Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Puede que sean rivales en la cancha, e incluso enemigos, pero la llegada de un nuevo integrante a la gran familia del basket, hará que olviden sus rencillas y se unan para apoyar a los nuevos padres, al tiempo que van contando la historia de amor de Kagami y Kuroko, y como su noviazgo dió paso a su boda y su ahora, reciente paternidad.
KagaKuro, MidoTaka... y alguna pareja mas.
Dedicado a MoniK. Mi pequeña princesa Fujoshi.
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Uno mas en el equipo.
Capítulo 18: La práctica hace la perfección.
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– No te esperaba tan pronto. – Kagami se sorprendió tanto de verle entrar en casa, que su cara hacía una mueca entre graciosa y sorprendida que le arrancó una carcajada sincera a Kuroko. – No tan alto. Kou acaba de dormirse...
– Perdón. – Susurró uniendo las manos en un gesto arrepentido.
– ¿Estás bien?. – Sus ojos, mirada fija, preocupación sincera, tatuaron su sonrisa en los labios mucho mas allá del tiempo que quería.
Kuroko se quitó la sudadera después de dejar la pelota en el suelo y las llaves en su sitio en el ganchito de la entrada. Le miró sonriendo, sin poder evitarlo.
Kagami esperaba, su respuesta, y ese simple hecho, el querer saber si estaba bien después de su encuentro con Daiki, demostraba tantísimo amor por su parte.
Todo lo que su esposo sabía era que el jugador era su anterior pareja, y que su ruptura no había sido precisamente de mutuo acuerdo. No conocía los detalles, pero Taiga había leído entre lineas mucho antes de que nadie le dijera nada. Había visto como Kuroko se encogía si el otro era mencionado, y como le evitaba cuando se juntaban en la misma habitación, como se quedaba con él, y le usaba en cierto modo como parapeto tras el que medio ocultarse.
También había notado que Daiki le esquivaba del mismo modo. Desviaba su mirada si por alguna razón, los dos miraban en la misma dirección...
Cuando empezaron a salir, también fue consciente en el modo en el que Tetsu usaba su habilidad para desaparecer con mucha mas frecuencia fuera de la cancha que dentro. Notó como temblaba si se le acercaban demasiado, y como apretaba la mandíbula dejando las frases a la mitad.
No quiso obligarle a nada, nunca. Se afanó en curar su corazón con todo el cuidado que pudo poner. Medía cada gesto, cada palabra... su amistad lo era todo. Y entonces Kuroko le confesó que le gustaba y eso lo cambió todo.
Quiso ocupar su corazón con todo su ser, amarlo, hacerle el centro de su universo.
La primera vez que hicieron el amor, Taiga lloró. Sabia que la entrega de Kuroko iba mucho mas allá de lo meramente físico, que era algo místico y celestial. No solo le entregaba su cuerpo, había algo mucho mas profundo que no entendió del todo, pero si supo valorar en su justa medida.
Un hermoso ángel de ojos tan azules como el cielo.
Para Kagami el simple hecho de mirarle, de ver su sonrisa, era un modo de hacerle el amor.
Quizá solo él lo veía así, pero no le importaba.
La mañana que amaneció mirándole dormir, Kagami supo que jamás podría separarse de él, nunca.
Recordó ese día, como andando desde su pequeño apartamento de estudiante donde la noche anterior la habían pasado amándose mutuamente hasta el desmayo, le pidió que se casaran.
– ¿Qué?. – Su cara de asombro era casi un logro en el rostro siempre inexpresivo del chico sombra.
– Que te cases conmigo, o me quedaré solito para siempre. – Kagami caminaba hacia atrás, delante de Kuroko. Hablaba totalmente en serio.
– ¿Lo dices en serio?. – Su pregunta sonó incrédula total.
– ¿Por qué?¿Llevo puesta la cara de hablar de broma?. – Kagami se pasó las dos manos por la cara, de arriba a abajo con fuerza, quedándose con los ojos bizcos y la lengua a un lado. – Por vavor Kudoko... si do te casas conmigo me quedade tonto pa ciempre... kúdame. – Hizo un puchero tan sentido que su labio inferior quedó colgando por su barbilla en una mueca lastimera absoluta.
Kuroko dejó de andar, para estallar en carcajadas. Taiga se sorprendió por la reacción. No esperaba que saltara a sus brazos como en las películas romanticonas, con lágrimas en los ojos y toda la parafernalia, pero que se partiera el culo en su cara tampoco se lo esperaba, así que no sabía muy bien como reaccionar a la risa.
