A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Veintiuno: El Ermitaño.
1 de marzo de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
A la hora del desayuno del primer lunes de marzo, Procyon y Hally dieron un respingo al ver que frente a ellos, se derramaba el jugo de calabaza.
—¿Qué pasó? —inquirió ella, mirando a derecha e izquierda.
Cecil Finnigan, sentada a su izquierda, se encogió de hombros.
—Lo siento —a la derecha de Hally, del lado de Procyon, Henry se puso de pie y alzó la jarra ladeada —Acaba de llegar.
Señaló a un plumífero de gran tamaño que, por lo visto, había aterrizado mal.
—¿Es Balam? —se interesó Rose.
—Sí, lo envié a casa de mi tío Anom la semana pasada —Henry le quitó un paquete al halcón y le dio un trozo de tocino antes que el ave alzara el vuelo —Seguro que manda mi regalo.
Sus amigos mostraron su acuerdo con distintos gestos, pero de pronto Rose dio un respingo.
—¡Por las barbas de Merlín! Olvidé la tarjeta de papá, ¡hoy es su cumpleaños! —ante la risa de sus amigos, la pelirroja hizo un mohín, para luego encogerse de hombros y aclarar —Al menos me acordé de enviarle un regalo.
Eso causó todavía más risas.
En tanto, el correo había llegado normalmente a la mesa de Slytherin, aunque Danielle arqueó una ceja al ver que una lechuza se posó delante de Walter.
—¿No acabas de enviar una carta a casa? —preguntó Thomas.
—Sí, no sé… —Walter se detuvo al leer el anverso del sobre, parpadeando un par de veces con asombro, antes de darle un pedazo de pan tostado a la lechuza, que se marchó enseguida.
—¿Qué pasa? —se extrañó Sunny.
—Ah… Luego les digo —Walter recogió su mochila de forma apresurada y salió del Gran Comedor sujetando fuertemente su carta.
—Solamente hay una persona que podría mandarle cartas a Walter sin que él escriba antes —señaló Danielle con fingida serenidad, pues detectó que cerca de ellos, Brandon y Scott no se perdían detalle —¿Le preguntas en unos minutos?
La rubia miró a Sunny, quien asintió enseguida. Su primera clase del día era Arte Mágico.
Acabando el desayuno, los alumnos abandonaron el Gran Comedor y se dispersaron en varias direcciones. Sunny y Thomas tomaron el rumbo del ala sur, siendo alcanzados casi enseguida por Ryo, para hallarse a la profesora Weasley–Mao en la puerta de su aula, oyendo atentamente algo que Walter le decía.
—Entiendo —asintió la profesora cuando los cuatro amigos estuvieron lo suficientemente cerca como para oírla —Gracias, Poe. Puedes ocupar tu asiento.
Walter asintió y entró al aula, cosa que sus amigos imitaron casi enseguida.
Ese curso, el asiento de Sunny era contiguo al de Walter, por lo que después de acomodar sus cosas, la castaña se giró hacia su amigo con una ceja arqueada.
—¿Llegaron buenas noticias o malas noticias? —comenzó a preguntar.
—No tengo idea —Walter se encogió de hombros, disponiendo su material en la mesilla frente a él —Literalmente, me usaron de intermediario.
Sunny quiso saber a qué se refería, pero entonces la hermana de Ryo llamó a todos al orden y no pudo seguir hablando.
Henry se había ido a la biblioteca a terminar algunas tareas pendientes antes de su primera clase del día, llevándose el paquete recién llegado. No mintió cuando les comentó a sus amigos que creía que era su regalo de cumpleaños, pero no podía asegurarlo.
Sobre todo porque la caligrafía con que estaba escrito su nombre no era la de su tío.
—¡Eh, Henry! —llamó Danielle detrás de él, caminando con rapidez —¿Tienes tiempo?
—Sí, claro.
—¿Podrías ayudarme con mi redacción para Lovecraft? Me falta añadir la conclusión.
El castaño asintió y ambos entraron a la biblioteca.
—¿Y los demás? —quiso saber Henry al sentarse a una mesa.
—Amy bajó a su sala común, y Rose creí que venía contigo.
—No, olvidó la redacción para Brownfield en su dormitorio, así que fue por ella.
—Típico de Rose. Oye, ¿qué tienes allí?
Danielle señaló el paquete que su amigo aún sostenía en la diestra.
—No lo sé, me lo trajo Balam esta mañana. Lo abriré después.
—¿Por qué no ahora? No hay nadie por aquí.
Henry miró a su alrededor. Era cierto: los pocos estudiantes que habían deambulado por esa área dejaban la biblioteca, seguramente para ir a clases.
—De acuerdo. Aunque no sé qué podría ser… Saludé a… a mis tíos, y pregunté cuándo nacerá mi primo. Espero que…
Mientras hablaba, Henry había estado desenvolviendo el paquete, apenas dirigiéndole la mirada, pero en ese momento sintió algo raro y bajó los ojos. Se encontró con un libro pequeño, encuadernado en color negro, con aspecto de algo muy viejo conservado de mil maneras a través de las generaciones. En la portada, grabada en relieve, había una flor blanca con manchas amarillentas en un par de pétalos y debajo de ella, dos palabras en color dorado.
—¿Qué es eso? —indagó Danielle, confundida y curiosa.
—Nicancil Bej —pronunció Henry en voz baja, tocando las letras doradas con el índice —Que yo supiera, no podían darme uno, entonces…
—¿Y qué es?
—Una copia de un libro de los Nicté. Esto —Henry dio un par de toques a las palabras doradas —es el lema de la familia, en maya. Mi mamá normalmente lo traduce como "floreciendo en el camino" —abrió el pequeño libro y echó un vistazo —Como lo pensé… Mira.
Danielle se inclinó un poco para ver lo que estaba escrito en la primera página. Había una copia de la portada allí, la flor con las dos palabras extrañas, y al pie de la misma, un nombre.
—Acab Nicté —leyó la rubia —¿Es de tu abuelo?
Henry asintió, notando en ese momento que de la parte media del libro se salía un trozo de pergamino. Lo sacó, leyó el contenido (que estaba en español, por cierto) y frunció el ceño.
—¿Algo malo? —quiso saber Danielle.
El castaño negó con la cabeza, lo que tranquilizó a su amiga, pero él se quedó muy serio el resto del tiempo que pasaron en la biblioteca. Cuando se despidió de la rubia para ir a su sala común, el muchacho repasó un montón de veces lo que había leído, pero más la frase inicial.
Por si lo necesitas, aunque te tengo fe.
A la hora del almuerzo, Walter se sintió acorralado, sentado entre Thomas y Sunny.
—Anda, cuéntanos, ¿qué pasó con la lechuza de esta mañana? —preguntó ella.
Walter arrugó la frente, pensativo, con los ojos grises fijos al frente, sin ver nada en realidad.
—Mi tía envió un mensaje —comenzó con lentitud.
Sunny abrió los ojos con pasmo y Danielle tragó en seco. Thomas, por su parte, casi se atragantó con el jugo de calabaza, pero supo disimular.
—¿A la hermana de Ryo? —fue lo primero que preguntó el pelirrojo anaranjado, frunciendo el ceño —Eso no tiene sentido.
—Claro que no, era para la profesora McGonagall. Pero me pidió que fuera la hermana de Ryo quien se lo diera. Y antes que lo pregunten, no sé la razón.
