A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Diecinueve: Agua y aceite.
11 de febrero de 2021.
Londres, Inglaterra.
Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.
—Hannah, quizá deberías…
—No te molestes, Ernie, estoy bien.
El señor Macmillan meneó la cabeza con pesadumbre, antes de mirar a su segundo hijo, quien se encogió de hombros levemente.
El Salón General de la Orden del Fénix tenía una reunión inusual, ya que la mayoría venía del mismo sitio. Los encapuchados a los que nadie conocía, ubicados en el rincón más solitario de la habitación, cuchicheaban con energía. A veces uno de ellos gesticulaba bruscamente, pero por lo general, lo que decían no se distinguía.
Únicamente hubo alguien dispuesto a averiguar qué estaban tramando, así que se acercó al grupo de misteriosos personajes y se sentó en una silla vacía colocada a la izquierda de los mismos.
—… ¡Y lo dicen tan campantes! ¡Fallamos!
Una voz femenina, entre irritada y autoritaria, le sonaba familiar…
—¿Campantes? ¿Es en serio? ¿Crees que no nos afecta haber fallado? Tienes un serio problema.
Y esa voz masculina, arrogante y a la vez tenaz…
—No quise… Bueno, es que a veces parece que no piensan.
—Parece, tú lo has dicho. Tennos algo de fe, ¿quieres?
—De acuerdo, capitán. ¿Me perdona la insubordinación?
—¿Escuché bien? ¿Nuestra estimadísima hija de muggles sabe lo que es el sarcasmo?
—Que sea hija de muggles no significa que no sepa lo que es el sarcasmo, desheredado.
Una risa baja, ronca, le hizo acordarse de algo. De alguien…
—No lo olviden —habló entonces una voz femenina más serena y firme —Deben informar de todo lo que vieron y oyeron. Quizá sirva de algo. ¿Y por qué no me esperaron?
—Guapa, no podíamos esperar. Si no fuera por la corazonada de tu amiga la amargada…
—¡Oye!
—… Ni siquiera habríamos ido hacia Primrose Hill. Es decir, fue un golpe de suerte.
—Y ya sabes, aquí tu novio es experto en golpes de suerte.
Se atrevió a echar un vistazo al grupo. El más alto de los hombres, envuelto en una capa negra de terciopelo, movía levemente la cabeza al ritmo de otra risa baja y ronca, esa que le causaba tanta incomodidad… y la sensación de haber escuchado ese sonido en otro lugar.
—Por cierto, ¿la niña Macmillan no es amiga de tu damita? ¿Dónde está?
—Según sus padres, se quedó con su cuñada. Mejor, los niños no deben saber ciertas cosas.
—¿Desde cuándo eres tan maduro, desheredado?
Otra vez se dejó escuchar la risa baja y ronca, con un poco menos de entusiasmo que antes.
—Mi estimada cuñada, deberías haber aprendido que puedo ser maduro cuando hace falta.
—¿Desde cuándo soy tu cuñada?
—Vamos, eres como una hermana para mi hermosa novia y tu novio es para mí como un hermano, ¿qué esperabas? ¡Explícaselo, amante de los camaleones!
—A mí no me metas en esto.
La conversación de los misteriosos individuos terminó allí, puesto que el señor Potter llamó repentinamente al orden. A juzgar por las miradas desconcertadas que recibió, pocos se habían dado cuenta de cuándo entró a la habitación.
—Han cerrado el caso —informó el señor Potter cuando un relativo silencio inundó la estancia.
—¿Hablas en serio? —espetó indignado el señor Macmillan, poniéndose de pie de un salto.
—Lamentablemente. No había mucho qué investigar. Se dictó orden de aprehensión en contra de los terroristas, pero será difícil que se cumpla sin saber siquiera a quiénes buscamos.
—¡Eh, podemos ayudar en eso! —el encapuchado de la capa negra de terciopelo alzó una mano a toda velocidad, aclarándose la garganta al ver las miradas de censura que le dedicaban —Es decir, lo vimos todo, y también intentamos…
—Sabemos lo que intentaron —interrumpió el señor Potter con cierta sequedad —Y no deben sentirse culpables por ello. Cualquier dato que puedan proporcionarnos, será bienvenido.
Dos de los encapuchados, una mujer de capa verde esmeralda y un hombre de capa marrón, giraron las cabezas uno hacia el otro, obviamente intercambiando miradas.
—La máscara de la chica —señaló el encapuchado de capa negra, tras inhalar con fuerza —Blanca, con un sol negro. Una imitación bastante tétrica de las máscaras de la Guardia Imperial de Japón, si quieren mi opinión.
—No sería raro que algún prófugo de Shinitani que antes fuera de la Guardia Imperial, se hubiera unido a Hagen —apuntó con cautela la señora Potter, ubicada a la derecha de su marido —En Japón no los tienen en buen concepto y si creen que van a conseguir algo de todo esto…
—¿De qué tipo de Guardianes Imperiales estamos hablando? —inquirió el señor Ron.
—Buena pregunta —concedió el señor Potter —Por lo poco que sabemos, la Guardia Imperial no solamente consta de aurores (Samuráis, los llaman allá), sino también de otros tipos de magos. Pero aparte de confirmar que existe un Escuadrón Ninja, no podemos asegurar nada. Me atrevo a suponer que la chica que vieron ellos —señaló a los encapuchados —era de ese Escuadrón. Los datos que nos dio de ellos el señor Hikarikino coinciden, sobre todo en lo de no mostrar el rostro a nadie, ni siquiera a los que se supone que son camaradas, a menos que sea absolutamente necesario.
—Sí, incluso usan un apodo, un nombre clave —recordó otro de los encapuchados, de capa gris claro —Supongo que los aliados que tiene ahora la chica no pueden o no quieren pronunciarlo, porque no dejaban de llamarla "japonesa" o algo similar.
—Según los datos del señor Hikarikino y los pocos que hay en el Ministerio sobre nuestros homólogos, quizá esa chica sea lo que los japoneses llaman nukenin —el señor Potter hizo una mueca al pronunciar aquel vocablo extraño —Es decir, una ninja traidora. La traición en la Guardia Imperial se castiga igual en todos sus Escuadrones: cadena perpetua en Shinitani, la cárcel mágica del Pacífico, y convertir en tabú su nombre real y su nombre clave. ¿Para qué? Lo ignoro.
—Quizá creen que si nombras a un traidor, estás aliado con ese traidor —razonó de manera inesperada una de las mujeres encapuchadas, cuya capa era de un color entre amarillo y marrón.
—Posiblemente. El punto es que si esa chica era una traidora a la Guardia Imperial, nadie va a nombrarla y no sabremos contra quién estamos luchando. Aunque si lo que reportaron es cierto, es una persona de cuidado. En el Cuartel solicitamos que Japón nos envíe toda la información disponible, pero podría tardar. Son condenadamente rigurosos acerca de confiar sus secretos.
Se hizo el silencio por unos minutos, y durante ese periodo apenas se miraron unos a otros.
—¿Cuándo… Cuándo podremos verlo? —dijo entonces la señora Macmillan, poniéndose de pie lentamente, con los labios fruncidos.
