Robotech y sus personajes son una propiedad de Harmony Gold USA Inc., Mass Effect y sus personajes son propiedad de Bioware. No se obtiene beneficio económico alguno de esta historia.
Hola muchachos, ¡estoy de vuelta!.
Es una mala broma, lo se. debo aprender a no hacer esto.
Si les digo que me cai del segundo piso de una casa por ayudar a un amigo a construirla, y que me quebré ambos brazos por hacerlo, ¿me creerían?.
Sí... me imaginaba que dirían eso.
¡Pues es verdad!. No es fácil escribir con los dedos de los pies (además de que es terriblemente impractico), así que he tenido que esperar hasta recuperarme...
Con un poco de suerte no tardaré tanto la proxima vez...
¡Vamos chicos de latinoamerica!, ¡no veo sus revisiones y comentarios!. Sueno reiterativo, pero creo que si hay una manera de mejorar, es recibir los comentarios buenos y malos acerca de tu manera de escribir.
En fín... se aceptan sugerencias de escenas, comentarios, maldiciones y propuestas de matrimonio (¡seguro que sí!, ¡como si fuera a haberlas!).
¡Lo olvidaba!: Gracias a Ridli Scott por "favoritearme" (¡uggh!, ¡como odio esa palabra!). Espero que puedas agregar más a tu crossover de Hellsing y Resident Evil, parece que va a ser muy... ¡interesante!.
¡Vamonos a la acción!
Intermedio 3: Circunstancias
Distrito Tayseri, La Ciudadela...
Robert Dellyle, obrero modelo y padre de familia, despierta en la dura banca de una celda en el precinto del Distrito Tayseri. Le duelen sus músculos, en parte por el trabajo del día, en parte porque la banca fría y dura donde descansa, no está hecha para la comodidad. No olvida el motivo por el cual esta "visitando" los recintos de Seg-C. Voltea a ver, reluctante, a su compañero de celda y no puede menos que echarle una mirada de extrañeza. Su incómodo vecino está tan magullado y amoratado como él, producto de la pelea en ese bar de media categoría por la que ambos fueron detenidos, pero sonríe con una certeza que le recuerda a si mismo.
William Jensen, jefe de subcubierta del SDF-3, no atina a saber como es que, de todas las cosas que podían pasar en su salida de "permiso", tenía que terminar el día con un viaje al calabozo. No es un hombre violento, (de hecho evita los conflictos tanto como le es posible, un anatema en la milicia). Sin embargo, al pasar su mano por los cardenales que adornan su cuerpo, se le despierta un sentido de grata satisfacción. El hombre del otro lado de la celda le ha dado una paliza, y el a su vez ha dado golpes sin pedir tregua ni cuartel.
En ambos hay una sensación de mutuo respeto que se ha formulado de mala gana. No todos los días se encuentra a alguien con quien se va a enzarzar en combate, y mucho menos que le va a exigir hasta el ultimo aliento para ganar. El dialogo no es algo que les pase por la cabeza a ambos en ese preciso instante. Sin embargo hay preguntas aún no formuladas que rondan sus respectivas cabezas...
- Para ser un militar, pegas como niña... - la voz del obrero se levanta, rezumando ironía.
- ¿Y me lo dice el tipo al que le he zafado un diente? - responde el militar, aplicando la misma medicina.
El hombre fornido a su lado hace un gesto, mientras su lengua explora la caverna que tiene por boca. No ha caído en cuenta de semejante condición y, convencido de la aseveración de su contrario, sonríe:
- Touché... ya iba a caerse de todas formas - comenta con un poco de sarcasmo.
- ¿Ya se te pasó el disgusto?, ¿o buscas recordarme por qué estamos aquí? - pregunta el militar, con ligero resentimiento en su voz.
- ¿Podemos saltarnos esa parte?, ya es suficientemente malo que estemos encerrados los dos juntos, como para que me lo eches en cara... - hay algo de culpa en su voz, acompañada de una mirada esquiva, que no convence al militar.
- Mira amigo, yo no fui el que llego al bar a tratar de golpearme, por pertenecer a la Fuerza Expedicionaria... - William no está dispuesto a dejar pasar el punto.
- ¡Hey!, ¡si ustedes no hubieran lanzado ese jodido pulso electromagnético nada de esto estaría...! - contraataca el otro y ambos hombres se incorporan.