—Los adultos a veces complican mucho las cosas —sentenció Danielle, bajando la mirada.
—Dicen tener sus razones, pero molestan demasiado —apoyó Sunny repentinamente.
—En fin, ya cumplí mi parte, espero sirva de algo —apuntó Walter, acabándose su almuerzo y musitando casi sin querer —Aunque no entendí nada.
—¿Y qué decía el mensaje? —se interesó Thomas.
Walter dio un respingo, dándose cuenta de que había hablado en voz alta, antes de que la campana lo salvara de contestar, ya que tenían que salir corriendo a los jardines.
—El zoológico está cerca —musitó de pronto.
—¿Disculpa? —Amy, que era quien tenía más cerca, lo miró con extrañeza.
El otro negó con la cabeza, llegando entonces al frente de la cabaña del profesor Hagrid, donde vieron entre el huerto de calabazas el trote de los crups que habían estudiado semanas atrás, así como unas criaturas pequeñas, moteadas, similares a gatos de distintos colores aunque con orejas y colas de león, que no paraban de corretear delante de los crups a modo de diversión.
—Primero perros deformes y ahora esto —desdeñó Brandon.
—¡Buenos días, jóvenes! —saludó el profesor Hagrid, dando grandes zancadas hacia el huerto de calabazas e inclinándose, tomó a dos de las criaturas parecidas a gatos en sus grandes manos —A ver, ¿quién puede decirme qué son estos traviesos? El pelirrojo jaspeado se llama Joyberry y el de lunares blancos y negros es Bispots.
Muchos fruncieron el ceño, ¿era un chiste? A una, casi todos se giraron hacia los que, con seguridad, sabrían la respuesta que el enorme profesor buscaba.
—¿Dime, Ryo?
—Son kneazels, señor —Ryo sonaba demasiado entusiasta —Son excelentes para detectar gente sospechosa, pueden guiar a los dueños a casa cuando se pierden y se necesita licencia para tenerlos, como los crups.
—Ya, ya, ¡suficiente! Diez puntos para Ravenclaw.
Mientras varios miraban al chico con una sonrisa, Brandon hacía muecas de verdadero fastidio.
—Muy bien, traje algunos kneazels para que vean su comportamiento tanto con humanos como con crups, con los que normalmente se llevan bien, a diferencia de los perros y gatos normales —el profesor Hagrid entrecerró los ojos en dirección a donde se oían unas risitas, pero viendo que eran Procyon y Thomas, lo dejó pasar —Quiero que observen con cuidado, convivan al menos con un kneazel y quien no me traiga la próxima clase una redacción detallada al respecto, tendrá diez puntos menos para su casa.
El también guardabosques paseó la mirada por todos los estudiantes, dedicándoles gestos de censura a Calloway y Brandon, que últimamente no entregaban las tareas como era debido.
—Muy bien, pueden empezar.
Los alumnos caminaron con cuidado entre el huerto, acercándose al kneazel que llamaba más su atención. Thomas se decidió casi enseguida por Joyberry, al que después de unas cuantas caricias tenía enredado entre sus piernas. Procyon, por su parte, jugaba de forma algo brusca con Bispots, tironeando su cola y haciéndolo rodar en la tierra.
—¿En serio le gusta eso? —quiso saber Hally, que llevaba en brazos un kneazel pequeño y de pelaje rayado en distintos tonos de marrón.
—Supongo, no me ha mordido ni nada parecido.
—Creí que no te llevarías bien con los kneazels.
Procyon se encogió de hombros y soltó una risa por lo bajo.
—Me llevo bien con Thomas, ¿no es suficiente? —musitó.
Hally también rió, rascando al kneazel que cargaba detrás de las orejas.
—Quisiera otra mascota aparte de Snowlight —comentó ella de pronto —Mamá me contó una vez que tuvo un gato. Bueno, era una cruza de gato y kneazel. Pero prefiero los perros. Son más cariñosos, creo yo. ¿Y recuerdas lo que te conté una vez? Quisiera un perro así.
Procyon asintió, acordándose de la anécdota que su amiga le relatara una noche de Año Nuevo.
—Pero si lo tuviera, no podría traerlo al colegio, y mis padres están muy ocupados para atenderlo en casa —siguió Hally, pensativa —¿Tú quisieras otro animal, Procyon?
—Créeme, con una lechuza como Shadownight, me basta y sobra.
Los dos soltaron la carcajada, cosa que sobresaltó ligeramente a los kneazels con los que trabajaban. Unos metros más allá, Thomas y Danielle los observaban con ligero interés.
—¿Entonces no lo hizo, verdad? —comentó la rubia, tan tranquila como si hablara del clima.
—No. Aunque lo noté algo raro cuando me lo contó. No creo que sea buena idea meterse…
—Lo sé, pero no puede esperar toda la vida. O a que llegue otro Corner.
Thomas frunció el ceño, meneando la cabeza.
—¿Por qué primero no le preguntas a Colmillo Blanco si sabe algo? —sugirió.
—Claro. Aunque siento que es hacer trampa.
—Oh, mi querida Sangre Fría, no pareces de Slytherin diciendo eso.
—¡Cállate! —espetó Danielle, conteniendo la risa.
—¿Podrían dejar de confabular tan cerca de mí? —soltó entonces Henry, dándoles un susto, ya que no lo habían oído acercarse —Hacen que se me revuelva el estómago.
—Y ya sabemos lo difícil que es ser él —agregó Rose, que también había caminado hacia ellos sin que la notaran —Eh, Thomas, creí que tu fuerte serían los kneazels.
—Pues a Joyberry le caí bien, pero se largó cuando llegó este —el pelirrojo anaranjado señaló al crup que en ese momento, olisqueaba el bajo de su túnica.
—¡Todo el mundo reúnase! —llamó entonces el profesor Hagrid.
Los jóvenes atendieron en el acto, aunque algunos, como Miles Richards, hacían de todo para librarse de las criaturas que se habían encariñado con ellos.
—Por hoy es todo, muchachos. Recuerden entregar las tareas —otra mirada de reproche hacia Calloway, antes de agregar —Y díganselo también a los ausentes, por favor.
La clase entera echó a andar hacia el castillo, charlando con alegría, pero para Walter faltaba algo. Fue hasta ver las espaldas de Brandon y Calloway una junto a otra que dio un ligero respingo que ninguno de sus amigos notó.
Mackenzie no había asistido a la clase.
Tras la comida, varios alumnos de cuarto volvieron a salir, esta vez para ir a Autodefensas Muggles. El profesor Kukai, contra la costumbre, no los esperaba en un área despejada de los jardines, sino cerca del Bosque Prohibido.
—Haremos una práctica de campo con obstáculos —fue el anuncio del docente tras tomar asistencia —Mao–kun, Malfoy–san, al frente, por favor.
Los aludidos obedecieron, mirándose entre sí con desconcierto.
—Puesto que actualmente son los más adelantados de esta clase, elegirán a sus compañeros en esta práctica y son responsables por cualquier percance, ¿queda claro?
Danielle y Ryo asintieron en silencio.
Tardaron un rato en organizarse, pero finalmente el profesor Kukai dio la señal para que el grupo de Danielle se internara en el sector más cercano del bosque, en tanto el grupo de Ryo se dedicaba a rastrearlos y, de ser posible, derrotarlos.
