A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Veinticuatro: La Rueda de la Fortuna.

21 de marzo de 2021.

Roma, Italia.

Catacumba de Seguridad Mágica, Ministerio de Magia.

Si en algo concordaban las personas, tanto mágicas como muggles, es que uno de las grandes civilizaciones de la antigüedad fue la romano. Tanto así que gran parte de los idiomas modernos derivaban del latín y en ocasiones, todavía debía estudiarse esa lengua, muerta en la vida cotidiana, pero empleada en algunos asuntos con la mayor seriedad.

—Le agradecemos su visita, en un momento le daremos informes sobre su solicitud.

Una mujer de túnica de terciopelo marrón, con la capucha puesta, asintió sin pronunciar palabra. Estaba más concentrada en observar detenidamente su entorno, ya que era poco probable que volviera a estar en territorio italiano en un futuro cercano.

El Ministerio de Magia de Italia, como varios de sus análogos en el mundo, se ubicaba bajo tierra, siendo su tapadera una enorme edificación que seguía en pie desde los tiempos de los emperadores: el Coliseo. Los magos habían construido bajo el anfiteatro un sinnúmero de pasillos, oficinas e incluso calabozos para poder regirse sin arriesgarse a ser perseguidos y sometidos a las muchas y sanguinarias ejecuciones que se practicaban, por ejemplo, en tiempos de Nerón. Así, poco a poco los magos se habían ido ocultando, aunque sonara irónico, bajo las narices de los más altos dignatarios del Imperio Romano que solían ir a su Coliseo a divertirse con los combates de gladiadores y las condenas a muerte con animales.

Con el correr de los siglos, Italia había sufrido varios percances que le impedían unificarse, pero esa era la historia muggle. Los magos tardaron un poco menos en lograr ese objetivo, pero valió la pena: al crearse la Confederación Internacional de Magos, habían podido enviar a un representante digno y eficiente, como los demás países. Hasta la fecha, cinco italianos habían ostentado el título de Jefe Supremo de la Confederación Europea de Magos, lo que ningún otro país del continente podía presumir, y cuando Louis Lorris ocupó el cargo, el otro candidato era alguien a quien muchos magos y brujas, tanto italianos como extranjeros, estimaban sobremanera. En conclusión, Italia tenía mucho de qué sentirse orgullosa como nación mágica.

—Disculpe, signora —la mujer de túnica marrón fue llamada por un mago alto y robusto de cabello castaño oscuro, que lucía una túnica verde musgo —¿Le importaría que la instaláramos en uno de los escritorios desocupados de nuestra Catacumba de Seguridad Mágica? Las celdas de la Catacumba de Misterios están ocupadas.

—No hay cuidado, signore —respondió la mujer con amabilidad, entonando las palabras en un excelente italiano con ligero acento extranjero —Solo me preocupa el materia, ¿no habrá problema en que lo trasladen a donde voy a estar?

—Lo tenemos contemplado, pierda cuidado.

La mujer asintió y siguió al hombre a donde podría ponerse a trabajar.

Tuvieron que salir de una especie de plazoleta con piso de mosaicos de colores que formaban figuras indescifrables y una columna de mármol blanco al centro; la plazoleta era llamada Núcleo, y numerosos pasillos que salían de allí, uno de los cuales tomaron para salir. Era como abandonar el centro de una telaraña para discurrir por uno de los hilos, sin saber dónde terminaría.

—¿Puedo preguntarle por la columna del Núcleo? Me pareció un poco solitaria —pronunció amablemente la mujer de túnica marrón, con genuino interés.

—Oh, por supuesto. Quizá no lograra verlo, pero esa es la Pax Magicus, la Paz Mágica, donde están inscritos los nombres de nuestros gobernantes desde antes de que el Ministerio fuera tal y se trasladara aquí. También aparecen allí los nombres de todo aquel italiano que ha luchado por la independencia y la armonía de la República. ¿Le gusta la Historia, signora? Podría recomendarle un par de libros que quizá le explicarían el tema mejor que su servidor.

—Gracias, aceptaré sus recomendaciones. La Historia es de mis temas favoritos.

El mago asintió y la precedió por el corredor por el que andaban, iluminado por antorchas sujetas a las paredes con gruesas argollas de bronce.

Los departamentos ministeriales estaban instalados en extensos pasajes cavados en la tierra y la piedra, que con el paso de los siglos fueron asegurados y engalanados por la mano de diversas personas. La mayoría se sostenían con columnas como la del centro del Núcleo, en mármol blanco, aunque a veces dichas columnas fueron talladas por algún caprichoso artista, transformándolas en estatuas de brujas y magos famosos, que de vez en cuando se movían lo suficiente como para hablar con alguien que pasara, pero sin dejar su tarea de soportar el techo sobre sus cabezas. Al cabo de unos meses, los empleados novatos acababan acostumbrándose a esas estatuas, aunque al principio los ponían bastante nerviosos.

La Catacumba de Seguridad Mágica era, con mucho, la más transitada en los últimos días. Muchos iban y venían agitando mensajes recién llegados del extranjero, o ejemplares del Vox Oraculus, el periódico mágico de Italia, e incluso se oyeron un par de improperios hechos en un idioma que no era italiano. La mujer de túnica marrón meneó ligeramente la cabeza.

—Lamento el barullo, hay mucho trabajo ahora —indicó el mago robusto, bordeando el punto con más aglomeración de la catacumba, hasta una de las orillas —Aquí —señaló un cubículo con separaciones de piedra, donde estaba una mesa de madera, pluma, tinta y rollos de pergamino —En un momento le traerán lo que solicitó.

—Gracias.

No tuvo que esperar mucho. Una mujer de rizado cabello castaño y túnica color rojo oscuro esquivó a varios funcionarios, abriéndose paso hasta ella con un montón de rollos de pergamino cerrados con anillos metálicos. La mujer se inclinó ante ella, con una leve sonrisa.

—Los documentos, signora. En cuanto termine, puede llamarme.

—¿No podría usted quedarse? Si es que su latín es fluido, me sería de ayuda.

La mujer asintió, apareciendo con su varita un banco de madera en el cual tomó asiento, para a continuación tomar uno de los rollos, retirando con cuidado su anillo metálico para leerlo a conciencia. A la de marrón no se le escapó el ceño fruncido de la otra mujer.

—Si no es indiscreción, ¿para qué busca información de esto? A nadie le interesa actualmente.

—Oh, elegí un tema complicado para cumplir con un requerimiento del trabajo que solicité.

—Debe ser un trabajo muy bueno si se está tomando tantas molestias.

La de marrón asintió.

Así, la de túnica roja leyó con calma cada pergamino en latín que había traído, de lo cual la otra tomó notas exhaustivas a toda velocidad. Gracias a ello, tardó apenas una hora y media en reunir lo que, a su juicio, era lo fundamental del tema en cuestión.

—Será esta noche.

Las dos mujeres dieron un respingo involuntario al escuchar aquella frase, pronunciada con una voz masculina, al otro lado de una de las separaciones de piedra del cubículo.

—¿No te parece demasiado pronto? —inquirió una segunda voz.

—Por supuesto que no, Cesare Ferrati está demasiado confiado. Ha dejado clara la política con el exterior, la cuestión es hacerle ver al país que se equivoca.