El ruido de golpes azotando el vidrio de cristacero reforzado de la celda los hace voltear intempestivamente:
- ¡Silencio ustedes dos, o tendremos que ponerles bozales! - llega el grito apagado desde afuera. Un turiano malencarado azota un bastón de contención, reclamando la tranquilidad perdida. Ambos hombres lo miran por un segundo y lo ignoran, para después voltear hacia sus respectivos lugares, yendo a sentarse cada uno en completo hastío.
- Oye... - el militar rompe el silencio de nuevo, un par de minutos después.
- No quiero tus disculpas - el rostro del obrero es de genuina molestia.
- ¿Siempre te comportas como un idiota?, ¡solo escucha un momento! - cuestiona el jefe de mantenimiento, ponderando si en realidad el mismo no esta siendo un necio por tratar de dialogar con un sujeto así.
- ¿Y que tienes que decir que pueda interesarme?. Ustedes son los extraños aquí. Vinieron a trastocarlo todo... Se sienten tan moralmente superiores... ¿que diablos pueden querer de nosotros? -
- ¡Oye!, no era nuestra intención cambiar nada de esto. Ni siquiera debíamos estar aquí para empezar... - aquí se interrumpe para ver que su interlocutor tiene la mirada fija en él. Suspira:
- Lo único que queremos realmente es regresar a casa... -
- Lastimando a las personas no lo van a conseguir -
- ¿Lastimando a...? - pregunta William, de manera retorica y cierra la boca. No necesita confirmación pertinente. Sabe que los eventos de su llegada no les han traído muchas simpatías:
- Sabes... esto no es un día de campo para nosotros. Muchos de los nuestros están heridos o en recuperación. Apenas ahora hemos podido reparar nuestra nave, pero no tenemos intención de permanecer aquí por siempre. Todavía estamos en guerra, y en casa nos necesitan -
- ¿Si tan pocas ganas tienen de quedarse entonces por que no se largan de una vez? -
- ¡Imbécil!, ¿crees que si pudiéramos irnos no lo hubiéramos hecho ya? -
- ¡Hey, ustedes dos!, ¿acaso no entendieron?, ¡SILENCIO! - el mismo oficial vuelve a golpear en el vidrio, esta vez con un semblante mas molesto.
Ambos hombres levantan un brazo en un gesto similar, haciendo una seña ofensiva universal que no le pasa desapercibida al turiano. William continua:
- ¡Oye!, no se cuales han sido tus desgracias personales, ni como se relacionan con nosotros como para que tengamos que soportar tus desplantes. Pero te aseguro que no estamos en un lecho de rosas. Y mientras no hallemos una manera de regresar a nuestro hogar, estamos atorados en la misma olla -
- Eso no es ningún consuelo - dice el obrero y remonta el pensamiento hacia su familia.
Su mente recorre las escenas de ese mismo día por la mañana:
Se levanta temprano como de costumbre, para tomar un desayuno mas bien magro. No hace mucho ruido. No quiere despertar a su mujer y su hija, pero una mirada al reloj lo hace cambiar de parecer. Mientras ellas se desperezan, él se prepara una taza de fuerte café negro. El olor reactiva sus sentidos, y le da la convicción para cruzar el umbral de su departamento de nuevo. No puede decir que les depara el futuro. Nadie puede. Y en circunstancias como las de la última semana, aún menos. La preocupación lo estruja y le hace perder el sueño. Revisa la forma electrónica que necesita para pedir un segundo turno de trabajo. Con suerte la paga será suficiente para solventar los gastos que hace poco han adquirido.
Hará lo que sea por los suyos. Ha abandonado su vida en esa barriada pobre en El Cairo, para soportar las inclemencias de las colonias. El viaje con su esposa a Mindoir no ha resultado bien (el terror de los batarianos asolando el planeta y llevándose a los colonizadores como esclavos, es algo que no quiere recordar jamás). Regresar a la Tierra a una vida de miseria y crimen tampoco es una opción. Haciendo de tripas, corazón, paga un viaje a la Ciudadela para dos personas y se instalan en la gigantesca estación espacial. Sabe que fue lo correcto, a pesar de descubrir que el "centro político" de la galaxia no es todo el glamour ni la sofisticacion que los holovids presentan todo el tiempo. Muchos de los casi dos y medio millones de moradores viven, si no en pobreza, si en condiciones precarias. Pero de algo esta seguro. No va a dejar que su mujer (y posteriormente su hija) pasen malos ratos por falta de algo que echarse al estómago.
