Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Puede que sean rivales en la cancha, e incluso enemigos, pero la llegada de un nuevo integrante a la gran familia del basket, hará que olviden sus rencillas y se unan para apoyar a los nuevos padres, al tiempo que van contando la historia de amor de Kagami y Kuroko, y como su noviazgo dió paso a su boda y su ahora, reciente paternidad.

KagaKuro, MidoTaka... y alguna pareja mas.

Dedicado a MoniK. Mi pequeña princesa Fujoshi.

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Uno mas en el equipo.

Capítulo 25: Te quiero.

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Cerró la puerta del pasillo con sumo cuidado, dejando el comunicador del bebé y el biberón vacío sobre la mesa. Kuroko se había quedado dormido en el sofá, de costado, con la chaqueta del traje de Taiga sobre sus hombros.

Kagami le observó dormir, un rato. Estiró las mangas de la camisa que había encogido hasta el codo para estar mas cómodo mientras alimentaba y acostaba al bebé, y empezó a desabrocharse la camisa.

Se sentó a su lado, en el borde del cojín para no despertarlo, y alargó la mano para tomar la camiseta que se pondría para estar en casa del espaldar del sofá.

El sonido de la vida exterior le llegaba amortiguada, al igual que las luces exteriores; suspiró profundamente y le acarició el pelo.

Se sacó la camisa y la dejó en el reposabrazos. Al extender la camiseta sobre sus muslos para ponérsela, Kuroko se incorporó, besando su hombro desnudo con dulzura.

– Perdón, no quería despertarte. – Le besó en la sien en respuesta.

– No lo has hecho, te estaba esperando. – Kuroko se levantó sobre las rodillas para enmarcar su rostro con las dos manos y mirarle, de cerca. – ¿Kou?

– Se ha dormido con el biberón en la boca. Estaba muy cansado, he tenido que ponerle el pijama dormido del todo. – Recorrió la cara de Kuroko con su mirada. – ¿Estás bien?.

– Si... – Hizo una pausa, en la misma postura. – Te quiero.

Kagami expulsó el aire que no sabía que estaba conteniendo hasta ese momento y acortó la distancia que le separaba de sus labios para besarle.

Atrajo con un brazo a Kuroko sobre él, sentándole sobre sus piernas, de lado. De manera totalmente natural, sus brazos los alojaron contra el pecho, como si formara parte de si mismo y hasta ese momento no fuera un ser completo.

– Yo también te quiero. – Acarició su costado y la espalda con los dedos, arriba y abajo. – Hoy ha sido un día largo y agotador... Vamos a descansar.

Esperaba una respuesta afirmativa, que Kuroko se bajara de sus rodillas y le guiara de la mano hasta el baño, para lavarse los dientes, desahogarse , ponerse el pijama y acurrucarse juntos en la cama para dormirse, al igual que el bebé, inmediatamente.

No esperaba que Tetsu le besara, ni en un millón de años. No por nada, se había acostumbrado a que su esposo no tomara la iniciativa cuando intimaban, por eso le pilló tan desprevenido que se quedó con la mente en blanco.

No por el beso en sí, para ellos besarse era como respirar, si no por que la mano de Kuroko, se había posado distraída sobre el pantalón, y acariciaba su intimidad tímidamente.

Kagami dejó sus manos en el rostro de su esposo.

– ¿No te gusta?. – Kuroko interpretó la inactividad de su esposo negativamente.

– Me encanta, sigue. – Se acercó a su rostro, para besarle, deslizó sus labios por el cuello, el mentón, la barbilla, y de nuevo sus labios, adictivos y blanditos. – Haz lo que quieras, pero si algo va mal... dilo, por favor.

Kuroko asintió. Por dios, cuanto lo amaba.

Se acomodó de nuevo, sobre sus muslos, y fue desabrochando uno a uno los botones de la camisa, quitándola y quedándose solo con la corbata.