—Cada vez veo más inútil esta clase —masculló inesperadamente Sullivan.
Danielle rodó los ojos con hartazgo. Sabía que era una estupidez tomarlo en su grupo, pero la cosa habría sido peor si Ryo se lo quedaba, con Procyon y Sunny de su parte.
—A callar, que nos pescarán —espetó Adam Perkins, cerrando los puños con fuerza.
La rubia guió a su grupo al punto señalado por el profesor con marcas azules en los árboles, y al observarlo con detenimiento, la estrategia comenzó a surgir sola en su cabeza.
—Vamos a rodearlos —indicó.
—¿Crees que podremos? —desdeñó Sullivan.
—Por una vez, deja de quejarte y atiende —espetó bruscamente Henry.
—¿Si no qué, Graham? ¿Me lo harás pagar?
—¡Basta! —regañó Danielle, con la punta de la varita en la cara de Sullivan —¡Haz el favor de concentrarte! ¡Estamos en clase! Cuando acabemos, puedes seguir mirándonos como alimañas.
Por lo visto, el argumento convenció a Sullivan de alguna extraña forma, porque asintió y permaneció callado en tanto Danielle exponía el plan de acción. Cuando todos dijeron que lo habían comprendido, se dispersaron para formar un círculo alrededor de aquel claro diminuto.
No tuvieron que esperar mucho al otro grupo y entonces la práctica de campo comenzó.
En el aula de Adivinación Antigua a cargo del centauro Firenze, el ambiente se sentía frío y no a causa del clima precisamente.
—Cinco puntos para Gryffindor.
Emily Lancaster y Donald Warren fueron de los primeros en parpadear con incredulidad ante lo que pasaba. Los secundaron algunos más, pero no competían con la expresión feliz e incrédula de Rose Weasley, que sostenía la redacción que le acababan de regresar, ya calificada.
—¿En serio? —preguntó la pelirroja en un susurro.
—Por supuesto. No tendría caso otorgarle puntos a quien no los mereciera.
La redacción en turno había sido un regreso a las primeras clases de Astrología del curso, así como la forma de complementar esos conocimientos con otros métodos adivinatorios. De no ser por las correcciones de Walter en cuanto a nombres y posiciones de estrellas y planetas, Rose no habría obtenido semejante nota, cosa que muchos estaban suponiendo.
—Igualmente, Slytherin se gana cinco puntos —indicó Firenze —Aquí tiene, Walter Poe.
El nombrado tomó su redacción de mano del profesor sin decir palabra.
—Cinco puntos para Ravenclaw, Mary Ann Alcott.
La aludida, sonrojada, tendió una temblorosa mano para recoger su redacción.
—Y tenga su trabajo, Nicholas Dickens, son cinco puntos para Hufflepuff.
Un pasmado muchacho con los colores de la casa de los tejones asintió y tomó su pergamino.
—Discutamos lo más importante de lo que acabo de regresarles —indicó el centauro, paseando lentamente por el aula, como era su costumbre —El tema principal fue uno poco reciente, cierto, pero los resultados de dicho tema pueden ser reforzados o desmentidos por otras formas. Como he mencionado en distintas ocasiones, lo vislumbrado con las técnicas que les he enseñado no es verdad absoluta, sino que debe tomarse como una guía para forjar el porvenir que mejor nos convenga. Si otorgué esos puntos —el profesor Firenze paseó la vista de Rose a Walter, luego a Mary Ann Alcott y finalmente, a Nicholas Dickens —es porque me parece que están entendiendo lo que pretendo enseñarles. Eso y que su exposición del tema resultó satisfactoria.
Mientras el centauro giraba para pasearse por otro lado del aula, Emily Lancaster aprovechó su cercanía a Rose y tomó el pergamino que recién le habían devuelto. La pelirroja, por mirar al centauro con aire distraído, no se dio cuenta.
—Es verdad que un método consta de reglas, pero tratándose de discernir lo que depara el futuro, no siempre podemos atenernos a ellas —continuó el profesor, deteniéndose en una parte del aula donde su semejanza con el Bosque Prohibido era especialmente notoria —Al querer saber lo que va a pasar, cuentan mucho la intuición y la confianza en uno mismo. Además, es más que probable que las cosas no resulten exactamente como se predicen. O como se creen predecir.
—¿Eso qué significa? ¿Perdemos el tiempo intentando saber qué pasará? —inquirió Warren.
—No exactamente. Se pierde el tiempo intentando saber el futuro a ciencia cierta. Les recuerdo que el sendero que recorre cada quien en su vida se forja con sus elecciones. Simplemente díganme, de haber sabido hace dos años lo que les digo en este momento, ¿habrían cursado esta asignatura? Probablemente no. Con toda seguridad, la mitad de ustedes habría escogido otro tema en el cual concentrarse. Sin embargo, eligieron, y por eso están aquí ahora.
Se hizo un silencio expectante, en el cual la mayor parte de la clase tuvo que darle la razón al profesor. Hasta Bridget Fonteyn, demasiado entusiasta cuando creía acertar en una predicción, se vio aceptando aquel razonamiento con un asentimiento de cabeza.
—Dedicaremos el resto del trimestre a combinar todo lo que les he enseñado —apuntó el centauro, sobresaltando a todo el mundo —De esa forma, para el examen final, espero puedan ofrecerme una lectura eficiente con mis métodos. No pretendo que los dominen, son humanos y mucho de lo que hemos visto ha sido estudiado exclusivamente por los centauros por siglos. Pero nada pierden intentándolo. El tema de hoy será…
Al finalizar aquella clase, varios rumiaron que harían el TIMO y se olvidarían de Adivinación. Por lo visto, habían tenido la vaga esperanza de poder predecir cualquier cosa que les conviniera, pero estaban dándose cuenta que no era coser y cantar; al contrario, si no estudiabas con ahínco o tenías el don, simplemente la Adivinación no era lo tuyo.
—Esto empieza a gustarme —declaró Rose inesperadamente —Sé que es un fastidio, pero hay tantas probabilidades… Tú le dices a la gente lo que lees y ellos harán lo que les da la gana.
—¿Eso no es algo irresponsable? —soltó Hally, arqueando una ceja.
—No, si no mientes con lo que predices. Tú no puedes controlar lo que hace cada quién.
—Eh, Rose, ¿me prestas tu redacción? —pidió entonces Cecil Finnigan, sonriendo.
—Sí, claro, en la sala… ¿Dónde está?
Rose había mirado de reojo su mochila para asegurarse que el pergamino estuviera allí, enrollado y guardado, pero no lo encontró, así que masculló algo por lo bajo y dando media vuelta, fue de nuevo al aula once mientras miraba por encima del hombro y avisaba.
—¡Los veré en la cena!
—Típico de Rose —se rió Cecil, para luego adelantarse con Martin Fullerton.
Los amigos de la pelirroja asintieron a eso y también se marcharon, aunque no llegaron lejos. Thomas y Walter bajaron a las mazmorras, pero Hally se detuvo a media escalinata de mármol cuando vio a Henry bajar a toda velocidad. Quiso llamarlo, pero entonces alguien tironeó de uno de sus brazos para que continuara subiendo.
—¿Qué pasa? —se impacientó Hally, girándose a quien la tironeaba —¿Danielle?
—Lo siento, Hally, de verdad, no se me ocurrió que Sullivan fuera un asqueroso tramposo…
—¿De qué estás hablando?
