A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Veintiséis: Vanguardia.
9 de abril de 2021.
Londres, Inglaterra.
Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.
—Se ha recibido una petición oficial. Responderemos nosotros.
Dahlia Holmes, la actual Comandante, paseó la mirada por el personal que había reunido en un extremo del área asignada al Cuartel General de Aurores. Varias de las expresiones que vislumbró demostraban inconformidad e incluso algo de temor, pero no había vuelta de hoja.
—¿Exactamente cuáles son los términos de la petición?
Que la pregunta viniera de uno de los Aspirantes en prácticas indignó a ciertos aurores. Otros, en cambio, sonrieron con orgullo, pensando que sus futuros colegas eran bien entrenados en la Triple A, pese a las circunstancias.
—Alemania solicita una alianza, Wood —respondió la aurora Holmes, cruzándose de brazos —Imponiendo sus condiciones, claro. El señor Ministro ha revisado la petición concienzudamente, aunque desde un principio no planeaba aceptarla. Solo quería darse una idea de lo que pretende el Terror Rubio. Así que el plan de acción es llegar al Palacio de Versalles, donde los esperan varios colegas extranjeros, y de allí adentrarse en territorio hostil, liberando del control del Terror Rubio tantas poblaciones como sea posible.
—O sea, pasaremos de la palabra a la acción —apuntó otro Aspirante en prácticas.
—Exactamente, Caine.
Algunos mostraron diversos gestos de confusión al oír ese apellido, dirigido a un apuesto joven de abundantes rizos castaños y ojos verdes, pero nadie hizo comentarios.
—¿Y por qué, si la declaratoria de guerra se anunció desde el año pasado, apenas se nos ha convocado? ¿Hubo algún contratiempo? —quiso saber Byron Fonteyn.
—La declaratoria de guerra no se hizo oficial por ser una propuesta de McGill —respondió la aurora Holmes con cierto fastidio —Luego vinieron las elecciones y tras asumir el cargo, el señor Ministro tuvo que ponerse al día en numerosos asuntos antes de dedicar toda su atención a la situación en el continente. Eso y que se esperaban las respuestas a las alianzas que tramitaba el Departamento de Cooperación Mágica Internacional.
—¿Por eso iremos a Francia primero? —inquirió una chica de cabello castaño y túnica azul.
—Precisamente, House. Aunque debo advertírselos, Aspirantes: ninguno de ustedes podrá participar si no está en el Nivel 2.
Unos cuantos Aspirantes en prácticas no tardaron en protestar, pero una mirada de Holmes los silenció casi en el acto.
—Esto no es cosa de juego, jóvenes —sentenció la Comandante con voz firme —Normalmente no convocaríamos Aspirantes para misiones reales y menos una como esta, en la que tienen altas probabilidades de acabar muertos…
Los quejumbrosos comenzaron a palidecer, cayendo en la cuenta de ese detalle.
—… Pero como han tenido ocasión de comprobar por sus prácticas, sus camaradas no abundan. Reemplazamos cantidad por calidad hace años, no lo niego, y hasta la fecha no nos perjudicaba. Pero estamos por entrar en guerra contra otras naciones, por eso ustedes podrán elegir si aceptar o no. El señor Ministro está dispuesto a graduar a todo aquel que regrese con vida de esta primera misión bélica, es la única recompensa que, de momento, puede ofrecerles.
Los Aspirantes se miraron unos a otros.
—No es la única recompensa, Comandante —intervino Ken Wood con semblante serio, abatido incluso —Nos está dando la oportunidad de defender todo aquello en lo que creemos, a todas las personas que nos importan… A algunos no les parecerá mucho, pero a mí sí.
Todos adoptaron expresiones sombrías. No era secreto para nadie que aquel Aspirante era hijo del difunto Oliver Wood. Lo curioso era que no sonara furioso ni nada semejante, sino sincero en su deseo de servir y proteger, lo cual era la principal tarea de un auror.
—Con eso quiero entender que usted acepta la misión, Wood —indicó Holmes.
—Sí, Comandante, la acepto.
—De aceptar, ¿cuándo partiríamos los Aspirantes? —inquirió un chico de cabello rojizo, cuya túnica era de un inusual color anaranjado oscuro, similar al bronce.
—En cuanto los aurores que irán por delante den luz verde, Anderson. Aspirantes, es todo por ahora, vuelvan a sus labores.
Los aludidos asintieron y se dispersaron, sonando entre ellos varios murmullos en cuanto estuvieron a unos cuantos pasos de distancia.
—Señorita Holmes, ¿cuándo partiremos? —inquirió Ronald Weasley, inusitadamente serio.
No era para menos. Las misiones que realizaban los aurores eran de por sí peligrosas, pero una guerra era otro cantar. Como bien había dicho la Comandante, había muchas probabilidades de que varios de ellos no vivieran para contarlo.
—Francia nos solicita allí a más tardar el próximo miércoles. Habrá que terminar todos los pendientes hoy, ya que hasta que partamos, tendremos los días libres.
—¿Tendremos? Señorita Holmes, ¿piensa ir también?
La pregunta de Matthews puso en alerta al resto de sus colegas.
—No podemos prescindir de nadie en el frente, así que seré la última en irme, reuniéndome con ustedes en cuanto organice al grupo de Aspirantes que nos seguirá. Para agilizar el proceso, voy a solicitar informes a los profesores de la Triple A, no mandaré a ningún chico con mal desempeño o problemas de comportamiento. Eso no ayudaría.
—¿Y a quién piensa dejar a cargo del Cuartel en su ausencia? —quiso saber Savage.
La Comandante suspiró, paseando la mirada por los aurores presentes.
—El señor Ministro y yo lo anunciaremos la semana entrante —fue su respuesta.
Con eso, los demás comprendieron que esa información se manejaría con discreción hasta el día en que tuvieran que partir.
Con tanto por hacer antes de marcharse, Dahlia Holmes tenía en su escritorio un revoltijo peor de lo normal. Dentro de aquel caos, la Comandante sabía dónde tenía cada informe, cada mapa y cada dato útil para las misiones de sus subordinados, pero sabía que su reemplazo temporal agradecería que dejara los documentos un poco más organizados.
—¿Aún por aquí, Darnel?
La aurora arrugó la frente, sin despegar la vista de un largo pergamino que leía.
—Discúlpala, tiene mucho trabajo.
—¿Y ustedes qué hacen todavía aquí?
La Comandante alzó los ojos finalmente, topándose en la puerta de su cubículo con una guapa rubia de ojos violetas y gafas, acompañada por una mujer cubierta por un largo velo rojo.
—Acabo de regresar de una investigación de campo —contestó la del velo rojo, amable.