Kuroko levantó la mano y la dejó frente a ellos. Taiga se echó hacia atrás, para mirarla.

– Mira. – Su sonrisa, tímida, unida al dulce sonrojo en su rostro y la punta de sus orejas, le hacían una criatura adorable. – No tiembla.

– Ya veo. – Tomó la mano alzada de su esposo entre las dos suyas y besó la palma. – Me alegro muchísimo por ti, mi vida.

El contacto con Daiki, en la boda, le había hecho darse cuenta de muchas cosas. Las cicatrices en su cuerpo seguirían ahí, para siempre. Las que tenía en su alma, apenas eran importantes. Kagami y su pequeño milagro llenaban su existencia completamente.

El mismo día del partido, cuando Kise intentó pegarle, se dio cuenta de que podía estar en el mismo sitio que Daiki sin sentir una presión en el estómago.

Tenía que seguir hacia delante, por su pequeño. Lamentarse por el pasado no servía para nada salvo para mortificarse por algo que no podía ser rehecho.

Tetsuya se separó lo suficiente como para perderse en el pasillo un momento, antes de hacerle un gesto con la mano para que lo esperase, librarse de la ropa y volver a sentarse en su trono, que le esperaba tranquilo, con una sonrisa de paz y una mirada con una pequeña chispa de preocupación.

– Cuando termine la temporada, quiero que tengamos otro hijo. – Llevó hacia delante la mano que escondía tras su espalda el bote y la cajita que había ido a buscar al cuarto de ambos. – Ahora quiero que me hagas el amor como tu sabes.

Taiga no dijo nada, tampoco sabría que decir para definir lo feliz que se sentía en ese preciso momento. Estiró la mano hacia él, invitándole a acercarse.

Kuroko, desnudo ante él, salvo por la corbata, que seguía en su cuello, trazando una flecha hacia el centro de su deseo, aceptó la invitación sin pensarlo.

Embadurnó los dedos de su marido con un generoso chorro de lubricante del bote y lo dirigió directamente a su espalda. Kagami le agarró por la cintura y le depositó sobre los cojines del sofá con cuidado, perdiéndose en la visión de su cuerpo expuesto, esperándole para ser amado hasta el infinito.

Entrecerró sus ojos colmados de fuego, y paseó la lengua por los labios, complacido con la vista ante él. Miró el reloj. De repente el tiempo era importante. Su hijo dirigía cada uno de sus momentos, incluso ese, y una sonrisa incitante afloró en su boca.

Aún tenían dos horas y media, y en dos horas y media tenía tiempo de venerarle como la divinidad que era.

Kuroko se arqueó, incitante, piernas abiertas hasta el límite, caderas alzadas, labios entreabiertos.

Descargó su peso, lentamente, sobre él, para besarle. Su lengua empujó la contraria dentro de la otra boca, uniendo sus labios con cuidado, haciendo del beso un contacto mucho mas íntimo que la propia unión de sus cuerpos.

A Kagami le gustaba besarle, por que lo hacía con el cuerpo entero, sin prisa, con dulzura, sintiendo en cada poro de su piel el gesto.

Sus besos eran largos, húmedos, calientes, tan calientes que le abrasaban el cuerpo.

Las vibraciones de sus respiraciones pasearon a través de sus cuerpos, como un hormigueo que les incitaba a un poco mas.

Kuroko atrapó por sorpresa sus labios, en un beso salvaje, apretando sus dedos en los cortos cabellos negros de la nuca, impidiendo su huida.

En su lugar, las manos grandes y ardientes del pelirrojo subieron por sus costados, hasta rodear sus hombros y llegar al cabello azul, que acarició contra los cojines que los sostenían a ambos, con tanto cuidado, que trasformaba su pasión en la certeza de que su pequeño esposo era una valiosa posesión quebradiza y etérea.

Inconscientemente respondió el beso de su esposo alzando sus caderas, desnudas, contra el bajo vientre de su chico. La diferencia de estatura se hacía presente incluso en horizontal.