Cesare no es tan idiota, se dará cuenta…

—Si es que llega a verlo.

—Eres todo un caso.

Una risa por lo bajo hizo que a la mujer de túnica marrón le temblara una mano, con la cual aún sostenía un pergamino con su anillo metálico. La de túnica roja le dedicó un gesto tranquilizador y se llevó un dedo a los labios.

—¿Y qué pasará cuando necesitemos un nuevo Cesare?

—Que habrá alguien adecuado para el puesto, ¿qué más? Ahora vamos, tenemos que contactar a los demás. Hay un programa que seguir.

Unos pasos les avisaron que se alejaban.

—Disculpe, ¿quién es ese… Cesare? —inquirió la de túnica marrón.

—Es el señor Ministro de Magia, Alfonzo Ferrati. Lo llamamos Cesare por una vieja costumbre.

La de túnica marrón soltó unas enfurecidas palabras que la otra no entendió.

—¿Pasa algo, signora? —quiso saber la de túnica roja.

—Quizá. ¿Usted cree que el Comandante de sus aurores querrá verme?

—¿Ahora? —la de túnica roja frunció el ceño un segundo, antes de sonreír con ánimo y asentir, al tiempo que se ponía de pie —¿Quiere ver a Tribuni Garibaldi?

—Si Tribuni es su nombre para el jefe de los aurores sí, por favor.

La de rojo asintió y le pidió con un ademán que la siguiera. Esquivaron más cubículos de los que se podían contar con certeza, hasta llegar a uno en el cual estaba metido un hombre de grandes dimensiones, casi puro músculo, de rizado cabello negro y que, cuando la mujer de túnica roja le dio un par de palmaditas en un hombro y le susurró algo, dejó ver un rostro cuadrado de aspecto severo, cejas oscuras fruncidas sobre unos ojos increíblemente azules y una nariz recta.

—Necesitamos hablar —dijo la mujer de túnica roja, a volumen normal.

—Vaya, vaya, vaya… Una Vestal entre los mortales —musitó el hombre con una voz grave y con cierto dejo amable —¿Se te perdió algo lejos de tu catacumba?

Cuando la de túnica roja se encogió de hombros, la de marrón, ladeó ligeramente la cabeza. Si no estaba mal informada, las Vestales eran las guardianas de los Secretos Ministeriales de Italia, sobre todo de la Catacumba de Misterios, donde se almacenaban toda clase de archivos y objetos sometidos a constante estudio. Se decía que pronunciaban un Juramento Inquebrantable antes de entrar a servicio, para asegurarse de que ninguna revelaba lo que se les confiaba.

—Auxilié a la signora aquí presente —la Vestal señaló a la de túnica marrón —Pero ese no es el asunto, es respecto al Cesare.

—¿Ahora qué pasa con Ferrati?

En breve, la Vestal le contó al hombre lo que habían oído, haciéndolo adoptar un semblante pensativo. Fijó sus ojos en la visitante, frunciendo el ceño de nuevo.

—¿Puedo preguntar el motivo de su discreción, signora?

—Puede, pero es probable que la respuesta no le agrade mucho.

—Entonces finja que ya pregunté, para saber esa respuesta desagradable.

La de marrón suspiró.

—En mi país, solicitaron que realizara una investigación detallada sobre algún misterio mágico de interés. Esa investigación, llamada Tesis de Ingreso, la evaluarán y si todo sale bien, seré muy pronto una empleada similar a la señorita Vestal. Por otra parte, la época no es la más adecuada para cometer imprudencias en el extranjero.

—De todas formas, ¿quién es usted para preocuparse tanto?

—Quizá para muchos no soy gran cosa, pero hay unos cuantos que no piensan así.

Increíblemente, la respuesta dejó satisfecho al hombre, quien dio una cabezada.

—¿Está dispuesta a rendir una declaración, signora? Y quedarse un poco más en Italia.

—Sí, pero le advierto que debo estar libre en tres días. Me esperan en mi país.

—Haremos lo que podamos —el hombre se giró a ambos lados antes de inclinarse un poco y murmurar —Puedes llevarla a casa, amore, y ponla al corriente.

La Vestal asintió, sonriendo ligeramente, antes que el hombre les dedicara una inclinación de cabeza y se retirara, saliendo de la catacumba.

—Si la signora no tiene inconveniente, cenará en nuestro humilde hogar. Y si me permite, voy a presentarme. Soy Caterina Garibaldi, a su servicio. Aunque de soltera, mi apellido era Luminatti.

Eso, para la de marrón, terminaba por armarle un rompecabezas. Contuvo un suspiro de alivio.


26 de marzo de 2021.

Ciudad de México, Distrito Federal.

Departamento de Inteligencia Mágica, Secretaría de Magia de los Estados Unidos Mexicanos.

Si había un departamento en la Secretaría de Magia de México que ostentara el calificativo de "inverosímil" sin problemas, era el de Inteligencia Mágica. Se hacía cargo de asuntos que no tenían cabida en otros departamentos, por más extraños o inútiles que parecieran.

—¿Eso es todo de su parte, señorita?

La nombrada, acomodándose unos anteojos sin armazón ante sus ojos castaños, asintió y apretó ligeramente los labios para controlar su nerviosismo. Se hallaba de pie en el centro de una pequeña sala cuadrada, con techo bajo y un suelo oscuro y liso. Ante ella, sentados a una mesa larga, había tres magos de túnicas negras que la observaban detenidamente.

—Puede retirarse, señorita Salais. Se le enviarán sus resultados dentro de tres días hábiles.

Ella volvió a asentir y dio media vuelta, abandonando la sala a paso firme. Solo cuando cerró tras ella una pesada puerta de madera, se permitió un suspiro de alivio.

—¿Qué tal? —quiso saber un hombre de cabello castaño oscuro y túnica negra.

—En tres días hábiles lo sabré —respondió ella en un susurro.

—No entiendo qué pudo demorarte tanto, Itzi. Saliste de allá con tiempo de sobra.

Ella sonrió, pero no hizo comentarios.

—Te esperan arriba —indicó el hombre, señalando a su izquierda con el pulgar.

—Gracias, papá. Nos veremos en casa.

El hombre asintió y la despidió con la mano mientras la veía alejarse.

En tanto, Itzi Salais se acomodó un bucle castaño oscuro tras la oreja, meditabunda, sin saber las verdaderas consecuencias de lo que había hecho, de lo que estaba por hacer…

Pero estaba convencida, más que nunca, que era una de las Pitonisas por una buena razón.

Los videntes existían, sí, pero se creían tan escasos entre los magos como los squibs, sobre todo porque legalmente, no había motivo para llevar un registro de ellos. Además, pocos eran los magos y brujas que, teniendo semejante facultad, la desarrollara de manera seria. Y unos cuantos con la habilidad, como Itzi, estaban plenamente conscientes de que podían ser utilizados en perjuicio de otros, por lo que aprendían a usar lo que podían hacer, pero sin darse a conocer.

