A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Treinta y tres: La Muerte.
22 de mayo de 2021.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
—¡Alighieri anota! ¡Cincuenta a diez a favor de Gryffindor!
La final de quidditch era uno de los eventos más importantes del curso. No había nadie que se la perdiera, o que dejara de ganar algo con ello.
—¿Quién atrapará la snitch, damas y caballeros? —vociferó Miles Richards, caminando entre unos cuantos asientos ocupados por alumnos de Hufflepuff.
—¡Cinco galeones a Mao! —apuntó Sigfrid Blow, alzando una mano.
—¡Veinticinco sickles a Potter! —dijo entonces Archibald Patterson, con una pequeña bolsa marrón en la diestra.
—Eh, Archie, es todo lo que te queda —le advirtió Simon Combs.
—No importa. Hasta ahora, Potter no ha perdido ni un partido.
—Podría ser hoy la primera vez, Patterson, y estarás en la ruina —señaló Blow.
Archibald se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.
En tanto, en una gradería llena de alumnos de Gryffindor, los gritos y los aplausos se sucedían sin parar, agitando banderines y bufandas rojas con dorado. Sus cazadores jugaban con entusiasmo, aunque los de Ravenclaw ese día no se quedaban atrás, menos con las indicaciones de Carolyn Young, hechas a todo pulmón.
—¡Hagen, a la izquierda!
Paula asintió sin girar la cabeza y movió el cuerpo de un tirón, justo a tiempo para esquivar una blugder enviada por Henry, antes de hacer un pase hacia su capitana.
Por desgracia, Rose era una excelente guardiana, por lo que las fintas de Carolyn y Corner no consiguieron una anotación. En cambio, la pelirroja atrapó la quaffle y la lanzó con fuerza hacia su izquierda, donde Alan Copperfield la pescó con una mano y salió disparado.
—¡Copperfield lleva la pelota! —narró Erica Radcliffe con ánimo —Lo apoya Wood, Corner y Young intentan alcanzarlos…
Hally, sobrevolando el campo desde una altura considerable, sonrió. La estrategia de sus cazadores para ese partido estaba funcionando a la perfección.
—¡Anotación por parte de Odette Wood! —vociferó Thomas, alzando un puño en alto —¡Sesenta a diez a favor de Gryffindor! Oigan, parece que los leones ganarán otro año…
—Yo no estaría tan segura, Elliott. Según sé, Young ha entrenado mucho con su equipo.
—Sí, claro, pero debes admitir… ¡Vean eso, justo bajo los aros de Gryffindor!
Hally frunció el ceño, viendo hacia el punto señalado, y dirigió allí su Saeta de Fuego 2.0, sorprendida de que Ryo le llevara tanta ventaja para atrapar la snitch, a menos que…
Tratando de no desviarse, miró a ambos lados y divisando una figura familiar, agitó la mano izquierda tres veces antes de bajarla y seguir descendiendo.
Poco después, Ryo tuvo que ascender con brusquedad al ver una forma oscura cruzándose en su camino y cuando miró abajo, descubrió una blugder describiendo una amplia curva antes de regresar al campo de juego. Para cuando se recuperó de la impresión, un manchón rojo y dorado lo había adelantado. Trató de de darle alcance, pero había perdido valiosos segundos.
—¡Allí la tienen, damas y caballeros! ¡La imbatible Hally Potter! ¡Gryffindor gana!
Ryo agitó la cabeza con una sonrisa de incredulidad. Algo le decía que el apodo recién dado por Thomas a su amiga le quedaría por un largo tiempo.
Aunque, bien mirado, no le disgustaba perder de aquella manera, dando todo de sí mismo.
—Gracias por nada, Mao.
Al dejar el estadio, tras ducharse y cambiarse, Ryo arqueó una ceja ante la queja de un grupo de alumnos de Hufflepuff entre los que se hallaba Sigfrid Blow.
—¿Qué le pasa a ese idiota? —espetó Paula, frunciendo el ceño.
—¡Mao! —llamó entonces Archibald Patterson, con una sonrisa que no encajaba con su aire paciente acostumbrado —¡Dale las gracias a Potter de mi parte!
—Si no supongo mal, apostaron durante el partido —comentó Ryo al ver alejarse a Patterson.
—Ah, ya… Blow seguro perdió porque apostó por ti.
—Sí, es una lástima. Hubiera querido ganarle a Hally esta vez, por Carolyn.
—¿Viste la bludger que te desvió? —la rubia dejó de lado su disgusto para mostrar su asombro —Nunca creí que Hally tuviera pensado algo así.
—Sí, no puedo creer que previera la situación.
—¿De qué hablan? —quiso saber Rose, ladeando la cabeza.
Tras la pelirroja, venían Hally, Procyon y Henry, con enormes sonrisas en los rostros.
—Del desvío con la bludger —respondió Paula —Fue una buena jugada, Hally.
—Gracias. Tuve que revisar el reglamento tres veces para asegurarme de que fuera legal.
—A mí me pareció fantástico —aseguró Rose, avanzando de manera tan entusiasta que parecía dar saltos a cada paso —Y eso que apenas lo practicamos un par de veces.
—Necesitaba precisión, la jugada no está pensada para golpear al buscador, solo para desviarlo —comentó Henry —Además, los golpeadores deben estar atentos a las señales.
—Ya andas menos raro —indicó Ryo, aunque al segundo siguiente se encogió de hombros.
—¿Dónde está la imbatible Hally Potter? —exclamó Thomas de pronto, apareciendo detrás de sus amigos —¡Pronto también serás una leyenda! ¡Y me hiciste ganar veinte galeones!
Acto seguido, el pelirrojo anaranjado abrazó a su amiga, dejándola desconcertada.
—Eh… Me alegra ser útil —musitó ella.
—Considerando en qué se gasta el dinero, no fue bueno que ganara —comentó Danielle.
El resto del camino hacia el castillo, el grupo se topó con Amy y Bryan, dedicándose luego a discutir el partido, sin hacer caso a los apesadumbrados Ravenclaw's con los que se cruzaban ni a los que habían perdido sus apuestas. Llegando al vestíbulo, se separaron rumbo a sus respectivas salas comunes, todavía resaltando los puntos más emocionantes del juego.
La sala común de Gryffindor estalló en aplausos cuando su buscadora estrella atravesó el hueco del retrato, lo que la puso un poco nerviosa. Sonreía y correspondía las felicitaciones, pero no sabía dónde meterse para que la dejaran tranquila.
—Vamos, déjenla respirar —pidió Rose prácticamente a gritos, sacando a Hally de entre un montón de alumnos de quinto y sexto —Y mira que Finnigan decía que no eras buena capitana…
—Lo sé, no hay quién lo comprenda —Hally meneó la cabeza y caminó hacia unas butacas en una esquina —¿No están celebrando? —les preguntó a Henry y a Procyon.
—No queríamos quitarte tu momento de gloria —bromeó el segundo.
—Además, tanta euforia marea peor que un golpe de bludger —añadió Henry, ceñudo.
—¿Y no te sentiste mal en el partido? —quiso saber Hally, ya sin sonreír.
—No. Fue una prueba. Por fin pude quitarme esto de encima…
—¿Quitarte qué? —esta vez fue Procyon el confundido.
Henry miró discretamente a su alrededor, comprobando que el alboroto era lo bastante ruidoso.