—A mí me embaucaron para revisar patentes —soltó la rubia sin mucho interés —¿Podemos hablar por un momento?
Por toda contestación, la aurora Holmes señaló las sillas frente a su escritorio.
—Seguimos creyendo que es una locura que te vayas —comenzó la rubia, frunciendo el ceño.
—No pensé que les importara tanto, Ferguson… Ah, no, te casaste, ¿verdad?
Magnolia Black asintió, sin borrar su expresión inconforme.
—Sabes que nos importa —indicó de forma conciliadora la de velo rojo.
—De ti puedo creerlo, Erin, pero no de ella. Siempre estaba de acuerdo con su marido.
—Y el mismo Sirius llegó a decirme un vez que para estar en Slytherin, no eras tan mala.
La aurora no se creía aquello, así que meneó la cabeza.
—Miren, no voy a mandar a un posible sucesor al campo de batalla —comenzó, dejando a un lado lo que parecía una lista de nombres —Prefiero que se quede aquí, aprendiendo lo que tiene que hacer. Si no salgo de esto, asumirá mi cargo ya preparado y no le entrará el pánico. Además, nombrándolo yo, Shacklebolt no podría objetar, si es que quisiera hacerlo. Se elige al Comandante del Cuartel por orden del Ministro solamente cuando queda libre la vacante de forma imprevista.
—Como con Douglas —apuntó Magnolia, de repente muy seria.
—Exacto. Douglas se retiró después de que lo secuestraran, no quedó muy bien de la cabeza. La siguiente en rango era yo, aunque tenía menos experiencia que Williamson, por eso McGill me dio el puesto. Por eso y porque creyó que podría manipularme, siendo mujer.
—Ingenuo, ¿no? —señaló la agente Erin con un dejo de sarcasmo.
—Por eso, cuando McGill anunció la declaratoria de guerra, pensé detenidamente en quién podría tomar el mando en mi lugar. Porque ya había decidido ir al frente. Por fortuna a McGill no lo reeligieron, estoy segura que él habría querido enviarme a combatir dejando a un incompetente como reemplazo. Pero con Shacklebolt se puede razonar, él es auror, comprende mi punto de vista. Entre los dos llegamos al mejor candidato para quedarse en mi puesto.
—¿Puedes decirnos a quién vas a nombrar? —inquirió Magnolia, perspicaz.
—No será… —se atrevió a susurrar la agente Erin.
Holmes las miró por turnos por largos segundos antes de asentir.
—Eso le encantará —bufó Magnolia, sarcástica.
—Tenlo por seguro —apoyó la agente Erin.
—Sabemos que al principio no querrá —indicó Holmes, dejando caer los hombros, como si de pronto notara la pesada carga que conllevaba ser la jefa de los cazadores de magos oscuros —Ha pasado por demasiadas cosas como para darle más responsabilidades. Pero le daremos los mismos argumentos que al resto de la gente. Si es necesario, lo convenceremos de que es el indicado.
—Tal vez acabe aceptando si eres tú quien lo convence —al decir eso, Magnolia sonrió de forma imperceptible, antes de volver a su semblante serio —Pero al principio será un fastidio.
—Lo sé, pero no hay más remedio.
Las tres mujeres, sin saberlo, pensaban lo mismo. La guerra, además de terrible, era un lío.
10 de abril de 2021.
Londres, Inglaterra.
Número 20 de Scottland Street, East End.
La casa estaba agradablemente silenciosa. La luz del sol se colaba por gran parte de la ventana que daba a la calle, así como una ligera brisa primaveral.
El sonido de una aparición rompió ligeramente la armonía del lugar. La mujer, de aspecto joven y con el corto cabello de color castaño claro, miró a ambos lados, alisándola la túnica amarillo canario que llevaba puesta. Arrugó el rostro en una mueca de intensa concentración, como si algo le doliera, y en cuestión de segundos su cabello se tornó de un morado muy claro.
—Hola.
El saludo vino del sofá, a la derecha de la recién llegada, donde un hombre de cabello castaño y túnica marrón mecía con cuidado a un bebé.
—Hola, ¿se han portado bien? —inquirió la mujer, acercándose.
—Sí, bastante bien.
—¿A quién trae?
—Al niño. La niña sigue durmiendo.
La mujer asintió y se sentó a la izquierda del hombre.
—Iremos a la guerra, Acab.
El nombrado procuró no dar un respingo ante la inesperada frase.
—¿Exactamente a qué te refieres?
—A eso mismo. La señorita Holmes ordenó la movilización de varios aurores al continente. Nos reuniremos en Francia con aliados y de allí, directamente a Alemania.
—¿Cuántos irán?
—La mayoría, pero aún así la señorita Holmes considera que serán pocos, así que llamará también a varios de los Aspirantes más avanzados.
—Tonks, estás pensando en ir, ¿verdad?
Nymphadora Nicté parpadeó repetidamente, con aire sorprendido. Era la primera vez que su suegro la llamaba así.
—Si me lo ordenan, sí —contestó.
—Y si te dieran la opción de quedarte, seguramente pedirías ir.
La metamorfomaga hizo una mueca, sabiéndose descubierta.
—Escúchame bien, porque seguramente después no pueda hablar con la misma sangre fría: en otras circunstancias, no me importaría que fueras. Según lo que dice Anom, estás realmente calificada para cualquier misión. Pero si fracasaras, lo más probable es que sea porque te maten y estarías dejando atrás más que una vacante en el Cuartel.
La aurora arrugó el ceño, desviando los ojos de la cara de su suegro hacia el bebé que cargaba. El pelo del niño, de aspecto suave, se veía de un curioso color entre verde y azul.
—Lo sé —susurró —Realmente lo sé. Pero yo… Nunca he sido de las personas que se quedan quietas cuando saben que pueden ayudar.
—Tampoco yo. No seré auror, pero sé lo que es pasar a la acción en condiciones adversas. Vine a ayudar a terminar con la primera guerra, muchacha. Sé lo que es la maldad.
Si Tonks le daba crédito a las historias de su madre, la primera guerra mágica de Reino Unido fue una pesadilla. Y en la segunda guerra, poco faltó para que ella misma acabara muerta en la histórica Batalla de Hogwarts a manos de su propia tía, la terrible Bellatrix Lestrange.
—No digo que te quedes quieta para siempre —indicó Acab Nicté con firmeza —Pero quisiera que mis nietos conocieran de ti algo más que tu nombre y tu cara.
—Suena bastante pesimista, Acab.
Él asintió, contemplando al niño en sus brazos con aire ausente.
—Prefiero considerarme realista —apuntó.
—Sí, eso también es verdad. No se preocupe, tomaré en cuenta su… consejo. Aunque claro, faltaría ver quién se queda reemplazando a la señorita Holmes en el Cuartel.
