A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Treinta y cuatro: Precaución.

23 de mayo de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Minerva McGonagall estaba poniendo en orden su despacho, mirando de vez en cuando a su alrededor, pensando en lo vivido allí, en lo que aquellas paredes presenciarían sin ella…

En ese momento, llamaron a la puerta.

—Adelante —indicó, regresando la vista a los pergaminos que revisaba.

Oyó la puerta del despacho abrirse y cerrarse, pero no levantó los ojos hasta que su oído le indicó que más de una persona estaba allí. Frunciendo el ceño, la mujer no supo qué pensar al descubrir de quiénes se trataban.

—¿A qué debo su visita?

—Buenos días, Minerva —Remus Lupin, subdirector de Hogwarts, mostró una leve sonrisa.

La otra persona recién llegada se limitó a inclinar la cabeza.

—Tomen asiento, por favor, ¿gustan té? ¿Una galleta?

El ofrecimiento, mitad cortés y mitad atípico para venir de la directora, desconcertó por un instante a los otros dos, quienes declinaron con educados ademanes antes de sentarse.

—Sobre el anuncio de mañana… —comenzó el profesor Lupin, cordial.

—No vendrán a decirme que me he equivocado, ¿cierto?

—No exactamente.

La profesora McGonagall dejó escapar un suspiro.

—Muy bien —la mujer se llevó una mano a la sien, masajeándola con movimientos circulares, al tiempo que apoyaba la cansada espalda en el respaldo de su butaca —Escucho, ¿de qué se trata?

El profesor Lupin asintió con la cabeza, en silencio, pero no habló. Fue su acompañante quien carraspeó y se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Tiene que cambiar el anuncio —indicó con sequedad —Me hicieron una oferta.

—¿Una oferta? Severus, ¿eso qué tiene que ver con…?

—Mucho —aseguró Severus Snape con frialdad —Si me permite explicarle de qué se trata…

Frunciendo el ceño, la profesora McGonagall asintió y dejó escapar un suspiro. Tuvieron que pasar alrededor de cinco minutos para que escuchara, se sorprendiera y finalmente, se resignara.

—Si no hay más remedio… —musitó, con el mismo tono que emplearía alguien agotado tras una larga, larguísima jornada, y no ella, que apenas estaba comenzando su mañana de domingo —¿Quién más está enterado?

—A esta hora, una lechuza debe venir en camino con la respuesta de Harry —respondió el profesor Lupin, con un aspecto mucho más serio de lo normal —Hay miembros de la Orden en el Departamento de Educación Mágica, pedí que ellos nos ayudaran con toda discreción.

—¿Le ha dicho algo a los Lovecraft? —inquirió Snape, sombrío.

—Pensaba llamar a Demian y a Florence en un momento, pero vistas las circunstancias… —la profesora McGonagall meneó la cabeza —¿Es absolutamente necesario?

—Por desgracia —asintió Snape, con ojos entrecerrados y empleando una voz carente de toda emoción al explicar —Saben que se retira, están preparados para enviar a alguien que pueda servirles desde aquí. Sospechan lo que dirá en el anuncio, por lo que hay que cambiarlo.

McGonagall meneó la cabeza y los dos hombres presentes no pudieron evitar acordarse de que la mujer ya era demasiado mayor. ¡Fue profesora suya, por Merlín!

—Me parece una idea sensata —dijo una voz serena y firme tras la directora, proveniente del retrato mágico de Albus Dumbledore. Los tres profesores miraron la imagen del finado con interés —Minerva, recordarás que tuve que hacer algo parecido en el pasado…

—Sí, por supuesto —la aludida frunció el ceño, mirando de reojo a Snape sin que éste se diera cuenta —Las circunstancias no son las mismas. Y el peligro es mucho mayor.

—Exactamente. Creo que Severus te pide esto porque nadie se espera que realicemos un plan similar en dos ocasiones.

Eso, admitía la mujer, sonaba bastante lógico.

—Si aquí hace el anuncio como le pido, ¿qué hay de la Confederación? —inquirió Snape.

—Se decidió votar por uno de los Jefes Supremos continentales para el cargo; a su vez, habrá una votación continental para designar al sucesor de quien resulte elegido.

—¿No sería más sencillo que usted decidiera quién la sustituirá? —inquirió Snape.

—Probablemente, pero de esta manera, dejamos claro que la Confederación no está manipulada por intereses políticos de un continente o país en particular.

—Aún así, habrá desacuerdos —intervino el profesor Lupin, con expresión de disgusto.

—De no haberlos, me preocuparía.

—¿Quiénes son los favoritos?

—Severus, hablas de ello como si fueran apuestas…

El aludido no respondió, limitándose a encoger los hombros ligeramente.

—El señor Lorris cuenta con bastante respaldo —respondió McGonagall, severa —Aunque a Twain también lo apoyan unos cuantos. Inesperadamente, he oído mencionar a Adbella.

—¿Adbella? ¿El Jefe Supremo africano?

La profesora asintió, aunque por su cara, no se veía muy convencida.

—La semana que viene se convocará a toda la Confederación en su sitio habitual —indicó ella, captando la atención de los dos hombres de forma inmediata —Por eso debo hacer el anuncio aquí antes de ir a París, aunque no traspasaremos funciones hasta el siguiente curso. Remus, por favor, te encargarás del colegio en mi ausencia.

El nombrado asintió sin mediar palabra.

—Si es todo, pueden retirarse. Y pídanle a Demian que venga, por favor.

A la vez, los otros dos asintieron y se pusieron de pie, saliendo del despacho.


Los jardines rebosaban de gente que aprovechaba el buen clima. La Orden del Rayo, por ejemplo, terminaba algunas de sus tareas pendientes bajo el haya de costumbre, a orillas del lago.

—¿Es mi imaginación o todos los profesores se volvieron locos? —soltó Sunny tras anotar lo último de una redacción para Herbología.

—No eres tú —masculló Walter, trazando con sumo cuidado un mapa de Astronomía —Nos están dejando muchísimo trabajo.

—Le pregunté a mi mamá —indicó Henry, dejando a un lado el pergamino donde, finalmente había concluido un diagrama para Transformaciones —Sabe algo, lo percibí, pero no quiso contarme de qué se trata.