—¡Iré por los chicos! —Sunny bajaba corriendo la escalinata, lo mismo que Henry, y pronto se perdió de vista entre el mar de estudiantes que ya llenaba el vestíbulo.
—¿Pero qué pasa?
—¿Viste a Henry? —preguntó Danielle, ignorando lo demás y caminando con prisa.
—Sí, pero no sé a dónde…
—¿Por qué no viene Rose contigo?
—Tuvo que regresar con Firenze, perdió una redacción. Danielle, ¿me puedes explicar…?
—¿Qué sucede? —preguntó entonces Paula, cruzada de brazos.
Hally parpadeó. Tan ofuscada estaba porque no le contestara su amiga que apenas se había dado cuenta del sitio al que la llevaba.
Estaban ante las puertas de la enfermería.
—Por suerte Ai dijo que estarían en la biblioteca —comentó Ryo, encogiéndose de hombros —Nos facilitó las cosas.
Junto al Ravenclaw, estaban Bryan y Amy, hablando en voz baja.
—Bien, ahora sí, ¿cómo sucedió? —habló Paula, reformulando su pregunta.
—¡Todo es culpa del estúpido de Sullivan! —espetó Danielle, soltando a Hally y paseando de un lado para otro, moviendo las manos con frenesí —¿Les hemos contado de nuestras prácticas de campo, no? —Hally, Paula y Bryan asintieron —Pues bien, hoy tuvimos una, en un trozo del Bosque Prohibido. Un grupo debía ocultarse y el otro lo buscaba. El que vence se lleva varios puntos para su casa, así pasa siempre… En fin —Danielle tomó aire y miró a sus amigos antes de seguirse paseando —A mi grupo le tocaba emboscar. Llegó el de Ryo y comenzó a rastrearnos. De pronto, Sullivan se lanzó contra el que tenía más cerca con una rama enorme que no sé de dónde sacó… Es decir, podemos usar cosas del entorno como armas, pero eso…
—¿Contra quién se lanzó? —preguntó Hally.
Para saberlo, le bastó un vistazo y pasar lista mentalmente de sus amigos que cursaban Autodefensas Muggles. Danielle, Amy y Ryo estaban allí, Sunny y Henry habían bajado…
—¿Procyon? —pronunció Hally entonces, en voz muy baja.
—Él es muy bueno, pero Sullivan lo tomó por sorpresa —asintió Danielle, deteniéndose por un segundo para luego reanudar sus paseos —El primer golpe pudo esquivarlo, pero luego la rama logró darle en un brazo. Lo escuché gritar, pero acababa de toparme con alguien del otro grupo (Combs, si no mal recuerdo) y no podía dejar de pelear. Para cuando gané, Kukai ya estaba allí, ayudando a caminar a Procyon para traerlo al castillo. No alcancé a ver qué tan mal…
La rubia Slytherin dejó escapar un bufido de frustración, dando pasos cortos y nerviosos, llevándose las manos a la cabeza un par de veces. Hally iba a preguntar algo más, pero entonces llegaron Sunny, Thomas y Walter. Unos pasos más atrás, corrían Henry y Rose, aunque ella se veía más despeinada de lo usual y… ¿tenía roja una mejilla?
—¿Dónde está el imbécil de Sullivan? —fue lo primero que espetó un Thomas furioso.
—Kukai lo mandó con Snape —respondió Danielle en el acto, dejando de dar vueltas para acercarse a su novio —Nos aseguramos que fuera, no te preocupes.
Sunny asintió a eso, sonriendo con malicia.
—¿Y esperan que lo castigue como se debe? —se exasperó Rose —Snape detesta a los de Gryffindor, ¡más a nosotros! —señaló a Henry, a Hally y a sí misma.
—Si Snape no lo castiga, Kukai sí —indicó Ryo entonces —Estoy seguro.
—¡Eso a mí no me basta! —aseguraron Rose y Thomas a la vez.
—¿Qué hacen todos ustedes aquí?
Tan centrado estaba el grupo de amigos en su plática que no se dio cuenta cuando la señora Finch–Fletchley se había asomado por la puerta, frunciendo el ceño.
—¿Cómo está nuestro amigo? —se apresuró a preguntar Amy —Es Procyon Black.
—¡Ah, con que se trata de eso! —la enfermera meneó la cabeza —El señor Black está mejor, bajará a cenar. Ahora, ¿podrían retirarse? Están haciendo mucho ruido.
—¿Segura que está bien? —quiso saber Sunny, arqueando una ceja.
—¡Claro! Lo verán ustedes mismos. Por favor, márchense.
A regañadientes, los jóvenes se separaron y fueron a sus salas comunes antes de ir al Gran Comedor e intentar cenar con tranquilidad, esperando a que apareciera su amigo.
Lo vieron entrar cuando las cuatro mesas estaban casi vacías.
Tal como dijo la señora Finch–Fletchley, Procyon se veía mejor. La túnica la traía manchada de tierra, lo cual debía ser debido a su práctica de campo. Caminaba con lentitud, con una mano ligeramente extendida hacia adelante, y al sentarse a la mesa de Gryffindor, Hally y Rose lo vieron de frente y supieron la razón de aquel ademán.
Su amigo llevaba cubierto el ojo izquierdo con una especie de parche blanco.
—¡Por las barbas de Merlín! ¿Eso es estar bien? —se quejó Rose.
—Para mí sí. Me dolía todo —contestó Procyon con un amago de sonrisa, sirviéndose la cena.
—¿Cómo está tu ojo? —inquirió Henry.
—La señora Finch–Fletchley dice que podré quitarme el parche en dos días. En sí mi ojo está bien, fue más sangre que otra cosa…
—¿Y eso no es nada? —soltó Rose.
—La rama me arañó el párpado —aclaró Procyon sin dejar de comer, aunque procuraba tragar antes de hablar —Y mientras se cura, no debo abrir ni cerrar el ojo como lo hago siempre. Así que me puso esto —el chico hizo una mueca —No voy a poder estar en el entrenamiento de mañana.
Miraba a Hally, quien mostraba en su rostro una expresión difícil de descifrar.
—No importa —indicó ella, haciendo con la mano un ademán de indiferencia. —Preocúpate por cómo vas a andar por el castillo. No te veías muy seguro cuando llegaste.
—No calculo bien los pasos, choqué con una armadura y una pared mientras venía —confesó Procyon, riendo por lo bajo.
—¡Pues te ayudamos! —Rose inmediatamente agitó su rojizo cabello mientras asentía con la cabeza —Siempre hay uno de nosotros contigo en clase. No habrá problema.
—Eh, Rose, que no me quedé inválido…
—Bueno, espero lo sigas diciendo cuando nadie te ayude a saltar los escalones falsos.
La réplica de la pelirroja hizo reír a sus amigos, por lo que ella sonrió con complacencia.
—Maldito Sullivan… —musitó Thomas, sentado a su propia mesa, atacando su tarta de queso como si fuera aquel que recién había nombrado.
—Calma, ¿lo ves? No fue grave.
—¿De qué estás hablando, Danielle?
Al mirar a su novia, Thomas se dio cuenta de qué tan tranquila estaba. Aunque le sujetaba un brazo con suavidad, sus opacos ojos grises veían fijamente cómo Sullivan terminaba su postre y se retiraba en compañía de Scott y Mackenzie.
