A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Treinta y cinco: Suspenso.

31 de mayo de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Los exámenes se aproximaban y la montaña de trabajo no disminuía. Aunque al menos ahora les quedaba claro, a todos los estudiantes, la razón para la histeria de los profesores días atrás.

—Miren lo que ocasiona la sana competencia.

Danielle, con esas palabras, causó que Henry la mirara con una ceja arqueada, al tiempo que Rose hacía una mueca de desdén y Amy suspiraba con resignación.

Los cuatro estaban en la biblioteca, mirando de vez en cuando por los ventanales el nítido cielo azul de aquella espléndida mañana de lunes, en la cual debían ocuparse en avanzar tareas. Una parte de sus amigos se había marchado a clase de Aritmancia y la otra, a Arte Mágico.

—¿Hablas de los profesores? —quiso saber Henry, arqueando una ceja.

—¡Pues claro! —soltó Rose, dejando a un lado la pluma —McGonagall pudo haber hecho que el Ministerio eligiera a su reemplazo, pero no. Tenía que escogerlo ella.

Y es que a partir del siguiente curso, Severus Snape se convertiría en director. Los estudiantes habían recibido el anuncio, hecho hacía una semana, con desconcierto y aplaudiendo en forma tardía, aunque no fueron los únicos, pues varios de los profesores no parecían conformes.

—¿Quién creen que dé Pociones el próximo curso? —se interesó Amy inesperadamente.

—A mí lo que me preocupa es Defensa Contra las Artes Oscuras —sentenció Rose, con lo cual se ganó algunas miradas asombradas —¿Qué? La clase me gusta.

—Es una lástima que Lupin vaya a tomarse un año sabático —Danielle afirmó con la cabeza, porque para ella, esa clase también era de sus favoritas —¿Por qué? Es un misterio.

—Corren rumores de todo tipo. Los peores son los que dicen que volverá con los de su especie.

—Henry, eso es espantoso, no sé cómo puedes siquiera recordarlo.

—Lo recuerdo porque me importa.

—Calma —pidió Amy con una vaga sonrisa.

—¡No es justo! ¡Es el mejor profesor que tenemos! —alegó Rose con vehemencia.

—Sí, pero… —Danielle miró a ambos lados con discreción y enseguida bajó la voz —¿Han oído lo que hacía en las dos guerras?

La rubia se encontró con tres miradas de desconcierto, al menos por un segundo, antes que Rose, parpadeando a toda velocidad, mostrara comprensión en su rostro.

—Mis padres lo mencionaron una vez, en el verano —soltó la pelirroja a toda velocidad, viendo por encima de su hombro que nadie se les acercara —Algo de esa… sociedad secreta que fundó Albus Dumbledore. La Orden del Fénix.

—¿Qué pasa con eso?

—El profesor Lupin era espía. En la segunda guerra se infiltró en el grupo de Greyback.

—¿Quién es Greyback? —inquirió Henry que, como bien sabían sus amigos, a veces estaba en blanco cuando se trataba de historia mágica inglesa, por mucho que leyera sobre el tema.

—Un hombre lobo espantoso, le gustaba morder niños —describió Danielle con desdén, antes de devolver su atención a Rose —¿Sabes algo más?

—No gran cosa. Me dio mucha curiosidad porque mis tíos han mencionado ese nombre algunas veces, así que busqué entre los libros de mamá alguno que hablara de la segunda guerra, y de los licántropos que participaron. Hallé que Greyback fue encerrado en Azkaban a los tres meses de que Voldemort fuera vencido. Y… Bueno, él fue el que le hizo todas esas cicatrices a tío Bill. ¡Sin transformarse! —añadió apresuradamente, creyendo que las chicas y Henry se habían asustado ante el dato —A tío Bill no le pasa nada raro en luna llena…

—¿Es tu tío que trabaja en Gringotts? —inquirió Amy, a lo que Rose asintió —Mi padre a veces tiene que ir al banco por trabajo, lo ha nombrado. Le cae muy bien.

—Sí, bueno… Díselo a los idiotas que no quiere que los atienda. A tía Fleur la sacan de quicio.

—Aún recuerdo cómo se puso con tu primo por casarse sin decirle a nadie —la rubia rió.

—¿Cómo está tu prima que vive en Ottery, por cierto? —recordó Amy.

—¿Allie? Muy bien. Tía Ginny la cuida mientras su marido viaja, no tarda en nacer su bebé.

—¿Por qué viaja tanto Rudolph Bannister si ya se retiró del quidditch? —inquirió Danielle.

—Tiene un negocio de pociones en el callejón Diagon. Va a ver a los proveedores y algunos no viven en el país. Me lo contó Allie en su última lechuza.

En ese momento sonó la campana y los cuatro recogieron lo que todavía tenían fuera de las mochilas antes de abandonar la biblioteca y separarse.


1 de junio de 2021.

París, Francia.

Cámara de la Confederación Internacional de Magos.

Julien Lumière detestaba trabajar en días así.

Esa mañana se había levantado sumamente temprano, admirando la luz del amanecer que se colaba por su ventana, con unas ganas tremendas de ir a pasear a los Jardines de Luxemburgo, considerando que los podía ver desde su habitación de la tercera planta de la casa principal que la familia tenía en París. Sin embargo, ese día tenía mucho trabajo. No por primera vez, renegó del hecho de dominar más de tres idiomas diferentes.

Contrario a la creencia popular, los Lumière no consideraban denigrante la integración de los magos al mundo muggle; es más, les parecía incluso vital, pues en el pasado el saber mezclarse con las personas sin magia pudo salvar incontables vidas. Por eso a Julien no le resultó nada fuera de lo ordinario tomar un taxi en cuanto salió a su calle, la Rue de Médicis.

El vehículo lo dejó en la Rue de Rívoli, a un lado del Jardín de las Tullerías, lo cual agradeció mentalmente antes de pagar al chofer y apearse. Observó a los que paseaban por el famoso jardín con toda tranquilidad, fueran turistas o compatriotas, antes de respirar profundamente y tomar la ruta más rápida hasta la explanada que lo llevaría a la Pirámide de Cristal.

No importaba cuántas veces lo viera, el Museo del Louvre lo impresionaba e intimidaba a partes iguales. Antiguo palacio real, el edificio del museo todavía conservaba algo del aire majestuoso que antaño albergó a reyes, reinas, personalidades importantes… del mundo muggle, claro. Los magos, aunque se las arreglaban para rondar a los gobernantes sin magia, no se sentían cómodos allí, donde a veces el ambiente era tan difícil de soportar como estar en una habitación cerrada con un troll de la montaña. Si no mal recordaba, debía ir al pabellón Richelieu, y por la escasez de gente a tan temprana hora, le resultó sencillo. Incluso se permitió recordar a su amiga que compartía apellido con el pabellón, preguntándose si tendría mucho qué hacer en el Ministerio.

Con esa pequeña distracción, se animó un poco durante la larga caminata que le supuso llegar hasta donde le habían indicado: uno de los pasillos subterráneos que albergaba parte de las ruinas de la fortaleza sobre la cual se construiría años después el que fuera un palacio real. El Louvre, de esa forma, afianzaba su fama de recinto conservador de arte, aunque aquellos trozos de muro de ladrillo no tuvieran más atractivo que su antigüedad. Julien los estudió con ojo crítico, fingiendo abstracción ante un par de muggles que pasaron por allí parloteando en un idioma que, debido a la distancia, no reconoció. Recordó lo que debía hacer a continuación, miró a ambos lados y un poco hacia arriba, vigilando las lentes de unas cuantas cámaras de seguridad, y con la mano derecha ligeramente hacia adelante, dio un paso hacia el ruinoso muro, cerrando los ojos por inercia.