Ser una persona que veía el futuro en sueños lo había heredado Itzi directamente de su madre, una integrante de la familia Nicté, que entre otras cosas, tenía la distinción de ser de las pocas familias de sangre limpia que podía presentar un árbol genealógico documentado desde la primera década del siglo XIX. Los Nicté se hacían notar, además, por ciertas facultades extraordinarias que ellos denominaban Legados, pues actualmente solo estaban en su sangre. Era un secreto a voces entre la comunidad mágica mexicana, aunque no supieran el funcionamiento exacto de cada Legado existente, lo cual traía como consecuencia que los Nicté fueran tratados con frío respeto allá a donde fueran. Se les valoraba, pero a la vez se les temía.

Itzi meneó la cabeza ante ese pensamiento. Si tan solo la gente supiera…

Llegó sin darse cuenta a la Plaza, una especie de jardín interior de forma circular de enormes proporciones, iluminado por la luz solar mágica que se colaba por el vitral multicolor que hacía de techo, sostenido por columnas de ónix. En ese momento, el vitral mostraba a un hombre ataviado con plumas verdes y una lanza sujeta con ambas manos, con gesto de ir a la guerra.

Pero enseguida desvió la mirada del vitral, fijándose en la gran fuente de cantera al centro de la Plaza, conformada por cinco figuras humanas de cuyas largas varas brotaban los chorros de agua. Itzi no se detuvo a leer el letrero que decía a dónde iban a parar las monedas que ocasionalmente arrojaban allí, prácticamente se lo sabía de memoria. Se concentró en las dos personas que, de pie junto a la fuente, ostentaban en sus túnicas el símbolo del Departamento de la Tlapixqui, la Guardia Nacional: un escudo amarillo redondo cruzado por una lanza verde.

—Hola, ¿dónde dejaron a los otros dos? —quiso saber Itzi enseguida.

Uno de ellos, de cabello castaño y ojos color miel, se encogió de hombros en silencio.

—Lo que nuestro campeón quiere decir es que Beto y Héctor no tienen permiso de salir del Cuartel —dijo un rubio de ojos color verde azulado, aguantándose la risa —Reprobaron el examen teórico de Infiltración Macehualtin, ¿puedes creerlo?

—¿Solo por eso no pueden salir?

—Están haciendo la recuperación hoy —aclaró el castaño, fulminando al rubio con la mirada —Solo porque a Lalo se le da…

—No se me da, he vivido así —aclaró el rubio con despreocupación, pasándose una mano por el cabello, salpicado de mechones claros, de tono dorado, difíciles de ignorar —¿En qué podemos servirte, amiga mía?

—En nada, si no dejas de reírte. Parte de esto te incumbe directamente.

Ante eso, el rubio adoptó un semblante serio y preocupado a la vez.

—¿Acaso es…? —comenzó a preguntar.

—No exactamente. Vamos a comer, las evaluaciones orales siempre me dejan con hambre.

Los tres dejaron la Plaza por un pasillo pequeño, para llegar a un salón enorme con mesas redondas y sillas, todo de hierro forjado. Era el comedor de la Secretaría, que aunque no era su hora pico, estaba casi lleno. Enseguida el rubio les dijo que buscaran una mesa mientras él se acercaba al extremo más alejado, donde un par de magos atendían pedidos desde una barra.

—¿Cómo te trataron esos carcamanes? —inquirió el castaño amablemente.

—Como lo que son. Al menos dos de ellos. Uno apenas habló, parecía realmente centrado en mi Tesis de Ingreso, en vez de quejarse porque llegué tarde.

—Sí, tu padre nos hizo el comentario cuando nos lo encontramos. ¿Qué pasó?

—Espera a que vuelva Lalo y se los cuento.

El rubio tardó otros dos minutos y al sentarse, se quejó bastante por la demora.

—Media hora, ¡nos sirven en media hora! Por el penacho de Cuauhtémoc…

—Calma, Lalo, eso nos da algo de tiempo —señaló Itzi.

Lalo Mercader asintió, no muy convencido.

—Por poco y no descifro a tiempo todo eso de águilas de oro con las alas atadas —farfulló Itzi de mal humor, golpeando repetidamente la mesa con los dedos —Yue Lin fue menos clara que de costumbre. Por fortuna, Mara me envió una lechuza directamente a Roma, me llegó cuando estaba cenando con Tribuni Garibaldi… El Tribuno, Comandante de los Legionarios, los aurores italianos —aclaró con rapidez, viendo las caras de desconcierto de sus acompañantes —Resulta que su esposa, una Vestal… Algo así como lo que quiero ser yo, de soltera era Luminatti.

—¿Luminatti? —pronunció Lalo con lentitud, sin entender.

El castaño, por su parte, arrugó la frente.

—Creí que el apellido ya no existía —fue su único comentario.

—Aparentemente sobrevive una pequeña fracción de la familia, aunque claro, la mayoría son mujeres, así que al casarse cambian de apellido y eso las protege un poco. Sostienen comunicación constante con la rama principal de la familia, los Lumière de Francia, y así fue que la Vestal estaba avisada de que quizá pasaría con ella. Eso y mi Tesis de Ingreso, claro.

—¿Les hablaste a esos viejos arrugados sobre lo que te dieron a guardar? —se extrañó Lalo.

—Es un tema poco común, pero sabía que les interesaría una investigación seria. Además, cuento con magos confiables respaldándome.

—Madame Lumière —apuntó el castaño. No era una pregunta.

—Sí. Lucy me había contado que era un poco fría y tuvo razón. Me costó convencerla.

—¿Quién es Lucy? —quiso saber Lalo.

—Una prima tercera, creo, se me confunden los parentescos —Itzi sonrió con timidez —Lucille Kabah Naollín Nicté. Su bisabuela, la abuela materna de su madre, es tía de Madame Lumière.

—¿Estás emparentada con esa familia de locos? —se asombró Lalo.

—Yo no, Lucy. Fue ella la que les habló de mí a sus parientes y por eso me dieron a guardar Ya–saben–qué. No me extraña, sus parientes la estaban volviendo sorda de preocupación.

—¿Sorda? —al castaño le había sonado extraña esa frase.

—Sí, Lucy tiene Psicoempatofonía. Escucha los sentimientos de la gente.

—Eh, Itzi, ¿no se supone que no deberías decirme…?

—Lalo, te quiero como a un hermano. No pasará nada si te hablo del tema, siempre y cuando mantengas tu promesa de no decirle a nadie. Confía en mí.

El rubio se tranquilizó.

—¿La Luminatti te dijo algo útil? —inquirió el castaño, volviendo al tema original.

—Me dio toda la información que pudo sin romper las reglas de su familia. Hay algunas cosas que Madame Lumière ya me había comentado, pero otras que no. Como lo que podría pasar cuando todas las Mayores tengan cara.

—¿Las Mayores nada más?

—Sí, porque las Mayores son las importantes, las Menores son su apoyo. Aunque algunas de las Menores ya tienen cara. Hice una lista antes de entregarlas.

—¿Entregarlas? ¿Te las pidieron de vuelta?

—No, Ton. Mi tío Acab se las llevó.

El castaño estaba estupefacto, por decir lo menos.

—¿Por qué? —fue todo lo que Tonatiuh García pudo preguntar.

