hombros, Alice se mostró escandalizada.
—¡Por Merlín! Creí que era mi imaginación cuando vi a Amy en la boda, intentando hacer todo lo que le decían tus padres aunque fuera desagradable. ¡Hasta aceptó ponerse la túnica de gala que le eligió mi madre solamente porque tu madre se lo sugirió!
Tal como Amy pronosticara en una ocasión, la señora Waterstone no poseía un buen sentido de la moda mágica actual, por lo que la menor de los Macmillan había lucido una túnica de gala de satén amarilla con finas rayas púrpuras. De lejos la túnica no lucía mal, pero de cerca…
—Mira, sé que no debería meterme, pero cuando me casé contigo, tu familia se volvió mi familia —arremetió Alice con inesperado vigor, lo que causó que Ernest arqueara las cejas —Por lo poco que he tratado a tu hermana, puedo deducir que es una niña educada y bastante dulce. ¿Se puede saber por qué la tratan como si tuviera una enfermedad contagiosa?
—Porque es la única forma de que entienda que no aceptamos lo que hace.
—¿Y qué se supone que hace, dime? ¿Ser una niña feliz? Porque de ser así, permíteme unirme al club de rechazados por los Macmillan, porque voy a escribirle. Sí —añadió Alice, realmente furiosa, ante la expresión incrédula de Ernest —Y voy a decirle que aunque sus hermanos y sus padres parecen comportarse como idiotas, yo la quiero mucho y cuenta conmigo. ¡Lo que hubiera dado yo por tener una hermanita así…!
Ernest fingió indiferencia ante lo último. Alice era, como Amy, la menor y la única mujer de los hijos del matrimonio Waterstone.
—Me sorprendes, Ernest. Tú, con el cerebro que dices tener, actuando conforme a prejuicios tan estúpidos como los de los sangre limpia.
—Soy un sangre limpia.
—Sí, pero no creí que fueras uno de esos con los que no me gusta tratar.
Alice hablaba con conocimiento de causa. Los Waterstone no eran precisamente sangre limpia, pero la mayoría de sus miembros solamente se casaban con magos y eso originaba que, de vez en cuando, se dieran irritantes aires de grandeza. Por eso la chica no congeniaba con muchos de sus parientes y era el motivo, además del amor, por el que aceptó casarse tan joven: en cierta forma, quería dejar atrás lo que significaba ser una Waterstone.
—Ahora dime, cariño —Alice le imprimió un poco de sarcasmo al apelativo —¿Vas a tomar en cuenta algo de lo que te he dicho o vas a seguir así?
—No deberíamos discutir esto ahora.
—¿Entonces cuándo? ¿Cuando veas que tu hermana ya no quiere verte?
—No pasará.
—¿Eso crees? Se parece a tus padres, ¡claro que pasará! ¿Recuerdas la segunda guerra?
El otro hizo una mueca. Si bien sus padres eran de ideales inamovibles, durante la segunda guerra tuvieron que adaptarse a las circunstancias, demostrando que podían elegir lo correcto sobre lo más cómodo. Su padre, sobre todo, les había contado un par de anécdotas de lo que la historia dio por llamar La Batalla de Hogwarts, aquel último encuentro entre Voldemort y sus opositores. Ernie Macmillan se entristecía al nombrar a los muertos que podía recordar, pero también sonaba orgulloso por haber peleado, porque consideraba que era su deber, aún cuando estaba convencido de que quizá no saldría vivo de allí.
—Amy pelearé por lo que crea correcto si se ve en la necesidad, Ernest —sentenció Alice, y concluyó su alegato afirmando —Y les dolerá a todos.
El muchacho dejó escapar un suspiro. A decir verdad, ya venía venir algo como esto. Por un lado, le decía que había elegido bien a la mujer de su vida, pero por otra parte, iba a traerle problemas con su padre y su hermano.
¿Importaba, acaso?
—Cuando le escribas a Amy… —titubeó, pero finalmente terminó la frase —Envíale lo que está en la vitrina del estudio, envuelto en papel amarillo. Es su regalo de cumpleaños de este año.
Alice le dedicó una deslumbrante sonrisa como agradecimiento.
Terminaron el almuerzo de mejor humor, antes que Alice tuviera que regresar a Gringotts. Ernest la vio marcharse con una sonrisa en el rostro, inmensamente aliviado. Sentía que gracias a su esposa, se quitaba un enorme peso de encima.
Los colegas del chico Macmillan no tardaron en notar su cambio de humor, lo que los alegró. Se habían acostumbrado a tratarlo cordialmente y la mueca que ostentó toda la mañana era desconcertante. Así pues, uno de sus camaradas le encargó con total confianza el fastidioso trabajo de revisar en persona una alerta de uso de magia en una zona muggle de Elephant and Castle. Normalmente lo hacía la Patrulla de Seguridad Mágica, pero andaban escasos de personal y no parecía ser algo demasiado complicado.
Ernest aceptó el encargo, revisó a conciencia los documentos necesarios y transformó su atuendo en ropas muggles antes de irse.
5 de febrero de 2021.
Londres, Inglaterra.
Windsor Place, Elephant and Castle.
—¡Otra vez! ¿Cuándo aprenderán a usar la cabeza?
Una joven mujer de lacio cabello negro y ojos grises se paseaba con exasperación por la diminuta sala del apartamento marcado con el número cuatro, en la tercera planta del edificio Windsor. Su exasperación era mayor a la demostrada, pero como siempre había sido una persona relativamente inexpresiva, pocos podrían saber eso.
Como aquellos a quienes regañaba, que se dedicaban a ver sus paseos sin inmutarse.
—A ver, ¿en qué se supone que pensaban cuando lanzaron esos hechizos en el pub?
—Simple, no estaban pensando —apuntó con sarcasmo otra de las mujeres, de inteligentes ojos castaños, retorciendo entre sus dedos un mechón de su cabello negro azulado.
—¿Qué esperaban que hiciéramos? ¿Que nos quedáramos sin hacer nada cuando nos dimos cuenta de qué eran esos tipos y qué querían?
Un hombre muy alto, de cabello castaño tan claro que parecía rubio, arrugó la frente y entrecerró sus curiosos ojos violetas al ponerse de pie. Se colocó delante de la mujer paseante con los brazos en jarras y una expresión desafiante.
—No digo que no debían hacer algo —aclaró la mujer, haciendo una mueca ante la mirada de su compañero —¡Pero debieron esperar a estar fuera del pub! Fue magia premeditada en un sitio público muggle, ¿creen que los del Ministerio se quedarán sin hacer nada? Creí que habíamos llegado a la conclusión de que no todos son idiotas allí.
