A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Treinta y dos: Preámbulo.
15 de mayo de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Otra jornada normal, al menos para ser uno de los centros de educación mágica con más prestigio en Europa. Era la hora de comer, un momento bastante bullicioso, donde apenas se oía tu propia voz en el Gran Comedor, en un sábado tan próximo a la final de quidditch, partido en el cual Gryffindor y Ravenclaw se disputarían la copa.
—¿Por fin le ganarás a Potter, Mao? —quiso saber Aramis Goldstein, bromeando.
Ryo, que había estado ocupado sirviéndose pastel de carne, miró al otro con extrañeza.
—No me molesta perder si es contra alguien mejor que yo —admitió.
—Déjalo, ¿quieres? —le pidió Melvin Corner a su amigo.
Goldstein se encogió de hombros y se giró a charlar con Quentin Croaker.
—Es verdad que no está de buen humor últimamente —comentó Ryo.
Paula asintió distraídamente, repasando una carta que, según sabía el muchacho, le llegó esa misma mañana con un enorme búho.
—Considerando que van dos chicas que lo dejan, es obvio —completó la rubia, guardándose el pergamino y sirviéndose jugo de calabaza —Y las dos menores que él…
—Un golpe directo a su orgullo —completó Ryo, hablando en voz baja para que Corner no lo oyera —Por cierto, Ai, ¿tienes tiempo hoy? Necesito ayuda con el repaso de Encantamientos.
—Sí, claro. Después del entrenamiento, espero que Carolyn no nos entretenga mucho.
—Lo dudo, jugamos contra Gryffindor, querrá ganarles porque es su último año.
—Eh, ¿lo han oído? —llamó Marianne Bridge a la izquierda de Paula —El Ministerio atrapó a algunos de los fugados de Azkaban.
Paula arqueó una ceja girando la cara hacia Ryo, para que solo él notara su incredulidad.
—Nosotros no leemos el periódico a diario —comentó él, sonriendo ligeramente.
—Es que no lo dice el periódico —señaló entonces Karen Tate —Yo lo leí en una revista que alguien dejó en la sala común.
—¿En cuál? —se interesó Matthew Kent, sentado frente a Marianne y Karen.
—En El Quisquilloso.
—¡Por favor! —desdeñó Fanny Kleiber, haciendo un mohín —Allí solo sacan patrañas.
—Le diré a Rose lo que opinas —señaló Paula, hablando con voz fría —Quizá quiera pasarle tus sugerencias a su madre y a su abuelo.
—A mí no me interesa lo que esa…
—Si terminas la frase con un insulto, no nos importará sacar las varitas aunque nos vean los profesores, Kleiber —advirtió Ryo sin mirar a la aludida, fingiendo tranquilidad al servirse un poco de ensalada —Y créeme, podemos hechizarte antes que alguien nos detenga.
—Esos modales, Mao —Kleiber le dedicó al chico una mirada sarcástica —Voy a creer que te hace mal salir con la hija de una shweinblut…
—Saumensch —soltó en un susurro alto Wenzel Klaus, a tres sitios de distancia.
—¿Qué dijiste? —Kleiber de inmediato se giró hacia el castaño, quien fingió que no la oía.
—Además, sorda —agregó uno de los amigos de Wenzel, de revuelto cabello rubio.
—¡Estoy rodeada de idiotas! —masculló Kleiber antes de ponerse de pie y abandonar la mesa.
—Eso no fue muy educado —reprendió Paula a su primo, aunque sonreía.
—Ja, pero nos colmó la paciencia —el chiquillo hizo un despreocupado ademán y continuó la plática con su rubio compañero de curso.
—¿Wenzel siempre es así? —se extrañó Ryo.
—Normalmente es muy tranquilo, menos cuando lo hacen enfadar… Como en Navidad —la rubia suspiró, haciendo una mueca —Tía Bettina se la pasó ignorándolo por tres días, hasta que tío Hans discutió con ella. A Olaf le hizo gracia, porque no le gritaban a él, para variar.
—¿Y a ti no…?
—¿Qué?
Ryo negó con la cabeza, restándole importancia.
—A tía Bettina no le agrado —comentó Paula con ligereza, ganándose una mirada incrédula de su novio —Pero mamá dice que hay que fingir demencia ante gente como ella.
—Fingir demencia… Tú nunca podrías hacer eso, ¡eres demasiado seria!
Paula sonrió y Ryo no pudo evitar devolverle el gesto. Al menos ella se veía más animada.
16 de mayo de 2021.
Tokio, Japón.
Palacio Imperial, distrito de Chidoya.
Eran pocas las personas que tenían un acceso casi ilimitado a la residencia oficial de la Familia Imperial de Japón. Casi todas eran magos o brujas de altos cargos en el gobierno o de clanes antiguos e importantes. Los Concejales del Emperador entraban en esa selección, aun cuando las medidas de seguridad se endurecieron considerablemente debido a los últimos acontecimientos.
—Hikarikino–dono, buenos días.
Era bien sabido que el clan Hikarikino estaba en buenos términos con el Emperador desde hacía siglos, así que no era de sorprenderse ver a dos o más integrantes del mismo deambulando por el Palacio Imperial con sus túnicas costosas y sus semblantes imperturbables. Pero el actual jefe de familia, además, era un hombre sensato y amable, lo cual era un gran cambio.
—Buenos días, ¿podría decirle a Hime–sama (1) que estoy aquí?
La joven sirvienta, que usaba un sencillo kimono azul oscuro, asintió y se retiró lo más rápido que el atuendo le permitía. Ryota Hikarikino la observó por un momento antes de borrar la afable sonrisa de su rostro, ojeando discretamente a su alrededor con severidad.
Su Alteza Aiko, ataviada con un kimono bastante simple, de color rojo bordado con flores multicolores, acudió en persona a recibirlo tras unos cinco minutos. El hombre se sorprendió ante ello, aunque procuró no demostrarlo.
—Buenos días, Hikarikino–dono —saludó la princesa Aiko, haciendo una cortés reverencia que el aludido correspondió en el acto —Sígame, por favor. Me alegra que pudiera venir hoy. ¿Tiene alguna pregunta sobre el tema a tratar?
El hombre, inclinando la cabeza lentamente, volvió a inspeccionar su entorno con la mirada.
—¿Le ha comentado su Alteza Imperial algo sobre la misiva? —inquirió en un murmullo.
La princesa Aiko mostró una delicada sonrisa, digna de una máscara de teatro, antes de asentir e indicar con un ademán que dieran vuelta en una intersección de pasillos.
No tardaron en estar en uno de los amplios jardines del Palacio Imperial, delimitado por una valla baja de color rojo, a donde caminó la princesa con decisión, pidiéndole con gestos a su acompañante que la siguiera. Así, se pusieron a caminar junto a la valla y durante unos minutos no se oyó otra cosa que el viento soplando entre los árboles cercanos y el pasto crecido, así como el lejano rumor del constante tráfico de Tokio.
—En primer lugar, ¿habla de la misiva de Ming–san? —comenzó la princesa Aiko.
El señor Hikarikino asintió en silencio.
—Bien. Mi padre la leyó detalladamente y aunque le preocupaba que fuera una trampa, hizo las verificaciones pertinentes. Hasta donde pudo determinar, es auténtica, ya que hay datos que no se conocen a menos que se esté en la Guardia Imperial. En el Escuadrón Ninja, para ser exacta.
