A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Veintinueve: Retroceso.

25 de abril de 2021.

Mar del Norte.

Prisión Mágica de Azkaban.

Comenzó a llover casi enseguida que cruzaron las puertas de la prisión, de vuelta al exterior.

Un hombre joven, alto y fornido, vestido con una túnica oriental azul marino y una tira azul bien atada a su cabeza que mostraba una espiral blanca en forma de gota, alzaba una mano por encima de su cabeza, de pie al centro del patio de recreo, señalando el edificio principal como si buscara algo. A su izquierda, imitando sus gestos de manera más delicada y con la misma tela azul en la cabeza acomodada a modo de pañoleta, se hallaba una joven de túnica oriental de un tono azul verdoso, intentando controlar sus temblores.

—Nada —pronunció con voz ronca el hombre, bajando la mano con lentitud.

—Tampoco yo, ¿sabes? —indicó la chica, cerrando rápidamente la mano en alto, con la clara intención de que dejara de vibrarle debido al frío —Es raro, normalmente…

—Esta no es una situación normal —aclaró el hombre con un dejo de amabilidad en su voz.

De pronto, ambos dieron un respingo, levantando de nuevo la vista, fijándola en un punto de los niveles más altos.

—Esa magia no debería estar autorizada —advirtió el hombre, inclinando levemente la cabeza —Debemos avisar al resto.

—Sí, claro. Espera un momento, Hiroshi–kun me dio…

Ella no terminó la frase. Vieron entre la lluvia una figura de brillo plateado que los sorprendió al principio, pero casi enseguida se repusieron. Habían sido advertidos de algo así.

—Los intrusos están en las escaleras móviles. Sigan al Patronus para llegar.

Tras escuchar el mensaje, se vieron uno al otro.

—¡No hemos terminado! —recordó la joven.

—Haz el resto, Haruto —indicó el otro en un tono tal, que sonaba a orden —Yo entraré.

—¿Seguro, Same–san?

—Por supuesto. Anda, no tenemos mucho tiempo.

Ella asintió, cruzó el jardín y en el límite del mismo, levantó la diestra y la movió suavemente de lado a lado, como si limpiara un cristal, lo cual hizo que el agua que caía se abriera cual cortina y le cediera el paso. Same observó por unos segundos el largo cabello castaño de Haruto, aplastado por la lluvia, antes de seguir al Patronus, que esperaba de forma obediente a que echara a andar. Con un resoplido, se puso en marcha.

Era mejor que Haruto no se topara con quienes creía, o sufriría más.


Una batalla campal, eso era, con los hechizo volando en todas direcciones y rompiendo mesas, sillas, candelabros… Era espeluznante.

—¡Acaben con ellos! ¡Solo son cuatro!

Uno de los intrusos, de complexión femenina, no dejaba de dirigir a sus compañeros, pero poco podían hacer ante los cuatro ninjas que los habían hallado allí buscando otro acceso a las celdas, ya que se trataba del comedor general. Casi al instante los de negro comenzaron a atacar, pero se toparon con hechizos y técnicas de pelea muy diferentes a las que acostumbraban enfrentar.

—¡A un lado, Hikari–san!

La aludida obedeció, dando un paso a su derecha, mostrando su perfil a su colega vestido de negro y blanco que no tardó en lanzar una patada al plexo solar del mago robusto que la atacaba.

—Muchas gracias, Hyukami–kun —musitó Hikari al ver que su oponente ya no se movía.

—No hay de qué, Hikari–san. Ah… ¿Qué hay del resto?

En ese momento, oyeron algo que se parecía mucho a un trueno y obtuvieron su respuesta mirando a un extremo de la sala, donde una intensa luz amarilla empuñada por Hiroshi dejaba fuera de combate a tres magos de negro. Cuando la luz se apagó, dejó ver la katana del muchacho, que aparte de un ligero brillo, no mostraba el más mínimo daño.

—¿Qué clase de brujería están usando? —espetó otro de los intrusos, que no podía abandonar su pelea con Aoi, quien se limitaba a desviar cada hechizo que le lanzaban con gesto indulgente.

—No esperarás que respondamos, ¿o sí? —espetó Aoi, ejecutando un limpio hechizo aturdidor en forma no verbal, dejando al tipo inconsciente.

—Átenlos y enciérrenlos —indicó Hikari cuando ella y Hyumaki también derrotaron a sus oponentes —Los entregaremos a los aurores europeos. Ahora…

Por las puertas destrozadas del comedor, entraron corriendo dos perros hechos de humo plateado, uno caminando hacia Aoi y otro hacia Hikari. A la vez, abrieron el hocico y hablaron.

—Los intrusos están en las escaleras móviles. Sigan al Patronus para llegar.

—Bonito truco —espetó Aoi, sarcástico.

Antes que cualquiera de los ninjas pudiera decir algo más, Hiroshi se tensó visiblemente y echó a correr sin esperar a que uno de los Patronus lo guiara. Los otros tres apenas evidenciaban su desconcierto, cuando, al cabo de unos segundos, Aoi maldijo por lo bajo.

—¡Él debe estar aquí! —exclamó, rabioso —Iré tras Hiroshi, Hikari–san, ustedes encárguense de todos estos, no te preocupes.

Antes que Hikari pudiera responder, Aoi siguió al Patronus que llegó con él, mientras el otro seguía sentado muy erguido, esperando.

Solo hasta que Hyumaki y Hikari terminaron de asegurar a los vencidos, se pusieron en marcha, deseando fervientemente que Aoi se hubiera equivocado.


La sala de descanso de los Sinodales estaba cerrada a cal y canto.

—¿Me escuchan? —soltó Nanju tras llamar a la puerta.

—¿Quién es? —contestó al cabo una voz masculina, amortiguada.

—Háganse a un lado —fue todo lo que dijo el ninja.

—Oiga, ¿qué…?

En el interior de la sala, los Sinodales se miraron unos a otros, con desconcierto, pero de inmediato sacaron las varitas cuando una explosión acompañó a la puerta al ser derribada. Al otro lado, se vio una figura alta de túnica oriental color arena, seguida de cerca por una que lucía una túnica del mismo estilo, pero color rojo oscuro.

—Me encantan los destrozos autorizados —bromeó el de túnica roja, sacudiéndose las mangas, acomodándose la máscara blanca con un sol rojo y la tira de tela roja atada a su cabeza, que en el centro de la frente, mostraba una espiral blanca en forma de llama —¿Todos están bien?

—¿Quiénes son ustedes? —espetó de mal genio un mago rubio y delgado, de túnica blanca.

—Estamos bien —respondió un hombre de cabello entrecano, que también llevaba una túnica blanca, avanzando unos pasos —Soy Barnaby Whitehead, jefe de los Sinodales. ¿Qué sucede?

—Mucho gusto, caballero, somos Nanju y Uma, del Escuadrón Ninja de la Guardia Imperial de Japón. Me temo que los seguidores de Hagen han tomado su prisión por asalto.

Eso desconcertó a la mayoría, aunque unos cuantos se mostraron ofendidos.

—Eso lo explica —asintió el señor Whitehead —Las máscara de los otros son diferentes.