—Cierto, pero considerando cómo quedaron los tipos, irán primero por ellos. Y con los bonitos hechizos desmemorizantes que les echó el amante de los camaleones, no van a poder relacionarnos con ellos. ¡Mujer, ten algo de fe en nosotros!
Los demás presentes intercambiaron miradas, aunque uno de los hombres, de cabello castaño rojizo y ojos verdes, contenía una risita.
—De todas formas, ¿por qué estás tan histérica? Más de lo usual, quiero decir.
—No tengo la menor idea. Será porque quiero volver a casa.
Era la primera vez que ella expresaba en voz alta el deseo que todos tenían en mente desde que habían llegado allí. Sin embargo, venía acompañado por la frustración de no saber cómo regresar, y eso que trataban de conseguir información hasta por debajo de las piedras.
—No nos espera algo bueno en casa —señaló el de ojos violetas, para sorpresa de la de ojos grises —Y todavía no sabemos cómo regresar. ¿Por qué no hacer lo mejor posible aquí, mientras tanto? Además, si ciertas cosas siguen igual aquí, es porque tarde o temprano…
—Sí, claro —cortó la de ojos grises, alzando una mano para revolverse el flequillo.
—¿Por qué no… salimos? —sugirió tímidamente una mujer rubia de ojos azules.
—¿Hablas en serio? —espetó la de ojos grises, girándose hacia ella con el ceño fruncido.
—Bueno… Es que no ganamos nada quedándonos aquí si solamente estamos peleando. Por un momento, ¿no podemos…tomárnoslo con calma?
—¡Con calma…! —desdeñó la de ojos grises sin mucha convicción.
—Vamos a dar una vuelta por la plaza —sugirió la mujer de ojos castaños, dejando su cabello.
Los demás asintieron, aunque el de ojos violetas lo hizo a regañadientes.
—No te preocupes, compañero —le murmuró el de ojos verdes al de ojos violetas cuando iban de salida —Ella nos alcanzará. Siempre te encuentra.
El otro asintió.
Llegar a la mencionada plaza, que formaba parte de los terrenos del edificio, era sencillo, no se hacían ni dos minutos a pie. El lugar tenía forma oval, con el suelo compuesto de varios bloques de piedra gris, y en ciertos puntos había árboles de gran tamaño, al pie de los cuales se ubicaban varias bancas de hierro forjado donde personas de traje se sentaban a almorzar, o donde madres y niñeras reposaban tras pasear niños. En general, Windsor Place era un sitio tranquilo, y la única excentricidad de la plaza había llegado allí hacía casi dos décadas: un busto de piedra en uno de los extremos, colocado sobre un pedestal muy alto en el cual; una placa anunciaba que el busto representaba a la reina Isabel II. Ese detalle, quizá insignificante, apoyó el cambio del nombre original de Windsor Place y la mayoría de las calles y construcciones adyacentes, que antes hacía obvias referencias a su ubicación, en Elephant and Castle.
El grupo ocupó dos bancas consecutivas ubicadas al pie de una de las pocas hayas de Windsor Place. Los hombres charlaron por un rato, compartiendo con sus compañeras varias bromas, pero no tardaron en quedarse callados, dedicados a observar a los transeúntes.
—Buenos días. ¿Saben dónde queda Queen's Pub?
Los amigos levantaron la cabeza, encontrándose con un hombre joven de cabello rubio y ojos oscuros. Sus ademanes les recordaban algo, pero no vislumbraban qué.
—¿Queen's Pub? A dos calles, amigo, por el rumbo de Su Majestad —respondió el hombre de ojos violetas, sonriendo con cierta ironía y señalando hacia el pedestal con el busto de Isabel II.
—Gracias. ¿Ustedes viven por aquí?
—Sí, ¿por qué?
—Escuché rumores… Hubo un incidente allí hace poco, ¿no? Me lo contó un amigo.
Los demás del grupo comenzaron a prestar atención a la conversación.
—Iba a pedir informes sobre un trabajo —seguía diciendo el rubio, girando brevemente los ojos a derecha e izquierda —y mi amigo llegó diciéndome que hubo una especie de pelea.
—¡Ah, sí! —el de ojos verdes intentó advertir a su amigo de ojos violetas, mediante gestos, que dejara de hablar, pero no pudo detenerlo —Hasta llamaron a la policía. Eran tres o cuatro tipos, grandes y feos, que primero estaban en su mesa muy tranquilos y de repente comenzaron a discutir. Se daban con todo: puñetazos, patadas, sus botellas vacías de cerveza, ¡con sus sillas…!
—¿Usted estaba allí?
—No exactamente. Iba pasando por la calle, y cuando llegó la policía, me dio curiosidad y le pregunté a la gente. A veces tomaba unas copas en ese lugar, pero lo dejaré por un tiempo.
—Buena idea —el rubio volvió a girar los ojos a ambos lados, llevándose una mano al bolsillo del largo abrigo azul marino que lucía —Por casualidad, ¿sabe si todavía solicitan personal? Iba por el puesto de barman, me avisaron del anuncio la semana pasada.
—Ni idea, amigo. Yo no vi el anuncio el día de la pelea, y eso fue ayer, ¿y ustedes?
El de ojos violetas se giró hacia sus dos amigos varones, quienes negaron en silencio.
—Muchas gracias por el dato, señor. Pasaré al pub de todas formas, a ver qué pueden decirme.
Sin más, el rubio inclinó la cabeza y se marchó en la dirección que le habían señalado. Los que estaban sentados se miraron entonces unos a otros, con cierta preocupación.
—¿Notaron lo mismo que yo? —preguntó inesperadamente el tercer hombre del grupo, de ojos color ocre y revuelto cabello castaño oscuro.
—Sí, me da mala espina —se atrevió a confesar la rubia de ojos azules, mordiéndose el labio.
—Hay que averiguar —el de ojos verdes se puso de pie —¿Quién viene?
Los otros dos hombres se pusieron de pie, pero enseguida la de ojos castaños se dirigió al de ojos violetas con cierto aire de reproche.
—Ah, no, tú no vas. Hablaste demasiado y podría reconocerte. Regresa al apartamento.
—¡Olvídalo!
—Ve a esperar a tu novia —sentenció la de ojos grises inesperadamente.
Con eso las dos mujeres lograron su objetivo, aunque el de ojos violetas aceptó de mala gana.