—Mi… Mi don me estaba dando problemas —comenzó, pronunciando con lenta cautela —¿Recuerdan la vez que me desmayé? Mi tío vino a verme y me dio una solución, pero…
—¿Pero qué? —se interesó Hally, suspicaz.
—Era un hechizo muy difícil que no me gustó. "Encierra" tus emociones. No dejas de sentirlas, solo no te afectan. Es… Como tener un insecto en la mano. Algo te hace cosquillas, pero nada más.
Procyon y Hally se miraron, sin acabar de creerse que aquello fuera posible.
—¿Todo este tiempo que has estado raro… era por eso? —preguntó finalmente Procyon.
—Sí, lo siento. De pronto sentía demasiado a los demás, no distinguía nada, ni siquiera lo mío. Así que estudié el hechizo y lo hice.
—¿Y te ayudó en algo? —quiso saber Hally.
—Ahora manejo mejor lo que percibo de los demás. Pensé que si en el partido de hoy no me sentía mal, podría quitarme el hechizo. Fue algo… Fue raro tener ganas de sonreír otra vez.
—Pues por mí mejor, me estaba aburriendo tu cara —soltó Rose, cruzada de brazos.
—¿Tú lo sabías, cierto? —Hally se giró hacia su amiga.
—Sí, dijo que me lo contaba solo para que no me preocupara. Como si eso fuera posible…
Henry sacudió la cabeza, como si quisiera quitarse algo de encima.
—De todas formas, estar así me hizo darme cuenta de una cosa. Ya sé por qué últimamente fallaba el control de mi don. Le escribí a mi abuelo y dijo que… Él cree que "evolucioné".
—Suena como una teoría de Darwin —masculló Hally, confundida.
—¿Darwin, una chica pequeñita de Ravenclaw? —preguntó a su vez Rose.
—No, un muggle —contestó Procyon, sin detenerse a preguntar cómo su pelirroja amiga se acordaba del apellido de alguien que no era de su curso ni de su casa —Henry, ¿eso qué significa?
El castaño hizo una mueca antes de contestar.
—¿Les conté que mi tía Itzi tiene más de un don? Hace poco, el de mi abuelo cambió. Antes solo escuchaba lo que piensan los demás. Ahora también puede hacer que oigan lo que él piensa.
—¡Por las barbas de Merlín! —dejó escapar Rose.
—Lo de mi tía Itzi es raro, pero lo de mi abuelo no tanto. Se le llama "evolución" porque el don, en cierta forma, mejora. Y el mío… Creo que los entrenamientos tuvieron algo qué ver…
—¿Los entrenamientos?
—Sí, porque… Ahora no solo capto lo que sienten las personas, también me llega lo que sienten los animales. ¿Y saben cuántos animales hay aquí?
Los otros tres se quedaron en silencio, queriendo hacer un conteo mental de lechuzas, gatos, sapos… Eso sin considerar los animales que vivieran en el lago y en el Bosque Prohibido.
—¿Seguro que estarás bien? —inquirió Hally, sinceramente preocupada.
—Eso creo. No quiero tener que cerrarme otra vez. Usar el hechizo de los sentimientos —aclaró Henry, al ver que Hally y Procyon no comprendían a qué se refería —Es incómodo.
—Por decir lo menos malo —agregó Rose.
Henry asintió. Le dolía mucho lo que percibía en la pelirroja, punzadas de preocupación que se sucedían sin descanso, pero descubrió que no le afectaban en forma física. Se preguntó por qué.
—En ese caso, ¡es hora de la fiesta! —exclamó Procyon, yendo hacia el centro del barullo.
Las chicas lo siguieron, aunque Henry se quedó atrás y no por gusto.
Sintió un repentino malestar que nada tenía que ver con dejar de estar cerrado. Se trataba de la emoción de alguien que, a juzgar por la intensidad, no estaba en la sala común.
Pero lejos estaba de imaginar que la persona ni siquiera se hallaba en el castillo.
Szczecin, Polonia.
Bahía de Pomerania.
Siendo la capital del voivodato de Pomerania Occidental, Szczecin tenía un gran atractivo para varias industrias. Su puerto, por ser uno de los más importantes del mar Báltico, era transitado sin descanso. Barcos aquí y allá, en su mayoría polacos y alemanes, ya eran parte del paisaje normal de aquel sitio, que sin importar que fueran finales de mayo, seguía teniendo cierto clima frío.
Precisamente por su cercanía con la frontera germana, la ciudad fue elegida por la Coalición para intentar entrar a territorio enemigo, a la vez que contactaban con magos polacos.
No habían servido tantas preparaciones.
Un hombre de considerable estatura, enjuto y de revuelto cabello gris, llamó la atención del grupo de aurores alzando las manos y agitándolas un poco. Poco a poco, el grupo guardó silencio y miró con cierto recelo.
Se hallaban en lo que los muggles veían como un enorme almacén abandonado en la orilla de la bahía más cercana a territorio alemán, sede de la Oficina Báltica de Tratos Marítimos entre Magos y Muggles del Ministerio de Magia polaco. Uno de los aurores de la Coalición, de origen francés, tenía familiares que trabajaban allí, por lo que se esforzó en contactar con ellos para saber la situación general de la Polonia mágica. La respuesta que encontró no fue muy alentadora: al igual que en Alemania, cada persona con comportamiento sospechoso era aprehendida por los aurores y llevada a interrogatorio; en ocasiones, al arrestado no se le volvía a ver.
Así las cosas, la Coalición tuvo que planear cuidadosamente su incursión. Al llegar a la frontera polaca, no sabían por qué punto de la misma aventurarse a un país "enemigo", pero entonces uno de los aurores enviado por Reino Unido sugirió tomar el río Oder hacia el norte, para llegar así a Szczecin y ya allí, aprovechar el trajín naval para entrar a Alemania. Al preguntarle cómo sabía todo eso, contestó que en realidad él era polaco, solo que hacía casi dos años que emigró, en vista de lo que Hagen y sus secuaces hacían en todo el mundo.
—Apenas salí del país a tiempo —comentó el auror, abatido —Mi pueblo fue uno de los que Hagen atacó para lograr que el ministro se rindiera.
Bien, al menos por ese lado, tenían un plan. Si tan solo las cosas hubieran funcionado…
—¿Quién eres tú para darnos órdenes? —espetó un mago ancho y corto cabello oscuro.
Algunos otros se unieron a la protesta en diversos idiomas, por lo que el hombre enjuto arrugó la frente, entre disgustado y resignado.
—¡Silencio! —gritó en inglés a una voz femenina —El señor Rozenberg quiere decir algo.
Los británicos descubrieron que se trataba de una colega, Nymphadora Nicté, luciendo una túnica verde oscuro y el corto cabello lacio y castaño oscuro.
El hombre enjuto dio un respingo, pero asintió y le dedicó una sonrisa de agradecimiento a la aurora, quien se separó de él para ir con un joven de túnica naranja oscuro que ostentaba un vendaje en la mejilla izquierda con cierto aire de orgullo.
—No les gusta que el señor Rozenberg sepa más que ellos, ¿eh? —ironizó el joven.
—Por supuesto que no. Lo consideran un insulto.
—¿Exactamente qué va a decirnos que no sepamos ya? —espetó un rubio enorme con cara de pocos amigos y una venda alrededor de la cabeza, cubriendo su frente.
—Vamos, señor Matthews, sin su gente, el señor Rozenberg no hubiera podido…
—A callar, Aspirante. Si tanto te interesa lo que esa cosa diga, atiende.
