A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Treinta: El Loco.

3 de mayo de 2012.

Londres, Inglaterra.

Bloomsbury, departamento de la familia Bluepool.

Para ser plena primavera, el cielo se veía demasiado plomizo.

Gina Bluepool observó el exterior por uno de los ventanales del departamento, antes de soltar un suspiro y seguir revisando contratos internacionales de Sortilegios Weasley. Algunos clientes en Europa continental pretendían reducir sus pedidos, lo que no era de sorprenderse, pero echaba por tierra los planes inmediatos de su padre y su tío de abrir locales en ciertos países.

Aunque, de todas formas, la expansión del negocio iba a postergarse, debido a la guerra.

Un balbuceo hizo que girara la cabeza a la derecha, donde sus hijos, sentados en una mullida alfombra redonda, se entretenían con un par de peluches muggles sin prestar atención a nada más. Se preguntó, no sin temor, si viviría lo suficiente como para verlos ir a Hogwarts.

Alejó el pensamiento con rapidez. Como decía William, era mejor concentrarse en el presente.

Por cierto, su marido andaba llegando tarde últimamente. Lo cual era raro, ya que no había demasiado qué hacer en el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, no después de que el año anterior atacaran a quienes preparaban la Copa Europea de Quidditch. No, debía ser por su nuevo jefe, que trataba a William como si él tuviera la obligación de resolver todos sus problemas.

A buena hora aceptó el rubio conservar su puesto.

… —llamó uno de los gemelos, mostrándole su peluche en forma de caballo.

Los niños reían mucho cuando jugaba con ellos, pero ese no era el día. Si quería tener libre la tarde, debía terminar con esos contratos. Además, pronto jugarían con muchos niños.

Distraídamente, Gina miró su ejemplar de El Profeta, donde la mitad de la primera plana exponía un memorial sobre la segunda guerra, y la otra mitad estaba dedicada al asalto del que Azkaban fuera víctima días atrás. Abatida, la pelirroja pensó que después de todo, sus hijos no nacieron en un día alegre, no si ella no se los procuraba.

Decidida, ordenó los pergaminos y los desvaneció de la mesa con un movimiento de varita.

Inesperadamente, llamaron a la puerta. Gina, desconcertada, se puso de pie, no sin antes tantear en los bolsillos de su falda azul hasta dar con la varita.

—¿? —uno de los niños alzó los brazos, queriendo que su madre lo cargara.

Gina, por una vez, lo ignoró y fue hacia la puerta.

—¿Sí?

—Buenos días, soy Ralph.

La pelirroja dejó escapar un suspiro de alivio, aunque enseguida se puso seria.

—Buenos días, señor, ¿le avisó William lo que debía decirnos si venía?

—¡Ah, sí! Conozco a tres Vincent Bluepool: mi padre, mi hijo y mi nieto.

Gina asintió con la cabeza una sola vez y abrió la puerta. El hombre al otro lado, rubio y de ojos azules, se acomodaba unos anteojos cuadrados, desviando la vista.

—Ustedes son un poco raros —comentó el hombre con voz seria.

—No exactamente —rebatió ella con suavidad, cediéndole el paso —Adelante.

El hombre caminó al interior del departamento, viendo de inmediato a los dos niños que, sentados en el suelo, movían sus peluches sin cesar.

—Me alegra que les gustaran —comentó.

—Sí, son de sus favoritos, ¿sabe? Incluso juegan más con ellos que con otros que les regaló William, en forma de snitch. ¿Gusta algo de beber?

—Agua, por favor. ¿Qué es una…? ¿Una kirsh?

—Snitch. Es una pelota de quidditch. ¿Le ha contado William sobre el quidditch?

El rubio negó con la cabeza antes de ver a Gina ir a la cocina. Acto seguido, se sentó en uno de los sillones y los niños, al verlo, le sonrieron y levantaron sus juguetes.

—Ahora no —indicó en voz baja, revolviendo el rojizo cabello del que tenía más cerca.

—Aquí tiene, ¿lo están molestando?

—No, claro que no. Parecen muy…

El hombre no terminó la frase; en cambio, frunció el ceño y dio un sorbo al agua.

—Sí, ya, normales —la pelirroja asintió, regresando al sitio de la alfombra donde había estado revisando contratos, para luego tomar en brazos al gemelo que lucía una camisa blanca —Eh, Brad, ¿ya saludaste al abuelo hoy?

Buelo —dijo la vocecita del niño, sonriendo.

Buelo —repitió su hermano, de camisa verde botella, estirando los bracitos hacia el rubio.

—Sí, sí, abuelo. ¿Puedo…?

—¡Claro, Ralph!

Ante el consentimiento, él se inclinó y tomó en brazos al otro chiquillo.

—Tengo que vestirlos diferente para distinguirlos —comentó Gina, meciendo un poco a Brad —No son como los gemelos de mi prima, que les ves la nariz y sabes cuál es cuál —se detuvo, con la mirada perdida y los labios temblorosos, antes de seguir —Por cierto, Patrick prometió traerlos hoy, aunque deberá ir por ellos a Salem. Vino antes por lo de su madre…

—Perdón, ¿hablas de Patrick Malfoy, el chico que se quedó con nosotros una temporada?

—Sí, él. No sé si William le contara…

—Normalmente William no nos cuenta nada… Bueno, no le cuenta nada a Viviane. Me temo que ella no acabó de aceptar nunca que su hijo fuera mago y… Bueno, esto.

Miró a Vince, que se divertía agitando su peluche al compás de la rodilla en la cual se hallaba sentado, que subía y bajaba con cierta rapidez.

—Lo siento —se disculpó Gina.

—No hay cuidado, Viviane es así. Se enfada mucho cuando las cosas no salen como planea.

—¿Y usted, señor Bluepool? ¿Qué lo hizo cambiar de opinión?

El aludido inclinó la cabeza, acariciando la cabecita de Vince, que lo miró con ojos muy abiertos antes de sonreírle otra vez. Sabía que su nuera acabaría preguntando, luego de meses haciendo esas visitas esporádicas sin enterar a William, quien sin razón aparente le dio la clave que lo dejaba entrar a su casa llena de protecciones mágicas, quizá deseando que un día fuera a ver a los niños.

—Sé que William te contó que lo adoptamos —comenzó a explicar, con voz pausada y los ojos fijos en un punto imaginario al frente —Antes de eso, Viviane y yo intentamos tener hijos propios, y cada fracaso nos entristecía y enfurecía por igual. Cuando finalmente aceptó adoptar, Viviane fue de la idea de que el niño se pareciera físicamente a nosotros, así no tendríamos que preocuparnos por decirle algún día la verdad. Pero después, cuando empezaron a pasar todas esas rarezas… Las cosas se movían de sitio o cambiaban de color cuando él se asustaba o se enojaba… Nos preocupamos, pero Viviane también se puso furiosa. Pensó incluso en que lo devolviéramos, pero logré hacerla cambiar de idea. Luego vino ese mago de su Ministerio a explicarnos lo que ocurría y nos quedamos asombrados. Jamás pensamos que los magos existieran.

Ralph hizo una pausa, suspirando, antes de desviar la vista a la rojiza cabeza de Vince.