Poco más de una semana atrás, al tiempo en que "ellos" aparecen en el cielo de la estación, suscitando miradas y exclamaciones de asombro, su familia está parada en uno de los múltiples paseos peatonales y áreas verdes. Cuando la nave termina su arribo, su mujer voltea verlo con "esa mirada" en el rostro. Una que ya ha visto incontables veces antes, en los momentos oscuros de su vida común. Siente las manos de la pequeña (mas bien adolescente) Susana rodear su robusta cintura y sujetarlo fuertemente. Eliza se repega a él, su cuerpo temblando con un miedo inexpresado. El mismo no sabe que decir, manteniendo a duras penas la calma ante un suceso sorpresivo que, como muchas otros seres, no entiende ni puede explicar. Extiende sus brazos, rodeando a sus mujeres en un gesto protector que ninguna de ellas desaira.
Nadie dice nada. No es necesario. Mientras estén juntos, no importa que el futuro se vea poco claro. Se las arreglarán para salir adelante.
Y entonces viene el pulso...
No quiere recordarlo.
William observa a su compañero de celda, mientras reflexiona en silencio. Al igual que él, su mente también se regodea en las circunstancias de hace varias horas. Cuando termina su turno de servicio, piensa en aprovechar sus días de licencia, para dormir como hace varios meses no lo hace, agitado como esta por el trabajo en la enorme nave. Su mente le dice que no lo haga. Esta intrigado por las vistas y el asombroso mundo que le espera cuando le sea extendido su pase de salida para visitar la Ciudadela.
No es un extraño a las estaciones espaciales. Ha nacido en las instalaciones medicas de la Estación Libertad, meses antes de la Segunda Guerra Robotech. Fue parte de los civiles arrastrados, cuando ese monstruo de mas de ciento veinticinco kilómetros de largo, saltó de la órbita terrestre para reunirse con la Fuerza Expedicionaria en el espacio profundo. Aún recuerda su infancia, difícil y azarosa, cuando su familia vagaba por los ciclopeos corredores diseñados para los Zentraedi, buscando en que ocuparse para ganar el sustento diario. A pesar que el toroide cilíndrico de allá afuera no es tan impresionante como su antiguo hogar, sin duda tiene más confort y placer que cualquiera de las instalaciones que haya visitado antes.
Se mira al espejo y se convence que no le faltan vacaciones. Después se toca el costado, donde esta el apretado vendaje provisional que le pusieron las enfermeras y lo piensa mejor. Tiene tres semanas de nuevo en servicio, después de una rehabilitación de cinco de ellas en la enfermería. Todo es culpa de la Batalla de Optera, donde acabaron con el traidor Edwards. En el posterior incidente con los misiles Neutrón-S, se ha vuelto a lesionar y eso lo ha puesto de nuevo en la lista de licencias. Mientras tanto la rotación de personal lo ha mantenido ocupado, un turno de cada tres. No es fácil ser jefe de subcubierta de una nave Robotech y mucho menos del SDF-3, pero siempre le ha gustado su trabajo y no lamenta permanecer enclaustrado en una fortaleza dimensional la mayor parte del año. Cuando alguno de sus subordinados le pregunta porque prefiere ser un subalterno en la nave insignia de la flota, a ser jefe principal de mantenimiento de cualquier otra nave, él responde que le gusta estar cerca del Almirante Hunter: "¡Con él esta la acción!".
La voz de su compañero lo devuelve a la realidad:
- ¿Como es el lugar de donde vienen? - pregunta el obrero abruptamente.