—No lo sé, Hannah, ni siquiera a nosotros nos han dado permiso de interrogarlo. Cuando eso suceda, podemos interceder para que permitan las visitas familiares.
La señora Macmillan asintió con gravedad, antes de volverse a sentar.
—Quizá pueda ayudar con eso —intervino tímidamente Rebecca Copperfield, que lucía una especie de broche en la parte superior izquierda del pecho, donde se veía el símbolo de San Mungo —Acaban de enviar a mi generación a prácticas, podría hablar con alguien en el hospital.
—Eso ayudará. Entre la presión que ejercemos en el Ministerio y que la familia haga por querer verlo, tendrán que ceder.
—Esa voz me agrada —musitó el encapuchado de capa marrón con cierto aire divertido.
—Relacionado con esto, recibimos un informe —indicó el señor Potter, con expresión de no querer decir lo que venía a continuación —Hagen quiere quebrantar el Estaturo Internacional del Secreto. Las razones son desconocidas, pero nuestros informantes consiguieron sonsacar esto de fuentes que consideran confiables, así que habrá que tomar varias medidas. A nuestra manera, la comunidad mágica debe estar al tanto.
—Nadie creerá jamás que un mago quiere romper el Estatuto a propósito —dejó escapar la señora Finnigan, agitando la cabeza y con eso, su largo cabello.
—Es lo que nos desconcierta, Lavender. ¿Para qué quiere Hagen que los muggles sepan que los magos existimos? —señaló la señora Potter sin pizca de humor —Algo trama, algo que no podemos descifrar ahora. Lo único que se me ocurre, a corto plazo, es que los muggles volverán a la Edad Media si nos descubren y quizá quieran…No sé, lincharnos o quemarnos en la hoguera.
—Podemos escapar de esas cosas —señaló sin mucho ánimo Jason Bradley, compañero de Rebecca en la Escuela de Sanación.
—Podemos, sí, pero con que un solo muggle con cerebro guíe una cacería de brujas a gran escala, estaremos acabados. Nunca han tenido que vérselas con pistolas o granadas, ¿verdad?
—Las estudiamos en la Triple A —recordó Geoffrey Caine, frunciendo el ceño.
—Entonces sabrán que si no nos protegemos a tiempo, armas muggles como esas pueden hacernos mucho daño.
Ninguno de los presentes se atrevió a rebatir el argumento de la señora Potter.
—¿Quiénes confirmaron ese plan tan descabellado de Hagen? —quiso saber el señor Finnigan.
—La aurora Turner, agente doble, y el líder de la Aufruhr, Karl Hagen.
—¿La… Aufruhr? —musito la señora Visconti, sin comprender bien.
—Así han decidido llamar los magos alemanes al movimiento en contra de Hagen, significa Rebelión o Revuelta, más o menos —aclaró el señor Potter con toda la calma que podía —Cada vez son más, pero aún así, no es mucho lo que pueden hacer, ya que su Ministerio se rindió ante Hagen y cualquier acto rebelde es castigado con la muerte. Si alguien ve o lee las noticias muggles —algunos en la habitación, claramente los magos hijos de muggles, asintieron levemente con la cabeza —sabrá que hay una oleada inusitada de muertes extrañas en Alemania y demás países que, nosotros sabemos, son controlados por Hagen. Los muggles lo están atribuyendo a una epidemia o algo por el estilo.
—¿Y qué ha pasado con lo de Elephant and Castle? —inquirió el señor Potter.
—Por fortuna, seguimos teniendo nuestra tapadera en el Queen's Pub. Pudimos oír que los policías no tienen ni idea de qué pasó en su comisaría —el encapuchado de capa marrón se encogió de hombros —Pero allí sí hay señas de lucha. Creen que fue una banda de ladrones, porque según las averiguaciones, el poco dinero muggle que guardaba la comisaría no lo encontraron. ¿Para qué querrían esos tipos dinero muggle? No lo sabemos.
Cuando el encapuchado terminó de hablar, de nuevo se hizo el silencio, aunque no duró mucho. Inmediatamente se enfrascaron en el tema que los había reunido allí, pues pronto deberían regresar al sitio en el que anteriormente habían esperado por horas alguna noticia.
Querían tener algún plan antes de regresar a la sala de espera de San Mungo.
11 de febrero de 2021.
Londres, Inglaterra.
Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas.
Amy Macmillan, pese a su carácter mesurado, no podía evitar dejarse llevar por arrebatos de ira, aunque no era de manera frecuente. Uno de los últimos había sido cuando, recién llegada del colegio, le pidieron que permaneciera en casa de su hermano Ernest, haciéndole compañía a su cuñada, mientras sus padres y Harold se ocupaban de resolver la crisis familiar. Sin embargo, la jovencita agitó la cabeza de lado a lado, haciendo que sus largas trenzas castañas ondularan con fuerza, antes de pedir que la dejaran participar de alguna manera.
Y allí estaba, junto a Alice, ocupando butacas de la sala de espera e impacientes porque algún sanador se acercara y les dijera que podían ver a Ernest. Su cuñada se veía un poco pálida, pero fuera de eso se encontraba bien. Era Amy quien no podía dejar de preocuparse.
Todo el asunto le recordaba dolorosamente a lo que Danielle había vivido en Estados Unidos y no podía evitar asustarse. Su hermano era una de las personas más inteligentes que conocía, pero a veces eso no era suficiente para salir bien librado de acontecimientos como aquel. Estrujándose las manos, Amy deseaba con todas sus fuerzas que Ernest estuviera bien, más que nada porque sabía que era lo único que podía hacer por él. En momentos como esos renegó de ser apenas una chica de catorce… No, de quince años. Ese mismo día los cumplía.
Pues menudo cumpleaños, diría Rose.
La castaña pudo sonreír sutilmente al recordar a su pelirroja amiga de Gryffindor. Eso logró que dejara de angustiarse un poco, prefiriendo conversar con su cuñada.
—Ya verás que está bien —intentó alentar.
Alice Macmillan asintió con torpeza, al tiempo que le dirigía una sonrisa nerviosa.
—Cuando volvamos a casa, tendrás un pastel como se debe —prometió.
—No hace falta, en serio, yo…
—¡Faltaba más! Iba a enviártelo para que llegara esta mañana, junto con el regalo de Ernest, pero como comprenderás, no tuve tiempo de cocinarlo.
—En serio, Alice, te digo que…
—¿Familiares de Ernest Macmillan?
Un sanador de barba incipiente y brillante calva miraba unos pergaminos mientras hablaba.
—Soy su esposa y ella es su hermana —Alice se puso de pie de inmediato —¿Cómo está?
—Señora Macmillan, no voy a mentirle. Aunque logramos atender la mayor parte de las heridas, hay un hechizo latente que lo ha dejado… Pues en muy mal estado.
—¿Qué tan malo? ¡Dígame, por favor!
El sanador miró a ambas, luego leyó de nuevo sus pergaminos y suspiró.
—¿Le importaría que se lo diga en privado? —indagó finalmente.
—Tarde o temprano Amy se enterará —Alice rodeó con un brazo los hombros de su joven cuñada —Puede hablar delante de ella.
La incomodidad del hombre era patente, pero como Alice no dio señales de retractarse, el sanador terminó por ceder.