—Viviane se puso como loca —confesó y Gina notó el dolor mal disimulado en la cara de su suegro —En cuanto el mago de su Ministerio se marchó, mandamos a William a su cuarto y gritó muchas cosas, como que los padres del niño debieron ser unos fenómenos. No lo supe entonces, pero esa fue la primera vez que William oyó algo sobre su verdadero pasado, aunque terminamos diciéndoselo, claro —la pelirroja asintió, esa parte su marido ya se la había contado —En ese momento tuve que echar mano de toda mi paciencia para que Viviane entendiera que ese niño seguía siendo nuestro William. Lo entendió a medias, porque cuando él hace algo que no le gusta, a Viviane le da por decir que debimos devolverlo en cuanto supimos lo de la magia.

—Lo cual, por cierto, es una estupidez —masculló Gina, indignada.

—Sí, claro. Lo que trato de decir con todo esto es… William ya se alejó mucho cuando supo que no éramos sus padres y con la actitud de Viviane, que no podía presumirlo a sus amigas. Además, por su carácter, William intuyó que no debía decirnos más de lo necesario del mundo de la magia, llegaba a casa y se portaba demasiado bien para su edad. Entonces, cuando escribió pidiéndome buscar una propiedad en Estados Unidos para su amigo… Sentí que era una forma suya de decirme que no estaba enojado conmigo, que confiaba en mí. Le ayudé y me prometí intentar comprender su mundo. Aunque lo de los niños… Eso no tenía nada qué ver con magia.

—Eh… Nosotros…

—Aún recuerdo lo que era ser joven, no me enfadé, pero sí me sorprendió. Además, entiendo perfectamente que quisiera tenerte a su lado. Sus hijos… Él nunca abandonaría a sus propios hijos. Ya se lo hicieron a él, a esa hermana que nos dijo que tenía… No es esa clase de persona.

—Lo sé.

—A propósito, nunca he visto a la hermana de William, ¿tendrás una fotografía?

—¿De Sunny? Bueno, sí, pero todas son…

—¿Son de las suyas, que se mueven? —Gina asintió —William me ha mostrado unas cuantas, cuando pasa a verme a la oficina. ¿Puedo…?

—¿Verlas? Ah, sí, yo… —ella movió la cabeza a ambos lados, buscando dónde dejar a Brad.

—Dame al niño, si quieres.

—Gracias.

La pelirroja hizo lo que le pidió y fue a las recámaras por el álbum que había comenzado desde que se había mudado con su esposo. Regresó a los pocos segundos, viendo con una enternecida sonrisa al rubio abrazando a los gemelos, meciéndose lentamente.

—Aquí está —anunció, dejándole el libro encuadernado en cuero azul oscuro antes de tomar en brazos a Vince —Si quiere deje a Brad en la alfombra.

—No, así está bien.

Ralph abrió el libro con cuidado por una página al azar y se topó con unas cuantas imágenes móviles que tenían de fondo una estancia abarrotada.

—Ah, esas son de las reuniones navideñas de mi familia —Gina señaló en una de las fotos un gran pino decorado, aunque no hiciera falta —Mi padre tiene muchos hermanos, incluido un gemelo, así que somos muchos primos. Y los abuelos invitan cada año a los Potter —colocó el índice en otra de las fotografías, donde un hombre de cabello negro y anteojos llevaba del brazo a una castaña —Mire, aquí está Sunny.

En la foto que ahora señalaba Gina, se veía a una jovencita de largo cabello castaño peinado en una coleta alta, vestida de verde esmeralda, cuyos ojos oscuros paseaban de un lado a otro mientras les sonreía a las otras tres chicas que la acompañaban.

—Sunny es la de pelo castaño. Allí está con la hija de los Potter, la de anteojos, con mi prima Rose y con la hermana de Patrick, Danielle —explicó Gina, sonriendo levemente.

—No se parece mucho a William —observó Ralph, frunciendo el ceño.

—Eso dicen todos. Sunny se parece más a su abuela, la madre de su madre.

Ralph asintió y de forma distraída, desvió los ojos hacia donde Gina había dejado olvidado el periódico de los magos. Algo en él llamó su atención, pero no fue sino hasta regresar los ojos a la foto mágica de Sunny y sus amigas que descubrió lo que lo incomodaba.

—Esa mujer… —susurró, señalando el diario.

Gina, confundida, giró la cabeza. En la mitad de la primera plana de El Profeta dedicada al asalto a Akzaban, se mostraban retratos de los presos que se habían llevado los seguidores de Hagen, y al pie se indicaban sus nombres y crímenes. Tomó el periódico y lo miró.

«Wendy Drake. Condenada por la tortura de niños muggles en Belfast, Irlanda del Norte».

Gina contuvo el aliento. Hasta ahora veía que esa mujer ya no estaba tras las rejas.

—Esa es la abuela de William y Sunny —confesó en un murmullo, acercándole El Profeta a su suegro —Sunny iba a vivir con ella, pero la mandaron a prisión y…

—No es eso —cortó Ralph repentinamente.

Los ojos azules del hombre repasaban distraídamente el pie de la foto en la cual Wendy Drake parpadeaba con gesto adusto, incluso altanero. Tragó saliva con pesadez.

—La he visto. En persona, en la oficina. Preguntó por propiedades disponibles en Edimburgo.


Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, Ministerio de Magia.

Cada departamento ministerial tenía excentricidades, detalles que a ojos de externos, carecían del más mínimo sentido. Por lo tanto, para nadie era de extrañarse que muchos hicieran muecas de disgusto (por no decir de asco) cuando algún mago o bruja decía que laboraba en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Imaginaban que tratar con semejantes seres era un trabajo engorroso… por no decir sucio.

Pilar Lupin saludó a un mago robusto de túnica marrón al pasar frente a su cubículo, quien le dedicó un vago gesto de reconocimiento antes de volver a los suyo. La joven rodó los ojos verdes para percibir el entorno y finalmente llegó al final de la planta, donde una puerta de madera deslucida ostentaba un letrero que decía "Oficina de Coordinación de Licántropos".

Se alisó la túnica rosa pálido antes de traspasar la puerta, que daba a una diminuta habitación repleta de libros, pergaminos y un enorme archivador en una esquina encima del cual estaba un largo y delgado florero de cristal, en ese momento vacío. Allí apenas cabían tres escritorios con sus respectivas sillas y un banco de madera para las visitas. Por lo visto, había llegado temprano.

Suspirando, Pilar ocupó su escritorio, el más cercano a la puerta, revisando que todo siguiera como lo había dejado antes de marcharse a disfrutar del fin de semana. A continuación, miró al techo, pero no halló ningún memorándum interdepartamental revoloteando, así que estiró la mano hacia un montón de pergaminos que tenía en una esquina y comenzó a leer.

El trabajo allí era sumamente engorroso, por no decir inútil en su mayoría. La Oficina, como su similar de Duendes, tenía como tarea principal registrar a cada hombre y mujer lobo del país, así como asegurarse que todos fueran tratados con dignidad. El problema empezaba cuando los licántropos no querían registrarse, alegando que sería como ponerse un letrero de su condición en la frente y así poder ser tratados peor que escoria. Por lo tanto, la Oficina se había comprometido a manejar los datos con la mayor discreción posible, pero admitiendo que el registro de licántropos era de carácter público lo cual, como expresó el jefe de Pilar una vez, era el colmo de lo absurdo.

