A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Treinta y uno: Máscaras.

4 de mayo de 2021.

Salem, Massachusetts.

Risco Rojo, residencia Malfoy.

Daba vueltas por la sala, no a paso rápido y nervioso, sino con firmeza y cierta calma.

Aunque de calmado solo tenía la apariencia.

El día anterior, Patrick lo despertó bruscamente poco después del amanecer, anunciando que llevaría a sus hijos a Reino Unido, a lo cual se opuso, para sorpresa de ambos. El joven padre de familia se limitó a señalar que solamente estarían fuera por unas horas, en la fiesta de cumpleaños de los hijos de su mejor amigo, y después los devolvería a Estados Unidos, lo cual cumplió al pie de la letra, marchándose casi enseguida, mascullando algo que apenas se le entendió sobre arreglar Wiltshire. Por ello, no pudo dejar de notarlo cansado, harto… incluso frío.

Era evidente que Patrick no sabía cómo manejar el hecho de que su madre fuera asesinada. No es que fuera mala con él, sino que se había portado indiferente ante la mayoría de lo que su hijo hacía y decía. Peor aún, a su hija menor la trató con menor consideración que a un elfo doméstico, fingiendo la mayoría del tiempo que no le interesaba en lo más mínimo.

—Maldición… —masculló por lo bajo.

Fue a sentarse frente a la chimenea, apagada en aquellos días, puesto que la primavera estaba en su apogeo. El sonido de las olas le llegaba desde la parte trasera con fuerza, chocando contra la base de Risco Rojo como si quisieran tirarlo abajo, subiendo de volumen conforme arreciaba el viento y se oscurecía el cielo, anunciando tormenta. Patrick aclaró días atrás que la propiedad tenía varios hechizos que la protegían de las agresiones del clima, pero esa no era su preocupación.

No, mejor salir de dudas. Sacó un objeto delgado y redondo, lo miró con intensidad un segundo y después se lo acercó a los labios susurrando tan bajo apenas él mismo se oyó. A continuación, retiró el objeto y miró atentamente lo que se iba dibujando en su superficie, como la imagen de un televisor que se fuera aclarando tras un rato de estar con mala recepción.

Lo único que veía era paredes de piedra, la luz del sol de la tarde colándose por una ventana que no se notaba y la mitad de una puerta con una diminuta ventana cuadrada cerrada por una gruesa cruz de hierro. Si se concentraba, podía oír lo que pasaba allí, pero no debía arriesgarse. Apenas pensó que sería bueno averiguar algo cuando golpes contra la puerta llegaron a sus oídos.

—¡Arriba! Prisionero eihwaz, peorth, hagal, cuatro, seis, tres. Tienes visitas.

La visión cambió, y vio a través del objeto a un hombre de túnica blanca que abría la puerta con lentitud, para luego hacer señas de que saliera. Con ello, la panorámica a través del objeto fue transformándose, mareándolo al llegar a unas escaleras que no cesaban de cambiar de sitio, hasta llegar a una habitación que pasaría por una sala común y corriente si se pasaba por alto la silla con cadenas en los apoyabrazos. Las imágenes se pusieron borrosas, como si giraran, para acto seguido contemplar con incredulidad cómo una persona vestida con una túnica verde botella le decía algo al de túnica blanca, que con un gesto de contrariedad, asintió y salió de la habitación.

A continuación, notó que el de túnica verde botella decía algo, pero no lo escuchó, por lo que se acercó de nuevo el objeto a los labios, musitando algo, antes de que el sonido llegara a sus oídos.

—¿Y bien? ¿Tramito el permiso?

Carraspeó, consciente de que no debía dejar que cayera su coartada.

—¿Permiso para qué?

—¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que dije?

Se encogió de hombros, notando por el rabillo del ojo que el otro contenía, a duras penas, las ganas de acercarse a darle un buen golpe. O peor, de sacar la varita mágica.

—Los sanadores de la sección W terminaron de examinar el cuerpo de tu esposa. El funeral será esta tarde, por lo que tu hijo solicitó que te preguntáramos si quieres asistir.

—Qué conmovedor… No, gracias, Potter.

Frente a él, el famoso Harry Potter parpadeó con verdadero asombro.

—Creí que tendrías el suficiente corazón como para despedir a tu esposa —masculló.

—No se trata de eso. Tengo entendido que quedó… No quiero ver cómo quedó, ¿de acuerdo?

Eso sorprendió todavía más al señor Potter, si es que era posible.

—Bien, se lo diré a tus hijos. ¿Algo más que quieras que sepan?

Clásico de San Potter, pensó. Queriendo congraciarse con todo el mundo. Aunque, pensándolo bien, no era porque le conviniera, sino un intento suyo por ser amable.

—No, con eso bastará. ¿Se te ofrece algo más?

—¿Alguno de los intrusos de la semana pasada llegó a hablarte?

Negó con la cabeza pesadamente.

—¿Y no escuchaste nada interesante? Liberaron a unos cuantos de tu nivel.

Volvió a negar. No es como si hubiera estado realmente allí, para empezar.

—Bien. Si llegaras a recordar algo, háznoslo saber a través de un Sinodal. Que tengas buen día.

Al dar media vuelta, el señor Potter creía que la conversación fue extraña, lo cual le causó incomodidad. No miró atrás al salir, por lo que no detectó el sutil cambio de mirada en el preso, que delataba el uso de un complicado conjuro que se burlaba de los Sinodales en su propia cara.

En Estados Unidos, tras anular el hechizo que le permitía oír y hablar a través de su reflejo corpóreo, Draco Malfoy se permitió dejar escapar un suspiro antes de dejarse caer en uno de los sillones, preguntándose otra vez, como un mantra, si había valido la pena lo que hizo para acabar así, allí, prófugo sin que muchos lo supieran, intentando por todos los medios cumplir con una meta que hasta hacía unos años, le parecía pan comido.