Taiga gruñó, desde dentro, con un reniego. Si seguían así, se correría sin haber empezado si quiera, y eso , por supuesto, no iba a permitirlo. Su prioridad siempre era la satisfacción de Tetsuya, y nada más.

Deslizó el beso hacia abajo, hasta posar sus labios en el nudo de la corbata. Con dos dedos tiró de la punta, para soltarla y la dejó caer, dejándole completamente desnudo ante él.

Podía sentir sus dedos en el cabello rojo, pasar por su rostro mientras él le mordisqueaba el pecho. Quiso decir algo, pero solo salió un tenue jadeo que se perdió entre sus labios cuando Taiga bajó un poco mas, hasta el centro mismo de su creciente deseo.

Para ese momento, sus ojos azules, entrecerrados en unas apretadas ranuras, se clavaron en su esposo, siguiendo cada uno de sus movimientos, y al mismo tiempo, indicándole donde quería ser tocado, lamido, amado...

Esa dulce boca que le susurraba palabras de aliento, ahora le abrasaba las entrañas en un beso íntimo, alzando sus caderas con las manos puestas en su trasero, y sus muslos colocados cómodamente en los fuertes hombros del mas alto.

Taiga le levanto hasta acogerle por completo dentro de su boca.

Kuroko echó el torso hacia delante, como si le hubieran dado una descarga eléctrica y posó las dos manos en la cabeza que le estaba volviendo loco, en un vano intento por que parase o terminaría en su boca. Ese gesto solo consiguió que los dedos de su esposo se clavaran con cuidado en sus nalgas, y le levantaran, mucho mas, hasta convertir su columna en un arco, engullendo su esencia con expresión golosa, saboreando el néctar mas dulce del mundo.

Sus jadeos apagados, acelerados y amortiguados de algún modo con las dos manos abiertas posadas en sus labios le llegan lejanos a Taiga, que seguía succionando con dulzura hasta que él consideró que había terminado.

Kuroko cayó lentamente sobre los cojines, con los miembros relajados, tranquilo, sin apartar la vista de su marido, entre sus piernas, ahora entretenido en besar la piel del interior de sus muslos, su intimidad, sus caderas, su vientre. Incluso metió la lengua de manera juguetona en su ombligo. Alargó la mano y puso uno de los condones que previamente había sacado de la caja sobre el ombligo, y justo encima el bote, que agitó primero para asegurarse de que aún tenía.

El lubricante que previamente había puesto en sus dedos, acabó por la piel que había acariciado.

Kuroko se sentó, abriendo el pequeño paquetito con los dientes, sonriendo de lado, incitándole a seguir, aunque su esposo se sentía mas que satisfecho con el simple hecho de haber bebido el cálido y viscoso resultado de sus besos y caricias.

Era un claro triunfo saber que podía satisfacer de ese modo a su maridito.

El pelirrojo observó sus dedos colocando el preservativo con pericia, y justo después, masajearle lentamente, para mantener su deseo en lo mas alto. No hacía falta. Taiga se moría por estar en su interior.

Descargó un chorro del líquido viscoso sobre la punta redondeada y lo extendió con la mano cerrada a su alrededor, arriba y abajo, en una dulce y lenta tortura.

Se levantó sobre las rodillas y esperó a que su marido recuperase la razón. Taiga trataba de pararle, de seguir con los besos. Un dulce gesto de los muchos que tenía, pero Kuroko era consciente de su necesidad, y no era tan cruel como para hacerle esperar mas.

Se deslizó por toda su extensión con calculada lentitud, mientras el pelirrojo alzaba sus caderas a su encuentro con pequeñísimas embestidas, calculando mentalmente cuanto entraba y como reaccionaba su chico.

Llegó hasta abajo del todo, tanto que tenía la sensación de que hacía fuerza hacia abajo hasta engullirle en su cuerpo por completo. El gemido largo y bajito que surgió de sus descarnados labios fue tan largo y profundo, que mas que oírlo lo sintió recorrerle por todo el cuerpo.