Dos calles más allá, Ernest Macmillan caminaba con toda la firmeza que podía, aunque seguía un poco nervioso. No era solamente por andar por el mundo muggle, sino también porque, con los tiempos que corrían, nada le garantizaba que estaría a salvo. Si bien Londres no había tenido más ataques que el de hacía casi dos años, no era un ingenuo y se dirigía a su destino con una mano en el bolsillo, aferrando la varita mágica.
Queen's Pub era un establecimiento popular, con su logotipo mostrando la sombra de una mujer con corona. La fachada era verde oscuro y debajo del letrero donde se mostraba el nombre del lugar estaba su lema, con grandes letras amarillas, ¡A la salud de su Majestad!
Los muggles sí que tenían sentido del humor, o eso pensaba Ernest a menudo.
Tal como le dijera aquel tipo de extraños ojos violetas, el local estaba cerrado. La única prueba del altercado de la víspera era una de las ventanas, con el cristal roto. Se preguntaba cuál debería ser su siguiente movimiento cuando un hombre alto y de escaso cabello negro salió por la puerta del frente, con un manojo de llaves en la mano, cerrando la puerta tras de sí.
—Disculpe, señor —Ernest se acercó con rapidez, esbozando una pequeña sonrisa —¿Me podría dar informes sobre si siguen buscando personal?
—¿Personal? —el hombre bufó en señal de disgusto —Mandé a todos a casa por una semana, muchacho. Es el tiempo que me llevará arreglar los destrozos.
—Me dijeron que hubo una pelea, ¿entonces es cierto?
El hombre señaló la ventana rota con un gesto de mano.
—Fue bastante curioso —señaló, acariciándose la barbilla —No eran clientes habituales, a esos los reconozco enseguida, y se sentaron en una mesa de este lado —miró la ventana rota de nuevo —Ordenaron, conversaron, bebieron sin prisa… Pero no sé qué sucedió que de pronto todos se pararon casi a la vez, diciendo disparates, y luego comenzaron a pelear.
—¿Decían disparates?
—Sí, muchacho, muchas palabras raras, aunque creo que más bien no se les entendía por el acento. Sonaban como alemanes, pero no podría jurarlo.
—¿Y no le hicieron daño a nadie?
—Gracias a Dios, no. En cuanto vieron lo que sucedía, los demás clientes se fueron alejando de ellos. Entre algunos meseros y yo tratamos de calmar a los tipos, pero no funcionó y uno de los meseros me sugirió llamar a la policía. Fui a mi oficina y cuando volví, dos de los tipos estaban tirados en el suelo y uno de mis empleados se tapaba un ojo con las manos. Creo que se le fueron encima y él se defendió, no estoy seguro.
—Ah, vaya… Supongo que a los de la pelea se los llevó la policía, ¿no?
—Oh, sí, pero eso también se me hizo raro. No parecían estar muy bien, quizá se habían golpeado tanto unos a otros que por eso no se resistieron. Parecían atontados o algo.
Ernest asintió, atando cabos mentalmente.
—Oiga, ¿y ya no necesita un barman? Aunque ahora esté cerrado, claro…
—¡Cielos, muchacho! Vienes muy tarde. El puesto se ocupó casi en cuanto puse el cartel.
—Lo siento, es que fue un amigo el que me avisó del anuncio. Yo no pude venir hasta hoy.
—Mejor suerte para la próxima.
—Gracias.
El hombre del bar se alejó y Ernest fijó los ojos en su espalda, meditabundo.
—Alemanes, quizá… —susurró.
Era demasiada coincidencia que unos sujetos que parecían hablar con acento extranjero cayeran bajo los efectos de los hechizos reportados, casi todos para modificar la memoria. Lo que había oído le hacía suponer que los alborotadores fueron los afectados, ¿pero quién o quiénes los habían hechizado? Sería un problema dar con esos magos, más si únicamente la casualidad los había llevado a estar, esa noche, en el Queen's Pub. Sacudiendo la cabeza, Ernest echó otro vistazo a la fachada del local antes de comenzar a caminar, con el propósito de seguir indagando, pero entonces se cruzó con un hombre igual de alto que él, de cabello oscuro y anteojos, que se le hizo curiosamente familiar, aunque no sabía de dónde.
—Oye, ¿sabrás si el señor Griffin regresará pronto? —inquirió el de anteojos con rapidez.
—Disculpe, no conozco al señor Griffin.
—¡Ah, lo siento! Te vi hablar con él, así que pensé…
—¿Se refiere al señor que salió del pub? Solo le pregunté por una vacante, pero llegué tarde.
—Yo venía a ver si no me había echado. Después de lo de ayer…
—Ah, ¿trabaja aquí?
—Sí, desde hace dos semanas. Soy mesero.
—Entonces podría decirme qué pasó. El señor Griffin me contó de una pelea.
—¿Para qué quieres saber?
Ernest se encogió de hombros, pretendiendo que era mera curiosidad.
—Pues verás, no puedo decirte mucho, yo no atendí a los tipos. Y me alegra, porque un amigo mío, el nuevo barman, tiene un ojo morado ahora.
—¿Y él le contó algo?
—Casi nada, lo mismo que vimos todos: esos tipos primero se portaban normal, pero de pronto se pegaban con todo. Mis compañeros y yo quisimos pararlos, pero no sirvió de nada. Y a mi amigo el barman se le fue encima dos tipos a la vez, le dieron puñetazos y antes que uno de ellos sacara algo del bolsillo, mi amigo dio un par de buenos golpes y noqueó a los dos.
—¿Uno de los tipos sacaba algo del bolsillo?
El de anteojos asintió con firmeza.
—Me alegra no haber podido venir por la vacante —dejó caer Ernest de manera más o menos convincente —Bueno, tendré que buscar trabajo en otra parte.
—Suerte con eso.
Mientras Ernest se despidió con un ademán y se alejó, el de anteojos sonrió ligeramente.
—Me encanta cuando caen tan fácil —musitó, con aire divertido.
Se puso la capucha de su chaqueta color marrón, antes de seguir al rubio con discreción.
7 de febrero de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Muchos estudiantes se tomaban un breve respiro, tras una semana bastante agobiante.
—¡Ahí va!
Procyon arrojó la pequeña pelota con fuerza, que trazó un gran arco en el aire antes de ser atrapada limpiamente por la mano enguantada de Thomas.
La Orden del Rayo estaba en los jardines, gozando de la mañana libre. Al principio se habían dedicado a terminar varias tareas a la sombra de su sitio favorito, la sombra de un haya a orillas del lago; cuando dejaron las plumas y enrollaron a los pergaminos, Procyon anunció con alegría que llevaba una pelota de béisbol y un par de guantes, así que él y Thomas se pusieron a practicar lanzamientos mientras eran observados por los demás.