- ¿Perdona? -
- ¿Como es su mundo, su realidad?. Ya sabes: ¿Como viven?, ¿que hacen?, ¿como se divierten?, esa clase de cosas... Ya se que los noticieros han difundido la historia de su pueblo hasta la saciedad, pero aquí aprendimos a no confiar demasiado en ellos -
El soldado sonríe con sorna:
- En eso no somos muy distintos. En casa los noticieros son principalmente propaganda de guerra. Un mal necesario, pero mal al fin y al cabo. En cuanto a la Tierra, no la conozco. Nací en el espacio, en una estructura tan grande, sino más, que esta. Aunque supongo que será similar a las imágenes que he visto de su Tierra, a través de la Extranet... -
- Si... la Extranet es buena para eso. ¿Como es que los militares manejan las noticias?. Si la Alianza se tornara censora de noticieros, los gobiernos pondrían el grito en el cielo -
- Cuando una gran parte de tu población es parte del ejercito, no muchos disienten de como se manejan las cosas. Hay civiles en Tirol, un planeta de nuestros aliados, que han dejado la milicia, pero la mayoría de los integrantes de la Fuerza siguen sirviendo. La nuestra es una realidad de guerra, como ya les han dicho. Una en la que tenemos que esforzarnos para recuperar lo que es nuestro -
- ¡En casa se harían movilizaciones masivas!, no permitiríamos que los mili-tontos... ¡perdón, los militares... lo manejaran todo!, ¡dios sabe que la Alianza ya tiene bastante antagonismo por existir!... -
- En casa, la gente de la Tierra no tiene voz ni voto. Hasta donde sabemos están dominados por extraterrestres. Y la poca información que sabemos dice que sobreviven, pero no prosperan. Los Invid se han encargado de eso... -
- ¿Los Invid? -
- Si, el enemigo. Son como babosas inteligentes. Tienen buenas armas, pero el problema principal es que siempre atacan en masa. ¡Nunca he visto bastardos tan numerosos!. ¡Sin embargo la Tercera Fuerza de Reclamación tendrá éxito!, (y así lo creo, porque nunca he visto una flota tan malditamente grande y armada). Cuando volvamos, encontraremos la Tierra libre de nuevo... - aquí se detiene y suspira - ...si es que volvemos - señala y de pronto se abstrae.
Tiene que reconocerlo. El Almirante y la Embajadora siempre han sido muy sinceros con la tripulación. Eso no gusta a los oficiales mas viejos, pero hace que la soldadesca los adore. Cuando ambos se acercan para informarles que podrían estar en ese nuevo universo durante "algún tiempo", sus rostros se notan conflictivos. Sus expresiones son mas cercanas al "no sabemos si podremos regresar a casa", que lo que sus palabras demuestran...
No quiere pensar en eso. No hoy por lo menos.
El obrero observa el semblante dubitativo de su compañero. Una punzada de remordimiento lo asalta de súbito. Es una sensación extraña, provocada por gentes a quienes él considera como unos desgraciados arrogantes. Trata de calmar su culpa hablando más:
- Es difícil... pensar en alguien que pueda meterse con ustedes, con toda esa tecnología. Sus maquinas hacen ver a los cacharros del Concilio como juguetes. Y no mencionemos su ciencia... -
William sonríe con sorna:
- No querrías conocer a los Zentraedi, te lo aseguro. Cuando peleamos con ellos, su tecnología era mejor que la nuestra y solo teníamos una nave capaz de hacerles frente -
- ¿Que no son ellos sus aliados?... quiero decir, la Comandante Sterling ha salido en entrevistas y... -
- Ella era uno de ellos. Pero antes de ser nuestros aliados fueron nuestros enemigos. Y te horrorizaría saber lo que eran capaces de hacer -
- ¿Y como ganaron entonces? -
- Debido a una afortunada circunstancia, y a una chica con voz de oro... -
- ¿Linn Minmei? -
- ¡Sí!, ¿la haz oído? -
El robusto obrero palidece. Recuerda un evento hace tres días. Su hija llega emocionada a casa después de la escuela. Con nervioso entusiasmo le hace escuchar unas grabaciones que se están poniendo muy en boga entre los jóvenes, canciones de una "artista" edulcorada para su muy particular gusto, como muchos de los productos populares que circulan en la galaxia... una tal Linn Minmei. Lo particular de esta mujercita es, según las explicaciones agitadas de su niña, que algún tiempo atrás la chica se convirtió en una especie de símbolo, cuando una de sus canciones ayudo a los extranjeros a ganar una batalla masiva contra alienigenas genocidas dispuestos a destruirlos.
Si alguien le hubiera dicho que una tropa de malencarados, con armas mejores que las de los extranjeros, sería derrotada por las canciones ridículamente juveniles y soñadoras de una chiquilla de dieciséis años, lo hubiera tomado por un retrasado mental. Es el turno de Robert de sonreír con amargura: "Si las cosas hubieran sido tan fáciles en Shanxi...". Suelta una carcajada de sorna que levanta una ceja de desconcierto de su interlocutor, y jura para sus adentros que extraña un poco el cinismo de su vida antes de la llegada.