Así las cosas, a la joven a veces le daban ganas de renunciar y regresar a América, pero si decidió trabajar en Reino Unido fue por su nueva familia, a la que debía más de lo que cualquiera imaginaba. No se creía que dos extraños pudieran tratarla como hija sin serlo en realidad, mucho menos debido a su condición. Ayudaba que su padre adoptado fuera también licántropo y uno muy respetado en el país: Remus Lupin era uno de los pocos hombres lobo contemporáneos inscritos en el dichoso registro, lo cual ayudó a que varios congéneres lo imitaran, pensando que si él podía tener una vida decente sin tener que humillarse, ellos también.

De hecho, Pilar se tendría que dedicar toda la mañana a clasificar las solicitudes de registro que se habían acumulado de lo que iba del año. Se hacía aquello cada tres o cuatro meses, dependiendo de la cantidad, y el resto del tiempo, Pilar tenía permiso de estudiar los pesados y viejos volúmenes de la oficina, casi todos de leyes, intentando comprender cómo funcionaba el gobierno mágico británico. Hasta ahora el estudio iba tan bien que consultando sus dudas con algunos miembros del Wizengamot, les dio sugerencias de cambios en leyes respecto a los semihumanos, lo cual no sabía si serviría de algo, pero nada perdía intentándolo.

—Buenos días, Lupin —saludó un hombre pálido, delgado y tan alto, que debía inclinar su cabeza cubierta de corto cabello gris para poder entrar a la oficina —¿Dónde está Finnigan?

—No ha llegado, señor Woolf.

El hombre meneó la cabeza y fue a ocupar el escritorio frente a Pilar, dándole la espalda a la única y pequeña ventana mágica de la oficina. Justo en ese instante, una mujer de largo cabello castaño entró sacudiéndole las cenizas a su túnica color morado oscuro con la diestra.

—Buenos días —dijo, sonriendo levemente —¡Ah, Pilar, llegaste antes!

—No mucho, señora Finnigan, solo unos minutos.

—¿Mucho tránsito en la Red Flu? —inquirió el hombre.

—Sí, parece que es el día de llegar todos a la vez. Muchos lucen un poco extravagantes, será por el memorial —la señora Finnigan alzó la mano izquierda, donde llevaba una rosa blanca envuelta en un fino papel azul, colocándola en el florero sobre el archivero —¿Qué tenemos hoy?

—Lupin está con la clasificación de solicitudes de registro. Y como acabas de mencionar, hoy es el memorial. ¿Confirmaste la presentación del subdirector de Hogwarts?

—Sí, aunque dice que no se entretendrá porque lo requieren en el colegio.

—Bien. Ve a la División de Bestias para saber si algo requiere nuestra intervención.

La señora Finnigan asintió, se sacudió la túnica una última vez, tomó pluma y pergamino y abandonó la oficina musitando algo ininteligible. A Pilar no le sorprendía que la mujer estuviera tan pendiente del memorial por el fin de la segunda guerra; por lo que sabía, ella había estado en la histórica Batalla de Hogwarts, como lo atestiguaban las cicatrices en su cuello que se esmeraba en cubrir con hechizos cosméticos, mascadas o bufandas, dependiendo de la ocasión. De hecho, esas cicatrices fueron hechas por un hombre lobo, lo que hacía irónico que trabajara allí.

—Lupin —llamó entonces el señor Woolf —Vaya con los aurores y llévele esto a Potter.

Sin alzar la cara, tendió un sobre de pergamino que la muchacha se apresuró a recoger.

—Enseguida, señor, ¿necesita que espere una respuesta?

—Sí, por favor.

Pilar dejó también la oficina, con mucho cuidado de no tirar nada, para luego hallarse en el barullo del resto del departamento. Miró con una leve sonrisa a los que pasaban de un lado a otro gritando indicaciones, cargando cajas de donde salían diversos sonidos o contando chistes de criaturas mágicas, lo que la hizo pensar, por un instante, en que nada iba mal.

Por supuesto, entrar al Departamento de Seguridad Mágica era un retorno brusco a la realidad. A últimas fechas, allí mostraban caras serias, grises, tensas… Cada mago y bruja que laboraba en esa planta se estaba quedando horas extras planificando, reportando o a veces solo dando apoyo moral… A Pilar no le hacía nada de gracia ir allí, pero era una orden, así que…

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando alguien chocó con ella.

—Lo siento, no vi… ¡Ah, Pilar!

La chica parpadeó, desconcertada.

—¿Señor Comandante? —murmuró, incrédula.

—Por favor, llámame Harry, como hacen tus padres.

—Sí, perdón, yo… ¿Qué lo trae a la cuarta planta?

—Iba con tu jefe, de hecho, ¿está en su oficina?

—Sí, pero… Él me envió con usted.

El señor Potter, arrugando la frente, tomó la misiva de manos de Pilar, quien después de eso, dio media vuelta e hizo señas para que la siguiera. Por el rabillo del ojo, ella notó que el legendario héroe inglés no era muy afecto a destacar, aunque correspondía con una tenue sonrisa a cada saludo que le dedicaban.

—Hoy se acuerdan más de mí —masculló el señor Potter.

—Yo solo he leído cosas de lo que pasó hace tantos años, ¿de verdad…? ¿Fue tan terrible esa segunda guerra suya? Es que… No puedo imaginarlo.

El señor Potter miró a Pilar con cierto aire triste.

—Me alegra que nacieras en un tiempo y un lugar donde no había guerra —sentenció con un dejo de amabilidad —Aquí se vivía asustado por cualquier cosa… No se podía confiar en nadie. La gente moría, desaparecía… Por eso celebran tanto el memorial —añadió, con un amago de sonrisa —Nos recuerda lo que sobrevivimos y lo que no queremos repetir.

—Espero que eso ayude con esta guerra —comentó la chica, bajando la vista —Lo siento.

—No importa, es normal que sientas curiosidad, considerando que este no es tu país natal.

Pilar dio una cabezada y esquivó a un par de magos que cargaban con una alargada caja que se sacudía, antes de llegar ante la puerta de su oficina y llamar.

—Adelante.

El señor Woolf seguía casi en la misma postura en la que Pilar lo dejó, pero en esta ocasión vio fijamente la puerta al entrar ella en compañía del señor Potter. Lentamente, con sumo cuidado, el señor Woolf se puso de pie y le tendió la mano al recién llegado, quien contuvo una mueca ante el apretón demasiado fuerte antes de soltarse y acercarse el banco de madera.

—¿Qué lo trae por este cuchitril? —quiso saber el señor Woolf.

Mientras el señor Potter arqueaba las cejas, Pilar contuvo el impulso de rodar los ojos con aire divertido. Su jefe podía ser bastante seco la mayor parte del tiempo, pero al llamar de esa forma a su lugar de trabajo, demostraba un poco de sentido del humor.

—Me topé con Pilar cuando iba a verme, me dio esto —el señor Potter alzó en su diestra el sobre de pergamino, el cual abrió —Y vengo a avisarle que Cooperación Mágica Internacional nos informó que piensa dar permisos de residencia a unos cuantos semihumanos que están saliendo de Europa continental… y casi todos son licántropos. ¿Los podrían ayudar?

