A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Veinticinco: Historia en espiral.
3 de abril de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Nunca creyó que algo así pudiera ponerlo eufórico y furioso a un tiempo.
—¡Tengo que maldecir a alguien! ¡Ya!
Una risita a su lado lo desconcertó, lo mismo que lo relajó un poco.
—Puedo ayudarte si quieres. A mí también me molestan.
Claro, pero no sabía las veces que le había quitado líos de encima en la última semana.
—¡Es todo por hoy, chicos! Nos veremos el martes, ¿de acuerdo?
El resto de jóvenes lanzó diversos gritos de aprobación a esas palabras, antes de aterrizar con cuidado en el césped, entre ráfagas de viento que amenazaban con tirarlos de la escoba.
Era el entrenamiento de quidditch del equipo de Gryffindor, uno de los últimos que tendrían antes de la final, a jugarse después de Semana Santa. Hasta ahora, el equipo de los leones presumía de otra racha ganadora, siendo los favoritos para ganar la Copa de las Casas, sacándole casi doscientos puntos de ventaja a Ravenclaw, su competidor más cercano.
Al menos eso desmentía los rumores malintencionados sobre la capacidad de Hally Potter.
—Eh, capitana, ¿es cierto lo que dicen? —quiso saber Luigi Alighieri al salir de los vestuarios, con la escoba al hombro —Que ellos dos…
El cazador se interrumpió al ver a los que señalaba, que unos pasos tras el resto del equipo, no dejaban de cuchichear y reír, compartiendo una enorme barra de chocolate.
—Olvídalo —decidió Alighieri, conteniendo la risa.
Los demás lo imitaron. Aún les costaba creer que la alocada Rose Weasley hubiera logrado salir con nada menos que Henry Graham, uno de los chicos más serios de su curso.
—Sí, es mejor que no preguntes —apuntó Odette Wood, riendo por lo bajo.
—¿Y ustedes dos, capitana? —intervino entonces un chico de cabello oscuro y ojos grises, sonriendo con picardía —Mi hermano dice que los vieron en…
—Tu hermano es raro de por sí, Brent, más desde que se hizo Premio Anual —espetó una chica castaña y menuda, haciendo un mohín.
—Ya lo sé, Mina, pero…
Los jugadores suplentes se pusieron a conversar de manera desordenada, hablando todos al mismo tiempo, lo que ocasionó que Odette Wood hiciera muecas y se preguntara en voz alta si ella había sido igual de escandalosa en primer año.
—Creo que no —le contestó Alan Copperfield, guiñando un ojo.
Así fue como llegaron al castillo, dispuestos a comerse una fuente entera de estofado, o al menos eso dijo Brent Hitchens, ocasionando la risa de sus compañeros de equipo.
—¿Cómo fue el entrenamiento? —se interesó Cecil Finnigan.
—Excelente. Ravenclaw no sabrá ni qué los golpeó —contestó Rose animadamente —¡Genial, pastel de carne! Me muero de hambre…
—Igual yo, pásame el pan —pidió Henry nada más sentarse.
—¿Es mi imaginación o esos dos ya no discuten en la mesa? —le susurró Hally a Procyon.
—Son ellos, y dan miedo —respondió él, meneando la cabeza.
—A ver, ¿cómo lo hiciste? —quiso saber Giselle Olsen, mirando a Rose con atención.
—¿Hacer qué?
—Que Graham dejara un poco sus libros para salir contigo.
—¡No digas tonterías! Ayer se llevó tareas al lago, ¿puedes creerlo? Y me obligó a hacer lo mismo. Cuando se pone así, es muy aburrido.
—Estoy aquí —masculló Henry, mirando con el ceño fruncido a las dos chicas.
—Lo sé, era una broma —Rose le quitó importancia a sus palabras con un ademán —Será un poco aburrido a veces —le dijo a Giselle —pero fuera de eso, es un encanto.
Giselle rió un poco antes de girarse con Diane Creevey, que la llamaba en ese momento.
—¿Podrías dejar de halagarme en público? —soltó Henry por lo bajo, avergonzado.
—Válgame, no sabía que decirte "aburrido" fuera un halago.
Contrario a su costumbre, Henry sonrió ante semejante frase y se concentró en la comida.
—Lo que haces por una chica… —bromeó por lo bajo Martin Fullerton, al ver aquello.
—Sí, por eso no consigues ninguna —indicó Procyon, haciéndolo reír.
—Y tú, en cambio, te consigues a la hija de leyendas —intervino Miles Richards, causando que Procyon casi se atragantara con el jugo de calabaza —¡Entonces es verdad! Creímos que eran chismes inventados por Belby y sus amigas.
—¿Desde cuándo le hablas a Belby? —espetó Procyon, ceñudo.
—No es que le hable, pero Franco lo escuchó de su hermana y nos lo contó.
—Miles, te callas o te echo un maleficio.
—¿Por qué te enfadas? Ni que fuera algo malo.
No lo era, pero a Procyon nunca le había gustado que la gente hablara sobre sus asuntos personales. Para su buena suerte, Miles cambió de tema preguntando por la redacción de Cuidado de Criaturas Mágicas que debían entregar al terminar las vacaciones, sobre la cual le dio algunos datos antes de poder acabarse la comida y ponerse de pie.
—¿Vas a hacer lo de Pociones, verdad? —inquirió Hally, tras dejar el tenedor con el que se había comido un trozo de tarta de melaza —¿Conseguiste el libro de venenos asiáticos?
—Ryo lo tenía, me lo prestó. ¿Ya hiciste lo de Aritmancia?
—Sí, claro, te lo explico en la sala común.
Diciendo frases semejantes, Procyon y Hally salieron del Gran Comedor, acaparando algunas miradas no tan amistosas o risueñas como las del equipo de quidditch de Gryffindor.
—Idiotas —musitó Henry entre dientes, estirando la mano —Deberían tener una vida.
Rose lo miró con una ceja arqueada, pero enseguida intuyó lo que ocurría al fijarse en la mano temblorosa que intentaba sostener la jarra de jugo de calabaza.
—¿Quieres que salgamos? —le preguntó en voz baja.
El castaño respiró profundamente antes de negar con la cabeza.
—En un momento más —contestó.
La pelirroja asintió, obediente, y se terminó el postre lo más pronto que pudo, esperando que Henry hiciera lo propio y se levantara, lo que no tardó en ocurrir. Estando ambos en el vestíbulo, él dejó escapar un suspiro, masajeando sus sienes.
—No creí que Procyon fuera tan popular —renegó él, frunciendo el ceño.
—Eres un chico, no lo entenderías —señaló Rose con una vaga sonrisa bromista.
—En realidad lo entiendo mejor de lo que quisiera, pero además… Rose, ahora mismo Hally no le cae bien a demasiadas chicas. Eso podría traerle problemas.
—Que intenten algo, lo estoy esperando. Sobre todo de Lancaster, me debe una grande.
—No se te ocurra hacer una tontería, Hally se preocuparía por ti. Suficiente tiene con haberle dado una oportunidad a Procyon…
—Sabes que si alguien quiere hacerle algo malo a Hally, no me quedaré tranquila, ¿verdad?
—Sí, lo sé. Anda, quiero ir a la biblioteca por…
—¡A la biblioteca no, por favor! Es muy aburrida.
—Te daré mi pluma de azúcar.
—¡No voy a dejarte sin tu pluma! Mejor quiero tres ranas de chocolate.
—Hecho.
Rose hizo un mohín, como si apenas se diera cuenta que había sido sobornada, antes de reír y ponerse en marcha.