– A si que... jajaja, si no me caso contigo... jajaja... ¿Te quedarás tonto?... – Kuroko no podía dejar de reír, aunque lo intentó, de veras, no podía.
– Si, tonto y solito. – Siguió con el puchero un poco mas, hasta que finalmente se estiró todo lo largo que era, recuperando su postura habitual, tan orgullosa y principesca a ojos del chico sombra. – Mírame, con esta cara no me querrá nadie.
– Es una razón bastante cutre. – Ahora fue el peli-celeste quien hizo un puchero muy divertido.
– ¿Tu crees?... – Fue hasta él y le tomó por los hombros. – Por favor, dí que si... o por lo menos dime que te lo pensarás. – Enlazó los dedos con los suyos, guiándole hasta la fila de su clase en el patio del instituto...
Tardó dos días, cuarenta y ocho horas en las que el pelirrojo estuvo sin dormir adecuadamente. Pensó que iba a darle algo de un momento a otro por la intriga. El estómago encogido, ansiedad, y un cúmulo de energía que le cosquilleaba en la punta de los dedos.
Kuroko tenía muchas cosas en que pensar. No podía decirle algo inmediatamente, sería faltarle al respeto y pisotear el noviazgo tan bonito que tenían.
Habló con Akashi, el único que sabía la verdad de lo ocurrido entre él y Daiki. El pelirrojo simplemente le dio el consejo mas trillado del mundo: haz lo que te diga el corazón.
Y su corazón le gritaba que Taiga era una de esas oportunidades que no hay que dejar pasar en la vida. Le había demostrado que le amaba de formas insospechadas. Con pequeños gestos, quizá vistos desde otros ojos, tontos e inútiles, pero para el peli-celeste, que hiciera algo tan tonto como dibujar un te quiero con los labios en mitad de la clase de matemáticas, para justo después sonrojarse y ocultar su cara tras las manos, para él era la confesión mas grande y espectacular que podían darle.
– Tetsuya. ¿Va todo bien?. – Repitió la pregunta, sentado en el sofá del salón con la mano metida en el capazo en el que dormía el hijo de ambos. Sus dedos acariciaban con sumo cuidado la pelusilla azul de la cabecita de su pequeño.
Kuroko le miró, de pie con la mesa baja como barrera. Esperaba su respuesta inclinado hacia delante, con el trasero en el borde justo del asiento. Sin pestañear siquiera, y el aliento contenido en sus pulmones en un apretado gesto.
Kagami abrió los brazos, y dibujó una sonrisa tranquilizadora que llegó hasta su mirada.
Kuroko rodeó la mesa y se sentó en sus muslos, dejando que le abrazara con todo el cuerpo.
Paz, tranquilidad, puro y simple amor.
Estaban juntos, abrazados, su hijo durmiendo cómodamente a su lado.
– Si, todo va estupendamente bien. – Alzó la cabeza para besar sus labios, apenas un toque breve.
– Me alegro. – Suspiró con cierto alivio. Había estado tenso desde que su pequeño esposo había salido por la puerta, con el corazón encogido cruelmente. Temiendo que volviera dañado.
Kagami le arrastró sobre los cojines, para acabar los dos tumbados, sin romper el abrazo. Acariciando en un roce su espalda, al tiempo que Kuroko se acomodaba tumbado sobre su marido.
Para Kagami uno de los muchos modos en los que le hacía el amor, simplemente estando así, juntos, respirando el mismo aire.
Para Tetsuya, una maravillosa manera de saber que estaba vivo. Escaló por su pecho, para posar sus labios en los contrarios, deslizando sus manos por los costados del pelirrojo, moviendo sus besos de sus labios al cuello, al espacio redondo que dejaba a la vista el cuello de la camiseta de estar por casa que vestía.
– ¿Podemos ir a la cama?. – Kagami preguntó en un susurro, junto a su oreja mientras seguía concentrado en besar la piel de su cuello.
– Por favor. – Suplicó en respuesta.
Kou estaría durmiendo la siguiente hora y Número dos permanecía tumbado junto a la puerta, pasando de sus dueños olímpicamente.
Se movió lentamente, acomodándole en sus brazos, sin parar de besarse con infinita dulzura.
Las prendas fueron reemplazadas por caricias, piel a cambio de hilo tejido. Kuroko le miró sonriendo, desnudo, a la espera.