Al sentir una brisa cálida, Julien abrió los ojos lentamente. Se halló en un pasillo largo, con antorchas encendidas colgando de las paredes hechas con una piedra muy similar al muro que acababa de atravesar. Los huecos de la pared donde no había antorchas eran ocupados por largos estandartes que mostraban los símbolos mágicos más famosos de cada nación que integraba la Confederación Internacional de Magos. Conforme avanzaba, fue identificando algunos, sonriendo tenuemente al pasar por un estandarte blanco con una tríada de objetos: una espada de hoja azulada y empuñadura dorada, un espejo redondo gris plata de marco dorado y una especie de luna creciente roja con bordes dorados. Incluso sabía los nombres de esos objetos, a fuerza de estudiar demasiado una cultura mágica extranjera, lo cual le arrancó un suspiro ligeramente triste.

A esas horas, Sakura y su equipo ninja ya debían estar muy lejos de Francia.

Julien llegó al final del pasillo, no sin antes vislumbrar por el rabillo del ojo el último de los estandartes, azul con un gran árbol dorado bordado en él. Enseguida se vio en una especie de rellano, con gradas a derecha e izquierda, y con toda la discreción que pudo, caminó hasta la base de la grada de la izquierda y bordeó el centro de la estancia, redondo y con unos tres metros de diámetro, cuyo centro estaba ocupado por un atril de madera oscura y butacas de madera tapizadas en terciopelo morado ante una mesa de la misma madera oscura que el atril.

Bonjour, Julien.

El joven giró la cabeza solo un poco, sonriendo levemente e inclinando la cabeza en señal de reconocimiento. Lo saludaba su hermano Pierre, apostado allí como parte de la seguridad, a juzgar por la túnica azul con la dorada flor de lis del Ministerio de Magia francés bordada en el lado izquierdo del pecho, a la altura del corazón. Incluso vestían esa túnica los ninjas que, por petición del Jefe Supremo europeo, custodiaban la reunión: los del equipo Ginga, que traían encima hechizos de cambio de aspecto, pues no querían llamar la atención al usar sus características máscaras.

Julien miró a su alrededor, intentando ubicarse, preguntándose cómo el señor Lorris creyó que era buena idea que estuviera presente. La sala era enorme, las gradas cubrían las tres cuartas partes de la altura de las paredes, dando a entender que cuando el lugar se creó con semejantes dimensiones, había muchos más miembros en la Confederación que en la época actual. El techo, bastante alto, lucía cóncavo, quizá por ser el resultado de cerrar con piedra de forma acelerada un hueco que, según las descripciones históricas, antes era una cúpula de cristal pintado de manera providencial. No tenía idea de por qué rememoraba ese detalle, pero le hizo gracia. Procuró no demostrarlo cuando notó que, lentamente, magos y brujas de todas las fisionomías entraban y ocupaban los sitios indicados con las divisiones de los grandes bloques que formaban las gradas.

Tantas túnicas, de varios colores y diseños diferentes, le causaron un breve mareo, al menos hasta que decidió fijar los ojos en algo que no se moviera tanto, como el centro de la estancia. Allí, las butacas ante la mesa seguían vacías, lo que significaba que algo retenía a los Jefes Supremos continentales en su sala privada, una habitación adjunta a aquella especie de sótano. O mazmorra; después de todo, aquello era lo que realmente quedaba de la fortaleza que sirvió de cimiento al Louvre. ¿Qué dirían los muggles si lo supieran?

Volvió a suspirar antes de ver que se abría una puerta sencilla de madera, al fondo del lugar, y por allí entraban en fila los Jefes Supremos continentales, con la señora McGonagall a la cabeza.

El resto de los presentes fuera silenciándose, poniéndose de pie y alisándose las túnicas. Cuando los Jefes Supremos continentales se sentaron, uno por uno, en las sillas que les correspondía, Julien fue rápidamente a ocupar un lugar en una de las gradas más bajas, habitualmente reservada para empleados auxiliares. Eligió el extremo derecho de la grada, para así tener a la mano una de los accesos y, por otro lado, su panorámica del centro de la estancia era bastante buena allí. Sacó un rollo de pergamino que no tardó en desplegar en su regazo y una pluma marrón, larga y suave.

En ese momento, la señora McGonagall se paró y se puso detrás del atril, en el cual colocó unos cuantos pergaminos, antes de carraspear levemente y hacer un ademán con el cual invitó a todos a ocupar asiento. Hubo un breve revuelo al obedecerse su indicación.

—Buenos días —saludó en inglés, con voz fuerte y clara, siendo evidente que conjuró un Sonorus antes de comenzar —Bienvenidos a esta reunión extraordinaria de la Confederación Internacional de Magos. Me imagino que sus respectivos Jefes continentales ya les explicaron los acuerdos tomados en el Primer Concilio Mágico–Bélico.

Hubo un murmullo de asentimientos.

—Me alegra saberlo. El motivo de esta reunión es otro. En ese concilio anuncié mi retiro y estamos aquí para seguir el procedimiento que designará a mi sucesor.

En esta ocasión, se escuchó un rumor como de serpientes siseando con furia, como si lo dicho por McGonagall fuera algo completamente insólito. Cosa que, según sabía Julien, era probable. Por lo general, el Jefe Supremo de la Confederación daba los nombres de sus candidatos y el resto de los miembros votaba al respecto, con lo cual hacía valer la autoridad que le otorgaban las naciones a través de las brujas y magos allí reunidos. Sin embargo, si era verdad lo que había llegado a sus oídos, la anciana mujer quería disminuir al mínimo las sospechas de corrupción.

—Como se les comentó, ya fuera vía lechuza o por medio de un empleado, los Jefes Supremos continentales son los candidatos a mi puesto —siguió McGonagall, desviando de vez en cuando los ojos a los pergaminos en el atril —Tienen derecho a votar solamente por uno de ellos, y si no hay un candidato que obtenga tres cuartas partes de los votos, se votará otra vez. Se decidió esa proporción como mayoría relativa y, además, se tomará en cuenta para que, en cuanto mi sucesor se defina, los representantes de su continente elijan inmediatamente a su reemplazo.

Una mano se alzó desde lo más alto de una de las gradas, que quedaba casi enfrente de donde se sentaba Julien. El dueño de la mano se paró, revelando a un hombre moreno y de cabellos grises con una túnica blanca en el centro de su cuerpo y roja de las mangas.

—¿Quiere decir que si ganara, por ejemplo, el señor Atahualpa, automáticamente todos los que representamos un país sudamericano somos candidatos a ocupar su lugar?

—Correcto, señor Ramos. Y, siguiendo su ejemplo, si el mago que ganara el puesto del señor Atahualpa fuera usted, su país tendría que nombrar a su reemplazo, siguiendo el protocolo local.

El señor Ramos asintió y volvió a sentarse. Esa explicación no hizo más que iniciar nuevos rumores, que McGonagall se encargó de silenciar al carraspear.

—Se les entregó a su llegada un rollo de pergamino bastante largo y una pluma —indicó —En cuanto escriban su voto, arrancan ese trozo de pergamino y lo introducen aquí.

La señora McGonagall agitó la varita y junto al atril apareció una gran urna en forma de esfera, apoyada sobre algo parecido a un cubo, todo en color blanco. La urna tenía una abertura redonda en la parte superior, oscura y sin tapa visible.

—Por favor, pueden comenzar. Y buena suerte a todos.


El día transcurrió lenta y suavemente, hasta que la tarde tiñó el cielo de naranja, amarillo y rosa. Lo que, estando prácticamente bajo tierra, era imposible de apreciar.

Aunque eso no le impedía a Julien imaginarse los detalles del exterior. Le ayudaba a no sentirse aburrido y enfadado, lo que estaba a punto de ocurrir.

Sabía que la Confederación Internacional de Magos era, en resumen, una organización como todas, con virtudes y defectos. Al decidir trabajar allí, pensaba más que nada en conocer diversas culturas y en practicar la media docena de idiomas que le "obligaron" a aprender. Sin embargo, no tardó en darse cuenta que era como cualquier otra burocracia, con personas que trabajaban por vocación y otras cuantas, porque les convenía. Así, creyó saber cuál era el problema: nadie estaba siguiendo el interés común allí, sino el propio.