—¿Los otros? —inquirió con voz fría el de la túnica arena, Nanju, cuya tira de tela en la frente era amarilla y mostraba una espiral blanca en forma de rayo.

—Oímos que la puerta era abierta a la fuerza, así que fuimos a investigar —comenzó a explicar otro Sinodal, un hombre alto y de cabello oscuro —Nos topamos con unos cuantos como ustedes, con máscaras, y nos dijeron que iban tras unos seguidores de Hagen, que necesitaban nuestra ayuda. Íbamos a cumplir con las revisiones de rigor, y aprovecharon que casi todos estábamos en esta sala por el cambio de turno para encerrarnos y largarse.

—Sus máscaras tenían el sol negro en vez de rojo —señaló el señor Whitehead, ceñudo.

Nukenin —masculló el oriental de túnica roja —¿Cuántos eran?

—Cuatro, muchacho.

Los dos ninjas presentes giraron la cabeza. Aparentemente, intercambiaban miradas.

—Deben ser ellos —apuntó Uma, frustrado —Caballeros, pasen revista de sus reclusos, en lo que nuestros compañeros interceptan a los intrusos. Nosotros nos haremos cargo de…

En ese momento, por el hueco de la puerta, entró una sombra plateada en forma de perro, que se sentó junto a Nanju y dejó salir de su boca la voz de Jim Black.

—Los intrusos están en las escaleras móviles. Sigan al Patronus para llegar.

Al terminar el mensaje, el perro plateado se puso de pie y se encaminó de nuevo a la puerta. Uma no necesitó escuchar más.

—Andando, Nanju, que quizá se toparon con esos cuatro.

El otro asintió, hizo una reverencia a los aturdidos Sinodales y siguió a su compañero.

Los de túnicas blancas todavía tardaron un minuto en reaccionar y organizarse.


Ron Weasley y Jim Black, tras dejar atrás las escaleras móviles, terminaron el registro de aquel nivel de máxima seguridad y sin mucho ánimo, llegaron a la misma conclusión.

Hagen y sus hombres habían logrado su cometido.

—¿Dónde están todos esos presos? —espetó el señor Ron con frustración —¡Aquí nadie puede aparecerse ni desaparecerse! Tuvieron que pasar por aquí para irse y no los hemos visto.

—Debieron recibir ayuda de esos renegados japoneses —aportó Jim, lúgubre.

—¡Eso también! ¿Qué clase de magia están usando? No podemos defendernos contra eso.

Jim se encogió de hombros, apesadumbrado, recordando con demasiada claridad el malestar físico que aquella mujer, Kagenie, parecía haberle causado.

—Lo mejor será que vayamos a revisar el resto de los niveles, por si alguien más fue liberado.

El señor Ron aceptó la sugerencia con un gesto de cabeza, haciendo una mueca de frustración.

Usaron unas viejas escaleras de piedra para bajar de nivel, que componían la salida de emergencia para abandonar la prisión, aunque hasta la fecha no había necesidad de emplearlas. Ambos aurores verificaron que en los siguientes dos niveles, los presos seguían en sus celdas (armando escándalo, por cierto), sin saber qué estaba ocurriendo.

—¡Pasaron un par de enmascarados por aquí! —gritó un presidiario al revisar un tercer nivel, asomando media cara por la diminuta ventana de la puerta de su celda —¡Hacia abajo, hacia abajo!

El señor Ron asintió y echó a correr, en tanto Jim observaba con detenimiento de dónde había salido la voz. Aquel nivel no era de alta seguridad, aunque sus ocupantes tampoco eran santos. Con todo, el de ojos violetas procuró grabarse bien el rostro, por si después debía agradecerle esa escasa información. Lo único que distinguió fue una espesa barba castaña enmarcando un rostro muy delgado, y un ojo castaño oscuro con tintes amarillentos.

—Ojalá sea cierto eso —le espetó, antes de correr también.

El preso se encogió de hombros. No tenía nada qué perder.


Sin que sus oponentes lo supieran, Shinken hizo una mueca de frustración.

Aquel duelo se estaba complicando más de lo previsto.

Mientras Aoi impedía que Kagenie usara alguna de sus técnicas, Hiroshi estaba procurando que Shinken no se marchara, a la vez que necesitaba pelear sin herirlo.

Entonces era cuando maldecía el lazo que los unía.

Shinken recordaba eso y pensó que era lo único que contenía a Hiroshi de darle un golpe mortal. Él podía intentarlo, pero la situación era ya lo bastante complicada como para tomar semejante riesgo. De momento, mientras usaran las katanas pisaría terreno seguro, pero luego…

—¡A un lado, Hiroshi–kun!

Para sorpresa de Shinken, el nombrado obedeció tras un último golpe de katana, por lo que lo tomó desprevenido el rayo de luz que le acertó en el pecho, tirándolo hacia atrás varios escalones.

—¡Shinken! —llamó de repente Kagenie, con un ligero timbre de preocupación en su apática voz.

—No hemos terminado —espetó Aoi, atacándola otra vez.

La renegada no se dejó intimidar, sino que se defendió, pasó de largo y en un instante estuvo junto a su compañero, aparentemente revisando sus signos vitales.

—No te preocupes, no lo matamos —indicó Hikari, quien había gritado la orden a Hiroshi.

Tras ella, venían subiendo Hyumaki, Uma y Nanju.

—Como si eso fuera posible… —masculló Kagenie con desdén, haciendo una floritura con la mano, tras la cual apareció entre sus dedos un objeto metálico pequeño que no tardó en agitar —Ahora veamos cómo se las arreglan.

Ninguno de ellos entendió de qué se trataba, pero supieron que estaban en problemas cuando, con una llamarada negra, otras dos figuras se materializaron en el lugar.

—Espero que sea importante, Kagenie, no te di esa campanilla mágica para jugar —espetó una de las figuras recién llegadas, masculina, con la máscara blanca con sol negro bien colocada delante del rostro. El hombre se sacudió la capa negra con ademán elegante.

—¡Miren nada más! —exclamó con sorna la otra figura, una mujer delgada que bajo la capa negra mostraba una túnica oriental roja. Tenía el largo cabello oscuro atado en una coleta alta —No pensé que el Escuadrón estuviera tan desesperado como para enviar novatos tras nosotros.

—Novatos con el rango necesario —aclaró Hikari, con las manos ligeramente temblorosas.

—Quizá, pero no es lo que importa —desdeñó la de túnica roja —Reporte —exigió.

—Yo peleaba con Aoi y Shinken, con Hiroshi —contestó Kagenie —Entonces llegaron ellos.

—Ah, sí… Veo también al buen Hyumaki. ¿Qué, por una vez Nagareboshi hizo caso al sentido común y dejó a un lado a la torpe de Haruto?

Antes que Hikari pudiera contestar, Hiroshi alzó la katana, apuntando a la que hablaba.

—Mide tus palabras —recomendó, en tono amenazador.

—Oh, no sabía que tuvieran a Haruto en tan buen concepto —ironizó la mujer, encogiéndose de hombros —Kagenie, saca de aquí a Shinken. La misión ha terminado.

—Entendido —sin que nadie pudiera evitarlo, Kagenie emitió un destello gris y desapareció, llevándose con ella a su compañero caído.