A Henry le hacía mucha gracia tratarla así, sobre todo porque ella siempre caía. En ocasiones como aquella, la jovencita se daba cuenta y solamente fingía caer, pero la mayoría del tiempo le resultaba entretenido convencerla de hacer cosas que ella consideraba tediosas, como estudiar. Admitía que era agradable el cambio, aunque el ambiente entre ambos seguía casi igual que hasta antes de comenzar a salir oficialmente. Lo que impresionó a Henry cuando finalmente aceptó la situación fue sentir que Rose hacía todo lo posible porque se sintiera bien en su compañía. Lo único que procuraba era que la pelirroja no se forzara a ello, para que no dejara de ser ella misma.
Si la muchacha cambiaba solo por complacerlo, ¿qué clase de persona sería él al permitirlo?
—Eh, Henry, ¿puedo preguntarte algo?
—Sí, claro —concedió él distraídamente.
—¿Cómo está Procyon? Porque se ve igual que siempre, me preocupa.
El castaño parpadeó con aire confundido. Su Legado, casi sin querer, se concentró en la ligera opresión en el corazón de Rose, lo mismo que en su timidez, la cual se reflejaba en su mirada baja.
—Antes que nada, ¿por qué te preocupa tanto? —quiso saber, arqueando una ceja.
—Bueno, es mi amigo —explicó ella, encogiéndose de hombros —Y fue muy amable conmigo cuando le pregunté… ¿Recuerdas cuando estaba tratando de saber qué era lo que sentía por ti? Quise asegurarme que eso fuera "gustar" y hablé con él.
—¿Hablaste con él sobre Hally? —Henry estaba sorprendido, lo que no era para menos, ya que su amigo, fuera de admitir sus sentimientos, rara vez mencionaba el tema.
—No exactamente. Le pregunté qué sentía cuando pensaba en Hally.
—Rose, para el caso fue lo mismo.
—Sí, ya lo sé. Entonces me di cuenta de que la quiere mucho. Muchísimo, seguro lo sabes… Y me preocupa que si las cosas no resultan con Hally…
Élla no tenía que concluir su idea, Henry la dedujo. Y no le gustó.
—Procyon sabe que Hally no lo quiere así —dijo, tras pensarlo un largo instante —Pero confía en ella, en que de verdad intentará que las cosas salgan bien, y él también pone de su parte. En cuanto a Hally, ya lo quiere como su mejor amigo, no todo está perdido.
—¿En serio?
—Claro. Te sorprendería la cantidad de personas en este castillo que están enamoradas de sus mejores amigos y no se dan cuenta. No puedo pasar cerca de ellos sin marearme. Y lo más gracioso es que ignoran cuando les corresponden. Tonto, pero cierto.
—Yo solo espero que a esos dos les vaya bien.
Henry asintió. Él también lo esperaba.
—… Y así es como se resuelve. ¿Lo entendiste?
Procyon asintió, deslizando la pluma por el pergamino, imitando lo recién explicado.
En la sala común de Gryffindor no había nadie. Las vacaciones de Semana Santa parecían haber abierto las puertas del colegio para que varios fueran a casa, sobre todo los alumnos más jóvenes que provenían de familias extranjeras. Además, varios de quinto y séptimo aprovecharon la ocasión para despejarse un poco, pues los TIMO'S y ÉXTASIS se les venían encima.
—Nosotros no somos de quinto, no entiendo tanto trabajo —se quejó Procyon en cuanto terminó el último ejercicio de Aritmancia que tenía pendiente.
—El curso que viene será peor, ya verás.
El chico dejó la pluma con fastidio sobre la mesa, estiró los brazos por encima de su cabeza y no pudo contener un bostezo. Hally, por su parte, cerró el libro que había estado consultando cuando hacía su redacción de Pociones.
—Se supone que después de los TIMO'S, podremos dejar algunas materias —recordó Hally, pensativa —Me lo contó mamá. Eso depende de lo que queramos hacer al salir del colegio.
—Una cosa es segura, buscaré algo que no tenga relación con los números —espetó Procyon con hastío, recargándose en la butaca con los ojos cerrados.
—Yo también. Me gusta Aritmancia, pero Davis no. Los primos de Rose dicen que se pone bastante desagradable con los que estudian para el ÉXTASIS.
—No deberías dejar algo que te gusta por alguien desagradable —indicó él con serenidad.
—Lo sé, pero tampoco es que vaya a servirme de algo.
—¿Por qué? ¿Ya decidiste lo que quieres ser al salir del colegio?
—Sí. Quiero ser aurora, como papá.
Procyon abrió los ojos, sorprendido, mirándola con atención.
—Nunca lo habías dicho —fue su comentario.
—Bueno, no se me había ocurrido hasta hace unos meses. Al principio quería ser Inefable, como mamá, pero ella nunca puede hablar de lo que hace. Y yo odio no poder contestar preguntas, no entiendo cómo lo soporta mamá. Papá me dijo una vez que a ella se le daban los acertijos, por eso se hizo Inefable, pero no me explicó a qué se refería.
—A tu padre lo perseguía un brujo desquiciado, tu madre era su mejor amiga, vivieron una guerra… Supongo que tu madre le ayudó a tu padre más de una vez.
Hally se encogió de hombros. El tema de la segunda guerra rara vez era sacado a colación por sus padres, más a últimas fechas, cuando estaban demasiado enfrascados en sus respectivos empleos a causa del violento conflicto que parecía expandirse por todo el mundo. Esa línea de pensamiento la asustaba, así que la abandonó para no preocupar a su novio.
Novio… Aún no se acostumbraba a pensar en Procyon como tal, ya que la mayoría del tiempo tendía a tratarlo como el amigo que siempre fue para ella. Cuando empezó a salir con Melvin Corner, recordaba que solía estar nerviosa cada que se veían, charlaban de cosas sin importancia por horas, tratando de conocerse, aunque bien mirado, hubo ciertos temas que nunca pudieron hablar con tranquilidad porque los llevaban a discutir. Y uno de ellos, curiosamente, era Procyon.
—¿Sabías que Melvin se enfadaba si te mencionaba? —dejó escapar antes de darse cuenta.
Procyon arrugó la frente, con lo cual Hally supo que lo había disgustado. Antes que pudiera disculparse, él indicó lo obvio.
—No me sorprende, se pasó años oyendo que mi familia no era de fiar.
—Pero yo le decía…
—Quizá tampoco le gustaba que me defendieras tanto. Tal vez eso lo ponía celoso.
—¿Celoso? ¿De ti? —Hally se echó a reír —Entonces era más tonto de lo que creía. No voy a negar que seas guapo, pero entonces éramos amigos y si Melvin no supo verlo, es su problema.
Procyon inclinó la cabeza para que no se notara lo avergonzado que se sentía. Era la primera vez que oía a Hally admitir algo así.
—Oye, ¿crees que quizá…? Bueno, yo era demasiado despistada para notarlo…
—Hally…
—¿Crees que Melvin te veía mal porque se dio cuenta que tú…?
Ante eso, el joven Black se quedó atónito, antes de echarse a reír.
—Quizá lo sospechaba —reconoció —Trataba de no ser tan evidente, pero…
Se encogió de hombros, alzando la cara para ponerse a contemplar el techo, preguntándose si de verdad Corner desconfiaría de él por haberse percatado de sus sentimientos. Meneó la cabeza, llegando a la conclusión de que si de verdad quería a Hally, debió creer más en ella.
—Debo ser demasiado torpe —musitó Hally con desgano.
—No digas eso —pidió Procyon con amabilidad —Digamos que no tienes ojo para esas cosas.
—¿Acaso no es lo mismo?
—Pues no. Porque para otros temas eres estupenda.
Hally se encogió de hombros, ligeramente sonrojada.