Inició un vaivén, sus manos por todas partes, dulces roces y caricias lentas. Salía hasta solo dejar la punta dentro, para bajar de un golpe, apretando los hombros de su chico entre sus dedos.

Despacio, muy despacio, contando el tiempo entre miradas, besos lentos, alejando la mente de todo, concentrados en amarse, nada mas.

Y entonces, solo entonces, en mitad de un beso, los brazos de Kuroko se cierran en torno a sus hombros, alojando su cabeza en el arco del cuello, apretando los labios para impedir que el grito de placer que luchar por salir lo haga, se tensa completamente. Todos sus nervios, músculos, células, pensamientos, todo, al servicio del placer mas extremo. Descarga su semilla entre ellos, frotándose contra el vientre musculoso de su marido, conteniéndole en su interior a la fuerza. Taiga le levanta, un par de centímetros y un par de veces. Susurra junto a su sien cuanto lo ama, y que ya no puede mas. Se disculpa, siempre lo hace, y justo entonces, apretando sus manos contra el sofá para no hacerle daño, alcanza el cielo en su interior.

Nada mas maravilloso que sentir el cálido interior de su esposo acogiendo, a través del profiláctico, el resultado de sus actos.

– Te quiero. – murmura junto a su oreja Taiga, justo antes de besar el cuello con minúsculos besos calientes. – Gracias, Tetsu, de verdad, muchas gracias.

– Yo también... te quiero. – Tarda en recuperar el aliento, aún jadea, pero no se mueve, no quiere que la sensación termine y sigue en la misma postura, parapetado en la seguridad de esas manos, que mas tranquilas, vuelven a su costado y espalda para acariciarle sin fin.

Kagami toma su chaqueta del suelo, y pone sobre la espalda de Kuroko, recostándose hacia el lado contrario, para que su chico le use de colchón, o simplemente le use, sin mas, para lo que mas le guste.

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– Estoy reventado. – Takao entra dejando la puerta abierta tras él, para que su recién estrenado marido entre en el apartamento que comparten.

Deja la chaqueta del traje de boda en la silla, y la corbata encima.

Va directamente hasta el baño, la vejiga llena le está matando y de paso se libera de la incomodidad de las prendas que ha llevado todo el día.

Midorima también le sigue, y saca de los cajones un par de pijamas para los dos, que extiende meticulosamente sobre la cama.

También está cansado, mas emocionalmente que físicamente, pero necesita una última cosa para hacer su día completo. Se desviste, dejando las prendas dobladas sobre la silla junto a la cama y se pone directamente el pijama. Está tan cansado que la idea de una ducha se le hace un esfuerzo innecesario.

Supone que Takao quiere descansar, a si que abre la cama y se sienta de espaldas a la puerta.

Sus dos cejas se levantan al mismo tiempo ante la visión de su esposo, desnudito, sonriendo desde la puerta del baño.

– No se tu, pero yo estoy cansadísimo. – Midorima asiente a sus palabras, se limita a señalar el lado contrario de la cama para que su chico la ocupe.

Deja las gafas cerradas en la mesilla y se acomoda en el lecho.

Takao se mete a su lado, y suelta una risita cuando se quedan a oscuras. No necesita verle para adivinar la cara de sorpresa que ha puesto al sentir su mano, traviesa y ondulante sobre sus genitales, en una clara invitación.

– Es nuestra noche de bodas, ¿en serio creías que me iba a dormir sin mas?. – Empieza a acostumbrarse a la oscuridad. Puede ver claramente su cara sonriente, complacido.

Siente su aliento, en el rostro, buscando sus labios. Los largos dedos del peliverde no esperan a nueva invitación y se meten sin permiso en la cálida boca del moreno, empapándose de saliva hasta los nudillos.