—¿A qué, a llevar un registro o a interrogarlos?

El señor Potter sacudió la cabeza, en tanto leía el contenido del sobre de pergamino.

—Un poco de ambos —reconoció —Se les pedirán datos personales para sus permisos, pero además deberán probar de que no están de parte de Hagen —movió los labios de forma apenas visible y carraspeó —¿Esto es en serio, señor Woolf? —quiso saber, agitando un pergamino.

—Muy en serio. Nos llegaron un par de consultas al respecto a finales del año pasado, pero no podemos darles una respuesta satisfactoria; un par de leyes son tajantes al respecto. Lupin —llamó, y Pilar, en su lugar, se irguió de golpe —¿Hablaste con alguien del Wizengamot últimamente?

—No, señor.

—¿Y has conocido a alguien allí a quien le interesen tus observaciones de la ley mágica?

—Pues… —Pilar se concentró —A la señora Mao, pero no se especializa en semihumanos… Creo que… ¡Ah, ya! La señora Goyle.

El señor Potter, como no pudo dejar de notar Pilar, hizo una mueca de disgusto.

—¿Goyle? —pronunció, incrédulo.

—Sí, es una mujer un poco brusca, pero sabe bastante de leyes referentes a criaturas mágicas. Su esposo es al que yo no… —la de ojos verdes carraspeó antes de volver al tema —Le señalé hace un mes una incongruencia entre un tratado internacional y una ley nacional, y prometió echarle un vistazo. Se veía muy interesada, así que prometí llevarle cualquier otro detalle similar que detectara. Solo que no he vuelto a la segunda planta más que para entregar documentos.

—Mándele un memorándum diciéndole que quiero charlar con ella después de comer —pidió el señor Woolf con aplomo —Y que me haga el favor de consultar con alguien de Educación Mágica si hay restricciones legales para que los semihumanos vayan a Hogwarts.

La joven se veía tan genuinamente desconcertada, que no pudo hablar por más de un minuto. El señor Potter, al notar el detalle, la miró por encima del hombro y sonrió sin pizca de alegría.

—Por lo visto, Pilar, quieren sacar a tu hermana del colegio —anunció.

Ante eso, la aludida despertó de su estupor, adoptando un gesto de enfado mientras se dirigía a la puerta de la abarrotada oficina.

—Iré en persona. Hasta podría hablar con los reporteros que vinieron al memorial.

Al declarar aquello, Pilar se detuvo en el umbral de la puerta, esperando la reacción de los dos hombres. Mientras el señor Potter la miraba con una mezcla extraña de orgullo e incredulidad, su jefe le dedicaba una mueca seria, de advertencia.

—Deje eso de la prensa para una verdadera emergencia, Lupin —le pidió.

La joven asintió y se marchó a toda velocidad.

—Es buena chica, ¿no? —comentó el señor Potter, tras cerrarse la puerta.

—Sí. Y emprendedora, además —confirmó el señor Woolf —No se me habría ocurrido lo del Wizengamot si ella no hubiera estado revisando todos nuestros libros.

—Mi esposa aprendió leyes sobre criaturas hace tiempo. Se especializó en elfos domésticos.

—¿Con que a ella le debemos la honorable obligación de ofrecer sueldo a los elfos en este país?

—¿Usted tiene elfos, señor Woolf?

—Sí, dos. Mejor dicho, tenía dos: uno de ellos se quedó con mi esposa, en Buenos Aires. Pero mi hijo y yo llevamos casi un año acá y ella no se decide a alcanzarnos.

—Déjeme decirle que con los tiempos que corren, quizá sea mejor que ella se quede allá.

—Quizá. ¿Qué me dice del resto de la nota?

El señor Potter volvió a leer el pergamino que sostenía y arrugó más la frente antes de asentir.

—¿Se puede contactar de forma segura a este…? —se fijó en el pergamino —¿Mohr?

—Sí, claro. Se lo encargaré a Lycaon. Se supone que está en Noruega por asuntos de Gringotts, pero creo que engatusó a alguien para poder acompañar a la chica Weasley.

Los dos rieron. Lycaon Woolf hacía de todo para que Belle Weasley le prestara atención.

—En ese caso, estaré al pendiente de noticias. Mientras tanto, póngase de acuerdo con los de Cooperación Mágica Internacional sobre los licántropos que vendrán.

—No me hace mucha gracia, pero lo haré. Gracias por decírmelo en persona.

El señor Potter asintió, meditabundo. Que Arcadius Woolf decidiera regresar a un país que lo trató como poco menos que una alimaña era una muestra invaluable de sus cualidades. No solo eso, trabajaba para que sus congéneres tuvieran una vida mejor, cosa que no tuvo él cuando recién lo mordieron, lo cual fue su motivo para emigrar a América.

—Piénselo bien —añadió el Comandante interino de los aurores, poniéndose de pie —Acerca de que su esposa venga… Y que su hijo ya no ande por media Europa siguiendo a una chica.

—Gracias por el consejo, lo tomaré en cuenta.

Dando una cabezada, el señor Potter abandonó el lugar.


Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Los hijos de magos eran los que más hablaban de aquel día de la historia moderna, lo que llamaba la atención de todos los que no sabían nada de magia hasta que llegaron al colegio.

O de casi todos.

—¿Podrían dejar el tema por un minuto?

Últimamente, cada que se nombraba la guerra, Sunny se ponía de muy mal humor. Ni siquiera la mantenía sonriente haber enviado el día anterior un regalo de cumpleaños para sus sobrinos.

—No creo que te escuchen —acotó Thomas, mirando por encima del hombro a un grupo de sexto de Hufflepuff, que recién pasó junto a ellos cuchicheando sobre el memorial de la segunda guerra anunciado esa mañana en El Profeta —Algunos tienen gente qué recordar.

—De todas formas —señaló Walter inesperadamente —no entiendo por qué tanto alboroto. El tres de mayo de mil novecientos noventa y ocho acabó la segunda guerra, ¿y?

—¿Y? —Danielle miró a su castaño amigo con incredulidad —¿En serio lo estás preguntando? Hablamos del día que Harry Potter venció finalmente a Voldemort, ¡eso fue muy importante!

—Pues no creo que a Hally le haga mucha gracia —dejó escapar Sunny, sarcástica.

Los cuatro amigos, que se habían encontrado hacía poco en los pasillos para irse juntos a Transformaciones, no sabían si reír o hacer muecas de disgusto. Que su padre fuera el mayor héroe nacional no ayudaba a Hally ese día, ya que desde el desayuno la asaltaron a preguntas, como si ella fuera la vocera del legendario Niño–que–vivió, y por poco no se puso a lanzar maldiciones.

—Yo que ella, traería la capa invisible encima en cada cambio de clase —sugirió Thomas de repente, encogiéndose de hombros y con semblante menos animado de lo usual.

Sus acompañantes, recordando que mayo no era nada alegre para él, se limitaron a asentir.

Llegaron ante la puerta de Lovecraft con tiempo de sobra, por lo que Paula y Ryo se acercaron para saludar y ella, irónica, comentó que Cloe Scott se la pasó la mitad de la clase de Aritmancia preguntándole cosas impertinentes a Hally.