—¿Qué harás en el verano? —inquirió él de improviso —Mamá quería llevarme a Estados Unidos, la mandarán a estudiar un nuevo tratamiento para sus niños enfermos. Pero papá no quiere que crucemos el Atlántico con las cosas como están.
—En América no hay… —comenzó Hally, pero se le hizo un nudo en la garganta al recordar a Frida Malfoy —¿No puede ir tu padre con ustedes?
—No, tiene trabajo. Los aurores hacen muchas patrullas fronterizas últimamente.
—Algo mencionó papá en una de sus cartas. Nosotros no viajaremos, o eso me dijeron.
—Habría que vernos. Rose vive al otro lado de Hyde Park, ¿no? Podríamos unirnos e ir a buscar a Sunny para que el ogro de su tutor la deje salir.
—Sí, supongo que podemos.
—Y también… —Procyon apretó los labios un momento, antes de continuar —También nos podríamos ver tú y yo. Ya sabes, tener una cita. Aunque sea de la forma muggle.
—¿De la forma muggle? —inquirió Hally con lentitud.
—Se me ocurrió que podemos hacerlo al menos una vez, que sería divertido —él se encogió de hombros —Y no necesitamos libros que nos digan cómo usar las libras, como Rose.
A ella se le escapó una carcajada que tardó en silenciarse. Procyon la acompañó mientras recogía sus cosas de la mesa de trabajo, no fuera a pasarle algo a esa tarea de Aritmancia que Davis se empeñó en dejarles…
—De acuerdo —aceptó Hally, con la cara roja —Suena bien. Mi primera cita muggle…
—¿Nunca has tenido una? Creí que…
—Melvin podrá ser todo lo amable que quieras, pero en el mundo muggle es peor que Rose.
Ahora fue el turno de Procyon de reírse, sintiendo por dentro una inmensa alegría.
Podría hacer con Hally algo que ella nunca vivió con Corner. Era un punto a su favor.
4 de abril de 2021.
Londres, Inglaterra.
Apartamento 4, tercera planta del edificio Windsor.
Por más que lo intentaban, no lograban descifrar el mensaje.
Y eso que eran las "expertas" en la materia.
—Si no sale nada concreto, ¿por qué se preocupan?
Aquel conocido como Sátiro observaba con fingida indiferencia a las mujeres que respondían a los apodos de Cisne y Dríade, sentadas en el suelo, con un montón de rectángulos esparcidos en la mesita de centro de la sala… o eso parecía.
—No es eso —respondió Dríade con voz cansada —Hemos hecho la lectura seis veces y en las seis sale exactamente lo mismo. Sin excepción. Eso no es normal.
—¿Qué cosa es normal en estas vacaciones involuntarias?
—Si no nos crees, ven aquí para tirártelas a ti —espetó Cisne, mostrando su impaciencia.
Sátiro se encogió de hombros con despreocupación, se acomodó el cabello castaño claro con una mano y se sentó en el suelo, delante de las otras dos.
—Muy bien, ¡oh, poderosas adivinas! Digan qué nos depara el incierto futuro, por favor.
—¡Deja las bromas por un segundo! Concéntrate, ¿quieres?
—De acuerdo. ¿En qué necesitan que me concentre?
—En lo que quieres saber —respondió Dríade con calma, reuniendo los rectángulos esparcidos por toda la mesita —En lo que pasaste para llegar aquí. En lo que te sucede ahora mismo.
—Eso es demasiado, ¿no puedo ser más específico?
—No, este tipo de tirada es así.
Sátiro hizo un gesto de asentimiento y dejó a las dos mujeres hacer su trabajo.
Nunca había sido partidario de la Adivinación. Hasta la fecha, era fiel a la creencia de que cada persona decidía lo que le pasaría, ya fuera a propósito o de manera accidental. Empero, lo que estaban viviendo se desviaba de la realidad que conocía, forzándolo a preguntarse si no habría poderes más allá de su comprensión que, de alguna manera, quisieran decirle algo.
Fijó los ojos en los rectángulos que manipulaban sus compañeras, frunciendo el ceño. Lo único que estaba a la vista en ese momento era la cara que todos tenían igual, color miel con una delicada filigrana dorada que formaba espirales en todas direcciones, habiendo una espiral particularmente grande en el centro, un poco cargada hacia la izquierda… o hacia la derecha, dependía de la posición del rectángulo. Divagó un poco al cuestionarse quién diseñaría semejante decoración cuando Cisne lo llamó.
—Mano izquierda, desheredado. Parte en tres.
Obediente, Sátiro siguió esa y las siguientes instrucciones, sintiendo de repente una especie de cosquilleo en el estómago, producto de su nerviosismo.
No era para menos. Estaban a punto de usar L'Arcanes Visionnaires para adivinar su fortuna.
—Bien, por favor, coloca las cartas como te voy a decir —pidió Dríade.
Sátiro volvió a asentir y a obedecer sin decir palabra.
—Es la espiral —musitó cuando terminó.
Había dispuesto doce cartas en círculo, de adentro hacia afuera, aunque no sabía si girando hacia la derecha o hacia la izquierda. Siempre se confundía en eso.
—Esa tirada es mencionada en uno de los libros que trajiste —comentó Cisne con seriedad —Por lo visto, fue creada especialmente para esta baraja. Los muggles ya no la usan, aunque se volvió popular en el siglo diecisiete porque decían que era la más acertada.
—Muggles, tan despreocupados e inocentes… —ironizó Sátiro.
—Muy bien, comencemos —Dríade lucía inquieta —Abre la primera carta. La del centro.
Al hacer lo que le pedían, Sátiro tragó saliva. Una figura envuelta en una maltrecha túnica color verde pálido mostraba su perfil izquierdo, sujetando un largo bastón con el que se apoyaba para ir al borde de un acantilado, pese a que un perro negro intentaba detenerla mordisqueando los bajos de su túnica. Sátiro entrecerró los ojos, tomando la carta para acercársela al rostro, para luego parpadear con aire confundido.
—¿Habían visto esto? —preguntó, pasándole la carta a Dríade —Los ojos del perro.
Observando con atención lo que les pedía su amigo, las dos mujeres se quedaron atónitas.
—Pero eso es… —comenzó Cisne.
—¿Imposible? No lo creo. Si no, ¿qué hay de mí?
Eso consiguió relajar un poco a Cisne, pero no a Dríade, quien seguía preocupada.
—Si es lo que yo pienso, seguro sabe lo que hace —le dijo Sátiro con suavidad.
—Aún así no me gusta —refunfuñó Dríade, inesperadamente molesta.
—Lo sé, pero es de buena sangre —Sátiro sonrió con orgullo —Confía en mí.
Dríade asintió.
—A todo esto, ¿qué me está diciendo Le Mat, que estoy loco? Porque eso ya lo sabía.
—No, es el inicio. Lo que te trajo aquí. Un viaje —respondió Cisne.
—Con razón les salía también a ustedes… Le Mat también las trajo aquí.
—Pero entonces no tenía rostro, ¿verdad? Y a ella no la conocemos.
La figura en la carta nombrada Le Mat era femenina, joven, de ojos oscuros y largos cabellos color castaño. Ninguno de los tres vio en ella a alguien familiar.
—La que sigue —ordenó Cisne.
Mascullando algo sobre mujeres mandonas con extraño color de pelo, Sátiro obedeció.
—¿Cómo se pronuncia ese nombre? Le Bati…
—Le Bateleur, se traduce casi siempre como El Mago —corrigió Dríade —Según los informes, este rostro está allí desde hace casi quince años. Fue de los primeros en mostrarse.
—Eso no tiene sentido, ¿él está…?
—Ahora, pero no antes, y quizá nosotros podamos ayudar en algo.