A continuación, el rubio y unos cuantos más comenzaron a dar media vuelta y se alejaron en dirección a la puerta de aquella sala, cruzándola poco a poco.
—Vaya, no esperaba que el señor Matthews pensara así —el chico de anaranjado se encogió de hombros con ligereza, para acto seguido hacer una mueca.
—Tranquilo, muchacho, ya se dará cuenta solo del error que comete.
—Profesora Tonks…
—Por última vez, Anderson, estamos en servicio. Déjalo en Tonks.
—¿Aunque se haya casado?
La metamorfomaga logró, tras varios días, esbozar una sonrisa y menear la cabeza con cierta resignación. El gesto, sin embargo, no le duró mucho.
—Tonks, ¿tiene idea de lo que sabe el señor Rozenberg?
Ahora ella negó levemente, en silencio, con los ojos fijos en el hombre que, alisando la raída túnica que traía encima, se mostraba un poco más sereno.
—Espero que sea algo que valga la pena —logró decir, sintiendo un nudo en la garganta.
¿Cómo iba a explicarle aquello a Anom? ¿Por que él no estaba allí reclamándole, en primer lugar? Si no hubiera echado en saco roto tantos indicios, quizá…
—Herr Merkel agradece toda la ayuda que puedan proporcionar —decía en ese momento el señor Rozenberg, con voz un poco baja para la cantidad de gente que lo atendía, pero en tono firme —Nos organizamos antes que él firmara la rendición, y nos encomendó la misión de buscar aliados. Además, somos quienes podemos facilitar el paso a nuestro país.
—¿Así de fácil? ¿Vamos con ustedes y entramos a territorio enemigo? —espetó un robusto mago de túnica azul marino, cuyo cuello estaba envuelto en vendas.
—Nuestra… condición… es una ventaja en estas circunstancias —confirmó el señor Rozenberg.
—¡Ni siquiera pudieron advertirnos a tiempo de esa emboscada! —saltó una nerviosa bruja de túnica gris y mustio cabello castaño, señalando con un índice acusador al señor Rozenberg, dejando ver su diestra y parte de ese brazo, cubiertos de vendajes —¿Cómo se dicen aliados si…?
—Eso no fue culpa nuestra —defendió el señor Rozenberg enseguida, recuperando su aplomo —Déjeme adivinar: usted fue una de las personas que no asistió a la reunión de ayer, ¿verdad?
Se hizo el silencio. Varios aurores, de aspectos tan distintos como sus nacionalidades, pusieron la misma expresión de desconcierto y frustración que la bruja castaña, incapaces de creer que se hubieran perdido datos valiosos.
—Estamos aquí hoy para discutir la entrada a Alemania —aclaró el señor Rozenberg con el ceño ligeramente fruncido, haciendo que su rostro, largo y ovalado, adquiriera un aire un tanto salvaje —Si quieren detalles sobre la reunión de ayer, deberán esperar. Y si no quieren que mi gente y yo les ayudemos, no importará. Simplemente regresen a sus países y explíquenles a sus respectivos gobernantes por qué abandonaron a la Coalición a su suerte.
De nuevo, nadie habló. Era increíble que ese hombre, que parecía que se rompería al más débil golpe, estuviera exponiendo aquellos argumentos con la fuerza de un garrotazo. La aurora Tonks sonrió de forma sutil, casi fantasmagórica, antes que Lester Anderson diera unos toquecitos en su hombro para llamar su atención.
—La buscan —susurró el joven, indicando con la cabeza la entrada de la sala.
La aurora, tragando saliva, asintió y miró hacia donde le decían. Una mata de alborotado cabello castaño se movía entre la gente, directamente hacia ellos, y parte de una túnica amarilla quiso hacerla sonreír, aunque sabía que no había motivos.
—¿Nympha? ¿Todo bien? —inquirió el recién llegado, con los ojos grises revelando un brillo suspicaz —Apenas me llegó el mensaje y pedí permiso para venir. ¿Qué…?
Por toda respuesta, ella pidió silencio con un ademán y señaló al señor Rozenberg.
—Bonito amigo —musitó el castaño, sonriendo con ironía, arrugando un poco la nariz.
—Se pueden esquivar las alarmas —prosiguió el señor Rozenberg, sin mostrar en su rostro la más mínima expresión, ganándose la inmediata atención de los presentes en su totalidad —Es difícil y claro, si no se hace con cuidado, levantará sospechas. Es por eso que sus compañeros están tan enfadados como para haberse marchado. O para no haber asistido a la reunión de ayer.
—¿Ayer hablaron de esto? —inquirió el de túnica amarilla en un susurro bien disimulado.
—Sí, fue la primera reunión que pudimos hacer después de la emboscada —contestó Anderson.
—¿Exactamente en qué radica la ventaja de su… eh… condición? —inquirió la bruja de túnica gris que minutos antes se había comportado tan groseramente.
—Parece que las alarmas no están pensadas para reaccionar con nosotros —respondió el señor Rozenberg con cordialidad, lo que desconcertó varios que, por lo visto, esperaban que la ignorara.
—¿Cómo es eso? —se interesó un mago de túnica verde esmeralda.
—No estamos seguros, pero por nuestra experiencia, estas nuevas alarmas se basan en la detección de magos "normales" y como no entramos en esa categoría…
—¿Pero cómo pondrían semejantes alarmas en toda Alemania?
—Buena pregunta. Si lo supiéramos, podríamos investigar cómo retirarlas el tiempo suficiente como para entrar. Pero cuando salimos de Alemania, uno de nosotros las pudo atravesar sin que le echaran encima, por lo que comenzamos a preguntarnos la razón. Fue tras varias observaciones que llegamos a la conclusión que acabo de decirles.
—¿Entonces cuál es el plan? —quiso saber un hombre larguirucho de túnica azul.
—Seremos nosotros quienes los vamos a introducir al país.
A eso siguió una especie de ola de susurros, que creció conforme aumentaba la sorpresa y la indignación. El señor Rozenberg, ceñudo, parecía dispuesto a echar otro sermón, pero entonces un brazo envuelto en amarillo se alzó, llamando su atención.
—¿Está completamente seguro de que su condición es la causa para que no salten las alarmas?
La pregunta, hecha con seguridad y un fluido inglés con ligero acento, atrajo la atención hacia aquel con una túnica lo suficientemente llamativa como para convertirse en blanco humano en el campo de batalla, que por cierto, era a donde se dirigían. El castaño ignoró todos aquellos ojos y se fijó únicamente en el señor Rozenberg, quien aparentemente, no sabía cómo reaccionar.
—Eh, usted no es auror —espetó un gran mago de cabello rubio y túnica roja.
—Pues no. Pero actualmente trabajo en el Departamento de Misterios del Ministerio de Magia británico y quizá pueda serles de ayuda.
—¿Por qué Reino Unido nos enviaría a uno de esos magos raros?
El mago rubio de túnica roja comprendió, en cuanto acabó la despectiva pregunta, que cometió un error. No solo por la mirada del tipo, cuyo color gris parecía obscurecerse, sino por el chico de túnica anaranjada a su derecha, que lo veía con enfado, y por la mujer de túnica verde oscuro que antes ayudara al señor Rozenberg: para su sorpresa, mostraba ahora un encendido cabello rojo.
—En realidad, Reino Unido me envió por un trabajo de campo completamente diferente —indicó el castaño, sonriendo un poco —Pero ya que estoy aquí, puedo echarles una mano.