—Imagínese, preguntó qué sintió su padre al usar Imperdonables, ¿no es estúpido?

—¿Imperdonables? ¿Esas maldiciones que nos mencionó Lupin que se castigan con cadena perpetua en Azkaban? —inquirió Sunny.

—Esas mismas —Ryo también lucía un poco molesto —Según la única biografía publicada del señor Potter, llegó a usar dos de las Imperdonables durante la segunda guerra. La única que no llegó a conjurar fue la maldición asesina.

—¿Quién querría usar la maldición que casi lo mató dos veces? —espetó Danielle, rodando los ojos y arrastrando ligeramente las palabras.

—¿Hay biografía de Harry Potter? ¿Por qué diablos no la he leído? —se indignó Thomas en broma —No la tienen en la biblioteca, ¿verdad?

—Creo que no —contestó Ryo, pensativo —Yo la conozco porque mamá tiene un ejemplar.

Interrumpieron la charla cuando el profesor Lovecraft abrió las puertas del aula.

—¡Andando, jóvenes, tenemos mucho trabajo! —arengó.

Los aludidos se guardaron de hacer comentarios que el docente pudiera oír. En esos días, tanto Lovecraft como muchos de los profesores estaban bastante irascibles, reprendiendo estudiantes a la menor ocasión, a veces por los errores más simples. Prueba de ello fue que, tras diez minutos de empezada la clase, a Sunny le descontaron cinco puntos por agitar la varita de forma tan brusca que casi golpeó a Donald Warren, sentado a su derecha.

—¡Preste atención, señorita Wilson! —llamó Lovecraft, frunciendo el ceño y alzando su propia varita hacia su escritorio, donde un puercoespín enroscado temblaba un poco.

A continuación, el profesor convirtió al animalito en un redondo alfiletero marrón.

—Lo siento —musitó la castaña, suspirando y mirando a su propio puercoespín —Muy bien…

Esta vez se concentró en lo que estaba haciendo, consiguiendo una transformación casi perfecta (su alfiletero se encogía un poco cada que le acercaba un alfiler), y solo entonces se permitió volver al pensamiento que la había estado molestando desde hacía tiempo, pero más ese día.

Snape estaba inusualmente distante. No era que el jefe de su casa fuera un tutor atento. En realidad, su relación apenas cambió tras el último gran anuncio que él hizo, pero sintió que algo andaba mal cuando le pidió permiso de ir con su hermano en las vacaciones de Semana Santa y el hombre se negó de forma tajante, lanzándole una mirada penetrante que parecía advertirle que no insistiera o le iría mal. Entonces había cambiado de tema, indagando cierta duda, pero fue peor, ya que no solo se quedó sin una respuesta, sino que el profesor lució triste por una milésima de segundo, antes de recuperar su semblante adusto y ordenarle que se retirara.

Ante eso se sentía frustrada, sobre todo porque sus preocupaciones no podía compartirlas con sus amigos, no todas. Lo único que le quedaba por hacer era estar atenta a las noticias relacionada con los sucesos en Europa continental, lo cual no era buena idea si tomaba en cuenta que cada día que pasaba, anunciaban nuevas batallas y aumentaba el número de muertos y desaparecidos.

Lo único que agradecía era que en ningún lado hablaran de bajas entre los aurores británicos que formaban parte de la Coalición.

—Va mejorando, señorita Wilson —concedió el profesor Lovecraft casi al final de la lección, recogiendo los alfileteros (o los puercoespines, en casos como el de Brandon).

—Siempre y cuando no le saque el ojo a alguien —masculló Warren, todavía enfadado.

Al dejar el aula para ir a comer, Sunny procuró darle un buen empujón al chico.

—¿Qué pasa con Donald? —se extrañó Ryo.

—A veces es idiota —masculló su amiga, frunciendo el ceño.

—Sí, pregúntales a Hally y a Rose —señaló Paula, cansina.

—Y a Longbottom —agregó Danielle, viendo de reojo que caminaba cerca de ellos un grupo de chicas de tercero, entre las que iba la mencionada.

—Ah, sí… ¿Qué tendrá esa niña que chicos mayores le piden citas? —se desconcertó Sunny.

Nadie le contestó con otra cosa que no fuera encogimiento de hombros.

—Aunque, según escuchamos, Donald cambió de táctica —comentó Ryo con fingida ligereza.

—¿En serio? ¿Ya no fastidia a Longbottom cada hora? —soltó Danielle, sarcástica.

—Al parecer, no. Menos desde que Rose le advirtiera que la próxima flecha que le lanzara le daría en un sitio que le dolería de por vida.

—¿Eso dijo? —se sorprendió Walter.

—Al menos eso oí que Hally le contaba a Procyon en Aritmancia —contestó Paula.

—Sigo preguntándome por qué Pulgoso tomó esa materia —dejó escapar Thomas sin venir a cuento, acercándose a las puertas del Gran Comedor —Es bueno con los números, pero…

—La odia, sí —convino Danielle, asintiendo con la cabeza —Aunque según Hally, Davis es quien la hace odiosa. Ella espera hacer el TIMO y luego dejarla.

—No me imagino a Hally dejando Aritmancia, la verdad —Paula se encogió de hombros.

Justo entonces entraron al Gran Comedor y se separaron para ir a sus respectivas mesas. Sunny, por algún motivo que no comprendió, paseó los ojos por todas partes antes de posarlo en la mesa de profesores, donde halló a McGonagall charlando con la profesora Nicté, y en una de las orillas, a Snape leyendo atentamente el contenido de… ¿Eso era papel común y corriente?

—Ahora vengo —les dijo a sus amigos sin siquiera mirarlos.

Se puso a esquivar alumnos que iban de un lado a otro, para finalmente llegar ante su tutor, apenas dándose cuenta que él tenía al profesor Lupin sentado justo a su derecha.

—¿Desde cuándo le mandan cartas muggles? —preguntó, sin siquiera decir hola.

Snape la miró por encima de la hoja que leía, arqueando una ceja.

—¿Cómo le va, señorita Wilson? —inquirió, con cierto tono entre irónico y molesto.

—Eh… Bien, creo. Casi me sale la transformación de hoy.

—¿Casi?

—Sí, el alfiletero todavía se movía, pero ya no era puercoespín, es un avance, ¿no?

—Si usted lo dice… Por cierto, este verano las vacaciones las pasará con Bluepool, acabo de confirmar los detalles —Snape movió la hoja de papel en su diestra —¿Qué sucede?

Para confusión del profesor, Sunny no se veía muy alegre. Al contrario, mostraba una mueca que cualquiera podría interpretar como de enojo, pero él la conocía un poco mejor.

—Eh… Creí que… ¿No va a volver, verdad?

La pregunta salió en un tono tan bajo que el barullo del Gran Comedor apenas dejó oírla.

—No —respondió Snape lo más neutro que pudo, apretando la mandíbula antes de añadir —No en unos meses, al menos. ¿Olvida que estamos en guerra, señorita Wilson?

—No, solo que…

—Bien. Vaya a comer y espero que la próxima vez le vaya mejor en Transformaciones.