Sátiro no estaba convencido, pero no era nadie para llevarle la contraria al rostro de uno de los magos más grandes de todos los tiempos en aquella baraja mágica.
Con su larga barba blanca, luciendo una túnica azul marino salpicada de estrellas doradas y la varita mágica en alto, Albus Dumbledore parecía saludarlo en la figura de Le Bateleur.
—¿Y esta qué significa? —quiso saber Sátiro.
—Eficiencia, ayuda —recitó Cisne de un tiró, con aspecto abatido —Ahora no está más que en retratos mágicos, pero no se despreciarán sus palabras. Los retratos mágicos bien hecho conservan gran parte de la personalidad de quienes muestran.
—Por eso le encargaron esa copia a la que enseña Arte Mágico en Hogwarts —aventuró Sátiro.
—Sí, es lo más probable. La que sigue, por favor.
La siguiente imagen no fue del completo agrado de Sátiro, aunque era preciosa. Una joven que lucía una túnica blanca de brillo plateado y espirales color verde esmeralda tenía la cabeza desviada ligeramente hacia su derecha, con la vista inclinada sobre un pergamino larguísimo que llegaba a sus pies, el cual sostenía con las dos manos para leerlo mejor. En la cabeza llevaba algo similar a una corona, compuesta por varias tiras delgadas y entrelazadas, tan verdes como las espirales de su túnica, contrastando con su lacio cabello rubio, que caía a su espalda con elegancia.
—Es… —tartamudeó, tan confundido como preocupado.
—Lo sabemos —intervino Cisne, extrañamente conciliadora —La Papesse, La Sacerdotisa, indica a alguien educado, pero pasivo; recurre más a conocimientos que a acciones para lograr algo.
—Sí, posiblemente sea así, pero… ¿Qué quiere decir aquí?
—Creemos que ella sabe cosas que interfieren directamente con lo que hacemos nosotros ahora. Pero tal vez no hará nada, no directamente, a menos que sea necesario. Lo más probable es que todavía esté tratando de comprender lo que sabe, para luego sacarle provecho.
—Debo admitirlo, es digno de la damita.
Las otras dos sonrieron un poco. Solo la habían visto una vez, pero por lo que les contaba Sátiro, Danielle Malfoy era exactamente como dictaba su actual papel en L'Arcanes Visionnaires.
—No puedo imaginarme qué sabe ella que nos involucre directamente —comentó Dríade con cierta inquietud —Menos lo que podría hacer para mejorar al mundo.
—Existe —dejó escapar Sátiro inesperadamente —Con que exista, mejora el mundo.
—Eso me recuerda algo… —comenzó Cisne, sarcástica.
—Lo sé, no me enorgullezco de eso. No ahora, al menos. ¿Abro la que sigue?
Sin esperar respuesta, Sátiro estiró la mano derecha hacia la cuarta carta, pero enseguida un manotazo de Cisne le recordó que tenía que usar la izquierda. Mascullando, él le hizo caso.
La persona que aparecía en la siguiente carta también la conocían. Con una túnica roja de bordes dorados y la varita en alto, una mujer de expresión decidida tenía la vista fija en un punto frente a ella, a su derecha, tendiendo la mano libre como si señalara algo. Su largo cabello castaño caía en alborotados bucles, contenido a medias por una corona alta y dorada, con varias puntas onduladas que simulaban ser llamas.
—Le queda —dijo Sátiro sin más —Supongo que su papel en esto es averiguar todo lo que pueda y pasar a la acción, ¿no? Al contrario de la damita.
—Hay que reconocerlo, eso es más o menos lo que representa L'Inpératrice. La Emperatriz… Ella misma sabe que L'Arcanes Visionnaires existen, la oí hablar de ellos con esos franceses, los Lumière. No va a quedarse de brazos cruzados en esta guerra, eso es seguro.
—Me recuerda a ti, cuñada.
—¡Deja eso por la paz!
Cisne no parecía tan ofendida como decía, más que nada por darle la razón a Sátiro, aunque jamás lo reconocería en voz alta. Hermione Potter había vivido una guerra, era una Inefable y dado que era hija de muggles, sabía cómo hacer averiguaciones en la comunidad no–mágica sin levantar sospechas. Y según lo que se contaba, varias de las estratagemas que los salvaron a ella, a Harry Potter y a Ronald Weasley durante la segunda guerra, habían sido suyas.
—Seguro nuestro grandioso líder también está orgulloso —concluyó Sátiro, antes de dar la vuelta a la siguiente carta mientras decía —Con que ahora no salga…
Pero salió, y Sátiro dejó escapar por lo bajo una maldición. Con porte regio, envuelto en una túnica roja y dorada, también con una corona de oro esmaltada en rojo cuyas puntas se curvaban hacia arriba cual fuego, un hombre de cabello negro azabache sostenía la varita mágica cual cetro, sentado en un banco de piedra de tal modo que únicamente era visible su perfil izquierdo. Los brillantes ojos del hombre, verde esmeralda, no eran del todo cubiertos por los anteojos redondos frente a ellos, y resaltaban aún más que la deslucida cicatriz en forma de rayo que el hombre tenía en la frente. En el banco, de hecho, había una grieta negra semejante a aquella cicatriz.
—El líder actual, el guía de la acción, aquel que todos siguen y en quien todos confían —recitó con gesto sombrío Dríade —L'Empereur, El Emperador.
—¡No es justo! —soltó Cisne, enfadada —¡No después de todo lo que ha pasado!
—Quizá no sea justo, pero no le dará la espalda a la guerra si puede hacer algo —le hizo ver Sátiro, inusualmente serio —Tiene buena herencia, ¿no?
—Eres el menos indicado para hablar de herencias —señaló Cisne, pero sonreía un poco.
—Lo sé, pero es lo que hay. ¿Continúo?
Cisne y Dríade asintieron y al ver la siguiente carta, fruncieron el ceño, sin identificar el rostro que ahora mostraba. Pero Sátiro hizo una mueca que indicaba que para él, era una cara familiar.
—Este chico… Lo vi hace casi dos años. En Hogwarts. ¡Por Merlín, cómo olvidarlo! Convocó un Patronus de lo más gracioso.
—¿Lo viste cuando se metieron los dementores al campo de quidditch? —se sorprendió Dríade.
—Sí, es… Es amigo de la damita. ¿Cómo se pronuncia el nombre de esta carta?
—Le Pape —contestó Cisne prontamente —Lo traducen como El Sumo Sacerdote.
El personaje iba vestido con una túnica azul estampada con espirales color bronce, sosteniendo un largo bastón en una mano y la varita mágica en la otra. Sobre su oscuro cabello, reposaba una especie de corona de bronce, hecha con varias tiras entretejidas, lo en aspecto era bastante parecida a la de La Sacerdotisa. Se trataba de un jovencito delgado de marcados rasgos orientales, cuyos ojos oscuros veían al frente de manera penetrante. Tras él, el paisaje mostraba una torre de siete niveles, una pagoda, con techos rojos y paredes negras.
—¿Y él qué nos dice? —quiso saber Sátiro, sonriendo al ver que el muchacho de la carta, en un hombro, tenía posado algo verde que no tardó en identificar como una rana.
—Es un guía espiritual, casi como La Sacerdotisa, que usa la cabeza antes que la fuerza y es un poco inflexible a la hora de aceptar lo que no tienen una explicación lógica —explicó Dríade con voz suave —Quizá nos esté diciendo que ayudará a La Sacerdotisa a cumplir sus metas, una vez que acepte lo que ella le dé a conocer. Al menos si seguimos esa línea de pensamiento.
—¿Cuál, que la damita sabe algo que no quiere contar?
—Quizá no lo pueda contar —recordó Cisne, alicaída de repente —Como nosotros.