Habían transcurrido seis rondas de votaciones y todavía no se tenía al nuevo Jefe Supremo. La señora McGonagall, como no tardó en notar, mostraba de vez en cuando signos de resignación e impaciencia, como si supiera que todo aquello ocurriría pero asumiéndolo como inevitable. Por su parte, los Jefes Supremos continentales a veces cuchicheaban entre sí, pero en general estaban ansiosos y temerosos a partes iguales.

Y no ayudaba nada lo que escuchaba a su alrededor. Por lo visto, algunos de los presentes no caían en la cuenta de que ocupaba un sitio designado para los traductores y escribientes, y se les iba la lengua en mascullar un par de maldiciones cuando el recuento no favorecía a su candidato. Por suerte, tampoco se fijaban en la pluma marrón que corría sobre el pergamino apoyado en su regazo, tomando nota escrupulosa de todo, comprendiera el idioma o no.

—¿De verdad creía que Viravongs tendría apoyo? —oyó la cuestión, hecha con voz desdeñosa y en un japonés torpe.

—No, solo esperaba que le diera competencia a los demás, en lo que arreglaba todo —respondió otra voz, ésta hablando en un japonés perfecto.

—De todas formas, no creo que resulte. ¡Solo mire! Están votando cada vez más por Lorris o por Adbella. Por cierto, ¿qué les daría por votar al sangre salvaje?

—No lo sé, pero eso desarma completamente los planes de Matsunaga–dono.

Matsunaga… Julien sabía quién era. Hacía menos de una semana que había hablado de él.

—¿ No resultaría igual de provechoso votar por Lorris?

—Por supuesto que no. Lorris jamás se pondría de nuestra aparte.

—¿Cómo lo sabe?

—Por su familia política. Y por su estúpido sentido de justicia, claro.

Los dos sujetos se quedaron en silencio y Julien sintió un escalofrío. No daba crédito a lo recién oído, pero el haber perfeccionado su japonés en menos de tres meses le impedía equivocarse.

Algunos simpatizantes de Hagen habían llegado hasta la Confederación.

Su primer pensamiento fue ponerse de pie y correr hasta los Jefes Supremos para ponerlos sobre aviso, pero se lo pensó mejor. No sería correcto interrumpir la votación, no cuando las preferencias de los representantes, finalmente, estaban inclinándose hacia la proporción establecida a favor de un candidato. Lo que podía hacer por el momento era prestar atención, con ojos y oídos bien abiertos, hasta que todo terminara.

—¿Están todos los votos de esta ronda? —inquirió entonces la señora McGonagall.

Se produjeron algunos murmullos y unos cuantos trozos de pergamino volaron, literalmente, hasta caer en la abertura de la urna esférica, antes que esta comenzara a cerrarse.

A continuación, reinó el silencio. Todos veían con intensidad la urna, que poco a poco dejaba de ser blanca, pasando a ser azul desde la parte inferior a la superior, imitando a esas tazas muggles que cambiaban de color con agua caliente. Cuando el azul llegó a donde segundos antes estaba la abertura, pareció irse desprendiendo de la urna, elevándose casi hasta la concavidad del techo como denso humo, formando poco a poco letras, números…

Y así, tras la séptima ronda, los votos definieron quién sería el nuevo Jefe Supremo.


Era noche cerrada cuando se les permitió a los integrantes de la Confederación Internacional de Magos que se retiraran a descansar. Al día siguiente, cada uno podría partir a su respectivo país si es que así lo deseaba, a menos que hiciera una cita para plantear cuestiones de vital importancia al nuevo Jefe Supremo, quien por cierto, despidió con afabilidad a su reemplazo continental, elegido tras solamente dos rondas de votación.

—Es algo completamente inesperado —musitó el señor Lorris con una vaga sonrisa.

Como su intérprete oficial, Julien estaba de pie a su izquierda y pudo escucharlo perfectamente.

—¿Disculpe? —inquirió, queriendo saber si le hablaba a él o no.

—Nada, nada —desestimó el señor Lorris con un gesto de mano.

—¿También se retira, señor Lorris? —inquirió en francés el nuevo Jefe Supremo, habiéndose acercado tras ser abordado brevemente por dos representantes de Norteamérica.

—Sí, ha sido una jornada agotadora.

—Ni lo mencione, apuesto que a partir de mañana, el peor parado seré yo.

Julien no pudo evitar preguntarse qué habría hecho que los miembros de la Confederación le otorgaran tres cuartas partes de los votos a ese hombre.

—Cierto, y en esta época turbia, no lo envidio en absoluto —comentó el señor Lorris con algo de pesadumbre —De cualquier forma, cuenta conmigo.

—Gracias. Por favor, esté al pendiente de la Coalición. En tres días regresaré a casa para ayudar a quien ocupó mi cargo en la elección de su reemplazo.

El señor Lorris asintió y el nuevo Jefe Supremo, sonriendo levemente, dio media vuelta.

—Dame fuerzas para resistirlos, Ptolomeo.

La oración, pronunciada en voz baja con brutal sinceridad, no fue comprendida por el señor Lorris, quien al momento se giró hacia Julien, arqueando una ceja.

—No es un idioma que reconozca, monsieur Lorris, y deshice mi fonotraductor.

Y el Jefe Supremo europeo, para remordimiento de su intérprete, le creyó.


12 de junio de 2021.

Norte de Escocia.

Casa de los Gritos, afueras de Hogsmeade.

Tras varios días de repasar sin descanso, los pasillos de Hogwarts se llenaron de tranquilidad.

—¿Pueden creer que ya terminamos los exámenes? —dejó escapar Rose, sonriendo.

Acababa de salir de la sala común de Gryfindor con sus amigos, a disfrutar la última excursión a Hogsmeade del año. La jovencita daba pequeños saltos de vez en cuando, demostrando así lo contenta que se sentía. Hally la veía con cierto aire divertido, lo mismo que Procyon.

—Pensé que te preocuparías por Adivinación —Henry hizo una mueca tras decir aquello.

—¡Qué va! Me salió mejor de lo que esperaba. Si no apruebo el examen, me corto el cabello.

Los otros tres se echaron a reír, a sabiendas de que Rose no apostaría su preciada cabellera si no creyera en lo que decía.

Llegaron al vestíbulo todavía sonriendo, saludando al resto de sus amigos desde lejos, antes de reunirse con ellos y bajar la escalinata de piedra.

—¿Qué harán en vacaciones? —quiso saber Ryo —Porque mis padres tuvieron la genial idea de mudarse a Oxford en el verano, con Sun Mei.

—¿Vas a vivir con mi primo? —se sorprendió Rose.

—Sun Mei lo sugirió, y como Tianfield es grande, no hay problema. Me esperan dos semanas de empacar, empacar y empacar… O eso dijo mi madre en su última lechuza.

—Oye, cuando iba de un tío a otro, no tardaba tanto en empacar.

—Ya, pero nosotros vivimos en una zona muggle de Londres, mis padres no quieren llamar la atención. Aunque sospecho que lo que quieren es dejar evidencia con los vecinos de que nos vamos.

—¿Y eso? —inquirió Hally, frunciendo el ceño.

—Seguridad, dice mamá. Papá cree que está paranoica, pero cuando fue la segunda guerra, él todavía no vivía en Londres, así que la escucha. Y claro, deben querer estar cerca por el bebé.

—¡¿Qué?! —la exclamación de Rose resonó por todos los jardines.

—¿No sabías? Sun Mei va a tener un bebé. Me lo contó cuando envió mi regalo de cumpleaños.

—Creo que mamá me dijo algo… Déjame pensar…

Hasta llegar a las verjas franqueadas por cerdos alados, la pelirroja no pronunció palabra. Pero bastó cruzarlas y caminar un par de metros cuando el rostro se le iluminó.

—¡Ah, ya! —soltó, dando un pequeño brinco —No fue mamá, fue papá. Cuando me agradeció la tarjeta de cumpleaños que le envié. Dijo algo de ir a Oxford a ayudar a John con unos hechizos repelentes de muggles y… ¿Cómo era? Henry, ¿te lo conté?

El aludido arrugó la frente un momento antes de asentir.

