A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Veintitrés: El Eje.

15 de marzo de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Para ser lunes, Rose estaba muy callada y seria en el Gran Comedor. Cecil Finnigan y Diane Creevey intentaron sacarle plática, pero como la pelirroja apenas contestaba, lo dejaron por imposible, preguntándose qué tendría así a la chica Weasley.

La respuesta estaba en el banco de enfrente, sentada a ambos lados de Henry, quien por cierto, tenía los ojos cerrados en ademán de intensa concentración.

—¿Quieren hacer el favor de no desmayar a nuestro amigo? —espetó Rose con hartazgo, dejando a un lado el tenedor con el que había ensartado un arenque ahumado —Cuando por fin conseguí que saliera conmigo…

A la izquierda, Rose creyó oír a alguien escupiendo una bebida, pero no quiso averiguar de quién se trataba, ya que había conseguido lo que quería: dos miradas incrédulas fijas en ella.

—¿Estás bromeando? —un chico de cabello negro y brillante, con los ojos color azul violáceo abiertos de par en par, meneó ligeramente la cabeza —¿Henry, salir contigo?

—Sí, vamos ir juntos a Hogsmeade. ¿Por qué te sorprende, Procyon?

—¡Ustedes se la pasan peleando! —soltó sin poder contenerse una jovencita de cabello también negro, ojos castaños y anteojos redondos —Bueno, se la pasaban peleando —rectificó, dudosa.

—Sí, eso… Digamos que me cansé de intentar ganarle a Henry, Hally, es demasiado listo.

—Rose, deja de halagarme —susurró el aludido, abriendo por fin sus ojos verdes.

—Ah, ¿era un halago? Entonces debo hacerlo más seguido.

Para sorpresa de Hally y Procyon, Henry y Rose se enfrascaron en una de sus antiguas disputas, aunque sonaba raro que el tema de la misma fuera qué tanto la pelirroja alababa a su amigo. Eso causó que los dos de cabello negro rieran, se miraran brevemente y casi enseguida, giraran la cara en direcciones opuestas.

Al dejar el Gran Comedor, Hally observó a Rose irse con Henry, alegando con energía, y se preguntó cómo era posible que a su amiga le gustara alguien completamente contrario a ella. Sabía que Rose en ocasiones hacía extravagancias, pero aquello…

—De verdad le gusta a Henry, si anda junto a ella con esos cambios de humor que le dan…

Hally dio un respingo. No se había dado cuenta que Procyon estaba a su lado, también mirando el punto por el que Rose y Henry se alejaban.

—Todavía no puedo creérmelo —fue lo único que pudo decir, poniéndose en marcha hacia el aula de Aritmancia —A Rose le cuesta mucho encariñarse con alguien, aunque no parezca…

—Te creo —aseguró Procyon, soltando una risita, pero casi enseguida se puso serio y calló.

Hally creyó saber la razón. Después del suceso de la lechucería, apenas habían cruzado palabra. Ella ponía todo su esfuerzo en tratarlo como siempre, quería darle a entender que seguía siendo su amiga, pero la incomodidad entre ambos era palpable. ¿Cómo te comportas con tu mejor amigo después de oírle decir que le gustas? Sin caer en absurdos, claro. Ojalá esas cosas las enseñaran en un libro, pensó Hally con fastidio. Lo leería enseguida y sabría qué hacer.

Llegaron pronto al aula, saludando con diversos gestos a sus compañeros, para luego acercarse a Paula y Bryan, que repasaban unos pergaminos.

—¿Tienen el último ejercicio? —indagó Bryan con el ceño fruncido.

—Sí, claro —Hally abrió la mochila y rebuscó en su interior —¿Por qué?

—A Paula y a mí nos salen cosas diferentes, quiero comparar…

Hally sacó un rollo de pergamino, pasándoselo a Bryan.

—No vas a alcanzar a corregirlo —le avisó Procyon, sonriendo de lado.

—Lo sé, pero al menos quiero saber…

Bryan no pudo seguir hablando, se concentró en comparar lo escrito en ambos pergaminos. Al mismo tiempo, el profesor Davis abría la puerta del aula y los instaba a entrar con un ademán.

Normalmente, en esa clase se sentaba cada quién donde quería, siendo los bancos más codiciados los que estaban al fondo, ya que pocos le tenían verdadero aprecio a Davis. Esta vez, Procyon se apresuró a tomar a Hally de la muñeca para apoderarse del último banco de la fila derecha, ganándoles por unos segundos a Edward Garrett y Matthew Kent.

—No estoy de humor para que Davis me fastidie —aclaró Procyon al tomar asiento, con la mirada fija en el interior de su mochila —¿Dónde están los ejercicios? —masculló.

—¡No puede ser! Los míos se los quedó Bryan, espera un momento…

Hally se levantó y fue al banco ocupado por su amigo y Paula, en tanto Procyon seguía buscando. Sacó el pergamino que necesitaba y se le quedó viendo con aire distraído.

Sabía que había sido una estupidez declararse, lo sabía. Hally ahora huía de él cada cinco segundos. Sin embargo, era inevitable pasar horas uno con la otra. Aunque a su favor admitía que, en la medida de lo posible, seguían llevándose bien.

—Idiota —masculló en voz muy baja, antes de mirar al frente, atento por si Davis iniciaba la clase —Menudo lío he armado…

—¿Qué dices? —se extrañó Hally, regresando entonces al banco.

—Nada, nada. ¿Al final Bryan pudo…?

—Sí, resulta que estaba mal Paula, ¡ella no lo podía creer!

—¿Cómo iba a creérselo? Es una Ravenclaw, confía mucho en su cerebro.

Hally asintió, riendo, acomodándose en el banco.

Pero Procyon notó que hacía todo lo posible por no mirarlo.


—¿Y se puede saber por qué no nos habían dicho?

Rose miró a Danielle con una ceja arqueada, para luego voltear con Henry, buscando ayuda.

—Pensamos que ya lo sabían… Y que se notaba —contestó el castaño.

Danielle dejó escapar un bufido, desviando la vista hacia Amy, quien mostraba de forma más abierta su asombro e incredulidad.

—Pero… No se portan diferente… —musitó la castaña Hufflepuff, tímida.

Rose bufó. Eso ya lo había escuchado demasiado. De sí misma, para empezar.

Los cuatro estaban en el patio, aprovechando su hora libre, después que Danielle y Amy se acercaran a saludar y la rubia pidiera, sin previo aviso, que le explicaran qué estaba pasando con Hally y Procyon, a quienes habían notado muy raros en los últimos días. Tuvieron que contarles el último acontecimiento: que casi dos semanas atrás, después de una muy peculiar conversación, Procyon finalmente le había dicho a Hally sus sentimientos y, en teoría, esperaba una respuesta.

—De Procyon no debería sorprenderles —inició Henry, con la frente arrugada y sin ver a ninguna de las chicas. Sus ojos verdes estaban desviados al frente, donde se fijó sin ganas en cómo regresaban al castillo Simon Combs y Paul Owen —Estuvo portándose así desde que se dio cuenta que Hally le gusta. Y no fue precisamente cuando nosotros nos dimos cuenta.

—¿Tú lo sabías desde antes? —se sorprendió Rose.

—Lo sospechaba. Pero no es asunto mío andar divulgando los sentimientos de la gente.

Eso, pensaron las tres chicas, era una enorme consideración de parte de su amigo.

—Y Hally… Está preocupada, pensando en qué hacer, pero al mismo tiempo no quiere que Procyon se aleje, así que se esfuerza en que las cosas sigan normales —continuó el muchacho, parpadeando con cierta lentitud cuando miró a sus acompañantes —Por Merlín, no creí que una chica pudiera sentir tanto y seguir como si nada.

—Ahora eres tú el que hace halagos —señaló Rose, intentando romper la tensión.