Los otros dos asintieron pesarosamente, antes que Sátiro volteara la siguiente carta, que por cierto, estaba de cabeza y eso rara vez era buena señal.
De frente, una mujer joven y morena de túnica rosa, casi roja, miraba con una tenue sonrisa con el rostro vuelto hacia la izquierda, aunque la mano derecha la tenía un poco torcida, posándola en un hombro de la figura alta vestida de verde que estaba a su espalda, mirando al lado contrario y alzando la varita con su propia diestra, lo que por cierto, también hacía la mujer. En la rojiza cabeza de ella, varias flores de un tono rosa muy claro formaban una corona, haciéndola lucir más inocente de lo que era, logrando un raro contraste con los cabellos rubios del hombre a su espalda.
—L'Amoureux —pronunció Cisne de mala gana —Una prueba no superada. Un amor perdido. No hay que ser genio para saber qué significa, pero no sé qué hacen Los Enamorados aquí.
—Ella fue quien no superó una "prueba" —hizo notar Dríade, sin mucha convicción.
—Y él perdió a su amor —hizo notar Sátiro, impaciente —¿Por qué aparecen aquí? En su situación, ¿qué pueden hacer para mejorar el mundo?
—¿No dijiste que con que alguien exista, ya mejora el mundo? —inquirió Cisne, sarcástica.
—Lo dije, pero… No es como si ella existiera ahora, ¿verdad?
A su pesar, las mujeres asintieron, observando en L'Amoureux los rasgos de la finada Frida Malfoy junto con su esposo. Ella lucía como si todavía pudiera hacer una de sus bromas.
—Quizá debamos dejar eso así ahora —comentó inesperadamente Sátiro, dejando sin habla a sus compañeras —No sabemos las consecuencias de…
No terminó la frase, pero no hizo falta. Como no dejaban de advertirse unos a otros, había demasiado en juego como para arriesgarse a volver a casa y hacer cuanto se les antojara. Con cierta frustración, Sátiro dejó ver la imagen de la siguiente carta y tragó saliva.
Un muchacho de revuelto cabello castaño, con el rostro mostrando concentración, estaba de pie en lo que parecía un carro de guerra como los que usaban los romanos. Del vehículo iban tirando dos animales de tamaño considerable: un perro negro a la izquierda y un lobo castaño a la derecha. Ambos animales iban en direcciones opuestas y el muchacho tiraba de las riendas con fuerza, conteniéndolos. El chico lucía una túnica roja con bordes blancos y cerca del cuello, cerrando casi por completo la túnica, un broche peculiar en forma de flor brillaba en color blanco. Flor que, por cierto, estaba plasmada sin parar en la parte baja del carro, brotando de enredaderas verdes.
—Esta es Le Chariot, El Carro —indicó Dríade antes que Sátiro preguntara cómo se leía el nombre —Siempre indica un camino, que hay que tener una voluntad firme para no dejarse llevar por influencias externas, para mantener su equilibrio, ya sea físico o mental.
—¿Qué, piensas que el muchacho tiene algún conflicto en su cabeza? —Sátiro estuvo a punto de reír por su ocurrencia, hasta que observó mejor al joven de Le Chariot y descubrió sus ojos, verdes y melancólicos —Yo lo conozco…
—¿A él también? —se sorprendió Cisne.
—Sí, también. Es amigo de la damita. Y juega de golpeador en el equipo de Gryffindor.
—¿Por qué no me sorprende que lo recuerdes por jugar quidditch? —ironizó Cisne.
—No es eso. Lo vi al mismo tiempo que a él —señaló la carta de Le Pape —Cuando entraron dementores a Hogwarts. Ese día jugaba Gryffindor contra Slytherin. Incluso creo que es hijo de la profesora de Encantamientos, la mexicana…
—Entonces es de esa familia rara —sentenció Cisne sin mucho ánimo —Y quizá su conflicto interno tenga que ver con sus habilidades heredadas. ¿Ya vieron los ojos del lobo?
Tanto Dríade como Sátiro se inclinaron sobre Le Chariot. El mencionado animal mostraba los colmillos, con los ojos fijos en un punto a la derecha. Solo se veía con claridad uno de sus iris, de color verde ligeramente oscuro, pero inequívocamente melancólico. Dríade ahogó una exclamación, en tanto Sátiro maldecía por lo bajo.
—¡Controla esa lengua, desheredado! Anda, la carta que sigue.
Sátiro estuvo a punto de quejarse, pero se detuvo al ver los castaños ojos de Cisne llenos de angustia. Por Merlín, este viajecito acabaría con sus nervios, seguro. Si es que no los mataba antes.
No, matarlos jamás. No lo permitirían. No debían permitirlo. Se perdería mucho en el camino.
La siguiente carta era una prueba de ello. Una jovencita de largo cabello castaño, ataviada con una túnica amarilla decorada con espirales negros, se inclinaba sobre un pequeño dragón de escamas entre amarillas y platinadas, abriendo sus fauces con ambas manos, aunque su rostro denotaba entereza y mucha paciencia. Sus ojos azules tenían un brillo amable, sin relación aparente con el supuesto esfuerzo que le suponía el dragón que dominaba.
—Esta es La Force, o La Fuerza, como prefieran llamarla —indicó Dríade, frunciendo el ceño —¿No es la hermanita del chico Macmillan? La vi en San Mungo…
—Sí, es ella —confirmó Sátiro —¿Un dragón? Vi las imágenes muggles de esa carta en los libros que consulté. Normalmente ponen un león.
—Sí, y no conozco ninguna especie de dragón que tenga ese color de escamas.
Las palabras de Cisne fueron respondidas con un asentimiento de los otros dos. El dragón, del tamaño de un perro grande, poseía escamas de un brillo casi metálico, una larga cola terminada en punta y una de las alas, la más cercana a la joven castaña, replegada contra el cuerpo. La otra, estirada y curveada hacia adelante, mostraba que era de tamaño considerable y tapaba su cuerpo a medias. La cabeza era alargada y de líneas suaves, con algunas protuberancias en la parte superior que recordaban a una estrambótica corona. Debido a que le sostenían las fauces, se podían ver sus dientes, afilados y blancos. Sus ojos, entre azules y grises, estaban fijos en su captora.
Sátiro se dio cuenta enseguida de los ojos y casi sin querer, miró el inicio de la espiral de cartas, donde La Sacerdotisa se inclinaba sobre su larguísimo pergamino. Allí no se distinguían muy bien, además que los colores de la túnica destacaban demasiado, pero podría jurarlo…
No lo deseaba, pero la damita parecía estar metida hasta el fondo en algo más grande que ella.
—Esta chica va a tener muchos problemas, pero podrá con ellos —declaró Cisne con cierto ánimo —Eso y podrá contener a lo que sea que la quiera vencer.
En base a su pensamiento anterior, Sátiro se preguntó si la jovencita Macmillan tendría que enfrentar alguna vez a aquellos en quienes confiaba. No quería conocer esa respuesta en un futuro cercano, no con la damita de por medio.
Si sus amigos supieran que deseaba tales cosas, acabarían convenciéndose de su locura.
La siguiente imagen los dejó un tanto preocupados. Era en tonos oscuros, aunque la túnica que portaba el personaje plasmado allí era un poco más alegre, por ser verde con el revés rojo lleno de espirales verdes. Era una combinación cromática llamativa, no muy acorde con el rostro joven y serio que se vislumbraba en el interior de la capucha de una capa a juego con la túnica: verde, revés rojo con espirales verdes… El personaje, de cabello castaño, sostenía la varita encendida con la diestra en alto, en tanto la mano izquierda se apoyaba en un bastón de madera rojiza y con un grabado muy fino de líneas verdes en espirales.