—Sí, tu padre ponía algo como "mi sobrino me dará un sobrino". Parecía un trabalenguas, tú misma lo dijiste.

—¡Ah, sí! No sé cómo pude olvidarlo, si suena tan raro…

—Hemos tenido mucho que estudiar, no me sorprende.

—¡Oye! Acabo de decir en el castillo que me salió estupendamente el examen de Adivinación…

Y como si fuera algo ensayado, el resto del grupo contuvo la risa al oír otra típica pelea entre Henry y Rose, preguntándose por enésima vez cómo era posible que salieran juntos sin matarse.

—Nos separamos aquí, ¿no?

La observación de Walter interrumpió la disputa de la pelirroja y el de ojos verdes. Se hallaban ya al inicio de la calle principal, siendo adelantados por un grupo de alumnos de quinto que apenas y se detenían a mirarlos (ya no despertaban curiosidad, después de cuatro años).

—Exacto —Paula asintió al tiempo que se llevaba a Ryo —Recogeremos un libro que ordené.

—¿Por qué no me sorprende? —Thomas soltó aquello a viva voz, conteniendo la risa —Pues Danielle y yo iremos a Umikaze.

Los que quedaban miraron al pelirrojo anaranjado como si hubiera dicho una barbaridad.

—Mi hermana Sydney es aficionada a las cosas orientales —explicó el chico —Le conté de las túnicas y quiere que le compre una. Dice que la usará en Halloween como disfraz.

—¿En serio? —Sunny no parecía muy convencida.

Thomas asintió y con Danielle, comenzó a caminar en dirección a la tienda japonesa.

—Bueno, entonces hasta luego —se despidió Amy tímidamente, empezando a avanzar a la izquierda de Bryan.

Por lo que sus amigos sabían, la castaña quería conocer el salón de té de madame Pudipié.

—¡Hasta más tarde! —exclamó Rose, echándose a correr seguida de cerca por Henry.

Esos dos, como siempre, primero irían a Honeydukes.

—¿Qué van a hacer ustedes? —quiso saber Procyon.

Miraba a Walter y a Sunny, quienes se miraron un momento y se encogieron de hombros.

—Hally, no te importa que vayamos un momento a Zonko, ¿verdad?

La pregunta la tomó desprevenida, pero logró hacer un ademán de conformidad.

—Bien. Nos vemos luego, chicos.

Procyon alzó una mano en señal de despedida y comenzó a caminar, mirando que Hally lo siguiera, cosa que no tardó en suceder. Pronto anduvieron por la larga calle a paso firme, sin pronunciar palabra a menos que se dedicaran a comentar lo que había en algunos escaparates. Finalmente llegaron a la tienda de bromas, entraron y la encontraron a medio llenar, sobre todo por fascinados alumnos de tercero y nostálgicos chicos de séptimo.

—¿Qué vas a llevar esta vez? —se interesó Hally.

—Solo unos dulces de broma, me los encargó Thomas.

—¿Por qué no viene él a comprarlos?

—A Danielle no le gustan los lugares llenos de gente, por eso no la trae.

Hally asintió, conociendo a su amiga perfectamente.

Ambos caminaron hacia el apartado de las golosinas de broma. La chica casi nunca entraba a esa tienda, por eso se quedó mirando los anaqueles y leyendo etiquetas con interés mientras que Procyon sacaba un pergamino del bolsillo, lo consultaba y tomaba una bolsa tras otra, con soltura. Al final, casi como una idea tardía y guardándose el pergamino, Procyon fue al final de un anaquel y agarró una cajita amarilla.

—Muy bien, es todo —anunció él —No sé para qué quiere tantos, seguro para sus hermanos.

—Si son tan bromistas como nos ha contado…

Procyon pagó la mercancía y salieron a la calle, donde una suave brisa les revolvió el pelo.

—¿A dónde vamos ahora? —inquirió él con curiosidad.

—No sé… Quedamos con los demás dentro de dos horas en Las Tres Escobas, yo…

—Hally.

El llamado tomó por sorpresa a los dos. Se giraron, solo para toparse con Melvin Corner.

Inmediatamente Procyon frunció el ceño, pero no dijo nada.

—Ah, hola, Melvin —saludó la nombrada, sonriendo levemente y acomodando sus anteojos.

—¿Podemos hablar un momento, Hally?

—Lo siento, pero…

—Solo un minuto, por favor.

Ella suspiró, mirando a Procyon, quien se encogió de hombros y dio media vuelta para volver a entrar a Zonko. Antes de cerrar la puerta tras de sí, vislumbró impaciencia en ella.

Dado que había mucha gente, nadie se fijó que Procyon regresaba tan solo segundos después de haber salido. Se quedó junto a la puerta, simulando ver unas cajas sorpresa que lanzaban líquidos malolientes a quienes las abrían, mientras se preguntaba qué querría Corner. Con que no fuera…

Se atrevió a echar un vistazo por una de las ventanas que tenía más cerca. Pudo ver claramente a Hally de espaldas, evidentemente cruzadas de brazos, mientras Corner era quien hablaba. Al final no supo cómo, pero Corner terminó marchándose a toda prisa, apretando los puños, por lo que consideró que era hora de salir de allí.

—Hally, ¿qué quería…?

No terminó la pregunta. Vio a la chica mirando al frente con el ceño fruncido y parpadeando a toda velocidad, y con los castaños ojos brillantes. Comenzó a enfadarse.

—En serio, ¿qué demonios le vi? —siseó de pronto Hally, furiosa.

—¿Qué pasó? —quiso saber Procyon.

—Él cree que… ¡Olvídalo! Es una tontería.

Sin darse cuenta, Hally comenzó a caminar, aparentemente sin rumbo, por lo que Procyon se apuró en seguirla. Podría buscar problemas con la primera persona que se le pusiera enfrente.

Salieron del pueblo por un sendero lateral, y llegaron ante la Casa de los Gritos. A Procyon le pareció un poco raro estar allí, pero lo dejó pasar. Observó que Hally se detenía ante la cerca de madera de la propiedad, que en cierto punto ostentaba un enorme letrero que le prohibía el paso a la gente, antes de dar puntapiés a uno de los postes de la cerca.

—¡Soy tonta! ¡Tonta!

—¡Eh, tranquila! —Procyon corrió, la rodeó con un brazo y la alejó de la cerca.

—¡Maldita sea! ¡Se supone que salimos!

—¿Nosotros?

—¡No! ¡Melvin y yo!

Era oficial, Procyon se sentía perdido. La fue soltando poco a poco, lo que quizá no fuera buena idea, porque la jovencita decidió entonces sacar la varita y golpetear su palma izquierda con esta, mientras iba de un lado para otro. La varita soltaba chispas rojas con cada golpe.

—¡No me conoce! —espetó Hally con indignación, blandiendo la varita en alto, y debía estar demasiado molesta para que el instrumento mágico siguiera lanzando chispas —¿Cómo cree que yo…? ¡Está loco! ¡Y yo más, por haber salido con él! Es un…

—Hally, ¿podrías explicarme qué estupidez dijo Corner para ir a maldecirlo a gusto?

Eso detuvo a la susodicha de golpe.

—¡Ah, no, eso ni hablar! —espetó, severa.

—¿Por qué? Mírate, ¡me sorprende que todavía no hayas conjurado nada! ¿Me vas a decir qué dijo el idiota de Corner para ponerte así?

Finalmente, Hally suspiró, se guardó la varita con mano temblorosa y fue de nuevo a la cerca que rodeaba la Casa de los Gritos. Procyon temió que de nuevo se pusiera a patearla, pero la joven se limitó a recargarse en ella, mirando la vieja y tétrica casa con aire abstraído.

—Quiere que volvamos, y piensa que hiciste algo para que saliera contigo.

—¿Qué cosa?

El muchacho rápidamente fue a colocarse a su derecha, ignorando por completo la construcción que, según decían, era la más embrujada de Reino Unido.

—Voy a creerle a Rose y pensaré que es idiota —comentó Procyon, desdeñoso.