—¡Estupendo! —Danielle dio un par de palmadas, sonriendo débilmente en dirección a su novio —Me recuerda a los hijos de muggles que juegan béisbol en Little Central Park.
—Creí que lo popular allá era jugar al quodpot —apuntó Ryo.
—Sí, vi un par de partidos y he de admitir que es entretenido. Pero como varios magos estadounidenses crecieron con béisbol, fútbol y otros deportes muggles, Sortilegios Weasley sacó una línea de pelotas de broma que se vende bastante bien.
—¿En serio? —Rose miró a la rubia con la curiosidad brillando en sus ojos.
—Sí. Salió a la venta para el Día de Acción de Gracias, una fiesta muggle de allá. Se vendieron tanto durante la primera semana que Frida tuvo que…
Danielle titubeó, desanimada, pero finalmente volvió su buen humor y sonrió un poco más.
—Frida tuvo una idea excelente para vender esas pelotas —contó —Como la primera semana casi se acabaron las existencias, ordenó colocar un cartel que dijera que únicamente podían comprarlas los treinta primeros clientes que las quisieran. Además, las piezas a la venta no eran siempre las mismas: un día eran de básquetbol, al siguiente podían ser las de fútbol americano…
—Espera, ¿tú cómo conoces esos deportes? —quiso saber Sunny, que había dejado a un lado su bloc de dibujo para escuchar la plática con atención.
—Jugué un poco en la escuela muggle.
—¿Tú fuiste a una escuela muggle?
—Ella aprendió lo básico en una escuela muggle —apuntó Amy con suavidad.
Sunny arqueó una ceja, aparentemente sin entender, pero cuando la vieron asentir y regresar a su bosquejo, sus furiosos trazos demostraban que se hacía una idea de lo ocurrido.
—Con esa promoción, Frida tuvo mucho éxito —continuó Danielle, dedicándole a Sunny una mirada de preocupación —Mi regalo de Navidad fue un juego completo de esas pelotas y una bolsa especial para poder llevarlas a donde quisiera. En el verano voy a probarlas.
—¡Eh, no tan alto! —se quejó Thomas en ese momento, mirando hacia atrás por encima del hombro, pues el pase de Procyon se le había escapado por mucho —Deja voy por ella.
El pelirrojo anaranjado se alejó unos metros, llegando a pocos pasos de un grupo de chicas.
—¡Ah, miren! —exclamó una de ellas —El sangre sucia.
Thomas arqueó una ceja al enderezarse, tras recoger la pelota. Se encontró con Sherry Salisbury y sus amigas, que lo miraban con cierto desprecio.
—¿Arrastrando a otros a tus malas costumbres? —inquirió Salisbury con sorna.
—Pues no. Procyon fue el que sacó los guantes y la pelota. Aunque me extraña que finjas no saber qué es el béisbol, Sherry.
—¿Quién te dijo que podías llamarme por mi nombre?
—Nadie, pero siempre lo he hecho. ¿Sabes? Me alegra tanto que mis hermanos vieran por fin qué clase de chica eres…
No pudo continuar la frase, pues una bofetada de Salisbury se lo impidió.
—¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo?
Procyon se había ido acercando a su amigo al ver con quién se topaba. Mostraba su disgusto en cada rasgo de su cara, cosa que Salisbury no dejó de notar, haciéndola dar media vuelta y marcharse, seguida por sus amigas, que no dejaban de cuchichear lanzándole miradas de soslayo al recién llegado.
—Amigo mío, creo que acabas de dejarme como un debilucho —se burló Thomas.
—Como si te importara… ¿Qué fue lo que dijo?
—Que arrastro a otros a mis malas costumbres, ¿puedes creerlo?
—¿Cómo podría no creerlo? —Procyon soltó la carcajada —¿Seguimos jugando?
Thomas asintió, aunque arrugó la frente, concentrado en algo.
—Pulgoso, ¿cuándo te vas a declarar?
La pregunta era tan inesperada y fuera de lugar que Procyon se quedó pasmado, parpadeando furiosamente. Por sus gestos, se notaba que intentaba comprender a qué venía aquello.
—No pongas esa cara, sabes bien de qué hablo. La verdad me sorprendes, creí que cuando Hally mandó a volar a Corner…
—Espera, ¿es en serio? ¿Piensas que tengo que…?
Procyon se puso colorado y procuró no mirar hacia donde sus amigos estaban sentados.
—No es que debas, es que… Retiro lo dicho, sí debes hacerlo. Mírame a mí: de no haberle dicho a Danielle que la quiero, no estaríamos juntos.
—¿Se lo dijiste así, tal cual?
—Sí, ¿qué tiene de malo?
Procyon sacudió la cabeza.
—A veces me pregunto por qué no quedamos en la misma casa —masculló.
—¿Yo, junto a un montón de impulsivos que usan el cerebro muy de vez en cuando? ¡No bromees! —ahora fue Thomas quien rió con ganas —Y no te veo siendo un ambicioso, la verdad.
—Sí, pero admite que…
—Nos parecemos, lo sé. Pero no me cambies el tema. No soy el único que pensó que te ibas a declarar hace tiempo. Y aunque Danielle se enfade conmigo, tengo que advertirte que ella va a intentar algo. No me preguntes qué, no me lo dijo. Pero cuídate, esa novia mía aprendió unos cuantos trucos de su cuñada.
Procyon tragó saliva. Que Thomas hiciera el intento de sermonearlo con el asunto de sus sentimientos era raro, pero aceptable. Lo de Danielle era… algo desconcertante.
—Tengo que pensarlo —aceptó finalmente —Yo… pensé que después de lo de Corner, Hally necesitaba tiempo. Además, ¿cómo crees que va a reaccionar si le digo…? Bueno, eso.
—Creo que tienes un gran problema si ni siquiera puedes pronunciarlo en voz alta.
Ante las palabras de su mejor amigo, Procyon dejó escapar un suspiro.
—¡Eh, ustedes dos! —llamó Henry, que se había puesto de pie y arrugaba la frente con fuerza —¿Quieren dejar ese tema y seguir jugando? Hacen que me duela la cabeza.
—Olvidábamos a la antena sentimental —indicó Thomas con humor.
Procyon volvió a reír, sin olvidar del todo lo recién discutido.
¿Declararse o no? Ahí estaba el dilema.
De regreso en el castillo, los doce amigos se separaron rumbo a sus respectivas salas comunes. Subiendo hacia el séptimo piso, Hally y Rose se pusieron a hablar de quidditch, en tanto Henry intentaba averiguar qué le había dicho Thomas a Procyon para alterar tanto sus emociones.