—Parece que una de las Mayores inició una… ¿cómo lo llamó la señora Garibaldi? Sí, Lalo, la Vestal Luminatti… ¡Ah, sí! Una Vendetta. Y es un asunto tan enmarañado que incluso yo, que sueño de vez en cuando lo que va a pasar, no sé si resultará bien.

—¿En qué consiste esa Vendetta? —se interesó Ton —La traducción de esa palabra es…

Venganza, sí. Las Mayores hacen eso dando la oportunidad de cambiar algo en los eventos que llevarán a la mejora del mundo que intentan anunciar. No siempre se deciden por lo obvio.

—¿Eso qué significa?

Itzi miró por turnos a los dos chicos que, como ella y muchos otros más en el planeta, se convertían rápidamente en adultos. Pensó en la situación mundial, en los sueños del futuro que se amontonaban en su memoria, en lo que su tío Acab prometió evitar, en lo que había custodiado hasta dejarlo ir con quien creía que debía tenerlo… Finalmente, dejó escapar un suspiro.

—Una Vendetta comienza con una alteración en la línea conocida de espacio–tiempo.

—¡Habla en cristiano, Itzi, por el bastón de Quetzalcóatl!

Que Lalo se impacientara de esa forma solamente indicaba angustia. Y una muy elevada.

—Según lo que Mara, Yue Lin y yo hemos vislumbrado, ahora hay personas de antes y quizá hasta de después. Hay que encontrarlas y averiguar sus intenciones, que si no son las adecuadas, causarán un gran desastre en vez de una mejora en el mundo. Y que ahora tengamos tales visitas es culpa de algunas de las Mayores, que les están dando la oportunidad de alterar su propio ahora.

—Los de antes ya los habías ubicado —señaló Ton con voz firme, aunque por dentro se estaba comenzando a preocupar —Pero los otros, los de después

—De esos se encargará Yue Lin, tiene una sospecha. Y necesitará ayuda.

Itzi y Ton, a la vez, se giraron hacia Lalo, quien no tardó en asentir con la cabeza.

—Espero que baste mi presencia durante las vacaciones de Semana Santa —soltó, sonriendo.

Los otros dos imitaron su gesto, pero con poco entusiasmo.

Lo que se les venía encima era demasiado complicado.


28 de marzo de 2021.

Norte de Escocia.

High Street, Hogsmeade.

La situación era por demás extraña.

Sí, había sido su idea y sí, estaba feliz. Pero eso no le quitaba el maldito nerviosismo.

—¿Vamos a Honeydukes primero, no?

Bien, eso podía manejarlo. Dulces, variados y deliciosos hasta donde alcanzaba la vista…

—De acuerdo.

Una radiante sonrisa fue la respuesta obtenida, así como un tirón de su brazo.

—¡No se pierdan demasiado tiempo! —gritó Thomas Elliott en tono jocoso.

Para su sorpresa, no tuvo oportunidad de replicar.

—¡Mira quién habla!

Oyó unas risas a su espalda, pero no pudo averiguar a quiénes pertenecían.

—Eso fue demasiado, ¿no crees?

—No. Admítelo, cuando están a solas, Thomas y Danielle pierden la noción de todo. Oye, ¿me prestarías un par de galeones? Se me terminaron los chocolates con pasas y nueces…

—Olvídalo. Quiero comprarme una pluma de azúcar.

—¿Tú? ¿Con una pluma de azúcar? ¿En qué clase puedes aburrirte tanto?

—Rose…

La pelirroja Weasley se echó a reír, agitando ligeramente la cabeza, con lo que la larga coleta que se había hecho aquel día revoloteó al viento por un segundo.

—Lo siento, es que… Sabes que muchos se comen las plumas de azúcar en clase, ¿no?

—Sí, claro. Pero eso no quiere decir…

—Ya, ya. Solo fue una broma.

Ella sonrió tenuemente, lo que ocasionó que su castaño acompañante entrecerrara los ojos verdes con suspicacia, antes de forzarla a detenerse.

—¿Qué pasa, Henry? —inquirió.

—¿Estás…? —el aludido no sabía cómo decirlo, así que quiso, sin conseguirlo, sonar tranquilo al terminar —¿Estás tratando de… no discutir conmigo?

—Un poco, sí. Aunque puedo dejarlo, si quieres.

—Rose, no se trata de lo que quiera yo. Se trata de…

Henry Graham se calló por un momento, sin poder explicarse, lo que en sí era muy raro.

El chico se quedó mirando largo rato a su compañera. A causa del aire, el flequillo de Rose se hallaba despeinado y sus ojos se habían irritado un poco, pero por lo demás, los ojos del color de la bruma, entre azules y grises, lo contemplaban con expectación, dándole un aspecto curioso y tierno al rostro salpicado de pecas. Era increíble que en un instante, Henry pudiera distinguir, a la vez, el parecido físico de Rose tanto con su padre como con su madre, descubriendo una combinación de lo más agradable a la vista.

Vaya, por pensar esas cosas, ahora se sentía ridículo.

Ridículo, pero feliz.

—Olvídalo —desdeñó con una leve sonrisa —Ahora que lo pienso, puedo prestarte un galeón.

—¿En serio? ¡Estupendo! Quiero una barra de chocolate enorme, la más grande que…

—Enfermarás si comes demasiado chocolate.

Rose le hizo un gesto de burla antes de echarse a reír y seguir avanzando.

Ninguno de los dos se dio cuenta del momento en que sus manos se entrelazaron.


Middle Street, Hogsmeade.

—¿Les irá bien a esos dos? Temo que hagan una guerra de dulces.

—No te preocupes, con lo aman los dulces, no van a desperdiciarlos así.

Procyon Black se echó a reír, aunque no duró mucho su alegría.

Condenado Thomas. Esta vez sí le lanzaría una buena maldición a la menor oportunidad.

—Te quieres ir, ¿verdad?

El muchacho parpadeó varias veces con aire confundido, antes de negar con la cabeza.

—Es que… Pareces pensar en otra cosa.

Oh, sí, quería averiguar qué maleficio haría renegar a Thomas por más tiempo.

—No te preocupes, Hally, solo me despisté un momento.

Ella asintió, para luego fruncir el ceño.

—¿A dónde quieres ir primero? —inquirió Hally tras pensarlo un momento.

—¿Yo? ¿Y tú?

—Ahora mismo me da igual…

—Vamos, si quieres ir a alguna parte, puedes decirme.

La chica torció la boca ligeramente, con aspecto resignado, antes de murmurar algo.

—¿Qué? —Procyon se acercó un paso a su amiga.

—L'Arcane —repitió ella, un poco más alto, retirándose un paso a su vez.

—¿L'Arcane? Pues vamos. No es tan horrible, ahora que recuerdo.

—¿Tú has ido? —se extrañó Hally.

—Una vez, entré por mera curiosidad.

Él no quiso confesar que se había escabullido en forma de perro, siguiendo a Brandon y su séquito, y su amiga no hizo más preguntas. Recorrieron otro tramo hasta llegar a Middle Street y él la guió hasta casi el final, donde la casa del local se notaba extrañamente solitaria.

—¿No vino nadie hoy? —preguntó Hally, curiosa, asomándose por la ventana.