Hiroshi, al ver aquello, no pudo contener un gruñido de rabia.

Kagutsuchi —llamó entonces el renegado de túnica gris —Nos están esperando.

—Sí, sí —la de de túnica roja movió la cabeza de arriba abajo con desgano —Nos veremos las caras de nuevo, jóvenes. Y yo que ustedes, le diría a la Coalición que se rindiera antes de que pase algo irreparable. Shinigami, sácanos.

Acto seguido, los nukenin fueron desapareciendo en un remolino de viento, siendo atravesados por un hilo de luz azul antes de marcharse del todo.

—Apenas a tiempo —indicó Uma, mirando a su espalda —¿Qué fue, Same?

—Rastreo elemental —la voz de Same sobresaltó ligeramente a Nanju, que rara vez la había oído —Afuera sigue lloviendo, nos servirá por un rato.

—¿Dónde está Haruto? —indagó Hiroshi bruscamente.

Same giró el enmascarado rostro hacia él, pero no contestó. A Hiroshi eso pareció bastarle para abrirse paso entre sus compañeros y salir de allí.

—¿Qué demonios le pasa? —espetó Uma, tensándose.

Haruto está terminando el rastreo afuera —fue todo lo que explicó Same, antes de echar a correr por el mismo camino que Hiroshi.

—Por la peineta de Tsukuyomi, esto no va nada bien —se quejó Aoi.

Hikari asintió ante eso y tardó apenas dos segundos en ordenar sus ideas y dar las indicaciones correspondientes, antes que ella y sus camaradas dejaran el sitio. Esperaba no llegar tarde.


Al bajar al siguiente nivel, el señor Ron fue el primero en notar unas cuantas celdas abiertas. Frunciendo el ceño, miró por encima de su hombro que Jim lo alcanzara, antes de señalar con un ademán aquel detalle.

—¿Para qué liberarían prisioneros de aquí? —quiso saber el de ojos violetas.

—Creo saberlo, y es asqueroso —espetó el pelirrojo, avanzando por el pasillo.

Jim arrugó la frente. Por haber pisado Azkaban menos veces que su colega, desconocía ciertos detalles de la disposición de los reclusos, pero debían estar en un nivel realmente desagradable.

De pronto, oyeron ruido al final del pasillo, como si otra puerta se abriera. Los dos aurores alzaron las varitas, preparados para cualquier cosa.

Tras avanzar unos metros, vieron dos sombras con las cabezas agachadas, como si miraran algo en el suelo, antes de erguirse, susurrar algo con acento extranjero e, increíblemente, desaparecerse. Llegaron a ese punto y lo que se encontraron no fue alentador.

—¡No puedo creerlo…! —masculló el señor Ron, estupefacto.

Jim, que iba un paso detrás, no comprendió hasta estirar el cuello.

Una persona con una gastada túnica gris estaba allí tirada, con brazos y piernas en una posición grotesca, en un charco de un líquido espeso que por la poca iluminación podría pasar por cualquier cosa, menos por lo que realmente era. Si no hubiera visto peores cosas antes, Jim vomitaría.

—Muerta —susurró el señor Ron, incrédulo y rabioso a partes iguales. Por el aspecto de la víctima, aquello podía afirmarlo a simple vista —¿Por qué?

—¿Sabe quién era? —inquirió el de cabellos negros, mirando a su camarada para no tener que fijarse en las numerosas heridas sangrantes del, ahora, cadáver.

—Sí, por supuesto. Lo que me pregunto es por qué la liberaron si solo iban a matarla.

—No lo sé, esos tipos están locos.

—Momento… El nivel que pasamos… El primero…

El señor Ron parecía asaltado por una inspiración repentina, una revelación de qué podría haber causado la muerte de la persona a sus pies, pero no la compartió con Jim. Prefirió dedicarle otra mirada al cuerpo, entre compasiva e indignada, antes de dar media vuelta y dejar aquel pasillo por el hueco en la pared que llevaba a una escalera móvil.

—¿Se puede saber qué está pensando? —soltó Jim, un tanto desesperado, siguiéndolo.

El pelirrojo delante de él bufó, antes de contestarle.

—El primer nivel por el que pasamos era donde estaba Malfoy.

Entonces fue que la memoria de Jim Black le dijo quién era la figura muerta que acababa de dejar atrás y qué era lo que preocupaba tanto a su camarada.

A Draco Malfoy no lo vieron en donde correspondía. Pero como bien se preguntaba el señor Ron, ¿para qué liberar a Pansy Malfoy si no la necesitaban?

Mientras proseguían avanzando, ambos aurores pensaron lo mismo: aquello no tenía sentido.


Los pocos intrusos que lograron escapar ya estaban en el punto de aparición de la playa, apuntándoles con la varita a los reclusos que habían liberado, que con extrañas vendas negras en los ojos, permanecían con la cabeza inclinada, expectantes.

—¿Qué demonios estamos esperando?

—Faltan los japoneses.

Quien vociferó la pregunta era un tipo alto, de hombros anchos, con la capucha de su capa negra bien colocada sobre la cabeza, sin dejar ver ni siquiera un mechón de cabello. Quien le contestó, también alto pero con fisonomía menos imponente, sonaba tranquilo, incluso desganado.

—¡Hay que largarnos ya! Tenemos lo que necesitamos —el de hombros anchos señaló con un ademán al grupo de prisioneros que otros dos de capucha negra custodiaban.

—Si no mal recuerdo, Führer dio la orden de no abandonar a los japoneses.

El primer hombre bufó con verdadero fastidio justo cuando apareció Kagenie en un apagado destello de luz, cargando con Shinken.

—¿Qué pasó? —indagó bruscamente el de hombros anchos.

—La Coalición tiene ninjas de su parte —fue todo lo que contestó Kagenie, antes de agitar con suavidad a su compañero —Shinken, ¿me escuchas?

—Sí, sí… —respondió el aludido con voz distraída, incorporándose poco a poco —¿Quién…?

—La líder de Nagareboshi, llegó de improviso con refuerzos.

—Ah, vaya… Lástima, estaba poniéndose interesante.

A los pocos segundos, con un remolino de viento, Shinigami y Kagutsuchi hicieron su arribo.

—Podemos irnos —indicó Kagutsuchi con desenvoltura, casi con indiferencia —Acabamos.

—¿Dónde está…? —comenzó a preguntar el de hombros anchos.

—Se los explicaremos cuando estemos fuera de aquí —cortó Kagutsuchi en un tono que no admitía réplica —Vámonos ya, deben venir tras nosotros.

—Tenemos compañía —anunció Shinigami repentinamente.

Los de capa negra comenzaron a buscar en todas direcciones, pero solamente los japoneses dejaron la vista fija en un punto cercano de la playa, donde las olas se rompían de forma inusual.

—Allí —señaló Kagutsuchi, alzando la varita —Nosotros lo arreglaremos, pueden irse.

—Sabe lo que dijo Führer de dejarlos atrás —reconvino el encapuchado sereno.

—Sí. Nos veremos en el punto de encuentro en un máximo de media hora.

El otro asintió y, pese a las protestas de su compañero de hombros anchos, acomodó a los presos junto con el resto de sus camaradas de tal forma que pudieran sujetarlos a todos al desaparecerse. Pronto, no quedó nadie allí más que el equipo de nukenin.