—Maldición… —volvió a sisear, pasándose una mano por el cabello, falsamente rojizo.

Solo le quedaba desear que sí, que ojalá estuviera haciendo lo que debía, preparado mentalmente para conseguir lo que quería o morir en el intento.

Y por algo como aquel objetivo, para él sí valía la pena morir.


Wiltshire, Inglaterra.

Mansión Malfoy.

Increíblemente, hubo más asistentes al funeral de Pansy Malfoy de los que Danielle imaginaba. Recordaba perfectamente que la mujer nunca fue fácil de tratar, aunque quizá esa era su impresión, dado que nunca le demostró mucho cariño más allá de una sonrisa o un gesto muy ocasional. Y claro, eso siempre que su padre no andaba cerca.

Hablando de su padre, él rehusó presentarse, cosa que sin saber por qué, también la extrañó. Pese a sus defectos, su padre tenía una buena relación con su madre, rara vez reñían y en general, él llevaba la voz cantante en cuanto a lo que se podía hacer y lo que no en la familia. Quizá su confusión venía de lo que él le contó en diciembre, Quizá…

Pero de momento Danielle no quería preocuparse por asuntos de tal magnitud. Observaba a quienes arribaban a la mansión, intentando relacionar sus rostros con los nombres de amigos y conocidos que sus padres mencionaron por años, para así poder saludar adecuadamente. Aunque claro, apenas le dirigían miradas de reconocimiento (por no decir de desdén), viéndola sentada muy recta en uno de los sofás, con una túnica de un verde tan oscuro que parecía negro, sin pronunciar palabra y sin derramar ni una lágrima.

A los Nott los distinguió enseguida, como era de esperarse, aunque se percató que a Patrick no le agradaba de todo Theodore Nott, que parecía más enclenque que nunca con su túnica negra; la señora Nott, por su parte, le dio un breve abrazo al muchacho rubio que, tras la sorpresa inicial, logró corresponder con torpeza, arqueando las cejas ante algo que la mujer le susurró.

Tampoco los Zabini resultaron difíciles de identificar, ya que los vio muchas veces de cerca cuando se hacían las fiestas de cumpleaños de su hermano. El señor Zabini le dedicó un gesto de cordialidad a Patrick, que después de todo era su ahijado, en tanto su esposa inclinaba la morena cabeza de manera condescendiente, alejándose rápidamente para hacerles sitio a una mujer que se le parecía mucho, acompañada de un hombre de espalda ancha, que entraron detrás de ella. Danielle supuso entonces que la recién llegada debía ser la hermana de la señora Zabini, así que el hombre a su lado… Si lo que Ryo llegó a comentarle la noche anterior era cierto, explicaba por qué sentía que lo había visto en otro lado.

Inclinó la cabeza ligeramente, viendo cómo su hermano saludaba con fría cortesía a los Blow, antes de indicarles que podían pasar. Justo entonces llegó otro matrimonio, compuesto por un tipo no muy agraciado y una mujer rubia que a su lado parecía una frágil muñeca de porcelana. Si no le fallaba la memoria, esos eran los Flint, padres de la actual prefecta de quinto de su casa. Tras ellos, arribó una pareja de aspecto no muy grato, casi agresivo, sin duda eran los Goyle, pues al menos la señora se parecía mucho a uno de los amigos de Flint. Enseguida entró un hombre con un aspecto todavía más atemorizante, que por los susurros a su alrededor, supo que era un tal Montage, y a los pocos minutos, llegaron quienes, si no escuchó mal, eran los Higgs. Así pasó Danielle la media hora siguiente, apenas consciente de que alguien se sentaba junto a ella en el sofá. Solo reaccionó cuando sintió movimiento a su izquierda y, dando un respingo, giró la cabeza con brusquedad.

—Lo siento, no quería incomodarte —dijo en tono amable la señora Nott, alisándose de forma innecesaria su túnica azul medianoche —¿Estás bien?

Danielle hizo un gesto de vaguedad con la cabeza, encogiéndose de hombros.

—Pansy nunca fue de mi completo agrado, pero no significa que le deseara el mal —admitió la señora Nott en un murmullo, girando la cabeza con elegancia para echar discretos vistazos a su alrededor —Era natural que yo no le cayera bien, no toleraba a los traidores a la sangre.

—Sí —convino Danielle en voz igual de baja, detectando que los Higgs y los Flint le dedicaban miradas airadas a su madrina —Aunque es una idea ridícula.

—¿Eso crees? Me alegro por ti. Theo es de otro parecer, pero en general ha razonado un poco.

Parpadeando con cierta sorpresa, Danielle buscó con la mirada al señor Nott y lo halló rodeado por los Goyle y otro matrimonio que, a juzgar por el cabello del hombre y los ojos de la mujer, debían ser los padres de Stephan Cornfoot. Arrugó la frente al verlo charlar tranquilamente, como si estuviera en cualquier otro tipo de reunión social, antes de despedirlos y acercarse a ellas.

—Danielle, Mo —saludó, inclinando un poco la cabeza —Patrick dice que la ceremonia dará inicio en unos minutos. Danielle, tú debes ir junto a tu hermano. Por cierto, ¿y los hijos de él?

—En Salem. Un amigo de Pat los cuida. Como él tuvo que venir desde hace unos días…

El señor Nott asintió en señal de comprensión, le dedicó un tenue gesto a su esposa y se retiró.

La rubia miró con cierta confusión a la señora Nott, quien se limitó a sonreír tenuemente.

—Theo no habla mucho —apuntó con naturalidad, antes de seguir a su marido.

Danielle dejó escapar una sutil sonrisa ante eso. De tal padre…

—Miren nada más, parece que no le duele que Pansy muriera.

La jovencita arqueó una ceja con elegancia, volteando hacia quien pronunció aquella frase.