—Créeme, no es nada agradable enterarse. ¿Recuerdas qué me pasó?

Rose contuvo un escalofrío. En ese momento no sabían la razón, pero justo cuando Procyon y Hally tenían su charla, a Henry le llegó una sensación intensa, abrumadora, que lo golpeó en el pecho y lo dejó momentáneamente ciego y desorientado. Recordaba haber oído que Rose lo llamaba con voz espantada, pero fuera de eso, duró varios minutos perdido. Luego se enteró que no se habían movido de sus sillas de la sala común de Gryffindor, pero se había desmayado sin más, salvándose de estrellar la cabeza contra una mesa porque Rose lo atrapó.

—¿Qué sería de nosotros si se hubiera dañado tu grandiosa mente?

Henry sabía que la pelirroja no quería demostrar lo mal que le sentaba acordarse de eso, así que siguió con lo que estaban discutiendo.

—De todas formas, eso es cosa de ellos —concluyó —No hay que meternos si no nos llaman.

—¿Así que tendremos que esperar? —espetó Danielle, malhumorada.

—Por lo visto, sí.

A la rubia no le gustó aquella respuesta, pero tuvo que conformarse. No sabía por qué deseaba con tanta intensidad que el asunto se resolviera a favor de Procyon, era algo más fuerte que ella.

—¿Quién más sabe de esto? —quiso saber Amy.

—Por lo visto, nadie —Henry se encogió de hombros —Creí que Procyon se lo contaría al menos a Thomas, pero resulta que no. Hally debe estar tan concentrada en dar una respuesta como para acordarse de decírselo a alguien más, aparte de Rose. Y eso porque comparten dormitorio. No es muy dada a confidencias, ¿o sí?

Danielle y Amy negaron con la cabeza. Les costaba admitirlo, pero Hally rara vez hablaba de esos temas. Incluso cuando era novia de Melvin Corner, costaba trabajo sacarle detalles.

Sonó la campana y el grupo se separó.

Durante el almuerzo, fue obvio para Procyon que algo pasaba. En Herbología, Amy se la había pasado susurrándole a Bryan, pero pensaba que eran cosas entre ellos dos, así que no le dio importancia. Sin embargo, al entrar al Gran Comedor, detectó una mirada acusadora de Thomas antes de irse a su mesa, y se preguntó qué andaría mal.

Se enteró pronto. Bajando la escalinata de piedra rumbo a la cabaña del profesor Hagrid, Thomas fingió perfectamente estar de buen humor, pero al estar junto a él siseó una palabra, una sola, con la cual bastó para enfadarlo y avergonzarlo por partes iguales.

—Cobarde.

Procyon se preguntó si lo era. Y no le gustó todo lo que repasó para llegar a una respuesta.


Ottery St. Catchpole.

El Nido, hogar de la familia Longbottom.

El pueblo de Ottery St. Catchpole se distinguía por ser tranquilo.

La gente iba y venía por las calles, saludándose con gestos y sonrisas, o en ocasiones hasta con unas palabras amables. Y en una población como aquella, todos eran prácticamente conocidos. Las excepciones eran escasas.

—Buenos días, señora Bannister.

La interpelada, una mujer joven de largo cabello rojo, sonrió e inclinó la cabeza, a modo de respuesta, mientras seguía caminando. Los del pueblo la veían con cierta desconfianza, ya que no sabían a qué se dedicaba ni qué hacía viviendo allí, tan alejada de las grandes ciudades, pero como era educada y simpática, a nadie molestaba.

Por su parte, Allie Bannister contuvo una risita. Ya iba a cumplir un año de casada y todavía no se acostumbraba al apellido que había adoptado. Se preguntó si tía Ginny sintió lo mismo al dejar de ser una Weasley para convertirse en una Longbottom.

Ese día iba a verla. Por el momento no tenía encargos en el trabajo y aunque así fuera, tendría que postergarlos. Una bruja embarazada en escoba no era algo de qué preocuparse, pero una bruja embarazada lidiando con criaturas mágicas potencialmente peligrosas era otro cantar.

Pronto Allie llegó al final de la calle principal, donde se erigía la que, según los habitantes de Ottery, era la casa más excéntrica y elegante del lugar. Era netamente victoriana, de tres plantas y fachada color paja con detalles marrones en las ventanas, en el barandal que rodeaba el porche y en muchos sitios más. Allie se imaginaba el asombro que debió prevalecer en el pueblo cuando la casa fue edificada, pero eso había que decírselo a Augusta Longbottom.

La difunta abuela paterna de tío Neville había sido una bruja de armas tomar, según contaban. Lo había criado desde que era prácticamente un bebé, cuando sus padres terminaron en San Mungo debido a un ataque de ciertos seguidores de Voldermort que tras su primera caída, lo buscaban con desesperación. No se nombraba con frecuencia a los abuelos de sus primos, pero sabía que al menos Dean los había una vez, siendo muy pequeño, antes que fallecieran. De hecho, los segundos nombres de Dean y Nerie eran Frank y Alice, respectivamente. Lo más admirable de la bisabuela de sus primos era que, al final de la segunda guerra, se hubiera presentado a prestar su varita a la legendaria Batalla de Hogwarts… y la hubiera sobrevivido.

Había sido la señora Augusta quien insistió en obsequiarle una casa a su único nieto cuando este se casó, y mandó construir aquel sitio, al que llamaban cariñosamente El Nido, quizá por la gran cantidad de aves que habitaban los árboles a su alrededor, o por la pequeña ventana del ático, que daba la impresión de un pajarito asomándose en espera de su madre.

A Allie le encantaba ir allí. Era un lugar grande, cálido y tranquilo… hogareño, en resumidas cuentas. Cuando no podía con alguna cosa en casa o se sentía un poco sola, no había nada más sencillo que ir con tía Ginny a pedirle consejos, pero sin abusar: como buena Weasley, a Allie le gustaba conseguir las cosas por sí misma. Este día, sin embargo, iba a conversar con ella. Y creía que sería una charla larga.

Subió los cuatro escalones del porche y no tardó en llamar a la puerta. Pese a que Ottery era pacífico, ningún mago era demasiado precavido en los tiempos que corrían. Y habiendo vivido una guerra, los Longbottom sabían cómo y cuánto cuidarse.

—¿Quién? —preguntó una voz desde dentro.

—Allyson Weasley, mejor conocida como Allie, casada con Rudolph Bannister, defensora improvisada de Praga en una ocasión y futura mamá.

—Bien dicho —alabó con aire risueño la mujer pelirroja que abrió la puerta. Lucía un sencillo vestido azul cubierto al frente con un delantal a cuadros blancos y rojos —¿Y yo? —inquirió.

—Ginevra Longbottom, mejor conocida como Ginny, esposa de Neville Longbottom, séptima hija de Arthur y Molly Weasley, ex–jugadora del Holyhead Harpies y su actual entrenadora.

—Linda, eres estupenda —Ginny Longbottom besó a su sobrina en la mejilla antes de dejarla pasar —¿Qué te trae por aquí hoy?

—No quería quedarme sola toda la tarde. Rudolph fue al callejón Diagon a ver lo de su local, parece que finalmente le ofrecieron uno bueno. Y ahora no tengo trabajo.

—¿Aún pensabas trabajar en estas fechas?

Allie se encogió de hombros, sonriendo levemente.

—Pedí en la Sociedad que me dejaran ayudarles con alguna tarea de escritorio, mientras nace el bebé —respondió, para tranquilidad de su tía —Rudolph quería que renunciara, pero es muy difícil conseguir una plaza allí, así que llegamos a ese acuerdo —Allie miró a su alrededor con aire distraído, antes de caminar unos pasos y agregar —Y llegó un mensaje.

La señora Longbottom perdió la sonrisa gradualmente, adoptando un gesto de concentración. Guió a su sobrina hacia la sala, ubicada a la derecha de la puerta principal, cuyas ventanas mostraban parte del largo porche y eran agradablemente sombreadas por los árboles.