—Veamos qué nos dejaron —soltó Kagutsuchi con sorna.

Acto seguido, de su varita salió un rayo de luz entre blanco y gris, que impactó en el aire.

O mejor dicho, impactó en algo que tenía encima un hechizo desilusionador.

Con pesadez, Haruto cayó hacia atrás, intentando no ser arrastrada demasiado lejos. Sacudiendo la cabeza, hizo que su cabello salpicara agua por todas partes, pero no tuvo tiempo de molestarse por ello. En cuestión de segundos, tuvo a Shinken encima, con la katana en alto, dispuesto a dar un golpe mortal, por lo que rodó en la dura arena mojada hacia un lado, haciendo que el renegado levantara una cascada de diminutos granos con su arma. El hombre, moviéndose lentamente, casi con gracia felina, la miró a través de su máscara, lo cual la estremeció. Sabía que las máscaras de la Guardia Imperial impedían ver con claridad cualquier rasgo que delatara a sus dueños, pero claro, aquellas no debían ser máscaras oficiales, así que los oscuros orbes fijos en ella eran notorios.

Apenas logró mantener la calma. Esos ojos se parecían demasiado a los de…

—Quédate quieta, Haruto. Quédate tan quieta como Hino–sama.

Por poco la frase la dejó paralizada de miedo, pero también de rabia. ¿Cómo se atrevía a…?

—Ni loca, ¿sabes? —consiguió espetar, colocándose lentamente en una pose básica de defensa, tanteando en el lado derecho de su cintura hasta dar con la varita.

—Ah, no, pequeña Haruto. No te dejaré jugar.

Tras decir eso, Shinken volvió a lanzarse contra ella, pero una sombra se interpuso en su camino a la vez que el sonido de metal contra metal era ahogado por un trueno especialmente potente.

—¿Otra vez tú? —desdeñó Shinken con aparente tranquilidad.

A la vez que el recién llegado permanecía firme, el resto de los compañeros de misión de Haruto se puso en guardia, rodeándolos.

—No te lo permito —fue todo lo que masculló Hiroshi, al tiempo que empujaba a Shinken para romper el contacto entre sus armas.

—Tú no eres nadie para permitirme nada. Creí que ya lo sabías.

—¡Eh, Shinken, déjamelo a mí!

La voz de Shinigami sonó extrañamente interesada, por lo que su compañero asintió y sin bajar la guardia, le cedió lentamente su sitio. Shinigami, sacando una especie de tubo metálico casi tan largo como una varita mágica, se movió con indulgencia.

—Recordemos las aburridas reglas de nuestros clanes, por favor —comentó, sacudiendo el tubo metálico hasta que éste pareció extenderse y alcanzar dos metros de longitud —Si intercambiamos de oponentes, todos tendremos algo de diversión.

—No encontramos lo divertido en esto —indicó Hiroshi con frialdad, alzando la katana.

—Por supuesto que no. Ustedes sirven al Imperio y nosotros, a lo que nos interesa.

Y sin mediar más palabra, Shinigami agitó su largo bastón, dando un golpe que Hiroshi a duras penas logró contener con su katana.

—¡Ahora!

Varios hechizos destellaron en dirección a los nukenin, cortesía de un apurado plan de Aoi y de la dirección de Hikari, teniendo la leve esperanza de tomarlos por sorpresa y arrestarlos de una buena vez. Sin embargo, aquellos cuatro renegados demostraron por qué, antes de su encierro en Shinitani, eran considerados parte de la élite del Escuadrón Ninja.

Con un imponente remolino de fuego, Kagutsuchi se libró de la mayoría de los hechizos.

—¿Es todo lo que tienen? —inquirió, fingiendo decepción —El Escuadrón ha caído muy bajo.

Hikari, tratando de no perder la calma, hizo gestos a Uma y a Same para que se lanzaran en su contra, mientras ella y Hyumaki iban por Kagenie. Nanju fue el comisionado para ir tras Shinken, pero se movió muy despacio, como no tardó en darse cuenta.

En su combate, Shinigami se volvió más lento debido a la luz de los hechizos, cosa que Hiroshi no dejó de aprovechar para darle una estocada en un hombro, el cual comenzó a sangrar. Sin embargo, olvidó por un momento a Shinken, quien preparó su katana de un movimiento y se lanzó contra él en cuanto tuvo a tiro su espalda.

—¡Eh, Hiroshi, detrás de ti! —advirtió Nanju, sabiendo que no llegaría a tiempo.

—¡Hiroshi–kun!

Cuando el aludido giró sobre sí mismo, fue arrojado sobre la arena, pero no por un ataque o un empujón intencional, sino por alguien que se sujetaba de él con fuerza, después de protegerlo y, en consecuencia, sangrando profusamente del hombro derecho.

Por lo visto, Shinken también había olvidado que Haruto estaba allí.

Shinken, hay que irnos —renegó Kagutsuchi, furiosa.

—¿Qué más da que…?

—¡Vámonos, he dicho!

Dando una seca cabezada, Shinken limpió la punta de su katana con un ademán de repulsión y dirigió sus ojos a Hiroshi, que con presteza, había sostenido a su compañera y revisaba su pulso.

—Ya después podré cobrármela —fue lo que musitó, antes de desaparecerse.

A la vez, los otros nukenin se desaparecieron, dejando tras de sí miedo, rencor y desesperación.


Después del rastreo por las celdas, Jim y el señor Ron se dirigieron a la planta baja, en busca de los Sinodales que los japoneses quedaron en liberar. Los hallaron en un frenesí de actividad, sin dignarse a mirarlos, hasta que el pelirrojo se dirigió sin tardanza al señor Whitehead.

—¿Cómo está todo? —quiso saber, tras presentarse debidamente.

—Ya tenemos la lista de los prisioneros liberados —indicó el jefe de los Sinodales con gesto sombrío, presentando un pergamino de unos veinte centímetros —No son muchos, pero a casi todos los sacaron de los niveles de alta seguridad y…

—¿Ya…? ¿Ya levantaron el cadáver de la señora Malfoy? —inquirió Jim, titubeante.

El señor Whitehead tragó en seco y asintió.

—Vendrán un par de sanadores a echarle un vistazo, son de la Sección W —informó, lo cual esperaba que sorprendiera a los dos aurores, pero estos se limitaron a asentir y seguir leyendo la lista de prófugos —¿Ustedes ya lo sabían?

—No. Solo nos dijeron que la Sección W nos apoyará en la guerra —indicó el señor Ron.

Al jefe de los custodios de Azkaban no le cabía en la cabeza la idea de que unos simples sanadores pudieran hacer algo contra esos psicópatas que Hagen reclutaba, pero tampoco era tan idiota como para desdeñar la ayuda que se recibiera, por inusual que pareciera. Así, estaba a punto de hacer unas cuantas referencias sobre la lista recién dada cuando entró una figura enmascarada con una túnica oriental puesta.

—¡Eh, alto! —le gritó uno de los Sinodales, de cabello crespo.

—¡Cierre la boca! —espetó aquel conocido como Uma, dejándolo atrás —Weasley–san…

—¿Qué pasa, muchacho?