Ella lo contempló con recelo, indignación y tristeza, todo a la vez, aunque intentó disimularlo. Mordiéndose el labio inferior, contuvo las frases sarcásticas que se le ocurrían, para terminar asintiendo y empezar a dar media vuelta.

—Volverá, Sunny, hice que lo prometiera.

La jovencita se giró tan rápido que su larga coleta castaña dio un latigazo. Su rostro mostró claramente su asombro, y por alguna razón, Snape no vio parecido alguno de Sunny con su abuela, aunque físicamente eran casi idénticas. No, en ese momento, la chica le recordaba a otra persona, lo que para él era una especie de alivio amargo.

—Eso… Eso suena un poco raro —admitió finalmente.

—Considerando de quién estamos hablando, sí.

Sunny se encogió de hombros, esbozando un intento de sonrisa.

—Como diga. A comer, entonces. Por cierto, ¿sabe cuándo es su cumpleaños?

—¿A qué viene el interés?

—El mío será este mes, así que pensé…

—El primero de mayo.

Sunny parpadeó, confundida por un segundo, antes de hacer un puchero.

—¡No es justo! —exclamó por lo bajo, dándole la espalda a Snape para irse a paso rápido.

—Eso no fue muy amable de tu parte.

El jefe de Slytherin miró a su colega, arqueando las cejas con frialdad.

—¿Acaso es de tu incumbencia, Lupin? —espetó —Además, ¿tú qué sabes del tema?

—Nada oficialmente.

Snape maldijo mentalmente. Seguro Lupin se había enterado por su mujer, ¿por quién más?

—Entonces no des señales de lo contrario —acotó, frío.

—De acuerdo. Una última pregunta, si me lo permites.

—No te permito nada, Lupin, y lo sabes.

—¿La señorita Wilson ya sabe lo de Wendy?

Ante eso, Snape frunció el ceño, moviendo discretamente los ojos a la mesa de Slytherin, donde Sunny había ocupado un sitio junto a Walter Poe, para luego hacer una mueca cuando Icarus Hitchens, el Premio Anual, se colocó junto a ella. Danielle Malfoy y Thomas Elliott se sentaban frente a la castaña y él tenía un ejemplar de El Profeta abierto, con expresión concentrada.

—Si no lo sabía, no tardará en enterarse —comentó, sin pizca de humor.

En tanto, Sunny tenía problemas con que Hitchens se sentara a su lado, y no precisamente porque el muchacho fuera desagradable.

—¿Por qué no viene Cornfoot y pregunta en persona? —espetó de mal genio.

—Necesita terminar un trabajo para Nicté —respondió Hitchens con calma, sonriendo.

—A mí me parece otra cosa —Thomas, aprovechado que el periódico le ocultaba la cara, le susurró aquello a Danielle sin contener un gesto de burla.

—Por favor, dile que deje de insistir —pidió Sunny, aburrida —No me gusta, y se me hace muy raro que me pida salir tan de repente, cuando nunca nos habíamos hablado.

—En realidad, ya se lo he dicho, pero como seguramente notaste, Stephan es muy terco.

—No sabía que se llamaba Stephan —hizo notar Sunny.

—Si le digo eso, quizá se ofenda y dejará de insistir, ¿qué te parece?

—¿De parte de quién estás?

—De parte de Stephan, claro, pero en este asunto parece que pierde el tiempo, así que mejor que corte por lo sano, aunque le duela —Hitchens se encogió de hombros con despreocupación antes de levantarse y reunirse con dos compañeros de curso.

—Sí que es raro —dejó escapar Walter, ceñudo por algún motivo.

—Pero tiene razón —apuntó Thomas, cerrando el periódico y dejando escapar un suspiro.

—¿No habías leído ya eso? —notó Sunny de pronto, señalando el diario.

—Sí, pero… Mira.

Le enseñó la primera plana, y casi insultó a su amigo por recordarle (otra vez) lo que celebraba el mundo mágico ese día, pero él no se refería al memorial por el fin de la segunda guerra, si no a los prisioneros liberados de Azkaban por los seguidores de Hagen.

«Wendy Drake. Condenada por la tortura de niños muggles en Belfast, Irlanda del Norte».

—¡Maldición! —exclamó por lo bajo, asustada —¿Esa loca anda suelta?

—¿Quién…? —Danielle no terminó su pregunta, ya que vio el retrato que su novio resaltaba al golpetearlo con un dedo —¿Esa no es tu abuela, Sunny?

—¿Para qué la querría ese tal Hagen? —fue lo primero que pudo preguntar Walter.

—Para nada bueno, seguramente —aseguró la castaña, sin darse cuenta de que temblaba.

Sus amigos, en silencio, estuvieron de acuerdo con ella.


Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, Ministerio de Magia.

Aunque las labores en el Ministerio de Magia terminarían temprano ese día, debido al memorial de la segunda guerra, Magnolia Black se sentía intranquila.

La séptima planta, por lo general, era un sitio donde nada, absolutamente nada, se podía quedar quieto por más de cinco segundos. Los carteles de quidditch, con sus colores alegres y sus figuras moviéndose a gran velocidad, ampliaban esa sensación. Sin embargo, los estandartes negros esparcidos aquí y allá en las paredes de los cubículos que daban al pasillo principal no hacían sino recordar la desgracia ocurrida hacía casi un año, preparando uno de los eventos más importantes del continente. Si el ánimo de varios no decaía, era por aferrarse a pequeños pero prometedores momentos de alegría, ya fuera dentro o fuera del trabajo.

Un pasillo lateral, el cual se anunciaba como el de la Oficina de Patentes Descabelladas, era donde Magnolia tenía su escritorio. En esa época del año se juntaba trabajo; por lo visto, varios aprovechaban el verano para lanzar novedades, solo que antes debían cumplir con las legalidades para comerciar con ellas. Contrario a lo que la gente creía, dicha oficina no solo se encargaba de los nuevos modelos de escobas, sino que revisaba todo aquello que tuviera que ver con quidditch y demás actividades recreativas mágicas.

En los últimos años, quien más trabajo daba a la oficina era Sortilegios Weasley. Magnolia primero conocía los productos por escrito, detallados de manera tan minuciosa que cuando pedía una muestra para ser probada, se quedaba maravillada. Quizá las bromas no fueran su especialidad, pero esas en particular eran únicas en su género. Desde que la convencieron de cambiarse de oficina, comprendía un poco mejor por qué a su nieto le encantaba comprar esos productos.

Ese día, sin embargo, no tenía mucho ánimo de trabajar. Revisó con desgano una solicitud de patente sobre un nuevo diseño de bate de golpeador de quidditch, pero solo para pasar el tiempo mientras anunciaban el final anticipado de la jornada. Después, haría acto de presencia en el memorial por una hora, cuando mucho, y se iría a casa.

Pensar en la guerra le recordaba a Sirius, no podía evitarlo. Se habría plantado ante él para presentarle a su hijo de haber sabido que la pelea oficialmente conocida como Duelo de Misterios se lo arrebataría. El nombre del enfrentamiento se debía a que tuvo lugar en el enigmático Departamento de Misterios, y en la actualidad, quedaban pocos testigos vivos de la misma, entre ellos el aclamado Niño–que–Vivió y, como era lógico, Magnolia no iba a agobiarlo a preguntas. Ambos sufrían todavía por esa pérdida, aunque de distinta manera.