—Esto de las espirales está empezando a cansarme —comentó Sátiro, intentando bromear.
—No serás el único —Cisne hizo un mohín —Los círculos no tienen fin ni principio, podrían considerarse un símbolo del infinito, o eso le oí a ese bufón de Cassidy —resopló con fastidio —Pero las espirales… Tienen un inicio y un fin, pero depende de cómo las mires. Podrías creer que la línea va del centro hacia afuera, agrandándose, o desde el exterior hacia el centro, encogiéndose.
—La primera me agrada más —dejó escapar Sátiro sin saber exactamente el por qué —Es como si fueras saliendo poco a poco de un atolladero, justo hacia la solución.
—Me la impresión de que tu cabeza es una gran espiral, desheredado.
—Oh, es un halago viniendo de ti. Ahora di, querida perfecta, ¿este chico qué nos dice?
—Va a guiar a algo importante. Va a aconsejar. No se dejará llevar por el pánico o algo así.
—Y como en estos días es de vida o muerte saber manejar el pánico…
—¡Silencio! ¿Ni por una guerra dejas de lado tus bromas?
Sátiro se encogió de hombros. No es que dejara de pensar en la guerra. Simplemente era del tipo de persona que únicamente tomaba en serio aquello que lo valía y lo demás intentaba usarlo para animar a otros, cosa que terminaba animándolo también. Era plenamente consciente de los puntos débiles de su carácter, pero no pensaba cambiar a esas alturas. Mientras le quedaran sus amigos, que eran su familia, podría seguir de pie.
—Vamos, anda, abre la siguiente carta —pidió Cisne, meneando la cabeza con resignación —Te está saliendo la lectura igual que a nosotras, pero quizá ahora…
Se calló de pronto. La ilustración que veían ahora era de las más complejas de toda la baraja. Dominaba la carta una rueda de carreta, que en vez de radios cruzando su interior, tenía una espiral muy apretada. Sobre la rueda, sentada en un enorme cojín y con los brazos abiertos de par en par, se hallaba una mujer joven de túnica azul, con el corto cabello castaño oscuro alborotado en bucles sobre sus hombros, mientras su ojos castaños miraban ligeramente hacia abajo, a través de unos anteojos ovalados. A la izquierda de la rueda, apoyándose en ella, bajaba un dragón del aire negro, en tanto por la parte derecha de la rueda ascendía un águila de plumas muy claras, entre marrones y grises. Las dos criaturas tenían ojos peculiares: el dragón del aire mostraba unos orbes azules, pálidos y fríos; en cambio, los del águila eran grises, intensos y cálidos.
—Esta es… La Roude de Fortune, ¿verdad? —inquirió Sátiro, de pronto muy serio.
—Sí, La Rueda de la Fortuna. Presagia suerte, pero no sé exactamente en qué sentido. Podría ser en cualquier cosa, o quizá quiera decir que ella hará algo que le traerá "suerte" a otros.
—¿No es la chica que guardaba esto? —quiso saber Sátiro, señalando las cartas.
—Exacto —confirmó Cisne —Es prima de la profesora mexicana de Encantamientos. También es de esa familia rara, por eso le dieron la custodia. Y estos dos… —la mujer señaló, por turnos, al dragón y al águila con su índice —Es demasiado obvio a quiénes hacen referencia.
—La china —musitó Dríade —Y la metamorfomaga.
—Sí. Aquí mismo tenemos a las que Hermione Potter denominó Pitonisas en una ocasión.
Cisne sabía de qué hablaba. Como no era fácil que confiaran en unos misteriosos magos que rara vez dejaban ver sus rostros, se habían dado a la tarea de recolectar noticias y rumores entre los miembros de la Orden del Fénix durante cada reunión. Fue en una de esas ocasiones que vieron, por primera vez, a Yue Lin Ming, una joven china de inusuales ojos azules, quien hablando en un correcto inglés con los Potter, sacó a colación el término Pitonisa. Por lo poco que Cisne logró captar en aquella ocasión, cada Pitonisa tenía un apodo, ya que la joven Ming nunca dijo nombres, solo unas cuantas palabras en otros idiomas que, por lo visto, los Potter comprendieron al instante, pues no hicieron preguntas al respecto. Lo que sí habían logrado averiguar era que las Pitonisas tenían el don de la Adivinación, aunque lo manifestaban de diversas formas, e incluso lo que predecían podía conectarse e incluso evitarse. Era una suerte contar con semejantes brujas del lado de la Orden, o eso comentó Volador en una ocasión, aunque se mostrara taciturno en ese momento.
—Una carta llena de videntes… Fantástico —masculló Sátiro.
—Como si nosotros no fuéramos suficiente lío —apoyó Cisne inesperadamente.
—Ya, calma —pidió Dríade, inclinando la cabeza —Falta poco para terminar.
No era que Sátiro quisiera terminar, pues no sabía qué otro rostro conocido aparecería en aquellas condenadas cartas. Lucciano Luminatti, el creador inicial de L'Arcanes Visionnaires, se moría de risa en su tumba, probablemente.
La siguiente imagen no era tan impresionante. Un joven de cabello castaño rojizo, ataviado con una túnica negra de bordes amarillos, se sentaba en una butaca de piedra, con la espalda recta y sosteniendo una espada en la mano derecha, así como una balanza en la mano izquierda.
—La Justice, o La Justicia, como prefieran —señaló Cisne con el ceño fruncido —Equilibrio, dar a cada quien lo que le corresponde… Quizá este chico ayude a hacer justicia, pero no tengo idea de cuándo o por qué. ¿No lo conoces?
Miró a Sátiro, quien de pronto ya no se veía tan contento. Seguramente, por primera vez en micho tiempo, estaba plenamente consciente de la magnitud del asunto e intentaba procesar la información que se mostraba ante sus ojos de forma caótica, vaga, pero a la vez inconfundible.
—Creo… También es amigo de la damita. Lo vi cuando…
—… Cuando entraron los dementores a Hogwarts —completó Cisne en forma cansina —¿Esos niños qué tenían en la cabeza?
—Ganas de ayudar a sus amigos, aunque según recuerdo, a este chico lo rescataron, no pudo ni intentar conjurar un Patronus. Por cierto, ¿eso que tiene a sus pies es un conejo?
Lo era. A Dríade se le escapó una exclamación enternecida y Cisne logró sonreír un poco, pero a Sátiro lo estaba asaltando la duda. El perro, el lobo, la rana, el conejo, ¡el dragón! Esperaba que no fuera lo que estaba pensando, por más orgulloso que lo hiciera sentirse.
—Es un toque inusual, pero esta baraja no es normal, así que… —para sorpresa (y alivio) de Sátiro, Cisne no le dio demasiada importancia al animalito que se hallaba a los pies del chico que se mostraba en La Justice —Quizá se refiera al carácter del muchacho, ¿no creen?
—Si es así, no verá el fin de la guerra —señaló Dríade con inesperada dureza.
—Guapa, eso no…
—Sé que un conejo puede ser fiero defendiendo su madriguera y a los suyos, pero no puede hacer gran cosas contra los depredadores grandes. Lo harán pedazos. Y no debe permitirlo.
A sabiendas de lo que pensaba su amiga hablando de esa forma, Sátiro asintió con una cabezada y volteó la última carta.
No le gustó, simple y sencillamente. Aunque tenía cierta hilaridad la imagen, la cual hizo que sonriera, pero seguía sin gustarle.
—Juro que no pensaba en nuestro oscuro amigo —soltó, haciendo una mueca.
