A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Veintisiete: La Justicia y El Colgado.
12 de abril de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Al entrar al invernadero tres después de la profesora Brownfield y algunos compañeros, Bryan fue el primero que preguntó en voz alta.
—¿Dónde está Henry?
Se dirigía a Rose, quien se encogió de hombros con una mueca de preocupación apenas notoria.
—¿No estaban juntos? —se sorprendió Hally.
—Estábamos, pero tuvo que irse y dijo que nos veríamos aquí.
Procyon hizo ademán de preguntar algo más, pero la oportuna entrada de Henry tras Archibald Patterson detuvo las dudas.
—¿Estás bien? —le preguntó Amy.
—Sí, claro, solo fui con mi mamá un momento.
Sus amigos no pudieron preguntarle más porque fueron llamados por la profesora para iniciar el trasplante de vainillas de viento. La clase fue como siempre, animada y llena de quejas por las manchas de tierra en las túnicas, hasta que sonó la campana que los liberó de aquello.
—¡Me muero de hambre! —soltó Rose en cuanto estuvieron cruzando los jardines.
—¿Por qué no nos sorprende? —Hally meneó la cabeza, sonriendo.
—Henry, ¿pasó algo? —inquirió Amy al subir la escalinata de piedra.
—No exactamente. Eh, Procyon, despecho a la izquierda…
El nombrado arqueó una ceja, miró en la dirección indicada y dejó escapar un bufido.
—Adelántense —pidió, avanzando más lento.
—Pero…
—Anda, Hally, apártame un sitio en la mesa. Enseguida voy.
La jovencita torció la boca, no muy convencida, antes de obedecer. Lo último que vio fue a Procyon deteniéndose por el llamado de una Emily Lancaster muy seria.
—¿Qué creen que le haga Lancaster? —dejó escapar Rose al atravesar el vestíbulo —Con el mal genio que saca a veces…
—Ha estado muy rara últimamente —apuntó Amy, con semblante reflexivo.
—Cierto, ella y su hermano apenas hablaban en la sala común —agregó Bryan.
—¿Les habrá pasado algo a los Lancaster? —supuso Hally.
—Si así fuera, no es problema nuestro —indicó Henry, frunciendo el ceño —¿Qué diablos decía el periódico esta mañana? —refunfuñó de pronto —Thomas me está dando jaqueca.
—Pregúntale, ahí viene.
Rose tenía razón. Habían llegado al Gran Comedor y apenas se separaban para ir a sus mesas respectivas cuando Thomas los saludó con una mano, aunque apenas sonreía. Tras él, Sunny y Walter se llevaban a Danielle a la mesa de Slytherin.
—Bryan, ¿tienes un minuto? —preguntó.
El aludido arrugó la frente y asintió, siguiendo al pelirrojo anaranjado lejos de la mesa de Hufflepuff. Los demás, casi de forma automática, miraron a Henry.
—Esto no está pasando… —musitó el castaño, cerrando sus ojos verdes con fuerza.
—Henry, ¿qué…?
—Amy, ¿dónde está el señor Radcliffe?
Ante semejante pregunta, las chicas dieron un respingo, temiéndose lo peor.
—Estaba… Bryan dijo que lo enviaron al continente —contestó finalmente la castaña.
—¿Ya regresó?
—No lo sé. Sus padres no le escriben seguido. La última lechuza le llegó hace un mes.
—¿Tiene algún problema con ellos? —se preocupó Rose.
—No, son más como los padres de Ryo, que están muy ocupados. Se la pasan viajando.
—¿A qué se dedican exactamente? —quiso saber Hally.
—Son miembros del Departamento de Cooperación Mágica Internacional, los envían a firmar tratados al extranjero. ¿Por qué?
—Esto no está pasando… —repitió Henry por lo bajo, más apesadumbrado.
Fue ese momento el que eligió Bryan para regresar. Su expresión era fría, incluso distante.
—¿Vamos a almorzar? —le preguntó a Amy, quien asintió en silencio —Bien, que sigue la clase de Hagrid y quizá sea un poco complicada.
Los demás dejaron que sus dos amigos de Hufflepuff se alejaran, temiendo que algo grave hubiera ocurrido, y solo reaccionaron cuando Procyon llegó a paso rápido, con aspecto de haberse tragado algo desagradable.
—¿Qué hacen parados aún? —indagó con algo de brusquedad.
—Bueno, la verdad… —comenzó Rose.
—Te lo contamos luego —interrumpió Hally, con una débil sonrisa —Rápido, que vamos a bajar a los jardines otra vez, ¿y cómo te fue con Lancaster?
Procyon frunció el ceño, mientras Henry y Rose agradecían mentalmente el cambio de tema.
—Como siempre, se puso insoportable —contestó el chico Black, caminando hacia el primer sitio libre que encontró en la mesa de Gryffindor —Quería que le confirmara que tú y yo estamos saliendo. Dijo un par de frases idiotas, la amenacé y la dejé plantada en el vestíbulo.
Al oír eso, Henry desvió los ojos un instante a las puertas del Gran Comedor, en donde percibió una intensa emoción antes de ver entrar a Emily Lancaster hecha una furia. Tuvo que cerrar los ojos y los puños con fuerza por unos segundos, antes de seguir prestando atención a su amigo.
—… Oí cómo gritaba que era insensible y maleducado, y no es agradable que medio colegio te mire como si de verdad tu abuelo hubiera sido mortífago —Procyon meneó la cabeza mientras se servía empanadas de jamón —O como si tú mismo fueras mortífago, ya que estamos.
—¿Cómo se atrevió…? —masculló Rose, indignada.
—¿Qué le contestaste? —quiso saber Hally.
—Nada. No valía la pena. Además, si lo hacía, le daba la razón.
Hally asintió una sola vez a eso, para sorpresa de Rose.
—Ustedes son raros —masculló la pelirroja, haciendo un mohín.
—No, son inteligentes —corrigió Henry con voz cansina.
—¡Sí, claro! Dejando que Lancaster diga lo que se dé la gana…
—Rose, piensa por un segundo, ¿la gente a quién le va a creer? ¿A una chica con un carácter endemoniado o a uno de los mejores del curso?
La aludida arrugó la frente por un segundo, para luego soltar un bufido por lo bajo.
—Cierto —concedió de mala gana.
—Por otro lado, tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos —añadió el castaño.
—¿Como qué? —se interesó Procyon, sirviéndose jugo de calabaza.
—¿Sabes si el periódico decía algo de otra desaparición?
Oyendo esa pregunta, Procyon parpadeó con aire confundido, para luego fruncir el ceño, intentando recordar, y finalmente negó con la cabeza.
—No leo el periódico a diario, pregúntale a Thomas —comentó.
—Ahora no, me da dolor de cabeza. Más cuando se puso a hablar con Bryan. ¿Sabías que al señor Radcliffe lo mandaron al continente?
—Algo había oído, ¿por qué? —de pronto, Procyon se dio cuenta de lo que estaba insinuando su amigo —¿Acaso el padre de Bryan…?