—¿Su Comandante irá a pelear? —eso Acab no se lo esperaba.
—Sí, a todos nos sorprendió. Alega que necesitarán en el frente a todo auror competente, pero no sé, me da la impresión de que no espera salir viva de la guerra.
—Si no tiene nada qué proteger, puede que no se dé la suficiente importancia.
El aporte de su suegro sorprendió a la aurora Tonks, quien tuvo que asentir con la cabeza.
—¿Por eso usted sigue peleando? —inquirió con cautela.
—¿Se nota mucho?
La metamorfomaga asintió, sonriendo levemente, antes de ponerse de pie.
—Antes de regresar me topé con Anom —comentó, dirigiéndose a la cocina —Tiene noticias sobre su asunto. Y como vendrá a almorzar, voy a preparar algo.
Acab vio la espalda de su nuera por un instante, antes de regresar la mirada a su nieto, la inocente criatura que cargaba, que no tenía la menor idea de lo que vivía aquella comunidad en la que le tocó nacer. Frunció el ceño, concentrado en lo que pensaba, para luego asentir con la cabeza.
—Todo estará bien, Akbal —susurró en español, pasando un dedo por la frente del bebé, que se removió un poco sin despertarse —De mí depende.
Acab Nicté, pese a las diferencias entre él y Dahlia Holmes, tenía algo en común con ella.
Tokio, Japón.
Palacio Imperial, distrito de Chidoya.
Los turistas que recorren la capital nipona pueden darse el gusto de visitar los jardines del este del Palacio Imperial, residencia del Emperador, y es lo más que ven de semejante lugar.
—No puedo creerlo…
Sakura Kiyota había recorrido los jardines del este a paso rápido, esquivando a varios mahonashin (1) que no dejaban de admirar la arquitectura y tomar fotografías, hasta dar con la puerta Kikyou, que la llevaría, dando un amplio rodeo, hasta el puente Nijubashi, que conducía directamente a la fachada del Palacio Imperial propiamente dicho. Miró su reloj de pulsera y soltó un suspiro de alivio al darse cuenta que aún contaba con quince minutos, pero ser puntual era la última de sus preocupaciones, gracias a Yue Lin Ming.
—Si no fueras mi amiga, te echaría un maleficio, Yue–chan.
Era la centésima vez que murmuraba algo como eso, o quizá la milésima, no lo tenía claro. Sabía lo que había en juego, pero no acababa de creerse lo que estaba a punto de hacer.
Al llegar al inicio del puente Nijubashi, halló a tres personas, no que no la sorprendió.
—Justo a tiempo —dijo una de ellas, alta y de corto cabello castaño oscuro, descruzando los brazos y en cierto modo, relajando su postura. Vestía por completo de azul oscuro y en su frente, una tira de tela amarilla anudada en su nuca mostraba dentro de un círculo blanco un símbolo peculiar en el mismo color: una espiral muy curiosa, en forma de rayo.
Sakura asintió, a la vez que miraba en todas direcciones antes de sacar de su bolso de mezclilla una máscara blanca con un sol rojo en la mejilla derecha, de la cual brotaban varios rayos. Se la colocó con cuidado, agitó un poco la cabeza para acomodar su larga coleta castaña dorada y asintió.
—Falta algo, ¿sabes? —comentó otra de las personas, una joven mujer de alborotada melena castaña, vestida con una blusa color amarillo claro y falda azul celeste; sus zapatos bajos, también azules, tenían una flor amarilla pintada. Llevaba también una larga tira de tela azul en su cabeza, anudada a modo de pañoleta, que mostraba dentro de un círculo blanco una espiral en forma de gota de agua, también blanca, sobre el fondo azul de la tela.
—Hasta que estemos en palacio —indicó Sakura con firmeza, empezando a caminar hacia el puente —Dime lo que tenemos, Hyumaki–kun.
El tercer personaje, que vestía una camisa blanca y un pantalón negro, asintió e hizo que su oscuro cabello de brillo azulado cubriera parte de su frente. Se llevó una mano al cuello, donde una larga tira de tela marrón mostraba otro símbolo en espiral, similar a una montaña. Su voz sonó un tanto distorsionada porque, al igual que sus compañeros y la misma Sakura, portaba una máscara.
—Ah… No fue sencillo conseguir los datos, Hikari–san. Básicamente tengo lo mismo que se ha dado a conocer de manera oficial, excepto por…
—¿Por?
—Su Alteza Imperial se ausenta de muchos eventos públicos mahonashin. Envía en su lugar a sus hermanos u otros parientes, disculpándose ante los medios debido a sus alergias estacionarias. Los mahonashin se lo creen, por lo que ellos saben, su Alteza Imperial es de salud delicada.
—Excelente cubierta, lo admito —asintió Sakura, ladeando la cabeza hacia el otro varón presente —¿Y qué dicen tus contactos, Hiroshi–kun?
—No tengo muchos, pero están preparándose —contestó el aludido, meneando la cabeza antes de agregar —Algunos de mi clan están de su lado y no es agradable saberlo.
—Lo lamento —se sinceró Sakura.
El otro asintió, sin decir palabra, en tanto su compañera vestida de amarillo y azul estiraba una mano de forma titubeante, antes de arrepentirse y seguir caminando.
De pronto, Sakura sintió que todo aquello tenía algo de ridículo. Se adelantó a los otros tres, a mitad del puente, deteniéndolos de golpe al plantarse con las manos en las caderas sin pleno aviso.
—Antes que sigamos, debo dejar algo claro —indicó, quitándose la máscara —A la cara. Solo un minuto. No hay nadie ahora.
Los otros tres se miraron unos a otros antes de asentir y descubrirse los rostros.
Lo primero que afectó a Sakura como patada en el estómago fue ver el rostro de su compañera. Sasume Kishimoto tenía unos peculiares orbes castaños, de un tono claro y transparente que recordaban a una muñeca de porcelana, y solían ser como un libro abierto al corazón de su dueña. En aquel momento, brillando debido a sus intensas emociones, decían que su propietaria estuvo a punto de echarse a llorar aprovechando que llevaba la máscara puesta.
El de cabello castaño oscuro, Sorata Kishuu, se mostraba tan estoico como de costumbre. Su rostro ovalado, de rasgos bien definidos, era el estereotipo del varón japonés perfecto, al menos para la mayoría de las chicas que Sakura conocía, así como la estampa misma de la concentración. Sin embargo, en ese momento Sorata dejaba traslucir preocupación en sus ojos, del mismo tono castaño que su cabello, y no dejaban de desviarse a Sasume, quien estaba ligeramente frente a sí.