Por alguna razón, el señor Ron sentía que aquellos ninjas tenían la edad de sus Aspirantes.

—Nos retiramos —indicó Uma, haciendo una reverencia —Logramos colocar un hechizo de rastreo en uno de los nukenin, pero funciona por tiempo limitado, debemos seguirlo.

—Algunos de mis hombres pueden acompañarlos —ofreció el señor Whitehead.

—Lo siento, no hay tiempo para organizarlo. Además, tenemos heridos, necesitamos sanadores de los nuestros. Nos reportaremos lo más pronto posible y… ¿Qué más debía avisarle?

El tal Uma se pasó una mano por la nuca, casi llevándose por delante el nudo de su tela roja, hasta que por fin pareció recordar lo que le faltaba.

—¡Ah, sí! Hikari–san dice que irá a visitar a su Comandante interino la próxima semana.

—¿A Harry? —se sorprendió el señor Ron, sin poder evitarlo.

—Sí, a Potter–san. Aprovechará para pasarle un reporte de la misión. Bueno, tengo que irme.

Luego de otra apresurada reverencia, Uma salió disparado hacia el exterior, donde la lluvia dejaba de caer poco a poco, aunque el cielo seguía tan oscuro como cuando la tormenta empezó.

—Sonaba como si ese auror japonés…

Hikari era una chica, señor Whitehead.

—¡Lo que sea! Sonaba como si fuera a ver a Potter para otra cosa, aparte de la misión.

Y mientras el jefe de los Sinodales daba media vuelta para reunirse con sus hombres, Jim y el señor Ron intercambiaron miradas de cierta comprensión.

Seguro la visita tendría algo qué ver con la Orden del Fénix.


26 de abril de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Solamente alguien que hubiera vivido una de las dos guerras podría haber comparado esa mañana de lunes con otra de esos tiempos oscuros, donde todos temían lo peor.

Seguidores del Terror Rubio ingresan por la fuerza a Azkaban —leyó Thomas en un murmullo, sin poder creer lo que El Profeta anunciaba en su primera plana.

Miró a su alrededor. No todos recibían el periódico a diario, como él, pero los lunes era casi obligatorio que la entrega fuera masiva. Así pues, lo desconcertaba que pocos en las cuatro mesas estuvieran absortos en leer las noticias mientras desayunaban.

—¿Qué cuenta el mundo? —quiso saber Sunny.

Thomas, con una débil sonrisa, pidió con un gesto que esperara y fue a leer la crónica interior.

—Sí, claro, tengo mucho tiempo —ironizó su castaña amiga, sin enfadarse.

Apenas Walter estaba riéndose de eso cuando Thomas dio un golpe en la mesa, con lo que casi se tiró encima el jugo de naranja de su copa.

—¿Ahora qué te pasa? —se alarmó Walter.

—Es…

No tuvo tiempo de hilar las palabras. Entre las últimas lechuzas del correo, llegó una de plumas muy oscuras y porte severo, que aterrizó delante de Danielle y estiró una pata.

—Malfoy —llamó inesperadamente Todd Nott, cuatro asientos a su derecha —Es la lechuza de mi padre. Seguramente la carta es para mí.

Ella asintió sin mucho ánimo, desatando el sobre de pergamino, luego de lo cual la lechuza salió volando sin esperar nada más. Pero la chica miró de reojo el destinatario, escrito en tinta negra con una caligrafía pequeña y pulcra, y frunció el ceño.

—Aquí dice mi nombre, Nott —le dijo, mostrando el sobre.

Al oír eso, el nombrado se encogió de hombros y volvió a lo suyo.

—Eh, Danielle, un momento… —llamó Thomas.

—Espera, deja leer esto de una vez, seguro no es nada importante…

Danielle desplegó el pergamino, vislumbró las primeras líneas y el miedo le oprimió el corazón. Por un instante, quiso dejar el pergamino lejos, pero se obligó a tragar saliva y seguir, hasta que pudo lanzar un suspiro de alivio y culpa, una extraña combinación.

—Creí que era Pat… —musitó, con manos temblorosas.

—¿Qué pasa? —preguntó Sunny, nerviosa.

Distraídamente, Danielle les pasó la carta, creyendo que Thomas iba a tomarla, pero fue Walter quien la sujetó y la leyó con la cabeza de Sunny pegada a la suya.

Querida Danielle:

Espero que te encuentres bien.

Lamento que la primera vez que te escriba sea para darte malas noticias. Ayer por la noche hubo un asalto a la prisión mágica de Azkaban y como inesperada consecuencia, tu madre resultó muerta. Se están llevando a cabo las investigaciones necesarias y pedimos encarecidamente que nos hicieran llegar cualquier avance en nombre de tu hermano, que no reside en el país. En cuanto dispongamos del cuerpo, se llevará a cabo el funeral y Theo pedirá un permiso especial al colegio para que asistas. De verdad, siento mucho ser yo quien te diga esto, pero quiero que sepas que tanto mi esposo como yo estamos a tu disposición.

Mis más sinceras condolencias.

Morag Nott.

—¿Muerta? —musitó Sunny, entre distraída e incrédula —¿Danielle, estás…?

La rubia no dejó que terminara la pregunta, moviendo afirmativamente la cabeza.

—Para colmo, no saben quién lo hizo —espetó Thomas de repente y cuando sus amigos se fijaron en él, hizo un gesto para señalar el periódico —Es lo que dice El Profeta.

—¿Lo acabas de leer? —inquirió Danielle en un susurro.

—Sí. ¿Quién te mandó la carta, por cierto?

—La señora Nott. ¿Qué dice el diario?

Thomas le pasó el periódico a su novia, abierto por la página donde estaba la crónica interior del artículo sobre el asalto a Azkaban.

(Viene de la primera plana)

[…] Así mismo, el Jefe de los Sinodales, el señor Barnaby Whitehead, aclaró que no sabe el motivo de la presencia en el lugar de dos aurores (cuyas identidades no fueron reveladas por motivos de seguridad) y un equipo del Escuadrón Ninja de la Guardia Imperial de Japón, cuando nadie los había llamado, lo que no significa que no lo agradezca.

Al cuestionar sobre el asunto a Harry Potter, Comandante interino del Cuartel General de Aurores, declaró simplemente que sus fuentes de información son estrictamente confidenciales, lo que seguramente es un eufemismo para referirse a gente que esté al tanto de los planes del Terror Rubio y que los transmite de manera anónima a las personas adecuadas.

Empero, el verdadero misterio sigue siendo la muerte de Pansy Malfoy, que cumplía una sentencia de siete años acusada de complicidad con su marido por el asesinato de Percy Weasley. La señora fue hallada fuera de su celda con múltiples lesiones, lo cual no se ajusta a la manera típica de homicidio mágico. Los Sinodales pasaron el caso al Cuartel General de Aurores, en tanto sanadores expertos examinaron el cuerpo, tratando de determinar si la causa de muerte fue alguna de las heridas físicas o una sencilla maldición asesina.

