Sherlock

Por DarkCryonic

01/04/2012 06:07:00 p.m.

Eran las 8 AM cuando John despertó en el sillón, aún con la caja de fósforos entre las manos, y un dolor de espaldas digno de sus peores días en la milicia. Miró a todos lados notando con alivio que Sherlock estaba en el pequeño escritorio revolviendo papeles con atención. Los mismos que le había visto leer antes de que todo aquello sucediese. El antiguo caso del que nada supo. Del que hasta ese momento se había olvidado del todo. Respiró con fuerza antes de ponerse de pie, e ir a su cuarto con la intención de darse un baño y cambiarse de ropa. Tenía la sensación de que sería la única oportunidad de relajarse en lo que tenían de tiempo para encontrar respuestas a lo que estaba sucediendo. Antes de dar el primer paso para subir la escalera se detuvo y volvió por sobre sus pasos:

-Sherlock…- El otro no pareció escucharle.—Sherlock.—El otro le miró.—Ni pienses irte sin mí.—Volvió a la escalera y subió con determinación.

No vio la mirada extrañada del pelinegro ni su leve sonrisa. No le vio escribir algunos mensajes apurados en el móvil, ni revisar nuevamente una lista de nombres y direcciones. No le vio prender un cigarrillo y pararse junto a la ventana a observar la calle con detención. No le vio mirar el lugar con aquella sensación de desapego con la que miraba el mundo cada día desde que había nacido.

A los 15 minutos John estaba en el salón listo para tomarse un café. Vio las colillas en el cenicero. Iba a reprocharle mandar al diablo los meses de abstinencia, pero prefirió no hablar de ello. Por lo menos eran cigarrillos y no otra cosa. Sherlock estaba sentado en la mesa de la cocina mirando la calavera.

-¿De qué hablan?—Preguntó el ex militar.

-De que podríamos usar un método alternativo para recordar, pero creo que la calavera dice que no estarías de acuerdo con ello.

John se rascó la nuca.

-¿Drogas? ¿Tiene que ver con drogas?—Preguntó sabiendo de antemano que se trataba de eso, más notando la mirada seria del pelinegro.—Ok… La calavera tiene razón. Eso no lo vamos a hacer. Así que olvídate.

-Sería más rápido.

-No me importa. Vamos a ir al lugar éste de los fósforos, y desde allí armaremos lo que sea. Además eres Sherlock Holmes, no será imposible para ti.

El sonido de un mensaje distrajo a John. Miró la pantalla y arrugó el ceño antes de dar la opción de leer:

"Envié un automóvil a recogerlos. 5 minutos. MH"

-¿Mi hermano?—Preguntó Sherlock sin mirarle.

-Nos envía un chofer.

-Que amable de su parte. Pero creo que nos envía más que un chofer.—Dijo levantándose yendo hasta su abrigo. John no entendió a qué se refería hasta que estuvieron dentro del coche negro con una mujer frente a ellos. Cabello corto y liso que no le pasaba de las orejas. Grandes ojos negros, maquillaje algo cargado. Destacando la profundidad de sus ojos y los labios rojos. John tuvo la extraña sensación de estar frente a una artista de cine francesa. Su ropa era negra y sencilla.

Sherlock se quedó callado, mientras se cruzaba de brazos y murmuraba por lo bajo. La mujer le dio un pequeño puntapié con la punta de su bota. Sherlock tuvo la intención de devolver el gesto, cuando John puso una mano frente a él para detener su reacción, cosa que funcionó al instante.

-Ok. Ustedes se conocen, por lo que veo.—Dijo mirando a uno y otro con sorpresa. La mujer sonrió abiertamente al notar la cara de frustración del más alto.

-Mucho gusto, Doctor Watson. Mi nombre es Medea.—Dijo alargando su mano delgada y enguantada al médico que la sostuvo al instante.

-Cuidado, John. Podría quedarse con tu mano.—Soltó Sherlock haciendo que John terminara con el saludo, antes de devolverle una mirada de advertencia.

-Siempre tan agradable, Sherlock.—Dijo la mujer.—Ahora entiendo porque tu hermano me hizo volver.

-Supongo que es más fascinante matar terroristas en el medio oriente, que estar aquí.—Dijo Sherlock echándole una mirada escrutadora de las suyas, mientras John veía el intercambio de palabras con interés.—Pero supongo que también se debe a la herida de tu costado.—Agregó mientras entrecerraba los ojos y le seguía observando. La mujer sonrió más ampliamente.