En ese momento la puerta se abrió y salieron algunos chicos y chicas, conversando con ánimo. De pronto, una de las chicas les lanzó una mirada de soslayo, pero por lo visto los reconoció, porque se detuvo y sonrió con burla.

—¡Potter y Black! —soltó, lo cual desconcertó a Hally y causó que Procyon compusiera una mueca —No sabía que tus gustos fueran tan malos, Potter. Con razón Corner te dejó.

—¿Te crees todo lo que cuentan en los pasillos, Belby? Yo lo dejé a él —espetó Hally, ceñuda.

La nombrada, de largo cabello castaño claro trenzado y pequeños ojos grises, le dedicó un gesto despectivo, dando a entender que dudaba de sus palabras.

—Vamos, Deirdre, que Black no está mal —intervino otra chica, una rubia, con una sonrisita maliciosa antes de agregar —Para ser mestizo, claro.

—¡Oye! —Hally se llevó enseguida la mano al bolsillo donde guardaba la varita.

—¿Qué, vas a atacarnos, Potter? —se burló la rubia.

—Cierra la boca, Entwhistle —soltó Procyon de mal humor, tomando de un brazo a su amiga y llevándola casi a rastras a la puerta de L'Arcane —No le hacen honor a la casa en la que están.

El muchacho se apuró a entrar al local con Hally antes que las chicas tuvieran la oportunidad de replicar. Solo entonces soltó a la joven de anteojos, que se mordía el labio inferior con tanta fuerza que parecía que lo haría sangrar en cualquier momento.

—Tranquila, no vendrán tras nosotros a seguir peleando —la animó Procyon.

—Oye, lo siento, no quería…

—¿Por qué te disculpas?

Hally terminó por encoger los hombros, lo que preocupó a Procyon. Pero como no tenía la menor idea de qué se trataba, decidió adentrarse con ella en el lugar, ocupar una mesa y esperar a que le contara lo que fuera que la tuviera tan distante.

En cuanto se sentaron y tomaron sus órdenes, Procyon intentó entablar conversación con lo primero que le venía a la mente y aunque Hally le respondía, la notaba distraída. Finalmente, al llegar lo que habían pedido, ella comenzó a recuperar un poco de su talante habitual.

—¡Mira esto! ¡Es precioso! Hasta me da pena comérmelo.

Ella contemplaba con fascinación un pequeño pastelillo de vainilla relleno de fresas en jalea y coronado con crema batida, chocolate rallado y una fresa muy apetitosa. Procyon, que no era muy aficionado a esa clase de postres, admitió para sus adentros que ella tenía razón.

—Entonces seguro está sabroso —decidió comentar.

—Sí, eso espero. Oye, ¿qué pediste tú?

—Una cosa que llaman crème brulè. Thomas me habló de eso, veré qué tal está.

—¿Thomas cómo sabe de ese postre? Es francés, una vez lo preparó mamá en casa.

—Su abuelo, el padre de su madre, tiene familia francesa, ¿no lo sabías?

Hally adoptó una expresión de concentración, en tanto partía lentamente un trozo de su pastelillo con una cucharilla de plata, arrugando un poco la frente y luego, llevándose el trozo a la boca, saboreándolo despacio.

—Sí, ya recordé —apuntó, después de tragar —Danielle me lo contó.

—Oye, ¿cuándo te contó eso?

Ella frunció los labios en una mueca que normalmente causaba risa a sus amigos, pero en aquella ocasión, a Procyon le preocupaba. Más cuando se dio cuenta que la mano con la cual sostenía la cucharilla temblaba un poco, hasta que dejó el cubierto junto a su postre.

—En diciembre —contestó en un susurro, desviando los ojos a cualquier lado, menos a él —Creo que… Cuando llegó a Saint Ursula, Thomas intentaba de todo para distraerla, así que supongo que entonces le habló de su abuelo Gerard, el padre de su madre.

Diciembre… Saint Ursula… Procyon sentía un vacío en el estómago.

—Lo siento, no me… —comenzó.

—No te preocupes, creo que Danielle apenas se acuerda de la mitad de lo que me contó.

—Hubiera querido ir también —musitó Procyon.

—Seguro que sí. Y entre Thomas y tú, la habrían hecho reír muy pronto —Hally le dedicó una sonrisa antes de regresar la atención a su postre.

Él maldijo mentalmente. ¿Por qué no pudo simplemente renunciar? Olvidar sus emociones, tirándolas lejos, intentando ser como cuando solamente la veía como su amiga, casi como la hermana que nunca tuvo, pero no. Debía ser tan estúpidamente leal a sus sentimientos…

—Hablando de Thomas… —comenzó Hally repentinamente.

Procyon procuró no atragantarse con lo último que le quedaba de postre.

—¿Te molestaría mucho si le echara un maleficio cuando volvamos?

—Si me dejas ayudarte… —soltó él por toda respuesta.

—Con gusto. Aunque… Lo comprendo. Quiere ayudar. Soy yo la que…

—Hally —llamó Procyon, creyendo saber lo que ella iba a decir —Tú no estás mal, ¿de acuerdo? Nadie va a obligarte a… —carraspeó —Nadie va a obligarte a nada.

—No es eso —aclaró ella enseguida —Es solo que… Creí que… Cuando me dijiste eso… Creí que me estaría preguntando muchas veces si… si me gustas o no.

—¿Disculpa?

Procyon, de pronto, ya no sentía rastros de dulce en la boca.

—Al principio sí —reconoció Hally, mirando la botella de cerveza de mantequilla de donde había estado bebiendo, ya vacía —Es decir… Suena un poco raro, pero… Cuando pensé eso… Yo misma te lo dije, cualquier chica te querría. Yo te quiero. Pero no sabía si…

—Oye, no tienes que…

—¡Espera! Si no lo digo ahora, ya no podré hacerlo después y…

Procyon le hizo un gesto para darle a entender que podía seguir.

—Ya me equivoqué una vez —soltó Hally con cierto aire despectivo —O quizá no. El punto es… No quiero seguir así, ¿comprendes? Preguntándome a cada momento si estoy haciendo o diciendo algo que te ponga mal.

—Hally…

—No me digas que es mentira, se te nota en la cara. Y también sé que no… Procyon, no acabo de creérmelo. ¿De verdad soy yo la que te…?

Ella se puso tan roja como el cabello de Rose y no pudo continuar.

—Por favor, ¿qué chico en su sano juicio le diría a su mejor amiga que le gusta si no fuera cierto? —espetó él, intentando no sonar tan abatido como se sentía —Yo no, claro. No cuando me imaginaba que pasaría todo esto: tú poniéndote así, quebrándote la cabeza buscando la manera de… Bueno, no vas a salir conmigo, eso ya lo sé…

—¿Por qué no?

Él la miró con asombro. ¡Por Merlín! ¿Hally se enfadaría mucho si se acercaba y le daba un abrazo? A riesgo de convertirse en un idiota, estaba totalmente… encandilado con ella.

—¡Ni siquiera puedes quedarte conmigo cinco segundos! —exclamó él por lo bajo.

—¡Es que no sé cómo comportarme! Sé que no… Sé que no me obligas, pero… Tampoco es como si fuera a quedarme de brazos cruzados sin intentarlo siquiera.