—Eso creo, lo confirmaremos con Thomas.
Así las cosas, los cuatro amigos de Gryffindor fueron los primeros en terminar del almorzar, tomando sus cosas y saliendo del Gran Comedor a paso rápido, ante la mirada confusa de sus compañeros de curso. No tardaron en toparse en el vestíbulo con sus amigos de Slytherin.
—¡Esperen! —los llamó Henry, agitando una mano en alto.
—Ya se habían tardado —apuntó Thomas, mordaz, antes de alejar todo rastro de broma de su rostro —Dime que no te hice nada, Colmillo Blanco…
—Algo de jaqueca, se me pasará —el castaño se encogió de hombros.
—¿Qué sucedió exactamente? —quiso saber Procyon.
Thomas iba a contestar, pero les pidió que esperaran con un ademán y acto seguido, señaló las puertas principales. Los demás comprendieron y salieron, deteniéndose en la escalinata de piedra donde no estorbaran el paso. Al minuto siguiente, llegaron Paula, Ryo, Amy y Bryan.
—Hola —saludó el joven Hufflepuff, un poco más animado que antes —Supongo que Thomas les habrá contado algo…
—Mis labios están sellados —replicó el pelirrojo anaranjado.
—Bien, entonces resumiré: mi padre fue al continente, dejó de comunicarse con el Ministerio en febrero y hasta ahora lo declararon oficialmente desaparecido. ¿Pueden creerlo?
—Eso no tiene sentido —espetó Hally de pronto, captando la atención de sus amigos —Mis padres han mencionado al actual Ministro de Magia, el señor Shacklebolt, les agrada y lo respetan. ¿Cómo va a permitir alguien así un anuncio como ese?
Bryan hizo una mueca de disgusto evidente.
—Eso no debe ser cosa del ministro —apuntó —Quizá él ni sabía que mi padre se esfumó.
—¿Cómo iban a ocultarle algo así? —se ofuscó Sunny de repente —Tu padre fue al continente por algo de las alianzas, ¿no?
—¿Tú cómo sabes eso? —se interesó Walter de repente.
—Me lo contó Will. Bueno, no exactamente. En una de sus cartas decía que el Departamento de Cooperación Mágica Internacional había enviado personal al continente para negociar alianzas. Y tu padre trabaja en ese departamento, ¿no? Oí que se lo decías a Amy una vez.
La castaña miraba a Bryan, quien asintió.
—Lo extraño es que mi madre no escribe —confesó, causando muecas de incredulidad en sus amigos —No desde marzo, cuando nos contó a Erica y a mí que papá no respondía las lechuzas.
—Espero que no se lo prohibieran —soltó Hally en voz baja, casi sin darse cuenta.
—¿Qué cosa? —se sorprendió Danielle.
—¿Recuerdan que papá resultó herido en una misión, cuando estábamos en segundo? Mamá consiguió hacerme saber que el Ministerio los obligó, a ella y a papá, a mentir en las lechuzas siguientes. ¿Y si le prohibieron a la madre de Bryan escribir con frecuencia? Quizá no sea cosa del ministro, sino de su departamento.
—¿No es el señor Sackville el jefe allí? —se acordó Thomas de pronto.
—¿Quién, el tipo que vino por el Torneo de las Tres Partes? —recordó Paula con vaguedad.
—Ese mismo —corroboró Hally.
—¿Qué piensan los del Ministerio entonces? —espetó Bryan, ligeramente ofuscado —¿Cómo podrían pasar esas cosas sin que el ministro se entere?
—No lo sabemos —Walter se encogió de hombros —A veces hacen estupideces, importándoles muy poco si alguien vive o muere cumpliendo sus órdenes.
Sus amigos tardaron poco en comprender a qué se refería. Seguramente recordaba a su madre y a su tía, que por cumplir con una misión, habían acabado muy mal.
—Menudo lío —espetó Procyon en un susurro, seguramente acordándose de cómo el anterior Ministro de Magia no había dejado que su madre visitara a su padre en San Mungo.
En ese momento sonó la campana y el grupo de amigos bajó a los jardines con el ánimo por los suelos, deseando no llegar a adultos demasiado pronto.
Londres, Inglaterra.
Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.
—Debe ser una broma.
Dahlia Holmes arqueó una ceja, en tanto Kingsley Shacklebolt, cruzado de brazos, fruncía el ceño levemente, casi de manera imperceptible.
Estaban en el cubículo más amplio del Cuartel General de Aurores, el del Comandante, cuyo escritorio relucía por estar recién pulido y con el papeleo ordenado. Eso apuntaba bien, pensó la tercera persona en el cubículo, pero no lo tomaría como circunstancia atenuante.
—¿Saben lo que me están pidiendo? —inquirió ese tercero, mirando a sus superiores.
—Por supuesto —asintió Holmes —En caso contrario, no tendríamos esta conversación.
—Es solo que… Kingsley… Digo, señor…
—Kingsley está bien —apuntó el Ministro de Magia, sin relajar su postura.
—Como sea… No me agrada la idea. No sabría qué hacer. No creo…
—¿Desde cuándo tiene esa actitud? —regañó la aurora Holmes, más seria que nunca —Si digo que es adecuado, lo es. Se graduó de la Triple A con excelentes calificaciones y hasta ahora, tiene la tasa más baja de misiones fallidas en lo que lleva de carrera. Y no me haga recitar sus hazañas previas para que comprenda que si alguien merece quedarse en mi puesto, es usted, Potter.
Harry Potter compuso una expresión extraña, mostrándose entre dolido y enfadado, antes de cerrar los ojos mientras dejaba escapar un suspiro.
Si era sincero, lo que le ofrecían era uno de los pocos sueños que le quedaban por cumplir. Para él había sido natural querer llegar a Comandante algún día, ya que su profesión le gustaba; lo demostraba al esmerarse en cada misión asignada. Sin embargo, asumir el cargo así, porque su Comandante actual prácticamente cometería suicidio en la incipiente guerra mundial mágica…
—Lo que no acabo de comprender es por qué irá al continente, señorita Holmes —soltó.
—Creí haberlo dejado claro.
—No lo suficiente. La gente murmura. Quizá lo que dicen no tenga ni pizca de verdad, pero está dando cierta imagen que no es conveniente para el Cuartel. Si me lo explicara a detalle…
—Potter, un líder fuerte en el campo de batalla inspira. Y también inspira tener de respaldo a una persona confiable. Pero seamos realistas: si invirtiéramos las posiciones y lo enviara a usted a dirigir la incursión a Alemania mientras yo me quedo aquí, pesará en mi conciencia que lo maten. Eso y las represalias que seguramente me llegarían de parte de toda la comunidad mágica.
—¿Eso es todo, señorita Holmes? ¿Quiere evitarse problemas?
—Sí. Además, usted tiene familia que lo espera y muchos años por delante. A mí ya no me queda nadie y siento que he tenido una buena vida.
Hacer tal señalamiento fue para el señor Potter como un golpe bajo. En su afán de servir, casi olvidaba a su esposa y a su hija, que si bien eran fuertes, nunca superarían del todo perderlo.