—¿Tenemos aspecto de necesitar ayuda como la tuya?
—Usted parece el menos indicado para preguntarme eso.
El aludido, un mago bajito de túnica negra cuyo ojo derecho estaba cubierto por algodón y vendas, enrojeció y lo dejó en paz.
—Disculpe —llamó el señor Rozenberg con amabilidad —Herr…
—Nicté.
—Ah… Ese no es un apellido británico, ¿cierto?
—Pues no, soy mexicano.
Algunos susurros de incredulidad se alzaron ante esa afirmación. Muchos europeos eran de la idea de que los magos mexicanos apenas si tenían contacto con el exterior.
—Herr Nicté, ¿cómo cree usted que puede ayudarnos? —inquirió el señor Rozenberg.
—En primer lugar, deberá ponerme en antecedentes —aclaró Anom Nicté con seriedad —Acabo de llegar. Esperaré afuera a que termine de hablar con los aurores y…
—Sería conveniente escuchar sus ideas ahora, ya que el plan depende mucho de que nosotros no seamos detectados por las nuevas alarmas alemanas.
—Lo pondré al corriente —dijo la aurora Tonks, con lo que sus compatriotas parecieron recordar que, después de todo, era la esposa de Anom —Anderson, atento —le susurró.
El chico asintió con una sonrisa que se transformó en una mueca de dolor que apenas le duró dos segundos. Cubierto ese punto, la metamorfomago le pidió a su marido con un ademán que salieran de la sala, a lo cual él obedeció.
Antes de cerrar la puerta tras ellos, oyeron cómo el señor Rozenberg se ponía a hablar otra vez, diciendo algo sobre evitar más bajas. Eso hizo que Anom mostrara su desconfianza.
—¿Exactamente qué pasó, Nympha? —soltó, intentando que no sonara a reclamo —Hace días que no sé nada, y mi papá llevó a los niños con Andrómeda antes de largarse a quién sabe dónde…
—Lo sé —susurró la aurora Tonks, haciendo una mueca antes de indicarle que caminaran por el estrecho pasillo al que habían salido —Acab está aquí.
Anom no esperaba eso. Parpadeó una, dos, tres veces, confundido, antes de negar con la cabeza y musitar unas cuantas palabras que, supuso Tonks, serían español o maya, puesto que no las entendió. Cuando él finalmente se calmó, habían llegado al vestíbulo del edificio, extrañamente vacío, y tomaron asiento en una de las bancas donde normalmente, magos y brujas esperaban a ser atendidos, pero que en esos días no se ocupaban con frecuencia.
—¿Recuerdas que Acab no se veía muy contento con que viniera? —inquirió la aurora Tonks.
Anom asintió. ¡Cómo olvidar aquello!
—Cuando la señorita Holmes nos dijo que enviaría gente al continente, Acab adivinó que querría venir, me eligieran o no, por lo que me aconsejó pensarlo bien, sobre todo por los niños. Después, cuando no me escogieron, se calmó, ¿lo notaste? —otro asentimiento de Anom —Incluso diría que se sentía aliviado. Pero luego va Harry y nos manda a Anderson y a mí aquí, y de nuevo lo noté nervioso. Como si quisiera decirme algo importante para que no aceptara la misión, pero se lo tuviera que guardar. Al final se quedó callado e incluso me prometió cuidar de los niños.
—Lo hizo… Es decir, cuidar a los niños. Tuve muchas horas extras últimamente y…
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Un encargo complicado del departamento. Pero entonces, si mi papá está aquí, ¿por qué no lo vi en la reunión? ¿Solo dejaban entrar aurores o…?
La aurora Tonks meneó la cabeza y en ese momento, su marido notó que el color rojo que antes luciera debido al enfado había desaparecido, dando paso a un apagado tono castaño.
—Nympha, ¿qué…?
Ella agitó la cabeza, y Anom alcanzó a notar que le brillaban los ojos.
—Lo siento, Anom. Lo siento mucho…
Él intentó permanecer sereno, aunque por dentro se le desgarrara el corazón, temiendo lo peor. Inhaló y exhaló lenta, profundamente, antes de hacer una terrible pregunta.
—¿Entró en combate, Nympha?
Trató de no mostrarse débil cuando su esposa asintió. Lanzó otra cuestión espantosa.
—¿Y murió?
Esta vez ella negó, mirándose las temblorosas manos, abriendo y cerrando la boca solo un poco, como si no supiera dar con las palabras que necesitaba.
—¿Entonces? ¿Qué pasó con él?
—No lo sabemos —respondió la aurora finalmente, cerrando las manos en apretados puños.
Y para sacar de dudas a Anom, la metamorfomaga relató lentamente lo acontecido días atrás.
***Inicio de remembranza***
13 de mayo de 2021.
Debido a innumerables contratiempos en diversas fronteras, consecuencia directa de no reportarse en el Ministerio de Magia francés (y conseguir con ello un permiso internacional de tránsito), Nymphadora Nicté y Lester Anderson tardaron más de lo previsto en llegar allí, siguiendo los movimientos de la Coalición. Por fortuna, ambos sabían de transportes muggles, lo cual les facilitó las cosas en algunos puntos del camino, porque bien mirado, ¿qué terrorista mágico buscaría aurores viajando en un tren muggle?
Llegaron a Szczecin al enterarse que había mucha gente extraña entrando y saliendo del puerto. Allí, Anderson se encargó de las indagaciones pertinentes para dar con el punto de reunión para los que iban a intentar entrar a Alemania. Con sumo cuidado, se encaminaron a la Oficina Báltica de Tratos Marítimos entre Magos y Muggles del Ministerio de Magia de Polonia, deseando haber llegado a tiempo.
En el vestíbulo, una amplia sala con suelo de enormes losas de piedra gris y altos techos curvos, el ajetreo histérico de magos y brujas demostraba que algo malo había pasado. Sin tardanza, la metamorfomaga se acercó al mostrador, donde tres temblorosas chicas con túnicas rojas de un tono oscuro, que no debían pasar de los veinte años, intentaban por todos los medios contener a la gente que acudía a ellas en busca de noticias.
—Lo siento, no tengo esa información —una de las chicas, menuda y de cabello rizado, apenas si podía sostenerle la mirada al mago rubio y de gran estatura que la miraba de forma intimidante.
—¿Es que nadie puede decirnos qué hacer ahora? —se desesperó el mago, llevando una mano a su frente.
—¡Eh, Matthews! ¿Quieres hacer el favor de calmarte? —exclamó la aurora Tonks.
—Disculpe —Anderson, viendo allí una oportunidad, se dirigió a la bruja menuda del mostrador —Somos aurores británicos, venimos con los de la Coalición.
—Señor, yo… No sé nada de…
—Calma, solo queremos hablar con quien esté a cargo. ¿Dónde está esa persona?
Titubeante, la chica señaló una puerta a su derecha.
—Gracias. Profesora Tonks…
—Muchacho, estamos en servicio, soy tu colega.
—¿Qué hacen aquí, Tonks?
La pregunta de Matthews no carecía de suspicacia, pero la mencionada lo ignoró.
—Lo siento, costumbre —respondió Anderson, mirando con cautela al auror rubio —Ya sé dónde está la persona con quien hay que reportarnos.
—Bien. Y por favor, Matthews, trata mejor a los civiles, no necesitan que los asustemos más.