—Mientras tanto, nosotros lo pagamos —masculló Rose, de mal talante.

—¿Tú de qué te quejas? Ya terminaste —Danielle arqueó una ceja.

—Sí, pero eso fue apenas hace cinco minutos. Y solo porque tengo que estudiar.

A la vez, once pares de ojos miraron a la pelirroja como si hubiera dicho que viviría como muggle por el resto de su vida.

—¿Quién eres tú y qué hiciste con nuestra amiga? —dejó escapar Thomas finalmente.

—No seas tonto, soy yo —masculló Rose, un tanto avergonzada mientras se explicaba —Eh… Mamá prometió que podríamos visitar a tía Penélope y a Penny este verano, si es que saco buenas calificaciones, así que… —se encogió de hombros —Hace mucho que no las veo.

—Claro, tenía que ser algo así… —susurró Hally con aire divertido, tapándose la cara a medias con el libro que leía.

—Ellas son las que viven en España, ¿verdad? —inquirió Amy.

—Sí.

—No es seguro viajar al continente ahora —indicó Henry con vaguedad, sin levantar la vista del texto abierto en su regazo.

—Lo sé, pero en España parece que no hay problemas ahora, así que iremos unos días.

—¿Por qué no se han mudado? —inquirió Bryan, mirando con ojo crítico su redacción recién terminada antes de seguir —Dijiste que tus tíos y primos que vivían en Rumania…

—Tío Charlie, tía Sophie, Sam y Allie…

—Eso, ellos. Vinieron a vivir a Reino Unido, ¿por qué no hacen lo mismo tu tía y tu prima?

—No lo sé. Se mudaron poco después de… —la pelirroja carraspeó —Se fueron cuando murió tío Percy. Y según Penny, tía Penélope solo viene por las fiestas familiares. A decir verdad, son las que menos escriben, y como están las cosas…

No hizo falta que la chica terminara la frase. Sus amigos comprendieron al instante.

—Mamá mencionó en una de sus últimas cartas que Penny sale con alguien —siguió Rose, frunciendo el ceño con expresión meditabunda —Quizá por eso no quiera salir de España.

El amor es ciego y la locura lo acompaña —recitó Henry, finalmente quitando los ojos de su libro, y al notar que lo miraban con desconcierto, preguntó —¿Qué pasa?

—No entendimos lo que dijiste —aclaró Ryo, ceñudo.

—¿Y qué dije?

—Algo de… locura —señaló Rose, haciendo una mueca al pronunciar la última palabra.

—¡Ah, eso! —el castaño de ojos verdes, un tanto despistado, repitió la frase, esta vez en inglés, para luego agregar —Mi mamá la dijo una vez, hace poco, hablando de mi tío Anom y mi tía Tonks. No sé por qué, se ven contentos…

—¿No has sabido de tía Tonks? —quiso saber Procyon.

—No, lo siento. Mi mamá comentó que mi tío Anom tenía un trabajo de campo en el continente y quizá se encontrarían, pero no sé si lo consigan.

—¿Cómo están tus primos? —se interesó Paula.

—Bien, eso dijo mi abuelo la última vez que me escribió. Ya no les cambia el color de pelo cada dos segundos —Henry hizo una extraña mueca, entre orgullosa y resignada —Mi prima tiene Legado, por cierto. Es el mismo que el de mi tío.

—¿Tienes una loba de colores en la familia? —soltó Rose, al tiempo que reía.

—En cierta forma, sí.

El chico sonrió al ver que el resto de sus amigos se unían a las carcajadas. Sentía que era algo necesario y valioso, todo por el vago presentimiento de que esos momentos, tan despreocupados y alegres, en un futuro cercano no serían frecuentes.

Más le valía a Itzi que, en la próxima lechuza, le explicara todo aquel embrollo por el cual habló en español delante de sus amigos.

O mejor aún, cuando volviera a verla.


Baden–Wurtemberg, Alemania.

Profundidades de la Selva Negra.

—Mucho cuidado con lo que hacen.

La indicación era tanto innecesaria como irritante, al menos para la mayoría de los integrantes del variopinto grupo; sin embargo, extremar precauciones nunca estaba de más.

Geoffrey Caine miró a su alrededor, a los aurores que acompañaba, sin dejar de preguntarse qué estaría pasando con el resto de la Coalición, ya que no habían tenido suficiente comunicación con otros miembros de la misma para estar al tanto.

Menos por la conversación que mantuvo con Byron Fonteyn antes de salir de Versalles.

Sacudiendo levemente la cabeza, se concentró en el presente. Ya habría tiempo para lo demás.

Habían abandonado el poblado de Feldberg al amparo de la noche, luego de hospedarse allí por un par de días, poniéndose al tanto de la situación. A ese rincón del país solían llegar las noticias con retraso, por lo que era tenue la huella de la situación actual. Sin embargo, algunos de los aurores detectaron usos de magia avanzada en ciertos puntos donde, aparentemente, solo estaban hogares muggles o ruinas peligrosas.

—Los magos aquí no querrán involucrarse —eso avisó, casi recién que se encontraron, una mujer de ondulada melena oscura, cuyos ojos marrones brillaban con cierta indiferencia —Es vivir aquí en paz o acabar muertos.

Así las cosas, ninguno intentó contactar a los pocos magos que vivieran allí y se marcharon sin pena ni gloria, preguntándose si alguno se arrepentiría luego de no ayudar a detener a Hagen.

La Selva Negra, por su parte, les ayudó a olvidar gran parte de sus preocupaciones: necesitaban concentrarse en no perder de vista a nadie del grupo. Era un sitio con cierta aura majestuosa, imponente, que de día daba la impresión de estar en una lejana era del planeta, en la cual todavía no existía ningún artilugio moderno; a la vez, resultaba intimidante estar allí de noche. Incluso daba miedo imaginarse la clase de peligros que podrían asaltarlos al amparo de las sombras… y que en la medida de lo posible, deberían enfrentar sin magia, tal cual les advertía su guía.

—Justo allí —indicó de pronto la mujer, haciendo una seña con la mano en alto para que se detuvieran —¿Notan esos destellos? Son los miradores.