Kagami sonrojado era tan adorable. Y sus peticiones, le hacían quererle mas cada segundo.
– ¿Puedo tocarte?. –Murmuró, a la espera.
Una sonrisa, dedos guiándole por todo el cuerpo. Kuroko quiso sentirle dentro, muy muy dentro. Pero su marido no cedió a su deseo, él ya se sentía completamente saciado solo con estar así, viéndole disfrutar de su toque, de sus besos ardientes, de sus caricias delicadas que le hacían sentir casi divino. Adorado hasta en el alma.
Con un jadeo entre dientes la plenitud del clímax le hizo curvarse contra él, tenso y con ganas de gritar. Pero no podía hacerlo. Incluso en esa situación de pensamientos nublados por el deseo, su hijo ocupaba gran parte de su mente, y despertarle era lo último que haría.
Kagami se sentó, y le sentó con él. Buscó un modo de llevarle a la bañera para limpiarle, pero los dedos de Kuroko buscando en su vientre le hizo mirarle fijamente.
– No has terminado... t-tu. – Le miró intrigado cuando la respuesta en sus labios fue un beso seguido de una enorme sonrisa.
– Si lo he hecho... no te preocupes por mí. – Besó su frente, perlada en sudor y pasó el brazo por debajo de sus piernas, para cargarlo sin esfuerzo. – Venga, voy a lavarte bien...
Tetsuya asintió, sonrojado.
Escenas como esa eran las que le hacían quererle mas y mas cada día que pasaban juntos.
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Midorima suspiró fastidiado frente a la pantalla del portátil. La madre de Takao le hablaba desde el otro lado del mundo y no le estaba diciendo lo que quería escuchar.
– Escucha Shin-chan. No te estoy diciendo que lo vea mal, solo te pido que esperes un poco, al menos hasta que su padre y yo podamos estar ahí con vosotros. Estoy segura de que tus padres lo entenderán del mismo modo.
– Pero, si esperamos mas, Kazunari... – Desvió la mirada un momento al león de plástico que hacia del objeto de buena suerte y volvió a enfocar a la mujer de la pantalla. Deslizó las gafas por el puente de la nariz hasta volver a colocarlas en su sitio. – Está bien.
– Aún nos queda un año de trabajo pendiente, pero encontraré la manera de viajar para estar con vosotros antes de que nazca el bebé. Mientras tanto cuida de mi pequeño. – Posó los dedos en la pantalla y le dedicó una sonrisa sincera que solo una madre puede dibujar. – Y descansa algo, no tienes buena cara, cielo.
– Lo intentaré... Kazunari no se siente muy bien últimamente, y no hemos dormido mucho los últimos días. – Antes de que la mujer dijera algo, Midorima la cortó. – Esta tarde iremos a ver a la doctora, a ver si puede recetarle algo para las nauseas. Me preocupa que no esté comiendo bien.
– Hazlo, y con lo que os digan me vuelves a llamar. ¿Necesitáis algo?. – El chico de gafas negó. – Bueno cielo, te dejo.
– Vale, luego te llamo.
La pantalla quedó en negro, y Midorima suspiró profundamente.
Fué un idiota al pensar que todo el mundo se lo tomaría bien. Sus padres le habían echado una charla monumental sobre lo serio que era el matrimonio, que aún eran demasiado jóvenes y que ya el simple hecho de ser padres les iba a dar el suficiente trabajo como para encima ponerse a organizar una boda.
Claro que el concepto de boda para el peliverde y su novio no tenía nada que ver con el de sus padres. Esperaban una ceremonia pomposa con todo lo imaginable para un acontecimiento de ese estilo.
Ellos en cambio, esperaban unos pocos amigos, los mas cercanos, una buena comida, un poco de tarta y un millón de sonrisas. No querían regalos, ni ropa cara, ni coches lujosos... ni siquiera deseaban una luna de miel en un paraíso playero lejano e idílico. Para Takao, acurrucarse junto a su novio en el futón del cuarto que compartían ya era una luna de miel de lo mas maravilloso. Pero por lo visto los padres no piensan lo mismo.
A veces le daba por pensar que le llevaban la contraria solo para imponerse como padres y esperaba no hacer lo mismo con su hijo... o hija.
En ese punto del pensamiento su sonrisa se hizo mas grande. Una nenita con los preciosos ojos de su mamá sería tan maravilloso.