Takao jadea, en la oscuridad del cuarto, tiembla por lo que va a venir. Aunque Midorima busca sus labios, él le evita a propósito, alzándose sobre sus rodillas, sentándose sobre sus caderas, guiando sus manos, una a su vientre, la otra al trasero, que ya palpita esperándole.

Dos dedos entran de golpe, de una vez, hasta el limite, para salir completamente y entrar convertidos en tres. Los mueve dentro, estirando, disfrutando del calor, de la suavidad. Pone todo el cuidado del mundo en prepararle, pero de nuevo, su nuevo esposo tiene otros planes. Guía la punta hasta el lugar exacto y se deja caer, de un golpe seco, que le arranca un grito al peliverde por la sorpresa.

Mientras Takao recupera la compostura, acostumbrándose a estar lleno, se da cuenta de que al estar tumbado, su propio vientre crea una curva invertida que sirve de acople perfecto para el vientre abultado de su esposo.

Takao toma su mano, y la posa sobre el vientre, poniendo la suya encima.

– ¿Crees que sabe lo que estamos haciendo?. – Murmura, en un suspiro, respirando profundamente.

– Creo que sabe que su papá ama a su mamá muchísimo, puede sentirlo, está en primera fila. – Se incorpora para besarle, apretando sus dos brazos alrededor, sintiendo el vientre abultado todo lo posible.

Takao sube, unos centímetros y baja de nuevo. Una y otra vez, con los brazos de su marido convertidos en una barrera que le impedía alejarse de su torso ni un poco.

Y ahí está.

Y otra vez.

Detienen los movimientos, esperando que sea una equivocación, pero no es así.

Ocurre de nuevo una tercera vez que les hace sonreír.

El bebé se ha movido, claramente, pillándoles por sorpresa.

– Va-ya... ¿tú también lo has... – Midorima lo abraza con mas fuerza, retomando el vaivén, ahora con mas cadencia, profundizando hasta el límite de su cuerpo. – ¿De-bería hacer ahh eso?.

– Es nuestro hijo. – Esa frase encierra muchas afirmaciones que el moreno comprende. – Puede moverse cuando le de la gana... pero … creo que tiene un maravilloso don de la oportunidad.

Hace un poco de fuerza y se impulsa con las piernas para cambiar posiciones, dejando a su moreno debajo, colocando sus piernas sobre los hombros, haciendo él todo el trabajo.

Takao está cansado, y es su misión satisfacerle hasta que se lo diga.

Tiene cuidado de no dejar que su peso le caiga encima, embistiendo con cuidado, y ritmo.

Solo cuando las manos de Takao aprietan sus antebrazos imprime mas velocidad a sus movimientos.

Termina en un grito que estira hasta quedarse sin aire, él le sigue, al notarse presionado en el interior abrasador. Recuperando el aliento, las últimas sacudidas le hacen gemir, complacido.

Takao enciende la lámpara en ese momento, posando sus dos manos sobre la curva de su tripa, sonríe, mucho.

El semen escurre por su costado hacia las sábanas, no le importa.

Los dos estallan en carcajadas, son completamente felices.

Y aún les queda un montón de noche... o eso piensan, hasta que los dos, sincronizados, bostezan hasta el límite de sus bocas. Una nueva sonrisa, unas rondas de toques limpiadores, y no tardan en quedarse completa, satisfecha y felizmente dormidos, uno en los brazos del otro.

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Un golpe seco suena en el silencio del comedor.

Kise está contra la puerta de entrada, sus pantalones apenas se sostienen en sus caderas, van cayendo en cada nueva embestida. Posa las dos manos, abiertas contra la madera, en un intento de separarse de ella, inútilmente.

Las arremetidas de Aomine contra su cuerpo son brutales, y sus gemidos en respuesta no ayudan a calmar el ánimo. Ni sus obscenas palabras, que lo único que hacen es animar al moreno a poner mas énfasis en sus acometidas.