-Siempre tan observador. Pero sí, supongo. Nunca te equivocas. Al igual que tú, me aburro con facilidad. Pero no me quedo sentado esperando que se caiga el cielo. Y descuida, es sólo una herida superficial.—Dijo devolviéndole la mirada mientras ladeaba levemente su rostro para observar al menor de los Holmes.—Por primera vez, creo que tu hermano tiene razón. Sherlock Holmes… estás deprimido.

-¿Qué?—Preguntó John, algo confuso al verse intentando llevar la doble conversación que debían estar llevando esos dos, de la cual él pasaba sin darse cuenta.

-Así que ahora os dais de psicólogos.—Contestó el más alto sonriendo levemente con aquella mirada astuta.

La mujer levantó una de sus manos en señal de quitarle importancia a las palabras de Sherlock. Hizo una seña con la mano y el chofer se puso en camino. John se fijo del movimiento del automóvil y no pudo evitar mirar a la mujer e intentar preguntar.

-Tranquilo. Vamos a donde debemos ir. Mis fuentes han rastreado los pasos de éste al que llamas compañero.—Sherlock se removió en el asiento.—Y como queremos saber si nuestro querido Sherlock es inocente o no, pues tenemos que visitar ese bar de mala muerte y otros dos lugares. –Y mirando al pelinegro.—Creí que eras más cuidadoso de los lugares que visitas.

-Es muy temprano para ir al bar.—Dijo Sherlock.

-Es por lo que primero vamos a la casa de la madre de la víctima.—Dijo sacando una carpeta de alguna parte.—Los detectives de Scotland Yard le hicieron llegar esto a Mycroft: Mujer, 35 años. Irlandesa. Su nombre era Elizabeth O´connors. Sin hijos. Casada y separada hace dos años. De visita a casa de su madre. La última vez que se le vio con vida fue a las afueras de la Abadía de Westminster haciendo turismo. No hay registro de llamadas más que a su madre desde su móvil. La última, a las 22:21 horas de la noche del jueves. Y a la mañana siguiente se la encuentra muerta por estrangulamiento en una habitación del segundo piso de un edificio de mala muerte en la zona de East End cercano al mercado de Brick Lane en compañía del famoso detective consultor.

-Bastante escueto.—Dijo Sherlock que se la pasaba mirando por la ventana.

-Qué más quieres, es Scotland Yard.—Agregó la mujer en un tono ligero.

Medea alargó la carpeta al médico. Sacó su móvil y se dedicó a digitar rápidamente mientras John releía la información y observaba las fotografías que acompañaban el informe. En una de sus manos seguía teniendo la cajita de fósforos que no había soltado desde que Sherlock se la había pasado.

-No quiero ser imprudente… ¿Pero no entiendo en qué nos puede ayudar Señorita Medea?—La mujer levantó la vista del móvil mirándole y luego, mirando a Sherlock.

-Mi misión es patearle al trasero a ése que está allí, fingiendo que no nos presta atención. Ya sabe, Señor Watson. A veces da ganas de estrangularlo…

-Sí… bueno… Pero no me ha respondido la…

-Tiene la misión de volverme loco.—dijo Sherlock cerrando los ojos y acomodándose en el asiento cansado.

-Bueno, es que me aburro, Sherlock. Y no puedes negar que es divertido molestarte. Por otro lado, Doctor Watson, mi misión es mantenerlos a salvo y usar mis medios para darle a este caso algo de rapidez.

-¿Cuánto tiempo consiguió Mycroft?—Preguntó Sherlock.

-60 horas.—Dijo la mujer.—Los abogados son perspicaces, pero no pueden hacer milagros. A los ojos de todos, eres tan culpable como cualquier asesino de los que has capturado en el pasado.

Sherlock abrió los ojos y miró sus manos.

-Pero no fuiste tú.—Dijo John entendiendo la mirada del pelinegro.

-Ahora entiendo porque estás aquí, Doctor Watson.—Dijo sonriendo la mujer.—Es agradable tener amigos, no…Sherlock.

La respuesta sólo fue una mirada antes de que el coche se detuviera en un grupo de casas a las afueras de Londres de apariencias cuidadas y algo coloridas en opinión del pelinegro. Sin cambiar palabras bajaron del automóvil. Medea se quedó de pie junto a la puerta.

-Lo siento. Me quedaré aquí resguardando el perímetro.—Dijo mientras apoyaba su delgado cuerpo en el automóvil.

-¿Siguen sin gustarte las viejecitas?—Preguntó Sherlock medio riéndose.

-Igual que a ti, Detective consultor. –Y mirando a John.—Cuide de que no ponga histérica a la señora.