—¿Acaso es su madre la muerta? —inquirió con su mejor tono frío, arrastrando sutilmente las palabras, tal cual hacía su padre —Por cierto, señora… ¿Cuál es su nombre?

La aludida, una mujer bastante guapa con un cabello castaño oscuro que mostraba raíces rojas (seña evidente de que se lo teñía), la recorrió con una mirada despectiva en los ojos castaños antes de seguir a quienes, por indicación de Patrick, empezaban a salir a los jardines.

—No la conozco —musitó Danielle de manera distraída, antes de ir con su hermano.

Y que la pequeña Malfoy no reconociera a alguien ese día era otro motivo de desconcierto.


La ceremonia fue corta y considerablemente silenciosa. Un mago rollizo de túnica grisácea fue quien dirigió un discurso a los presentes, aunque se le vio titubear en varias ocasiones al intentar enumerar las cualidades de la difunta. Finalmente, después que el féretro de madera bajara a la tierra y fuera cubierto por esta, los presentes fueron guiados hacia la casa por Corney, el elfo doméstico, para luego salir al camino principal y retirarse a sus hogares.

Los hermanos Malfoy, uno junto al otro, contemplaron la tumba de su madre por un largo rato, sin ser realmente conscientes de ello, tratando de sentir un dolor que no llegaba. Cierto era que, cada uno a su manera, habían querido a la mujer que los trajo al mundo, pero sentían que no era del todo normal no sentir algo por su partida que no fuera un hueco de indiferencia.

Patrick, al menos, fue asaltado por un instante por la nostalgia. Todavía recordaba ciertos momentos de su niñez en los cuales su madre le dio muestras de afecto, pero en general, era una persona centrada en sus asuntos y en los chismorreos de las familias mágicas ricas. No, el rubio lo lamentaba más por Danielle, que nunca tuvo en Pansy una madre propiamente dicha, no cuando la necesitaba realmente, y ahora no tendría la oportunidad de averiguar si la mujer, en Azkaban, se arrepintió alguna vez del trato que le dio.

—Pat —musitó Danielle, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en el montículo oscuro bajo el cual reposaba su madre —¿Está mal que no esté triste?

—No lo creo —contestó él con suavidad, pasándole un brazo por los hombros, acercándola a sí —Nadie puede culparte por ello, Danny, así que no dejes que nadie lo haga.

—Ella… ¿Ella era buena, Pat? Contigo, quiero decir.

—A veces —admitió él, ladeando la cabeza —No con frecuencia, pero sí.

—Vaya… Ahora tú tampoco tienes una madre.

Patrick se confundió, aunque solo le llevó unos segundos atar cabos.

—Lo siento, Danny —susurró, abrazándola un poco más.

Había logrado distinguir lágrimas en el rostro de su hermanita.


10 de mayo de 2021.

Edimburgo, Escocia.

Ciudad Vieja, número 7 de Chambers Street.

Si algo presumía Edimburgo como capital de Escocia era ser una ciudad poblada y bulliciosa. La gente allí parecía igual a la de cualquier gran metrópoli, inundando las aceras, corriendo en sus autos, maldiciendo a diestro y siniestro…

Sí, una ruidosa ciudad donde las cosas más extraordinarias nunca son bien percibidas.

—¿No pudiste escoger un lugar más horrible?

La persona aludida arqueó una castaña ceja sin que nadie se diera cuenta.

Había un total de cinco personas de pie a la entrada de una estrecha calleque, vista en un plano, era una línea en cierta forma insignificante. Altos edificios de ladrillo la bordeaban ala izquierda, lo que desentonaba un poco con las dos construcciones que les quedaban enfrente, el Museo Real de Escocia y la Universidad de Edimburgo. La dirección que buscaban estaba a su izquierda, al final de la calle, frente a la universidad. Era imposible pasarla por alto debido a la puerta negra que hacía de entrada principal.

—¿No te cansas de decir estupideces? —dijo a su vez la persona castaña, revelando una voz femenina y despectiva desde el interior de la capucha de su chaqueta.

—Solo a ti se te ocurre, ¡mezclarse con muggles…!

—¡Silencio! Como si hubieras tenido una idea mejor. Y muestren las caras, los muggles pueden ser bastante desconfiados.

Nadie se atrevió a replicar ante eso, por lo que se bajaron las capuchas y siguieron a la mujer al interior de la callejuela, hasta la casa de la puerta negra. Un hombre rubio de traje gris oscuro, camisa blanca y corbata a rayas los esperaba de pie sobre uno de los escalones de entrada, sujetando con fuerza un maletín negro y acomodándose de manera nerviosa sus anteojos. Miró a cada uno de los recién llegados con cierta curiosidad, antes de sonreír levemente.

—Buenas tardes, señora Lenox —saludó, tendiendo la diestra —¿Tuvo problemas para llegar?

—Ninguno —respondió la mujer, sacudiendo levemente la cabeza, con lo cual una larga trenza castaña se movió a su espalda —Ellos van a trabajar conmigo aquí —explicó, señalando con desenfado a los cuatro que la seguían —¿Podemos entrar a ver la casa?

—Sí, por supuesto.

El rubio sacó un montón de llaves unidas por un aro metálico, tardando apenas dos segundos en dar con aquella que abría la puerta negra. Los recién llegados observaron la fachada de la casa por un momento, un tanto ennegrecida por la contaminación y el paso del tiempo, antes de entrar.

La casa contaba con tres plantas, era básicamente un sitio tranquilo, estrecho, diseñado para una familia pequeña o un matrimonio incipiente. El empapelado de las paredes era en un tono melocotón deslucido con delicadas enredaderas blancas pintadas en la parte baja, lo cual hizo que uno de los hombres mostrara una mueca despectiva.

—Soso —declaró otro de los hombres, el más alto de todos, frunciendo el ceño.