Por su lado, Satoshi Kurogami se acomodó con una mano un mechón de cabello negro azulado que caía sobre uno de sus ojos, al tiempo que apretaba los labios como signo de nerviosismo. Sus ojos negros vagaron en todas direcciones con timidez antes de mirar al frente, acomodando la tira de tela atada a su cuello con la mano izquierda, en cuyo anular ostentaba una argolla dorada que, Sakura sabía, tenía grabada en alguna parte el mon (2) de la mujer que se la había puesto.
—Los llamé porque son mi equipo, por más que hayamos ascendido de rango —comenzó Sakura, frunciendo el ceño —Por más que los demás crean que no encajamos…
Sorata soltó un bufido, como si aquellas palabras las hubiera escuchado antes.
—… Sin embargo, hemos demostrado que juntos somos competentes. Esta vez no tiene que ser diferente. Si de mí depende, todos ustedes volverán a casa, sanos y salvos. ¿Entendido?
—¿Qué pasa contigo, Hi… Sakura–san? —inquirió Sasume, retorciendo entre los dedos un largo mechón de su castaño cabello.
—Tengo razones de sobra para sobrevivir, como ustedes. No te preocupes.
Sasume asintió, apretando los labios.
—Así que por favor, dejemos las hipocresías de lado, siento que no confían en mí —espetó Sakura, haciendo que sus compañeros dieran un respingo —Satoshi–kun, ¿cómo está Hanami–san? ¿No la regañó mucho su clan?
—Ah… Sakura–san, eso… Sí, Hanami–san está bien.
—Me alegra. Sasume–chan, ¿sabes a quiénes podemos encontrarnos? ¿Y tú, Kishuu–kun?
—Lo sabemos —Sasume asintió con la cabeza, lo mismo que Sorata.
—No dejen que les afecte, por favor. Ustedes no son ellos.
Ninguno de los dos tuvo respuesta a eso, menos cuando Sakura se acercó a paso lento, con los brazos abiertos, y los abrazó.
—¿Sakura… san?
—¿Te sientes bien, Kiyota?
—Sí, sí. Pero que les quede claro: confío en ustedes. Sé que no van a decepcionarme.
Al apartarse de sus compañeros, Sakura sonrió levemente al ver a Sasume muy sonrojada y a Sorata con los ojos desviados a un lado, sin mirar a nadie, en actitud avergonzada.
—Ahora sí, a trabajar —indicó la joven Kiyota con voz severa, recolocándose la máscara.
Los otros tres la imitaron, con un poco más de ánimo que antes.
Cruzaron el puente en su totalidad, para llegar a la entrada de la Plaza Kyuden, donde estaban un par de hombres con ropaje muy parecido al de los sacerdotes de templos sintoístas. Llevaban katanas colgando a la cintura, y sus rostros no eran visibles por las máscaras que portaban, que eran idénticas a las de Sakura y compañía, pero con los colores inversos.
—Muy bien, comencemos —indicó Sakura.
Los otros tres asintieron. Satoshi dio un par de pasos plantando los pies con un poco más de fuerza de lo usual y los enmascarados con katanas se tambalearon, dejando de ver por unos segundos el puente. Ese lapso fue suficiente para que Sakura y Sorata dieran un salto muy alto, quedando sobre la muralla más cercana, antes de hallar un punto donde poderse colar a la plaza.
—Hola, necesitamos entrevistarnos con un mago del Ministerio de Magia, ¿saben? —oyeron que comenzaba a parlotear Sasume y como bien sabía Sakura, en eso nadie le ganaba —Nos envían desde Susanowo–jinja con urgencia y dijeron que estaría aquí…
—¿Crees que esa excusa valdrá? —inquirió Sorata en un susurro, mirando de reojo a Sakura mientras se adentraban en terrenos imperiales por el borde de los mismos.
—De momento, sí. Gracias a Hyumaki–kun, tenemos la agenda de varios de los directores de departamento del Ministerio. Haruto–chan fingirá un despiste si es que Kobayashi–dono acabó antes de tiempo su entrevista con su Majestad y dirá el siguiente nombre de la lista.
Ante la mención de los nombres clave de sus compañeros y viendo cómo Sakura, con un toque de varita, se ataba al antebrazo izquierdo una tira de tela verde con una espiral rectangular blanca, Sorata comprendió que habían entrado de lleno en la misión, así que asintió y siguió su camino.
En realidad, adentrarse de esa manera al Palacio Imperial les pareció sumamente sencillo, aunque no se confiaban. Si ninguna alarma visible o audible se había activado, no era garantía de que llegarían ilesos a su destino. Menos si tomaban por buena la excusa de Sasume y Satoshi para haber ido hasta allí desde el Templo Susanowo.
—Por allí —indicó Sorata en ese momento, teniendo a la vista el lado suroeste del palacio.
Sakura asintió y se quitó una de sus sandalias negras, para plantar el pie directamente en el césped. Concentrándose como nunca, sintió el cosquilleo de la magia saliendo de ella por ese punto, llegando al césped y tejiendo una especie de red de energía, una que solo percibía ella, que llegó casi hasta donde Sorata había señalado. Inmediatamente le llegaron vibraciones de pasos, tanto firmes como apresurados, así como el abrir y cerrar de puertas corredizas. Se concentró un poco más y percibió ligeras brisas, que correspondían al aliente de personas, y así, con un poco más de magia, las ondas de las voces también llegaron a ella, lo mismo que las palabras que pronunciaba.
—… Así pues, su Majestad, debería aceptar las condiciones de alianza.
Sakura frunció el ceño. ¿Qué estaba sucediendo allí?
—Me niego tajantemente a aceptar condiciones semejantes —expresó una voz de varón con tal potencia que Sakura estuvo a punto de romper el contacto mágico —Nos dejaría como poco menos que esclavos. No se peleó por unificar el Imperio solo para que venga un extranjero a adueñárselo.
—No sería así, su Majestad. Solamente queremos evitar un baño de sangre innecesario.
La joven kunoichi (3) arrugó el ceño, aunque debido a su máscara, no se notó.
—¡Prácticamente están pidiendo que se acepten las políticas del tal Hagen como propias!
Una tercera voz, esta vez femenina, se escuchaba mucho más joven que las otras dos, a la vez que su indignación era patente.
—Silencio, Aiko, por favor.
—Pero…
—Su Alteza tiene razón en molestarse, su Majestad. A simple vista, parece que las condiciones de alianza no nos benefician. Pero por favor, piensen en las consecuencias de rechazar los términos. No se sorprendan que lo primero que haga el Terror Rubio sea declarar la guerra.
—En ese caso, Hagen no conoce a nuestro pueblo —intervino una cuarta voz, esta vez de varón, causando el silencio inmediato —Si mi padre aceptara una alianza con Alemania, lo cual aún no hace, todo japonés que se precie alzará la voz en contra. Los hijos de mahonashin, sobre todo, no olvidan fácilmente las secuelas que tuvo seguir a Alemania en el pasado.