Los demás hicieron diversos gestos de desconfianza, mirando fijamente aquellos puntos de luz tan sutiles por encima de sus cabezas. Geoffrey fue de los pocos que, tras un rápido vistazo, bajó la vista y se concentró en oír algo a su alrededor, aparte del susurro del viento entre los árboles y las frases en voz baja de dos o tres camaradas.

No oyó nada, pero sintió un hormigueo en la nuca, algo que solía pasarle cuando se sentía observado con intensidad.

Casi de forma inconsciente, se acercó a la mujer que los guiaba, quien veía hacia arriba con ojo crítico, como si analizara la situación.

—¿Vamos a poder seguir, señorita? —le preguntó quedamente.

Ella, lejos de sobresaltarse por lo repentino de la cuestión, solamente asintió.

—Casi es hora de que se cierren —comentó.

Geoffrey no sabía a qué se refería, y no quiso averiguarlo. Aunque en medio de la noche lucían de forma inofensiva, sentía algo siniestro en esas luces.

Sin embargo, la curiosidad pudo con él.

—¿Exactamente cómo funcionan? Los miradores, quiero decir.

La mujer lo miró con el ceño fruncido, no sorprendida, sino en cierta forma, disgustada. Temió haber sido impertinente, hasta que la vio suspirar con abatimiento.

—¿Has oído de las prótesis mágicas?

—Ah, sí…

—Entonces conoces los ojos artificiales. Tienen visión de trescientos sesenta grados, y además, detectan la mayoría de las ocultaciones y disfraces. Estos miradores son así. No serviría de nada si intentáramos pasar por aquí con capas invisibles puestas o hechizos desilusionadores encima, nos verían, y darían la alarma en Berlín. Están a gran altura porque de día, no se les detecta fácilmente y de noche, los despistados los confunden con estrellas o luciérnagas, aunque es bien sabido que las luciérnagas son raras por aquí… —ella se interrumpió brevemente, en apariencia sin saber cómo continuar, hasta que carraspeó lo más bajo que pudo —La razón por la que son tan efectivos es porque, igual que las prótesis mágicas modernas, están vinculados a su propietario.

—¿Cómo es eso? No entiendo…

—¿Qué crees que les pasa a todos esos magos que Hugo ha capturado por sospecha de traición?

Arrugando la frente, Geoffrey se estaba concentrando como nunca para seguir la conversación, sintiéndose de nuevo en una de esas clases de la Triple A que se le dificultaban tanto.

—Algunos mueren, generalmente los que no resultan útiles —prosiguió la mujer, cuyo tono de voz se endureció notablemente —Otros, debido a sus familias o a sus contactos, son obligados a colaborar con la causa. Y unos cuantos son evaluados por sanadores que están de parte de Hugo y si declaran que son aptos, les quitan un ojo y lo vinculan con uno mágico para ponerlos en diversos puntos de la frontera. Eso son los miradores.

Ante semejante explicación, el Aspirante parpadeó repetidas veces, atónito, conteniendo a duras penas una exclamación de rabia por semejante crueldad.

—Lo sé —indicó la mujer, leyendo correctamente la expresión de los verdes ojos de Geoffrey —Podría ser peor. Uno de los hombres de Hugo sugirió que esos magos perdieran los dos ojos, no solo uno, pero entre un sanador y yo lo convencimos de que sería mala idea.

—¡Pero no pudo evitar que creara todos esos! —exclamó Geoffrey finalmente, señalando con un índice hacia arriba, sin alzar la mano más allá de su cabeza.

—No, y lo lamento. No me enteré de que estaban creando esas cosas hasta que regresé de… de un encargo. Comprenderás que, aunque quisiera, no puedo estar al pendiente de cada cosa que Hugo hace o deja de hacer. Debo mantener mi cubierta.

—¿Usted…? ¿Usted es Turner?

La pregunta, hecha de tal forma que nadie más la oyera, obtuvo un asentimiento.

—Admiro lo que hace —admitió Geoffrey con una débil sonrisa —Sobre todo porque no creo que yo pudiera con algo así.

—No digas eso —pidió Katrina Turner con suavidad, relajando un poco sus facciones, con lo cual el chico pudo notar que poseía cierto encanto —También lo pensaba, pero algunas de las peores situaciones pueden sacar a flote tus mejores cualidades.

Él se encogió de hombros.

—Atención —indicó entonces Katrina, lo suficientemente alto como para que la oyeran los demás, pero no tanto como para romper la quietud del entorno —Podremos pasar en un minuto. Hay que seguir el cierre de los miradores.

Los demás asintieron, viendo de reojo las peculiares luces en las ramas más altas.

—Preparen encantamientos desilusionadores —ordenó el líder del grupo, un auror moreno de cabello negro, corto y ensortijado, cuya túnica verde olivo hacía juego con sus ojos.

En cuanto se apagó el primer mirador, el grupo se colocó debajo de donde había brillado y las varitas se agitaron casi al unísono.

Así, a los pocos minutos, una imperceptible sombra fue moviéndose con lentitud, siguiendo el camino que marcaban esos destellos sobrenaturales al extinguirse, después de lo cual podrían tener vía libre para usar un poco más de magia y, finalmente, llegar al corazón de Alemania.


Niza, Francia.

La Riviera, playa privada de la familia Lumière.

Las olas iban y venían a un ritmo apacible, aunque de vez en cuando el viento agitaba el agua a tal grado que, cuando rompía en la orilla, salpicaba por todas partes, levantando una cortina de fina llovizna difícil de hallar cómoda.

—Lindo lugar.

Sakura Kiyota asintió ante lo dicho por el estratega de su equipo ninja, Sorata Kishuu. Lo que, por cierto, era algo inusual. Ese chico apenas soltaba palabra cuando se le requería.

—¿Y los demás? —inquirió Sakura, con la vista fija en el mar.

El joven, sin modificar su expresión en lo más mínimo, dio una cabezada.

—Están completos. Los últimos en llegar fueron Yuu y su equipo.

Ella asintió, dejando escapar un suspiro.

—¿Lograste averiguar algo con tu clan, Kishuu–kun?

Ante la pregunta, el nombrado arqueó una ceja.

—¿No prefieres que lo diga adentro? —inquirió.

—Tienes razón.