- ¿Crees que estoy mintiendo? -
- ¡No!... aunque suena bastante tirado de los pelos. ¡Pero que diablos!, ¡realmente podría ser en otra dimensión! -
- Si... suena bastante ridículo cuando lo cuentas así. Pero juro que es verdad. Linn Minmei es nuestra musa inspiradora -
- Esta bien. Pero no me hagas escucharla. Esta bien para los oídos de mi hija, no para mí... -
Ambos ríen jovialmente y los oficiales del precinto se les quedan viendo con rostros de asombro, sin adivinar siquiera la clase de tonterías que ambos humanos están diciendo. Cuando la risa termina, Robert se sienta y observa a su compañero. Reconoce para si mismo que ha estado cometiendo el mismo error de su niñez: Juzgar a la ligera, sin conocer las circunstancias de cada individuo. Algo que creía ya no hacer.
Disimula la súbita vergüenza que siente, preguntando algo más:
- ¿En que creen ustedes? -
- ¿Quieres decir que si creemos en "Dios", o algún dios particular?. La respuesta es... sí y no -
- ¿Sí y no?, ¿que clase de respuesta es esa? -
- Es una no muy sencilla de explicar. Como cuerpo, la Fuerza Expedicionaria es mas bien agnóstica. Es requisito obligatorio para el trato con otras inteligencias. El riesgo de embarcarnos en una guerra por diferencias religiosas es grande allá afuera, y el hecho de tomar una posición de respeto, aún cuando no compartamos la creencia, nos permite ser neutrales. El proceso de reclutamiento se asegura de tomar solo a los integrantes que estén dispuestos a dejar de lado su fe para servir -
- Eso es bastante arbitrario. Supongamos que yo quiero servir en las fuerzas armadas, pero no quiero matar a nadie porque mi fe me lo impide... ¿no me dejarían alistarme por eso? -
- En ese caso se te canalizaría a alguna de las organizaciones de ayuda o servicio civil que la FER ha creado en los últimos años. La membresía en la armada es honoraria, pero no menos valida por eso -
- ¿Entonces para ustedes no existe la objeción de conciencia? -
- No. Solo los que están dispuestos a hacer el sacrificio, son los que pueden acceder al entrenamiento y a los recursos de la milicia formal... - el militar observa el rostro de su compañero. Ha visto esa cara antes y decide apaciguar la situación antes de que escale en algo intratable:
- …antes de que protestes dejame decirte algo. Cuando la guerra con los Zentraedi, una gran parte de la población murió y muchas de las religiones se fueron con ella. Algunas de ellas sobreviven, pero ambas, las originales y las que vinieron luego, no tienen el mismo impacto en la población que antes. Para nosotros es común el ateísmo o el agnosticismo mas específicamente. Además el servicio militar no es obligatorio sino voluntario, por lo tanto no hay cabida para la objeción de conciencia -
- Solo los que están dispuestos a hacer el sacrificio son aceptados... -
- Sí. Además no es que tengamos muchas religiones allá afuera. Ustedes tienen mas que nosotros, debido a su historia "menos accidentada". Nosotros no nos enganchamos con los cultos, en parte por nuestra propia experiencia. Hemos encontrado en otros mundos civilizaciones con su consecuente carga de religiosidad, pero hasta la fecha, los que dejan la Fuerza llamados por una fe extranjera son relativamente pocos -
Robert parece ponderar la respuesta de su interlocutor. Trata de imaginar como hubiera sido su vida si se hubiera unido a la milicia desde pequeño. Pero rechazó ese camino desde temprana edad. La vida en las bandas lo alejó de él, y cuando tuvo oportunidad, no quiso tomarlo. Hasta la fecha no lo lamenta.
- Ya fue bastante de contarte de mí. ¿Que hay de ti y tu familia? -
Robert cierra los ojos, y mantiene a raya el sincero dolor que le embarga. Regresa su mente a los momentos después del pulso EM. Cuando la descarga golpeó la estación, su hija Susana estaba parada cerca de ellos. La chica había activado su omniherramienta para capturar un video de la gigantesca nave. El dispositivo que Robert había comprado para ella, era de gran calidad, "uso rudo", aunque no de los que estaban mas de moda entre los jóvenes, según le había comentado el salariano que se la había dado. Cuando se la entregó a su hija, la cara de decepción en el rostro de la chiquilla fue de lo mas revelador. Emberrinchada, no se la puso en tres días, pero finalmente hizo uso de ella y fue acostumbrándose al multi-usos con mucha eficacia.
Fue esa resistencia de los componentes lo que impidió que ella sufriera una retro-alimentación eléctrica mas fuerte. Donde muchos quedaron inutilizados de por vida o muertos, ella escapó con solo un desmayo. Los galenos revelaron posteriormente, que tenía afectaciones en su sistema nervioso central, en forma de temblores espasmódicos, que trataron con químicos y descanso.