—¿Quieres algo de té? —ofreció la señora de la casa.

—Claro. Últimamente tomo mucho té. Rudolph bromea a veces con eso.

Después de unos minutos, la señora Longbottom tuvo el servicio de té y galletas en la mesita de centro, y había hecho unos cuantos comentarios banales antes de ponerse seria otra vez.

—¿De qué tipo de mensaje estamos hablando? —quiso saber.

—En primer lugar, debo avisarte que no he podido traducirlo todo. Está en alemán y hace tiempo que no lo hablo, mucho menos lo escribo. Por fortuna Rudolph lo ha estado practicando últimamente, así que en cuanto llegue, le pediré que lo acabe de traducir.

—¿Y has sabido al menos de qué se trata?

—Sí. Es un informe de parte de la Revuelta, sobre la situación en Alemania.

—¿Algo que deba preocuparnos?

—Los muggles están cada vez más nerviosos. Ha habido disturbios, protestas… Piden la renuncia de su canciller, como si con eso fueran a arreglarse las cosas.

Ambas pelirrojas sabían que el canciller muggle de Alemania debía estar bajo un Imperius; a Hagen debió resultarle sencillo llegar a él si el Ministro de Magia alemán actuó de intermediario, después de firmar la rendición. Por lo que se logró averiguar, el Ministro Merkel apenas intentaba oponerse a Hagen cuando sus principales funcionarios se mostraron a favor de la rendición, alegando que no debía permitir que la guerra se extendiera y cobrara más vidas. Sin embargo, en las pocas fotos de Merkel que salieron después de eso, se notaba que la idea no le agradaba en absoluto. La política mágica alemana siempre se había distinguido por ser algo inflexible.

—¿Han logrado hablar con Merkel o algún allegado? —quiso saber la señora Longbottom.

—La Revuelta lo ha intentado, pero hasta ahora no han tenido éxito. El Ministerio alemán está vigilado constantemente por seguidores de Hagen. Al menor signo de rebeldía, se ocupan del mago en cuestión. No quieren arriesgarse a perder miembros. No todavía.

La señora Longbottom asintió, dando un sorbo a su té.

—¿Y qué dice tu esposo de todo esto? —inquirió amablemente.

—Ha oído algunas cosas —admitió Allie, haciendo una mueca —Con lo de su local, tiene que contactar forzosamente a gente del continente, que no dejan de quejarse de las restricciones en las fronteras, de lo que tienen que pagar para llevar sus mercancías de un lado a otro… El comercio se está viendo afectado, la gente pronto va a darse cuenta, y no solo los magos.

Allie sabía un poco más de lo que contaba. Rudolph Bannister, quien oficialmente se había retirado del quidditch a principios del año, había estado buscando por meses un local adecuado en el callejón Diagon para su nueva ocupación: la fabricación, almacenamiento y venta de pociones especializadas. Los problemas surgieron al contactar a proveedores de ingredientes y materiales; estos enlistaron exorbitantes precios, alegando que se debían a lo que ellos mismos debían pagar por la obtención y el traslado de los mismos. Así, había surgido la conversación sobre la situación en la Europa continental, que superficialmente era normal, aunque solo para guardar apariencias ante los desconcertados muggles. De seguir las cosas así, lo próximo que harían los comerciantes sería contrabandear sus productos y especular en periodo de escasez.

Eso sin contar con que fuera cierto que Hagen quería romper el Estatuto Internacional del Secreto de los Magos. Allie seguía pensando que era descabellado, pero si la señora Potter tenía razón, lo primero de lo que deberían cuidarse sería de muggles enfurecidos, porque seguramente les achacarían a los magos todas sus desgracias, aunque no fueran completamente culpables.

—Neville comentó que un integrante de su departamento está desaparecido —dejó escapar la señora Longbottom, abstraída —Greg Radcliffe, ¿te suena?

—No, ¿qué le pasó?

—Fue enviado a Mónaco por cuestiones diplomáticas, nada complicado según el Ministerio de Magia. Se marchó en febrero y Neville asegura que la comunicación con él se cortó bruscamente hace una semana, cuando notificó que sus diligencias estaban por terminar.

—¿Ya preguntaron en la embajada? ¿Y en el Ministerio de Magia de Mónaco?

—Sí, pero hablamos de un acorralado, así que no se tendrá una respuesta rápida.

Ante eso, la joven señora Bannister no pudo contener una mueca. La Orden del Fénix había tenido que clasificar de alguna forma los países dominados por Hagen y aquellos que todavía se podían considerar libres. Las naciones que se resistían al Terror Rubio y continuamente se hallaban bajo asalto eran apodadas acorraladas, como un sinónimo de sitiadas. Sobre todo si, como le pasó a República Checa, solicitaban ayuda de sus aliados nominales y éstos no respondían.

—Eso también me da curiosidad —pensó Allie en voz alta, dejando su taza en la mesita de centro —Mónaco es un principado muy estricto con sus controles fronterizos. ¿Cómo pudieron atacarlo sin darse cuenta? ¿Hay monegascos entre los hombres de Hagen?

—Lo estamos investigando. Por desgracia, nadie de la Orden es de allí.

—¿Y qué hacía allí el señor Radcliffe, por cierto?

—Neville no está muy seguro, pero dice sentir que algo no está del todo bien, porque por lo general, no se mantiene tanto secretismo en los viajes de gente de su departamento. Cree que tiene alguna relación con las alianzas que quería firmar McGill y que Kingsley ha estado revisando.

—No veo la utilidad de tener a Mónaco de aliado.

—Todo aliado tiene utilidad, Allie. La guerra saca lo mejor de algunas personas y lo peor de otras. No lo dudes ni por un segundo.

La señora Longbottom miró con severidad a su sobrina, quien asintió en silencio, consciente que ella apenas estaba viviendo una guerra.

Se sintió afortunada por haber nacido en una época de paz y rezó para poder contribuir a que su bebé disfrutara de otra.


Londres, Inglaterra.

Apartamento 4, Tercera Planta del edificio Windsor.

El lugar era muy pequeño, eso lo sabían las siete personas que lo ocupaban. Ni siquiera siendo magos podían mejorar ese aspecto, ya que estaban en territorio muggle y era arriesgado. Suficiente suerte tenían en que nadie hubiera descubierto que si faltaba el número cuatro, era culpa de la magia y no de los despistados muggles. Sin embargo, ahora se notaba más la falta de espacio.

—¿Cómo demonios llegó aquí?

Volador, revolviéndose su ya de por sí desordenado cabello castaño rojizo, clavó los ojos verdes con desconfianza en la inesperada visita que tenían. Sus amigos varones se encogieron de hombros, aunque Arcángel se veía más paciente que Sátiro.

—Contéstele a nuestro camarada, ¿quiere? No conviene hacerlo enfadar.

Que aquello lo dijera la gruñona Policía era desconcertante. Más cuando era evidente que ella y Volador no se llevaban precisamente bien.

—No son tan difíciles de rastrear para alguien como yo. Más cuando tuve ayuda.

El invitado, mirando por turnos a los siete que tenía enfrente, no mostraba ni una pizca de sentimientos en su monocorde voz o en sus apagados ojos. Eso, más que enfurecer a los presentes, les provocaba cierto escalofrío.

—¿Ayuda? —se interesó Cisne, acomodando tras su oreja un mechón de cabello negro azulado.

—Digamos que en mi familia hay varios "trucos" interesantes. El mío me reveló quiénes son ustedes, pero no sé qué hacen ahora, y como de casualidad supe algo que les podría servir…

—¿Quiénes somos, según usted? —inquirió Arcángel, ceñudo.

Por toda respuesta, el hombre arrugó la frente, miró a un punto vacía frente a él y al segundo siguiente, los otros siete dieron un respingo.