—El Cuartel la echaría de menos —señaló el señor Potter con firmeza.
—Ambos sabemos que soy del agrado de pocos desde que tuve que hacerme cargo por la desaparición de Douglas. Pero a él lo querían aún menos, así que no puedo quejarme. Piénselo, si algo pasara conmigo…
—Señorita…
—Si algo pasara conmigo, a usted lo seguirían si no todos, al menos la mayoría de los aurores que se queden. Y casi todos los Aspirantes crecieron escuchando su nombre y sus logros. Quizá suene a artimaña, pero hay que aprovechar ciertas cosas en determinadas circunstancias.
Oyéndola, el señor Potter intuyó por qué Dahlia Holmes, al asumir el puesto de Comandante, no había desatado tantas críticas como se esperaba.
—Harry —llamó entonces el Ministro de Magia, con voz grave y mesurada —Pensé por un momento que Dahlia estaba equivocada, pero lo he meditado con calma y será mejor que aceptes ahora, por las buenas, cuando podemos hacerte la oferta en privado y en buenos términos. Ten por seguro que después, si todo empeora, la comunidad mágica pedirá a gritos tu marcha al frente para que los libres de una nueva figura de maldad, y no serán tan corteses como nosotros.
—¿Es que acaso tengo cara de ser el héroe permanente de esta nación? —se quejó el señor Potter, ceñudo, sabiendo qué insinuaba el ministro.
—No, eso lo sabemos unos cuantos. Pero el resto de los magos suele olvidar con facilidad.
El señor Potter no lucía nada contento. Más porque sabía que todo aquello era cierto.
—De acuerdo —aceptó, dando una cabezada —¿Cuándo van a anunciarlo?
—Mañana por la mañana se enviará un comunicado a El Profeta. Aquí haré el anuncio después de comer, así que puede irse, Potter.
El nombrado asintió con un par de cabezadas, antes de ponerse de pie y abandonar el cubículo.
—¡Harry! ¿Por qué esa cara?
El señor Potter dio un respingo, topándose de frente con su pelirrojo mejor amigo. Iba tan ensimismado que no se había dado cuenta por dónde iba.
—Nada —contestó, meneando la cabeza.
—¿Seguro?
—No tardarás en enterarte.
Ronald Weasley lo miró con el ceño fruncido, antes de desviar los ojos y saludar en voz alta.
—¡Eh, Tonks! ¿No tenías licencia todavía?
La mencionada aurora se acercó a ambos con una sonrisa, agitando su corto cabello que aquel día lucía de un tono rubio blanquecino, casi plateado.
—No, recién terminó la semana pasada —contestó ella —¿Ocurre algo, Harry?
—¿Tú también? —replicó el de cabello negro, malhumorado.
—Dice que acabaremos por saberlo —el señor Ron se encogió de hombros—¿Acaso la señorita Holmes te dijo algo importante?
El señor Potter arqueó una ceja, dando a entender que no hablaría más.
—¿Cómo están tus niños, Tonks?
—Bien, Harry —la aurora sonrió ampliamente —La niña ya no cambia su cabello tan seguido, pero le ha dado por poner los ojos de cada color que distingue. Esta semana, por ejemplo, los tiene entre cafés y amarillos, se ve rara…
—¿Y el niño? —se interesó el señor Ron.
—Él sí cambia su pelo todavía. Esta mañana lo tenía azul. Parece que le gusta ese color.
—Va a ser como tú —comentó el pelirrojo, riendo un poco.
—Quizá, pero prefiero que ni él ni la niña saquen mi torpeza.
—¿Vamos a comer? —invitó el señor Potter.
Los otros dos asintieron, pero sin quitarse la sensación de que el legendario Niño–que–vivió no estaba del todo esperaban que fueran ciertas sus palabras.
Lo pudieron comprobar cuando, regresando de comer, la Comandante convocó a una reunión a todos los presentes, tanto aurores como Aspirantes en prácticas.
—Recordarán que he decidido encabezar al grupo que irá a Francia —comenzó la aurora Holmes, con semblante severo —Por lo tanto, decidí nombrar a alguien que se quede aquí en mi lugar. Así que cuando me vaya, Harry Potter estará a cargo.
Surgieron enseguida exclamaciones de asombro, unas cuantas felicitaciones, pero también bufidos y otros sonidos de inconformidad. Holmes pidió silencio con un ademán.
—Es una decisión consultada con el señor ministro, un auror como todos nosotros, pueden dirigir a él cualquier queja que tengan —invitó, callando a la mayor parte de los inconformes —Por otro lado, esta medida es provisional, ya que reasumiré el cargo cuando vuelva de Alemania.
"Si es que volvía", parecía el pensamiento de varios. Y no estaba lejos de la verdad.
—Es todo por el momento para los aurores. Aspirantes, Potter, quédense.
Los allí congregados se miraron con cierta confusión, pero obedecieron.
La señorita Holmes anunció, finalmente, cuáles Aspirantes se unirían a los aurores que, desde el día anterior, iban partiendo hacia el continente. Algunos de los descartados hicieron muecas, pero solo hubo una voz que se alzó en clara protesta, pidiendo explicaciones.
—Usted apenas está en el Nivel 2 con calificaciones aprobatorias, Terry —espetó Holmes con evidente mal humor, mirando a una joven rubia que fruncía las cejas sobre sus ojos color miel.
Después de eso, a pocos les quedaron ganas de quejarse.
—Los Aspirantes formarán equipo con aurores cualificados, pero mientras no esté presente ninguno, responderán ante Caine, ¿ha quedado claro?
—Ah, Comandante, eso no… —comenzó a decir el castaño Geoffrey.
—Silencio, Caine. En un momento hablaremos en privado.
El nombrado tragó saliva y asintió.
—Mañana partiremos, así que pueden salir hoy una hora antes. Caine, Potter, síganme.
Los tres fueron al cubículo del Comandante, donde tomaron asiento en completo silencio.
—Potter, ¿tiene alguna objeción con la elección de Aspirantes? —inquirió la aurora Holmes.
—No, señorita. Los que nombró, según yo, son los más capacitados para ir a Francia.
—Gracias. Caine, que quede claro, estará al mando de los Aspirantes si les ordenan operar sin un auror calificado, aunque espero que no tenga que darse el caso. Estoy poniendo en sus manos esta responsabilidad porque creo que puede con ella. No me decepcione.
El muchacho asintió, agitando con ello los rizos que cubrían su cabeza.
—Caballeros, ahora discutiré con ustedes algunas cosas, tanto pendientes que se quedan en el Cuartel —la mujer miró al señor Potter —como cualidades y debilidades de los Aspirantes que viajarán —observó a Geoffrey un instante —Es ahora cuando deben hacer preguntas, por ridículas que parezcan, porque entre más claras les queden las cosas, mejor.
Los otros dos asintieron y se dispusieron a escuchar con la mayor atención.
13 de abril de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Una noticia como aquella no podía ser ignorada por cualquier estudiante de Hogwarts que tuviera al menos un padre mago.