La metamorfomaga sacudió la cabeza, donde su corto cabello, hasta hacía unos segundos de color rubio brillante, se volvió castaño claro, cayendo en suaves ondas por su nuca. Ella y Anderson esquivaron a varias personas para llegar a la puerta, la cual golpeó el chico un par de veces con los nudillos antes de abrirla y cederle el paso a su acompañante.
Al otro lado, una oficina elegante con un montón de estanterías revelaba que era de un mago de alto rango en aquella rama del Ministerio de Magia polaco. Pero eso no fue lo que los dejó pasmados, sino un hombre muy alto y delgado, vestido con una desgastada túnica gris, atendido por un hombre musculoso de abundante cabello castaño oscuro, ataviado con una túnica de un verde desvaído que también había conocido mejores tiempos; junto a él estaba un muchacho cuyo detalle más peculiar era el mechón azul turquesa en el flequillo. El de túnica gris, sentado en una butaca, hacía varias muecas cuando el joven de mechón azul tanteaba su brazo izquierdo, cuya carne tenía un color rojizo poco saludable.
—¿Quiénes son ustedes? —quiso saber la persona sentada tras un amplio escritorio de madera, con cara de mal genio. Se trataba de un hombre de espalda ancha, moreno, de cabellos grises debido a muchas canas, que lucía una túnica negra con botones dorados que delataba lo costosa que era.
—Aurora Tonks, Aspirante Anderson —presentó ella en tono profesional, irguiéndose lo más posible —Nos envía el Comandante interino británico. ¿Con quién tenemos el gusto?
—¿Y para qué se les envió?
—Herr Kopernik, no debería…
—Silencio, o ustedes y los suyos saldrán de la oficina en menos de lo que canta un augurey.
Mientras Anderson se quedaba estupefacto, Tonks vio a los presentes, por si reconocía a alguien.
—¿Tú no eres el chico Woolf? —inquirió de pronto.
El joven del mechón azul turquesa asintió, sin mirarla, muy concentrado en examinar el brazo del de túnica gris. No fue sino hasta que vendó la herida que se irguió y fijó en ella los ojos, con una mueca de incomodidad y disgusto, al tiempo que su mechón colorido se ponía gris y sin brillo.
—Hola, señora Nicté —saludó sin sonreír, lo que parecía un doloroso presagio de lo que fuera que ocurriera allí —Me alegra verla. Le presento a Niels Mohr —indicó con un ademán al de túnica desvaída verde, quien inclinó la cabeza —Y nuestro convaleciente es el señor Wilhelm Rozenberg —añadió, con lo cual el de túnica gris y brazo vendado les dedicó un gesto de reconocimiento.
—¿Nicté? ¿No acaba de decir que es Tonks? —farfulló el señor Kopernik, de mal talante.
La nombrada quiso contestar, pero decidió que no valía la pena y se encogió de hombros.
—¿Quiénes son ellos exactamente? —quiso saber, dirigiéndose al muchacho.
Lycaon Woolf carraspeó, moviendo los ojos nerviosamente hacia el señor Kopernik por un segundo.
—El señor Mohr estaba guiando a un grupo de refugiados —contestó —Lo conocí en Noruega.
—¿Noruega? ¿Y qué anda haciendo aquí entonces, señor Mohr?
Dada la cordialidad en la voz de la aurora Tonks, el aludido esbozó una tenue sonrisa.
—Nos enteramos que unos camaradas que salieron de Alemania necesitaban ayuda —respondió con lentitud, como probando su inglés —Retrocedimos para invitarlos a ir a Reino Unido con nosotros, pues ya habíamos solicitado permiso de residencia, y al alcanzarlos, Herr Rozenberg argumentó que él y su grupo todavía no dejarían el continente porque se comprometieron a prestar un servicio a la Coalición.
—Como si hubiera valido de algo… —masculló el señor Kopernik.
—Disculpen, ¿podrían explicarnos exactamente qué sucedió? —inquirió Anderson, intentando por todos los medios ser cordial pese a que empezaba a impacientarse.
—Herr Merkel firmó la rendición, como saben —comenzó a relatar, para sorpresa de Anderson y Tonks, el señor Rozenberg, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en su vendaje —Pero antes de eso, mandó llamar a unos cuantos de su entera confianza. Había recibido algún tipo de aviso sobre lo que pasaría; es decir, que Hagen le exigiría dimitir, y consideró que podría ser más útil vivo que muerto. Así que nos informó que se rendiría, pero que debíamos abandonar el país lo más pronto posible, con todo y nuestras familias, dispuestos a buscar aliados que quisieran ayudarle a recuperar el mando de Alemania.
—Es decir, que el Ministro alemán es aliado —señaló Anderson, con el rostro serio.
—Sí. Hemos viajado por todo el continente de forma lenta, incluso usamos transportes muggles, con tal de no ser detectados —continuó —Una suerte que varios de nosotros sean hijos de muggles, si no…
—Hace más de un año que Merkel se rindió —soltó la aurora Tonks —¿Por qué no sabíamos esto?
—No habíamos contactado con la gente adecuada… Y que nos creyera —respondió el señor Rozenberg con un gesto de amargura tan fugaz que la metamorfomaga creyó haberlo imaginado —En su país es distinto, por lo que sé, pero en la mayoría del continente no nos reciben bien por ser licántropos.
Ah, con que se trataba de eso. Para la aurora Tonks no representaba un problema, lo mismo que para Anderson, o eso supuso por la mueca de extrañeza del chico, pero por lo visto al señor Kopernik le fastidiaba tener que convivir con semihumanos más de lo estrictamente necesario.
—Allí entro yo, creo —apuntó Lycaon, intentando verse un poco más animado de lo que se sentía en realidad, a la vez que con un rápido gesto de aparente dolor, el mechón coloreado de su flequillo regresaba a ser azul turquesa —Mi padre trabaja en la Oficina de Coordinación de Licántropos, le llegó un aviso de que Cooperación Mágica Internacional iba a conceder las licencias de residencia al grupo del señor Mohr y me envió un mensaje para que se lo dijera, aprovechando que fui a Noruega por asuntos de Gringotts. Cuando lo encontré, el señor Mohr y su grupo estaban por venir aquí, así que los acompañé y al presentarme al señor Rozenberg, comenté que seguramente los aceptarían de buena gana a él y los suyos en Reino Unido, más con semejante bomba de información. Estábamos en la frontera, donde logramos que la Coalición no lanzara maldiciones contra el señor Rozenberg y sus compañeros por ser alemanes, y justo a tiempo, porque llegó un grupo de Hagen que estaba patrullando.
Ahora comprendían la presencia de los múltiples heridos y el caos del vestíbulo.
—Pudimos contenerlos, pero en un momento dado nos superaron en número sin que nos enteráramos de cómo fue posible, así que tuvimos que desaparecernos —agregó el señor Mohr, cuya voz sosegada y firme hacía que la aurora Tonks recordara a Kingsley Shacklebolt —Herr Rozenberg fue el de la idea de llegar a aquí, era el sitio ministerial más cercano a la frontera, y desde allí podríamos coordinar un mejor plan para entrar a Alemania. Pero olvidamos por completo que Polonia tiene fuertes políticas contra los semihumanos y solo logramos que no nos delataran con Hagen y su gente, dado que también es un país que se rindió.