—¡Por las barbas de Merlín! —masculló con enfado Sátiro, masajeando su sien derecha.

—Interesante, ¿no? Podría perfectamente delatarlos, pero de acuerdo a lo que me enteré, no debo hacerlo. Sin embargo, conseguí lo que buscan y se los daré… Si prometen cuidarlo bien.

—¿Cómo sabemos que se puede confiar en usted? —preguntó educadamente Dríade.

—¿No es suficiente con guardarles el secreto? Y darles un tesoro mágico invaluable, claro.

Los demás intercambiaron miradas preocupadas y ansiosas. Había kneazle encerrado, lo sabían.

—¿Qué tienen que ver los kneazles en todo esto?

¡Maldición! ¿Eso no debía ser ilegal?

—No, es involuntario. Tranquilos, casi lo tengo dominado otra vez. Ahora, ¿van a aceptar lo que les traigo? Porque hay una cosa que quiero pedirles…

—¡Ya decía yo…! —espetó Sátiro, acusador.

—Cálmate, por favor —pidió Caperucita con suavidad.

—Solo son un par de indicaciones que deberán seguir cuando vuelvan a casa.

—¡Nosotros no debemos…! —comenzó Cisne, escandalizada.

—Déjenme plantear la situación desde el punto de vista de quienes me dieron las indicaciones, ¿sí? Para que comprendan mejor el panorama.

El invitado imprevisto comenzó a relatar lo prometido. Le llevó largo rato, incluso lo vieron blandir la varita mágica en el aire dibujando algunas líneas y figuras para dejar todo claro. Así, cuando terminó, su idea no era tan absurda. Aunque a Sátiro le diera dolor de cabeza por tratar de comprender los giros en los que él y sus amigos estaban envueltos.

—Lo que quiere decir… ¿Usted de verdad va a intentar…?

La aterrada mirada de Dríade dejaba claro que la perspectiva no le agradó en absoluto, mucho menos el asentimiento de su inesperado invitado.

—No tenía opción. Nunca pensé en que no fallé por casualidad, pero mirándolo bien, eran demasiadas coincidencias. Y lo agradezco, porque aunque no parezca, nunca he matado inocentes.

—Si es que a éste se le puede llamar inocente —desdeñó Policía, señalando a Sátiro.

—¡Eh, te escuché!

—Silencio —ordenó Volador, repentinamente severo —Seguiremos sus indicaciones —accedió, mirando de manera penetrante a aquel hombre —Y sin preguntar más detalles. Supongo que no se explaya porque nos podría perjudicar, ¿cierto?

—Cierto.

—Entonces lo dejaremos así. ¿Qué hay de lo otro?

Por toda respuesta, el visitante sacó de un bolsillo de su túnica una caja de madera rectangular, alargada y oscura, con un curioso grabado en la tapa, una filigrana que formaba inconfundibles espirales. Todos allí lo identificaron al instante.

—No todo está a la vista todavía —advirtió el visitante —Y tengan muy presente lo que les dije. No deben morir ahora. Saben lo que está en riesgo.

Los otros siete, a una, asintieron, siendo Sátiro quien recibiera la caja de madera.

—¿Por qué la guardas tú? —quiso saber Policía, perspicaz.

—Él es el que investigó el tema —respondió Volador, zanjando así el asunto.

—Detesto que se ponga así —musitó Policía al oído de Cisne, quien se encogió de hombros.


16 de marzo de 2021.

Montecarlo, Mónaco.

Casino Wista, Les Spélugues (1).

Si hay una ciudad donde podrían verse famosos casi en cada esquina es Montecarlo, una de las más hermosas y acaudaladas de Europa. Actores, cantantes, modelos y personajes de la nobleza no dejaban de visitar la metrópoli, pese a las circunstancias inusitadas que llenaban gran parte del continente. Además, en ningún lugar tenían tantas libertades para jugarse millones.

Majestuoso, elegante y con excelente servicio, el reconocido Casino de Montecarlo nunca dejaba de funcionar del todo. Cualquiera que quisiera (y no fuera ciudadano monegasco) tenía pase libre a las salas de juego, donde podía apostar en lo que mejor le pareciera y divertirse un rato, sin importar si se ganaba o se perdía. Era difícil aburrirse en semejante ambiente, lujoso y agradable.

Eso no podía ser exclusivo de la gente sin magia, claro está.

La comunidad mágica de Mónaco, casi tan pequeña como lo era su país en comparación con otros, tenía placeres particulares para ofrecer al mundo. El principado era residencia de varios extranjeros que, en los grandes conflictos internacionales causados por los muggles, dejaron atrás sus viviendas buscando paz y protección. Fue así como se asentó la identidad de los magos y brujas que después nacieron en Mónaco: siempre hospitalarios con quien lo necesitaba, dispuestos a aprender de quienes llegaban y muy orgullosos de su tierra.

Uno de ellos, aunque no nació allí, era el dueño del soberbio Casino Wista.

Los magos que llegaban a ese lugar, que a ojos de los muggles se veía como una casa de tres plantas clausurada por su mal estado, arqueaban una ceja ante el nombre, bastante peculiar. Solamente unos cuantos lo relacionaban con algo que conocían, acertando de lleno, antes de quedarse maravillados ante lo que el interior del casino les mostraba.

El sitio resplandecía en blanco, rojo y dorado, como eco del escudo y la bandera polacos que recibían en el vestíbulo a los visitantes. Con cinco salas de juego en la planta baja, unas cuantas más en los pisos superiores y un servicio impecable, el Casino Wista no tenía nada que envidiarle a establecimientos similares. Era el orgullo de su fundador y dueño, al que veían pasearse por todos lados luciendo a su esposa como si se tratara de una diadema fabricada por duendes, lo cual no era para menos. Ambos tenían sus atractivos, entre ellos una cuantiosa fortuna.

—¿Desde cuándo vive el señor Felinski en Mónaco? —preguntó entre susurros una bruja de túnica violeta con piedras preciosas cosidas en las mangas.

—No lo sé, pero considerando que el Wista tiene veinte años de existencia… —respondió una compañera de juego, de túnica verde esmeralda de terciopelo.

—¿En serio?

—Sí, fue un golpe de suerte que no le tocara estar en Polonia cuando cayó ante el Terror Rubio. Eso y que se casara con la ex de Krum.

—¡No bromees! ¿Krum, el buscador búlgaro?

—¿A qué otro Krum conoces?

—Rumores estúpidos —masculló una mujer de tez clara, cabello castaño oscuro recogido en lo alto de su cabeza y adornado con lo asemejaba una redecilla hecha de diminutos diamantes y rubíes. Su túnica de gala era de satén rojo sangre y con los bordes recargados de diamantes más minúsculos que los de su cabello —¿De verdad debemos ser corteses con esta clase de personas?

La mujer desvió los oscuros ojos hacia su acompañante, un hombre bastante alto que vestía una túnica de gala negra bordada con grecas rojas y blancas en los costados. Era de tez pálida, ojos azules y cabello castaño oscuro, casi negro, con un bigote que cubría casi todo su labio superior y estaba salpicado de canas. Mientras llevaba del brazo a la mujer, se apoyaba en un bastón de madera oscura y reluciente, con el puño de una forma curiosa: una garra de águila plateada sujetando una esfera esmaltada en verde, marrón y azul.

—Ten cerca a los amigos… —insinuó el hombre, sonriendo levemente al ver pasar a una pareja de magos que se dirigía a uno de los salones de juego.

—Lo sé, pero es insoportable.

—Señor Felinski —llamó con prudencia un hombre joven de corto cabello oscuro y túnica color tinto, haciendo una reverencia —El salón Karpaty está listo.

El aludido asintió, se libró con elegancia del brazo de la mujer y le dedicó una sonrisa.

—Debo atender a estos clientes, Wanda, si me disculpas…

—Claro. Los negocios son primero en este horario. Veré que todo vaya en orden aquí.