—¿Entonces la misiva viene de un ninja?
—Es probable. Sin embargo, Ming–san no hizo mención directa de su fuente. Solo que verificó la información con… Con su don particular.
El señor Hikarikino dio una cabezada en señal de comprensión.
—Así pues, mi padre ha elaborado un plan con el cual se garantizará que nadie inocente saldrá herido, aunque tendremos algunas pérdidas de forma inmediata… y aparente, claro.
—¿Hay algo que pueda hacer mi clan o yo mismo por ustedes, Hime–sama?
—Sí, aunque seguramente no le agradará mucho la tarea. Se decidió en Reunión Imperial.
Esta vez, el señor Hikarikino no pudo ocultar completamente su sorpresa.
Una Reunión Imperial significaba que el Emperador y todo miembro de su familia que fuera mayor de edad deliberaron al respecto. Las Reuniones Imperiales ya no eran comunes, sobre todo desde que algunos integrantes de la familia se desenvolvían más como mahonashin que como magos. Eso solo le decía al Concejal lo importante que era aquello que iba a escuchar.
—En primer lugar, vamos a permitir que el suceso ocurra —comenzó a explicar la princesa, caminando un poco más lento, con la vista fija al frente —Al principio pensamos en evitarlo, pero mi padre señaló que de hacerlo, la comunidad mágica nunca sabría en quiénes no debía confiar y eso es un asunto prioritario. Así que dejaremos que ellos hagan el primer movimiento, aunque fallarán, y entonces Japón sabrá en manos de quiénes se va a quedar.
—¿En manos de…?
—Sí. Dejaremos el Palacio Imperial en breve. No se preocupe —aclaró la princesa Aiko enseguida, sonriendo levemente —Para los mahonashin, haremos un viaje de Estado, visitando varios países; de hecho nos dejaremos ver, ya se decidió el itinerario con el presidente mahonashi… Sin embargo, los magos sabrán que todo eso es una tapadera, que en realidad estamos escapando, apoyándonos en nuestro papel ante los mahonashin. Se acordó de este modo porque, de atacarnos en cumplimiento de nuestros deberes para con los mahonashin, podrían incluso declararnos la guerra. Y ellos, creo, no son tan estúpidos como para meter al Imperio en una guerra innecesaria. Hasta ahora no lo han hecho.
—En eso puedo estar de acuerdo, Hime–sama, aunque el plan, a primera vista, es…
—¿Arriesgado? Lo sabemos, pero es el único que demostrará que nunca apoyaremos a Hagen.
—¿Y qué papel desempeño en todo eso?
—Deberá permanecer en su puesto, Hikarikino–dono, procurando congraciarse con ellos, ¿me entiende? —la princesa detuvo sus pasos con cautela, antes de mirar al hombre a la cara —A los ojos de muchos, parecerá que su clan nos ha traicionado.
El hombre apretó los labios por un momento. Lo que pedía la princesa Aiko no era cualquier cosa. En Japón, aún se aplicaba la pena de muerte a casos tan graves como la alta traición y, de volver la Familia Imperial a palacio tras aquel escabroso asunto, la comunidad mágica pediría la maldición asesina para él y todo su clan. O peor, en el transcurso de aquella pantomima, su clan estaría en la mira de todo aquel mago y bruja japonés que estuviera de parte del Emperador.
—Si solo me incumbiera a mí, aceptaría ahora mismo, y usted lo sabe, Hime–sama.
—Claro. Por favor, consulte la propuesta con su clan lo más pronto posible. Necesitamos una respuesta en tres días, máximo.
—¡Tres días!
—Sí. Lamento darle un plazo tan corto, pero tuve otras ocupaciones qué atender, y mi padre tampoco está disponible en estos días.
—¿Qué me dice de su Majestad?
—Oh, el abuelo está bien, solo que se está concentrando en preparar algunas cosas.
—¿Algún otro Concejal está enterado de este asunto?
La princesa Aiko arrugó el ceño de forma no muy halagüeña.
—Investigamos a todos los Concejales con ayuda del Escuadrón Ninja —respondió, lo que el señor Hikarikino tomó como mala señal: por lo visto fue considerado, brevemente, como indigno de confianza —Los informes no fueron alentadores. La mayoría fue convencida de que la mejor opción es ofrecer un pacto de no agresión, o inclusive forjar una alianza.
—¡Es inconcebible!
—Por supuesto. Por lo tanto, sin importar la decisión final que termine comunicándonos, debe tener cuidado. Si sospechan que nunca nos traicionará, pueden intentar quitarlo del camino.
El señor Hikarikino asintió, en señal de comprensión.
—A propósito, queremos saber si ha podido reunirse con nuestros amigos de Reino Unido —comentó la princesa con un poco más de ánimo, echando a andar otra vez.
—Actualmente no, Hime–sama. Los que han ido son los ninjas que puso a mi disposición.
—Ah, sí… ¿Algo que debamos saber?
—Un equipo ninja estuvo presente en el último asalto a la prisión mágica de Azkaban, en el Mar del Norte. Se ignora el motivo, por supuesto, aunque el jefe de… ¿cómo les dicen? Los magos que custodian la prisión en lugar de los dementores…
—Me parece que los conocen como Sinodales.
—Exactamente. Pues bien, el jefe de los Sinodales no menosprecia la ayuda que se le brindó, aunque está tan intrigado como el resto de la gente. Si no es indiscreción, ¿sabe algo al respecto?
—Vagamente. Sé que el equipo en cuestión estaba rastreando a los fugitivos de Shinitani, pero inesperadamente se cruzaron con una espía aliada y esta les dio la información necesaria para que se reunieran con un par de Samuráis ingleses… Aurores, los llaman.
—Eso es algo más que "vagamente", si me permite decirlo.
—Cierto. Pero es todo lo que puedo decirle.
Al ver la indiferencia con que la princesa encogía los hombros, el señor Hikarikino optó por no insistir en el tema.
—Si no tiene otro asunto qué tratar, Hime–sama, quisiera retirarme. He de poner a mi clan al tanto de las novedades.
—Oh, claro. ¿Hoy no tienen los Concejales ninguna reunión?
—Normalmente es su Majestad quien nos convoca, pero como no lo ha hecho…
—Claro, qué despistada soy a veces… Muchas gracias por su tiempo, Hikarikino–dono.
—Al contrario, gracias a usted por tan alta consideración.
El señor Hikarikino hizo una profunda reverencia antes de dar media vuelta y regresar al edificio principal. A cada paso que daba, lo recién conversado y cierta información que llegó a sus oídos recientemente se arremolinaban en su cabeza, haciendo que sintiera que le iba a estallar, pero no por angustia, ni por incertidumbre, sino de preocupación por la Familia Imperial.
Contrario a la opinión popular, el clan Hikarikino sentía sincero agradecimiento hacia el Emperador y su familia. Hacía siglos, durante el periodo más belicoso de la historia nacional, los magos no pudieron apartarse demasiado de los conflictos mahonashin, teniendo que intervenir en ellos como mejor les convenía para asegurar su supervivencia. El clan Hikarikino cayó muy bajo una vez, y tras recibir la ayuda del Emperador de aquel entonces, no volvió a flaquear. Además, la Familia Imperial nunca había exigido la retribución de aquel favor, lo que con el paso del tiempo, llegó a formar vínculos de camaradería y amistad entre ambas familias.