—La historia mahonashi es irrelevante —desdeñó la primera voz.
—La historia mahonashi va ligada a la mágica, Matsunaga–dono. No vamos a hacerla a un lado solamente porque los mahonashin ignoren lo que pasa en la comunidad mágica mundial.
La voz femenina de la nombrada como Aiko seguía sonando ofendida, y analizando rápidamente la conversación, Sakura supo que ella debía ser la princesa Toshi no miya (4), cuya abuela paterna era, para los mahonashin, la primera plebeya en casarse con un miembro de la Familia Imperial. En realidad, la Emperatriz Michiko fue la primera mahonashi en ser de la Familia Imperial, cosa que le cayó a la comunidad mágica como balde de agua helada. Varios clanes renegaron del Emperador por semejante enlace, cosa que debieron hallar natural viendo que sostenía acercamientos con el pueblo. Por eso su Alteza Aiko debía pensar que era una atrocidad no tomar en cuenta los acontecimientos mahonashin que podían afectar a los magos: con una abuela y una madre mahonashin, ella misma era mestiza, como la mayoría de los magos japoneses actuales.
Por otro lado, ¿qué hacía allí el Ministro de Magia? Según lo que logró averiguar Satoshi, ese día Miroku Matsunaga no tenía programada ninguna entrevista con el Emperador. Quizá se había presentado ante la llegada de esa alianza con Alemania de la que tanto hablaban. En todo caso, tendrían que esperar un poco si querían acercarse a los miembros de la Familia Imperial, aún cuando aparentemente, habían llegado a la mitad de la conversación.
—Discutiremos este asunto más tarde, Matsunaga–dono —indicó la cuarta voz masculina que Sakura había logrado distinguir —Tendremos que convocar a Reunión Imperial.
Se oyó un resoplido muy sutil, al menos para el contacto mágico que Sakura había establecido.
—Con su permiso, Su Majestad. Su Alteza Naruhito, su Alteza Aiko…
Unos pasos y el deslizar de una puerta corrediza al abrirse y cerrarse seguido de más pasos le indicaron a Sakura que Matsunaga se había retirado. Inmediatamente se dejó oír una voz.
—No pensarás en aceptar, ¿cierto, abuelo? ¡Sería una atrocidad!
—Aiko, no sería la primera vez que deban tomarse decisiones desagradables.
—¡Pero una alianza con el país que asesina a medio mundo…!
—Definitivamente no —sentenció quien según Sakura era Naruhito, príncipe heredero de la Familia Imperial y padre de Aiko —Algo no me agrada, padre. Si permites que me exprese…
—Por supuesto, hijo.
—En esta propuesta hay detalles que no acaban de convencerme. La forma en que está formulada da la sensación de que Hagen sabe más de lo que dice. Lo que me lleva a preguntarme cómo es que sabe tanto, siendo algunos detalles de nuestro exclusivo conocimiento.
—¿Por ejemplo?
—Las cifras de Samuráis efectivos, de los fugitivos de Shinitani…
—Se oye como espionaje en toda regla, ¿cierto? —indicó su Majestad, pensativo.
—Por supuesto, abuelo —intervino entonces Aiko —Y no hay que olvidar la petición oficial de los Samuráis británicos para conocer datos sobre los nukenin fugados. Nos enviaron informes precisos acerca de un suceso en su país que con seguridad involucra a una nukenin. Se envió un equipo solamente de ninjas y según los testimonios, los nukenin recibieron ayuda de extranjeros para librarse de sus perseguidores. Por mi parte, no quiero aliarme con el país que liberó a esos nukenin y causó tantas muertes, como la de Asakura–dono.
—Sabemos cuánto estimabas a Asakura–dono, Aiko. Pero no debes dejar que eso afecte tu juicio.
—Lo sé, pero no es solo por Asakura–dono, abuelo.
Se hizo el silencio, lo que Sakura aprovechó para cortar el contacto y respirar profundamente, al tiempo que volvía a ponerse la sandalia.
—Su Majestad está con su Alteza Imperial Naruhito y su Alteza Aiko —informó en voz baja.
—Tres cabezas piensan mejor que una —sentenció Sorata.
—En este caso, sí. Parece que llegamos justo a tiempo.
Los dos jóvenes observaron el entorno del jardín y se echaron a correr lo más inclinados que pudieron, pensando en despistar a los posibles guardias del palacio que anduvieran en los alrededores. Por suerte, una pequeña terraza les serviría como punto de entrada después de haberse aplicado hechizos desilusionadores de forma no verbal.
La puerta corrediza de la terraza estaba abierta, por lo que Sakura y Sorata, con la mayor precaución, ingresaron a la habitación, amplia y sin más decoración que el crisantemo de la Familia Imperial plasmado en el centro del resto de las paredes. Sakura echó un vistazo a las tres personas allí, reconociendo enseguida a los dos varones y a la delgada mujer que habían estado charlando con el Ministro de Magia. Sorata, en el otro extremo, debía estar verificando el perímetro para luego aplicar hechizos que impidieran oír lo que allí sucediera, tal como acordaron.
—¡Eh! ¿Qué es eso?
La queja de la princesa Aiko desconcertó a los dos hombres con ella.
—¿Qué es qué? —quiso saber el Emperador.
Sin moverse apenas, el príncipe heredero alzó ambos brazos en direcciones opuestas y por mero reflejo, Sakura echó la cabeza hacia atrás.
Justo a tiempo, ya que un disco metálico de bordes afilados quedó clavado en la pared. Lo mismo en el lado por el cual andaba Sorata.
—Muéstrense —exigió el príncipe heredero —Es una orden.
Sakura, pasmada ante lo que oía, anuló el hechizo desilusionador, secundada casi de inmediato por Sorata, quien procuraba no demostrar su asombro.
—¡Ninjas! —exclamó la princesa Aiko, entre asustada y maravillada.
—¿A qué se debe semejante intromisión? —quiso saber el Emperador, conciliador.
Sakura y Sorata enseguida echaron una rodilla en tierra, inclinando la cabeza.
—Nuestra misión es meramente informativa, su Majestad —comenzó Sakura, con la voz más firme que podía —Y de antemano solicito que no se culpe a nadie de esto más que a mí.
—Interesante. ¿Nombre clave? —inquirió el príncipe heredero.
—Hikari, su Alteza Imperial.
—Sé quién eres —el príncipe heredero se puso de pie —Por favor, entreguen esa información tan valiosa que traen y después decidiré qué hacer con ambos.
Sakura, sin levantar la cabeza, sacó un sobre de pergamino de su chaqueta verde oscuro y lo tendió al frente. Sintió que a los pocos segundos alguien lo sujetaba, así que lo soltó.