Felinski asintió, viendo cómo la mujer se alejaba a paso lento. En momentos como ese era que debía recordarse por qué había contraído matrimonio, para luego encoger los hombros y ocuparse de algo más importante.

Henrik Felinski recordó vagamente lo que las dos clientas habían dicho, sobre Polonia rendida ante Hugo Hagen, pero no le daba importancia a la suerte de su patria. Y no era por haberla abandonado a temprana edad; de hecho, guardaba escasos pero felices recuerdos de Cracovia, su ciudad natal. No, él tomaba con indiferencia lo sucedido con su país porque rara vez amaba algo que no le reportara un beneficio. Su esposa, por ejemplo.

Wanda Kristeva era de una vieja familia mágica de Bulgaria, que en la actualidad poseía más prestigio que dinero. A primera vista, no era una alianza conveniente, fuera de considerarla a ella atractiva, pero cuando una de sus primas ascendió rápidamente en el quidditch hasta convertirse en seleccionada nacional en los últimos Mundiales, no parecía tan mala idea cortejar a Wanda, más cuando era medianamente famosa al haber estado casada con Viktor Krum, uno de los buscadores más famosos de los últimos treinta años. Incluso Felinski veía más allá, al saber que ese enlace tuvo frutos en la figura de Stefka, chica con los talentos deportivos de su padre y la belleza de su madre, que si lograba ganársela, atraería a gente importante de forma constante.

Lástima que la chiquilla fuera condenadamente guapa. A Felinski siempre lo habían tentado las jóvenes, pero Stefka superaba con creces a muchas cuando la conoció, y eso que apenas estaba dejando atrás la niñez. Creyó, por un segundo, que sería igual que su madre, atrevida e interesada en lo que pudiera ofrecerle, pero resultó más inocente de lo que hubiera querido y casi acabó incendiado la única vez que trató de acercársele. No le quedó de otra que ponerla contra su madre, esperando que con eso cediera, pero le salió peor, ya que Stefka usó el incidente como excusa para no volver a ver a su madre y por lo tanto, a él. Lo curioso era que la chica jamás le confesó la verdad a Wanda, al menos por lo que pudo averiguar.

Frunció ligeramente la boca, preguntándose de qué lado estarían la chica y su padre en la guerra que Hagen estaba iniciando. Ambos vivían en el extranjero, en Reino Unido si sus fuentes eran confiables (y casi siempre lo eran), así que no habían tenido que presenciar varios de los ataques del Terror Rubio. Sin embargo, Reino Unido se mostraba contrario a Hagen, lo que probablemente, alentara a los dos Krum a ponerse de lado de su patria adoptiva.

Dejó esos pensamientos de lado momentáneamente, llegando a la tercera y última planta de su casino, donde unas puertas dobles de madera con un grabado intricado de varias águilas rodeando un globo terráqueo se abrieron en cuanto él las empujó con ligereza.

El Salón Karpaty no era de juego, sino uno especialmente diseñado para permitir reuniones privadas con todas las comodidades que los galeones podían comprar. El suelo era cubierto por una alfombra marrón llena de bordados en hilo dorado, blanco y rojo principalmente; los muebles eran en su totalidad de la mejor madera de fresno, combinados con tapizados color rojo oscuro. Una larga ventana daba a la calle, proporcionando una excelente panorámica del Casino de Montecarlo, y junto a ella era donde se ubicaba una mesa redonda de por lo menos dos metros de diámetro, a la cual se hallaban sentados los personajes participantes en aquella curiosa reunión, ya fuera bebiendo una copa, contemplando el paisaje de Mónaco por la ventana o dirigiendo la vista distraídamente en los estantes colocados en varios puntos de la habitación, exhibiendo libros y artículos tanto mágicos como meramente ornamentales.

—Tarde —musitó quien tenía la vista desviada hacia la ventana, sin siquiera girarse al recién llegado. Era un hombre rubio, de tez clara y fríos ojos azules, que giró lentamente el rostro para continuar —Espero que por una buena razón.

A pesar de estar prevenido, Felinski apenas fue capaz de contener un estremecimiento. La mejilla derecha del rubio lucía una cicatriz considerable, que parecía el producto de una cuchillada. Si no tuviera esa marca ni una leve mueca malvada, podría considerársele atractivo, más con la túnica azul marino que acentuaba el color de sus ojos.

—Suelo hacer una ronda por las salas de juego en este horario —explicó Felinski con calma —Habría sido demasiado raro que me la saltara.

—Cierto —accedió el rubio, dando una cabezada —¿Conoces a los señores?

Felinski les echó un vistazo a los otros dos hombres sentados a la mesa redonda y asintió.

—Muy bien. Toma asiento. Vamos a comenzar.

Felinski se sentía estúpido aceptando órdenes en su propio casino, pero no lo era. Ocupó una de las dos sillas que quedaban libres y pudo observar más de cerca a los otros dos invitados.

Uno de ellos, también rubio, era más delgado y alto que el de la cicatriz. Lucía una túnica color verde musgo, con broche de plata, el cual hacía juego con sus ojos, tan grises como el acero. Ese hombre era el que bebía una generosa copa de lo que a simple vista, era parte del mejor whiskey de fuego que Felinski guardaba en esa sala para sus clientes. El rostro de ese rubio era alargado, ligeramente bronceado, de nariz roma y cejas pobladas, dando la curiosa sensación de pertenecerle a un hombre más del montón. Sin embargo, si era quien él creía, Felinski no debía confiarse.

El último invitado, que contemplaba con aparente indiferencia cada estante de la habitación, era lo opuesto a los rubios y a Felinski mismo. Su piel era más pálida, su cabello casi tan negro como el de su anfitrión, lo mismo que sus ojos, dos rendijas que delataban su procedencia oriental, lo mismo que la túnica a rayas blancas y azules que llevaba puesta. Su ovalado rostro indicaba que era una persona serena y de mente fría, lo que Felinski debía tomar en cuenta para tratar con él y con las raras costumbres que guiaban a todos los de su país. A diferencia de los demás presentes, este hombre portaba un anillo en la mano izquierda, en el dedo meñique, cuyo grabado era un tanto difícil de distinguir a la luz de las velas colgadas en el candelabro central de la estancia, pero cuya única gema, una diminuta esfera verde, se veía pulida y brillante. Si el grabado era el que creía, Felinski supo que la nación de ese hombre estaría en una situación difícil próximamente.

—Antes que nada, le agradezco a Felinksi que nos regalara un poco de su tiempo en uno de sus mejores salones —comenzó el rubio de la cicatriz, hablando de manera clara y un poco pausada —Quizá, cuando acabemos, tengamos tiempo de apostar.

—Sería agradable, signore —comentó el otro rubio, dando una cabezada al tiempo que sonreía. Su voz era firme y ligeramente arrogante.

—Siempre y cuando pudiera conseguirme sake aquí —musitó el oriental. A diferencia de los otros, su voz era mesurada, con rasgos de serenidad, pero también de autoridad.

—Usted pídalo y verá que no lo decepcionaremos —apuntó Felinski cortésmente.

El oriental asintió y desvió los ojos un segundo hacia una vitrina donde descansaban varias armas ornamentales, antes de fruncir el ceño y regresar su atención a la mesa.

—Ahora, el motivo de esta reunión tan particular es dejar claro el papel que jugaremos en el conflicto. Por mi parte, estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, siempre y cuando me favorezcan las condiciones que presenten. De momento, mi objetivo es Europa, aunque próximamente buscaré ciertas cosas en el resto de los países con costa en el Mediterráneo y claro, en América, que tan segura se siente al estar a un océano de distancia. Así que… ¿quién quiere comenzar?

Se hizo el silencio. El otro rubio movía su copa, casi vacía, con indulgencia, casi sin querer. Fue el oriental el que, repentinamente, tomó la palabra.