La hebilla del cinturón golpea el suelo, cuando los pantalones del traje llegan a sus tobillos. Para entonces las embestidas son tan fuertes que le levantan del suelo en cada golpe. Las manos de Daiki convertidas en garras se cierran en sus caderas, apretando con fuerza hasta llenarle completamente las entrañas, aplastándole contra la puerta sin posibilidad de escapatoria.

Kise empuja con ganas, separándose de la madera, y girándose, jadeante.

Usa una de sus piernas, después de sacarse el pantalón a patadas, para hacerle perder el equilibrio y le tira al suelo.

Repta por su espalda, separando sus nalgas y hundiendo su lengua directamente en la oscura entrada de su novio. Daiki araña el suelo en respuesta, alzando las caderas ligeramente, descargando las últimas gotas del reciente orgasmo en el suelo.

Todo su cuerpo aún palpita, por la sensación de descarga, tanto que no tiene fuerza ni razón para oponer resistencia real a los avances del rubio.

Cuando considera que está lo suficientemente húmedo, interna sus dedos, una, dos, tres, diez veces.

Las caderas de Daiki le siguen el ritmo, complaciente. Sabe lo que Kise quiere de él, y quiere dárselo. En algún lugar lejano de su mente, desea entregarse a él de ese modo.

No olvida, tiene presente, que el rubio es un hombre, y su nivel de deseo es igual de alto y demandante que el suyo propio. Para Daiki no es una vergüenza, es un paso natural en su relación, de iguales.

Se guía con una mano mientras con la otra lo mantiene alzado frente a él. El resultado anterior escurre por sus muslos en la primera embestida.

Aomine gime y se cierra a su alrededor. Le impide moverse por unos segundos.

Daiki Aomine suplica. En un susurro bajo, incomprensible, solicita que vaya despacio.

Kise jadea con la frente apoyada en la mitad de su espalda. Sus dos manos acarician el hueso de la cadera del moreno, por los dos lados, suben por sus costados hasta hacerse dueños de los morenos botones erizados en su pecho.

Su vientre se contrae por el contacto mucho antes de que Kise empiece a moverse, lentamente, contra su trasero.

Pierde el equilibrio, la fuerza de sus brazos se esfuma, pero eso no hace al rubio detenerse. La penetración no es lo profunda que le gustaría, pero ya le ha pillado el truco al ritmo, lento pero preciso.

Daiki gruñe molesto. La dureza recién recuperada choca contra el suelo y el peso de Kise sobre sus caderas, sus empujes, le hacen tener una sensación de molestia. Apenas ha terminado hace un rato y tiene toda esa parte sensible, pero pronto la sensación cambia a una placentera.

El roce contra la dureza del suelo, la frialdad del mismo, y el movimiento que sus caderas hacían siguiendo el deseo del rubio le llenó completamente de un placer, hasta ese momento, desconocido para él.

Se corre, por segunda vez, con mas fuerza que la primera, alzando el trasero para Kise, Que invadido por la dureza con la que las entrañas del moreno le aprietan, se queda sin aire mientras su cuerpo, ignorando su deseo de continuar haciéndole el amor, estalla en un terrible orgasmo que simula unos fuegos artificiales.

Sale de él de un tirón y cae a su lado en el suelo, jadeante, sudoroso. Solo la camisa y la corbata siguen en su cuerpo, pegada a su piel por el sudor.

Sus dorados cabellos, húmedos en la sien, la mirada perdida en los labios de Daiki, clamando por aire, sus propios labios entreabiertos, aspirando el oxígeno a rápidas bocanadas.

Ríe, con los dorados ojos en su novio. Ríe con ganas, feliz.

– Te quiero, aunque seas un borde. – Una risita llena el silencio entre ellos.

Daiki aún sigue en su nube. Los ojos cerrados, recorriendo con su mente cada sensación que su cuerpo me muestra. Le ha gustado, demonios, se ha corrido dos veces y ha sido increíble.

Entreabre ligeramente los párpados, aún recuperándose. Sus ojos azules brillan, con un toque travieso, y por que no decirlo, vengativo.