El Ministro de Magia, Kingsley Shacklebolt, dará una conferencia de prensa esta misma tarde donde, muchos suponen, hará referencia a este duro golpe en la seguridad de Azkaban, así como de su plan de acción respecto a este evidente ataque del Terror Rubio no solo contra Reino Unido, sino también contra el resto de los países comisionados para aportar Sinodales. De momento, el Ministerio de Magia pide a la comunidad mágica que se mantenga alerta y que si ve a alguno de los magos sacados de la prisión, lo denuncien a la brevedad.

Tras leer la crónica, Danielle le devolvió el diario a Thomas, frunciendo el ceño.

—¿Sacaron a mi madre… para matarla? —fue lo primero que pudo musitar.

—¿Qué? —se sorprendió Sunny, arqueando una ceja.

—Es que… No suena lógico —prosiguió la rubia, hablando despacio, verbalizando las ideas que le llegaban a la cabeza —Vi la lista de los que sacaron… Me sorprende que mi padre no esté…

—¿Te sorprende? Quizá por una vez, quiere hacer las cosas bien —masculló Walter, haciendo evidente que no se lo creía ni él.

—Quizá, pero mi madre… Ella no era de planes brillantes y… Bueno, normalmente hacía lo que mi padre le decía… Debió hacer algo o decir algo que…

—Ya, entiendo por dónde vas —la detuvo Thomas, con semblante preocupado —No le des muchas vueltas, Danielle. Por favor.

La jovencita asintió, abstraída, pero tanto su novio como sus amigos intuían lo que le ocurría.

Danielle no sabía qué sentir por la muerte de una madre que nunca la trató como tal.

Durante el resto del día, la noticia del asalto a Azkaban se esparció por el castillo, lo que causó que la joven Malfoy fuera víctima de comentarios malintencionados de gente como Brandon y sus amigos. Lo que la sorprendió fue que alumnos mayores se unieran a semejante campaña cuando, a la hora del almuerzo, entraba al Gran Comedor.

—¿Muy deprimida, Malfoy?

—¿Tan idiota eres que tienes que preguntarlo, Blow? —espetó Sunny, halando a Danielle lejos de él, en dirección a la mesa de Slytherin —No le gustabas tanto, eso es seguro.

—Y yo tuve razón en no querer salir con él, aunque no supiera explicarlo —añadió la rubia, haciendo una mueca al sentarse —Era… Sentía algo raro cuando me veía…

—¿Algo como qué? Siempre he querido saber —se interesó Walter.

—Era… un mal presentimiento. Como si no fuera sincero cuando me hablaba.

Walter dejó el tema, pero cruzó una fugaz mirada con Thomas. Ellos sí se hacían una idea de qué ocultaba Blow, pero decírselo a Danielle no ayudaría a que se sintiera mejor.

—Pero eso… Lo de estar deprimida… —comenzó la rubia lentamente, casi con miedo.

—No te preocupes —comentó inesperadamente Sunny, dedicándole una tenue sonrisa —Si no lo sientes, nadie te va a obligar. No es como si hubiera sido la madre del año. Si lo sabré yo…

—Ah… gracias —Danielle correspondió la frase con una sonrisa propia, un poco inquieta.

En ese momento Todd Nott se acercó a ellos, con su apatía característica, y le hizo una seña a Danielle para que lo acompañara. La rubia, intentando contener una mueca de hartazgo, asintió y se puso de pie, siguiéndolo al vestíbulo.

—¿Por qué me da la impresión de que a Nott le molesta algo? —dejó escapar Sunny.

Walter se encogió de hombros, pero Thomas adoptó una expresión muy seria para ser él.

—Espero que no intente nada, o se las verá conmigo —masculló el pelirrojo anaranjado.

—¿De qué estás hablando?

—Wilson, ¿tienes un minuto?

La castaña se quedó bastante sorprendida de ver junto a ella, de pie, a Cornfoot acompañado de uno de sus amigos, Hitchens.

—¿Qué quieres? —inquirió ella de mal talante.

—¿Es mal momento? Podemos charlar después.

—Sí, no, quiero decir… —la castaña sintió la lengua pesada, de puro nerviosismo —¿Me das un minuto? Nos vemos en el vestíbulo, debo bajar…

—… A los jardines con el profesor Hagrid —completó Cornfoot, sonriendo.

A Walter no se le escapó que Hitchens se llevó una mano a la frente, un tanto exasperado.

—Eh… Que sepas mi horario da escalofríos… Pero sí, voy a clase con Hagrid.

—Entonces nos vemos en dos minutos. Gracias, Wilson.

A continuación, los dos chicos de séptimo se alejaron.

—¿Qué vas a decirle? —se interesó Walter.

—¿A Cornfoot? Que no voy a salir con él. Casi va a graduarse, no le importará.

—Si insiste tanto… —apuntó Thomas —No vas a decirme que es coincidencia que nos lo encontremos tan seguido cuando vamos a Arte Mágico.

—Sí, lo sé. Pero voy a intentarlo.

Acto seguido Sunny se terminó el jugo de calabaza, tomó su mochila y salió del Gran Comedor.

—¿Crees que le interesa Cornfoot? —le preguntó Walter a Thomas, curioso.

—No precisamente.

—¿Entonces qué es? —Walter, ceñudo, no atinaba a comprender.

—Eh… Danielle me comentó que Hally llegó a escribirle algo… Ya sabes, cuando eran pequeñas… Sunny nunca fue muy sociable, y no la culpo, su madre la dejó en el orfanato porque su padre se lo pidió, eso hace que te preguntes si alguien va a quererte algún día…

—¡No digas tonterías! —Walter miró a su amigo con gesto de contrariedad.

—No son tonterías. Tú no lo comprendes, tienes buenos padres…

—Mi madre murió cuando yo nací —le recordó Walter, un tanto molesto.

—Lo sé, lo siento, pero… Tu hermana la quería, entonces tu madre debió ser buena, ¿no?

El castaño asintió, muy a su pesar.

—Ahora imagina que tu madre se deshace de ti solamente porque tu padre no quiere más magia en la casa —Thomas hizo una mueca despectiva nada propia de él — Quizá por eso a Sunny le cuesta creer que la toman en cuenta. Si no fuera por Hally, que empezó a tratarla antes que entráramos al colegio, ahora no nos hablaría. Lo que sería una lástima, nuestra amiga es una artista —concluyó Thomas, sonriendo.

—Que piense eso es estúpido —soltó Walter, arrugando la frente —Después de tanto tiempo…

—Lo sé. Solo espero que si Cornfoot va en serio, la trate bien, aunque por lo que sé, él no es como los tarados, así que confiemos.

El alegato de Thomas le sacó una sonrisa a Walter. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse cómo le estaría yendo a Sunny con Cornfoot y quedó un tanto confundido al hallarse deseando que la castaña le diera calabazas al chico de séptimo.

Y tampoco acababa de entender la aparente impaciencia de Hitchens.


Cuando bajaron a los jardines después del almuerzo, los de cuarto que tomaban Cuidado de Criaturas Mágicas se toparon con Sunny Wilson yendo de un lado para otro, siguiendo a unas aves azules y moteadas que revoloteaban cerca de su cabeza.

—¡Ah, justo a tiempo! —exclamó el profesor Hagrid, aparentemente muy alegre —Jóvenes, espero que la clase de hoy les resulte divertida…

—Persiguiendo pajarracos, seguro —masculló Brandon con sorna.