Ambos le echaron un último vistazo al brillante azul del mar, que nada tenía que envidiarle al del cielo en ese esplendoroso día de primavera, antes de caminar por la arena hasta una angosta escalera de caracol de color blanco que subía por un costado de un risco, hasta llegar al jardín trasero de una elegante casa de verano, donde una sencilla piscina estaba llena y limpia, como queriendo ser usada. Ambos la pasaron de largo hasta llegar a una puerta corrediza de cristal, la cual él abrió antes de cederle el paso a su compañera.

Entraron a una espaciosa cocina pintada en su mayor parte en azul y blanco, pero no se quedaron allí. Fueron más adentro, prácticamente al lado opuesto de la casa, donde una sala color marrón y crema les dio la bienvenida… llena a rebosar.

—¡Ya era hora! —exclamó una joven de larga coleta negra, sacudiéndose la túnica oriental verde antes de cruzar los brazos.

—Rumi–chan, no es para tanto —intentó tranquilizarla otra joven, de cabello corto y un lunar cerca de la boca, reprimiendo una sonrisa.

—No esperaba que lograran llegar todos hoy —confesó Sakura, recorriendo el sitio con la mirada, obviamente buscando un asiento libre, hallándolo a la derecha de un muchacho de cabello rubio rojizo ondulado y ojos verdes muy claros —Es decir, debido a las misiones…

—Esto también es importante, muy a nuestro pesar —indicó una chica de largo cabello castaño atado en una coleta en su nuca, al tiempo que fruncía la boca.

—Kishimoto, haznos un favor y habla solo cuando haga falta —espetó la de túnica verde.

—Rumi–chan… —volvió a musitar la del lunar, aunque sin mucha convicción.

—¿Y él qué hace aquí? —quiso saber Kishimoto, perspicaz, señalando al de cabello rubio rojizo.

—¿Por qué no habría de estar? —inquirió a su vez otra chica, muy parecida a Kishimoto, de hecho, solo que su corte de cabello era más moderno, y sus ojos castaños más claros.

—Bueno, se nota que no es shinobi. Vamos, ni siquiera es japonés.

—Pero… Lumière–kun…

Todos miraron a la castaña como si le brotaran brazos extras de la espalda.

—Para quienes no lo conocían, permítanme hacer las presentaciones —indicó Sakura entonces, inhalando profundamente —Julien–kun, los colegas de mi generación…

—Excelente, los Juuroku (1) —el rubio rojizo hizo un amago de reverencia.

—Chicos, él es Julien Lumière, empleado de la sede francesa de la Confederación Internacional de Magos. Lo conocí en Hogwarts, durante el Torneo de las Tres Partes.

—¿Qué dijo? —inquirió una joven de cabello castaño muy corto —Solo entendí el número.

—La Confederación está al tanto de nosotros, Kei–chan —respondió Sakura, aunque sabía que era vaga al respecto —Nos llaman Juuroku para distinguirnos del resto de nuestros camaradas.

—Quisiera saber a quién se le ocurrió semejante apodo —intervino un muchacho de cabello rubio oscuro, sonriendo de lado con picardía.

—No es el momento para bromas, Ginta–kun —pidió la joven del lunar con firmeza.

—Lo sé, pero me hace gracia. A todo esto, ¿cómo se enteró la Confederación que…?

Antes que el tal Ginta prosiguiera, Sakura levantó una mano, pidiendo silencio, para luego indicarle a Sorata, con un ademán, que hablara. Él, antes de hacerlo, arrojó a la mesa de centro un periódico que Julien no comprendió del todo, ya que estaba en japonés. Solo reconoció al personaje de la fotografía de la primera plana, donde se veía que visitaba una oficina gubernamental.

—¿Es su Emperador? —inquirió en voz baja, en inglés, con la esperanza de que lo entendieran.

Sakura asintió antes de mirar de manera interrogante a su compañero de equipo.

—Lo han hecho oficial —indicó Sorata en tono serio, casi indiferente —Matsunaga dio una conferencia de prensa, declarando que la Familia Imperial había salido del país sin avisar y, mientras se convoca un referéndum, él llevará las riendas.

—¿Habrá quien sea tan idiota como para creerlo? —espetó Kishimoto, para sorpresa de varios.

—Eso o tienen miedo —aportó otra joven castaña, esta de largo cabello recogido de una forma que recordaba a las geishas. En el moño lucía una peineta lacada color rosa, con un símbolo blanco y negro pintado en la parte más alta —Los clanes más antiguos deben sospechar algo, pero no querrán dar un paso en falso contra el nuevo gobierno, no sin pruebas. Por otro lado, los mestizos e hijos de mahonashin que tengan algo de sentido común intentarán proteger a sus parientes y la forma más fácil de hacerlo…

—… Es fingir que no les afecta —completó un muchacho de ojos negros cuyo cabello oscuro emitía un débil reflejo azulado. Algunos lo miraron como si oírlo hablar con tal aplomo fuera una señal del fin del mundo —Tratarán de pasar desapercibidos.

—Satoshi–kun, ¿de verdad crees que sean tan cobardes? —inquirió con aire aburrido un joven de cabello, ojos y túnica negros.

—Lo serán, Takashi–san —aseguró la de peineta rosa —Más con la situación actual.

—Ya, ya, Hanami–san… Qué lata, ¿y por "esos" peleamos?

El llamado Takashi hizo la pregunta con ironía, pero era evidente que, al menos de su parte, había algo de desprecio por la clase de magos que acababan de mencionar.

—Toda persona merece consideración —recordó la joven del lunar, apoyando de forma alternada en la pierna izquierda y la derecha, luciendo así sus largas botas rojas, que hacían juego con la moderna túnica oriental que llevaba, negra con camelias rojas bordadas en la parte baja.

—Sana–san tiene razón —apuntó un joven de cabello castaño muy oscuro, mirando a los demás con cierta fijeza a través de unos anteojos de armazón violeta.

—Cierto. Además, hicimos un juramento —indicó un chico que, como Takashi, tenía cabello y ojos negros, pero su túnica oriental era azul marino.

Takashi miró al que recién hablaba con una ceja arqueada, mas no hizo comentarios.