—¿Ese dónde estaba? —oyeron que preguntaba Walter de pronto.
—¿Perdón? —Sunny hizo a un lado su plato vacío, confusa.
—Mackenzie, ¿no lo notaron? Faltó a Cuidado de Criaturas Mágicas.
Hasta que su amigo lo mencionó, Thomas, Danielle y Sunny se percataron del detalle.
—No lo vi bajar a los jardines —se puso a recordar Sunny.
—Yo tampoco —confirmó Danielle.
—La última vez que lo vi, Lovecraft lo estaba regañando, ¿se acuerdan? Al final de la clase.
Ante las palabras de Thomas, los otros tres asintieron.
—No le había salido la transformación de la tortuga en tetera —comentó Walter, pensativo —No me pregunten por qué, pero creo que trama algo. Si no, ¿por qué faltar a una de las clases donde nos puede fastidiar más?
—A mí también me da mala espina —afirmó Sunny, meneando la cabeza.
—Hay que tener los ojos bien abiertos, ¿de acuerdo? —dijo Danielle con firmeza.
Los demás asintieron.
2 de marzo de 2021.
Londres, Inglaterra.
Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.
A los aurores se les conocía como los empleados más desordenados del Ministerio; tanto así, que aludir a ello era prácticamente una frase hecha cuando alguien, por cualquier motivo, tenía montones de pergaminos, plumas y objetos raros en vez de escritorio.
—¿Desde cuándo eres un auror normal, Harry?
Ron Weasley entraba en el grupo del típico auror que, más por falta de tiempo que otra cosa, no poseía un escritorio en condiciones. Sin embargo, de vez en cuando hacía el intento por despejar la superficie para, por lo menos, contar con un espacio en el cual redactar sus informes.
Harry Potter, por otro lado, nunca había sido un mago ordinario, así que el hecho de mantener en un relativo orden su lugar de trabajo no sorprendía a nadie. Sin embargo, en los últimos días apenas pasó por el Cuartel, por lo que no era de extrañar que hubiera una pequeña montaña de memorándums sin leer en una esquina, cerca de donde un tintero volcado había manchado parte del escritorio, un pergamino con la mitad usado y una pluma verde y amarilla.
—Supongo que desde ahora —respondió el señor Potter con el ceño fruncido, mirando aquel desastre como si con eso, fuera a desaparecer solo.
—¿Pues qué has estado haciendo? —inquirió el señor Ron, entrando de lleno al cubículo.
—Un par de incidentes en Oxford que la Patrulla insistió que investigáramos nosotros. Ah, y no hay que olvidar el asunto de Nicté.
—Sobre eso…
El señor Potter miró a su mejor amigo con una ceja arqueada, pues lo había oído titubear.
—Déjame adivinar: pasó algo y no nos avisaron —sugirió el hombre de anteojos, ceñudo.
—Eh, que fue algo completamente increíble y te acababan de mandar fuera. Además, ¡yo me enteré por casualidad!
—Suéltalo, Ron, de todas formas, no tardarán en ponerme al tanto.
El aludido asintió y tomó asiento en la única silla libre. De reojo, notó que su mejor amigo agitaba la varita con desgano y los cachivaches del escritorio comenzaron a moverse de un lado a otro, ordenándose con lentitud.
—Seguro Hermione te enseñó a hacer eso —comentó el pelirrojo adulto, sonriendo.
—Ron, ve al grano.
—De acuerdo, de acuerdo. En pocas palabras, Nicté se presentó por su propia voluntad aquí, en el Cuartel, y denunció a su esposa.
El señor Potter abrió los ojos al máximo, desconcertado.
—¿En serio? —fue lo primero que pudo preguntar.
—Oh, sí. Yo tampoco lo habría creído si no me hubiera topado con Tonks, que por cierto, se ha puesto enorme, le pregunté si solamente iba a tener un niño o eran más…
—Ron, concéntrate.
—Lo siento. En fin, Nicté le explicó la situación a Anom y Tonks, y ellos lo trajeron a hablar con la señorita Holmes. Eso fue ayer, a última hora, y creo que por eso nadie se tomó la molestia de avisarles a ti y a Savage.
El señor Potter torció la boca con disgusto, agitó la varita una última vez y el tintero volcado fue a parar a una gaveta en la esquina más alejada del cubículo. La mancha de tinta ya no estaba.
—Deberías darle un repaso a mi escritorio —bromeó el señor Ron.
—Sí, claro —ironizó el señor Potter, ocupando su propia silla —¿Y por qué no nos…?
—Potter —saludó Savage desde la entrada del cubículo, dedicándole un ademán al señor Ron a modo de reconocimiento —Nos llama la señorita Holmes.
El recién nombrado asintió, se puso de pie le dedicó a su mejor amigo una mirada significativa.
El señor Ron se limitó a encogerse de hombros.
Savage adelantó al señor Potter un par de pasos, lo cual era necesario para ir sorteando los cubículos en fila india. Pronto llegaron a su destino, Savage llamó y acto seguido, le hizo una seña a su acompañante para que entraran.
Allí, además de Dahlia Holmes, estaba sentado Acab Nicté, con una expresión indiferente que al señor Potter enseguida se le antojó poco natural. ¿Qué le habría pasado al hombre para verse así?
—Como podrán ver, tenemos novedades —indicó la Comandante, señalando con un leve gesto de cabeza a Acab —El señor insiste en que su demanda es tema de Seguridad Mágica, así que vino con nosotros. Nos dará toda la información que necesitamos para hacer la acusación y después, el señor Nicté estará a nuestra disposición en el domicilio de su hijo y su nuera.
Tanto Savage como el señor Potter asintieron y a una seña de la señorita Holmes, Acab Nicté comenzó a enumerar las razones para que Reino Unido apresara a Dinorah Puch Terruño.
2 de marzo de 2021.
Baden–Wurtemberg, Alemania.
Profundidades de la Selva Negra.
A principios de marzo, la localidad de Feldberg comenzaba a vaciarse. Los turistas, quienes iban casi exclusivamente a esquiar en la montaña del mismo nombre, daban por terminadas sus vacaciones debido a que la nieve ya no era tan firme como al inicio del año. Así las cosas, no era de extrañar que entre el bullicio causado por tantas partidas, se viera a más de una persona portando un grueso abrigo y que la capucha no dejara ver su cara.
En Feldberg, pensó Katrina Turner, podía sentirse como en la orilla del mundo, estando la población prácticamente rodeada por una de las partes más boscosas e inexploradas de la Selva Negra. Si alguien entraba a esos territorios donde abundaban los abetos casi centenarios, debía saber exactamente cómo orientarse para volver a la civilización… o no volvería.
Eso hacía de la Selva Negra un refugio muy valioso para Katrina.
Si ahora estaba en Feldberg era para conseguir provisiones. No le gustaba la idea de robar, los muggles no tenían la culpa de las muchas precauciones que debía tomar; además, le servía de mucho conversar con los lugareños para saber cuánto les afectaba la situación alemana actual. Hasta donde había podido enterarse, los muggles de aquel lado del país apenas eran afectados por las repentinas medidas en materia de política exterior, aunque lo resintieron en la disminución del turismo esa temporada.