Químicos costosos y descanso escaso. No esta muerta y lo agradece, pero una eventualidad así lo pone en una posición económicamente difícil. Los doctores le han aclarado que la condición de su hija es reversible, pero podría degenerar a largo plazo si no la operan. Empero, un procedimiento quirúrgico de la clase que necesitan, cuesta bastante más de lo que es capaz de ganar en un año de trabajo. Además las medicinas con las que la están manteniendo estable son caras.
Muy caras...
Es eso lo que lo hace decidirse a apuntarse para un segundo turno en la bahía de descarga. Un segundo empleo que le es negado, debido a que la empresa ya esta sub-contratando a alguien mas para cubrir los turnos hasta que los operarios nuevos estén listos. Repasa la situación en su cabeza mientras piensa en que, de no poder conseguir los créditos necesarios para solventar ese problema, tendrá que venderse como esclavo, robar o hacer cosas peores...
William ve la desesperación pasar por el rostro del otro. Va a decir algo, pero observa el gesto de su compañero y lo piensa dos veces. Lo mira sacar del bolsillo interior de su ropa una especie de pastilla electrónica. Aprieta un botón y esta proyecta una imagen tratada como si fuera una fotografía de antaño. En ella hay dos mujeres, con su compañero de celda en segundo plano y parado entre ambas, con gesto de tremendo orgullo:
- Mi mujer Eliza y mi hija Susana... - acerca la imagen para que el la vea y le señala a cada una - ...ambas están en tu nave ahora. Mi pequeña resulto afectada por el pulso – su voz se llena de una mezcla extraña de orgullo y tristeza - ...y los doctores le detectaron una afectación del sistema nervioso, que es curable, pero sumamente costosa. Cuando oímos a la embajadora decir que iban a proporcionar ayuda medica a los afectados, nos apuntamos enseguida al programa de ayuda... - se detiene y respira muy hondo.
- Ya veo - señala el militar, mientras observa con mayor detenimiento. Eliza es castaña, alta y de buena figura, sin duda de ascendiente europeo. Susana tiene los ojos iguales a los de su madre: Grandes, de un color azul muy intenso, vivos y expresivos. La estructura facial es sin embargo, la del padre: Una cara ovalada en la que las facciones están armónicamente distribuidas, cabello lacio de un castaño oscuro al hombro y una sonrisa por la que, en unos años, los chicos harán lo que sea sin dudarlo.
El jefe de subcubierta siente un extraño orgullo. Una frase de su propia madre se le viene a la cabeza: "Es el llamado de la sangre". Pero ese sentimiento no podría tener cabida en él. Esa no es SU familia. De pronto se siente culpable por lo que ha pasado con ellos. Cae en cuenta de la afectación a la que han sometido a esas personas.
Recuerda el momento en que desembarcó. Le sorprendía encontrar un nutrido grupo de gente con semblantes cabizbajos, esperando el transporte, así como vehículos de carga con materiales para la nave. Estaba al tanto que la embajadora había ofrecido ayudar a los ciudadanos afectados, pero con esa cantidad de pacientes, no le extrañaba que hubiera dos y tres turnos de médicos trabajando a todo vapor. Las guardias en la nave se habían duplicado desde que empezaron los viajes de civiles. Recuerda haber visto la cara de molestia del Almirante Hunter cuando su esposa ordenó dar cabida a ese programa. La logística necesaria para coordinar un esfuerzo de tal magnitud hace su cabeza dar vueltas.
Es él quien no sabe que decir ahora. La vida lo pone a uno en las situaciones mas inverosímiles sin duda, y si antes había avergonzado a su interlocutor por su comportamiento bárbaro, ahora parece él mismo el malo de la historia. Atolondrado como está, no repara en que la puerta de cristacero que delimita la celda se ha abierto. El turiano que los ha estado hostigando le hace una seña:
- ¡Eh!... ¡tu!. Llegaron a rescatarte amigo. No reportaremos este incidente a la Fuerza Expedicionaria, sabe dios que no tuviste la culpa. Pero la próxima vez procura no meterte en líos, ¿de acuerdo?... -
William se levanta y no responde al policía. Su mirada esta fija en Robert, quien le devuelve la vista con mínimo resentimiento:
- Hora de que te vayas... yo permaneceré aquí un rato más. Como te dije mi mujer y mi hija están en la nave y no volverán sino hasta mañana por la tarde, así que no me corre prisa por volver a casa -
- Gusto en conocerte Robert Dellyle -
- Igualmente William Jensen. Si sabes de alguna vacante de trabajo en la Fuerza, házmelo saber -
Se estrechan las manos y él se va. Al llegar a la sala principal del precinto le son devueltas sus cosas. Allí están Adeli y Dareku, una Asari y Elcor a quienes ha conocido en uno de los múltiples casinos de los Distritos bajos, y que amablemente se han ofrecido como guías de turistas (sin duda motivados por conocer más de él). Dareku ha pagado la fianza y lo espera pacientemente, mientras que Adeli echa una mirada de molestia al turiano que esta detrás del escritorio.