—Nos preocuparemos por esos magos si hace falta —declaró Sakura con frialdad, a sabiendas de que aquel podría ser un tema espinoso —Ahora, ¿saben inglés? Si no, van a tener que usar un fonotraductor. Julien–kun aún no maneja bien nuestro idioma.

Varios asintieron, en tanto unos pocos sacaban las varitas y se apuntaban a orejas y garganta.

—En primer lugar, les doy la bienvenida a Lune de Mer (2) —empezó a decir Julien, en un inglés casi sin acento y bien vocalizado, de tal forma que los que no se hechizaron lo entendieran a la perfección —Es una de las casas de verano de la familia, pero actualmente no la estamos usando. La puse a disposición de la Orden porque…

—¿La Orden? —inquirió una joven de cabello a la altura de los hombros, oscuro y con matices verdosos, arqueando una fina ceja sobre un ojo color ámbar.

Hitori (3) Nina–san —respondió Sakura con rapidez, como si eso explicara todo.

La otra abrió un poco más los ojos en señal de comprensión y asintió con la cabeza.

—Creí que ustedes llamaban a esa criatura de otra forma —se extrañó Julien.

—Oh, es que tenemos un colega con ese nombre clave —respondió Sakura.

Julien asintió y siguió hablando.

—Como decía, los Lumière pusimos a disposición de la Orden la propiedad, previendo que algunas veces los miembros que colaboraban en el continente necesitarían un refugio seguro. Este lugar es prácticamente inaccesible sin magia y aún así, cuenta con varios hechizos anti–muggles y, actualmente, también un Fidelio.

—Entonces, quien nos reveló la dirección, ¿fuiste tú? —se interesó el de anteojos.

Julien volvió a asentir en silencio.

—Oí de ustedes por monsieur Lorris… El Jefe Supremo europeo de la Confederación —aclaró, al ver muecas de extrañeza —Me recomendó mi jefe, el secretario general de la sede francesa, para acompañarlo al Primer Concilio Mágico–Bélico como traductor. Además, su esposa fue mi profesora y es hermana de Fleur Delacour, representante de Beauxbatons en el último Torneo de los Tres Magos. Actualmente madame Fleur es una Weasley, familia inglesa de la Orden, lo que hace una conexión útil. Si hay espías de Hagen alrededor, como creemos que hay, no les llamará tanto la atención que la esposa de monsieur Lorris le escriba con frecuencia a su hermana.

—¿Es la señora Lorris quien informa a la Orden de lo que pasa alrededor de su esposo? —se interesó el muchacho de cabello rubio oscuro, Ginta, con una seriedad repentina.

—En la medida de lo posible. Ella está en Beauxbatons durante el curso, por eso quien manda más informes al respecto es Michelle, su hija. Fue mi compañera de curso en Beauxbatons y obtuvo empleo en la Confederación.

—¿Eso en qué nos ayudará? —inquirió un joven de flequillo crespo cuya túnica oriental color arena daba una falsa imagen de serenidad.

—Tendremos gente, aparte de mí, que puedan estar al pendiente de monsieur Lorris… o de quien quede a cargo —añadió Julien, antes de carraspear y soltar —En unos días la Confederación Internacional de Magos tendrá una reunión en el sitio oficial. Madame McGonagall se retira.

Aquella noticia caló en los presentes, que de pronto se tensaron, cada uno presintiendo lo que un acontecimiento semejante podría significar.

—Será en el Louvre, ¿no? —inquirió la castaña de cabello corto a quien Sakura había llamado "Kei–chan". Al ver asentir a Julien, frunció el ceño —Es un lugar público mahonashi, y todo mago con una pizca de memoria histórica sabe que la Confederación se reúne allí. Si se filtra el hecho de que elegirán Jefe Supremo…

—Allí entran ustedes —indicó Julien con firmeza —Monsieur Lorris solicita atentamente que un equipo de los Juuroku resguarde el Louvre. Si es posible, claro.

—¿Quiénes están disponibles? —inquirió Sakura al instante.

Ginga —respondió Rumi Takagi, irguiéndose al máximo, y por alguna razón, Julien notó hasta ese momento la espada corta que ella cargaba a la espalda —Keiko–chan te dirá los datos que necesitamos para que Hiroi–kun elabore el plan de acción.

Tanto la castaña de cabello corto como el chico de anteojos asintieron.

—Bien, ¿el resto de los equipos qué hará? —quiso saber Julien.

—¿Ahora debemos rendirle informes? —espetó Kishimoto, malhumorada.

—Es uno de nuestros contactos con la Coalición, por lo que sí, debemos rendirle informes.

La áspera voz de Sakura no concordaba con su carácter habitual, y hasta Kishimoto supo reconocer que se había excedido. Encogió los hombros y le hizo una seña a Takashi, quien explicó.

Chi irá a reunirse con su Majestad, como escolta. Es una lata, pero el Emperador quiere venir a Francia para comparecer ante el Jefe Supremo de la Confederación y pedir ayuda.

—Si se propaga la versión de Matsunaga, no le creerá fácilmente —señaló Sorata.

—Su Alteza Aiko consiguió el apoyo del gobierno mahonashi japonés antes de salir del país —aclaró Hanami —Desde entonces, varios ninjas protegen a los políticos importantes.

Zoo escoltará a su Alteza Imperial Naruhito, lo mismo que a su familia —indicó Sana —Van de forma mahonashi rumbo a Italia, donde el Ministro de Magia les ha ofrecido asilo.

—Monsieur Ferrati es un hombre recto, el príncipe Naruhito estará a salvo, lo mismo que el resto de la Familia Imperial —Julien asintió con la cabeza —Mis parientes los apoyarán. Una de mis primas lejanas, de hecho, es esposa del Tribuno… El jefe de los aurores italianos —aclaró, viendo que pocos entendieron el término.

—¿Ferrati? ¿No estaba en problemas hace poco?

Que eso lo pronunciara la chica parecida a Kishimoto con singular timidez causó una reacción que Julien no se explicaba: casi todos los japoneses vieron a esa castaña con asombro.

—¿Dije algo malo? —quiso saber la joven, encogiéndose un poco en su sitio.

—Sasume–san, ¿cómo sabes eso? —quiso saber Yuu Arima, arqueando una ceja.