Katrina meneó la cabeza al recordar todo eso, en tanto hacía sus compras. Saltaba a la vista que eran escasos los magos que vivían allí, pues sus hogares rápidamente desaparecían de la vista, aunque los muggles alegaban que confundían direcciones o que, desde hacía años, la numeración de las casas venía arrastrando errores. Pese a todo, Katrina le daba el visto bueno a las medidas de seguridad, porque tal como iban las cosas, ni esa población se salvaría del régimen de Hagen.
La mujer salió de Feldberg dos horas después de haber llegado. Cargando un par de bolsas que contenían mayormente comida, estaba satisfecha con sus averiguaciones. Discretamente, tomó el sendero que llevaba a una de las rutas de senderismo para turistas y ya bien oculta tras unos abetos, se desapareció, para llegar a un punto del bosque medianamente oscuro debido a que las ramas de los árboles cubrían el cielo casi por completo. Frente a ella no se veía más que un claro, pero con un movimiento de varita, el aire experimentó un brusco cambio y apareció una cabaña de aspecto antiguo, pero acogedor. La chimenea despedía un delgado hilo de humo, lo cual la hizo fruncir el ceño antes de suspirar y dirigirse a la puerta.
En el interior de la cabaña, la decoración era totalmente opuesta a la fachada. Los muebles de la sala, de tela suave, eran de un rojo intenso, ligeramente oscuro, rodeando el frente de la chimenea. La cocina, del lado opuesto de la sala, era blanca en la mayoría de los detalles, con algunos puntos negros y plateados. El suelo del lugar era de duelas de madera oscura y pulida, contrastando con las paredes de troncos y los travesaños de las dos ventanas de la fachada. Junto a la cocina, estaba la mesa del comedor, con únicamente cuatro sillas, que en su momento Katrina no creyó ocupar jamás, pero claro, ahora las cosas eran completamente diferentes.
De hecho, el "culpable" del humo de la chimenea estaba sentado a la mesa, enfrascado en cortar verduras, sin dejar de vigilar a sus pies, sobre la alfombra.
—¿Por qué se te ocurrió encender el fuego? —quiso saber Katrina, caminando a través de la estancia para depositar las bolsas en la parte desocupada de la mesa.
—Todavía hace frío.
Katrina negó con la cabeza en tanto se quitaba el abrigo marrón que usaba y lo dejaba colgado en el respaldo de una de las sillas. Sacudió la cabeza, con lo cual su largo cabello oscuro ondeó con ligereza, antes de acomodarse el lazo negro que estaba atado a su cuello.
—Los magos del pueblo se ocultaron —informó Katrina, yendo de la mesa a la cocina para guardar los víveres —Los muggles no comprenden por qué la numeración está saltada, y hay un pequeño callejón que ya nadie conoce, ¿puedes creerlo?
—Claro, si es que solo viven magos allí. O quizá una familia de magos comparte la protección con sus vecinos.
—Lo primero me parece más probable. La mayoría de los magos alemanes han dado a entender que apoyan las ideas de Hugo. ¿Y cómo está?
Katrina, terminando su tarea, miró a los pies de su interlocutor, sonriendo con amabilidad.
—Perfectamente. En estos momentos, no hace caso a nadie más. Y no porque se parezca a mí.
La respuesta le arrancó una suave risa a Katrina, antes de irse a la cocina a preparar la comida.
Esos días eran relajantes para ella, sin presiones por ningún lado. Sabía, claro, que pronto le pedirían informes, tanto Hugo Hagen como el Cuartel General de Aurores de su país, pero quería ser egoísta por unos cuantos días y disfrutar de la vida que hasta la fecha no había podido construir. Estar en esas condiciones le recordaba a su gemela, pero Kelly era mucho más reposada, tuvo la suerte de hallar a un buen hombre que comprendió lo que era sin salir huyendo…
Echaba de menos a Kelly con frecuencia. No era fácil acostumbrarse al hecho de que ya nadie las confundiría en la calle, o que no podrían volver a bromear a sus amigos cambiándose una por la otra. Lo único que le quedaba de ella era un cuñado que la apreciaba sinceramente y un sobrino que, de vez en cuando, mostraba el parecido con su madre.
—Katrina, ¿para qué me pediste cortar tanta verdura?
—Para la sopa. La acompañaremos con filete… De postre, queda Apfel Strudel de ayer.
—Muy bien.
—¿Querías algo en particular?
—Yo no.
Katrina asintió, acomodando los utensilios que iba a necesitar, para luego ir hacia los pies de su acompañante, sonriendo con ganas y preguntando suavemente.
—¿Algo que quieras comer, Makh?
El recién nombrado, un niño encantador de unos cuatro años, giró la cabeza hacia Katrina, la miró y negó en silencio, con lo que sus abundantes rizos negros emitieron un destello violáceo.
—¿Seguro de que entiende lo que le digo? —inquirió Katrina, frunciendo el ceño.
—Por supuesto. Quizá no sepamos alemán, pero en la familia nos enseñan inglés muy bien.
—Como digas.
Una hora después estaban ocupadas tres de las cuatro sillas del comedor. Katrina contempló la escena que ofrecían sus acompañantes y sonrió cuando uno de ellos debió usar su autoridad.
—¡Telémakhos, cómelo todo o no hay postre!
El niño susurró algo en griego, antes de dejar escapar una risita y comer normalmente.
—¿Qué dijo?
—Una grosería. No te preocupes, lo castigaré.
—No hace falta. Quizá le di algo que no le gusta comer…
—Eres demasiado complaciente, Katrina, y no se lo ha ganado. Déjamelo a mí.
—Lo siento…
La disculpa sonó muy baja, tímida y triste, así que los otros dos se volvieron enseguida a quien la había emitido… y en inglés, para más señas.
—Oh, no te preocupes —pidió Katrina con dulzura —Puedo intentar cocinar otra cosa…
—Katrina, no lo malcríes…
—Señorita… ¿Te llamas Themis también, verdad?
Ella asintió.
—Ese nombre me gusta.
—Gracias, puedes llamarme así si quieres, Makh. ¿O prefieres Telémakhos?
—Makh está bien, gracias. ¿Nos quedaremos aquí siempre?
Telémakhos miró a la otra persona, la que momentos antes lo había regañado, con la esperanza reflejada en su redonda carita, donde brillaban uno ojos de un tono azul muy claro y con un atisbo de violeta, similar al cielo a la hora del alba.
—Sabes que no. Debo buscar un lugar para que vivas mientras Katrina y yo trabajamos.
—Lo he estado pensando, ¿qué tal con Anthony?
—¿Tu cuñado muggle? ¿Estás bromeando?
—Ahora que lo mencionas, quizá no sea buena idea. ¿Pero qué hay de su hija?
—La chica se la vive trabajando, por lo que te cuenta tu sobrino.
—Pero es empleada gubernamental, la mayoría del tiempo su horario es bastante flexible.
—Deberías consultarla primero, mientras yo también investigo a algunas personas.
—¿Ya no me quieren aquí?
Ante la pregunta de Telémakhos, Katrina negó con la cabeza.
—No es eso, Makh. Necesitamos que estés en un sitio bonito y seguro mientras hacemos nuestro trabajo, ¿comprendes?
—Aquí es bonito.
—Pero no es seguro cuando nosotros nos vamos, ¿verdad, Orestes?
El aludido hizo un mohín antes de asentir. Se pasó una mano por el cabello, ondulado y del mismo color que el de Telémakhos, al tiempo que sus claros ojos azules se fijaban en Katrina.