—El señor Macmillan presenta una afección que lo hace actuar de manera similar a cuando… A cuando un mago recibe el beso del dementor. Señora, tememos que su marido haya perdido de forma permanente el sentido de la realidad.
Alice palideció a una velocidad alarmante, por lo cual Amy estiró un brazo para sostenerla, temiendo que se desmayara en cualquier momento. El sanador debió pensar lo mismo, porque enseguida las instó a tomar asiento y llamó a gritos a una enfermera,
Amy pensó, con justa razón, que Alice tenía todo el derecho a desmoronarse.
Pero ella no, porque su cuñada la necesitaba. Al menos ahora, que enfrentaban eso solas.
Una hora después, Alice no era la única que lucía como si el mundo se desvaneciera ante sus ojos. Hannah Macmillan, al enterarse de la condición de su primogénito, había dejado escapar un chillido ahogado antes de desplomarse en una silla, sollozando, consolada débilmente por su marido y un hombre de cabello y ojos castaños.
—Esto es increíble —masculló Ernie Macmillan con furia contenida —¿De verdad no hay nada que se pueda hacer?
—Susan prometió venir en cuanto le den autorización en el colegio —indicó el hombre de cabello y ojos castaños sentado con él y la señora Hannah —Quiere reconocer a Ernest en persona.
—Se los agradezco mucho, Justin, pero no creo que…
—Fue idea de ella, Ernie, le mandé un mensaje contándole lo sucedido.
El señor Macmillan asintió, comprobando una vez más que había hecho bien en elegir a los Finch–Fletchley como padrinos de su hijo mayor.
—¿Cómo puede ser posible que el chico quedara así?
Amy, sumida en sus pensamientos, de pronto dio un respingo. Los encapuchados se habían instalado cerca de ella, y por lo visto, no eran conscientes de que la joven podía escucharlos… con mucha atención, por cierto.
—Amigo, te recuerdo que no sabemos exactamente qué tipo de magia usó esa… nukenin. Así la nombró Harry, ¿no? Podría ser cualquier cosa.
—Pues si esa loca intenta algo conmigo, no le tendré miramientos. Aunque sea una chica.
—Cariño, cálmate.
Esa voz femenina, serena y firme… Amy estaba segura de haberla escuchado antes.
—Lo lamento, guapa, es que… ¿Cómo pudimos fallar así? Está bien que seamos impulsivos y que su amargada amiga crea que no pensamos…
—¡Oye!
—… Pero cuando planeamos algo como esto, pensamos en todo.
—Sí, ya me lo explicaron. Y sabes perfectamente lo que pienso. Nadie podía prever que esa japonesa contaría con refuerzos.
—Sí, refuerzos que podían sacarse una espada de la mano, o electrocutarnos con un dedo, ¡o peor aún! Mandarnos a volar con un gesto. Dime, ¿eso es normal?
—No, para nada. Coincido contigo.
Amy se atrevió a echar un vistazo hacia el grupo de encapuchados. Supuso que la mujer que había estado hablando era la más alta, ataviada con una capa violeta y que le tomaba el brazo a un hombre de capa negra de terciopelo cuya cabeza se movía ligeramente a ambos lados.
—¿A quién buscas, desheredado? —quiso saber la voz mandona de una mujer, que venía de una capucha de color entre amarilla y marrón.
El de capa negra movió la cabeza a un lado y a otro, acercándose más a la de capa violeta.
—Últimamente me da la sensación de que nos observan —indicó.
Ante eso, Amy agachó la cabeza.
—¿Estás bromeando, cierto? —inquirió un hombre de capa marrón, cruzándose de brazos.
—Hermano, ¿me crees capaz de bromear con algo así? ¿Y más cuando no hemos podido averiguar cómo regresar a casa?
¿Regresar a casa? ¿Acaso esas personas estaban varadas en Reino Unido por alguna razón?
—Eso me recuerda… ¿Qué pasa con tu pista? —preguntó una voz de mujer que venía de la capucha de una capa verde esmeralda.
—¿Mi pista? Fuiste tú la que dijo que la movieron a América, ¿no?
—No me refiero a eso. ¿Has logrado averiguar cómo funciona? ¿O cuál puede ser la razón para la que nos trajera aquí precisamente a nosotros?
—¡Ah, eso! —el de capa negra de terciopelo relajó un poco su postura, aunque una mano le tembló ligeramente al colocarla en el brazo que sostenía de la mujer de capa violeta —Puesto que mi única pista salió de un libro muggle, no hay mucho con qué trabajar. He intentado conseguir toda la información posible y me topé con que los muggles creían que nuestra pista era en verdad mágica —una carcajada baja y ronca se le escapó al hombre —Lo curioso es que hay unos cuantos relatos de personas que afirman haber estado en contacto con nuestra pista y luego de eso, hay un periodo de tiempo en el cual no se sabe nada de ellas.
—¿Te refieres a…?
—Sí, es posible que les pasara lo mismo que a nosotros. Ando siguiendo ese hilo, solo espero que no se corte antes de toparme con la madeja.
El resto de los encapuchados asintió, y Amy se preguntó de qué estarían hablando exactamente. Comenzó a pensar que quizá todos ellos eran de alguno de los países que Hagen había logrado controlar, pero lo siguiente de la conversación la hizo dudar.
—Ahora que lo pienso, ¿cómo haremos para no perjudicar nada? —quiso saber un hombre de capa clara, de un tono entre azul y gris —Es decir, ¿usaremos hechizos, pociones o…?
—A mí ni siquiera me agrada la idea de dejar ciertas cosas tal cual —espetó el de capa negra.
—Quedamos en eso —apuntó el de capa marrón, con una voz resignada y triste —¿Crees que eres al único que le duele? Pero ya lo discutimos: con una sola cosa que hagamos diferente en casa, todo podría salirnos al revés aquí. Ojalá fuéramos videntes o algo así…
—¡Los videntes no existen! —espetó la de capa entre amarilla y marrón.
—Si los videntes no existen, ¿qué es la metamorfomaga que tuvo a su bebé en noviembre? ¿Y la que guarda nuestra pista en América? ¿Y la chica que vimos de pasada en la última reunión?
—¿Quién? ¿La china de ojos azules? —se extrañó una mujer menuda de capucha azul celeste.
—Sí, ella. Oí a tu muchacho —el de capa marrón señaló con una mano al de capa negra, quien se irguió un poco más —llamar a esas tres de cierta manera. Y Harry mismo ha…
—No te pongas a hablar de él en ese tono, que luego no te soportamos.
Era difícil hacer que una queja sonara a broma, pero el hombre de la capa negra lo consiguió y sus compañeros rieron con ganas, pero en el volumen más bajo que pudieron.
—¡A callar, desheredado! Bien que estás orgulloso de tu muchacho, ¿no?
—Pelirroja, cualquiera que haga rabiar a mi querida y anciana madre es digno de mi orgullo, aunque no fuera mi muchacho. Lo que me recuerda… ¿Crees que aquí emparentaremos?
—¡Otra vez con eso! No es de nuestra incumbencia, ¿por qué tanto interés?
—Porque una linda serpiente me comentó algo al respecto.