De hecho, el señor Hikarikino no creía que su clan se negara a la tarea recién encomendada. No, lo que le preocupaba era que no pudieran prevenirse contra la reacción del resto de los magos y brujas del país. No sería el líder de la familia si no pudiera pensar en la seguridad de los suyos.
En tanto, la princesa Aiko observaba al Concejal marcharse con un ligero sentimiento de desazón. Sabía que la Familia Imperial le exigía demasiado, que muchos podían considerarlo como un abuso de poder de su padre y su abuelo, pero ella no lo veía así. Un verdadero abuso de poder habría sido obligar a los Hikarikino a obedecer, y en ese caso habría odiado ser miembro de la realeza. No la habían educado para aprovecharse de su posición. No así.
Dejando escapar un suspiro, giró un par de centímetros la cabeza hacia su izquierda, por donde se veía una arboleda más allá de la valla, a un par de metros de la misma. Frunció el ceño por un segundo, antes de volver a suspirar.
—Muy bien, a trabajar —musitó, cruzando a grandes zancadas la enorme extensión de césped, que ondulándose ante la brisa, daba una sensación de falsa tranquilidad.
Oraba porque sus súbditos no sufrieran demasiado por lo que se le venía encima al Imperio.
Akihabara, distrito de Chidoya.
El departamento de los Asuka seguía produciendo una sensación cálida y acogedora, aunque Aki hubiera fallecido. Ren se encargaba de ello, aunque en ese momento no estuviera allí.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo?
Sakura Kiyota miró por turnos a las presentes, esperando que alguna saltara, o se quejara… Pero los ojos fijos en ella no mostraban el más leve signo de oposición.
—Es un poco precipitado, Kiyota–san —dijo finalmente una joven alta y delgada, de largo y lacio cabello negro atado en una coleta alta; usaba una túnica oriental corta de color verde oscuro y a la espalda llevaba una espada demasiado corta para ser una katana normal —Y no lo digo porque quiera retractarme en mi nombre o en el del resto de Ginga (2).
—Estoy de acuerdo —apoyó otra joven, esta de cabello oscuro muy corto y rostro ovalado adornado por un lunar a un lado de la boca. Vestía una camiseta de manga corta negra con una rosa roja pintada en el pecho, que hacía juego con su minifalda; calzaba unas botas negras de charol, de tubo largo y tacón alto, lo que parecía desentonar con su voz seria.
—¿De dónde sacaste la información extra, Kiyota? —inquirió una tercera chica, de melena castaña recogida en la nuca en una coleta, quien sentada en uno de los sillones, alisó su falda de mezclilla, mientras las amplias mangas de su blusa roja se agitaban con impaciencia.
—Kishimoto, haznos un favor y no digas algo estúpido —espetó la de túnica verde, ceñuda.
—No, ella tiene razón —asintió Sakura, moviendo la cabeza con resignación —No esperaba que aceptaran algo así sin explicarles lo mejor posible…
—¿Lo mejor posible? ¿Es que acaso no nos dirás todo?
—Kishimoto… —esta vez fue la de minifalda roja la que habló, en tono de advertencia.
—Tranquilas, Takagi–san, Onmatsu–san —pidió Sakura con una sonrisa amable, aunque frágil —Es verdad que no puedo decir todo lo que sé o por qué lo sé —se giró hacia la nombrada como Kishimoto —Lo he prometido. Pero sabrán lo suficiente como para tomar la decisión.
Para sorpresa de Takagi y Onmatsu, Kishimoto frunció el ceño solo por un par de segundos antes de asentir, aunque sus manos cerradas en sendos puños denotaban lo enfadada que estaba.
—Ayer, en Susanowo–jinja, ¿recuerdan todo lo que se dijo sobre esto?
Ante la pregunta de Sakura, las otras tres chicas asintieron sin mucho entusiasmo.
Se había convocado a todo chuunin y jonin activo a reunión extraordinaria, para comunicarles lo que estaba a punto de suceder. No faltaron alegatos sobre que era una locura y hubo pronósticos acerca de un desastre, pero tanto los integrantes del Shizen Soudan como el Kyoshou exigieron silencio y explicaron lo que se pedía de ellos.
Era una de esas ocasiones especiales en las que el Escuadrón Ninja se brincaría la cadena de mando normal para obedecer una orden directa del Emperador.
—Hay quienes no obedecerán —continuó Sakura con tal firmeza que las otras chicas la miraron con aire confundido —Y no lo digo solo porque tengan miedo a las represalias. No, seguramente también hay más de uno que cree que este cambio es lo mejor para el Imperio. Pero no se han puesto a pensar en quiénes harán el cambio y de qué forma querrán hacerlo.
—¿Y cómo llegaron a permanecer en el Escuadrón semejantes idiotas? —espetó Kishimoto.
Onmatsu meneó la cabeza con desaliento.
—Algunos, por recomendaciones —espetó Takagi, fastidiada y desdeñosa, dejando escapar un resoplido —Los jonin pueden sugerir que se le permita a tal o cual persona realizar el examen de admisión, pese a que su perfil no sea el adecuado. Si la recomendación se acepta y esa persona aprueba el examen, es poco probable que la evaluación genin le afecte.
—Pero esa evaluación se hace en equipo —sentenció Kishimoto, arqueando una ceja.
—Cierto, es el filtro para deshacerse de incompetentes —aportó Onmatsu.
—¿Entonces para qué sirve una recomendación? —Kishimoto seguía sin entender.
—En caso de que el recomendado logre permanecer en el escuadrón, queda en deuda con aquel que lo recomendó —respondió Sakura con seriedad, sintiendo un nudo en la garganta —Es una deuda de gratitud. Además, quienes recomiendan suelen tener razones ocultas tras ello.
—¿Es como si hicieran un favor que después van a cobrar? —inquirió Kishimoto, con claro aspecto de no estar de acuerdo con la idea, menos cuando recibió un asentimiento de Sakura.
—Piénsalo, los ninjas entrenamos con la magia de una manera que nadie conoce —Takagi no parecía molesta con Kishimoto, sino dispuesta a explicarle todo lo que necesitara —Si un jonin de un clan respetable recomendara al escuadrón a, no sé, un mago hijo de mahonashin, ¿por qué crees que sería? La mayoría de los clanes antiguos no hacen nada gratis.
—¿Lo dices por experiencia, quizá? —inquirió Kishimoto, mordaz.
—Algo así —Takagi se encogió de hombros, sin ofenderse —Yo no lo haría, claro, pero he visto que otros de mi clan recomiendan gente. En el Ministerio, por ejemplo.
—Así es como ciertos ninjas llegaron al escuadrón —indicó Onmatsu con firmeza, como recordándoles por qué salió a colación el tema de las recomendaciones —Y por lo que descubrió Ginta–kun, muchos no son más hábiles que el más torpe de nosotros, los últimos novatos.
—Si son peores que Sasume, tenemos mucho qué perder.
Las otras tres le dedicaron miradas fulminantes a Kishimoto, quien hizo un ademán de apatía al tiempo que farfullaba.
—Sasume nunca actuaría por conveniencia. Solo es despistada.
Eso, viniendo de Kishimoto, era sorprendente en sí. Sakura tomó nota mental de comentarlo con su equipo más tarde.