La nombrada movió los ojos a ambos lados, como temiendo que algo le fuera a caer encima si decía algo equivocado.

Eso hizo que Julien recordara a un compañero de clase, Jules Depardieu, al que solían molestar demasiado, entre otras cosas, porque apenas podía seguir el exigente ritmo de trabajo que se imponía en Beauxbatons. Él llegó a tratarlo un par de veces, incluso le ayudó con una redacción particularmente irritante sobre plantas mágicas de la Península Arábiga, y descubrió que tantos malos ratos lo habían hecho un poco paranoico a la hora de entablar conversación. Quizá debía preguntarle a Sakura al respecto, cuando acabaran la reunión.

—Leo los periódicos de vez en cuando, ¿saben? —respondió Sasume con una sonrisa que pretendía ser alegre, pero Julien notó cierto temblor en ella —Antes de… de la misión en el Mar del Norte, salió algo, menos de media página… Ferrati–san recibió amenazas por su último cambio a las leyes sobre los hijos de mahonashin. No lo entendí todo —musitó, con lo cual su sonrisa disminuyó de tamaño —Pero me pareció raro. Quizá por eso lo recordé.

—Sí, claro —espetó Kishimoto de pronto, con un desdén que rayaba en el disgusto.

—¿Leyes sobre los hijos de mahonashin? —Takashi, de pronto, se había enderezado en su asiento —¿Hablaba de alguna persona que estuviera en contra de los cambios a esas leyes?

—¿Qué? —Sasume parpadeó un par de veces con aire despistado antes de inclinar la cabeza hacia la derecha, mirando a Takashi —Creo que sí… El apellido me suena a… Bueno, en inglés no se parece, pero en una lengua romance quizá…

—Sasume, ¿te estás oyendo? ¿Desde cuándo parloteas sobre otros idiomas? —espetó Kishimoto con impaciencia evidente, golpeando el suelo con la punta de un pie.

—Lo siento, Narue, solo que… Leí una vez un libro de…

—A nadie aquí le interesa saber lo que leíste. Concéntrate, ¿quieres? No tenemos la paciencia de Masashi–ji para aguantarte.

Sasume asintió, tragando saliva, lo cual hizo que Julien frunciera el ceño. Se fijó en que los demás, sobre todo Sakura, Satoshi Kurogami y Sorata Kishuu, veían con furia a Narue Kishimoto.

—Era… Era… —Sasume se esforzaba en hacer memoria —¡Ah, ya! Marinelli.

A continuación, Takashi abrió los ojos como platos.

—¿Algún conocido, Takashi–san? —inquirió Hanami.

—No precisamente. La última vez que pude ir a Tsukuyomi–jinja pasé por Cooperación Mágica Internacional y oí que lo nombraban. Le pregunté a Kimi–san si lo conocía y dijo que solo de nombre, porque había llegado de Italia hacía poco para conversar con Matsunaga en persona. Ahora me parece obvio el por qué.

—Pero no todos tenemos tu cerebro —espetó Kishimoto.

—Líder, eso ya lo sé, pero qué lata explicarlo ahora, porque…

—Crees que fue el tal Marinelli quien lanzó amenazas al Ministro de Magia italiano y ahora ayuda a Matsunaga —sentenció el de lentes, Hiroi, en tono sombrío.

—Y si Matsunaga, como sospechamos, quiere pactar una alianza con Hagen…

—… Quizá Marinelli intente lo mismo en su país, y por eso amenaza a Ferrati–san.

—¿Todo eso lo han deducido solo porque un político visitó a otro? —soltó Nina, asombrada.

Takashi y Hiroi asintieron, haciendo que el resto contuviera un suspiro de resignación.

—No parece tan descabellado —apuntó Julien, para sorpresa de unos cuantos —Según lo que mis parientes italianos han comentado, los Marinelli son de esos magos a los que les gusta darse importancia, más por ser sangre limpia. Si las leyes de monsieur Ferrati no les gustan, sería una buena razón para que buscaran voltear las cosas a su favor, aunque traicionen a su propio país.

—¿Tan malos son? —se sorprendió Satoshi.

—Eso parece. Habrá que vigilarlos —sentenció Julien, mirando a la chica del lunar.

—Cuenta con ello.

—¿Qué hará Nagareboshi ahora, Sakura–san? —inquirió Rumi.

—Descansaremos un par de días y luego nos marchamos a la siguiente misión.

Julien notó que nadie preguntó de qué trataba la misión, limitándose a asentir. Debía ser algo más secreto que todo lo que habían hablado, si ni siquiera pronunciaban palabra al respecto.

—Si no hay más que decir, deberíamos ir a dormir —sugirió Sana.

—Subiendo la escalera, a la izquierda, están las habitaciones de invitados —indicó Julien —Tomen la que quieran. Están en su casa.

El joven vio los distintos gestos de agradecimiento que le dedicaron antes que la sala se fuera vaciando. Sin poder evitarlo, suspiró quedamente, sintiéndose de pronto muy cansado.

—¿Estás bien, Julien–kun?

Él dio un respingo ante la cuestión, hecha en inglés por una voz que conocía bien. No se había dado cuenta que Sakura seguía sentada a su lado.

—Sí, es solo que… Decir que ayudarás a detener una guerra es más fácil que hacerlo.

Ella asintió con una cabezada, con los ojos fijos en sus manos, entrelazadas sobre su regazo.

—Hace tiempo, me dijiste algo —comenzó Sakura con cautela —Quiero saber si sigue en pie.

—¿Hace tiempo? —el rubio rojizo se sintió de pronto un poco nervioso.

—Sí. Cuando por fin pudimos vernos después de lo de Amaterasu–jinja, ¿te acuerdas?

Ah, eso. Julien tragó en seco, asintió y encerró las manos de Sakura con las propias.

—Claro que sigue en pie, Sakura. Nunca se me ocurriría decir algo semejante si no tuviera intenciones de cumplirlo. ¿Por qué…?

—Este trabajo es una bomba de tiempo —interrumpió Sakura, moviendo las manos un poco para poder darles un apretón a las de Julien —Cuando ingresé al Escuadrón Ninja, sabía lo que me esperaba, lo que defendía… Y lo sigo sabiendo. Pero nunca se me pasó por la cabeza que la guerra alcanzaría Japón de alguna forma. Y ahora me aterra morir sin haber vivido realmente.