Ninguno de los encapuchados le pidió a su amigo que se explicara, y eso dejó a Amy picada por la curiosidad. Sin embargo, no se atrevió a moverse hasta que distinguió una figura con túnica verde lima que se acercaba y se puso de pie de un salto.
El sanador seguramente traía noticias de su hermano.
11 de febrero de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Mágica y Hechicería.
El cielo se veía plomizo, gris, opaco… Muy acorde con el humor general del castillo.
—Quiero irme a la cama…
—Rose, sabemos que no te gusta Adivinación a esta hora, pero…
—No es solo eso.
Walter arqueó una ceja, girándose hacia Thomas, quien se encogió de hombros. Ambos chicos miraron a Hally a la vez, pero la jovencita de anteojos apenas lo notó.
—Ya verás que… —comenzó Hally.
—Ni lo intentes. Sé que no es cierto. Nunca es cierto.
Rose caminó un poco más aprisa para dejar a sus amigos atrás, lo que dejó desconcertada a Hally y más preocupados a los otros dos.
—Ahora es cuando necesitamos los talentos de Colmillo Blanco —señaló Thomas.
—Te oye decir eso y te echa un maleficio —advirtió Walter.
—Lo discutiremos después —pidió Hally, apresurándose a alcanzar a Rose.
El par de chicos la imitó un segundo después.
Para su desgracia, el profesor Firenze no se veía de buen humor. En realidad, determinar el estado de ánimo de un centauro solamente por su expresión era difícil, ya que solían mostrarse serenos y fríos. Sin embargo, siendo su docente de Adivinación Antigua muy diferente al resto de su raza, saltó a la vista que algo lo preocupaba. Lo demostró al dar la última cátedra con el tema de la piromancia de manera seca y apenas moviéndose por el aula encantada, en vez de usar frases certeras y amables al pasearse, como era su costumbre.
—Medidas exactas no siempre lleva a predicciones exactas —indicó el centauro, tras explicar con cierto aire hosco el método para leer llamas que iban a emplear —De hecho, las predicciones exactas ni siquiera existen. Traten de hacerlas e irán directo al fracaso.
Emily Lancaster refunfuñó, pero el resto de la clase optó por encogerse de hombros. Estaban ya acostumbrados a las enigmáticas palabras de su profesor y también a no entenderlas a la primera.
Pese a no ser la mejor estudiante, Rose de verdad estaba distraída ese día. Se equivocó de forma tan desastrosa en las medidas de malva dulce y demás hierbas a arrojar al fuego, que pronto su esquina del aula estaba envuelto en una humareda de olor mareante. La pelirroja sacó su pañuelo, poniéndolo sobre su boca y su nariz, al tiempo que se alejaba de la pequeña fogata donde practicaba su piromancia. Cuando pudo distinguir algo más allá de su nariz, se topó directamente con el profesor Firenze, que la observaba fijamente con sus profundos ojos claros.
—Lo siento —se disculpó la chica, con voz amortiguada a causa del pañuelo.
—Apártese por favor, señorita Weasley. Y espere en el pasillo.
Incluso un profesor como aquel podía perder la paciencia, pensó Rose con fastidio, pasando entre sus compañeros para salir de allí. Habría alcanzado la puerta del aula en silencio si no llega a escuchar una voz que pretendía susurrar, pero en realidad se burlaba descaradamente.
—¿Ven cómo el cerebro de Weasley no está conectado a su boca?
La jovencita ni siquiera se molestó en voltear la cabeza. Sacó la varita con un movimiento rápido, pronunció algo en voz baja y bajó la mano, todo en menos de tres segundos, para luego acabar de salir del aula ante la mirada atónita de la clase.
En su sitio, Donald Warren tragaba en seco, mientras tras él, su sombrero estaba atravesado por una torcida y delgada flecha.
En los jardines, los alumnos de Autodefensas Muggles de cuarto curso estaban concluyendo con sus ejercicios del día cuando Karen Tate dejó escapar un gemido.
—¡Ten más cuidado, Graham!
La Ravenclaw normalmente soportaba todo lo que se presentara en esa clase, pero esta vez era completamente diferente. Evidentemente, su compañero de práctica estaba distraído con algo.
—Lo siento —musitó él, enderezándose lentamente.
Henry intentaba concentrarse con todas sus fuerzas en lo que estaba haciendo. Mientras se preparaba para ejecutar nuevamente la llave de judo recién enseñada, trataba de cerrarle el paso a la presión que atenazaba su pecho. Pero si quería lograr eso, entonces tendría que…
—¡Es suficiente por hoy!
El anuncio del profesor Kukai tomó desprevenidos a varios. Adam Perkins se apresuró a realizar un último intento por derrumbar a Ryo, pero este se defendió fácilmente y lo acabó arrojando al suelo; en tanto, Sunny apenas resistió el embate de Paul Owen.
—Recuerden practicar este movimiento en cuanto tengan ocasión, lo revisaré la próxima clase. ¡Black–kun, Malfoy–san! ¿No escucharon?
Los nombrados asintieron con la cabeza, pero no fue hasta que Procyon venció a Danielle que los dos se sacudieron las túnicas para reunirse con los demás. El profesor Kukai meneó la cabeza con cierta resignación y los dejó marchar.
—¡Al fin! —Sunny dejó escapar un suspiro de hartazgo —Estoy agotada. Nunca imaginé que Owen pudiera dar tantos problemas.
—¿Por qué Karen parece tan enfadada? —le preguntó Ryo a Henry.
—Eh… Hubo un momento en el que me despisté y la tiré más fuerte de lo que debía.
—Es el riesgo de esta clase, ¿de qué se queja? —desdeñó Sunny.
—¿Qué pasa con ustedes? —inquirió Procyon, mirando al frente.
Acababan de llegar al vestíbulo, topándose con sus amigos que cursaban Adivinación.
Con todos, menos con Rose.
—No ha sido la mejor práctica de piromancia que hemos tenido —comentó Thomas.
—A Rose se le pasó la mano quemando unas hierbas y casi se ahogó en humo —explicó Walter y, con el ceño fruncido, añadió —Eso y lo del sombrero de Warren, pero la flecha él se la ganó.
—¿Flecha? —se extrañó Danielle.
A grandes rasgos, Walter les contó lo sucedido, dejando a sus amigos más que sorprendidos. Henry, por cierto, frunció el ceño, mirando a Hally, que no había pronunciado palabra.
—¿Tú qué crees? —le preguntó el castaño ojiverde a la de anteojos.
Hally meneó la cabeza, como si quisiera librarse de un insecto particularmente molesto que revoloteara a su alrededor. Al final, soltó un suspiro.
—Una vez vi a Rose comportarse así… Intento recordar cuándo fue, para saber qué podemos hacer por ella. Pero no sé…
La jovencita volvió a sacudir la cabeza y sus amigos supieron que estaba frustrada. La memoria no solía fallarle de esa manera a Hally Potter, no cuando de verdad se concentraba.
—Entonces intentemos pensar en algo mientras almorzamos —propuso Henry, asintiendo con la cabeza —Ojalá Amy anduviera por aquí, se le da bien eso de ponerse en los zapatos de…
Se detuvo por lo que estaba a punto de decir. ¡Su Legado lo despistaba tanto a veces…!