-Haré lo que pueda, no prometo nada.—Dijo el médico siguiendo al pelinegro que ya estaba frente a la puerta blanca con la mano en el timbre.

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15 minutos fueron suficientes para ver al menor de los Holmes salir raudo de la casa, seguido de un exmilitar pidiendo disculpas a una señora que enjugaba su rostro mientras sostenía un cucharón de madera en forma defensiva y hasta cierto grado, agresiva. Medea había calculado 5 minutos como máximo antes de que el más joven de los Holmes metiera la pata y fuera arrojado del lugar. Los otros diez minutos, pensó, deberían deberse a la variable "John" en la ecuación.

Sherlock notó que Medea los aguardaba sin haber cambiado de lugar. El chofer volvía de la otra acera con calma, y no pudo evitar darse cuenta que estaba siendo cuidado por lo que su hermano habría llamado la elite del Servicio Secreto Británico, el asunto que no le cuadraba era porqué tanto resguardo. De quién o a quién defendían en realidad.

-¿Todo bien?—Preguntó la mujer.

Sherlock se mantuvo callado mientras empezaba a pasearse de un lado a otro, en la acera junto al automóvil. Por alguna razón eso tranquilizó a John.

-La señora no sabía nada. A lo más nos contó sobre el ex marido y la vida en Irlanda. No parecía ser una mujer que le gustara la vida ligera o que tuviera enemigos.

-Así que no hay motivo aparente que justifique que esté en la morgue. Interesante.—Dijo Medea abriendo la puerta del coche y entrando seguida del médico.

-Podría haber sido una víctima al asar… Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.—Dijo John sabiendo que estaba diciendo uno más de los tontos clichés que en verdad no significan nada a la hora de desentrañar un caso de homicidio.

-Puede ser, Doctor Watson. He aprendido con el tiempo que no hay que descartar ideas a la ligera, aunque parezcan demasiado obvias o sin sentido.

-Aprovechando que no…

-¿Tiene curiosidad sobre mí y Sherlock, verdad?—John asintió mirando a través de la puerta al pelinegro seguir moviéndose sin percatarse de ellos.—Pues no hay mucho misterio. Mi familia y su familia se han conocido por generaciones.—Empezó la mujer a decir con voz baja, mirando de vez en cuando a la calle.- Tuve la mala fortuna de pasar periodos en la casa Holmes aguantando al genio. Por otro lado, creo que aprendí algo de paciencia estando junto a él. Pero claro, tampoco es grato darse cuenta que para él somos algo así como marionetas que cuelgan de un cielo raso que no vemos y que no hacemos nada por voluntad propia.

-¿Así que son amigos de la infancia?—Apuró John al ver que Sherlock se acercaba al coche.

-Que no le escuche decir eso.—Dijo soltando una risita que hizo que el pelinegro al abrir la puerta se les quedara viendo fijo por un rato.—Entra, que hace frío.—Apuró Medea haciéndose un lado y dejándole espacio junto a ella. John se sorprendió al ver al detective sentarse frente a él de lo más normal.

-Veo que le estabas contando de nuestra infancia.—Acusó Sherlock mirándola de medio lado.

-Algo así, pero sabes. Creo que me cae en gracia tu amigo, así que tengo la idea de robártelo.

-No puedes hacer eso…

-¿Por qué no?

-No es como mi microscopio que te llevaste a los 12 años.—Informó Sherlock arrugando el ceño.

-¿Acaso porque lo consideras irremplazable?—Aventuró a preguntar Medea, no pudiendo evitar molestar al par sabiendo que siempre les acusaban de ser pareja, y notando la cara de "otra más" del doctor y la de "de qué diablos hablas" de Sherlock.—Y por cierto, aún tengo tu microscopio como rehén.—Agregó haciéndole una seña al chofer, y notando la mirada fría del detective.

-Otra rencilla infantil…-Murmuró John recordando las palabras de Mycroft cuando se refirió a la forma en que se había vuelto el archienemigo de su hermano pequeño. No pudo evitar más que sonreír de todo aquello. De lo más lógico a lo más absurdo en menos de un instante. Todo eso era lo que significaba vivir esa vida. Es por eso que se aferraba tanto a la idea de que aquello no era más que una confusión. Sherlock Holmes, por muy sociopata que fuera, no era un asesino. Dejó de pensar cuando notó los ojos de su amigo mirándole con aquella fijeza característica. Sabía cada cosa que pasaba por su cabeza y aún así a veces se le quedaba observando como si fuera a encontrar algo nuevo.

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Continuará…

DarkCryonic

06-04-2012 23:37:23