La carta mostraba a un hombre de cabeza, sujeto por un pie con varias ramas de árbol, que de hecho se enredaban casi por completo en todo su cuerpo, alzándolo a un palmo del suelo, lo que quizá explicaba por qué la expresión del sujeto era tan impasible, con una mano sujetándose a una de las ramas que lo aprisionaban y la otra apretando la varita de forma floja, casi sin ganas. La túnica de este personaje, que también mostraba espirales (verdes, para burla de Sátiro), era negra completamente, combinando con el cabello y los ojos de su portador. El hombre, por cierto, desviaba los ojos hacia su izquierda, donde una rama baja mostraba a un búho posado allí, con la cabeza vuelta al frente, mostrando unos atípicos ojos oscuros, casi negros.
—Cierto es que no me agrada —comentó Sátiro de pronto —Pero no le deseo esto.
Las otras dos lo miraron como si algún encantamiento mal hecho le hubiera puesto otra cabeza sobre los hombros. Sátiro resopló con aire ofendido antes de explicarse.
—No me pasé leyendo libros de cartomancia sin que algo se que quedara en la cabeza. Esta carta significa sacrificio, que sabe lo que hace y no sé cuántas tonterías semejantes… No pretendo halagarlo, pero por lo que sabemos, en la segunda guerra su papel casi le costó la vida. ¿Creen que no podría volver a hacerlo? Y quizá esta vez no tenga tanta suerte, el muy…
—Calma —pidió Dríade, notando a tiempo que Cisne estaba a punto de estallar —Detesto decirlo, pero también encaja. Le queda de forma escalofriante ser Le Pendu…
—¿Le qué?
—Es traducido casi siempre como El Colgado —aclaró Cisne, aparentemente ya tranquila —Y tienes razón, bien podría volver a ponerse en medio en esta guerra, pero no creo que tenga tantas posibilidades de sobrevivirla, no cuando los enemigos vienen de todas partes…
—Aún te duele, ¿cierto? —inquirió Dríade con amabilidad.
—Siempre dolerá y más saber que no voy a cambiar nada de eso ahora.
—Bien merecido se lo tiene por idiota —apuntó Sátiro, cruzándose de brazos.
—Odio admitirlo, pero tienes razón. Fue idiota.
Los tres rieron ante eso, pero se callaron casi enseguida. La situación no era precisamente para reírse, pero costaba trabajo concentrarse únicamente en los problemas, así que se aferraban a cualquier chispazo de alegría como si fuera el último sorbo de agua del desierto.
—En conclusión, ¿qué sacamos de todo esto? —quiso saber Sátiro.
—Que la guerra apenas comienza —contestó Dríade, muy a su pesar —Que hay varias cosas en juego. Y que quizá nosotros debamos involucrarnos con todas estas personas antes de irnos.
—¡Ah, no, debe ser una broma! ¡No voy a acercármele a esa serpiente podrida!
—¿Serpiente podrida?
—Es una serpiente y va de negro siempre. Lo que se pudre se pone negro. Simple.
Dríade contuvo la risa.
—Quizá no tengas que hacerlo tú. De hacer falta, déjenmelo a mí —pidió Cisne, mirando a Sátiro con cierta exasperación.
—Solo espero que no lo mates de un infarto.
—No digas eso, guapa, quizá sea por eso que llegamos, para matar al idiota de un infarto.
Esta vez Dríade sí se permitió reír, todo porque Cisne sonreía ligeramente.
Aunque no hubieran aclarado gran cosa con la extraña tirada de L'Arcanes Visionnaires.
Norte de Escocia.
Little Street, Hogsmeade.
El pub Cabeza de Puerco no era un lugar recomendable para gente honrada, eso lo decían todos en Hogsmeade. Los clientes que lo frecuentaban no se distinguían por ser parlanchines ni por dejar ver sus cara fácilmente. Además, de una u otra forma, cada parroquiano terminaba delatando sus verdaderas intenciones, unidas al nerviosismo porque algo saliera mal.
La puerta se abrió lentamente, causando un chirrido que hizo que unos cuantos se giraran en sus sillas para ver de quién se trataba, pero dejaron de prestar atención al ver a un individuo de túnica negra que traía puesta la capucha de su capa verde oscuro. Otro que quería permanecer anónimo. Pues bien, eran curiosos, pero no idiotas, así que todos los que voltearon, volvieron a sus asuntos rápidamente. El camarero, que con la varita vigilaba la limpieza de los vasos, miró al recién llegado por un momento antes de inclinar la cabeza a modo de saludo y seguir con lo suyo.
El individuo se detuvo un par de segundos, recorriendo el lugar con la mirada, antes de caminar con paso firme a su izquierda, al fondo, donde una pequeña mesa redonda era ocupada por una única persona, la cual por alguna ridícula razón usaba una indiscreta capa roja.
—Buenas tardes —saludó el recién llegado con voz ronca y malhumorada.
—Buenas, buenas. Siéntate.
La voz le sonaba de algo, pero decidió no hacer comentarios. El recién llegado tomó asiento frente al de capa roja, preguntándose por qué le parecía tan llamativa si el tono era casi idéntico al de una copa de vino tinto… hasta que vio las grecas color amarillo oro en los bordes de las mangas, en los bajos, ¡hasta en la orilla de la capucha!
—¿Qué tal te trata la vida de villano redimido? —inquirió el de capa roja, con acento divertido, estirando la mano para alcanzar un vaso que, por el olor, debía contener whiskey de fuego.
—No tengo que contestarle eso a un perfecto desconocido.
—Punto para el granuja oscuro, lo admito. ¿Gustas algo de beber?
El de capa verde movió la mano con indiferencia.
—Lástima, tienen una buena bodega de licor —el de capa roja se encogió de hombros —En fin, vayamos directo al grano. No es como si tuviera mucho tiempo.
De repente, el otro comenzó a reír, tratando de no hacerse oír por todo el lugar, lo cual al de capa verde le puso los pelos de punta. Esa risa la conocía…
—¿Quién eres? —preguntó, con la ronca voz impregnada de frialdad.
—No debo decirlo, entre menos gente sepa que estamos ahora, mejor.
—¿Ahora?
—Es la mejor forma de expresarlo sin faltar a la verdad.
Por un momento, se hizo el silencio, antes que el de capa verde carraspeara.
—¡Ah, claro, quieres saber por qué estás aquí…! —el de capa roja se agitó un poco, de nuevo riendo, aunque esta vez a un volumen más bajo —Supongo que reconociste lo que te llamó.
—Si es una broma, lo pagarás. ¿Por qué hasta ahora quieres imitar al arrogante de tu padre?
—En primera, la forma que usé de llamarte no se puede imitar. Creí que eras más inteligente. En segunda, mi padre no era arrogante. Y en tercera, el de mi padre tenía otra forma, so tonto.
—No me vengas con estupideces, llegué a verlo.
—¿En serio? Creo que me estás confundiendo. Pero da igual…
El hombre de capa roja colocó la diestra sobre la mesa, deslizando hacia el otro un sobre de pergamino. Acto seguido se irguió, cruzándose de brazos.
—Aquí explico la mayoría del asunto, porque debo admitirlo, eres la última persona a quien le preguntarán y necesitamos un contacto ahora que sepa nuestra situación. Te lo advierto, solamente dos de nosotros confía en ti, pero confiamos en esas dos personas, así que también confiaremos en ti. Por ahora. No esperes milagros cuando todo esto termine. Porque terminará.
—¿Exactamente de qué estás hablando?
—Es algo complicado, apenas lo estamos entendiendo. No queremos causar ningún desastre, por lo que pensé que una mente fría y llena de trucos como la tuya tendría algunas ideas.
—Si no eres quien yo creo, ¿de dónde me conoces?