- Preguntas ansiosas: ¿Estas bien William?, ¿como te han tratado? - pregunta el masivo alienigena en ese monótono discurso tan típico de su raza.
- Estoy bien Dareku. Te pagaré lo de la fianza en cuanto pasemos por una terminal - le dice el humano, guardando sus cosas en sus bolsillos.
- Aseveración despreocupada: ¡Ni lo menciones!. Sugerencia picara: ¡Mejor paga tu las próximas cervezas! -
- Dareku, deja de abusar del pobre muchacho. ¡Que bueno que estés bien William!, ¿no te duele nada? -
- Solo el orgullo Adeli, solo el orgullo. Pero veré al "matasanos" cuando vuelva al nave, solo para estar seguro -
- Esta bien. Aunque creo que no deberías esperar tanto -
- Comentario intrigado: Nunca entenderé estas expresiones humanas. Preguntas dubitativas: ¿Que quieres decir con "matasanos"? , ¿además como puede "dolerte el orgullo"? -
- No te preocupes por eso Dareku. Te lo explicaré después - le dice el oficial, esbozando una sonrisa.
William y su comitiva salen. Al ver de nuevo la luz rosa del reflejo de la nebulosa a través del cielo de la estación, el jefe de mantenimiento se detiene un momento. Mira al SDF-3 suspendido en el vacío y recuerda a su compañero de martirio:
"Si sabes de alguna vacante de trabajo en la Fuerza, házmelo saber."
Da media vuelta y enfila de nuevo hacia el Precinto de Tayseri, esquivando a la multitud. Sus compañeros extraterrestres echan a correr detrás de él intrigados:
- ¿Que pasa?, ¿olvidaste algo? - la voz de Adeli es de preocupación.
- Espérenme aquí unos minutos por favor - se detiene en la puerta de la estación de Seg-C. Los oficiales parados en la puerta lo ignoran.
- Confundido: ¿Adonde... vas? - Dareku ya los ha alcanzado, y resopla ante el esfuerzo de mover su enrome mole con mediana rapidez.
- Ya lo verán - les contesta el humano y entra en la edificación.
Unos diez minutos después, William regresa a su lado con su compañero de celda, ante la mirada atónita de los extraterrestres. Adeli mira incrédula al hombre que acompaña a su amigo. La semejanza física entre ellos es asombrosa. Dareku no alcanza a entender la gracia:
- Expectante: ¿Que significa esto William? -
- Permitanme presentarles a Robert Dellyle, trabajador del Distrito Tayseri - hace un gesto un poco teatral y Robert baja la cabeza en señal de aprobación.
- Exaltado: ¡Ese es el hombre que te golpeo!, ¿que esta haciendo él aquí?, ¿como es que lo dejaron salir? - el Elcor mueve su enorme cuerpo hacia el frente, pero el otro no se deja intimidar.
- ¡Dareku!: ¿Por que no dejas que William lo explique? - Adeli interviene, conteniendo a su compañero extraterrestre.
Dareku calla casi inmediatamente, haciendo un mohín que tiene eco en la cara del otro. Adeli se cruza de brazos y lanza una mirada expectante a William, quien toma eso como su señal de turno:
- Mientras estuvimos encerrados, tuvimos una larga charla. A pesar de lo que ustedes consideran un "poco ejemplar comportamiento"... - ahí el soldado se detiene y lanza una ligera risa irónica que el otro hombre tiene a bien ignorar - ...Robert es humano como yo. Por eso me he encargado de pagar su fianza. A pesar de todo no le guardo ningún rencor -
- Expresión incrédula: ¿No le guardas ningún rencor?, ¿que no recuerdas que fue él quien empezó la pelea por la que tuvimos que sacarte de ahí? - el extraterrestre señala el edificio frente a ellos.