—¿Intentar qué?

—Quererte. Como tú me quieres a mí.

Fue el turno de Procyon de ponerse colorado. Quizá no tanto como Hally, quien por cierto, lo observó detenidamente desde el otro lado de la mesa, con la misma expresión que mostraba al abstraerse en una tarea particularmente difícil y a la vez entretenida.

¿Desde cuándo su amigo era…? Bueno, la palabra exacta era guapo. No estaba ciega (su vista era defectuosa, pero para eso usaba anteojos), solo que antes lo notaba con cierta normalidad, dando por hecho que el aspecto no importaba mientras la quisiera de amiga. Antes de Hogwarts, solo contaba con Rose y Danielle (y a la rubia nada más la conocía por correspondencia, había que recordarlo), así que entrar de lleno al mundo de la magia y toparse con más chicos de su edad que quisieran ser sus amigos… Se sintió alegre. Y Procyon había resultado ser tan inteligente, tan divertido, tan dispuesto a ayudarle…

—¿Desde cuándo…? —la pregunta salió lentamente de su boca sin que pudiera evitarlo —Procyon, ¿desde cuándo te gusto?

—¿En serio quieres saberlo?

Ella se encogió de hombros, desviando la vista.

—Muy bien —aceptó él, dejando a un lado su propia cucharilla —La primera vez que pensé que me gustabas… Fue hace unos dos años, creo.

—¿Tanto? —musitó Hally, desconcertada.

—Sí —Procyon se animó a reír un poco —Recuerdo que estuve preguntándome varios días por qué me sentaba mal verte con Corner, pero estaba contento de que estuvieras contenta… Sí, sé que suena raro —añadió, notando la confusión de su amiga —La pasé un poco mal. Además, todavía pensaba que las chicas podían ser tanto geniales como fastidiosas.

—Y Lancaster ayudó a eso, seguro —dejó escapar Hally, sarcástica.

—Bastante. Así que cuando por fin lo descubrí, fue un poco… No me sentía cómodo, nunca me había gustado alguien. Pero el sentimiento estaba allí. Así que lo acepté.

—Comprendo que… Yo salía con Melvin, así que… ¿Por qué no me lo dijiste después?

—¿Qué, después de que terminaste con él? —Procyon se encogió de hombros —No quería que te preocuparas por mí, o que te sintieras mal por tener que…

—¿Rechazarte?

Hally, por la mueca de él, creyó comprender cuánto le dolía siquiera imaginar que ella le dijera algo semejante. No quería hacerle daño, pero…

—¿Por qué me preguntas todo eso? —quiso saber Procyon, frunciendo el ceño.

—No sé, yo… Creo que intento comprender…

—No hay nada qué comprender. Y deja de preocuparte. No me gusta verte así.

—Pero…

—Oye, sé que tú no… Bueno, lo sé. Pero no por eso dejaremos de ser amigos, ¿de acuerdo?

Hally asintió, con un nudo en la garganta. ¿Cómo podían quedarse las cosas así? Procyon sufría, eso no tenía que decírselo nadie. Era incapaz de pronunciar en voz alta la posibilidad de que ella no le correspondiera, ¿y así le pedía que no se preocupara?

—Oye, ¿estás bien?

¿Cómo iba a estarlo? Si pudiera… Si tan solo pudiera…

—Espera, deja pago la cuenta…

Un segundo, ¿quién había dicho que no podría? Quizá…

—Anda, vámonos.

Sintió que la tomaba del brazo con suavidad y la llevaba fuera del local. No distinguía gran cosa, como si le hubieran quitado los anteojos, pero podía sentirlos en la cara, ¿entonces qué…?

—Toma, de verdad lo siento…

Una tela estaba en su mano. Y comprendió.

—No es tu culpa —aseguró Hally, respirando profundamente antes de pasarse el pañuelo por los ojos —Ni siquiera noté que…

—Sí, eso creí. Bueno, podemos encaminarnos a Las Tres Escobas, aunque es un poco temprano. Al menos podemos conseguir una buena mesa para todos antes que…

—Espera.

Él no comprendió el tirón que sintió en la muñeca hasta que ella lo abrazó.

—Hally; ¿qué…?

—Lo intentaré —la oyó susurrar, aunque apenas le entendió porque escondía la cara en su pecho —Yo te quiero mucho, Procyon, mucho… No sería difícil que… Voy a intentarlo…

Él se quedó atónito, sin saber bien qué hacer y antes de darse cuenta, la estaba abrazando de vuelta. Ya antes le había dedicado ese gesto, aunque de manera breve, pero ahora lo sentía diferente. Como una especie de recompensa.

—¿Segura de lo que estás diciendo? —le preguntó en un murmullo —Mira que haré todo lo posible por no dejarte ir.

—Eso creo, yo… Si siento que de verdad no funcionará, te lo diré. Pero antes… Al menos quiero intentarlo antes… No te importa… No te importa esperar un poco, ¿verdad?

—No, claro que no. Aunque siento que seremos la pareja más rara del colegio.

Procyon se sintió mejor al escuchar una débil risa de parte de Hally.

—Me siento a gusto contigo —confesó ella —Eso cuenta, ¿verdad?

—Sí, está bien para empezar.

El ir a Las Tres Escobas se esfumó de sus mentes y se quedaron abrazados por un largo rato, con el cabello agitado por un brusco soplo de brisa, pero sin darse cuenta de ello.

Sabían que el paso que daban era importante, para bien o para mal, y no había marcha atrás.


29 de marzo de 2021.

Shangai, China.

Hong Long, Jardín Tian Zi.

Para ser día laboral, el principal punto comercial de los magos chinos estaba muy concurrido.

La figura sentada en una de las bellísimas bancas de metal forjado del Hong Long no llamaba la atención en semejante multitud. Por su postura, aquella figura podría haber estado mirando con atención los mosaicos rojos que conformaban la mayoría del corredor más famoso y largo del Jardín Tian Zi, que enroscándose cual dragón de aire por los cielos, recorría todo el lugar y llevaba a varios sitios de interés, entre ellos la Torre Wu, sede del Ministerio de Magia chino. Pero no, la persona que ocultaba el rostro con la capucha de su capa en tono rojo oscuro estaba sumida en sus pensamientos. Esperaba, rogaba incluso…

—Buenas tardes.

Una educada voz femenina había pronunciado el saludo en mandarín, por lo cual la figura de capa roja no lo entendió. Sin embargo, alzó la vista, topándose con una joven mujer de tez clara y rasgos orientales inconfundibles. Su largo cabello, negro y lustroso, iba recogido en una coleta alta y su atuendo consistía en una túnica negra de bordes blancos. Lo desconcertante de esa mujer eran sus ojos, rasgados y cordiales, pero de un claro tono azul.

—¿Hola? —pronunció la figura con voz masculina, poniéndose de pie cautelosamente.

La mujer oriental arrugó la frente. No había entendido su saludo. Carraspeó.

—Buenas tardes. ¿Europeo? —inquirió ella, habiendo saludado esta vez en inglés.

El otro se relajó visiblemente y asintió con la cabeza.

—En parte —contestó, también hablando en inglés.

—Eso creí. ¿Portugués?

—Francés.