—¿No puedes desconectar tu don por un día? —renegó Procyon, frunciendo el ceño.
—Lo intento, pero ustedes son mis amigos, así que no es tan fácil.
—Sí, claro…
Se quedaron callados dos segundos, hasta que Henry declaró.
—Déjame adivinar: Thomas quiere que te declares.
El otro casi se detiene en seco, pero logró seguir caminando.
—Habla más alto, para que se enteren en el Bosque Prohibido —ironizó Procyon.
—No hace falta.
—¿Estás bromeando, cierto?
Henry se encogió de hombros.
—¡Oigan! —llamó Rose entonces —¿Qué vamos a hacer en Hogsmeade?
—Yo no voy a ir.
Las chicas y Procyon miraron a Henry con incredulidad.
—La salida es el día de San Valentín, ¿se imaginan cómo van a estar las parejitas? Tanta cursilería no me dejará ni levantarme de la cama.
—Perfecto, entonces te haré compañía.
En esta ocasión, tres pares de ojos excesivamente abiertos se fijaron en Rose.
—No quiero toparme con Howard o algún otro chiflado, ¿de acuerdo? —se defendió la pelirroja enseguida —Suficiente tengo con los que me encuentro en los pasillos.
Era verdad. Últimamente había más muchachos alrededor de Rose, que trataban de todo para llamar su atención: la saludaban, le sonreían, hacían tonterías y, los más atrevidos, se acercaban a intentar conversar con ella y preguntarle si quería tener una cita.
—Pero Rose, te encanta ir a Hogsmeade —señaló Hally, preocupada.
—Por una vez que no vaya, no pasará nada.
—Entonces les traeremos montones de dulces de Honeydukes, ¿verdad?
Hally se giró hacia Procyon al proponer eso y su amigo asintió, con los ojos ligeramente desviados hacia su derecha. Hally halló eso un poco extraño, pero no hizo comentarios.
—¿Los demás qué creen que harán? —se interesó Henry de repente.
—Thomas y Danielle querrán andar solos un rato, lo mismo que Paula y Ryo —supuso Rose, aliviada por no ser el centro de atención —Walter había comentado algo de comprar tinta, Sunny quiere una pluma nueva, Bryan apenas si habló, actuaba raro hoy, y Amy… ¡Válgame! El cumpleaños de Amy es el jueves, ¿cierto? ¡No he envuelto su regalo! ¿Me ayudas, Hally?
—Claro, pero sabes que no se me da. Ojalá nos quede bien.
Las dos amigas se adelantaron, seguidas por Henry y Procyon, cada uno sumido en sus pensamientos y deseando que la próxima salida al pueblo no fuera un desastre.
9 de febrero de 2012.
A la hora del desayuno del martes, Henry fue el primero en darse cuenta que algo andaba mal.
Primero, el correo llegó como de costumbre, lo mismo que ejemplares de El Profeta en varias de las mesas. Varios de los alumnos mayores, a últimas fechas, se habían suscrito con la firme intención de mantenerse informados sobre Hagen y sus movimientos.
Lo primero que captó fue una punzada de dolor que provenía de Thomas. Miró a la mesa de Slytherin y lo encontró leyendo algo que lo tenía absorto. Después, su amigo cerró el periódico de golpe y miró a Danielle, sentada a su derecha, le dijo algo en voz baja y la rubia mostró una expresión que concordaba bastante con la angustia que empezó a sentir y que, poco después, les contagió a Sunny y a Walter.
Antes de saber algo más, Henry se distrajo con una grieta en la conexión que lo ligaba a los apacibles sentimientos de Amy, quien en la mesa de Hufflepuff, le ofrecía tocino a un búho de plumaje oscuro, mientras leía un pergamino. Le había llegado carta, finalmente, pero algo malo debía decir para que la castaña comenzara a morderse el labio inferior, como si quisiera masticar el miedo que la invadía al mismo tiempo que intentaba serenarse. La llamó entonces Joan Finch–Fletchley, a su izquierda, y le respondió sonriendo levemente, pero su miedo seguía allí.
—¿Quién tiene el periódico de hoy? —preguntó el castaño, sin dirigirse a nadie en particular.
—Aquí tienes —frente a él, ligeramente a su derecha, se hallaba Dandelion Tremlett, la chica de quinto que había hecho las pruebas de guardiana ese curso. Le tendía su ejemplar —¿Me lo regresas cuando acabes de leerlo, por favor?
Henry asintió en silencio, dejando que la joven de quinto siguiera charlando con sus amigos antes de ponerse a leer. Se concentró en Thomas intencionalmente, queriendo adivinar qué lo había alterado tanto, y su Legado, sumado a su instinto, le dijo que era por Amy.
Lo cual no tuvo sentido hasta que miró una nota en la página trece.
—¡Me lleva…! —dejó escapar en español.
—¿Qué pasa? —Rose, sentada justo a su derecha, dejó su pan tostado con mermelada y lo miró con desconcierto.
Por toda respuesta, Henry se arrimó más a ella, indicándole que leyera la misma nota que él, de aspecto insignificante para cualquiera, pero con información valiosa para ellos.
DESAPARICIÓN DE EMPLEADO DEL MINISTERIO
Ernest Macmillan, de 20 años, con domicilio en el número 45 de la avenida Harbour, barrio de Chelsea, distrito de Kensington y Chelsea, es un empleado del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia que ha sido oficialmente reportado como desaparecido, indican fuentes confidenciales.
A Macmillan, auxiliar en la investigación y envío de amonestaciones por uso de magia ilegal, se le encomendó el pasado viernes apoyar a la Patrulla de Seguridad Mágica con las pesquisas de un caso de magia realizada en presencia de muggles, y nadie ha vuelto a saber de él desde entonces.
»Normalmente me avisa si va a tardar más de la cuenta en sus asuntos, pero yo llegué ese día tan cansada que me quedé dormida esperándolo«, reportó la esposa de Macmillan, de soltera llamada Alice Waterstone, »A la mañana siguiente, como no lo vi, pensé que se había ido antes que yo, pero cuando fui a buscarlo para almorzar, sus jefes me dijeron que no se había presentado«.
Los superiores de Macmillan ya solicitaron que se abra una investigación al respecto, esperando poder recrear los pasos del muchacho hasta su desaparición y así, dar con su paradero.
Se pide a la comunidad mágica permanecer serena y alerta. Cualquier dato que se pueda proporcionar al respecto, favor de hacerlo llegar a la Patrulla de Seguridad Mágica.