—¿Eso cuándo fue? Me refiero a lo de la frontera…
—Apenas hace unas horas. Unos pocos de la Coalición se habían adelantado para cumplir con el papeleo, y por eso se pusieron como locos cuando vieron el estado en el que llegaron sus compañeros.
La aurora Tonks contuvo a duras penas el maldecir por lo bajo. ¿Esa sería la emboscada que Turner quería evitar? Por alguna razón, pensaba que no.
—¿Por qué no los siguieron? —inquirió entonces Anderson, ceñudo —Si Polonia se rindió…
No terminó la frase. Sin que se dieran cuenta, en el exterior la gente había aumentado de volumen sus gritos y reclamos, hasta convertirlos en un clamor desordenado y preocupante. Los presentes en esa oficina intercambiaron miradas antes que la aurora Tonks sacara la varita, haciendo ademán a Anderson para que la imitara. Para sorpresa de ella, el joven Woolf y el señor Mohr le hicieron segunda.
—Herr Kopernik, le recomiendo que se quede aquí con Herr Rozenberg —indicó el señor Mohr, con un deje de severidad en su voz.
—¡Debe estar bromeando!
—No. Usted es una persona importante. Sea lo que sea que ocurra afuera, no podemos permitirnos perderlo. Y haría bien en vigilar que las heridas de Herr Rozenberg no empeoren.
Parecía que acababan de darle una bofetada, pero el señor Kopernik acabó asintiendo, de mala gana.
Así, Anderson abrió la puerta y dejando los modales de lado, salió en primer lugar al exterior, seguido de cerca por una Tonks que tuvo que entrecerrar los ojos ante la enorme cantidad de destellos causados por los hechizos que cruzaban el lugar en todas direcciones. Al segundo siguiente supo que esa pequeña distracción pudo costarle caro si Anderson no hubiera conjurado un Protego prácticamente en cuanto salieron.
—Buen trabajo —indicó, a lo que Anderson le correspondió con una vaga sonrisa —Ahora, veamos a qué nos enfrentamos y recuerda: nada contra la ley.
Anderson asintió, movió la varita y su encantamiento escudo se desvaneció, permitiéndole avanzar hacia la multitud, entre la cual no tardó en perderse de vista.
Tras la aurora Tonks, el señor Mohr y Lycaon se habían ido moviendo con una mezcla de rapidez y cautela que desconcertaba tanto a la gente que les dejaban vía libre para avanzar. Pronto llegaron ante unos magos de túnicas negras y rostros cubiertos, que se dedicaban a lanzar hechizos sin cesar, por lo que conjuraron diversos rayos a la vez. Eso originó un duelo que apartó a la gente en cuestión de minutos, debido a la habilidad de los involucrados y a la potencia de los rayos luminosos.
Tonks, en tanto, había corrido hacia el otro lado del vestíbulo, intentando que nadie resultara herido por las maldiciones que seguían siendo dispersadas por otros magos de cara cubierta. La metamorfomaga se preguntó de dónde habrían salido, aunque considerando que Polonia, como Alemania, era un país caído, no le costó imaginar una respuesta.
Seguramente alguien en la Oficina Báltica era espía de Hagen y dio el soplo sin misericordia.
Mascullando con rabia, la aurora agitó la varita por quinta vez… ¿O por séptima? Ya no lo sabía. Solo estaba consciente de que debía levantar escudos mágicos cada que lograba ver un rayo de luz dirigirse hacia los civiles que, por lo repentino del ataque, no consiguieron salir a tiempo del edificio. De repente, pasó de proteger personas a batirse en duelo con un tipo que le salió al encuentro bruscamente, de quien no se le veía el rostro pero cuyos movimientos le resultaban ligeramente familiares…
—¡Tonks, paso a la izquierda!
Sin cuestionar la indicación, ella obedeció, lanzando entonces el último hechizo a su contrario, con el cual lo derribó, dejándolo inconsciente. A la vez, vio por el rabillo del ojo que un rayo inusual, de color entre violeta y rojo, pasaba a su derecha a toda velocidad.
—¿Está bien? —quiso saber Anderson, saltando un par de sillas volcadas para llegar a su lado.
—Sí, muchacho, gracias.
—Maldita sea, ¿qué hace ese tipo aquí? —oyeron gritar a Matthews, que se encargaba de atar con cuerdas salidas de su varita al que fuera adversario de la aurora Tonks.
—¿De qué hablas?
Tanto la metamorfomaga como Anderson se acercaron a su camarada y al caído. Solo en ese instante comprendieron por qué Matthews se veía tan alterado. Esa cara contrahecha era inconfundible.
—¿No han leído noticias desde que salieron de Gran Bretaña? —recriminó la aurora Tonks.
—¡Como si hubiéramos podido hacerlo! —espetó Matthews a su vez, iracundo.
—Señor, fue noticia internacional —indicó Anderson con una mueca, con lo cual la aurora Tonks supo que el respeto del chico por varios de sus futuros colegas estaba cayéndose a pedazos —La gente de Hagen logró sacar a varios presos de Azkaban.
—¿Qué?
No tuvieron tiempo para seguir discutiendo, ya que los conjuros seguían volando a su alrededor. Sin mediar palabra, volvieron a lo suyo, coincidiendo por primera vez en el día al preguntarse dónde estaban los refuerzos o si el Ministerio de Magia polaco estaba atado de manos por orden de Hagen.
La respuesta llegó momentos después, cuando lograron, poco a poco, que los encapuchados retrocedieran hasta comenzar a desaparecerse. Los miembros de la Coalición, al notar eso, de inmediato quisieron impedirlo, pero pocos lo consiguieron. Al finalizar aquel extraño ataque, lo único que quedó fue un inmueble lleno de lamentos, lesionados y confusión.
—¡Atención! —una voz masculina se alzó tras unos minutos, dejando claro que su dueño, quien resultó ser el señor Mohr, utilizó un Sonorus para hacerse oír —Damas y caballeros que estén en condiciones, por favor, atiendan a los heridos. ¿Quién está al mando del grupo de la Coalición?
—Creo que yo —manifestó un mago de manchada túnica color vino, sonrojado por llamar tanto la atención, antes de revolverse el flequillo rubio; su cabello era largo e iba atado a la nuca en una maltrecha coleta —Nuestro líder era Robespierre, un auror francés, pero… —miró por encima de su hombro con una mueca de tristeza, tras lo cual se aclaró la garganta —Soy Karol Fahrenheit.
—¿Fahrenheit? —se extrañó el señor Mohr, frunciendo el ceño —¿Usted…?
—Soy refugiado de Reino Unido.
El tono de voz del señor Fahrenheit dejó bien claro que había algo que el señor Mohr no debía decir, por lo que el segundo dio una cabezada y miró a su alrededor.
—Herr Fahrenheit, tendrá que pasar revista de sus compañeros —indicó el señor Mohr.
—Sin problema —el aludido asintió, dio media vuelta y se perdió entre la multitud.
—Esto no me gusta —indicó entonces el señor Mohr, sorprendiendo a la aurora Tonks —Sé que Polonia se rindió, ¿pero quién daría la alarma de que la Coalición estaba aquí?
—Alguien leal a Hagen, seguro —aportó Anderson, cruzándose de brazos.
—No tendría mucho sentido —comentó de pronto Lycaon Woolf, haciendo que Anderson diera un respingo, pues no se había dado cuenta que lo tenía a la izquierda —Esta oficina es de las menos vigiladas del Ministerio polaco, por eso la Coalición acordó venir aquí si algo salía mal en la frontera. Se lo oí decir a uno de los aurores… Un portugués, ¿o era español? Su acento al hablar es…
—Eso no descarta que haya alguien en esta oficina que le sea leal a Hagen —lo cortó la aurora Tonks.