—La propiedad antes era de una familia con dos niños —comentó el rubio, haciendo un ademán para indicar el entorno —Recientemente el señor consiguió un empleo al otro lado de la ciudad y por eso debe vender esta casa. Como pueden ver, la mayor parte está en buen estado. Si necesitan revisar los dormitorios, están subiendo el primer tramo de escalera.

—¿Qué hay hasta arriba? —quiso saber la señora Lenox.

—Un ático, la esposa del dueño lo habilitó como salón de descanso. Es bastante amplio e incluso cuenta con buena iluminación.

La señora Lenox asintió e hizo gestos a sus acompañantes para que revisaran los dormitorios mientras ella iba al ático. El rubio de anteojos los siguió a todos con la mirada.

No le agradaba la situación, en lo más mínimo. Intentaba por todos los medios no mostrarse demasiado alterado, pero saber quiénes eran algunas de esas personas no era para tomarse a la ligera. Peor aún, si veían algo sospechoso en él, seguro que se lo harían pagar y no precisamente de una forma que pudiera contrarrestar… o intentar contrarrestar, por lo menos. Intentó hallar algún pensamiento alegre, algo que lo relajara, e increíblemente lo encontró, en la forma de un par de recuerdos que le permitieron esbozar una leve sonrisa, aunque no impidió que sus manos siguieran temblando de vez en cuando. Nerviosismo puro, como hacía mucho que no lo sentía.

En ese momento uno de los hombres bajó la escalera, mirándolo con gesto de repulsión. El rubio se fijó en su cara contrahecha, con la piel marcada por alguna enfermedad de antaño (viruela, quizá), y en sus ojos oscuros y fríos.

—¿Solo son tres dormitorios? —inquirió el hombre, quedándose a mitad de la escalera.

Su voz sonó tan desdeñosa que el rubio se incomodó más, pero consiguió mantener la calma.

—Sí, nada más. Eso y un baño, señor…

El otro, asintiendo sin quitar su expresión de desagrado, volvió a subir.

Viendo aquello, el rubio suspiró de forma casi imperceptible, consultando su reloj. Esta visita debía terminar en unos diez minutos, si es que a esa mujer le gustaba la propiedad. Si no, intentaría hacerla cambiar de idea y no solamente porque fuera parte de su trabajo.

Las cinco personas no tardaron ni dos minutos en regresar con él, y fue la señora Lenox quien solicitó que le mostrara el resto de la planta baja. El rubio accedió, llevándola a la cocina, a una habitación pequeña con aspecto de haber sido un estudio y al final de un estrecho pasillo, había una puerta similar a la principal.

—¿A dónde lleva esta puerta? —quiso saber la señora Lenox.

—Al otro lado de la manzana, señora. El dueño me aclaró que él casi no la usaba, se atascaba con frecuencia, por más que la reparaba. Es de los pocos desperfectos de la propiedad.

La señora Lenox asintió, dando a entender que había comprendido, antes de dar media vuelta e ignorar aquella puerta.

El rubio sintió un poco de alivio ante esa actitud, pero procuró no demostrarlo. Al alcanzar a su clienta potencial, la encontró charlando en apurados susurros con sus acompañantes. La señora Lenox había dicho que, además de vivienda, requería un inmueble con una dirección fácil de ubicar en la ciudad para dársela a varias personas, colegas de una asociación de la cual no especificó la actividad, solo que era sin fines de lucro.

La explicación habría resultado convincente si no fuera notoria la confusión de la mujer, que hacía muecas raras cada vez que hablaba de plazos de pago y de lo cambiante que era el valor de una propiedad como aquella. Eso le incomodó, así como ciertos ademanes demasiado rígidos para el aspecto sereno que tenía.

Una de las personas que acompañaba a la señora Lenox lo miró de soslayo, como si apenas se fijara en él, antes de regresar a la conversación. Al rubio aquello lo alteró no por lo desdeñoso del gesto, sino porque no había detectado que esa persona era una mujer. Quizá por su tez morena y su corto cabello castaño oscuro, o por su severo rostro, o por su dura mirada gris.

Cuando la señora Lenox anunció que se retiraba e iría a su oficina al día siguiente para cerrar el trato, el rubio solo atinó a asentir y guiarlos hasta la puerta. Los dejó marchar primero, con los ojos fijos en sus espaldas pero sin verlos en realidad. Se preguntó cómo era posible que esas personas, algunas de las cuales no muy agraciadas, creían ser superiores a él.

No obstante, cortó el pensamiento de tajo. Era mal momento. Regresaría a Londres, haría los trámites correspondientes y esperaba concluir con el asunto cuanto antes.

Aunque no llegara a vender la casa.


12 de mayo de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Abil Nicté Graham miraba a sus alumnos de cuarto año con cierta diversión. Aquel día los había puesto a repasar el opuesto del encantamiento convocador y, previendo algún accidente, hizo entrega de varios objetos pequeños y blandos que los jóvenes debían depositar mágicamente en cestas colocadas en el otro extremo del aula.

—Vamos, vamos, vamos…

Rose Weasley agitaba la varita con cierta brusquedad, pensó Abil, lista para darse una vuelta por su lugar y darle unos consejos. Apenas pudo contener una risita cuando oyó que su hijo decía.

—Por favor, Rose, vas a tirar tu pelota. El movimiento es más suave y…

—Anda, muéstrame cómo se hace, genio.

Henry hizo entonces el movimiento, musitando el hechizo, y el pequeño cojín cuadrado con el que practicaba salió zumbando hacia uno de los cestos.

—Bien, bien —Rose suspiró con hartazgo antes de imitar a Henry a la perfección, con lo que su pelota cubierta de peluche aterrizó sobre el cojín del castaño —¡Eh, pude hacerlo!

Henry meneó la cabeza con aire resignado y de forma involuntaria, por un breve segundo, Abil pudo detectar un pensamiento de su hijo que casi la hizo llorar.

