Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Puede que sean rivales en la cancha, e incluso enemigos, pero la llegada de un nuevo integrante a la gran familia del basket, hará que olviden sus rencillas y se unan para apoyar a los nuevos padres, al tiempo que van contando la historia de amor de Kagami y Kuroko, y como su noviazgo dió paso a su boda y su ahora, reciente paternidad.

KagaKuro, MidoTaka... y alguna pareja mas.

Dedicado a MoniK. Mi pequeña princesa Fujoshi.

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Uno mas en el equipo.

Capítulo 19: El amor no es un sentimiento, es una habilidad.

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El cascabel de su muñeca tintineó cuando alargó la mano sobre la mesa del catering para tomar un trozo de sandía entre sus dedos.

Después de dos días en el set de rodaje, Aomine se sentía cómodo y a gusto. Habían ajustado los horarios para que, tanto él como Kise, pudieran ir a sus respectivos institutos y sus entrenamientos con los equipos sin llegar muy cansados.

Tomó un nuevo trozo, le gustaba la sandía, era jugosa y fresquita, y se giró para ver a Kise, con el que el fotógrafo se había quedado a solas para unos planos mas de cerca, detalles.

Kise estaba medio recostado, con los dedos enjoyados sobre el vientre. El fotógrafo tomaba una serie de instantáneas de su ombligo, adornado con un enorme rubí en forma de lágrima y la mano abierta cerca. Quería dar la sensación de que el rubí acariciaba la piel de un modo sensual.

Subía la cámara y la iba desplazando por la zona, por sus caderas hasta el límite del pantalón de gasa ancho que llevaba puesto. El brazalete de oro liso en la parte superior del brazo y su pecho, adornado con una fila de pequeñas lágrimas de oro en un collar también fueron fotografiados una docena de veces.

– Está bien, nos tomaremos un descanso. – Le dijo a Kise directamente, palmeando su hombro con cuidado. – Hay que cambiar la luz y llevar el equipo al otro escenario. Preparar la cama y …

El fotógrafo se dedicó a disparar órdenes como una ametralladora a todo el personal a su cargo, mientras Kise era despojado de la mayoría de las joyas por el personal de seguridad a las órdenes del joyero, también presente y dando órdenes. Apenas medio minuto después, tomaba un trozo de sandía junto a Daiki, apoyado en la mesa de catering, mirando el pequeño caos de personas correteando a uno y otro lado con cara de estar terriblemente ocupados.

– Lo siento. – Acarició con la punta del índice la cadera de Kise, donde había un chupetón que había sido cubierto por la maquilladora hábilmente, al igual que la veintena de marcas que estaban repartidas por la piel del rubio. – No sabía que nos iban a despelotar a los dos.

– No importa. – Le sonrió dulcemente, con un ligerísimo sonrojo. – Tu tienes suerte, no se ven las tuyas, con ese tono morenito de piel que tienes. – Estrechó la mirada, divertido. – Creo que la maquilladora nos ha pillado a los dos.

– La culpa es tuya. Me picaste y sabes que no dejo pasar un desafío, venga de quien venga. – Susurró inclinándose a su lado, haciendo tintinear las monedas doradas del turbante azul cobalto que adornaba su cabeza.

– Cierto, es mi culpa, pero gané yo. – Una sonrisita elevó la comisura de sus labios un poquito.

Suspiró antes de seguir hablando, siguiendo la línea de mirada de Daiki en la veintena de personas que estaban trabajando ahí, por y para ellos.

En cierto modo era cómodo, hasta divertido y no se lo esperaba. Por norma general, una sesión de fotos, sobre todo cuando es de un diseñador con cierto prestigio, es una reunión de caras largas, sonrisas falsas, comentarios fuera de lugar y un millón de reproches. Había que estar hecho de una pasta especial para que no te afectase al final del día. Gracias al cielo, a su agente, y a la disposición natural del rubio para tomarse todo por el lado bueno, Ryota había aprendido a abstraerse en esas ocasiones, y no prestaba atención a los comentarios o las caras.

Solo quería hacer su trabajo y largarse, punto.

Como decía su agente, " Limítate ha hacer tu trabajo y punto. Si lo haces bien a la primera no habrá que repetir, y acabarás mucho antes."

Por eso cuando, aun en el orfanato después de la sorpresa, con el cosquilleo del beso en sus labios, el tacto del moreno en su cintura y los vítores de sus amigos llenando sus orejas, recibió el mensaje no se lo podía creer.