—¡Y con razón! Melvin cree… Está seguro que podríamos volver a estar juntos, incluso dijo que si me obligaste a que saliéramos…

—¿De dónde sacó esa idea?

—Eso quisiera saber. Aunque… Nos contestó una duda.

—¿En serio?

—Sí. Porque dijo algo de que seguramente te cansaste de esperar a que… ¿No lo ves? Él sí se dio cuenta antes de que tú…

Ella se calló, dejó escapar un bufido e inclinó la cabeza.

—Mamá me dijo una vez que hay cosas más importantes que los libros y el estudio —musitó —Yo sentía que tenía razón, aunque no sabía exactamente de qué hablaba. Ahora la entiendo. Sé que ella adora leer e investigar, pero deja todo eso a un lado para estar con sus amigos, con papá y conmigo. Porque somos más importantes para ella.

—Perdona, pero no entiendo.

—Melvin no me gustaba tanto, creo, si ustedes siempre me importaron más que él.

—Oye, eso no…

—Y aún así, no me di cuenta. ¿Por qué no me di cuenta? De cómo era él, de tus…

—Eso ya lo hablamos, ¿de acuerdo? Lo mío no era algo para gritarlo a los cuatro vientos.

—Los demás lo sabían, ¿verdad? Que yo te gustaba.

Procyon asintió, desviando la vista. Sabía que Hally detestaba que sus amigos le ocultaran cosas, aunque le sorprendía que ella no sonara enfadada cuando preguntó.

—¿Por qué ninguno me dijo nada?

—Primero, porque estabas saliendo con Corner. Segundo, porque se los pedí yo. Y tercero… Espera, creo que no hay un tercero…

—¿Quizá…? ¿Creían que tú debías decírmelo?

Él asintió, sin verla todavía.

—Danielle y Thomas, sobre todo, insistían mucho. Henry decía que era porque estaban muy contentos y querían a todos contentos a su alrededor. Curioso, ¿no?

—Un poco. Oye, sobre el verano…

—¿El verano?

—Sí, ya sabes… La cita muggle que mencionaste…

—¡Ah, sí!

—¿A dónde iremos?

—Pues… Al London Eye. Siempre he querido subir, pero si se te ocurre otro lugar…

—¿El London Eye? ¿En serio? ¡Yo también!

—¿Qué?

—Una vez, en el orfanato, nos llevaron cerca de allí, a un paseo. Se veía estupendo, hasta Sunny lo dijo, y en aquel entonces no hablaba mucho. ¿De verdad vamos a ir allí?

—Bueno, sí, aunque queda un poco lejos de tu casa y la mía, ¿no te importa?

—¿Qué dices? ¡Será genial! Veremos el Támesis desde muy alto, como si voláramos.

—¡Eso mismo pensé yo!

Se echaron a reír, asombrados por las coincidencias.

—Será divertido, lo prometo —aseguró Procyon cuando pudo calmarse.

Hally asintió y sonrió de tal forma que él la abrazó con ganas, feliz, deseoso de que llegara el verano y dispuesto a cumplir su palabra.


—Disculpen, me siento incómoda con esto, ¡son niños!

Debido a unos cuantos conjuros, la Casa de los Gritos no dejaba salir ningún sonido de su interior. En concreto, los cuchicheos de cierto grupo de magos y brujas que se la pasaban ocultando sus rostros e identidades a aquellos con los que tenían contacto. Sin embargo, en ese momento parecían un montón de adolescentes, espiando por los escasos huecos que había en las ventanas tapiadas, a la pareja que conversaba junto a la cerca de la propiedad.

—Por favor, querida perfecta, ahora vas a decirnos que no te interesa.

—No me refería a eso, desheredado, pero la verdad…

—¿Se imaginan que algo así hubiera pasado con nosotros? —comentó de repente, con picardía, la mujer más alta del grupo.

—Te habrías quedado sin amiga —apuntó un hombre también alto, ataviado con una capa negra de terciopelo, cruzándose de brazos —Porque yo solo vivo para ti, guapa…

—Dejen esas cursilerías —pidió una voz de mujer autoritaria —¿Para qué nos trajiste a ver esto, oh, grandioso líder?

La mujer destilaba sarcasmo, pero aquel a quien iba dirigida su pregunta no se inmutó.

—Pensé que necesitábamos un recordatorio —respondió, serio como pocas veces.

Los demás dejaron de lado lo que habían estado mirando, ya sin alegría.

—Soy de los que peor panorama tiene, así que a menudo pienso en ello —siguió el hombre, revolviéndose el cabello castaño rojizo con una mano —Llegamos a un acuerdo, fui el primero en jurarlo, pero a veces no puedo evitar preguntarme qué pasaría si… Bueno, si hiciéramos algo.

—Pero sabes que no podemos —completó el desheredado.

—Exacto. Por eso los traje. Aunque quizá solo yo necesitaba un recordatorio.

—Sería una lástima que ellos fueran de otra forma, solo por un capricho nuestro —apuntó un hombre de ojos color ocre, desviando los ojos de nuevo hacia una de las ventanas tapiadas. Alcanzó a ver cómo la pareja de chicos señalaba la casa y ella hablaba sin parar.

—Sí, ellos valen la pena. Así que haremos lo que podamos ahora, es todo lo que podemos darles.

Había algo en la expresión de su amigo que hizo que los varones presentes sintieran una especie de escalofrío recorrerles la nuca. Lo conocían tan bien que podrían jurar que algo no encajaba.

O que algo les estaba ocultando.

—Entonces, a trabajar —indicó la mujer de voz autoritaria, un poco más amable de lo usual.

—¡Momento! ¡Quiero ver si él se anima a besarla!

—No seas ridículo, desheredado, ¿eso qué nos importa?

—Mucho, porque si no lo hace, voy a desilusionarme bastante.

Los demás rieron un par de minutos antes de desaparecerse con la mente fija en su objetivo.

Porque sentían que el tiempo, irónicamente, se les estaba acabando.


19 de junio de 2021.

Londres, Inglaterra.

Andén nueve y tres cuartos, King's Cross.

Las calificaciones llegaron, puntualmente, antes de partir a casa.

En la sala común de Gryffindor, muchos tuvieron un pequeño susto al escuchar gritar a Rose Weasley, pero enseguida la ignoraron al verla saltar de un lado para otro, agitando el pergamino donde decía que una de sus notas más altas era la de Adivinación.

—¡Si saco esto en el TIMO, será genial! —exclamó.

En el sótano de Hufflepuff, Bryan podía presumir de ser de los mejores de Aritmancia, mientras Amy se sonrojaba por las felicitaciones que recibía al irle bien en Cocina y Repostería Mágicas.

—No es para tanto —aseguraba la castaña.

La sala común de Ravenclaw no cabía en sí de asombro al contemplar a un Ryo orgulloso de que su hermana no lo hubiera reprobado en Arte Mágico.

—Entonces no soy tan malo haciendo figurillas —bromeó el muchacho.

Y en la mazmorra de Slytherin, Thomas escandalizó a más de uno cuando abrazó efusivamente a Danielle, quien estaba maravillada por la excelente nota que le dio el profesor Kukai.

—¡Esa es mi chica! —decía el pelirrojo anaranjado, una y otra vez.

Así, la noche del banquete de fin de cursos los baúles estuvieron listos para partir, y Gryffindor celebró ganar de nuevo la Copa de las Casas, sobrepasando apenas a Slytherin.

—Les deseo felices vacaciones. Voy a echarlos de menos.

Tal frase de la profesora McGonagall, aunque escueta, fue suficiente para iniciar un gran aplauso por parte de todos los estudiantes, que incluso se pusieron de pie gritando palabras de despedida y ánimo, dando a entender que la extrañarían. Cuando la mujer sacó un pañuelo de tela escocesa para pasárselo por los llorosos ojos, más de un alumno se atrevió a ir a la Mesa Alta para tratar de hacerla sonreír.