«No puedo creer que quiera tanto a esta chica.»

—Muchachos, el tiempo se acaba —les avisó, al consultar su reloj de pulsera —Quien no logre el objetivo al menos una vez, tendrá que practicar mucho como tarea.

Algunos refunfuñaron y se pusieron a intentar el encantamiento con más ganas; en cambio, otros lo daban por perdido y apenas se animaban a agitar las varitas, por tener algo qué hacer.

Parte del segundo grupo era Sunny Wilson, aunque ciertos intentos suyos eran auténticos. Agitaba la varita, veía que su cojín redondo vibraba y luego se rendía, para enseguida tratar otra vez. No fue sino hasta dos segundos antes de que sonara la campana que la joven castaña consiguió lanzar su cojín hacia un cesto, quedando atorado en el borde del mismo.

—¡Se nota que eres una mala cazadora! —exclamó Hellen Brandon en tono burlón.

Abil frunció el ceño. A esas alturas ya era conocedora de cómo la mayoría de los alumnos de Slytherin menospreciaban a los mestizos y a los hijos de muggles, por lo que no intervino.

—Y se nota que tú ni siquiera sabes volar —oyó que replicaba la pelirroja Weasley, haciendo un mohín, mientras guardaba la varita con manos temblorosas.

Para sorpresa de Abil, la chica Brandon desvió ligeramente los ojos hacia Henry, que observaba la escena con gesto impasible y la varita bien sujeta, antes de hacer una mueca de contrariedad y marcharse del aula con sus amigos.

—Creo que esperaba que la hechizaras —comentó Hally Potter en ese momento.

—Me lo imagino, pero no iba a darle ese gusto —aseguró Rose, mirando a un lado suyo que Henry, finalmente, se guardaba la varita —¿Debo agradecerte que la asustaras?

—Como quieras. Aunque asustar a Brandon es muy fácil, la verdad.

Los amigos del castaño se echaron a reír, abandonando el aula, y únicamente hasta que se quedó sola,Abil dejó escapar una lágrima.

Lamentaba que pese a sus palabras, su hijo hubiera recurrido a "eso" para no caer en desgracia.


Antes de ir al Gran Comedor para cenar, Sunny había recibido felicitaciones y regalos de todos sus amigos, pero no podía evitar decaerse. Ese año, por increíble que pareciera, esperaba algo más.

O al menos, lo esperaba de otra forma.

—¿Qué demonios hace ese esperpento aquí? —desdeñó Cloe Scott, frunciendo el ceño.

Sunny llegó a la mesa de Slytherin seguida de cerca por Danielle y Walter cuando descubrió el motivo de semejante frase. Arqueó una ceja.

Nutty —llamó, estirando un brazo.

La lechuza marrón giró la cabeza hacia su dueña y fue a su encuentro.

—¿No es tarde para el correo? —inquirió una niña de primer año, de grandes ojos azules.

Todos la ignoraron.

—¿Y eso? —quiso saber Thomas, llegando tras hablar quién sabe qué con Procyon.

—Acaba de llegar —respondió Sunny, quitándole a la lechuza un apretado rollo de pergamino de una pata, antes de ver cómo se alejaba con un rápido batir de alas —No esperaba nada.

—¿Con quién la habías enviado? —se interesó Walter.

La castaña no respondió, mirando fijamente el rollo de pergamino en sus manos, antes de hacer una seña de que lo explicaría más tarde. A continuación, se sentó a su mesa en el primer sitio libre que vio, siendo rodeada casi enseguida por sus amigos, lo cual fue un acierto: al desenrollar la misiva, un pequeño paquete envuelto en papel marrón cayó en su regazo.

—Miren nada más —musitó Sunny.

—¿Te llegó un regalo? —conjeturó Thomas.

Sunny se concentró en leer el contenido del pergamino, que no era muy largo. Acto seguido, tomó el paquetito, le dio unas cuantas vueltas entre los dedos y se lo guardó en un bolsillo.

—Es un regalo —confirmó, sirviéndose estofado —Se los enseñaré después.

Sus amigos asintieron, sabiendo a qué se refería.


—¿Qué se supone que es esto?

La sala común de Slytherin, si algo tenía de bueno aparte de su elegancia, eran ciertos rincones con cómodas butacas donde, si alguien se sentaba, daba el implícito mensaje de que lo dejaran en paz. Sunny y sus amigos hacían uso regular de esos rincones y como la mayor parte de sus compañeros de casa los consideraban poca cosa, rara vez los molestaban. Por eso la castaña había elegido un rincón cerca del fuego para desenvolver el regalo recién recibido, mostrándolo a los pocos segundos con clara expresión de confusión.

—¡Yo sé! —exclamó Danielle por lo bajo, sonriendo con verdadera alegría por unos segundos, antes de ser invadida por cierta melancolía —Es un Chivatoscopio Personal.

—¿Un qué? —Walter arrugó la frente.

—Pat me regaló uno la Navidad de nuestro primer curso, dijo que lo modificó con ayuda de tu hermano —la rubia señaló a Sunny, quien parpadeó con asombro —Y Sortilegios Weasley tiene unos cuantos en su Línea de Lujo. Este, por ejemplo —señaló la pequeña peonza que, colgando de una cadena, Sunny mantenía en alto —Puede abrirse, ¿verdad? De la parte de arriba.

—Sí, lo dice la carta, ¿por qué?

—Porque al abrirlo, metes en él un pergamino con tu nombre, escrito por ti, y a partir de ese momento, el chivatoscopio te avisará de la presencia de cualquiera que tenga algo en tu contra.

—¿Y es confiable eso? —inquirió Thomas, con expresión atenta.

—Mucho. Según el catálogo que leí el verano pasado, su porcentaje de fallo es del veintitrés por ciento. Y tiene un radio de alcance de diez metros.