—Padre, este sello… —comentó la princesa Aiko.
—Lo sé, hija. Convoca a Reunión Imperial. Padre, ve con ella y esperen en el salón principal.
La princesa no parecía conforme con esa decisión, pero obedeció y ayudó a su abuelo a salir de la habitación. Al poco rato, el príncipe heredero abrió el sobre de pergamino, leyó su contenido y dejó escapar un suspiro.
—Si no me equivoco, esto se lo dio la ex–campeona de Zen, ¿no es así, Hikari–san?
—Sí, su Alteza Imperial —respondió Sakura, sin delatar su sorpresa ante tal frase.
—Hablaré de lo aquí descrito con el resto de la familia. Ahora dígame, ¿por qué pensó que era buena idea infiltrarse en palacio para entregarme esto? Pudo enviarlo con alguien.
—Mis instrucciones fueron claras. Entregar en propia mano y sin interferencia ministerial.
—Aún así, de haber pedido una audiencia…
—Se solicitó una en cuanto nos llegó la información, su Alteza Imperial —intervino Sorata en ese momento, con voz inexpresiva y sin levantar la mirada —Eso fue hace tres días. Sin embargo, parece que no poseemos el rango necesario para comparecer ante usted.
—¡Hiroshi–kun! —exclamó Sakura por lo bajo.
—O quizá no querían que cometieran una imprudencia, Kishuu.
Sakura no pudo evitar dar un respingo.
—¿Podemos saber por qué conoce nuestras identidades, su Alteza Imperial?
Ese era el Sorata que le daba tantos problemas a Sakura, aunque casi nunca salía a flote: el muchacho impaciente y receloso de todo.
—Pueden —respondió el príncipe heredero tras unos segundos en silencio —Después de la Reunión Imperial. Regresen a Susanowo–jinja, mandaré a buscarlos. A ustedes y a los dos que fueron su tapadera. Estoy casi seguro que es el resto de Nagareboshi.
Ante semejante panorama y en vista de que el príncipe heredero sonaba un tanto impaciente, Sakura y Sorata no tentaron a su suerte. Se pusieron de pie, hicieron una reverencia y se fueron por donde habían llegado. Solo hasta estar cerca de donde habían dejado a sus compañeros, Sorata se atrevió a pronunciar palabra.
—La voz de su Alteza Imperial… La he oído antes —afirmó.
Sakura se limitó a asentir. Ella también sentía que conocía esa voz de alguna parte.
Lástima que Sasume se hubiera quedado cubriéndoles la espalda, pues ella era muy buena recordando voces y nombres de la gente.
Roma, Italia.
Catacumba del Ministro, Ministerio de Magia.
Las construcciones mágicas bajo tierra nunca dejaban de tener cierto aire lúgubre, pese a la iluminación que conjuraran hasta en los más recónditos rincones. Quienes conocían el Ministerio de Magia italiano lo catalogaban rápidamente como uno de los más austeros y oscuros, pese a las antorchas brillando por todo el lugar, así como la luz extra que aportaban algunos magos.
Sin embargo, no había luz que pudiera ahora iluminar el camino del Cesare, el Ministro de Magia italiano, un hombre alto, de cabellos claros entre castaños y rubios, que ataviado con una túnica color rojo sangre, mostraba cierto aire siniestro.
No era para menos, si habían desmantelado un golpe de Estado en sus narices.
Estaba en su despacho, el más privado y amplio de la Catacumba del Ministro, la más superficial del Ministerio. El lugar estaba decorado con algunos cuadros de antiguos ministros, así como paisajes por donde a veces paseaban figuras en túnicas antiguas y junto a la puerta había una naturaleza muerta, compuesta por un ramillete de flores silvestres y una cornucopia llena de fruta. Allí también brillaban las antorchas encendidas, haciendo brillar la madera bien pulida del gran escritorio de roble del ministro, donde había una cantidad inusitada de pergaminos enrollados.
—¿Han dicho los prisioneros todo lo que sabían? —inquirió el Cesare.
Sentado frente a él, con pose tranquila pero mostrando seriedad en todos sus rasgos, estaba un hombre con sus buenos dos metros de altura, musculoso y de porte severo, quien al asentir, agitó ligeramente los rizos negros que cubrían su cabeza. Fijando sus castaños ojos en los de su acompañante, increíblemente azules, el Cesare dejó escapar un suspiro.
—Al menos todo lo que es útil —indicó el de ojos azules con voz grave.
—¿Eso incluye el nombre de su cabecilla?
—No, por lo visto eran sinceros al declarar que no saben quién hizo el encargo. Para confirmar eso, pedí a algunos de mis Legionarios que solicitaran apoyo a la Oficina de Desinformación, ya que algunos de sus miembros son expertos en mentes.
El Cesare asintió, sin pedir más explicaciones.
—La signora mexicana ya está en su país, ¿cierto?
—Sí, nos había advertido que no disponía de mucho tiempo, pero por lo menos su intervención evitó más de lo que ella misma cree. Supongo que solamente esperaba ayudarle a usted y por su necesidad de marcharse, no se preocupó en averiguar más sobre la gente que atrapamos.
—Lo admito, eso habla bien de la mexicana. Esperemos contar con su ayuda más a menudo.
—Nosotros también.
—¿Algo más que deba saber del asunto, Garibaldi?
El jefe de los aurores italianos frunció ligeramente el ceño, antes de negar con la cabeza.
—Muy bien. Tengo una cuestión que tratar en calidad de urgente. Espero tuviera la oportunidad de leer el memorándum que le envié esta mañana.
Sí, el Tribuno Garibaldi lo había leído y no le hacía ni pizca de gracia.
—¿No quiere que comande el grupo que se reunirá con nuestros aliados en Francia? —inquirió, a sabiendas de que era una pregunta retórica.
—Preferiría que se quedara aquí, organizando la protección del país, porque si lo que nos llegó es correcto, ayudará más que el cooperar con nuestros aliados.
—¿Alguna información relevante?
—Eso temo. Al principio no le di el crédito debido, lo admito. ¿Qué importaban unos cuantos accidentes en los Apeninos, que causaban lesiones en dos, tres alpinistas? Sin embargo, en vista de los acontecimientos, decidí que fueran magos de Accidentes y Catástrofes a verificar las cosas. Regresaron hace dos días y pasaron el reporte de una movilización inusitadamente grande de gigantes al interior de nuestro territorio. Eran guiados por magos, así que quiero saber quiénes son y por qué están causando tanto desastre a su paso.
—¿Desastre?
—Sí. Ahora no son solo aludes que dejan alpinistas heridos. Sé que presta atención a las noticias sincaramanzia (5), así que seguramente se enteró de lo de esos chicos.