Al día siguiente, los estudiantes abandonaron el castillo, comentando sus planes para el verano y unos cuantos, preguntándose qué tal sería Snape de director y quién daría las clases de Pociones y Defensa Contra las Artes Oscuras el siguiente curso. Pocos, como Thomas Elliott y sus amigos, se preocuparon por las extrañas noticias que El Profeta publicaba respecto a la situación en el extranjero, como la extraña huida de la Familia Imperial de Japón de su propio país, o la elección del nuevo Jefe Supremo de la Confederación Internacional de Magos. Quienes leían el periódico a diario estaban demasiado concentrados en las noticias locales, no menos importantes, ya que entre otras cosas, se comunicó la muerte o reaprehensión de algunos de los prófugos de Azkaban.

—Leí algo sobre este tipo —dijo Thomas de improviso, ya instalado en un compartimiento con el resto de sus amigos, tras unos cuantos minutos de haber abandonado la estación de Hogsmeade —Amycus Carrow… ¿Cómo lo fueron a matar en Polonia?

—Ni idea —Ryo se encogió de hombros.

—Me sorprende, Polonia se rindió hace tiempo —indicó Thomas, antes de dejar el periódico.

—Algún día sabrás cómo recuerdas todo eso y nos pasarás el secreto —dejó escapar Rose con cierto sarcasmo, causando la risa de sus amigos —En serio, me ayudaría mucho.

—Así te acordarías de dónde guardas las corbatas, por ejemplo —indicó Hally.

Todos rieron. Sabían de sobra que Rose no era precisamente desordenada, sino despistada, por lo que a cada momento "perdía" cosas.

—Al menos este año me fue muy bien y podré ir a España a ver a Penny —contó la pelirroja.

—¡Qué bien! —felicitó Amy —¿En dónde vive tu prima?

—Espera, el nombre es algo raro… Solo sé escribirlo.

Rose sacó un sobre de pergamino del bolsillo y mostró el reverso, con un par de líneas escritas.

C. Penny Weasley.

Alcalá de Henares, España.

—¿A tu prima no la llaman por su primer nombre? —se extrañó Sunny.

—No, y eso que Claire no está tan mal.

—¿Claire Penny? Suena raro —apuntó Danielle.

—Se llama Claire Penélope, pero tío Percy empezó a decirle Penny y así se le quedó.

—¿Cuánto tiempo estarás allá? —se interesó Paula.

—Una semana, en julio. Mamá dice que hay alguien allí al que quiere comprarle una historia para El Quisquilloso, sobre una criatura mágica, creo. Como Penny lo conoce, le echará una mano.

—Al menos tú saldrás de vacaciones —suspiró Sunny, echándose hacia atrás en su asiento —Estoy segura que con todo lo que está pasando, Will será como Snape y me tendrá encerrada.

—Nuestros padres tienen un montón de trabajo en el cuartel —comentó Procyon, ligeramente enfurruñado, a lo que Hally y Rose asintieron —No creo que salgamos. Si alguien más se queda en Londres, podríamos vernos e ir a algún lado.

—Oigan, ¿ustedes dos no piensan tener citas? —dejó escapar Walter, arqueando una ceja.

Al ver a Hally y Procyon ruborizarse, el resto dejó escapar una carcajada.

—¡Tendrán citas! —Thomas apenas podía hablar, ya que no dejaba de reír —Por el bisabuelo squib, quisiera ver eso… Lástima que mis padres me mandarán a Mahonlands en el verano.

—¿A Mahonlands? —se extrañó Bryan.

—Se los había contado, ¿no? Es donde vive la abuela Niffie, la madre de mamá. Mis hermanos también fueron, por turnos, antes que yo entrara a Hogwarts —Thomas frunció el ceño —Creo que mamá temía que si iban los tres juntos, la abuela no podría con sus travesuras.

—No olvides escribir y mandar fotos —pidió Danielle, arrugando la frente.

Recordando lo malhumorada que podía ponerse la rubia por no comunicarse, Thomas asintió.

—Espero que mis vacaciones sean como las tuyas —indicó Paula, mirando a su pelirrojo amigo —En Viena las cosas andan un poco tensas, pero mamá está segura que la casa de los abuelos no es un blanco todavía. Además, Austria no se ha rendido.

—¿Vas a ir al continente? —de repente, a Ryo se le borró la sonrisa.

—Ya te lo había comentado. No estaremos mucho allí, una semana a lo sumo, viendo cómo les va a los abuelos con eso de los huéspedes…

—¿Huéspedes? —se interesó Amy.

Paula hizo una mueca de concentración antes de contestar.

—Mis abuelos ofrecen refugio a los magos y brujas que andan huyendo.

—¿No es peligroso para ellos? Son muggles, ¿cierto? —observó Henry.

—Sí, son muggles, y sí, es peligroso para ellos, pero no les importa. Tampoco a tío Hans, que trabaja en Relaciones Exteriores en el gobierno muggle y ha estado ayudando a darles documentos a esos magos y brujas para que crucen las fronteras sin tener que emplear magia. Tía Bettina está furiosa, lo noté en Navidad, incluso creí que le pediría el divorcio a tío Hans.

—¿Tanto así? —Sunny se veía escandalizada.

—Sí, aunque soporta todo eso porque le conviene. Nunca pensé que me disgustaría alguien de mi propia familia casi tanto como el primo de papá…

—Oye, eso le puede pasar a cualquiera —aseguró Rose, asintiendo con la cabeza.

Paula se encogió de hombros.

—Espero que en Estados Unidos hayan mejorado las cosas —comentó Danielle, ganándose miradas asombradas —Los muggles se pusieron paranoicos con lo del Centro Rockefeller, y no los culpo. Los magos hijos de muggles les explicaron a sus parientes y amigos más cercanos de qué se trataba todo, y se apresuraron a sacarlos del país o a ocultar sus casas, pero es obvio que no pueden hacerlo de golpe. Para los muggles sería muy sospechoso que, con toda la gente que llega cada año a vivir a ese país, montones se empiecen a ir y que de la noche a la mañana, varios domicilios sean imposibles de ubicar.

—Pareces muy enterada —indicó Walter, frunciendo el ceño.

—Le pregunto cosas a Pat cada vez que aquí sale una noticia grave. No le gusta contestarme, pero dice que prefiere que me entere por él que por la prensa, que de todas formas, puede publicar noticias con retraso e incluso mentir.

—Sí, pregúntale a cualquiera que viviera las dos guerras —masculló Hally sorpresivamente.

—¿Tú cómo sabes eso? Nunca te lo conté —soltó Rose.

—Leí algo… Y bueno, papá casi nunca mira El Profeta, aunque llega a casa todos los días. Le pregunté a mamá por qué, y me contestó que hubo una época en la que el periódico se dedicó a decir un montón de mentiras sobre papá y el señor Dumbledore.

—Es verdad, papá lo mencionó un par de veces, y siempre con cara enojada —Rose sacudió la cabeza, haciendo que su cabello, atado ese día en una larga coleta rojiza, se agitara con brusquedad.

—Entonces, ¿ni siquiera en el periódico podemos confiar? —masculló Walter —Y yo que pensaba suscribirme en el verano…

—Si su actitud es dar la sensación de que no pasa nada, no —apuntó Bryan —Lo de la desaparición de papá tardaron más de un mes en sacarlo, aunque eso fue cosa del Ministerio…

—Según lo que oímos de Marianne, habrá que comprar El Quisquilloso en vez de El Profeta.

Lo dicho por Ryo causó muecas de asombro.

—Al abuelo Xeno no le va a gustar —logró acotar Rose —La pasó muy mal por…

La pelirroja no llegó a decir la razón de que su abuelo materno la pasara mal antes, ya que resonaron unos cuantos golpes en la puerta del compartimiento, para luego abrirse sin esperar respuesta de sus ocupantes y mostrar a un Mackenzie más huraño de lo normal.

—¿Qué se te ofrece? —inquirió Danielle con frialdad, antes que sus amigos delataran su enfado.

—Tenemos que hablar. A solas —indicó el chico, viendo con desdén al resto del grupo.

—¿Qué te hace pensar que hablaré contigo?

—Nada, pero te conviene.