—Harry Potter es nombrado Comandante interino del Cuartel General de Aurores —leyó Thomas en voz baja, en cuanto le llegó su ejemplar de El Profeta —Vaya, interesante…
A continuación, como casi siempre, el pelirrojo anaranjado se puso a leer al tiempo que comía.
—Un día se ahogará por no fijarse en lo que come —comentó Sunny, haciendo una mueca.
Distraídamente, la castaña desvió la vista hacia la mesa de profesores, desconcertándose al no ver a su tutor allí. Era raro no ver el atuendo oscuro de Snape entre las túnicas de colores del resto de los docentes. Encogiéndose de hombros, regresó la atención a sus huevos revueltos.
Lejos estaba de imaginarse por qué SeverusSnape estaba ausente del Gran Comedor.
—Si es una broma, debo decirte que tu sentido del humor es un tanto retorcido.
El jefe de la casa de la serpiente estaba sentado a su escritorio, arqueando una ceja de forma interrogante, sin saber exactamente qué papel debía representar ante su visitante. Porque a fin de cuentas, su vida había sido una farsa tras otra, ya fuera como método de supervivencia o como táctica para lograr sus objetivos.
—Por supuesto que no es una broma. Me sorprende que lo pensaras siquiera.
—En realidad, verificaba si seguías en tus cabales. Siendo así, deberías explicarte mejor, ¿no?
—Claro, claro…
Un suspiro siguió a esas palabras, y luego un minuto de silencio que pareció demasiado largo. Snape arrugó la frente, demostrando así su impaciencia, pero no iba a presionar.
—Voy a decir algo terriblemente patético, pero lo que acabo de ofrecerte es lo único que me motivaría a regresar con vida.
Eso no se lo esperaba. Snape creía que ya no tenía capacidad para asombrarse, pero sintió cómo sus ojos se abrían lentamente, al máximo, antes de reprimir el gesto lo más pronto posible.
—¿Y por qué acudes a mí? —inquirió, sintiendo que ya había tenido una conversación similar.
Similar y en cierta forma, escalofriante. Aunque no era el momento de recordarlo.
—¿Por qué crees?
El desdén, la frialdad y cierto dolor se dejaban oír en aquella simple pregunta.
—Bien, no soy tan estúpido —aceptó el profesor, evidenciando su incomodidad al removerse en su asiento —¿Desde cuándo…?
—No tendremos esa conversación ahora.
—Disculpa que te contradiga, pero me estás pidiendo algo realmente importante antes de largarte al otro lado del Canal de la Mancha, donde posiblemente morirás. Me la debes, Dahlia.
Ante semejante argumento, Dahlia Holmes se encogió un poco, desviando la vista, sin poder creerse que estuviera sosteniendo semejante conversación.
Pero Snape tenía razón, lo que pedía era demasiado importante. Muchos podrían considerarlo un mero capricho, o un acto de locura producto de la edad y los sueños frustrados, pero es que de pronto sintió que se lo merecía. Aunque fuera por poco tiempo. Así que se tragó su orgullo, acalló la voz de su sentido común y se presentó en Hogwarts muy temprano, con el firme propósito de no sonar como la Comandante que era ni como una desesperada.
Con ese pensamiento, suspiró y le dio a Snape las respuestas que quería, aunque para eso tuviera que olvidarse de la dignidad que le quedaba.
Para su sorpresa, cuando terminó de hablar no recibió gestos de incredulidad ni muecas de repudio. Lo único que ocurrió fue que se escuchó un suspiro, algo más que un débil resoplido, antes que Snape se pusiera de pie. Con la cabeza inclinada, Holmes no se percató de la dirección de los pasos de su interlocutor hasta que distinguió una túnica negra a su derecha.
—Nunca creí que las cosas fueran así —indicó Snape con voz inexpresiva.
—Eras algo… corto de vista —se limitó a señalar Holmes.
—Dirás que tenía la vista fija y no hacía caso a nada más.
La señorita Holmes se encogió de hombros.
—Las condiciones… —comenzó Snape en voz tan baja que obligó a Holmes a mirarlo con las cejas arqueadas de manera escéptica —Las condiciones, ¿puedo modificar algunas?
—Eh… Sí, supongo. Es lo menos que te debo.
El hombre negó con la cabeza y regresó a su silla tras el escritorio, tomando un pergamino de largo considerable que en la parte superior ostentaba el sello del Ministerio de Magia.
—Me disgusta pensar que esto es mera conveniencia por ambas partes —Snape alzó un poco el pergamino que leía, antes de agregar unos renglones de su puño y letra, tachar otros y finalmente, estampar su firma en él —Espero que no te importe que lo vea así por ahora.
—¿Por ahora?
—Al menos hasta que vuelvas.
Holmes parpadeó con cierta confusión. Desde que decidió ir a combatir al continente, tenía asumido que probablemente no regresaría. Incluso creíaque morir en esa guerra, en cumplimiento de su deber, la honraría y dejaría una huella en el mundo.
—¿Realmente esperas que vuelva? —se oyó preguntar.
La respuesta, hecha con firmeza y acompañada de un asentimiento, no se hizo esperar.
—Eres demasiado terca como para morir allá. Y quiero que hagas valer las condiciones.
Ante eso, la señorita Holmes asintió en silencio, intentando sonreír.
Era agradable sentir que alguien deseaba que sobreviviera.
Para la hora de cenar, era de dominio público en Hogwarts que Harry Potter era Comandante interino de los aurores por la partida de Dahlia Holmes al continente. Sin embargo, Sunny no se enteró de varios de los detalles por el periódico, ya que no lo leía a diario, ni por su amigo Thomas, que sí lo hacía. No, a ella Snape la mandó llamar cuando apenas iba entrando al Gran Comedor tras cortarle a Paula su entrenamiento de animagia para celebrarla en la Sala de los Menesteres.
Sunny se preguntaba qué querría decirle su tutor, ya que apenas hablaban en privado, aunque se desconcertó todavía más cuando entró a su despacho detrás de él y vio a alguien más allí.
—Queremos informarle algo, señorita Wilson —comenzó Snape con voz grave, indicándole con un gesto que tomara asiento en la silla libre delante de su escritorio —Y por una vez, no vaya a contárselo a esos amigos suyos en cuanto salga de aquí. No todavía. Acabarán enterándose y solo entonces le permito darles todas las explicaciones que quiera.
—¿Pero por qué…?
La jovencita no atinó a terminar la pregunta. Lo que tenía enfrente era a la vez asombroso e inesperado, una cosa que jamás creyó ver y quizá, solo quizá, fuera un augurio de algo bueno en su, hasta ahora, enredada vida.
Pero no debía confiarse. Quizá aquel gesto no era gracias a ella. Ya le había pasado antes.
—¿Y yo qué tengo que ver? —soltó, con cara de pocos amigos.
—Mucho —respondió Snape, para luego arquear una ceja —¿Está enfadada por algo?