Los dos amigos se quedaron mirando fijamente la nota aunque hacía varios segundos que la habían acabado de leer. Después, como saliendo de una mala ensoñación, giraron la cabeza uno hacia la otra, con idéntica preocupación en los ojos. Sin decir palabra, Henry le devolvió el diario a Tremlett, dedicándole una cabezada a modo de agradecimiento.
—¿Desde cuándo lees El Profeta con tanto interés, Rose? —quiso saber Procyon, bromista.
Al chico se le borró la sonrisa de la cara en cuanto Henry les contó, a él y a Hally, lo leído respecto al hermano mayor de Amy.
—Lo que me preocupa es que la gente exagere esto —sentenció Henry —Es malo, sí, pero en este país, así comenzaron las dos guerras, ¿recuerdan? Con gente desapareciendo sin una razón aparente para luego aparecer muerta.
—¡No digas eso! —exclamaron Hally y Rose a la vez.
La pelirroja, sobre todo, mostró sus ojos llenos de lágrimas contenidas, por lo que el castaño ojiverde se reprendió mentalmente y se quedó callado.
Sin embargo, deseó una y otra vez que lo de Ernest Macmillan fuera un malentendido.
9 de febrero de 2021.
Londres, Inglaterra.
Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.
El Salón General de la Orden del Fénix era un caos. La gente no dejaba de transitar, ya fuera reportando los avances en sus misiones o simplemente para ofrecer su ayuda en lo referente a la reciente desaparición de uno de los nuevos miembros.
Hannah Macmillan estaba allí, aparentando serenidad cuando todos sabían perfectamente que la situación debía traerle malos recuerdos. Recibía las muestras de apoyo de la Orden con una vaga sonrisa, contando los minutos para que su marido, su otro hijo y su nuera concluyeran con su jornada laboral y pudieran acompañarla.
—Aquí tienes, Hannah —ofreció Ginny Longbottom, tendiendo una taza de té.
—Gracias. ¿No tenías entrenamiento hoy?
—No, por fortuna. Ya envié una lechuza cancelando el de mañana. ¿Alguna novedad?
—Ninguna.
—No te preocupes, tu hijo sabe cuidarse.
La rubia señora Macmillan asintió, recordando con orgullo la inteligencia y el entrenamiento que poseía Ernest, más desde que entró a trabajar al Ministerio. Con esa débil esperanza, bebió el té que la señora Longbottom le había llevado y se dispuso a esperar.
No transcurrió mucho tiempo antes que por una de las ventanas, confundiéndose con la luz del sol, entrara una débil neblina plateada con una gran forma imprecisa, semejante a un animal de cuatro patas, que fue a colocarse sobre la larga mesa de la habitación. De lo que parecía su hocico, salió una voz distorsionada y apresurada.
—Macmillan está en Primrose Hill Park. Necesitamos apoyo.
La figura se desvaneció, dejando momentáneamente paralizado a todo el mundo.
—¡Vámonos! —la señora Longbottom se puso de pie de un salto, sacudiéndose la túnica y verificando que llevaba consigo la varita —Que alguien avise al Ministerio, ¡rápido!
Los presentes salieron de su estupor y se apresuraron a organizarse.
Sabían que en esas circunstancias, cada minuto era sumamente valioso.
9 de febrero de 2012.
Londres, Inglaterra.
Primrose Hill Park, distrito de Primrose Hill.
Al norte de Regent's Park se encuentra Primrose Hill, donde hay casas de fachadas en colores claros y aire aristocrático. Allí también podía visitarse Primrose Hill Park, donde a pesar de su nombre, era raro ver alguna prímula.
Sin embargo, las flores eran la menor de las preocupaciones.
Aquellos conocidos como Arcángel y Volador habían estado siguiéndole los pasos a Ernest Macmillan al detectar las incoherencias en sus motivos para indagar sobre Queen's Pub, ya que habían sido ellos dos y Sátiro los que, dos semanas atrás, ocuparon todas las vacantes en aquel establecimiento. Sospecharon que podría traerse algo entre manos, pero no se imaginaron que los verdaderos problemas vendrían cuando el rubio se acercaba a la comisaría más cercana y se topó con los buscapleitos del pub escapando a toda carrera, con las varitas en ristre.
Tanto Ernest como sus dos vigilantes se quedaron atónitos al hallar muerto al escaso personal de la comisaría, con claros indicios de que intentaron defenderse. Las autoridades muggles nunca podrían aclarar por qué los pocos disparos incrustados en las paredes del lugar eran nada más de los policías o cómo era posible que los muertos no tuvieran heridas visibles. Pero ellos no podían ocuparse de eso, menos quedarse allí y arriesgarse a ser confundidos con los criminales.
Ernest salió apresuradamente del lugar del crimen, sin saber que era seguido por Volador y Arcángel a muy corta distancia.
Fue una suerte que los dos amigos no perdieran de vista al rubio, pues éste halló a los asesinos, cuatro en total, a pocas manzanas de allí, corriendo como si sus vidas dependieran de ello, sin guardar las varitas y con unas lisas máscaras negras cubriéndoles el rostro. Ernest sacó la varita por mero impulso, pero su movimiento fue detectado y uno de los enmascarados lo hechizó antes que pudiera reaccionar. Contra todo pronóstico, los enmascarados no dejaron a Ernest allí, sino que dos de ellos lo alzaron y se lo llevaron, sin dejar de correr apresuradamente, cosa que Volador no terminaba de entender.
—¿Por qué no se desaparecen? —espetó por lo bajo, persiguiendo a los sujetos.
Arcángel, pisándole los talones, había sacado un objeto cuadrado de su bolsillo.
—¿Me escuchas? —dijo al objeto, un pequeño espejo, empañándolo con su aliento —Vamos a necesitar tu talento, amigo, hubo complicaciones.
—¿Cuáles? —inquirió una voz masculina que parecía venir del mismo espejo, que lleno de vaho, no dejaba ver lo que ahora reflejaba.
—No hay tiempo de explicarlo, vamos hacia el río. Nos llevan al Puente de Westminster.
—Entendido. Los veré allá.
La idea era que uno de ellos pudiera cortarles el paso a los enmascarados, someterlos entre los tres y salvar a Ernest. Sin embargo, Arcángel y Volador no contaron con que al llegar al Puente de Westminster, Sátiro los recibiera furioso, despotricando porque apenas se preparaba para echarles los primeros conjuros a los enmascarados y estos, cubriéndose con la multitud de muggles que andaba por allí, finalmente decidieron desaparecerse.
—¿No era uno de ellos? —exclamó Sátiro cuando sus amigos lo pusieron al corriente y supo quién era la figura inconsciente entre los fugitivos —¿Entonces para qué se lo llevaron?