—Dado que actualmente no necesita nada del Imperio, puedo comenzar a proponer a las personas adecuadas que es más conveniente hacer una oferta de alianza que esperar a que se nos ataque. Después, cuando considere que la idea está bien asimilada por esas personas, tal vez sea adecuado una amenaza de ataque al Imperio, lo que apresuraría al Parlamento a tomar la decisión que buscamos. Quizá sea un plan un poco tardado, pero a largo plazo efectivo y sin la necesidad de batallas innecesarias, en las que podríamos perder a valiosos miembros de la Guardia Imperial.

—¿Le importan más unos cuantos aurores que hacerse del poder permanentemente? —inquirió el rubio de la copa, sonriendo de forma sarcástica.

—No exactamente. La Guardia Imperial cuenta con algunos integrantes de clanes importantes que resultaría conveniente conservar con vida. Les sorprendería saber lo que pueden hacer algunos de ellos, debido a sus diversos ninkei… Destrezas familiares —añadió, al notar que sus oyentes desconocían el término —Debido a las guerras antes de la Unificación del Imperio, varios clanes tomaron la decisión de crear defensas propias, entre hechizos y técnicas de pelea, que ningún otro clan puede ejecutar. Si se tienen a algunos de esos clanes de nuestro lado, costará muy poco pedirles que le enseñen sus secretos a unos cuantos escogidos por nosotros, ¿no les parece?

—Pensando a largo plazo… Me gusta —admitió el rubio de la cicatriz —Y puede que funcione. El único punto en contra es su Emperador. ¿Qué hará con él? Aún cuando lograra que el Parlamento accediera a firmar alianza conmigo, Su Majestad tiene la última palabra, ¿no es así?

—Está en lo correcto. Pero para él tengo preparando algo desde hace tiempo. Lo único que necesito es personal competente y pronto, la Familia Imperial se quedaría sin un líder con la edad suficiente para tomar decisiones, por lo cual el Ministro de Magia se convertirá en Regente.

—Suena a golpe de Estado, signore —comentó el otro rubio, bebiendo lo que le quedaba de whiskey de fuego antes de esbozar un gesto tanto sarcástico como malicioso —Cuente conmigo.

Arigatou. El Imperio hace mucho que debió evolucionar como Occidente, dejando el gobierno en manos del pueblo, en vez de que nos maneje una familia que no sabe lo que sufre varios de sus súbditos comunes y corrientes. Por otro lado, el Ministro de Magia es, en la práctica, quien dirige a la mayoría de los Escuadrones de la Guardia Imperial y eso ya es ventaja.

—Ha dicho la clave, "la mayoría" —apuntó el rubio de la cicatriz, frunciendo el ceño —No quiero que después de su golpe de Estado, se rebelen esos pocos de la Guardia Imperial que pueden saltarse órdenes directas del Ministro de Magia. Según tengo entendido, solamente un Escuadrón tiene esa categoría y es el que más secretos guarda.

—El Escuadrón Ninja, sí —convino el oriental con una vaga cabezada —Pero estoy seguro que sin un líder adecuado en la Familia Imperial, ese escuadrón no se atreverá a llevar la contraria al nuevo gobierno, una vez que se establezca. Pese a sus secretos, es reducido, ya que por ciertas reformas a su sistema de selección, no tuvo muchos reclutas por casi una década.

—Siguen siendo de cuidado. Saqué a unos cuantos de Shinitani, han realizado misiones para mí y me han informado de lo que son capaces. ¿Recibió una lechuza al respecto, cierto?

El oriental asintió, con un leve destello de temor en los ojos oscuros. Sabía que se contaban con los dedos de una mano los nukenin que habían ingresado a Shinitani en los últimos diez años y que ahora estuvieran libres era motivo de preocupación. Sin embargo, mientras se mantuvieran bien alejados del Imperio, por ahora no eran su problema.

—Supongo que es mi turno —comentó el otro rubio, pasando el índice por el borde de su copa —Además del apoyo al golpe de Estado de nuestro compañero —señaló con un ademán al oriental —tengo mis propios planes. La política de mi patria ha sido un poco blanda en las últimas décadas, pero con los problemas que se presentan actualmente, varios hacen la sugerencia de rendirse antes que mandar a nuestros aurores a una muerte segura. Eso y algunas reformas que últimamente ha rechazado el Cesare… El Ministro de Magia —agregó, ampliando más su sonrisa sarcástica.

—¿Reformas en qué sentido? —indagó enseguida el rubio de la cicatriz.

—Oh, unas que seguramente le encantarán. Como las referentes a los derechos de los sangre sucia, que por desgracia, se han multiplicado hasta límites ya insoportables en mi nación.

—Y al lograr que finalmente se aprueben esas reformas…

—Algunos de los sangre sucia correrán directamente a sus manos, signore, téngalo por seguro.

Volvió el silencio por unos segundos que a Felinski le parecieron eternos. Consciente de que su papel era meramente de espectador en esa reunión, el hombre se puso de pie con cautela, apoyándose con fuerza en su bastón, para luego dirigirse al sencillo pero elegante bar del salón, donde eligió con mucho cuidado una botella de vino de elfo y se sirvió un poco.

—Felinski —lo llamó repentinamente el rubio de la cicatriz —Necesitaremos una ubicación neutral donde nuestros mensajeros puedan ir y venir sin riesgo a ser atrapados.

El aludido asintió, bebiendo un sorbo de vino y mirando nuevamente a los tres allí reunidos. Por alguna extraña razón, estaba pensando que aquella reunión había sido pésima idea, pero alejó la idea enseguida, dándose cuenta de lo peligrosa que podría resultar si diera muestras de ella.

—El Wista está a sus órdenes —respondió con seriedad, permitiéndose una débil sonrisa de satisfacción —Mi seguridad no tiene nada que envidiarle a una sucursal de Gringotts.

—Lo sabemos, por eso elegimos el sitio. Además, si un día las cosas se pusieran demasiado mal, espero que unos cuantos de tus clientes puedan sernos útiles otra vez.

Para Felinski, esa perspectiva era fatal, pero asintió, recordando la última ocasión.

—Les enviaré una lechuza con mis términos definitivos de las alianzas —indicó el rubio de cicatriz, ladeando la cabeza con gesto reflexivo —Pueden hacer modificaciones, pero si no las fundamentan o son poco convincentes, no esperen que las tome en cuenta. Para el mes que viene quiero finiquitar este asunto y concentrarme más en América. Y quizá, con algo de suerte, África.

—¿Algo que se le perdiera en África, signore? —quiso saber el otro rubio.

—Nada en particular. Confirmar ciertos rumores que me llegaron desde Avalon.

Los otros dos, lo mismo que Felinski, no pudieron reprimir signos de desconcierto. La isla de Avalon, en territorio británico, había sido la sede de la última reunión de los Jefes Supremos continentales de la Confederación Internacional de Magos. ¿Acaso ese hombre había conseguido colar a alguien allí sin levantar la menor sospecha? Y de ser así, ¿de quién se trataría?

Tratándose de Hugo Hagen, la respuesta a eso podía ser cualquiera, menos agradable.


21 de marzo de 2021.

Tokio, Japón.

Akihabara, distrito de Chidoya.

En primavera, los cerezos se convertían en un bello espectáculo que ningún japonés que se precie era incapaz de apreciar. Más aún en los parques de todo Japón.

Pero en esa época Sakura Kiyota, extrañamente, no era una persona feliz ni viendo cerezos.

El día anterior habían dado licencia en el Templo Susanowo a todo integrante del Escuadrón Ninja por una semana completa, lo cual en principio era muy raro. La licencia fue dada a conocer en una reunión general que convocó a todo aquel ninja de rango chuunin (2) o mayor que estuviera allí, lo que también alarmaba. Para rematar, el Shizen Soudan (3) en pleno y el Kyoshou (4), los líderes del Escuadrón, habían estado presentes, algo que ella no veía desde hacía casi un año, cuando se presentó con su equipo a la evaluación que le permitió ascender de rango.