Las cosas buenas no pasan todas seguidas al mismo tiempo.

"No te lo vas a creer, los del perfume quieren ampliar la campaña. Les han encantado las fotos con tu amigo"

Kise releyó el mensaje como si se tratara de una broma y acto seguido, aún en su nube romanticona por el increíble beso de su novio, llamó a su agente para que le ampliara un poco mas el mensaje.

– ¿Qué quieres decir con ampliar la campaña?. – Preguntó el rubio suponiendo que el otro había mirado la pantalla antes de contestar para saber que era él quien llamaba y no otra persona.

– Créeme Ryo-Kun, yo estoy mas sorprendido que tu en estos momentos. – Hizo una pausa que Kise usó para irse a un lado, al banco del patio al que había vuelto Kuroko para sentarse cómodamente con el bebé. – Por lo visto han usado la foto en una especie de pre-campaña y ha obtenido una publicidad inusitada. Quieren hacer mas fotos, misma temática, mismos modelos, mismo fotógrafo, pero agarrate … ¿Estás sentado?. – Esperó hasta que el rubio le confirmó que se había sentado. – De repente hay mas empresas interesadas en la campaña. Una de la mas grande de joyas del mundo, quieren sus obras en tu cuerpo... y el diseñador de la primera empresa del mundo de pret-a- porter, el francés.. ha mandado un borrador con los diseños, para ti y tu amigo, la ambientación, complementos, todo.

– No sé que decir, la verdad. – Daiki le miraba de pie, consciente de que hablaban de él pero sin querer molestar ni nada.

– Di que si, habla con tu amigo, y que diga que si también. – Escuchó a Kise soltar una carcajada divertida. – En serio Ryo-kun, hay tantos números en la propuesta que parece un número de teléfono. Creo que solo hay una docena de modelos que cobran esa cifra.

– Vale, se lo diré. Ahora estoy ocupado en una fiesta privada. – Se escuchó a Kasamatsu soltar una palabrota, por que Murasakibara le había desviado un tiro con la mano con la que se estaba tapando la boca abierta de bostezar, segundos antes.

– Está bien, diviértete. Llámame cuando sepas algo de lo de tu amigo.

– Lo tengo aquí delante, ¿Quieres hablar con él?. – Le pasó el móvil a Daiki, que lo tomó con cuidado de sus dedos.

Escuchó al agente de Kise sin interrumpirle. A él todo eso le daba lo mismo. Nunca había pensado en hacer de modelo, de hecho, ni siquiera era consciente de su propio atractivo. Pero la cara de Kise en ese momento, expectante, con una hermosa sonrisa iluminándole por completo, le hizo tomar una decisión casi al instante.

– ¿Tendría que hacer lo mismo del otro día?, con Kise a solas, ¿No?. – Escuchó otro rato, sin hacer ni una sola mueca. – Si claro, sin problemas... Si no pierdo clase, ni entrenamientos, por mí no hay ningún problema. Bien, hasta luego.

Colgó apretando el botón rojo y le devolvió el aparatito a Kise.

– Entonces... ¿Vamos a hacerlo?. – Daiki asintió, y los demás se partieron de risa por la preguntita.

– Si, a las dos cosas. – Se giró dándole la espalda.

– ¿Dos cosas?... pero si solo estaba hablando de las … ¡ ooooohhhhh! . – Se puso de pié de golpe, viendo como se unía al partido improvisado con los niños. – ¡Eres un marrano!.

– Eres tu quien ha pensado mal... – Alargó la mano para invitarle al juego.

Todos le esperaban, con una sonrisa enorme.

Salió de su ensoñación recordando la semana anterior cuando el fotógrafo regresó para buscarles.

El set con la cama era totalmente maravilloso. Dorado y rojo por todas partes. Sedas, gasas, bordados... había una hilera de perlas enmarcando el lecho.

Un jarrón tumbado del que parecía surgir un rio de rosas rojas, hasta la almohada de la cama, dorada con borlas en las esquinas, para perderse por detrás convertidas en pétalos sueltos

La chica de vestuario se llevó a Daiki para que se cambiara de ropa y Kise se quedó mirándole con una sonrisita.

Aomine no parecía tener ningún problema con el nudismo público en absoluto. Kise tardó semanas en poder quitarse la camiseta delante de alguien sin ponerse como un tomate de la vergüenza. Cuando vives rodeado de mujeres, digamos que cambiarte de ropa no es tan sencillo como parece, ni siquiera en tu propia casa. Y mucho mas cuando tuvo conciencia real de su cuerpo y sus encantos; eso empeoró su timidez.