Tras unos segundos de indecisión, la rubia frunció el ceño y se puso de pie, haciéndole una seña a Thomas, que se levantaba, para que se quedara allí.

—Puedo arreglármelas —aseguró, antes de salir del compartimiento.

—Si le haces algo… —comenzó Thomas.

Mackenzie le dedicó una mirada de desprecio antes de cerrar la puerta.

Casi sin perder tiempo, Rose metió las manos a los bolsillos, apurada, antes de arrugar la frente en señal de concentración y luego, sin previo aviso, se subió a su asiento, alcanzando su baúl en la rejilla portaequipaje, el cual abrió unos centímetros e introdujo una mano, buscando a ciegas.

—Rose, ¿qué diablos…?

—¡Ajá, sabía que las tenía! —la pelirroja sacó la mano, cerró el baúl y bajó del asiento de un salto, mostrando lo que parecían cuerdas de goma color carne.

—¡Claro! —Hally no tardó en repetir los movimientos de su amiga, saltándose el buscar en sus bolsillos —Orejas extensibles —dijo por toda explicación.

Los demás comprendieron al instante y se repartieron los objetos, antes que cuatro extremos de los mismos se deslizaran, poco a poco, hacia el pasillo, a donde se veían las siluetas de Mackenzie y Danielle. Al principio no distinguieron lo que decían, pues varios alumnos andaban por allí, corriendo de un lado a otro, entre risas y gritos, pero finalmente las orejas extensibles se enfocaron en lo que realmente querían oír.

—… Así que ya sabes. Mantén la boca cerrada —pronunció Mackenzie.

—¿Piensas que voy a creer semejante embuste? —inquirió Danielle, incrédula.

—Les crees a tus amigos, aunque digan la mayor estupidez de la historia, ¿por qué a mí no?

—En ti no confío. Menos en alguien de tu familia.

—Como quieras. Pero te lo he advertido. La próxima vez no seré tan amable.

—¡Has sido amable! Entonces el calamar gigante es un patito de hule.

Hubo un breve silencio que fue llenado casi enseguida por un bufido de Mackenzie. Era casi seguro que él no supiera qué era un patito de hule, lo cual por poco hizo reír a Rose.

—Tanto has amenazado con decir de dónde salió mi padre que…

—¿Qué, creíste que cumpliría mi amenaza sin provocación? Pues te equivocaste. Seré todo lo que quieras, pero no estúpida. Mientras no nos provoques, no tengo por qué decirle a la gente quién es tu padre o dónde está. A propósito, ¿por qué no hace un trato con el Ministerio? En caso de que esté diciendo la verdad, claro…

Otro momento de silencio. Los chicos y chicas dentro del compartimiento no dejaron de notar que su amiga, al decir lo último, sonó ligeramente preocupada. ¿A qué se referiría?

—Lo intentó. El problema es que no hay nadie dispuesto a escucharlo.

—¿Ni siquiera con lo que pasó durante la fuga?

¿Fuga? ¿Habían escuchado bien?

—¿Qué, su advertencia? Podría funcionar… Oye, no eres tan tonta como dicen.

—No puedo decir lo mismo de ti, si no compruebas los rumores. Usa el cerebro, Mackenzie.

Otro silencio. Los que estaban espiando la conversación no sabían qué pensar.

—Una cosa más —la voz de Mackenzie se ahogó un poco, por lo que Walter y Thomas miraron por la ventanilla de la puerta que el chico estaba dando media vuelta —Podrías considerar lo otro. Ya sabes, aceptar…

—¿Y dicen que la tonta soy yo? Cuidado, Mackenzie, me estás provocando.

El nombrado ya no habló, sino que se escucharon pasos alejarse. Esa era la señal para retraer las orejas extensibles y ocupar sus sitios antes que Danielle abriera la puerta y entrara, con una expresión entre seria y preocupada.

—¿Qué quería? —preguntó Sunny enseguida.

Dudaron que su amiga contestara directamente y tuvieron razón, porque ocupó un lugar vacío junto a Thomas antes de suspirar y menear la cabeza.

—Tengo que averiguar un par de cosas en casa —dijo con suavidad, casi como si no quisiera —En cuanto lo confirme, se los contaré. Este año celebramos en Wiltshire. Me lo confirmó Pat.

Miró a Hally, quien abrió los ojos con sorpresa antes de asentir.

—¡Es verdad! ¡Olvidaba nuestro cumpleaños!

—¿Cómo puedes olvidar tu propio cumpleaños? —inquirió Rose, mientras ella y los otros se echaban a reír —Eso es… Eso es algo…

—Quizá vaya este año —comentó Amy en un murmullo.

Bryan y Sunny, los más cercanos a ella, la vieron con incredulidad.

—¡Bromeas! —dejó escapar Sunny, agitando la cabeza de un lado a otro.

—¿Qué hizo cambiar de opinión a tus padres? —se interesó Bryan.

—¿De qué hablan? —quiso saber Ryo.

—Alice prometió llevarme —contestó Amy, mirando a Bryan y con las mejillas rojas.

—¿Llevarte a dónde? —se confundió Danielle, preocupada.

—A Wiltshire. Dice que… Dice que le parece tonto lo que piensan mis padres y…

Amy no pudo seguir hablando. Danielle y Ryo corrieron a su lado, abrazándola con fuerza y dando pequeños saltos. Nadie los detuvo, pues entendían que esos tres habían esperado algo así desde hacía mucho tiempo. Prácticamente se conocían de toda la vida.

Tantos fueron los temas que sacaron a colación y tan alegres se ponían a ratos, que les resultó realmente sorprendente ver la hora y darse cuenta que estaban por llegar al andén nueve y tres cuartos. Rápidamente se turnaron para cambiarse y estuvieron listos para cuando el tren fue disminuyendo la velocidad. Aunque los chicos se sorprendieron un poco de que sus amigas les dejaran el compartimiento libre tratando de contener risitas.

—¿Qué les pasará? —inquirió Walter, sin dirigirse a nadie en particular.

Procyon sospechó algo cuando notó que la única que no quería reír era Hally, pero juró no decirlo en voz alta si podía evitarlo. Aún cuando a Thomas se le ocurriera sacar cierto tema.

—Así que, estimado Pulgoso, ¿a dónde llevarás a nuestra Hally en sus citas?

Ryo no pudo evitar reír al oír eso, con Henry a punto de hacerle segunda de no ser por la mueca que tenía en la cara, clara señal de que su Legado le estaba causando algún malestar. Bryan y Walter, por su parte, se veían genuinamente curiosos.

—A ti te lo voy a decir —masculló Procyon con sarcasmo, quitándose la túnica.

—No soy como la hermana de Bryan y su amiga…

—¡Oye! —se quejó el recién nombrado.

—Aún así, no te lo diré. En vez de preguntar por mis citas, deberías planear unas cuantas con Danielle, ¿no crees?

—¿Cómo, si pasará las vacaciones en otro país?

—Buen punto. Deberías invitarla a Mahonlands o que ella te invite a Risco Rojo.

—¡No lo había pensado! Amigo mío, ¿qué haría sin ti?

Esta vez los seis muchachos rieron sin reparos.

En cuanto el tren paró, los alumnos armaron el alboroto habitual. Aquí y allá bajaban baúles, cargaban con jaulas y bolsas, se despedían o hacían planes para el verano…

Por un instante, varios olvidaron que el mundo se estaba sumiendo en una guerra.

—¿Gwen? —se extrañó Walter, al dejar el tren con todo y su baúl.

—¿Qué, te sorprende? —comentó la aludida, luciendo una sonrisa que su hermano recordaba solo de las fotografías en las que salía con Kelly Poe —Papá tuvo una reunión con un cliente, no tarda, y como acabé temprano un encargo del Senedd… Anda, vámonos.

—¡Hasta la próxima semana! —se despidieron Hally y Danielle de él.

—¡Espero! —respondió, porque no sabía si su padre o su hermana podrían llevarlo.

—¿Todo en orden? —inquirió un rubio alto de brillantes ojos azules.

—¿Tú quién eres? —a Walter se le hizo conocido, pero no lograba ubicarlo.