Y no es que desconociera que había problemas. Tener de camarada a un pariente como Aki Asuka le daba cierta ventaja, como ser comunicada de algunos pormenores. Su cuñado le informó, el mes de julio anterior, que se le enviaría como líder de un equipo para reforzar la búsqueda y captura de los fugitivos de Shinitani, la cárcel mágica del Pacífico, pidiéndole amablemente que estuviera al pendiente de su esposa y su futuro hijo, así como dándole el nombre que le gustaría para el bebé con semblante impasible, casi triste, como aquejado por un mal presentimiento.

Por desgracia, el mal presentimiento se había hecho realidad.

Según las averiguaciones, el primer equipo de arresto enviado tras los fugitivos había sufrido considerables problemas, lo mismo que algunas bajas, así que por eso el Shizen Soudan, por orden del Emperador, armó un equipo conformado únicamente por ninjas, cuyo objetivo era localizar y capturar a esos fugitivos para devolverlos a Shinitani cuanto antes, y en el peor de los casos, regresar con sus cadáveres. Sin embargo, los resultados para la localización de los criminales eran infructuosos, hasta que finalmente se dio un enfrentamiento que resultó fatal.

Entre los fugitivos de Shinitani, se encontraban algunos nukenin.

A lo largo de la historia del Escuadrón, nunca faltaba un ninja que rompía el juramento que, de manera implícita, realizaba al convertirse en ninja, con todo lo que eso conllevaba. Así, se convertía en nukenin, un renegado, castigándosele con cadena perpetua en Shinitani y el tabú tanto para su nombre real como para su nombre clave, condenándolo así al escarnio público y al aislamiento. Para un japonés, ser relegado a la condición de individuo era algo espantoso, ya que se le inculcaba desde joven que más importante que uno mismo, era el bienestar del Imperio. Ser retirado del complejo engranaje nipón era peor para muchos que el beso del dementor.

Cualquiera pensaría que un comportamiento así no tenía cabida en la actualidad, pero se habría equivocado rotundamente. Sakura recordaba con dolor el momento en que consiguió volverse chuunin, ya que la evaluación para ello duró poco más de dos semanas, y le dieron la noticia que debió llevarle a su hermana Ren sin tardanza, tan solo dos días después de haber dado a luz a un niño que físicamente, se parecía mucho a su padre, excepto por su escaso cabello castaño dorado.

Aki Asuka, Asakura para sus camaradas ninjas y conocido por algunos como Otoño Devastador y Otoño Imperial, había caído en cumplimiento de su deber.

Ren no tomó bien aquello. Habiendo quedado delicada tras el parto, se hundió en una depresión tal que por una semana, se encerró en su habitación sin recibir a nadie. Sakura, sus hermanos, sus cuñados e incluso sus sobrinos intentaron de todo, pero Ren los ignoraba a todos. Desesperada, la mayor de los hermanos Kiyota, Tsubaki, mandó llamar a sus padres, quienes no apenas trataban a Ren desde que se casó y se mudó a una zona muggle, pero ni ellos consiguieron hacerla reaccionar. El cambio vino cuando Sakura, en medio de aquel caos, recordó el mensaje de Aki y dio a conocer el nombre del bebé que él le confió. Solo entonces Ren entró en razón, dejó que la cuidaran y se permitió llorar la muerte de su marido, consolada por su familia, sobre todo por un Yoh Kiyota que no daba crédito a lo que su yerno deseó antes de morir.

El pequeño Asuka, por voluntad de su padre, se llamaría Hao (5).

Instalada en el departamento de su hermana nuevamente, Sakura no sabía qué pensar de la licencia concedida. Antes de despedirse de sus compañeros de equipo, los observó detenidamente, para saber qué tanto les había afectado aquella noticia y si alguno de ellos, lo mismo que ella, sentía que algo no encajaba.

Un equipo ninja constaba, además de un nombre propio, de cuatro integrantes, cada uno con una posición específica: líder, estratega, informante y elemento sorpresa. Recién entrado al Escuadrón, cada equipo era asignado a un ninja de rango jonin que era su sensei (6) al menos hasta que tres de ellos ascendieran de rango. Sakura era la líder del equipo Nagareboshi (7), lo cual al principio le pareció extraño, pero acabó por adaptarse a la posición y sus responsabilidades. Sus compañeros, cada uno con sus peculiaridades, eran excelentes personas y con diversos talentos, tenía pocas quejas de ellos. Tan unidos estaban ahora que sentía como propias sus penas, cosa que con lo sucedido con Aki, era espantoso.

Algunos de los nukenin fugitivos estaban directamente relacionados con sus compañeros.

Dejó escapar un suspiro, sin la menor intención de levantarse de la cama, pero un llanto la hizo incorporarse rápidamente y abandonar su habitación. Se encaminó al dormitorio de su sobrino, pues Ren estaría ocupada hasta tarde en las oficinas de la Mahon.

Su hermana se había tomado con agrado la semana de licencia que tenía, argumentando que se sentía mal dejando que Yui, su cuñada muggle, cuidara todo el tiempo de Hao mientras ella se iba a trabajar. Sakura le hizo comprender amablemente que Yui estaba encantada de ayudarle, así que Ren dejó la culpa de lado y le agradecía a la mangaka como mejor se le ocurría, comprándole algún regalo a ella o a su sobrino Karamatsu, de casi cuatro años. Kaede, el segundo hermano Kiyota, bromeaba diciendo que estaban malcriando a su esposa y a su hijo.

Sakura pronto tuvo en brazos al pequeño Hao, maravillada de cuánto se parecía a Aki. Si pudiera verlo, su cuñado estaría orgulloso, podría jurarlo.

—Ojalá pudiera hacer algo por ti, Aki–san —musitó Sakura.

Pero no era probable que se le permitiera. No directamente. Descubrir la conexión entre algunos de los nukenin y sus compañeros había sido cruel; fue peor aún enterarse de la razón por la cual esas personas habían estado hasta hacía poco en Shinitani. La llenaba de rabia no poder ayudar, siendo que entró al Escuadrón Ninja precisamente para no quedarse de brazos cruzados mientras otros hacían el trabajo difícil. Se preguntó cómo era posible que sus compañeros se hubieran quedado callados tanto tiempo, como si no le tuvieran confianza.

No, no debía pensar así. La principal razón de su mutismo había sido el dolor.

Los mencionados nukenin, curiosamente, eran un equipo completo, cosa realmente inusitada en esos casos. Según los informes oficiales, hacía casi siete años hubo una operación a gran escala que involucró a cuatro equipos ninja y fue uno de ellos el que, inesperadamente, atacó a los otros tres, dejando muerte y desolación antes de emprender la huída. Lo más desgarrador, lo más increíble, es que el equipo rebelde contaba con un rehén y en ambos bandos de aquella corta pero cruda batalla, hubo ninjas que compartían lazos consanguíneos.

El rehén de los actuales nukenin había sido su única compañera de equipo.

Sasume Kishimoto era una joven de largo y revuelto cabello castaño, con la sonrisa a flor de piel, siempre dispuesta a aprender, aunque para ello fuera algo torpe. Hija de una bruja y un muggle, se sentía orgullosa de los pocos logros que obtenía y como elemento sorpresa de su equipo, los había sacado de más de un apuro con sus disparatadas pero acertadas ideas. Ella ingresó al Escuadrón Ninja por su espíritu de servicio, sí, pero también en memoria de su hermano, uno de los muertos a manos de aquellos nukenin que la usaron de escudo humano por tener la mala suerte de cruzarse en su camino. Y por estar allí, la chica fue testigo de cómo su propia prima, líder del equipo atacante, ordenó a sangre fría la muerte de su hermano.