—En realidad me mencionaste, pero lo dejaremos para luego —el de capa roja bebió de su vaso con tal cuidado que no se le cayó la capucha. Luego continuó —No pretendo alargar esta conversación más de la cuenta, allí está todo lo que necesitas saber —señaló el sobre de pergamino sobre la mesa —Te recomiendo que lo memorices y lo destruyas. O que lo guardes donde solo tú puedas sacarlo después. No es información que deba… ¡Eh, no abras eso aquí!
Demasiado tarde. El de capa verde rasgó con facilidad un costado del sobre, sacando dos pergaminos que extendidos, resultaron ser de unos cuarenta centímetros cada uno. El leve temblor de manos que lo aquejó lo puso en evidencia con el de capa roja, quien depositó su vaso en la mesa e hizo ademán de levantarse.
—Alto allí —ordenó el de capa verde con voz severa, sin alzar la cabeza: por lo visto, leía los pergaminos con atención —Tendré muchas preguntas cuando acabe.
—Las puedo contestar después…
El de capa verde movió la cabeza y aunque no se veía, era evidente que le clavaba los ojos al de capa roja, quien por cierto, contuvo un escalofrío.
—Si hasta donde he leído es cierto, ¿por qué acuden a mí? —preguntó el de capa verde.
—Acudo yo —corrigió el de capa roja, encogiéndose de hombros —Eres la última persona a la que le pediría ayuda en circunstancias normales, pero esto no es normal, así que contaremos con el factor sorpresa. Me las arreglaré con los demás.
—¿Seguro? No creo que a tu mejor amigo le haga gracia.
—No sabes tratarlo, así que deja de quejarte y acaba de leer. En serio no tengo tiempo.
El de capa roja se quedó en silencio un segundo antes de reír por lo bajo, pero esta vez el de capa verde sintió un escalofrío y algo mucho peor que intentaba silenciar desde hacía años.
Algo que lo había guiado a su vida actual, lo quisiera o no.
—Nunca había oído cosa semejante —comentó cuando acabó de leer, regresando al sobre los pergaminos, guardando el primero en el interior de su capa —Sin embargo, hablamos del mundo de la magia. Hay misterios que quedaron en el olvido, esto bien puede ser uno de ellos.
—Sí, claro… A nosotros no nos hace gracia. No sabemos cómo estén las cosas en casa, pero si ahora todo sigue igual, los posibles cambios fueron mínimos.
—¿De verdad no piensan cambiar nada?
La pregunta fue hecha con genuina curiosidad, incluso con algo de dolor mal disimulado, cosa que el de capa roja captó sin problemas antes de suspirar.
—¿Crees que no nos gustaría? ¿Volver a casa, revelar lo que hemos averiguado aquí y acabar con todo de una buena vez? Lo pensamos, lo conversamos, ¡incluso peleamos por eso! Pero hay demasiado en juego como para atrevernos. Cualquier pequeña acción que hagamos al volver a casa se reflejará ahora, así que si llegáramos a hacer algo, cosa que no estoy admitiendo, deberá ser insignificante. Y será a través de ti.
—Insisto, ¿por qué yo?
—Quieres redimirte, ¿no? Demostrar que eres de fiar. Probarle al mundo y a ti mismo que aprendiste la lección. Que no estás podrido por dentro.
—¿Me estás usando?
—No, aunque me gustaría. Te estoy dando la oportunidad que no podré darte antes. ¿Escuchas cómo suena? Es absurdo. En parte también es por mí, supongo que soy tan egoísta como creías. Pero no quiero verla sufrir más. Con lo que tendremos basta y sobra.
El de capa verde se removió en su asiento con cierta incomodidad, aceptando su parte de culpa.
—Personalmente, creo que sí tienes algo qué pagar, pero ella opina que con todo lo que has vivido hasta te quedan debiendo. Casi te matan. ¿Y quién diría que eso llegaría a importarme?
—No por ti, supongo.
—Supones bien. No era por ti al principio. Pero estoy agradecido y eso es más de lo que creí posible alguna vez. Quizá mis amigos no lo comprendan, por eso no traje a ninguno. Esto es cosa mía, así que me trago el orgullo y hago lo que tengo que hacer.
El de capa verde meneó la cabeza, y el otro juraría que algo lo divertía.
—Nunca creí que lo diría, pero maduraste.
—No te entusiasmes, que se me olvidará.
Y por tercera vez, el de capa verde oyó aquella risa, conocida y odiada, pero ahora respetada.
Más porque logró distinguir sufrimiento en ella.
3 de octubre de 2012. 10:12 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola, hola, queridos lectores! Sí, ando medio feliz. Aunque se me vaya acabando la línea temporal de LAV y no tenga ni la menor idea de qué haré a continuación (Bell rueda los ojos). Y no debería andar feliz justo en este momento, que casi nadie se acordó de mi día del nombre (así le digo al día de mi santo) y he andado enferma mientras hago cierre del mes. Eso no es nada bonito.
Dejando mis lamentos a un lado, estoy segura que mucha gente quedó con la cabeza revuelta al leer este capi. Vamos, que traté de avanzar un poco con todo lo que anda suelto por allí, pero no lo logré del todo, lo cual es consecuencia de manejar demasiados personajes. En fin, mientras no termine loca de atar… (Bell rueda los ojos, no estará loca, pero poco le falta, jajaja).
En primer lugar, vemos las reacciones ante las dos relaciones que apenas inician con nuestro querido cuarteto de Gryffindor. De Rose y Henry lo que sorprende es que ya no se la pasen peleando, aunque vemos que se tratan más o menos de la misma forma. La curiosidad aquí son Hally y Procyon, que parecen de lo más normales pero a pocos les cabe en la cabeza que estén saliendo, y ellos dos son los primeros en darse cuenta que no son una pareja normal. Pero vamos, la "hija de leyendas" (Hally) y el último Black están muy lejos de ser normales, así que no importa (y aquí Bell demuestra su apatía suprema a un posible desastre en su trama. Compréndanla, lleva días enferma, próxima a solicitar sus ansiadas vacaciones).
Por otro lado, lo que le da título al capi (en cierta forma) es la tirada tan particular en la que usan a L'Arcanes Visionnaires, en forma de espiral. Lo sé, tengo un trauma con esa figura, culpen a cierto manga por ello (Bell recuerda con eso que debe avanzar Juuroku, pero de momento lo ha dejado de lado). Quitando mis delirios, parte de los desconocidos están convenciéndose (por si todavía les quedaba alguna esperanza de lo contrario) de que la guerra no será cosa sencilla (¿qué guerra lo es?), aunque del último Arcano, El Colgado, no dijeron el nombre del personaje en toda regla. Eso quedó para la última escena.
La última escena… Me estoy volviendo una descarada, pero sé que debo darles pistas para armar teorías. Y como las pistas sutiles no las detectan (Bell rueda los ojos por enésima vez), pues me estoy volviendo más obvia. Sobre todo porque quisiera terminar con el tema de los desconocidos en LAV, pero al paso que voy, quizá quede un poco de ellos para la siguiente entrega (que tendrá que haber una, Bell lo sabe, pero no tiene la menor idea de qué escribir en ella). Así las cosas, los personajes de la última escena tienen una charla que, en circunstancias normales, nunca se daría, pero soy buena y generosa, así que espero no saliera demasiado disparatada para algunos, que lo mío me costó planear lo que se derivará a partir de este encuentro.
De momento me despido, no sin antes avisarles que se siguen aceptando sugerencias para los demás Arcanos Visionarios. El que estará en turno para cuando se publique este capi, si no me fallan las cuentas, será La Torre, sí, esa carta que según Trelawney en HP6, presagiaba peligro, "la torre alcanzada por el rayo". No es que quiera ver a nuestros personajes caer de una torre, pero la carta así los pinta, así que…
Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.