- No hay ninguna necesidad de recordarme eso amigo - comenta Robert, suscitando una mueca de sorpresa. Los extraterrestres aún se sienten confundidos por el increíble parecido entre ambas personas.
- Escucha Dareku... algunas veces he pensado que habría sido de mi si no hubiera entrado a servir en la Fuerza. De todas las personas que he conocido, tanto de mi hogar como de este nuevo mundo, Robert tiene la vida mas similar a lo que yo habría querido para mí...(no que no trabaje hasta extenuarme todos los días, pero confieso que siento un poco de envidia por Robert y su bonita famila)... ¡Hey, no pongan esa cara!. ¡El parecido entre ambos no tiene nada que ver en esto! -
- Esa es una afirmación difícil de sostener cuando se les ve uno junto al otro... - comenta Adeli en tono mordaz.
- Dímelo a mí... nunca pensé que la gente diría que parezco un militar... - remarca Robert con una ironía que no le pasa desapercibida a su compañero.
- Ja, ja, muy graciosos... el caso es que Robert es lo que los humanos llamamos un "alma gemela"... y no en sentido literal. No se que tan común sea eso entre ustedes, o siquiera si tienen algún concepto así. Pero entre nosotros los humanos, que somos tan diversos, es raro encontrar gente con la que compartamos mas que la similitud física -
- ¿Y eso fue lo que te hizo abogar por él con Seg-C? -
- Sí. Me he dado cuenta de que les hemos hecho daño de cierto modo, perturbando su mundo y las cosas que conocen. Alguien con pocos escrúpulos no tendría ninguna consideración, pero los integrantes de la FER no somos como los demás -
- ¡Oye!, te agradezco que me hayas sacado de ese agujero... - señala despectivamente hacia las oficinas del precinto - ...pero espero que no hayamos salido de allí para oír discursos de rectitud moral... -
- Molesto: ¡Eres un ingrato humano!. No sabes agradecer tu buena fortuna... - el Elcor esta furioso, pero su compañera sabe que ese comportamiento es norma en él.
- ¡Dareku! - lo reprende, a lo que él agacha la cabeza en señal de sumisión.
- El Elcor tiene razón. Soy bastante ingrato, no se me olvida. Pero no espero que William ande cantando la superioridad moral de la Fuerza Expedicionaria por todas partes. Eso es parte de lo que me molesta de ustedes... - comenta Robert y se da media vuelta, ofendido. Los habitantes y turistas pasan al lado suyo sin importarles ese pequeño drama personal.
- Definitivamente no es mi intención, créeme. A veces se me olvida que puede ser molesto. Lo que en definitiva voy a hacer es conocer mas de ti y de tu familia si así me lo permites. Es mi primera visita por aquí y me conviene tener alguien con quien charlar de vez en cuando. Además de que muy pocas veces encuentra uno a alguien tan físicamente parecido. No se cuanto tiempo permaneceremos en esta dimensión, pero se que quiero hacer esto - extiende la mano abierta hacia él otro humano, en un gesto que deja a los demás impactados.
Robert medita un momento. Si alguien le hubiera dicho al principio del día, que antes del final tendría oportunidad de "hacer migas" con un soldado de la FER, lo habría insultado sin misericordia. Ahora la ocasión se presenta y, como se perfilan las cosas, sería un idiota si despreciara lo que el destino le ofrecía:
- De acuerdo... - el obrero la estrecha fuertemente - ...que no se diga que los humanos somos unos rencorosos -
- "Un amigo más es un enemigo menos" - comenta Adeli mientras sonríe. El Elcor a su lado no dice nada, pero la mueca en su rostro se dulcifica.
Mientras ellos se alejan caminando del precinto, con rumbo a algún bar donde terminar el día, el oficial turiano de Seg-C, parado desde la puerta, no les quita la vista de encima. La multitud los ataja y oculta, al tiempo que él piensa que nada de lo que pueda poner en el reporte de actividades de esa noche alcanzará a transmitir la sensación de maravilla y extrañeza que lo embarga.
La ocasión de haber tenido a dos hombres de rasgos idénticos hasta el grado del absurdo, encerrados en la misma celda, no se da todos los días...
Bueno... faltaron cosas en este escrito. Cosas que por su naturaleza de "revelaciones mayores" requieren un capitulo aparte.
No desesperen... el próximo capitulo no esta tan lejos como ustedes creen.
Feliz Navidad (tardía) y Feliz Año Nuevo (anticipado)...
¡Nos veremos pronto!.