Sunny negó con la cabeza, un poco menos recelosa. Y por fortuna, la narración que escuchó acabó por dejarla tan aturdida que olvidó sus repentinos temores.
—¿Por qué? —inquirió en un murmullo tal que apenas la oyeron —¿Quién en su sano juicio…?
—¿Me pediría eso a mí? —completó Snape con cierta ironía.
—No, pensaba en… Ah, da igual —Sunny sacudió la cabeza —¿Y entonces qué…? Digo, ¿y yo…? ¿Yo dónde…?
—¿Dónde qué?
Sunny paseó los ojos a su alrededor, intentando no mirar a quienes la acompañaban en el despacho. De pronto, se sintió pequeña y perdida, retrocediendo a cuando su madre la dejó en el orfanato, hacía ya varios años.
—El papeleo quedará listo en unos días —intervino la otra persona en el despacho, cruzada de brazos y con una expresión serena —Severus tendrá facultades para autorizar por mí cualquier cosa, pero antes quisimos contártelo para que nos dieras tu opinión.
Ante eso, Sunny arqueó una castaña ceja, entre irónica e incrédula.
—¿Por qué? —quiso saber, de nuevo hablando en voz muy baja.
La otra persona hizo una mueca, pero no tuvo la oportunidad de decir palabra, ya que Snape se le adelantó al colocarse junto a su tutelada, de pie, observándola fijamente.
—Los dos estuvimos de acuerdo —contestó —Los dos lo queremos. ¿Queda claro, Sunny?
Y como las pocas ocasiones anteriores en que oyó su nombre de pila de boca del jefe de su casa, la muchacha parpadeó repetidamente, intentando comprender, hasta que poco a poco, con timidez, sus labios se curvaron en una de sus contadas sonrisas maravilladas, por fin creyéndose lo que le habían contado, con la extraña sensación de finalmente encajar en su entorno. Se sintió tan agobiada por la avalancha de emociones que no pudo evitar que un par de lágrimas se le escaparan, sin molestarse en limpiarlas.
—¿De verdad? —musitó.
Snape asintió, repasando mentalmente cuanto sabía de su tutelada hasta que creyó saber a qué se debía semejante reacción, cuando normalmente se portaba obstinada y arisca, al menos con él. Se acuclilló junto a Sunny, quien lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—Solo si estás de acuerdo —apuntó —No hemos olvidado a Bluepool.
Hasta entonces Sunny se acordó de su hermano mayor, pero por alguna razón, no importaba.
—Will estará bien sin mí —aseguró, encogiéndose de hombros —Y siempre puedo visitarlo.
Snape asintió y fue cuando Sunny vio, más de cerca, que el gesto de antes aparecía de nuevo, igual de inverosímil, ligero y casi imperceptible, sin borrarse por haber estado hablando de ella.
La sonrisa, increíblemente, sí era por causa suya.
—¿A dónde crees que fue Sunny? —inquirió Amy amablemente.
En la mesa de Hufflepuff, la mayoría estaba saboreando la cena sin pensar en otra cosa que las clases y los más recientes chismes de corredor. Eran contados los que, como los Lancaster y unos pocos más en las demás mesas, tenían el ánimo apagado.
—No lo sé, la llamó Snape —respondió Bryan, encogiéndose de hombros —Espero que no haya pasado algo malo.
—Sí, yo también lo espero.
—Eh, Bryan —lo llamó su hermana —Toma, llegó después de que te fueras a clases.
La joven le entregó un rollo de pergamino, regresando poco después a su conversación con sus compañeras de curso. En tanto, Bryan se dedicaba a leer el pergamino, frunciendo el ceño.
—No lo entiendo —murmuró finalmente, acercándose a Amy para que ella también leyera.
Quien herede todo del astuto y perverso consejero de Gunther estará en riesgo. Quien comparte lo sentido cerrará su corazón por un tiempo. Quien ladra cuando ya no existe al dragón va a liberar. Quien a veces es conejo la alarma ha de dar.
M.E.T.
—¿Quién es M.E.T., a fin de cuentas? —se extrañó la castaña.
Bryan se encogió de hombros, aunque su mente se repitió las frases tantas veces que para cuando acabó de cenar, se las sabía prácticamente de memoria. Hasta que estuvo en su dormitorio, ya acostado, creyó conectar ideas y con ello, descubrió por qué le había llegado aquello.
Pero lo que le esperaba no lo hacía sentirse mejor.
14 de abril de 2021.
Aún preguntándose si no sería una estupidez, Bryan aprovechó la clase de Encantamientos del día siguiente para hablar con uno de sus amigos.
—¿De qué estás hablando?
Al contrario de lo que esperaba, Henry no se mostró confundido por aquello, sino enfadado, por lo que le mostró la nota enviada por M.E.T.
—No tiene sentido —masculló el castaño, entrecerrando los ojos verdes en tanto movía la con desgano la varita en dirección a un cojín que tenía encima de la mesa, que voló en línea recta hacia un enorme cesto al otro lado del aula —Mi tía también envió algo…
—¿Tu tía, la que sueña cosas?
Henry asintió, mirando de reojo a su madre, que supervisaba la ejecución del encantamiento repulsor por parte de Paul Owen y Diane Creevey.
—¿Entonces sabes quién es…?
—Piénsalo, Bryan, ¿a quién más conocemos que pueda soltar estas frases?
El nombrado parpadeó con cierto aire desconcertado, antes de fruncir el ceño y mandar a volar su propio cojín, que por un metro no cayó dentro del cesto.
—Kreisky —musitó de pronto, como iluminado por una inspiración.
—Supongo que cambió la última letra ahora que se casó —corroboró Henry, señalando la "T" en la firma de la nota —Pero no tiene sentido, porque no pienso hacer eso…
—¿Hacer qué?
Henry meneó la cabeza, movió los ojos en todas direcciones para asegurarse que nadie les prestara atención y carraspeó.
—Una cosa de familia —contestó, con evidente mal humor —Lo que me gustaría saber es por qué dice que tú…
—No tengo la menor idea. Pero me preocupa que alguien sepa precisamente de eso.
El otro asintió, haciendo una mueca.
—Lamento interrumpir su charla tan divertida, pero… —soltó Rose, a la derecha de Henry, blandiendo la varita con cierta impaciencia pero sin conseguir el objetivo del día —¿Me ayudan?
—Por una vez deberías hacerlo tú misma, Weasley —espetó Donald Warren detrás de ella.
—Nadie pidió tu opinión —espetó Henry de mala gana —Rose, por favor, haz el movimiento correctamente, que si no…
Los dos muchachos se enfrascaron en una pequeña discusión sobre el movimiento de varita que requería el encantamiento, observados por un Bryan bastante pensativo.
—Por cierto, Warren —dejó escapar Rose cuando, tras varios intentos, logró mandar el cojín al cesto —Nerie quiere que dejes de molestarla, porque a la próxima te va a echar un maleficio.
El nombrado, poniéndose colorado, masculló algo sobre parientes entrometidos.
—¿Qué fue eso? —se interesó Hally, sentada delante de su amiga, entre Procyon y Danielle.