—Cierto, pero tomando en cuenta que Herr Kopernik declaró que la oficina se mantuviera al margen de cualquier política apoyada por Hagen…
—¿Por qué es tan importante el señor Kopernik? —intervino Anderson, disgustado.
—¿No lo saben? Él es…
El resto de la frase del señor Mohr quedó ahogada por el sonido de una aparición cerca de ellos. Esperaban que no fueran más seguidores de Hagen o gente del Ministerio de Magia polaco (que para efectos prácticos, venían a ser lo mismo). Se toparon con un hombre alto, con el rostro cubierto por la capucha de su capa… color azul eléctrico. La imagen resultaba tan inesperada que ninguno se acordó de alzar la varita.
Lo que fue una suerte, de hecho.
—¿Quiénes son los enviados por Potter? —inquirió la figura con voz enérgica, hablando con un inglés de fuerte acento mediterráneo. ¿Italia? ¿Turquía, quizá?
—Nosotros —respondió Anderson con aplomo, colocándose a la izquierda de la aurora Tonks.
—Soy su contacto —indicó el sujeto, avanzando unos pasos, quedando de pie, muy recto, prácticamente, frente al señor Mohr —¿Contraseña?
—El ruiseñor cantó —pronunció la aurora Tonks.
El de túnica azul eléctrico asintió.
—Tal parece que se las arreglaron sin ustedes —comentó, girando el rostro hacia la metamorfomaga —Tanto el grupo de licántropos como los de la Coalición. Llegaron a la frontera antes de lo previsto.
—Oiga, nosotros… —intentó protestar Anderson.
—Tuvieron contratiempos, lo sé —cortó el recién llegado, alzando una mano en ademán apaciguador —No es eso a lo que vengo. Solo necesito informarme de qué pasó aquí.
Tras intercambiar miradas con los otros tres varones, la aurora Tonks hizo un resumen de la pequeña batalla ocurrida en la Oficina Báltica. Cuando terminó, el de capa azul eléctrico inclinó la cabeza, pensativo, antes de comenzar a hablar.
—Hugo deja en paz este sitio porque cree que sería estúpido hacer quedar mal a Kopernik. A su vez, Kopernik no hace nada evidente contra él para que Hugo relaje la vigilancia. Alguien dentro de la oficina debió avisarle a cierta gente de Hugo para seguir a los de la Coalición hasta acá. A espaldas de Hugo, por cierto —concluyó, pronunciando la última frase como una idea tardía.
—¿El Terror Rubio no sabe que su gente vino a atacarnos? —indagó Lycaon, incrédulo.
—Ahora mismo, no. Se acabará enterando y a los implicados les caerá un buen castigo, sobre todo porque ustedes han recapturado a unos cuantos de Azkaban, si no me equivoco.
—¿Podemos contar con que la Oficina Báltica seguirá siendo segura para la Coalición? —quiso saber la aurora Tonks, con algo de prisa.
—De momento, pero les sugiero irla vaciando lo más pronto posible. Kopernik no se opondrá, lo tenía previsto casi desde que lo relegaron aquí, pero la Coalición es otra cosa. Creí que Rozenberg y los suyos los meterían a Alemania antes de la emboscada.
—No quisieron creerle, para variar —señaló el señor Mohr, dándole a su serena voz un matiz de ironía.
El sujeto soltó una maldición por lo bajo en un idioma que ninguno de los presentes reconoció.
—Espero que dejen sus estúpidos prejuicios de lado antes que causen más muertes —señaló el individuo con evidente mal humor —Es la única oportunidad de la Coalición para entrar a Alemania, díganselo a todo aquel necio que no lo entienda. De momento puedo garantizarles… dos semanas.
—¿Dos semanas? —se extrañó Anderson.
—Sí, tienen dos semanas para vaciar la Oficina Báltica de tal forma que el Ministerio polaco no lo note. Los empleados deberán irse a casa, salir del país si pueden. Tenemos suerte, ahora mismo Hugo está ocupado con otro asunto, pero en cuanto se entere de lo que pasó aquí…
La frase quedó en suspenso, pero ninguno necesitó que se completara.
—De acuerdo, pero nadie de esta oficina querrá irse dejando aquí a Herr Kopernik —indicó el señor Mohr —Y Herr Kopernik no querrá salir de Polonia.
—Pues llévenselo a rastras, atado de pies y manos, ¡aturdido, de ser necesario! Es mejor un Ministro vivo en el extranjero que un Ministro muerto en su patria.
Anderson no pudo disimular su asombro tan bien como la aurora Tonks; de todas formas, a ninguno le gustó mucho saber que se habían portado un poco mal con el Ministro de Magia polaco.
—Mientras tanto, veremos qué otra información les conseguimos del traidor —prosiguió el de capa azul, dirigiéndose a la aurora Tonk —Pero permanezcan atentos, por favor. Y les recomiendo investigar quién de esta oficina le dio el soplo a la gente de Hugo.
—Cuente con ello —aseguró la aurora Tonks
En cuanto oyó eso, el sujeto asintió y levanto de nuevo una mano, esta vez en señal de despedida, antes de desaparecerse. La aurora Tonks, al girarse hacia los otros tres, encontró desconcierto y horror en los rostros del señor Mohr y de Lycaon Woolf.
—¿Un traidor? —musitó el segundo —¿En la Coalición?
Antes que alguien pudiera decir algo más, el señor Fahrenheit se acercó a paso rápido, con semblante preocupado y confuso a un tiempo.
—Identificamos a todos los caídos, excepto a uno —indicó —Y a decir verdad, no se puede decir que sea un caído, no está muerto. Pero no reacciona con ninguno de los hechizos de reanimación que conocemos.
Eso llamó la atención de los cuatro, quienes se apresuraron a seguir al señor Fahrenheit cuando dio media vuelta para desandar su camino. La aurora Tonks fue reconociendo el punto del edificio donde ella había estado peleando, mirando por primera vez los destrozos en el mobiliario, los puntos chamuscados donde hechizos perdidos habían impactado, incluso un par de cuerpos cubiertos por sábanas blancas…
—Aquí —indicó el señor Fahrenheit, tras aclararse la garganta —No vino con ustedes, ¿cierto?
Se dirigía a la aurora Tonks y a Anderson, siendo él quien negara con la cabeza, ya que ella parpadeaba rápidamente, intentando aclararse la visión aunque no hubiera nada malo con sus ojos.
Una figura de túnica marrón oscuro estaba tendida boca arriba, siendo evidente que la habían movido de como cayó originalmente para revisar sus signos vitales. El rostro mostraba una palidez enfermiza, y el revuelto cabello se veía lleno de polvo. Visto así, parecía que bastaría una sacudida para despertarlo.
Pero Acab Nicté no dormía y eso era lo desgarradoramente importante.
***Fin de remembranza***
—Lo hemos intentado todo —musitó la aurora Tonks con un hilo de voz —El señor Kopernik llamó a un sanador amigo suyo, que lo examinó de pies a cabeza, y no supo decirnos qué le había pasado. Lo que sí averiguó es que fue víctima de más de un encantamiento a la vez, pero no logró distinguir de cuáles se trataban. Anom, no tenía idea…
El aludido pareció reaccionar de golpe al oír su nombre y sin perder tiempo, abrazó a su mujer.