Suspirando lentamente, Magnolia dejó a un lado el pergamino que leía, miró por encima de uno de los paneles de madera de su cubículo y entre el alboroto habitual, distinguió la cabeza rubia de William Bluepool, el asistente personal del director del departamento. Compadecía al muchacho por semejante jefe, aunque comprendía perfectamente sus motivos para seguir como asistente personal de dirección. Tenía una esposa delicada de salud y dos niños pequeños qué mantener.

Como si lo hubiera invocado, el rubio pasó raudo entre varios magos y brujas antes de llegar hasta ella, con aspecto apurado.

—Buenas tardes, señora Black —saludó en tono cordial, sonriendo levemente, antes de ponerse serio —Nuestro jefe quiere verla.

—¿Ahora? —la rubia no pudo evitar una mueca de disgusto.

—Sí, lo siento. Yo espero que no se demore, quiero irme a casa temprano.

La mujer, que se ponía de pie mientras se alisaba su túnica azul cobalto, lo miró con curiosidad.

—¿Y eso? Pensé que te quedarías al memorial, como todo el mundo.

—No puedo. Es cumpleaños de mis hijos.

—Bonito día para nacer —masculló Magnolia sin darse cuenta, para luego disculparse de forma acelerada —Perdona, muchacho, no tienes la culpa, es que…

—No se preocupe, Gina a veces dice lo mismo. ¿Vamos?

—A mal paso, darle prisa.

William correspondió la frase con una pequeña sonrisa.

Caminaron zigzagueando entre varias personas, muchas de las cuales cargaban con carteles, escobas y pelotas. Saludaron a unos cuantos al pasar, pero sin demorarse. Pronto llegaron al cubículo que lucía un letrero junto a la entrada que decía "Director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos". William le cedió el paso al interior y Magnolia, agradeciendo el gesto con una inclinación de cabeza, dio un par de pasos al interior, arqueando una ceja ante lo que halló.

Era raro hallar un cubículo tan ordenado como aquel en la séptima planta. El escritorio, de madera rojiza, se veía como acabado de pulir, con plumas, tintero y documentos perfectamente acomodados. El hombre sentado en la silla principal era más joven que Magnolia, pero ya lucía entradas en las sienes, y con esa túnica negra con botones dorados, se veía tan serio que pocos creían que hubiera jugado quidditch en sus tiempos de estudiante. Los ojos del hombre pasaron de la rubia a William, quien entró y se quedó en segundo plano, de pie, con aspecto impasible.

—Bluepool, hágame un favor y vea quién diablos se quedó con mi ejemplar de El Profeta.

El nombrado asintió y dejó el cubículo a toda prisa.

—Si quería hablar a solas conmigo, solo debía pedirlo, señor Smith —reconvino Magnolia.

—Lo sé, pero de verdad necesito mi periódico —el hombre encogió los hombros —Me dijeron que Patentes Descabelladas va al día con el trabajo, ¿es cierto?

—Sí, señor.

—Entonces no le importará echar una mano con el asunto de la Copa Europea.

—La Copa Europea se debió jugar el año pasado —soltó Magnolia en el acto, confundida.

—Cierto, pero algunos países del continente están presionando para que se realice de todas formas. Les he mandado docenas de lechuzas explicándoles los motivos para la suspensión oficial del evento, pero no escuchan. En realidad, quisiera que usted fuera e intentara disuadirlos.

—¿Por qué yo, señor Smith?

—Quizá ya lo haya escuchado, pero en ocasiones no tengo mucha paciencia. Pensé que quizá alguien con su diplomacia, podría convencerlos mejor que yo.

Mgnolia arrugó la frente antes de encogerse de hombros. Un segundo después, William entró de nuevo al cubículo, con El Profeta en la mano y seguido por una joven mujer de largo cabello castaño dorado, que lucía una túnica oriental de un suave tono rosa, cerrada con una especie de cinta verde que hacía juego con la tira de tela que llevaba atada al antebrazo izquierdo, en la cual se veía una espiral blanca rectangular. Lo más sorprendente era que no se veía su rostro por la máscara blanca con un sol rojo que traía puesta.

—Aquí tiene su periódico, señor Smith —William le tendió El Profeta a su jefe, antes de indicar con un ademán a la enmascarada presente —La señorita está buscando al señor Potter, si me permite, la llevaré a la segunda planta.

—Sí, claro. Pero no tarde mucho, Bluepool.

El rubio asintió y salió, imitado al poco rato por la de la máscara. Tuvieron que cruzar la planta y meterse a uno de los ascensores, milagrosamente vacío a esa hora, para que la chica hablara.

—Le agradezco mucho el favor, Bluepool–san.

La voz, aunque distorsionada por la máscara, era amable y casi sin acento extranjero. La joven hablaba inglés bastante bien. William hizo un gesto de despreocupación, al tiempo que pensaba que conocía a la persona de alguna parte.

—No hay de qué, señorita…

Hikari.

—¿Ese es su apellido o su nombre?

—Ninguno de los dos, es mi nombre clave. Soy una ninja de la Guardia Imperial.

—¿Todos los ninjas son así?

—En servicio, sí. Pero tenemos una vida, como cualquiera.

—Me lo imagino. Supe por El Profeta que ayudaron en lo de Azkaban, ¿cómo…?

Hikari se llevó un dedo a donde seguramente tenía los labios, pidiendo silencio. William no comprendió hasta que el ascensor se detuvo, con el anuncio de una voz femenina e impersonal que era la sexta planta, en la cual entraron al pequeño espacio otros tres magos.

—¡Oh, vaya, una bruja ninja! —exclamó uno de esos magos, de complexión delgada y túnica azul marino con bordado de lunas crecientes.

—Viene con Potter, seguro —masculló otro de los magos, de pobladas cejas castañas y túnica de terciopelo verde esmeralda.

—Lo que me gustaría saber es cómo consiguió Potter que Japón le mandara unos cuantos ninjas —comentó el tercer mago, bajito y de túnica amarillo limón —El Profeta dice que…

—No creas todo lo que dice El Profeta —advirtió el delgado —No estando en guerra.

—Suenas como si fueran a actuar como en la segunda guerra —soltó el de cejas pobladas.

—Yo no lo descartaría. Aunque con Shacklebolt de ministro, es poco probable.

La plática de los magos siguió en esos términos, sin incluir a William ni a su acompañante. Seguro pensaban que Hikari no entendía el idioma; en cuanto a William, lo habían visto un par de veces y sabían que trabajaba para uno de los hombres más irritantes del Ministerio. Al llegar a la tercera planta, los magos se marcharon.

—¿Shacklebolt–dono es buen ministro? —inquirió Hikari en tono cordial.

—Sí, lo es. Gobernó de forma interina tras la caída de Voldemort, lo que fue una gran ayuda, ya que reorganizó al país en poco tiempo. Ahora está en el cargo de manera oficial.

—Ya veo…

—Señorita Hikari, ¿cómo supo que venían esos magos? Ya sabe, en la sexta planta…

La aludida sacudió la cabeza, haciendo ondear su cabellera.