—Sakura, eso…

—Ahora soy más fuerte, Julien–kun, pero no puedo garantizarte que salga viva de todas las misiones. Correré riesgos, todos los que hagan falta, para ayudar a parar todo este desastre. ¿Aún así…? ¿De verdad quieres que yo…?

Se calló, de pronto incapaz de continuar, intentando respirar lentamente para calmar su repentina agitación. Julien no pudo menos que sonreír levemente.

—En primer lugar, en mi familia ya es casi tradición que nos gusten los extranjeros —dijo con cierto humor, lo que ocasionó que Sakura lo mirara con incredulidad —Por eso tengo parientes de varios países del mundo. Y, en segundo lugar, he llegado a dudar, en ciertos momentos, de qué es lo que tenemos tú y yo, de si vale la pena, de si estoy dispuesto a aprender lo que haga falta para que tu clan me vea como alguien aceptable… Y luego se me olvida. Porque tu palabra es la única que me importa. Mientras me aceptes tú, haré todo lo que esté en mi mano no solo para que te quedes a mi lado, sino para lograrlo sin cortarte las alas.

—¿Cortarme las…?

—Es una expresión que significa que nunca te impediré hacer lo que creas conveniente, aunque no esté de acuerdo. Porque te amo, Sakura.

Ella se mostró evidentemente sorprendida. Era la primera vez que Julien decía eso en voz alta. Antes había indicios, frases indirectas en que le demostraba su afecto, incluso se lo había escrito, pero empezaba a creer que nunca lo escucharía salir de su boca. Casi lloró de felicidad.

—Dilo otra vez —pidió en un murmullo —En tu idioma. Quiero saber cómo suena.

Julien al principio no sabía de qué hablaba, pero al verla sonreír de una forma tan radiante como las puestas de sol que lo maravillaban a diario en Lune de Mer, asintió.

Je t'aime, Sakura.

Ai shiteru mo, Julien–kun.

Él supo que le había correspondido y nada le impidió inclinarse para besarla.


24 de mayo de 2021.

Golfo de México.

Isla Tesoro de la Bahía.

Su agitación tenía una razón de ser, pero no se daba cuenta.

Se movía de un lado para otro, enredándose en las sábanas, con la vaga sensación de que debía despertar, no debía olvidar.

Sonrisas, pero después… Un rayo de luz verde… Gritos… Un temblor en el mismo tiempo…

—¡No!

Se sentó de golpe, respirando con dificultad, girándose hacia la derecha, al buró, tanteando en la oscuridad hasta que encontró lo que quería. Debía calmarse, aferrarse a la imagen…

Inhaló y exhaló, lentamente, sintiendo que le temblaban las manos.

—¿Estás bien?

—No —respondió en un susurro, apretando tanto la varita mágica en su diestra que los nudillos se blanquearon —No, no, no…

—Tranquila, ya pasó… Era una pesadilla, solo era…

Negó con la cabeza, relajó un poco el agarre de la varita y se colocó la punta de la misma en la sien derecha, con expresión de intensa concentración.

—Un contenedor, por favor —pidió.

Casi al instante, tuvo en su mano libre un diminuto frasco de vidrio y su respectivo tapón.

—Gracias —esbozó una sonrisa, pero era débil, trémula, y se esfumó en cuanto retiró con suavidad la varita de la sien, llevándose en la punta un brillante hilo de humo plateado que depositó en el frasco, para acto seguido, taparlo —No debo olvidar este, no debo…

—¿Qué soñaste?

La pregunta intentaba sonar neutra, lo sabía, pero la preocupación en ella no se pudo ocultar.

—Tengo que enviar un mensaje —anunció, con las manos todavía vibrándole al sostener el frasco —Esto no debe ser, no así…

—Me estás asustando.

Finalmente, tras un largo suspiro, logró calmarse lo suficiente como para mirar a su acompañante, con ojeras que venían de días atrás y que, ingenuamente, creyó que esa noche podría disminuir un poco con varias horas de sueño.

—Perdón, es que… Es demasiado importante, demasiado aterrador…

—¿Puedo ayudar en algo?

Negó con la cabeza, sintiendo que se formaba un nudo en su garganta.

—Lo siento…

—No, está bien. Pero me dirás si puedo hacer algo, ¿verdad?

Se intensificó el malestar en la garganta. Deseaba responder que sí, con toda la seguridad del mundo, pero sabía que tarde o temprano, debería callarse. Se giró y apartó las cobijas.

—¿A dónde vas?

—Al baño, regreso en un momento.

El momento demoró quince minutos, pues cerrando la puerta tras de sí, le dieron arcadas y acabó vomitando en el inodoro lo poco que había cenado. Se enjuagó la boca a conciencia, con el deseo de que el amargo sabor de la bilis no empeorara la situación. Pero de pronto, por alguna razón, mentalmente hizo unos cálculos.

Regresó a la cama sin saber qué pensar. Encontró a su marido despierto, con la espalda contra la cabecera, aceptando otra noche en vela mientras leía un libro a la luz de la vela de su buró.

—Perdón, no quería…

—No te preocupes. ¿Estás mejor?

Asintió, sentándose en el colchón, sobre las sábanas.

—¿Tampoco tienes sueño ahora?

—No es eso, yo… ¿Por qué te casaste conmigo?

—¿Qué? —él soltó el libro, que se deslizó por su regazo hasta la cama —¿A qué viene eso?

—No sé, de pronto quise saberlo.

—Pensé que era obvio.

—De todas formas, ¿me lo podrías decir?

—Muy bien… Me casé contigo porque dijiste que sí cuando te lo pedí.

—¡Ton! ¡No te portes como Lalo ahora!

Tonatiuh García Quezada esbozó una sonrisa de lado, bromista.

—Tú empezaste, Itzi. Ahora te aguantas.

Ante la acotación, Itzel del Carmen Salais Nicté se cruzó de brazos, haciendo una mueca que se parecía mucho a la de una niña a la que acabaran de regañar.