Mientras el mismísimo diseñador colocaba en su cuerpo las prendas, su mirada de color oro estaba posada, fija, inmutable en el moreno, a unos metros de él.

Sus músculos se tensaban y relajaban en cada movimiento. Se cambió el pantalón anterior por otro, abombado en los tobillos, de cintura bajísima, la prenda quedaba prácticamente sujeta en el límite de sus caderas. Hecho de una fina seda en tono tierra, con destellos dorados que solo se veían en el movimiento, contrastaban tan perfectamente con el dorado de su piel que el mismo diseñador soltó un jadeo al seguir la línea de visión del rubio.

Un tira de gasa fina se ató a su frente, dejando que bajara por su espalda hasta casi tocar el suelo. El responsable de la joyería dejó las alhajas a disposición del fotógrafo para que le echara un vistazo antes de decirle a Daiki donde iba cada una. Mientras, la maquilladora espolvoreaba sutiles brillos dorados por su pelo y cuerpo, en forma de polvo microscópico.

Ryota por su parte era vestido de gasa blanca. Una enorme porción de tela era envuelta de forma meticulosa por sus caderas, hasta la mitad del muslo. Las mangas fueron sujetadas a lo alto del brazo con unas tiras de color plata, cubrían sus manos por completo. En peluquería le peinaron el pelo hacia atrás desde la sien, uniendo a su dorado cabello un velo igual de blanco, que las prendas que ya tenía puestas, y le añadieron pequeñas rosas blancas y plateadas por lo que sería el nacimiento del cabello, enmarcando su rostro de un modo romántico.

– Vale, colocaros en la cama y os diré donde van las joyas para que resalten. – El fotógrafo ya había terminado las pruebas de luz y estaba colocando las joyas en dos partes, para cada uno de los chicos.

La idea era la mas acertada, las doradas para Daiki, las plateadas para Kise.

Scherezade se entrega por primera vez al sultán, para eso era la cama. Y ya estaban todos, los modelos, los fotógrafos y la escena lista para ellos.

Kise se tumbó, ladeado, dejando ver las rosas a un lado. Al subir el brazo para dejarlo caer por encima de su cabeza, la manga subía para descubrir su piel.

Los cordones de plata y diminutos diamantes rodearon su cuello y fueron quedando por su pecho, y brazos. El fotógrafo iba colocando cada prenda y joya con meticulosa exactitud, para que cada pliegue, arruga, sombra, quedara en el lugar justo.

De nuevo el rubí con forma de lágrima acabó en su ombligo. Dobló las piernas a un lado y le colocaron nuevos cordones de plata en los tobillos y entre los pies.

Daiki no podía dejar de mirarle. Media docena de personas colocando cada parte del rubio como si de un puzzle se tratara era como para no pestañear siquiera.

Cuando le tocó el turno tuvo que autoconvencerse de que no pasaba nada, por que le temblaban las manos de los nervios. No quería cagarla, por Kise. Era su trabajo, y por lo que había entendido, esta sesión iba a darle un prestigio que le vendría genial al rubio.

Daiki no era consciente de que él mismo podía ser un modelo perfecto sin esfuerzo alguno, pero todo lo que estaba haciendo ese día era por su rubio novio.

Aún no podía creerse la semana que llevaba. Primero su conversación con Kuroko. Necesitaba hacerlo, redimirse de algún modo. Sabía que Tetsuya no estaba curado del todo. Una agresión de ese tipo, y mas cuando viene de alguien que en algún momento dice amarte, no desaparece por las buenas, crea una profunda herida en el alma que no termina de irse nunca. Estaba feliz de que hubiera encontrado en Kagami el apoyo y el amor que necesitaba. Ahora mismo, con la distancia y el tiempo, Daiki sabía que seguía enamorado de Kuroko, al fin y al cabo había sido su primer amor, y eso no se olvida... y mas cuando había sido un autentico cabrón desalmado con el chico sombra.

Del mismo modo que sabía que Kise había entrado despacito en su mente, y se había ganado su corazón tan lentamente, que no se había dado cuenta del todo hasta que hizo lo del orfanato.

Reunir a todo el mundo para que le ayudaran a restaurar completamente el que había sido y era su hogar, fue un acto de amor tan impresionante que no pudo negarlo.