—¿Qué no eres tú el experto en ponerse en los zapatos de los demás? —soltó Procyon.
Seguramente su amigo quería desquitarse por todo lo que le había dicho respecto a declararse, pero en ese momento Henry no se detuvo a discutir.
—Me refería a que Amy se pone en los zapatos de los demás y acierta —aclaró con calma, lo que dejó un tanto desconcertado a Procyon —Con la enorme cantidad de sentimientos ajenos de los que debo cuidarme, no soy muy confiable.
Sus amigos vieron al castaño ojiverde hacer una ligera mueca y supusieron que se debía a que no le gustaba considerarse malo en algo.
—Pues bien, a pensar se ha dicho —animó Thomas con una sonrisa.
El grupo se separó entonces, con cada integrante pensando en sus cosas y a la vez, unidos por la necesidad de ver de nuevo a una Rose animada y sonriente.
13 de febrero de 2021.
El cielo, de un curioso gris claro a causa de las nubes, hacía posible que se mirara a lo alto sin ser deslumbrado. Cosa que era bastante conveniente para un partido de quidditch, con todo y que el frío todavía se dejara sentir.
—¡Bienvenidos sean al partido de hoy! ¡Gryffindor contra Hufflepuff!
Melvin Corner arrugó la frente ante el inusual entusiasmo de su compañero comentarista. Era un hijo de muggles y ni siquiera jugaba quidditch, ¿por qué se emocionaba tanto?
Ah, claro, tenía un montón de amigos que jugaban ese día, ¿cómo pudo olvidarlo?
—Sabemos que el equipo de Gryffindor de este curso es fuera de lo común, ¿pero qué más da? Hasta la fecha no ha decepcionado a nadie, ¡miren a su capitana! ¡Atrapa la snitch, amiga mía!
—¡Elliott, contrólese!
El aludido, encogiéndose de hombros, le hizo una señal a Corner para que siguiera narrando, mientras movía la cabeza en dirección al profesor Lovecraft a modo de disculpa.
—Viene saliendo el equipo de Hufflepuff —anunció el Ravenclaw al ver en el aire figuras vestidas de amarillo canario —No está en su mejor momento, si no me informaron mal —unos cuantos abucheos se dejaron oír desde las gradas —¡Momento! ¿Esa no es su guardiana titular?
Una larga trenza castaña fue el indicador para que los aficionados de la casa de los tejones dejaran escapar una ovación. La dueña de la trenza, mirando hacia el origen del sonido, inclinó la cabeza como agradecimiento, sonriendo levemente, antes de colocarse en posición.
En realidad, Amy no tenía ánimos de nada, mucho menos para el quidditch. Sin embargo, había sido Alice quien, tras darle sus regalos de cumpleaños, la instó a regresar al colegio, alegando que nada ganaba quedándose en San Mungo, sin poder ayudar realmente a Ernest. Además, le pidió con fervor que jugara el partido, con la excusa de que quería un relato pormenorizado del mismo en cuanto le escribiera, con la intención de leérselo a su marido.
Sabiendo que su hermano era un fanático del quidditch (aunque nunca se le dio bien jugarlo, había que reconocerlo), Amy se prometió jugar de una forma digna de ser recordada.
Y que eso ayudara a Ernest de alguna manera.
Los de Hufflepuff abandonaron el estadio casi cuatro horas después, roncos de tanto gritar y decepcionados por la derrota de su equipo, aunque estaban más enojados con Eleazar Thompson porque nunca notó que la snitch volaba encima de su cabeza… hasta que Hally Potter la atrapó.
—Aún así, fue un buen partido —indicó Bryan con voz cautelosa.
Su hermana Erica lo miró con las cejas arqueadas antes de marcharse con varias compañeras de curso y casa, despotricando contra Thompson y su incompetencia.
—No esperabas que ella comprendiera, ¿verdad? —inquirió Paula, que había caminado a varios pasos de distancia de los dos hermanos hasta que la mayor se alejó.
—Creo que no. ¿Has visto a Amy?
—Debe estar en los vestuarios todavía.
—¡Ai! —indicó Ryo, que había alcanzado a su amigo y a su novia dando largas zancadas, seguido de cerca por Sunny y Walter —Danielle fue a buscar a Thomas y los dos iban a traer a Amy y a los estupendos ganadores de hoy. Micropuffs, Bryan, ¿te estás sonrojando?
El aludido no respondió, se limitó a agitar la cabeza.
—¿Qué significa esa palabra con la que llamas a Paula? —quiso saber Sunny, curiosa.
Ryo sacó la punta de la lengua, juguetón, en tanto Paula torcía ligeramente la boca, con las mejillas un poco rojas.
—Cosa mía —contestó Ryo, encogiéndose de hombros —En fin, me alegra que Amy jugara, ¿a ustedes no? Seguro eso la animó un poco. Lo hizo genial y de no ser por el presumido de Smith…
Sus amigos, incluso el apacible Bryan, hicieron una mueca ante la mención de uno de los cazadores titulares de Hufflepuff, que se había comportado de manera bastante similar a Oliver Mackenzie en el primer partido de la temporada, pues intentó jugar solo, de forma arrogante, haciendo que sus compañeros perdieran valiosas oportunidades de anotar.
—Voy a dibujar a Smith en el próximo ahorcado que juguemos —indicó Sunny con verdadera burla, dejando escapar una risita —Incluso puedo copiar su expresión altanera y lo demás…
—Si logras un retrato decente, me voy a asustar —secundó Ryo.
Walter abrió la boca, seguramente para regañarlos, pero alguien se abrió paso entre él y Bryan.
Era Aaron Smith, con aspecto de estar muy enfadado y la mejilla izquierda enrojecida, con marcas de dedos. Ya se preguntaban quién podría haberle hecho semejante cosa, cuando esta vez fueron Sunny y Paula las separadas por un par de enérgicas manos.
—¡Hola! ¿Vieron la cara de ese presumido?
Era Rose, que parecía un poco más animada que en los días precedentes. Sonreía con un poco de malicia, mirando la ancha espalda de Smith alejándose en dirección al castillo.
—Pues sí, ¿qué tenía de raro? —se extrañó Paula.
—¡Oh, vamos! Estaba adornada con mi poderosa mano, no pueden negarlo.
—¡Lo abofeteaste! —saltaron Walter y Ryo a la vez, estupefactos.
—Oh, sí, me sirvió mucho. Tenía que desquitarme con algún idiota.
—¿Desquitarte de qué?
Rose se encogió de hombros, aunque dejó escapar una risita.
—¿Qué pasó con Smith? —fue lo primero que Paula les preguntó a Procyon, Henry, Hally y Amy, que venían pocos pasos atrás.
La castaña de Hufflepuff se encogió de hombros, colorada, en tanto los chicos se miraron entre sí como preguntándose si debían abrir la boca o no. Finalmente, fue Hally quien contestó.
—Smith se puso muy pesado, como si fuera el capitán, por ese último gol que Odette le anotó a Amy. Lo oímos cuando la fuimos a buscar, Rose se impacientó y bueno…
La jovencita de anteojos encogió los hombros con aspecto resignado, mientras el resto de sus amigos no sabía qué pensar de una Rose que, a últimas fechas, actuaba de manera inusual.