El Tribuno se removió en su asiento, incómodo por primera vez. Según los noticieros de la comunidad no–mágica, un grupo de universitarios provenientes de la península de Calabria se habían dirigido a los Apeninos para una corta aventura antes de regresar a clases. Pero después del reporte de un alud particularmente peligroso, los jóvenes fueron dados por desaparecidos. El Tribuno nunca prestaba mucha atención a lo que decían las imágenes de la pantalla plana que su mujer insistió en tener en casa, pero al dar la lista de desaparecidos, uno de los apellidos le sonó familiar, aunque no supo explicarse la razón. Fue hasta que su esposa apagó el televisor para usar el teléfono (otro invento sincaramanzia curioso, según él) que cayó en la cuenta: un apellido lo puso en alerta porque era el del cuñado de su mujer, un sincaramanzia calabrés famoso por ser el dirigente de una pequeña pero próspera empresa pesquera. Y siendo su esposa una bruja, el asunto ya era problema del Ministerio. O eso quiso dar a entender el Ministro, según Garibaldi.
—Signora Coraci ha solicitado que el Ministerio busque a su hijo —indicó finalmente el Cesare, aunque por alguna razón parecía disgustado por el hecho —Normalmente se enviaría a la Patrulla de Seguridad Mágica, pero con esos gigantes de por medio… Esa será su misión, Garibaldi: por un lado, buscar y hallar a esos chicos, sobre todo a Coraci, y por el otro, averiguar lo posible sobre esos gigantes. ¿Ha quedado claro?
El Tribuno asintió, sin quedarle más remedio. Bien mirado, quedarse en Italia no sería del todo frustrante: supondría seguir cerca del Cesare y con eso, evitarle más problema como el intento de asesinato que él y la mexicana interceptaron apenas a tiempo, ya que nadie garantizaba que algún insensato no quisiera repetir la jugada.
Lo de insensatos le daba una idea. Se despidió del Ministro tras escuchar sus últimas órdenes, luego de lo cual fue preparando mentalmente la lista de aquellos Legionarios que irían a Francia, jugándose la vida para detener las atrocidades de la guerra.
Sí, podría sacarle provecho a todo el asunto. Solo esperaba que resultara bien.
12 de abril de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El lunes era el día menos apreciado por los estudiantes. Más cuando sabían (o presentían) que se enfrentarían a cosas desagradables.
—Ya lo veo venir…
El murmullo de Rose, hecho entre un bocado de arenque ahumado y un sorbo de jugo de calabaza, pasó desapercibido para la mayoría de sus compañeros en la mesa de Gryffindor.
—¿Ahora qué te pasa?
Claro, Henry era el único lo suficientemente cerca (y atento a ella) para darse cuenta.
—Lancaster —masculló la pelirroja.
El castaño arrugó la frente. Durante Semana Santa, Emily Lancaster no se había cruzado con ellos, pero ahora que volvían a las aulas, lo más probable es que les dedicara algún desaire.
—Recuerda a los testigos —apuntó Henry con seriedad.
—¿Qué, debo regresarle la ofensa a solas?
—No, asegúrate que si te ofende, haya testigos.
Rose abrió los ojos de par en par, antes de sonreír y asentir con la cabeza.
—¿Qué clase de consejos le estás dando? —espetó Hally de pronto, a la derecha de Rose.
—Supervivencia —aclaró el castaño, consultando su reloj —Deberían irse ya.
Hally, arqueando una ceja, se encogió de hombros antes de ponerse de pie con la mochila al hombro. Frente a ella, Procyon la imitó tras acabarse una tostada con mermelada.
—¿Qué vamos a hacer antes de irnos a manchar de tierra? —bromeó Rose, sonriendo un poco.
—Tú, no lo sé. Yo, leer.
—No sé ni para qué pregunté… Me adelanto a la biblioteca, ¿de acuerdo? Y antes de que preguntes, te diré que todavía me falta escribir las conclusiones del trabajo para Firenze.
Al ver a sus amigos alejarse, Henry se dedicó a terminarse el desayuno, necesitaba energía.
Había un acertijo que tenía que resolver.
En realidad, a Henry Graham no le agradaba aquello. Siempre fue curioso por naturaleza, pero los juegos de palabras no eran lo suyo. Solía mirar mal cualquier cosa que no pudiera entender a la primera y ciertos acertijos entraban en esa categoría. Sin embargo, en vista de lo que le enviaron, tendría que hacer una excepción.
Te tengo fe.
—Maldita sea… —masculló con fastidio, levantándose de la mesa y colgándose la mochila.
Se repetía las frases una y otra vez, intentando hallarles algún sentido. Pero claro, los acertijos no se trataban de eso, no al principio, así que acabó con gesto adusto al entrar a la biblioteca, caminando casi sin darse cuenta hacia donde veía una cabeza ostentando una alborotada coleta de cabello rojizo. Fue hasta quedar a dos pasos de distancia que se dio cuenta de algo.
—Tu pelo es más rojo, Rose —soltó sin más, sentándose a la mesa de la biblioteca.
—¿Qué? —dejó escapar ella, alzando por un instante los ojos del pergamino donde escribía.
—Recuerdo que antes era más claro —siguió Henry, apenas notando la confusión de la chica.
—¿Mi pelo? —Rose dejó la pluma y se llevó la diestra a la coleta, tomando un mechón y acercándolo a sus ojos —Sí, es más rojo. Apenas me estoy dando cuenta…
—¿De pequeña qué color tenía tu pelo?
—Pues… No recuerdo bien…
Rose volvió los ojos a su pergamino, causando que Henry arrugara la frente.
—¿Por qué quieres saber? —se interesó ella.
—Curiosidad. Acabo de darme cuenta… Ese tono de rojo es muy bonito.
No midió el efecto de sus palabras hasta que sintió en el pecho una agitación ajena, como un sobresalto o un latido de corazón especialmente intenso. Hizo una mueca, pero enseguida la borró, no queriendo que Rose la notara.
—Ah… gracias —musitó ella, escribiendo a toda carrera.
—No hay de qué. Con cuidado, no vayas a manchar el pergamino.
—Ya, ya… Debí hacerlo ayer, pero no tenía nada de ganas.
—Dirás que te acostaste tarde después de regresar del paseo.
—Sí, eso también. Pero fue fantástico.
Henry meneó la cabeza, sin replicar. A decir verdad, a él también le había gustado realizar, finalmente, el sencillo y alocado plan que tenían con sus amigos: salir una noche a explorar el Bosque Prohibido con sus formas animagas.