—¿Sabes qué? Eso de mandar a Telémakhos con muggles es buena idea. Serán de las últimas personas con quienes lo buscaría.
—¿Muggles? —murmuró el niño, encogiéndose en su silla.
—No todos son malos —apuntó Katrina con suavidad —Mis abuelos, los padres de mi madre, eran muggles. Mi cuñado es muggle, y es un hombre muy amable. Tiene una cadena de tiendas de artículos deportivos. ¿Conoces los deportes muggles, Makh?
—Me gusta el… ¿atletismo? ¿Se dice así?
—Sí, y es un buen deporte. ¿Algún otro?
—Me gusta el… el… ¿El de las flechas?
—¡Ah, el tiro con arco!
—¿Podrían dejar la conversación sobre deportes muggles para después de comer? —intervino entonces Orestes, fingiendo una mueca de fastidio, aunque sonreía.
Los otros dos asintieron y terminaron con el contenido de sus platos.
Al poco rato, Telémakhos estaba sentado frente a la chimenea, con montones de pergaminos a su alrededor, llenos de garabatos, en tanto Katrina y Orestes lo veían desde el sofá donde se habían sentado. Ninguno de los dos hablaba, cada uno se centraba en sus propios pensamientos, aunque sin saberlo, de vez en cuando coincidían.
El asunto era que se les acababa el breve periodo de paz que tenían. Vivir con dos caras por el bien de otros era algo que aprendieron a lo largo de los años por mera necesidad; de no haberse conocido, sentían que habrían enloquecido sin remedio. Coincidían sus historias personales, descubrieron que no era demasiado tarde para ellos y lo único que les impedía ser plenamente felices era la reciente actitud de Telémakhos, pero eso, aparentemente, había terminado.
—Creo que Gwen aceptará —musitó Katrina de pronto, con voz serena.
—Confío en ti, pero nunca es fácil para un muggle hacerse cargo de un niño mago.
—Cuidó de Kane prácticamente desde que él nació. Estoy segura que podrá.
—¿Y qué pasa con Anthony? ¿Le contarás todo?
—Debería. Lo mismo a Kane. Se pondrá contento.
—No tanto como lo estoy yo, eso es seguro.
Katrina asintió con una débil sonrisa, aferrando con la mano izquierda la derecha de Orestes.
Los anillos de su anular izquierdo destellaron intensamente a la luz del fuego.
7 de marzo de 2021.
Londres, Inglaterra.
Edificio West Hill, West End.
Anthony Poe no solía esperar visitas cuando pasaba temporadas en Londres, atendiendo sus negocios en la City. Al menos no se preparaba para visitas imprevistas.
—Buenas noches, Anthony.
El hombre, recién llegado de un agotador día en el cual tuvo que discutir con varios clientes (aunque un par de ellos lo trataron casi a gritos), sacudió la cabeza ante lo que veía, recordándose una y otra vez que la recién llegada, de ondulado cabello oscuro, no era su segunda esposa, aunque físicamente fuera idéntica a ella.
Kelly Poe estaba muerta. Era Katrina Turner la que estaba allí, viva.
—Siento llegar sin avisar, pero…
—Adivinaré: necesitas ayuda.
Katrina bajó la vista, avergonzada.
—No me molesta hacer cosas por ti —aclaró Anthony Poe con una leve sonrisa, dejando su saco gris oscuro y su maletín en una mesita cercana a la puerta principal —Somos familia, Katy. Pero debes admitir que es raro verte por aquí.
—Sí, lo sé. Siento que solo sea en estas circunstancias. ¿Recibiste mi última carta?
—¡Ah, sí! Y la foto. Me alegré mucho.
La mujer se encogió de hombros.
—Mucho gusto —saludó Anthony a dos personas sentadas en uno de sus sillones, observando con callado respeto la escena —Bienvenidos a Londres. ¿Gustan comer algo? Aunque deberé ordenarlo a domicilio, no tengo…
—No te preocupes, mientras esperábamos, preparé la cena.
—Un día debería poner alarmas en este lugar.
—Las alarmas muggles no me detendrían, sinceramente —Katrina se encogió de hombros.
Anthony se permitió una sonrisa antes de adelantarse al comedor, donde halló todo dispuesto. Tomó asiento, permitiendo que su cuñada se encargara del resto mientras él intentaba trabar conversación con las otras dos personas que lo visitaban.
Al hombre alto y sobrio lo conocía de vista, estaba seguro, aunque juraría que el cabello y los ojos los tenía de otro color. Si lo reconocía era por el aura distante que lo envolvía, así como por sus movimientos, firmes pero cuidadosos. El desconocido para él era el niño, de unos cuatro años, que físicamente era muy similar al adulto y se dedicaba a mirar su entorno con miedo, como si esperara que algo horrible le saltara encima en cualquier momento.
—¿Tuvieron buen viaje? —se decidió a preguntar, amable.
—Todo lo bueno que puede salir en estos tiempos —respondió el adulto, pasándose una mano por el cabello, rubio rojizo y largo hasta los hombros, en tanto giraba los verdes ojos por todas partes —Es un sitio bonito, amigo.
—Gracias. Mi hija me ayudó a cambiar algunas cosas la última vez que estuvo aquí. ¿Piensan quedarse mucho tiempo?
—No, por desgracia, y eso que hubiera querido llegar a Telémakhos al London Eye.
Anthony notó que el niño hacía un ligero mohín al oír su nombre y lo comprendió. La experiencia le decía que los magos a veces llamaban a sus hijos de formas poco comunes.
—Aquí está —Katrina llegó entonces con la cena, haciendo levitar con la varita algunos de los platos, lo cual Anthony siempre encontró divertido —No te preocupes —le dijo ella a su cuñado —Puse protecciones aquí, como pediste. Nadie notará nada de magia.
—Eso espero. Recuerdo una vez que Kelly vino conmigo a Londres. Tuve a media docena de magos aquí solo porque ella cambió el color de las paredes de la sala.
—Recuerdo que me contó eso, ¡fue muy gracioso!
La charla durante la cena fue amena, llena de trivialidades acerca de la persona que había unido a Anthony y a Katrina en vida, pues ninguno de los dos se ponía triste cuando recordaban a Kelly así. Orestes tomó nota de cada cosa que oía, alegrándose al percatarse que Katrina prácticamente le había contado todo. Para lo que le costó acercarse a ella…
—Anthony, ¿te mencionó Gwen que le escribí? —inquirió Katrina al final de la cena, con una taza de té frente a ella y varias galletas en un platón al centro de la mesa.
—Sí, me llamó ayer. Primero se soltó gritando algunas cosas, pero intercalaba idiomas, así que no entendí mucho. Le pasa cuando está alterada.
—Me lo imagino…
—Cuando se calmó, pidió mi opinión. Dijo sentir que ella no tenía por qué mezclarse, pero también estaba halagada de que la tomaras en cuenta. Le contesté que actuara según lo que le dictara la conciencia y el corazón, por muy sentimental que suene, y me pidió decirte que acepta.
—¿En verdad?
—Sí. Vive sola ahora, mi madre aseguró que no necesitaba más compañía, y creo que está saliendo con alguien, pero eso no le impide hacerte el favor.
—No sé cómo agradecerle…
—Asegura que con visitarla de vez en cuando, bastará. Ella también quiso mucho a Kelly.