—Trucos del oficio —respondió, evasiva.

William asintió al tiempo que las puertas del ascensor se abrían en la segunda planta. Le cedió el paso y la condujo a donde estaba la entrada del Cuartel General de Aurores.

—Pregunte a cualquiera por el Comandante interino y la llevarán a su cubículo —indicó el rubio —Debo volver a mi departamento. Que tenga buen día, señorita.

—Igualmente, Bluepool–san. Salude a Dean–kun de mi parte.

William apenas se recuperó del asombro cuando la joven se perdió entre el mar de gente que podía ser el Cuartel General de Aurores. Sacudiendo la cabeza, regresó a los ascensores, volviendo a su planta en cuestión de minutos, meditando aquella despedida.

Pero se olvidó de ello al ver que Magnolia Black, visiblemente alterada, salía del cubículo de Zacharias Smith. Al verlo, la mujer le hizo señas para que acudiera a ella. Obedeció lo más rápido que pudo, siguiéndola hasta su escritorio.

—¿Pasa algo malo? —quiso saber.

—No había visto ninguna de las fotos —comenzó Magnolia, con una mueca de contrariedad en su hermoso rostro —¿Has leído El Profeta?

—Hoy no, ni siquiera le eché un vistazo cuando se lo llevé al señor Smith. ¿Por qué?

—Aparecen los presos que la gente de Hagen se llevó de Azkaban. Y conozco a una.

—¿A una?

—Sí. A Wendy Lenox.

El nombre a William no le decía nada y Magnolia lo notó, porque dejó escapar un suspiro.

—Ese era su nombre cuando íbamos al colegio. Ahora se apellida Drake.

Entonces el rubio, acordándose de lo que esa mujer le había hecho, deseó que no se le ocurriera acercarse a él, o a su familia.

Era en esos momentos que maldecía su verdadero origen.


21 de enero de 2013. 8:15 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Eh… ¿Hola? (Bell se mete al refugio anti–bombas). Vamos, sé que debo tenerlos en ascuas, considerando que la línea temporal de LAV se acaba y próximamente, andarán leyendo el final (Bell rueda los ojos). En fin, a lo que importa.

Todo el capítulo transcurre en una fecha que pasó a ser importantísima en el canon gracias a Las Reliquias: el tres de mayo, que en mi saga, es el cumpleaños de los niños Bluepool por lo que leen en la dedicatoria de LAV (Bell se acuerda de su amigo y sonríe con tristeza). En fin, precisamente se ve a Vince y a Brad en la primera escena, con su madre, quien recibe a su suegro y sabemos un poco más de lo acontecido en la pequeña familia Bluepool cuando William resultó ser mago, antes que Ralph descubriera que conoció a una bruja de forma poco usual, ¡y a qué bruja! Nada menos que a Wendy Drake, a quien no le veíamos la cara desde ET3P y ahora nos enteramos que Hagen la mandó sacar de Azkaban.

Enseguida, echamos un vistazo al Ministerio de Magia, a un departamento que no salía mucho en la saga: el de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Y bueno, ya que existe una Oficina de Coordinación de Duendes, ¿por qué no mostrar la de Licántropos? Allí trabaja Pilar, hija adoptiva de los Lupin, de quien seguro muchos ni se acordaban (Bell rueda los ojos). Así mismo, vemos que la señora Finnigan (Lavender Brown en el canon, por si alguien también olvidaba eso) trabaja allí, adaptando finalmente el detalle de lo que le pasó en Las Reliquias y haciendo que nos preguntemos qué hace en esa oficina, conociéndola… (Bell sonríe con malicia). El jefe de la oficina es el padre de Lycaon Woolf, Arcadius (si no saben el por qué del nombre, Bell se va a decepcionar), que es un personaje canon sin nombre del que me adueñé (Bell se encoge de hombros), y eso se nota cuando Harry, quien va a verlo por un asunto, recuerda detalles de él. Incluso se nombra a otro personaje canon por allí, la señora Goyle, solo que no he dicho su nombre de pila, pero vamos, ¿a quién más podía casar con ese troglodita de Goyle (sí, el "guarura" de Draco Malfoy)? No es muy difícil de adivinar. Lo que sí desconcierta es que quieran sacar a Erin Lupin de Hogwarts y además, ¿quién será ese Mohr que mencionó Harry? Pronto se sabrá.

Luego, en Hogwarts, tenemos una escena donde casi toda la perspectiva es de Sunny, lo cual resulta obvio si recordamos que ella fue la elegida para representar a El Loco. En fin, la pobre Sunny anda un poco… Bueno, muy preocupada, pero no le dice a nadie por qué, solo se atreve a insinuar algo al respecto con Snape, lo que en realidad no es tan buena opción, considerando cómo es él. Termina ella también enterándose de la fuga de su abuela y se asusta con toda la razón del mundo.

Y regresamos al Ministerio, también introduciéndonos a un departamento que solo había sido nombrado en la saga porque allí laboran ciertos personajes: Deportes y Juegos Mágicos. Magnolia, en un capítulo pasado, dijo algo sobre "revisar patentes" y aquí se sabe que ahora labora en Patentes Descabelladas, oficina a quien le endilgué el registro de todo aquello que los magos inventan, no solo lo relacionado con deportes, por lo que Sortilegios Weasley a cada rato hace trámites allí. Pero aparte de que sabemos quién reemplazó a Oliver Wood como director de departamento (quería a alguien fastidioso, y Smith me venía como anillo al dedo), nos enteramos que William se topó con Hikari, quien en el capítulo anterior avisó que visitaría a Harry, dejando intrigado al rubio al enviar saludos a Dean (Bell y algunos saben por qué fue eso, pero en fin…). Y William, como su hermana, se entera ese día de la fuga de Wendy, pero él no se asusta (no al punto de entrar en pánico), solo se preocupa, y reniega como nunca de ser su pariente.

Como dije antes, la línea temporal de LAV se termina, aunque no sé cuántos capítulos más escribiré antes de darle fin. Así las cosas, ¿qué más puedo meter antes de lanzarme de cabeza al consabido descanso entre entrega y entrega? ¿Cómo se irá desarrollando esa guerra que unos países sufren más que otros? ¿Qué otros prisioneros habrán sacado de Azkaban? ¿Algún día terminaré la saga? (Bueno, la última es una pregunta que ni yo puedo responder, pueden ignorarla). Hagan sus apuestas, damas y caballeros.

Cuídense mucho, abríguense (hemisferio norte), refrésquense (hemisferio sur) y nos leemos lo más pronto posible… Porque ya en recta final, mi inspiración suele alocarse, jajaja…

P.D. A la fecha de la presente, sigo sin Torre, así que tengan piedad de mí.

Nota al 8 de febrero de 2013: Acaba de llegar una candidatura para La Torre, que bueno, considerando cómo se está dando la historia, creo que coincide. Damas y caballeros, den la bienvenida a la familia Nicté, a algunos de los que ostentan el apellido por vía paterna: Acab, Alitzel y Akbal (imaginarlos en la carta cayendo de la mentada torre hace que Bell sienta escalofríos). Ahora, a elegir La Estrella, para lo cual les pido se pasen por mi blog, así se enterarán de los detalles y del último recuento. Que estén muy bien.