—Quitando a los que quizá no quieran ofende a quienes los recomendaron, y a ninjas de ciertos clanes, podemos contar con que tres cuartas partes del Escuadrón Ninja obedecerán la orden de su Majestad —indicó Sakura, respirando hondo —Así las cosas, cada uno en lo personal debe dejar bien organizados sus asuntos, ya que no podremos ir y venir con libertad. Es probable que nos declaren nukenin, al menos de palabra, y la comunidad mágica se nos echará encima.
—Sí, pedirán besos para todos nosotros —ironizó Takagi, torciendo la boca.
Las demás, sabiendo que se refería al beso del dementor, contuvieron un escalofrío.
—A propósito, ¿y sus compañeros? —se interesó Sakura.
—Ginga y Zoo se están hospedando conmigo —contestó Onmatsu, sonriendo levemente —No cualquiera puede entrar en los terrenos de mi clan.
—Mis compañeros y yo nos separamos oficialmente para ir con nuestras familias —aclaró Kishimoto —Aunque sospecho que Ogata anda rondando Tsukuyomi–jinja por otra razón.
—Es un informante, ¿qué tendría de malo que ande por allí? —se extrañó Takagi.
—Nada, pero desde hace un tiempo le interesa más andar coqueteando que recabando datos.
—Kimi–chan dijo algo —comentó Sakura con despreocupación, antes de menear la cabeza —Y Satoshi–kun confirmó que él y Hanami–san estarán en Okinawa, por fin los Sanyuri lo aceptaron.
—¿Qué pasa con Kishuu–kun? —se interesó Takagi, no queriendo sonar despectiva.
—Fue requerido en la casa principal de su clan, no lo veremos hasta que partamos.
—Y Sasume debe estar con Masashi–ji (3), ¿verdad? —supuso Kishimoto.
Sakura asintió, recordando algo, pero como no era asunto suyo, se mantuvo callada.
—Entonces, estas misiones… ¿Forman parte de la orden de su Majestad? —inquirió Takagi.
—Sí. Esto —Sakura levantó un pergamino que aferraba con la mano derecha —fue escrito y sellado por su Alteza Imperial en persona, lo verifiqué.
—¿Su Alteza Imperial Naruhito? —Takagi abrió los ojos como platos.
—Sí. Parece que el último informe que le traje fue determinante para dar la orden al escuadrón.
—¿El de la última misión que comandaste? —aventuró Kishimoto.
Sakura asintió, no muy segura de qué tanto sabría la otra respecto al tema. Y no tardó en enterarse, ya que Kishimoto hizo una mueca antes de espetar.
—Arima alegó que no se trataba de una misión de Chi (4), así que no contó gran cosa. Solo que… ¿De verdad los vieron? ¿A los nukenin fugados?
—¿Todavía lo preguntas? ¡Claro que los vieron! —respondió Takagi, con manos temblorosas —Hattori no es el más parlanchín del mundo, pero me contó lo sucedido. Esos malditos…
—Rumi–chan… —susurró Onmatsu, mirando a Takagi con algo de tristeza.
—Indirectamente, hay que agradecerle a ese encuentro que nos dieran estas misiones —indicó Sakura, frunciendo el ceño —Son muy específicas, deben llevarse a cabo con eficacia y rapidez. Si fallamos, más de una vida estará en riesgo, no solo las nuestras.
—No hace falta que lo menciones —señaló Kishimoto con desgano.
—Muy bien. En ese caso, ¿listas para escuchar más detalles?
Ante los asentimientos de las otras tres, Sakura respiró profundamente, echándole un rápido vistazo al pergamino en su diestra, para a continuación indicar de qué se trataban exactamente las misiones que el hijo del Emperador les estaba encomendando a los únicos magos y brujas que el Escuadrón Ninja había aceptado en los últimos siete años.
Ante tiempos difíciles, había que tomar decisiones difíciles. Lo único que Sakura deseaba era no defraudar a su Alteza Imperial y claro, salir con vida de la ardua tarea.
17 de mayo de 2021.
Calabria, Italia.
Parque Nacional del Aspromonte.
De no ser por el Cesare, Falco Garibaldi se habría recriminado por largo tiempo un error que pudo costarle caro no solo a él, sino a toda Italia.
Acompañado por unos cuantos Legionarios, Garibaldi había emprendido el largo viaje hacia el punto de los Apeninos donde, según los informes, se vio por última vez a un grupo de jóvenes alpinistas desaparecidos, entre ellos su sobrino político. No solo eso, debía confirmar el tránsito inusitado de gigantes por el país, cosa que no les hizo gracia a sus subordinados. Sin embargo, más pronto de lo esperado dieron con la pista de algo que solucionaba los dos asuntos, aunque de manera ciertamente inesperada.
De hecho, a esas alturas, el Tribuno seguía sin creerlo del todo.
—Tribuni, llegó un mensaje —dijo entonces un Legionario, visiblemente incómodo vistiendo una camisa a cuadros azules y verdes con un pantalón de mezclilla y zapatos tenis blancos —Nos recibirán en media hora.
—Entonces debemos prepararnos, Pazzi. Avisa a los demás.
El Legionario asintió y se alejó.
Estaban en el Parque Nacional del Apromonte, en la península de Calabria, un lugar ideal para una excursión campestre, no para labores diplomáticas. De hecho, Garibaldi era cualquier cosa un político, aunque varios miembros de su familia se dedicaran a ese tipo de cuestiones.
—¿Es verdad lo que dice Pazzi, Garibaldi?
Al oír aquella pregunta, hecha en tono prepotente, el Tribuno contuvo el impulso de sacar la varita y lanzar un buen hechizo aturdidor.
—Es verdad, Capellini. Estamos en una misión, así que deja de comportarte como el jefe que no eres y obedece, o me encargaré de tu despido en cuanto volvamos a Roma.
Oyendo semejante argumento, el aludido entrecerró sus turbios ojos azules, demostrando así su enojo, antes de sacudir con enfado su cabeza coronada por cabello rojizo y dar media vuelta.
Garibaldi sabía que llevar a Fabrizio Capellini a aquella misión era un arma de doble filo. Siendo un mago cuya familia había estado involucrada en el gobierno de Italia desde hacía seis generaciones, sentía que todo debía hacerse exactamente como quería. Garibaldi podía imaginarlo perfectamente dando órdenes a todo el que se le cruzara en una de sus lujosas mansiones, lo cual le producía cierta sensación de injusticia, considerando todo lo que él mismo tuvo que pasar para llegar a donde estaba. Aunque tampoco se quejaba, pues si Caterina decía la verdad (y su mujer tenía fuentes de información muy confiables), Capellini se casó con un verdadero incordio.
—Divide et impera —musitó, antes de reunirse con su grupo.
Con ayuda de un ingenuo guía sincaramanzia, Garibaldi y sus Legionarios pudieron tomar el sendero correcto para llegar lo más cerca posible del Aspromonte, aunque la perspectiva de lo que estaban a punto de hacer les causara aprehensión. El sendero describía una amplia curva sin adentrarse en uno de los bosques, para que los paseantes pudieran volver sin dificultad al área donde se ubicaban las mesas de picnic y varias pequeñas tiendas, pero en ese punto Garibaldi hizo una seña y todos, incluso él, guardaron las varitas, aunque Capellini lo hizo de muy mala gana.
No tardaron en sentir que el suelo vibraba bajo sus pies de forma regular, rítmica, antes de ver por encima de las copas de los árboles una forma oscura y redonda que avanzaba en su dirección.