Katrina asintió, sonriendo.
—A propósito, ¿ya lo sabe Walter? —quiso saber Anthony.
—Le envié una lechuza al mismo tiempo que a Gwen. La respuesta tardaré en leerla, no andaremos muy quietos en los próximos días. Espero que no se moleste.
—Katy, ¿todavía no conoces bien a tu sobrino?
La aludida rió por lo bajo.
—Tienes razón. A veces veo tanto de Kelly en él que me sorprende —admitió.
—Estará feliz por ti. Confía en mí.
Katrina asintió, deseando que lo dicho por Anthony fuera la pura verdad.
7 de marzo de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Varios estudiantes refunfuñaban por la lluvia que se había desatado esa mañana de sábado, que hacía llegar a las aves del correo empapadas, sacudiéndose sin descanso en cuanto aterrizaban. Eso dejó a más de uno quejándose por el agua, en tanto tomaban sus cartas, algunas de las cuales no estaban debidamente protegidas y la tinta se les había corrido.
—¿Qué diablos es esto?
Sunny arqueó una ceja cuando, en la mesa de Slytherin, un búho de plumas oscuras dejaba caer un sobre frente a Walter antes de salir volando, agitando la mojada cabeza.
—Esto, amigo mío, se llama carta —indicó Thomas, riéndose.
—No me refiero a eso —desdeñó Walter enseguida —Es un sobre muggle. Con letra de Gwen.
—¿De tu hermana? —se extrañó Danielle —¿No habías dicho que detesta usar las lechuzas?
—Sí, no le gustan mucho las aves. Quizá sea…
Walter dejó la frase en suspenso, tomando el grueso sobre de papel amarillo y deseando que con la lluvia, la carta no se hubiera estropeado. Tuvo suerte, ya que era uno de esos sobres envuelto por dentro con plástico de burbujas, lo cual no se explicó hasta que sacó el contenido: una sola hoja de papel y varias fotografías. Leyó la misiva con rapidez, echó un vistazo a las imágenes y quedó sorprendido con una en particular.
—Primero tía Katrina me suelta, de buenas a primeras, que se casó, y ahora esto —masculló, pasándole a Thomas una de las fotos —¿Lo conoces?
El pelirrojo anaranjado no comprendió hasta mirar lo que le había entregado su amigo.
—¡Por el bisabuelo squib! ¡Es Scott!
—¿Qué cosa? —Sunny y Danielle enseguida se inclinaron sobre la fotografía.
La imagen era fija, revelando su origen muggle. El escenario era una sala cuyos muebles estaban tapizados en color arena; se trataba de una habitación sencilla y bien cuidada. En uno de los sillones se veía sentada la media hermana de Walter, vestida con pantalón de mezclilla y una blusa azul celeste. Sonreía, apoyada levemente en la persona a su izquierda, un joven de cabello también rubio y ojos azules ataviado con camisa a cuadros y pantalón negro, que cuidaba a un chiquillo sentado en sus rodillas, de negros rizos, cuyos ojos salían cerrados.
—¿De dónde conoce tu hermano a la hermana de Walter? —quiso saber Sunny.
—La primera vez que se vieron fue en septiembre, en King's Cross —recordó Thomas —No sabía… ¡Ese Scott! ¡Me contó que salía con alguien, pero nunca pensé…!
—Gwen me dijo lo mismo. Pero no imaginaba que le gustaran los chicos menores que ella…
—¿Cuántos años tiene tu hermana? —inquirió Thomas, arqueando una ceja.
—Cumplirá veintidós en diciembre.
Thomas se quedó anonadado.
—¡Asaltacunas! —exclamó por lo bajo, con aspecto de no saber si reír o enfadarse.
—Por favor, Thomas, tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos.
—Haz recuento, Pajarillo, si eres tan amable.
Walter bufó ante el apodo, pero decidió ignorarlo.
—Mackenzie sigue faltando a algunas clases, ¿lo olvidabas?
—¡Ah, sí! —Sunny torció la boca en una mueca de desconfianza —¿Por qué será?
—Le oí mencionar a Fonteyn que se sentía enfermo —comentó Danielle de pronto, como si apenas se acordara del detalle —Pero no me convence…
—Si fuera eso, nada más fácil que ir a la enfermería, porque así podría justificar sus ausencias con los profesores —apuntó Walter, ceñudo —Oí a Flint, de quinto, que lo vio en los jardines cuando volvía de Herbología. No lo acusó porque alcanzó a ver que era de nuestra casa.
—¿Y no le han pasado la queja a Snape? —Thomas sonaba incrédulo.
—No que yo sepa —Walter se encogió de hombros.
En ese momento sonó la campana y mientras Danielle y Sunny se marchaban a Autodefensas Muggles renegando de la lluvia, Thomas y Walter intercambiaron miradas.
—¿Vamos tras Mackenzie? —preguntó el pelirrojo anaranjado con picardía.
—Vamos tras Mackenzie, Mao.
Thomas se echó a reír, terminó su desayuno y no tardó en salir del Gran Comedor con Walter.
25 de julio de 2012. 7:45 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola, hola! Espero que estén todos bien, sin un clima loco que no pueden predecir (su servidora no puede adivinar cuándo lloverá y cuándo hará calor). Sin más, pasemos a lo que nos interesa.
Tocó capítulo Arcano, con Walter resaltando. Bueno, en sí nuestro castaño de Slytherin no salió todo lo que hubiera querido, no hallaba cómo, así que decidí enfocarme en una cosa que me rondaba en la cabeza desde hacía tiempo, y era que la tía aurora del chico volviera a salir en escena. ¡Eh, hasta la casé y todo! Algunos fans, entre ellos la creadora original de Katrina Turner, esperaban que pronto sucediera algo entre ella y Orestes Onassis, y aquí lo tienen. Confieso que al crear a Orestes, anoté detalles suyos en borrador que lo ponían como pareja de Katy y me alegra haber concretado eso. El pequeño Makh (con todo y su nombre pintoresco) son un extra, aunque algo de él también lo tenía en el mencionado borrador, jajajaja.
A Henry le llegó regalo de su abuelo, ¡genial! Aunque no es muy revelador, no ahora, pero he mostrado el lema de los Nicté que me inventé hace poco (Bell tenía muchas ganas de sacarlo) y creo que les queda.
Parece que sigo poniendo cosas sin sentido, ¿para qué finjo demencia? Supongo que este capi ha salido a borbotones, con lo primero que me venía a la cabeza, y cuando me di cuenta, había rebasado la longitud promedio de los capítulos de LAV. Así las cosas, corté la narración de forma un tanto brusca, pero seguiré en el capi siguiente, que ya tengo un par de escenas pensadas.
Por último, pero no menos importante, ¡saluden a Procyon Black como personaje para La Templanza! Ya era hora, ¿no les parece? Al principio sentí que no encajaba (más porque casi siempre representan este Arcano como un ángel muy femenino, jajaja), pero por cosillas que han salido y que saldrán, el último Black se ha ganado este honor. Ahora toca elegir un Arcano medio siniestro, El Diablo, y seguro que tienen a varios personajes que encajan, ¿verdad? Espero sus sugerencias por los medios habituales (menos en comentarios, debido a las reglas de algunas páginas donde publico. No quieren que me amonesten, ¿cierto?).
Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.