—Oh, casi nada. Nerie acaba de romper con Corner y Warren no deja de pedirle citas.
—¿Bromeas? —Thomas, a la izquierda de Procyon, parpadeó con asombro —Los vi en los jardines la semana pasada, a tu prima y a Corner, y se veían bien.
—Ah, sí… Nerie me contó que lo cortó apenas el sábado.
—¿Ella lo cortó? —Danielle arqueó una ceja, irónica.
—El tipo tiene mala suerte —murmuró Ryo, que ocupaba el otro sitio junto a Rose.
—¿Qué pasó? —se interesó Amy.
—Los Copperfield invitaron a Nerie a dar una vuelta al Bosque Prohibido… Solo al trozo más cercano a la cabaña del profesor Hagrid, iban a buscar una flor o algo así… Pero a Corner no le hizo gracia y dijo algo sobre los mellizos que enfadó a Nerie. Por eso lo cortó.
—Ese idiota nunca aprende —soltó Sunny, despectiva.
—¡Jóvenes, les quedan cinco minutos! —avisó la profesora Nicté, ladeando la cabeza hacia su izquierda justo cuando un cojín pasaba volando en dirección al cesto tras ella.
—¡Lo siento! —se disculpó Franco Visconti.
Fue un alivio que la profesora les pidiera parar un minuto antes que sonara la campana, ya que varios habían perdido el sombrero por culpa de los cojines mal direccionados y debían buscarlo. Al salir del aula, los alumnos de cuarto comentaban la clase con aire divertido.
—¡Me la pagarás, Hagen! —amenazó Scott al adelantarse con sus amigos al Gran Comedor.
—Encantamientos no es mi fuerte —se defendió la aludida, fingiendo inocencia.
Durante la clase, había mandado su cojín al cesto de tal forma que le tiró el sombrero a Scott.
—Un día de estos no te creerán esa excusa, Ai, ten cuidado —advirtió Ryo.
—Debiste quedar con nosotros, astuta amiga —bromeó Thomas, echándose a reír.
—Paula, ¿sabes quién fue Gunther? Me suena a alemán… —preguntó Bryan de repente.
—¿Gunther? Fue un rey —respondió la rubia Ravenclaw —Los muggles creen que no existió, pero su leyenda es tan famosa que hasta le compusieron una ópera.
—¿Y por qué los muggles creen eso?
—Vivió hace siglos y gobernaba una antigua tribu que vivía donde ahora es Alemania. Casi todos los de la tribu eran magos y en aquel entonces no existía el Estatuto Internacional del Secreto, así que las cosas raras que pasaban, los muggles las fueron contando por todas partes.
—¿Ese rey tenía un consejero?
—No sé, aunque… Papá una vez comentó que no hiciéramos valer el apellido, pero no entendí qué quiso decir, sobre todo cuando estábamos hablando de ópera.
—¿De ópera? ¿Cuál ópera?
—Bryan, ¿a qué viene tanto interés? No recuerdo en este momento, lo siento.
El muchacho negó con la cabeza, restándole importancia al asunto, justo al llegar al Gran Comedor y separarse de sus amigos.
—Erica —llamó a su hermana en cuanto se sentó a la mesa de Hufflepuff —Fuiste a la ópera, ¿no? Cuando vivíamos en Viena.
—Sí, un par de veces —confirmó la chica —¿Por qué?
—¿En alguna viste a un Hagen?
—¿Hagen? Sí, en el Cantar de los Nibelungos. Era el medio hermano del rey Gunther.
—Ah… ¿Y ese Hagen era astuto?
—¡Vaya que sí! En la ópera, convence al rey de matar a su cuñado solo para quedarse con un tesoro muy valioso. Perverso, ¿no?
Lo era, pero Bryan no pensó mucho en ello cuando le dio las gracias a su hermana y se puso a almorzar de manera distraída.
Por primera vez, odió el entender un acertijo.
Londres, Inglaterra.
El Atrio, Ministerio de Magia.
—Eso es todo, señor. Que tenga buen día.
Asintió antes de dar media vuelta y comenzar a salir, con la vista fija en los pergaminos que acababan de entregarle.
Increíble, pero ya estaba hecho.
—¡Disculpe usted!
Una figura femenina pasó a su lado, pero se desconcertó al escuchar un susurro.
—En el Atrio, en cinco minutos.
Cuando giró la cabeza, distinguió únicamente una oscura melena ondeando, cuya dueña vestía una túnica verde oscuro.
Sin hacer preguntas, siguió la indicación, no sin antes guardarse los pergaminos que llevaba.
No se cruzó con ningún conocido, cosa que era de esperarse. No se paraba por el Ministerio de Magia si podía evitarlo, aunque en esta ocasión el asunto a tratar no le era desagradable. Lo que de verdad le daba recelo era que alguien, fuera de ciertas personas, supiera que estaba allí.
—El Atrio —anunció la voz impersonal en el ascensor.
La mayor parte de los ocupantes bajó allí, transitando de un lado a otro de aquella área. Sin mirar a nada ni nadie en particular, se acercó a la Fuente de la Nueva Era, frunciendo el ceño ante lo que representaba. Hacía mucho que no la veía…
—… Ese Potter, si no lo conociera, diría que se desquita con nosotros…
Un par de magos cruzaron el Atrio a toda carrera, entraron a un ascensor y se perdieron de vista mientras reían por alguna broma que solo ellos compartían. Ya que mencionaban a Potter, debían ser aurores, ¿con quién más podría "desquitarse" El–niño–que–vivió?
—Lo siento, ¿lo hice esperar?
Negó con la cabeza, mirando solo de reojo a quien le hablaba.
—Disculpe la demora. Solamente me encargaron darle esto.
Recibió de aquella persona un sobre de pergamino. Arrugó la frente al ver el nombre escrito en el anverso, con una estilizada caligrafía.
—Es sumamente importante que llegue al destinatario, ahora yo no puedo pararme por allí.
—¿Eso es todo?
—No. También se me pidió hacerle una oferta oficial. Ya sabe, por sus antecedentes.
—¿Mis antecedentes? ¿De qué clase de oferta estamos hablando?
Oyó un leve carraspeo y se quedó en silencio debido a un grupo de magos particularmente numeroso que pasaba por allí. Al retirarse, la otra persona respondió con voz muy seria.
—Es de parte de Führer.
—No me interesa hacer tratos con ese hombre.
—No le queda opción. Usará cualquier cosa como moneda de cambio con tal de tener un ojo en Hogwarts. Incluso lo que acaba de solucionar en la Oficina del Registro Civil Mágico.
—¿Cómo sabe…?
—Tengo mis propios contactos. Ahora, ¿quiere escuchar los términos tranquilamente o tendré que hacerlo aceptar por las malas?
—Creí que su papel era debido a una misión.
—Y lo es. Como lo sería el suyo. A fin de cuentas, tiene experiencia en ello, Snape.
Ante semejante frase, Severus Snape frunció el ceño.
—¿Exactamente qué quiere que haga? —inquirió finalmente, en un susurro.