—¿Tribuni? —dijo una voz gutural, ronca e insegura, desde aquella forma oscura que sobresalía en lo alto, moviéndose lentamente.
—Buenos días —saludó Garibaldi con voz fuerte y clara, mostrando las manos en alto —Soy yo, ¿con quién tengo el gusto?
A su espalda, Capellini contuvo a duras penas un bufido de incredulidad.
—El Gurg enviarme —dijo la voz gutural con un poco más de fluidez, ya que para sorpresa de Garibaldi y el resto de los Legionarios, hablaba un torpe inglés —¿Entenderme, Tribuni?
—Eh… Sí, lo entiendo —asintió el aludido, hablando también en inglés —¿Veremos al Gurg?
—Sí, Gurg quiere encuentro —contestó la voz en un tono que pretendía ser serio, aunque no ayudaba la lentitud de su pronunciación —Seguirme, por favor.
La forma oscura volvió a moverse, esta vez desandando el camino, por lo que Garibaldi y sus compañeros se apresuraron a seguirlo.
El camino por el que andaban ahora apenas se distinguía entre el césped, debido a raíces salidas y la escasa luz solar que los árboles dejaban que se filtrara. Conforme se fueron acercando a la fuente de la vibración del suelo, lograron distinguir una silueta humanoide de gran tamaño, ataviada con ropas marrones y grises, que tenía la suficiente delicadeza como para avanzar sin pisar a los pocos animales con los que se toparon en el área.
—¿En serio eso es un…? —musitó un Legionario de camisa color vino y pantalón de mezclilla negra —Tribuni, esto es completamente irregular.
Garibaldi asintió, haciendo señas de que debían guardar silencio.
Les llevó alrededor de quince minutos llegar directamente al pie del Aspromonte, pero de un lado donde no se veían huellas de movimiento humano, debido a lo agreste del paisaje y a que los árboles eran de copas más espesas, que apenas mostraban puntos luminosos. Una cueva oscura y de entrada enorme conducía al interior de la montaña, y su guía caminaba hacia allí.
—Seguirme, Tribuni —pidió el ser, moviéndose un poco más rápido hasta llegar a la entrada de la cueva, donde dio media vuelta y miró a los magos con atención.
Los Legionarios le calcularon al gigante unos cinco metros, lo que en su especie era equivalente a ser de baja estatura. La cabeza era como una gran piedra de río cubierta de musgo, incluso el cabello tenía un tono verdoso que en conjunto con sus redondeadas facciones, daba una irreal impresión de serenidad. Las ropas consistían en una camisa, un chaleco y unos pantalones, todo de pieles, que por cierto, se veían bien cuidadas. No llevaba zapatos, por lo que sus pies, del tamaño de autos compactos, mostraban dedos regordetes y uñas con claras señas de recorte.
Los magos alcanzaron al gigante y volvieron a avanzar apresuradamente, ya que allí no había animales a los cuales pisar, por lo que su guía caminaba a su ritmo normal, con zancadas largas y firmes que equivalían como a veinte pasos humanos. Les sorprendió que en el Aspromonte hubiera una cueva de semejantes dimensiones, lo mismo que algunos largos pasillos de piedra cuyas entradas pasaron de largo antes de que su guía aminorara el paso.
—Gurg allí —indicó, señalando un hueco en la pared cubierto con una piedra plana y circular a modo de puerta —¿Ir solo, Tribuni, o con alguien?
—Si es posible, quiero entrar con mi gente —respondió Garibaldi.
El gigante asintió y comenzó a rodar la piedra–puerta, dejando un hueco lo suficientemente grande para pasar. Antes de entrar al otro lado, hizo una seña para que Garibaldi y el resto esperaran y la redonda piedra plana cerró la entrada de nueva cuenta.
—¿De verdad esto es buena idea? —quiso saber un Legionario de cabello oscuro y ojos azules, estirando de manera nerviosa el borde de su camiseta negra.
—Si un Gurg te concede una entrevista por las buenas, no hay que ser tan idiota como para rechazarla —soltó Garibaldi a modo de respuesta.
—Pero no sabemos nada de cómo tratar con gigantes —hizo notar Pazzi.
—Tenemos suerte de que el guía hable un idioma que podamos entender.
—¿Y si traduce nuestros mensajes a su conveniencia? —espetó Capellini.
Por una vez, Garibaldi no se enfadó con él, sino que reflexionó sus palabras.
—Confiemos en que no será así, a menos que por un milagro, sepas hablar gigantio.
Capellini desvió la vista, evidentemente frustrado.
La piedra–puerta se abrió en ese momento y la cabeza redonda de su guía se asomó por el hueco, mostrando lo que sin lugar a dudas era una especie de sonrisa amable.
—Pasen todos, Tribuni —indicó.
Garibaldi asintió, echándoles a sus subordinados una última mirada de advertencia.
La cueva a donde entraron era mucho más amplia de lo que creían, daba la impresión de que ocupaba al menos la mitad de la montaña. Sentados junto a las paredes, rodeando un gran espacio vacío, se hallaban al menos veinte gigantes que rebasaban con creces la estatura de su guía. Al final de la cueva, sentado en lo que parecía una estalagmita cortada por la mitad para librarla de la parte puntiaguda, se hallaba un gigante ataviado con pieles marrones e, increíblemente, una de color gris claro alrededor del cuello, como una peculiar bufanda. Su piel era grisácea, como las piedras, y sus ojos, de un tono verde oscuro, estaban bien abiertos, fijos en los magos que, intentando no mostrarse intimidados, avanzaban hacia él.
—Buen día —saludó el gigante, llevando una mano a la piel clara de su cuello.
Los Legionarios no pudieron ocultar su asombro. ¡Estaba hablando en italiano!
El gigante, sonriendo con cierto sarcasmo y mostrando con ello varios dientes amarillentos y torcidos, miró al gigante guía, diciendo un par de frases en gigantio antes de fijarse en los magos otra vez, aclarándose la garganta.
—Soy Gurg Golimath. Apenas sé lengua —comenzó, de forma lenta y torpe, pero intentando vocalizar lo mejor posible, frunciendo el ceño como si cada palabra le costara el mayor esfuerzo —Grarup y Jaco enseñarme lenguas. Jaco buen chico.
—¿Jaco? —susurró Pazzi, sin comprender.
—Nosotros venimos por guerra —siguió diciendo Golimath, captando de nuevo la atención de los magos, que se ponían un poco nerviosos al ver que los gigantes a su alrededor se acercaban, sentándose a escuchar —Antes vivir en otro país. Otros magos ir y dar regalos. Kelovus aceptar regalos, nosotros no. Yo llamar amigos y comenzar viaje.
—¿Quién es Kelovus, señor Gurg? —inquirió Garibaldi educadamente.
Golimath esbozó una sonrisa por dos segundos, antes de responder con voz sombría.
—Kelovus antiguo Gurg, en el otro país. Kelovus acepta regalos de magos sin cara, quiere guerra con magos. Nosotros no queremos guerra.
—¿Magos sin cara? —se sorprendió Capellini.
Golimath miró al hombre con el ceño fruncido, aparentemente molesto.
—¿Gente no respeta mando suyo, Tribuni? —inquirió.
—Suelen hacerlo, pero comprenderá que lo que nos cuenta es algo inusual.
El Gurg asintió un par de veces con la cabeza, la cual rozó un par de estalactitas del techo de la cueva, haciendo temer a los Legionarios que alguna se rompiera y les cayera encima. No fue así.