Takao entró secándose el pelo, con una pequeña toalla en sus caderas.
– ¿Estás mejor?. – Preocupado se levantó. – ¿Tienes hambre? He preparado algo ligero, a ver si te sienta mejor.
– Si, estoy mejor. El baño ha sido un gustazo. – Tomó la taza con caldo entre sus dedos y tomó un sorbo pequeñito.
Los dos se miraron, esperando que Takao saliera corriendo como siempre a vomitarlo casi inmediatamente después de comerlo, pero mágicamente, los segundos pasaban y la comida parecía a gusto en su cuerpo.
Suspiraron aliviados, casi al mismo tiempo.
La receta que la madre del moreno le había pasado, servía para que su chico metiera algo en el estómago; una cosa menos de la que preocuparse.
– Voy a vestirme, tenemos cita en el médico, ¿No?. – Se giró, pero unos fuertes brazos de sobra conocidos no le dejaron moverse del sitio.
Midorima le besó en el cuello desnudo.
– Aún tenemos tiempo...
– Pervertido... – Murmuró con una sonrisita ladeada.
– No soy yo el que se pasea con una diminuta toallita de nada...
– Buen punto... – Se giró en sus brazos y se alzó sobre la punta de los dedos de los pies, para hacerle saber lo bueno de ir vestido solo con una pequeña porción de tela.
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Daiki suspiró aburrido. De sus brazos colgaban una veintena de bolsas con la compra de Momoi.
No había podido negarse cuando la chica le pidió que la acompañara de comprar, pero sinceramente no esperaba que tardara tanto en decidirse.
Salió del probador con un minúsculo vestido de gasa llena de florecitas enanas y giró delante del espejo un par de veces antes de mirarle esperando su opinión.
– Te queda bien. – Pestañeó sin añadir nada mas.
– Maaaa dices lo mismo todo el tiempooooo. – Se quejó infantilmente.
– Pero es que es verdad, te queda bien. – Apretó los labios para no añadir nada hiriente. Le había prometido a Kise que se portaría bien con la entrenadora.
En inicio, era Kise quien había quedado con ella para ir de tiendas. Al rubio se le daba infinitamente mejor que a él todo el tema de las compras, pero una llamada a última hora, le hizo salir pitando a primera hora de la mañana.
Suspiró de nuevo. Desde su conversación con Kuroko se sentía mas ligero, y aún una semana después de haberla tenido, notaba que por esas pocas palabras su relación con Kise había avanzado un poquito mas.
Una docena de bolsas mas y unas tres o cuatro visitas a todas y cada una de las tiendas del centro comercial pusieron su paciencia al límite.
Logró convencerla para sentarse a tomar algo. Le había tenido toda la mañana de acá para allá, y ya era la hora de comer. Estaba mas cansado que nunca.
Se extrañó un poco de no recibir ni un solo mensaje de Kise en toda la mañana, y eso que al rubio le encantaba llenarle el buzón con tonterías, a no ser que estuviera trabajando. No lo sabía, no le había dicho nada del porqué de las prisas.
Momoi revisaba sus compras completamente feliz, ajena al malestar del moreno. El teléfono de la chica sonó anunciando un mensaje que miró de inmediato. Sonrió mirándole a lo que él respondió levantando una ceja, sin comprender.
– Tenemos una cita. – Se bebió el refresco de un tirón y le hizo un gesto con la mano para que hiciera lo mismo que ella.
Tomaron un taxi de vuelta a la casa de la pelirosa para dejar la montaña de bolsas con la correspondiente montaña de cosas dentro.
Tiró las compras desde la puerta, sin mirar donde quedaban y cerró la puerta de un golpe. Se abrazó a su brazo y le llevó hasta la moto, que había quedado aparcada en el parking cercano a la casa de la chica, precisamente pensando que harían un montón de compras y que no podrían volver en la moto con ellas.
"Dai nii, ven a casa, te estamos esperando".
El mensaje, recibido mientras esperaba que Momoi se pusiera el casco le hizo ponerse nervioso.
Condujo con la chica abrazada a su torso con los nervios de punta, sin imaginar que era lo que había pasado. Al girar en la calle del orfanato vio unos cuantos coches conocidos. Incluido el de su novio.
Aminoró y aparcó en la puerta. En cuanto apagó el motor y se quitó el casco escuchó el bullicio distintivo de un montón de gente hablando al mismo tiempo.