Como si de pronto, el parecido con su madre se hubiera apoderado de ella.
—No fue muy buena idea… Creo —musitó entonces Amy, avergonzada.
—¡Claro que sí! —se exaltó Rose, haciendo un mohín —Y adviértele al idiota de Smith que si quiere desquitarse, que venga conmigo, ¿entendido? Si me entero que va contra ti…
—Rose, por favor, puedes meterte en líos —riñó Hally.
—Lo sé, pero se lo dirás, ¿verdad?
La pelirroja miró a una Amy que asentía silenciosamente con la cabeza, avergonzada.
—Muy bien. Y todos ustedes, ¡quiero muchos dulces mañana! Espero tener dinero suficiente para eso, voy a revisar mi monedero llegando al castillo…
—¿Entonces no es broma? ¿No irá mañana a Hogsmeade? —inquirió Sunny por lo bajo.
—Es en serio. Más porque antes de bajar al campo, otros dos chicos le pidieron una cita.
Ante la explicación de Hally, las jóvenes presentes se miraron y dejaron ver distintos gestos de hartazgo, en tanto sus amigos no dejaban de preguntarse cómo se las arreglaban para no acabar locos con tantos cambios bruscos de humor a su alrededor.
Cuestión de costumbre, quizá.
14 de febrero de 2021.
—Muy bien, ¿a dónde vamos?
Henry arqueó una ceja de manera irónica, al tiempo que se acomodaba la mochila al hombro.
—¡Oh, vamos! Pensaba que quizá podríamos salir a los jardines.
—Olvídalo. Hace mucho viento, perderíamos los pergaminos.
—¿Y si nos quedamos en la sala común? La biblioteca es aburrida.
—Sí, y estará casi vacía.
Rose, haciendo una variedad curiosa de muecas, terminó accediendo.
Hacía unos minutos que habían despedido a Hally y a Procyon, antes que se marcharan a Hogsmeade. Henry obligó a Rose a terminar parte de sus tareas pendientes, y aunque no lo admitiera, le ayudaría a no toparse con alguno de esos chicos indeseados que no dejaban de invitarla a salir. Así, caminaron rumbo a la biblioteca, donde como era de suponer, había solamente unos cuantos chiquillos de primero y segundo, así como algunos de jóvenes de séptimo que pensaban que una salida al pueblo en esa fecha les resultaba un fastidio. O eso creyó Rose al pasear por las estanterías buscando un libro para su tarea de Estudios Muggles.
—Anda, vamos a pasear.
—Debo terminar la redacción para Brownfield sobre…
—Déjalo para más tarde, ¡es San Valentín! Los jardines han de estar casi vacíos.
La pelirroja le dedicó una mueca a la pareja de séptimo que se escurrió entre las estanterías hasta la salida, con paso tan rápido que el señor Milton les dedicó una mirada furibunda.
—¿Encontraste lo que querías? —preguntó Henry dos minutos después.
—Sí, ¿cómo no hacerlo? Un aburrido libro sobre carteros muggles, la pasaré en grande…
Henry meneó la cabeza y se enfrascó en uno de los dos enormes volúmenes que tenía cerca.
—¿Para qué necesitas esos tabiques? —quiso saber Rose, pausando sus anotaciones.
—Alquimia. En realidad solo necesito uno, pero allí se menciona al otro, así que traje los dos.
—Típico de ti.
Se quedaron callados un largo rato, aunque Rose a veces dejaba escapar resoplidos de disgusto cuando tenía que tachar frases, lo cual sucedía a menudo. Henry ya iba por las conclusiones de su redacción sobre transmutaciones de sustancias sólidas a gaseosas en el momento en que su amiga, finalmente, pareció encontrar sentido a todas sus notas y se puso a pasarlas en limpio. Por ese motivo él acabó antes y pudo quedarse quieto un momento, contemplando el ceño fruncido de la pelirroja, sus ojos atentos y el deslizar veloz de su pluma, antes de impedir con un movimiento de mano que casi volcara el tintero sobre el pergamino en el que escribía.
—¡Muchas gracias! —musitó ella con alegría, ya que el señor Milton pasaba por allí con los brazos cargados de libros —Así no tendré que empezar de nuevo.
—No puedo creer que no te fijaras en dónde tenías el tintero.
—Bueno, estaba concentrada, ¿qué esperabas? Me pasa todo el tiempo.
Cierto. Sin ir más lejos, la semana anterior Rose arruinó la mitad de su redacción de Pociones, lo que la hizo soltar variados insultos al tintero, a su torpeza… y a Snape.
—Si tirabas la tinta en la mesa, Milton podría enfadarse —apuntó el castaño.
—¡Tonterías! Primero corta una mano por maltratar un libro.
Henry asintió.
—¿Ya terminaste? Quiero salir de aquí, es frustrante hablar en susurros.
—Espera un momento, si guardas la redacción así, se manchará.
—¿No te sabes algún hechizos que seque la tinta?
—Sí, pero no puedo hacerlo.
—¡Estás bromeando!
Henry arqueó una ceja, sarcástico. Rose se encogió un poco.
—Lo siento, es que… ¿Desde cuándo no te sale un hechizo?
—Por favor, no es para tanto. Apenas lo empecé a estudiar el mes pasado.
—¿Y para qué estudias hechizos que todavía no nos enseñan en clase?
—Son de los libros de mi mamá, los que llevó en Calmécac. Hay algunas cosas que aquí nunca hemos visto. Así que las practico.
—Das miedo.
Henry arrugó la frente, pero Rose no parecía ir muy en serio con esa frase, pues se encogió de hombros y le dedicó una fugaz sonrisa antes de vigilar la tinta de su redacción.
—Oye, ¿crees que vuelvan a preguntarnos por qué dejamos de pelear tanto?
El chico adoptó una pose pensativa. Sabía que ella se refería específicamente a Hally y Procyon.
—Conociendo a esos dos, es probable. El problema es que no sé qué contestarles.
—¿Ah, no?
—No.
—Me sorprendes. Siempre pareces tener respuesta para todo.
Al ver a su amigo fruncir el ceño, Rose agitó una mano, como si espantara algo molesto.
—Lo siento, no quería molestar. Pero admítelo, es la verdad.
—Quizá. ¿Tú qué les contestarías?
—¿A esos dos? Sencillo: me cansé de llevarle la contraria al que puede comerme cuando me transformo en animal.
—¿Es en serio?
Rose dejó escapar una risita, pero no aclaró si bromeaba o no. Mejor se llevó un dedo a los labios, cuando el señor Milton volvió a pasar a su lado, para luego echar un vistazo a su alrededor.
—Le he estado dando vueltas en mi cabeza un montón de tiempo —confesó Rose de repente, apoyando los brazos en la mesa y a continuación, la cabeza en los brazos. Parecía dispuesta a echarse una siesta allí mismo —No soy buena en eso, pero ese no es el punto —la pelirroja suspiró —Creo que ya sé qué es.
—¿Qué es qué?
—Lo que me describiste el mes pasado.
—¿De qué estás…?
Al comprender de qué hablaba ella, Henry se calló, tragando en seco. Lo veía venir, pero no creyó que fuera tan pronto. No tratándose de Rose.