La duda no pudieron resolverla ese mismo día, no sin ponerse a rastrear a los enmascarados, ya que algo les decía que no irían muy lejos.
Fue un trabajo agotador, apenas pararon a comer y dormir. Tanto ellos como su amiga de ojos grises emplearon todos sus conocimientos en intentar ubicar a esos sujetos, esperando que el rubio estuviera bien. Precisamente el martes decidieron, por sugerencia de Policía, ir al otro lado del Támesis, más por una corazonada que por lógica, porque no se les iba de la cabeza que los enmascarados iban hacia el puente como si tuvieran intención de cruzarlo.
Estuvieron a punto de darse por vencidos ese día cuando oyeron los gritos.
Arcángel fue el primero en ponerse alerta, asegurándose de captar bien el matiz de ese sonido. Ya estando seguro que los gritos eran causados por el miedo, guió a sus tres amigos hacia la fuente de aquel alboroto, que resultó ser una pequeña columna de humo proveniente del terreno de Primrose Hill Park. Conforme se acercaban, la gente los empujaba en dirección opuesta, asustada por las personas que sacaban rayos de extrañas armas. Eso acabó por disipar sus dudas.
Entraron al parque con las varitas listas, ocultas en las mangas de sus chaquetas, directamente al punto donde la columna de humo se iba disipando. Al llegar al punto exacto, un par de árboles estaban completamente carbonizados, los cuatro enmascarados estaban inverosímilmente de pie sin hacer nada y el chico rubio al que se habían llevado estaba a sus pies, sin sentido.
—¿Qué pretenden? —musitó Sátiro lo más bajo que pudo.
—No lo sé, pero será mejor pedir refuerzos —Volador les echó una mirada a Arcángel, quien asintió y les dio la espalda, agitando la varita —Y hay que tratar de averiguar sus planes.
Sátiro dio una cabezada en señal afirmativa y se alejó hacia la izquierda, escabulléndose entre un ensombrecido grupo de árboles para llegar lo más cerca posible de los enmascarados.
—Ya envié el Patronus —anunció Policía a media voz, con los ojos entornados y fijos en los enmascarados —Espero que llegue, no me concentré al máximo para que no lo distinguieran.
—¿Y eso? ¿Por qué no lo hiciste tú? —preguntó Volador a Arcángel.
—El mío lo reconocerían más fácil que el de ella.
—Buen punto. Oigan, ¿qué es eso?
Una figura se acercaba a los enmascarados, de frente a ellos, aunque también se cubría la cara con una máscara. A diferencia de los otros desconocidos, la máscara que portaba el recién llegado era blanca y tenía un círculo negro en la mejilla derecha, de donde salían unas cuantas líneas.
Era como si trajera un siniestro sol pintado en la cara.
—¿No es ese el símbolo de…? —espetó Policía por lo bajo, indignada.
—Lo es. Que no se nos olvide reportarlo.
La de ojos grises asintió, arrugando la frente.
Desde su posición, Volador y compañía no alcanzaban a escuchar la conversación, pero Sátiro ya se hallaba a unos pocos metros y podía distinguir voces. Por desgracia, cada enmascarado hablaba en un idioma diferente, ¿así cómo los entendería?
La mente se le iluminó y recordó un viejo hechizo que había encontrado en su más reciente búsqueda de información. Repasó la teoría en menos de un minuto y lo realizó de manera no verbal, apuntándose la varita primero a los oídos, luego a los labios.
De repente, fue como si hubiera logrado sintonizar la estación de radio correcta.
—… ¡Del Ministerio inglés! ¿Acaso Führer–sama no fue lo bastante claro?
Sátiro frunció el ceño, no tanto por la referencia a Hagen sino por el sufijo usado. Echó un vistazo desde detrás del árbol en donde se había ocultado y encontró a la persona de la máscara blanca con los brazos en jarras, claramente disgustada. Con esa postura, se notaban sus formas femeninas. ¿Desde cuándo les interesaba a las mujeres ser terroristas? Eso le recordó a…
—¿Qué esperabas que hiciéramos? ¿Dejarlo allí cuando había visto lo de la comisaría?
—Eso es otro asunto, ¿en qué pensaban cuando dejaron ese rastro? De eso se trataba, pero…
A Sátiro lo intrigó eso todavía más. ¿De qué estarían hablando exactamente?
—No vengas a sermonearnos, niña. Si tienes algo qué comunicarnos, suéltalo ya.
—Nuestro contacto en el Ministerio inglés nos dio el soplo. El muchacho ya fue reportado como desaparecido. Lo andan buscando por todo Londres.
La mujer señaló a Ernest con una mano, sin mover la cabeza para mirarlo.
—¿Y? Aquí la operación va bien.
—¿Escuchaste algo de lo que dije? Si ya están buscando al muchacho y además, les llegan los reportes de la magia usada aquí, tendremos a un montón de sus Samuráis encima.
—¿Aurores, quieres decir? Que vengan, no nos importa.
La enmascarada apenas se movió, pero ladeó ligeramente la cabeza. Por mero instinto, Sátiro supo que ella era peligrosa y si no replicaba era porque pensaba en algo todavía más siniestro.
—La orden es terminar el asunto aquí —informó ella por fin —Y al rehén, hay que matarlo.
La frialdad con la que la mujer hablaba le causó a Sátiro un escalofrío.
—¿Matarlo? —otro de los enmascarados, de voz grave y timbre inesperadamente sereno, intervino —Eso me parece innecesario y…
—¡Silencio! Las órdenes son que no hay que dejar testigos vivos, bajo ningún concepto. ¿Qué, quieres terminar como Romanov, que todavía está a prueba?
El nombrado, un hombre alto de traje verde oscuro y una mata de cabello rojizo, dejó caer los hombros, con aparente resignación, antes de asentir con la cabeza.
Eso no era bueno. Sátiro supo que debían actuar, ya que de esperar más, el rubio no viviría para contarlo. Miró por el rabillo del ojo a su derecha, donde sus amigos se habían quedado, y descubrió a Volador interrogándolo a señas. Como pudo, le hizo saber que estaban por matar al chico Macmillan, lo cual dejó atónito al de ojos verdes para acto seguido, asentir con firmeza.
Esa era su señal. Respirando profundamente, Sátiro aferró con más fuerza la varita y dio un paso al frente, dispuesto a pelear.
10 de febrero de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
—¿Te sientes bien, Henry?
Rose arrugó la frente ante la cara pálida de su amigo, cuando por lo general, él esperaba con muchas ganas la primera clase del miércoles, que era Encantamientos.