—Llamarlos magos sin cara porque no ver sus caras —explicó el gigante, volviendo a arrugar la frente en señal de concentración —Magos sin cara hablan mucho de guerra. Nosotros no queremos guerra. Magos solo buscarnos por ser grandes y fuertes, no quieren ayudarnos.
—Señor Gurg, ¿usted o alguno de los suyos llegó a entender lo que esos magos decían?
—Yo no, entonces no saber otra lengua. Grarup sí, contarme qué pasaba. Grarup ayudarme a llevarme a los que no queremos guerra.
—¿Grarup es quien nos trajo aquí?
Golimath asintió, haciéndole una seña al tal Grarup para que se acercara y quedara de pie a su derecha, muy recto y con una tenue sonrisa.
—Grarup vive con nosotros hace mucho —informó Golimath —Grarup aprender varias cosas de vida de magos y enseñarnos. Grarup saber lengua de magos y enseñarnos. Grarup sugerir irnos a país donde hubiera montañas para nosotros.
—¿Por eso entraron a Italia? —al recibir un asentimiento, Garibaldi frunció el ceño —En ese caso, ¿por qué llegaron hasta acá? Los Apeninos meridionales terminan a varios kilómetros.
—En Apeninos, vimos varios humanos trepando montañas —contestó Golimath con calma —Esperamos a que se marcharan para seguir, pero alud cayó. Grarup ayudó a humanos y traerlos con nosotros. Grarup habló con humanos y calmarlos. Humanos pidieron venir aquí.
—¿Los humanos están bien, entonces? —quiso saber Garibaldi.
—Casi.
—¿Cómo que casi? —se impacientó Capellini.
Como Golimath volvió a parecer molesto, Garibaldi se giró hacia Capellini y le dedicó un gesto enérgico para que entendiera que debía callarse o se ganaría una buena maldición.
—Señor Gurg, si podemos en algo ayudar a los humanos… —comenzó Garibaldi.
—Jaco buen chico, pero herido. Nosotros no sabemos qué hacer. Curen a Jaco.
—Si podemos, lo haremos ahora mismo.
Al oír eso, Golimath volvió a rozar estalactitas con la cabeza al asentir y le dijo unas cuantas palabras en su idioma a Grarup, quien agitó la cabeza a modo de afirmación y salió de aquel sitio por un hueco lateral, regresando poco después con una figura en brazos, acunándola con cierta delicadeza. Al depositarla en el suelo, frente a los Legionarios, lograron ver que se trataba de un joven de unos veinte años, con la ropa de alpinista sucia y desgarrada en varias partes. El cabello castaño claro estaba revuelto en todas direcciones y su tez aceitunada presentaba un aspecto enfermizo. Los grandes ojos oscuros, cerrados cuando lo cargaba el gigante, se abrieron poco a poco antes de girar la cabeza en todas direcciones con cierto miedo, antes de fijarse en el grupo de magos y mostrar cara de asombro.
—Jacopo, muchacho —Garibaldi sintió un alivio inmenso al ver al hijo de su cuñada vivo, aunque un poco maltrecho —El señor Gurg dice que has sido un buen chico.
—Eh… Lo he intentado, tío Falco —indicó Jacopo Coraci con timidez.
—Puccini, revísalo —indicó Garibaldi y el mago de camiseta negra se adelantó —Dile qué te pasa, el señor Gurg nos informó que estás herido.
—La pierna, creo que me la rompí en el alud. Perdí la varita, no pude… —Jacopo apretó los dientes cuando Puccini palpó su pierna izquierda —Creo que el hueso soldó mal.
—Haz lo que puedas aquí, Puccini. Señor Gurg, ¿podemos llevarnos a mi sobrino?
—¿Sobrino?
—Sí. Es hijo de la hermana de mi esposa.
—Ah —Golimath pareció reflexionar por lo que parecieron minutos, aunque solo tardó unos segundos —Si Jaco ponerse bien, llevarlo afuera.
—¿Y el resto de los humanos que venían con él? —inquirió Garibaldi.
—También pueden sacarlos. Traerlos aquí por ser su casa. Grarup ir por ellos.
Dicho y hecho. Grarup condujo a un total de ocho jóvenes a la cueva, y con solo ver sus caras, Garibaldi confirmó que eran sincaramanzia a los que habría que desmemorizar en cuanto rindieran declaración en el Ministerio, a menos que Jacopo respondiera por ellos.
—Tribuni, nosotros comprendemos una cosa —dijo Golimath con la gravedad que le confería ser el líder de aquellos gigantes —Nosotros no queremos guerra con magos. Pero magos buenos como Jaco pelean guerra para proteger cosas buenas. Queremos hacer trato.
—¿Se refiere a negociar? —preguntó Garibaldi, suspicaz.
—Sí. No queremos ser como Kelovus. Queremos vivir en paz.
—Confieso que no sabía que los gigantes pudieran… vivir en paz.
—Tiempos cambian. Grarup enseñarnos cosas, decirnos que unión hace fuerza y que no todos los magos son malos. No creerle, pero Jaco es buen chico y es mago. Queremos ayudar a magos como Jaco. Pedimos a cambio vivir en su país.
—Comprende que de llegar a un acuerdo con nuestro gobierno, es muy probable que les pidan, a usted y a su gente, que peleen, ¿verdad?
Golimath asintió con aire solemne.
—Entonces le comunicaremos a nuestro gobernante, Cesare Ferrati, lo que nos está pidiendo. Quizá pida una reunión con usted, ¿se quedarán mucho tiempo aquí, en el Aspromonte?
—Montaña agradable, pero vemos humanos demasiado cerca. Estar aquí otra semana y luego regresar a Apeninos.
Garibaldi movió la cabeza afirmativamente.
No creía que fuera sencillo, pero en aquellos momentos era de vital importancia obtener todos los aliados posibles, incluso si eran tan inverosímiles como los gigantes. Algo bueno de ese asunto era que Capellini viera, con sus propios ojos incrédulos, que se destrozaban varios de los prejuicios que familias como la suya tenían contra otras criaturas. No podía decir que confiaba en Capellini, pero tampoco creía que fuera malo del todo, no estando en la Legión, bajo sus órdenes.
Al menos la desaparición de su sobrino había traído buenas noticias, para variar.
Londres, Inglaterra.
Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, Ministerio de Magia.
La séptima planta estaba tan alborotada como siempre, aunque lo original esa tarde eran los murmullos que se alzaban cuando el asistente personal del señor Smith pasaba de cubículo en cubículo, entregando memorándums en persona.
—William, muchacho, ven un momento.
El rubio asintió, dejando un fajo de pergaminos en el escritorio de un empleado de la Liga Nacional de Gobstones y caminando entre la gente hasta donde se veía una delicada mano en alto, desde el pasillo de la Oficina de Patentes Descabelladas.
—¿Me llamaba, señora Black? —indagó William Bluepool al asomar la cabeza en el cubículo de la nombrada, cuyo escritorio estaba considerablemente despejado a comparación de otros.
—Sí, siéntate un momento.
William obedeció, frunciendo el ceño.
—¿Podrías explicarme qué pasó el otro día? —inquirió Magnolia Black tras acomodar unos rollos de pergamino a su derecha, en el escritorio.
—¿El otro día?
—No finjas demencia, muchacho. El otro día, cuando te fuiste a almorzar y ya no regresaste.