– Yo también te quiero, aunque folles de pena. – Sonríe, haciendo que sus palabras suenen divertidas.

Le atrae a su cuerpo, y se abrazan, a medio vestir, en el suelo.

Satisfechos.

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Atsushi le miraba, tumbado boca abajo en la cama.

Le gustaba mirarle, sin mas. Sus ojos dispares, le atraían. Y esa forma tan seria con la que trataba todo. Era el único que le hablaba con normalidad, desde la primera vez que se vieron.

Siempre respondía a sus preguntas, con una calma y un sosiego que le hacía verse mas mayor a ojos de cualquiera que no le conociera, a pesar de su edad.

Alargó la mano hasta la mitad de la espalda y bajó, abarcando con ella casi toda la extensión, hasta el trasero, doblando sus dedos para acoplarse a la forma curva de esa zona.

Akashi solo le miraba, dejándose hacer, tranquilo.

Aun sentía en todo su cuerpo la sensación de calma que tenía justo después de hacer el amor con él. Era como al final de un duro partido. Todos los músculos de su cuerpo palpitando con furia, la electricidad recorriendo sus venas, sus nervios sobrecargados, calientes, como todo su ser al completo.

El cojín en su vientre, haciendo una cuesta natural para que nada escape, tratando de conseguir el fin de concebir un pequeño con su maravilloso novio.

Atsushi le acaricia, dándole calma a su manera, mirándole con preocupación en sus ojos.

– ¿Te duele?, ¿Te he hecho daño, Aka-chin?. – Lo dice tan afligido que suena como si estuviera a punto de llorar.

– No me duele, tranquilo. – Sonríe, palmeando con cuidado su mejilla con la mano mas cercana. – Me ha gustado, de verdad.

– Pero... gritabas... me he asustado. – Subió la mano por la espalda, hasta la nuca, la giró, para bajar de nuevo, por el dorso, rozando con los nudillos la columna muy despacio, sin apartar la mirada de los ojos contrarios.

– Ya te lo expliqué, ¿recuerdas?. A veces, también se grita de felicidad. – Atsushi asintió, aunque su ceño dibujó una arruga en el centro, muy mona. Subió de nuevo la mano, desde los muslos a donde había llegado, hasta los labios de Akashi, donde los dibujó con la punta de dos dedos, en un dulce toque.

– Entonces... gritabas por que te lo estaba haciendo bien, y te gustaba. – Asintió al mas alto, que se quedó pensando en lo que le decía. – .. y ahora hay que esperar, como siempre.

– Eso es. – Miró el relój en la mesilla, tras ellos.

– Tengo pis, ¿Puedo irme?. – Ladeó la cabeza haciendo que el pelo se moviera al mismo tiempo. – ¿Quieres ir al baño tu también?. – Akashi negó, sonriendo. – Ahora vuelvo, tu... bueno, espera aquí, haz el bebé, ¿Vale?

– Claro, ve tranquilo. – Agarró la nuca del pelilila y le robó un beso, antes de irse.

Mirando su trasero desnudo alejarse de la cama para ir al baño, suspiró divertido.

Su futuro se presentaba como si tuviera que lidiar con dos bebés al mismo tiempo. Palideció al darse cuenta de que … la posibilidad de un embarazo múltiple no la había tenido en cuenta en sus ecuaciones sobre el futuro.

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kyaaaa juer, tengo una erección de tanto amor obsceno por ahí pululando...

En fin, pedazo de cap, montón de páginas llenitas de amor.

Espero que os haya sacado, por lo menos una sonrisa.

Os espero en el siguiente, y en el otro fic también, que empiezo a echar en falta a alguna de vosotras, groarrrrr...

"Uno mas en el equipo. El origen" Pasaros por mi perfil y echarle un vistazo al fic, conocereis que pasó antes de este, cuando Kuro y Ao, estaban juntos.

Besitos y mordiskitos

Shiga san