—Y te lo pedí porque te quiero —completó él, ganándose una mirada de la joven —Te lo conté, ¿no? Cuando supieron lo que hice, mi mamá puso el grito en el cielo, pensando que me había vuelto loco. A mi papá le dio igual y mi abuelo era el único que se veía feliz.

—¿Por eso quisiste vivir aquí, en la isla?

—Sí. Y porque no tengo a mi alrededor a un montón de mocosas queriendo un autógrafo.

Ambos rieron por lo bajo, pero duró muy poco. Ton se puso extremadamente serio.

—¿A qué vino eso, Itzi? Dime la verdad.

—Sabes que conmigo las cosas nunca serán normales, ¿verdad?

—Lo he sabido desde que me contaste lo que puedes hacer. ¿Por qué?

—¿No te enfadarás cuando me tenga que callar lo que sueño, verdad?

—No, Itzi. Tú eres la dueña del don. Confío en ti.

—Y… Sabes que mi Legado se hereda, ¿no?

—Tenía entendido que primero debías…

Cuando la idea fue procesada por su cerebro, Ton se quedó pasmado.

—¿Eso fue lo que…?

—¡No! —lo cortó ella, asustada —Perdón, no quise… Es que… Parece que mi Legado se volvió loco y mezcló dos futuros distintos. Al principio no entendí, pero… Ton, vamos a tener un bebé.

Itzi podría jurar que su marido estaba a punto de colapsar. De repente se había puesto pálido.

—¿Estás segura? —inquirió en un susurro.

—Aún tendría que confirmarlo con un sanador, pero las cuentas coinciden. Y el sueño… esa parte del sueño todavía la recuerdo. Tú, yo, abrazando a un bebé… pero fue entonces que…

Itzi volvió a temblar de pura angustia. Vio sobre su buró el frasco de cristal debidamente cerrado, con su contenido arremolinándose en todas direcciones, como si quisiera escapar.

—Íbamos de negro, Ton. Íbamos vestidos de negro y quise saber por qué. Y entonces…

—Viste quién murió.

Ella asintió y Ton la abrazó con suavidad, meditando aquella información.

Para causarle tal miedo a Itzi, aparte de que su Legado le mostrara por primera vez lo que quería saber, debió ser porque la persona fallecida era alguien a quien ella apreciaba.

Alguien a quien los dos apreciaban.

Deseó que Itzi pudiera decirle de quién se trataba.

Y que esa muerte pudiera impedirse.


(1) En japonés, juuroku significa dieciséis.

(2) Lune de mer, en francés, quiere decir luna de mar.

(3) La palabra se forma con los vocablos hi (fuego) y tori (pájaro); significa pájaro de fuego.


8 de abril de 2013. 8:10 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¿Cómo los trata la vida, queridas y queridos lectores? Espero que estén muy bien, que acá estoy empezando a cocinarme de calor, y eso que apenas empieza la primavera… Ya, dejo de desvariar.

Si creen que este capítulo no tiene el menor sentido… No se preocupen, solo pónganse en la fila detrás de mí. Es decir, sabía lo que quería presentar para dar paso a lo que sigue, pero no cómo quería hacerlo. Incluso estuve a punto de cambiar una escena (Bell rueda los ojos), pero en fin…

Primero, Hogwarts, con Snape y Lupin unidos por una causa en común, dándose cuenta de que McGonagall antes ha durado en el puesto de directora. Es evidente que Snape planeaba algo que dependía, en gran medida, de lo que McGonagalla decidiera y como ella accedió, debe estar conforme. Aquí se sabe por primera vez de la próxima reunión de la Confederación Internacional de Magos, que también está por cambiar de líder. Se aceptan apuestas sobre quién ganará.

De allí, vamos un rato a los jardines, a ver a nuestros protagonistas, sorprendiéndonos porque Rose quiera estudiar pero quedando claro el motivo. Si quieren saber, mandé a Penélope y a Penny fuera de Reino Unido porque a la primera le ganó la pena por la muerte de Percy, pero que Penélope se fuera precisamente a España fue cosa de su nombre (no pregunten, Bell hace asociaciones mentales raras). No me imagino que vivieran en otro país. Y para el futuro del fic, es más que conveniente.

De allí, pasemos un momento a la Selva Negra, donde un grupo de la Coalición ha pasado días sin comunicación y Geoffrey está preocupado por eso. Y descubrimos una de las tantas medidas de seguridad que ha implantado Hagen: los miradores, lúgubres versiones de las cámaras de circuito cerrado de los muggles. ¿Los de la Coalición lograrán llegar a su destino sin que los descubran? Esperemos que sí.

En Francia, también se habla de la Confederación, siendo que por tradición se reúne en ese país. La familia de Julien ha puesto a disposición de la Orden del Fénix una de sus propiedades más seguras, Lune de Mer, que será usada por los ninjas que han conocido aquí, apodados los Juuroku. Sí, se les conoce más a fondo en el spin–off Juuroku no Shinwa, y es porque son dieciséis personas, agrupadas en equipos de cuatro. Han sido encomendados a misiones fuera de Japón porque la mayoría de sus colegas se quedó resguardando al presidente mahonashi y a sus más cercanos colaboradores. Y para quien ni se acordaba de ello, ¡esos dos por fin se han declarado! Bueno, como bien piensa Sakura, ella sabía que Julien la quería, pero nunca se lo había escuchado decir. Me pregunto qué pasará ahora (ajá, como si Bell no lo supiera…).

Finalmente, una breve escena en una isla nombrada una sola vez, en PGMM. Allí viven Itzi y Ton, que se han casado y, como han leído, esperan un bebé. Pero en vez de alegrarse un montón, Itzi está aterrorizada por otro futuro que ha soñado, la pregunta aquí es ¿quién está en peligro? ¿Podrán evitar una desgracia?

Ya, me dejo de tonterías. Los dejo meditar el capítulo. Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.

P.D. A la fecha de la presente nota, sigo esperando más candidatos para La Estrella, aparte de Rose Weasley. Más información en los medios habituales.

Nota al 22 de mayo de 2013: Damas y caballeros, me alegra anunciar que me quedo como La Estrella a Rose Weasley y ahora pongo a su consideración La Luna. Más información al respecto por el medio habitual (mi blog, busquen la dirección en mis distintos perfiles).