—Creo que este no es el momento ni el lugar para…
Magnolia, por toda respuesta, tomó su varita y la agitó a su alrededor, aparentemente fingiendo un ademán despreocupado, pero William pudo sentir una ligera vibración en el aire.
—Nadie entenderá lo que decimos, es un conjuro que aprendí en el colegio —indicó la mujer, bajando la varita y adoptando una expresión severa —¿Y bien?
—Señora, no veo el interés…
—Claro que no lo ves. Te lo explicaré cuando termines. Pero quiero oír la historia.
Ante eso, William suspiró, haciendo una mueca que primero fue de desgano y luego de dolor.
—¿Estás bien? —quiso saber Magnolia.
—Todo lo bien que podré estar. Al menos no fue magia oscura.
—Pero entonces en San Mungo…
—Los sanadores dijeron que no tienen forma de saber por qué estoy tardando tanto en sanar. Suponen que es consecuencia de alguno de los hechizos que recibí, pero como no tienen la menor idea de cuáles fueron…
—¿Quieres decir que aún traes un hechizo encima?
—Probablemente.
—¿Aún así viniste a trabajar?
—El señor Smith me recordó amablemente que si los sanadores no determinan lo contrario, estoy en condiciones de trabajar —William rodó los ojos con sarcasmo.
—¿Cómo pudo…?
—No se preocupe, señora Black. Si de verdad no pudiera venir, lo habría dicho.
Cualquiera con una pizca de cerebro habría hecho que aquel muchacho de cara lastimada y con medio brazo vendado se quedara en casa. Pero era evidente que Smith carecía de esa pizca de cerebro. O de un poco de empatía.
—¿Por qué será que no te creo? —soltó Magnolia, con aire acusador.
—Oiga, yo…
—En fin, no es de eso de lo que quería hablarte. ¿Qué pasó?
William suspiró.
—Fui a almorzar a casa —comenzó él, mirando a un punto inexistente en la lejanía —Quería pasar un rato con mi esposa y con mis hijos. Gina se veía muy nerviosa, y eso no es bueno para ella, así que le pregunté qué pasaba. Me contestó que mi padre le había llamado para saber si podía acompañarnos a almorzar, pero no llegó. Como mis padres y yo últimamente no nos hablamos, me sorprendí mucho, pero también me preocupé. Mi padre nunca falta a sus citas.
—¿Entonces?
—Lo llamé a su celular… No sé si sepa lo que es…
—¿Un celular? Sí sé, mi nuera es muggle y tiene uno.
—En fin, justo cuando marcaba, Gina me pidió preguntarle si estaba donde había comentado y si seguían con él las personas que fue a ver. No entendía nada, pero hice las preguntas y después de escuchar las respuestas, antes de poder decirle otra cosa, Gina me quitó el teléfono y cortó la llamada. Entonces me explicó que tenía que ir a Edimburgo por mi padre y que él me diría el resto. Así llegué a tiempo para ver a un par de aurores entrando a una casa muggle, de la que por cierto iba saliendo mi padre, y después él me contó el resto de la historia.
—¿Cuál es el resto de la historia?
—La señora Drake y otros magos estaban comprando la casa muggle. ¿Para qué? No lo sé.
—¿Y cómo acabaste tú así?
—Por hacerme el auror y seguir a dos que se escapaban. Corrimos por varias cuadras, creo que no se animaron a desaparecerse por tantos muggles que había alrededor. Finalmente las alcancé en un callejón, tuvimos un duelo y una de…
—¿Una?
—Sí, era una mujer. Lo sé por su voz, aunque no podía verle la cara, traía una capucha puesta. Lanzó un hechizo tras otro, todos en un idioma que no reconocí, y la otra…
—¿La otra? ¿Quieres decir que te enfrentaste a dos mujeres?
William asintió, forzando una sonrisa irónica que demostraba su dolor físico.
—A la otra le habría encantado acabar conmigo —indicó —Era… Era la señora Drake.
Magnolia sentía un sabor amargo en la boca, como si quisiera vomitar su espanto. ¿Cómo era posible? Cierto era que, en sus tiempos de estudiante, Wendy Lenox nunca le cayó bien, pero tampoco la creía capaz de matar a sangre fría a su propio nieto. A menos, claro, que siguiera dando demasiada importancia a la pureza de sangre, lo que no tenía sentido…
O quizá sí. Suerte para ella que Dahlia Holmes se había convertido en una amiga.
—Entre las dos comenzaron a atacarme y la mayoría de las veces, me libraba de sus hechizos —continuó entonces William, regresando a Magnolia al presente —Solo unos cuantos lograron darme, pero no sentí nada grave hasta el final, fue como si me golpearan en el estómago y luego… ardía. No como si tuviera fiebre, sino…
El rubio se subió la manga izquierda de la túnica, hasta más allá de donde la venda le cubría el brazo, y mostró que por encima del codo, parte de la piel del antebrazo estaba rojiza, fruncida.
—¡Por Merlín! —Magnolia se llevó una mano a la boca, horrorizada.
—Han tratado esto con todo lo que saben, pero los sanadores dicen que lo más probable es que deje cicatriz —comentó William, bajando la manga —Creí que Gina tendría un infarto cuando me vio, su corazón es delicado y… ¿Qué se supone que les diga a mis hijos cuando pregunten? ¿Que su propia bisabuela quiso matarme?
—Les dirás que una persona mala quiso matarte —contestó Magnolia tras recuperarse de la impresión, viendo al otro sinceramente abatido —¿Escuchaste? Lenox no es tu abuela, por más que la sangre diga lo contrario.
William asintió de forma distraída.
—Por desgracia, no pude aturdir a ninguna y para cuando la aurora Savage me alcanzó, la señora Drake y la otra mujer ya se habían desaparecido. Fuimos directamente a San Mungo.
—Entonces, ¿ya declaraste lo que sucedió?
—Sí, aunque no parecían muy contentos cuando dije que no les vi la cara. Sé que una de ellas era la señora Drake por su voz, pero la otra… Solo pude asegurar que su acento es extranjero.
—Y tu cara… ¿Te golpeaste?
—¿Qué? ¡Ah, sí! Fue uno de los últimos hechizos. Me lanzó hacia atrás y di contra una pared —William se pasó los dedos levemente por la mejilla derecha, cubierta casi en su totalidad por un moretón y un largo arañazo —Con esos hechizos raros que me alcanzaron, los sanadores solo me curaron de forma básica, no quisieron arriesgarse. Pero prometieron estudiar mi caso, por si tenían noticias de algo que me ayudara. Señora Black, ¿por qué…?
—Te dije que conocí a Lenox… Me refiero a Wendy Drake.
William asintió.
—¿Sabes cómo era en el colegio? Una pesadilla muda, así la apodó una amiga. Era un susto que no lograbas entender del todo hasta que era demasiado tarde. Estuvo en Slytherin, por cierto.
—Mi hermana y yo también —indicó William, abatido.