—¿Sabes? Tuve que escribirle a mamá para que me ayudara. Ella dice la verdad sin importarle que incomode a la gente, pensé que era buena idea. Me hizo sentir rara con todo lo que me puso, pero no me mintió, tal como esperaba, aunque me recomendó no decirle nada a papá hasta que estuviera bien segura.
—¿Segura de qué?
Rose había movido la cabeza de tal forma que apoyaba el lado derecho del rostro en sus brazos, por lo cual Henry no podía verla bien.
—Mamá me dijo que podía sentirse algo así por más de una persona, pero que había un detalle, muy pequeño, que podía hacer distinta a una de esas personas del resto. Fue un poco confuso entenderle, pero creo que lo conseguí. Mi lista de personas favoritas se redujo mucho.
—¿Tienes una lista así?
—Para esto, sí. No quería confundirme más. Aunque pensar en Procyon de esa forma es mucho, muy extraño. Así que lo dejé.
—Disculpa, pero no estoy entendiendo nada.
La otra movió la cabeza lo suficiente como para mirarlo, reflejando la sorpresa en sus ojos.
—¡Recuérdame anotar esto en mi diario! Henry Graham no entiende algo, ¡es el fin del mundo!
—Rose…
—¿Quieres que hoy anote otra cosa en mi diario?
—¡A mí no me importa lo que anotes en tu diario! —se exaltó Henry, poniéndose de pie, aunque al segundo siguiente recordó dónde estaba y rodeó la mesa, para colocarse a la izquierda de su amiga y espetarle a base de cuchicheos —¿Puedes concentrarte en un solo tema? Me cansas.
Ella asintió, cerrando los ojos. Henry sintió claramente las pocas ganas que tenía Rose de mirarlo a la cara y eso le dolió.
—De acuerdo, me concentraré. ¿Podrías sentarte?
Él obedeció, ocupando la silla inmediata a la izquierda de la chica.
—Gracias. Ahora, escucha bien, porque quizá luego sienta tanta vergüenza que no pueda repetirlo. Y es importante.
El castaño arqueó una ceja.
—Mamá dice que cuando tienes este… sentimiento tan raro, normalmente es por alguien. Debes distinguir con seguridad quién lo causa, porque si te equivocas, muchos podrían sufrir. Es fácil confundirse si se tienen a muchas personas favoritas, pero conforme lo pienses mejor, la lista se va haciendo más corta. Después de mucho pensar, creí que Procyon era el correcto, pero ya te lo dije, pensar en él de esa forma es extraño.
—¿En qué forma?
—¡No interrumpas! —exclamó Rose, dando un pequeño bote, sin abandonar su postura —Yo… Mamá insistió mucho en que me imaginara algunas escenas con mis personas favoritas, para ir eliminando opciones. No sé cómo se le ocurren esas ideas, ahora veo que no estuvo en Ravenclaw solamente por pensar de forma distinta a los demás…
—Rose…
—Lo siento, me distraje. Como decía, hice lo que mamá me pidió y al final, solo quedaste tú.
—¿Yo?
—Sí, tú. Por lo visto, me gustas.
Se hizo el silencio entre los dos, que por estar en la biblioteca, se convirtió en un peso para los oídos. Henry parpadeó varias veces, intentando creerse lo que Rose había dejado escapar.
¡Y la forma en que lo había soltado!
—¿Te gusto? ¿Y me lo dices tan campante? —fue lo primero que él logró pronunciar.
—¿De qué otra forma podría decírtelo? No vas a creerme, a fin de cuentas. No vas a decirme ahora que yo también te gusto, ni vas a pedirme que salgamos ni nada por el estilo…
—Espera, ¿dijiste salir? ¿Tú quieres salir conmigo?
—Pues sí.
Aquello no tenía pies ni cabeza. Henry se dio un par de topes contra la mesa, lo que causó que Rose abriera los ojos, sobresaltada.
—¡Cálmate! No es para tanto —aseguró ella.
—¿En serio? Mi amiga más exasperante de pronto dice que le gusto, ¿y no es para tanto? Discúlpame si esto no fue lo que esperabas, pero tú tienes la culpa.
—¡Yo no esperaba nada! Solamente te lo aclaro para que no te sorprenda lo que te deje sentir ese… poder familiar tuyo. ¿Por qué crees que me tardé en decírtelo?
—Ah, ¿te tardaste?
—¡Sí, me tardé, porque quería estar segura! Ahora creo que deberías fingir que no dije nada y seguir como hasta ahora. No te preocupes, no me voy a enojar.
—¡Ya estás enojada!
—¿Qué está pasando aquí?
El señor Milton se había acercado sin que ninguno de los dos se diera cuenta, mirándolos con los brazos cruzados y una expresión malhumorada.
—Nada, nada —Henry volvió a rodear la mesa, esta vez para recoger sus cosas —Nos iremos en un momento, disculpe usted.
El bibliotecario asintió con firmeza y se retiró.
—Salgamos de aquí —espetó Henry.
Rose no se hizo del rogar. También guardó sus cosas, los dos devolvieron los libros que habían usado y abandonaron la biblioteca a paso rápido.
—¿Ahora sí podemos ir a los jardines?
—¡Olvídalo! Primero aclárame todo esto. Creo que me lo debes.
La pelirroja iba a llevarle la contraria, pero lo pensó mejor y asintió con la cabeza.
—¿Recuerdas cuando le dije a Hally que las citas eran una pérdida de tiempo? —comenzó, intentando no darle importancia —Pues en esos días estaba con eso de imaginarme escenas con mis personas favoritas y de pronto me pregunté cómo sería que tú me invitaras a salir. Me contesté que sería genial, pero nunca lo harías porque te hago enfadar demasiado, y entonces lo noté. Mamá debió decirme que imaginara todo eso para que yo sola me diera cuenta.
—¿Con eso te diste cuenta?
—Sí. Me dolió darme cuenta que nunca vas a pedirme una cita. Eso es porque me gustas, ¿no?
—Quizá. Y yo te pregunto lo mismo que aquel día, ¿qué te hace pensar semejante tontería?
—¡Solo míranos! ¡No podemos dejar de pelear ni un segundo!
—¿Eso es todo?
Rose se quedó paralizada ante eso. Ciertamente, no la esperaba.
—¿Hablas en serio? —preguntó la jovencita a su vez, entrecerrando los ojos.
Henry asintió un par de veces con la cabeza, intentando que el simple movimiento no lo mareara. El cúmulo formado por las emociones de Rose lo estaba alcanzando, no sabía cuánto tiempo podría mantenerse de pie.
—Yo… Sí, eso es todo. Si peleamos todo el tiempo ahora que somos amigos, ¿te imaginas si empezáramos a salir? No duraríamos mucho juntos. Eso no está bien.
—Rose, ¿te has fijado que cuando te pones seria, puedes decir cosas bastante interesantes?
—¡Ahora tú eres el que se distrae!
—Lo siento, si no lo hago, me vas a noquear.
La pelirroja parpadeó, confundida, hasta que notó que su amigo palidecía de manera demasiado rápida para ser normal. Dio un paso hacia él, pero lo vio retroceder enseguida.
—Quédate allí —pidió Henry —Cálmate y quédate allí.