La mujer asintió a su vez, señalando la banca. Ambos tomaron asiento.

—¿Cómo supo que estaría aquí? —quiso saber el hombre.

—Tengo mis métodos. ¿Y tú? ¿Sabías que estaría aquí?

—Algo así.

—Algo así, ¿eh? Es un comienzo. Si gustas ponerme al corriente… A menos que no puedas.

—Lo he meditado demasiado tiempo y creo que precisamente porque la pongo al corriente, usted puede hacer cosas que yo no. No sé hasta cuándo sepa…

—Algunas cosas son demasiado remotas para asignarles una fecha concreta. Otras, no tanto.

—Bien. En primer lugar, ¿sabe quién soy?

—Lo sospecho. ¿El Templo Amaterasu?

—El mismo. Ahora no se lo explican, ni lo harán después, hasta que yo vuelva. ¿Puede creerlo?

—He visto demasiadas cosas raras como para no creerlo. ¿Algo más?

—Sí. Después se dirá que se evitó un baño de sangre por una alerta tanto anónima como certera.

—¿Eso qué tiene que ver conmigo?

—Quiero que dé la alerta, confiarán en su palabra. Es lo único que, creo yo, debo hacer ahora.

—¿Nada más?

—Créame, si lo que sé de después no ha cambiado, con eso bastará.

A continuación, el hombre sacó un sobre de pergamino del bolsillo derecho de su túnica color azul marino y de estilo oriental, para entregársela a la mujer. Ella vislumbró, en el anular de la diestra de él, una delgada argolla de oro con un peculiar grabado, pero no hizo comentarios.

—Debería verte —soltó de pronto la mujer, tras guardarse el sobre —Debería saber que todo lo que hace ella ahora valdrá la pena.

—¿Sabe de verdad quién soy yo?

—Dije que lo sospechaba. Pero podrías mostrarme tu rostro un momento, para confirmarlo.

El otro hizo notar su incomodidad, antes de asentir brevemente y bajarse la capucha.

Una brillante mata de cabello castaño dorado se agitó con la brisa de la tarde en la cabeza del hombre, que a simple vista parecía de unos veinte años. Habría podido pasar por pariente de la mujer, dado que tenía facciones orientales, sobre todo con los ojos ligeramente rasgados, en los cuales se notaba su ascendencia francesa, ya que eran de un tono verde inusitadamente claro. A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas, asintiendo en silencio.

—Sabes…Sabes que eso debe seguir igual después, ¿verdad? —musitó ella.

—Aunque me duela, sí. De cambiarlo, yo no estaría ahora, para empezar.

—Bien dicho. Eres tan valiente… No te preocupes, se lo daré a entender. Todo saldrá bien.

El otro asintió, tragando saliva, antes de recolocarse la capucha.

—Una cosa más —indicó el hombre, alzando el rostro cubierto al cielo —Atrévase.

—Ya lo había considerado —comentó ella, intuyendo a qué se refería.

—Bien. Pero no solo por lo que haya visto o dejado de ver. Hágalo por usted, por él.

—¿Eso se dirá después?

—Eso se deseará después cuando ya no haya más que hacer.

—Me pides demasiado. Es un gran riesgo.

—Tómelo. Por un riesgo semejante, estoy ahora hablándole. Tenga fe.

Ella asintió.

—Pero antes, debería pedirle a él que le cuente su historia. Después será parte del problema.

—Lo intentaré. Gracias por todo. ¿Crees que dejaremos de contar contigo ahora?

—Espero que sí. Me preocupa lo que pueda estar pasando después.

—Hasta ahora no hemos visto cambios significativos. Puedes estar tranquilo.

—¡Yue Lin!

La mujer le dedicó una sonrisa relajada a su interlocutor antes de volver la cabeza. Un hombre joven de extravagante cabello rubio oscuro con mechones dorados, caminaba hacia ella con una enorme sonrisa en el rostro, agitando en alto una mano. Vestía una túnica azul que resaltaba de manera curiosa sus ojos, de tono verde azulado.

Sayonara —pronunció el hombre misterioso con nostalgia, poniéndose de pie y haciendo una reverencia antes de desaparecerse.

Yue Lin Ming apretó los labios en una sonrisa nerviosa, procurado no llorar.

—¿Qué pasa? —se inquietó el rubio de mechones dorados, llegando junto a ella, hablando en inglés apresuradamente —Yue Lin, ¿con quién…?

—Desearía no ver nada… —susurró ella en mandarín, por lo cual él no la entendió —No te preocupes —pidió esta vez en inglés —Gajes del oficio, nada malo.

—A Itzi suele pasarle, estoy acostumbrado. Pero si puedo ayudar en algo me lo dirás, ¿verdad?

—Claro. Lalo, ¿tú harás lo mismo? ¿Me dirás si puedo hacer algo por ti?

—Sí, ¿por qué no?

—¿Confías en mí?

—¿A qué viene todo eso?

—Quiero saber cosas de ti. Quiero saber lo bueno, lo malo, todo.

—Yue Lin, eso es…

—Lo sé, es egoísta de mi parte. Todos tenemos cosas que no queremos compartir. Ponte en mi lugar: tengo un don que no pedí, que me ha hecho sufrir muchas veces, pero te lo confié. Porque sé que no lo usarás en mi contra. Porque te quiero. Porque deseo un futuro que yo misma pueda construir, no uno que me hayan dictado mis visiones.

—¿Acaso has visto algo que…?

Cuando ella no respondió, inclinando la cabeza con semblante abatido, Lalo supo la respuesta.

—Te pasará algo —sentenció —O algo me va a pasar a mí.

—Sí.

Lalo la abrazó, siendo correspondido enseguida. Yue Lin no lloraba, pero temblaba de nervios.

—De pequeño nunca tuve familia —comenzó él, pasando una mano por la espalda de ella —Y no me fue bien. Hasta los cinco años, viví en la calle, pasé hambre y frío, una vez casi me matan unos drogadictos… —tragó saliva —Luego, los servicios sociales me recogieron y me llevaron a un orfanato, pero fue peor. Las personas allí eran horribles, trataban mal a todos, había un tipo en particular que no dejaba de llamarme "niño bonito" y… Bueno, no quieres saber lo que me hacía.

—Lalo, eso…

—Calma, déjame seguir —pidió él con amabilidad —El tipo era un amargado, feo como no tienes idea, claro que yo era bonito comparándome con él, supongo que por eso no me soportaba. Tuve suerte que por aquel entonces, mi magia comenzara a salir, porque una vez me cortó el cabello a lo bruto, pero al día siguiente lo tenía como si nada, eso lo asustó. Me encerró por tres días sin comer, pero se asustó y me dejó en paz cuando me sacó.

»Pero antes de eso, ya me había hecho suficiente. Apenas hablaba con los demás niños, nadie se me acercaba, tenía pesadilla casi todas las noches… Es un periodo que no me gusta recordar, pero a veces lo hago, me acuerdo de esos días y los comparo con lo que tengo ahora, alegrándome mucho de que la madre de Ton visitara el orfanato de vez en cuando, porque ella fue la que notó que era mago y se encargó de que me sacaran. Me llevaron a otro orfanato, uno de magos, y todo mejoró. Sonará ridículo, pero la magia me salvó la vida. Me dio razones para estar feliz, me dio amigos… No he vuelto a querer morirme desde entonces.