—¿Quién te enviaría algo así? —se interesó Walter.

Sunny suspiró, girando los ojos de derecha a izquierda, asegurándose que nadie anduviera cerca de ellos. Solo entonces abrió la boca para hablar, pero entonces una revista le dio en la cara.

—¿Qué les pasa? —se exasperó Danielle, levantándose de un salto.

Fulminó a Brandon y a Scott con sus opacos ojos azules, cosa que no pareció funcionar con ninguna, a juzgar por las sonrisas burlonas que mostraban.

—Cuando creímos que no podías caer más bajo, Wilson —espetó Brandon, dando media vuelta.

Scott se rió por lo bajo, entre despectiva y satisfecha, antes de seguir a su amiga.

—¿De qué está hablando? —se extrañó Walter.

Sunny, que se frotaba la nariz, se encogió de hombros. En tanto, Thomas había recogido la revista, haciendo una mueca de disgusto al ver la portada.

—¿Por qué nos lanzarían esta porquería? —masculló, mostrándoles a sus amigos que se trataba de un ejemplar de Corazón de Bruja.

—Por molestar, seguramente —Walter se encogió de hombros.

—¿Pero con qué querían molestar? —Danielle meneó la cabeza, volviéndose a sentar.

—Thomas, déjame verla, creo saber de qué se trata.

El aludido, incrédulo, le dio la revista a Sunny, quien observó la portada con cierto disgusto, debido a la bruja rubia que allí aparecía, con una sonrisa bobalicona. Empezó a ojear el ejemplar, paseando los ojos rápidamente por las páginas, hasta llegar a una de las últimas, donde se detuvo lo suficiente como para que sus amigos la rodearan y se enteraran de qué pasaba.

AMOR ENNEGRECIDO.

Por lo visto, los líos ministeriales no paran, y no solo de índole administrativa. Después de las fuertes sospechas de favoritismo a la Academia de Magia Beauxbatons en el primer Torneo de las Tres Partes, y del escándalo porque Geoffrey McGill renunciara a su apellido paterno, ahora nadie sabe qué esperar si una servidora pública con impecable trayectoria se une a un asesino confeso.

Así es, damas y caballeros, parece ser cierto eso de que en el corazón no se manda. Antes de partir al continente como parte de las fuerzas de la Coalición, Dahlia Holmes, Comandante del Cuartel General de Aurores, contrajo matrimonio nada menos que con Severus Snape, actual docente en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería y, si recuerdan, condenado por el asesinato de Albus Dumbledore a cinco años de reclusión en Azkaban tras terminar la guerra, luego delo cual se le impuso el servicio comunitario de ser tutor de magos huérfanos provenientes del mundo muggle.

A cualquiera le sorprende esta información, aunque no tanto cuando se entera que los citados fueron compañeros de colegio; eso hace pensar que tuvieron una historia que quisieron reanudar. El asunto aquí, señoras y señores, es qué tanto se nubló el juicio de Holmes como para aceptar casarse con semejante persona, que no goza del visto bueno de la comunidad mágica.

Por si fuera poco, los nuevos cónyuges tramitaron la adopción de quien el profesor Snape tiene a su cargo en calidad de tutor en este momento. Los datos del mago o bruja menor de edad no son de carácter público, aunque según los rumores, es una chica que actualmente estudia en Hogwarts.

Así pues, solo queda preguntarse si las personas malas se rehabilitan por amor (cosa poco probable, casi imposible), o si las personas buenas se idiotizan debido a ese sentimiento (lo que es más creíble en el caso de alguien como Holmes quien, según algunos empleados del Ministerio de Magia, es una de las mujeres más severas que han conocido). Y claro, quizá algún alma caritativa se compadezca de ese mago o bruja que acaban de adoptar.

Norma Monroe, colaboradora especial.

Al terminar de leer, Sunny esperaba miradas airadas y quejas de parte de sus amigos, por lo que mantuvo la cabeza gacha y los ojos cerrados, sujetando con fuerza aquella revista.

—¿Esa idiota no tiene nada mejor qué hacer? —fue lo primero que espetó Danielle.

Seguro no creía nada del artículo, pensó Sunny. Y tener que explicarlo resultaba tan…

—Los reporteros son así —apuntó Thomas, sonando tan alegre como de costumbre —Si lo sabré yo… Pueden ser capaces de sacar algo realmente bueno y hacerlo ver como algo malo.

—¿Y esto no es malo? —se interesó Walter —Es decir, ¿cómo demonios…?

—No importa —susurró Sunny entonces, encogiéndose un poco en su sitio —Snape me lo dijo, que terminarían enterándose.

En ese momento no las vio, pero las caras de sus amigos eran un poema de estupefacción.

—Sunny, ¿no lo ves? —logró decir Walter, tras carraspear —Monroe parece muy segura de que la tutelada de Snape es una chica. Y muchos solo van a sumar dos más dos.

—¿Qué? —la nombrada alzó la cabeza, pasmada.

—Sí, bueno… Los magos huérfanos que vienen del mundo muggle llaman mucho la atención, ya que deben tener un tutor para entrar al colegio —Danielle ladeó la vista, un tanto sonrojada —Y casi todos esos huérfanos presumen enseguida quién es su tutor, sobre todo si resulta ser un mago rico o algo así… Pero tú apenas dices algo del tema. Y Snape suele escucharte.

—Eso… ¿Ustedes no creen que sea raro…?

—¿Que Snape y su nueva señora te adopten? —completó Thomas —¿Por qué lo pensaríamos?

—Eres una buena chica —agregó Walter, un poco cohibido.

—Si alguien puede ser hija de ese ogro y no morir en el intento, eres tú —concluyó Danielle.

—¿No…? ¿No creen que sea algo malo?

—¿Malo? ¡No! —Thomas se echó a reír lo más bajo que pudo, para no llamar la atención.