Cuando obtuvo respuesta, procuró que ninguna emoción se reflejara en su rostro.
Si aceptaba, perdería de nuevo cosas que le importaban. Y si no lo hacía, igual.
—¿Sabe lo que me está pidiendo? —espetó, siseando como serpiente enfurecida.
—Por supuesto. También tengo a alguien a quien no quiero dañar. Pero de no ser por mí, no sería usted el primer candidato para este trabajo. Hay que buscar una forma de realizar la misión pero que ésta no tenga el resultado deseado. ¿Me hago entender?
Más claro no podía decirlo. Snape asintió, miró de nuevo el sobre que debía entregar.
¿Sería correcto volver a las andadas? Esa era la cuestión
Versalles, Francia.
Departamento de Seguridad Mágica, Ministerio de Magia.
—Muy bien, madame, nos encargaremos de ello.
Dahlia Holmes asintió al tiempo que veía al mago de túnica gris alejarse por un largo pasillo. No terminaba de acostumbrarse al laberíntico Ministerio de Magia francés, aunque no estaría allí mucho tiempo. No si la misión iniciaba tal como se había programado.
La mayor parte de sus aurores ya habían sido asignados a diversos cometidos, lo cual le quitaba un peso de encima. Cuando ella llegó con los Aspirantes, solicitó que le informaran de la situación, así como de la misión en la que participaría. Quedó conforme con los datos proporcionados, aunque no le hacía gracia que la mayoría de sus Aspirantes fueran agrupados con aurores austríacos.
Para Reino Unido, Austria no era un país aliado.
No cuando McGill estaba a cargo, al menos, ya que sentía una aversión injustificada hacia esa nación, quizá dejándose llevar por la historia, que señalaba que solía ser aliada de Alemania en asuntos internacionales. No obstante Wolfang Altenberg, el Ministro de Magia de Austria, declaró estar en contra del Terror Rubio, enviando a sus mejores aurores a formar parte de la Coalición, como comenzaban a llamar a los países que se unían para combatir a Hagen y los suyos.
—Comandante, aquí está la lista que pidió.
Holmes miró por encima de su hombro a Geoffrey Caine, vestido con una túnica gris oscuro, entregándole un pergamino para luego pasarse una mano por la parte posterior de la cabeza.
Seguramente no se acostumbraba aún al cabello cortado casi a rape, con el cual se había librado de sus numerosos rizos castaños, ganándose un aspecto más serio sin demeritar su atractivo.
—Gracias —la mujer tomó el pergamino y le echó un vistazo rápido antes de asentir y guardárselo —Todos los Aspirantes se marcharon con colegas cualificados, por lo visto.
—Así es. Les comenté que era la sugerencia que usted enviaba y por fortuna me creyeron.
La aurora volvió a asentir.
—¿A usted dónde lo asignaron? —indagó.
—Iré con un pequeño grupo que entrará a Alemania por la Selva Negra. Un auror francés, Lumière, comentó que un contacto nos facilitará el tránsito.
—¿Qué clase de contacto?
—No lo dijo, pero por lo que he oído, el Régent se hizo cargo de eso.
Al oír eso, Holmes arrugó el ceño. Si no mal recordaba, el actual Régent era un Weasley, por lo que era confiable. El problema sería si su contacto no lo era.
—Por cierto, Comandante, si quiere hablar con el Régent o con el señor ministro, vi que están disponibles en la oficina del director de este departamento.
—Gracias por decírmelo. Enseguida voy.
Geoffrey asintió y se retiró, sintiendo de nuevo algo raro en la cabeza.
En realidad, no tenía por qué haberse cortado el cabello; hasta la fecha nadie se había quejado y en el reglamento del cuartel no existían reglas estrictas referentes a la presentación personal. Sin embargo, llevando a cuestas la responsabilidad de supervisar a sus compañeros Aspirantes en caso de necesidad, sabía que era mejor cambiar su imagen si quería que lo tomaran en serio. Así, la noche anterior a su partida, acudió al departamento de Mindy Whitehead, quien al principio pensó que era una lástima deshacerse de esa "maraña encantadora" (como ella llamó a sus rizos), pero no se negó a su petición. Lo malo fue que estuviera presente Jason Bradley, quien hizo bromas sobre su nuevo aspecto, aunque se calló al ver la cara que puso al mencionar a Judith Bruce.
Judith… Apenas tuvo la oportunidad de despedirse de ella, y odió con toda su alma dejarla al borde de las lágrimas. Empero, era de admirarse que no le pidiera quedarse, limitándose a escuchar, sonriendo con tímido orgullo, cómo le asignaron importantes tareas en el frente y al final, le deseó suerte. Al menos le entregó un regalo con el suficiente significado como para que comprendiera que planeaba volver por su propio pie.
—¡Eh, Caine! —llamó con voz potente Byron Fonteyn, a unos metros.
Acudió a su encuentro, preguntándose si era solo su imaginación o Fonteyn lucía menos severo desde hacía unos días, aún estando a punto de entrar en acción.
—¿Qué pasa? —inquirió.
—¿Llegó la señorita Holmes?
—Sí, le entregué la relación de Aspirantes y sus asignaciones. Creo que va a hablar con el Régent y con el señor ministro.
—Saint–Honoré acaba de irse a su despacho, por lo que sé. Al que va a hallar disponible es al chico Weasley. ¿Te dieron tu asignación ya?
—Sí, me voy en una hora con el grupo Negro.
Fonteyn frunció el ceño, haciendo una mueca.
—¿Qué pasa? —volvió a preguntar Geoffrey, perspicaz.
—¿A dónde mandaron al resto de los Aspirantes? —inquirió el otro a su vez.
—La mayoría están en los grupos que dieron un rodeo para entrar por la frontera con Polonia.
—¿Por qué dar semejante rodeo si tenemos Alemania a un paso?
—Uno de los grupos intentará contactar al Ministerio polaco, para pedir refuerzos.
Para asombro de Geoffrey, Fonteyn dejó escapar un bufido de exasperación y dando media vuelta, comenzó a caminar hacia uno de los innumerables pasillos. Geoffrey no tardó en seguirlo.
—Polonia cayó ante el Terror Rubio, ¿cómo esperan obtener refuerzos? —masculló Fonteyn —¿Acaso sabemos si su ministro está en condiciones de escucharnos?
—No estoy seguro, pero oí algo de un plan…
Geoffrey no terminó la frase. Delante de él había un gran alboroto.
—¿Ahora qué? —masculló, arrugando la frente.
—Esperemos que buenas noticias —comentó Fonteyn, acelerando el paso.
Llegaron en segundos a la sección de aquel pasillo donde un nutrido grupo de personas no dejaba de cuchichear entre sí, formando un círculo apretado. Debido a su fisonomía y su expresión, a Fonteyn no le fue difícil abrirse un hueco allí, por lo que Geoffrey se limitó a seguirlo.