—A ver, ¿quién puede decirme cómo se llaman las aves que intenta atrapar Sunny?

—Son jobberknolls, señor —respondió Ryo, que como siempre, fue el primero en alzar la mano.

—Excelente, diez puntos para Ravenclaw. Ahora, ¿quién sabe más de los jobberknolls?

—No emiten sonido alguno —indicó Procyon cuando el profesor lo dejó hablar —Pero cuando mueren, con un grito repiten a la inversa todo lo que han oído en su vida

—Muy bien, diez puntos para Gryffindor. ¿Alguien sabe algo más?

—Sus plumas se usan en sueros de la verdad y pociones desmemorizantes.

—¡Excelente, Archibald! Diez puntos para Hufflepuff. Por favor, alguien ayude a su compañera con los jobberknolls, necesitan verlos de cerca.

Todos intercambiaron miradas de desconcierto, hasta que Danielle se adelantó. Entre las dos lograron que las aves estuvieran de vuelta en sus jaulas, grandes y de madera, donde no dejaban de aletear y abrir el pico con insistencia, pero como bien había dicho Procyon, no hacían ruido alguno.

Así, se pasaron los siguientes diez minutos oyendo la voz del enorme profesor dándoles detalles de aquellos pájaros, que tenían unos pequeños y curiosos ojos oscuros. No eran más grandes que una gallina, con alas largas y ligeramente brillantes.

—Muy bien, ya que saben todas las generalidades, denles de comer.

El profesor Hagrid señaló unos baldes llenos de bultitos de colores que se movían. Las expresiones de asco de Brandon y Mariane Bridge fueron lo suficientemente elocuentes.

—Bichos, genial —masculló Martin Fullerton con cierto fastidio.

Pero nadie se quejó. Las clases de Hagrid eran bastante interesantes, así que unas cuantas cosas viscosas a cambio de aprender cómo obtener plumas de jobberknoll no era tan terrible. Incluso Danielle, que normalmente cuidaba muchísimo su arreglo personal, consintió en alimentar a las aves, logrando sonreír cuando una de ellas picoteó levemente la palma de su mano.

—¿Se pueden tener de mascotas? —quiso saber Miles Richards.

—Algunos los crían para comerciar con sus plumas, pero son magos con mucha paciencia. Precisamente como no graznan ni nada por el estilo, es difícil saber si están en casa o no.

A Miles le agradó la respuesta y siguió alimentando a los pájaros.

—¿Qué, piensas ser granjero igual que tus padres, sangre…?

—Cuidado con completar esa pregunta en mi presencia, Sullivan.

Los chicos no se dieron cuenta en qué momento el profesor Hagrid se había colocado tras ellos.

—Sí, claro —Sullivan hizo una mueca y siguió con su tarea, notablemente enfadado.

—Bien, jóvenes, de tarea quiero una descripción física detallada del jobberknoll, agreguen un dibujo si quieren, así como la forma en que se recolectan, de forma segura, las plumas directamente del ave, sin esperar a que se le caigan. Me lo entregarán la próxima clase, sin falta.

A nadie le pasó desapercibida la mirada reprobatoria del profesor sobre Mackenzie, quien hizo caso omiso de la indirecta.

Pasaron otros cinco minutos antes que sonara la campana, lo que a varios tomó por sorpresa.

—Aunque Sullivan sea un idiota, la idea no es mala —comentó Miles de regreso al castillo para comer —Imagínenlo, una granja de criaturas mágicos…

—Sería divertido visitar un sitio así —afirmó Mariane Bridge con una leve sonrisa.

Miles asintió, encogiendo los hombros, antes de susurrarle algo a Martin Fullerton.

—La clase no estuvo tan mal —indicó Rose con una sonrisa, girando entre sus manos una pluma azul —Incluso Hagrid me dejó quedarme con esto.

—¿Y para qué la quieres? —se interesó Sunny, arqueando una ceja.

—Me gustó el color, se la enviaré a mamá.

—Eh, Sunny, amiga mía, ¿cómo te fue? —se interesó Thomas, sonriendo.

El resto de sus amigos mostraron muecas de extrañeza, mientras la castaña suspiraba.

—Es más terco de lo que creí —contestó finalmente.

—¿De quién hablas? —inquirió Amy.

—De Cornfoot. Volvió a pedirle salir —contestó Danielle, para sorpresa de todos.

—¿Estabas escuchando? —se indignó Sunny, al tiempo que se sonrojaba.

—No exactamente. Fueron a charlar cerca de donde estaba con Nott, ¿no te diste cuenta?

Sunny negó con la cabeza.

—¿Y para qué te quería Nott? —quiso saber Hally, frunciendo el ceño.

—Preguntó por la lechuza de esta mañana. Como llegó con el ave de su padre, le dio curiosidad. Le mostré la carta, pero no dijo gran cosa. Casi no habla, de hecho.

—Es verdad, cuesta mucho sacarle dos frases seguidas —Paula se encogió de hombros.

—Mejor, no es como si cayera bien, precisamente —le masculló Thomas a Procyon.

—Eh, Danielle, ¿estás bien?

La pregunta, viniendo de Henry, era bastante lógica, o eso pensó la rubia.

—No te mareo o algo así, ¿verdad? —fue lo primero que dijo ella.

—Precisamente por eso, me preocupa. ¿Segura que no…?

—Segura. Es decir, no es que no quisiera a mi madre, solo que… Éramos distantes. Creo… Creo que nunca fui lo que ella hubiera querido, es todo.

Henry asintió y por un instante, hizo ademán de acercarse a ella, pero desistió al llegar a la escalinata de piedra, con el ceño fruncido.

—De acuerdo —sentenció con firmeza —Pero yo que tú, andaría con cuidado.

—¿Con cuidado? ¿Por qué?

—Más bien por quién. Sentí a Mackenzie especialmente molesto en clase, más cuando te veía.

—¡Pero si no le hecho nada! —Danielle lo miró con los ojos muy abiertos, escandalizada.

—Lo sé, pero ya sabes que Mackenzie es raro.

El grupo de amigos llegó al vestíbulo y cambió de tema, pero la advertencia estaba hecha.


Salem, Massachusetts.

Habitación 13, Posada de las Siete Brujas.

Las calles de Salem se veían normales, con la gente andando por las aceras, metida en sus propios asuntos pero con un leve clima de temor en el aire.

En el centro de la ciudad, en lo que alguna vez fue la mansión de un hacendado muy rico, se instaló la Posada de las Siete Brujas, cuyo nombre tenía una razón obvia tratándose de Salem. Contaba con todos los servicios básicos, además de algunas cualidades que la hacían un sitio acogedor y tranquilo. En sus casi cincuenta años de existencia, sus dueños nunca habían reportado disturbios o algo semejante. Además, todos allí eran tan discretos como monjes de claustro.

Eso era bastante conveniente, debía reconocerlo. Nadie se preocupó por verificar la autenticidad de los documentos de identificación que presentó, tampoco se sorprendieron que pagara un mes de hospedaje de forma anticipada y en efectivo. Lo único que despertó interés fue su cabello.