—Sí, claro. Solo que…
El castaño miró a su alrededor. Era la hora del desayuno, pero la tensión en el Gran Comedor era casi palpable y provenía, sobre todo, de los pocos que habían recibido El Profeta ese día. Lo abrumaba más lo que captaba en Thomas: se debatía entre la pena y la incertidumbre, con la cara oculta tras su ejemplar del periódico mágico.
—Disculpa —Henry decidió ponerse de pie.
—¿Qué pasa? —Rose lo miró de arriba abajo, sin comprender.
Henry no respondió. Se encaminó a la mesa de Slytherin, sin darse cuenta que Rose había decidido seguirlo. Sin embargo, el castaño no llegó a su destino, pues alguien le cortó el paso no tanto cuando se colocó frente a él, sino por un manto de tristeza que amenazó con ahogarlo.
—¿Tienes un minuto, Henry?
—¿Amy? —tras su amigo, Rose arqueó una ceja.
—Un momento —pidió él, intentando seguir hacia su destino.
—Solo quiero que te mantengas lejos un tiempo, Henry, es todo.
Ahora sí los dos Gryffindor's se volvieron hacia su amiga, a quien hallaron con una mano en el nudo de la corbata a rayas amarillas y negras, aflojándolo con un tirón desganado.
—¿Qué estás diciendo? —quiso saber Henry, cuando recuperó la voz.
—Lo que oíste, no quiero enfermarte. Aunque claro, mañana no estaré en el castillo, eso te ayudará. Nos vemos en clase, casi es hora.
Sin agregar nada más, Amy les dio la espalda y se acercó a su mesa, donde Bryan se levantó de un salto para seguirla, con la mochila al hombro y un pan tostado en la mano.
—¿Se puede saber qué fue eso? —espetó Rose, sin creer realmente que Henry le contestara.
—Es… Es demasiado intenso —fue todo lo que el castaño pudo musitar.
Rose miró su cara con atención, ladeando ligeramente la cabeza.
—¿Qué es? —preguntó en voz baja, sin esperar realmente que él contestara.
—Tristeza. Angustia. Mucho miedo. Como en Danielle cuando…
—¿Cuando Frida murió?
Al ver asentir a Henry, los labios de Rose temblaron. Percibiendo lo que estaba por suceder, el chico cambió de rumbo y se llevó a su amiga de la mano hacia el exterior, tomando el rumbo del aula de Encantamientos, en la que tenían que estar en diez minutos más.
—¿Ahora qué pasa contigo? ¿Por fin te volviste loco?
Rose no obtuvo respuesta hasta llegar a la segunda planta, donde Henry hizo que se colocara junto a una armadura, con lo cual los alumnos que ya iban a clases apenas se fijaban en ella.
—¿Recuerdas lo que te dije el otro día? —inqurió Henry con amabilidad.
La pelirroja asintió, con los labios temblorosos de nuevo.
—Le pasó algo a Amy, ¿verdad? —inquirió, nerviosa.
—Eso parece. Iba a preguntarle a Thomas por qué se sentía indeciso y con ganas de hablar con ella, pero no tuve la oportunidad. Espero que su hermano…
Tampoco esta vez terminó la frase. Rose finalmente había comenzado a lagrimear, apenas emitiendo débiles quejidos, para poco después restregarse los ojos con fuerza.
—Te vas a lastimar —advirtió Henry.
Ella no le hizo caso. Tardó unos minutos más en calmarse, musitando de vez en cuando algo que su amigo no lograba entender. Finalmente Rose inspiró hondo, parpadeó furiosamente y sacó con dificultad su pañuelo del bolsillo, pasándose una punta por los ojos.
—El hermano de Amy… ¿Estará bien, verdad? —inquirió, esperanzada.
Henry hubiera querido decirle que sí, que seguramente Ernest Macmillan aparecería pronto y daría una explicación coherente a dónde había estado durante casi una semana. Pero no pudo. No cuando recordaba la ansiedad de Thomas al leer el periódico, la tensión de varios en el Gran Comedor y el hecho de que la misma Amy había dicho que…
—No estará en el castillo mañana —musitó, incrédulo y aterrado.
—¿Qué?
—Amy, dijo que no estará aquí mañana. Y me pidió alejarme de ella un tiempo. Quiere decir…
El jovencito se llevó la diestra a la cabeza, revolviéndose el cabello de forma brusca.
—Si ella te lo pidió, estará bien —sentenció Rose inesperadamente, con voz muy baja, pero firme —Y nos tiene a nosotros. ¿Verdad?
—Verdad.
—Entonces andando, no quiero que tu madre nos cierre la puerta en la cara.
Henry asintió vagamente, sin darse plena cuenta de que Rose, tras un breve titubeo, le había tomado una mano para llevárselo a clase.
No era el momento de preocuparse por sí misma.
10 de marzo de 2012. 6:45 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola, hola, damas y caballeros! Eh, ha pasado un año (más o menos) desde que escribí una nota de autora en estas fechas para LAV. Si no me creen, regrésense, verán que no les miento. ¡Y el final de la entrega no se ve por ninguna parte! Al menos para mí, jajajaja.
Veamos… Otro título Arcano donde junto a dos personajes. Henry y Amy debían tener sus momentos de protagonismo y como Henry ya lo había tenido un poco el capi pasado, pues solamente es continuar eso y que se mencionara más a Amy, aunque sea de manera indirecta con la aparición de su hermano mayor, el que estaba en Ravenclaw al inicio de la saga. Sé que he sido mala por dejarlos en el suspenso respecto a qué le pasó a Ernest, pero vamos, más Innombrable no me puedo volver… creo (se los dejo de tarea).
Ernest había estado ignorando a su hermanita, pero lo bueno es que tiene por esposa a una chica sensata. Alice me agrada, aunque hasta la fecha no había tenido la oportunidad de escribir sobre ella, ¡y eso que fue nombrada desde la primera entrega! Sin embargo, creo que saldrá unas cuantas veces más en LAV, en vista de las circunstancias. Espero que esté bien, joven señora Macmillan.
Sobre el resto del capi, no sé si debo decir algo más. O mejor dicho, no sé qué más decir, puesto que (como suele sucederme) ha salido a borbotones, sin mucho control, procurando que todo coincida con lo que he planeado y con lo que ya va escrito. Así pues, lo que creen que no encaja o que están leyendo algo demasiado extraño, no duden en avisarme. No soy perfecta, ¿quién lo es, eh?
Bien, me despido, no sin antes recordarles que ahora está en deliberación el personaje que representará a La Templanza. Espero sugerencias, comentarios, y todo lo que se les ocurra.
Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.