Les había llevado demasiado tiempo. Por distintas razones (exámenes, quidditch, vacaciones, desgracias), se obligaron a aplazar la excursión una y otra vez. Así las cosas, con la vaga sensación de que era el mejor momento, aprovecharon unas cuantas noches de las vacaciones de Semana Santa para salir por turnos, en grupos de tres o cuatro, aunque les habría encantado ir todos juntos, como su primera salida a Hogsmeade. A Rose le tocó salir al final, junto a Henry y Amy, divirtiéndose como nunca por la imagen de su emplumada amiga revoloteando sobre la cabeza del lobuno castaño, quien no dejaba de olfatear su entorno, reconociéndolo. El por qué Amy quiso ser su acompañante era un misterio, pero le agradó salir con ella.
—Amy sabía que se animaría un poco si iba contigo —comentó entonces Henry, con voz cauta —Le hacen falta algunas risas.
—Ahora soy su broma personal… —musitó Rose fingiendo fastidio, aunque la verdad se alegraba de poder ayudar a su amiga —¿No recibió una lechuza hace unos días?
—Sí, era de su cuñada. Parece que su hermano hace algunos progresos. Y va a tener un bebé.
Rose sonrió tenuemente, como si sintiera que no debía hacerlo.
—¿Te lo contó? —se interesó la pelirroja.
—No, pero la percibí un poco más alegre, así que le pregunté.
—¿Así nada más?
—Sí, le expliqué que me preocupaba por ella y aparte, estaba probando un método para controlar mejor mi Legado —el castaño se encogió de hombros —Hasta ahora, funciona.
—¿En serio? ¿De qué se trata?
—Es complicado explicarlo, lo descubrí por casualidad. No quería usar el otro método.
—¿Cuál otro método?
Cuando vio a Henry encogerse de hombros y desviar los ojos, Rose supo que no diría más.
—De acuerdo, dímelo cuando quieras —ofreció ella, sin pizca de enfado —¿No ibas a leer?
—Sí, pero no sé por dónde comenzar. Línea, rosa… —las dos últimas palabras las pronunció el castaño en español sin darse cuenta.
—¿Vas a jugar con mi nombre o algo? —dejó escapar Rose, soltando una risita.
Henry parpadeó, confundido.
—Ya sabes, por cómo se escribe mi nombre, Rosaline —explicó ella, apenada —Penny escribe frases en español de vez en cuando en sus cartas, así que…
—Un momento…
La chica no entendió el repentino cambio de humor de su novio, que de repente tomó un trozo de pergamino sin usar y su pluma, garabateando algo. No alcanzó a ver qué era, porque Henry enseguida se acercó lo recién escrito a los ojos, como si no creyera lo que veía.
—¡Me lleva…! —exclamó el castaño, de nuevo en español.
—¿Qué, dije algo malo? —se preocupó Rose.
Henry negó con la cabeza, miró de nuevo el trozo de pergamino y acto seguido, se lo guardó en un bolsillo, poniéndose de pie.
—¡Oye! ¿No ibas a…?
—Lo siento, tengo que irme. Nos vemos en el invernadero, ¿de acuerdo?
Ella no pudo menos que asentir antes que él tomara sus cosas y saliera corriendo.
Y por alguna razón, la despreocupada Rose Weasley sintió miedo en ese momento.
(1) El vocablo se forma con la palabra maho (magia) y –nashi (sufijo que significa sin). Literalmente, quiere decir sin magia. Se agrega la terminación –n para indicar el plural.
(2) Mon significa blasón familiar, escudo de armas, el cual también es conocido como monsho, mondokoro o kamon.
(3) El término kunoichi es el usado para nombrar a una mujer ninja.
(4) El título real de la princesa Aiko significa una persona que respeta a los otros.
(5) La palabra se forma por la contracción libre de sin– y scaramanzia (buena suerte en italiano).
10 de octubre de 2012. 10:30 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola, hola, damas y caballeros! (Bell se pregunta a dónde han ido los pocos caballeros que se pasaban por acá, rodando los ojos). Bienvenidos sean a un capítulo que seguramente no esperaban, porque yo misma estoy meditando de dónde rayos ha salido. En fin…
La guerra está a punto de involucrar, directamente, a los aurores británicos, ya que irán a territorio enemigo a pelear. Y no solo eso, sino que también irán los Aspirantes más avanzados y la mismísima Dahlia Holmes. Por suerte Kingsley es el Ministro de Magia, así apoyará a Holmes con quien decida dejar en su lugar en el Cuartel General de Aurores. ¿Alguna teoría sobre quién podrá ser? Yo sé que sí, jajajaja…
Acab esconde algo, ustedes lo sospechan, yo lo ando planeando, pero al menos es evidente que se preocupa por su familia. Miren que cuidar a sus nietos mientras su nuera regresa al trabajo… (Bell suspira imaginando a Acab con Akbal en brazos). Aquí Tonks se acuerda de algo que en la línea temporal del fic, pudo suceder, pero que según la Innombrable, ocurrió: su muerte a manos de Bellatrix. Válgame, me alegra haber empezado la saga antes de leerme HP6, que si no… (Bell menea la cabeza).
Por otro lado, vemos que Sakura entregó un mensaje al mismísimo príncipe heredero de la Familia Imperial de Japón que, si revisan fuentes fidedignas, verán que de verdad se llama Naruhito, no es invento mío, lo mismo que el nombre y título de su hija, la princesa Aiko. Me aproveché de personalidades reales y las estoy adaptando a lo ya argumentado en la saga: que el Emperador nipón y su familia son magos. Espero no estar haciendo algo ilegal con eso (Bell rueda los ojos y se encoge de hombros).
Y en Roma… Pude describir un poco más la Catacumba del Ministro, porque allí se desarrolla la breve escena, pero nada más. Allá parece que tienen sus propios problemas con gigantes recorriendo los Apeninos (Bell recuerda con una risita que estuvo a punto de poner Pirineos, montañas de la Península Ibérica, por no revisar un mapa antes), siendo el verdadero peligro que sean magos quienes conducen a los gigantes. ¿Acaso es otra estrategia de Hagen o se trata de un golpe más… interior? Se los dejo de tarea.
Terminamos en Hogwarts, donde los chicos vuelven a clases y Rose se prepara para cualquier tontería que quiera hacer una despechada Lancaster, pero de pronto Henry sale con cosas raras y la hace temerse lo peor, lo que no es para menos, considerando las circunstancias. Por lo tanto, lamento sacar otra interrogante para su creciente lista, damas y caballeros, pero yo sé mi cuento (Bell vuelve a rodar los ojos).
Sin más por el momento y deseando que no quieran lincharme, me despido. Cuídense mucho y nos leemos a la próxima, seguramente cuando me esté helando acá.
P.D. A la fecha de la presente nota de autora, sigo esperando una Torre (o varias, la verdad).