—Si acaso será extraño que llames "papá" a Snape —reconoció Walter, ceñudo.

Ante eso, Sunny se sonrojó un poco, agachando la cabeza.

—Por eso no te gusta que hablen de la guerra, ¿no? —indicó Danielle de pronto —Porque la aurora Holmes se fue al continente. A pelear contra los hombres de Hagen.

La castaña asintió, sin alzar la vista.

—No te preocupes —indicó Walter, repentinamente serio —Los aurores saben muchos trucos. Seguramente Holmes, como Comandante, es la mejor de todos.

Sunny volvió a asentir, regañándose mentalmente por hacerle recordar al castaño que su tía materna, en esos momentos, estaba arriesgando la vida como espía.

—Lo que yo quiero es ver las caras de los demás cuando se enteren de esto —comentó Thomas entonces, con la clara intención de relajar el ambiente —¿Cómo creen que serán?

Al imaginar tal escena, los cuatro amigos no pudieron contener la risa.


15 de mayo de 2021.

Edimburgo, Escocia.

Ciudad Vieja, número 7 de Chambers Street.

Aunque lo creía imposible, la señora Lenox adquirió la propiedad. Y haciendo una cuantiosa transferencia electrónica, cosa que en ella, se le antojaba una contradicción.

Aquel día era el indicado para firmar las escrituras y terminar con los trámites.

En el tiempo que estuvo allí, vio transitar Al resto de los individuos de la otra vez, una mujer y tres hombres, que con largas chaquetas con capucha, se veían fuera de lugar dado el agradable clima del que gozaba la ciudad. Casi siempre los hombres llevaban cajas y la mujer llegó a introducir un par de maletas. Fuera de eso, se la pasaban cuchicheando y, según notó, varias veces empleaban un idioma distinto al inglés.

—¿Me permite pasar a su baño antes de irme? —quiso saber.

Ya con las formalidades concluidas, guardó los documentos en su maletín y miró a la señora Lenox con amabilidad, quien sentada al otro lado de la mesa de la cocina, posó sus oscuros ojos en él de forma no muy amistosa antes de asentir.

Se levantó, con un último vistazo al maletín que descansaba sobre la mesa antes de salir al pasillo, que recorrió casi hasta el final antes de sentir que del bolsillo interior de su saco brotaba una vibración intensa. Se apresuró a sacar el delgado teléfono celular que, parpadeando, en la pantalla mostraba un número y un nombre.

—¿Hola? ¿Qué…? —boqueó un par de veces, antes de carraspear y seguir hablando —Sí, estoy con ellos ahora, solo que no… Sí, en donde quedamos, ¿cómo…?

La llamada se cortó, tal como le indicó un punzante tono repetitivo, lo que hizo que el rubio mirara por unos segundos a su celular, como queriendo echarle la culpa de todo.

A los pocos segundos, el celular volvió a vibrar, pero esta vez era un simple mensaje de texto, el cual se apresuró a leer. Hizo una mueca de fastidio antes de guardarse el aparato y dirigirse al fondo del pasillo, a la puerta que daba a la otra calle. Las manos le temblaban tanto que tuvo que intentar encajar tres veces la llave en la cerradura. Finalmente, al abrir en silencio, se halló en la calle paralela a Chambers Street, donde algunas personas lo miraron con curiosidad. Solo una mujer muy alta y delgada, de cabello oscuro y un parche en un ojo, se acercó a él con firmes zancadas, con una mano en el interior del bolsillo de un largo saco verde lima.

—Señor Bluepool, gracias por todo —indicó la mujer con firmeza—¿Nadie lo vio salir, verdad?

—Creo que no, señorita…

—Savage. Por favor, vaya a la esquina, lo esperan.

El rubio asintió y dejó la puerta libre para que Savage entrara por ella, lo que apenas notó por mirar hacia donde tenía que ir, ya que una figura de cabello rubio cenizo y traje azul marino estaba allí de pie, girando la cabeza en todas direcciones en actitud nerviosa. Fue hacia allí a paso rápido.

—Hola —saludó en cuanto llegó con el de traje azul —¿Solo vino la señorita Savage o…?

—¿Me quieres explicar cómo se te ocurrió prestarte para algo semejante?

La cuestión salió con inesperada fiereza, cosa que al otro no le pasó por alto.

—No había tiempo para decírselo a nadie —decidió contestar, resignado —Si les impedía a esos magos seguir con la compra de la casa, habrían sospechado, ¿no? Tu mujer llamó a uno de esos… Bueno, los que son como policías de los tuyos… Le contó lo sucedido y tomaron mi testimonio como válido. Luego ese mago policía me pidió que siguiera como si nada y que cuando se fuera a cerrar el trato, les avisara. Yo no sabía cómo, así que tu mujer…

—Momento, ¿Gina sabía de esto? Papá, no creí…

Suspirando, Ralph Bluepool tuvo que contar toda la historia desde un principio a su hijo quien, a medida que avanzaba, se quedaba más y más serio.

—Lamento no habértelo dicho antes, en serio no teníamos tiempo —concluyó.

—Ya. Al menos tengo una esposa que tiene la cabeza bien puesta. Vamos a Londres, hay qué…

Lo que había que hacer no lo dijo. Desde la casa que el señor Bluepool acababa de abandonar, empezaron a escucharse cosas cayendo y golpes fuertes en las paredes. Unas cuantas luces de colores se dejaban ver por las ventanas, pero la gente en la acera ni se inmutaba.

—Al menos los encantamientos anti–muggles funcionan —comentó William, arrugando la frente —Espero que también lo haga el hechizo anti–aparición…

El rubio más joven apuntó discretamente con la varita a la puerta que tenían a la vista y la agitó de forma apenas perceptible. Luego, guió a su padre hacia Chambers Street, donde vigilaron en silencio la puerta negra del número siete. En esa calle transitaban más personas, que tampoco se daban cuenta de los destellos multicolores ni de tanto estrépito.