Se quedó de piedra junto a la puerta metálica.
Una marabunta de niños y niñas corrieron a su encuentro, todos hablando al mismo tiempo, tirando de él hacia el interior del recinto.
El patio estaba cubierto de césped. Los columpios eran nuevos, relucientes. La fachada del edificio estaba pintado y las ventanas brillaban con los cristales nuevos.
Los niños le llevaron a la parte de atrás, donde una cancha de baloncesto coronaba parte del patio trasero. Había una pista de tenis, un arenero y una zona con grandes mesas de madera y sus bancos.
Kise estaba jugando, con varios niños. También estaba Kasamatsu, y Midorima... Teppei tenía el balón y Hyuga esperaba junto a la canasta contraria.
En una de las mesas, bajo un techo de tela, Kuroko alimentaba al pequeño Kouen, Takao a su lado, hablando animadamente.
No le dio tiempo ni a hablar cuando las chicas mas mayores tiraron de él hacia el interior del orfanato.
Todo olía a limpio, el suelo había sido reparado y barnizado, las paredes pintadas. Lámparas nuevas en cada pasillo. Las niñas presumían de sus camas nuevas, con colchas de dibujos brillantes... y los chicos tenían consolas de videojuegos, ordenadores... la biblioteca rebosaba de cajas hasta el borde de libros...
Daiki no sabía donde mirar, si sonreír o enfadarse.
Su mente no podía procesar todas las voces de los niños al mismo tiempo.
De nuevo fue arrastrado al patio. Kise se le acercó sonriendo a la carrera y se dio cuenta de las manchas de pintura en su ropa.
Todos sus compañeros de Basket tenían la ropa manchada, o sucia.
– Antes de que digas nada... ni un céntimo, como te prometí. – Hizo un gesto para abarcar todo a su alrededor. – Todo lo que ves ha sido donado...
– Mi padre trabaja en un almacén de pinturas... les sobraban algunos botes … – Kasamatsu aclaró antes de que nadie le preguntara.
– Mis abuelos tienen una empresa de demolición... las ventanas son de un edificio que iban a derruir, a si que, iban a tirarlas y que mejor que aprovecharlas aquí. – Miyaji levantó la mano confesando.
– Tus amigos son maravillosos. –El anciano llegó a su lado, guiado por Kagami que le miraba sonriente. – Han estado toda la mañana aquí para dejar todo como lo ves.
– No seas maleducado, da las gracias. – Miya san le sacudió una sonora colleja en la nuca que le hizo dar un paso hacia delante.
– Lo siento, estoy un poco … alucinado. – Miró a Kuroko, palmeando al bebé en la espaldita curvada para que echara los gases. Repasó las caras conocidas que estaban ahí, casi todos los jugadores de su generación estaban ahí.
– ¡Sorpresa!. – Kise se puso a su lado, palmeando su hombro con una sonrisa. – Di algo, que parece que se te ha parado el cerebro.
– Es que no sé que decir. – Le miró confuso de verdad. – ¿Lo has hecho tu?.
– Bueno, lo hemos hecho entre todos... y mi poder de persuasión. Otra de mis maravillosas e inimitables habilidades.
– ¿Por qué?. – La pregunta surgió en un susurro.
Era maravilloso ver a su familia tan feliz. Darles lo que podían necesitar era uno de sus sueños, y que Kise lo hubiera hecho posible por él, le hizo muy feliz.
– Por que te quiero, creo que te lo he dicho ya... si tu familia es feliz, tu también lo serás y me harás feliz a mi, de rebote. – Ryota señaló a la mesa que ocupaba Kuroko, y vio a los padres del rubio ahí, y a sus hermanas, entre las chicas del orfanato.
Daiki se olvidó de donde estaban y le besó, con lengua y todo, aferrándole contra su cuerpo con los dos brazos.
Si existía un momento para besar a Kise, no habría uno mejor que ese, justamente ese, en ese lugar, rodeado de su familia, de la familia del rubio, sus amigos, su baloncesto... su vida.
– Yo también te quiero, Kise Ryota. – Volvió a besarle de nuevo, rodeados de los vítores de los que les estaban mirando, felices.
Ni siquiera fue consciente de lo naturalmente que esa confesión había salido de sus labios.
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Ale hop, otros tres días... uff, que rápidos me pasan...
Gracias por pasaros, os adoro.
Nos leemos en el siguiente.
Besitos y mordiskitos
Shiga san.