—Eras tú…

Lalo se desconcertó lo suficiente como para apartarse de Yue Lin lo suficiente y verle la cara. Ella tenía los ojos cerrados con fuerza, pero eso no había detenido sus lágrimas.

—No sabía… Eras tú… —musitó Yue Lin —Yo… Hace mucho, cuando no sabía… Cuando no sabía que podía ver más allá… Vi que… Justo aquí…

Acercó una delgada mano a la cabeza de Lalo, apartando todo lo posible el cabello que caía sobre su sien izquierda. Allí, apenas visible, estaba el inicio de una cicatriz que seguía bajo el cuero cabelludo, un poco más pálida que el resto de la piel a su alrededor.

—Sangrabas y sangrabas… Me asusté… —siguió contando ella, vacilante, como si no pudiera concentrarse bien en usar el inglés para que él la comprendiera —No sabía… ¿Por qué veía eso de alguien que no conocía? ¿Qué podía hacer yo? Pedí que no murieras, lo pedí tanto…

—Lo recuerdo. Fue… El tipo ese del orfanato acababa de darme una paliza porque no me acabé la cena. Al verme sangrando se detuvo, porque si me moría, lo habrían llevado a la cárcel. Poco después de eso, mi magia empezó a mostrarse.

—Quizá no sabía por qué veía esas cosas… Pero entonces pensé… Pensé que quizá, algún día… Si podía, ayudaría a otros. Para que no salieran heridos. Porque tú tal vez ya estabas…

—Pero no morí, Yue Lin. Sigo aquí. A lo mejor aquella vez me viste así para que decidieras eso, ayudar a otros con tus visiones. Y porque me ibas a conocer, claro.

—¿De verdad lo crees?

—En algo debo creer, ¿no? Creo que la magia me salvó la vida. Creo que de no tener amigos, hace mucho que me habría ido por el camino equivocado. Y creo que debo decirte algo ahora mismo, antes que me mate en esta guerra estúpida por una misión suicida o algo por el estilo.

—¿Qué?

Lalo respiró profundamente, reuniendo valor, antes de sonreírle con tanto afecto que a la joven se le aceleró el corazón.

—Te amo, Yue Lin. Y quiero estar siempre contigo.

La vio llorar y sonreír a la vez, por lo que pudo imaginar la respuesta que oyó poco después.

—Yo también te amo, Lalo. Y siempre estaré contigo.

Lo había dicho. La joven sabía que lo que sucediera a partir de ese momento, dependía de ella y de Lalo, quien por su expresión, se veía decidido a cualquier cosa con tal de hacerla feliz.

Ella, al menos, tomaría el riesgo. Sin importar que el futuro se le mostrara cruel al respecto.


5 de septiembre de 2012. 7:23 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, hola! Oh, sí, asómbrense, me salió otro capi relativamente rápido. No se acostumbren, que esta vez tenía material pendiente para mostrar, así que… (Bell rueda los ojos).

El Ministerio de Magia italiano no es descrito con mucho detalle porque, si todo va bien (o todo lo bien que puede ir un fic como este, claro), se dará la oportunidad de conocerlo mejor. ¿Qué significa? Pues que volveré a sacar Italia en algún momento, más siendo esto una guerra mundial. Por ahora confórmense con saber que se pudo evitar una desgracia y que todavía existen magos de apellido Luminatti, aunque no abunden. Y que una Luminatti esté casada con el jefe de los aurores italianos da mucho de qué hablar.

Por otro lado, México. Hacía mucho que no sacaba nada ambientado en mi patria querida, así que aquí lo tienen. Si el capi tiene por título Arcano La Rueda de la Fortuna, Itzi tenía que salir, confirmando que era ella la que andaba en Roma y que, dicho sea de paso, fue puesta en alerta con lo que quizá le ocurriría al Ministro de Magia italiano. De pasada, se enteró de muchas cosas, que como habrán deducido, se refieren a L'Arcanes Visionnaires, o lo que es lo mismo, el misterioso tarot de los Luminatti/Lumière. Y con el concepto de Vendetta, intento dar una pista más que descarada de qué está pasando por allí. Alguien (que sabe perfectamente quién es) debe estar saltando de gusto. O quizá no, porque querrá explicaciones que ahora mismo no puedo darle, no completamente. En fin…

Lo de Hogsmeade, curiosamente, fue lo primero que escribí. De hecho, con eso iba a iniciar este capi, pero al darme cuenta del margen de fechas que dejaba sin aprovechar, recorrí la escena. Pero no creo que haya muchas decepciones, ¿o sí? Hubo momento Rose/Henry tierno (Bell sonríe como boba) y los dos más indecisos del mundo (según algunos) se darán una oportunidad. ¡Así se hace, Hally! (Bell le echa porras a la chica Potter). Parece que ella solo quiere intentar la relación con Procyon para no verlo más triste de lo que ya está, pero vamos, Black lo ha dejado claro, hará todo lo posible por no dejarla ir y Hally misma está consciente de que puede llegar a querer a su amigo como él la quiere a ella. Así que crucen los dedos porque se queden juntos (a Bell no la convencen amenazas vía comentarios–bomba, así que absténganse. Sugerencias, quizá sean aceptadas, pero nada más, jajaja).

Y la última escena es prácticamente continuación de la de México. Yue Lin Ming es una Pitonisa, sabe cosas que debe evitar y otras que debe dejar pasar. El misterioso individuo con el que charló (cuya descripción es bastante obvia y un mega–spoiler de Juuroku, además) se identificó como aquel que, en PGMM, salvó a Sakura y a Shigure en el Templo Amaterasu. Y con la pequeña charla que sostuvieron, ¿verdad que queda patente que me gusta crear enredos a lo loco? Juro y perjuro que no le copié a Martin, conocí su saga (Canción de Hielo y Fuego) apenas el mes pasado, jajajaja… Y ese hombre se avienta líos peores que los míos en sus libros, se los juro.

Como sea, espero no me caigan demasiadas maldiciones por el presente capi, que la racha de inspiración siga un poco más y pueda avanzar con la historia, que estoy casi como telenovela barata, haciendo que los misterios se vayan descubriendo porque se me está acabando la línea temporal con la que trabajo en LAV. Válgame, espero de verdad hacer un buen final… y saber qué voy a escribir después, claro está.

Cuídense mucho, feliz Mes Patrio (al menos para mí, ¡viva México!) y nos leemos pronto.

P.D. A la fecha de la nota de autora, todavía me deben un Diablo, no se me ha olvidado.

Nota al 3 de octubre de 2012: Ya me llegó un candidato, y es el único, así que me quedo con él. Saluden a Draco Malfoy como nuestro Diablo, para así ponerse a pensar en personajes para la siguiente carta, La Torre (sí, con la que la Innombrable tituló el capi de la muerte del buen Albus). Y aceptaré más de un personaje, porque en la tradición del tarot, suelen pintarse a dos o más cayendo de la mentada torre. Ahora sí, hasta la próxima, ¡y feliz Halloween muy adelantado! (Por si no nos leemos antes de ese día).