Lo peor fue que el asesino material era el hermano mayor de otro de sus compañeros de equipo.

Arrullando a Hao, Sakura se dio cuenta que pensar en ello seguía llenándola de furia. Sorata Kishuu, el estratega a su cargo, era un joven muy serio y callado, de cabello y ojos oscuros, al que solían comparar con un témpano de hielo. Su clan se conformaba en la antigüedad por asesinos a sueldo a los que nadie podía derrotar, por lo cual pocos confiaban en sus miembros en la actualidad. Sorata era como cualquier Kishuu que hubiera visto, aparentemente sin emociones, pero gracias a estar en el mismo equipo, Sakura había descubierto en él a un muchacho leal y con escasos pero grandiosos gestos amables. Su hermano mayor había sido su modelo a seguir hasta que se volvió nukenin asesinando al hermano mayor de Sasume, quien de hecho, había emparentado con él por casarse con su prima favorita. Sorata nunca habló de eso por lo mal que le sentaba y además, por creer que Sasume lo rechazaría al saber quién había matado a su hermano frente a sus ojos. Pero Sorata no debió preocuparse tanto: por más extraño, cómico e incluso inverosímil que sonara, Sasume había acabado enamorándose de él a tal grado que lo defendía a capa y espada.

Y no había que olvidar a los otros dos de ese equipo nukenin, que se trataban de la prometida del hermano de Sorata y el hermano mayor de su sensei. Todo el asunto era un enredo mayúsculo, algo que Sakura había desenmarañado con ayuda del informante de su equipo, Satoshi Kurogami, un muchacho pálido de cabello y ojos negros considerado demasiado tímido para ser ninja y sin embargo, actualmente estaba en camino de reivindicarse ante su clan, que lo consideraba poco menos que un inútil. Los Kurogami, irónicamente, eran los tozamas de los Shiraishi, clan al que pertenecía su sensei, por lo que de toparse con los nukenin, Satoshi no podría atacar de manera directa a uno de ellos, al menos. Pero a Sakura ganas no le faltaban de encontrárselos y hacerles pagar el sufrimiento de sus compañeros de equipo y el suyo propio.

—Sí que tengo un equipo complicado —murmuró de pronto, notando que finalmente Hao se había dormido de nuevo. Lo devolvió a la cuna con una sonrisa —Pero los quiero.

De eso no cabía duda. Sakura, pese a todos los problemas que le llegaron a causar en el pasado, había aprendido a querer a esos tres, como quería a sus amigos del colegio Kimi, Keiko y Shigure. Estaba dispuesta a todo lo posible por verlos felices. Y sabía que ellos harían lo mismo por ella, nadie tenía que decírselo, se notaba. El problema era cómo devolverles todo lo que también, en el pasado, habían hecho por ella.

—La lechuza —recordó de pronto.

Había recibido una carta hacía un par de meses, de parte de Yue Lin Ming, la amiga china que consiguió cuando fue a Hogwarts para el Torneo de las Tres Partes. La había saludado, contándole brevemente cómo estaba (la joven china también era parte de los aurores de su país, conocidos como Baxian) y describiéndole una organización con sede en Reino Unido que, entre otras cosas, reclutaba gente que quisiera hacer causa común contra Hagen y sus seguidores. En su momento no le prestó demasiada atención, pero ahora sí, conociendo la historia tras los nukenin fugitivos, porque Yue Lin mencionó, de pasada, que unos magos del lado de Hagen emplearon hechizos "aparentemente sin varita" en un enfrentamiento con magos ingleses.

—Fueron ellos —afirmó en voz baja.

Enviaría una lechuza lo más pronto posible a Reino Unido. Seguramente aquel que fue su homólogo de Hogwarts en el torneo, Dean Longbottom, podría darle más información sobre esa organización. Algo inexplicable, intuición quizá, le decía que él era integrante.

Por la espada de Susanowo, esperaba estar haciendo lo correcto. Por ella y por su equipo.


(1) El nombre es traducido como Las Cuevas.

(2) La palabra chuunin designa a alguien que está por encima de un genin, pero por debajo de un jonin. Por lo tanto, está en la parte media de la escala ninja.

(3) La palabra shizen quiere decir naturaleza, en tanto soudan significa consejo. Por lo tanto, el sentido literal de las dos palabras juntas sería Consejo de la Naturaleza.

(4) Kyoshou significa maestro.

(5) Parte del nombre Hao se escribe con el kanji de hoja (de árbol), igual que el nombre Yoh.

(6) Sensei, en japonés, se usa como sufijo para señalar, entre otras cosas a quien ejerce como profesor.

(7) Nagareboshi, en japonés, quiere decir estrella fugaz.


3 de Septiembre de 2012. 7:02 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola a todo el mundo! Espero que la estén pasando realmente bien. Septiembre, mes muy festejado en mi país, sí, pero no les daré todas las efemérides que me sé, no quiero marearlos. Entre eso y las lluvias torrenciales que nos han tocado, tengo suficiente yo, gracias (Bell rueda los ojos).

No intenten asesinarme o mandarme un comentario–bomba, no servirá de nada. Después del final que les dejé el capítulo anterior, me he bloqueado bastante con la Orden del Rayo en general y Black en particular. Así pues, he dado una probadita de cómo le va al chico con Hally, cosa que quizá a muchos no les parezca realista, pero vamos, estoy apegándome todo lo posible a lo que la chica Potter le prometió a su amigo–pretendiente, así que por favor, no se quejen. Acepto las críticas mientras sean constructivas, pero hasta allí.

Allie Bannister (hija de Charlie Weasley, por si lo olvidaron) nos dio la ocasión de conocer el hogar de los Longbottom, que si no me falla la memoria, todavía no salía. Recibe el curioso apodo de "El Nido", ¿no les gusta? A mí sí, más por ponerme a ver en internet fotos de casas victorianas para no equivocarme con la idea que tenía en mente. Allie y Ginny conversan un poco, tocan el tema de los rebeldes alemanes e incluso mencionan que un funcionario del Ministerio está desaparecido. ¿Les sonó el nombre? Debería, debería.

Por otro lado, quien me sigue en Twitter habrá sabido que leía cosas de Mónaco y Polonia. Ahora saben por qué. Henrik Felinski había sido nombrado una sola vez en lo que va de la saga, siendo el padrastro de Stefka Krum, pero jamás había salido en escena, confíen en mí. En fin, ahora me puse a pensar un poco en su casino y lo importante era esta pequeña reunión de tres personajes malvados, digna de cómic norteamericano, jajajaja… (Bell empieza a delirar, mejor cambia de tema). Esta escena es la que le da título al capítulo, espero que alguien pueda deducir por qué.

Y al final, una escena que parece no tener razón de ser, pero en fin… Sakura Kiyota hacía mucho que no salía en LAV, aunque en el spin–off Juuroku no Shinwa tiene cierto protagonismo (Bell se acuerda de lo atrasado que tiene el spin–off y menea la cabeza con desaliento). La escena de Sakura, de hecho, podría considerarse spoiler de Juuroku, aunque claro, como nadie lo lee, da lo mismo (Bell se deprime y se va a llorar a un oscuro rincón). Lo importante aquí es que Sakura intuye quiénes son los magos extraños que, acuérdense, pelearon contra los desconocidos en Primrose Hill tras el secuestro de Ernest Macmillan. Y no hace falta aclarar cómo pudo Yue Lin Ming darle detalles de eso, ¿cierto? Ser una Pitonisa debe tener alguna ventaja (Bell suelta una risita).

Y dejándoles este capítulo más enredado que varios anteriores (sí, con su servidora es posible), me despido, informándoles que a la fecha de la presente nota, todavía no recibo candidatos para El Diablo, lo que me sorprende, pensé que me lloverían. Cuídense mucho, deseen que tenga unas felices Fiestas Patrias y nos leemos lo más pronto que pueda.