—¿Ese color es natural, señor? —le preguntó un chico de unos dieciocho años, que lo había guiado al dormitorio asignado la primera noche.

—Algo así.

El chico, por el frío tono de voz, decidió que no era conveniente seguir indagando, así que dejó una gran maleta negra en el suelo, le entregó la llave de la habitación y se retiró.

No había transcurrido ni una semana cuando se dio cuenta, con cierta sorpresa, que los magos y los muggles eran muy similares, al menos en aspectos básicos. En realidad, esos detalles los sabía con vaguedad, pero de eso a vivirlo en carne propia era otro cantar. Sobre todo, era agradable el cambio de ambiente, donde nadie lo fulminaba con la mirada cada dos por tres.

En ese momento llamaron a la puerta.

—Buenos días, señor Spellgood —dijo una voz femenina desde el pasillo —Me pidió que le avisara en persona si alguien venía a buscarlo. Lo esperan en el comedor.

—Gracias.

Al oír pasos alejándose, fue hacia su maleta, sacó la varita mágica y se la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta gris oscuro. Era mejor ir preparado.

La habitación trece estaba en la primera planta, así que tuvo que bajar un tramo de escalera antes de tener a la vista el recibidor, amplio y bien cuidado, con el mostrador de registro en una esquina. Le dio la espalda a dicho mostrador para ir hacia la habitación contigua, el comedor, lleno de mesas redondas cubiertas con manteles blancos de bordes llenos de encaje. Hizo una mueca ante tanta pulcritud en el mundo muggle, antes de localizar a quien había ido a buscarlo.

—Por un momento olvidé lo de tu pelo —saludó el hombre joven sentado a una de las mesas, con una taza de café enfrente —¿No es irónico?

El aludido mostró una mueca de inconformidad antes de sentarse.

—Si acepté ese cambio fue porque me resultó lógico —comentó el recién llegado, alzando una mano hacia una mesera de vestido azul marino y delantal blanco, que enseguida fue a ofrecerle la carta —Déjela aquí —pidió, señalando la mesa —Quiero un café como el señor.

La mesera asintió y después de obedecer, le dedicó una mirada de soslayo al otro hombre, antes de retirarse. Aquello no pasó desapercibido por quien recién había ordenado.

—Ten cuidado o pronto sabré que te casaste otra vez —indicó.

—No bromees con eso. Lo que me recuerda…

El otro colocó un maletín sobre la mesa solo para sacar un periódico y tendérselo con expresión fúnebre a su interlocutor.

—Asaltaron Azkaban. Salió en el Wizard's.

El otro parpadeó varias veces, atónito, leyendo de forma superficial la primera plana del diario mágico norteamericano, The Wizard News.

—¿Para qué mataron a…? —inquirió el otro a medias, regresando el periódico a su dueño.

—Eso quisiera saber. No me han notificado oficialmente, pero deberé ir, supongo.

—Maldita sea, Patrick, ¡claro que tienes que ir! ¡Era tu madre!

Ante semejante fraseología, Patrick Malfoy arqueó una rubia ceja de manera altiva.

—No es como si agradezca el trato que le dio a Danny —replicó, sereno.

—Eso es caso aparte.

—¿Sabes? Siempre sentí curiosidad por ese asunto, pero por cómo están las cosas, no es buen momento para hacer preguntas —Patrick suspiró —Arreglaré todo para ir a Reino Unido, aunque será un poco difícil con los niños…

—Déjalos aquí. Solo te estorbarán.

Patrick frunció el ceño, molesto, hasta que se desconcertó con el gesto ligeramente preocupado del otro. Dejó ver una sonrisa sarcástica.

—Ya que te interesan tanto, no veo razón para que no se queden contigo.

—¿Me tomas el pelo? Yo no sé nada de niños…

—Eso, viendo cómo nos fue a Danny y a mí, se nota. Pero lo harás. Me la debes.

—¿Te la debo?

—Sí. Aunque lo hago más por Danny que por mí.

Otra vez salía Danielle a colación, Patrick debía estar loco… Y él más, por asentir y aceptar aquel trato, lo que implicaría dejar la posada unos días y quedarse en Risco Rojo, donde no se sentía cómodo viendo tantas huellas dejadas por la difunta Frida Malfoy.

—Solo iré al funeral y a recibir los informes de la investigación, espero volver en pocos días. Los gemelos son algo fastidiosos con los extraños y empiezan a mostrar magia, te lo advierto.

—Como si nunca hubiera tratado con bebés antes…

—¿No acabas de decir que no sabes nada de niños?

El otro se encogió de hombros, para luego pasar la diestra por su cortísimo cabello rojizo, lo cual le recordó la situación en la que estaba y el aspecto artificial que lucía.

Se preguntó, por enésima vez desde que Sátiro hizo su oferta, si estaba haciendo lo correcto.

Deseaba profundamente que la respuesta fuera un sí.


8 de enero de 2013. 10:05 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, hola! ¿Cómo les fue en las fiestas? Espero que bien, como a mí, que me dieron unos cuantos regalos que me hicieron feliz (libros no, lástima, esos Bell debe comprárselos personalmente). Pasemos a lo bueno.

El inicio del capi es la continuación del anterior, en Azkaban, donde las distintas escenas parecen algo desordenadas, ya que algunas pasaban de forma simultánea y otras ocurren después de cierto momento del capi anterior (Bell suelta una risita). El resultado fue que unos cuantos presos fueron liberados, mataron a Pansy (Bell no se sorprenderá si nadie lamenta esa muerte) e hirieron a una ninja, Haruto, lo que para mí marca, finalmente, una fecha importante en la trama futura de Juuroku, que por cierto, pronto pondré al corriente (Bell rueda los ojos, seguro nadie le cree eso).

Por otro lado, vemos las reacciones en Hogwarts sobre el asalto. De inmediato la atención la acapara Danielle, cuya madre fue la única asesinada. La noticia se la da la señora Nott (de quien nadie adivinó la identidad y cierta personita de Twitter solo dio con el nombre después de un curioso proceso de eliminación, jajajaja…), con lo cual doy a entender que el matrimonio saldrá otra vez, ya que se hacen cargo de Danielle mientras Patrick está en Estados Unidos. Entre eso y que Cornfoot no deja en paz a Sunny (Bell sonríe con malicia), en el colegio las cosas parecen ir un poco normales… al menos un poco más de tiempo.

Y hablando de Estados Unidos, tenemos una escena allá, donde cierto alguien está escondido, un poco incómodo en el mundo muggle, antes de ser informado de lo de Azkaban. Finaliza su charla con Patrick embarcándose en el cuidado de los gemelos Ly y Lance, pensando de forma bastante frecuente si está haciendo bien o mal. A estas alturas ya deben imaginarse quién es ese tipo, pero lo que deberían preguntarse es qué diablos está planeando ahora y qué trato hizo con nuestro simpático desconocido.

Bien, me despido, avisándoles que sigo esperando una Torre, y viendo los capítulos Arcanos que ya han salido, me ponen en un aprieto (en serio, Bell necesita apoyo con eso, tanto pensar en esta saga a veces le seca el cerebro, jajajaja…). Cuídense mucho y nos leemos lo más pronto posible.