—Un momento, espera a que vengan esas pesadillas que tengo por hermanos y…

—¡Por favor, Scotty! ¡Déjame ir al frente! —rogó una chica de cabello rubio oscuro, haciendo un puchero que pretendía ser tierno pero le salió demasiado pícaro.

—Ni hablar, Skye. Tu parloteo me desconcentra y no quiero que me quiten la licencia.

Skye… ¿No era ese el nombre de una de las hermanas de Thomas? Y con esos ojos verdes…

—¿Dónde está Syd, por cierto? —preguntó el rubio.

—¡Aquí! —una chica de cabello oscuro y ojos azules llegó corriendo, arrastrando tras ella, de forma alocada un carrito con un baúl —Me costó un poco, pero bajé el equipaje. ¡Eh, Thomas!

—Te dije que esperaras a Scott —masculló el aludido, para luego preguntar, con pasmo —¿Qué haces tú aquí, Walt?

—No me cambies el nombre —masculló el aludido, fastidiado.

—¿Walt? ¿Como el poeta? —se interesó Gwen Poe.

—Creo que mi hermanito más bien se acuerda de Walt Disney —acotó Scott Elliott.

Mientras Thomas y Walter intercambiaban miradas de desconcierto, Sydney y Skye Elliott dejaban escapar unas cuantas carcajadas.

—Normal, si sus padres son actores… —aceptó Gwen, encogiéndose de hombros —Muchas gracias por traerme —le dijo a Scott, esbozando de nuevo la sonrisa que Walter nunca había visto en persona —Papá prometió llegar en… —consultó su reloj —diez minutos. Pueden irse, el camino a Inverness es largo, ¿no?

—Sí, aunque pararemos en Harrod's. Las señoritas quieren una mezcla de Earl Grey que solo venden allí, y me engatusaron para comprárselas…

—¿Otra vez caíste en una broma suya, Scott? —Thomas intentaba no reírse.

—No exactamente. Te lo contaremos en el camino. Nos vemos en dos semanas, Gwen.

Ella asintió, le hizo una seña a Walter y ambos abandonaron el andén.

—¿Ella es la asaltacunas o tú eres un…?

—Thommy, yo que tú no preguntaba —recomendó Sydney, muy seria a pesar de usar con su hermano un sobrenombre que él no oía desde que tenía cinco años.

Conociendo el carácter de Scott cuando lo hacían enfadar, Thomas asintió.

En tanto, en otro punto del andén, Hally y Rose se habían encontrado con sus respectivos padres, a quienes saludaron con ganas, contándoles algunas de las novedades, entre ellas que su profesor de Pociones se convertiría en director.

—¿Snape? —el señor Ron arqueó una ceja, mirando a su mejor amigo.

—Sí —contestó el señor Potter con sequedad.

—Acuérdate —murmuró la señora Potter, frunciendo el ceño.

—Cuando estaba en sexto, fue una experiencia interesante —contó la señora Luna, meciendo con suavidad a su hijo menor —Aunque no terminé el curso, claro —añadió, como una idea tardía.

A Rose no le agradó la sonrisa que mostró su madre. Era suave, bonita, pero también triste.

—¡Hasta pronto, Harry!

Aquel era Jim Black, quien por allí pasó agitando una mano mientras con la otra empujaba el carrito con el baúl de su hijo.

—¡Cuídate, Jim!

—¡Saludos a tu mujer! —alcanzó a gritarle el señor Ron, alegre.

Procyon movió una mano en señal de despedida, viendo a sus amigas, y mientras Rose agitaba ambos brazos en alto, mostrando así su exaltación por el fin de curso, Hally se limitó a sonreírle, un poco sonrojada. Le dieron ganas de retroceder y darle un fuerte abrazo, aún delante de los padres de ella y de todos los que pasaban por allí, de no ser porque su padre lo dejaba atrás.

Muchos se estaban despidiendo ese día con sonrisas radiantes.

Sin embargo, quizá pocos volverían a mostrar sonrisas sinceras en septiembre.


22 de abril de 2013. 10:15 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, hola, mis queridísimos fans! Si es que todavía me queda alguno, claro (Bell rueda los ojos). Espero que nadie se esté cocinando como yo, aunque claro, es primavera (en este hemisferio) y en cierta forma, es normal. Además, ¡viva Aguascalientes'n! Ha empezado la Feria, el fin de semana me espera una fiesta allí y… En fin, no creo que les interese eso.

Damas y caballeros, pueden ponerse a lloriquear, ¡LAV oficialmente ha terminado! Y sé que no lo hace de una manera precisamente alegre. E incluso ha dejado demasiados cabos sueltos que, si Dios y el cerebro me dan licencia, despejaré y/o complicaré en la siguiente entrega (en serio, Bell no tiene ni idea de qué pondrá en la dichosa entrega, pero sabe que habrá una).

En este capi, primero nos adentramos a Hogwarts, poco antes de los exámenes, cuando los que no tienen clases a primera hora del lunes hablan de algunas novedades, entre ellas que Severus Snape será director una vez McGonagall se retire. ¿Ahora les cuadra mejor la escena del capi anterior? Creo que sí. Pero también Lupin se va del colegio, al menos por el curso siguiente, y los chicos han sabido suficiente de las dos guerras como para sospechar que nuestro licántropo favorito quizá haga de espía otra vez (Rose, por ejemplo, con tanto pariente era imposible que no oyera algo). ¿Será cierto?

Luego, nos trasladamos a París, donde la Confederación Internacional de Magos se ha reunido para elegir al nuevo Jefe Supremo. Hay un equipo ninja allí, vigilando bajo aspectos falsos, y también Julien Lumière, llamado por el Jefe Supremo europeo (el marido de Gabrielle Delacour, por si alguien lo olvidó). No se dice abiertamente quién salió elegido, pero no fue monsieur Lorris, y Julien, por alguna extraña razón, no traduce lo que el personaje dijo al final. ¿Por qué? Buena pregunta.

De allí, volvemos a Reino Unido, esta vez a Hogsmeade, por la última visita al pueblo del curso, después de los exámenes. La Orden del Rayo se divide, al menos al principio, y tenemos una escena con Procyon y Hally que, lo sé, no es una cita en sí, pero se le acerca. Lo malo es que la echa a perder Melvin Corner, a quien le sentó verdaderamente mal ser cortado no una, sino dos veces en el curso, y por lo visto, quiere volver con Hally, pero ella no le da el sí. Al menos la chica y Procyon se ponen a hablar de su próxima cita muggle, que en cierta forma, será su primera cita "real", ¿cómo creen que les irá?

Y como están delante de la Casa de los Gritos, el refugio por excelencia para quienes se ocultan, nuestros desconocidos espían a Hally y a Procyon (no pregunten cómo lo lograron, queda a su imaginación). Esa breve escena es para que quede patente no solo la determinación de los encapuchados, sino la impotencia de algunos y todo lo que se están arriesgando.

Así, llegamos al fin del curso, con Hally y compañía felices por sus notas, para luego degustar el banquete de despedida, donde una sensible McGonagall oficialmente renuncia. En el tren, como es común en todo grupo de amigos, los temas van y vienen, a veces son muy serios, a veces no, pero lo que realmente deja en qué pensar es que Mackenzie se acercara a hablar con Danielle y ella no quisiera ahondar en el tema. Entre eso, las despedidas y que volvió a verse en el andén a Gwen Poe y los trillizos Elliott juntos (con eso de que Scott está saliendo con la media hermana de Walter…), la gente olvida por un momento lo que el mundo mágico está viviendo. Pero la frase final nos hace temer lo peor.

Por lo tanto, me despido por última vez en esta entrega, no sin antes recordarles que ahora busco al personaje que encarne mejor el Arcano Mayor de La Luna. Para saber más del asunto, dense una vuelta por el medio habitual (mi blog, la dirección está en mis distintos perfiles).

Cuídense mucho y nos leemos.… No sé cuándo, pero nos leeremos.

P.D. Los Agradecimientos esta vez solo podrán leerse en mi blog. Lamento las molestias.