Un pelirrojo de túnica azul con bordes dorados escuchaba atentamente lo que decía un hombre de cabello oscuro y túnica maltrecha que en otros días fuera verde musgo. El hombre estaba sentado en el suelo, con semblante abatido, vocalizando de manera lenta en inglés, para disgusto de algunos funcionarios que lo único que querían era chismorrear.
—¡C'est terrible! —exclamó por encima de sus cabezas una de las numerosas estatuillas de bronce que se movían sobre las columnas del pasillo: se trataba de una bruja menuda que sostenía un conejo en brazos —¿Llamo a algún sanador, Régent Weasley?
—Se lo agradecería mucho, mademoiselle de Lapin. Que espere con Monsieur Saint–Honoré.
La estatuilla salió disparada, saltando de columna en columna, sin mirar atrás.
Geoffrey, pese a estar cerca, apenas podía oír lo que el desconocido decía, así que siguiendo el ejemplo de Fonteyn, comenzó a despejar el área de curiosos, y justo terminaba con ello cuando Weasley, con voz severa, anunció.
—Esto tiene que saberlo Monsieur Ministro, señor Radcliffe.
Al oír el apellido, Geoffrey se puso alerta. Si no mal recordaba, en la última reunión que pudo hacer la Orden del Fénix antes de la marcha de los aurores se mencionó a ese hombre, era un miembro del Ministerio desaparecido desde hacía semanas.
—¿Qué está ocurriendo? —quiso saber Dahlia Holmes, recién llegando a ese punto del pasillo.
—Tenemos una irregularidad —contestó Frank, señalando al hombre maltrecho —Le presento a Greg Radcliffe, señorita Holmes. Tiene información que nos será útil. ¿Podría acompañarnos a ver a Monsieur Saint–Honoré?
—Por supuesto.
Geoffrey vio cómo se marchaban, preguntándose qué sería tan urgente, hasta que notó que Fonteyn, de pie a pocos metros, mostraba su sequedad habitual, aquella que, por algún motivo, a últimas fechas parecía haber desaparecido.
—¿Pasa algo? —se atrevió a preguntar Geoffrey.
Fonteyn le dirigió una mirada extraña, que en cualquier otro podría interpretarse como de desdén, pero que en ese auror quizá significaba algo más.
—Tenemos un traidor —espetó Fonteyn entrecerrando los ojos verdes, que por una vez no lucían inusitadamente tristes, sino furiosos.
—¡Un traidor! ¿Quién es? ¿Dónde está?
—Eso es lo que hay que averiguar, Caine. Pero ese traidor está lo suficientemente informado como para que Hagen les preparara una emboscada a los grupos que van a Polonia.
Ante eso, Geoffrey no pudo menos que maldecir mentalmente a Hagen y a ese traidor que, de una forma u otra, ayudaba a frustrar sus planes.
—¿De eso hablaba el señor Radcliffe? —quiso confirmar.
—Sí. Con su información, sabemos dónde empezar a buscar al traidor. A menos que…
Fonteyn dejó de hablar lentamente, frunciendo el ceño, pensando intensamente. A Geoffrey le preocupó que pensara que no era de fiar, hasta que lo oyó musitar.
—A menos que la emboscada sea parte de algún plan de Turner.
El joven parpadeó, atónito. ¿Cómo no lo pensaron antes? Katrina Turner era oficialmente aurora de Reino Unido en una misión de espionaje y si se había enterado de las misiones que la Coalición estaba llevando a cabo, parte de su tapadera debía ser informarle a Hagen. Pero sentía que algo se le escapaba…
—Pero entonces, ¿por qué Radcliffe fue desaparecido del mapa tanto tiempo? —continuó Fonteyn, aparentemente cavilando en voz alta —Él solamente fue a obtener el apoyo de Mónaco…
—¿Y para qué sirve tener de aliado a Mónaco? —inquirió Geoffrey.
No esperaba que su sencilla pregunta dejara a Fonteyn estupefacto.
—¡Eso es! —Fonteyn comenzó a andar, y Geoffrey no tardó en seguirlo a toda velocidad —Mónaco tiene una de las sedes de Gringotts más ricas del mundo, se especializa en préstamos internacionales, seguramente por la existencia de todos esos casinos… Quien tenga de su lado a Mónaco, podría conseguir que le concedieran fondos prácticamente ilimitados. Si Hagen pensó en eso, le bastó con vigilar cualquier intento de otro país por conseguir una alianza y hacer su jugada.
—Pero… ¿Entonces Mónaco está de parte de Hagen?
—No, por lo que sabemos, Radcliffe consiguió que se firmara la alianza con Reino Unido. Fue después de eso cuando desapareció. Lo que tampoco tiene mucho sentido.
—A menos que quisieran presionar a Reino Unido a retirar la alianza recién firmada.
—Quizá, aunque no habría resultado, Shacklebolt no cede fácilmente a los chantajes, no sin pelear. Aquí hay algo más que no alcanzo a comprender…
Geoffrey pensaba lo mismo. Inmerso en la política desde que tenía uso de razón, sabía los intereses que ciertos funcionarios tenían en juego al apoyar o despreciar ciertas cosas. Por lo tanto, la posibilidad de que las futuras emboscadas en Polonia fueran cosa de Turner era factible. Pero lo del señor Radcliffe y Mónaco…
—Quizá tenemos más de un traidor —musitó, indignado y asustado por semejante idea.
Y no lo supo en ese momento, pero Fonteyn lo escuchó y estuvo de acuerdo con él.
10 de diciembre de 2012. 8:10 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Buenas, damas, caballeros y demás entes! ¿Cómo la pasan? En la ciudad de su servidora comienza a hacer frío y si lo recuerdan, odio el frío. Entre eso y otras cosas (coftrabajocof), pues el año está llegando a su fin, aunque LAV no tanto… Creo. Pasemos a lo importante.
Como tocaba título "Arcano", hemos visto un poco más de Bryan y Severus Snape. Sí, quizá las escenas de Bryan sean simples y las de Snape, misteriosas, pero es lo que hay. El joven Hufflepuff tiene una tarea qué hacer, soltando todo eso que le llegó por lechuza, mientras que nuestro ogro favorito (Bell ríe por lo bajo) hace y deshace sin que sepamos con seguridad qué está maquinando.
En el Cuartel General de Aurores, Harry toma el mando, cosa que andaba planeando desde el capi anterior pero que no sabía cómo plasmarlo. Ahora solo debo pensar bien cómo mostrar a un Harry mandón, jajajaja… En cuanto a Geoffrey (McGill) Caine, lo echaba de menos y que Holmes confiara en él para estar al pendiente del resto de los Aspirantes habla bien de su desempeño en la Triple A, ¿verdad? Tuve la intención de darle ese puesto a Ken Wood, pero como no decido si va al frente o no, era poco conveniente.
Y como dejé suficientes preguntas en el aire, me retiro, esperando que para la próxima vez pueda dar la selección de La Torre, así como responder más preguntas de las que dejo (ajá, eso ni Bell se la cree).
Cuídense mucho y por si no volvemos a leernos en el mes… ¡Feliz Navidad! ¡Próspero Año Nuevo!