—Oye, no todos los de Slytherin son malos —apuntó Magnolia con una tenue sonrisa, lo que sorprendió al rubio —Los educan de esa forma o no les queda más remedio que defenderse del prejuicio. Lo sé, estuve a punto de ir allí… Pero ese no es el punto. Lenox era de quienes le daba su mala reputación a Slytherin. Su madre era bruja, pero su padre no, y siempre lo vio como un hombre débil. Así que cuando fue al colegio, cortó toda relación con su padre y estudió con ahínco, esperando que la vieran como una bruja que valía la pena. Por desgracia para Lenox, los orgullosos sangre limpia de Slytherin nunca la iban a considerar una igual, sin importar lo que hiciera o dijera, así que se graduó, se fue a Irlanda, se buscó un buen empleo y al estallar las dos guerras fue de las primeras en esconderse. Y ni siquiera tuvo que ir muy lejos, le bastó hacerse pasar por muggle. Así conoció a su marido. Un muggle, igual que su padre.
—Para ser alguien que no le agradaba, sabe mucho de la señora Drake —apuntó William.
—En realidad, todo eso lo averigüé recientemente, con ayuda de una amiga.
—¿Y para qué lo averiguó?
—Lenox nunca me inspiró confianza, tenía que saber con quién estamos tratando ahora que la sacaron de Azkaban. Y déjame decirte que no entiendo cómo semejante mujer puede tener nietos como tu hermana y tú. Cosa de su hija, supongo…
—¿Conoció a…?
William no terminó la pregunta, pero no hizo falta. Magnolia identificó el anhelo en la voz del joven, el deseo de saber quién había sido la mujer que le dio la vida, de la que no guardaba el más mínimo recuerdo. Seguramente su hermana apenas hablaba de ella, ¿y cómo culparla?
—Yo no conocí a tu madre, pero… La aurora Holmes fue su profesora.
—¿Fue…? ¿Fue aurora?
—Sí, Dahlia… La aurora Holmes… me contó que intentó que no renunciara al trabajo.
—¿Por qué renunciaría a…?
—¿De verdad tu hermana no te ha contado nada de su madre?
William cerró la boca, meditabundo. Recordó la cara de Sunny cuando confirmaron que ambos eran hermanos. Había llorado, diciendo hasta el cansancio que su madre los quería, que era su padre el que, de cierta forma, los odiaba. Incluso recordó algo que en aquel entonces, pasó por alto.
—Nuestro padre —musitó, dejando confundida a Magnolia —Sunny le tenía miedo.
Magnolia apretó sus delgados labios, conteniendo la lengua.
—¿En serio?
—Sí, yo… Lo deduzco por la cara que pone cada vez que lo menciona.
—No la culpo. ¿Te ha contado cómo terminó en el orfanato?
—Igual que yo, supongo. Porque nuestro padre odiaba la magia. Aunque no pienso mucho en el tema, tengo otras cosas más importantes de qué preocuparme.
Magnolia dio una cabezada en señal de acuerdo. Si lo que había averiguado era cierto, Wyatt Wilson no merecía ni un pensamiento por parte de sus hijos.
—¿Y qué opinas de lo que hizo Snape? —decidió preguntar la mujer.
A William eso lo tomó por sorpresa. Parpadeó un par de veces con aire confundido, antes de suspirar y encoger los hombros con tal cuidado que Magnolia supo que también ese gesto le dolía.
—Me envió una lechuza —dijo, sonriendo con cierta ironía —Quería que supiera la situación y que Sunny aceptó que la adoptaran. Y mientras Sunny esté bien, a mí no me importa.
—Tenías prioridad para hacer ese trámite, eres el hermano biológico, ¿lo sabías?
—Sí, precisamente por eso Snape me escribió. Quería asegurarse que no tenía intención de…
—¿Y por qué no quisiste adoptar a tu hermana?
—Le sonará raro, pero… Sunny es feliz. Aún cuando se la pasa echando pestes de Snape cuando la tengo en casa, se nota que está bien con él. No quise quitarle eso.
Oyendo al muchacho, Magnolia supo que decía la verdad. Dedicándole una sonrisa, se preguntó si Dahlia no se habría decepcionado porque el hijo de una de sus alumnas más prometedoras no quiso ser auror, aunque esa y otras respuestas tardaría en averiguarlas.
Eso, claro está, si Dahlia cumplía su palabra y regresaba con vida de la guerra.
(1) En japonés, hime significa princesa. El sufijo –sama indica el máximo respeto.
(2) Ginga es la palabra japonesa para galaxia.
(3) El sufijo –ji se está usando como una manera informal de la palabra oji, que quiere decir tío.
(4) El kanji de chi viene de la palabra chikyou, la usada para el planeta Tierra. Curiosamente, ese mismo kanji está en la palabra jigoku, que quiere decir infierno.
19 de febrero de 2013. 10:00 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
Gente, sé que me aman pese a dejarles la cabeza más revuelta que antes. ¿Cómo los ha tratado la vida? Si no me fallan las cuentas, esto lo estarán leyendo en marzo, así que ¿la primavera ya llegó a sus lares? ¿O son del otro hemisferio y están dando la bienvenida al otoño? Como sea, pasemos a lo interesante.
Empezamos en Hogwarts, donde los alumnos están muy concentrados en la copa de quidditch, aunque también de vez en cuando se filtran las noticias del exterior por medios poco usuales, como El Quisquilloso. Hubo un vistazo al carácter de Wenzel cuando lo hacen enfadar, con lo cual muestra su parecido con Paula. La escena no parece demasiado influyente en la trama, lo admito, es más que nada transitoria.
Después, pasamos a Japón, a ver cómo la princesa Aiko solicita ayuda de uno de sus más fieles Concejales, Ryota Hikarikino, que si recuerdan, estuvo presente en una reunión de la renovada Orden del Fénix. Parece que en Japón está por estallar algo que cambiará las cosas radicalmente, por lo que la Familia Imperial está preparándose para lo peor. Otra escena japonesa, de Sakura reunida con tres chicas más (que son descritas a detalle en Juuroku), da a entender que el príncipe heredero Naruhito confía mucho en los novatos (tanto por la misión en Azkaban como por otros detalles, revelados próximamente en Juuroku), solo faltaría saber qué clase de misiones les ha encomendado a ellos y no a ninjas con más experiencia.
De allí, brincamos a Italia, a un paisaje montañoso donde nuestro Tribuno está resolviendo lo que el Cesare le encargó. Para asombro de todos, Garibaldi incluido, se toparon con unos gigantes inusualmente tranquilos, que dejaron su hogar y a su anterior Gurg porque no quieren guerra. Grarup, por cierto, es un personaje canon, seguro adivinan quién, y es quien les ha enseñado a sus congéneres las suficientes cosas como para que llegaran a apreciar a un mago y quisieran negociar. Aquí lo interesante será saber si Capellini dejará de lado su prepotencia en vista de lo que se viene encima.
Finalmente, estamos en Londres, en el Ministerio, con otra escena de transición y aclaraciones. William ha reaparecido y sí, quedó un poco mal, pero sigue vivo, que es lo que importa. Magnolia, a su vez, le ha comentado lo que averiguó de la vida de Wendy Lenox (ahora Drake), y ella reafirma su antipatía hacia alguien que, para ser mestiza, desprecia con creces a los muggles. La rubia le dedica un último pensamiento a Dahlia, esperando que vuelva con bien de la guerra en el continente.
Así las cosas, me despido, esperando que todos estén muy bien y diciéndoles que quizá me lleve más capítulos de lo esperado culminar LAV, debido a la línea temporal (que no puedo avanzar más allá de mayo, no pregunten por qué). Cuídense y nos leemos lo más pronto que pueda.
P.D. A la fecha de la presente nota de autora, sigue en deliberación La Estrella.