Y al final de ese día, después de muchos besos, intentonas, y como no, interrupciones de todo tipo; nota mental: Apagar el móvil la próxima vez que estén a solas, Kise y él habían echado el polvo mas impresionante y ardiente de toda su vida.

Para Kise era la primera vez que tenía sexo con una persona, al menos con una persona entera, se entiende... para Daiki era la primera vez que lo hacía con alguien después de romper su relación con Kuroko.

El primer encuentro fue ansioso, rápido... casi cómico.

Chocaban las narices en los besos, ni idea de donde poner las manos, ni que hacer con ellas.

Se tambalearon en mitad de un beso salvaje en el salón del moreno. Ya volver desde el orfanato hasta su casa en la moto había sido una auténtica tortura, sintiendo el paquete del rubio en su trasero.

Lo único en lo que podía pensar era en tenerlo en pelotas lo antes posible; y en sirope de fresa, aunque no supo muy bien por qué de ese antojo dulce, la verdad.

Mientras ponían un cordón de oro en su cintura, colocando sobre sus caderas las ondas que la joya hacía al caer, pensó en la sensación de ese día.

Tenerle sobre sus muslos, no supo donde cayeron sentados, uno sobre el otro, besando la piel de su cuello, de su hombro, su cara... no podía dejar de hacerlo.

Daiki se descubrió incapaz de dejar de besar esa pálida piel. En realidad, lo que mas le gustó fueron sus lamentos estrangulados, sus jadeos contenidos, sus labios con palabras incoherentes y sin sentido enredadas en ellos.

Calor. Le abrasaban las entrañas.

Gracias al cielo, la ropa que llevaban se quitaba tan fácilmente...

Consiguió convencerse de que hacerlo en el comedor no era buena idea, considerando que era la primera vez de Kise y de camino a su cama, trató de recordar donde leches tenía los preservativos.

Siempre llevaba encima unos cuantos, tres para ser exactos, pero sabía desde el fondo de su alma, que tres veces, iban a ser muy pocas... y no pesaba dejar a Kise a medias... igual que él mismo no pensaba soltarle hasta quedar satisfecho.

No quiso cometer los mismos errores, y se dejó hacer.

Por norma general era él quien le decía a Kuroko como tocar, o como ponerse para complacerlo del modo mas rápido y eficiente. Y eso si tenía un buen día y era considerado.

Si no se limitaba a poner al chico sombra con el culo en pompa y bombearle con ganas hasta . Ni besos, ni palabras de aliento... ni mucho menos de amor.

Era extraño que recordase eso precisamente, con los dedos de Kise aferrados a su mano mientras le guiaba hasta su cama.

Kise arañaba, besaba, mordía. Sus dedos inexpertos fueron a lo conocido. Los dos tenían los mismo, por lo que no era muy difícil saber como complacerlo, y el rubio había practicado con su amante de goma, lo suficiente como hacer placentero también ese acto.

Sintió el calor, el pulso, la suave piel de la intimidad de Aomine en su mano, tan diferente de la suya propia.

El aroma era diferente. Su piel olía a sol. Tuvo la sensación de estar haciendo algo prohibido cuando el rubio se deslizó encima suyo lo suficiente como para metérsela entera en la boca.

Su sabor le enrojeció la cara hasta la punta de las orejas... y el gemido que siguió al gesto de su lengua, le indicó que lo estaba haciendo bien, para ser la primera vez que se metía una de verdad en la boca.

Se sorprendió, era la primera vez que escuchaba a Daiki gemir de gusto, y era él quien le provocaba esa reacción.

Tal y como predijo Daiki, tres condones eran muy pocos para lo que tenía pensado hacer con el rubio modelo, pero supieron apañárselas hasta gastarlos.

A eso de las cuatro de la mañana, Kise se quedó dormido, cansado como estaba de todo un día de trabajo sin parar y una noche de sexo de lo mas salvaje.

Daiki salió de su cuerpo con cuidado y una sonrisa. Fue al baño para deshacerse del condón que aún llevaba puesto, el último, y los otros dos, que habían acabado en el suelo junto a la cama y regresó junto al rubio, se tumbó a su lado, le atrajo en un abrazo apretado y se durmió con él también.

No le importó lo más mínimo el hecho de no haber tenido un último orgasmo. Era cierto, no le importaba, y punto.

Eso podía considerarse amor, ¿No?

Ooooooooooooooooooooooooooo

Estaba harto.

De amontonar toallas sudadas.

De empujar el maldito carro hasta la lavandería.