Ella obedeció.
—Entonces… ¿yo te mandé a la enfermería la otra vez?
—Sí, lo siento. Me tomaste por sorpresa.
—¿Por eso vino tu tío? ¿Te dio un buen consejo?
—Algo así, pero no voy a seguir
—¿Por qué?
—No quieres saber, confía en mí.
Se quedaron callados por un momento, durante el cual vieron caminar por aquel pasillo a dos o tres grupos de alumnos que se dirigían al exterior del castillo o a la biblioteca.
—¡Eh, Weasley! —llamó Calvert Howard, bien abrigado con una capa verde musgo —¿Tienes tiempo? Vamos a Hogsmeade, a dar una vuelta.
Los amigos de Howard miraban la escena entre escépticos y burlones, lo que motivó a Rose a negar con la cabeza, arqueando las cejas.
—¿Y que tus amigos tengan la oportunidad de burlarse de mí? No, muchas gracias.
—Weasley…
—Henry, hay que dejar las mochilas en la sala común. Por hoy terminamos, ¿no?
Antes que pudiera negarse, el castaño sintió que su amiga lo sujetaba de un brazo y se lo llevaba fuera de ese pasillo.
—¿Howard no tiene nada mejor qué hacer? —quiso saber la pelirroja, con el ceño fruncido —O mejor aún, ¿no hay más chicas en las que pueda fijarse? Ni que fuera la única…
—Si de verdad le gustas, pensará que eres la única.
—¡Tonterías! Yo no le gusto. ¿No viste a sus amigos? Parecían divertirse con algo.
Henry sacudió la cabeza. Le parecía increíble que, en los momentos menos esperados, Rose prestara más atención de lo normal a los detalles.
—No puedes saber si era por ti.
—Sí, claro —ella hizo una mueca sarcástica —No voy a darles el gusto. Menos con Smith allí.
—¿Smith?
—¿No lo viste? Era el de la chaqueta negra con un dibujo amarillo en la espalda.
—Lo siento, no me fijé bien.
Rose le echó un vistazo y se detuvo en una esquina del pasillo que recorrían, ya muy cerca del retrato de la Señora Gorda. ¿Cuándo habían llegado allí? Henry lo ignoraba.
—Dime la verdad, ¿te estoy molestando? Lo que menos quiero ahora es que tengas que… alejarte de mí, como con Danielle. Avísame si necesitas hacer eso, ¿sí? Porque puedo creer que ya no quieres ser mi amigo por todo lo que te dije, soy capaz de…
—¡Rose! ¿Quieres tranquilizarte y callarte por un minuto?
La pelirroja respiró hondo y apretó los labios.
—No eres un fastidio para mí, ¿de acuerdo? Quizá nos la pasemos peleando, tal vez no podamos ponernos de acuerdo con las cosas más simples, pero no me molestas.
—¿Entonces?
—¡No lo sé! Me colmas la paciencia, pero un par de veces me concentré en tus sentimientos y no acabé mareado. No lo entiendo, pero no importa. No puedo decir que también me gustas, no estoy seguro. Lo que sí puedo decirte es que no quiero alejarme de ti.
—Ah, ¿es porque yo no te hago sentir mal?
—Un poco, sí. Y también porque… Sonará extraño, pero se siente raro no discutir contigo.
Al oír eso, Rose abrió mucho los ojos, sorprendida, antes de echarse a reír.
—¡Esto sí es para anotarlo hoy en mi diario! —dejó escapar con voz ahogada.
Henry esbozó una sonrisa. También él anotaría ese día en su diario, si tuviera uno.
17 de mayo de 2012. 8:20 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola a todo el mundo! Lo sé, me hice del rogar, pero quienes me sigan en Twitter supieron que, de nuevo, extravié la USB, con el único respaldo de este capítulo ¡cuando ya lo había terminado! (Bell se va a llorar a un rincón). En serio, no sé dónde tengo la cabeza. Eso me recordó que debo respaldar siempre que pueda y además, me hace pensar que necesito tener dos USB: una para uso personal y otra exclusiva para el trabajo (larga historia). Lo peor es que también perdí el avance que ya tenía del capi siguiente, pero no se preocupen, creo que puedo reescribirlo de manera satisfactoria (ajá, Bell rueda los ojos, ni ella se cree eso).
En fin, vamos por partes: hemos visto lo que le ha ocurrido a Ernest, por lo que la familia Macmillan no la está pasando bien. Les dije que no podía ser más Innombrable que cuando "maté" a Frida (Bell se mete al refugio anti–bombas). Se dan más pistas de que los encapuchados quisieron ayudar a rescatarlo, y también con lo que se toparon (lo dicho, tengo que continuar mi spin–off para que sepan más cosas). Además, los desconocidos siguen planeando cómo volver "a casa", lo que sea que eso signifique, y Amy escuchó algunos datos que si bien no comprende, puede hablarlo con sus amigos y quizá ellos le ayuden. Lo que sí queda claro es que la castaña Hufflepuff no pasa por un buen momento, ¡ni al quidditch quiere jugar!
Corner está un poco enfurruñado desde que terminó con Hally, ¿no creen? (Bell suelta una risita). Thomas sigue comentando partidos con su energía característica, aunque ganándose unos cuantos regaños de los profesores. Amy regresó al colegio a tiempo para jugar, y nos topamos con Aaron Smith (sí, es hijo del Smith que piensan), que por creerse el capitán, se ganó una bofetada de Rose. ¡La pelirroja es mi heroína!
Hablando de Rose, creo que le cambié un poco la personalidad en este capi, o eso creo por lo que hizo primero en clase de Firenze, luego lo de la bofetada y al final lo que habló con Henry. En ese sentido, de lo poco bueno que tuvo el extravío de la USB fue reescribir la escena final, porque en el archivo que perdí, Rose no mostraba su carácter habitual. Así pues, Rose ha dicho a bocajarro que le gusta su amigo castaño ojiverde y no sé por qué, pero en ese punto, no tenía en mente tanto a Rose, sino a Luna, para darle a la pelirroja un buen parecido con su madre. ¿Me salió? Espero que sí. Y ojalá no quieran lincharme por semejante escena de declaración, pero repito, perdí la USB con el capi ya terminado y al reescribir la parte extraviada, salió así, quizá estaba un poco frustrada por tener que hacer todo eso de nuevo.
Ya, me paso a retirar, porque de verdad sigo con una vaga frustración con eso de reescribir texto. De otro fic (Rilato) también había hecho la mitad de un capítulo nuevo y lo perdí, lo mismo que un fragmento bastante largo de ese spin–off que menciono últimamente, Juuroku no Shinwa. Y no les digo qué más se fue con esa USB, que me acuerdo y dan ganas de seguirme lamentando (Bell suelta una lagrimita).
Para terminar, les recuerdo que está a consideración La Templanza, por si alguien tiene sugerencias de qué personaje encaje con ese Arcano.
Cuídense mucho y espero nos leamos antes de mi cumpleaños (el mes que viene), porque si no, planearé una mega–actualización de fics ese día, junto con entradas a mi blog (programadas, claro), aunque quizá mi trabajo no me deje (Bell rueda los ojos). Hasta la próxima.