—Seguro terminan pronto —aseguró William.

Con lo que no contaron fue con que un par de individuos de chaquetas largas y las capuchas puestas se escabulleron por la puerta. Maldiciendo por lo bajo, William dejó plantado a su padre, con la varita en mano de tal forma que los muggles no la notaran, corriendo hacia esos sujetos. El señor Bluepool apenas iba a gritarle cuando de la casa salieron Savage y un rubio altísimo con el cabello muy corto, que usaba una amplia gabardina negra.

—¡Eh, señorita Savage! —llamó el señor Bluepool, agitando una mano en alto.

La nombrada lo reconoció, le musitó algo a su compañero y corrieron hacia él.

—Mi hijo —fue lo primero que dijo el rubio de anteojos —Mi hijo siguió a…

—Entendido —cortó Savage con aplomo —Matthews, espera a que lleguen por los otros. Señor Bluepool, ¿por dónde se fueron?

El nombrado señaló a su izquierda, con lo que la mujer asintió y salió disparada.

—Vaya a casa, señor —sugirió el rubio alto, Matthews, con expresión seria.

—¿Qué pasará con mi hijo?

—Si es un chico listo, estará perfectamente. ¿Confía en él?

El señor Bluepool asintió al instante.

—Bien. Lo llamaremos si necesitamos alguna declaración. Que tenga buen día.

Acto seguido, Matthews volvió a entrar a la casa, cerrando la puerta tras de sí.

Y sabiendo que nada más podría hacer allí, Ralph Bluepool se preparó mentalmente para un tenso regreso a Londres.


8 de febrero de 2013. 11:25 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Hola a damas, caballeros y demás entes. Espero que la estén pasando bien en este mes cursi, aunque seguro para cuando lean la presente nota, hará mucho que San Valentín habrá dejado con mal sabor de boca a más de uno (Bell se incluye, tiene amigos ingratos y carece de novio). Vayamos directo al grano, ¿quieren?

Antes que nada, si creen que el capítulo terminó demasiado pronto, no crean que alucinan. Es más corto que sus precedentes por casi cinco cuartillas. ¿Por qué? La que iba a ser la última escena no encajaba aquí, así que la moví. Además, con toda la acción que trae este capi, me pareció lo más correcto.

Así las cosas, tenemos primero una escena rara cuyo protagonista (que no era tan difícil de adivinar) físicamente está en Salem, pero logra "ir" un momento a Azkaban. Ajá, Draco Malfoy no anda muy contento con la situación, y tuvo que negarse a ir al funeral de su esposa por ciertas implicaciones del hechizo que mantiene su fachada de permanencia en la prisión mágica. Aquí muchos deben seguirse preguntando qué está planeando, porque su comportamiento actual no coincide mucho con el que tenía al inicio de la saga. Ya deberían saber cómo me las gasto, porque de momento, no lo sabrán (Bell se mete al refugio anti–bombas).

Luego, nos pasamos a Wiltshire, al funeral de Pansy Malfoy. Casualmente, en otro fic que leo, acaba de salir que Pansy también es asesinada y sepultada, pero por las fechas, quizá crean que yo le copié a la autora (vil mentira, por cierto, Nea lo sabe). Quitando ese detalle, Danielle se ve entretenida en ver quiénes andan por allí, todos unos orgullosos sangre limpia (o al menos la mayoría) y destacan ciertos apellidos canon, aunque no se dejan claros algunos emparejamientos, así como quién es la señora de pelo teñido que incordia tanto (Bell sonríe con malicia). Los hermanos Malfoy no saben qué sentir respecto a la muerte de una madre un tanto fría (o casi inexistente, en el caso de Danielle), pero en cierta forma, les duele.

De allí, pasamos a un escenario casi nuevo, ya que salió una vez en entregas anteriores y se ha nombrado en ocasiones: Edimburgo, capital de Escocia, donde algunos magos pretenden tener un centro de operaciones "oculto" en el mundo muggle. La señora Lenox (es obvia su identidad, ¿no?) hace el trato con el agente muggle, y con ella van otros magos y una bruja. A ver si alguien tiene una buena teoría de quiénes son los magos y la bruja (y no, no todos fueron sacados de Azkaban).

En Hogwarts, llega el cumpleaños de Sunny y luego de que recibe por correo un regalo aparentemente insignificante (pero vamos, es de la Línea de Lujo de Sortilegios Weasley, en realidad es una genialidad), se destapa el pastel respecto a lo que la tenía preocupada. Hacía mucho que Monroe no salía, aunque fuera en una mención, y aquí la tenemos revelando al mundo mágico que Snape y Holmes se casaron (alguien adivinó esto desde que se insinuó el tema, Bell debería darle un premio). Los rumores que se van a soltar después de eso serán fastidiosos en extremo, se los aseguro.

Y regresamos a Edimburgo, donde el agente muggle de bienes raíces ayudó a la caza y captura de los magos que le compraron la propiedad. Sí, era Ralph Bluepool, que junto con Gina, se prestó a semejante estratagema, aunque nos queda averiguar cómo es que William se enteró del asunto y fue a buscar a su padre. Lo malo es que al ver salir huyendo a parte de los malos, Will se fue tras ellos, lo cual esperemos que no termine en tragedia (ajá, eso ni Bell se la cree).

Bueno, me despido, haciendo notar que la línea temporal de este capítulo es mediados de mayo, por lo que restan dos, quizá tres capítulos más para concluir LAV. Y claro, no podré usar los títulos Arcanos que me faltan, tendrán que quedar en la siguiente entrega (que Bell ni siquiera ha planeado, por cierto). Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.

P.D. Recuerden que ahora toca elegir La Estrella. Más información en el medio habitual.