De meter cada toalla en la lavadora, de un tirón, por el diminuto espacio redondo del electrodoméstico.

De tener que pasar la mopa en la cancha mientras duraba el lavado.

De recoger pelotas desperdigadas y en la parte mas alejada de las gradas.

De volver, para meter las toallas chorreantes en la secadora, esperar que terminase y doblarlas y amontonarlas cada una en su sitio en la estantería designada para ello, cuando aún estaban a temperatura de fusión del núcleo.

Estaba harto de todo eso.

Suspiró mirando hacia abajo, durante la segunda lavadora, de las ocho diarias que tenía que poner. Menos mal que era una lavadora industrial y no tardaba ni cinco minutos, o le daría un pasmo.

Fue hasta el vestuario y abrió su taquilla, o al menos la que era su taquilla cuando jugaba. ¡Ahh como echaba de menos eso! Esa sensación del estómago encogido justo antes de salir a jugar...

Se miró en el espejo de la puertecilla, y levantó la camiseta para dejar a la vista la curvita de su vientre.

Apenas un roce con la punta de los dedos y una sonrisa llenó sus mofletes por completo.

Sorbió por la nariz y se miró a la cara. Las lágrimas caían por sus mejillas, a pesar de estar sonriendo. El embarazo tenía sus hormonas de punta y muchas veces no sabía si estaba feliz o cabreado.

Lo único que tenía claro es que, estaba embarazado, y que tenía hambre.

Otra sonrisa mas le hizo volver de nuevo a la zona de lavadoras. Metió una nueva remesa de prendas sucias y ordenó las que acababa de lavar.

Tomó una de las pelotas del cesto y fue hasta la cancha. A esas horas y en silencio parecía inmensa. El sonido de la pelota contra el parquet le hizo sonreír. El eco rebotaba por todas partes, haciendo el sonido casi infinito.

Suspiró y se colocó frente a la canasta. Echaba de menos jugar... y Midorima era un insensible tirano con respecto a eso.

La doctora le había recomendado ejercicio suave, pero la definición de suave que tenía su novio era estar tumbado. Cualquier cosa fuera de ese acto, estaba prohibido.

Trazó un arco con la pelota, que entró limpiamente en el aro. La puerta se abrió en ese momento dándole un susto de muerte, por que, obviamente, no esperaba a nadie.

Midorima había empezado a trabajar por la tarde, en la librería del centro, y eso significaba que tenía que volver solo a casa desde el instituto, cosa que no cumplía, por que en cuanto terminaba con las toallas, se iba derechito a la librería, ha hacerle compañía hasta que terminaba su turno, sin molestar ni un poco.

Miyaji se colocó el mechón de pelo tras la oreja, avergonzado un poco.

Kazunari le miró pidiéndole explicaciones con la mano a la altura del corazón, por el susto.

El rubio le enseñó el mensaje que su novio de ojos verdes le había mandado.

" Acompaña a Takao a casa, por favor."

Kazunari suspiró tras leerlo y fue a por la pelota, para dejarla en su sitio, terminar con la colada y dejar que su compañero cumpliera con su trabajo de perrito guardián.

Minetras tanto su novio utilizaba su hora libre para ir de compras.

Kagami le saludó con la mano en alto en cuanto le vió asomar por la esquina, con una sonrisa. Le indicó la joyería en la que él había comprado sus anillos de boda y entró con él en el pequeño establecimiento.

– Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarles? – La dependienta, les dedicó una preciosa sonrisa.

– Eh.. si... e.. esto... – Midorima empezó a sudar frío.

– Je je, perdón... lo que mi elocuente amigo quiere decir, es que nos gustaría que nos enseñara anillos de compromiso, para un chico muy guapo. – La dependienta asintió al pelirrojo.

– Si, eso... anillos de compromiso... – Miró a Taiga, como si acabara de darse cuenta de algo importante. – Para casarme con Kazunari... un anillo para que sepa que quiero casarme con él.

– Yo creo que ya lo sabe. – Taiga se inclinó sobre el mostrador para mirar él también. A lo mejor encontraba algo bonito para Kuroko. – Y también creo que está esperando que se lo pidas.

– Eso espero, por que como me diga que no, me muero...

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Super requete Kyaaaaa que me super muero...

Gracias por el apoyo, en serio.

En fin, un poco choff por la falta de revis y con dolor de espalda.

Nos leemos en el siguiente.

Besitos y mordiskitos

Shiga san