—No fue tu culpa —murmuró con toda la firmeza que era capaz de manifestar.
—Pero de haberlo escuchado… De haberme negado a venir…
—Nunca te lo habrías perdonado. Y él lo sabía. Supongo que por eso…
—¿Y por qué vino, en primer lugar? ¿Me estaba siguiendo?
—Sospecho que cuando mi papá fue a México, habló con Itzi y ella quizá…
La aurora se apartó de Anom con el desconcierto reflejado en su cara, al menos por dos segundos, lo que tardó en atar cabos y abrir los ojos como platos.
—¿Crees que…? —comenzó.
—Sí. Tal vez mi prima soñó algo respecto a ti y se lo dijo a mi papá.
—¿Entonces por qué no me avisó?
—Rara vez se puede cambiar lo que sueña Itzi —contestó Anom, decaído —Ella todo lo que puede hacer es, primero, intentar no olvidarlo cuando despierta, y segundo, investigar de qué se trata, sobre todo cuando están involucrados lugares o personas que no conoce. Además, nunca se sabe cuándo pasará lo que sueña.
—Acab debió avisarnos, de todas formas.
—Quizá, pero ya no importa. Eh… ¿puedo verlo?
Ante eso, la aurora Tonks asintió, poniéndose de pie y señalándole el pasillo por el habían llegado. Anom la siguió, pasando de largo la puerta de la sala donde los aurores de la Coalición seguían deliberando con el señor Rozenberg. Llegaron hasta el final, donde ella llamó con suavidad a una puerta situada a su derecha. Una voz le dio el paso y abrió.
La habitación, con sus paredes pintadas de un blanco inmaculado y varias camas, revelaba así su condición de enfermería. Casi junto a la puerta, leyendo con atención un largo pergamino, se hallaba un mago de cabello grisáceo muy bien cortado, ataviado con una túnica color verde lima oscuro, que en ese momento quitó los ojos, de un opaco color verde, de su lectura.
—Ah, señora Tonks —saludó con vaguedad, arrugando la frente —¿Quién viene con usted?
—Mi marido. Acaba de llegar y quiere ver a su padre.
El hombre asintió, le indicó con un gesto que podía adentrarse a la enfermería y siguió leyendo.
Caminaron por el hueco centrar entre las dos hileras de camas de la habitación, hasta que la aurora Tonks torció a la izquierda al fondo, y Anom tragó saliva. Era justo como ella describió.
—Hola, Acab —pronunció la metamorfomaga con fingida ligereza —Llegó Anom.
Nada. Ni una ligera mueca cruzó el rostro impasible y pálido de Acab Nicté ante las palabras de su nuera. Solo su pecho, que subía y bajaba con increíble lentitud, demostraba que seguía vivo.
—Hola, papá —susurró el castaño en español, sintiendo que se le quebraba la voz.
«Llegas… tarde…»
Anom parpadeó, atónito, antes de mirar a su esposa, quien se veía confundida por su actitud.
—¿Oíste eso? —inquirió él.
—¿Qué cosa?
En eso, él comprendió lo que sucedía y pidió con un gesto que guardara silencio.
«¿Papá? ¿Cómo estás?»
Y de nuevo lo oyó… O algo por el estilo.
«Llegas… tarde… Anom…»
El castaño suspiró, demostrando así su alivio.
«De haber sabido que estarías aquí, me aparezco y llego en dos segundos», pensó, intentando que en su rostro no se demostrara que mantenía una "conversación", «¿Te abriste antes de venir?»
«Sí… Por tu esposa…»
«Ah, ya, la seguiste al oír sus pensamientos. Oye, eso es chismear, papá…»
«Lo sé… No oí nada privado… Solo lo superficial… Estoy cansado…»
«¿Sabes qué hechizos te lanzaron? Quizá sea por eso que…»
«No hay tiempo… Creo… El traidor…»
«¿Traidor?»
«Tu esposa… Pregúntale…»
—Nympha —llamó en un susurro —¿Qué han sabido del asunto del traidor de la Coalición?
—¿Del traidor? No gran cosa. El contacto lo único que confirmó es que debía ser alguno de los que estaban en Francia, porque los hombres de Hagen comenzaron a saber nuestros movimientos cuando la Coalición se reunió allí.
«Francés… Eso concuerda…»
«¿Concuerda con qué, papá?»
«Oí… Nombró a un francés… El traidor… Hizo que el francés lo mandara a la frontera con los otros… Y los licántropos le echaron a perder el plan… Una emboscada…»
«¿Estás seguro?»
«Reconozco los nombres franceses cuando los oigo… Por la esposa de mi primo Canek…»
Anom dio una cabezada, lo cual llamó la atención de la aurora Tonks.
—Mi papá se pondrá bien —afirmó, esbozando una ligera sonrisa —Mientras tanto, manos a la obra. Tenemos que quitarle la máscara a un traidor.
14 de marzo de 2013. 9:35 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola a todo el mundo! ¿Cómo están? Casualmente, ayer saqué el capi anterior (Bell rueda los ojos por sus notas de autora que la gente lee de manera desfasada). Ahora mismo ando resfriada, deseando ser cualquier ente más saludable y sorprendida por el nuevo Papa (eso es noticia mundial, sean o no católicos, ¿no les parece?). En fin, pasemos a lo que vinieron…
Sí, es capítulo Arcano y sí, debería ser Thomas quien tuviera su momento cumbre, pero lamento decepcionarlos. Solo salió brevemente (peleando con Erica Radcliffe al comentar un partido, qué novedad…) a la vez que vemos a Ryo demostrando que no está en Ravenclaw solamente por tradición familiar (el chico sabe que perder no es del todo malo). No, el momento en Hogwarts se centró un poco más en Henry y por qué andaba tan raro, lo que seguro algunos dedujeron: siguió el ejemplo de su abuelo tocayo y se aplicó el hechizo para cerrarse. Luego pareció percibir algo malo, creyendo que la persona que originaba eso andaba en otro punto del castillo, pero no…
Nos vamos hasta Polonia, donde si recordarán de unos capítulos atrás (¿dos, tres?), varios de los aurores de la recién formada Coalición iban a intentar entrar a Alemania. Hay una reunión con muchas personas en mal estado, y Tonks se siente culpable por algo. Cuando llega su marido, tiene que explicarle por qué se culpa y nos sumergimos en un recuerdo que describe la supuesta emboscada, que en realidad fue frustrada por un grupo de licántropos que estuvieron en el momento y lugar equivocados (aunque afortunados), para acabar haciendo que los seguidores de Hagen le llevaran la contraria a su líder. ¿Cómo? Atacando la tranquila división del Ministerio donde había metido al ministro polaco para que no fastidiara.
Y aparecieron personajes nuevos (el señor Kopernik y los licántropos, Rozenberg y Mohr), así como se mencionaron apellidos ya conocidos (piensen, piensen…). Al final, Anom puede visitar a su padre y él, pese a estar en una especie de coma, logra comunicarse y dar información. Ahora el asunto se pone bueno, porque irán directamente por el traidor, ¿quién será?
En fin, me despido. A la fecha de la presente nota, solo he recibido una candidatura para La Estrella, ¡Rose Weasley! Aunque la pelirroja es genial, no me decido a quedármela. ¿Ustedes qué opinan?
Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.
